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El Blog de Sergio del Molino

NOS HEMOS MUDADO

El Blog de Sergio del Molino sigue atendiendo a su clientela en

http://sergiodelmolino.com

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CUMPLEAÑOS Y MUDANZAS

CUMPLEAÑOS Y MUDANZAS

Parece mentira -de verdad, lo parece-, pero hoy este blog cumple cuatro años. Ya va al cole, le ha llegado la hora de cambiar de vida y de dejar de estar todo el tiempo pegado a las faldas de su madre. Por eso, con vuestro permiso, nos mudamos.

No ha sido una decisión fácil, pero creo que este cuarto aniversario es una ocasión fantástica para abandonar Blogia y pasarnos a otro rincón de la web. Si no lo he hecho antes ha sido por pereza y porque no estaba del todo mal en esta plataforma, pero ya se ha quedado muy pequeña. Blogia es muy limitado y apenas me permite incorporar mejoras. Cuatro años después, todos necesitamos renovarnos si no queremos morir, y eso es lo que voy a hacer yo, con muchísima gratitud a la gente de Blogia (donde voy a seguir manteniendo otro blog y desde donde podrán seguir leyéndose las entradas antiguas de este).

Desde hoy, el blog de Sergio del Molino podrá seguirse en sergiodelmolino.com, donde encontraréis una página con un diseño más moderno, limpio y versátil. Pero lo fundamental no cambiará: nos mudamos a un piso más grande y mejor comunicado, pero los que lo habitamos seguimos siendo los mismos. Llevo unos días duplicando los artículos de este blog en ese, y ahora ha llegado el momento de dar el salto definitivo. Espero que sea para mejor.

Aprovecho la ocasión para hacer un par de reflexiones sobre esta cosa tan absurda del blogueo.

¿Por qué le doy al blog? Dat is de cuestion.

Le doy porque me va la marcha, eso está claro, pero nadie aguanta cuatro años simplemente porque le va la marcha. Vosotros tenéis la culpa: todos los que entráis día tras día -muchos más de los que nunca llegué a imaginar ni en mis sueños más lúbricos- y, muy en especial, los que honráis mis pequeñas cagarrutas textuales con vuestros comentarios. Sois una parte pequeñísima del total de visitas, pero sabéis que sois la salsa, la alegría y la razón de ser de todo esto. A algunos de vosotros he tenido la ocasión de conoceros e, incluso, de entablar amistad. Otros ya veníais con la amistad de serie, y así cualquiera (a vosotros no os nombro, que ya os doy besos en persona). Permitidme que mencione a Javivi, a Rondabandarra, a Severiano y sus múltiples personalidades, a mi tocayo Sergio, a Anro, a Javier y su córnea, a Anselmo Cagahilos, a Mario y a algunos otros que me dejo en el teclado muy injustamente, pero mi neurona no da para más. Y, por supuesto, muy especialmente, a las 262 personas que, hasta el momento, han dejado su aportación a la entrada más comentada, la que dediqué a Mago de Oz. Me quedo con algunas de estas muestras de cariño, que seguro que a vosotros os van a enternecer tanto como a mí (son todas reales, faltas de ortografía incluidas):

Me da tristeza. Realmente me da tristeza q exista gente q realmente necesite expresarse y q escoria como tú tenga la posibilidad de hacerlo.
No voy a rebajarme a tu nivel ni insultarte, solo quiero decir q me das lástima

vaya personaje mas inutil que estas hecho, despues de ver lo que has puesto vamos, te cruzas por la calle conmigo y te abrolacabezaporque si piensas asi de un grupo de musica prefiero no pensar lo que puedes llegar a decir de cosas mas serias. Mägo de OZ hasta la muerte cabronesssss. salud, libertad y wena musika!!

Sergio del molino es un pendejo con la cabeza llena de MIERDA.Mago de Oz es la mejor banda ellos cantan muy bien en cambio tu has de cantar bien pinche asi q tus comentarios metetelos por el puto culo y por ultimo !!!!!!! PICATE LA COLA!!!!

Das LASTIMA sergio mejor vete a follar con tu mama y vete a la mierda.

ES USTED UN IMBECIL... MAGO DE OZ ES UN GRUPO QUE MUESTRA LA VERDAD A LA GENTE COMO USTED. SI SE DICE PERIODISTA DEBERIA SER MAS OBJETIVO Y NO TAN AMARILLISTA SI SUS FANS ESTUVIERAN PRESENTES LE DARIAN UNOS CUANTOS PUNTAPIES EN EL TRASERO...

Este tal sergio me le orino, es un pura mierda, e visto que le contestan y le contestan, y no entiende que sera que le cuesta o talvez sera que le da dolor de cabeza de tanto pensar, porque se mete con MAGO DE OZ, que quiere que nos burlemos de su cara, que es que no tiene nada mas en entretenerse, gente como usted no sirven para nada, estan viendo el primer error que cometa alguien para publicarlo en todo lado, como si usted caballero nunca hubiera cometido errores sea un poquito mas humilde, deje de velar lo que otros hagan, y tenga su propia vida, no intente de joder la de otros.

Pedazo de cagon, pura mierda

Lo que eres es un huele pedos, que pasas detras de todo mundo, parasito inutil, que anda detras de todos los que les va bien, para hacerlos caer, tu eres un fracasado que no tiene vida, eres un miserable que quieres que todos sean como tu.

El sucio y corrupto gobierno es mierda, la alta politica es mierda, viva la libertad,
y de verdad que pena que un periodista como tu (segun culto) piense asi, tan cerradamente, metete tus palabras superficiales por tu puto y asqueroso culo, valla mierda

Nos da igual que sepas tocar la guitarra española o el guitarrón mexicano a nosotros como si le soplas la polla a tu padre. Además ni eres profesional, ni culto, ni brillante, más bien un gilipollas de Madrid que no tienes otra cosa que hacer que poner chorradas sin sentido para hacerte pasar por periodista.

aver hijo de puta ,etoy total de mente de acuerdo con mis compatriotas de mago de oz( fans )no hay nadie en este mundo como tu , deja de insultar y metete la polla por la boca ,(si tienes)MARICON.enfrentate a esos 9 reyes del rock y aesos 2.000 millones de fans .tu eres el hijo puta k ensucia los mares de GAIA con tus putas mentiras ven aki y te reventamos ;soplapoyas del infierno.feliz navidad cabronesssssssss(sergio)

Ahora entendéis por qué he estado cuatro años con esto, ¿no? Por el cariño y el calor del público, que me ha dado tantos buenos momentos.

Al margen de todo esto, creo que el blogueo me ha hecho mucho bien. No lo necesito como entrenamiento de juntaletras, pues en mi profesión ya publico y escribo un montón, y eso hace callo en el dedo, pero sí que me ha servido para explorar los límites de mi libertad. Aquí ensayo mi articulismo, aquí puedo ser yo sin trabas. Sólo aquí y en mis libros encontraréis al auténtico juntaletras Sergio del Molino. En el periódico, sólo a veces. Y es normal: allí interpreto un papel, intento estar a la altura de unas expectativas y me muevo en unos límites y unas convenciones profesionales que aquí no existen. Aquí escribo con zapatillas de estar en casa y pijama, sin camisa y sin fichar al entrar o al salir. Aquí, hasta me permito tirarme algún pedo o poner a parir al vecino sin que me oiga. Aquí soy yo con todas las consecuencias.

Y no se trata de vanidad. Al menos, no todo y no siempre.

Nos vemos en sergiodelmolino.com, con las condiciones y el tono de siempre, pero más anchos y cómodos. Abrazos y besos a gogó.

ROSAS Y COCAÍNA

Estoy escuchando mi último pequeño cuelgue musical, una moza canadiense llamada Carolyn Mark que hace ese country rock americano tan grato al oído (a mi rústico oído, al menos). Su último disco lo ha hecho a medias con un colega de Toronto llamado NQ Arbuckle, que tiene una voz levemente rasgada, como de rockero viejo de bar de carretera, y una de las que canta él, Too Sober To Sleep, empieza así:

God blessed those girls from Barcelona
Who smelled the roses and cocaine.
I hope they know their parents missed them,
So did the sunny shores of Spain.

Es decir, más o menos:

Dios bendiga a esas chicas de Barcelona
que olían/esnifaban rosas y cocaína.
Espero que sepan que sus padres las echaban de menos,
las soleadas costas de España también (las echaban de menos).

¿Dónde estarán esas chicas? En Barcelona, no, ya lo dice la canción. Quizás en Toronto, haciendo un postgrado en Filología Inuit. Y por Toronto andan desmelenadas dándole a las rosas y a la farlopa. Es muy tierno el paternalismo del rockero, que piensa en los padres de las criaturas. Esos mecánicos de la Renfe o esos prejubilados de la Seat que, en un piso mal iluminado del barrio de Sants, se meten en el Facebook de sus hijas y les preguntan si necesitan que les envíen más dinero por Western Union para pasar el mes. Si supieran que estas mocitas se están puliendo los ahorros familiares en rosas y cocaína...

¿Dónde han quedado los rockeros que, cuando ven a una chica de Barcelona en Toronto a las cuatro de la mañana puesta hasta las trancas de cocaína, en lo último que piensan es en sus padres? ¿Qué le está pasando al rock? ¿Están todos viejos chochos y cuando ven a una chica ya no ven una vagina a la que hay que tomar al asalto, sino a la hija que nunca tuvieron? Que se pare el mundo, que me bajo, que yo con unos rockeros así de tiernos no quiero saber nada.

