LUGAR LLAMADO BROOKLYN

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"Una de las cosas que aprendí escribiendo la novela, y aprendí muchas, es lo difícil que resulta sortear la falsa impresión de verdad que transmite la página escrita".

No, no son declaraciones de un novísimo narrador barcelonés pronunciadas en Estravagario frente a la sonrisa encandilada de Javier Rioyo. La frase pertenece a Llámame Brooklyn, la novela que ha ganado el Nadal de este año, y su autor es una joven promesa de 52 añitos llamada Eduardo Lago. Podrá decirse lo que se quiera de los premios, pero el Nadal sigue siendo un buen termómetro, un sello de calidad todavía aceptable en medio de la vorágine editorial de imprescindibles y deslumbrantes que cambian cada temporada como cambian los escaparates de Zara.

Yo no sé nada de imprescindibles ni de valores eternos, pero conozco mis emociones bastante bien, las ejercito todos los días y no las tengo atrofiadas. Además, me fío de mi instinto lector y del criterio de las personas que respeto. Y todo esto junto me dice que Llámame Brooklyn es una buena novela.

Quizá incomode a quienes, como Francisco Umbral, lamentan la tendencia extranjerizante de muchos narradores. No parecen españoles, viene a decir Umbral, con la gracia rumbosa que le caracteriza como alegría de todas las fiestas. ¿Y qué? ¿Hay que profesar una fe patria? ¿Hay que escribir con el pasaporte abierto en la mesa? ¿Por qué no parecen españoles? ¿Porque en sus escritos no hay tontos sirvientes de latifundistas mesetarios, la gente no come churros con chocolate y el narrador no lamenta unamunianamente los atávicos e irresolubles males de la patria? ¿Porque sus obras no están ambientadas en sórdidas pensiones de la calle Atocha, quizás? ¿Qué es ser español? ¿Qué tontería es esta? Eduardo Lago vive en Nueva York y ha escrito una preciosa novela de emigrantes o de hijos de emigrantes en Nueva York. Ha pueso en negro sobre blanco su ciudad, su bar, sus paisajes, parte de su vida. Y con ello no ha dado respuesta a ninguna angustia casticista. Ni falta que hacía.

Hay varias historias en Llámame Brooklyn, y a ninguna de ellas me atrevería a llamarla trama. Son historias que se arrebujan con el fin de mostrar el proceso de creación de una novela. Metaliteratura pura y dura mostrada con una falsa desnudez estilística que la hace tan digerible como una ensalada de verduras variadas. Una reflexión sobre la escritura y el hecho de escribir, un ensayo camuflado sobre por qué demonios alguien pone todo su empeño en una tarea tan ardua, solitaria, absurda, agotadora y absorbente como la escritura.

Néstor, un periodista español que trabaja en el New York Post, asume el encargo de escribir la novela que tenía en mente su amigo Gal Ackerman, recién fallecido. Gal tiene centenares de cuadernos en los que ha ido anotando miles de historias a lo largo de treinta años. Néstor tiene que armar con ellos una novela titulada Brooklyn. Se lo debe. Es algo más que un homenaje o una deuda: es la petición de un amigo. En los papeles de Gal convergen varias biografías con el paisaje industrial de Brooklyn de fondo, y un refugio, que es como una playa donde las ballenas se quedan varadas: el bar Oackland, cuyo propietario es un viejo gallego, Frank Otero.

¿Cuántas veces echamos literatura a nuestros recuerdos? ¿Cuántas veces borramos lo doloroso y enaltecemos lo sublime? Quizá así no ocurrió, pero así debió de ser, pensamos. Y lo escribimos como no ocurrió. Lo saben bien los historiadores que basan sus trabajos en testimonios. Lo sabemos los periodistas que vivimos de contar lo que nos cuentan a nosotros. Los recuerdos encojen y se estiran caprichosamente, para adaptarse al hueco de amargura que deben tapar en el corazón de quien los cuenta. Contamos las cosas como nos da la gana. Al historiador y al periodista le interesa llegar a la verdad a través de esos recuerdos, aunque muy pocas veces dispone de las herramientas adecuadas para vislumbrarla. Al escritor le importa un bledo esa verdad. Lo que le preocupa es cómo lo cuenta, y por qué la persona da más importancia a una anécdota que a otra. ¿Qué revela, qué nos quiere decir de verdad esta evocación? Eso es lo que interesa.

Néstor acaba dándose cuenta, después de esforzarse mucho en descubrirla, de que la verdad no importa. Que lo único que debía valorar era el relato. Es la literatura, imbécil, debería haberlo dicho alguien. Por eso es una novela de escritor para escritores. Una reflexión casi profesional.

Hasta no hace mucho, los escritores actuaban como los cocineros de éxito. Una vez habían deslumbrado con su literatura (sus recetas o sus menús, vaya), accedían, como regalo para los adeptos, a poner por escrito una serie de reflexiones sobre qué significa para ellos escribir, como cuando un cocinero, magnánimo, accede a desvelar a un aprendiz el secreto de su salsa más aclamada. Surgen entonces libritos maravillosos, que son lucecitas en la niebla para quienes pretendemos descubrir dónde coño están las musas. Valle-Inclán y La lámpara maravillosa, Sábato y El escritor y sus fantasmas, Cortázar y Último round o La vuelta al día en ochenta mundos... Frecuente hasta hace poco, es una tradición literaria a punto de perderse, por la sencilla razón de que hoy los escritores reflexionan sobre la literatura en sus propias novelas. La cantidad de libros que hablan de escritores o de la literatura y su mundo y sus miserias es abrumadora. Algunos dicen que esta tendencia puede deberse a la crisis de la narrativa, a la enésima muerte de la novela, a cuya agonía asistimos, según los agoreros de la postmodernidad. Yo creo que, lejos de ser un síntoma de crisis literaria, es un síntoma de crisis global. En un mundo perdido, atomizado, solitario, descreído y cínico, no queda más remedio que preguntarnos qué diablos estamos haciendo. ¿Para qué escribir, si no hay mundos que cambiar? ¿Para qué escribir, si todo está ya dicho? ¿Para qué escribir, si...?

Pues de eso va, entre otras cosas que incluyen el amor, la amistad y la culpa, Llámame Brooklyn.

(Por cierto, la crítica se ha apresurado a comparar a Lago con el maravilloso Paul Auster. Yo no estoy de acuerdo. Creo que ronda mucho más un mexicano-chileno llamado Bolaño, y una sensibilidad decadente y marchita que procede de la música de los versos de Anna Ajmátova)

17/03/2006 17:21 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura.

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Autor: Anakrix

Tenía este libro en mi lista de novelas pendientes, pero ahora has aumentado mis ganas de leerlo. Y en cuanto a sus similitudes con Auster, no puedo opinar, pero sí puedo recomendar con mucho entusiamo el último libro del estadounidense, 'Brooklyn follies'. No sé cómo lo hace, pero Paul Auster logra engancharme desde el primer párafo con sus historias y con la sensación de fluidez que tiene su literatura

Fecha: 17/03/2006 19:12.


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