EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN

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A propósito de la superproducción que sobre los Sitios de Zaragoza puede rodarse en la capital aragonesa próximamente, hablábamos Cide y yo más abajo de la guerra de la independencia y de su significado histórico. Dice Cide que la ocasión perdida de aquel momento, con sus Juntas revolucionarias, sus Cortes de Cádiz y sus liberales anticlericales, es un síntoma de que España tuvo lo que se mereció: un pueblo lerdo merece unos déspotas oscurantistas. Ya he dicho que no estoy de acuerdo con esa apreciación, que enmascara un punto de misantropía: el 90 por ciento (y me quedo corto) de la humanidad está sometido a -o gobernado por- oportunistas, dictadorzuelos, mafiosos, tiranos, corruptos, mesías iluminados convencidos de su papel redentor o cínicos burócratas en el mejor de los casos. Me niego a creer que todos los humanos nos merezcamos eso y que sólo se pueda rescatar una minoría guapa y lista que no puede hacer nada contra la masa informe e iletrada. Ortega y Gasset quizá estaría conforme con esa visión. Yo no. Pero a lo mejor lo mío es una cuestión de fe sin base racional. Me aferraré a ella mientras pueda, en todo caso.

Volviendo a la guerra de 1808. Mario Onaindía, en su ensayo La construcción de la nación española (Taurus), plantea una visión liberal de aquel episodio, que él analiza como el primer campo de pruebas de un republicanismo español que había tomado cuerpo intelectual en la segunda mitad del siglo XVIII. España como nación, no como reino, se funda en las Cortes de Cádiz. El salto conceptual de reino a nación es brutal, de vértigo: supone pasar de la Edad Media a la democracia sin red debajo. Porque una nación está formada por un grupo de personas que se constituyen en ella (libremente o no es otro cantar), mientras que un reino debe su existencia a caprichos místicos, a gracias divinas y a forzados oximorones. Una Constitución es una creación común de un grupo de individuos que se ponen de acuerdo (inciso: conviene recordar esto a quienes ahora le atribuyen un papel sacro e inamovible, como si hubiera sido dictada por dios. Como creación humana, puede cambiar o abolirse cuando así se decida sin que por ello las cigüeñas dejen de anidar en los campanarios y la gente se deje de regalar cosas por Navidad. Fin del inciso). Por tanto, aquella guerra fue un fracaso aparente de la democracia. Sí, volvió Fernando VII entre vítores del populacho, abolió la Constitución de 1812, repuso la casposa Inquisición y mandó al exilio a los mejores cerebros del país, pero los cimientos ya estaban echados. Ya no había marcha atrás: había fermento más que suficiente para crear una nación moderna. El reino tenía los días contados. Aunque esos días se alargasen décadas y décadas.

Desde una perspectiva distinta, la de un marxismo imaginativo y poco ortodoxo, Joaquín Maurín planteó en 1935, en un ensayo significativamente titulado Hacia la segunda revolución (y retitulado en 1965 Revolución y contrarrevolución en España), que, en contra de lo que pensaban la mayoría de sus correligionarios, la guerra de la Independencia fue la primera experiencia revolucionaria española: "La guerra de la Independencia, aunque históricamente equivocada, fue, sin embargo, revolucionaria. Sacudió al pueblo español, lo sacó de su anquilosamiento y lo puso en movimiento. Por primera vez en la historia, el pueblo podía armarse, adquiría conciencia de su fuerza y manifestaba su espíritu creador. Las Juntas, creación espontánea y popular, aparecieron un siglo antes que los Soviets rusos, de las que éstos fueron una imitación".