NUEVO BLOG DE ANA USIETO

NUEVO BLOG DE ANA USIETO

Con mis camisas largas y mis camisetas de cómics de la Marvel, Ana Usieto nunca me usará como modelo para su blog de moda (aunque creo que mi abrigo de melancólico oficial de Doctor Zhivago merecería un comentario). Sus fashionables lectores lo agradecerán, eso que se evitan. Mi amiguica y compi se estrena en esto de la internet con un rinconcito en Heraldo.es, y yo le alabo el gusto y lo celebro. Ya era hora: la blogosfera se completa al fin y encuentra un sentido a su deriva. Bienvenida, Ana, a este mundo virtual de solitarios pajilleros y polemistas con faltas de ortografía. Mucha suerte.

http://blogs.heraldo.es/divino/

JOYCE Y JACK

Muy de vez en cuando, me gusta colgar aquí alguno de los artículos que publico los domingos en Heraldo, y que llevan por título genérico La ciudad pixelada. Especialmente si, como es el caso, pienso añadir algo que no tiene cabida en el papel. Éste es el que se ha publicado hoy:

Personajes secundarios

Me he pasado la noche en vela leyendo ‘Personajes secundarios’, de Joyce Johnson (Libros del Asteroide). Hacía meses que una lectura no me atrapaba con tanta fuerza, y es muy agradable sentirse sacudido y noqueado por un libro.

El dicho “una imagen vale más que mil palabras” se aplica perfectamente a este libro. En concreto, a su portada. Es una foto del escritor Jack Kerouac en Nueva York. Un primer plano en blanco y negro tomado de noche, con un gran contraste de sombras. Él aparece nítido, acaparando buena parte del encuadre, pero en la esquina inferior izquierda se aprecia una figura femenina emborronada. Está unos metros por detrás de Kerouac, entre ajena y anhelante, casi fuera de la composición, sin que quede claro si su aparición es intencionada o accidental. Se trata de Joyce Johnson, la autora del libro y amante intermitente de Kerouac durante más de diez años.

La imagen fue empleada en los ochenta como reclamo por la cadena de tiendas de moda Gap, pero los publicistas la recortaron para dejar fuera de ella a Johnson, en una maniobra digna del comité central del PCUS. Ese es el sino de los personajes secundarios.

Ilustración: Álvaro Ortiz

‘Personajes secundarios’ narra las aventuras de la generación ‘beat’ de los años cincuenta desde la perspectiva de una joven confusa y enamorada del más grande narrador del grupo, Jack Kerouac, un nombre al que no le viene grande el apelativo de mito. Para varias generaciones de escritores, músicos y artistas estadounidenses, eso ha sido Kerouac, el autor de ‘En la carretera’ (obra recientemente retraducida al castellano en su versión original sin censurar: está en Anagrama y es altamente recomendable): un mito enorme e idolatrado patéticamente, en todos los sentidos del adverbio. En su encumbramiento influyó decisivamente que muriera joven. Joyce Johnson, en cambio, no era nadie: la chica tímida que iba y venía y que a veces se colaba sin querer en las fotos.

Cuidado con los segundones. Cuidado con esa multitud que calla, asiente, sonríe y toma notas mentales. Suelen ser ellos quienes mejor comprenden lo que pasa delante de sus ojos. La historia rara vez la escriben sus protagonistas, pues están demasiado ocupados llenando la pantalla. Es quien vive agazapado, observando, a la sombra del grande, quien suele tener mejor pulso a la hora de retratar una época y unos personajes.

Lo de Johnson fue accidental: le tocó conocer a una gente extraordinaria y, al cabo de un tiempo, entendió que debía escribir sobre lo que había visto y vivido, que merecía la pena dar su versión de unos hechos y unas personas que estaban en boca de todos. Pero yo he conocido a tipos y tipas empeñados en convertirse en una Joyce Johnson.

En la prensa española es una especie que abunda y que ha creado escuela, y no es raro encontrar cronistas de la vida literaria o farandulera que no son escritores o artistas frustrados, sino que les basta con ser testigos y contarlo. Hay mucha tradición: desde ‘La novela de un literato’ de Rafael Cansinos Assens a los artículos y entrevistas de Luis Alegre, han sido muchos los que han cultivado este seudogénero reporteril. Pero no deja de sorprenderme que, en torno a toda farándula, pululen cual libélulas ciertos tipos que no aspiran a nada más que a estar allí, sin querer contar ni aprender ni aprehender ningún genio. Ellos son los verdaderos personajes secundarios, los que ni siquiera aparecen emborronados en las fotos.

Como es fácil suponer, la pobre Joyce llevaba las de perder en la relación amorosa con Kerouac, pero sabía dónde se metía, nunca se sintió engañada ni le exigió a su amante lo que no le podía dar. La relación iba y venía, y cuando se publicó On the Road, la fama terminó de desquiciar al pobre Jack. En una de sus despedidas, Joyce se dijo que ya estaba bien, que no iba a sufrir más, que tenía que hacerse valer y respetar. Y lo consiguió durante unos meses, consiguió alejarse y no saber nada de él. Hasta que Kerouac fue a Nueva York a dar unos recitales en un garito del Village. Así lo cuenta en el libro:

Un día me llamó. "¿Quieres venir a escucharme? Esta noche les pasaré tu nombre a los de la entrada". Fui sola y me senté en una mesa oscura del fondo rodeada de parejas de universitarios cogidos de la mano. Cenicientas de Radcliff y chicos con el pelo al rape y jerséis de lana que se habían acercado a la ciudad para ver a su héroes durante las vacaciones de Navidad. La luz fue apagándose y sonó una fanfarria de aires vagamente vodevilescos, un largo redoble de tambor; Jack entró en el escenario tambaleándose y estuvo a punto de tropezar con el piano. Agarraba una botella de Thunderbird como si la vida le fuera en ello, con la misma mirada trastornada que exhibía en los estudios de televisión. Parecía haber olvidado dónde estaba o qué era lo que tenía que hacer. Sólo sabía que los músicos eran sus amigos, quizá los únicos que tenía en aquel momento, y cuando empezaron a tocar se dispuso a canturrear satisfecho, lejos del micrófono, enseñándoles la botella mientras le daba la espalda al público.

La perplejidad inicial de aquellos jóvenes se convirtió en impaciencia y, más tarde, en hostilidad. Cuando algunos de aquellos atildados jóvenes comenzaron a silbar y a aplaudir, uno de los músicos le dijo a Jack, con mucha amabilidad: "Eh, es hora de actuar".

Y consiguió encontrar el micrófono y leer un párrafo o dos de En el camino mientras Zoot Sims le acompañaba al piano, pero el público empezaba a pagar y a marcharse; el lugar se quedó vacío antes de que él terminara. Después incluso los músicos parecieron apresurarse en recoger sus instrumentos y dejaron a Jack en la banqueta del piano preguntando abatido: "¿Adónde vais?". "Tenemos que largarnos, Jack. Mañana será otro día".

No me había visto en la mesa del fondo. Me levanté y me dirigí hacia él. Le daría las gracias por haberme invitado y luego haría acopio de todas mis fuerzas para salir por la puerta y marcharme a casa. Quizá él estaría tan borracho que ni me preguntaría qué me había parecido la actuación y yo no tendría que mentirle. Le quería, pero yo no significaba nada para él.

Advertí que, naturalmente, una chica había hecho acto de presencia, un pálido espectro de la noche de rasgos marcados y aquella indiferencia hipster que yo nunca conseguiría imitar. Abrochándose el abrigo muy despacio, se quedó esperándole de pie con aspecto de haberle esperado -con éxito- en otras ocasiones.

-Buenas noches, Jack -lo saludé rápidamente.

-¡Joycey!

Gritó al pronunciar mi nombre, con una voz tan triste que se me olvidaron todos los consejos de Hettie, que me había animado a que me mantuviera firme. Me acerqué a él y le besé en la boca. Me agarró de los brazos y apoyó la frente en la mía; no me soltaba.

-¿Puedes sacarnos de aquí? Quiero ir a algún sitio contigo, pero estoy demasiado cansado para hacer nada, ¿entiendes? Demasiado cansado, demasiado borracho. No te importa, ¿verdad? ¿Puedes sacarnos de aquí?

Qué suerte tuvo Kerouac. Ojalá todos, cuando estemos a punto de caernos en un escenario agarrados a una botella casi vacía de Thunderbird y todo el público se haya ido del local asqueado, tengamos una Joyce que nos meta en un taxi y nos lleve a su casa.

MÁS PADRES E HIJOS

Hace unos días hablé aquí de Maus y de otras obras que exploran la difícil y dolorosa relación entre padres e hijos desde la perspectiva del hijo. Y aquí estoy, emocionado perdido de nuevo, después de ver el pase que La 2 ha emitido de Bucarest: la memoria perdida. Ya no me arrepiento de haberme quedado en casa y no haber ido a un concierto que me apetecía mucho ver (me remordía la conciencia aparcar al cachorro con su madre, qué le voy a hacer, y además, me ha fallado el colega con el que iba a ir). El documental ha hecho que mereciera la pena el muermo hogareño.

No sé por qué no lo vi en su día. Hoy, recién muerto Jordi Solé Tura, era obligada su emisión. Albert Solé, periodista e hijo de Jordi, decidió rodarlo cuando a su padre le diagnosticaron Alzheimer. Es un sencillo, honesto y dolorosísimo buceo en la vida de su padre, cuyos recuerdos se van descomponiendo. Hablan sus viejos camaradas, sus enemigos, las mujeres que le amaron y los tipos que le detestaron políticamente. Es una obra muy extraña en estos lares. Los españoles, tan aparentemente expansivos, somos muy pudorosos al explorar nuestros sentimientos y nuestros conflictos más punzantes. La desnudez con la que Albert se muestra y a la que expone a su familia es rara en una sociedad acostumbrada a encerrar el dolor en casa.

Es precioso, una declaración de amor devastadora e incondicional. Una catarsis que no sé si habrá ayudado a Albert a pasar el trance de la desintegración de su padre con menos dolor, pero que seguro que le ha servido para entender, con una clarividencia nunca antes sentida, el verdadero e invisible cordón umbilical que le ha unido a su padre. Supongo que el dolor será el mismo, no creo que haya consuelo alguno en estos casos, pero al tratar de comprender quién fue su padre, ha estado más cerca de él de lo que nunca estuvo en los momentos de expansión y lucidez.

