OVER THE RAINBOW, RAINBOW!

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Siempre me he metido un poco con la gente que se cruza el océano o el mundo para despanzurrarse en una playa, por muy exótico que sea su nombre. Viviendo en España, donde si algo sobra, aparte de mala educación, son playas, me parece una soberana estupidez buscar arena en el más allá. Lo sigo pensando, pero también creo que uno no le debe hacer ascos a los mares lejanos, y que cuando uno se ha pasado unas semanas de acá para allá trotando sin parar, se gana el derecho al disfrute de un buen día de sesteo arenero. Y eso hemos hecho nosotros en estos compases finales, con la tranquilidad de los deberes hechos y sabedores de que las inmensas playas del azul Pacífico son uno de los atractivos más poderosos del monstruo de Los Ángeles.

Tras unos cuantos rodeos, el Mustang se ha quedado varado junto a un acantilado de Malibú. Le ha costado encontrar el mar, porque las mansiones se suceden unas a otras sin dejar paso público a la arena, apropiándose de la costa sin pudor. Al final, hemos encontraro un rincón parecido a las playas de Matalascañas (las que hay entre el pueblo y Huelva y están encajonadas en acantilados, no las del parque nacional), pero con mansiones palaciegas coronando las colinas, cada una con su escalerita para bajar cómodamente a la orilla. ¿Vivirán los Beckham en alguna de ellas? El Pacífico, que es un mar azulísimo, nos ha amenizado la siesta, y las gaviotas y los pelícanos, que en Malibú son enormes y forman multitudes, han aleteado junto a nosotros.

¿Qué más puedo decir? Todos sabemos lo que es un maldito día de playa, así que ahorraré bits (que no tinta). Por la noche, nos hemos sacudido la arena, nos hemos acicalado y le hemos pedido al Mustang que nos sacara de paseo, a recorrer la ciudad como yo soñé, que diría el de Granada. El muy golfo ha enfilado hasta West Hollywood y se ha parado en una manzana de Sunset Boulevard que estaba sorprendentemente animada. En la esquina, el famoso Whisky a Go-Go, y unos números más allá, el no menos entrañable Rainbow. Por los alrededores, varios neones que anunciaban night clubs de mucho más caché. Y también de menos. Esta parte de Sunset Boulevard está muy concurrida por la noche y, por un momento, te olvidas de que estás en Los Ángeles. Parece la marcha de Nueva York o, incluso, de una ciudad europea cualquiera. Claro que el embrujo se rompe al doblar la esquina, que muestra unas calles desiertas y oscuras. Ese tramo de Sunset es un oasis noctámbulo que se puede recorrer andando. Noctámbulo y rockero. Por cierto: desde ahí, sobre una de las colinas de Hollywood, se disfruta de una de las mejores vistas nocturnas de Los Ángeles. Las luces parecen extenderse hasta el infinito. Si hubiera una Torre Eiffel rompiendo la perspectiva, se parecería mucho al espectáculo que ofrece la cima de Montmartre en París.

Entramos al Rainbow, que tiene una pequeña terraza donde sirven cenas. Cinco dólares la entrada con derecho a consumición. Nos cobra un cow boy con espuelas que tararea entre dientes la canción de AC/DC que están poniendo. Queremos ver a alguno de los rocosos-rockeros locales (y ser local en Los Ángeles equivale a ser mundialmente famoso en el resto de la Tierra), pero en verano andan todos liados con sus giras europeas y sus bolos. Sospechamos que muchos de los que entran con nosotros llevan la misma intención, y todos nos vamos a contentar con estar. A mí no me importa. Me gusta estar en los sitios y respirar su atmósfera -especialmente, cuando en el sitio está prohibido fumar, como es el caso-. Me gusta sentarme en los lugares que significan algo y hacer un rato la fotosíntesis, no necesito más. Y el Rainbow es un templete rockero de los molones.

El local aglutinó en los años 80 a buena parte de los músicos que le dieron un último tirón de rabia al rock antes de que el nihilismo de Kurt Cobain se llevara unas cuantas décadas de ingenuidad por delante. El Rainbow es un poco el hogar de Guns and Roses, que supieron inyectar lo mejor de la actitud punk a un hard rock casi moribundo. Un fogonazo creativo que generó un fugaz movimiento de brillantez en el rock and roll de mediados de los 80 y dio una segunda oportunidad a la generación anterior, que languidecía entre teclados cursis y melenas cardadas. El Rainbow fue como el Café Gijón de esa gente, y todavía hoy es punto de encuentro de los viejos rockeros, así como de los que aspiran a hacer algo en el mundillo del heavy y buscan la protección y el consejo de los grandes.

Fotos, fotos y más fotos. El propietario, Tony, aparece retratado con artistas de todo pelaje, en medio de lo que es un museo del rock, con discos de oro, platillos y guitarras firmadas y demás parafernalia fetichista. De entre las fotos, la más grande es una de Tony con el portentoso Lemmy, el alma de Motorhead y, como ya han apuntado Ex Compañero y Chelita, el más fiel parroquiano del antro. Dicen que suele estar en la barra de abajo, acompañado por Slash, y jugando a una máquina de comecocos. No estaba, obviamente, pero sí la máquina, donde he tenido la poca vergüenza de hacerme esta foto que reproduzco. Espero que el cerco que mi cerveza ha dejado sobre ella no ponga furioso a Lemmy cuando se siente a echar su partida.

Creo que ésta va a ser la última entrada de este diario, pues mañana es nuestro último día por estos lares y no sé si encontraré wifi. Quizá desde el aeropuerto pueda poner unas líneas. Si no es así, mil gracias a los que habéis seguido este braseo estos días. Besos en la nuca a todos.

24/07/2007 09:23 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viaje USA 07.

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Autor: Javivi

No! No te vuelvas aun! Cuentanos mas cosas del Rainbow!!!

Fecha: 24/07/2007 18:56.



Autor: Chelita

Hey, al final has ido al Rainbow!!! Qué grande eres. No tientes a la suerte con el viejo Lemmy, que este es capaz de ir a buscarte y hacerse un colgante con tu cabeza!!

Fecha: 25/07/2007 12:19.


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