Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2006.
Resumen
- 01/09/2006 20:35 - ESE TÍO NO SOY YO
- 02/09/2006 00:24 - DE PROFUNDIS
- 02/09/2006 12:07 - ADIÓS A JOAQUÍN ARANDA
- 03/09/2006 20:31 - ESTOS INGLESES ESTÁN LOCOS
- 04/09/2006 17:57 - FIIIIIIIR... ¡MES!
- 05/09/2006 11:47 - TÓPICOS DE VERANO (5): MODA ESTIVAL
- 05/09/2006 19:40 - COMPARACIONES ODIOSAS
- 06/09/2006 12:36 - TÓPICOS DE VERANO (6): EL SOCORRISTA
- 07/09/2006 01:03 - ARMAND COPPENS
- 08/09/2006 17:30 - A MADRID NO HI HA COLOMS
- 08/09/2006 19:14 - ESTO NO INTERESA
- 09/09/2006 18:09 - ¿QUIÉN VIGILA A LOS VIGILANTES?
- 09/09/2006 20:43 - ¿PODER PUTERO?
- 10/09/2006 18:21 - AHORA EN SERIE
- 12/09/2006 00:41 - EL DICCIONARIO DEL DIABLO
- 13/09/2006 17:16 - TÓPICOS DE VERANO (7): EL VERANEANTE
- 14/09/2006 13:28 - NO ME GUSTA
- 15/09/2006 19:44 - DESCANSE EN PAZ
- 18/09/2006 12:36 - LOST IN THE COUNTRY
- 19/09/2006 11:34 - MUJERES (AFGANAS) AL VOLANTE
- 20/09/2006 01:27 - AGUANTA, MUÑECO
- 21/09/2006 13:15 - LA ESCOPETA NACIONAL (BRITÁNICA)
- 21/09/2006 16:53 - AVISO A NAVEGANTES
- 23/09/2006 19:23 - SALVADOR PUIG ANTICH
- 24/09/2006 13:28 - UN SONETO ME MANDA HACER VIOLANTE
- 25/09/2006 09:47 - MI AMIGO JACK
- 28/09/2006 20:22 - FLORES EN LA TUMBA DE MARX
01/09/2006
ESE TÍO NO SOY YO

Dice George Lucas que a él le ha pasado algo parecido a Darth Vader: se ha dejado seducir por el lado oscuro de la fuerza. "Empecé como un cineasta independiente, luchando contra el poder de las grandes compañías, y como resultado de esa lucha, me he convertido yo mismo en una gran compañía. He acabado transformándome en aquello que odiaba". Lo dice sin darse importancia y sin atormentarse como un alma en pena. Es más, apostilla que le quiten lo bailao, que ha podido hacer las pelis que le ha dado la real gana, con los presupuestos y el personal que ha querido, y encima, han tenido éxito.
¿Cuándo te das cuenta de que te has convertido en tu némesis? ¿Cómo lo aceptas? ¿Te compras una pistola de principios de siglo XIX y te pegas un tiro frente al espejo? ¿Te fumas un porro por los viejos tiempos y te echas a la noche, intentando colarte con calzador en una estrofa de Sabina? ¿Sonríes cínicamente? ¿Lo racionalizas y te pones a ver la tele como si nada? ¿Presentas tu dimisión en la oficina, te dejas barba, metes cuatro camisetas en una mochila y te piras un año a la India?
Creo que hay algo mucho peor que descubrirte a tí mismo en tiernos arrumacos con tu propio lado oscuro. ¿Y la sensación de verte y no reconocerte? ¿Es esa mi voz, es esa mi cara, son esas las palabras con las que me expreso? No es tu némesis ni tiene por qué ser desagradable. Simplemente, es un extraño que usurpa tu nombre.
Acabo de volver de grabar una entrevista en el programa Borradores, que presenta Antón Castro en Aragón Televisión y que se emitirá este domingo a las 0.30. No me ha entrevistado un extraño: charlar con Antón es algo cotidiano y agradable. Ha sido casi como tomar un café. Detrás de las cámaras estaba Ana Catalá, con quien he compartido redacción y alguna que otra cerveza. Su presencia familiar tranquilizaba bastante. Más que la grabación de un programa aquello parecía un encuentro cordial de amigos en un ambiente relajado y acogedor. Y, sin embargo, no estoy seguro de reconocerme en el personaje que va a aparecer en la pantalla. Es un extraño con mi nombre. Un extraño que sudaba mucho por los focos y al que se le clavaba el aparatejo del micro en el culo. Alguien que no tiene nada que ver con el que ahora escribe esto mientras bebe una Coronita en el despacho de su casa, que a su vez tampoco tiene nada que ver con el que se tomará luego unas cervezas con sus amigos.
¿Cuántos personajes caben en una sola persona?
02/09/2006
DE PROFUNDIS

No me gusta el deporte en general, pero en particular puedo ver con bastante placer dos disciplinas: el rugby y el baloncesto. Fui (soy) un chaval alto, y los profesores de gimnasia se empeñaban en que jugara al baloncesto por centímetros, pero mi torpeza ganaba a mi altura. Pese a ello, no le guardo rencor a la canasta, y puedo disfrutar de un buen partido de la NBA siempre que Andrés Montes no se pase demasiado con la cocaína o con lo que quiera que tome para mantener ese ritmo comentaril.
En fin, que no he seguido el mundial, pero hoy hemos visto la semifinal contra Argentina. Y ese pérfido quiste patriotero que uno lleva justo debajo del páncreas me ha hecho la puñeta. Nunca antes había deseado bombardear las Malvinas ni que Chile se quedara con toda la Patagonia. Que me perdone la santísima trinidad (Borges, Bioy, Cortázar), pero hoy no tenía el cuerpo para tangos. Cómo he sufrido. Un mísero punto en el último minuto. Qué partidazo, señores. Qué épico. Lo ha tenido todo, hasta el sacrificio de Patroclo Gasol, que ha muerto matando. Homérico.
Cuando Calderón ha fallado el primer tiro libre he estado a punto de llamar al 061, pero no era una angina de pecho, era España que me dolía. La sangre ha vuelto a circular cuando ha encestado ese último punto, pero seguí sin respiración hasta que los zagales cogieron el rebote y se lanzaron a un ataque estéril en los ultimísimos segundos. Uf, menos mal. Patroclo Gasol lloraba en su banquillo de muerte y yo hacía esfuerzos por volver a la realidad y decirme a mí mismo:
-Pero, gilipollas, si a tí no te gustan los deportes y el patriotismo constitucional te importa tanto como a Sofía Mazagatos el realismo proletario.
Entonces, ¿por qué ese nudo en el estómago? ¿Por qué era incapaz de comer una simple ensaladita? Uno nunca acaba de conocerse.
ADIÓS A JOAQUÍN ARANDA

En una de las pilas de papel de mi mesa de Heraldo, la de "reportajes futuribles", tengo un recorte de octubre de 1956 con una crónica de la juerga que se corrió Ernest Hemingway en Zaragoza en plenas fiestas del Pilar. En la foto, junto al barbudo yanqui, tres jóvenes trajeados fuman y ríen. Son tres "reporters" de la época que integraban la sección de Cultura del periódico de aquel entonces: José Luis Borau, José H. Polo y Joaquín Aranda. El primero dejó el periodismo por el cine. El segundo dejó Zaragoza por Madrid y ahora sigue comentando las últimas exposiciones de la capital. El tercero, el único al que he llegado a conocer, acaba de morir tras una larga enfermedad.
Estaba jubilado, pero, como Alfonso Zapater, todos los días aparecía por la redacción para escribir su crítica cinematográfica, que levantaba más de una ampolla. Le gustaba hurgar en el ojo de los susceptibles. Venía después del cine, casi nunca le gustaba la película que había ido a ver y siempre decía las mismas cosas a todos los redactores de la planta antes de ponerse a escribir su crítica. A cada cual, su tópico. Cuando llegaba a nuestro lado, a Victoria Martínez siempre le preguntaba qué le había cocinado a su novio, y Victoria solía hablar de alguna receta de bacalao con naranja o de frambuesas con solomillo. "A mí no me gustan esas mezclas. Lo dulce, dulce, y lo salado, salado", decía, para volverse hacia mí y preguntarme: "¿Y a tí, peludo?". La obsesión capilar era mi tópico, y creo que fue una gran satisfacción para él descubrir síntomas de alopecia en mi pelambrera. La satisfacción del calvo resignado, claro.
En fin, aquel hombre que se metía con mi pelo y que ahora ha fallecido ha sido uno de los grandes de la cultura aragonesa. Yo tengo su foto junto a Hemingway. Me imagino que le llevarían al Oasis y al Plata, y quizá a alguno de los lupanares de la época. Fumarían, contarían chistes verdes y probarían la resistencia etílica del autor de Por quién doblan las campanas con vasos de vino recio y garnachero. Pero todo eso habrá que imaginarlo, o preguntárselo a Borau, porque Joaquín Aranda ya no puede evocarlo.
03/09/2006
ESTOS INGLESES ESTÁN LOCOS

