17/05/2008

NO ME CHILLES QUE NO TE VEO

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Hay fotos impagables: Rita Barberá y Luisa Fernanda Rudi en el balcón del ayuntamiento de Valencia. La segunda, por aquel entonces era alcaldesa de Zaragoza. La primera todavía lo es de Valencia, y lo que te rondaré morena. Presencian una mascletà fallera y el fotero las sorprendió tal que así. Alguien por aquí ha propuesto hacer camisetas con esta secuencia. Seguro que triunfaban.

Feliz noche de sábado, criaturillas crapulosas.

15/05/2008

ADICTOS A LA NOSTALGIA

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Si no existe ya, alguien con talento tendría que ponerse a escribir un ensayo sobre la sociedad de la nostalgia en la que vivimos. Claro que también tendría que resignarse a enseñárselo sólo a sus amigos, porque dudo que le interesara a ningún editor. Al fin y al cabo, los editores viven de la nostalgia y no van a permitir que un listillo les joda el chiringuito.

Cuando era (mucho) más joven, una tarde lluviosa de verano en Francia me puse a trastear con la radio y descubrí una emisora que me pareció horrible: Radio Nostalgie. Fue la primera vez que tomé conciencia de que había gente que podía sacar tajada de la sensiblería ajena. No sé si por entonces funcionaba ya M-80 en España, su equivalente, pero al menos M-80 no enuncia tan a las claras sus intenciones en el nombre.

Antes sólo tenían nostalgia los emigrantes. Si eran gallegos tenían morriña. Si franceses, mal du pays. Si pedantes, añoranza. Si iletrados, ganas de suspirar y un nosequé en el pecho. Ahora, la nostalgia la padece todo bicho viviente y, por supuesto, la de los inmigrantes no le interesa a nadie ya. Ahora la nostalgia se aplica a cualquier pasado, incluso a los pasados no vividos.

La industria cultural vio hace tiempo el filón y lo explota a conciencia: los grupos de la movida vuelven con su artrosis y sus caras chupadas a exprimir de nuevo sus años de gloria; George Lucas engrosa su indecente fortuna exhibiendo la nostalgia que siente de sí mismo; Lou Reed ya no se aguanta ni él de puro plasta; el rock y el pop viven en un bucle sin fin de revivals y resobeteos de lo ya sobado; para qué hablar de Cuéntame cómo pasó; eBay es un colosal y multimillonario rastrillo de nostalgias; YouTube, otro tanto, y lo más grave: hay toda una corriente literaria empeñada en decir sin decirlo (porque decirlo sería inaceptable) que aquella épica guerra del 36 fue un tiempo majo, de gente con principios y valerosa. Hasta de un bombardeo se puede sentir nostalgia.

Incluso La hora chanante (¡chanante!) vive de la nostalgia que inexplicablemente sienten los treintañeros de hoy por su infancia ochentera. Todo pasa por el tamiz de aquello que fue y ya no es, y mientras tanto, cada tres días, nos cuelan una efeméride, una conmemoración oficial y un ¿te acuerdas de cómo éramos?

Yo entiendo la nostalgia que siente mi tía, que se marchó de Madrid siendo una chavalilla adolescente y dejó un noviete en Zaragoza para irse a Venezuela con la parte exiliada republicana de mi familia. Hoy, casi medio siglo después, habla con acento venezolano y es una caribeña de pro, pero se ha pasado la vida añorando un país y una gente que sólo han existido en su imaginación. Cuando vuelve a España y comprueba que nada ni nadie se parece a lo que ella guarda en la cabeza, el desarraigo se recrudece. Mi tía sí que padece un dilema irresoluble, el mismo que sentirán y han sentido millones de inmigrantes en todo el mundo y que Sebald retrató en Los emigrados. Eso sí que es un sentimiento poderoso que puede arrastrar a una persona a fosas terroríficas. No hay nada agradable en él, ni puede acompañarse con una sonrisa candorosa y bobalicona.

¿Por qué nos hemos vuelto adictos a la nostalgia? ¿En qué momento dejaron de interesarnos el futuro y el presente? Es significativo que la ciencia-ficción ya no tenga el favor de las masas y que la novela histórica sea el género que se lleve el gato al agua en las listas de ventas. También lo es que las fantasías futuristas hayan menguado en el repertorio temático de los cómics, donde la nostalgia y el pasado han arraigado con fiereza: uno de los mejores tebeos del siglo XX, Maus, de Art Spiegelman, es una exploración escalofriante en la nostalgia menos complaciente.

Lo dicho, alguien con talento debería reflexionar sobre estas cosas en clave filosófica. Seguro que descubre cosas muy interesantes sobre lo que somos y por qué somos.

14/05/2008

MI MESA COJEA

Ando liadete estos días, pero para que no digáis que tengo abandonado el blog, voy a hacer una cosa que hacen mucho los blogueros: cortar y pegar cosas que leen por ahí. No asustarsen, que no me he vuelto todavía tan vago y soy demasiado narcisista como para dejar que otros acaparen la gloria de mi blog, pero es que llevo unos días leyendo la bitácora de Mi mesa cojea, que escribe un guionista de El hormiguero, y algunas cosas me parecen más que brillantes, sublimes. Quería compartirlo con vosotros. Este post se titula Argumento para la película española total:

Un hombre se despierta en mitad de Madrid. La ciudad está desierta. Él quiere saber lo que está pasando, alucina, está turbadísimo. Pone cara de “estoy turbadísimo”. Primer plano, que se entienda que está turbado.

Entonces se despierta. Todo ha sido un sueño. Se toca las tetas para comprobar que sigue siendo el mismo travesti yonki de Barranquillas de toda la vida. Tiene una vecina vieja muy dicharachera que dice cosas graciosas en tres secuencias repartidas por toda la película.

La travesti queda con sus amigas putas en paro (una de ellas argentina), que hablan como si hubiesen escrito una tesis sobre Schopenhauer cada una. Para que el diálogo no parezca demasiado irreal, de vez en cuando alguna dirá “cómeme el coño” y todas se reirán. El camarero es muy majo (¿Javier Cámara?).

La travesti se reúne luego con su abuelo. Entra flashback (o viaje en el tiempo, por definir). Contamos una anécdota ambientada en 1937 (posible cameo de Santiago Segura) que muestra la locura fraticida con un punto de amarga comicidad (o cómica amargura, por definir).

