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Resumen

01/08/2007

Y AHORA, ANTONIONI

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Se ve que en las residencias de las viejas glorias del cine, alguien se ha olvidado de regular los termostatos, y uno tras otro, sus delicados y arrugados cuerpos van sucumbiendo a la canícula. Ayer se supo que le ha tocado a Antonioni, un día después de que se despidiera Bergman.

Aunque de innegable y poderosísima influencia para todos aquellos cineastas que han hecho de la exploración de lo cotidiano su obsesión visual y temática (pienso, por ejemplo, en el sosiego y la templanza de Fernando León de Aranoa), el cine de Antonioni ha envejecido mucho peor que su autor, que ha llegado a acariciar el siglo de vida. Sus pelis fallecieron hace mucho más tiempo y, salvo algunas secuencias, no se han contagiado de la pátina que convierte una obra en clásica. En un sentido muy distinto al de Bergman, Antonioni se ha quedado en una vuelta del camino de un mundo estético que nada nos dice hoy. A su amiguísimo Visconti le ocurre algo parecido. Sin embargo, ambos tienen dos momentos gloriosos que les salvarán para la posteridad y que -creo- seguirán emocionando en el siglo XXXXI, si existe la humanidad para entonces. En el caso de Antonioni, esa Jeanne Moreau aleteando por La noche. En el caso de Visconti, esas dos cumbres de Burt Lancaster: aquella en la que le dice al emisario del nuevo gobierno "Io sonno il Gattopardo", y aquella otra en la que se mira al espejo al final del tedioso baile del palacio. Por lo demás, su esteticismo y sus obsesiones formalistas son una barrera muy alta para nuestras enanas percepciones. El espectador de ahora necesita una pértiga enorme para saltarlas y, generalmente, lo que encuentra al otro lado -inhibiciones católicas, hedonismos incomprensibles para quien no haya vivido en una cueva o en una celda de clausura, ranciedades anteriores a la popularización del preservativo- revela que el salto no ha merecido la pena.

De Antonioni me queda la difícil relación que mantuvo con Julio Cortázar. Una de sus pelis más vistas y alabadas, Blow up, es una adaptación del cuento Las babas del diablo, de mi querido argentino. A Cortázar le pareció que Antonioni había defecado sobre su texto, lo había prendido fuego y lo había pisoteado después. Esto se debe a que Blow up, más que una adaptación, es una obra diferente inspirada -casi se pude decir "vagamente inspirada"- en Las babas del diablo, un texto, por lo demás, prácticamente imposible de traducir a lenguaje cinematográfico, pues es casi pura tura. El cuento, estructurado como un juego de espejos, narra un episodio turbador y violento capturado por un fotógrafo aficionado al final de la isla de San Luis en París, con Notre Dame al fondo. La intriga y el misterio vienen dados porque no se sabe quién es el narrador, y si el narrador está muerto o vivo. Sin embargo, Antonioni se llevó la acción a Londres, y desmadró las sutilezas de la intriga en una apoteosis erótica al estilo de la época.

La peli, vista hoy, resulta soporífera, pero tiene el aliciente de que en ella aparecen retratados -en carne mortal- los protas de la movida londinense posterior al Summer of Love, esos rockeros de la psicodelia y del rock progresivo. En una escena aparece un jovencísimo Jimmy Page tocando con The Yardbirds, la formación precursora de Led Zeppelin. Pero, salvo por ese valor testimonial, Blow up resulta, como digo, un tostón, incluso para un aficionado al rock de la época como servidor.

Así que, lo dicho: Antonioni acaba de dejar el mundo ahora, pero sus pelis lo abandonaron hace más de 20 años, como un mal desodorante. Descansen en paz ambos maestros, y esperemos que se detenga aquí la ola de fallecimientos.

PS: Para que nadie me haga puntualizaciones. He dicho que los planteamientos de Antonioni resultarán incomprensibles para quien no haya vivido en una cueva o en una celda de clausura, pero me he olvidado de reseñar un colectivo al que a lo mejor le iría bien tragarse un ciclo del italiano. Me refiero a los pobladores de esas aldeas vasco-navarras que rellenan una ruptura en el contínuo espacio-tiempo donde no tuvo lugar la revolución industrial, y la sexual se redujo a la implantación -en euskera- del método Ogino. Sí, hombre, esos pintorescos rincones de la geografía peninsular donde creen que Epilady era la mala de Los tres mosqueteros y los fabricantes de refajos encuentran todavía un nicho de mercado. La retrospectiva de Antonioni debería celebrarse allí. Al fin y al cabo, son nuestros sicilianos.

Un abrazo a mis grandes amigos navarros.

01/08/2007 09:49 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

04/08/2007

ADIÓS A ESTRAVAGARIO

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No entiendo qué coño pasa con los programas sobre literatura en este país, y mucho menos entiendo que retiren Estravagario de la pantalla la próxima temporada. ¿Por qué tanto baile, tanto cachondeo? ¿Por qué la tele pública anda tan preocupada por las audiencias?

Vamos a ver, y al margen de cifras. Cuando alguien prepara un programa sobre atletismo, lo hace pensando en la gente a la que le gusta el atletismo, y se adapta a su lenguaje y sus maneras. En ningún momento buscan captar al público que aborrece el atletismo. Cuando se plantea un programa sobre cine (salvo Cine de barrio, claro), ocurre lo mismo. Y ocurrirá lo mismo con los toros, con la caza con perdigones, con el flamenco puro de Cádiz y con la cocina popular sanabresa. Si alguien plantea un programa temático, y no un concurso generalista, busca enganchar al público interesado en ese tema. Por más divulgativo que sea su tono, no está ahí para fomentar conversiones: ellos predican para su parroquia, como los judíos, y quien quiera unirse al club, que se una, pero que sepa que los demás no van a bajar el ritmo para que él se suba al tren en marcha: tendrá que esforzarse por ponerse a la altura. Por eso, la rentabilidad de estos espacios siempre está cuestionada y su lugar natural es una tele pública que anteponga la calidad a la cantidad (en esto de la rentabilidad hay excepciones, como el maravilloso programa sobre setas de la tele catalana, Caçadors de bolets, que es líder de audiencia en Cataluña).

Entonces, me pregunto yo: si los programas de atletismo, cine, caza con perdigones, flamenco puro de Cádiz y cocina popular sanabresa están pensados para los amantes del atletismo, del cine, de la caza con perdigones, del flamenco puro de Cádiz y de la cocina popular sanabresa, ¿por qué coño los programa de literatura se tiene que hacer para que los vean los que no son lectores ni aman la literatura? ¿No es obvio que quien no lee libros no verá nunca un programa de libros? ¿Por qué coño hay que dirigirse al público en general y no a los que somos lectores y amantes de la literatura? ¿Por qué se nos margina de esta forma? ¿Es que acaso la lectura es una obligación que tiene que hacerse por cojones y que tiene que gustar a todo cristo? Siguiendo un ideal ilustrado -y los intereses mundanos del sector editorial-, habría que contestar que sí, pero habrá que entender que siempre, incluso en la sociedad más culta y armoniosa, el vicio lector se cultiva voluntaria e individualmente, como cualquier otro vicio o afición. Y, como cualquier otro vicio, sus recompensas sólo se sienten tras una dura iniciación: cultivar la sensibilidad, acomodar el gusto y despiojarlo lleva mucho tiempo y esfuerzo. Es una dedicación laboriosa y voluntaria. ¿Por qué los aficionados a ella no podemos tener un espacio en la televisión donde se trate la actualidad de nuestro vicio de una forma satisfactoria? ¿Por qué los aficionados al atletismo pueden ver entrevistas a los atletas que despuntan y nosotros no podemos ver por televisión a los escritores que despuntan, y conocer sus gestos, su forma de explicarse y hablar de su obra? Pero, ¿qué hemos hecho de malo los lectores?

