JUSTO CASTIGO A MI MALDAD

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Hoy me ha sucedido algo terrible. He comprobado que el sueño de mi razón ha producido un monstruo y que ese monstruo lleva cuatro años (¡cuatro años!) vagando por internet, saltando de una cuenta de correo a otra cual colibrí deforme. Hasta que ha vuelto a posarse en la mía. Hoy he comprobado que los mails estúpidos de oficinista son como la chatarra espacial: están permanentemente en órbita.

Hace cuatro años, yo todavía estaba descubriendo lo maravilloso y lo barato que era tener amigos en varios puntos del planeta y estar en contacto diario con ellos a través del correo. Los había intensos, con los que te escribes cosas profundas y a veces desgarradoras; tibios, con los que esbozas los proyectos más superficiales, y los amigos de corazón con los que te intercambiabas pornografía zafia (tenía que ser zafia, porque la cosa era ser más bruto que el otro, no estimular sentidos, sino escupir más lejos que el adversario). Pues bien, en una de estas refriegas, me sentí inspirado y un amigo navarro de cuyo nombre no quiero acordarme acabó recibiendo una foto que todavía hoy le provoca náuseas, mareos y lipotimias. Rehuso describirla, caballeros, pero era de una escatología sumamente victoriana, y me costó mucho encontrarla.

La fiebre de la competición emiliera pasó y, saturado y hastiado, hace mucho tiempo que no envío nada, ni obsceno ni chusco ni gracioso. Como no reboto las ocurrencias a mi lista de direcciones, hace tiempo que dejaron de llegarme guarradas a ninguna de mis cuentas. Salvo uno o dos desubicados a los que ruego reiteradamente que me borren de sus envíos con nulo éxito. Pues bien, entre la poca basurilla que me sigue llegando, hoy he recibido aquella guarrada sin nombre con la que me gané en su día el título de colega-más-cerdo-del-mundo. Reviso los "enviado por" adjuntos y, al final de una larga lista, encuentro efectivamente mi nombre. No puede ser, digo horrorizado. No puede ser, ¡me están haciendo luz de gas! Pero no. Ahí estaba, sin duda: el correo había vuelto a mí. Como una maldición. ¿No es terrible? La chatarra emiliera orbita con persistencia, con ansias de eternidad. ¿Cuántos años más va a estar dando vueltas eso? Como diría el navarro que recibió el regalito entonces: es un justo castigo a mi maldad.

28/04/2006 00:02 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias.

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