COMERRANAS
Leo en Las vírgenes sabias, de Leonard Woolf, escrita hace cerca de cien años:
El lugar en el que se vive debe ser cómodo, eso ante todo. La gente debe dejarte a tu aire (...). La comida debe ser apetitosa. La gente debe hablarte en un idioma que entiendas. Supongo, mi querida Milla, que Londres es el único lugar que se encuentra adecuadamente acondicionado para todos esos menesteres. Todo esto, por supuesto, sería imposible en Alemania; los alemanes son gente difícil de soportar. En Francia está el problema de la comida, que siempre le amarga a uno la digestión. Y en Italia ocurre lo mismo, solo que allí a uno estas cosas le afectan de manera diferente. Y, por supuesto, las lenguas extranjeras son sencillamente inaguantables.
Se lo leo a Cris, y me dice: "Sólo un francés podría escribir algo parecido, hablando de la comida inglesa y del resto de las naciones". Es cierto. Hay países que se hermanan en el desprecio a los bárbaros. Y en el desprecio mutuo. Se han despreciado tanto los unos a los otros que acaban pareciéndose un montón.
Durante mucho tiempo, los ingleses han considerado que los franceses eran repugnantes a la hora de comer. Tiene cojones que unos tíos que meriendan sándwiches de pepino y que tienen al roast-beef, que no deja de ser un trozo de carne maltratado, el primo tonto de un asado en condiciones, tengan esa opinión del país donde mejor se come del mundo (y luego desarrollaré este axioma que no debería merecer discusión, pero que seguro que alguien me viene con Arzak, con Adrià y con la cocina mediterránea, como si la francesa no tuviera también su parte mediterránea).
Parece una humorada, pero así son las cosas. De hecho, durante mucho tiempo a los franceses se les llamó frogeaters. Literalmente, comerranas. Porque servían en sus restaurantes ancas de ídem, algo que a los ingleses les parecía sumamente repugnante. Pero no sólo les asqueaban las ancas. Les costó acostumbrarse a la deliciosa y sádica costumbre de hipertrofiar hígados de oca y, por lo general, consideraban que la cocina tradicional gabacha, llena de salsas gordas y ricas en grasas, era demasiado pesada e indigesta para el frugal paladar de un caballero inglés (sí, esos que desayunan medio kilo de bacon rezumante de grasaza de la sartén).
Es verdad que es una de las críticas más unánimes que se le ha hecho a la haute cuisine tradicional: esas holandesas, esas espesísimas salsas al roquefort, esas carnes irreconocibles después de haber sido anegadas en litros de nata, mantequilla y huevos... Pero, aun así, a pesar de que ni los estómagos más resistentes podían digerir aquello sin un buen espolvoreado de bicarbonato, la cocina francesa ha sido y sigue siendo la mejor. Mejor que la española. Sin duda. Como en Francia, no se come en ningún sitio.
Porque los franceses son sincréticos. Francia es el Caribe de Europa -sin su gracia, sin sus playas e, iba a decir, sin sus dictadorzuelos, pero viendo a Sarkozy...-, en el sentido de que allí se cruzan y se mezclan todas las corrientes del continente. Y la gastronomía es una de las manifestaciones culturales más permeables a la polución extranjera, la que primero y con más alegría incorpora a su espíritu los vientos del mundo. Por eso, en Francia se mezclan las tradiciones más puramente continentales, las que vienen de Germania, del norte y del este de Europa, con las meridionales y mediterráneas (mediterráneas que entreveran su legado romano con el moruno).
Por supuesto, hay muchas cocinas francesas, como hay muchas españolas. El estándar clásico se perdió hace mucho, y ahora a los gabachos les gusta destacar sus maravillas regionales. Nada tiene que ver la sencilla y calórica gastronomía bretona con la barroca y delicada de Occitania, prima hermana de la catalana. Hay dos territorios en Francia: el territorio mantequilla y el territorio aceite de oliva, que parten el país en norte y sur. Este último ha ganado mucho predicamento en los últimos años, ya no es una rareza, ya forma parte del canon francés. Recuerdo los primeros viajes a Francia, cuando cargábamos el maletero del coche con garrafas de aceite de oliva porque allí se vendía a precio de oro y nuestra familia -que se había aficionado a él en los viajes a España- no podía comprarlo. Hoy es asequible. O, al menos, ya no es prohibitivo, y se puede encontrar en cualquier sitio del país.
A los ingleses, todos lo sabemos, les ha salvado la Commonwealth. Les ha salvado, una vez más, el Imperio. O sus rescoldos. Gracias a la cocina que viene de sus antiguas colonias y protectorados, Londres se ha convertido en paraíso de gourmets. En las casas seguirán comiendo mierda, pero en Londres, con una tarjeta de crédito a mano -no es barato, para qué engañarse- no hay capricho, por exquisito que sea, que un morroputa no pueda darse.
Pero, para los viejos, los franceses siguen siendo unos comerranas. Por algo serán tan odiados.
En un episodio de Los Simpson, el archimalvado Hank Scorpio está apuntando dos cabezas de misiles hacia Europa, y le preguna a Hommer, para decidirse por su objetivo:
-¿Cuál es tu país menos favorito, Italia o Francia?
-Francia.
-Je, je. Ni uno dice Italia -se regodea Scorpio.
Pos eso.
MALDITO COHEN
Maldito, maldito, maldito seas. ¿Por qué has elegido el 15 de septiembre para venir a Zaragoza? Ese día pensaba estar disfrutando de mis merecidísimas vacaciones, tomando una cervecita bajo la sombra de la Alfama. ¿Por qué me vas a hacer volver corriendo para rendirte la pleitesía que mereces? ¿Por qué no actúas en Lisboa, donde quería estar ese día? ¿Por qué me harás atravesar toda la tórrida península el 15 de septiembre, y cambiar mi querido Tajo por el sucio y más que visto Ebro?
Lo haré. Por suerte, no pensaba irme muy lejos (circunstancias biológicas que contaré en su momento impiden que crucemos ningún océano este año). Así que allí estaré, disfrutando del rasguido cavernoso de tu voz, susurrando por lo bajo que Suzanne me sirve té con naranjas, que en un pasillo de Viena hay novecientas ventanas, que en mi lengua no queda nada salvo la palabra aleluya, que te recuerdo bien en el Chelsea Hotel, que todo el mundo sabe que los chicos buenos siempre pierden.