Entre otras recomendaciones libreras que salieron a colación, Félix Romeo me descubrió esta semana un librito de Leandro Fernández de Moratín que diligentemente compré al día siguiente: Apuntaciones sueltas de Inglaterra. Es perfecto, pues en unas pocas semanas espero estar bebiendo pintas en algún pub de Notting Hill y viendo malabaristas en Covent Garden, así que esta lectura me sirve de ambientación previa para mi tercer desembarco en la Pérfida Albión.
Es un curioso libro de viajes, compuesto por cuatro cuadernos donde el autor de El sí de las niñas anotó desapasionadamente las costumbres, las artes y el ambiente de una Inglaterra metida ya en la Revolución Industrial. Es curioso porque por aquel entonces, a finales del siglo XVIII, lo habitual era que los viajeros ilustrados descubrieran España y su barbarie, retratándola en preciosos libros. Moratín da una réplica maravillosa y descubre Europa.
Leandro Fernández de Moratín pasó más de seis meses en tierras inglesas, desde finales de 1792 hasta mediados de 1793. Mientras España se cerraba a la influencia de la Revolución francesa, él salió a ver qué se cocía fuera de la Península. Aprendió inglés, aunque confesó en una carta a Godoy que no lo hablaba con fluidez, pero entendía los periódicos y los discursos políticos. Conoció a curiosos personajes, vio al Príncipe de Gales salir a beber cerveza con otros cortesanos, disfrutó de la prensa y de las caricaturas, asistió a sesiones de la Cámara de los Comunes y vio montajes de ese tal Shakespeare, que los ilustrados españoles empezaban a leer traducido.
El tono no es admirado, y algunas cosas incluso le escandalizaron, como el alcoholismo dominante y las "bárbaras diversiones" a las que se entregaba la juventud. ¿Cómo debían ser de bárbaras para que un señorito español acostumbrado a las corridas de toros y a los procesos inquisitoriales se escandalizara? Una de las costumbres británicas que juzga ridículas es la del té. La anotación 11, que bien podría haber sido la historia de un cronopio cortazariano, dice así:
"Lista de los trastos, máquinas e instrumentos que se necesitan en Inglaterra para servir el té a dos convidados en cualquiera cita decente.
1. Una chimenea con lumbre.
2. Una mesa pequeña para poner el jarrón del agua caliente.
3. Una mesa grande, donde está la bandeja con las tazas y demás utensilios.
4. Un jarrón de agua caliente.
5. Un cajoncillo para tener el té.
6. Una cuchara mediana para sacarlo.
7. Una tetera, donde se echa el té y el agua caliente.
8. Un jarrillo con leche.
9. Una taza grande con azúcar.
10. Unas pinzas para cogerla.
11. Unas parrillas.
12. Un plato para la manteca.
13. Otro plato para las rebanadas de pan con manteca, que se ponen a calentar sobre las parrillas.
14. Un cuchillo para partir el pan y extender la manteca.
15. Un tenedor muy largo para retostar las rebanadas antes de poner la manteca.
16. Un cuenco para verter el agua con que se enjuagan las tazas cada vez que se renueva en ellas el té.
17. Dos platillos.
18. Dos tazas.
19. Dos cucharitas.
20. Una gran bandeja en la mesa grande, para todos estos trastos.
21. Otra bandeja más pequeña, donde se ponen las tazas con té, las rebanadas de pan y el azúcar para el servicio de los concurrentes."
Le molesta el humo de carbón mineral que inunda las calles, pero le admira la iniciativa empresarial, inexistente en España. Le gusta Windsor, aunque le parece más bonito Aranjuez. Saint James Park le parece un bodrio de jardín. Los espectáculos teatrales, penosos, peores que los españoles. La costumbre de pedir limosna, fastidiosa. Las caricaturas, muy divertidas. Las reuniones políticas, bárbaras bacanales. Las chimeneas, mucho mejor construidas que las de España. Pero lo que peor lleva el señorito Moratín es el orgullo inglés, que considera patético e indigno de una gran nación: "Esta dulce satisfacción de que nada hay bueno sino en Inglaterra les hace mirar todo lo que no es inglés con una caritativa compasión, que aturde; les hace decir tan clásicos disparates acerca de las otras naciones, y atreverse a preguntas tan necias y extravagantes, que no hay extranjero que pueda contener la risa al oírlas".
Son unos apuntes preantropológicos maravillosos. Trata a los ingleses como objetos investigados antes de que el método científicos se aplicara a las ciencias sociales. Pero, por encima de eso, es muy divertido. Traslado la recomendación de Félix a todo el mundo.
04/09/2006
FIIIIIIIR... ¡MES!

A ver si me aclaro. Según tengo entendido, el servicio militar obligatorio nació durante la Revolución Francesa como una medida progresista: la nación se defiende a sí misma de una amenaza exterior, no es el reino el que recluta siervos para proteger sus privilegios. A la derecha le daba mucho asquito todo lo que oliera a populacherismo revolucionario, así que se cargó casi todo, pero dejó la mili. De ella se encaprichó. A una Europa despojada de ritos de paso indígenas le venía bien dejar clara la frontera entre niños y hombres hechos y derechos. Total, que con ese glorioso invento de barracones, camaradería, piojos y aprendizaje del sublime arte de cargarse al prójimo, no hubo dificultades para montar dos grandes guerras en el siglo XX. ¿Se acuerdan?
Pero pasó la amenaza nuclear, llegaron la televisión en color y los videojuegos y los jóvenes decidieron que se estaba mejor en los futbolines que en la cantina de reclutas. También consideraron que para ir al campo bastaban una tartera y un poco de crema solar, pero que deslomarse en maniobras absurdas no iba con ellos, así que le dijeron al gobierno que a la mili fuera Rita. Oh, paradoja de las paradojas, la misma izquierda que armó los ejércitos de Napoleón y de Trotsky se negaba ahora a engrosar sus filas. Era la derecha pretendidamente liberal (esto es, asqueada de gregarismos y amante de la diferencia, al menos en su discurso) la que defendía la medida revolucionaria.
Aquellos años ya pasaron, y salvo en lugares de ficción, como Grecia -donde el servicio militar obligatorio dura dos años y las deserciones se castigan duramente-, Europa entera dejó en manos de mercenarios más o menos bien pagados la defensa de la nación. El pueblo puede pasar del tema y dedicarse a jugar al mus. No se le exige obediencia. Todos los blasillos pensamos: "stupendo". Por el camino quedaron algunos insumisos de los que tristemente ya nadie se acuerda, pero cuyo arrojo y valentía hizo posible que nos quitáramos de encima esa lacra absurda.
Lo teníamos clarito y ya nos disponíamos a salir a tomar unas cervezas con los amigos, sin temor de recibir una carta certificada llamándonos a filas, cuando Sarkozy en Francia ha despertado al fantasma. En un derroche de imaginación sin precedentes, el líder conservador quiere acabar con la afición juvenil a la quema de vehículos bien estacionados con unos meses de servicio cívico. Devuelvan al Estado lo que el Estado les da, dice, como si el Estado fuera un ente demiúrgico sediento de sacrificios. Verán como después de unos meses cosiendo banderas y entonando la Marsellesa se les pasan las ganas de andar montando follón. Sí, señor Sarkozy: usted sí que sabe como resolver problemas complejos.
Con todo lo que costó meter un poco de luz en el absurdo del "servicio al Estado", ¿resulta que ahora nos lo van a colar de refilón otra vez? "Quiero una Francia en la que los alumnos se levanten cuando entre el profesor", ha sentenciado el prócer. Y yo quiero que en los urinarios públicos haya papel, señor Sarkozy, pero no voy a hacer de mis delirios y de mis pequeñas frustraciones una cruzada.
En fin, que, incluso aunque la iniciativa cuaje y se exporte, a mí ya no me pilla, pero me gustaría que mis hijos crecieran sintiéndose tan solo ciudadanos, no deudos de un Estado que exige fidelidades a punta de pistola. Creía que la normalidad y las relaciones no esquizofrénicas estaban haciendo de este mundo un lugar un poco más habitable, pero ya veo que hay muchos Sarkozys empeñados en hacernos formar en el patio.
Recomiendo a Sarkozy que vea El sentido de la vida, de los Monty Python. Puede saltarse el resto de la peli si hiere su hirsuta sensibilidad, pero le rogaría que no se perdiese la parodia de la vida castrense, con Michael Palin haciendo de sargento que grita a sus reclutas: "¡Nada hay más importante en esta vida que el servicio a la patria! ¡Nada hay más importante que el Ejército! ¿Es que alguien tiene algo mejor que hacer que pasarse toda la tarde desfilando patio arriba y patio abajo?". Uno le contesta: "Esto... yo querría acabarme un libro". Otro: "Pues yo quedaría para ir al cine con mis amigos, si no es molestia". "Yo me iría a dormir".
Pues eso, Monsieur Sarkozy: reúna a sus cabezas pensantes y organice una brain storming para solucionar los problemas juveniles. Pero quédense un rato pensando cosas, lea lo que los expertos han escrito sobre el tema, consulte a la gente implicada... En fin, haga su trabajo, que lo del "servicio cívico" no pasaría la primera criba en ninguna discusión creativa.
05/09/2006
TÓPICOS DE VERANO (5): MODA ESTIVAL

El verano tiene sandalias clásicas y sandalias brasileñas, que dejan una rozadura en el hueco que queda entre el pulgar y el índice (¿existe el índice en los pies, si ahí no indica nada?). Tiene bañadores, biquinis y triquinis. Tiene desnudos en tres tonos: blanco, moreno y rojo achicharrado. Tiene bermudas y tiene camisetas con leyendas como "Joé, qué caló" y "¿Borrasho yo?". Tiene -cada vez menos- camisas hawaianas cuyos dos botones superiores son de adorno, pues nunca se abrochan. Tiene riñoneras y bolsos gigantes que se llenan de arena, y tiene modernísimas gafas de sol tan grandes como pantallas solares que proporcionan luz y aire acondicionado ecológicos a sus portadores. En cuestión de vestimenta, el verano es la monda. Una monda relajada y playera, pero mondante al fin y al cabo. De entre toda su apasionante variedad, yo me quedo con una sola pieza, por su dignidad y su tronío: los pantalones cortos de vestir.
Si los busca en una tienda, pídalos como bermudas "apañadas" o "aparentes". El dependiente también sabrá de qué le habla si le pregunta por "unos cortos para mi marido". Pero, a los efectos de este análisis sociológico, considero más correcto llamarlos pantalones cortos de vestir.
Los hay en muchos tonos, pero predominan los grises y los marrones claro, que son colores discretos que combinan con cualquier cosa. La función de esta prenda no es otra que la de dotar al hombre casado de mediana edad de una apariencia digna y desenfadada a la vez: no es una bermuda, pero tampoco es el largo invernal de ir a la oficina. El pantalón corto de vestir lanza este mensaje subliminal: "Sí, estoy de vacaciones en la playa con mi señora. Estoy relajado, pero no por ello pierdo impúdicamente la compostura. Sigo siendo una persona de orden y rutinas, avisados quedáis".
El pantalón corto de vestir, impolutamente planchado con raya y sujeto por un cinturón de cuero, se lleva con la camisa metida por dentro y se luce al atardecer en el acostumbrado paseo previo a la cena, del brazo de la legítima.
Los pantalones cortos de vestir nunca pasan de moda y apenas sufren variaciones de una temporada a otra. Cuando se encuentran en el paseo marítimo, suelen saludarse entre sí:
-¿Qué, de vacaciones?-, pregunta uno a otro.
-Ya ves. ¿Y tú?-, responde el interpelado.
-Pues un poco justico. Parece que este invierno alguien ha abusado de la fabada y por poco no entro. Tengo las costuras hechas un cisco-.
-Ay, no me hables de costuras, que este verano llevo ya tres remiendos y el otro día oí decir que querían darme a la parroquia-.
-Chico, pues mejor. Así ves mundo, que a mí siempre me toca pasar el invierno en el armario junto a la misma camisa de manga corta, y es aburridísima.
-No sé, no sé... A mí me gusta como estoy.
El pantalón corto de vestir se sabe perteneciente a una casta superior, y con superioridad mira a sus colegas largos de lino y de algodón, se ríe de los vaqueros ceñidos y no puede ni ver a las bermudas-bañador. Sabe que sólo él puede ir sin desentonar a la playa, al chiringuito, al restaurante y al museo el día que toca excursión. Ninguna prenda es tan versátil y cómoda a la vez.
COMPARACIONES ODIOSAS

Yo podría decirlo igual, pero no mejor. Mi querida Ana Usieto publica hoy una columnita en la página de televisión de Heraldo que resume lo que pensaba mientras veía a la selección de baloncesto llegar a Plaza de Castilla. Se titula "Comparaciones odiosas", y dice así:
En medio de la euforia, las cadenas se apuntan al carro del baloncesto haciendo reportajes en los que se asegura que los niños ya no quieren ser Raúl sino Gasol. O se pasan o no llegan. Los informativos de los canales generalistas han venido obviando los pasos de los campeones de Pepu Hernández hacia el merecido oro. Mientras apalizaban a Alemania o a Lituania, los minutos dedicados al deporte en Tele 5, TVE, Cuatro o Antena 3 se consumían analizando hasta el absurdo una pachanga del Real Madrid o unos fichajes sonrojantemente millonarios. Al baloncesto no le han hecho ni caso, algo que no sólo se justifica por no tener los derechos de retransmisión.
Es verdad que el fútbol es el deporte rey, y nadie le discute el trono, pero eso no significa que se tenga que arrinconar otros deportes. Por eso, estos días de gloria en los que la tele ya no es cicatera con el baloncesto, no se puede evitar comparar. Ahora sí, tras la victoria, en la pequeña pantalla hemos visto cómo los Campeones del Mundo atienden de mil amores a los periodistas en lugar de despreciarlos; cómo firman autógrafos en lugar de pasar delante de sus fans a toda prisa y con los auriculares a tope; cómo dejan que los niños se acerquen a ellos en lugar de permitir, impasibles, que un guarda de seguridad funda a patadas a un adolescente en medio del campo; cómo Pepu, lejos de convertir cada rueda de prensa en un show chulesco, se traga heroicamente su drama en beneficio del equipo.
Hemos visto a unas "estrellas humildes", sin tatuajes ni mechas en el pelo ni trajes de chaqueta blancos. Puede que las comparaciones sean odiosas. Tanto como la dictadura mediática del fútbol.
06/09/2006
TÓPICOS DE VERANO (6): EL SOCORRISTA