Al concluir el flashback/viaje en el tiempo, la travesti confiesa a su abuelo que a veces siente como si cayera en un túnel y, ¡flop!, saliera en mitad del cuento. El abuelo le dice que no le diga más, que eso es porque se llama Pepa, que es un nombre capicúa y los nombres capicúas son lo mejor y lo peor al mismo tiempo. La travesti le dice que Pepa no es capicúa y que además ella se llama Cristina (aunque en su DNI todavía pone Alberto). El abuelo, desconcertado en exceso, grita desconcertadamente que está atrapado en una pesadilla surreal, y exige a voz en grito que alguien le diga la verdad.

A negro. Sobre negro, la voz de cualquier mujer del mundo menos Najwa Nimri susurra: “Graminauer”.

El abuelo se despierta. Todo ha sido un sueño. Vuelve a estar en su casa, que es 10 veces más grande de lo que debería ser para alguien de su clase social para que quepan los focos y eso.

El abuelo se asoma por la ventana y ve, en el piso de enfrente, un desnudo completamente gratuito. Pubis sin depilar, negro como el alma humana (relación hipertextual con la anécdota de la guerra civil). Al bajar la vista a la calle, el abuelo presencia un atentado de ETA (un pistolero dispara en la nuca de un policía). Mientras el etarra huye por la calle, de pronto, cae postrado de rodillas. Vemos el arrepentimiento en su mirada. Se ha redimido.

Pero el abuelo, al comprender la terrible negrura que habita en el corazón de las personas (inserto fulminante del pubis negro), convoca a la prensa para hacer público su deseo de una muerte digna, pero la prensa no va porque está cubriendo una manifestación contra la guerra y contra el terrorismo y a favor del 0´7 y el ecologismo.

En este momento el espectador se percata de que la puta travesti era Javier Bardem, solo que estaba tan bien caracterizado que ni se le reconocía (¿soy yo o huele a Goya por aquí?).

El abuelo abandona la idea de la eutanasia y comprende que la vida es luminosa, colorista, maravillosa (para agilizar el final de la película nos ahorraremos la evolución del personaje).

Acabamos con planos de la ciudad urbana, con sus semáforos, sus inmigrantes y sus cosas, y una voz en off esperanzada que concluye diciendo: “La vida es una mierda, pero al menos hay fútbol” sobre música de Alberto Iglesias. Funde a negro y títulos de créditos.

Nota: eliminar las referencias a España de cara a un posible remake americano

14/05/2008 02:16 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine. No hay comentarios. Comentar.

12/05/2008

HISTORIETAS DE MAYO DEL 68

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No es porque lo hayamos hecho nosotros (qué va a decir un padre de su hijo), pero el último suplemento Heraldo Domingo nos ha quedado especialmente lucido. Ha sido una de esas semanas en las que acabas reventado y deslomado, pero contento con el resultado. Nos ha salido guapa la criatura. Las páginas sobre los aragoneses en el Mayo del 68 han quedado entretenidas y llenas de historietas, y la foto que conseguimos in extremis de Juan Alberto Belloch con 18 años paseando por París (sí, es ese, el de la portada) y las declaraciones en las que cuenta que participó en el asalto a la embajada de EE.UU. -él, que fue baranda de policías y fiscales- son geniales.

La cosa es que, aprovechando el aniversario, nos dio por preguntarnos: ¿será verdad que todos los que dicen que estuvieron en París en Mayo del 68 estuvieron realmente? Y nos dimos cuenta de que los que más fanfarroneaban de pasado "revolutionaire" en aquel entonces estaban muy lejos de París, algunos entonando cantos al Caudillo. Pero también descubrimos que había otra gente que, sin armar tanto ruido, resultaba que sí que había estado allí y lo había visto todo. Algunos, incluso habían participado.

Como este suplemento donde me deslomo sólo está en "analógico" kiosquero y se resiste a entrar en la era digital, aquí os cortipego las peripecias de Carlos Saura, que este jueves será ojomeneado en Cannes. Para los que no viváis en Oregón o no leais el periódico donde echo las tardes (o las dos cosas, que de todo ha de haber), los que ya lo leisteis en papel podéis pasar directamene a dejar comentarios hirientes o largaros a dar un paseo.

El estreno frustrado

 Al otro lado del telefóno, en un breve receso en su comprimidísima agenda, Carlos Saura (Huesca, 1932), que está rodando en Roma parte de su nuevo proyecto, "Io, Don Giovanni", recuerda con jocosidad y distancia el Mayo del 68 en el que la casualidad le hizo protagonista. No hay asomo de nostalgia ni sombra de gravedad en sus palabras: "Uf, si aquello fue una tontería -dice-. Ni siquiera sé lo que van a hacer en Cannes, solo he recibido la invitación, pero parece que todo lo relacionado con aquel año se magnifica". Lo que van a hacer en Cannes es un homenaje y un acto de justicia poética. Como en 1968 Saura no pudo proyectar "Peppermint frappé", el festival, dedicado este año a la efeméride sesentayochista, va a pagar la deuda. Y no solo con el oscense, sino con todos los directores, actores y estudiantes que intentaron convertir el certamen francés en una reflexión sobre cómo el cine podía contribuir a la revuelta, como recuerda el libro "Les Cahiers du Cinéma, histoire d’une revue", de Antoine De Baecque, que se presentará la semana que viene.

Aunque Saura no le dé importancia, cuando coge carrerilla, las anécdotas y los recuerdos salen a borbotones de su boca, y este periodista tiene que tomar nota a todo trapo para no perder ripio: la madrugada alucinada de París, las palabras de Godard, las lujosas calles de Cannes tomadas por los obreros, los paseos con Geraldine Chaplin... Todo se amontona en el cuaderno en un amasijo casi indescifrable, con la misma fuerza y confusión con la que vivió todo.

En 1968, Saura ya era un cineasta con una sólida trayectoria y muy apreciado en la escena europea, emparentado por derecho propio con los miembros de la Nouvelle Vague. Su amigo Elías Querejeta había producido su nueva película, "Peppermint frappé", y su pareja, Geraldine Chaplin, la había protagonizado. El 18 de mayo estaba previsto su estreno en Cannes, y Saura y Chaplin decidieron salir de Madrid unos días antes para disfrutar de la primavera en París y bajar luego por carretera a la Costa Azul.

"Viajamos en plan tirado en una furgoneta Volkswagen que teníamos entonces -recuerda-. Nos plantamos en un hotelito de Saint-Germain-des-Prés donde solíamos alojarnos cuando íbamos a París, y justo esa misma noche estalló todo el follón". Era la la madrugada del 10 al 11 de mayo de 1968.

