CONTRADICCIONES

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Me gustan las contradicciones porque hacen del mundo un lugar digno de ser vivido. Me gustan en las personas. Dan que hablar. Conceden sosiego: ¿un adolescente podría soportar la bronca de su padre por no fumar si no le viera a él fumando? ¿Quién tiene la entereza de llegar a casa borracho y soportar la reprimenda de un abstemio? Soportamos las humillaciones cotidianas porque sabemos que no van en serio, que cada palo aguanta su vela. Sus contradicciones. Los seres sin contradicciones, cuando son personajes de novela, se llaman planos (a poco redondo que concibas uno, empiezan a surgir los desmentidos y las zonas oscuras como el moho en un queso). En la vida, pueden ser simples seres grises perdidos en la multitud o, en el peor de los casos, peligrosos fanáticos. Ser contradictorio implica estar vivo, implica mojarse, implica elegir, implica no dejar indiferente a quienes te rodean, implica ser odiado y amado. Implica ser humano.

Las sociedades también son contradictorias. Deben serlo si son mínimamente plurales y tienen algo de energía en sus calles. Las sociedades monolíticas sólo pueden ser las totalitarias. Hay que huir de las purezas. Ya deberíamos estar escarmentados en ese sentido. Y quien no lo esté, que se dé un garbeo clarificador por Mauthausen. Por eso me gusta Argentina y América en general: porque el continente entero es una gran broma mestiza fruto de inmigraciones multicolor.

En el caso de los argentinos, una de sus contradicciones más flagrantes procede quizá de su herencia italiana: como colectivo, los argentinos son muy patrioteros y andan siempre con la bandera arriba y abajo y con sus mitos intocables. Pero, al mismo tiempo, son capaces de escupir sobre esos mitos y esas banderas un instante después de alabarlas. Lo mismo erigen una estatua al gaucho, columna vertebral de la Pampa y del país, como se burlan de su primitivismo y su rusticidad. Igualmente, lo mismo discuten de la agonía del pensamiento filosófico que se rompen la cabeza a mazazos en la cancha del Boca durante un partido. Eso no lo han heredado de los gallegos, mucho más serios y serenos. Eso viene de Calabria, de Nápoles, de la perra madre Italia.

Precisamente eso es lo que hace mi admirado Fontanarrosa en el libro cuya portada reproduzco. Coge el Martín Fierro de José Hernández (uy, perdón, que hablamos de Argentina: quería decir "toma el Martín Fierro"), el tótem sagrado de la literatura patria, el Quijote argentino (o, mejor, el Cid argentino) y lo ilustra a su manera: desgarbado, burlón, comiquero, infantil. Es una edición preciosa, con el pulso bien tomado a las estrofas, como no podía ser menos viniendo de un cuentista-dibujante de la talla de Fontanarrosa. La publica Ediciones de la Flor, que no por casualidad es la editora de Mafalda en Argentina. Lo compré en Buenos Aires y lo hojeo con frecuencia, releyendo pasajes al azar.

Así es como debe tratarse a los mitos. Sin miedo, sin reverencias, sin servilismos. De tú a tú. Como a un viejo amigo al que nunca trataríamos de usted, pero que respetamos más que cualquier anciana eminencia. En eso consiste el respeto. En eso consiste mantener la cultura viva. Fontanarrosa, pintarrajeando sobre los venerados versos, les ha quitado polvo. Les ha aplicado una crema antiarrugas. Y eso debería valer para cualquier clásico: las reverencias y las pátinas no sientan bien a nadie. Es contradictorio, sí. Por eso es higiénico.

03/05/2006 00:37 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura.

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Autor: Antonio Pérez Morte

¡Qué buen texto para empezar el día!

Fecha: 03/05/2006 07:54.



Autor: Mario

Mèrde, éste se me pasó en mi visita a la Argentina. Qué buena excusa para regresar cuanto antes. Me gusta la referencia a Ediciones de la Flor; me gusta el nombre de la editorial, además, me parece delicioso. Le tengo cariño por Mafalda, por Fontanarrosa y porque me parece un símbolo involuntario de resistencia, porque hasta donde yo sé es una de las pocas que sobreviven al desembarco de las editoriales transnacionales que van absorbiendo otras nacionales. Sobre todo españolas. Por lo demás, qué casual que el otro día escribí en mi ventanita sobre el Negro y copié una entrevista lindísima que le hacían en Clarín. Está enfermo (una suerte de esclerosis, creo) pero tan lúcido, divertido y vital como siempre. Un abrazo.

Fecha: 03/05/2006 14:46.


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Autor: Antonio Pérez Morte

¡Qué buen texto para acabar el día! (Acabo de releerlo)

Fecha: 03/05/2006 22:00.



Autor: Sergio del Molino

Antonio: ¡Gracias!
Mario: No hacen falta excusas para volver a Argentina. En cuanto a la colonización editorial, es una muestra más de un país cuyos políticos han vendido. Casi no queda nada argentino en Argentina: el petróleo y los teléfonos, españoles, el cine, español, y las editoriales... Son todas españolas. Ay, Argentina, con lo que ha sido, tener ahora que plegarse a los caprichos de cualquier necio gallego adinerado. Argentina es como Norma Desmond, una gran dama que no asume su decadencia.

Fecha: 04/05/2006 15:51.


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Autor: Diego

Que bien que nos describís! Sos un grande.

Fecha: 10/01/2009 12:09.


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