Además, ¿es incompatible un programa de fomento de la lectura con otro para lectores ya formados? Todos los países cultos tienen su gran programa literario donde se debaten las tendencias y los autores que están pegando fuerte. Tendrán más o menos audiencia (en Alemania y Francia tienen muchísima, es cierto, pero no están sometidos al vaivén de cada legislatura ni les cambian el horario y el día de emisión cada semana), pero ahí siguen, respetados y respetables. Nuestra TVE cambia de espacio literario con cada gobierno. ¿Por qué se cargaron a Sánchez Dragó? Será lo que sea, pero creo que hacía un programa de libros estupendo. No menos estupendo que Estravagario, ciertamente, pero, si algo funciona, ¿por qué quitarlo para colocar a tus amigos? ¿Es que no ha cambiado nada en este país desde los tiempos de Larra?

Ahora ya se ha confirmado: los lectores nos hemos quedado sin programa en TVE. Se ve que estamos muy por debajo de los aficionados a los toros o al bricolaje. Además, los programas de televisión formarán a espectadores de televisión, difícilmente formarán a nuevos lectores. Porque la única manera de formar a un lector es leyendo. El programa de televisión se dirigirá a lectores ya formados. Pero qué sabré yo, que no soy directivo de TVE ni nada.

04/08/2007 11:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 7 comentarios.

05/08/2007

SPRINGFIELDIANO

20070805234744-your-image2.pngComo han hecho otros blogueros, yo no iba a ser menos y también me he simpsonizado . Esta es mi nueva imagen internetera. He decidido que mi alter ego simpsonizado se va a pasar el día acodado en el bar de Moe. Si me invitáis a unas pintas, os lo agradeceré.

08/08/2007

PEREZA AGOSTIL

Debería haber unas vacaciones para recuperarse de las vacaciones. No levanto cabeza y no doy pie con bola, y este clima cambiante no ayuda nada a superar la abulia y lo que llaman depresión postvacacional. Para colmo, este último jet-lag ha sido brutal y me ha dejado secuelas: todavía no he regulado mi ciclo de sueño y lo mismo me caigo de pie que me desvelo a las cinco de la mañana. Sólo quiero volver a ser yo. Ni pienso, ni sufro, ni nada. Los bares cierran, no puedo ir a los conciertos y en la redacción se puede hacer eco con la gente que no está. Creo que hasta la culebra veraniega (con forma de solera de puente, en esta ocasión) ha huído, aburrida y asqueada. Esto es agosto con todas las letras, señores. Hay que joderse.

Y eso que tengo que afrontar algunos cambios que me he encontrado a la vuelta. No míos, que yo sigo igual: con mil cosas en la mollera, otras mil en la mesa de trabajo a medio hacer y enfrascado por obligación en otras mil que me interesan más bien poco. Gente que se reubica, amigos que buscan nuevos horizontes o nuevas charcas en las que chapotear y que le dejan a servidor solo y pensativo. A unos me los encuentro casados; a otros, sin su pareja de siempre; otros, con las maletas a punto de mudarse, y otros decorando su recién estrenado despacho. Como dice Charly García: "Están pasando demasiadas cosas raras para que todo pueda seguir tan normal".

Menos mal que me queda el blog, pienso. Pero, cuando me quiero poner a escribir estos días no encuentro nada interesante de lo que hablar. Me aburro de mí mismo, y eso no puede ser, por dios. Así que voy a recurrir al bueno de Charly, que es un tipo alegre que sabe cómo desmitificar las cosas. He aquí una letrilla suya, que echo en forma de alpiste a este garito internetero. Se titula Peperina:

Quiero contarles una vieja historia,
la de una chica que vivió la euforia
de ser parte del rock tomando té de peperina.

Típicamente-mente pueblerina,
no tenía huevos para la oficina,
subterráneo lugar de rutinaria ideología.

Romántica entonaba sus poemas más brillantes,
susurrando al oído de mil representantes:
"Te amo, te odio, dame más".

Mirando al campo se olvidó del hombre.
Mirando al rico se vistió de pobre
para poder saber lo que chusmeaban las vecinas.

En su cabeza lleva una bandera,
ella no quiere ser como cualquiera,
y ella adora mostrar la paja en la cara ajena.

Y dentro de su cuento ella era Cenicienta.
Su príncipe era un hippy de los años sesenta.
Te amo, te odio, dame más.

Trabaja en los recitales,
vivie escribiendo postales,
duerme con los visitantes
y juega con los locales.
Su cuerpo tiene pegada
grasa de las capitales.

12/08/2007

LOS FALSOS NAZIS DE TERUEL

Como se acerca peligrosamente mi cumpleaños, fecha en la que soy consciente de que el tiempo, efectivamente, pasa ("As time goes by...", cantaba Sam en Rick's), me permito el gustazo de contar una batallita del abuelo. A propósito de leyendas urbanas, que decíamos unos posts más abajo, se me olvidó reseñar una menor que desmonté hará dos o tres años. Es muy menor, claro, pero es lo que hay.

El caso es que se contaba en Zaragoza y en algunos mentideros de Teruel, y me imagino que se sigue contando, la historia siguiente: unos oficiales y civiles nazis huyeron de Alemania en 1945, y se refugiaron en la amiga España, que les libró de los juicios de Nurenberg. Se repartieron por el país y unos pocos se instalaron en el remoto y escondido Matarraña turolense, junto al pantano de Pena. Allí seguirían viviendo sus descendientes y alguno de los nazis originales.

La historia tenía su miga, no me lo van a negar, y venía certificada por gente poderosa que me aseguraba que aquello era cierto. Incluso adornaban sus relatos dibujando siniestras veladas en las que el boticario, el cura y el alcalde se jugaban los cuartos al mus en el casino con un melancólico oficial prusiano. Además, sonaba verosímil (como toda leyenda urbana), dado que es cierto que muchos nazis encontraron refugio y reposo en tierras españolas. En menor medida que en Argentina y Brasil, pero había datos e investigaciones que indicaban que aquel relato podía ser cierto. Había antecedentes. Imaginaos cómo me froté las manos: ¡una colonia de nazis en el sur de Teruel! Menudo historión.

Me puse las pilas, recopilé toda la información que pude e intercambié impresiones con José María Irujo, un periodista de El País autor de un libro sobre nazis en España. Irujo me dijo que también había oído, de boca de varias fuentes, la historia de los nazis turolenses del Matarraña, pero que no había podido investigarla. Localicé, efectivamente, una colonia de residentes alemanes en el sur de Teruel, en los alrededores de Beceite, y escudriñé la historia de un tal Hans Dieter que, al parecer, había fundado la colonia. Había un Hans Dieter que había participado en la invasión de Polonia y que estaba desaparecido. Empezaba a cuadrar, pero nada me decía que esos dos Hans Dieter fueran la misma persona.