Muy cercano al entorno de Solé Tura, el de esa clase media universitaria barcelonesa del tardofranquismo, me viene a la cabeza el libro de memorias de Pepe Rivas, Los 70 a destajo. Es una crónica del primer Ajoblanco, y, con la excusa, aparece retratada la Barcelona de la transición, con un montón de personajes entre los que aparecen también Jordi y Albert Solé. En ese libro, Rivas se desata y se confiesa sin ningún pudor, conflictos sexuales incluidos, y creo que algunas de las páginas más emocionantes de la obra son las que dedica a la relación con su padre, viejo burgués de la vieja Barcelona ligado al franquismo. Partiendo del desacuerdo más radical, del desencuentro más absoluto, Rivas va narrando cómo, poco a poco, las líneas divergentes de la brecha generacional fueron convergiendo hasta el entendimiento mutuo. Ambos se admiraban y se reconocían, y para Pepe, ese reconocimiento tuvo mucha importancia.

Los padres dan para mucha literatura (como narración, incluyo Bucarest: la memoria perdida en la categoría de literatura). Y, cuando se traza con sencillez y honestidad, generalmente es buena literatura. Intensa, de altísima carga emocional, una de las más terribles exploraciones de nuestra condición humana: desmontar y volver a montar a esos personajes siempre oscuros, que siempre guardan algún secreto, a los que a veces odiamos y con los que casi nunca estamos de acuerdo nos tiene que enseñar por fuerza muchas cosas de nosotros mismos. Y todo aprendizaje, si se hace bien y hasta sus últimas consecuencias, es doloroso.

DIÁLOGOS SIN BESUGOS

Se han apuntado varias cosas muy majas en los comentarios del artículo anterior. Permitidme hacer algunas observaciones y salvedades a este debate:

  • Dice Rubén: "El desarrollo de Internet deja sin funciones reales a los intermediarios distribuidores, al igual que las tuberías dejaron sin trabajo a los aguadores". Sí y no. Es decir: es un planteamiento cierto en toda su certeza, pero no creo que ese sea el único problema, ni siquiera el fundamental, que se presenta ahora mismo. Porque el cambio tecnológico ha dejado también sin ingresos a los productores, y eso es más jodido, pues hace peligrar la esencia misma de la industria cultural.
  • Sigue diciendo Rubén, en su larga y articulada intervención: "Estos cambios no afectan a los contenidos. Dante y Cervantes desarrollaron su obra de igual manera hubiera o no imprenta, y el agua que llegó por las tuberías era la misma que la que se transportaba en cántaros. No entiendo el disgusto de determinados creadores culturales, que ahora tienen a su alcance más facilidad y posibilidades de difusión de su obra que antes, si no es porque dan más importancia a la dimensión industrial de su obra que a la puramente creativa". Ahí sí que no puedo estar de acuerdo: por supuesto que afectan a los contenidos y a la forma en la que se expresan. Y radicalmente, además. Hablo de lo que sé un poquito, que es la literatura: la imprenta y los cambios en los mecanismos de difusión de las obras condicionaron enormemente el cómo y el porqué de los libros, pues condicionaron también las formas de leer y las expectativas del público, así como su dimensión y formación (no es lo mismo un público de cortesanos y monjes que de burgueses parisinos del siglo XIX que de bolcheviques de San Petersburgo en 1917). Cervantes, de hecho, juega deliberadamente con un supuesto manuscrito firmado por Cide Hamete. Es un juego fundamental, una de las claves básicas del Quijote, la que preña el libro de más posibilidades y significados, y es un juego que no podría haberse concebido dos siglos antes, sin imprentas y con un público lector muy distinto. La novela es un género moderno que debe su génesis y su desarrollo a la sociedad de masas y a la aparición de un determinado público. Sin ese público y sin esa sociedad, la novela pierde su sentido. Por eso hoy no escribimos cantares de gesta ni romances largos, ni tampoco novelas como las de Galdós (aunque algunos best-sellers quieran parecérsele), porque han cambiado las condiciones que hacían posibles esos géneros. El artista no crea sobre la nada, encerrado en su torre de marfil, ajeno a lo que pasa en la calle.
  • Dice Severiano:" Lo del acceso universal a la cultura, etc., no son más que paparruchas para encubrir el hecho fundamental: el público se ha acostumbrado a pillar gratis lo que antes era de pago, y no quiere volver atrás". Al margen de que me ha encantado ese dickensiano y carpetovetónico "paparruchas", creo que das en el clavo. Esa es la cuestión, y veo muy difícil que se pueda encontrar una salida. La cultura pervivirá, pues es consustancial a la vida en sociedad y no hay grupo humano que no tenga sus formas de arte propias, aunque no las llamen así. Lo que no tengo tan claro es que vaya a existir siempre y necesariamente como industria.
  • Y aquí vamos a otro meollo. Apunta Severiano: "Lo que no puede ser es que el público decida que el fruto de mi trabajo es de todos y que yo no tengo derecho a venderlo". El desprestigio social del artista, un tema incómodo. La derechona de este país utiliza mucho el término titiritero como insulto. Dice mucho de quien lo usa así. Dice mucho de su cerrilidad, de su arrogancia y de su carcamalería. Está muy aceptada, y suele ser muy aplaudida, la especie de que quienes se dedican a cantar, a actuar, a componer, a escribir, a dirigir pelis o a esculpir en bronce no merecen respeto ninguno. Que son unos vagos, unos jetas, una gente indigna de compartir la plaza pública con las personas de orden, las que se levantan a currar todas las mañanas en un curro de verdad, sin perder el tiempo en pijadas. Unos piojosos sin dignidad no pueden reclamar nada. Deberían contentarse con que el mundo civilizado y contribuyente tolere sus mamonadas como se tolera a un hijo balarrasa y pendenciero. El Estado les tolera porque lucen bonito y moderno en los actos oficiales, y porque toda corte necesita de bufones, pero que no se salgan de su papel, que no pretendan equipararse al resto de la sociedad a la que chupan la sangre. Esa advertencia está siempre ahí, solapada.

Habría que empezar por desterrar esta mentalidad de notario de Cuenca, y un buen paso en ese sentido sería afeársela a quienes la expresan con bravuconería gallita y neofascista en los más variados foros públicos. Si no estamos de acuerdo con ellos, claro.

DIÁLOGO DE BESUGOS

DIÁLOGO DE BESUGOS

La que se ha liado. El Gobierno quiere crear un órgano dependiente del Ministerio de Cultura que podrá decretar directamente, sin pasar por el juez, el cierre de páginas web que alojen o faciliten sin permiso enlaces de archivos sujetos a derechos. Ante esto, alguien ha redactado un manifiesto titulado En defensa de los derechos fundamentales en Internet, que pretende expresar el cabreo de (cito textualmente) "los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet". Ya hay miles de adherentes y un montón de medios se han hecho eco del asunto.

El manifiesto es una melonada mayúscula, pero no mayor que las que nos tenemos que oír del bando presuntamente contrario, el de Ramoncín. Lo que parecía un debate interesante ha acabado convirtiéndose en una gresca de bar. Proclamar, por ejemplo, como proclama este manifiesto, que el fin del derecho a la propiedad intelectual es "devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras" indica que quien lo ha escrito es muy tonto o cree que los demás somos muy tontos. ¿Alguien piensa que el derecho a la propiedad intelectual se institutuyó para esas cosas en vez de para que los autores de las ideas puedan lucrarse difundiéndolas y explotándolas?

La cosa parece clara: por un lado hay una industria cultural que, tras varias décadas de generar millones y millones a porrillo, está viendo cómo los públicos que hacían posible su opulencia se fraccionan y desaparecen. Por múltiples causas, muchas de ellas ajenas por completo a internet. Es una industria, y por supuesto que se aferrará con uñas y dientes a su negocio, intentando por todos los medios que no se hunda. Y si para ello tiene que sacar los tanques a la calle, lo hará. Y no sólo los malos malotes de los empresarios: los curritos cuyos sueldos dependen de la opulencia de ese negocio no creo que estén dispuestos a irse al ropero de Cáritas sin presentar batalla antes. Otra cosa es que el Gobierno se preste a dejarles los tanques. Es algo que todo el mundo entiende a la perfección cuando el afectado se llama General Motors o Nissan, pero que se ignora -o incluso se celebra- cuando se llama Prisa, Disney o EMI.

En la otra esquina del ring hay una amalgama de "periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet" (manifiesto dixit) que reclaman justamente que Ramoncín no les criminalice por descargarse gratis la peli esa del fin del mundo de los mayas. De acuerdo. Pero más allá de esa demanda razonable -y de que se cuestione que se puedan cerrar webs sin mandato judicial- no entiendo nada de nada. De verdad. Si quieren tomar al asalto el Palacio de Invierno del emule, que lo digan abiertamente, que se lancen a degüello no contra Teddy Bautista, sino contra Steven Spielberg y George Lucas. Que les dejen en pelota picada y cuelguen sus cabezas del palo mayor. Lo que no entiendo es que quieran que Spielberg y Lucas les regalen pelis, que se conviertan de la noche a la mañana en buenos samaritanos que van de pueblo en pueblo llevando la ilusión sin cobrar nada a cambio. A lo mejor los "periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet" tienen otra escala de valores que les hace mejores personas, pero puedo asegurarles que Spielberg y Lucas se metieron en este negocio para forrarse los dos riñones de oro macizo, y si en vez de oro macizo tienen que emplear cobre o latón porque la gente no pasa por caja, invertirán sus fortunas en la industria farmacéutica o en minas de diamantes de Ruanda.