¿En qué están de acuerdo dos intelectuales tan dispares como Onaindía y Maurín? En que aquella guerra no fue en balde. En que pese a la restauración monárquica y a la insufrible persecución política que acabó con el pronunciamiento de Riego en 1820 y la breve experiencia liberal posterior, aquello había removido muy hondo al país. Ya nada iba a ser igual después de 1808. Ya no cabía vuelta atrás. Habría mil y un errores, mil y un retrocesos, mil y una batallas, como demuestra la historia del siglo XIX, pero algo había despertado en España (en toda Europa, en realidad), y no se iba a volver a dormir. Creo que, lejos de menospreciar a aquellos tatarabuelos nuestros, deberíamos admirarles y estarles agradecidos. El afán democrático y transformador que ha animado a los españoles a luchar contra la carcundia durante doscientos años no se entiende sin su sacrificio. Ellos eran unos pobres campesinos metidos a actores de una obra compleja que fueron incapaces de comprender. Bastante hicieron. Mucho: echaron los cimientos del país en el que ahora vivimos, que poco o nada debe a los cacareados reyes de Castilla y de Aragón, y muchísimo a estos guerrilleros que no sabían que estaban dando un paso de gigante en la historia.

Y no me quería poner tan solemne, pero es que me embalo y no me sé frenar. Lo siento.

PD: Ah, y ahora que se debate tanto sobre naciones y hostias en vinagre en este desquiciado país, por favor, que nadie me dé la brasa con el empleo que he hecho de ese término, que me cansan mucho los debates de Teletubbies y Estatuts.

29/04/2006 00:04 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria.

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Autor: Cide

Debo ser transparente o algo parecido, porque has dado con la clave. Soy Orteguiano en mi ideología. Me encanta Ortega. La Rebelión de las Masas me parece de una clarividencia apasionante.

También admiro mucho a Onaindía. Ojalá a ETA le salieran media docena más como él. Nos ahorraríamos muchas cutreces y muchos quebraderos de cabeza. Sentí mucho su fallecimiento, daba gusto escucharle.
De todos modos, yo no echo en cara a mis tatarabuelos -ni a los tuyos- lo que hicieron. Al menos durante esa guerra existió el valor de jugarse la vida por algo. Eso no ha sido siempre así. La generación actual no somos mucho mejor.

Acabo de desayunar en el bar de abajo. Se debatía sobre el estatut. Parece que si pone nación o región es más importante que la gestión de los aeropuertos o las inversiones que se están haciendo en Zaragoza con la EXPO. De esto no debate nadie. Será que no le importa a nadie. Con lo mucho que nos importa lo que hacen y lo que dejan de hacer los catalanes, qué poco sabemos de Cantabria, Extremadura, Canarias, La Rioja,... Conocemos cosas de Carod Rovira que no tienen ninguna importancia al lado del problema que tuvo Asturias con las minas de Oro, los problemas urbanísticos de Cáceres, o la preocupación de Cuenca por ese AVE que va a pasar de largo por la "capital encantada". Del mismo modo, en el resto de España no saben cómo va la autovía mudéjar ni se han enterado de nada relacionado con los bienes de la franja, ni de los bonos del AVE. ¿Será que no nos importa del vecino o será que los medios de comunicación han decidido que tiene más importancia lo que nos separa que lo que nos une? En fin, que ciertamente en España -al igual que en otros países- el pueblo no está decidiendo libremente, pero es que la libertad siempre ha sido una cosa que hay que conquistar y tener valor para utilizar con responsabilidad. No es fácil y nosotros no queremos. Gracias a Dios, de vez en cuando esta teoría falla y nos manifestamos "varias decenas de miles" contra un trasvase injusto, o contra un asesinato de ETA.
Gracias por tus respuestas. Este debate me está resultando muy gratificante.

Fecha: 29/04/2006 08:13.



Autor: Sergio del Molino

Lo he hablado muchas veces con mis compañeros: sabemos hasta la marca de calzoncillos de Maragall o de Ibarretxe y ni siquiera sabríamos decir el nombre del presidente de La Rioja o qué partido gobierna allí. Es más, cualquier ciudadano que te cruces por la calle tiene un conocimiento de notable-sobresaliente sobre política autonómica catalana, y seguramente no sabría citar a tres consejeros aragoneses. Un encuesta reciente arrojaba el desconcertante resultado de que una parte significativa de aragoneses no sabía quién demonios era Marcelino Iglesias y, si lo sabía, era incapaz de definir su papel institucional. ¿A qué se debe todo esto? Probablemente a que todos tenemos la tripa llena y nos podemos permitir el lujo de debatir lo que los medios dicten, sin buscar nosotros mismos los temas que puedan preocuparnos. La opresión sólo se siente cuando, además, falta la comida en la mesa. La desmovilización y lo que tú llamas falta de agallas para ejercer la libertad es simple acomodamiento. Quizá por eso Pérez Reverte dice que a Occidente le vendría bien otra guerra para sacarlo de su letargo. Hala, desde el siglo XIX, muchos han pensado como Reverte, en plan romántico, y han acabado llevándonos a bonitas guerras. Quizá ellos se sintieron purificados. Los millones de muertos, lo dudo. Y me callo que ya no sé ni lo que digo. Aunque lo de Reverte es pura pose, sin teoría política detrás. Salud, Cide.