Pasé un par de días en Beceite y me interné en la famosa colonia: un grupo de chalés desperdigados por la escarpada orilla del pantano de Pena. La mayoría de ellas estaban vacías. Al final, encontré a Hans Dieter, cuyo domicilio oficial estaba en Alicante. Y de nazi, por supuesto, nada de nada. Es un acomodado vecino de Colonia enamorado de las montañas de Teruel que no tendrá más de 65 años. Podría ser hijo del Hans Dieter nazi, pero no era el caso. Allá por los años 50, Hans se hizo una casa en el paraje aragonés para descansar en verano y durante las vacaciones. Compró unos terrenos, difundió las bellezas del paraje en su entorno de Colonia y vendió una docena de casas a otros alemanes, que formaron una urbanización rústica a unos cinco kilómetros de Beceite. Comprobé su historia y, obviamente, era escrupulosamente cierta. Quizá la técnica del teléfono roto difundió el bulo de que aquellos apacibles germanos eran peligrosos nazis. Probablemente, muchos lo crean todavía.

Ya he dicho que era una leyenda urbana muy menor, pero es el material que me han ofrecido para desmontar. Otro, quizá, habría sido menos escrupuloso y habría publicado la leyenda en forma de reportaje. Yo me quedé sin historia, pero con la conciencia tranquila (y una posible querella menos).

De hecho, más tarde, sí que encontré a algunos posibles nazis que habitaron entre nosotros. Pero ese es otro cuento, y no lo voy a contar aquí.

15/08/2007

LOS SUEÑOS CUMPLIDOS A MEDIAS

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Zaragoza es una ciudad difícil. Abierta y cerrada al mismo tiempo. Apenas se deja conocer, tienes que ir adivinándola esquina a esquina, abstrayéndote de sus pegotes desarrollistas, de sus moles fascistoides y de su cierzo fastidioso. Cambia constantemente y sobrevive travistiéndose a los golpes que le da el poder, ya esté éste formado por los fariseos nativos de comilona y siesta en el puticlub o por esa nueva oligarquía caciquil que hace y deshace en la ciudad oteándola desde valles con pistas de esquí o desde somontanos tapizados de vides.

Se suele considerar una virtud tener unas convicciones a prueba de trilita, pero yo ando cada día más perdido desde que descubrí que es mucho más complicado observar que juzgar. Mis juicios se vuelcan cada vez más sobre el núcleo de lo evidente. Mi indignación y mi alegría proceden de lo básico, de lo primario. Tengo claro que debo despreciar a un torturador y admirar a quien sea capaz de escribir algo que me emocione, pero creo que no logro pasar de ahí. Por eso no sé si lo que sucede con la casa del doctor Lozano Blesa debe indignarme, alegrarme o dejarme indiferente. Creo que sólo me pincha un poco en el estómago.

Paso todos los días varias veces por delante de la casa y me he convertido en un experto de sus biorritmos, si es que las casas, que son como animales de compañía, gastan de eso. Es un palacete que muchos zaragozanos ignoran, una joyita perdida en el centro que sale en pocas guías y que parece puesta ahí para el disfrute de los grandes conocedores de la ciudad. No sé si yo pertenezco a ese grupo, pero he hecho méritos para pertenecer a él. Méritos como peatón pateador, como lector senderiano y como borracho empeñado en encontrar un abrevadero abierto un lunes a las cinco de la madrugada. El palacio es uno de los últimos chalets modernistas que quedan en el Paseo de Sagasta, y está encajonado entre un edificio moderno y la monstruosa mole fascista de la Confederación Hidrográfica. Tiene un pequeño jardín arruinado en el lado del paseo, y otro más grande en la parte trasera, tapiado con un muro alto. Es precisamente en ese jardín donde van a construir un edificio de no sé cuantas plantas, para indignación de muchos. La verdad es que se van a comer el palacete por completo.

La casa fue construida por el arquitecto Félix Navarro, uno de los hacedores de la Zaragoza modernista, la que pretendía recuperar el orgullo perdido en los Sitios y lucir esplendorosa, como un París estepario, cabalgando a lomos de un liberalismo socarrón y de cabaret. Los edificios más conocidos de Navarro en Zaragoza son el Mercado Central, hecho de acero, como la Torre Eiffel, y la Escuela de Artes, que ahora van a convertir en un museo de Goya bastante desangelado, sin majas ni saturnos. Pero eso es otra historia. Félix Navarro construyó esa casa a comienzos del siglo XX para su amigo, el doctor Lozano Blesa, médico ilustrado a quien debe mucho la universidad y la sanidad locales. Por eso, uno de los hospitales de Zaragoza lleva su nombre. En el lugar confluyen dos nombres importantes de la burguesía culta y transformadora de la ciudad (que se definía cosmopolita y liberal, en oposición al carlismo cazurro que imperaba en el campo aragonés), conectada con las grandes corrientes europeas y más pendiente de la expansión de Barcelona que del marasmo de Madrid. Fue la burguesía que se empeñó en abrir el paso ferroviario de Canfranc para sentir más cerca el viento de los bulevares parisinos.

La casa sigue perteneciendo a los descendientes de esa estirpe de burgueses irrepetibles, la que adivinó Ramón J. Sender cuando era un adolescente en Zaragoza y la que retrató en La Quinta Julieta (tercera parte de Crónica del Alba). No sé si la habitarán los nietos o los bisnietos del doctor, pero quien quiera que sea, roza el ascetismo o vive en la melancolía de los gatopardos. No sólo el jardín está descuidado, sino que algunos vidrios rotos delatan el abandono de parte de las plantas de arriba. Las columnas del portal, dedicadas a Pareto, Servet y otros médicos ilustres, están cubiertas de mugre y de pintadas. Se intuye el polvo que flotará por parte de la casa. Imagino las sábanas que cubrirán algunos muebles, insinuando perfiles de mecedoras, canapés y algún piano. He pensado alguna vez en inventar un reportaje como excusa para que me dejen entrar y cotillear por los rincones, pero no me he atrevido a desentrañar la sutil red de relaciones sociales que une a las familias poderosas de Zaragoza. Porque los Lozano Blesa siguen siendo una de esas familias.

A deshoras y con premura, he llegado a ver cómo entraba una criada con cofia de servidumbre añeja. Y he imaginado sus manos lavando platas centenarias que ya no lucen en ninguna fiesta. Pero hay un detalle que casi me llega a sobrecoger. Por la noche, una luz tenue ilumina el recibidor. Se ve a través de la vidriera. He pasado muchas madrugadas por delante, con distintos niveles de alcohol en sangre. A la una, a las dos, a las tres, con el resplandor del amanecer... Siempre está encendida. Parece la lucecita aquella del Pardo, pero no sé a quién vela o a quién controla esta bombilla.

Ahora se van a cargar el jardín. Un jardín misterioso tan grande como la casa. La constructora ya ha asentado sus reales y dentro de poco la zona cambiará. No sé qué pensar, la verdad. Me gusta el Paseo de Sagasta y no sé si quiero que cambien su entorno. A veces lo recorro sin motivo hasta el Parque Pignatelli. Me gustan sus árboles y me gusta su nombre, muy bien elegido, muy acorde con quienes pusieron en pie esa parte de la ciudad (durante el franquismo se llamó ignominiosamente General Mola, pero sobrevivió a ese nombre, que no logró asfixiarlo ni convertirlo en patio de desfiles). Camino por el andador central y me fijo en los balcones de las fachadas de Albiñana. Albiñana fue un arquitecto desgraciado. También liberal, transformador y hedonista. Le fusilaron en 1936 por republicano. Murió joven. Me da pena pensar que pocos de los miles de transeúntes que desfilan por esos balcones saben quién fue Albiñana. Ni el doctor Lozano Blesa. Ni Félix Navarro. Son unos pocos metros en los que todavía se respiran los aires truncados de los sueños nunca cumplidos. O cumplidos a medias, que es la peor forma de cumplir un sueño. ¿Qué pensarían ellos de la Expo? ¿Qué pensarían ellos de esta ciudad difícil que se desparrama por la estepa y que acabará saliéndose de los márgenes del valle?