Lugar de trabajo: una silla de plástico orientada al borde de la piscina. En el caso de la playa, orientada hacia la orilla, con caseta rotulada "puesto de socorro" opcional. Uniforme: bañador, camiseta tipo polo de Lacoste y gafas de sol lo bastante oscuras como para mirar a las bañistas sin ser visto. Chicle opcional. Posición: cuerpo recostado en la silla, piernas estiradas y dedos entrelazados detrás de la nuca. Bostezos a intervalos regulares opcionales. Horario: el convenido, que no siempre coincide con el horario de apertura de la piscina. En esos casos, una placa suele indicar que, cuando no hay socorrista, el baño es "bajo su responsabilidad". En las piscinas más pequeñas, el horario es más flexible y la imaginación gana a la falta de medios. Recuerdo una de un pueblo -y es rigurosamente cierto- donde, parte del mes de julio, a primera hora de la tarde, podía verse un letrero pegado al respaldo de la silla del socorrista que decía textualmente: "Prohibido ahogarse durante la etapa del Tour de Francia".
A priori, un personaje que pasa las tardes a la sombra -sí, algunos vienen con sombrilla incorporada, cuando no con un sauce o un pino- debería estar emparentado con el imaginario del western. La iconografía del socorrista es hija de esos mexicanos sesteantes que miran con un solo ojo desde la puerta del "saloon" a los vaqueros que se retan en duelo. Así debería haber sido si el mundo audiovisual no se hubiera empeñado en hurgar en la imagen del personaje. En nuestra mente, el socorrista es un tipo hecho con retales de "Los vigilantes de la playa" y de "Pepito Piscinas". David Hasselhoff y Fernando Esteso juntos en un cóctel parecido a los que sirven en los bares de las piscinas: aguado, de garrafón y con un regusto indescriptible que permanece en la boca varios días seguidos.
El cine y la televisión han malogrado una barbaridad su imagen. Debido a estos estereotipos, los socorristas, al poco de empezar el verano, renuncian a sus expectativas de "ganarse unas pelas tumbado a la bartola" y se resignan a sufrir el acoso despiadado de los depredadores sexuales que pululan en torno a su silla.
El socorrista irradia erotismo, pero lo irradia muy a su pesar. Quien crea que el socorrista busca vivir una bacanal que dure julio, agosto y parte de septiembre se equivoca. El socorrista es un frívolo obligado por las circunstancias; es una víctima del verano y del "show business" a él asociado.
Como él solo con su silla de plástico no puede luchar contra los elementos, se aboca a complacer los oscuros deseos de las jóvenes y sus biquinis. Parece que disfruta del verano, pero es una figura trágica obligada a llevar una máscara sonriente. En toda la piscina es verano, menos en su corazón.
Los gestores de las piscinas, públicas y privadas, lo saben. ¿Por qué creen que mantienen a los socorristas en sus instalaciones? No se engañen, damas y caballeros: a ellos no les preocupa la seguridad de los bañistas, sino el reclamo erótico del socorrista. Lo explotan de forma ignominiosa, y ellos son demasiado débiles como para protestar.
Padres recelosos: no protejan a sus hijas del socorrista; protejan al socorrista de sus hijas y acaben con esta farsa.
07/09/2006
ARMAND COPPENS

Una de las cosas que más me gustan del erotismo -gestión de fluidos corporales al margen- es su carácter catacumbial. Como los cristianos en las catacumbas, se oculta pero ansía hacerse público. Es esa zona gris en las esferas delimitadas por Jürgen Habermas de lo público y lo privado. Es una presencia ausente, incluso hoy, por más que los obispos hablen de una epidemia de "pansexualismo".
Acabo de leer Memorias de un librero pornógrafo, reeditado este verano por Tusquets en su imprescindible colección "La sonrisa vertical", que lleva 30 años haciendo asequible un género difícil. Siguiendo la buena tradición erótica, Memorias... es un libro extraño. Lo firma y lo narra un tal Armand Coppens, que pretende ser un librero belga flamenco que, según algunos rumores que nadie ha podido probar, vive en Amsterdam. Pese a la supuesta identidad flamenca del autor, el libro está escrito en francés, y, para terminar de complicarlo todo, otra leyenda que puede tener la fuente en el propio autor o autores, la obra es en realidad una traducción del inglés. Puede haber algo de verdad en esto último, pues aunque todo parece indicar que la primera edición clandestina es de 1970, hay una versión británica que data de 1969. Son minucias, desde luego, pero es que no estamos hablando de un libro medieval ni de un pergamino chino, sino de una novelita escrita en Europa hace cuatro días mal contados. ¿Cómo es posible que su autor haya podido permanecer anónimo y exista tanta confusión sobre el origen de la obra? ¿Para qué sirven las facultades de filología? Bravo, Monsieur Coppens, seas quien seas: te has burlado de todos. Menos mal que no has dedicado tu talento al espionaje o al terrorismo, pues íbamos listos.
La obra en sí no tiene mayor misterio, pero es muy interesante para los amantes del género. Es más, debería ser una lectura obligada para todo aquel que quiera iniciarse en los placeres de la literatura erótica, pues rebosa erudición sobre la materia. Si el autor no fue librero, sí fue bibliófilo. Más que una novela, son una serie de cuentos engarzados con ortodoxia y oficio, sin pretensiones estilísticas. Coppens, un libertino amante de orgías y excesos, sirve de argamasa de unión de unas historias que hablan más de moral y filosofía que de sexo. En ese sentido, se parece mucho a Filosofía en el tocador, el libro más honestamente brutal de Sade, solo que aquel marqués escribía mejor.
En las Memorias... se tratan cuestiones tales como: ¿Tiene límites la pornografía? ¿Abre la mente o la ofusca? ¿Las orgías anulan la individualidad del erotismo? ¿Puede un ser eróticamente perverso sentirse fuera de lugar en una orgía? ¿Qué son los voyeurs? Todos estos temas se debaten entre polvo y polvo, y conducen, al igual que en Sade y en todos los opúsculos que se han escrito desde el siglo XVIII, a una defensa filosófica del libertino: epicureísmo al poder.
Maniqueo y torticero, sí, pero muy divertido. Deliciosamente divertido.
08/09/2006
A MADRID NO HI HA COLOMS

Lo que hicimos esuvo mal, pero a lo hecho, pecho. Hace tiempo, una compañera de piso instaló por la patilla a dos amigos suyos de Barcelona. Venían para unos días y acabaron ocupando el sofá varios meses. Al resto nos mosqueaba, claro, pero como preferíamos reir a llorar, lo llevábamos con cierta resignación jocosa. Eran los comienzos de la movida en Chueca, mucho antes de los matrimonios, cuando aquello de verdad llamaba la atención, y los individuos en cuestión eran dos gays que iban a Madrid a buscarse la vida atraídos por los cantos de sirena multicolor que salían del viejo barrio castizo. Así, mientras se encontraban a sí mismos, gorroneaban nuestra nevera y nuestra casa.
Una noche, descubrimos en el ordenador de mi compañero de piso un archivo de Word extraño, que no era de ninguno de los dos. Lo abrimos y ¡tachán! Era el diario íntimo de E. Al parecer, cada noche (o cada mañana, porque sus noches eran largas), antes de meterse en la cama, escribía un parrafito sobre su nueva vida y su nueva ciudad. ¿Quién podía resistirse a leerlo? Reconozco que dudamos un nanosegundo antes de ponernos a ello, pero los escrúpulos morales no tenían buenos cimientos en nuestro espíritu de portera. Además, estábamos hartos de ese tío, y nos merecíamos improvisar algunos chistes sobre su diario. Que le hubiera puesto una contraseña, nos dijimos, y allá que fuimos, como buitres sobre carnaza pestilente. La profanación fue mayor porque las páginas estaban escritas en catalán, y yo iba traduciendo en voz alta, delatando nuestro delito.
Fue una desilusión, porque sus reflexiones tenían la profundidad de un episodio de Al salir de clase y la insipidez de un vaso de agua, pero hubo una frase que me dio que pensar: "A Madrid no hi ha coloms al carrer". No hay palomas en las calles de Madrid. ¿Qué dice este tío? Si esas ratas voladoras están por todas partes: son una maldita plaga. Pero esa frase estaba escrita por un tipo que salía de casa después de las once de la noche y volvía a las ocho de la mañana (vamos, a las horas a las que se busca trabajo y piso, ¿entendéis nuestra desesperación ante la versión gay de Leaving Las Vegas que teníamos en casa?). Sólo conocía la ciudad de noche, cuando las palomas duermen. De ahí había deducido su inexistencia.
¿Cuántas veces emitimos juicios generales basándonos en nuestra limitadísima experiencia? Aplicando esa regla, un residente de una urbanización de lujo puede concluir que en su país no hay pobres, de la misma forma que mi abuela, empapuzada de telebasura, creía que su viejo barrio de Embajadores se había convertido en el Bronx de los años 70, y salía a la calle como quien va a la selva. Es un vicio muy humano y una fuente de obcecación que muchas veces imposibilita el diálogo. Convendría tener en cuenta estos acotamientos del punto de vista ahora que estamos en pleno debate sobre la violencia en Euskadi. Hay árboles que no dejan ver el bosque, y muchas personas tienen secuoyas altísimas frente a sus ojos que tapan hasta las palomas.
Cuando terminó la crisis migratoria de Melilla del año pasado, casi todos los periodistas volvimos a la Península en el mismo avión. El pequeño aeropuerto estaba hasta arriba de tipos cargados con cámaras y ordenadores portátiles que, obviamente, no eran turistas. Recuerdo cómo una señora se bajó del coche en el párking y nos gritó: "¡Iros, iros, cabrones! ¡Iros y contad en vuestros medios lo que os dé la gana de Melilla! ¡Mentid, mentid!". Yo ya había contado mi visión de la ciudad en aquella terrible semana, una ciudad que pateé hasta la extenuación a cualquier hora del día. Soy consciente de que su patronato de Turismo no me dará una medalla por la imagen que proyecté de ella, pero es lo que ví. También E. creía que en Madrid no había palomas. Yo me fui de allí pensando que en Melilla la humanidad se contaba en pequeñas dosis, y como yo, casi todos los que íbamos a embarcar en el avión. Esa señora, sin embargo, creía que no nos había dado la gana ver las palomas, que estábamos allí para justificar un determinado discurso y para amenazar su forma de vida. ¿Quién tiene razón?
Qué difícil es el sencillo acto de la contemplación.
ESTO NO INTERESA

