HISTORIA-FICCIÓN

Hay a quien le gusta jugar al ajedrez o a inventar palíndromos y quien tiene otras perversiones más pedantes incluso. A mí me gusta jugar a la historia-ficción con un par de amigos a los que veo cada vez menos (malditas maternidades y trabajos de jornadas imposibles). Tiene que ser cuando quedamos solos, para que no se ría nadie de nosotros, y entonces, con unas cuantas cervezas en el cuerpo, nos dedicamos a imaginar historias paralelas. La típica: ¿cómo sería el mundo si la República hubiera ganado la guerra civil o si los nazis hubieran vencido en 1945? Ésas son las fáciles, porque lo bonito del juego es hilar más fino, buscar un hecho más puntual (un atentado político, una dimisión, un discurso de un agitador callejero, un divorcio monárquico o que Marx hubiera decidido dejar de fumar con parches de nicotina y su irritación personal influyera en sus ideas) y borrarlo de la historia para comprobar cómo se desmoronan todas las consecuencias posteriores y se abren mil caminos posibles. ¿Qué hubiera pasado si en lugar de casarme con el mastuerzo de mi marido me hubiera fugado en moto con el canalla alemán que me robó el corazón en una playa de Torremolinos? Mi vida hubiera sido muy distinta. De eso va el juego.
Todo juego tiene sus normas, y éste implica la aceptación de la historia como un discurso lineal formado por causas y consecuencias, por una sucesión de hechos que se explican por hechos anteriores. Vamos, la idea más pedestre que puede manejarse historiográficamente, ¿no? Si quitas el atentado del príncipe de Sarajevo, no hay Primera Guerra Mundial, y si Calvo Sotelo sólo hubiera salido a dar un paseo tranquilo sin disparos la noche del 12 de julio de 1936 no tendríamos levantamiento del 18 de julio. A lo mejor lo hubiéramos tenido el 24, claro, pero un simple cambio de fechas trastoca toda la historia, de la misma forma que el hecho de que te atrevieras o no a dar aquel beso en aquel bar aquella madrugada decide en cierta forma tu vida posterior en un sentido u otro.
Creo que lo bonito de este pasatiempo es que te enseña que la historia concebida como una sucesión de causas-consecuencias es una engañifa y cómo esa concepción es una ordenación artificial de unos acontecimientos en los que domina el caos y el azar. Y, en última instancia, te enseña hasta qué punto el discurso histórico es una ordenación ideológica para justificar cosas del presente. Los hechos son los que son, pero podemos cocinarlos para que nos den la razón o se la quiten al contrario. Éste es el continuum que nos enseñan en la escuela y que nos hace sentirnos partícipes de la misma civilización que la de los antiguos griegos, pero no tanto -o, incluso, opuestos- de la de Al Andalus, por ejemplo, pese a que ésta nos es mucho más cercana en el tiempo y en el espacio. Este juego te enseña una de las máximas de los electroduendes de La bola de cristal: te desenseña a desaprender cómo se deshacen las cosas.
Viene todo esto a cuento porque Arturo Pérez Reverte (sí, él) publica este domingo que viene un artículo en defensa de la peli 300, dado que muchos han censurado la crueldad y salvajismo de los vencedores y deploran su exaltación. Reverte sale al paso diciendo que si esos 300 espartanos no hubieran vencido, la civilización griega habría sido engullida por los persas y que, por tanto, no habría habido ni Imperio romano, ni Renacimiento, ni Revolución francesa, ni laicismo, ni democracia. Éso es hacer historia ficción a lo grande, sin complejos, poniendo las causas de la democracia actual en la batalla de las Termópilas en lugar de en la de las Ardenas. Se parece un poco a esa teoría tan cara a Iñárritu que dice que el aleteo de una mariposa en Tokio puede provocar un terremoto en California.
