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Resumen

01/06/2006

ENHORABUENA, PAUL

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Hay algo triste en el hecho de que Paul Auster reciba el Príncipe de Asturias, y es que cuando un escritor empieza a recibir estos galardones a su trayectoria y a su obra, asoma cierto tufo a flores muertas, cierto aroma a velatorio anticipado. Son los homenajes merecidos para que el artista pueda morir en paz, con su labor reconocida. Pero yo veo a Paul Auster muy vivo. No ha recibido la noticia en su casa de campo sentado en una mecedora y contando batallitas a los nietos. Al contrario, Mr. Auster estaba en Sintra cuando sonó el teléfono, metido en un fregado cinematográfico de agárrate y no te menees y con la resaca de su última y preciosa Brooklyn Follies. Quiero creer que todavía tenemos Auster para rato, que tiempo habrá para homenajes.

Pero bienvenido sea el premio. Esto es una celebración literaria. Al gran lector que es Mariano García le parece (lo cuenta hoy en Heraldo) que la gran aportación de Auster es Creía que mi padre era Dios, la compilación de relatos enviados por norteamericanos de a pie que él reunió después de pedirlos en un programa radiofónico. Yo no sabría decir dónde está la crema, lo mejorcito de Auster. Yo sólo sé que se hace querer, que hay algo de calor de hogar y de entrañable refugio del hambriento en sus páginas. Algo tierno que nunca es cursi. Una ternura sobria, de barrio, de amigos de cafetería americana de sandwich y café de jarra. Auster establece una relación cálida con el lector que termina en algo parecido al afecto. Acabas queriéndole, acabas aceptándolo como amigo a través de sus palabras.

Parece un don, pero es un estilo. Un estilo trabajado duramente año tras año, desde su querido Brooklyn. Cristina dice que parece que su palabra fluye sola, que sus novelas parecen escritas de tirón, pero están muy trabajadas. Dolorosamente trabajadas, incluso. Se nota que es un escritor sufriente, que siente cada letra y la hace sentir al lector. Lleva años trabajando sentimentalmente esa poética del fracaso tan americana, tan jazzística y tan triste. Sus novelas son un blues de esquina.

El Príncipe de Asturias me da igual, pero soy un lector de Paul Auster, y los lectores de Paul Auster queremos a Paul Auster. Y si quieres a alguien, compartes sus alegrías. Así que hoy estoy feliz por Paul Auster.

01/06/2006 01:24 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

MÁS LIBROS VIAJEROS

Rondabandarra va a liberar otro libro, mañana viernes, en Zaragoza. Tenéis los datos pinchando aquí. Suerte para el que lo encuentre.

Os recuerdo que si queréis participar en la iniciativa de Libros Viajeros tenéis que enviar un mail a sergio.delmolino@gmail.com.

Salud.

01/06/2006 15:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 7 comentarios.

02/06/2006

PROHIBIR LA LITERATURA

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Razones por las que (sin conocerlo en persona), Javier Cercas me parece un gran tipo:

  • Escribe unas novelas de puta madre.
  • Escribe unos artículos cargados de sensatez y de honestidad.
  • Su éxito pone de los nervios a los gurús de la literatura, que se rascan la cabeza preguntándose: "¿Pero de dónde ha salido este individuo con cara de paspán que vende lo que yo no vendo?".
  • No exhibe ninguna pose de intelectual. No da el coñazo: si quieres, lo lees, y si no, pues también.
  • No se escuda en una hipócrita modestia.
  • Sabe reírse de sí mismo y de sus circunstancias.

Y algunas cosas más.

He leído La verdad de Agamenón, donde Cercas compila artículos, reflexiones y cosillas sueltas de estos últimos años. Es uno de esos libros de picoteo tan agradecidos para todos los que no toman mucha fibra y pasan en el baño más tiempo del soportable para sus compañeros de vivienda. Y no miro a nadie.

En uno de los artículos, Cercas comenta la decisión de la Generalitat (reculada tras muchas críticas) de suprimir las lecturas literarias obligatorias en bachillerato. Uniéndose a Quim Monzó y otros escritores, Cercas respalda la medida y va un paso más allá: que prohiban la literatura. Es de lo más interesante que he leído últimamente.

En efecto, nadie ha podido demostrar que la literatura forme personas sensatas, respetuosas con sus vecinos, puntuales contribuyentes, excelentes asalariados y urbanos conductores. Sin embargo, hay ejemplos sobrados de chavales con la cabeza a pájaros después de leer barrabasadas en cualquier novelucha de tres al cuarto. Gente que abandona puestos de funcionario para vivir aventuras que ha entrevisto en libros estúpidos. Incautos chiquillos que quieren embarcarse de grumetes tras leer a Stevenson. Insensatos adolescentes que lo dejan todo por un amor después de hojear a cualquier insípido y cursi poetastro. Por no hablar de los escritores: desequilibrados, dementes, suicidas, depresivos, asociales, iluminados, drogadictos, alcohólicos... ¿Realmente queremos a esa panda de indeseables contagiando sus perversiones a la incauta juventud?

Pues eso, yo me uno a Cercas y también pido la prohibición de la literatura. La lectura sólo trae desgracias. Así no se forman audaces empresarios ni honrados comerciantes. A lo sumo, cínicos diplomáticos, pero la Escuela Diplomática no está al alcance de todo el mundo, y la sociedad puede tolerar un reducido volumen de lunáticos, siempre que se queden en sus embajadas y no bajen al mundo real.

A prohibir se ha dicho.

02/06/2006 00:42 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Hay 11 comentarios.

LEÑO, PA SIEMPRE

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Notición, compañeros del metal:

El próximo 13 de junio (esto es, dentro de dos martes), habrá nuevo material de Leño en las tiendas. Se edita Vivo'83, un DVD y un CD. Canciones en directo y un documental de propi. Yo ya voy a romper el cerdito de la hucha para hacerme con él el mismo día 13 (salivo sólo de pensarlo, qué triste y duro es ser fan). Es una noticia maravillosa, porque Leño ha sido muy maltratado por esa industria discográfica que va de víctima por la vida. Mientras tanto, ahí va un fragmento macarra de El oportunista. ¡Nos vemos en los billares haciendo la primera comunión!

Al amor y al rocanrol
les va la marcha.
Enchufa el exprimidor,
es una ganga.
Ha llegado el descontrol,
hay que aprovecharse.
Mete uno y saca diez.
¡De puta madre!

Me he clavado un alfiler
en el pescuezo.
Me he juntado con los punk,
soy muy moderno.
Ahora me meo en el metro;
nada me importa.
Y le pego hasta a mi padre.
¡Qué poca vergüenza tengo!

02/06/2006 18:39 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 4 comentarios.

03/06/2006

LA MALDICIÓN DE CHEERS

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Se habla mucho de la maldición de Tutankamon, de cómo los arqueólogos del equipo que descubrió la momia sufrieron extrañas y monstruosas muertes uno detrás de otro. Pero nadie ha hablado hasta ahora de una terrible maldición que afecta a los principales actores que actuaron en Cheers. ¿A todos? No. Hay uno que, enigmática y sospechosamente, ha alcanzado fama y fortuna, llegando a convertirse en el actor mejor pagado de la historia de la tele (1,6 millonazos de dólares por episodio): Kelsey Grammer, el malvado doctor Frasier Crane. Desde esta humilde tribuna, que más que tribuna es cajón de naranjas vuelto del revés, yo acuso a Kelsey Grammer de provocar el infortunio de sus compañeros de reparto con malas artes. ¿Pruebas? No tengo, pero sí un buen montón de sospechas que he enviado a Iker Jiménez para que tome cartas en el asunto.

Observen a Ted Danson, por ejemplo. El ligón ex jugador de béisbol que cada noche se iba a la piltra no con una ni con dos, sino con hasta tres bellezas de la década de los 80 (pelo cardado y hombreras, por favor) se ha convertido en el Frankenstein de Nueva York. Lo podemos ver en una nueva sitcom, Becker, en la que interpreta a un médico de Manhattan. Amigos, es terrible lo que el tiempo ha hecho con este hombre: se mueve a trompicones, con la elegancia de un robot destartalado, y parece que un neurocirujano loco se ha cebado con su cráneo y se ha liado a implantarle placas de acero sin ton ni son. Un horror, señores, un horror.

¿Qué decir de Kristie Alley, que desde que dejó Cheers no hace más que huir del arpón ballenero del capitán Acab? Triste espejo donde se mira la obesa América. Al final, no le ha quedado más remedio que volver a las dulces candilejas a costa de exhibir su lucha contra los lípidos como espectáculo para las sedientas masas. Espeluzna sólo pensarlo.

Alley entró en Cheers para sustituir a Shelley Long en la cuarta temporada. La señorita Long volaba del nido en busca de la gloria de Hollywood, cual Belén Rueda en pos de Amenábar, pero mi teoría es que realmente huía del deleznable influjo de Kelsey Grammer. De nada le sirvió, pues las malas artes del doctor Crane hicieron que acabara en lugares como Esta casa es una ruina o en bochornosas producciones como El clan Brady en la Casa Blanca. Más que actriz de comedia, ha acabado siendo bufona televisiva, una Lina Morgan con acento de Boston. Infame.

¿Y Rhea Perlman, nuestra querida Carla? Incapaz de sacudirse el personaje de italiana gritona de encima, ha tenido que colgar en el armario su talento y sus estudios de teatro clásico para ser una madre working class de camisa de cuadros que sólo sabe berrear. Shakespeare le está vedado de por vida. Para colmo de rechiflas, el manipulador demagogo Michael Moore terminó de encasillarla al ofrecerle un papel en Operación Canadá. A esta mujer no hay quien le quite el olor a fritanga de encima. Nadie se tragará nunca que es una persona inteligente, culta y sensible. Será Carla para siempre, mientras Frasier Crane ríe con una copa de brandy en la mano.

¿Más sospechas? Ahí va la definitiva: Nicholas Colasanto, que interpretó al entrenador Ernie Pantuso las tres primeras temporadas, falleció en febrero de 1985, pocos meses después de que Grammer se incorporara al reparto. Colasanto era un viejo actor que encontró el éxito con Cheers y estaba la mar de contento, hasta que se tropezó con Frasier al otro lado de la barra. ¿Le hacía sombra a Grammer?

Se podría seguir divagando, pero basta por hoy. Hay material suficiente para sospechar acerca del origen extraterrestre de Frasier Crane, responsable de la maldición de Cheers.

Foto: el otrora seductor Ted Danson, hoy utilizado como coco asustaniños de familias de clase media-alta.

03/06/2006 17:02 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 4 comentarios.

04/06/2006

EL BARÓN DE LA BIRRA

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Yo de mayor quiero ser Michael Jackson. No, no el de la casita de Hansel y Graetel. Tampoco el de la Charly y la fábrica de chocolate. Me refiero a la superestrella de la BBC Michael Jackson, uno de los mejores escritores de viajes y gastronomía del mundo, especializado en el mundo de la cerveza.