Me da la impresión de que en todo este debate de las cosas pirateras se obvia algo que le resulta evidente a mi sobrina de cuatro años y que muy pronto le resultará igual de evidente a mi hijo de menos de un mes: que la cultura de masas capitalista sólo existe por una cuestión de oferta y demanda. Elvis Presley, Fernando Savater, La Hora Chanante, César Vidal, La Ronda de Boltaña, Chiquito de la Calzada, George Steiner, la poesía beat, Joan Baez, las novelas de Carvalho, Paco Martínez Soria, Locomía, António Lobo Antunes, los esputos de Pérez Reverte y Las señoritas de Aviñón deben su existencia al público, y no a un Geist platónico ni a las musas ni al indomable guerrear de un pueblo orgulloso. Son productos de una industria cultural, y en ese contexto viven y tienen sentido. No han sido transmitidos oralmente a la comunidad por el más anciano del lugar ni son creaciones desinteresadas y colectivas de una aldea de superdotados.

Es la grandeza y miseria de la industria cultural, pero no podemos decir que no nos lo advirtieron. En 1944, dos filósofos de la Escuela de Fráncfort, Max Horkheimer y Theodor Adorno, publicaron un denso libraco titulado Dialéctica del iluminismo. Si no lo han hecho, quizá los promotores de ciertos manifiestos deberían empezar por leerlo. Allí, los dos alemanes esbozan su teoría de la "industria cultural" y argumentan hasta qué punto su mera existencia ha destruído lo que tradicionalmente se consideraba cultura en Europa. La cultura no siempre ha sido una mercancía. La cultura no siempre se ha transmitido en términos de producción y consumo, nos dicen. Pero, cuando empezó a mercantilizarse, se colocó en un punto de no retorno: al convertirse en industria, la cultura firmó su sentencia de muerte. Cuando la rentabilidad sustituyó a la excelencia como criterio dominante, se acabó lo que se daba. No sólo se rebajó a los creadores a la condición de proletarios o, en el mejor de los casos, de mercachifles obligados a vender sus productos en la plaza, sino que se establecía claramente que, el día que la industria dejase de funcionar por falta de clientes, la cultura dejaría de existir. Esto, que parece lógico y evidente, sólo empezó a ser así a partir del siglo XIX, cuando en occidente aparecieron los públicos, democracia mediante, y el arte dejó de ser palaciego. Es decir, cuando los antiguos mecenas se convirtieron en inversores y patronos que esperaban recibir algo (más bien mucho) a cambio.

Goethe, por ejemplo, nunca tuvo que preocuparse de otra cosa que no fuera estar a buenas con su protector, el duque Carlos Augusto, que le dio una casita y le dejó hozar por la campiña de Weimar con todas las mujeres de la corte para que, los ratos que no andaba dándole al frotis-frotis con una dama de alta alcurnia, compusiera el Werther y el Fausto. Goethe los escribió sin preocuparse de plazos de entrega, sin tener que adular a ningún editor, sin montar presentaciones ni preocuparse por obtener una buena crítica o cobrar un anticipo digno. Robert Louis Stevenson, unas pocas décadas más tarde, ya creció en otro modelo: sin duque Carlos Augusto y sin casita en Weimar, tuvo que buscar la manera de agradar con su literatura a unos editores que no le apreciaban por ser amantes del arte, sino porque querían ganar viruta con sus libros. Goethe fue el último gran escritor anterior a la industria cultural, y Stevenson fue uno de los primeros pelotazos -y yo diría que una de las primeras víctimas- de ésta.

Cuando los manifestantes dicen: "Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir" no están diciendo nada. ¿Qué son alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles? La cosa es bien sencilla: yo produzco, tú consumes. Si tú no consumes, yo no produzco, me llevo la pasta a otro lado y tú vuelves a la tradición oral y a los romances de ciego, que es lo único que puede sobrevivir sin industria.

Lo dijeron bien clarito los Sex Pistols en su gira de regreso en 1997, titulada Gira del Lucro Indecente: "Estamos en esto sólo por la pasta". Yo, como currito de la industria cultural -la prensa es parte fundamental de ella-, te aseguro, por si alguien lo dudaba, que no aprieto una sola tecla en el ordenador del periódico si no me pagan. Y no le haré ascos a cuantos aumentos de sueldo quieran proponerme. Sí, me metí en esto por afán de lucro, siento desengañaros. Un lucro miserable, bien es cierto, pero que al menos nos permita a mi hijo y a mí pasar el invierno calentitos sin preocuparnos por la factura de la calefacción.

La cuestión es más radical y dura: ¿necesitamos/queremos una industria cultural? Y aún más: ¿seríamos capaces de generar una cultura (una cultura de verdad, con su literatura, su artisteo y su musiqueo, nada de cuatro adolescentes granudos montando vídeos en YouTube o unos tíos con barba sermoneando como yo en un triste blog), sin una industria? Hace años (quizá demasiados: yo era un pimpollo sin desvirgar), un grupo de bebedores habituales de ron que hacíamos una revista llamada Derraíz creíamos que sí que era posible, y tratamos de argumentarlo en unos cuantos números en los que dimos voz a gente muy interesante (fuimos los primeros que publicamos en España obras del colectivo Luther Blisset, que proponían cosas muy dadaístas y divertidas). Pero el esfuerzo nos agotó y, cuando vimos que aquello no nos reportaba ni un duro, a pesar de que nos divertía un montón, acabamos dejándolo. Todavía tenemos pendiente liquidar los magros fondos de la revista en una juerga de despedida, pero la hemos postergado indefinidamente porque sentimos que hacerla sería oficializar nuestro fracaso. Y somos de los que no damos nuestros brazos a torcer.

Foto: el disco de la gira del lucro indecente.

ANACRÓNICOS GRADUALES

Para comprobar cuánto hemos cambiado no hay que ver Cuéntame. Basta con escuchar a Labordeta. Hace poco, repitió en un montón de entrevistas la misma anécdota: cuando le detectaron el cáncer, una médico le dijo que le tendrían que hacer un PSA. "¿Sabe lo que es?", le preguntó. "Hombre, no he de saberlo, si yo fui el fundador", respondía el cantautor. Para Labordeta y su generación, PSA es Partido Socialista de Aragón, formación creada en la entusiasta transición en plan socialdemocracia protocomunista y aragonesista. Algo que, en Aragón, ya sólo existe en ciertos antros del barrio de la Magdalena de Zaragoza pasadas las tres de la mañana. Si entiendes la anécdota sin que te la expliquen, es que estás tan fuera del mundo como su narrador. Yo la pillé rápido: para mí, PSA también es Partido Socialista de Aragón, y eso, pese a mi aparente bisoñez, me hace sentir un carcamal.

Le pasa algo parecido a Carrillo cuando habla por la radio y se refiere a "los viejos PC". Hablado suena "los viejos peces", y uno piensa en pescados prehistóricos o en raspas podridas en el cubo de la pescadería. Por escrito, por supuesto, se piensa en cacharros como el que te sirve a ti para leer esto, sólo que más viejos, con la pantalla verde y de marca Amstrad o Spectrum. ¿A qué persona sensata se le va a ocurrir que por PC se está refiriendo a los partidos comunistas? De nuevo, que mi pavloviano instinto me haga asociar hoces y martillos a las letras P y C me deprime sobremanera. No hay crema de L'Oreal que me quite los años mentales que llevo encima.

Me sucede lo mismo con la expresión "intelectual orgánico", que alguna vez he empleado para zaherir a ciertos paniaguados. Ahora dudo que se entienda: creo que para los que todavía hicimos el viejo BUP, queda claro qué era un intelectual orgánico del franquismo y en qué sentidos más o menos metafóricos se puede aplicar esa expresión hoy. Pero para una persona razonable, sin deudas y que lleve sus mejores camisas al tinte, un intelectual orgánico tiene que ser por fuerza un ganador del Premio Planeta que cultiva una huerta ecológica. O peor aún: un intelectual hecho de materia orgánica, de carne y huesos, no como esos intelectuales de silicio con memoria RAM.

Una vieja amiga decía que todos somos anacrónicos, que nadie vive al cien por cien en su época. La cuestión es averiguar cuál es nuestro grado de anacronismo, porque es muy distinto vivir con un pie en el siglo XX de las revoluciones postergadas que tener ese mismo pie en el Vietnam medieval o en la Lousiana borbónica.

WIINDIMIA

¿Te has perdido la vendimia de tu pueblo? No te apures, Los Giraos te lo apañan.

 

MÁS MALAS INFLUENCIAS

Aunque parezca mentira, siguen saliendo cositas de mi libro Malas influencias. Este domingo 29 de noviembre, después de los boletines informativos de las 11.00 y de las 22.00, en el programa Literatura en breve de RNE 5, se hablará -espero que no muy mal- de este librico. Todavía no sé si podré estar firmando ejemplares en la Feria del Libro Aragonés de Monzón, que se celebra el finde que viene y que es la última cita literaria importante en esta tierra antes del follón navideño. Lo voy a intentar, pero no prometo nada.

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LA CIUDAD DE LOS ESPÍRITUS

LA CIUDAD DE LOS ESPÍRITUS

Mientras leía estos días el monumental y muy recomendable ensayo La ciudad de los espíritus, de Mark Mazower (Crítica), no dejaba de pensar en un libro de Adam Zagajewski titulado Dos ciudades (Acantilado). Dos ciudades es un ensayo íntimo, si es que eso existe, muy emparentado con la literatura de Sebald, en el que el autor polaco reflexiona sobre su identidad a partir de un hecho fundamental y fundacional: el traslado forzoso de su familia en 1945 desde su localidad natal, Lvov, a una antigua ciudad prusiana incorporada a Polonia tras la Segunda Guerra Mundial, Gliwice (nota para afectados por la Logse: una de las consecuencias del tratado de Yalta fue un reparto de Europa en el que las potencias vencedoras impusieron nuevas fronteras. Uno de los cambios más traumáticos fue que Polonia se movió hacia la izquierda, quedando la franja oriental dentro de la URSS y solapando parte de la vieja Prusia en la zona occidental. La población que habitaba la primera zona fue reasentada en las ciudades alemanas, desalojadas a su vez de sus moradores y rebautizadas con nombres polacos. La familia de Adam Zagajewski vivió ese traslado forzoso).