"Divorcio", "Paz Vega" y "Mahoma". Esos son los tres términos que más teclean los aragoneses en Google, según un reportaje que saldrá publicado en el Magazine de El Mundo este domingo (está feo eso de adelantar contenidos, pero como tengo acceso a ellos antes de que se publiquen, que se aguanten, tampoco es un secreto). Yo hubiera jurado que lo más buscado sería "Sergio del Molino desnudo" o "Desproporcionadamente sideral verga de Sergio del Molino", pero la realidad ha vuelto a abofetearme. Me meteré en la cama con una petaca de bourbon para llorar amargamente, pero antes dejaré constancia de que entre los términos más gugleados en Aragón no está ninguno de los siguientes: "trasvase", "Real Zaragoza", "catalanes hijos de puta", "bienes de la Franja", "Belloch", "Expo", "navarros hijos de puta", "melocotón de Calanda", "vinos del Somontano", "Amantes de Teruel", "Virgen del Pilar francesa", "Biel", "Canfranc", "Seminario", "otra vez Belloch", "Huesca, qué hermosa eres", "infanticos-pederastia", "Dolores", "comarcalización", "Joaquín Costa", "argentinos-Aguaviva", "riojanos hijos de puta" ni "cuenta ahorro Ibercaja". Constatada esta evidencia, urge que los medios de esta tierra reorienten sus contenidos de acuerdo con las tres preferencias básicas de los aragoneses:
-"Divorcio": creen un consultorio jurídico y psicológico sobre la materia. Unos medios pueden fomentar su práctica, y otros, desaconsejarla, para que haya pluralismo.
-"Paz Vega": retomemos la denostada costumbre de los pósters. Hay poros de la piel de esta mujer que todavía no han sido fotografiados (en serio).
-"Mahoma": El árabe en mil palabras. Este domingo, con su Heraldo, una alfombrilla ritual. La semana que viene, la primera pieza de la mezquita de Córdoba a escala 1:100.000. En la tele autonómica, rezos en directo y sorteo de viajes a La Meca. Eugenio Monesma ya está preparando una serie documental sobre los moriscos.
El resto de temas quedan prohibidos bajo pena de que el AVE te deje tirado en la estación de Calatayud.
09/09/2006
¿QUIÉN VIGILA A LOS VIGILANTES?

Por más fan que fuera Cortázar y por más pasión que le eche Antón Castro a sus evocaciones, mi cerrazón mental me impide ver la belleza del boxeo. Y, sin embargo, me emociono hasta las lágrimas con Toro salvaje, con Más dura será la caída, con el dickensiano John Garfield de Cuerpo y alma (dios, qué gran peli y qué gran tipo) y, en menor medida, con el clasicismo ralentizado de Clint Eastwood en Million Dollar Baby. Tampoco me siento a gusto entre tíos que resuelven sus problemas a hostia limpia, y todo lo que huele a mafia me da náuseas y escalofríos. Y, sin embargo, se me eriza el vello cada vez que veo a Michael Corleone coger la pistola escondida en la cisterna del baño de ese restaurante del Bronx, y no pocas veces he sentido una preocupante e intensa empatía por ese gordo cabrón que gobierna Newark a punta de pistola llamado Tony Soprano. En la vida real, se me revuelven las tripas sólo de pensar en una velada de boxeo. ¿Por qué, entonces, me emociono con obras que loan su belleza?
Por suerte, no soy siempre así de contradictorio. No me caen simpáticos los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado (no es nada personal, sino una natural y saludable aversión al uniforme y a todas esas cosas), y tampoco soporto las pelis, series o novelas donde los héroes son ellos. No diré que me desagradan por igual las ficciones y las realidades, pero casi.
Dice El Lute que la Guardia Civil de ahora no tiene nada que ver con aquella que clavaba astillas en las uñas de gitanos analfabetos. Pudiera ser. Quizá debamos agradecerles que no nos tengan a ralla y que nos saluden con un buenos días sonriente en lugar de causarnos lesiones en el recto, pero yo les sigo prefiriendo lejos de mí.
Y sé que lo tengo muy chungo, porque la España democrática ha traído una proliferación de uniformes nunca vista por estos lares. Un amigo mío cree que la mayor estupidez del nacionalismo son las policías autonómicas: "¿Qué pasa, que un palo de un antidisturbio duele menos si es de la Ertzaintza? ¿Los Mossos d'Esquadra ponen multas más benévolas?". Así lo deben sentir, pero yo siempre he pensado que duele más un golpe de un amigo que uno de un enemigo. Ellos sabrán.
En España me he acostumbrado a todo tipo de uniformes (ahora se rumorea que al PAR le haría ilusión tener una poli autonómica aragonesa. Miedo me da), pero en el extranjero siempre te sorprenden. Recuerdo pasar por Downing Street a la una de la mañana y ser saludado amablemente por el bobby que velaba el sueño del prime minister. "Good evening, sir", dijo con una sonrisa. De haber sido la Moncloa y un guardia civil, ¿habría resultado igual? En Buenos Aires, después de las movidas del corralito, recuerdo una ciudad casi policial, con tipos de chaleco antibalas junto a cada sucursal bancaria y cada centro oficial. En Francia, un gendarme en prácticas nos paró en un control y fingió entender la documentación en castellano, por no quedar mal delante de sus compañeros, que se estaban riendo de él. En Nueva York creíamos que nos iba a caer la del pulpo en la aduana, pero no pasó nada de nada. En México los uniformes eran militares, y temíamos caer en la mordida cada vez que un retén cortaba la carretera en Chiapas. Cruzando a Marruecos desde Melilla vi como un gendarme pateaba a un chaval que iba en bici, mientras la guardia civil contemplaba la escena en su garita. Allá donde voy, y en mi propio barrio también, los uniformes y las pistolas me producen una aversión casi orgánica.
Creía que lo había visto todo en materia policial, hasta que una noche, después de cenar la mejor pizza de mi vida en Nápoles, vimos un coche patrulla aparcado frente a una delegación de hacienda. Era un coche policial normal, con su sirena, sus agentes uniformados y sus escuditos. Lo raro era el cuerpo al que pertenecía: Policía Financiera. ¡Y estaban custodiando la delegación de Hacienda! Me pareció casi encantador. Pensé que podría haber también una policía escolar, una policía melómana en la puerta de los auditorios, una policía cuccinaria que vigilara que la pasta se sirviera al dente y una policía divertida que se encargara de detener a los tíos muermos que cortan el rollo en las fiestas. He investigado un poco (cinco minutos de gugleo, vaya) y creo que sólo Italia y Argentina tienen policías financieras. ¿Los detenidos se pasan la noche cuadrando balances en el calabozo?
Bien pensado, quizá no nos vendría mal copiar la idea y poner el cuartel general en Marbella.
¿PODER PUTERO?

Gracias al blog de Borja Hermoso en El Mundo me entero de la existencia del blog De putas en Madrid, que pretende dar la réplica a Voy de Putas, incardinado este último en Barcelona. Tanto en uno como en otro, sus autores cuentan sus hazañas lupanarescas, como ya hizo Moratín padre en el siglo XVIII con su Arte de las putas, que viene a ser una guía literaria de burdeles y prostíbulos de la villa y corte. El bloguer de De putas en Madrid no es Moratín, pero dista mucho del analfabetismo funcional. Que no, que quien piense que es un lerdo consumido por sus bajos instintos, que se olvide: el tipo escribe con algo más que corrección. Desde luego, ha pasado por la universidad y ha leído más de 50 libros en su vida.Además, cuenta las cosas con gracia, hay que reconocérselo.
¿Estamos ante el inicio de un nuevo poder putero? ¿Son esos blogs la vanguardia que les incitará a salir de su armario? Ambas páginas cumplen la función de una revista de tendencias, sólo que en el campo del putiferio: recomiendan locales, cuentan experiencias a modo de reportaje, hay entrevistas a las putas superestrellas y una guía recomendada. Menudean comentarios como "óptima relación calidad-precio" para referirse a un antro, y el tono es el de un periodista gourmet. Sustituye los restaurantes y los chefs por los prostíbulos y sus chicas, pero el modelo es el mismo.
Me abstendré de juzgar este asunto, pero curioso es un rato. Por cierto, el amigo de De putas en Madrid asegura haber recibido 10.000 visitas en menos de un mes. Ni Sardá en Crónicas Marcianas, vaya.
Hablando de todo un poco, ahora que se acerca el aniversario de los Sitios de Zaragoza, no os confundáis al buscar en internet, porque la página web www.sitiosdezaragoza.com no va de lo que parece ir.
10/09/2006
AHORA EN SERIE

