TÓPICOS DE VERANO (6): EL SOCORRISTA

Lugar de trabajo: una silla de plástico orientada al borde de la piscina. En el caso de la playa, orientada hacia la orilla, con caseta rotulada "puesto de socorro" opcional. Uniforme: bañador, camiseta tipo polo de Lacoste y gafas de sol lo bastante oscuras como para mirar a las bañistas sin ser visto. Chicle opcional. Posición: cuerpo recostado en la silla, piernas estiradas y dedos entrelazados detrás de la nuca. Bostezos a intervalos regulares opcionales. Horario: el convenido, que no siempre coincide con el horario de apertura de la piscina. En esos casos, una placa suele indicar que, cuando no hay socorrista, el baño es "bajo su responsabilidad". En las piscinas más pequeñas, el horario es más flexible y la imaginación gana a la falta de medios. Recuerdo una de un pueblo -y es rigurosamente cierto- donde, parte del mes de julio, a primera hora de la tarde, podía verse un letrero pegado al respaldo de la silla del socorrista que decía textualmente: "Prohibido ahogarse durante la etapa del Tour de Francia".
A priori, un personaje que pasa las tardes a la sombra -sí, algunos vienen con sombrilla incorporada, cuando no con un sauce o un pino- debería estar emparentado con el imaginario del western. La iconografía del socorrista es hija de esos mexicanos sesteantes que miran con un solo ojo desde la puerta del "saloon" a los vaqueros que se retan en duelo. Así debería haber sido si el mundo audiovisual no se hubiera empeñado en hurgar en la imagen del personaje. En nuestra mente, el socorrista es un tipo hecho con retales de "Los vigilantes de la playa" y de "Pepito Piscinas". David Hasselhoff y Fernando Esteso juntos en un cóctel parecido a los que sirven en los bares de las piscinas: aguado, de garrafón y con un regusto indescriptible que permanece en la boca varios días seguidos.
El cine y la televisión han malogrado una barbaridad su imagen. Debido a estos estereotipos, los socorristas, al poco de empezar el verano, renuncian a sus expectativas de "ganarse unas pelas tumbado a la bartola" y se resignan a sufrir el acoso despiadado de los depredadores sexuales que pululan en torno a su silla.
El socorrista irradia erotismo, pero lo irradia muy a su pesar. Quien crea que el socorrista busca vivir una bacanal que dure julio, agosto y parte de septiembre se equivoca. El socorrista es un frívolo obligado por las circunstancias; es una víctima del verano y del "show business" a él asociado.
Como él solo con su silla de plástico no puede luchar contra los elementos, se aboca a complacer los oscuros deseos de las jóvenes y sus biquinis. Parece que disfruta del verano, pero es una figura trágica obligada a llevar una máscara sonriente. En toda la piscina es verano, menos en su corazón.
Los gestores de las piscinas, públicas y privadas, lo saben. ¿Por qué creen que mantienen a los socorristas en sus instalaciones? No se engañen, damas y caballeros: a ellos no les preocupa la seguridad de los bañistas, sino el reclamo erótico del socorrista. Lo explotan de forma ignominiosa, y ellos son demasiado débiles como para protestar.
Padres recelosos: no protejan a sus hijas del socorrista; protejan al socorrista de sus hijas y acaben con esta farsa.
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Autor: socorrista
Fecha: 12/04/2008 23:55.
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Autor: socorrista
Seguramente seamos un tópico del verano (totalmente lógico), pero no somos, ni por asomo, como describes arriba.
Un saludo,
Raúl
Fecha: 29/07/2008 00:57.
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Autor: Keli
A VECES ES MEJOR PENSAR LO QUE SE DICE.
Fecha: 10/08/2008 23:20.