¿A quién ilumina la luz del recibidor de Lozano Blesa?

15/08/2007 01:11 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 9 comentarios.

17/08/2007

ÑAM, ÑAM

No suelo hacer estas cosas, pero hoy voy a intentar emular al maestro Solanilla, gourmet de gourmets, para recomendar el restaurante valenciano donde nos pusimos las botas anoche. Valenciano por estar en el centro de Valencia, ciudad a la que nos hemos venido en plan escapada, porque, además de haber dejado en ella muchos y buenos recuerdos (cuando vivía en Castellón bajábamos al barrio del Carmen algunos sábados a bebernos hasta el agua de los ceniceros en memorables excursiones etílicas), nos encanta. A pesar de las Copas de América y del pijerío imponente que asoma la patita, Valencia sigue siendo un lugar estupendo. En muchos aspectos, prefiero el Carmen de Valencia al Gótico de Barcelona.

Total, que nos fuimos a celebrar lo viejo que se va haciendo uno y acabamos en un restaurante algo apartado del casco histórico, por la zona de las grandes vías. Se llama Lasafa y su reclamo es ofrecer "cocina de mercado sacada de quicio". Muy bien definido, la verdad: platos de siempre con productos muy bien escogidos, pero cocinados con mucha gracia e imaginación. El ambiente es estupendo, con un suelo de azulejos y un aire de sencillez y ausencia de ínfulas que, para mi gusto, le falta a la mayoría de los restaurantes que se quieren modernos. Traduzco: no hay manteles de tela imponentes y el servicio no agobia con protocolos falsos del siglo XIX. Consecuencia: las mesas están pobladas de gente joven a la que le gusta comer bien y probar cosas nuevas, claro, pero no existe el riesgo de encontrarte con un diputado del PP cenando con una rubia minifaldera con acento de Europa del Este. Tony Soprano jamás frecuentaría un sitio tan informal.

Nos atrevismos con el menú degustación, que tocaba todos los palos de la carta, y salimos sin sensación pantagruélica en el estómago, pero bien saciados. La cosa empezó con un fino andaluz muy digno de aperitivo, que nos preparó para el primer asalto: una ensalada de un tomate raf delicioso con bacalao y un helado salado que creo que era de tapenade. Muy buenos también los dátiles con jamón ibérico y una sorprendente espuma de ajoblanco, que dejó el ambiente dispuesto para el plato que más me gustó y el que pienso recomendar a todos los que vayan a Valencia: atún en tataki (marcado a la plancha y marinado a la japonesa con salsa de soja y zumo de naranja) sobre salmorejo cordobés y helado de queso. Ya sabía que el salmorejo y el pescado se llevan mejor que una pareja de actores porno bien avenida, pero con el toque japonés la cosa mejora horrores. Bravo por la fusión japo-andaluza. El nivel del menú bajó con unas cocas (versión levantina de la italiana pizza), que estaban buenas, pero que deslucían la imaginación del resto de platos. Terminamos con un solomillo sobre hojaldre y cebolla caramelizada bien hecho, pero que no me entusiasmó, y acabamos de reventar con un brownie con helado de arándanos. Como premio, dos medios gin-tonics, creo que hechos con ginebra balear y aromatizados con lima (odio el limón amarillo, que sabe a Fairy). El vino, cuyo nombre he olvidado (perdón, perdón) era de Utiel-Requena y estaba elaborado con uvas syrah, tempranillo y merlot. Un cóctel potente y fresco que me recordó a algunos vinos argentinos, quizá por la uva syrah. Le fallaba el pan, que era de baguette congelada. Si pretenden hacer cocina de altura, deberían cuidar los panes que sirven.

En fin, ya digo que no es mi intención meterme a crítico gastronómico, aunque no diré que no si me hacen una oferta, que esa gente vive muy bien. Sólo quería recomendar un sitio que, de verdad, me ha parecido estupendo, sin presunciones elitistas ni moderneces estúpidas: un restaurante para pasarlo bien comiendo y probando cosas nuevas.

19/08/2007

EL HURACÁN EMILY

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Más batallitas del abuelo. Ahora que andan de huracanes en el Caribe, no sé si he contado que yo viví un huracán en México hace dos veranos. Si ya he relatado la historia, mil perdones, pero en esta calurosa tarde dominguera no se me ocurre nada mejor de lo que escribir.

Viajábamos por el Yucatán y veníamos del sur de la Península, en nuestra última semana de viaje. Subíamos por la costa oriental en dirección a Cancún, de donde saldría nuestro vuelo de regreso a España unos cuantos días después. Cansados después de recorrer Chiapas, buscábamos un sitio playero sin multitudes donde esquilmar el stock local de cerveza. Llegamos a Tulúm con la intención de alquilar un par de cabañas "hippie style", pero cuando llegamos, el dueño de las cabañas nos dijo que sólo nos podía alquilar una noche: "Mañana van a evacuar esto por el huracán, ¿saben?". ¿El huracán?, ¿qué huracán?, nos preguntamos. Qué cosas tienen estos mexicanos. Alguien compró un periódico del día, cuyo titular de portada decía, en letras monstruosamente enormes: "ALERTA MÁXIMA. El huracán llega a la costa con fuerza cinco". Habíamos pasado los días anteriores sin prensa ni tele, casi aislados, y no sabíamos que nos dirigíamos al lugar por el que el ciclón Emily iba a entrar en el Yucatán.

Nos sorprendió que los lugareños estaban, por lo general, bastante tranquilos. La pachorra que da la experiencia, supongo. Pero las autoridades tampoco parecían esmerarse mucho para que se espabilaran: la tele emitía informativos apocalípticos, pero apenas había información oficial sobre qué hacer o adónde ir. Al final, alguien nos aconsejó refugiarnos en el interior, y nos marchamos a Valladolid, una ciudad del tamaño de Huesca en el centro de la península que estaba recibiendo un montón de evacuados. De chiripa, encontramos sitio en el segundo hotel en el que preguntamos. Las plazas hoteleras se agotaron poco después, y los siguientes españoles que nos encontramos tuvieron que refugiarse en los pabellones de las escuelas. Ésa hubiera sido nuestra suerte si hubiéramos llegado un par de horas más tarde.

En Valladolid, la gente se tomaba el huracán como una juerga. Era verdad que los comercios protegían sus vidrieras con tablones y que muchas casas estaban cerradas a cal y canto, pero la plaza estaba más animada que nunca. Nadie tenía ganas de buscar refugio y, por supuesto, nadie quería perder la oportunidad de burlarse del reportero de Televisa que esperaba en la plaza a conectar en directo con el informativo nacional. El hombre aguantó el tipo pese al pitorreo que se traían con su persona.

Los vendedores del mercado de antojitos de Valladolid se pusieron las botas sirviendo tacos y quesadillas a todos los refugiados y el paso de la furgoneta del Estado que, a través de un altavoz, instaba a la población, en español y en maya, a refugiarse y a no salir de casa bajo ningún concepto, provocaba las burlas y las risas de todos. Parecía que, más que a una catástrofe, estaban esperando la llegada de los Rolling Stones.