Fecha: 29/04/2006 11:03.


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Autor: Severiano Delgado

Muy interesante todo el debate. La nación, el nacionalismo, la Guerra de la Independencia... hasta Pérez Reverte por enmedio. Se pueden hacer varios comentarios, pero me voy a centrar en uno: el libro de Maurín Hacia la segunda revolución fue publicado en 1935. Y no lo digo por afán erudito, sino porque la segunda revolución a la que se refiere Maurín es la que debería seguir a la primera revolución proletaria española, o sea, la huelga general revolucionaria de octubre de 1934. En 1935 Maurín es todavía un marxista revolucionario que trabaja para la consecución de una república socialista en España. Sin embargo, Revolución y contrarrevolución..., de 1965, es un libro diferente, y en cierto modo contradictorio y extraño, porque se conserva el texto de la edición de 1935 -que es fruto de un análisis marxista radical-, pero se le pone como guarnición una nota preliminar, una introducción, un epílogo y un apéndice, todo ello de 1965, que contradicen el alma misma del texto del libro, puesto que en 1965 Maurín era un liberal anticomunista. De modo que el lector que no conozca la evolución política de Maurín sin duda se sentirá sorprendido por el virulento contraste entre el texto y la guarnición.

Lo que menciona Sergio acerca del carácter revolucionario de la guerra de la Independencia, pertenece a la introducción de 1965, y por tanto Maurín se refiere a la posibilidad histórica de que a partir de la guerra de 1808-1812, podría haberse formado en España un Estado liberal, no la mierda de monarquía absoluta de Fernando VII, sin duda el rey más nefasto de la historia patria.

Por otra parte, en cuanto a la guerra de la Independencia, mi opinión es que resulta lamentable de todo punto que haya sido secuestrada por el franquismo, el folclorismo y el currojimenezismo. Fue una guerra gloriosa, de trascendental importancia para nuestro país. Los sitios de Zaragoza asombraron al mundo. Pero todo se ha quedado reducido a cuatro imágenes zafias del guerrilero patilludo y Agustina dándole fuego al cañón. Penoso. Los españoles ven con gusto, si se tercia, una película sobre el fuerte del Álamo -y no digamos ya sobre la conquista del Oeste-, pero no les digas de ver una película sobre los sitios de Zaragoza porque, o les da la risa, o piensan que estás mal de la cabeza.

Fecha: 29/04/2006 22:27.



Autor: Sergio del Molino

Cierto, el libro es de 1935. Se me coló 1932 como se me coló 1920 como fecha del alzamiento de Riego, y corregí luego. Un lapsus el segundo. Los riesgos de citar de memoria lo primero.
En cuanto a lo de ver con gusto una peli de El Álamo en vez de una de los Sitios... Lógico: como hechos históricos no tienen color, pero una producción con John Wayne, bien dirigida, con ritmo, sentido narrativo y efectos especiales creíbles no puede compararse con ningún pastiche franquista infumable, como el que rodó Juan de Orduña. Yo también veo mil veces antes El Álamo que un detritus audiovisual semejante.
Gracias por tu erudición mauriniana, Severiano.

Fecha: 30/04/2006 15:28.



Autor: Sergio del Molino

Ah, me olvidaba. Ya sé cuál era la primera revolución a la que se refería Maurín. Me temo que me he explicado mal en el texto: no quería decir que la primera revolución fuera la de 1808, sino que Maurín consideraba la guerra de la independencia una experiencia revolucionaria, frente a las interpretaciones patrioteras que sólo hablan de lucha contra el invasor. Un abrazo, Severiano.

Fecha: 30/04/2006 15:32.


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