Aunque el calor lo desmienta, el verano queda atrás y empieza ahora el verdadero año. Los proyectos se ponen en marcha y la televisión se llena de novedades. Como hay mucha tele que cortar, aquí van unos cuantos apuntes teléfilos para la "season" 2006-2007:
- A dos metros bajo tierra. Ya tengo en mis manitas la tercera temporada (de cinco, me aterra acercarme al desenlace) de una de mis series favoritas. El canal de pago Fox ya la ha emitido, se espera que los programadores de TVE tengan a bien hacer lo propio en breve (con el maltrato habitual), y mientras, Fox está exhibiendo ya la cuarta. De momento, yo me quedo con el pack de DVD de la tercera. La familia Fisher, bien, gracias. Tras un arranque in media res, con una elipsis de casi un año con respecto a la temporada anterior, los personajes que Allan Ball puso a orbitar en torno a una funeraria de Los Ángeles siguen evolucionando y enfrentándose al duro oficio de vivir. Nate ha sobrevivido a la cirugía craneal y se ha casado con Lisa, madre de su accidental hija Maya. Ambos se detestan y están amargados. Menos mal que reaparece Brenda (con Rachel Griffiths bordando el papel, cómo me gusta esta actriz). Las tramas secundarias mantienen una tensión extraordinaria. La comparación es muy manida, pero a esta serie le pasa lo mismo que a algunos vinos: una vez abiertos, evolucionan en la botella, se adaptan a la temperatura del lugar y desarrollan nuevos aromas y matices. Estoy enganchadísimo. Por cierto, el hijo de Gabriel García Márquez, Rodrigo, que está muy implicado en el rodaje de Los Soprano, dirige un par de capítulos de A dos metros... de esta temporada, que cuenta con la presencia de lujo de Kathy Bates (enorme, y no sólo físicamente), que interpreta un pequeño papel y dirige un capítulo entero. El reparto también engorda con la incorporación de James Cromwell (el malvado comisario Dudley de L.A. Confidential). Casi nada.
- Los Soprano. Canal Plus empieza a emitir la sexta y última temporada. En La Sexta -valga la rebuznancia- están todavía con la primera o la segunda. No recomiendo ver ninguna de las dos en esos canales. Los dobladores, esos terroristas cinematográficos, se ensañan especialmente con esta serie, donde los personajes hablan un slang mafioso trenzado de palabrotas en italiano. La he visto un par de veces doblada, y me han sangrado los oídos al escuchar a Tony hablar como un chulo de Chamberí que se está quitando trozos de patatas bravas de los dientes con un palillo. Si podéis evitaros ese sufrimiento, por favor, id a la versión original de cabeza. Probablemente para finales de diciembre o principios de enero estará ya a la venta la última temporada en DVD, que, por lo que he leído en los mentideros cibernéticos, promete un desenlace de infarto. A ver si es verdad. Han puesto el listón muy alto, y el final debe estar a la altura.
- Perdidos. Comienza la tercera temporada en Estados Unidos, con gran despliegue de marketing internetero. Sospecho que no pasarán más de dos meses antes de que Fox anuncie su emisión en España. Cosas buenas: ya no está Ana Lucía (qué petarda). Cosas malas: ver el post dedicado a esta serie anteriormente.
- Nuevas series. Mi interés es mucho menor por los estrenos de este año. The Office, triunfadora de los Emmy, me carga demasiado. No puedo seguir su estética de Dogma ni sus actores feos. De Prison Break sólo he visto los trailer, pero no me llama en absoluto la atención. Fiscal Chase parece ser una buena serie de juicios, pero mi pasión por Juzgado de guardia (que Cuatro repone a horas indecentes) me impide tomarme en serio a los abnegados e incorruptos abogados. Prosiguen temporadas de series mucho menores para mi gusto, como Las Vegas, y estamos a la espera de que arranquen las terceras temporadas de House y de Anatomía de Grey. En el caso de esta última, hay que recordar que dejamos a Meredith con la mano metida en un obús a punto de explotar. En resumen, ningún estreno supera todavía a las series en marcha. Habrá que esperar septiembres mejores.
- En España. Sólo dos palabras: Camera Café. La segunda temporada empieza esta noche. No había seguido la primera, pero me he enganchado con las reposiciones de Paramount Comedy. Dirigida por un miembro de La Cuadrilla (Atilano presidente, etc.), Camera Café rescata con mucho tino el mejor humor blanco español, con un aire muy ibañecesco: huele a Mortadelo, El botones Sacarino y Rompetechos. Los actores están muy bien (incluso el insoportable Arturo Vals), los chistes son ingeniosos y el formato de tira cómica, muy logrado. En fin, ¿pa qué más? Esta temporada, sin embargo, creo que se van a equivocar, pues han sucumbido al insufrible vicio de los cameos, y a mí ya me ha dejado de hacer gracia ver a Sabina y a Santiago Carrillo colarse un minuto en la escena. Por lo menos, en Estados Unidos, los cameos son de otros actores y están mucho menos forzados. Supongo que será el precio del éxito, pero la gracia de la serie peligra muy seriamente. Fuera de Camera Café, y teniendo en cuenta que ya no va a haber nuevos episodios de Aquí no hay quien viva, el viento aúlla en el páramo catódico patrio.
- En Francia. El suplemento de televisión de Le Monde (de lo mejorcito en la materia que se publica en Europa) abre hoy con un lacrimoso reportaje titulado "Made in USA", donde se lamentan por cómo las series americanas han colonizado la parrilla gala. Ay, qué lágrimas de cocodrilo: ni la grandeur puede contener la marea. Menos lamentar y más ponerse las pilas. Al margen de neoimperialismos y nuevos órdenes mundiales (que haberlos, haylos, para qué nos vamos a engañar), nadie puede negar que la ficción televisiva norteamericana reparte sopas con honda a la del resto de países. Y no sólo se debe, como demagógicamente plantea Le Monde, a una cuestión de medios y de millones -que también-, sino a formas de trabajar y a talentos que saben darlo todo, y a gente que hace televisión sin complejos, no porque no pueda hacer cine. Y, sobre todo, porque abundan los "storytellers", mientras Europa está más preocupada por el "cómo" que por el "qué". Parece que la bajamar no se ha llevado todavía la basurilla que la nouvelle vague dejó en la playa, mientras que al otro lado del charco se arremangan la camisa y trabajan en serio y en serie, sin preocuparse por la excepción cultural ni por si la subvención vendrá del Ministerio de Industria o del de Cultura. Ay, si el tiempo dedicado a la SGAE se dedicara a trabajar...
12/09/2006
EL DICCIONARIO DEL DIABLO

Para casi todos nosotros, Ambrose Bierce tiene la cara y el cuerpo que tenía Gregory Peck en 1989, cuando protagonizó Gringo Viejo, resultado de la fabulación de Carlos Fuentes (que tiene nueva novela, por cierto) sobre uno de los mitos más bellos de la literatura norteamericana: la desaparición de Ambrose Bierce.
Es una historia conocida. En el otoño de 1913, Bierce tenía 71 años y era un famoso periodista del grupo Hearst. Vivía en Washington, era veterano de la Guerra de Secesión y un excéntrico consentido por la clase dominante. Pero también era un hombre al que le pesaba la ancianidad. Había sido un titán, un guerrero, una pluma que desparramaba cinismo y un derroche de talento. Contemplar su propia decadencia le resultaba insoportable. Así que, un buen día de octubre, abandonó Washington en dirección al suroeste. Visitó los campos de batalla donde había combatido y escrito cuarenta años atrás, cruzó la frontera de Río Grande y se perdió en la Revolución mexicana que tanto le fascinaba. "Quiero morir como un gringo en México", dejó dicho. La verdad es que le sirvió la historia en bandeja a Carlos Fuentes, incluido el título.
Su leyenda es enorme, pero no lo bastante como para ensombrecer su obra, que cada vez se lee y se disfruta más. En España se ha editado bien, aunque creo que se ha leído poco, muy por debajo de Edgar Allan Poe, que es su referente más afín.
Valdemar, que está haciendo una labor editorial maravillosa, tuvo el valor de publicar una de sus obras más extrañas, El diccionario del diablo, que tiene una historia curiosa. Su origen se encuentra en una columna que publicaba en el San Francisco News Letter primero, y en el semanario Wasp después, y que consistía en una serie de definiciones -que pronto se llamaron ya El diccionario del diablo- jocosas, divertidas y macabras que gustaban mucho a los lectores. En 1906 se recogieron por primera vez en libro, y fue entonces cuando Bierce desveló la intención de las definiciones: "Iluminar a las almas que prefieren el vino seco al dulce, la razón al sentimiento, el ingenio al humor y un inglés pulido al habla dialectal". Copio algunas al azar. La traducción es de Aitor Ibarrola y pertenecen a la edición de Cátedra:
Ausente: especialmente expuesto a las críticas ajenas; convertido en villano; inevitablemente equivocado; suplantado por otra en la consideración y el afecto de una persona.
Debate: método para demostrar a otros lo equivocados que están.
Desobedecer: celebrar con una ceremonia adecuada la llegada a la madurez de una orden.
Excentricidad: una manera de hacerse notar tan indigna que los bobos la utilizan para acentuar su incompetencia.
Fantasma: la señal visible y externa de un miedo interior.
Futuro: ese período de tiempo en el que nuestros negocios prosperan, nuestros amigos nos son fieles y nuestra felicidad está asegurada.
Historiador: un cotilla de vía ancha.
Homeópata: el humorista de la profesión médica.
Longevidad: prolongación poco habitual del miedo a la muerte.
Natillas: sustancia asquerosa que se produce por la conspiración malintencionada de una gallina, una vaca y un cocinero.
Orar: pedir que las leyes del universo queden anuladas para beneficiar a un único peticionario que se declara indigno.
Publicar: en asuntos literarios, convertirse en el elemento fundamental en una piña de críticos.
Ultimátum: en diplomacia, una última petición antes de volver a hacer todo tipo de concesiones.
Vecino: alguien al que se nos dice que hemos de amar como a nosotros mismos y que hace todo lo que está en su mano para que seamos desobedientes.
13/09/2006
TÓPICOS DE VERANO (7): EL VERANEANTE

*** Éste es el último tópico de los publicados en Heraldo, y el último dibujo de Álvaro Ortiz (para la serie, claro). Hoy me ha llegado una invitación para la exposición "Nonsense", con dibujos de Álvaro, que el viernes 15 de septiembre se inaugura en el Centro de Historia de Zaragoza, en un nuevo espacio llamado "Tránsitos", dedicado al arte urbano y joven. Álvaro Ortiz es autor del cómic Julia y el verano muerto y fue seleccionado por el Instituto Cervantes para la muestra "El cómic en la democracia española", que se ha expuesto en Bruselas, Nueva York y Sao Paulo. Además, ha tenido la gentileza de ilustrar estos humildísimos tópicos veraniegos. Espero que sea el comienzo de una larga colaboración entre nosotros. Suerte en la exposición, Álvaro, seguro que es todo un éxito.
Ah, esto sí que es vida -dice el veraneante apenas ha aparcado el Audi en el centro de la plaza, se ha desabrochado los dos botones superiores de la camisa y se ha instalado en la terraza del bar del pueblo con una jarrita de cerveza helada y un plato de cacahuetes sin pelar-. Yo no sé de qué os quejáis, si vivís como queréis. Sin estrés, sin prisas, sin atascos... Yo, si no tuviera un trabajo y una familia que alimentar, me venía a vivir aquí.
-Sí, seguro, por eso te fuiste con lo puesto hace treinta años -responde algún rencoroso agazapado entre los matorrales.
Los veraneantes son esos hijos pródigos que una vez al año se empeñan en convencer a los habitantes del pueblo de que viven en el paraíso. Pero claro, ellos no saben lo mucho que hay que bregar con la Diputación para que asfalten la plaza o para que reparen las porterías del campo de fútbol; ni se han quedado una semana aislados por la nieve tirando de latas de conserva; ni tienen que hacer malabares para encontrar un sitio con cobertura de teléfono móvil; ni tienen que buscarse la vida para llevar a sus hijos a una escuela situada a 30 kilómetros y tampoco tienen que darle golpes al televisor para poder ver la autonómica. No, los veraneantes sólo se preocupan de que la cerveza esté fría y de que los cacahuetes no tengan mucha sal.
Los veraneantes llevan siempre tres maletas: una con la ropa, otra con lirismos y evocaciones pastoriles ante amaneceres y puestas de sol, y una última con reproches y consejos sobre la ineptitud local y la forma en que desperdician sus vastas posibilidades de desarrollo económico.
El veraneante emplea estas armas con profusión, pero con tiento, pues sabe que los locales, en momentos críticos, pueden lanzar una contraofensiva letal: la del pilón. Para evitarla, el veraneante utiliza una estrategia guerrillera, con pequeñas incursiones punzantes seguidas de rápidos repliegues. Por ejemplo:
Incursión: "En el pueblo de al lado, donde son bastante más despabilados que vosotros, están construyendo un "spa" de turismo rural. Vosotros podriais arreglar la casa del Remigio y montar un hotelito, pero no sé si la gente de aquí sabría sacar adelante una cosa así, que requiere imaginación y esfuerzo...".
Repliegue: "Claro que, ¿para qué queréis meteros en un berenjenal tan grande? Con lo bien que os va a vosotros con el melocotón, no merece la pena que llenéis el pueblo de turistas que lo rompen todo y abarrotan las calles de coches. Además (y aquí viene la última ráfaga antes de desaparecer en el monte), eso del turismo es para pueblos bonitos que tienen algún encanto que vender".
La cortesía y la hospitalidad aragonesas obligan a no responder a esas provocaciones. "En este pueblo no se negocia ni con terroristas ni con veraneantes", es la máxima. A lo sumo, merecen una sonrisa de condescendencia acompañada por un: "Ay, ababol, ¿y tú qué sabrás?". Los locales saben manejar la tensión dialéctica y, cuando es necesario, la diluyen en vinos de garnachas potentes de la tierra, servidos en jarros helados y que tiñen la dentadura y la lengua de violeta oscuro. Con eso y con un banquete con productos del lugar, hasta las guerras más ásperas encuentran armisticio.
14/09/2006
NO ME GUSTA

