I'LL BE THERE FOR YOU

¿Qué puede hacerse un sábado antes de Nochebuena, aparte de pasar la tarde acumulando bolsas y deslomándote acarreando paquetitos con perritos piloto para el nene y para la nena? Pues ir al cine. Un clásico, vaya. Otros años, dedico ese día a trabajar, pero esta vez (vaya por dios: el trabajo a veces es un buen refugio contra otras responsabilidades que eludimos) me tocaba librar. Así, tras la obligatoria visita a San Corte Inglés y después de ponerle unos vendajes y hacerle unos mimos a la tarjeta de crédito, que no entiende la razón de tanto meneo en tanta caja registradora, nos fuimos al cine. Sin exigencias, que es Navidad. Con tal de no ver algo así como Pinkie and Winkie meets Santa Claus o Rudolph, el reno aficionado a los clubs de carretera y al bourbon de garrafón, nos conformábamos. Por eso acabamos viendo Scoop, la de Woody Allen con la imponente Scarlett (de la que hablaré otro día).
La peli, floja, flojísima. Claro que Allen, a estas alturas, puede hacer lo que le salga de las canas, pero... Es una farsa con un guión muy poco trabajado, que pretende no sé si homenajear a las comedias de enredo americanas que, a su vez, están emparentadas con los sainetes y los vodeviles que alegraban las frías noches de nuestros abuelos. Si buscaba eso, no lo logra. Scarlett no tiene vis cómica para este tipo de obras, y Woody apenas se reserva un par de chistes sobre judíos para sus frases. No sé si me sonreí un par de veces en toda la película, pero la tónica general fue de aburrimiento. Por eso, me dediqué a observar al público que llenaba la sala (ajá, así que es aquí donde os escondéis de vuestras familias, pensé). Creo que ya he escrito en otra ocasión que lo que menos soporto de Woody Allen es la gente a la que le gusta Woody Allen, lo que puede equivaler a una declaración de misantropía muy poco navideña, lo sé. Pero es que alucino con la predisposición del público, que se comporta como un perro de Pavlov. Primera secuencia, primera frase: risotada general. ¿Por qué? Porque es de una peli de Woody Allen, ergo gracioso, ergo me río. ¿Tiene gracia? Qué más da, es de Woody Allen, hemos venido por la marca, no por el contenido. Y así, toda la película: no importaba lo insípido o malo del chiste en cuestión, mis compañeros de butaca se desternillaban.
Este curioso fenómeno social, unido al aburrimiento, me llevó a pensar en las series de televisión que tienen risas. Y pensé en las que tienen risas de verdad, no enlatadas, como Friends, que se grababa con público en directo. Y entonces recordé que Enrique me había pedido en un comentario que diera mi opinión sobre esa serie en cuestión algún día en el que no supiera de qué escribir. Y creo que hoy es ese día. Por hablar de otra cosa que no lleve turrones y esas cosas.
Me incorporé a la serie tarde, muy tarde. Pasé de ella las cinco o seis primeras temporadas. No me atraía lo más mínimo la vida de esos individuos. Me la traía al fresco, y me la hubiera seguido trayendo al fresco de no ser por la insistencia de varios amigos a los que considero inteligentes, cultos y sensibles. Gente con criterio cuya opinión siempre valoro mucho. Me dije: algo tiene que tener la serie si estas personas a las que quiero y admiro me la venden con tanta pasión. Y, poco a poco, tuve que reconocer a regañadientes que me había equivocado al juzgar Friends. De hecho, acabé patéticamente enganchado a ella y recuerdo haber sentido auténtica pena cuando se emitió el último capítulo y la casa se quedó vacía. Tengo en casa todas las temporadas en DVD (ocupan un estante entero, junto a Los Simpsons y Cheers) y, de vez en cuando, nos tragamos algunos capítulos en versión original, porque descubrimos que el doblaje ha hecho papilla parte de la ironía de la serie.
