EL FALSO PRÍNCIPE DE WATTENBERG

20070216175053-london.jpgAhondando en mis carpetovetonismos he encontrado una historia curiosa, casi tragicómica, charlotesca incluso. Es la historia del falso príncipe de Wattenberg. La resumiré muy a grandes rasgos, casi de memoria y atendiendo sólo a una de las muchas versiones que tiene.

Érase que se era, en algún puerto gallego, un oficial de la Marina que tuvo un hijo. El hijo creció y decidió seguir los pasos de su padre, aunque era algo díscolo y no encajaba bien en la disciplina militar. Tan poco encajaba y tantas ganas tenía de andar liando gresca, que encandiló a una muchachita de provincias que, oh, estaba prometida (o casada o qué sé yo). El novio-marido, como no podía ser de otra forma, era también un cadete, y no se cortó un pelo en retar a un lance al mancillador de su honra. Como los duelos estaban prohibidos en el ejército, y el chaval había protagonizado varias grescas de aúpa, le expulsaron de tan insigne institución. El papá del muchacho se llevó un enorme disgusto y dijo que no quería saber nada de semejante balarrasa, por lo que el impetuoso joven marchó por estos mundos de dios sin oficio ni beneficio.

Alboreaba el siglo XX cuando el pillastre, de perrería en perrería, acabó en Gibraltar, y allí, en una taberna del puerto, conoció a un inglesito que también había sido expulsado de la Marina británica y andaba necesitado de parné. Sin pensárselo dos veces, decidieron asociarse como dos vulgares hampones, y convinieron que, con su cultura y su ingenio, no les iría mal en un país lleno de primos y pichones.

El muchacho hablaba inglés casi a la perfección, y aprovechó esto para hacerse pasar por noble extranjero, después de viajar a Londres y dar unos cuantos palos allí. En Inglaterra contactaron con la Embajada española, y no se sabe cómo, lograron que el embajador remitiese un cable a Madrid anunciando la inminente visita a España del príncipe de Wattenberg, ordenando que todo fuera dispuesto para tan honorable huésped.

El muchacho y su amigo inglés, convertido en el "personal assistant" del príncipe de Wattenberg desembarcaron en Santander recibiendo honores de Estado, con presencia de los gobernadores civil y militar de la provincia y besamanos de todas las fuerzas vivas. De tal guisa, allá por 1906, empezaron una gira por varias ciudades españolas, y en todas comieron, bebieron y durmieron por la filosa en los mejores hoteles y restaurantes, siendo agasajados por todos y recibiendo regalos y atenciones extraordinarias. Pero el lujo no les distrajo de su verdadero objetivo: timar a todos los primos posibles. Así que se las ingenieron para fingir que estaban detrás de un negocio multimillonario y se dedicaron a captar inversores entre los más ricos y avaros del reino. Un arzobispo cayó en la trampa, y empeñó varios miles de pesetazas de la época (y de la Iglesia, claro) en complacer al falso príncipe de Wattenberg, que era un tipo divertidísimo y muy ameno.

El falso príncipe y su asistente llegaron a Zaragoza en su peculiar gira, y también aquí engatusaron a todo quisqui. Durante un par de años, fueron los reyes del mambo, los protas de las notas de sociedad, el no va más del glamour. Hasta que un descuido les hizo caer y tuvieron que salir de najas, sujetándose el falso bigote. Desde entonces, el falso príncipe de Wattenberg alternó periodos de prisión con fugas e imposturas varias, hasta que el dueño de una pensión de Zaragoza le denunció por impago y fue a dar con sus huesos en la cárcel por veinte años. Escribió unas memorias cínicas e, incluso en la cárcel, era objeto de reportajes y entrevistas con las que se ganaba la simpatía del vulgo, que le trataba de héroe pícaro.

Estoy rescatando la historia del falso príncipe de Wattenberg, y espero una excusa para escribirla en condiciones. Es más, me gustaría contactar con algún descendiente suyo, que sé que los tuvo. A ver si hay suerte.

PS: En este empacho de prensa de principios de siglo que me estoy llevando, he corroborado una idea que siempre me ha rondado: lo que los jerifaltes de los medios consideran accesorio es donde reside el espíritu de una época. De un periódico antiguo sólo reconocemos las páginas de atrás, los estrenos de cine, el fox trot y el debate sobre la última novedad literaria, pero lo de la primera página amarillea enseguida. Los debates políticos son incomprensibles pocos años después de haberse producido, y las pasiones que despertaron en su momento mueren con mucha rapidez. Sin embargo, lo que se consideró accesorio y segundón sigue ahí de alguna forma. No realmente, pero sí en nuestra memoria, en la imagen que tenemos de una época. Para mí es todo un alivio saber que dentro de un siglo lo que interesará al husmeador de hemerotecas será el reportaje equivalente al del falso príncipe de Wattenberg y que ese husmeador torcerá el morro cuando lea titulares sobre ácido bórico y pensará, como Obelix: "Estaban locos estos romanos".
16/02/2007 17:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria.

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Autor: maria

mi apellido es wattenberg y el de mi abuelo tb

Fecha: 23/10/2007 21:18.


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