Este tipo de periodistas-gourmets está poco explotado en España, pero son toda una oronda y acolesterolada tradición en otros países de Europa, donde se les encumbra al estrellato. Michael Jackson -unas veces con un equipo de la BBC a la espalda, y otras con un ordenador para escribir uno de sus maravillosos libros- ha recorrido el mundo bebiendo cerveza. Dirán que eso no tiene ningún mérito, que miles de hooligans lo hacen constantemente sin que nadie, o muy pocos, les admiren. Pero Mr. Jackson no destroza el mobiliario urbano de las ciudades que visita y procura evacuar su vejiga en los lugares acondicionados para ello. Además, no bebe cualquier cerveza, y siempre se preocupa por contarnos sus impresiones para que conozcamos más a fondo el cervecil mundo, que él reclama tan variado, complejo y sutil como el del vino. Es mi guía cervecero: a sus escritos recurro antes de probar una nueva variedad y de su criterio me fío como si de un buen amigo se tratase. De mi último viaje a Francia tengo una botella de tres cuartos de bière de garde que según su guía es algo así como una noche en Namibia con Ajelina Jolie sin placenta. Esta noche lo comprobaré.

Poco a poco, con calzador, la cultura cervecera está entrando en España, un país acostumbrado a beber la birra como un refresco. Y nada tengo que reprochar a quienes así lo hacen, como tampoco tengo nada malo que decir de quienes degluten best sellers para matar el rato. Pero, al igual que sucede con la buena literatura, la cerveza se disfruta más cuanto más se conoce y más dispuesto se tiene el paladar a experimentar nuevas texturas, sabores y matices. Como la buena literatura y como el buen arte, no aporta nada útil, nada práctico, nada de lo que tu madre pueda sentirse orgullosa, pero intensifica la vida, qué demonios. Las cervezas, las buenas cervezas, son productos hechos con mucho mimo por artesanos sabios y pacientes que se han preocupado de recoger, recuperar y, casi siempre, mejorar, un legado que se remonta a siglos de experiencia callada y silenciosa. Cuando bebemos una pilsner checa, estamos bebiendo toda la compleja cultura de una región. Son muchos quienes creen que la esencia del Reino Unido no es Shakespeare, ni la reina Victoria, ni el idioma inglés, ni siquiera el Támesis. Son muchos los convencidos de que Inglaterra sólo existirá mientras se siga bebiendo cerveza ale.

Los buenos cerveceros saben que tan complejo y rico es el mundo de la cerveza como el del vino. Puede que incluso el de la cerveza sea más variado, puesto que, salvo en Alemania, no ha estado sometido a una reglamentación estricta, lo que ha llevado a los maestros cerveceros a desarrollar numerosas familias muy distintas entre sí en color, sabor, textura, temperatura y matices. Nada tiene que ver un potente vino de cebada belga con una ligera cerveza mexicana con unos toques de maíz, pero las dos son excelentes. Todo esto lo enseña Michael Jackson en sus libros y en sus documentales, en una prosa amena, llena de ironía y, a la vez, rigurosa, como la de los buenos divulgadores. Vamos, todo un maestro, un barón de la birra.

Por cierto, en el caso de España, Jackson admite que el panorama de los productores locales ha mejorado mucho, aunque siguen haciéndose lagers muy estandarizadas que apenas se diferencian unas de otras. De entre todos los productores, destaca dos por su personalidad y apuesta por un sabor más fuerte y menos refrescante: Alhambra, de Granada, y La Zaragozana. El resto es casi agüilla de fregar producida a gran escala.

04/06/2006 17:42 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 5 comentarios.

05/06/2006

¿BORRACHO YO?

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"No me fío de los que no beben. Temen que se les suelte la lengua y, por tanto, tienen algo que ocultar". Los cinéfilos reconocerán la frase dicha por el misterioso Gutman (Sidney Greenstreet) a Sam Spade (Humphrey Bogart) en una luminosa suite de hotel de San Francisco en El halcón maltés. La película es de 1941, y el cartel que reproduzco, editado por el anarquista Consejo de Aragón y colgado en las paredes encaladas de los pueblos orientales aragoneses, data de 1937. Son contemporáneos, y qué distintos, ¿verdad?

Los revolucionarios han sido abstemios. Los descreídos, alcohólicos. Quizá fue Cuba quien enseñó a los inflexibles izquierdistas que el mundo por ganar no estaba reñido con un buen vaso de ron y una buena jarana de vez en cuando. Al fin y al cabo, Marx no era un monje cartujo precisamente, y le gustaban los puros y el buen whisky de malta. Si hubieran leído a su yerno, Paul Lafargue, habrían descubierto una visión marxista imaginativa en la que la ascesis no existe y sí el hedonismo como justa aspiración humana. Lo mismo sucede si tiramos del hilo de Antonio Gramsci y de Toni Negri, entre otros.

Aunque a muchos les parezca mentira, un rojo que quisiera actuar rectamente debía tender a lo abstemio y, en lo posible, privarse de otros placeres corporales. Era un sacerdocio proletario que hoy causa risa, pero que los militantes se tomaban muy en serio. Beber era burgués y contrarrevolucionario.

¿Qué pensarían aquellos viejos revolucionarios del botellón?

05/06/2006 00:05 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 15 comentarios.

06/06/2006

BUITRES AL ACECHO

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Aunque todavía no he tenido tiempo de darme un garbeo detenido por la Feria del Libro, como me pilla al lado del trabajo, el otro día me asaltó cual pulpo de tapas amarillas un nombre: Raymond Carver, admirado escribidor. Rasqué con gusto el bolsillo y compré Sin heroísmos, por favor, volumen que recoge un buen montón de escritos póstumos del inventor del realismo sucio. Como no tengo buen whisky en casa, he preferido posponer su lectura hasta que compre una botella que maride bien con el tono carveriano, pero lo traigo aquí por el asunto siempre espinoso de los papeles que un escritor deja al morir.

Los seguidores de un autor -y yo el primero- husmeamos necrófilamente en cualquier papelujo inédito y devoramos como buitres las nuevas ediciones de carnaza. Pero dicen que a un escritor se le conoce por su papelera, por escribir mucho más de lo que llega a publicar, por eso siempre asaltan las dudas acerca de si llevar a la imprenta esos escritos supone o no una traición a la voluntad del finado. La balanza suele inclinarse del lado de la industria editorial, incluso cuando se trata de materiales íntimos, como diarios o cuadernos de notas.

Bolaño, por ejemplo, dejó programados sus papeles póstumos, sabiendo que iba a morir, para alimentar con ellos a su familia. El resultado fue 2066. Otros libros se quedan inéditos a pesar del empeño del autor por publicarlos, y el caso de John Kennedy Toole es de los más trágicos. La novela de Eduardo Lago Llámame Brooklyn trata del empeño de un periodista por dar forma a la novela que un amigo muerto llevaba toda su vida escribiendo. Pero, salvo en el caso de proyectos a medio hacer interrumpidos por la muerte, un autor que deja sin publicar unos cuantos textos es porque considera que no merecen ser publicados, que no han superado el severo examen de su indulgencia y que, probablemente, esperaban una ocasión siempre pospuesta para ser reescritos. Quizá incluso se avergüence de ellos. Quizá haya en sus líneas asuntos inconfesables o experiencias no asimiladas que no ha sabido, por tanto, convertir en literatura (yo no creo en la creación literaria como terapia, salvo la escritura frenética y febril de diarios o blogs: creo que sólo la experiencia asimilada y superada puede pasar a la ficción. No se escribe bien sobre llagas abiertas).

Escarbar en esos papeles tiene mucho de morboso y no está exento de riesgos. Muchos se horrorizaron cuando, al fallecer Thomas Mann, corrieron a sus diarios esperando encontrar en ellos las entretelas sentimentales del excelso esteta de La montaña mágica. En vez de eso se encontraron con un ser frío y egoísta. Un ser casi monstruoso que cuando se enteró del suicidio de su hijo Klaus sólo fue capaz de anotar en su diario: "Es un acto irresponsable". Y punto. Ni una mención más al desgraciado de Klaus, y eso que entre las causas de la fatal decisión estaba el trato indiferente que había recibido de su progenitor. Ay, los padres, la de disgustos que dan, ¿verdad, Klaus?

La mejor opción, al final, sería hacer como Valle-Inclán, que, preocupado por las barrabasadas que podrían hacer con sus libros después de muerto, se empeñó en editar su Opera Omnia en vida. Pero claro, no todos tenemos un esqueleto y una musculatura lo suficientemente poderosas como para sostener un ego tan grande y pomposo como el del manco gallego.

Y el caso es que yo quería escribir de Raymond Carver, que alguien citó como una clara influencia en mis relatos, en una desmesura sólo atribuíble a la ingesta masiva de drogas psicotrópicas, porque entre los palabros que yo pergeño con más o menos esfuerzo y la magia de Carver hay varias galaxias de distancia. Bueno, otra vez hablaré de Carver, si al comentarista que firma como "critico" no le molesta, claro está.

06/06/2006 00:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

07/06/2006

¡LE ORDENO QUE ME QUIERA!

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¡Le ordeno a usted que me quiera! Así titula Emilio Ruiz Barrachina su libro sobre el amor imposible de Francisco Franco, Sofía Subirán. La joven no correspondía a las peticiones del militar y, en una de las postales que le enviaba, desesperado, sacando ese genio que todos los españoles conocieron años después, Franco le soltó esta lindeza. ¿Cómo pudo resistirse Sofía a semejante reclamo? Es algo inexplicable. Pocas frases tan seductoras se han escuchado.

Los militares tienden a hacer las cosas por obligación. ¡Porque sí, cojones! Si hay que limpiar letrinas, se limpian; si hay que hacer guardias, se hacen; si hay que querer a fulano, se le quiere. El amor como obligación. Causará risa, pero esa forma de concebir los afectos no es exclusiva del gremio del uniforme, sino que se hace extensiva a muchos de los que se les llena la boca con la importancia de la familia y corren a contárselo al Papa estos días próximos en Valencia.

Hace poco, un juez sentenció en contra de un hombre divorciado que solicitaba un régimen de visitas para el perro que compartía con su ex esposa, un golden retrieber como el de la foto, que es Goyo. El régimen de visitas estaba contemplado en el acuerdo de separación, pero la mujer lo había incumplido y el hombre acudió a los tribunales, con tan mala suerte de que se encontró en la sala con uno de esos jueces metomentodo que se consideran por encima del bien y del mal. El togado motivó su sentencia negativa argumentando que acceder a la petición del hombre supondría equiparar los afectos de un perro con los de un hijo. Ah, bueno, siendo así, que le jodan al pobre hombre. Que se compre otro perro y santas pascuas, ¿no?

Según el señor juez, a unos hijos hay que quererlos ("le ordeno que les quiera", podría haber dicho) más que a un perro. El juez no quiere equiparar los cariños porque supongo que tendrá una tabla objetiva de afectos en su despacho con rigor matemático. Será algo así: a un hijo se le quiere más que a un amigo, pero menos que al cónyuge. Pero uno puede tener varios cónyuges a lo largo de la vida, aunque con unos tiene hijos y con otros no. ¿Están los primeros por delante de los segundos en la tabla de afectos del señor juez? Yo, como modesta contribución, propongo esta escala de afectos para el caso de varón adulto de entre 30 y 50 años, con ánimo de que se incorpore al Código Civil y se aplique siempre:

Grado 1: Madre, que no hay más que una.
Grado 2: Padre, si es que puede demostrar que lo es.
Grado 3: Hijo primogénito varón.
Grado 4: Resto de hijos varones.
Grado 5: Hija hembra, si no queda más remedio.
Grado 6: Cónyuge legal hembra.
Grado 7: Amigos varones de la mili.
Grado 8: Amigos varones de la universidad.
Grado 9: Amigos varones del trabajo.
Grado 10: Amigas hembras, si no queda más remedio.
Grado 11: Amantes y mantenidas.
Grado 12: Superiores jerárquicos en la escala profesional.
Grado 13: Ídolos televisivos.
Grado 14: Perros y/o gatos.
Grado 15: Iñaki Gabilondo.
Grado 16: Hámsters y otros animales de compañía machos.
Grado 17: Hámsters y otros animales de compañía hembras.