No me gusta que mis conciudadanos vean la inmigración como un problema. En todo caso, el problema es para el que emigra, que tiene que asumir las consecuencias de la decisión más importante de su vida.
No me gusta que el Gobierno utilice a las policías de los países de salida como matones para evitar la sangría.
No me gustan los visados ni que nadie haga caso a la gente que en Rivas-Vaciamadrid pidió una ciudadanía global y reclamó el derecho de todo ciudadano a establecerse donde le plazca.
No me gusta que, por ser blanco y tener las estrellitas europeas en el pasaporte, el policía de fronteras me lo selle sin apenas mirarlo, mientras que el joven negro que va detrás de mí tiene que presentar hasta el certificado de bautismo para no ser abofeteado.
No me gusta Frontex, ni las vallas de Ceuta y Melilla, ni el muro de Tijuana.
No me gusta que las mercancías viajen en contenedores refrigerados y en barcos de última generación mientras los seres humanos se hacinan en cayucos tripulados por mafias.
No me gusta que los liberales sólo lo sean con el comercio, no con las personas.
No me gustan los progres que creen que una cosa es libertad y otra, libertinaje.
No me gustan los guetos, ni los nazis flamencos de Bélgica, ni los paranoicos que temen perder una identidad absurda.
Un lugar. En Battery Park, al sur de Manhattan, se toma el ferry para ir a la isla de Ellis. Los pasajeros de primera clase accedían a Nueva York en botes. Los de tercera, se hacinaban en la isla antes de entrar en Estados Unidos. Hoy, el lugar es un centro de investigación sobre las migraciones. Norteamericanos de todos los estados teclean sus apellidos en sus ordenadores, donde una base de datos les dice el barco y la fecha en la que sus abuelos o sus bisabuelos vieron la estatua de la Libertad. Venían de Italia, de Irlanda, de Polonia, de Escandinavia, de los guetos de Viena y Praga, del Líbano, de Rusia. Así se construyó la América que quiere Paul Auster, la que ansía destruir Bush. Me emocioné en la isla de Ellis.
Una familia. En 1939, casi toda mi familia materna, a excepción de mi abuela, tuvo que salir de una España que les consideraba parte de la Antiespaña. Lo hicieron escalonadamente. Algunos, a través de Francia; otros, directamente hacia el destino. Encontraron un nuevo país en Venezuela, y allí siguen, aunque yo todavía no he ido a verles (y eso que me muero de ganas por recorrer Caracas, y allí dicen estar deseando que vayamos). Ellos sí que han vuelto a España varias veces. Una prima mía, a instalarse como inmigrante, pero no soportó la morriña de las arepas, el sancocho y el sol caribeño, y acabó volviendo. Porque, digan lo que digan su doble nacionalidad y sus dos pasaportes, España es un país extraño y hostil, donde existe una cosa horrible llamada invierno. Vivimos en un lugar donde los jóvenes se quedan con sus padres hasta los 40 tacos. ¿Con qué cara voy a poner yo reparos a quienes tienen la valentía de empezar de cero más allá de donde se pone el sol, mucho más lejos de donde vive su familia?
15/09/2006
DESCANSE EN PAZ

Qué feo está hablar mal de los muertos, sobre todo si están todavía sin enterrar, pero qué descansadicos nos vamos a quedar sin la matraca de Oriana Fallaci. Los musulmanes, los homosexuales, los médicos abortistas y las personas a las que no nos gusta que nos escupan cuando nos hablan vamos a tener un respiro.
Perdónenme, amantes de lo épico, de lo aguerrido y del esputo verbal, pero a este mundo dolorido le sobran Fallacis. Su herencia ha sido nefasta para quienes creemos en el "vive y deja vivir". Ha dado voz a todos los energúmenos que en Occidente habitan. Resucitó viejas ideas spenglerianas y orteguianas sobre la decadencia de Occidente, hizo un engrudo intelectual con ellas, lo aliñó con un poco de racismo barriobajero y lo escupió en nuestra cara. Sin duda, un legado maravilloso. Esperanza Aguirre ha saltado como un resorte para reivindicar a la finada. Pues nada, que le aproveche.
Porque si, como Fallaci creía, Occidente se va a la mierda, prefiero que el desmoronamiento no venga acompañado de berridos facciosos, que bastante tenemos con lo que tenemos. No me preocupa si Europa está o no enferma. A mí no me duele Occidente ni me molestan las mezquitas. Al menos, no más que las catedrales. A mí sólo me molesta la estulticia, la ignorancia y el ruido estéril y vocinglero.
Descanse en paz, intrépida reportera.
18/09/2006
LOST IN THE COUNTRY

Sin internet, casi sin cobertura de móvil, sin bares, sin un mal sitio donde derrochar los euros de la cartera. Sólo tiempo y silencio, un silencio interrumpido de cuando en cuando por el paso del tren. Una leve desconexión del mundo para recargar las baterías, que se habían recalentado y amenazaban con provocar un cortocircuito. Así ha sido mi fin de semana.
Cuando mi señor abuelo se jubiló de El Corte Inglés -o quizá un poco antes- decidió invertir sus magros ahorros en una casa en ruinas en el pueblo que le vio nacer en 1914, Bubierca, una aldea a cinco kilómetros de Alhama de Aragón. La arregló, la mimó, la llenó de trastos y libros y, tras su muerte, ha quedado como refugio kármico utilizado una o dos veces al año (en mi caso, puede que esa frecuencia sea muy exagerada). Es como un búnker donde puedes refugiarte cada vez que las sirenas anuncian un nuevo simulacro de derrumbe. No hay nada que hacer allí salvo esperar y mirar las montañas.
El caserío del pueblo se apiña en torno a una colina áspera y pizarrosa, pero no llega a cubrirla del todo. Hay muchas casas en ruinas, casas de labriegos ricos. La colina estaba coronada por una ermita barroca también en ruinas. Eran unas ruinas tristes, desasosegantes, pero familiares. Este fin de semana he comprobado que las están reconstruyendo. Han levantado de nuevo la torrecilla mudéjar y los muros esperan ser recubiertos con ladrillo de ese estilo. No me ha gustado nada. Odio esa manía de reconstruir el pasado. La ermita estaba ahí como testimonio de otros siglos, no sólo del que fue construida. La ermita sirvió de parapeto durante la Guerra de la Independencia, y probablemente su estado ruinoso se debiera a algún cañonazo francés. La historia ha hecho eso con la ermita, ¿por qué no dejarla en paz? ¿Por qué recuperar un mudéjar falso, que los propios habitantes del lugar se empeñaron en destruir? Hubiera preferido que consolidasen las ruinas, y punto, pero servidor no vive allí.
Como hay ciertos vicios urbanitas que no nos podemos sacudir, nos llevamos una provisión de DVD para sentir que una parte de nosotros seguía conectada al mundo. Uno de ellos fue Lost in translation. Lo eligió Cristina, y a mí me pareció divertido ver una fábula sobre la soledad de las megalópolis en un rincón olvidado donde la soledad tiene otro significado. Y el contraste funcionó como funciona un áspero y curado queso con una dulce mermelada. Creo que era la tercera o la cuarta vez que veía la peli de la hijísima Coppola -que, por cierto, en las entrevistas y en el making off aparece cursi y ñoña hasta extremos abofeteables-, y me sigue emocionando.
Bill Murray borda ese ser acomodaticio, resignado y quemado por dentro por el hartazgo. "Yoy are in the middle-age crisis. Have you bought a Porsche?", le dice Scarlett. "No, not yet. But I was thinking about it", le responde. Ni siquiera tiene fuerzas para transitar los tópicos de la crisis de edad que atraviesa y darles una respuesta adecuada a su fortuna.
Un pueblo perdido también te deja en estado letárgico. Los sentidos se van apagando poco a poco, como le sucedía a la computadora HAL 9000 en 2001, una odisea en el espacio. Hasta que te duermes, pero no con un sueño plácido, sino con un sopor consciente, extenuante y agotador. Cuando te quieres dar cuenta, echas de menos los neones, los bares, las risas y los chistes malos de tus amigos. Y corres a buscarlos, porque necesitas saber que siguen ahí, que mientras tú te refugiabas en el búnker, ellos no han sido barridos por un hongo nuclear. Reencontrarlos es todo un alivio. Reencontrarlos es reencontrarte.
Qué aburrido es el campo, amigos.
19/09/2006
MUJERES (AFGANAS) AL VOLANTE