"No estábamos preparados para eso -continúa-. Yo no había visto nada igual. Luego creo que se dijo que la Policía se replegó para evitar males mayores, porque los disturbios fueron muy graves, y si los hubieran reprimido con contundencia, habría habido bastantes muertos. Sin duda". Asustados, sin atreverse a salir del hotel, la pareja pasó la noche viendo por la ventana la lluvia de adoquines. "A las cuatro de la mañana nos atrevimos a bajar a la calle, y el panorama era impresionante: toda la ciudad estaba patas arriba, destrozada".

Cannes era otro mundo. La agitación todavía no había llegado y el glamur y el famoseo se paseaban tranquilos por los restaurantes y las salas de cine. Pero enseguida se contagió de la efervescencia que se vivía en Francia y, al arrancar el festival, las manifestaciones de estudiantes y obreros paralizaron el centro urbano.

"En esas condiciones -explica Saura-, los directores que participábamos, con Truffaut y Godard a la cabeza, decidimos en asamblea que el festival no se podía celebrar, y fuimos a comunicarle nuestra decisión al director, que aceptó que ’Peppermint frappé’ no se proyectase". Pero los animosos y comprometidos cineastas no las tenían todas consigo. Sospechaban que el director de Cannes, Robert Favre le Bret, no les iba a hacer caso: había mucho dinero en juego. "Por eso, a las 16.30, que era la hora a la que estaba programado el pase, nos plantamos en la sala y nos colgamos del telón para parar la proyección".

Aunque Saura asume que aquel fue un acto "muy valiente", en ese momento cree que no eran conscientes de lo que implicaba su toma de posición: "No había miedo, sino entusiasmo por lo que estaba pasando".

Lanchas y helicópteros

Quienes sí tenían miedo eran los productores y los magnates de la industria del cine, que "se atrincheraron en sus hoteles, aterrorizados". No podían salir de la ciudad porque se cortó el abastecimiento de gasolina. Pero lo solucionaron rápido: "De repente -cuenta Saura, riendo-, empezaron a llegar helicópteros que aterrizaban en las azoteas de los hoteles y lanchas que se paraban en la playa. Los productores salían corriendo con las maletas y huían por el aire o por el mar, y allí nos quedamos los directores reunidos en asamblea, mano a mano con los manifestantes. Fue muy divertido".

Providencialmente, el aragonés tenía algo de gasolina guardada en la furgoneta, y con ella, la pareja puso en marcha su vehículo y trató de llegar a España, cruzando los dedos y temiéndose las peores represalias al regresar: "Pero nadie nos dijo nada -apunta-. Como si no hubiera pasado".

Impasible ante las peripecias de la política, "Peppermint frappé" siguió su periplo y ganó el Oso de Plata en la Berlinale, convirtiéndose en una pieza clave de la filmografía sauriana. "Truffaut me envió un telegrama deseándome suerte y lamentando que la revolución fastidiase el estreno en Cannes". Pero eso ya es historia.

11/05/2008

VIVA LA BELLEZA EXTERIOR

Columna "Del revés". Publicada el viernes pasado en el suplemento MVT de Heraldo de Aragón.

"El problema de esa chica es que es de una belleza muy obvia", escuché alguna vez a alguien sobre una actriz de las que hacen temblar el misterio cuando echan a andar. Claro, ser obviamente bella debe ser un problema grave. Qué penita tiene que dar enfrentarse al espejo y encontrarse de cara con todo ese mogollón de hermosura sin esfuerzo, sin entrecerrar los ojos, sin buscar perfiles buenos.

No hago más que escuchar y leer que vivimos en una sociedad podrida por el culto a la belleza, donde los que no se ajustan al canon van dados y están abocados a la depresión, la anorexia, la bulimia y qué sé yo cuántas cosas más. Pues yo pienso que sucede al contrario, que es la belleza la que está mal vista, casi criminalizada. En ciertos ámbitos, no puedes decir alegremente que te gusta tal o cual persona solo porque, hablando en plata, que para eso va a reabrirse -el Plata, digo-, está buena. O bueno. Solo se acepta ese supuesto si hay algo más: "Fulanito es encantador, sensible, inteligente, tiene un master en Podología y, además, unos abdominales que crujen". Eso sí, eso se puede decir, pero solo si se deja caer el asunto físico al final y como una guinda que decora las verdaderas y sustanciales virtudes.

¿Y por qué narices no podemos admirar a una persona sencillamente porque es bella? ¿Porque es innato y no tiene ningún mérito? Hay personas que nacen con una inteligencia y una agilidad mental notablemente superiores a la media y reciben toda clase de alharacas. ¿Por qué alguien cuyos genes han sido agraciados con otro don no va a poder recibir la admiración de sus congéneres sin disimulo ni medias tintas? A veces, parece que los guapos tengan que hacer un sobreesfuerzo para demostrar que no son lerdos. Algunos hasta parecen pedir disculpas.

¿Es sexista caer rendido ante un cuerpo ajeno? ¿Está bien si lo hace un pintor, pero es repugnante si lo hacemos los demás? Cuando la publicidad televisiva se llena de voces horrísonas y de alegres michelines desacomplejados (olé por ellos), hay que confesar sin miedo que nos gustan los cuerpos bien hechos.

10/05/2008

UNA NUEVA IGLESIA

Un compañero prepara un reportaje sobre alguna controversia en torno al cambio climático, y conforme recaba datos de los científicos, se va escandalizando cada vez más y no puede reprimir compartir su indignación con nosotros: "Vamos a la catástrofe. Nos vamos a tener que ir a vivir todos al Ecuador". Una compañera muy inteligente con la que suelo estar de acuerdo interviene: "¿Y qué? ¿Qué pasa porque Europa se hiele o se achicharre? Son cosas del planeta. Europa ya estuvo cubierta de hielo, ya ha habido extinciones masivas, ya ha habido cambios climáticos muy grandes. Volverá a haberlos". El compañero primero la mira perplejo y creo que dice algo así como que es "nuestra responsabilidad" frenarlo, ya que somos conscientes, y entonces ella le da la puntilla y dice en alta voz lo que algunos pensamos y no nos atrevemos a decir: "¿Por qué? Tienes que dejar de mirar al planeta desde una perspectiva moral. La naturaleza no entiende de valores, el planeta va a su bola. ¿Qué más da si nos extinguimos? No pasará nada. Otros se han extinguido antes que nosotros y el planeta ha seguido con sus cosas. Y seguirá".