No puedo faltar, porque Leonard Cohen me enseñó a poner nombre a las cosas que sentía cuando ni siquiera sabía que las sentía. Desbrozó con su machete de versos la oscura fronda de mi adolescencia. Me enseñó que tras la oscuridad hay mucha más oscuridad, y que hay que zambullirse en ella. Me desvirgó sentimentalmente. Por eso, en las noches de escozor, siempre le he usado de analgésico. Es mi mejor cura.
Señor Cohen, le agradezco los cacharros que me ha traído: el mono y el organillo. He ensayado todas las noches, y ahora estoy listo. Espero que no me pille la policía del jazz.
Me he perdido ya demasiados conciertos este año. De este no paso. Y ahora voy a enchufar el tocadiscos y a escuchar eso de que primero tomaremos Manhattan.
MATERIALISMO HISTÓRICO
Empiezo a subirme por las paredes. Metafóricamente, porque con las muletas no llego ni a la cocina. Pero me he asomado a abismos que nunca pensé que existirían. Tíos, he visto... ¡el horror! El de verdad, no la mierda de El corazón de las tinieblas.
He visto la programación matinal de Aragón Televisión.
He visto partes del Diario de Antena 3.
Y el otro día me tragué diez minutos de Navy: investigación criminal y cinco de Elígeme, con Carlos Baute.
No sé si saldré cuerdo de esta prueba que me ha impuesto el destino.
También leo mucho, y eso me consuela, pero controlo la duración de las sesiones lectoras, porque me empiezo a parecer a un preso político y adopto roles de tal. El otro día, la novela inglesa de Leonard Woolf que estaba leyendo se convirtió de repente en un ensayo político de Antonio Gramsci. Los cínicos jóvenes que holgaban en los pubs de Oxford Street bromeando a lo Oscar Wilde se convirtieron en Carlos Marx y su yerno, Paul Lafargue, de camino a la British Library discutiendo sobre el proceso de acumulación primigenia del capital. Arrojé el libro a una esquina del salón, asustado por su heterodoxa visión del materialismo histórico. Temí que me lo pillaran los compañeros de partido de la celda de al lado y me obligaran a hacer autocrítica. Tengo otros vicios de preso: le suplico a Cris que me traiga periódicos y los cojo ansioso y hambriento. Me leo hasta las esquelas y las cotizaciones de la bolsa, apurando la letra para que no se acabe la lectura.
También he empezado a escribir un cuento, pero me lo tomo con calma.
Por suerte, la caja tonta me regala algún que otro momento esplendoroso con el que limar mi tedio. Este que os pongo aquí, sin ir más lejos. Aguantad, por favor, hasta el minuto 3,30. Merece la pena.
Es la serie de Callejeros Viajeros (¿he dicho ya que me encanta Callejeros, que es de lo mejorcito que le ha pasado a la tele española en muchos años?), que esta semana ofrecía un recorrido por Dubai, uno de los lugares más demenciales y decadentes que se pueden visitar en el mundo -estoy deseando verlo-. Allí nos presentan a estas dos pedazo de pijas millonetis, que sospechamos esposas o familiares de constructores locales, que sueltan estas perlas:
Pija mayor: Éste es mi coche (es un Hummer).
Reportera: Pedazo de coche, ¿no?
Pija mayor: Sí, está muy bien, porque no hay nadie que te pueda atacar. Todos estos mosquitos muertos que conducen fatal...
Pija menor (De un jardinero que cobra 200 euros al mes): Son encantadores. Sólo ves sonrisas.
Cuando la reportera les dice, asustada: "¿Cobra menos de 200 euros al mes?", ellas responden, con la mejor de sus sonrisas: "Éste es un tema delicado de hablar".
En una obra que suponemos que es suya o de sus maridos:
Les presentan a los obreros y la reportera empieza a hacerles preguntas, las normales y consecuentes en una reportera. Hasta que llega a esta:
Reportera: ¿Cuánto cobráis al mes?
Pija mayor (cortante): No, no, no, no se puede eso.
Reportera: ¿Por qué es tan tabú el tema del sueldo?
Pija menor: Todo el mundo sabe lo que hay en Dubai. No levantas una ciudad así, en dos días, sin buena mano de obra.
Glorioso, sensacional, fantástico. De lo mejor que he visto en la tele en mucho tiempo. Alucino con que las dos pijas se hayan dejado retratar así. O les sobra cinismo o les falta riego cerebral.
Me arrastro con las muletas hasta el rincón donde he tirado el libro de Gramsci. Después de ver el reportaje de Callejeros pienso que quizá el viejo italiano no iba tan desencaminado. Quizá sea hora de montar otro asalto al Palacio de Invierno. O al palacio del jeque de Dubai. Pero cuando recojo el volumen, se ha vuelto a transformar en la novelita inglesa de Leonard Woolf, y los alegres señoritos vuelven a bromear con sus pintas en los pubs de caballeros de Oxford Street.
Quizá sea mejor así.
INDICIOS DE VIDA EN EL PERIODISMO
Todavía da algún coletazo. Leve, pero puede sentirse si lo escuchas bien. El periodismo está muerto, bien lo sabemos los necrófilos que vivimos de él, pero, de vez en cuando, el cadáver parece que cobra algo de vida. Puede que no sean más que gases que se expulsan de sopetón, como pedos post-mortem, o algún efecto de la descomposición, pero se parece a una resurrección. Momentánea, fugaz, sin consecuencias. Puede que no sea más que la fuerza de la inercia, el poso de antiguas prácticas que se mantienen como tics o como vicios, pero en estos tiempos de becarios con analfabetismo funcional enganchados a la wikipedia (no saben situar Barcelona en un mapa mudo de España y creen que Shakespeare es una marca de corbatas, pero tienen tres másters del universo cada uno), es reconfortante verlos surgir, como pequeños géiseres de sensatez en medio del paisaje de estulticia.
