EL ÚLTIMO HOMBRE FURIOSO

Hete aquí que se nos ha muerto Ryszard Kapuscinski a los 75 años sin que yo haya conseguido aprender a escribir su nombre. Siempre lo tengo que andar copiando letra por letra. Coloquialmente, siempre fue Capullinski, mucho más fácil de transcribir y de memorizar. Reconozco que mi torpeza disléxica no tiene perdón de Dios, pues hacía muchos años que el polaco ocupaba la posición de pope del periodismo mundial. Es casi un axioma: si te gusta un poco esta profesión de marras, es tu obligación rendirle culto. Por tanto, por mí que no quede: aquí lanzo a los vientos cibernéticos mi lamento y mi adiós.
Hará como cuatro años o así, Gervasio Sánchez lo invitó al curso de fotografía que imparte en Albarracín dentro de los ya clásicos encuentros literarios de la Fundación Santa María dirigidos por Antón Castro. Recibí una amable invitación para asistir y a punto estuve de pasar un día con Capullinski, pero algo se debió interponer entre él y yo (creo que una novieta que me traía por la calle de la amargura o algo con forma femenina que hacía las veces, qué sé yo). Las hormonas ganan a la vocación, soy así de primario. El caso es que me lo perdí, y ahora me da rabia, pues esta noche hubiera tenido unas cuantas anécdotas interesantes con las que llenar este post. Aunque, ahora que recuerdo, a lo mejor Capullinski tampoco asistió y Gervasio sólo manifestó su fracaso en las gestiones por llevarlo a Teruel. Parezco un abuelo cebolleta que ya no sabe si va o si viene, y la pereza me impide comprobar el dato en el archivo.
A cambio, os contaré un secreto parecido al que contó Peter Griffin cuando dijo que no le gustaba El Padrino: la obra de Kapuscinski nunca me ha emocionado. Sí, he leído sus reportajes; sí, me ha inspirado alguna que otra vez, y sí, su legado me provoca respeto. Pero del respeto a la admiración hay un trecho. Y de la admiración a la fascinación, otro trecho más. Por tanto, estoy a una buena caminata de sentir ese no sé qué que te generan en el estómago las cosas que se te meten por dentro de verdad.
Dicho todo esto, pienso que con Capullinski se muere definitivamente una forma de concebir y de practicar el periodismo. Es el último de los hombres furiosos (cuando los angry young men de verdad se han domesticado a fuerza de recibir premios Nobel), el último ingenuo, el último que de verdad pensaba que ser testigo y transformar tu testimonio en narración merece asumir casi cualquier riesgo. Porque sí, porque si no lo cuentas tú, otros lo contarán a su manera (interesada), porque no se puede ser portavoz más que de uno mismo. Los cínicos no sirven para este oficio fue el título del volumen en el que recogió sus impresiones parciales sobre la profesión a la que dedicó casi toda su vida. Un título significativo, pero que convendría matizar: los cínicos no sirven para este oficio, entendiendo por este oficio la particular visión -clásica, independiente, ingenua, objetivista- del periodismo que tenía Capullinski. Para todo lo demás, los cínicos sí que sirven. Los cínicos, de hecho, construyen este oficio, y la palanca que lo mueve desde sus inicios, pese a los miles de Capullinskis que han pasado por sus filas, ha sido siempre un cruel y despiadado cinismo.
Para los que venimos después, nos resulta muy difícil pensar como lo hacía él. Pero, ¿nos iría mejor -a nosotros y a los ciudadanos que nos sufren- si pudiéramos pensar de otra forma? Quién sabe. En cualquier caso, descanse en paz.
Comentarios » Ir a formulario
![]()
Autor: Davidelsur
Para aquellos que estamos enamorados de África hasta la médula, siempre nos quedará este árbol vivo que es su libro.
Un saludo.
Fecha: 24/01/2007 10:45.
Autor: Anakrix
Fecha: 24/01/2007 11:51.
![]()
Autor: gilgamesh
Fecha: 24/01/2007 22:55.



