DEPORTES DE RIESGO

Creo que a veces no nos damos cuenta de cómo un día de agosto pudo cambiar la percepción que la humanidad tiene sobre su propio mundo. Hasta Hiroshima, veíamos el planeta como un lugar por conquistar. "¡Lo conseguí, ma, la cima del mundo!", gritaba James Cagney en Al rojo vivo. Estábamos acostumbrados a imperios que se extendían, que arrasaban, que llegaban más allá de lo imaginable. El mundo era algo que había que domeñar, la naturaleza estaba en lucha con el hombre y había que derrotarla. Hasta que 20 kilotones y dos hongos nucleares sobre Japón cambiaron las tornas. Ahora el mundo es un enfermo maltratado al que hay que mimar, que debemos proteger de nosotros mismos, que somos su cáncer.
Quizá por eso no me emocionan lo más mínimo los "deportes de riesgo". Cuando un alpinista llega a un ocho mil con dos dedos amputados por congelación pienso: "No haber ido. ¿Quién te mandaba subirte ahí arriba?". Cuando unos tripulantes de un velerito deportivo tienen que huir por pies de su barquito, que zozobra en medio de un terrible temporal atlántico, pienso: "No haber ido. ¿Quién te mandaba meterte tan hondo con ese velerito?". Y sí, puedo entender hasta cierto punto lo de la adrenalina y todas esas cosas, pero un ser que, como yo, tiende a la hibernación perpetua, piensa: "¿Quién te manda a tí meterte en esos fregados?". De vez en cuando aparece alguien que ha construido una canoa con cerillas del siglo XIX ensambladas con engrudo de harina de maíz y dice: "Voy a cruzar el Índico en temporada de tifones tal y como hicieron los grandes marinos portugueses Gilipollao y Atontao en el siglo XVI". Pues muy bien, ponme un mail cuando llegues, chaval, que yo tengo que facturar las maletas en el aeropuerto.
Porque, vamos a ver: si quieres hacer deporte, hay miles de polideportivos donde partirte una pierna o sufrir una arritmia cardíaca a gusto, sin dar la nota. Y si eso no te basta, los gimnasios privados están dispuestos a sablear tu cuenta corriente a cambio de tornear tus bíceps y estimular tu libido en las duchas. Pero deja las cordilleras alpinas y los mares crispados en paz, leñe, que rescatar cadáveres ya es una tarea bastante desagradable como para que, encima, la causa de la muerte sea gratuita y ridícula. Un poquito de respeto para el trabajo ajeno, por favor. Para suicidarse, lo mejor son las pastillas, que se pueden tomar mientras se ve la tele en casa.
Paradójicamente, mi aversión hacia los deportes de riesgo se convierte en fascinación cuando se trata de los relatos de aventuras de Conrad, de Melville o de Kypling. (Inciso: ¿por qué desaprovechamos las oportunidades en España? Cuando los castellanos exploraban y conquistaban el mundo, los escritores de aquí, en vez de narrar sus aventuras, hablaban de lazarillos, pillastres, cojos, bostas de vaca en las imperiales calles toledanas e hidalgos miserables. Cuando Inglaterra montó su tenderete imperial del siglo XIX, ahí fueron los grandes escritores al rescate de las tierras ignotas y de los corazones de las tinieblas. Mientras, en España, se seguía hablando del mismo costumbrismo con otro collar. ¿Será verdad que no tenemos imaginación o que nuestra mentalidad es de barrio o corrala? Fin del inciso). Y no sólo la literatura. Me chifla la competición de Admunsen y Scott por conquistar la Antártida y aquello otro de "Doctor Livington, supongo". Es más, devoro las historias de la conquista americana, me fascina aquel castellano que fue apresado por los mayas frente a Cozumel y acabó convirtiéndose en uno de ellos. Flipo con Alvar Núñez Cabeza de Vaca y su cadena de despropósitos catastróficos. Me pican los tábanos cuando pienso en Lope de Aguirre y su aventura equinoccial (en la versión de Sender, no en la infumable película de Werner Herzog).
Sí, me encantan las historias de aventura y las pelis donde se recorren muchos kilómetros y muchos desiertos para conquistar fama y fortuna. Porque eso es lo que buscaban estos humanos: primero, conquistar el mundo, después, la gloria. No lo hacían por el cosquilleo adrenalítico en las nalgas ni por fardar en la discoteca. Su propósito era menos sutil y más simple: ser los amos del cotarro. Y para ello mataban, traicionaban, conspiraban y se abrían paso a machetazos por donde fuera. No se pegaban pegatinas de marcas de tabaco y concedían entrevistas al Marca.
Pues eso, menos París-Dakar y más turismo rural. Para deporte de riesgo, la travesía en cayuco Senegal-Canarias. Y a ellos no les patrocina nadie ni les espera José María García junto a la photo-finish. Ellos todavía buscan conquistar el mundo, y tienen enfrente algo mucho más amenazante que el Himalaya, el Amazonas o el océano que cruzan con sus barquitos: nuestra indiferencia.
Foto: el naufragado MoviStar.
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Autor: Rondabandarra
Fecha: 24/05/2006 11:14.
Autor: Sergio del Molino
Fecha: 24/05/2006 12:36.
Autor: Sergio del Molino
Fecha: 24/05/2006 13:33.
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Autor: Rondabandarra
Fecha: 24/05/2006 16:12.
Autor: S. del Molino
Fue maravilloso aquello de la conquista, nosostros nos trajimos aguacates, patatas, tabaco, tomates y oro a patadas, y a cambio les dejamos mogollón de virus mortíferos y latigazos en el lomo a go-gó, así como enseñarles a escupir en el suelo de los bares.
Fecha: 24/05/2006 16:53.
Autor: Chewica
Fecha: 30/05/2006 13:16.
Autor: S. del Molino
Fecha: 31/05/2006 05:16.



