TÓPICOS DE VERANO (5): MODA ESTIVAL

El verano tiene sandalias clásicas y sandalias brasileñas, que dejan una rozadura en el hueco que queda entre el pulgar y el índice (¿existe el índice en los pies, si ahí no indica nada?). Tiene bañadores, biquinis y triquinis. Tiene desnudos en tres tonos: blanco, moreno y rojo achicharrado. Tiene bermudas y tiene camisetas con leyendas como "Joé, qué caló" y "¿Borrasho yo?". Tiene -cada vez menos- camisas hawaianas cuyos dos botones superiores son de adorno, pues nunca se abrochan. Tiene riñoneras y bolsos gigantes que se llenan de arena, y tiene modernísimas gafas de sol tan grandes como pantallas solares que proporcionan luz y aire acondicionado ecológicos a sus portadores. En cuestión de vestimenta, el verano es la monda. Una monda relajada y playera, pero mondante al fin y al cabo. De entre toda su apasionante variedad, yo me quedo con una sola pieza, por su dignidad y su tronío: los pantalones cortos de vestir.
Si los busca en una tienda, pídalos como bermudas "apañadas" o "aparentes". El dependiente también sabrá de qué le habla si le pregunta por "unos cortos para mi marido". Pero, a los efectos de este análisis sociológico, considero más correcto llamarlos pantalones cortos de vestir.
Los hay en muchos tonos, pero predominan los grises y los marrones claro, que son colores discretos que combinan con cualquier cosa. La función de esta prenda no es otra que la de dotar al hombre casado de mediana edad de una apariencia digna y desenfadada a la vez: no es una bermuda, pero tampoco es el largo invernal de ir a la oficina. El pantalón corto de vestir lanza este mensaje subliminal: "Sí, estoy de vacaciones en la playa con mi señora. Estoy relajado, pero no por ello pierdo impúdicamente la compostura. Sigo siendo una persona de orden y rutinas, avisados quedáis".
El pantalón corto de vestir, impolutamente planchado con raya y sujeto por un cinturón de cuero, se lleva con la camisa metida por dentro y se luce al atardecer en el acostumbrado paseo previo a la cena, del brazo de la legítima.
Los pantalones cortos de vestir nunca pasan de moda y apenas sufren variaciones de una temporada a otra. Cuando se encuentran en el paseo marítimo, suelen saludarse entre sí:
-¿Qué, de vacaciones?-, pregunta uno a otro.
-Ya ves. ¿Y tú?-, responde el interpelado.
-Pues un poco justico. Parece que este invierno alguien ha abusado de la fabada y por poco no entro. Tengo las costuras hechas un cisco-.
-Ay, no me hables de costuras, que este verano llevo ya tres remiendos y el otro día oí decir que querían darme a la parroquia-.
-Chico, pues mejor. Así ves mundo, que a mí siempre me toca pasar el invierno en el armario junto a la misma camisa de manga corta, y es aburridísima.
-No sé, no sé... A mí me gusta como estoy.
El pantalón corto de vestir se sabe perteneciente a una casta superior, y con superioridad mira a sus colegas largos de lino y de algodón, se ríe de los vaqueros ceñidos y no puede ni ver a las bermudas-bañador. Sabe que sólo él puede ir sin desentonar a la playa, al chiringuito, al restaurante y al museo el día que toca excursión. Ninguna prenda es tan versátil y cómoda a la vez.