Con esta tabla, se resuelven fácilmente conflictos, como ha hecho el señor juez.

Por desgracia, y según tengo entendido, los afectos no están regulados por ley, por más que existan instituciones que a lo largo de la historia hayan intentado regularlos, con muy poco éxito por otro lado. Pese a la existencia del matrimonio y otras instituciones jurídicas, la gente tiene la fastidiosa manía de querer y odiar a quien le suele dar la gana. Y sí, hay padres que no quieren a sus hijos, e hijos que no quieren a sus padres. Y matrimonios que se odian hasta la muerte. Y hermanos que se hacen putadas tan gordas que incluso la Biblia se ha hecho eco de ellas. Y sí, por mucho que les pese a quienes les gustaría darnos órdenes sobre a quién debemos o no debemos querer, hay quien quiere a su perro más que a nada en el mundo. Incluso hay gente que no quiere a nadie, y no cometen ningún delito por ello. ¿Por qué a este hombre se le niega la oportunidad de disfrutar de su perro, al que probablemente quiera con locura? ¿Porque a un juez le repugna el cariño canino y prefiere el cariño filial? Pues ese es su problema y su preferencia: a él nadie le prohibe querer a sus hijos.

Claro, que siempre podemos obviar estas menudencias, poner en práctica la tabla de los afectos y regular el amor por decreto. Viviríamos en una sociedad más funcional y menos desviada. Benedicto XVI estaría orgulloso de nosotros, porque la religión que dirige te ordena amar a tu prójimo. Claro, que los empleados de su emisora radiofónica son los primeros en saltarse ese mandamiento a la torera...

07/06/2006 00:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 13 comentarios.

08/06/2006

LA GUERRA DE FUJITSU

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Este año se ha adelantado, y gracias a eso me ha cogido con fuerzas. Otros años, las hostilidades empiezan más tarde y los calores ya han mermado mi combatividad, pero este verano tempranero me ha pillado fresco y con ganas de pelea. Esta vez, tendrán que batirse el cobre, porque no me declaro neutral.

Como en muchas oficinas, en mi planta de la redacción de Heraldo ha empezado la Guerra del Aire Acondicionado. Es un conflicto sordo y corto, del que nadie habla, pero que deja profundas heridas. Es el Yon Kipur de los oficinistas: tomar el codiciado Jerusalén, el termostato del aire acondicionado. En otras ocasiones, decidí declararme no beligerante, aunque pasaba suministros y prestaba apoyo táctico a los que luchaban por mantener el aparato en modo on. Incluso vigilaba y advertía con gestos a las avanzadillas calurosas cada vez que un comando friolero rondaba sospechosamente el mando. Sin embargo, esta vez, declaro la guerra con todas las de la ley. Me significo y voy a por todas: calurosos de la redacción, ¡yo soy vuestro general Patton!

Es horrible, y la batalla dialéctica, actual fase del conflicto, cruel. "Tengo frío", dice la rubia de Cultura. "No me extraña, bonita, vas casi en pelotas", responde con agrio reproche el jardinero de nuestro suplemento, al mismo tiempo que Antón Castro cruza por el pasillo con unos libros en la mano y silbando con disimulo gallego. Elena R. aprovecha ese descuido para apagar el aire, volviendo a su sitio satisfecha de su pérfida hazaña, mientras al gourmet J. L. Solanilla, con tanto cambio de temperatura, se le echan a perder las delicias de lince ibérico que guardaba para su próxima epifanía joyciana, pero no se atreve a decir nada porque, en ese momento, M. García intenta calmar a los combatientes cantando una canción ye-ye a pleno pulmón y a ritmo de rap. Durante la actuación, mi compañera de suplemento, Victoria, se echa un chal sobre los hombros e insulta con descaro mi virilidad por ir por ahí con manga larga.

El caso es que, con tanto guirigay, nadie se atreve a acercarse al termostato, que es sometido a una dura vigilancia. Un movimiento en falso puede desencadenar la hecatombe. La tensión es horrible, densa, insufrible. Y así, haciendo el tonto, nos pasamos hasta septiembre. ¿Entienden por qué los periódicos cambian el tono cuando empieza el calor? No puedes ponerte a escribir serio, porque concentrarte implica perder de vista el termostato, y nadie puede permitirse esa debilidad.

Menos mal que pronto vendrán los becarios de verano y podrán servir de carne de cañón en esta guerra. No saben la que les espera.

09/06/2006

QUÉ TOSTÓN

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Lo voy a intentar. Voy a intentar pasar estos mundialísticos días sin enterarme de nada. Pasaré las páginas deportivas más rápido de lo habitual; no pondré la maldita radio salvo para oir el Hablar por hablar; sólo pondré canales del cable en la tele, a ser posible esos de pelis clasicorras donde los hombres honestos se hunden en la amargura de una sociedad que no les entiende; iré a los restaurantes a hacer gasto, no vaya a ser que el fútbol los vacíe, y finalmente, gasearé a butanazos a quien me pregunte: "Pero, ¿por qué no te gusta el fútbol?".

Me temo que todo será en vano, pero lo voy a intentar. Un mundial más, lo voy a intentar, pero es que el fútbol funciona al revés que el resto de cosas de la humanidad. En cualquier campo, lo natural es que, si no te esfuerzas, seas un ignorante. Ser un ignorangte medio tonto no exige mover un dedo. Basta con sentarte y dejar que los sesos se te reblandezcan al sol. Pues con el fútbol, al revés: ser un ignorante cuesta esfuerzo. Hay que ingeniárselas para huir de la marea. ¿Se imaginan que pasara eso con las matemáticas puras? ¿Que entraras en los bares y todo el mundo estuviera hablando del último vector sobre coordenadas x,y,z que ha descubierto? Pues eso sucede con el fútbol, que tiene una lógica extraña e inversa.

Pues eso, que gane el mejor, pero, por favor, que el mejor no sea España, que menudo tostón nos esperaría a la media docena de ciudadanos que piensa como yo. Si España gana el mundial, buscaré asilo en una base soviética abandonada de Siberia donde el único contacto con el mundo sea una vieja emisora de onda corta por la que sólo se oiga "tovarich, tovarich". Desde ahí empezaré a organizar la destrucción de la humanidad.

Foto: haz el amor y deja quietica la pelota, rediós.

09/06/2006 13:24 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 9 comentarios.

10/06/2006

AMSTERDAM

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Ahora que las vacaciones asoman su tímido hocico y llega la hora de discutir destinos y planes viajeros en largas cenas con la brisa soplando entre los platos, también es tiempo de recordar otros viajes. Las noticias, poco aireadas, de la pérdida de la nacionalidad holandesa de Ayaan Hirsi Ali -la diputada de origen somalí que guionizó y protagonizó el corto Sumisión, que le costó la vida a su director, Theo Van Gogh- ha despertado recuerdos de Amsterdam.

Londres y París distan unos 400 kilómetros, aproximadamente la misma distancia que separa Madrid de Valencia. Ambas ciudades forman un triángulo con Bruselas-Amsterdam, cuyos lados vienen a medir más o menos lo mismo. Es decir, que, en muy poco espacio, se concentra la esencia de lo que es Europa, si es que Europa es algo más que una palabra. Berlín, Madrid y Roma quedan lejos, al otro lado de cordilleras y ríos difíciles de salvar, pero este triángulo es pequeño y tiene sus vértices bien conectados. Tanto París como Londres sufren desde hace décadas una enorme presión demográfica. París es la capital de Argelia y Londres lo es de Pakistán. París ha ardido en mil coches y el metro de Londres ha estallado por dentro. En ambos casos, han sido franceses y británicos que no se sienten ni franceses ni británicos quienes han activado los detonadores o las mechas. En Amsterdam no ha pasado nada parecido, y, sin embargo, la muerte de Theo Van Gogh parece haber horadado más conciencias que la revuelta parisina o los atentados de Londres. Creo que la razón es que, si Amsterdam se rompe, algo mucho más grande se hará pedazos en nuestro mundo europeo. Porque Amsterdam es un símbolo, y ningún símbolo desaparece sin consecuencias.

Amsterdam es la babel europea. Apenas 700.000 habitantes censados, una ciudad de la población de Zaragoza, pero con una vida que resuena en los cinco continentes y un aura de fascinación que atrae multitudes. Paseas por Amsterdam y, sin dejar de ver a las altísimas y rubias jóvenes indígenas ni a sus rollizos y cerveceros padres, que parecen escapados de La Ronda de Noche de Rembrandt, lo que despierta los sentidos son los asiáticos con sus poco apetecibles patos laqueados en los escaparates de los restaurantes, las mujeres morenas con pañuelo en la cabeza, los miles de africanos ociosos por las esquinas. Y, sobre todo, las miles de lenguas que se escuchan por las calles y que, a la hora de la verdad, se reducen a un inglés práctico y coloquial que sólo atiende a lo urgente. Un inglés que utilizan incluso los camareros de los llamativos restaurantes españoles, regentados por gallegos emigrantes y llenos de evocaciones de Joselito y de esa España que -por suerte- dejó de existir hace mucho y que sólo pervive en los bares de los emigrantes repartidos por el mundo.

Amsterdam es una marca que vende mestizaje, que vende convivencia. Dicen algunos que ese modelo de sociedad plural se debe al protestantismo, que invita a no meterte en la vida de los demás y hace a cada cual responsable de sus actos. Cada uno, a lo suyo, a su negocio. No juzguéis si no queréis ser juzgados. Y algo de eso debe haber. Hay algo de indiferencia que se traduce en comodidad para el inmigrante. Con una larga tradición de dar cobijo al refugiado, Holanda es un buen sitio para quien quiere empezar de cero sin que le toquen las narices. Es un buen sitio, pero creo que no es un sitio acogedor.

Yo viajé a Amsterdam esperando encontrar esa parte amable, ese buen rollo multiculor, pero me encontré con una ciudad fría, con una forma de entender la juerga más destructiva que festiva, y, sobre todo, con una indiferencia real y un mal asimilado papel de metrópolis de un imperio que ya no existe. Me decepcionó, no me pareció un buen sitio para vivir. Pasaría muy a gusto una temporada en Londres o en París, pero evitaría Amsterdam.