Yo no soy científico ni sé nada de cosas serias. El campo del saber del que soy especialista son las chorradas y las series de la tele. Pero del contacto periodístico que he tenido con estos temas, de lo poquito que he leído al margen de los medios y de todos los expertos a los que he entrevistado sobre el particular he sacado algunas conclusiones:

1. Por mucho que la ONU y Al Gore quieran fijar una doctrina, los sabios no se terminan de poner de acuerdo sobre si el cambio climático lo ha provocado la acción humana o responde a un ciclo natural de la Tierra. Algunos creen incluso que eso nunca se podrá saber con los medios y herramientas de que disponen ahora. Hay quien me ha insinuado que es muy antropocéntrico creer que en 200 años de industrialización (en Europa y en parte de Estados Unidos, en el resto del mundo la industrialización no tiene ni 50 años) hemos logrado alterar ciclos de millones de años, que ya quisiéramos nosotros ser tan poderosos.

2. Los sabios coinciden en que hay un cambio climático en marcha, eso no lo niega nadie. Pero, a partir de ahí, sólo están de acuerdo en que están en desacuerdo. Los más cautos dicen que es muy pronto para hacer proyecciones y decir en qué sentido va a cambiar el clima. La mayoría habla de "calentamiento global", pero otros dicen que esto sólo es el comienzo de un "enfriamiento global" y que estamos a las puertas de una nueva Era Glaciar. Para unos, nos achicharramos. Para otros, nos congelamos.

3. Hay miedo en la comunidad científica. Miedo a salirse del discurso "buenista" que recibe las subvenciones y los premios Nobel. Por eso, en las entrevistas, estas cosas te las dicen "off the record": "Si publicas que he dicho esto, lo negaré", amenazan. Nadie quiere dar el primer paso y decir que el emperador va desnudo. Hay una confianza ciega y religiosa en la ciencia, y los científicos no se atreven a decir que, en realidad, saben más bien poquito.

Yo sólo sé que ver estas cosas desde un punto de vista moral roza lo ridículo. Por supuesto que esto no invalida que reciclemos, que no seamos unos guarros, que no derrochemos recursos, que reforestemos y que intentemos restituir el daño que hacemos a la naturaleza. Pero hagámoslo por convivencia, entre nosotros y con el resto de especies que comparten planeta con nosotros. Hacerlo inspirados por un sentido profano de redención es de locos. Yo no quiero salvar ni que me salven de nada. Si el cambio climático nos fríe o nos congela, pues mira tú que bien. No hay dilema moral posible: si ese cambio lo hemos provocado nosotros, nos tenemos merecida la extinción, por idiotas y por suicidas, y si responde a un ciclo natural del planeta, ¿para qué sufrir tribulaciones por algo que no podemos controlar?

Veo en el horizonte una nueva Iglesia liderada por Al Gore, y yo no soy de misas. Yo reciclo, uso transporte público siempre que puedo (y en ciudad uso tracción animal, la de mis pies) y nunca como en McDonald's, pero no le doy la brasa a nadie.

07/05/2008

RECUERDOS CHUNGOS

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Está feo que me cite a mí mismo, pero seguro que vosotros hacéis cosas más feas todos los días y yo no os digo nada. Hace un mes y pico escribía aquí esto:

Hace un par de semanas, comiendo con un amigo profesor universitario que sabe mucho de estas cosas, recordábamos al cachondo de Enric Marco, aquel que se hizo pasar por víctima de Mauthausen, y de ahí divagamos un poco sobre cómo el estatus de víctima puede resultar cómodo y apetecible en el mundo actual. Lejos de estar silenciadas, las voces de las víctimas están por todas partes, hasta el punto de que sus relatos se han normalizado. "Fíjate en las historias de la dictadura argentina -me decía-: todas las sesiones de tortura están cortadas por el mismo patrón. La picana, el viaje sobre el océano...". Los tics de los relatos se repiten y se hacen muy predecibles. Por tanto, debe de resultar muy fácil fingirlos. Las falsas víctimas o las víctimas-actores estarán por todas partes.

Pues bien, hace un rato, leyendo con los ojos muy abiertos a Sebald, me he encontrado con esto en Sobre la historia natural de la destrucción:

Lejos de mí dudar de que en la mente de los testigos hay muchas cosas guardadas, que se pueden sacar a la luz en entrevistas. Por otra parte, sigue siendo sorprendente por qué vías estereotipadas se mueve casi siempre aquello de lo que se deja constancia. Uno de los problemas centrales de los llamados "relatos vividos" es su insuficiencia inctrínseca, su notoria falta de fiabilidad y su curiosa vacuidad, su tendencia a lo tópico, a repetir siempre lo mismo.

En mi trabajo, los testimonios vitales de las personas me han sorprendido realmente en muy pocas ocasiones. Porque generalmente te cuentan lo que creen que quieres oír. En cierta forma, todos interpretamos papeles, y cuando alguien se ve en la tesitura de contarle su vida a un periodista para un reportaje, acomoda sus recuerdos a las exigencias del guión de ese reportaje. Y he depurado técnicas para evitar eso en la medida de lo posible: no utilizo la grabadora a menos que sea necesario, pues coarta mucho al entrevistado y le obliga a pensar cada palabra dos veces, saco el cuaderno a mitad de la conversación, cuando ya está un poco caliente la charla, intento evitar el martilleo interrogador y me esfuerzo por que la cosa se parezca todo lo posible a una conversación amigable... Pero sólo consigo reducir los daños, no suprimirlos.

Me refiero, fundamentalmente, a los testimonios que remiten a hechos históricos, aunque pasan con todos los relatos vitales (un artista te cuenta una vida de artista, un escritor te cuenta su letraheridismo en unos términos muy parecidos a los de otro escritor, y el dueño de una casa rural te habla de su huída de la maldita urbe sin añadir muchos detalles al relato del dueño de la casa rural del pueblo de al lado). Cuando he entrevistado a un maqui, el maqui no me ha ahorrado ningún detalle previamente mistificado: el frío de la sierra, los guardias civiles que tenían más miedo que los guerrilleros, la nieve en el monte (es curioso que apenas cuentan anécdotas primaverales o veraniegas), la comida que le servían los masoveros... Cuando he entrevistado a un viejo resistente antifranquista, lo mismo: todos los tópicos que él cree que quiero escuchar van desfilando. Los relatos de la guerra civil están tan estereotipados que a veces hasta dejan que termines tú las frases. Los testimoniantes, generalmente, ponen mucho cuidado en que su verdad se ajuste a la verdad aceptada, y si hay disensos, siempre serán anecdóticos, nunca afectan al cuerpo del relato.