Emily se retrasaba y tocó tierra horas después de lo previsto. Cuando Televisa conectó con el corresponsal en Cancún, apenas se oía nada, porque el viento y la lluvia tapaban la crónica. Sin embargo, en Valladolid lucía un sol maravilloso y nosotros esperábamos a Emily nadando tan ricamente en la piscina del hotel. Nos preocupaba tanta indolencia y nos mosqueaba mucho que la dueña del hotel, decorado al estilo colonial, no hubiera guardado el mobiliario piscinero ni hubiera asegurado los faroles de forja que colgaban de los arcos y que podían salir despedidos. Alguien le comentó la conveniencia de prepararse para lo peor, y la señora respondió: "Ustedes tienen miedo porque no han vivido un huracán, pero ya verán que sólo es lluvia y viento fuertes". Y se quedó tan pancha. Habría que ver qué respondería en caso de incendio: "No se preocupen, que es sólo fuego". Hasta entonces, no sabía que la obviedad podía utilizarse como defensa tranquilizadora.

La verdad es que, por suerte, Emily no causó víctimas. Pasó por encima de nosotros con fuerza reducida, de madrugada, y sólo alcanzamos a oír el viento que agitaba fuertemente los árboles. Por la mañana pudimos comprobar que no sólo los había agitado, sino que los había derribado por completo. La ciudad estaba patas abajo y las calles, llenas de barro, cristales y desperdicios. Pero la destrucción fue mucho mayor en el campo: cuando enfilamos la carretera hacia Cancún, vimos que la selva yucateca entera se había venido abajo. No había un solo arbol en pie. Y cuando digo árboles digo también postes de luz y de teléfono. Playa del Carmen, la ciudad por la que entró Emily, estaba inundada e impracticable, sin ningún tipo de servicio mínimo indispensable. En Tulúm, el restaurante en el que habíamos cenado era un montón de madera en el suelo de la playa, y en Cancún no había suministro eléctrico en casi ninguna zona de la ciudad. No parecía haber prisa por retirar los árboles de las carreteras ni por volver a poner en pie las infraestructuras destruidas. Se insistía mucho en que no había habido muertos. Lo demás era secundario, y la vuelta a la normalidad podía esperar. 

Al poco de volver nosotros a España, pasó un segundo huracán, el Katrina, pero ése no fue tan benévolo como el que nos tocó en suerte. Espero que el Dean resulte, por lo menos, tan inofensivo como Emily. Con un terremoto tenemos ya bastantes desgracias naturales en Latinoamérica por este verano.

Foto: una gasolinera, en el suelo, tras el paso de Emily.  

19/08/2007 20:06 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

20/08/2007

FRANCISCO NÁJERA, BOXEADOR

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Al igual que las cadenas de televisión, yo también tengo derecho a rellenar el verano con refritos. Así que abro el archivo y recupero al boxeador de la industria petrolera rusa, un reportaje que publiqué en Heraldo Domingo en 2004, no recuerdo la fecha exacta. Andaba por entonces empeñado en encontrar a un niño de la guerra con una historia peculiar, y lo encontré en un piso del barrio de Delicias. Su historia, que es la de muchos, me conmovió. Por eso la traigo al blog. La foto es de María Torres-Solanot.

 

 

UN BOXEADOR ESPAÑOL EN LA ESTEPA RUSA

Son los mayores olvidados de la guerra civil española. Los libros les dedican apenas unos párrafos; las películas documentales, un par de planos. Un tren partiendo, un barco alejándose. Pañuelos, lágrimas y adioses. Sólo ahora han logrado ocupar el centro de la foto, cuando apenas quedan unos pocos centenares con vida.

Los ‘niños de la guerra’, aquellos que el Gobierno republicano sacó de España en 1937 y 1938, son hoy ancianos que viven sin ruido, inadvertidos en los barrios de cualquier ciudad. Salvo unos pocos casos, sus vidas de leyenda encaran discretas el último tramo, entre fotos y recuerdos de los países que les acogieron.

Francisco Nájera, el boxeador que se midió con los temibles y rudos obreros de la industria petrolera soviética y les venció, es uno de ellos. Hoy, en un piso del barrio de las Delicias de Zaragoza, conserva en cajas de latón los centenares de fotos y de papeles que generaron los casi veinte años que vivió en la URSS.

Francisco Nájera nació en Pasajes (Guipúzcoa) en 1929, y es el tercer hijo de una familia de obreros vascos. Por tanto, el 18 de julio de 1936 tenía siete años. Al arreciar la ofensiva franquista sobre el País Vasco en los primeros meses del conflicto, su madre buscó refugio en Bilbao. Allí vivieron el bombardeo sobre Guernica, que provocó una encendida reacción internacional, tras la cual numerosos gobiernos se ofrecieron para acoger a los indefensos niños el tiempo que durasen las hostilidades. Desde comienzos de 1937, Bilbao sufrió continuos bombardeos que hicieron que la madre de Francisco decidiera sacar a su hijo de la guerra.

El Habana

“A mi hermano lo mandaron a Bélgica, donde le acogió una familia en su casa. Y mi hermana y yo embarcamos en el Habana. Primero, a Francia y, de ahí, a Rusia”, relata. Sucedió el 13 de junio de 1937. El Habana era un enorme crucero que se había librado por los pelos de caer en manos franquistas y que las autoridades republicanas atracaron en Bilbao y utilizaron, primero, para alojar en él a los refugiados procedentes de Irún y de San Sebastián y, después, para evacuar a contingentes de niños a puertos de Francia,

Países Bajos e Inglaterra. Muchísimos ‘niños de la guerra’ salieron del país a bordo del Habana, por lo que su nombre se ha convertido en símbolo del éxodo infantil. La de Francisco fue la segunda expedición que partió con rumbo a la Unión Soviética, con unos 500 niños a bordo. El régimen comunista acogió a casi 3.000 menores durante la guerra.

El grupo de Francisco llegó a Leningrado (actual San Petersburgo) unas semanas después, donde recibieron una oficial, pero calurosa, bienvenida. “De Leningrado, pasamos a una colonia de vacaciones en Crimea, en el Mar Negro”. Y, de ahí, a la Casa de Niños número 1, situada a unos 40 kilómetros de Moscú. “Era como un balneario, tranquilo, precioso y enorme. Yo estaba en el pabellón de los más pequeños y recibíamos clases en español”.

Las Casas de Niños eran unos internados creados para los pequeños refugiados españoles donde los pedagogos de la URSS impartían las asignaturas en castellano, con profesorado soviético y español, y enseñaban, al tiempo, el idioma ruso. El proyecto pedagógico pretendía que los niños pudieran integrarse en la sociedad soviética sin perder sus raíces hispanas.

Hasta poco después de 1945, funcionaron 16 Casas de Niños (11 en Rusia y 5 en Ucrania), todas numeradas, atendieron a 2.189 pequeños y estaban instaladas en mansiones y fincas requisadas a la nobleza durante la Revolución de 1917. Por eso, Francisco tiene el recuerdo de que el centro era como un “balneario”. El suyo era el más grande y el más importante, con 435 alumnos y 319 profesores (297 rusos y 22 españoles).

Saratov

“Cuando los nazis invadieron Rusia, nos evacuaron en barco por el Volga y nos llevaron cerca de Stalingrado, a una república autónoma de alemanes en Saratov”. Los alemanes en cuestión no eran nazis invasores, sino un núcleo germano que llevaba generaciones asentado en el lugar, conservando su lengua y sus costumbres. Por eso, Moscú le había concedido un estatuto de autonomía y la zona era conocida como la ‘república alemana’.

Francisco apenas tuvo noticias de la Segunda Guerra Mundial, y pasó aquellos difíciles momentos para la Unión Soviética resguardado de la violencia y del hambre. “Casi no nos enteramos de las bombas”.