Recordé estas impresiones al pensar en Hirsi Ali. No creo que en el País Vasco los vecinos de un amenazado por ETA hayan tenido nunca el cuajo de pedir públicamente que el pobre diablo abandonara el edificio por miedo a sufrir un atentado. En Holanda, sin embargo, los vecinos de Hirsi Ali solicitaron su traslado para que no les pongan una bomba. ¿Por qué? Porque Hirsi Ali ha trasgredido el precepto que cimentaba la "convivencia" holandesa: Aayan ha emitido una opinión. En una sociedad y en una ciudad donde todo está bien, donde nadie recoge al yonki que se cae de la silla en un coffee shop a las 10 de la mañana, Hirsi Ali se atevió a hacer pública su visión -acertada o no, pero respetable- sobre una serie de problemas para motivar un debate sobre ellos. No entendió que en Amsterdam no hay lugar para el debate, que en sus calles no puedes opinar sobre lo que hace el vecino. Cuando nada importa, nada tiene importancia.

Este verano no vamos a volver a Amsterdam. Nos iremos a Portugal y a la vieja Inglaterra, a ver a mujeres con bigote y a escuchar tristes y trasnochados fados en Lisboa. A veces, uno echa de menos cierto sentimentalismo añejo que el mestizaje que considera una transgresión mirarse a los ojos no puede proporcionar.

Además, los holandeses hacen un café de asco y tienen una de las peores gastronomías del mundo. Peor que la inglesa. Dicho lo cual: visitad Amsterdam, que os lo pasaréis bien.

Foto: abrumador párking de bicicletas junto a Centraal Station, en Amsterdam.

10/06/2006 00:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 5 comentarios.

11/06/2006

(IN)TOLERANCIA

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Tengo la fea manía de leer indiscriminadamente todo lo que cae en mis manos, y debería ser más selectivo. Mi úlcera lo agradecería. De elegir un poco mejor, me habría ahorrado el presunto costumbrismo de Pérez-Reverte en un artículo que envía desde Buenos Aires y publica hoy El Semanal. Dice el académico de la lengua, con la sutileza palaciega que le es propia: "Os estáis homosexualizando mucho por aquí, chaval. Aunque en plan bien". Se lo dice a su editor argentino en un café, mientras contempla a una homosexualizada pareja que charla en otra mesa. Sigue el prócer de las letras: "Al fin, cuando uno de ellos (de los homosexualizados) me mira, le sostengo la mirada porque no parezca descortés, y al cabo de un instante la aparto, para que tampoco piense -cada cual tiene sus opciones- que tocamos la misma tecla". Como aguerrido marinero que ha pasado tórridas noches en alta mar con tripulaciones masculinas, Pérez-Reverte domina los códigos homosexualizados, y se apresta a arriar la vela mayor, no sea que acabe intruduciéndola en tormentosas y poco exploradas rutas.

¿Por qué dice que Buenos Aires se homosexualiza "en plan bien"? Pues porque la ciudad es destino de gays europeos y yankis con alto poder adquisitivo. Tipos cultos, bien vestidos, que degustan a sorbitos su café y con los que se puede hablar de Mahler si se tercia la ocasión. Nada que ver con las mariquitas gritonas que pueblan los sórdidos barrios de Cartagena. Es decir, que son gente agradable, a la que se puede tolerar. Incluso, algunos, huelen bien. Pérez-Reverte, cual obispo compañero de jarana de Alatriste, da su bendición y anuncia que tolera su existencia, que no le parece mal que tomen un café junto a él, y que incluso dan cierto tono discreto y elegante a algunos barrios porteños. Qué hostias -interpreto muy libremente a Don Arturo-, después de todo, García Lorca y Cernuda eran dos tíos como dios manda, con los cojones bien puestos. Iban por la acera de enfrente, pero sabías que no te iban a dar por el culo si te tomabas unos finos con ellos.

Gente homosexualizada, no temáis, pues Don Arturo y alguno más como él os toleran. La sociedad entera os tolera. Podéis ir en paz a vuestros homosexualizados cubículos.

Don Arturo no lo dice expresamente, pero tras sus palabras subyace el concepto de "tolerancia", uno de los más abyectos que ha parido la ingeniería políticamente correcta. Porque la tolerancia es un acto de generosidad por parte de quien tolera, y una resignación por parte de quien es tolerado. Me recuerda una viñeta de la sección "Para tí, que eres joven", de El Jueves, donde un skin head mira a un negro y le dice: "Estás de suerte, negrito. Te toleramos".

Se tolera el peso de la bolsa de la compra, se tolera a un acosador laboral, se tolera una enfermedad engorrosa, se tolera un dolor de cabeza, se toleran las canciones de Camela en el equipo de música de la vecina adolescente y se tolera un retraso en el autobús, pero a las personas en general no se las tolera. No necesitan ser toleradas. Su existencia, su identidad, su forma de vivir y de expresarse no están condicionadas (no deberían estar condicionadas) por la mirada del otro ni por su parecer. No se trata de que un grupo de tolerantes conceda espacio vital y derechos a un grupo de tolerados. Así no se contruye la convivencia. Por tanto, no hay una homosexualización "en plan bien" ni en "en plan mal". Porque no hay nada opinable -fuera del ámbito del opresor patio de vecinos- en el hecho de que alguien exprese públicamente o en privado sus afectos. No necesita ser tolerado. No necesita aprobación de nadie. Ahí podríamos aprender algo de Amsterdam. Ser tolerante equivale a ir de perdonavidas.

Las cosas eran más fáciles en el siglo XVII, entendiendo por tal ese periodo que empieza con la expulsión de los judíos y termina con el 23-F, con algunos breves episodios de tibia modernidad en medio ahogados a sangre y fuego. Por suerte, aquel tiempo ya sólo pervive en las novelas de Pérez-Reverte y en los delirios radiofónicos de ciertos tertulianos.

12/06/2006

INTERIORES DE IRMA

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Billy Wilder (más conocido por algunos como Dios, y pronunciado "bilder", en honor a su Austria natal) hubiera cumplido 100 años el próximo 22 de junio. Muchos pensábamos que iba a llegar al siglo sin mayores esfuerzos. Le creíamos inmortal, y todavía pensamos que la noticia de su deceso, el 27 de marzo de 2002, es sólo una broma para sacudirse de encima a tanto admirador plasta. Por tanto, Mr. Wilder cumplirá cien años dentro de diez días.

Lo bueno que tienen los aniversarios de los autores es que te dan la oportunidad de "revisitar" su obra. Bueno si te gusta. Lo malo es que puedes acabar hasta los güevos-mucho-frescos-y-mucho-güenos de ellos. Por suerte, es muy difícil que la reiteración machaque a Wilder. El apartamento, Con faldas y a lo loco, Uno, dos tres, Sunset Boulevard... Y las crepusculares La vida privada de Sherlock Holmes y Primera plana. ¿Qué se puede decir? La sola enumeración de los títulos justifica el hecho de que algunos le consideren un dios todopoderoso. Siendo un maestro de la comedia, supo ponernos mil nudos en la garganta al mostrar, en un hábil movimiento, el envés de la moneda. Tenía el humor descreído de quienes entienden el sentido trágico de la vida.

Empiezan los ciclos del aniversario, lo que me ha permitido volver a ver, en el duermevela de la siesta, Irma la dulce. No es de sus títulos grandes, pero está impregnada de su grandeza: las medias verdes de Irma tendidas en su minúsculo apartamento convierten a la sobrevaloradísima Amélie en un basto y balbuceante ejercicio de aficionado.

Irma la dulce tiene algo en común con Casablanca, con Gilda, con Uno, dos, tres y con Vacaciones en Roma: el hecho de que recrean ciudades falsas, arquetípicas, increíbles, de cartón piedra. No son ni pretenden ser retratos de París, Casablanca, Buenos Aires, Berlín o Roma. Y precisamente en su incapacidad (premeditada o involuntaria) de hacer presente la ciudad en la historia radica su encanto. Porque al París de Irma la dulce se le ven las tramoyas, pero lo que Wilder retrata no es una calle prostibularia de la capital francesa, sino un territorio emocional y universal.

Le contó Hitchcock a Truffaut (en El cine según Hitchcock) que cuando estrenó La ventana indiscreta, un crítico neoyorquino le reprochó no haber sabido retratar el ambiente del Greenwich Village, a lo que el orondo inglés respondió: "Pero es que la película no trata del Greenwich Village. Usted no ha entendido nada".

Ya casi no se ruedan pelis en decorados que recreen ciudades, y es una lástima, porque tienen un encanto especial. El París de Irma la dulce está en un estudio de Hollywood, como lo estaba el Nueva York de Bailando bajo la lluvia y de La ventana indiscreta. Gracias a este "teatro extendido", todo adquiere un tono de farsa donde las emociones juegan a su antojo.

Ha sido agradable, en este día de sol despiadado y calor sahariano, encontrar cobijo por unas horas en la frescura del plató donde Wilder dirigió a una Shirley MacLaine en ropa interior (verde, por supuesto).

Otro día, por unirme a los fastos centenariales, volveré a escribir de Mr. Wilder.

Foto: Shirley MacLaine (Irma), en un momento de la peli.

12/06/2006 01:41 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

13/06/2006

ANTOLOGÍA TV

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Alguien debería escribir, al modo de un libro de aforismos, una recopilación de momentos cumbre de las series televisivas. Ahí van algunas modestísimas aportaciones para quien quiera meterse en harina:

Serie: House

Wilson: Entonces, ¿la niña moribunda no debería caerme bien?
House: Si te estás muriendo, todo el mundo te quiere.
Wilson: Tú eres cojo y no le caes bien a nadie.
House: No soy terminal, sólo patético. Y ni te imaginas las tropelías que me consienten.

Serie: Los Simpson

Bart: En el colegio han organizado una excursión para padres e hijos.
Homer: Je, je. Tú no tienes hijo...

Serie: Los Soprano
(Situación: Tony y sus secuaces dan una somanta de palos a un judío ortodoxo cuyo suegro quiere que se aleje de su hija. El judío, pese a los palos, no cede al empeño de los mafiosos, por lo que estos dudan entre admirar su perseverancia o tacharle de imbécil).

Tony: Pero, ¿por qué sigues recibiendo palos?
Judío: Mi pueblo ha sufrido mucho desde muy antiguo. Los romanos nos golpearon mucho y mi pueblo no cedió, pese a que la lógica decía que debía hacerlo. Hoy, mi pueblo sigue vivo. Sin embargo, ¿dónde están los romanos ahora?
Tony: Enfrente de tí, gilipollas.

Serie: Friends
(Situación: Ross y Rachel acaban de romper por segunda vez en una bronca monumental)

Rachel (gritando a Ross): ¡Pues para que te enteres: no es tan normal, no le pasa a todos los tíos y sí que tiene importancia!

Serie: Padre Made in Usa
(Situación: ante un posible aborto)

¡Aquí nadie va a abortar! Somos conservadores, y esa es la única forma de matar que no nos gusta. 

Serie: Aquí no hay quien viva
(por poner alguna española y que no me tachen de xenófilo)

Emilio (a Belén): Mira, que he estado a punto de hacérmelo con tres tías a la vez y no he podido porque estaba pensando en tí. Y eso es bonito, Belén, eso es bonito.

 

Conclusión: si no quieres ser como yo, lee.

PD: Como creo que la televisión autonómica debería incluir algunos contenidos en las lenguas autóctonas de esta nuestra comunidad, debería empezar por doblar al aragonés una de sus series estrella, que pasaría a llamarse Chena, la princhesa chesa. De nada por la idea, Corporación Aragonesa de Radio y Televisión. Ya pasaré a cobrar.