Ojo, no estoy diciendo que mientan ni que se inventen nada. Sólo pienso que la memoria es maleable y se contamina fácilmente. Está pasando incluso con los miembros de mi generación, que relatamos nuestra infancia como si todos hubiéramos vivido la misma, refiriéndonos a los mismos tópicos (todos televisivos, por cierto): Naranjito, Barrio Sésamo y la teta de Sabrina.

Ahora estoy metido de lleno en un asunto para el que he recogido también varios testimonios. Pero como es un asunto prácticamente inédito (o sin el prácticamente), del que no existen "relatos oficiales", las historias que me cuentan sí que resultan sorprendentes y están llenas de sombras y vericuetos apetecibles. Entre sí, se contradicen muchas veces. Unos asumen con naturalidad unos hechos que para otros son rotundamente falsos. Es maravilloso, porque me está obligando a hilar muy fino para montar las piezas del puzzle, y creo que su actitud virginal se debe precisamente a que te cuentan lo que recuerdan o lo que les ha sido transmitido en sus familias sin que un discurso externo haya contaminado su versión. En definitiva, sin que nadie les haya dicho cómo deben enjuiciar esa experiencia a priori. Pero cuando la Historia con mayúsculas se fija y se pasa a limpio, a todo el mundo le queda claro qué partes de su relato debe subrayar y cuáles debe silenciar.

La cosa va un poco más despacio de lo que yo quisiera (no por mí, que ya he hecho mis deberes, sino por terceras personas a las que tengo que andar persiguiendo), pero cuando el proyecto encuentre al fin a sus padrinos informaré debidamente de ello. Incluso puede que cree un blog paralelo y temático.

07/05/2008 01:10 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria. Hay 5 comentarios.

06/05/2008

LAS TETAS DE LA SOBRINA

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Eróticamente, no será la mejor portada de Interviú -aunque para gustos, las tetas-, pero en cuanto a morbo, se han superado. Ahí está la sobrina de Rouco Varela, el arzobispísimo, cual virgen prerrafaelita después de haberle dado la teta al niño Jesús.

Dice el texto de Interviú:

Cuando era pequeña, Magdalena Rouco Hernández (Tenerife, 1981) rezaba a diario. Su familia era muy religiosa, sobre todo su padre, quien veneraba a su hermano pequeño, Antonio María Rouco Varela, actual cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal. “Mi padre nos hizo ver a mis hermanos y a mí que mi tío era un ser superior, una especie de santo”, recuerda Magdalena. Pero mucho ha llovido desde entonces y grandes han sido las decepciones que el arzobispo de Madrid ha causado a su sobrina, según asegura ésta: “A través de mi tío he descubierto la hipocresía de la Iglesia, que predica una cosa y hace la contraria. Mi tío no se cansa de repetir que la familia es sagrada, que hay que respetarla y luchar por ella, pero luego él desprecia y abandona a la suya”.

En los buenos tiempos del anticlericalismo -mucho más arraigado en la cultura popular ibérica que el clericalismo-, cuando alguien se refería a la "sobrina" del cura ya sabía a qué sobrina se refería. Por eso me da más morbo pensar que en realidad esto es el despecho de una hija. Walt Disney, que de eufemismos sabía un rato, nunca dejó que sus personajes tuvieran hijos. Mickey y Donald tienen tíos, y ellos, a su vez, tienen sobrinos, pero nunca aparecen padres ni hijos por ningún lado. Para evitar que los niños pregunten cosas incómodas (y, como suele ocurrir, las medidas que toman para evitar las incomodidades acaban creando mundos mostrencos y más que incómodos, traumáticos)

Pues ahí la tenemos. La sobrina, harta de eufemismos y con ganas de hacerse con unos duros y reírse un poco, se quita el sostén y le atiza un sonoro bofetón (o tetazo) a su tío el arzobispo. Qué gustazo debe dar una cosa así. Qué liberador, y no sólo por lo frescos que se quedan los pechos al aire, sin la opresión del célibe sujetador.

06/05/2008 01:12 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad. Hay 4 comentarios.

05/05/2008

¿SOTANA O JERSEY DE CUELLO ALTO?

Alzheimer. Y galopante. Después de cenar vamos a tomar algo a un garito que aglutina a gente de todos los talantes y que, como el Monopoly, tiene público de 9 a 90 años. Antes íbamos mucho, ahora apenas lo pisamos. Una chica se me queda mirando y me saluda toda confiada. Pienso que me confunde con otro porque no me suena de nada, por más que rebusco en todas las capas de mi cerebro, pero disimulo. ¿Qué tal va todo? Bien, bien, ¿y tú?, respondo de perdido al río. Pone cara como de que no le van muy bien las cosas, a lo que yo respondo con la mejor de mis sonrisas: Bueno... esto... Rezo al dios en que no creo por que no se le ocurra contarme ninguna pena. Entonces ella hace una pregunta que demuestra que sabe a quien saluda, que no se ha equivocado: ¿Qué tal va todo por el Heraldo? No sé cómo logro zafarme de ella sin ser descortés, pero enseguida me veo en la barra, lejos del peligro. Uf, qué mal rato.

Hay temporadas en las que me pasa muy a menudo. Hay gente que me saluda, a veces con cariño sincero, y yo soy incapaz de ubicarlos en ningún mapa. Me apena mucho este problema de memoria que tengo, y sólo aspiro a que no se me note demasiado. En cualquier caso, lo curioso no es esto en sí, que supongo que es algo relativamente normal que le ha pasado a todo el mundo alguna vez, sino que estas personas suelen responder en serio a la pregunta "¿qué tal estás?". Ponen cara de circunstancias, esbozan un gesto torcido, empiezan a contarte que no encuentran curro, que su perro murió, que intentan dejar las drogas y no pueden... Qué sé yo. Horror, terror y pavor.

Mucha gente es incapaz de percibir el valor retórico de un saludo. Están deseando soltar sus miserias a la mínima de cambio, y se las largan al primero que pasa. Quizá por eso triunfan los programas como Hablar por hablar. Yo creía que triunfaban por el morbo cotilla del que escucha, pero ahora creo que es más poderosa la pulsión narradora de quien necesita desahogarse.

La pregunta es: ¿por qué yo? No me entendáis mal: me halaga que mis amigos me confíen sus miedos y sus problemas como yo se los confío a ellos, lo que no entiendo es por qué lo hacen personas a las que no les he dado una confianza previa. Quizá necesiten depender de la amabilidad de un desconocido, como Blanche DuBois.

