INTERIORES DE IRMA

Billy Wilder (más conocido por algunos como Dios, y pronunciado "bilder", en honor a su Austria natal) hubiera cumplido 100 años el próximo 22 de junio. Muchos pensábamos que iba a llegar al siglo sin mayores esfuerzos. Le creíamos inmortal, y todavía pensamos que la noticia de su deceso, el 27 de marzo de 2002, es sólo una broma para sacudirse de encima a tanto admirador plasta. Por tanto, Mr. Wilder cumplirá cien años dentro de diez días.
Lo bueno que tienen los aniversarios de los autores es que te dan la oportunidad de "revisitar" su obra. Bueno si te gusta. Lo malo es que puedes acabar hasta los güevos-mucho-frescos-y-mucho-güenos de ellos. Por suerte, es muy difícil que la reiteración machaque a Wilder. El apartamento, Con faldas y a lo loco, Uno, dos tres, Sunset Boulevard... Y las crepusculares La vida privada de Sherlock Holmes y Primera plana. ¿Qué se puede decir? La sola enumeración de los títulos justifica el hecho de que algunos le consideren un dios todopoderoso. Siendo un maestro de la comedia, supo ponernos mil nudos en la garganta al mostrar, en un hábil movimiento, el envés de la moneda. Tenía el humor descreído de quienes entienden el sentido trágico de la vida.
Empiezan los ciclos del aniversario, lo que me ha permitido volver a ver, en el duermevela de la siesta, Irma la dulce. No es de sus títulos grandes, pero está impregnada de su grandeza: las medias verdes de Irma tendidas en su minúsculo apartamento convierten a la sobrevaloradísima Amélie en un basto y balbuceante ejercicio de aficionado.
Irma la dulce tiene algo en común con Casablanca, con Gilda, con Uno, dos, tres y con Vacaciones en Roma: el hecho de que recrean ciudades falsas, arquetípicas, increíbles, de cartón piedra. No son ni pretenden ser retratos de París, Casablanca, Buenos Aires, Berlín o Roma. Y precisamente en su incapacidad (premeditada o involuntaria) de hacer presente la ciudad en la historia radica su encanto. Porque al París de Irma la dulce se le ven las tramoyas, pero lo que Wilder retrata no es una calle prostibularia de la capital francesa, sino un territorio emocional y universal.
Le contó Hitchcock a Truffaut (en El cine según Hitchcock) que cuando estrenó La ventana indiscreta, un crítico neoyorquino le reprochó no haber sabido retratar el ambiente del Greenwich Village, a lo que el orondo inglés respondió: "Pero es que la película no trata del Greenwich Village. Usted no ha entendido nada".
Ya casi no se ruedan pelis en decorados que recreen ciudades, y es una lástima, porque tienen un encanto especial. El París de Irma la dulce está en un estudio de Hollywood, como lo estaba el Nueva York de Bailando bajo la lluvia y de La ventana indiscreta. Gracias a este "teatro extendido", todo adquiere un tono de farsa donde las emociones juegan a su antojo.
Ha sido agradable, en este día de sol despiadado y calor sahariano, encontrar cobijo por unas horas en la frescura del plató donde Wilder dirigió a una Shirley MacLaine en ropa interior (verde, por supuesto).
Otro día, por unirme a los fastos centenariales, volveré a escribir de Mr. Wilder.
Foto: Shirley MacLaine (Irma), en un momento de la peli.
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Autor: Mario
Fecha: 12/06/2006 17:53.
Autor: S. del Molino
Fecha: 13/06/2006 01:14.



