BARCELONA

Siempre he lamentado que la literatura en catalán sea tan desconocida fuera de su ámbito lingüístico, porque eso ha acabado generando en algunos sectores de la misma unas actitudes victimistas y cerradas dentro de sí que amenazan con dar un ambiente de alcoba enclaustrada y sin ventilar a sus creaciones. Creo que, afortunadamente, quienes desde fuera de Cataluña, Valencia y Baleares, nos interesamos y leemos libros en catalán (o traducidos al castellano, que también los hay) somos muchos más de los que piensan los nacionalistas aldeanos, que parecen satisfechos de que no les hagan caso. Pero, hecha esta salvedad, hay que reconocer que es una lástima que buena parte de España dé la espalda a su segunda mayor tradición literaria. En ese sentido, que el año pasado fuera Jesús Mocada quien recibiera el Premio de las Letras Aragonesas, ha marcado un hito poco valorado y que demuestra que no todo es mal rollo a un lado y a al otro del Segre.
Ayer, por motivos de trabajo, estuve en Barcelona. Pasé el día en el tranquilo barrio de Pedralbes, antes burgués, hoy universitario. Cuando terminé las entrevistas y las visitas, me quedaron un par de horas libres antes de coger el tren, y aproveché para hacer la catetada que me gusta hacer siempre que voy a la capital catalana: bajar la Rambla, que es como un canal de Amsterdam sin agua.
Hay muchos síntomas de cómo se ha ido europeizando España, y Barcelona siempre unos pasos por delante. Los economistas me hablarán de pibs y de bla-blas; los críticos literarios, de cómo los temas urbanos han acabado por barrer a las tramas rurales; los arquitectos, de lo singulares y bien puestas que lucen las ciudades; los sociólogos, qué sé yo, algo se inventarían... A mí todo eso me suena a retórica: el único síntoma real no ya de la europeización, sino de la globalización, es el olor del centro de algunas ciudades. Barcelona huele -y Madrid cada día más- a fast food. El índice de globalización (si es que existe algo así) es directamente proporcional al número de ciudadanos que pasea por el centro con un vaso de Starbucks, una pita de falafel o una porción de pizza. Londres, Nueva York, Amsterdam, París incluso, huelen a fast food mezclada con los olores propios de la ciudad, pero imponiéndose con fuerza a ellos. Zaragoza todavía no: y es raro, porque mi ciudad se caracteriza por adaptarse rápidamente a lo nuevo y olvidar lo viejo en el desván del abuelo sin derramar ni media lagrimita de nostalgia. Ya vendrá, por tanto.
Barcelona es la más global de nuestras ciudades. La que más huele a esa mezcla de horno industrial y recalentamiento de microondas. Y he de decir que, muy a mi pesar, pues en el fondo me precio de ser un sentimental teórico que añora tiempos que no vivió, me gusta ese ambiente. Me siento cómodo en la ciudad atomizada. Me siento a gusto allí donde, gracias a un individualismo atroz, nadie te molesta porque nadie se preocupa por tí. ¿Qué me pasa, doctor? ¿Por qué no preferiré las verbenas populares en vez de la indiferencia? Me lo haré mirar, desde luego.
Una vez hube trotado a gusto, pensando estas tonterías mientras caminaba de la plaza de Cataluña al puerto, me quedaba un poco de tiempo, si apuraba, para hacer otra de las cosas que hago cuando piso la ciudad: llevarme algunos libritos de literatura en catalán que me cuesta conseguir en Zaragoza, pese a que internet ha facilitado mucho las cosas. Y como tenía negros pensamientos sobre el presente y sobre el futuro, me agarré a los clásicos, pero del siglo XX, que no tengo cuerpo para literatura medieval ahora mismo. Compré libros de Mercè Rodoreda; El quadern gris, del maestro de bloggers Josep Pla, y algunas colecciones de cuentos de Jesús Moncada. Todo un retorno a la aldea que nunca tuve, me dije mientras pagaba.
En el tren me leí los cuentos de Calaveres atònites (hay traducción al castellano), del aragonés catalanoparlante ya fallecido Jesús Moncada, y su sentido del humor rural y delicado me alegró el viaje. Son unos cuantos relatos engarzados protagonizados por los habitantes de la vieja Mequinenza, la que se comió el pantano, en ese terreno árido y complejo que muchos llaman la Franja de Aragón, donde el catalán y el castellano se mezclan con arcaísmos que son perlas para filólogos, y que ha parido a muchos grandes personajes de esta tierra, como Sender, Maurín o el propio Moncada. No sé por qué, pero la Mequinenza perdida que Moncada imaginó -recreándola a su manera- en sus libros me recuerda un poco a Cicely (Doctor en Alaska). El secretario de juzgado pijo barcelonés que llega a Mequinenza en un camión de mineros, horrorizado ante los modales irreverentes de la gente de la zona, bien pudiera ser el neoyorquino Joel Fleishman, que contempla a sus convecinos de Alaska por encima del hombro, pero que poco a poco se va fundiendo con ellos. La Franja, olvidada y deseada, bien pudiera ser la Alaska aragonesa.
Comentarios » Ir a formulario
![]()
Autor: Elpidio
Fecha: 03/02/2006 02:11.
Autor: Sergio del Molino
Cierto: los que mejores críticas reciben y los "best sellers" en catalán se traducen mucho -para eso Barcelona tiene las grandes editoriales españolas, faltaba más- y algunos autores, como Monzó, son bien conocidos y aplaudidos en toda España, mientras que otros, como Sánchez Pinyol se convierten en auténticos fenómenos de culto. Pero yo no me refería tanto al mercado editorial como a que la tradición de la literatura en catalán sigue siendo no ninguneada (porque eso implicaría un desprecio consciente que no creo que exista), pero sí desconocida en el resto del país. "Tirant lo Blanc", por poner un ejemplo, es un título que le suena a chino a muchísima gente culta en España. Lo he podido comprobar muchas veces. Otra cosa son los autores actuales con las potentes editoriales catalanas detrás.
Muchas gracias por visitar este bloguito y espero que te pases más veces por aquí, a discrepar o a lo que gustes. Un saludo.
Fecha: 03/02/2006 03:08.
Autor: Maria
Fecha: 03/02/2006 11:22.
Autor: Sergio del Molino
Fecha: 03/02/2006 12:52.
![]()
Autor: Elpidio
Lo mejor de hoy, 3 de febrero, es que en los países democráticos podemos comprar (y leer muchas veces gratuitamente en internet) lo que nos dé la gana en la lengua que nos dé la gana. El conflicto lingüístico no ha hecho más que enmascarar un conflicto político, más rancio que unos cacahuetes rancios.
Fecha: 03/02/2006 16:08.
![]()
Autor: Elpidio
Fecha: 03/02/2006 16:11.
Autor: S. M.
Fecha: 03/02/2006 16:24.
Autor: Sergio del Molino
Fecha: 03/02/2006 17:28.