Una de las cosas que más llaman la atención de un europeo en Estados Unidos es el ambiente de los bares nocturnos. Hay mucha gente que sale sola que no llama la atención. Lejos de interpretarse como un signo de patetismo o desesperación, los americanos salen solos con total normalidad. Y salen a conocer gente. Y se encuentran a mucha gente sola que también ha salido a conocer gente en los bares. Si tú llegas a un bar, tomas asiento en la barra y pides una cerveza, muy pronto se acercará alguien y entablará conversación contigo. Puede ser para ligar, pero lo normal es que sólo quieran charla. Cualquier excusa sirve para empezar a hablar, pero si eres extranjero el pie forzado es tu país de origen: "Tú no eres de aquí, ¿de dónde vienes?", y así empieza la charla, que puede derivar a cualquier cosa. Aunque se suele mantener en un tono hábilmente intrascendente que rehúye con naturalidad cualquier tema que pueda resultar conflictivo, especialmente la política y la religión, es fácil que acaben contándote su vida y, tras dos cervezas, ya has hecho un amigo nuevo. O has ligado. Pero se trata de una dinámica social muy fluida donde nadie busca un terapeuta de guardia: de lo que se trata es de relacionarse, no de lamentarse.

En España esto no funciona así, y lo que he comprobado es que las conversaciones etílicas que he mantenido con gente a la que he conocido en bares han resbalado rápidamente hacia la llamada de socorro. El alcohol suelta la lengua y te das cuenta de que tu interlocutor sólo busca echar fuera toda la mierda que lleva dentro, y mejor hacerlo contigo que con un amigo al que probablemente tenga ya harto. Los bares exacerban las pulsiones depresivas, y no deja de ser lógico que tus desgracias afloren cuando hay tantas personas fingiendo ser felices a tu alrededor.

Creo que tengo imán para ese perfil de hablador nocturno, y el Alzheimer que sufro al no reconocer a la gente que me saluda me hace más vulnerable. Me pillan con las defensas bajas. Así que tengo un dilema: no sé si salir por ahí con sotana y alzacuellos o con jersey de cuello alto de psicoanalista.

Exagero. Como siempre, exagero. Pero algo falla por ahí cuando tanta gente suplica ser escuchada y está tan poco interesada en escuchar.

Así me siento yo cuando me pasa una cosa de esas, como el prota de Jo, qué noche (está en inglés sin subtitular, lo siento):

 

02/05/2008

EL CUENTO DE SIEMPRE

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Columna "Del revés" aparecida hoy en el MVT de Heraldo.

Pongámonos pedantes, que para eso es viernes de puente y el calor y la holganza nos han reblandecido la sesera. En el lejano siglo XX, mucho antes de que las cafeteras Nespresso e Ikea sacasen a la humanidad de su primitivismo, dos filósofos alemanes llamados Theodor Adorno y Max Horkheimer se dedicaron a teorizar sobre la "industria cultural". Ellos, que a comienzos del siglo XX empezaron a convivir con el cinematógrafo, con los dibujos animados de Walt Disney y con los pintores plastas de París, se dieron cuenta de que su viejo mundo de salones, música de cámara y deliciosas cenas con baile de gala estaba siendo conquistado por las pestilentes masas. La cultura popular, que hasta entonces solo era un repertorio de cancioncillas de pastores, estaba ganando mucha fuerza y seduciendo, inexplicablemente, a personas de sólida formación y elevadas miras. A Theodor Adorno le repateaba especialmente ese engendro llamado jazz, una chirriante bazofia que destruía el legado de los grandes compositores mediante una técnica infernal: la síncopa. Echaba sapos y culebras cuando le hablaban de la síncopa.

¡Gentuza! La civilización occidental se iba por el sumidero, y la culpa la tenía esa industria cultural. Uno se imagina a Adorno y a Horkheimer como dos cascarrabias pasados de moda rumiando su resentimiento mientras la juerga seguía en la calle, sin que a nadie le importara la rancia opinión de esos dos carrozas.

Esta semana ha salido a la venta el videojuego de los videojuegos: "GTA 4", la cuarta y acongojante entrega de la saga "Grand Theft Auto", hiperviolenta, hipernegra, hipersádica e hipersofisticada. Es como una película de Tarantino rodada por Scorsese. Es un juego para mayores de 18 años, pero ni esa advertencia ha servido para aplacar las protestas de los Adorno y los Horkheimer actuales. Se han escuchado lamentos apocalípticos y admoniciones indignadas. Hablan del fin de la civilización, de una sociedad sin rumbo, sin valores, de una Sodoma con su Gomorra. Hoy como ayer, siguen sin enterarse de dónde les viene el aire.

Foto: Theodor Adorno escuchando a Los Violadores del Verso.

01/05/2008

MARIANO SE VA DEL PAPEL

Los dos se llaman Mariano y los dos tienen una relación especial con las gaviotas, pero son personas muy distintas. Rajoy sólo conoce las gaviotas del logo de su partido, mientras que Gistaín ha descubierto una nueva especie: las gaviotas zaragozanas. La ciudad de las gaviotas era el título de la columna que, día tras día, desde hace ya unos añitos, sacaba Mariano Gistaín en El Periódico de Aragón. Ayer anunció, muy parcamente, que abandonaba esa ciudad de las gaviotas, que decía adiós al papel y que se iba a sus aventurillas interneteras. Ignoro los motivos que le llevan a tomar esa decisión, aunque él habla de un poco convincente cansancio tras llevar demasiados años haciendo lo mismo. A mí me apena como periodista. No están los tiempos para ir perdiendo firmas por el desagüe. La descapitalización humana de la prensa española ha sumado un nuevo nombre. Estoy convencido de que ningún sustituto estará a la altura. Las gaviotas de Zaragoza, esa ciudad de secano tan obsesionada con el agua y con el mar, volverán a ser invisibles, porque el único que era capaz de verlas ha abandonado la atalaya. Desde hoy, leer la prensa (en general, no sólo El Periódico ni el resto de prensa aragonesa) será un poco más aburrido.

Nos lo encontraremos en los bares, en los bloguellones y en internet, pero ya nunca más en los papeles.

01/05/2008 13:05 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad. Hay 2 comentarios.

30/04/2008

OREGÓN TELEVISIÓN

Han tardado en encontrar su hueco, después de probar la fórmula del late night, pero al fin se les ve cómodos y en un programa que merece la pena. La gente de Lobomedia produce Oregón Televisión (que la autonómica redifunde de madrugada, por suerte para mí). Solo con este espacio ya considero bien invertido el dinero de todos que cuesta el ente utonómico.