Cuando la diñó Michael Jackson, pusimos la CNN. Me encanta el circo que montan los informativos estadounidenses, y los de la CNN son famosos por su profusión de pantallitas y conexiones en directo. Y allí nos encontramos con un gesto noble: mientras todos los medios de comunicación de todo el mundo, incluidos todos los españoles, titulaban "Michael Jackson ha muerto", la CNN, no. Allí decían que estaba en coma, porque sus periodistas no habían podido confirmar la noticia del deceso de una fuente fiable. Y así lo decían: "CNN has not confirmed". Citaban a Los Angeles Times, que sí daba la noticia en su web, y mencionaban con caballerosidad a otros medios que habían confirmado el dato con médicos del hospital o con la familia, pero hasta que alguien cercano a Jackson o un responsable médico no le dijo a un reportero de la CNN que el rey del pop había estirado la pata, ellos no le dieron por muerto. Por vergüenza torera periodística. Porque en esta profesión muerta, las cosas se hacían así: un medio que se quería hacer respetar y quería preservar su patrimonio más valioso -su credibilidad- no hablaba de oídas.
Por contra, el domingo, El País abrió con una información muy propia de la era postperiodística. El corresponsal en La Habana, Mauricio Vicent, dedicaba dos paginones a hablar de un vídeo difundido por el Partido Comunista de Cuba en el que se demostraba que el delegado del Gobierno vasco en la isla era un espía a sueldo del CNI. El texto glosaba el contenido del vídeo, pero con un importante matiz: ¡el redactor no había visto el vídeo! Se lo habían contado. "Tres fuentes distintas", eso sí. Y como le contaron más o menos la misma película las tres, se dijo -o le dijeron sus jefes-: "Ancha es Cuba".
Así que ya ven: unos se la siguen cogiendo con papel de fumar a la hora de comprobar los datos que difunden, y otros dedican las aperturas de sus periódicos a hablar de vídeos que no han visto.
Pertenezco al mundo de los que se la cogen con papel de fumar, y así me va. Nunca llegaré a nada (suerte que tampoco aspiraba a ello). Sin ir más lejos, esta semana no me atreví a publicar un dato que la protagonista de un reportaje-denuncia estaba muy interesada en contar. No pude contrastarlo: las fuentes oficiales me dieron versiones contradictorias sobre el asunto. No digo yo que la chica mintiera, pero sólo tenía su versión, así que lo omití y me centré en otros aspectos. A los pocos días, me llamó la prota del reportaje para decirme que le habían llamado de un programa de la tele para que fuera a contar su historia -nos pasa a menudo: me han llegado a llamar compañeros de la tele para pedirme los teléfonos particulares de gente a la que había entrevistado en mis reportajes. Por supuesto, nunca se los he dado: a mi no se me ocurriría llamar a un medio de la competencia para que me regalaran sus fuentes-. "Allí contaré esta historia -la que yo omití- porque me parece muy importante". Pues muy bien. A ver si los compis de la tele tienen más suerte y la confirman. ¿O la pondrán tal cual, sin preocuparse por contrastarla? No, por dios, qué cosas tengo.
RETÓRICA DE CASINO DE PUEBLO
Le defenderé como escritor siempre. Estoy convencido de que, si alguien del grupito del boom latinoamericano se merece el Nobel, se lo tendría que haber llevado él, por encima de García Márquez. Y hasta de Cortázar -aunque me duela-, porque su obra es más recia, extensa, consistente e influyente. Pero Mario Vargas Llosa tiene días en los que te pone difícil separar su genio literario de su mezquindad humana. Hoy es uno de ellos.
Qué ascazo de artículo el de hoy en El País. Leedlo primero, echadle un ojo si tenéis cuerpo. Qué argumentos tan repugnantemente trasnochados, qué retórica de señorito de cortijo, que paternalismo tan baboso.
Ya sabéis de qué va la vaina, ¿no? Los pobladores de las regiones amazónicas de Perú se han rebelado contra el proyecto gubernamental de abrir la veda a la explotación de los recursos naturales de la selva por parte del capital privado. La revuelta ha provocado algunos muertos y ha obligado al gobierno a recular y a retirar los decretos.
¿Qué dice Vargas Llosa a todo esto, amparándose en su conocimiento de la Amazonía y en la constatación de las terribles condiciones de miseria en las que viven sus pobladores? Que los indiecitos son gilipollas. Que han perdido la oportunidad de hacer negocietes con Repsol y con Zara y desarrollar su región por fin, como han hecho en otras partes de Perú. Qué lerdos son, dice Vargas Llosa. Así se van a quedar pordioseros de por vida.
Dice Don Mario -repantingado en su mesa del casino de pueblo, con el cohiba soltando pilares de humo desde su gesticulante mano derecha y el coñac calentándose en la ronroneante copa de balón- que Hugo Chávez y Evo Morales les han comido el coco a los ingenuos moradores de la Amazonía. Son buena gente, pero de limitadas entendederas. Se han dejado encizañar por (cito textualmente) "una minoría de resentidos y nostálgicos de Stalin, Mao Tse Tung y Sendero Luminoso".
(Pausa dramática. Don Mario aprovecha para dar un sorbo a su coñac mientras los contertulios de la mesa celebran la ocurrencia con risitas y codazos intercostales de camaradería ricachona).
Peste de indios, ¿verdad, Don Mario? Uno se desvive por llevarles riqueza y bienestar y ellos, ¿cómo lo agradecen? Mordiendo la mano dadivosa que les da de comer. Sí, señor, tienen lo que se merecen. Que se pudran en su miseria, ya nos llevaremos las inversiones de Repsol a otras regiones donde sepan apreciarlas.
Que nos vinieran con estas hace veinte años, mal. Pero que nos venga ahora, con la que está cayendo... Que nos diga que los que se oponen al modelo salvaje de capitalismo que ha generado esta enorme crisis son "una minoría de resentidos y nostálgicos de Stalin, Mao Tse Tung y Sendero Luminoso"... O sea, que si yo me niego a que Gas Natural excave en la puerta de mi casa para sacar un gas que ni siquiera va a servir para que yo me caliente, pues se lo van a llevar a otra gente, soy un jemer rojo, un violador de niños, ¿no? Bravo, Don Mario, bravo.
¿Queréis otro chiste? Ya sabéis que el Gobierno de Aragón está empeñado en montar un mini Las Vegas en los Monegros llamado Gran Scala -aunque la cosa está muy turbia, porque parece que los presuntos y fastuosos inversores no tienen panoja para sacar adelante el proyecto, y el asunto huele a timo de la estampita berlanguiano-. Esta semana, las Cortes de Aragón han aprobado la Ley de Centros de Ocio de Alta Capacidad, que deroga la anterior Ley del Juego y permite la construcción de macrocomplejos de casinos en Aragón, cosa que antes estaba prohibida. Como toda ley, en su fase de proyecto, pasó por una serie de comités que la evaluaron antes de llevarla al parlamento, y los servicios jurídicos de la cámara aragonesa presentaron uno advirtiendo de la inconstitucionalidad de no pocos aspectos de esa ley. ¿Sabéis cuál ha sido la respuesta del vicepresi aragonés? Pues que hagan otro informe, y este, que salga bien.