Los padres y abuelos de Zagajewski nunca se acostumbraron a su nueva ciudad, que él abondonó cuando tenía cuatro meses, y conforme iban envejeciendo y el pasado y el presente se iban emborronando en un sentimiento confuso, la vieja y perdida ciudad de Lvov iba materializándose en las calles prusianas sin prusianos de Gliwice. Hay un párrafo muy emocionante que así lo cuenta:

Recorría las calles con mi abuelo, pero, de hecho, cada uno paseaba por una ciudad distinta (...). [Yo] estaba convencido de que, caminando por las calles de Gliwice entre edificios modernistas prusianos adornados con pesadas cariátides de granito, me hallaba donde me hallaba. Sin embargo, mi abuelo, a pesar de andar a mi lado, en aquellos momentos transitaba por Lvov. Yo recorría las calles de Gliwice y él las de Lvov (...). Después, para cambiar de aires, nos adentrábamos en el Parque de Chrobry, pero él, naturalmente, se encontraba en el Jardín de los Jesuitas de Lvov.

Qué hermosa, sobria y aterradora forma de expresar el desarraigo. Creo que pensaba inconscientemente en Zagajewski -desde luego, más que en Sebald- cuando, en Soldados en el jardín de la paz, escribí sobre los habitantes de la Pequeña Alemania que existió en Zaragoza en los años 20, y lo he hecho conscientemente mientras me emocionaba con La ciudad de los espíritus, la historia de Salónica que ha narrado el historiador Mazower.

Mazower presenta Salónica como una ciudad empeñada en desarraigarse, poblada por gente sin raíces o empeñada en no tenerlas o en echarlas muy lejos de ella. El libro empieza con la conquista de la ciudad por el imperio otomano en 1430, y termina en la guerra civil griega, con un breve dibujo de las últimas décadas. Unos 65 años después de la invasión turca, llegaron decenas de miles de sefardíes expulsados de España y Portugal e invitados por el propio sultán, y hasta los años 20 del siglo XX (cuando empezó una agresiva política de helenización, después de que la ciudad se incorporara al Estado griego en 1912), fueron el grupo social dominante, hasta el punto de que el judeoespañol fue durante siglos el idioma más hablado en una ciudad cuyos habitantes se manejaban en seis lenguas principales (turco, griego, judeoespañol, albanés, valaco y francés, que era la lingua franca de las élites y del comercio).

En unas pocas semanas de 1943, 50.000 judíos sefardíes de Salónica fueron enviados a Auschwitz. Sobrevivieron menos de 1.500, y cuando regresaron a su ciudad descubrieron que su presencia era algo más que incómoda, que no habría complacencia ni consuelo para ellos, que sobraban. Todavía en 1997, tantos años después, el Ayuntamiento se opuso a erigirles un monumento en el centro de la ciudad. Al final se instaló discretamente en la periferia, en una rotonda de la carretera que lleva al aeropuerto.

Mazower se enamoró de Salónica en un viaje hace veinte años, y desde entonces ha vivido obsesionado por su historia. Es decir, por la historia que no se cuenta en los foros oficiales. Al adentrarse en los vericuetos de una ciudad, y no de un país, Mazower desmonta los tópicos nacionalistas y evidencia algo que no por sospechado y sabido es menos sangrante: que la historia y la memoria son instrumentos del poder, que los relatos históricos del pasado se elaboran para justificar el futuro que se quiere construir. Lo sabe muy bien mi amigo Javier Rodrigo, que es experto en la instrumentalización política de la memoria en el debate público.

Los países mienten, maquillan y precisan de retórica para mantener su tinglado a flote. Las ciudades -que casi siempre sobreviven a los países y a los conquistadores: vivo en una que existe desde muchísimo tiempo antes de que ni siquiera se insinuase el país en el que hoy está integrada- lo tienen más difícil. Las ausencias y presencias son difíciles de silenciar, y al relatar la vida urbana sale a la luz buena parte de la mierda que las prístinas y puras naciones tienden a esconder debajo de sus banderas.

Te dejo un pasaje que describe la Salónica otomana de finales del siglo XIX, tan mitificada por los viajeros occidentales por su orientalismo cosmopolita como denostada por los cronistas oficiales griegos por ser parte de un imperio medieval en descomposición:

Es cierto que las ciudades otomanas eran difíciles de descifrar para los visitantes occidentales. Para muchos, como para generaciones de historiadores urbanos de Occidente desde entonces, no se comportaban en absoluto como ciudades. Carecían de espacios públicos como plazas o bulevares; a menudo eran curiosamente silenciosas porque había poco tráfico rodado; de noche quedaban a oscuras y desiertas y las calles no tenían nombre ni números. El primer mapa detallado de Salónica data de 1882 y quedó casi inmediatamente obsoleto por el incendio devastador de 1890. Ni siquiera el tiempo corría tal como lo entendían los europeos, y las llamadas del muecín a la oración no eran de gran ayuda: había pocas torres públicas con relojes, a pesar de lo cual se empleaban como mínimo tres calendarios (cuatro si contamos el judío) y, cuando se preguntaba por la hora, había que precisar si se quería decir alla turca (que comenzaba al amanecer) o alla franca [a la europea]. Los viajeros quedaban comprensiblemente desconcertados, como escribió Lucy Garnett, cuando les hacían preguntas como "¿A qué hora es hoy mediodía?". Para acrecentar la sensación de desorientación, las señales y carteles podían estar escritos en uno de los cuatro alfabetos y las conversaciones que se escuchaban al pasar, en más de seis lenguas, o, en la mayor parte de los casos, en una amalgama siempre heterogénea de todas ellas.

Vamos, que sueltas allí a un notario de Quintanilla de Onésimo y se lía a tiros gritando viva Cristo Rey en menos de cinco minutos.

MARIO DE LOS SANTOS, EN POLONIA

MARIO DE LOS SANTOS, EN POLONIA

Ya sabéis (y si no lo sabéis, lo digo ahora) que no soy amigo de usar el blog como tablón de anuncios. De mis cosas, sí, que para eso cuento mi vida, pero procuro que sea un espacio libre de afiches: no anuncio saraos, no gloso a los amiguetes ni a los artistas que no son amiguetes, ni hago las veces de agenda cultureta del barrio. Esa función la cumplen muy rebien otros blogs y yo me propuse hacer otra cosa, por eso no suelo atender las peticiones que algunos me hacéis a través del mail de que publicite aquí historias varias. No por nada, sino porque creo que desentona, que no es el lugar adecuado. No me odiéis mucho por ello.

Pero hoy permitidme hacer una de las muchas excepciones que planteo a esta norma nada inflexible. Aquí os dejo linkado el artículo que sale hoy en Heraldo sobre el gran editor -y, sin embargo, amigo- Mario de los Santos, que el 4 de diciembre estrena una obra teatral de su autoría en Polonia. Mi compi Sole Campo le ha hecho un reportaje, y un fotero que no aparece especificado (no estoy en la redacción y no puedo averiguar su nombre, lo siento) le ha hecho esta interesante afoto donde Mario parece lo que es: un intelectual de la antigua RDA.

Entre las cosas horribles que Mario ha hecho en su vida está la de editar un libro mío (origen de la amistad: siguió tratándome después de conocer al majadero que había escrito Malas influencias, y eso indica cierto desequilibrio mental). Entre las buenas, además de echarse de novia a una chica más que estupenda, escribir tres novelas muy majas, enamorarse de Colombia y de los colombianos que las pasan putas y escribir unas obras de teatro que se estrenan siempre en Polonia, porque allí vivió una temporada. También presume de preparar unos cócteles de la hostia, mejores que los míos, dice, pero ese extremo todavía no lo hemos comprobado. No hemos encontrado ocasión de medir nuestras fuerzas coctelera en ristre.

Pero, sobre todo y por encima de todas estas cosas contingentes, lo que cuenta es que Mario es un tipo cojonudo, un estupendo charrador y una compañía inigualable, incluso cuando habla del Sporting de Gijón, que es otra de sus pasiones.

Y ya, que luego me llamáis pelota.

PD. Me olvidaba: Mario tiene un blog que se titula como una de sus novelas, Cuando tu rostro era niebla.

ENTRE DOS TIERRAS

ENTRE DOS TIERRAS

Hoy, Pablo y su pediatra se han conocido. Andaba yo algo preocupado, porque no me hacía gracia la perspectiva de encontrarme a un señor desabrido, funcionarial y resentido toquiteando el frágil cuerpo de mi cachorro. Pero, una vez más, la vida nos ha sonreido, y parece que Pablo va a tener un pediatra fantástico, muy simpático y cariñoso, uno de esos médicos que te hacen sentir bien, que te curan con un par de frases tranquilizadoras.

Pablo se ha relajado tanto con su buenrollero pediatra que se ha meado en mitad de la consulta. En plan géiser, como suele hacer, regándolo todo a conciencia. Luego, en casa, ha repetido el número con mi camisa como diana, y por la noche, cuando intentaba darle un baño, ha hecho otro pase apuntando a otra camisa recién sacada del tendedero. Para rematar, ha regurgitado sobre la camiseta limpia que me acababa de poner. Me tiene manía o me ama demasiado, porque a su madre no le hace esas cosas. Ya se sabe: las madres son sagradas y los padres están para ser meados y cagados cuando convenga.

Expresiones de amor filial -y fluvial- al margen, cuento lo del pediatra porque, aunque llevo muy poquitos pasos andados en este extraño y permanente estado de paternidad, empiezo a percibir ciertas actitudes y cierto ambiente sectario que me está dando muy mal rollo. No por mi hijo, que se contenta con dejarme sin ropa limpia y con el que tengo una relación de lo más fluida (no sólo por lo mucho que lubrica las relaciones la orina -que se lo digan a Pedro J.-, sino por las rutinas que estamos estableciendo y que nos unen más que la teta de una madre: usar las canciones de La Polla Records como nanas, acunamientos desenfrenados a ritmo de los grandes éxitos del punk rock español, desde Cirrosis a Parálisis Permanente, pasando por Eskorbuto y, a veces, hasta Porretas, e imitaciones de llanto de bebé alla maniera de Faemino y Cansado. Hasta la fecha le distingo dos tipos de llanto: "neee" y "buaaa". El primero es más desganado e indica hastío y desencanto vital, y el segundo es un sustitutivo de me voy a cagar en todas tus muelas, y lo haría de verdad si no llevara pañal y pudiera orientar mi culo hacia tus muelas).