"Mujer al volante, peligro constante", que decía el tópico machista. Si todavía hoy en España muchas mujeres tienen que escuchar esta y otras lindezas cuando despiertan la impaciencia de algún energúmeno conductor, ¿qué no escucharán en las calles de Kabul?
Anoche tuve la oportunidad de ver un reportaje televisivo excelente, de esos que te reconcilian con tu profesión y te hacen sentir que, después de todo, no está tan mal. O, al menos, que hay gente que no lo hace tan mal. Lo producía la BBC (¿qué será del periodismo audiovisual el día que la BBC deje de ser la BBC? No quiero ni pensarlo) y lo firmaba Sean Langan. Su título, Afghan Ladies Driving School, traducido al español de forma horrísona como Mujeres al volante en Afganistán. Espero que los programadores de la tele generalista lo emitan pronto (si es que no lo han hecho ya y se me ha pasado), porque es una joyita. Dicen que se puede descargar del e-mule, pero yo no os he dicho nada, que la SGAE está por todas partes.
En un país del que apenas nos llegan noticias de muertos, refriegas, bombas y tipos barbudos y feos agitando armas ante una cámara, Sean Langan se preocupa por acercarnos su realidad cotidiana. Y uno de los aspectos es que, bajo el nuevo régimen, y a pesar de todos los pesares, las mujeres están levantando cabeza y algunas se atreven (oh, sacrilegio) a conducir por las caóticas y bacheadas avenidas de Kabul. Eso es posible porque un simpático y vivaz kabuleño llamado Mamozai ha abierto la primera autoescuela mixta del país. Uno de los profesores es, además, un ex talibán que está encantado con su nuevo trabajo.
Langan sigue durante cinco meses (benditos presupuestos de la BBC: en nuestro caso el asunto se liquidaría en un par de días y en una página escasa de periódico) la vida de Mamozai y de varias de sus alumnas, y de forma sutil y calma va entreabriendo las cortinas de un país sufriente y dolorido, poblado por gentes ingenuas y simpáticas (léase normales) que tratan de encajar como mejor saben la nueva situación de igualdad legal de los sexos. Mamozai es un hombre querido y respetado en su barrio, que ayuda a todo el mundo, y quiere aprovechar esa popularidad para presentarse a las elecciones legislativas por Kabul. Langan sigue sus "mítines", su campaña y sus discursos, y el espectador llega a empatizar con ese personaje.
En un momento determinado, charlando con los empleados de la autoescuela (entre los que se encuentra una mujer que fue maestra de una escuela de niñas clandestina durante el régimen talibán), Langan saca el tema de las relaciones matrimoniales, y el ex talibán asegura que jamás de los jamases se le ha ocurrido ponerle la mano encima o faltar al respeto a su mujer, a la que ama. Langan confiesa entonces que su mujer está pensando en divorciarse de él, y requiere consejo a sus interlocutores. La ex profesora clandestina le responde: "Es normal que quiera divorciarse de tí. Te pasas la vida en Afganistán mientras ella está en Londres. Yo también me divorciaría de tí".
Mujeres que no quieren casarse y que luchan por seguir sus estudios, mujeres que quieren sacarse el carnet de conducir para ayudar a su familia y mujeres temerosas de asumir nuevos roles fuera de los muros del hogar. Langan se gana la confianza de todas ellas (con cinco meses sobre el terreno, así cualquiera) y es rápidamente aceptado por los hombres, que se rigen por códigos ancestrales de hospitalidad y camaradería. Así aparece un Afganistán insólito, a pie de calle. No niega la violencia ni la miseria que denuncian los titulares de los corresponsales, pero va mucho más allá, cumpliendo sin arrogancias ni apriorismos una de las funciones básicas del periodismo: descubrir al público lego qué se cuece en un determinado sitio. Y recalco que lo hace sin arrogancia porque ése es el periodismo que me gusta a mí, no el intrépido justiciero y efectista de quitarse el chador ante un ayatolá. Es el periodismo del hic y el nunc, del aquí y el ahora. De sentarse, ver, escuchar y saber transmitir a quien no ha estado ahí lo que se ha visto y lo que se ha escuchado. Eso es lo difícil en esta profesión: contar bien una historia. Lo otro, el griterío y la indignación, es algo que se ve y se oye a diario, y yo estoy un pelín harto ya.
Podrá argumentarse que el trabajo de Langan no es más que una justificación imperialista de la invasión aliada del país, haciéndonos ver que ha merecido la pena. Pudiera ser, aunque no lo creo. Pero incluso concediendo que así fuera, no le restaría ni un ápice de valor a su trabajo. Porque no se ha inventado nada, porque la realidad, independientemente de la intención de quien la mire, emerge en su documental. Es un reportaje fantástico al que sólo le encuentro una pega: no lo he hecho yo, y la envidia es muy mala.
20/09/2006
AGUANTA, MUÑECO
No sé si será este tiempo cambiante, que he alterado la medicación para mis múltiples dolencias y he cambiado mi configuración hormonal o que me estoy volviendo un ñoño inaguantable, pero últimamente me emociono con mucha facilidad.
Hace unas noches, luchaba por dormir más allá de las tres de la madrugada y busqué le ayuda de Hablar por hablar (que, por cierto, y con todo mi cariño para la nueva presentadora, Cristina Lasvignes, ha perdido sin Mara Torres, que le tenía muy bien cogido el pulso y la cadencia). Ese día habían pedido a los oyentes que relataran el mejor verano de su vida, y un señor de Badajoz llamó diciendo que el mejor verano de su vida había sido este, porque después de 25 años de matrimonio, por fin había podido hacer el primer viaje con su mujer, y se habían ido a Sanlúcar de Barrameda. Glups, casi hago pucheritos. El hombre no cabía en sí de felicidad: una perra vida de privaciones que se habían visto compensadas con una escapada de una semanita a menos de 400 kilómetros de su casa. Si hubiera tenido a aquel hombre delante le hubiera dado un abrazo y un billete de avión para donde él quisiera.
Me pasó algo parecido cuando el asunto del Carmelo en Barcelona. Entrevistaban en La Ventana a una chica que no había podido volver a entrar en su casa y que se había dejado dentro un libro (que no recuerdo) a medio leer. Contaba que le estaba gustando mucho y que le daba mucha rabia haberlo perdido, y Gemma le dijo que no se preocupara, que le habían comprado otro ejemplar. La chica desató los diques con los que contenía la tensión de aquellos días y se echó a llorar en ese momento, y yo, que iba por la calle, tuve que hacer como que se me había metido algo en el ojo y pensar en algún chiste de Los Simpson para recobrar la compostura.
¿Estaré embarazado? ¿Es esto normal? ¿Será esto el comienzo de una imparable ñoñería? Vamos, hombre, que yo quiero ser un tipo duro que no baila. He ido al médico a consultarlo y me ha recetado dos chuletones diarios y leer The Wall Street Journal para recobrar el aplomo. Al principio funcionó, pero ayer me dio por pensar en las vacas y en lo volátil de los ciclos macroeconómicos, que van y vienen como las hojas en otoño, y se me irritó el lagrimal. El médico ha subido la dosis a tres chuletones y añade a The Wall Street Journal siete horas seguidas de Jiménez Losantos. Espero que esta vez funcione.
Foto: Cristina Lasvignes, presentadora de Hablar por hablar.
21/09/2006
LA ESCOPETA NACIONAL (BRITÁNICA)

Como todos los grandes descubrimientos, mi encontronazo con la literatura de Jonathan Coe fue pura e inesperada casualidad. Empecé leyendo El club de los canallas y proseguí con todas sus obras editadas en España y, aprovechando algún escarceo en el extranjero, me hice con otras en su idioma materno, como esta edición de Penguin de What a Carve Up! que creo que compré en Edinburgo (por cierto, ¿cómo una editorial tan afamada y tan importante para la cultura anglosajona tiene tan pésimo gusto a la hora de editar? Todos los libros de Penguin que tengo parecen hechos por un tacaño ahorrapapel y diseñados por un esquizofrénico sin mucho talento. Cualquier minúscula editorial española edita mil veces mejor que la todopoderosa Penguin).
What a Carve Up! (en España, ¡Menudo reparto!, y está en Anagrama, aunque creo que agotado) fue un bombazo en la Inglaterra de 1994. Por relativa equivalencia de momentos históricos y planteamientos narrativos, podría considerarse La escopeta nacional británica.
La peli de Berlanga-Azcona, primera parte de una brillante trilogía, se rodó en 1977, pero se refiere al tardofranquismo recién abandonado. El libro de Coe se publicó en 1994, pero se refiere al thatcherismo recién abandonado. La peli narra una cacería de la sociedad aristocrática muy ligada a los tejemanejes del régimen. El libro cuenta la trayectoria de una rancia y decadente familia que también tiene mucho que ver en la ascensión y caída de Margaret Thatcher. Ambas son farsas, con grandes dosis de enredo y mucho sentido del humor, pero detrás de la máscara sonriente ocultan unos autores seriamente afectados por la realidad que parodian. El humor, como casi siempre, no es más que una barrera analgésica ante algo que, enunciado de otra forma, sería insoportablemente doloroso.
El libro de Coe también podría ser el reverso cómico de Ada o el ardor de Vladimir Nabokov, en el sentido de que da la vuelta a las sagas aristocráticas del ruso-americano como si fueran un calcetín. Pero sobre todo es una parodia nacional, y como tal, imprescindible para entender el Reino Unido. Una familia de bastardos hipócritas que lo mismo mangonean en el Partido Laborista que en el Tory, y en este último, lo mismo encumbran a Thatcher que sentencian: "A esa zorra le ha llegado su hora". Una familia que introduce la horrible alimentación industrial en los hogares ingleses con métodos ganaderos más propios del doctor Mengele que de un esforzado veterinario. Una familia que lucha por destruir el sistema de salud público. Una familia -cómo no- con una mansión en los páramos donde sólo se dan cita para despellejarse vivos los unos a los otros. Una familia con una tía loca obsesionada con la desaparición de un hermano suyo en la Segunda Guerra Mundial. Una tía que encarga a un escritor en paro una biografía de la familia para que descubra la verdad sobre lo que le sucedió a su hermano. Y un escritor en paro patético, acomplejado y desgraciado que, pese a ser incapaz de cumplir el encargo, articula la trama.
La génesis del Reino Unido moderno con jirones del antiguo. Una gran novela de la Inglaterra actual. Algo que falta en este país nuestro, donde nos hemos reído mucho de Franco, es decir, de nuestros abuelos, pero apenas nada -literariamente hablando- de nuestros padres ni de nosotros mismos.
PS: Me adelanto a posibles críticas. Sí, Thatcher fue elegida democráticamente y Franco no, y eso los hace incomparables y tal y cual. A efectos políticos, es cierto. A efectos paródicos, monta tanto.
AVISO A NAVEGANTES
Como muchos habréis podido comprobar, hay momentos del día en que es imposible entrar en este garito cibernético, o se entra a trancas y barrancas. Dicen en Blogia que es cosa de servidores y de conjuraciones judeo-cibernéticas que asustan mucho, y que están en ello (espero que no anden detrás de ninguna "solución final"). Por eso, me gustaría pediros disculpas a los que os asomáis por aquí y os dan con la puerta en las narices. En la medida de lo posible, evitad entrar entre las 19.00 y las 0.00 (hora española), pues a esas horas esto está imposible. Al mediodía y de madrugada la cosa va mucho más lubricada. Gracias por vuestra paciencia.
23/09/2006
SALVADOR PUIG ANTICH