Salió mal. Los juristas volvieron a decir que aquello olía a choto podrido en varios artículos.
Pues el vicepresi, de nombre Biel, se ha limpiado el orto con ambos informes, ha cuestionado públicamente la competencia de los profesionales que lo han hecho y, muy gallito, ha espetado a todos los aragoneses: "Bueno, y si es inconstitucional, ¿qué? Para que el Tribunal Constitucional emita un dictamen tiene que presentar alguien una cuestión o recurso de inconstitucionalidad, y eso sólo lo puede hacer muy poquita gente en España". Vamos, que aquí mando yo y vosotros, a callar. Acto seguido, sometió la ley a votación. Y tan pancho.
A Don Mario le admirarían las formas del señor Biel. Así se hacen las cosas, hombre. Nosotros sabemos lo que le conviene al pueblo, ese hatajo de ignorantes perroflautas y comelechugas. No saben la de sacrificios que hacemos por ellos, por llevarles el progreso y la riqueza con gaseoductos, casinos e Ikeas. El señor Biel no se ha achantado, como el presidente de Perú, que ha retirado la ley. Él los tiene mejor puestos. En el casino de su pueblo le van a hacer socio de honor.
INCESTO CARNÍVORO

Leamos, pues, ya que caminar no puedo.
L’agneau carnivore. El cordero carnívoro, de Agustín Gómez Arcos. Traducido por Adoración Elvira Rodríguez y exquisitamente editado por la editorial barcelonesa Cabaret Voltaire. Hoy me he terminado sus casi 400 páginas.
¿Os acordáis de Gómez Arcos? Hablaba de él aquí hace unos días. Ésta es la novela de la polémica, la que provocó una propuesta en el pleno del ayuntamiento de su pueblo, Enix (Almería), para que le retirasen el nombre de la calle que allí tiene dedicada.
Pues está bien la novela. Incluso muy bien a ratos. No es redonda, tiene muchos peros. Algunos, achacables a la época en que fue escrita (1974, publicada en 1975), síntoma de que ha envejecido mal por algunas aristas. Otros, a una inexcusable impericia narrativa. Se le va la mano, creo que Gómez Arcos no pensó muy bien algunas inconsistencias del protagonista-narrador (cuyo nombre se conoce en la última línea del libro), pero en general es una buena novela, merecedora de todos los elogios que se le han hecho.
Tiene un arranque y un desenlace fantásticos, pero flojea por el nudo. Es sublime cuando ahonda en los sentimientos más primarios del ser humano y sensacional en el trazo erótico, pero cuando se pone política, se desinfla en tópicos. El alegato más explícitamente antifranquista es ñoño, vacuo y facilón. Parece que le cuenta al público francés -país e idioma en el que fue publicada originalmente- lo que el público francés quiere oír sobre la España franquista, corroborando punto por punto la imagen que tenía en la cabeza. La única reflexión interesante y válida, sin envejecer, que encuentro en el libro sobre la guerra civil y la dictadura es esta:
Hace unos veinticinco años, el país se dividió en dos herederos rencorosos. Nunca se les ocurrió pensar que los demás íbamos a nacer. Pero nacimos. Y aquí estamos, con una herencia que rechazamos, con todas nuestras fuerzas, por ambos lados. Lo que significa, lisa y llanamente, que estamos desheredados.
Pero se puede pasar por encima de esto, no afecta al meollo de la novela.
El cordero carnívoro cuenta en primera pesona los primeros 25 años de vida del menor de dos hermanos de una familia terrateniente venida a menos en una ciudad de provincias que no se nombra pero que es Almería. El protagonista no abre los ojos hasta 16 días después de su nacimiento, lo que convence a su madre de que es un monstruo. Desposeído del amor de su progenitora, que decide enclaustrarle en casa para no mostrarle al mundo, y sin poder acudir a su padre -abogado republicano rescatado de la cárcel por la influencia de su suegro y que vive encerrado en su despacho recibiendo a sus escasísimos clientes-, el único sostén del protagonista es su hermano, de quien vive enamorado y con quien establece desde muy pequeño una relación de incesto muy tórrida.
Hay mucho Sade en esta novela. Pero Sade del bueno, del que ponía todo su empeño en escandalizar, en forzar los límites de los lectores más liberales desnudando el tabú. No se corta un pelo, y en ningún momento se cuestiona ni se condena -ni siquiera tangencialmente- el folleteo fraterno y el amor que se tienen. Es más: se condena el exterior. Frente a las sábanas donde los hermanos se aman -que huelen a membrillo-, frente a la ventana de su habitación, frente al jabón que usan para bañarse juntos al atardecer, se oponen una serie de imágenes de oscuridad: los curas que se empalman en el confesionario, la radio que emite soflamas franquistas, el profesor particular que desparrama su obesidad sobre el sofá... Es el mundo (el mundo franquista, la España franquista) el que es obsceno -en el sentido moral y en el sentido etimológico, lo que está "fuera de la escena"-, y no el amor de los dos hermanos, que se presenta luminoso y lleno de libertad rabiosa.
Funciona muy bien esa oposición. Gómez Arcos la maneja con mucha habilidad, especialmente al comienzo y al final, que son las partes más apetitosas del libro. En el nudo, el protagonista se desdibuja, no me lo creo. Tiene reflexiones políticas que no se corresponden con las de un chaval de 12 años que ha pasado su vida entera encerrada en casa. Se contamina demasiado de los juicios del autor, que le utiliza de portavoz de su rabia y de su visión de España, ahogándole y no dejándole crecer como personaje. Por suerte, hacia el final suelta el dogal, vuelve a dejar que exprese libremente sus sentimientos y acaba construyendo un personaje redondo, oscuro, contradictorio y salvaje. Muy interesante.
Hay en el ambiente de la novela un misticismo tenso, que no se disipa nunca, que busca una trascendentalidad que roza lo afectado. Aunque tiene momentos sublimes:
Puedes llegar como enamorado o como verdugo, estoy listo para recibirte. Más que nunca. Con todas las obligaciones que me da mi espera de ti. Pero no vengas como hermano para profanarme en el sacrilegio de la familia, porque, en tal caso, mi espera de ti exigirá sus derechos.