Como digo, el mal fario que me está dando la paternidad no tiene que ver con mi hijo, sino con ese grupo sectario y tenebroso que conocemos como "los otros padres". Como toda secta, quieren cooptarte, pero no a cualquier precio: tienes que pasar por varios ritos iniciáticos que no te especifican con claridad, pero cuya crueldad y sofisticación sadiana intuyes de reojo. Y lo peor es que no puedes buscar refugio ni consuelo en el bando contrario, el de los chicos jóvenes que no son padres y se emborrachan todas las noches. Ellos han dejado de considerarte uno de los suyos y te dejan bien claro que no van a poner su hombro para que les llores ni para que tu hijo les vomite. Así que, o entras en la secta de "los otros padres" o te quedas solo en casa escribiendo en tu blog.

En la consulta del pediatra, por ejemplo. En la sala de espera. A simple vista, parece una sala de espera normal. Gente aguardando ser atendida y una enfermera que de vez en cuando va gritando nombres. Buscas un sitio cómodo para ti, tu chica -todavía flojucha de los días de hospital- y tu cachorro, y te dispones a dejar pasar el rato como harías en cualquier otra consulta médica. Pero, a los pocos minutos -todo depende de lo que se alargue la espera-, empiezas a notar una presión incómoda y difícil de concretar. Son miradas extrañas que percibes fugazmente, bisbiseos, susurros y sonrisas torcidas.

Hasta que una madre rompe el hielo y se lanza a hablar: ya estamos en su red, somos una presa fácil. Somos padres primerizos con cara de pardillos. Se nota que es nuestro primer hijo por la atención desmedida que prestamos a cualquier movimiento del crío. No lo sabemos, pero nos hemos convertido en objetivo a abatir. En el alimento ideal de una madre-depredadora con dos o más crianzas en sus pechos y espaldas.

Lo que empieza como una conversación inocente deviene pronto un tercer grado. La madre-depredadora está calibrando si realmente tenemos madera de padres, si merecemos entrar en el club y si somos aptos para superar las pruebas iniciáticas, las que nos otorgarán las credenciales para disfrutar de los columpios del parque y de las tiendas de chuches en igualdad con los otros padres. Nos reprocha lo blandos que somos (porque se ve a la legua lo mucho que mimamos al niño, dice), nos exhibe sus hitos ("a la primera -emplean ese lenguaje en clave, hay que entender que por "la primera" se refiere a su hija mayor- no le dejé sentarse hasta los nueve años, que luego se malacostumbran y quieren sentarse en las sillas, y eso no puede ser. Con los chupetes y las sillas hay que ser muy estricto), sus trofeos ("apenas vengo al pediatra, porque mi hija está más sana que una manzana". Subtítulos: porque yo sí que soy una pedazo de madre que la cuida, y está por ver que vosotros estéis hechos de esa pasta, a lo mejor os las tenéis que ver con los servicios sociales o con el juez) y sus heridas de guerra ("una noche, el mediano casi se ahogó con el pene de plástico que venía en un huevo Kinder. Menos mal que mi marido hizo un curso de primeros auxilios y le practicó el boca a boca hasta extraerle el pene").

Nos está probando, qué duda cabe. Pretende apabullarnos. Probablemente intenta desanimarnos con el secreto deseo de que le entreguemos a nuestra cría, pero nosotros nos hacemos fuertes en el nido y protegemos los huevos. Yo, íntimamente, confío en que si la madre-depredadora se acerca demasiado a Pablo, éste responderá con un letal ataque de orina en toda la cara.

De vez en cuando intervienen otras madres-depredadoras, marcando el territorio, dejando claros sus vastos conocimientos de la ciencia de la maternidad y recordándonos que esto no es un camino de rosas, que nos quedan muchos pañales, muchas noches en vela y muchas funciones escolares para ganarnos su respeto.

En otras palabras: que no nos creamos que somos padres por el mero hecho de tener un hijo. Sólo seremos merecedores de ese título cuando hayamos sufrido lo que han sufrido ellas.

¿Hay que aclarar que nos envidian? Envidian el brillo que todavía se aprecia en nuestros ojos, porque de los suyos hace tiempo que desapareció. Añoran los días en que no deseaban asesinar a los monstruos de sus hijos. Añoran los días en que conversaban con adultos sin niños interrumpiendo. Añoran las noches en las que podían follar haciendo mucho ruido.

Pero no nos contagiarán su postración. Lo tenemos claro. Nos haremos fuertes.

Por eso nos vamos a tomar un vermú al Tubo, buscando el amparo de nuestra gente, la que hasta hace dos días nos saludaba con afecto y celebraba nuestras bromas con carcajadas. Nos ven, saludan a Pablo, nos dan la enhorabuena y... se excusan con suavidad. Se dan media vuelta y se sitúan a una distancia prudencial. Y desde ella nos lanzan tenues miradas de reproche que dicen: "Qué vergüenza, con un bebé y por ahí de vermú, como si no tuvieran responsabilidades, cuando deberían estar en su casa lavándose esa ropa que huele a pis y no bebiendo cerveza junto a una criatura tan pequeña". Ya no estamos en su mundo, nuestras bromas ya no les hacen gracia. Somos grotescos, unos pervertidos, unos outsiders.

Aquí estamos, en tierra de nadie, a resguardo -de momento- de las madres-depredadoras y desterrados de nuestra vieja tribu. Le cantaré a Pablo otra canción de La Polla Records antes de que se me mee otra vez.

Foto: cuando escucha a Charly García, a Pablo le gusta morderme la nariz con su boca desdentada. Todavía no ha aprendido a diferenciarla de la teta de su madre. Para él, todos los apéndices del cuerpo alimentan por igual.

LA UE REALMENTE EXISTENTE

LA UE REALMENTE EXISTENTE

Hace veinte años, según nos han recordado a voz en grito, se acabó el llamado socialismo realmente existente.

Pues quizá se acabó en la vieja URSS y en la Europa del Este, porque en la del oeste sobrevive, y el hecho de que coincidan en el tiempo los fastos por el aniversario de la caída del Muro y el nombramiento del presidente de la Unión Europea no hace más que subrayarlo.

¿Qué pasa con la Unión Europea realmente existente? A mí cada día me recuerda más a los regímenes del Pacto de Varsovia. Quizá sin Stasi, quizá sin KGB (o eso parece), quizá con libertad para que yo me cisque en ellos desde aquí sin miedo a que esta madrugada llamen a mi puerta y se me lleven a un psiquiátrico. Pero, salvado el componente policial, en las formas, esta UE se parece mucho a aquellas repúblicas democráticas.

Se parece, para empezar, en que ambos emplean, como sustantivo y como adjetivo, la palabra democracia. La emplean con profusión, impregnando con ella toda su retórica. Y, de tanto emplearla, de tanto estamparla en tratados, discursos y sentencias de Estrasburgo, se les ha olvidado usarla. Como esas parejas que de tanto decirse "te quiero" resecan el amor y acaban por no saber en qué consiste ese sentimiento.

En el Kremlin de Bruselas se reúne una nomenklatura formada por ministros de los estados miembros, que hacen encaje de bolillos y equilibrios sobre barra para quedar por encima o devolver algún que otro favor. Lo que deciden se lo pasan a un soviet supremo que, aunque formalmente ha sido elegido por sufragio universal -como el soviet supremo original- no tiene capacidad ni para proponer leyes ni para nombrar gobiernos. Quien corta el bacalao en la UE es la comisión, que está nombrada por el comité central del partido, es decir, por los gobiernos de los países.

Occidente criticaba al bloque comunista que su democracia era una farsa por dos razones básicas: no había libertad de partidos y, pese a que los parlamentos se elegían por sufragio universal, en la práctica no había posibilidad de elegir candidatos al margen del partido comunista; y los parlamentos eran instituciones muertas, pues las decisiones se tomaban en el seno del partido, que era quien ponía y quitaba gobiernos y quien dictaba las leyes.

De acuerdo que la Eurocámara se elige por sufragio universal y hay libertad para elegir y ser elegido, con pluralidad de partidos, pero la segunda crítica que hacía Occidente al bloque comunista es perfectamente aplicable al funcionamiento de la UE hoy.

Ahora se ha elegido un presidente de la UE. ¿Tú lo has votado? ¿Has votado a otro candidato? ¿Han hecho campaña electoral, se han presentado programas y candidaturas, se han abierto los colegios electorales? Yo no he visto nada de eso. Se han juntado unos tipos en unos despachos de Bruselas y, bajo la atenta mirada de los bruselasólogos -herederos de los kremlinólogos-, se lo han jugado al Monopoly. Venga, te dejo que nombres a fulano si me das la calle Arenal. No, la calle Arenal, el paseo de Recoletos y un hotel en Leganitos. Hecho, pues.

Y todo ello, gracias a un tratado que fue rechazado en referéndum por los irlandeses, pero a los que se les conminó a votar otra vez porque la primera habían votado mal. Menos mal que en Bruselas -donde la vanguardia del proletariado vela por los intereses de clase- saben lo que conviene a las masas atrasadas y les orientan en la dictadura del proletariado, fase previa del socialismo.

Una vez corregido el error irlandés -y ejercitada la autocrítica correspondiente- han salido al balcón para anunciar su decisión ante las masas europeas, que han tarareado la novena de Beethoven hasta quedarse sin voz. ¡Viva la democracia europea realmente existente!