13/06/2006 01:37 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 15 comentarios.

CUIDADO, DESPECHADAS

Atención al teletipo de EFE:

El Grupo de Delincuencia Económica de la Comisaría de Policía de Gijón detuvo a una mujer como presunta autora de un delito contra la intimidad y el derecho a la propia imagen cometidos al colgar en una página web de contactos la ficha y la foto de la actual pareja de su antiguo novio, según ha informado la agencia EFE.
El pasado mes de enero una mujer denunció que en una página de contactos de Internet se había colgado un anuncio en el que una vez que se accedía al mismo aparecía una ficha personal que coincidía con sus datos personales y con su fotografía.

En su denuncia la mujer afirmaba que la fotografía se le había realizado con una cámara digital y que no se había llevado a un laboratorio fotográfico sino que había sido archivada en su correo electrónico así como en el ordenador y en el correo de su pareja.

Los investigadores, tras numerosas gestiones con los administradores de las páginas, pudieron determinar desde que dirección IP u ordenador había sido creado el perfil de usuario incluido en la página de contactos, y desde cual se había eliminado el perfil, lo que permitió identificar a la presunta responsable.

La detenida, que carecía de antecedentes policiales, manifestó haber insertado el anuncio en la empresa de contactos con los datos y la foto de la actual novia de su ex compañero sentimental para que los internautas opinaran sobre la misma y así darse cuenta "de lo que aquella tenía de especial y de diferente a ella, que había enamorado a su ex pareja", según consta en la declaración policial.
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Pues no sé por qué la detienen. Total, la chica sólo quería una segunda opinión sobre la zorrita que le había robado el novio. Es un derecho del consumidor. Si la afectada no aguanta una broma, que se vaya del pueblo. Eso sí, el teletipo me ha dado ideas para alguna que otra putadita de mal gusto... ¿Alguien sabe cómo se meten fotos de colegas en portales de contactos de osos sadomasoquistas terriblemente viciosos?

13/06/2006 13:06 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Noticias Hay 1 comentario.

14/06/2006

ODIO ESTÉRIL, PERO ALIVIANTE

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No sé quien dijo que los grandes cocos de la historia han construido su pensamiento por ganas de llevar la contraria a alguien. Hegel fue a buscarle las cosquillas a Kant, y Marx hizo lo propio con Hegel. Quien estudia los movimientos sociales, culturales y artísticos, se da cuenta de que cada uno de ellos surge por oposición al anterior. Lo primero que hace un movimiento al irrumpir en la historia es defecar ostentosa y humillantemente sobre el legado del anterior. Vamos, que podríamos reinterpretar la historia de las ideas desde la óptica de un criticón patio de vecinas o de unos resentidos hijos punk. El ingenio se suele nutrir de la mala uva: los ácidos y la bilis lo estimulan mucho más que el buen rollo y el chocolate suizo con nueces. Si lo miráramos en términos de materialismo dialéctico (¡uy, lo que he dicho...!) podría decirse que la contradicción entre la creación existente (tesis) y las fuerzas que quieren destruirla (antítesis) genera un nuevo tipo de creación (síntesis). Vamos, que odiar algo puede ser una condición necesaria, pero no suficiente, para crear algo en positivo.

Todo este embrollo podría justificar filosóficamente muchos de mis odios. Podría tirarme el moco y, cuando alguien me acuse de cenizo y criticón, espetarle: "Cuidado, que soy creativo", y darle la espalda con el desdén que merece. Pero el caso es que, aunque hay muchos odios fecundos, el que quiero poner al descubierto hoy es odio en estado puro. Ansia destructiva y bronca suburbial de la que mola, de la que relaja un montón.

Estos días sólo hay algo que odio más que el fúmbol: La oreja de Van Gogh. Suenan en anuncios, en hilos musicales y en sitios inesperados. Casi han convertido al "Opá" del Koala en underground. Dios, qué plastas. Ya he renunciado a comprender su éxito, pero no deja de asombrarme, aunque de hecho le reconozco un gran mérito: han logrado hacer un grupo en el que todo, absolutamente todo, produce náuseas. Desde la voz y la entonación de la cantante, su pose y sus gestitos, hasta las letras de las canciones. ¿No habíamos quedado en que los vascos son gente ruda que no expresa sus sentimientos? ¡Coño, pues cíñanse al tópico, señores! ¿Cuánta cursilería, cuánta ñoñez, cuánto tópico facilón de tiovivo de almíbar cabe en una canción de La oreja de Van Gogh? Hasta el nombre del grupo es horrible: si no eres una egomaníaca islandesa tarada por el horrible clima de tu país y te llamas Björk, no puedes utilizar la amputación anatómica de un pintor desequilibrado en ninguna creación. Es una norma básica.

Y me daría todo igual. Pasaría de todo y no les enviaría anónimos amenazantes con orejas de bebé amputadas en cajitas de latón si no estuvieran en todas partes. Son ellos quienes se embarcan en una campaña agresiva y nos meten su "abrazaríaldiablosindudaaaaaaaaar" hasta el cerebelo cada dos por tres. Nos persiguen. Son como Kaká y Cofú (hoy me enterado de la existencia de estos dos talentosos jugadores que, con esos nombres, no pueden aspirar nada más que a deportistas profesionales o a monaguillos vocacionales) y todos los malditos plastas del mundial de fúmbol: nos persiguen. Odio, odio, odio a Peter Pan... Digo... odio, odio, odio a las agencias de márketing y publicidad, a la industria discográfica, a Movistar, a la SGAE y a los ayuntamientos de las ciudades que contratan a La oreja de Van Gogh.

Tengo una bomba de neutrones escondida en una playa de San Sebastián. Si La oreja de Van Gogh no anuncia su disolución y la destrucción de sus discos en 48 horas, la haré explotar y Donosti quedará sepultada por montañas de coralina arena. Los ñoñostiarras van a estar barriendo hasta que se les olviden las letras de Amaia.

14/06/2006 00:42 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 14 comentarios.

15/06/2006

AMIGOS

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Una de las cosas que menos soporto de mí mismo es que soy un malqueda para todo lo que no suponga rutina laboral, por la cuenta que me trae. Pero en el resto de ámbitos de mi vida pierdo teléfonos, olvido citas, pierdo mis propios números de móvil con agendas repletitas, y me acojo al "le llamaré mañana" y se pasan los meses. Es un problema casi psiquiátrico. Un problema fatal para quien, como yo, tiene amigos desperdigados por el conjunto de realidades nacionales de esta Península nuestra. Por eso, de vez en cuando, recibo un más que merecido rapapolvo en forma de telefonazo o de correo electrónico. El último procede de mi amigo David M., extremeño trasplantado a los Madriles que amenaza con inmolarse a lo bonzo ante la "fachada conservadora del Heraldo" para llamar mi atención.

No hará falta llegar a estos extremos, pero creo capaz de todo a David M. Durante su intenso paso profesional por Telemadrid (creo que cuando era Telegallardón y todavía no conocía la cólera de Aguirre), David M., dejándonos pasmados a todos los que confiábamos en su seriedad y rectitud, se convirtió en un redactor de Mamma Mía, el programa del corazón petardo que inspiró a Aquí hay tomate. Mamma Mía era el responsable de amenizar la Nochevieja en Telemadrid, y recuerdo cómo David M., armado de serpentinas y matasuegras, bailaba al otro lado de la pantalla en una absurda gala mientras Víctor Sandoval gritaba mariconerías varias. La pena fue que aquella Nochevieja me hice una contractura en casa de unos amigos poco antes de la cena y me dolía mucho al reírme, pero mereció la pena el dolor por ver la humillación laboral de David M. Además, el dolor desapareció al cuarto whisky.

Tengo en mente un cuento titulado El hombre que casi fue paparazzi inspirado en David M., cuya verdadera vocación era la prensa económica, pero -bien lo sabe él-, en esta vida hay que hacer de tó. Y David M. es un currela con todas las de la ley, que se echa sobre los hombros lo que haga falta.

Lo dicho, que soy un malqueda, pero intentaré compensarlo recordando alguna batallita confesable -y comprensible para el común de los mortales- más adelante en el blog. De quien tengo que hablar es de JJ de la F., compañero de piso eterno de David M., que me ha regalado algunos de los momentos más cachondos de mi vida (y con mayor peligro para mi integridad física). Sólo os diré que su pueblo natal es uno de los que tiene por costumbre arrojar la cabra por el campanario. Y JJ de la F., que tiene en propiedad una capa castellana como la que luce Ramón García en Nochevieja, es uno de los más firmes defensores de tan gloriosa tradición. Pero eso, para otro día.

15/06/2006 16:41 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

16/06/2006

LEÑO

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Que no, que no vuelven, pero casi. Rosendo, Tony y Ramiro presentaron esta semana un disco, el primero que publican con el nombre de Leño en 23 años. Lo presentaron en la SGAE, en ese palacete del centro de Madrid que gasta como sede, entre molduras nobles, moquetas de pase diario de aspiradora y joven recepcionista de inglés hablado y escrito en la puerta. Y canapés, y vinito del bueno, y lo que haga falta, que para eso Bautista, el viejo colega de futbolín, es el baranda del garito.

El salón se llenó de fans -incluso de fans jóvenes, de chavalines que ni habían nacido cuando ellos iban de pueblo en pueblo por una España irreconocible-. Ramiro y Tony, desacostumbrados de multitudes, se cegaron con el flash de las cámaras. Ni en sus mejores tiempos despertaron tanta expectación. Pero entonces eran un mito en formación, y hoy lo son con todas las de la ley.

 

Leño regala (diga lo que diga la etiqueta del precio, es un regalazo) la grabación del concierto que dieron en 1983 en la gira que Miguel Ríos organizó con el título de “El rock de una noche de verano”. Estaban a puntito de separarse, pero no porque las drogas hubieran resquebrajado su amistad ni porque sus egos se hubieran dado de barrigazos en uno de esos patéticos combates virtuales de sumo que acabaron con gente como los Beatles. En Carabanchel no había nadie parecido a Yoko Ono.

 

Se separaron y quedaron tan amigos, sin que nadie lo entendiera, cuando más arriba estaban, después de grabar su mejor disco. Rosendo siguió a lo suyo y, tras muchos bocadillos de mortadela y un buen montón de deudas, empezó a vender discos y se compró una casita en una playa de Almería. Tony y Ramiro desaparecieron en las bambalinas de las discográficas, asesorando, produciendo y haciendo encargos. Ramiro montó un grupo llamado Los Tranquilitos, y tan relajado se quedó que apenas sí se le escuchó. Ninguno ha podido escapar al mito de Leño. Los tres han vivido a su sombra todos estos años.

 

Los listos del márketing cogieron a todos los imitadores de Leño y les plantaron la etiqueta del “rock urbano”, una redundancia -el rock es una cultura ligada a la ciudad que no puede crecer en el campo- que ha tenido éxito. Billares, futbolines, calles de barrio que arden de rabia. Los temas conectaban muy bien con una juventud, la de los 80, que no se atrevió a ser punk de verdad. Leño, al menos, se acercaba.

(Publicado hoy en el suplemento Muévete de Heraldo de Aragón)

16/06/2006 12:06 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 2 comentarios.