Hay también, igual que en el marqués de Sade, una constante reflexión filosófica sobre la moral católica:
Cuando se es verdaderamente católico, no se puede prescindir del pecado.
Pero, sobre todo -y ese es su valor principal si no eres un monje cisterciense o un meapilas con levita-, El cordero carnívoro es un libro bello. Muy bellamente escrito. A ratos hay poesía, frases que se encadenan con una musicalidad perfecta y morosa, que se despliegan como el rosal de rosas amarillas de la madre del protagonista.
Hay imágenes logradísimas, que son casi greguerías:
Y su alegría es siniestra. Como un disco del rastro.
Y descripciones de levantarse y aplaudir:
Tu cabeza de hombre pesa lo que una fruta madura.
Si queréis leer las partes guarrillas, comprad el libro. Están muy bien -y narrar un polvo es una prueba de fuego para un narrador: fijaos que muy pocos novelistas lo hacen bien, la mayoría prefiere pasar de puntillas y presentar el coito con cuatro imágenes de recurso-. De hecho, están tan bien, que este libro podría haberse publicado en La sonrisa vertical sin problemas.
Por unas horas, he matado el tedio. A ver con qué otra lectura sigo atizándole cuando resucite.
PS: Al parecer, voy a presentar una sección sobre literatura en un magacín de ZTV este verano. Debería empezar a emitirse el viernes que viene, pero dada mi situación médica, el estreno se pospondrá una semana. Ya os diré fechas y horas de emisión. Y, si puedo, colgaré aquí algún vídeo, para que hagáis risas a mi costa.
INSATISFACTION
Estoy enclaustrado en casa. Anoche me torcí el tobillo de la forma más tonta -Rondabandarra fue testigo, pues venía de tomarme unas pintas con él- y ahora tengo un esguince estupendo. Me ha salido un huevo en lo que antes era mi tobillo izquierdo, y sospecho que a medianoche eclosionará y de él surgirá un adorable mowai. Como no podré resistirme a darle de comer, del mowai emergerán cientos de gremlins que sumirán la ciudad entera en el caos y la destrucción, obligando al Teatro Principal a suspender el concierto de Víctor Manuel que tenían programado para dentro de poco, para alborozo de toda la gente de bien.
Como podéis comprobar, también estoy drogado. Antiinflamatorios y calmantes. Lo único bueno de esta situación. A ver si logro que me receten algo más lisérgico, pero este colocón ya me va bien. No me veo el huevo del tobillo porque llevo la pierna vendada, y Cris me ha conseguido una muleta con la que todavía no me manejo, pero que me ha servido para abandonar por un rato el sofá del salón y venirme a escribir un poco aquí.
Llevo semanas piando por un par de días de reposo para leer, ver pelis y holgazanear. Los tenía, estoy en mi día de fiesta, y lo estoy empleando más o menos en lo que quería emplearlo. Pero ahora que no me queda más remedio que someterme a esta disciplina de prisionero, lo que más deseo es salir a la calle y apuntarme a un curso de perreo reguetonero.
Cosas que me apetecen -y que nunca se me habían pasado por la cabeza- y que no puedo hacer en mi estado:
-Probarme todos los zapatos de tres zapaterías pijas y no comprar ninguno.
-Patinar por las riberas del Ebro.
-Jugar un partido de fútbol sala y hacer una guerra de toallas en los vestuarios con mis compañeros.
-Descender por un barranco de la sierra de Guara.
-Volver a probarme todos los zapatos de las mismas zapaterías de antes, para probar la paciencia de los dependientes.
-Correr en pos de un sueño imposible.
-Bailar un fox trot en Harlem con una niña de papá que se haya fugado de su casa para huir del matrimonio de conveniencia que su padre, un rico terrateniente, le ha apañado con un abogado de Macon, Georgia.
-Conducir un tráiler cargado de desechos radiactivos desde Oslo hasta Tánger, recogiendo autoestopistas por el camino y fumando un montón de porros.
-Embarcarme de grumete en un mercante que vaya a Singapur por las costas de Somalia y dejarme apresar por los piratas.
Hay tantas y tantas cosas que quisiera hacer y no puedo... Me quedaré en mi sofá, con un montón de libros que ayer rabiaba por leer y que hoy, inexplicablemente, prendería fuego en una hoguera.
En fin, cojo la muleta y me vuelvo al salón. No le digáis a Cris que he venido al ordenador a escribir, que me había prohibido pasearme por la casa.
ABUELITOS
Hace tiempo que Coppola chochea. Scorsese también chochea. Y Woody Allen. Y nos resentimos todos. Se resienten sus obras y, por tanto, se resienten sus espectadores.
Tetro tiene una pinta espantosa (me fío del ojo de Boyero, qué quieren que les diga). Y si echan un vistazo a lo último de Allen y Scorsese se asomarán al delirio babeante de dos tipos que han perdido el norte, abandonados para siempre por su genio, obstinados en exprimir una ubre seca. Que Scorsese se empeñe ahora en ofrecernos un compendio de grandes biografías de petardos insufribles (que si un millonario aviador, que si la flatulenta reina Victoria...) y que Allen ande perpetrando telefilmes romanticoides da pena. Que tres tíos que han hecho lo que han hecho -que no es que hayan sido grandes, sino titánicos-, se vean así, da que pensar.
¿Cuándo debería retirarse un genio para no hacer el ridículo? Billy Wilder dejó de dirigir en 1981 y disfrutó de una estupenda jubilación de 21 años. ¿No les apetece jubilarse a estos pobres abueletes? ¿No quieren sentarse en un porche y contar batallitas de sus años mozos? ¿Hasta cuándo van a torturar a su público? ¿Cuánto crédito les queda por gastar? En lo que a mí concierne, están a puntito de rebasar el límite: a Coppola todavía le queda un trecho, pero Scorsese está cerca de manchar gravemente su brillantísima carrera, y Woody Allen... Woody hace tiempo que mutó en caricatura.