Ha habido contestación, no creas que la ciudadanía europea asiste impasible a los desmanes de esta decadente oligarquía soviética. Un grupo de eurodiputadas ha salido diciendo que les parece muy mal que haya más hombres que mujeres en la comisión y que el presidente sea un maromo, y encima, feo.

No les parece mal que haya un presidente que los europeos no han votado. De sufragios y democracias no se habla. Para qué, pudiendo hablar de paridad. Con que hubiera más mujeres dirigiendo el cotarro se quedaban contentas. Aunque a esas mujeres tampoco las elija nadie y lleguen allí por el cambalache de costumbre del tú me das, yo te doy.

No he leído un solo artículo de prensa que plantee esto. Todos hablan de que si el nuevo presi tiene un máster, que si sabe leer en latín al revés o que se emociona con la narrativa experimental francesa. Otros cuestionan si la elección es conveniente para el equilibrio de potencias europeas, a ver si Brown se me enfada, a Merkel le sale una úlcera del disgusto o a Sarkozy se le enfría la sopa. Es decir, análisis propios de kremlinólogos.

¿La democracia? La democracia está bien para los discursos, las canciones de Víctor Jara y el reverso de los billetes de 500 euros. Pero cualquier persona sensata que siga El gato al agua sabe que la política de verdad no se puede dejar en manos de los ciudadanos, esos currantes ágrafos y manazas que todo lo rompen.

Yo cada día me siento menos europeo y más amerindio, la verdad.

DEL 40 AL 1

Pues parece que esta semana mi Soldados en el jardín de la paz se ha convertido en el libro aragonés de no ficción más vendido, según la lista del Artes y Letras. Y yo con estos pelos y estas pintas de indigente. Pues nada, espero que Chusé y la gente de la editorial estén contentos. Yo lo celebro ahora con un vaso de vino de Borja con gaseosa y unas paciencias sorianas. Gracias a todos los que lo habéis comprado. Ojalá lo consideréis digno de lectura también.

EL DÍA EN QUE FUI FRANQUISTA

EL DÍA EN QUE FUI FRANQUISTA

Creo que no lo he contado aquí, pero supongo que ni a I. ni a D. (que firma sus comentarios en este blog como Ex Compañero de Piso) les importará que repita para esta audiencia uno de los episodios más bochornosos, atontolinaos, estúpidos y potencialmente peligrosos de nuestras vidas.

Me refiero al día en que fuimos franquistas.

Fue sólo un día. Un 20 de noviembre de hace algunos años -¿puede que empiecen a ser demasiados? Me noto viejo y achacoso- en Madrid. Y como la gloriosa efeméride vuelve a celebrarse esta semana, es un buen momento para contarlo.

El 20 de noviembre anterior al que me refiero, D. llegó a casa a la hora de comer y nos enseñó un cartón:

-Mira, me he hecho un carnet de Francisco Franco.

-Aparta eso de ahí. ¿De dónde coño lo has sacado?

-De la Plaza de Oriente. Bueno, no, de la Plaza de Ópera, que es donde se ponen los puestecillos de Falange. Había mogollón de viejos y en un puesto daban estos carnets. Me he hecho uno.

-Joder, estás fatal. ¿Para qué coño te acercas por allí?

-Si no pasa nada... Son cuatro viejos que apenas pueden levantar el brazo por la artritis. Un descojone, la constatación de que el franquismo está muerto de verdad o le queda muy poco fuelle.

Ahí se quedó la cosa.

Durante todo ese año nos dio por decorar el piso con parafernalia propia de los desustanciados que éramos: carteles de muñecos que se tiraban pedos con advertencias de peligro tóxico, botellas vacías de licor de guayabita del pinar y envoltorios de snacks alemanes que trajo una chica que vivió unas semanas con nosotros mientras hacía un estudio de mercado para introducirlos en España (no los he visto ni en el Lidl, y juro por Juan Tamariz que me alegro un huevo, dice mucho del paladar español que esas mierdas incomestibles no hayan encontrado clientes al sur de los Pirineos). Cuando hubimos refinado bien nuestro estilo de interiorismo y empezamos a barajar la posibilidad de incorporar alguna señal de tráfico o un cono de obras de la M-30, nos topamos con algo que nos enamoró a primera vista. Sin palabras convenimos que era perfecto para colgar en la pared.

Era un cartel que anunciaba el 20-N. Como creo que era el 25 aniversario, se habían esmerado un poco más en el diseño, y tenía las caritas angelicales de Franco y José Antonio. Nuestro casero era general de la Guardia Civil, así que la humorada se amplificaba.

Sí, ya sé, nadie le vio nunca la gracia aparte de nosotros. Pero qué más daba. Éramos felices y franquistas.

Con ese cartel, D. se animó y empezó a convencernos a I. y a mí de que fuéramos a la Plaza de Oriente a -palabras textuales- "descojonarnos de los viejos".

-Venga, veis el percal y luego comemos algo.

Creo que me sedujo la perspectiva del "luego comemos algo". O quizá fue la resaca de licor de guayabita del pinar. El caso es que D. nos convenció. Y el 20 de noviembre nos montamos en el metro y nos fuimos a ver de qué iba ese acto decrépito de ancianos que no podían estar mucho cara al sol, pues se entumecían y se quedaban dormidos.

(Un inciso: por aquel entonces, I. y yo llevábamos el pelo muy largo y nuestro look no tenía nada que ver con el protopijo de profesionales aburguesados que exhibimos hoy. Otro inciso: por aquel entonces, empezó a interesarme la fotografía, y me paseaba con una reflex antigua haciendo pretenciosas y fatuas fotos en blanco y negro. Por supuesto, me llevé la cámara al acto. Fin de ambos incisos).

Deberíamos haber dado media vuelta cuando vimos que en la Plaza de Oriente no había cuatro viejos. Ni siquiera cuarenta. Eran unos pocos cientos, puede que algunos miles incluso, y parecían lozanos, fuertotes y bastante agresivos. A lo mejor nos paralizó el miedo. D. masculló entre dientes: "Os lo juro, el año pasado no era así, daba risa, era muy patético. No entiendo qué ha pasado".

-Qué alegría, cuánta gente joven ha venido este año -gritó con entusiasmo una mujer de unos sesenta con pinta de ser la mala de las hermanas Hurtado.

El acto empezó y, ya que estábamos allí, nos quedamos. La verdad es que, pasada la impresión inicial, no nos sentimos especialmente amenazados, y el ambiente se relajó tanto que I. hasta me susurró, en una inconsciencia suicida que todavía hoy le reprocho con ganas de estrangularle: "Venga, Sergio, saca la ikurriña ahora".

Mientras hablaba el confesor de Franco, un fraile capuchino que llamó a las armas contra las 17 autonomías que habían roto España, me subí a la basa de uno de los pilares del Teatro Real y me puse a hacer fotos. Por lo menos nos llevaremos un bonito recuerdo de tan soleada y patriótica mañana, pensé. La señora que se congratulaba de la juventud que dominaba entre el público estaba a mi lado, dejándome sordo cada vez que gritaba "¡Arriba España!" o "¡Franco, Franco, Franco!".

No habría tirado ni tres placas cuando se acercaron cuatro de esos jóvenes entusiastas y con susurros firmes y dejando bien clarito lo que les podía pasar a nuestros cuerpos serranos si no les hacíamos caso, me conminaron a entregarles el carrete.

Opusimos un poco de resistencia al principio, y por un momento vi mis dientes esparcidos por el suelo y mis costillas hundidas contra los pulmones. Recuerdo que pensé en castizo: "Joder, nos van a dar la del pulpo". Pero la hermana mala de las Hurtado les dijo a los gangsters que nos azuzaban, con una voz que aún me hiela la sangre al recordarla: "Dejadlo para después".

Se refería a que el acto estaba siendo grabado por cámaras de televisión. Cuando la prensa se fuera, podrían darnos nuestro merecido sin testigos incómodos.

Les dimos el carrete y salimos por peteneras. A mí no dejaron de temblarme las piernas hasta que no llegamos a Malasaña y nos sentimos "en nuestro territorio", y después de asegurarnos varias veces que nadie nos había seguido. I. y yo fuimos repitiéndole a D. durante todo el camino: "¿Con que sólo cuatro viejos? ¿Sólo cuatro viejos?". No nos quedaron ganas de comer algo luego.

Sí, éramos jóvenes y, por tanto, gilipollas. Y sí, puede que nos estuviera bien empleado, por graciosillos sin gracia y por tontear con asesinos de masas orgullosos de serlo. No te lo niego. Pero también te digo que no me arrepiento de aquella mañana. Aquella absurda y suicida experiencia me enseñó más sobre el país en el que vivo que las obras completas de Unamuno y Menéndez y Pelayo juntas.

PADRES E HIJOS

PADRES E HIJOS

En estos preciosos momentos de paz, cuando Pablo duerme sin reclamar atención ninguna, releo Maus. No sé por qué mis manos se han ido a buscar su hueco en la biblioteca. Lo he abierto y he vuelto a los trazos dolientes de Art Spiegelman, y aquí estoy, emocionado y confuso, con ganas de contártelo.

Ya lo sabrás, pero, por si acaso, te lo recuerdo, para que sepas de qué hablo: Maus es la obra maestra de Spiegelman y una de las cumbres del cómic. Fue Premio Pulitzer, pero eso es lo de menos. En ella, Spiegelman contó la historia de su padre, judío polaco superviviente de los campos de exterminio, y lo hizo empleando un lenguaje tan sencillo en la enunciación como complejo y lleno de capas en la expresión. Spiegelman dibuja a los judíos como ratones; a los nazis, como gatos; a los polacos, como cerdos, y a los americanos, como perros. Utiliza estas convenciones de los cuentos infantiles para crear unos juegos sutiles y descarnados que, en su día, fueron valorados como poderosísimos hallazgos expresivos.