17/06/2006

VOLKGEIST

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¿Existe lo que los alemanes y los filósofos llaman volkgeist desde que Herder se inventó el palabro? El genio del pueblo. El pobre Herder, además de ser alemán y amigo de Schiller -que ya son dos indiscutibles motivos de suicidio-, era prerromántico y estaba empeñado en buscar algo más que una lengua común para apelmazar los despojos medievales del norte del Rhin y convertirlos en un Estado moderno y racional. Así que, discurre que te discurre en sus aburridas noches de Weimar a finales del siglo XVIII, Herder se inventó el concepto de volksgeist, que ha traído de cabeza a todas las generaciones europeas posteriores. Lo mismo se ha invocado para gasear a quienes iban circuncidados que para redactar Estatutos de Autonomía o para justificar y mantener costumbres bárbaras tales como cortar las manos a los ladrones o encerrar a las mujeres en cárceles de tela. Progresistas, conservadores y reaccionarios lo han esgrimido (y lo siguen esgrimiendo) más o menos a su antojo como parapeto numantino. Incluso en nuestras riñas cotidianas invocamos sin saberlo al filósofo alemán cuando disculpamos la conducción suicida de los mexicanos o el alcoholismo destructivo de los británicos como rasgos del volkgeist de México o Inglaterra. Por no hablar de lo nobles que son los aragoneses, lo chulos que son los madrileños y lo asesinos de niñas que son los valencianos. No me extrañaría que un juez aplicase el volkgeist, recurriendo al derecho consuetudinario, como atenuante de alguna sentencia.

Semos asín. La pereza del funcionariado, la suciedad de las calles, la mala educación de los taxistas y el analfabetismo funcional pueden disculparse aludiendo vagamente al volkgeist, con encogimiento de hombros opcional. Los erasmus que cada año aterrizan en Barajas han preparado su hígado y su estómago a conciencia durante el verano para filtrar toda la sangría posible en esas noches locas que el volkgeist español vende como reclamo. Las guías de viajes explican sucintamente el volkgeist de un país, y los touroperadores enfrascan ese etéreo volkgeist y pulverizan su fragancia sobre los clientes ansiosos de tópico y pintoresquismo.

La idea del "genio del pueblo" tiene tanta fuerza literaria que ni siquiera monstruos de la razón y adalides del internacionalismo como Karl Marx pudieron resistirse a ella. Y, sin embargo, ¿qué coño es el espíritu de los pueblos? Los antropólogos, intentando dar una respuesta práctica a este discutible galimatías, hablan del "patrimonio intangible", e instan a los gobiernos a protegerlo. Patrimonio intangible, tan valioso como el tangible, son las canciones populares, las danzas, los dialectos, lenguas y peculiaridades idiomáticas, las leyendas orales, las tradiciones, la forma de vivir la religiosidad, las estructuras familiares y las batallitas del abuelo. Entre todos estos bienes intangibles -hoy casi destruidos por los centros comerciales y Aquí hay tomate-, Herder creía ver el genio de un pueblo. Es una idea mística: la nación (o el pueblo, da lo mismo) quiere decir algo al mundo a través de estas manifestaciones. El pueblo cobra vida a través de ellas. Se hace presente como una entidad tan poderosa, tan inexplicable y tan indiscutible como el dios de las religiones.

La idea técnica de "patrimonio intangible" me parece una asimilación sana y una realización racional de un problema que, si sólo se hubiera planteado en esos términos, nos habría ahorrado mucha sangre absurda. Pero el volkgeist saltó muy pronto a la política, y en ella sigue. Si el volkgeist se hubiera quedado quietecito en el ámbito cultural, nos habríamos ahorrado la bochornosa primera página de El Mundo del jueves, en la que se celebraba a bombo y platillo la "ola de patriotismo" que invadió las calles de España tras la victoria de la selección ante Ucrania. Una ola de patriotismo que a mí, la verdad, me pasó desapercibida. Pero hace tiempo que descubrí que el director de El Mundo y yo vivimos en países distintos: mientras el suyo se va a la mierda en una serie de catastróficas desdichas que cercenan sus cimientos, en mi país se vive razonablemente bien, y los problemas que acucian no tienen que ver con banderas ni con esencias, sino con hipotecas y desamores.

Octavio Paz invocó agónicamente al volkgeist mexicano en su todavía iluminador ensayo El laberinto de la soledad, que releo estos días. António Lobo Antunes persigue al volkgeist portugués en cada novela, de tal forma que ahora el espíritu parece el propio Lobo; un espíritu en pena que persigue su propia sombra. No hay un solo escritor argentino que no se haya sentido obligado a mirar a los ojos al volkgeist de su extraña patria. Desde mayo del 68, los intelectuales franceses le preguntan a su psiquiatra dónde coño ha escondido su añorada grandeur. Los alemanes, después de aquellos años tan animadillos, no se atreven a volver a invocar el espíritu que ellos mismos inventaron. Los novelistas ingleses, sencillamente, se cagan elegantemente en el volkgeist, se mudan a la soleada California con la liquidación de los derechos de autor y dejan que el norteamericano Paul Auster desentrañe el volkgeist de una esquina de Brooklyn mientras se come un sandwich de queso. En cuanto a los escritores en lengua catalana, están obligados por ley a reflexionar sobre su volkgeist, si no quieren que se les retire la subvención autonómica. Quim Monzó escapa a esta norma y escribe de lo que le da la gana, pero él nunca pidió subvenciones.

¿Y los españoles? En estos tiempos que corren, sé que está mal citar a Marx si no es para decir que violaba niñas y se las comía luego en salmuera, pero en uno de sus libro-reportaje más brillantes, El 18 brumario de Luis Napoleón Bonaparte, recordaba a su maestro Hegel, que había dicho que la historia siempre se repite al menos dos veces. Olvidó apuntar -se atreve a corregir Marx- que la primera vez lo hace como tragedia y la segunda, como farsa. Marx era muy shakespeariano, por eso bordó esa frase. Pues bien: hace un siglo, tal y como recuerda Santos Juliá en Historias de las dos Españas, los intelectuales empezaron a pensar en España como problema y se adentraron por carreteras secundarias en la polvorienta meseta castellana. Allí, en adustos y curtidos rostros y entre míseras casas de adobe, creyeron encontrar el volkgeist español. Marearon mucho la perdiz, leyeron El Quijote demasiadas veces y dieron la brasa de forma desmedida y absurda, pero reflexionaron en serio y entablaron un debate de altura filosófica (la historia como tragedia). Hoy, tertulianos gritones y articulistas semianalfabetos claman contra la desmembración del país y celebran el patriotismo futbolero en una constante y machacona invocación del volkgeist que ya nos tiene a muchos hasta más allá de los ovarios (la historia como farsa).

En fin, feliz reforma estatutaria a todos.

Foto: el bueno de Herder, con cara de pensar "uy, la que he liado...".

17/06/2006 23:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 3 comentarios.

18/06/2006

QUERIDO PROFESOR

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Hace unos cuantos domingos viví una extraña sesión doble de cine. La siesta se la dediqué a "revisitar" (le cojo el gusto al palabro, no te creas) Escrito en el viento, de Douglas Sirk. Decadencia, clasicismo, Lauren Bacall, un mundo que se va a la mierda... Ahí estaba Rock Hudson, en la cima de su poderío, reinando sobre los mequetrefes años 50 (la peli es de 1956) con su cara de chico bueno de high school.

Eso fue por la tarde. La madrugada, que siempre ofrece cosas mucho más interesantes, me regaló una producción posterior de Rock Hudson, realizada en 1971 y titulada Pretty Maids All in a Row. El título en español, bastante más acertado, es Querido profesor. En esta extraña peli es Hudson, y no la trama, el decadente. Desmejorado, fondón y con un bigotito setentero muy repugnante, el otrora apuesto Rock interpreta a Michael "Tigger", un profesor-entrenador de una high school de un pueblo playero en la que una alumna ha aparecido muerta y desnuda. En fin, nada peculiar: la típica producción de asesinatos con sus pizquillas de sexo y mal construida tensión. "Tigger" es un enrollado y progre pedagogo muy querido por sus alumnas, a las que se cepilla en el aula a plena luz del día y, por supuesto, asesina cual mantis tras el mortal coito. Pero nadie sospecha de él y el propio detective que investiga los crímenes reclama su colaboración. La estética hippie de la cinta y la banda sonora ya eran reclamo suficiente, pero yo no podía quitarle ojo al pobre Rock, con un pie en el foso, incapaz de disimular su cuesta abajo personal y profesional.

La trama de "terror adolescente" es sólo una excusa para desarrollar unas ambiciones muy elevadas y muy propias de los 70. Querido profesor pretende ser un drama psicológico sobre la percepción mojigata e hipócrita que la sociedad norteamericana tiene del sexo. Está basada en una novela de un desconocido escritor llamado Francis Pollini, y la realiza un director (francés, para más señas) llamado Roger Vadim, que por entonces estaba casado con Jane Fonda. Vista hoy, resulta delirantemente ingenua, de un erotismo desmayado y asténico que ya no se lleva, pero que resulta muy agradable.

La peli tiene más curiosidades: el policía que investiga los crímenes es Telly Savalas, que poco después de Querido profesor se haría famoso al encarnar al detective Kojak. Otra profesora del instituto que también se dedica a iniciar a sus imberbes alumnos en el intercambio de fluidos es la actriz Angie Dickinson, que protagonizaría Dressed to kill (que también va de crímenes, pero está mucho mejor hecha) junto a Michael Caine. En fin, que es uno de esos títulos donde las anécdotas son más interesantes que la historia que se cuenta.

Todo esto viene a cuento porque Querido profesor me ha reafirmado en varias cosas: que me encantan los subproductos de los 70 y su estética y que hay que huir como la peste de quien quiera contar una historia para "motivar un debate", porque insulta la inteligencia del espectador o del lector. Dudo que los yankis reflexionaran sobre su visión del sexo a propósito de las barrabasadas de Rock Hudson. Si quieres debatir, llama a María Teresa Campos. Si quieres contar una historia, cuéntala, y déjate de gaitas.

Ah, y ver a Rock Hudson me ha llevado a reflexionar sobre mi dieta y la vida sana, porque el antes y el después de este hombre es espeluznante. Y eso que creo que todavía no estaba enfermo del Sida que le mató años después. Me voy a preparar una ensaladita y a hacer unas flexiones...

18/06/2006 13:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

19/06/2006

TIRANOS DOMICILIARIOS

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El otro día, en un restaurante. Un hombre que come solo en la mesa de al lado se impacienta porque no le traen agua, y con aire señorial se lo dice al camarero que, sonriente, le trae el vino. Cuando por fin llega la ansiada agua, le echa un rapapolvo al camarero de los que duelen. En voz baja, con palabras cortantes y sin mirar a los ojos, con el toque experto de los maltratadores profesionales. La has cagado bien, estuve a punto de decirle al irritado comensal, pues ahora cada plato te va a venir con escupitajo de propina. Y la saliva del camarero no llegué a verla, pero sí que noté que tardaron un huevo en servirle y que no le traían nada bien: se olvidaban el pan, una cuchara... En fin, el servicio se esmeró para hacerle al señor nazi la velada agradable. Pero él se lo había buscado.

