ESTADOS UNIDOS
Unos amigos acaban de volver de un viaje por California y Nevada. Han dormido en moteles, han comido en Wendy’s con párkings desangelados y se han partido de risa en el increíble palacio de William Randolph Hearst. Como europeos asquerosamente bienpensantes que somos (me refiero a mis amigos y yo), compartimos todos los prejuicios y las fobias imaginables hacia el mundo yanki, pero no podemos sustraernos a la atracción que nos causa. Recuerdo que la primavera pasada, cuando le contamos que íbamos unos días a Nueva York, esta misma amiga que ahora se recupera del jet lag me dijo que no iba a pisar Norteamérica mientras el ínclito Bush siguiera en la Casa Blanca. Si es que no se puede hablar...
Yo me reconozco contradictorio. Sí, son vomitivos. Asquerosos, odiosos, sucios imperialistas y un país de mierda. Y mucho más. Cualquier crítica se queda corta. Pero me corroe la envidia. Me hubiera gustado acompañarles en este viaje. Me muero por conocer más. No seré del todo feliz hasta que no duerma en uno de esos moteles con biblia. No me habré realizado hasta no haber recorrido un tramo de la ruta 66 con John Mellencamp, o la Creedence, o Grand Funk, o Dylan, o lo que sea sonando en el coche. No quiero morirme sin ver un cabaret freak en Los Ángeles o sin haberme bebido uno de esos cafés de vaso de plástico mirando la bahía de San Francisco.
"Es nuestra cultura", sentencia mi amiga. Y tiene toda la razón. No me sé ni una jota, a duras penas sabría citar dos o tres zarzuelas y que no me vengan con cantigas de Alfonso X, romances burgaleses o novelas picarescas. Podría escribir un libro sobre Billy el Niño, pero no sé nada de los bandoleros andaluces. Lo mío es el rock y las películas de John Huston. Esa es mi cultura. Eso es lo que he bebido. Y quizá por eso necesite ir a su encuentro. Es lo que me ha tocado vivir, y lo amo. No quiero renegar de ello en nombre de nada. Y sí, son odiosos y merecen lo peor. Dicho con Kissiniger: "son unos hijos de puta, pero son nuestros hijos de puta".
Otra amiga lleva dos años viviendo en Estados Unidos. Estas navidades son las primeras que no va a pasar en España. Está en Mineápolis, una ciudad del norte llena de nieve. En su calle sopla un viento helado que hace del Cierzo una brisa. No hay aceras. El coche es el rey. Y, sin embargo, ella es feliz. Se puede ser feliz en cualquier parte, supongo. Incluso en Mineápolis, que está cerca de Chicago, que a su vez es una ciudad a la que, si convenzo a Cristina, iremos dentro de no mucho tiempo. Quizá sea el próximo viaje. Me ha picado a mí este amor-odio americano. Sin ir más lejos, la foto que presenta este blog está hecha en Times Square.
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Autor: Felipe
Te anticipo: el modelo de vida Americano es la vision de lo que va a ser la vida de todos en el mundo en unas pocas decadas. Aunque talvez les dejemos a ustedes atras, oliendose unos a otros sus apestosos europedos.
Fecha: 12/07/2006 05:09.
Autor: S. del Molino
Fecha: 12/07/2006 12:12.