¿Por qué me gusta Friends? A ver, intentaré improvisar algo, porque siempre es más fácil argumentar por qué no te gusta una cosa que lo contrario. Las afinidades proceden del estómago y de las vísceras y son más difíciles de diseccionar. En primer lugar, me gusta porque me parece graciosa, sin darle más vueltas, pero, si voy un paso más allá, me gusta porque ennoblece el desprestigiado humorismo blanco, es decir, un humor sin sesgo político o ideológico, que no persigue justificar ningún discurso previo y que tiene una acusada tendencia universalista. Es decir, que podamos reírnos todos independientemente de nuestra condición social, país, sexo, trabajo o raza de animal de compañía. Por supuesto, no hay altruísmo detrás de esa voluntad, tan sólo una natural expansión de mercados de consumo: si limas los argumentos de localismos, jergas, acentos y referencias políticas y geográficas, obtendrás un producto exportable para todas las televisiones del mundo. Ni más ni menos. It's business, my friend. Pero hacer eso bien es muy complicado, porque el resultado más probable es el de una serie plana, y ejemplos hay miles. Pero plano no es lo mismo que blanco: el humor, para serlo, debe tener aristas. Lo plano no hace gracia ni emociona ni nada. Ni contenta ni disgusta, sólo deja indiferente.
El mérito de Friends fue que consiguió esa universalidad sin perder intensidad en la acidez de su humor. Sus guionistas (y sus actores, que entendieron muy bien qué tipo de interpretación se requería de ellos) supieron incluir en cada episodio un sinfin de registros: desde el zafio chiste camionero hasta la más elevada humorada de universitarios de Harvard. Todo el mundo tenía su ración adecuada a sus necesidades. Tomaron como base el cine de comedia de los años 60 de Rock Hudson y Doris Day, le limpiaron la caspa y el tufo reaccionario de guerra fría y le añadieron unas cuantas dosis de mala leche. Luego, eligieron unos personajes que estuvieran entre los 25 y los 30, en una edad difusa, donde todavía no se han (no hemos, pues estoy en esa horquilla) asumido muchas de las servidumbres de la edad adulta pero se ha perdido la mayoría de las adolescentadas. Por tanto, hay una buena porción de público que puede identificarse con ellos: los jóvenes y adolescentes se ven reflejados en algunos aspectos, y los más adultos, en otros. Ahí está el núcleo de la serie. Sólo les faltaba darle un aire teatral y ubicarlo en un espacio reconocible: Nueva York, tierra soñada por mí. Era muy difícil que el asunto fracasara, aunque bien podrían haberse estrellado con todo el equipo.
Total, que a mí me hace mucha gracia y creo que Friends ha sido la última gran manifestación mundial de humor blanco, un humor que en España cultiva gente como Gomaespuma, por ejemplo, con Cándida como última expresión cinematográfica.
PS: Scarlett Johanson no tiene vis cómica, pero Jenifer Aniston (en la foto, la Rachel de Friends, aunque en un principio, los productores la contrataron para el papel de Mónica) tiene tanta, que se ha encasillado. Le acaban de rechazar un papel en la serie 24 porque ha perdido crédito como actriz dramática. Y eso que era la intérprete más preparada del reparto de Friends, la única que procedía de los exigentes circuitos de teatro alternativo del off Broadway. Qué malo es encasillarse, maños.
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Autor: Javivi
Fecha: 24/12/2006 14:08.
Autor: Anakrix
Fecha: 24/12/2006 14:32.
Autor: S. del Molino
Fecha: 24/12/2006 15:22.
Autor: manuel
sobre friends: yo no pude superar el prejuicio de que eran unos pijos con problemas de pijos. una especie de "sensación de vivir" pero en broma. así que no le presté atención. y como no la vi no digo nada de ella. solo que hacerla con público delante no es garantía de que la risa sea genuína. hay tipos con cartelitos que ordenan aplaudir, o reír o gritar según lo pida el guión. a veces.
Fecha: 26/12/2006 12:18.
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Autor: ENRIQUE
Fecha: 27/12/2006 00:44.
Autor: S. del Molino
Enrique: A lo mejor sigue sin convencerte después de eso. No creo que sea cuestión de inteligencia, sino de estómago: las cosas te llegan o no te llegan.
Fecha: 27/12/2006 01:10.
Autor: El fururible ingeniero
Fecha: 28/12/2006 21:03.