He cometido el error de esperar un tiempo (una fucking semana) para ver Salvador Puig Antich y he tenido que hacer un gran esfuerzo para limpiarme de prejuicios previos y ver la peli sin intoxicarme por las mil quinientas críticas y reseñas leídas, por las ochocientas entrevistas al director escuchadas y por los cinco millones de opiniones de gente que pasaba por ahí y exponía lo que le había gustado y lo que no de la cinta, de la época, de los grises y del torniquete del garrote vil. Ha sido duro, porque tenía muchas ganas de verla y quería presentarme ante ella lo más virginal posible. Manías de uno, que le gusta enfrentarse a algunas obras como una novicia recién escapada del convento que descubre el placer de revolcarse desnuda por la hierba con un vigoroso mancebo. Esta vez, sin embargo, mi novicia interior estaba saturada de pornografía, y eso condiciona mucho tu juicio.
Mis titánicos esfuerzos por soslayar lo insoslayable tuvieron dos dificultades añadidas con forma de señoras de unos 60 años, barrocas de laca y joyas, que no pararon de rajar durante la proyección y que respondieron a mis llamadas de atención con un “Lo que hay que aguantar, que un niñato nos mande callar”. En uno de los mini-clímax del filme, cuando estaba a punto de simular que se me había metido algo en el ojo, con Daniel Brühl aguantando un largo y oscarizable primer plano sostenido por el leve contrapunto musical de Lluís Llach de fondo, mis cotorras vecinas exclamaron alto y claro, mientras desenvolvían su décimo cuarto caramelo (los sutiles acordes de Llach recularon asustados ante el constante cras-cras del celofán): “Hay que ver qué guapo es este chico, ¿verdad?”. Si mi maldita madre no me hubiera enseñado modales, me habría levantado, habría zarandeado a cada urraca con una mano y les habría gritado: “¡Por gentuza como ustedes pasaban estas cosas! ¡Ustedes son esa España miserable y asfixiante!”. Pero me limité a gruñir para mis adentros y rabiar contra los pusilánimes prejuicios democráticos que impiden internar a señoras así en campos de reeducación.
Pese a tenerlo todo en contra, disfruté mucho la película de Manuel Huerga. Podrá gustar más o menos, podrá conmover más o menos, pero no estoy en absoluto de acuerdo con algunas de las críticas vertidas contra ella, que hablan de maniqueísmo y de excesiva planitud en la construcción de los personajes. Huerga ha dirigido una sólida película, con gran respeto por el oficio pero sin renunciar a las licencias de estilo. No diré que es una obra maestra, pero sí que es una gran obra, muy honesta, a la que quizá le sobre el parlamento en off final y algunas “contextualizaciones” de época prescindibles (menos Kissinger y Pinochet, por favor) y le falta un mayor ahondamiento en la intimidad y en los vericuetos familiares de Salvador.
No me molesta el funcionario de prisiones interpretado por Leonardo Sbaraglia, aunque su desaparición no dejaría coja la película, y creo que los polis de la Político-Social, concebidos como un personaje colectivo, funcionan muy bien. ¿Es maniqueo presentar a los miembros de un cuerpo sanguinario, torturador y prepotente como personajes sanguinarios, torturadores y prepotentes? “Los malos son demasiado malos”, he leído en algún sitio. Por favor, que eran unos matones peligrosos que nada tenían que ver con las caricaturas policiales que nos han legado interpretaciones como las de Agustín González. ¿Se hubiera sostenido durante cuarenta años un régimen de terror si los encargados de sostenerlo hubiesen sido cándidos blasillos animados? No, eran unos cabrones eficaces. Muy eficaces, y así aparecen en la película.
Tampoco Salvador se presenta como un héroe sin mácula, sino como lo que fue –y ahí está lo terrorífico del asunto-, un chaval abocado por las peculiares circunstancias de su país y de su tiempo a una forma de lucha poco eficaz, pero muy estimulante en una sociedad ayuna de adrenalina y de esperanzas. Le tocó pagar los platos rotos, pero no tenía madera de héroe, un rasgo que se deja ver en la peli, pero que quizá no se subraya lo suficiente.
Nuestra higiene mental como sociedad demanda obras como esta. Conocer puede ser escalofriante, pero la ignorancia nunca ha sido una buena compañera en la convivencia. Y a mí me causa horror saber que quienes firmaron el “enterado” de la condena a muerte de Salvador Puig Antich aquel marzo de 1974 siguen ocupando cargos públicos, cobrando jugosas pensiones y durmiendo muy ricamente por las noches.
Me da pavor pensar que puedo tener por vecino a un torturador convertido en pensionista del Ministerio del Interior que lee todos los días el Marca sin un asomo de culpa en sus ojos. No pediría una revisión jurídica de todo esto. Lo pasado, pasado está, pero nadie puede exigirnos olvidar lo que pasó aquí hace cuatro días mal contados. Nadie puede exigirnos que no recordemos a los muchos Salvadores que ha habido. Nadie puede exigirnos no sentir vergüenza al saber que parte del dinero que el Estado nos descuenta cada mes del sueldo sirve para que verdugos y sicarios paguen la luz, el alquiler y la calefacción que les proporcionan una vida con la dignidad que ellos negaron a tanta gente. Podrán pedirnos generosidad, pero no que seamos gilipollas.
Foto: el verdadero Salvador Puig Antich.
24/09/2006
UN SONETO ME MANDA HACER VIOLANTE

Que en mi vida me he visto en tal aprieto / catorce versos dicen que es soneto, etc. etc.". Nada por aquí, nada por allá y... ¡ale hop! Una novela se escapa de la chistera, damas y señores. Aplausos, las señoras lanzan gemidos de asombro y algún desconfiado escruta las manos del mago buscando el truco. Pero ya lo dice mi admiradísimo Juan Tamariz (conocido como Dios en mi laica religión): sólo los amargados, los aguafiestas y los inspectores de sanidad deslucen una velada de inesperadas sorpresas intentado encontrar el mecanismo que las causa. Los demás, nos recostamos en la butaca y disfrutamos.
Una novela quería hacer Isaac Rosa (Sevilla, 1974), que en su vida se había visto en tal aprieto, y como la escuela de magia narrativa ha saturado las funciones de trucos y técnicas que aburren a los espectadores más acomodaticios, Rosa decide contarnos lo duro que es enfrentarse al papel en blanco, porque no sólo se sufre en la mina. Veamos -viene a decirnos-, tengo un hecho histórico engimático y casi desconocido -la desaparición de un profesor-, situado en unas coordenadas de agitación universitaria en una dictadura de un país que para qué hablar. Es un buen punto de partida, sí señor. Con un poquito de documentación y algo de maña con el léxico, diccionario de sinónimos mediante, tengo la novela aparentemente hecha. Pero a los pocos párrafos se encuentra con un enemigo magnífico: el tópico. Hay moldes ya hechos de héroes y villanos, y sus personajes no deben encajar en ellos, por más que hagan esfuerzos por acomodarse en sus hoquedades.
Así, con la fórmula de "novela en marcha", en El vano ayer Rosa descorre los cortinones polvorientos de un pasado muy presente sobre el que hay fijadas miradas muy diversas y contradictorias entre sí. Su obra -que he leído con casi un año de retraso, pero el frenesí de novedades editoriales me obliga a elaborar una lista de espera en mis lecturas- es otro de esos títulos que reclama nuestra higiene mental como ciudadanos de un país que se quiere democrático.
La ficticia desaparición de un profesor y todas las especulaciones abiertas sobre ella es la ventana abierta a ese mezquino, triste y violento pasado nuestro. Con un guiño que los cortazarianos agradecemos un montón: el profesor en cuestión se llama Julio Denis, que es el pseudónimo con el que Julio Cortázar firmó, con pudor juvenil, su primer librito de poemas, Presencia, en 1938. Además, su lectura me ha descubierto a un narrador que desconocía (zas, zas, abofetéome por haber tardado tanto) y cuya literatura me interesa de verdad. Un gran tipo el sevillano Rosa.
La muy recomendable lectura de El vano ayer plantea, además, algunas preguntas sugerentes:
-¿Hasta qué punto cierta o ciertas visiones de la guerra y el franquismo condicionan nuestra propia visión y nuestros parámetros -es decir, a los que no vivimos ni una ni el otro- a la hora de enjuiciarlos? ¿Los mojones del tópico y del mito deforman y ocultan inevitablemente la fotografía?
-¿Qué lugar había para la heroicidad en aquellos tiempos? ¿Dónde estaba la masa gris y silenciosa, colaboracionista por omisión? ¿Es que acaso todo el mundo fue antifranquista?
-¿Por qué percibimos esa época berlanguianamente, como una ópera bufa llena de señores patéticos y risibles de camisa azul y brazo en alto (como ese personaje de La prima Angélica), cuando el propio Jorge Edwards nos ha recordado recientemente que el franquismo fue mucho más siniestro, cruel y sádico que el pinochetismo, cuyo imaginario remite más a los abrigos de cuero de las SS y a gritos ahogados en la madrugada?
En fin, ¿qué se nos ha enseñado, qué imagen sobrevuela en las conciencias de los españoles más jóvenes, si es que sobrevuela alguna? El vano ayer es un buen punto de partida para la reflexión, pero sin olvidar algo fundamental: que es, ante todo y sobre todo, una obra literaria, no un manual de instrucciones ni una fórmula matemática para que nuestra visión coincida con la del autor. Si todavía no lo habéis leído, corred antes de que las novedades de otoño-invierno lo barran de los estantes.
25/09/2006
MI AMIGO JACK

Queridos amigos de Scotland Yard:
En primer lugar, permitid que muestre una vez más mi extrañeza por que un cuerpo policial de su prestigio y empaque tenga por nombre algo tan estúpido como la yarda de Escocia. Tengo entendido que últimamente os aburrís mucho y que, para matar vuestro hastío, os dedicáis a robar potingues a las señoritas en los aeropuertos. Como me apena veros caer en tan bajos menesteres, he decidido volver por mis fueros, 120 años después. Así pues, parto inmediatamente hacia Londres para recorrer de nuevo las angostas calles del East End en busca de algún cuello sucio y prostibulario para degollar, cuyo cuerpo me permita ejercer mi arte paraquirúrgico, para espanto del populacho y admiración vuestra. Por tanto, este blog se actualizará con menos regularidad por unos días, pues las mañas del crimen requieren tiempo y dedicación. Estaré merodeando estos días por Whitechappel con un racimo de jugosas uvas, queridos polizontes.
Sinceramente vuestro,
Jack the Ripper
28/09/2006
FLORES EN LA TUMBA DE MARX

Orillado en un recodo del viejo cementerio de Highgate (dos libras por pasear entre sus tumbas de 10 a 4, un precio ridiculo), el cabezón de Marx se planta sobre unos hombros rectilineos. Su cuerpo es un bloque de mármol, su pecho es su propio nombre en huecorrelieve dorado con un llamamiento a la unidad de los trabajadores de todo el mundo y sus pies dicen que los filósofos se han dedicado a interpretar el mundo, pero que lo que mola de verdad es transformarlo. Bien, Carlos, toda una llamada a la acción -¿a la praxis?- de la que tú mismo te escaqueaste, filósofo insatisfecho de ser tan sólo un ente pensante. Pero eso es otra historia, y la escribió Isahia Berlin, a través de cuyos ojos te veo como personaje literario.
Me acerco a la tumba de Marx, sorteando lápidas rotas y pisando las primeras hojas del otoño. No sigo a una muchedumbre peregrinante y peregrinera. Apenas nadie ha interrumpido la sesteante mañana del chaval que cobra las dos libras en la entrada, pero unas cuantas flores y una maceta -que quizá hable de un viejo comunista desgarbado que la eligio al azar en la floristeria, incómodo ante tales futilidades- refulgen en el ocre londinense, dejando claro que el fundador del socialismo científico no ha sido olvidado del todo.
No lo ha sido por una pareja formada por un viejo y un joven -padre e hijo, quizás- que hablan en voz baja en un idioma eslavo. El joven hace fotos al viejo junto a la tumba. Puede que sea el final de un largo viaje, de un viaje que puede haber durado una vida entera. Detrás, un joven delgado con una camiseta de "otro mundo es posible" en español que hace que le atribuya un origen latinoamericano, se sienta en una tumba y apenas puede disimular la emoción epifánica que le domina -¿a su pesar?-. Suspira sin quitar la vista de la sentencia-epitafio y, cuando se arma de valor, se acerca, saca una medallita que lleva colgando al cuello y la besa. Por un momento pienso que se la va a quitar y la va a dejar junto a las flores, pero la vuelve a guardar y se acomoda en una tumba cercana sin perder de vista la tumba del cascarrabias aleman. Pasa un rato y nadie más aparece por ahi. Ninguno de los que estamos nos hablamos, esforzándonos en ignorarnos de reojo. Pasa un rato y el joven empieza a presionar al viejo para que se marchen. Venga, papá, ya te he traído aqui; ahora, invitame a un cafe, parece decir. El joven presuntamente latinoamericano sigue embebido en el huecorrelieve, y parece no ver el busto fenomenal que corona el monumento. Sólo tiene ojos para las letras doradas y clásicas. Al final, yo tambien me siento apremiado y doy la espalda al chaval, que quizá sólo espera el momento de quedarse a solas y dejar otra maceta comprada apresuradamente en una tienda de Archway. A mí la visita me deja callado. Siento crecer en la boca del estomago un sentimiento que, sin ningún fundam