En 1944, con los ejércitos del Reich en retirada y fuera del territorio ruso, Francisco regresó a la Casa de los Niños, donde terminó sus estudios de secundaria e ingresó en una escuela de oficios, donde aprendió, con otros 30 españoles, la profesión de tornero.

“Salí de la escuela con trabajo y entré, junto con otros 30 españoles, en una fábrica de maquinaria petrolífera que daba empleo a 12.000 personas. Nos alojábamos en dormitorios comunes de 12 camas, separados los de hombres y los de mujeres”.

Una separación que no era estanca, desde luego, ni evitaba que los jóvenes se divirtieran los fines de semana. Aunque, a esas alturas, Francisco ya dominaba el ruso y tenía amigos soviéticos, los españoles seguían siendo una piña y se juntaban para ir al cine y hacer excursiones los fines de semana. Así, Francisco fue intimando con otra ‘niña de la guerra’, una asturiana: Josefina Díaz Álvarez.

“Me casé al poco tiempo de empezar a trabajar en la fábrica. Tendría... no sé, 17 años o así”. Como era preceptivo, el Estado les facilitó un piso en Moscú y, por primera vez desde que salió de España, Francisco supo lo que era vivir en una casa.

Paradójicamente, el inicio de la vida conyugal fue seguido del comienzo de la aventura de su vida. Deportista consumado, Francisco siempre había destacado en todo tipo de disciplinas, pero por entonces descubrió la que le apasionaba de verdad: el boxeo.

La URSS alentaba la práctica de cualquier deporte y establecía competiciones muy exigentes entre los trabajadores de la industria. Aunque eran ‘amateurs’, la entrega, los medios y el entusiasmo que despertaban este tipo de campeonatos eran equiparables a los niveles profesionales de cualquier país europeo.

El campeonato de boxeo de la industria petrolera era duro. En él competían curtidos obreros eslavos de todas las cuencas de la Unión Soviética. Gentes acostumbradas a manejar pesadas máquinas bajo temperaturas extremas. Individuos fuertes y temibles. Para la propaganda del régimen, héroes forjadores de la utopía socialista, cantera de atletas que debía erigirse en modelo para las masas.

El español Francisco, enamorado del deporte del ring, no se sintió amedrentado por aquellas minucias y fue ganando un combate tras otro. “Era un chollo -recuerda-. Me permitía librarme del trabajo, me pagaban buenos extras y viajaba por todo el país”.

Paso a paso, llegó a la final y ganó el campeonato, noqueando por el camino a rudos siberianos de la estepa, a nietos de cosacos y a recios ucranianos. Había aprendido de los mejores puños del bloque comunista. No se perdía un solo combate de las muchas veladas que se programaban en Moscú. Tenía buenos preparadores y asistía a exigentes escuelas.

Preparador

Fueron 11 años como boxeador y, aunque no llegó a dar el salto al terreno profesional (meta imposible para un español sin la nacionalidad rusa), obtuvo el diploma de preparador. “Di muchos cursos y aprendí todas las técnicas”.

Había pasado mucho tiempo y, en 1951, nació su hija, Nieves. La morriña hacía mella. Una morriña extraña, ya que apenas había conocido España y no tenía queja alguna del trato recibido en la URSS, donde seguía viendo con frecuencia a su hermana. Así, cuando, tras la muerte de Stalin, se restablecieron las relaciones diplomáticas entre Madrid y Moscú, Josefina y Francisco se plantearon regresar.

Lo hicieron en 1956, en uno de los primeros contingentes masivos de repatriación en los que volvió la mayoría de los ‘niños de la guerra’. Tenía entonces 27 años, 19 de los cuales, los había pasado en la URSS.

Como su madre se había trasladado a Zaragoza, tras un período de tanteo en su País Vasco natal, Francisco probó suerte en la capital aragonesa. “Me habían dicho que los sindicatos (verticales) ayudaban a los que volvíamos de Rusia, así que me acerqué y, como había conseguido un trabajo de tornero en una empresa de las Delicias, me dieron un piso en el barrio Oliver”. La familia se instaló, pues, en Zaragoza, ciudad de la que no ha vuelto a salir.

Pero, como el gusanillo del boxeo no es algo que desaparezca así como así y, por aquel entonces, en la capital aragonesa había afición y se celebraban muchas veladas, Francisco dedicó todo su tiempo libre a ese deporte. Pero desde una esquina, fuera de las cuerdas.

“Cogimos unos locales en el barrio Oliver y montamos un gimnasio que llamamos La Estrella. Un día sí y otro no, entrenábamos a chavales que querían boxear”. Su título soviético de preparador y su trayectoria le convertían en alguien muy respetable en el mundillo del boxeo ‘amateur’.

Hoy, todo eso se conserva en las cajas de latón donde Francisco, el temible púgil español, guarda sus viejos recuerdos.

 

20/08/2007 23:12 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 3 comentarios.

22/08/2007

UNA DE ROMANOS

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Cuando la pusieron en Cuatro no pude seguirla (en contra de lo que le suele pasar a la gente con horarios decentes, yo sólo puedo seguir las series que echan a partir de la medianoche). La he visto ahora en DVD y, aunque muy tarde, por fin estoy en condiciones de hablar de ella.

Se la recomendé a una amiga seriéfila y me dijo que no le llamaba la atención, que aquello tenía un tufo a BBC yoclaudista que tiraba para atrás. Supongo que a mucha gente le pasará lo mismo, y entiendo los prejuicios: a mí también me resultan insufribles las recreaciones históricas de la BBC, que parecen como de Estudio 1, tan teatrales, tan falsas y con esos actores shakespearianos tan blancuzcos que creen estar interpretando delante de la reina Victoria. Pero es que Roma, aunque esté la BBC de por medio, no tiene nada que ver con Yo, Claudio. Es una serie del siglo XXI para espectadores del siglo XXI, sin pretensiones de ser un manual de historia.

Me gusta Roma. Y me gusta precisamente por todas esas cosas que le han reprochado sus detractores: me gusta que la acción se centre en las ficticias andanzas de dos soldados inspirados en otros dos que aparecen citados en un párrafo de La Guerra de las Galias, Lucio Voreno y Tito Pullio; me gustan los primeros planos de los actores, que rompen con los referentes visuales del cinemascope y nos devuelven una Roma de romanos (esto es, de personas humanas) con la que sí que podemos sentir empatía; me gusta que se folle y que se coma en abundancia, y me gusta el atrezzo, inspirado en Pompeya, tan reconocible para cualquiera que haya paseado por la ciudad maldita del Vesuvio. Y, por supuesto, me quedo tonto con la fotografía, especialmente en las secuencias callejeras, con esos ocres tan bien marcados. 

Dicen algunos historiadores que, a diferencia de Yo, Claudio, no nos cuenta nada de la historia romana, de porqué y cómo cruzó César el Rubicón, pero no creo que la pretensión de la serie sea enseñarnos historia antigua. Roma es una serie de gestos y de personajes que viene con la filosofía de HBO, que no es otra que la de eliminar las imposturas de género. Los actores parecen haberlo entendido y están a la altura, por eso aguantan tan bien sus primeros planos y por eso saben imponerse al decorado. Si lo único que nos importase de la serie fuera la exactitud con la que se ha reproducido el Senado romano, habrían fracasado. HBO y la BBC han contado una historia de la vida cotidiana, como siempre, pero esta vez en la antigua Roma, con excusa histórica. Es decir, no han hecho épica (de ahí que no necesiten cinemascope ni grandes planos abiertos), sino lírica.