Hay dos gremios con los que no conviene enfadarte si no es necesario: los camareros y las enfermeras, pues de su humor depende que lo que comas se corresponda realmente con lo que dice la carta o que la aguja dé a la primera en la arteria buena y el vendaje no te corte la respiración. Es una regla básica, pero la impertinencia es una mancha negra que avanza sin remedio en nuestro mundo y que abunda especialmente en las cabezas menos adornadas por la inteligencia.

Hay otras profesiones a las que podría incluirse en esta nómina. Sé de alguien al que un guardia urbano detuvo cuando circulaba en dirección contraria. "Como se ha cambiado el sentido a la calle hace poco y casi nadie lo sabe, no le voy a multar esta vez, pero acuérdese de que el giro que acaba de hacer es ahora dirección prohibida". La respuesta que obtuvo el policía fue: "Uy, qué chulito. Pues que sepas que la moto que llevas te la he pagado yo". "Y otra mejor que me vas a pagar", zanjó el guardia empezando a rellenar la multa.

Y es que hay gente que no se calla ni debajo del agua y que siempre quiere quedar encima, no importa las tonterías que puedan decir ni la vergüenza ajena que puedan generar. Gente que cree que entre sus derechos inalienables se cuenta el de insultar, importunar y dar la matraca al prójimo. A mí me han llegado a llamar a la redacción gritando histéricamente y exigiendo una explicación por el hecho de que una empresa, persona o cosa no haya sido citada en un reportaje equis. La respuesta lógica y que te sale del alma es que si no ha salido es porque no le ha parecido oportuno a quienes han elaborado ese reportaje y que, si quiere publicidad, que consulte la hoja de tarifas. Pero como mi madre me hizo el flaquísimo favor de enseñarme a tratar a la gente con buenos modales, te tienes que tragar la mala uva y dar unas explicaciones que no merecen. Si fuera camarero, se iba usted a enterar del toque especial que le iba a dar a su plato...

Pienso en esas chicas de atención al cliente que tienen que aguantar estoicas tres mil quinientas broncas al día. Hay mucha mala uva suelta. Hay mucho tirano domiciliario reprimido que vuelca sus iras sobre el más débil y encima se cree Martin Luther King. Hay mucho amargado egoísta dispuesto a amargar lo que se le cruza por el camino. Alegrías de la huerta que un día se sorprenden cuando vuelven a su casa y sólo encuentran en ella una nota de despedida tan áspera como ellos. Gente mísera a quien nadie visita en los hospitales y a quienes las enfermeras ponen motes.

Pues que os aproveche la sopa con tropezones, salerosos.

Foto: ¡Cómo está el servicio!

20/06/2006

COMUNISMO A LA AMERICANA

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Esta vez parece que la cosa va en serio. El Ayuntamiento de Nueva York va a crear una zona wifi de acceso gratuito en Central Park. Te vas con tu portátil, te sientas en la hierba y lees este blog sin pasar por caja de ninguna operadora privada, por cortesía del municipio de Nueva York. Ése será el embrión de una gran zona wifi que alcanzará a toda la isla de Manhattan. Las operadoras están que trinan y van a hacer todo lo posible para tirar por tierra el proyecto. Otras ciudades americanas, como Filadelfia, están desarrollando zonas wifi gratuitas en sus centros financieros, pero Nueva York da un paso más y vuelca su mirada en los ciudadanos corrientes en vez de en los brokers. Bravo.

Estas cosas no debieran ser noticia. Pagar por circular por internet empieza a ser tan absurdo como pagar por pasar por una calle. Es algo feudal, maleducado y prepotente. Como cuando el señor cobraba al siervo el derecho de paso. Una de las cosas que más me chocaron de México es que casi todos los puentes tienen un peaje y que hay que pagar una pequeña tasa para entrar a los espacios naturales protegidos. A quienes estamos acostumbrados a movernos tan panchos sin sacar la billetera a cada tramo, nos causaba mucha extrañeza.

En 2004, el Ayuntamiento de Barcelona quiso crear una red wifi gratuita sólo para las páginas oficiales municipales, pero la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones dijo que aquello era competencia desleal para sus amigos de Telefónica y clausuró el asunto. Y eso que era un proyecto muchísimo menos ambicioso que el de Nueva York y en un país donde -al menos yo creía eso- vemos con muy buenos ojos las iniciativas socializantes. Para que te fíes de la cándida Europa. Hay que joderse, pero Nueva York nos está dando una soberana lección de comunismo práctico.

Igual me equivoco, pero no creo que los diques construidos por las grandes compañías aguanten mucho tiempo más. No está lejos el día en el que recordaremos como algo excéntrico y anticuado pagar por meternos en internet. ¿Qué pensaríamos si nos obligasen a pagar un peaje cada vez que arrancamos el coche? Hay quien juzga intolerable, y así lo razona, incluso pagar por el metro o el autobús. ¿No se financian con los impuestos que esos mismos ciudadanos abonan cada año? Pues con una generosa asignación presupuestaria anual van que arden. Y si hay que subir los tributos, que se suban. Algo así debería pasar con internet. La tecnología existe, pero está en manos privadas que cobran lo que se les antoja por un servicio que, realmente, no prestan. ¿Por qué? ¿Por una patente? También alguien se inventó las aceras y los semáforos -y los patentó- y eso no impide que los ayuntamientos construyan aceras y semáforos sin cobrarnos por pisar las baldosas o por cruzar en un paso de peatones.

Internet ya ha dejado de ser un capricho o un lujo. En nuestra sociedad actual, vivir al margen de internet significa, en cierta forma, vivir al margen del mundo. ¿Es descabellado que las administraciones públicas busquen la manera de garantizar el acceso público y universal a la red, como lo garantizan para la educación, la sanidad o la movilidad de los ciudadanos? ¿Y por qué esas administraciones tienen que pasar por el aro de las operadoras privadas cuando pueden crear sus propias redes a muy bajo coste? En algunos pueblos españoles, el ayuntamiento ha cableado las calles, ofreciendo accesos gratuitos, y eso ha servido para fijar la población. Si tienes internet, tienes muchas de las cosas que puede ofrecer una ciudad. Al menos, operativamente.

Por si alguien no lo sabe, la prensa de papel, la impresa, está subvencionada, y ésa es una de las razones por las que el precio del producto (un euro) es menor que el coste de producción, algo que no sucede con casi ninguna mercancía en el capitalismo. Una de las subvenciones más frecuentes consiste en eximir a los editores del impuesto sobre el papel a cambio de que compren ese papel a empresas nacionales y engrosen, así, el PIB del país. ¿Por qué ese trato de favor? Teóricamente -dejo al margen intereses oscuros y conspiraciones políticas-, porque se considera que la prensa es una institución fundamental para la democracia, y debe garantizarse su existencia y el acceso de los ciudadanos a sus contenidos, aunque las empresas editoras sean a veces ruinosos negocios. Pues un criterio semejante debería aplicarse con internet, sólo que en este caso no es necesario subvencionar a nadie. Bastaría con desmantelar las casetas de peaje.

¡Viva el comunismo neoyorquino!

Foto: Sacco y Vanzetti, anarquistas neoyorquinos ejecutados en 1921. ¿Su espíritu vive?

20/06/2006 12:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Noticias Hay 2 comentarios.

21/06/2006

VEGANESA

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Hace tiempo, un grupo de cuatro amigos editábamos una revista imposible llamada Derraiz que, pese a nuestra incompetencia manifiesta, logró mantenerse a flote hasta que la amargura y la distancia la terminaron de romper. Pero tuvimos algún momento de gloria en el mundo de la edición indie donde empezaban a despuntar Zona de obras, Belio y alguna que otra revista que despegó cuando nosotros decidimos dejarlo. En España apenas llegamos a nada, pero nos sorprendió la respuesta latinoamericana. Nos llegaron cartas y correos de un montón de países, llegamos a vender ejemplares en la feria del libro de La Habana (pese a que elaboramos un demoledor dossier con una crítica "marxista" de la revolución de 1959) y hasta nos invitaron a la Baja California, pero no pudimos ir.

Bueno, pero esto no es lo que quería contar, que me pongo nostálgico y no paro de recordar batallitas. A finales de la pasada década, la gente del sur de Madrid se empezó a movilizar contra la construcción de la incineradora de Valdemingómez, creando una tupida red ecologista que hizo mucho ruido, aunque no evitó que la planta empezara a funcionar. Uno de los hitos de la protesta fue un festival en Rivas-Vaciamadrid con La Cabra Mecánica de maestros de ceremonias y un montón de colectivos y revistas indies en unas casetas ofreciendo sus cosillas. Entre ellas, nosotros. Con tan mala pata, que nos asignaron un stand al lado de una asociación de veganos.

Inocente cual ternerilla, ignoraba yo qué cosa eran los veganos, pero uno de los vecinos de caseta se prestó a explicármelo, aunque no sé si me mintió y los veganos son algo distinto. Según él, son vegetarianos que no sólo prescinden de leche, huevos y cualquier derivado animal, sino que se niegan a comer cualquier cosa que haya germinado. Así que se alimentan, básicamente, de semillas y granos. Quien me contó esto -con un hilillo de voz, porque las fuerzas le flaqueaban en una conversación larga- era un chaval de unos 20 años que no pesaría ni 40 kilos, con una camiseta llena de lamparones (¿con qué se habrá manchado, si los granos no sueltan grasa?, pensaba yo) que le servía de falda. Una barba de Robinson, unas uñas de Cruella Deville y unas zapatillas de estar en casa a cuadros. Vamos, el reverso tenebroso de Kate Moss. La frase que resonaba en mi cabeza era: "Si no quieres ser como él, come chuletones".

La noche era larga, los bares cerraron y a mí me entró gusa después de pasar horas viendo a mil personas manosear nuestras revistas y no comprar ni una. En la caseta de al lado vendían bocadillos de ensaladilla rusa, pero con "veganesa", auténtica mahonesa vegetariana. "¿A medias?", le dije a mi amigo Ángel, que estaba tan canino como yo. "Venga, la cosa es no preguntar cómo lo han hecho. Ojos que no ven, corazón que no siente". Y nos zampamos la veganesa en un decir Jesús. ¿Hay que aclarar que al día siguiente no me alejé mucho del cuarto de baño?

Desde aquel día, he desarrollado cierta fobia contra los fundamentalistas dietéticos, sean o no profesionales del asunto. Para mí han pasado a ser comedores de veganesa, que no he logrado averiguar qué demonios es, porque sustancias blanquecinas que pueden hacerse pasar por la mahonesa hay muchas, y casi ninguna apetecible. No me hagáis ponerme escatológico, ya me entendéis.

En fin, que yo creo que pese a su empeño ultravegetariano, la falta de higiene les ha llevado a ingerir alguna que otra proteína de origen animal. Y quizá por eso siguen con vida, manteniendo un tibio y superficial pulso. Lo justito para darnos la matraca e intoxicar a algún incauto como yo.

Foto: un vegano no desarrollaría esa musculatura ni podría sostener una pistola en alto.