Son pocos los creadores (qué ascazo de palabro, no me digáis que no) que saben aguantar el tipo. Toda carrera tiene un clímax, y en todas hay picos y valles, que los seguidores saben perdonar con generosidad, pero cuando se llega a cierta edad y se vive instalado en el valle, sin que los pulmones aguanten para una última escalada, hay que dejarlo. Si uno no es capaz de cerrar bien alto, dando lo mejor de uno mismo, lo más sensato es hacer mutis con discreción y dedicarse a recibir homenajes y a contratar a un negro que escriba unas memorias que ajusten las cuentas con todo el mundo.
Queridos Francis, Martin y Woody: piensen que hay todo un mundo más allá del cine. Que las cosas no son como antes, que ahora hay muchas cosas majas y baratas para los abuelos: viajes a Benidorm, torneos de petanca, cruceros para ligotear con viudas pródigas y bingueras, caravanas de alquiler para recorrer Castilla y León y, si el cuerpo les responde, bicicletas para hacer el último tramo del Camino de Santiago. Cualquier cosa, menos seguir trabajando.
Descansen ya, que se lo han ganado.
Y a lo mejor luego me desdigo, pero Tetro apesta. Y mucho. Por no hablar de que aquí es un juego: el Tetro, tú te agachas y yo te la metro (goldwyn mayer).
COSAS DE JULIA
El viernes estuve haciendo una cosa que siempre se me ha dado muy mal: socializar. Pero hay gente que te lo pone fácil, y de este sarao no podía -ni quería- escaquearme. Presentaba el gran Álvaro Ortiz su nuevo cómic, y allí que me fui, a pegar un par de codazos para estar entre los primeros en la fila para que me lo firmara. Mereció la pena, pues me fui con un dibujico original firmado por el artista, que seguro que dentro de veinte años puedo vender en eBay por una pasta gansa. Compré otro para regalar, que es lo que siempre hay que hacer en estos casos.
El sarao fue en Taj Mahal, el templo del tebeo zaragozano, una de esas pocas, viejas y entrañabilísimas librerías de cómic que resisten sin complejos en algunas ciudades españolas (cuando voy a Francia y entro en sus saludables y superabundantes hermanas, las boutiques de BD, me entra una envidia muy poco sana). Fue emotivo porque el discurso de presentación no se lo hizo un profesional de la oratoria de saraos canaperos, sino su hermano, Miguel Ángel Ortiz, que justo el día anterior había presentado su último poemario en Antígona. Estuvo muy bien el Ortiz senior, fue una presentación estupenda en la que no sólo dejó claro y sin cursilerías el orgullo que siente por su hermanico el comiquero, sino que habló de Robert Louis Stevenson, de la isla del tesoro y de esos mundos de aventuras que conforman el universo creativo de su hermano. Chapeau.
Me olvidaba: el cómic se llama Julia y la voz de la ballena. Es su segundo álbum. El primero fue Julia y el verano muerto, del que creo que reniega un poquito, como todos los artistas reniegan de sus principios. Ambos, en Edicions de Ponent, una de las editoriales indies más majas del panorama español. Todavía no he tenido un minuto de reposo para leerlo, pero prometo escribir algo un poco enjundioso cuando lo haga.
Me olvidaba: por si no lo sabes, Álvaro ilustra mis artículos dominicales de La ciudad pixelada, todos los domingos en Heraldo de Aragón. Yo escribo el texto los lunes y se lo mando por correo. Él protesta un poco, me dice que qué abstracto soy, rediós, que qué difícil se lo pongo.. Y entonces empieza a darle vueltas y más vueltas. Para el jueves, me manda el dibujo, y demuestra con él dos cosas: que mi textito no era tan difícil de ilustrar como parecía, y que sabe dar en el clavo, buscarle la vuelta más divertida y más recóndita al artículo. Uno de los momentos más gratos de la semana es ver cómo salta en la bandeja de entrada el correo de Álvaro con el mensaje: "Hola, jefe, ahí va tu pixelada, ¡espero que te guste!". Siempre me sorprende. A pesar de que me he familiarizado con sus colores fauvistas y con su inconfundible estilo risueño, expresivo y contenido al tiempo. Me alegra el día y hace que mis artículos luzcan que te cagas.
Pero no se lo digas, que luego se lo creerá, se comprará una boina parisien y una pipa de marfil y se pondrá inaguantable.
En fin, que es un placer ver crecer a un artistazo como Álvaro, que a pesar de su juventud es mucho más que una promesa.
Por cierto, hablando de gente que dibuja cosas: me encontré el otro día con la pintora y artista inclasificable Jose Herrera y me dijo que Supermaño -el simpar Alberto Calvo- andaba algo tristón estos días. Desde que ya no gestiono el suplemento dominical tengo poco trato con él, pero le mando un cariñico público desde aquí.
Hala, a disfrutar del fin de semana y a tomar el sol los que puedan.
NUEVO CÓMIC DE ÁLVARO ORTIZ

Pues yo pienso ir, si no me atropella una cuádriga o tengo un accidente de dirigible en el ínterin.
MARICÓN Y BLASFEMO

Me ha encantado esta historia que he leído a Sónia Hernández en el Culturas de La Vanguardia de hoy. Mi ignorancia es inabarcable: la desconocía absolutamente.
Agustín Gómez Arcos era un chaval de Enix, provincia de Almería, nacido en el terrible año de 1933, hijo de un alcalde republicano. Es decir, que le tocó crecer entre mondas patateras de posguerra, pero pronto marchó a Barcelona a estudiar y a probar suerte con las letras. Los estudios de Derecho los colgó pronto, y con la literatura no tuvo mejor suerte. Escribió un par de obras de teatro que no llegaron a representarse porque la censura franquista dijo que nanay. Se daba la circunstancia de que Gómez Arcos era homosexual, así que, ahogado en una España que le censuraba en los escenarios y en la vida, cogió el petate y cruzó los Pirineos.
Triunfó en Francia, después de que un editor viera una obrita suya que unos aficionados representaban en un café. Se la editó, tuvo un exitazo de la leche y siguió escribiendo en francés, con gran éxito hasta su muerte, en 1998.
Su fama llegó al recóndito Enix. O el eco de su fama. Se enteraron de que un chaval del pueblo triunfaba allá en París y no cupieron en sí de orgullo. Así que le dedicaron una calle, colocaron una plaquita en su casa natal y el ayuntamiento creó un premio de novela al que le puso su nombre.