En otras palabras: es cierto que no se dan las claves por las cuales Roma pasó de una República senatorial a un Imperio de déspotas, pero resulta mucho más interesante ver a Lucio Voreno debatirse entre su sentido del deber, el amor a su familia y su recta moral republicana. ¿Por qué? Sencillamente, porque el dilema de Lucio Voreno lo viven todavía hoy millones de personas cuando salen de su casa por la mañana para ir a trabajar. Éso es lo que distingue a los narradores que quieren captar el espíritu diferenciador de una época de los que buscan la universalidad aglutinante de los sentimientos humanos. Cambian las políticas, las formas de relacionarse, las estructuras sociales, todo cambia. Pero la amistad, el amor, la traición, el deseo, el miedo, el odio y el resto de miserias humanas las reconocemos en cualquier época y cultura, ya sea en un Ulises atado a un mástil o en una oficina silenciosa y gris a las cuatro de la tarde.

Qué le voy a hacer si soy así de superficial.

22/08/2007 12:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 4 comentarios.

23/08/2007

TAYLORISMO ELITISTA

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Kiko Amat, en el Culturas de La Vanguardia, escribe un artículo muy acertado, que resume básicamente lo que yo pienso, sobre la costumbre de la revista Granta de seleccionar cada década a los mejores novelistas jóvenes. En esta ocasión le ha tocado el turno a los mejores novelistas jóvenes norteamericanos. Estas vacaciones leí la antología en cuestión y, salvando dos o tres relatos, todos me dejaron un regusto de cosa prefabricada e insípida. Pero, además, leyendo el prólogo, me quedaron claras otras cosas que invitan a desconfiar mucho de quienes quieren emular a la MTV en plan cultureta. Porque una cosa es marcar tendencias o jugar a adivinar por dónde va la vaina moderna, y otra muy distinta es "marcar la agenda de lecturas de toda una generación", como se vende Granta. Al loro cantimploro, porque la cosa tiene su miga:

1) El proceso de selección lo realizan universitarios excelsos y profundamente elitistas. Así, si en la lista de los mejores novelistas británicos, casi todos procedían de Oxford y de Cambridge, en la de norteamericanos, la mayoría son aplicados empolloncetes de la Ivy League. Y, como la propia historia de la literatura demuestra, el talento no fermenta sólo en los campus de Nueva Inglaterra. Como dice Amat: "Es más probable que un camello pase por el ojo de una aguja a que un no universitario pobre y autodidacta publique en Granta. Si Bukowski viviese, su máxima relación con Granta sería limpiar los retretes de la editorial". Y no quiero ni pensar en cómo los dejaría de guarros. Les saldría más a cuenta tenerle como articulista.

2) El editor de Granta, Ian Jack, cita en el prólogo a Zadie Smith, con quien comparte escándalo por la abundancia de antihéroes violentos y escatológicos en los relatos. ¿Cómo es posible, si son jóvenes ricos y mimados que no han experimentado más muerte en su vida que la de su perrito Randall? Jack lo achaca a una "mal asimilada" influencia del realismo sucio de Carver en los talleres literarios donde se han formado estos escritores. He aquí lo nunca visto: taylorismo elitista. Mucha técnica pero nada que contar. ¿No decía Oscar Wilde que para escribir sólo hacían falta dos cosas: tener algo que escribir y escribirlo? Ya vendrán los lectores luego a discriminar si les interesa o no lo que está escrito. Pero claro, Wilde ya no imparte seminarios en Harvard ¿Para qué leerlo si no puedes ponerlo en el currículum? Por mi parte, tengo claro que, para leer malos sucedáneos de Raymond Carver, prefiero releer los cuentos de Raymond Carver. Qué poco moderno soy, ¿no? No me extraña que no me inviten a rave parties.

3) No hay nada más prescindible que una lista de imprescindibles. No está de más echarle un vistazo. De hecho, yo me he quedado con las ganas de leer algo más de un par de autores (por ejemplo, de Kevin Brockmeier), pero os aseguro que no va a marcar mi agenda de lecturas ni la de nadie. Entre otras cosas, porque soy demasiado veleta para gastar algo tan presuntuoso como una agenda de lecturas".

23/08/2007 01:02 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

DUPLICADO DEL BLOG

Dados los problemas de acceso que suele dar Blogia, estoy empezando a duplicar las entradas del blog en Wordpress. He habilitado la dirección sergiodelmolino.wordpress.com , donde se irá publicando lo mismo que en este sitio. Si alguna vez tenéis problemas para acceder aquí, dirigíos a esa dirección alternativa. En principio, sólo tiene lo básico, el artículo del día y ya está. Poco a poco, cuando tenga tiempo, iré copiando los enlaces de la barra de la derecha en Wordpress para que quede un blog con contenido idéntico, aunque el diseño sea diferente. Dado que Wordpress admite más posibilidades que Blogia, es posible que si encuentro hueco y ganas, con el paso del tiempo se diferencien un poco los contenidos de ambos blogs, y que el de Wordpress funcione como "segunda cadena" de este. De momento, como digo, sólo es una copia de seguridad. Vosotros podéis seguir leyendo y comentando en cualquiera de los dos, pero recordad que los comentarios no se duplicarán y que yo prestaré menos atención a lo que se comente en Wordpress. Así pues, tomad buena nota del enlace:

sergiodelmolino.wordpress.com 

También quería comentaros que he adquirido el dominio www.sergiodelmolino.com y que, igualmente, si encuentro tiempo y mis conocimientos informáticos me alcanzan (socorro, Futurible), en un futuro el blog se alojará en él. Pero lo haré con calma y avisando con tiempo. 

23/08/2007 01:15 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Hay 5 comentarios.

27/08/2007

NO LO ENTIENDO

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A ver si lo entiendo sin necesidad de estudiar Económicas. Resulta que a unos inversores la mar de enrollados se les ocurre lanzar unas "hipotecas de alto riesgo". Financian en condiciones ventajosas y sin apenas garantías y, cuando el asunto les empieza a ir mal, el chiringuito se les desmorona. Normal, para eso eran "de alto riesgo", digo yo. Si entras en un barrio de alto riesgo es fácil que salgas de él sin cartera. La diferencia es que, si a mí me quitan la cartera por temerario, cuando vaya a poner la denuncia, el policía encima me abroncará y me dirá que lo tengo merecido por andar por donde no debo (es cierto, ese tipo de reprimendas las he escuchado de boca de maderos, y yo me contenía las ganas de decirle que cada cual pasea por donde le sale y que se limitara a tramitar la denuncia sin moralinas ni consejitos). No recuperaré el dinero y tendré que duplicarme todos los documentos, pero la desgracia sólo me afectará a mí. Sin embargo, si eres un banco que ofrece hipotecas de alto riesgo, cuando te roban la cartera, provocas una ola de pánico generalizada que hace que todo el mundo pierda la cartera en cadena. Los bancos centrales emiten pasta para rellenar las carteras, aunque ni esos bancos ni los ciudadanos que los financian a través de sus gobiernos tienen la culpa de que unos señores se hayan lanzado a dar hipotecas de alto riesgo. Total, que resulta que el alto riesgo no era para los prestamistas, sino para todos los demás. ¿Existe algo más desquiciante?

