TÓPICOS DE VERANO (2): LOS AMORES

En verano, todo parece más sencillo. Incluso el amor. Hay amores de invierno, acatarrados y de chimenea; hay amores primaverales, que se parecen a las drogas psicotrópicas y a algunas alergias, y amores otoñales, melancólicos y suicidas. Y ya está, porque los amores de verano son una invención de las marcas de helados y de los productores de cine californianos.
En 1967, una panda de insatisfechos ingleses, hartos de oír hablar a sus padres de los bombardeos de Londres y de cómo ellos solos derribaron una escuadrilla de la Luftwaffe, decidieron enamorarse un poco para huir de tanta monserga. Como eran ingleses, decidieron llamar a aquel gélido verano británico "The Summer Of Love", el verano del amor. Desde entonces, tenemos que sufrir la obligación de enamorarnos en cuanto aprieta el calor.
Cuánto daño ha hecho esa ocurrencia inglesa, recogida con provecho por las agencias de publicidad. Ay de aquel jovenzano pecoso que se atreva a empezar un nuevo curso sin una arrebatadora historia de amor que contar en el futbolín. Ay de aquel que no haya dejado un corazón hecho trizas en un banco del paseo marítimo.
Porque, admitámoslo, lo que de verdad le pide el cuerpo a un chaval es irse de juerga, hacer un poco el ganso, quemarse saltando olas en el mar y hacerle aguadillas al primo de Orense que no puede sumergir la cabeza debido a una pertinaz otitis. Y sí, aprecian al sexo contrario, les provoca turbias reacciones y tratan de desfogarlas en la medida de lo posible, pero no quieren saber nada de amores desgarradores ni de llantos al atardecer. Si lo hacen es porque, a ciertas edades, se ha comprendido el valor de la presión social.
Y con presiones, no hay quien se enamore. Nada más bajar del coche y dejar a la abuela en una tumbona con la cabeza en la sombrilla, el adolescente activa sus radares del amor. Se vuelve risueño, aunque maldita sea la gracia, y ficha o descarta a posibles candidatas o candidatos a la velocidad del rayo. Una vez descartados los cuerpos danone y el equipo mixto de voleibol, la percepción se afina más y se posa sobre esa chica que lee "El Código Da Vinci" en la toalla o ese chico que mira el mar con gesto entre melancólico y atontado.
Siguen unas semanas de forzada trascendentalidad, de intensidad fingida y de nervios a flor de úlcera. Esporádicamente, algo de sexo apresurado y malo, pero no suele ser habitual. Lo importante es que, para cuando el padre empiece a refunfuñar porque no le caben las maletas en el coche tan bien como a la ida, el adolescente haya procesado ya un amor de verano. Así, Antonio Mercero podrá hacer una secuela de "Verano azul" y el adolescente habrá pasado sus vacaciones en un sinvivir. Todos contentos.
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Autor: Severiano Delgado
El lector voracis pedantibus por lo general responde algo así como: "Aprovecharé para revisitar a Faulkner y leeré otra vez el Quijote, al que siempre le encuentro algo nuevo cada vez que lo veo. Tengo también unos deliciosos libros de cuentos de... (aquí va un autor desconocido por la mayoría de los mortales), la última audacia de Houellebecq y varias obras menores, pero no menos interesantes, de Benet y de Marías. Y por la noche siempre me gusta airear el espíritu con algo de los clásicos, Lope, Garcilaso, sin olvidar a algunos jóvenes modernos."
La encuesta buena sería saber qué es lo que realmente han leído. ¿El folleto de precios de Telepizza?
Fecha: 29/08/2006 08:45.
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Autor: ENRIQUE
Fecha: 29/08/2006 12:00.
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Fecha: 29/08/2006 16:05.
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Fecha: 01/09/2006 11:19.
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