Así de orgullosos estaban hasta que, en 2007, se tradujo al fin un libro suyo al español, idioma en el que estaba inédito. Era L’Agneu carnivore (El cordero carnívoro), novela ganadora del premio Hermés de 1975. Los de Enix corrieron a leerla, encantados de ver a su chaval reconocido al fin en España, pero más les valdría no haberlo hecho.
Qué barbaridad. Resulta que El cordero carnívoro es una historia de incesto entre hermanos. Tórrida, húmeda, obscena. Una blasfemia. Qué digo una blasfemia: ¡un pecado mortal, una condenación absoluta! ¡Qué perversión, qué guarrería, qué indecencia! A las viejas beatas les volvió la regla del susto, y el sargento de la Benemérita salió a matar perdices con su pistola reglamentaria para descargar su furia.
Vale, en Enix también se habían modernizado. Sabían que el chico era maricón y no les importaba. O hacían como que no les importaba. Pero aquella cochinada con forma de libro... Eso sí que no. ¡Y el maestro había propuesto que lo leyeran los chavales en la escuela! Qué despropósito, cuánta desvergüenza.
Se armó la marimorena. Pidieron al alcalde que le retiraran la calle que tenía dedicada en el pueblo y que el premio de novela dejara de llevar su nombre. O que se suprimiera. A saber qué novelitas de mierda estaban premiando. A ver si estaban subvencionando mariconadas de esas proabortistas y catalanistas.Y la placa conmemorativa, que se la metieran por el culo a alguno de los progres que defendía el librito de marras.
La historia saltó a los medios de comunicación, y al final se impuso el sentido común. Los exaltados moralistas, por una vez, no se salieron con la suya, y el pleno del ayuntamiento rechazó la propuesta de retirar los honores a Agustín Gómez Arcos. Hoy se mantiene como hijo ilustre de Enix, a pesar de los meapilas vocingleros.
Ahora, la editorial Cabaret Voltaire ha traducido otra novela de Gómez Arcos, Ana No -reseñada por Sónia Hernández en La Vanguardia-. He corrido a encargarla en mi librería favorita -junto a El cordero carnívoro-. Cuando las lea, te cuento, a ver si me escandalizan más que al boticario de Enix.
PERTURBACIONES
Estoy relativamente ausente de aquí, pero presente en otros lares. He escrito una reseña de la antología Perturbaciones, que se presenta mañana en Zaragoza, en el blog literario de Heraldo. El cuento de Patricia Esteban Erlés estará accesible en PDF mañana martes a partir de las 7 de la mañana -más o menos- desde la portada de heraldo.es. Ya lo está desde la entrada del blog De reojo.
Estoy con un semidescubrimiento que compartiré con vosotros en cuanto sepa algo más, y probablemente os pediré ayuda, abusando de vuestra erudición. Mañana espero postear aquí con calma. Abrazos.
UNA BOTELLA FRÍA DE POIGNON DIX-NEUF

-Ah, Jack, si pudieras sentarte conmigo en el País Vasco con una botella fría de Poignon Dix-neuf, sabrías que existen otras cosas además de vagones de mercancías.
-Ya lo sé. Lo que pasa es que me interesan los vagones de mercancías, y me encanta leer en ellos nombres como Missouri Pacific, Great Northern, Rock Island Line... ¡Santo Dios, Temko! Si te contara todo lo que me ha pasado haciendo autostop hasta llegar aquí...
De En la carretera. El rollo mecanografiado original, el clásico de Jack Kerouac rescatado en su versión primigenia por Anagrama.
Leí On the road cuando hay que leerlo. Cuando no sabía qué pinta tenía un contrato indefinido ni por dónde cojones se firmaba. Cuando lo indefinido era, como mucho, el mes que viene. Cuando bebía litronas de cerveza en la calle. Cuando no necesitaba de relojes ni de agendas. Lo vuelvo a leer ahora, en la versión "real" (se supone que el On the road publicado originalmente es una novela, una ficción basada en un viaje. Esto es el viaje), y siento que me entra mejor, que lo flipo menos, pero me empapa más a fondo.
O a lo mejor es el calor.
LA CORRUPCIÓN NO PASA FACTURA
Dicen por ahí, en esos análisis de las apasionantes y vibrantosas elecciones que acaban de pasarnos por encima, que la corrupción no pasa factura al PP. Que aunque manguen -y se sepa que mangan-, la gente sigue votándoles, y los tíos, encima, ganan.
Pues anda, pues mira, pues claro.
¿Cómo va a pasar factura el mangoneo en un país de aspirantes a mangantes? Hay un montón de conductas choriceras habituales entre los españoles que no se ven en otros países "desarrollados" (poned más comillas a esto último si queréis).
En el país de la gente que aparca en doble y triple fila, de los tíos que acusan de "afán recaudatorio" al ayuntamiento que les pone multas, de los conductores que canjean y venden puntos del carné de conducir, de los tenderos que aprovecharon un cambio de moneda para doblar los precios, de los autónomos que ingresan más dinero en B que con factura, de los trepas que pían qué hay de lo mío en ministerios y consejerías, de la gente que se empadrona en el pueblo de su primo cuarto para que le den una beca o una subvención, de los padres que mienten para conseguir plaza para su hijo en un colegio, de los funcionarios que fichan a las 9 y a las 9 y 5 ya están apoltronados en el bar con el Marca y el carajillo, del usted no sabe con quién está hablando y de los taxistas que cogen a japoneses en Barajas y les dan vueltas a la M-30 toda la mañana, hasta que el japonés musita en inglés, cuando el taxímetro ya marca 60 euros, que cómo es posible que haya ocho Pirulís en Madrid y que todos parezcan iguales, mientras busca una explicación en las páginas de su Lonely Planet.
Hace poco tuvieron que arreglar todo el tejado de mi casa, en una obra que nos ha costado un riñón. Porque un presidente anterior encargó un retejado a unos chapuzas que cobraban baratito. Lo primero que oí gritar a los obreros cuando empezaron el nuevo arreglo y me despertaron a las 8 de la mañana fue: "¡Joder, pero si están todas las tejas puestas al revés! ¡Hay que cambiarlas todas!".
Parecerán minucias, pero tanto en el trapicheo más cotidiano como en el delito urbanístico más gordo subyace lo mismo: el desprecio supino a los otros, una ausencia escandalosa de espíritu comunitario, un ande yo caliente y un el que venga detrás, que arree. Y, sobre todo, una ignorancia absoluta de lo que significa el espacio público y convivir en él. Cada vez que alguien hace algo de lo enumerado arriba, es como si nos escupiera a todos los demás.
