ABOLIR EL CAMPO

Tras muchos años teniendo compañeras femeninas, ahora tengo un compi de mi mismo sexo. Toda una novedad.
Mi compañero me enseña un reportaje que le han publicado en el Diario de Notícias de Lisboa. Me leo su versión original en castellano y luego miro la versión publicada y traducida. "Joder -le digo-, pero es que escrito así suena a cachondeo. El portugués no es un idioma para hablar de cosas serias".
El portugués es un idioma ideal para lamentarse de algo. Los portugueses lloran muy bien. Con lágrimas de cocodrilo, claro, pero son creíbles. Mi compi se ríe. Él es más de hablar francés.
Yo he vuelto de una estancia de un par de días en Fago, de hacer el reportaje de rigor del primer aniversario (publicado este pasado domingo) y él ha estado en otro pueblo con mal rollo. Hablamos de la dura convivencia en el agro y yo concluyo que la única política razonable en ese aspecto sería deshabitar forzosamente los pueblos y no permitir a la gente vivir en núcleos de menos de... 30.000 habitantes, por ejemplo. O de 100.000, que es más redondo y empieza a parecerse a a una gran ciudad. De hecho, lo ideal sería que existieran sólo megalópolis y que el resto fueran parques de ecoturismo, pero deshabitados.
Ciudades gigantes, sin poyos ni carasoles. Sin la obligación de saludar a nadie. Lugares donde poder tener secretos, poder ser bígamo, o trígamo, y que nadie se entere jamás. Poder tener tres nombres y seis vidas paralelas. Poder trabajar veinte años al lado de alguien y no saber nada de él aparte de su nombre. Que tu vecina tenga a todos sus amantes descuartizados en un congelador y tú estés convencido de que sólo es una ejecutiva ciencióloga del montón. Que descubran los cadáveres y tú salgas por la tele diciendo sinceramente que jamás te podías haber imaginado algo así, que era una ejecutiva ciencióloga encantadora que siempre acariciaba a tu perro en el ascensor. Saber que estás rodeado de gente por todas partes -por arriba, por abajo, por los lados, bajo tierra-, pero que no puedes hablar con nadie. Poder decirle a una chica que ya la llamarás y no llamarla nunca porque sabes que vive en otro de los muchos mundos que caben en tu ciudad: sois líneas tangentes. O esperar siempre la llamada prometida y no recibirla nunca, y buscar por los rincones sabiendo que nunca vas a encontrarla.
En los pueblos, cuando hay un crimen, ningún vecino se sorprende. Todos saben todo y todos lo explican. Todos se lo esperaban. Qué maravilla si el campo no existiera fuera de los libros de Bernardo Atxaga y de Miguel Delibes. Mi compañero se ríe y yo agradezco su risa, agradezco su sentido del humor. Otros me han mirado serios e inquietos. Todavía hay gente que me toma en serio: eso es lo inquietante.
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Autor: Diogo Amílcar da Costa de Moraes Neto
Fecha: 17/01/2008 09:34.
Autor: Anakrix
Fecha: 17/01/2008 11:54.



