HIPOCONDRIAS DE MESA CAMILLA

Un gatito ha muerto por gripe aviar en la isla de Rügen. Lean, lean, mañana sale en todos los periódicos, bien grande. No se molesten en correr a la farmacia, porque los retrovirales los almacena el Gobierno por si las moscas. Asústense. Pásmense. Un gatito ha muerto en la isla de Rügen y todos le lloramos consternados. Descansa en paz, Garfield ario. Por cierto, me olvidaba: en Irak la han diñado 60 personas, ninguna tan adorable como el gatito alemán. Ya saben, son iraquíes de esos que mueren a puñados todos los días. ¿A quién le importa? Lo que debe preocuparnos a nosotros es el gatito. Pobre, mañana recogeré a todos los congéneres suyos que encuentre por la calle.
Mi abuela era adicta a un programa de Telemadrid que no sé si siguen echando: Sucedió en Madrid. Gracias a sus crónicas sobre colombianos indocumentados que aparecían con un tiro en la frente en parques del oeste de la ciudad o de raterillos cuyas piernas seccionaba el metro mientras huían tras robar un par de discos en la Fnac, la pobre mujer creía vivir en una jungla indómita de la que se protegía tras una puerta blindada y muchos cerrojos. Ella, que había pasado una guerra y había escondido a hermanos en su casa perseguidos por su republicanismo, vivía sin vivir en sí por cuatro mediocres y fantasiosas crónicas de sucesos. Pues algo parecido nos está pasando como sociedad: nos estamos abuelizando. Pienso en Europa y en la cobertura de la gripe aviar y me imagino a trescientos millones de ancianas asustadas agarradas a las faldas de su mesa camilla, con el botiquín a mano y atiborrado de por-si-acasos caducados.
Yo, que soy más chulo que un ocho, lejos de preocuparme por el persistente catarro que me acompaña desde hace varios meses, y que bien pudiera interrumpir este blog bruscamente un día de estos (los virus son así de caprichosos, ya se sabe), he viajado al siglo XIV, donde me han dicho que hay unas danzas de la muerte y unas epidemias de lo más molonas. A ver si aprendo algo. Con la excusa de un inminente viaje a Italia (dios, no veo la hora de montar en el avión), estoy releyendo un clásico, que siempre le sienta bien a la mente mareada de fugaces novedades editoriales. Picoteando, sin desmayarme en el intento, revisito estos días (qué verbo más feo) al señor Bocaccio y su Decamerón. Y, para que atisbeis algo de los horrores gripales venideros, he aquí una reconfortante evocación de la peste que diezmó Europa a mediados del siglo XIV. Para que lloréis por algo, como decía mi madre cuando me daba un merecido pero antipedagógico cachete. El fragmento pertenece a la primera de las diez famosas jornadas de aquel maratón de cuentos, y la traducción al castellano es de María Hernández Esteban. Los médicos amantes de la literatura, que algunos ha habido en estos últimos siglos, avalan el portentoso rigor anatómico de la descripción. Si es que Don Giovanni era un crack:
"En su comienzo, a los varones e igualmente a las hembras les nacían en la ingle o bajo las axilas unos bultos, algunos de los cuales crecían como una manzana mediana, otras como un huevo, unos más y otros menos, que las gentes llamaban bubas. Y desde las dos partes del cuerpo indicadas, en poco tiempo, las ya dichas mortíferas bubas comenzaron a nacer y a crecer indistintamente en cualquier parte del cuerpo; y tras esto los síntomas de dicha enfermedad comenzaron a convertirse en manchas negras o lívidas que a muchos les salían en los brazos y por los muslos (...). El espectáculo de la gente baja y quizá en gran parte de la clase media era mucho más miserable, porque éstos, retenidos en sus casas durante el día o por la esperanza o por la pobreza, al permanecer en sus barrios, enfermaban a millares por día, y como no se les cuidaba ni ayudaba en nada, casi sin remisión alguna todos morían".
Dedicado a todos los hipocondríacos. Ah, recuerden: 60 muertos en Irak equivalen más o menos, en peso informativo, a un gatito de la isla de Rügen, Alemania. Quizá algo menos, que la cotización de los primeros va a la baja.
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Autor: Antonio Pérez Morte
Fecha: 01/03/2006 09:15.
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Autor: Antonio Pérez Morte
Fecha: 01/03/2006 15:59.
Autor: Sergio del Molino
Fecha: 01/03/2006 16:34.
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Autor: El futurible ingeniero
Fecha: 01/03/2006 20:36.
Autor: Sergio del Molino
Fecha: 01/03/2006 20:42.
Autor: Javivi
Por cierto, Sergio, no quiero darte envidieta, pero a que no sabes dónde leí mi tesis doctoral? Sí: en las Villa Schifanoia de Florencia, donde Bocaccio redactó parte del Decamerón. Aparte de eso, siempre he pensado (sobre todo, tras vivir allí cuatro años) que Florencia es una porquería. Pero eso daría para mucha más discusión, y yo estoy hecho polvo con la gripe aviar.
Fecha: 01/03/2006 23:52.
Autor: Anakrix
Fecha: 02/03/2006 00:13.
Autor: Sergio del Molino
Fecha: 02/03/2006 00:15.
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Autor: Antonio Pérez Morte
también, muy "cultivados".
Fecha: 02/03/2006 11:56.
Autor: Sergio del Molino
Fecha: 02/03/2006 12:27.
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Autor: Antonio Pérez Morte
(Sindicato Aragonés de Faisanes Analfabetos)
¡Ten cuidado!
Fecha: 02/03/2006 13:20.
Autor: Javivi
Fecha: 02/03/2006 13:23.
Autor: Sergio del Molino
Fecha: 02/03/2006 13:24.
Autor: Sergio del Molino
Mi primer contacto con Italia va a ser dentro de un par de semanas -ya me vale, pero todavía no he pisado la tierra de Musolini, uy, quería decir de Miguel Ángel y de Dante-. Sin embargo, dominado por mis prejuicios y los de mis amigos, que son mios también, me imagino Italia, como dijo una vez un amigo, llena de tíos que se llaman Paolo, van en vespa, pero sólo conducen con una mano, utilizando la otra para increpar a las maggioratas. No sé por qué los florentinos tienen que ser más desagradables que los vecinos de Hellín, Albacete, pero si tú lo dices, te creo.
Fecha: 02/03/2006 13:39.
Autor: Anakrix
Fecha: 03/03/2006 00:24.
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Autor: Jose
Fecha: 12/09/2007 11:06.


