SOLILOQUIOS

Hace un tiempo, una realizadora que estaba trabajando en Barcelona en un bonito proyecto sobre la locura de un escritor me contó una de esas cosas absurdas con las que nos tropezamos cada día en nuestro mundo: la Televisió de Catalunya y la Generalitat fomentan y financian la producción de documentales para, supuestamente, emitirlos en uno de sus canales. Sin embargo, son tantos los proyectos que aprueban que la programación de la televisión autonómica no puede absorberlos. Por tanto, cientos de interesantes productos audiovisuales se quedan en un limbo de despachos del que probablemente nunca salgan. ¿Por qué promueven su producción, si saben que no pueden emitirlos? Cuestión de votos y programas políticos, claro. Un periodista andaluz afincado en Madrid y especializado en reportajes de viajes para radio y televisión me dijo hace poco que, pese a que Cuatro y La Sexta han revolucionado el mercado laboral catódico, centenares de proyectos para documentales siguen sin realizarse o sin emitirse por pura saturación. Hay pilas de brillantes películas en TVE que nunca serán pasadas. El aragonés Miguel Lobera me contaba la otra noche que está a punto de terminar su documental sobre la sublevación de Jaca. ¿Y qué vas a hacer con él?, le pregunté, pensando en esos limbos. No sé, ya veré. Esa parte es agotadora, me responde, y prefirió seguir hablando de cómo va a enfocar el montaje y de la chicha del asunto.
Miguel dirige cortos. Cada año, cientos de cortometrajes como los suyos -muchos de ellos premiados- se quedan varados en algún titular de prensa sin que el público llegue a olerlos. No quiero ni imaginarme lo que puede estar acumulándose en la trastienda de la recién estrenada Aragón TV. Horas y horas de esfuerzos, ilusiones, ideas brillantes y noches en vela arañadas a los amigos y a la pareja que terminan acumulando polvo en un estante. Como residuos de un cementerio nuclear.
También a las editoriales les salen los manuscritos por las orejas y otros orificios corporales. ¿Cuántas discográficas habrá hartas de recibir maquetas en mp3 que ni siquiera pueden escuchar? A mí mismo me toca a veces la ingrata tarea de rechazar un reportaje que un compañero periodista remite al suplemento. O no nos cabe o no nos encaja o qué sé yo. El hecho es que estamos saturados. Vamos saturando espacios, colapsando cauces. No hay sitio para todo.
Y, sin embargo, hay sitio en esos cauces para detritus televisivos como TNT, Mira quien baila o el insufrible Alfonso Arús. Hay sitio para algunas cosas, claro está, no voy a descubrir ahora el Mediterráneo y la ilógica lógica de quienes manejan el cotarro. Pero ni siquiera eliminando esos detritus, según me cuentan, podría darse una salida digna a tanta superproducción.
Esta mañana, mi admirada Àngels Barceló (¿Qué pasa? Uno admira a quién le da la gana) entrevistaba en la Ser a mi también admirado José Sanchís Sinisterra, y yo escuchaba a ratos desde mi limbo pegajoso de sunday morning. Decía Sanchís que el 70 por ciento de los montajes que se han hecho de sus obras no responden a lecturas profundas del director, sino a ejercicios de egolatría y al deseo de ese director de dejar su impronta en el montaje, aun a costa de cargarse el texto. Mi amigo Joaquín Melguizo, crítico teatral que ha dirigido muchas obras antes de sentarse en la butaca a juzgar trabajos ajenos, siempre ha lamentado el exceso de protagonismo de los directores, que no sólo abusan del texto en vez de interpretarlo, sino que condicionan y ahogan a los actores, invadiendo su parcela.
Todo esto me lleva a pensar que quizá estemos quedándonos sordos por un sinfín de soliloquios. Ya no sabemos conversar y nos conformamos con dar discursos, aunque nadie los escuche. Está bien que todo el mundo tenga algo que decir, pero no sé si es absurdo hacerlo cuando nadie te va a oír o cuando eso que tú crees expresión de tu personalidad es en realidad una meada fuera de tiesto que acaba destrozando la expresión de los demás. ¿No seremos todos un poco como esos directores teatrales tan ocupados en expresarse que no tienen tiempo de leer con calma la obra que dirigen?
Lo decía Leño en una canción: "¡Frena, velocidá, que no lo entiendo!".
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Autor: ENRIQUE
Fecha: 14/05/2006 23:19.
Autor: Sergio del Molino
Salud, Enrique!
Fecha: 14/05/2006 23:36.
Autor: Anakrix
Fecha: 15/05/2006 00:29.
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Autor: Pato
Ya me he planteado alguna vez que lo que define a nuestra generación es que todos hemos salido "medio artistas", todos con ínfulas creativas y convencidos que nuestro derecho a la expresión propia es inalienable. Antes a los niños "con posibilidades" se les presionaba para que fueran médicos, abogados y otras profesiones burguesas de bien (requisito: creatividad cero). Ahora no. Ahora el que no es artista es cineasta o diseñador o cualquier otra cosa donde la creatividad sea el pan de cada día. Y si no hay espacio en tu rutina laboral para la creatividad, pues le haces un hueco en tu tiempo de ocio. Sacas fotos, haces vídeos de andar por casa y los subes al YoTube o, claro está, te montas una bitácora ;). Y yo me pregunto, ¿a las generaciones anteriores les carcomía la necesidad de "crear" en la misma medida pero se aguantaban?
Fecha: 15/05/2006 02:56.
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Autor: ENRIQUE
Fecha: 15/05/2006 10:40.
Autor: Sergio del Molino
Enrique: los caminos del petardeo de las tiendas chic de Barcelona no son exclusivos de Prisa. Agradéceselo a las escuelas de negocios americanas y a su peculiar idea de modernidad del "show business" completamente calcada en España por Prisa y por todo dios.
Fecha: 15/05/2006 13:28.
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Autor: ENRIQUE
Fecha: 15/05/2006 18:57.