El caso es que asumimos como reales y normales hechos absolutamente fantásticos. Leemos en la prensa que si un señor deja de pagar su hipoteca en Arkansas provoca una ola de pánico en la Bolsa de Madrid que puede llevar a la ruina a Piensos Rodríguez, empresa que no tiene nada que ver ni con los riesgos ni con las hipotecas ni con las viviendas prefabricadas de Arkansas. Es más, Piensos Rodríguez funciona bien, vende muchos piensos de calidad a buen precio y da trabajo a una cantidad notable de respetados profesionales que, sin comerlo ni beberlo, pueden verse en la puta calle. Cuando les entreguen el despido les dirán: "Compréndalo, es que, las hipotecas de alto riesgo...". "¿Y a mí qué me dice, si yo soy ingeniero agrónomo?".

Joder con la economía mundial. Es más asustadiza que una novicia al entrever las soberbias desnudeces del jardinero. Alguien se rompe una uña en el culo del mundo y enseguida ves a los inversores corriendo y berreando como niños histéricos tratando de venderlo todo, como si les quemara. Parece mentira que estos gritones pazguatos sean las mismas personas que, diez minutos antes, se reían a carcajada limpia sabiéndose los reyes del mambo. ¿Cómo se pasa de rey del mambo a niñato gritón en dos segundos? Hay que tener cierta coherencia con el papel que uno asume, por dios. Con una ciclotimia tan exacerbada no me extraña que las bolsas puedan derrumbarse como un castillo de naipes de un día para otro.

Estamos en manos de neuróticos peligrosos y no podemos hacer nada.

27/08/2007 12:35 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 4 comentarios.

28/08/2007

APRENDER DE UMBRAL

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Hay que ver cómo es internet. Se muere alguien, la gente va como loca al Google buscando referencias de ese alguien y un olvidado artículo de este pobre y mísero blog empieza a recibir visitas y algún que otro comentario. Me refiero a la única referencia a Francisco Umbral que he hecho en este garito, de soslayo y traída por los pelos. Pero la gente se agarra a un clavo ardiendo. Yo la tenía más que olvidada (fue hace más de un año), pero la recupero ahora, antes de escribir algo más sosegado y acertado sobre él:

"Puede que me equivoque, porque cito de memoria, y después de un día de trotar por varios pueblos de Aragón no me apetece buscar la cita exacta -tarea pendiente para otro día-, pero creo que Francisco Umbral habla de su pene en algún momento de Mortal y rosa (¿Y cuándo no habla de su pene?, se preguntarán los maliciosos, a lo que me veré obligado a responder que algunas veces también habla de su pelo, de su pluma, de su pecho y de otras muchas cosas que empiezan por "p" y que sólo tienen en común pertenecer a su nunca bien ponderado ego. Mis perdones a los umbralianos). El caso es que -creo, estoy casi seguro- Umbral dice en algún momento que las artes plásticas sólo se han atrevido a representar penes flácidos e inofensivos. El pene erecto es demasiado agresivo, demasiado dominante, demasiado distorsionante para cuadrar en una representación erótica. El pene erecto se asimila -siempre según esta torticera evocación umbraliana- más con un arma que con el placer, es decir, más con Thanatos que con Eros".

No volví a buscar la cita exacta ni volví a referirme a Umbral en el blog. Ni siquiera cuando Pérez-Reverte le citó a la salida para medirse como un macho. Ahí ha quedado, pendiente. No es que yo tenga algo especialmente estimulante que decir sobre él. Ni le conocí ni sé ningún secreto inconfesable suyo. Sé lo que todos. Sé de sus libros y de su careta de personaje. Al margen de eso, mi conexión con él (esos seis grados de separación que dicen que hay como máximo entre todos los seres humanos del planeta) viene por una vieja amiga a la que ya sólo sigo a través de los artículos que publica. Creo que ella tiene el honor de haberle hecho la última entrevista, que publicó en forma de sentido retrato, de relato de un día en su aislada casa, con la presencia de María España de silencioso fondo.

Leí Mortal y rosa en un momento complicado y metamórfico (vaya palabro me he inventado) de mi vida y me llegó muy hondo. Hoy me extraña que un chaval sintiera esa empatía hacia el oscuro prota de un relato tan negro... En fin, quizá yo no era la alegría de la huerta con 17 o 18 años. A unos les da por la heroína, y a mi me dio por los falsos bohemios. No sé qué es peor, la verdad, pero es lo que he vivido. Creo que en Mortal y rosa atisbé además un Madrid que me resultaba muy familiar. Un Madrid asfixiante, de casticismos moribundos y resabios galdosianos. Lo vi más claro en La noche que llegué al Café Gijón, y gracias a Umbral y a la caterva de presuntos escritores malditos que llevaba sobre sus espaldas, aprendí a amar y a odiar por igual a Madrid. Y que se puede amar y odiar al mismo tiempo casi cualquier cosa. De Umbral aprendí las sutilezas de la ambivalencia y, como en un curso de cata, también aprendí a percibir el aroma de la putrefacción, que nada tiene que ver con el aroma de lo marchito. Más tarde, me dediqué a desaprender todo lo que había aprendido con él, y gracias a eso sobreviví con alegría.

Creo que quienes hemos leído a Umbral cuando nos creíamos letraheridos (y cursis, y estúpidos) hemos recibido una marca profunda. No sé si su literatura sobrevivirá, no sé si hablaremos de él como de un clásico. Personalmente, lo dudo mucho: le olvidaremos como olvidamos a su maestro, González Ruano. Umbral es ya pasto de eruditos y mitómanos, pronto dejará de ser un producto de masas, si es que alguna vez fue eso. Creo que fracasó en su empeño de fabricarse una cabeza: se quedó al final en simple caricatura. Con él, eso sí, desaparece para siempre una forma de vivir y enfrentarse a la literatura. Con él desaparece la literatura de subsistencia crecida en veladores de mármol de la Corte. Para mucha gente, tristemente, sólo quedará el personajillo que quería hablar de su libro. Pero él lo quiso así, sería ñoño lamentarlo. Para mí, después de muchas vueltas y revueltas, Umbral quedará como el inventor-cronista de un Madrid falso, arribista y neogaldosiano. Un Madrid más reconocible en las páginas de algunos libros que en sus calles actuales. Un Madrid de ficción, tan de ficción como su autor.

He sentido su muerte. Me he quedado con las ganas de conocerle.

 

PS: Me ha venido a la cabeza el último gran momento umbraliano que he vivido. Fue una Nochevieja en Madrid, hará dos o tres años. Nuestro querido J., oriundo de un pueblo zamorano en el que practican cierto salvajismo celtibérico con una cabra y un campanario, harto de nuestras bromas sobre cuadrúpedos voladores y garrulos varios, vino a la cena pertrechado con una contraportada de El Mundo. Se hizo el silencio, él se levantó como si fuera a bendecirnos, y leyó la columna de Umbral que había en ella, consistente en una retórica y repompolluda defensa de la cabra y el campanario y de otras costumbres atávicas. Lo leyó como Demóstenes, pocas veces he visto declamar tan bien, y se ganó nuestro aplauso. Umbral le convirtió en el prota de la noche. Una noche tan divertida, que me gustaría recordar mejor, sin las comprensibles lagunas etílicas.

28/08/2007 13:46 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 10 comentarios.

29/08/2007

METAMORFISMO

Me apuntan por mail -correctores de lujo y eficaces que tiene uno- que el término metamórfico, que empleé con dudas en el post anterior, sí que existe. La Academia (sí, ese club de jubilados que en lugar de jugar al mus debate sobre la lengua y dice cómo hay que usarla) lo define así: "Dicho de un mineral o de una roca: Que ha sufrido metamorfismo". Yo creía que había hecho una aportación a la lengua y en realidad me estaba llamando a mí mismo pedazo de piedro. Estoy hecho un fósil.

29/08/2007 12:37 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.


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