22/06/2006

ZARAGOZA

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Bonito sarao el que se armó ayer en el parque Primo de Rivera de Zaragoza para protestar contra el absurdo e injustificable derribo del Rincón de Goya (confío en que el Ayuntamiento recule: no se puede tirar de Visa para traer este verano a toda estrella que cruce la Península y, al mismo tiempo, destruir los poquitos espacios que quedan para la música en esta maltratada ciudad). Yo estuve allí currando (os remito a la crónica que se publica hoy en Heraldo) y no pude tumbarme a la bartola en ese césped que se llevará el verano, ni estar mucho tiempo con la buena gente y los amigos que me encontré, pero disfruté el poco rato que me quedé. Hacen falta más movidas como esta. Enhorabuena a quienes la promovieron. Así es como se toma la calle y se hace verdaderamente público el espacio.

Días como el de ayer son los que me reconcilian con Zaragoza, que algunos inviernos adopta cierto aire inhóspito. Es oxigenante sentir el verdadero pulso de la ciudad y no el de esos políticos siempre metidos a la gresca con proyectos faraónicos que descuidan el lado cotidiano de la vida. Proyectos que, quizá, destruyan buena parte de lo que hace que vivir aquí sea un enorme placer.

Un grupo de amigos llegamos una noche a la conclusión de que Zaragoza posee una especie de tensión dialéctica entre lo que aspira a ser y lo que es. Siempre se respiran aires de cambio. Quien visita la ciudad alaba sus potencialidades y, en menor medida, su ser. La ciudad es un corredor dispuesto en la línea de salida, y todos esperan que eche a correr en cualquier momento, pero nunca lo hace. Hay siempre una expectación contenida. Siento que Zaragoza no se conforma con ser Zaragoza, pero tampoco sabe qué quiere ser. Es como un eterno adolescente. Al menos, lo será hasta que la Expo marque una de esas odiosas barreras históricas.

Me gusta ese aire indeciso. Cada vez soporto menos a quienes pisan fuerte, saben hacia dónde dirigen sus pasos y tienen respuesta para todas las preguntas. Los individuos así son unos pelmas inaguantables que pueden acabar en cualquier secta. Las ciudades así son caricaturas pretenciosas que fomentan una ciudadanía imbécil.

Hay quien quiere que Zaragoza tenga un "proyecto de ciudad" (¡no, por favor!), pero a mí me gusta que no lo tenga y que sea difícil definirla en un par de trazos. No es una ciudad pequeña, pero tampoco es una megalópolis inabarcable. No es tenida muy en cuenta en el resto del país, pero tampoco es ignorada. No se caracteriza por un movimiento cultural imponente, pero tampoco puede decirse que sea un páramo. Su tejido social no es el del pueblo de La casa de la pradera, pero es fuerte y tenso. En fin, no descolla en nada -salvo en el monstruoso transoceánico varado que tenemos a orillas del Ebro y que muchos llaman Basílica del Pilar, que desentona con el resto de la ciudad, dándole un aire de grandeza que no busca ni pretende-, pero tampoco pasa desapercibida. Es como esa chica del final de la barra eclipsada al principio de la noche por sus desinhibidas amigas, pero con la que al final acabas yéndote a la cama. Zaragoza no parlotea innecesariamente. Sólo habla cuando hay algo que decir, pero con humor somarda, gracia y rasmia, sin esa tristeza insoportable de los burgos castellanos, que parece que siempre están de funeral.

En Barcelona se organizan cada día movidas como la de ayer en Zaragoza. En Zaragoza, sólo cuando son necesarias, cuando persiguen un fin. Así, su sentido no se pierde en una ostentación repetitiva y folclórica.

Me gusta Zaragoza. Cada día la disfruto más.

Foto: para quienes todavía no conozcan la ciudad. En primer plano, a la izquierda, el torreón musulmán de La Zuda, junto a los restos de las murallas romanas. Detrás, la iglesia barroca de San Juan de los Panetes y, al fondo, la mole del Pilar, con sus cuatro torres.

23/06/2006

SANTA FE

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El lejano oeste está en las afueras de Zaragoza. Lo he comprobado hoy, cuando, gracias a un bucle en el espacio-tiempo (cómo me gusta decir cosas que no entiendo), nos hemos trasladado a algún rincón perdido entre El Paso y El Álamo cuando íbamos por la carretera de Teruel. ¿Cómo se llama eso? No sé, que venga Iker y lo investigue, que yo estoy amodorrado por el calor.

El asunto es que un amigo se ha comprado un peaso-coche para afrontar la inafrontable crisis de la edad (bueno, al menos eso digo yo para meterme con él, y otras cosas feas que se me ocurren sobre la marcha). Hoy recogía el auto en el concesionario y, para estrenarlo, nos propuso invitarnos a comer a un restaurante mexicano en las afueras de Zaragoza, en un pueblo de nombre muy apropiado: Santa Fe, lugar que yo sólo conocía de oídas.

Casi cuarenta graditos en el termómetro y el típico paisaje estepario de polvo y sol que cerca esta vieja ciudad romana. Santa Fe es en realidad un barrio de Zaragoza donde crecen los chalets acosados y los bloques de VPO. Tiene una preciosa iglesia barroca que se cae de vieja y que se usa como depósito de qué sé yo qué porquerías municipales. Las calles están llenas del polvo de las obras de los chalets y no hay un solo lugar de sombra. Talmente, un panorama mexicano. Si un señor de poblado bigote sacara un pistolón y disparara al aire cagándose en la madre de la chingada, no hubiera desentonado. Al bajar del peaso-coche, me sentí como un gringo en un relato de Carlos Fuentes.

En una esquina del pueblo, un edificio chato, de estética de western texano, bien podría ser la cantina donde los villistas toman tequila y desfloran a las vírgenes tras conquistar la aldea, pero en realidad es el buscado restaurante mexicano. Bueno, más bien lo era. Mi amigo llevaba mucho tiempo sin ir allí. La última vez que estuvo, no habían empezado a construirse los acosados. Entre tanto, el lugar ha cambiado de dueños y ahora es una casa de comidas caseras que sirve a los albañiles que curran en las urbanizaciones. De su origen mexicano sólo queda la decoración indigenizante y colorista y el nombre: El Paso. Ya que estábamos en lo que para nosotros era la mitad de la nada, nos quedamos a comer con un proletario y refrescante vino con gaseosa.

Renunciamos ya a los frijoles y a las quesadillas con las que iba soñando en el peaso-coche y nos amoldamos a los platos que el jefe nos cantó. Hacía tiempo que no comia en un sitio así, donde llamas la atención por no llevar mono ni tener las manos como piedra pómez. Aquello dejó de ser México y se convirtió en la ONU de la construcción: había obreros de todos los países, y alguno local, que le daba con gusto al JB con Coca-Cola antes de volver al tajo. La comida, casera de verdad. Siempre se come bien en estos sitios, pues la clientela exige raciones contundentes y sin mariconadas: unas buenas lentejas y unos buenos filetes. Sin embargo, no podía evitar preguntarme qué coño estábamos haciendo allí, cuando al lado de casa hay ochocientos mil restaurantes con aire acondicionado donde no tienes la sensación de haber salido de la Unión Europea. Hay días absurdos, y nunca pensé que iría a Santa Fe, que para mí queda más lejos que Londres, a comer lentejas calentitas con cuarenta grados centígrados. Si mi amigo no se hubiera comprado el peaso-coche, jamás habría descubierto que México queda en la misma provincia donde estoy empadronado. Esto es surrealismo á la Buñuel del bueno.

Menos mal que yo no tengo peaso-coche, porque, si no, iba a acabar en cada sitio... Porque a Aragón le faltará agua, pero sitios inverosímiles, le sobran. Por suerte.

23/06/2006 18:59 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias No hay comentarios. Comentar.

24/06/2006

EL BRITÁNICO

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Para los urbanitas desalmados que nos aburrimos de ver plantas en el monte pero que nunca nos cansamos de recorrer bares, el cierre de un café veterano y añejo es tan doloroso como la extinción de una especie para un ecologista. Da igual que sea en tu barrio o al otro lado del mar: una ciudad pierde algo de su humanidad cuando la persiana de un café baja para siempre. Hoy ha cerrado el Bar Británico de Buenos Aires, en el barrio de San Telmo, en el cruce de las calles Brasil y Defensa. Hoy ha cambiado algo en el mundo. Ha cambiado de forma imperceptible, pero lo ha hecho a peor. Desde hoy, Buenos Aires tiene un sitio menos para visitar. Desde hoy, quienes entendemos la ciudad como un espacio para vivir, hemos retrocedido un pasito más en favor de quienes entienden la ciudad como un espacio para conquistar.

El Británico hace esquina en la parte baja de la calle Defensa, que es la arteria principal del barrio de San Telmo y nace, muy discreta, en un lateral de la plaza de Mayo. Adoquines rotos y viejas casonas coloniales con nombres de criollos vascos que forjaron la independencia del país, como Ezeiza, hablan de un pasado de guerras y mitos liberadores. Discos y fotos de Gardel en los anticuarios, empanadas recién horneadas en las terrazas y ese bullicio gritón hispanoitaliano que domina cada esquina a cualquier hora del día en la ruidosa Buenos Aires. Hay varios cafés en Defensa donde los argentinos se dan con alegría a su vicio nacional: la plática. Todos son de verdad, con sus mesas llenas de cruces de cuchillo, con la madera machacada por los millones de balletas que la han frotado y su camarero masculino de sapiencia veterana. En San Telmo las horas pasan lentas, al ritmo del ingenio del conversador y de los sorbos con los que se bebe la Quilmes, servida por litros y casi helada. Horas que también pasan lentas al ritmo de la prosa remolona y acongojada de Ernesto Sábato, que escogió estos rincones del Británico, con el parque Lezama y alguno de los caserones coloniales en ruinas en primer plano, como principal condimento de El túnel y Sobre héroes y tumbas, con la trágica, bella y engmática Alejandra paseando entre los bancos del parque.

Líos de herencias y rencillas familiares han acabado con el Británico, que desde hace medio siglo regentaban -en régimen de alquiler- tres gallegos bonachones y biencarados. En unas rayadas bandejitas de alumunio servían unas "picaditas" de queso, chorizo, jamón y patatas fritas que daban más sed y propiciaban una segunda Quilmes. También alargaban la conversación. Desde los ventanales se ve el parque Lezama, con su estatua al fundador de la ciudad, el cruel conquistador español Pedro de Mendoza. Era un sitio muy especial. Nuestros anfitriones nos contaron que, durante la guerra de las Malvinas, ante la ola anglófoba que recorrió el país, los tres gallegos se curaron en salud y borraron el "bri" de "británico" de la vidriera. Durante parte de los 80, fue el Bar Tánico. Por lo demás, nadie sabe nada de su origen, que se fecha en unos imprecisos años 20, ni sobre su nombre. Quizá tenga algo que ver con las invasiones inglesas que sufrió la ciudad a principios del siglo XIX: las tropas británicas entraron a sangre y fuego desde la Boca y arrasaron la calle donde durante décadas ha estado el café.

Una pena. Todavía me refresca el recuerdo de las Quilmes en el Británico, y me da rabia no saber dónde coño están las fotos que nos hicimos allí. Quizá todo esto no sea más que literatura barata y sentimentalismo ñoño, pero creo de verdad que Buenos Aires, y el mundo en general, son un poquito peores que ayer. Esta noche releeré a Sábato.

24/06/2006 17:19 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 4 comentarios.