A eso me refiero cuando digo que la construcción causa-consecuencia sirve para justificar casi cualquier cosa, convirtiendo en sagradas cosas que son fortuitas. ¿No tendríamos democracia si los persas hubieran ganado? ¿Danton y Robespierre nunca habrían existido? ¿Es que no hay muchos caminos para llegar a un mismo sitio? Es peligroso sacralizar las cosas, y especialmente a los antepasados, pues podemos caer en el error de pensar que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que toda la historia anterior sólo ha sucedido para justificar nuestra presencia y nuestros actos. Es bonito y tentador poner toda nuestra vida en manos de unos desesperados en los campos griegos, en el fuerte de El Álamo, en los campos de Gettisburg o un meandro del Ebro en 1938, pero la vida y la historia son más complicadas que todo eso.
La historia como causa-consecuencia genera banderas, héroes y monumentos. Llamadme lo que queráis, pero una de las cosas que más me gustan de este extraño país que habito es que, debido a su peculiar historia, sus calles no están llenas de banderitas nacionales. Y no me parece del todo mal que amplios sectores sociales se sientan violentados cuando se hace una exhibición patriótica. El banderón de la plaza de Colón en Madrid es algo común en cualquier país. Cualquier villorrio francés tiene banderas tricolores hasta en la sopa; Lisboa está llenita de balcones con el trapo rojo y verde; Marruecos, para qué hablar; Italia, ídem. En México hay un banderón como el de la plaza de Colón en cada zócalo, Buenos Aires está tapizada de banderas nacionales y todavía recuerdo lo extraño que me sentía en Nueva York al montarme en unos vagones de metro pintados con las barras y estrellas. Lo que en España nos parece chocante, excesivo y molesto, en el extranjero es lo habitual, y yo celebro la anomalía española. Celebro que este país no tenga claro a qué ídolos debe honrar ni qué mitos debe tragarse. Y ojalá no hubiera ninguno más allá de la voluntad de convivencia.
PS: Acabo de recordar, a este respecto, lo que me ha contado esta semana un minero prejubilado de las cuencas mineras aragonesas. Ha sido uno de los que ha trabajado en el Museo Minero de Andorra (Teruel) y han reconstruido una vieja mina. Dentro de unas semanas la inauguran, y han descubierto que el castillete del pozo estaba coronado por un mástil. ¿Por qué no colocamos ahí una bandera, ya que vamos a reinaugurar la mina, en cierta forma?, pensaron. Muy bien, pero, ¿qué bandera se pone? En cualquier otro país estaría claro: la nacional, sin duda. Pero aquí se han puesto a discutir para no herir ninguna sensibilidad en Andorra: la aragonesa, la española, la municipal, la de la comarca... En estas, a mi minero se le ha ocurrido una idea genial: inventarse una bandera minera. Y ahí está, cosiendo una con un dibujo de un casco y un pico sobre fondo negro, rollo pirata. A muchos les parecerá estúpido e incluso les molestará que la bandera española no pueda ondear con normalidad sin que se arme la marimorena, pero yo creo que deberíamos sacar provecho de nuestra rareza. Como este minero, que, sin pretenderlo, ha encarado y resuelto con valentía y originalidad un espinoso asunto histórico y social.
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Autor: Oscar del Molino
Por cierto que tu servidor es muy malo y ciertamente el auge de los blogs ha echo que sea todavía más lento.
Te recomiendo en migrar a otro, si los problemas persisten.
No sé que HUBIERA PASADO si buscándome a mi mismo no hubiera encontrado tu blog en el buscador, pero desde luego que me hubiera perdido un buen rato de lectura distendida.
P.D. La mejor bandera es la banderilla !!! sobre todo si esta acompañada de una cañita de cerveza....
www.wos.es.vg
Fecha: 27/04/2007 21:44.
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Autor: Cide
Fecha: 27/04/2007 21:46.
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Fecha: 28/04/2007 01:57.
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Autor: Alicia Palau
Fecha: 30/04/2007 15:47.
Autor: S. del Molino
Fecha: 30/04/2007 16:11.
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Autor: Alicia Palau
Fecha: 30/04/2007 17:05.