Para los que no lo veais, y sobre todo para los que vivís fuera de esta extraña tierra, os cuento que Oregón Televisión es una parodia de los programas tipo España Directo. Los sketches son las conexiones de los reporteros, y cada uno de ellos dibuja una escena más o menos afortunada de la realidad aragonesa (u oregonesa, más bien). Tiene momentos tronchantes, especialmente para los que tenemos que lidiar día tras día con la pocas veces grata actualidad regional. Si alguien ha sabido captar el alma de lo oregonés y pasarlo por los espejos del callejón del Gato (o por los del laberinto de los espejos del parque de atracciones de Zaragoza, que sería más propio) han sido ellos. Chapeau.

Ahí van tres fogonazos en vídeo. La muerte y las madejas:

 

La publicidad de la Expo:

 

Y una de las entregas del temible Comando Almogavar:

30/04/2008 01:46 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión. Hay 2 comentarios.

26/04/2008

ROCK URBANO PARA RURALES

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Una vez, un entrevistador tan torpe como pagado de sí mismo quiso meter en un brete a Rodríguez Ibarra preguntándole qué le parecía que el referente cultural más conocido de la comunidad que por entonces presidía fueran unos rockeros piojosos y berreones de soez nomenclatura: Extremoduro. Rodríguez Ibarra sonrió, se recostó en la silla y dijo (cito de memoria): "Es fantástico que una comunidad tan rural y tan ligada a las tradiciones del campo tenga como embajadores unos exponentes de una cultura urbana tan juvenil. A mí me llena de orgullo que Roberto Iniesta (lo juro, se sabía el nombre del cantante de Extremoduro) haya sido capaz de influir en el rock español desde la apartada dehesa extremeña". Por supuesto, el adalid del guerrismo sólo estaba barriendo para casa con maestría de perro viejo y demagogo, pero quizá sin saberlo, estaba apuntando varias cosas muy interesantes.

En los 80, en España echó raíces un género local de nombre tautológico que no tiene igual en Europa (entre otras cosas, porque en el resto de Occidente el punk se vivió con intensidad y no hicieron falta sucedáneos): el "rock urbano". ¿Qué diablos es eso? ¿Puede el rock no ser urbano? ¿No es, de hecho, el folclore de las ciudades? Con esa lerda redundancia se agrupaba a los cultivadores de un estilo postpunk inventado en buena medida por Rosendo Mercado en Leño y caracterizado por su crudeza, su guitarreo desaliñado, su absoluta falta de academicismo o corrección y su marcado sesgo social (y, a veces, político) en las letras. Es decir: para oídos sensibles, basura sonora. Para los analfabetos funcionales como yo, una maravilla. Un disco de Barricada lo definía bien: Pasión por el ruido.

El desafortunado adjetivo "urbano" se refiere más bien a su carácter "de barrio" y obrero. Es música de futbolín, de jarra de cerveza y porro vespertino. Extremoduro -que vuelve ahora con un disco- se subió al carro en los 90 y, desde mi punto de vista, transformó completamente sus esquemas (insisto, los melómanos me van a tomar por un irritante loco inculto, pero les recomiendo que no sigan leyendo si no quieren hacer mala sangre con mis teorías peregrinas). Y lo hizo, efectivamente, desde la rural dehesa extremeña. Paradoja: rock urbano hecho por rurales.

Últimamente me he convencido de que el rock urbano es en realidad un rock genuinamente rural. De hecho, gusta mucho en los pueblos. ¿Y por qué? Porque es un rock compuesto (¿compuesto?) en las ciudades, sí, pero por hijos recientes del éxodo del campo. Es la banda sonora de una juventud que todavía tiene lazos muy fuertes con sus pueblos y que crece en unas casas donde el pasado campesino está mitificado porque es el único anclaje identitario y reconfortante posible en una ciudad hostil y bronca. El rock urbano es la música de los hijos de los primeros obreros, y su brutalidad y su espíritu primario remiten a la era. Mirad esta estrofa de Este Madrid, himno de Leño:

Lo que falta es un buen bidón
de aire puro y natural
y de cerveza,
de cocido y de salchichón.
Leña seca y carbón,
una menda y un colchón.

Es un grito inadaptado, antimovida madrileña, de chavales de barrio perdidos en la urbe que sólo abandonan su anonimato cuando vuelven al pueblo en verano. À la recherche du temps perdu, pero sin nostalgias.

Por eso, la sensibilidad hiperrural de Extremoduro tenía que encajar bien en esos esquemas, aunque su irrupción fuera muy tardía en el movimiento. De ahí viene (aunque no del todo) su capacidad para convertirse en la música de parte de una generación, la parte más antirretórica y la menos deslumbrada por los faroles minimalistas del pop.

Yo descubrí muy tarde a Roberto Iniesta y a Extremoduro, y no entiendo su alianza con unos tipos tan ramplones y anodinos como Platero y Tú. Como buen chaval de barrio izquierdoso (aunque sin un pasado rural), crecí entre los rugidos del Drogas y los ripios de Rosendo, pero el rollo de Extremoduro no me iba, no conectaba conmigo. Hasta que, algo más mayorcito, tropecé con Agila y con Deltoya y me dio un subidón. La energía desgarrada y brutísima de Roberto Iniesta, su talento cazurro, sin pulir, más salvaje que el más salvaje Camarón, me llegaron muy dentro. No me importa confesarlo. Entiendo perfectamente al protagonista de La flaqueza del bolchevique cuando hace que su rabia fluya a través de las canciones de Extremoduro en la radio del coche, y creo que Jesucristo García hace todavía más grande la película Barrio.

Tuvo momentos grandiosos el enorme Robe. Momentos llenos de semen, mechones enredados, jeringuillas tiradas en una baldosa, pelotillas de mierda de cabra y cerveza rancia formando charcos en el suelo. Si hay algún melómano o un tipo sensato que esté todavía leyendo a estas alturas del texto, que no se moleste en entender lo que intento decir. Esto es una cosa de tripas. De tripas retorcidas. De isleros, de shirleros y de ladrones. De gente que berrea estrofas como estas:

Afuera de mi casa tengo flores,
sembradas en el campo
como a ellas les gusta estar.
Enciendo muy temprano los motores,
me pongo muy contento
si la voy a visitar.

Lo dicho, rock urbano para rurales. O al revés.

26/04/2008 22:08 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música. Hay 13 comentarios.

