HOTELES

Desangelados, fríos, viejos, de diseño, limpios, sucios, acogedores, sórdidos, históricos y anodinos. Los hoteles son mucho más que una parada para el viajero.
Dylan Thomas reventó de asco y alcohol en el Hotel Chelsea de Nueva York, y Robert Zimmerman se convirtió en Bob Dylan porque los aromas de esa decadencia llegaron unas cuantas calles más abajo, hasta el Village, donde él vivía. De refugio de escritores con ansias de malditismo se convirtió en centro de peregrinación rockera y contracultural. Jimi Hendrix dejó sin dormir a sus huéspedes muchas noches con sus orgías y sus improvisadas sesiones, y Leonard Cohen escribió: "Te recuerdo bien en el Hotel Chelsea. / Hablabas tan firme y tierno al tiempo, / arrojándome a la cama deshecha / mientras las limusinas esperaban en la calle". Nosotros no pasamos del vestíbulo. No teníamos dólares suficientes para pagar una noche de rock and roll y poesía de bourbon. Junto al hotel hay un restaurante llamado "El Quijote" y una tienda de guitarras donde un músico danés probaba pedales y el dueño, un tío corpulento de risa atronadora, se empeñaba en llevarnos a un concierto con cena en la calle 42, la que recorría desesperado Robert de Niro en su viejo taxi.
A mi amiga A. (que podría ser A. de Audrey) le encantan los desayunos de lujo; a S. le gustan los hoteles de la cadena AC porque tienen manzanas gratis para los clientes y está convencido de que como mejor se escribe es de noche en la cama después de un día de trabajo; lo primero que hace C. al llegar a una habitación es comprobar cuántos productos de baño tiene; Ch. recorrió por la cara unos cuantos hoteles escribiendo sobre ellos en una publicación de viajes, y yo todavía me relamo y me doy de cabezazos cuando recuerdo que me perdí el mejor desayuno de mi vida en un hotel de Sao Paulo cuyo bufet de delicias y frutas tropicales era kilométrico, pero que apenas probamos porque el avión se escapaba. No he probado mejores croissants que los que servía un hijo de exiliados republicanos españoles en un pequeño Logis de France en Carcasona. Siempre creí que el encanto de los bares de los hoteles era cosa de películas hasta que me emborraché en uno.
Bill Murray se enamoró de Scarlett en el bar de un hotel de cristal de Tokio en Lost in traslation. El grimoso Joel Cairo (Peter Lorre) se alojaba en el suntuoso Hotel Belvedere de San Francisco, donde Spade-Bogart se movía como un miembro más del personal en El halcón maltés. De San Francisco era también Hotel, una serie de los 80 protagonizada por Connie Selleca, que también salía en El gran héroe americano y de quien me pasé la infancia enamorado. No me perdí un capítulo de ninguna de las dos series. El escritor oscense Oscar Sipán tiene un repertorio de hoteles imaginarios y ha rebuscado en registros y libros de visita firmas y dedicatorias de personajes legendarios. Ian Gillan, el cantante de Deep Purple, deprimido a mediados de los 70 por las drogas, por abandonar el grupo y por no haber sido escogido para protagonizar Jesucristo Superstar, se compró un hotel entero para vivir en él y se arruinó. Entonces, escribió una canción para su amigo Ángel Manchenio, con quien había compartido una noche de borrachera en la azotea de un hotel de Beirut antes de la guerra. Charly García pasa el tiempo demoliendo hoteles y, de vez en cuando, se tira a la piscina de uno desde la ventana de su habitación. Jim Morrison construyó su propio hotel de vinilo y se instaló en él sin equipaje, dejando Love Street para siempre. Los amigos sabíamos que la noche de Malasaña había terminado cuando en el bar Hotel California sonaba la canción que nombraba al garito. Sabina relaciona el hotel, dulce hotel, con el amor fugaz y sin compromisos. Hemingway se separó de su amigo Dos Passos en el bombardeado Hotel Florida de Madrid, donde los corresponsales de guerra bebían hasta que dejaban de escuchar la artillería, y uno de los reportajes más disparatados que se le han hecho a Rosendo se publicó en el Tentaciones y consistía en una sesión fotográfica en el Ritz caracterizado como una rock star. Pero la cámara no la sostenía Annie Leibovitz.
Hoteles, qué lugares.
Foto: el Hotel Chelsea, en la calle 23 oeste de Manhattan.
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Autor: Antonio Pérez Morte
Mereces una suite con chica buena (o buena chica) y radiador!
Fecha: 07/02/2006 16:05.
Autor: Sergio del Molino
Fecha: 07/02/2006 16:32.
Autor: Javivi
Pero alguien tal vez sepa decirme... ¿por qué demonios todos, sin excepción, tienen esa horterada de canal que llaman Fashion Tv?
Hoteles... algunos sociólogos (o antropólogos, ahora no recuerdo) los llaman "no-lugares". Pero a mí me encantan.
Fecha: 07/02/2006 17:49.
Autor: Sergio del Molino
Fashion TV es también la no-televisión.
Respecto a los no-lugares, que también son los aeropuertos y las estaciones. ¿Puede alguien refrescarme la memoria? Hay un realizador que hace pocos años hizo un documental rodado íntegramente en aeropuertos de todo el mundo. La gracia estaba en que, como son no-lugares, era imposible saber en qué país, ni siquiera en qué continente estaban rodadas las escenas. Era como un retrato de la globalización. ¿Alguien recuerda quién fue el director en cuestión? Gracias de antemano, sabios blogueros.
Fecha: 07/02/2006 18:19.
Autor: Anakrix
Fecha: 07/02/2006 23:49.
Autor: Anakrix
Fecha: 07/02/2006 23:53.
Autor: Anakrix
Fecha: 09/02/2006 00:36.
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Autor: Javier Albisu
Bostezo tímidamente y la luz del domingo amenaza por la ventana.
I remember you well in the Chelsea Hotel, that's all I don't even think of you that often.
Fecha: 22/09/2007 22:44.