Y en un país de escupidores, el que escupe más lejos tiene que ser admirado por fuerza.
BIKINIS INTELECTUALES
Nuevos derroteros de la narrativa española actual. Casi na. Ése es el coloquio que se ha tenido que tragar Elsa Fernández Santos en la Casa de Velázquez de Madrid para glosar en El País. Es uno de esos títulos que provocan somnolencia fulminante. Qué pestiño. Cuánta sandez subvencionada se escucha en esos saraos, como convenientemente queda recogido en la crónica de Elsa Fernández Santos, que de tan notarial parece un resumen taquigráfico, más que un trabajo periodístico (pero eso sería tema para un coloquio titulado Nuevos derroteros del periodismo español actual).
Como mi masoquismo dominical no tiene límites, llego hasta el final del artículo, y allí me encuentro con este cierre, quiero pensar que intencionado e irónico:
El colmo de lo novedoso, añade [el crítico Santos Alonso], se limita a repetir formas arcaicas de los años sesenta o setenta, y críticos y periodistas "ignorantes o desmemoriados lo aplauden".
¡Cómo, qué me dices! O sea, que después de más de 5.000 caracteres con espacios hablando de relatos reticulares (¿?), de cuentos basados en performances, de autoficciones y de autofelaciones, nos suelta esa bomba, llamando "ignorantes o desmemoriados" a todos los "expertos" que disertan en los párrafos anteriores. Acabáramos.
Lo comentaba una de estas tardes de garabateo de libros en la feria con una librera simpática, genial y gran conversadora, a propósito de algunos volúmenes de ensayo literario en cuyos títulos superabundaba el prefijo ’post’ (postliteratura, postnovela, postpoesía, postlibro, postal, postcoital, postraumático, postpostpostartamudeo...).
-Chica, ¿es que nadie se da cuenta de que estos obsesos de la postmodernidad son más viejos que la Tana?
-Y tanto, pero cualquiera se lo dice.
Pues hombre, alguien debería decirlo, porque lo flipan demasiado. Toda esta presunta literatura experimental no es más que un refrito del nouveau roman de hace medio siglo, que a su vez es un refrito de las vanguardias de los años 10 y 20. Vamos, que su postmodernidad dura ya cien años, que llevan un siglo haciendo lo mismo y vendiéndolo como nuevo. O como postnuevo.
Y me parece estupendo que Agustín Fernández Mallo y su parroquia se lo lleven crudo. En serio. No son malos escritores, ni mucho menos. Pero su rollo post me cansa. No nos tomen el pelo, que lo de romper la linealidad narrativa y la unidad espacio-tiempo, descomponer el punto de vista en muchas voces, fragmentar los relatos e incorporar en ellos elementos del ensayo o construirlos con técnicas de collage está ya muy visto. No digo yo que dejen de hacerlo, a mí me gusta esa literatura, la verdad, pero sí les pediría que, en aras de no hacer el ridículo ante personas que han terminado el bachillerato, que no lo flipen tanto.
Hace un tiempo, un narrador se me quejaba de que las grandes editoriales no le hacían caso porque su literatura era demasiado vanguardista: "Claro -me decía-, no entienden que haya varias voces fragmentadas en una novela, no están acostumbrados aún".
¿Que no están acostumbrados aún? Hombre, pues han tenido un siglo para acostumbrarse. Que hasta Unamuno, que era un señor con levita al que le gustaba que le llamasen Don Miguel y no me lo imagino yo en una rave party, escribió una novelita en la que el personaje se enfadaba con el autor y se salía del libro. En fin, que está ya todo inventado, no me jodan.
En los años 70, cuando la nouveau roman empezó a desinflarse y los escritores redescubrieron la fluidez de la gramática convencional, con sus reconfortantes sujeto, verbo y predicado, algunos se cuestionaron los excesos experimentales. En la literatura en español, Cortázar fue y es la bandera de aquel subidón experimental, y por aquel entonces apareció un ensayo titulado ¿Es Julio Cortázar un surrealista? Y el autor se respondía que sí, que por supuesto, que muchas de las audacias asombrosas de su obra beben directamente de las gamberradas de Breton y compañía. Vamos, que Julio tampoco se había inventado nada. Y estoy de acuerdo.
El problema no es reinventar y actualizar formas, estilos y temas. El problema es que todo el esfuerzo creativo de un autor se centre en vender una postmodernidad que ya practicaban sus abuelos, sólo que ellos lo hacían mejor.
El otro día, en otra caseta de la feria, en un rato en el que no firmé nada de nada, me puse a hojear el último libro de Carlos Castán, Papeles dispersos, una colección de artículos y reflexiones en torno a la literatura. Y allí me encontré esto:
Siempre he considerado que el papel esencial de la literatura (igual que el del arte en general) consiste en ahondar en la condición humana, en arrojar algo de luz acerca de qué significa y qué comporta para un ser humano existir, hallarse entre las cosas y bajo la capa del cielo; en explorar los diversos condicionamientos que nos dan forma.
Y un poquito más adelante:
No pretendo, ni mucho menos, que los grandes temas que desde siempre han preocupado al hombre aparezcan resueltos en la obra literaria, pero lo que sí pido es que estén en juego, que en cada página permanezcan sobre la mesa.
A Ricardo Piglia y a Ernesto Sábato les he leído reflexiones muy parecidas. Las suscribo todas. No hay más. La literatura es eso. La literatura que a mí me interesa es eso. Y la literatura que se escribe con honestidad es eso. En ella caben todos los estilos y todas las sensibilidades: en esa búsqueda caben Galdós y Cervantes, pero también Georges Pérec y Apollinaire. Cabe la literatura de viajes de Paul Theroux y la prosa reconcentrada de Robert Musil. Hay millones de formas de aproximarse a la condición humana desde la ficción, y si son honestas y se reconoce en ellas la voz del autor, qué más da que se manifiesten como relatos fragmentarios y discontínuos o como teatro isabelino. Los lectores sabremos luego ponernos la que mejor nos siente, aquella cuya música nos suene mejor.
Pero lo que me alucina es que se pueda montar un coloquio entero sobre literatura y no mencionar ni una sola vez la condición humana. Para mí que no hablaban de literatura, sino de modelitos, de moda de primavera-verano. Eso es la postmodernidad: un bikini intelectual.