25/04/2008

RITOS PAGANOS

Columna publicada hoy en el suplemento MVT de Heraldo.

Tengo un amigo que no soporta los discos en directo, pero que se pasa la vida yendo a conciertos. Bien, a mí no me gusta comer naranjas y el zumo me lo bebo por litros. Aunque sospecho que lo de mi amigo responde a un proceso mental completamente opuesto al mío: yo suprimo sensaciones y me quedo con lo mínimo, y él hace lo contrario. No es solo que prefiera comer la naranja a beberse el zumo, es que le pierde tocarla, pelarla, llenarse las manos de su jugo, olerla y sentir la explosión de jugo y pulpa en su boca.

A mí me gustan los discos en directo, pero me gustan precisamente porque son muy falsos, porque están más retocados que Sara Montiel, porque tienen un simpático aroma de prostituta ajada y triste de burdel antiguo. Y me gustan también por su ingenuidad: pretender transmitir en una grabación la sutil, compleja y pagana experiencia de un concierto tiene algo de alquimista. O de feriante que vende filtros de amor.

La crisis discográfica nos está trayendo más conciertos. No como los de antes, ya apenas quedan supergrupos de estadio. El público tampoco ha crecido mucho, pero los espectáculos pequeños, más o menos íntimos, donde el sudor y el calor se concentran hasta casi asfixiar a todos, están en auge. Si los músicos quieren ganar dinero y no venden discos, no les queda más remedio que tocar. Y tocar mucho.

Un concierto es, por encima de todo, una celebración en la que se permite el desmadre. Un pequeño carnaval. Pero también es una ceremonia muy reglada con una liturgia que hay que respetar escrupulosamente. Para saltársela hay que tener mucho talento o mucho morro. O las dos cosas. El público no encaja bien que el oficiante se pase por el forro las partes y el tono del ritual pagano. A saber: un poco de retraso, un poco de tensión entre la cercanía y la distancia al público (los que pelotean demasiado a la concurrencia, cansan, y los que la ignoran, caen mal), algún discursito arengatorio bien medido, algo de participación ciudadana -¿palmas, coros, subidas al escenario? Las posibilidades son infinitas-, unos bises como dios manda y un "hasta siempre" para despedir. La música, en realidad, viene a ser lo de menos.

25/04/2008 18:47 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música. Hay 2 comentarios.

23/04/2008

DIRT

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La señorita (¿o debería decir señora Arquette?) Courteney Cox era una actriz segundona, más que secundaria. Uno de tantos moscones vampíricos esperando su momento en los títulos de crédito de las series y las pelis malas de Hollywood. Hasta que un buen día de 1994 se presentó a un casting de la NBC y la contrataron para el papel de Monica Geller en una nueva sitcom. En realidad -y ella no lo sabía- era el segundo plato, porque para ese papel ya habían contratado a otra chica desconocida del off Broadway llamada Jennifer Aniston, pero a los productores les gustó tanto que decidieron crearle otro papel a medida y buscar una sustituta para el personaje de Monica. La serie, todos lo sabéis, era Friends.

De aspirante sin suerte, a ídolo de masas. Friends se convirtió en un fenómeno generacional, universal y -sobre todo- multimillonario, y Courteney Cox se convirtió en una superestrella con 30 años. Cuando terminó la serie tenía 40 -muy mala edad para una actriz, y especialmente para una actriz de su caché-, mucho bagaje y muchas ganas de demostrar que su talento estaba muy por encima de los gags de una sitcom. En su fuero interno, todos los actores piensan que están destinados a grandes cumbres, pero son muy pocos los que lo demuestran.

Courteney fue viendo fracasar y enquistarse a todos sus compañeros de reparto en Friends: Matt LeBlanc (Joey), se dio un hostión de cuidado con su pésimo spin-off; David Schwimmer (Ross) se ha quedado entre bambalinas parodiándose a sí mismo; Mathew Perry (Chandler) repite su mismo personaje en comedias cutres, en un encasillamiento que ya suena a encasquillamiento, y Jennifer Aniston (Rachel) parece la novia abandonada (por Brad Pitt, todo hay que decirlo) que pena por los pasillos del castillo arrastrando la cola hecha jirones de su vestido de bodas. Sólo Lisa Kudrow (Phoebe, mi favorita) parecía haber escapado de la quema.

La presión y el miedo tenían que ser grandes por fuerza. Muchos la habían cagado y Friends es mucho Friends para quitárselo de encima. Quizá por eso Courteney ha tardado tres años en salir de su crisálida, pero se puede decir que ha salido convertida en una magnífica mariposa. Una cruel, despiadada y brillante mariposa.

Dirt es una buena serie. No diré genial, no echaré las campanas al vuelo. La tele americana nos ha malacostumbrado con productos sublimes y ahora los espectadores somos más exigentes. Quizá hace cinco años, Dirt hubiera resultado deslumbrante, pero tras Los Soprano y A dos metros bajo tierra, se queda solamente en un producto digno. De calidad, pero no prodigioso. Y esto no es una crítica, sólo la sitúo en el lugar que creo que le corresponde.

En Dirt, una serie hecha a la medida de las aspiraciones y del talento de Courteney Cox, la ex Friend es una agresiva directora de una revista del corazón de Los Ángeles. Una Cruella Deville sin dálmatas. Se ha preparado a conciencia y nada en su presencia ni en su interpretación recuerda a Monica Geller. Pero, sin embargo, sigue siendo Courteney Cox. Eso es talento. Eso es algo que está al alcance de muy pocos actores: mantener la propia y marcada personalidad sin dejar de lado al personaje. Que el personaje y la actriz hablen a la vez, en una compleja y sutil dialéctica. Eso es lo que se le pide a los grandes actores (y a los grandes escritores).

Por lo demás, Dirt -que están echando en Fox y espero que se vea pronto en abierto- es una serie entretenida, que fuerza los límites de la verosimilitud y que hace catas muy interesantes en el siempre fascinante mundo del morbo y de (va por ti, Rondabandarra) las miasmas. Se echa de menos un poco más de arrojo, pero dado que la propia Courteney Cox produce la serie, creo que no se le puede pedir mucho más: una superestrella no se pone a hacer arte y ensayo de la noche a la mañana.

Muy recomendable. Si no la habéis visto, tirad de la mula. Sospecho que se avecinan tiempos de crisis catódica, así que hay que acumular reservas para el largo ayuno. Y Dirt es nutritiva.

23/04/2008 02:15 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión. Hay 2 comentarios.


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