MRS. ROBINSON EN EL CARIBE

Llego cansado, no he quedado con nadie y no tengo ganas de hacer cena. Me atrae el torpe neón de la puerta y me siento como un Sam Spade cualquiera, desengañado y sucio. Alcanzo la barra con intención de pedir algo para subir a casa, pues sólo quiero descalzarme y sofronizarme en el sofá. Lo hago a menudo, aunque ciertos cargos de conciencia dietéticos han hecho que dilate cada vez más el tiempo entre visita y visita al lugar, que es el garito de los kebabs de debajo de casa. Al llegar, juego a imaginarme que estoy en una cafetería americana, que llevo una gabardina astrada y que la encantadora y dulce chica de Arkansas que hace de camarera -mientras espera la llamada de su agente para convertirse en la nueva Ava Gardner- me llama honey mientras llena mi taza de un café aguado y dulzón.
Pero no, no vengo de hacer ninguna heroicidad. Sólo soy un currito más, hastiado de otra larguísima jornada laboral, que espera su recompensa en forma de merecida cena. Estoy en una especie de duermevela. La chica que me atiende es latinoamericana, pero acusa ya ciertos dejes aragoneses que delatan una sólida integración -quizá excesiva, pues parece renunciar a la dulzura de su acento por la adusta y gritona habla local-. Hojeo una revista mientras espero la comida, pero he cometido el error de comprar la revista más moderna de los modernos, y no tengo humor para desestructurarme ni para valorar discursos narrativos no lineales.
Pido una caña mientras espero mi pedido a la chica latina, que me ha caído muy bien, y observo que está enseñando a un chaval nuevo. Es un yogurín imberbe, que no tendrá ni 18 años, frente a los 30 que tendrá ella. Le explica cómo debe cobrar, cómo debe anotar las comandas, dónde se guardan los refrescos y cómo se sirven, cómo se tiran las cañas de cerveza, cuándo debe recoger una mesa y cómo debe estar atento a los clientes. Demasiada información. El chico, inevitablemente, se aturulla, pero no quiere que se le note. Su cara de agobio recorre el local, enterneciendo al jefe, que desde la cocina le insta a que se tome un respiro. Pero la chica latina no le da tregua. Imparte órdenes con una dulzura infinita, pero no le deja en paz. Le gusta verlo en movimiento, casi se relame de gusto y, poco a poco -la tardanza en que me sirvieran me ayudó a percibir la evolución del asunto-, su dulzura se vuelve más y más lasciva. Me doy cuenta de que le devora con la mirada. No disimula su reclamo erótico y, si el local estuviera vacío, se abalanzaría sobre el chaval al estilo de El cartero siempre llama dos veces. El chico, por supuesto, está demasiado agobiado y concentrado en sus mil tareas como para enterarse. Si lo hiciera, huiría aterrado ante el deseo burlón y explícito de esta Mrs. Robinson caribeña. Les miro y me invade un horrible sentimiento de ternura. Estoy contemplando la felicidad en estado puro. La chica latina es feliz, inmensamente feliz por tener un juguetito imberbe que le pone terriblemente cachonda.
Sería el agotamiento, el hambre, los cabreos de las miserias cotidianas o las ganas que tenía de decir adiós al mundo por ese día, pero ahí estaba sucediendo una pequeña epifanía en forma de acoso juguetón. Aquella latina me hizo sentir emociones que sólo algunas películas han logrado, y ella nunca lo sabrá. En aquella noche gris y miserable, me recordó que la grandeza de la vida está ahí, sobre la rutina y los malos humos. Cuando por fin me trajo la comida estuve por despedirme con un beso y darle las gracias, pero me contuve y me fui con un sobrio "buenas noches". Siento envidia por ese chaval que, si las cosas siguen su camino, descubrirá el fascinante terror del sexo con una mujer tan vitalista. Como dice Andrés Montes, la vida puede ser maravillosa.
PS para los amigos de Argentina y para todos en general: iba a empezar a publicar este fin de semana en el blog las disparatadas aventuras bolivianas de un curioso personaje, pero estoy ordenando sus largas crónicas y, próximamente, las sacaré por entregas. Esta semana, en este blog, el folletín ilustrado ¿Qué hace un bonaerense con mal de altura en la corte de Evo Morales? Espero que resulte de su agrado.
Foto: God bless to you, Mrs. Robinson / Heaven holds the place for those who pray...
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Autor: ENRIQUE
Fecha: 22/01/2007 10:13.
Autor: S. del Molino
Fecha: 22/01/2007 10:58.
Autor: Anakrix
Fecha: 22/01/2007 11:06.
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Autor: ENRIQUE
Fecha: 22/01/2007 11:08.
Autor: Anakrix
Fecha: 22/01/2007 11:14.
Autor: S. del Molino
Fecha: 22/01/2007 11:17.
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Autor: ENRIQUE
Fecha: 22/01/2007 11:35.
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Autor: Lone
Al final el que sale ganando es el jefe, va a doblar las ventas con tantos curiosos.
Un saludo a todos.
Fecha: 22/01/2007 14:20.
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Autor: Gabriel del Molino
Fecha: 22/01/2007 17:28.
Autor: S. del Molino
Fecha: 22/01/2007 17:29.
Autor: S. del Molino
Fecha: 22/01/2007 17:31.
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Autor: Cide
No te va a descubrir nada que tú no sepas, pero alguna vez dan en chistes que si no te paras a leer con criterio pasan desapercibidos.
Fecha: 23/01/2007 12:57.