Me impresionó mucho Maus la primera vez que lo leí. Me impresionó la dureza en el trazo y cómo Spiegelman retorcía ese animalario propio de las historias de niños para ahondar en la memoria del Holocausto. Pero la fuerza de las viñetas no me dejó ver -o no me dejó sentir con toda la intensidad que merecía- el verdadero significado de Maus.

Maus no va del Holocausto. Maus no va de la memoria de una generación culpable. Maus no va de héroes y villanos ni de víctimas ni verdugos. Maus no va de conozcamos la historia para no repetirla.

No. La historia que cuenta Maus es mucho más dura: es la de un hijo que busca a su padre. Y, por supuesto, no lo encuentra. Spiegelman escribe en este cómic una carta cuyo destinatario no tiene interés en abrirla. Y es mejor que así sea: si la abriera, no la entendería. Maus habla de la incomunicación, de la orfandad que siente un hijo cuyo padre es absolutamente incapaz de ejercer como tal.

La historia transcurre en dos planos espacio-temporales: la casa de Rego Park, en Queens, Nueva York, en los años 70, y la Polonia ocupada por el ejército nazi en los años 40. Art Spiegelman -que ya nació fuera de Polonia, en 1948- acude a la casa de su padre en Rego Park porque quiere que éste le cuente su experiencia bajo el Tercer Reich. Al principio, esto parece un simple recurso narrativo, un pie forzado para introducir la historia del Holocausto. Pero, conforme avanza el libro, la trama de Rego Park cobra más fuerza y dolor, mientras que la de los judíos polacos se aplana y acartona. Al fin y al cabo, es un testimonio más sobre el Holocausto, con los tópicos que hoy ya todos conocemos. Es un relato que nos han contado millones de veces, y sabemos perfectamente cómo acaba.

En cambio, la trama de Rego Park es compleja, sutil, dura. En los encuentros que padre e hijo tienen para recordar historias de la Polonia ocupada va tomando forma la desesperación de Art Spiegelman, hasta que el lector se da cuenta de que, en el fondo, el pasado de su padre le importa muy poco. El pasado es una excusa. O, a lo sumo, una herramienta para comprender quién demonios es ese desconocido huraño y solitario que dice ser su padre.

La barrera entre ambos es altísima, insalvable. No sé cómo no sentí esa angustia la primera vez que leí Maus, pero esta noche me ha atenazado. He comprendido perfectamente a Art Spiegelman, perdido, absolutamente extraño en la casa en la que creció, que se ha convertido en un territorio hostil.

No es casualidad que sean los judíos quienes, tras el Holocausto, se hayan preocupado más sobre las dificilísimas y demoledoras relaciones paterno-filiales. Y siempre desde la perspectiva del hijo. Maus no es un hecho aislado: se enmarca en una tradición -judía y neoyorquina, para más señas- que han cultivado tipos como Philip Roth o el propio Woody Allen. Mi querida A. M. Homes, que fue adoptada por un matrimonio judío y vive en Nueva York, también ha explorado estos mundos desde una perspectiva dura y directa.

En el ámbito hispano pienso en el argentino Sergio Chejfec, que debutó con una novela autobiográfica muy difícil y densa titulada Lenta biografía, cuyo leitmotiv central es su padre y los amigos de su padre reunidos los domingos en su casa del barrio del Once de Buenos Aires -el barrio judío de la ciudad- recordando en yidish historias de los campos de concentración, y discutiendo por pequeños detalles de insignificantes anécdotas.

También argentina es El abrazo partido, una película que no me gustó nada, pero que habla de padres ausentes y orfandades más o menos íntimas e insuperables en una galería del barrio del Once, y que podría haber sido una obra excelente de haberse mantenido fiel a su planteamiento.

Está claro: los judíos, por razones históricas obvias, viven obsesionados por la figura del padre como demonio interior y tótem exterior. Son los que menos pudor han tenido a la hora de explorar ese mundo tan doloroso y tan íntimo, y nos han dejado algunos relatos desgarradores sobre el tema. Los que no hemos sido educados en esa cultura parece que tenemos vergüenza a exhibir nuestra orfandad. O quizá es que tenemos una estupenda relación con nuestros padres que a los judíos se les niega por sistema. Me parece que es más bien lo primero.

Puede que sea especialmente sensible a ese tema por razones estrictamente personales. Puede que tener a mi hijo durmiendo en la habitación de al lado me haga pensar con más fuerza en estos asuntos.

No lo sé, pero llevo un tiempo convencido de que jamás escribiré nada que valga la pena si no hago como todos esos judíos y encaro mi propia historia sin pudor.

No sé si me atreveré algún día.

Post data de martes por la mañana.- Entre las obras "cristianas" que me han venido a la cabeza que tratan de la relación padre-hijo, me quedo de momento con El quadern gris, de Josep Pla. Es un dietario, y en ese género es fácil -y obligado- ahondar en las entretelas familiares. Pero lo que me interesa de Pla no es lo que cuenta de su padre, sino lo que no cuenta. En las elipsis y en los silencios dice mucho más que en las descripciones y relatos. Con ellas, Pla deja claro lo mucho que le dolía su padre, lo duro que le resultaba relacionarse con él y lo extraño -gélido y cálido al tiempo- que le hacía sentir. La presencia del padre de Pla es mucho más poderosa que la de la madre, aunque esté más ausente. Precisamente por eso. Por cierto, que fuera de Cataluña también debería leerse a Pla, que es uno de los escritores más contenidos y emocionantes que ha dado España. Y, si es posible, que se lea sin traducir, disfrutando de ese catalán arcaico y reinaxentista que manejaba con tanta austeridad como maestría.

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LA VIDA SIGUE (PERO NO IGUAL)

LA VIDA SIGUE (PERO NO IGUAL)

Aunque yo me he desconectado un poco del mundo para conectarme a mi hijo, el mundo no se acaba de desconectar de mí. Por suerte.

Este lunes, 16 de noviembre, a partir de las 21.45, salvo imprevisto o cambio de última hora, apareceré en el programa La vida sigue igual, de Aragón Televisión (Aragón TV Sat para plataformas de cable y parabólicas fuera de Aragón). Uno de los bloques del programa estará dedicado a mi libro Soldados en el jardín de la paz. David Marqueta me entrevista en plató junto a Pablo Bieger, Juan Kurtz y Anneliese Wingenbach, y se emitirán tres vídeos que resumen grosso modo (pero que muy grosso modo) la historia que cuento en la obra.

Eso, en lo que a faranduleo librero se refiere.

Por otro lado, mientras Pablo nacía, recibí una invitación del Ayuntamiento (espero que no sea supersecreta; no lo creo, estos procesos suelen ser públicos y transparentes) para participar en uno de los grupos de trabajo que emprenderán el debate previo para la elaboración de la candidatura de Zaragoza como Capital Europea de la Cultura en 2016. Según me dicen, esto servirá también para redactar el primer Plan Estratégico de Cultura de Zaragoza. Al parecer, lo que digamos y acordemos en esas mesas de trabajo servirá como base para todo esto. En los grupos habrá representación de escritores, artistas, cineastas, productores, editores, promotores de conciertos, periodistas...

No sé cómo será de plural y polifónica la selección de culturetas a los que el ayuntamiento nos quiere pedir opinión (espero que mucho y muy variada en registros, si no, no deberían molestarse en convocarlos), pero, a priori, les honra mucho que hayan pensado en mí como una de esas voces dignas de ser escuchadas. Y no porque yo merezca ese honor más que otros, ni porque tenga mejores cosas que aportar que otra gente más sabia y más bella, ni porque esté mejor o peor cualificado, sino porque no me he distinguido precisamente en la alabanza a la política cultural de este gobierno municipal, cuya gestión he criticado abiertamente en muchas de mis columnas. Quien haya propuesto poner mi nombre en la lista -y no sospecho ni remotamente quién puede haber sido- estará al tanto de mis ideas al respecto, así que es posible que no busquen complacencia ni que les digan lo guapos que son, sino que quieran debatir de verdad para empezar a plantear una auténtica política cultural en una ciudad que lleva tiempo pidiéndola y necesitándola. A ver si es verdad.

He aceptado la invitación con muchísimo gusto, por supuesto. Si puedo contar algo más adelante -que no lo sé, a lo mejor esto se hace a puerta cerrada y en un sótano con goteras, aunque lo dudo mucho-, ya te diré.

DISCULPEN LAS MOLESTIAS

DISCULPEN LAS MOLESTIAS

He estado un poco ausente de aquí. Y siento anunciar que, probablemente, seguiré estándolo un tiempo. Mis aparaciones, durante algunas semanas, serán intermitentes e imprevisibles, pero no por pereza o indolencia. Nada de eso. Es que he tenido un hijo y, como seguramente comprenderás, a él me debo en estos primeros acordes de concierto vital, para darle toques de diapasón y que encuentre con facilidad la clave de afinación, ahora que todo es nuevo y el mundo le suena cacofónico e incomprensible (como si a los adultos nos sonara armonioso, ¿verdad? Lo que pasa es que nosotros sabemos fingir que entendemos la partitura).

Eso sí, cuando escriba aquí (en Heraldo me he cogido unos días de permiso de paternidad, Estado del Bienestar mediante), le dejaré a cargo de Stewie Griffin, que, como se ve en la foto, se toma su trabajo de babysitter muy en serio. Por cierto, he colgado esta imagen para enseñártelo y presumir un poco de él. Por pura vanidad de padre baboso. Está tomada en el hospital. Ahora estamos ya en casa, agotados y felices.

Se llama Pablo, Pablo del Molino, y mis colegas son sus colegas. Para lo que quieras.

Abrazos y besos.

PD: sois muchos los amigos que me habéis escrito estos días felicitándome o preguntándome si el nacimiento se había producido ya. Siento no haberos hecho caso. Es probable que no tenga tiempo de responderos a todos, ni siquiera a la mitad, pero daos por besados con estas líneas y ya recibiréis más adelante un beso físico, sonoro y bien lleno de babas, como debe ser.

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