ECOLOGISMO PIONERO

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Qué curioso es esto de viajar. El bueno de Alexis de Tocqueville pasó nueve meses de su vida recorriendo Estados Unidos por encargo del Gobierno francés para redactar un informe sobre el sistema judicial y penitenciario de ese país, y por el mismo precio, fundó la sociología moderna y retrató con incisión a toda una nación y, de paso, a toda su época. Ya sabemos que de su experiencia americana salió La democracia en América -que todo el que ha pasado por la universidad y ha olisqueado el espinoso mundillo de las ciencias sociales ha leído o, al menos, le han contado de qué va- pero al lector español le estaba vedado un librito menor, aunque muy significativo, que en 2005 publicó Ediciones Barataria: Quince días en las soledades americanas.

Situémonos. Año 1831. No han pasado ni 60 años desde que las trece colonias se declarasen independientes y fundasen los Estados Unidos. Poco a poco, los jóvenes territorios avanzan en pos de su "destino manifiesto", aunque todavía no se han enzarzado con los mexicanos y los únicos indios que han tratado son los de la Confederación Iroquesa, cuyos últimos miembros agonizan entre basuras, ebrios por el aguardiente barato que les venden los blancos. En el sur de lo que todavía no es Estados Unidos, los criollos de Luisiana destrozan el bello francés de sus amos en ceremonias de vudú; las antiguas ciudades españolas de La Florida se hunden en el lodo de los pantanos, y, más allá, católicos y violentos mexicanos intentan que el desierto no se coma las remotas misiones de California y Arizona. En el resto, desde los Grandes Lagos hasta el Pacífico, bosques y bosques apenas habitados por indígenas, a la espera de que lleguen los pioneros europeos con sus arados y rifles.

Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont, ilustradísimos jóvenes (tenían 26 años), desembarcaron en el Nuevo Mundo con una misión, pero había en ellos algo más fuerte que el sentido del deber: la curiosidad del viajero. Este libro es el mayor testimonio de esa pulsión ilustrada tan poco valorada por los que viven dominados por el sentido práctico de la vida. Gustave y Alexis se empeñan, contra todo consejo, en conocer la última frontera de la civilización europea, y emprenden un viaje a caballo desde Albany hasta Saginaw, el último asentamiento de los colonos, en los confines de lo que hoy es la frontera entre el estado de Michigan y Canadá. El límite de lo que entonces eran los Estados Unidos: un puñado de cabañas de madera en el confín de la nada, a muchas leguas de la ciudad más cercana, donde vivían unos cuantos pioneros ingleses y franceses llegados desde Canadá y enfrentados entre sí. Nadie entiende por qué dos cultos jóvenes franceses quieren ir hasta allá si no tienen intención de instalarse ni de hacer negocios. Nadie entiende por qué se esfuerzan tanto por el mero placer de conocer paisajes y gentes.

El libro cuenta ese viaje hacia la última frontera de Europa, hacia el lugar donde la naturaleza absolutamente salvaje chocaba con las ansias y miserias de la civilización europea, y contiene todo lo que a mi entender debería armar un buen reportaje viajero: un estilo sobrio, un narrador con capacidad y predisposición para el asombro y una potencia descriptiva subordinada al desarrollo narrativo. Hay mucho que aprender de los viajeros ilustrados.

Pero lo que más llama la atención para el lector moderno es la sensibilidad que demuestra Tocqueville para la destrucción de esos territorios vírgenes. Hoy podríamos hablar de ecologismo, pero sus contemporáneos lo achacarían más bien a la nostalgia propia de un conservador aristócrata que lamenta la desaparición del Antiguo Régimen. No es extraño encontrar presuntos ecologistas entre los reaccionarios. Al fin y al cabo, la diferencia léxica entre conservador y conservacionista es ficticia (sí, ya sé que un reaccionario no es lo mismo que un conservador y bla, bla, bla, pero no nos pongamos pejigueros). Pero como cada generación lee lo que quiere leer en los clásicos, digamos que sí, que Toqueville fue un precursor del ecologismo. Razones hay para creerlo. A mí me sobrecoge bastante este pasaje, cuando habla de los bosques que rodean Saginaw, y que ilustra el desconcierto de un hombre que no termina de asimilar el mundo en el que le ha tocado vivir:

"La idea del acabamiento de esta grandiosa y salvaje naturaleza se mezcla con las soberbias imágenes que produce la marcha triunfante de la civilización. Uno se siente orgulloso de ser hombre y al mismo tiempo siente una especie de amargo pesar por el poder que Dios nos ha concedido sobre la naturaleza. El alma se siente agitada por ideas y sentimientos antagónicos, pero todas las impresiones que recibe son intensas y dejan una profunda huella".

Pues eso, carnaza reflexiva en estos tiempos de cambio climático.

24/06/2007 18:38 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura.

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