VÍCTIMAS Y HUMANOS

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Hace un par de semanas, comiendo con un amigo profesor universitario que sabe mucho de estas cosas, recordábamos al cachondo de Enric Marco, aquel que se hizo pasar por víctima de Mauthausen, y de ahí divagamos un poco sobre cómo el estatus de víctima puede resultar cómodo y apetecible en el mundo actual. Lejos de estar silenciadas, las voces de las víctimas están por todas partes, hasta el punto de que sus relatos se han normalizado. "Fíjate en las historias de la dictadura argentina -me decía-: todas las sesiones de tortura están cortadas por el mismo patrón. La picana, el viaje sobre el océano...". Los tics de los relatos se repiten y se hacen muy predecibles. Por tanto, debe de resultar muy fácil fingirlos. Las falsas víctimas o las víctimas-actores estarán por todas partes.

Pensaba en esto el otro día cuando estrenaron la serie esa de Fago, que no tuve ocasión de ver, pero sí me dio para pensar en que todavía hay víctimas y víctimas. Cuando el relato está estandarizado y ha pasado al imaginario popular, hay muchas cosas que el público no acepta. Sin embargo, cuando la víctima no encaja en ningún modelo reconocible, parece que no tiene derecho a la dignidad de otras. Por ejemplo, si Fago, en lugar de ser un pueblo de La Jacetania, fuera una aldea navarra junto al Bidasoa, o una pedanía de Hernani, y el asesino, en lugar de haber sido candidato del PSOE, tuviera simpatías abertzales, ¿a alguien se le habría ocurrido hacer una serie como la que se ha planteado? ¿Se le daría al asesino (presunto, pero confeso) el trato que se le está dando a Santiago Mainar?  

Resulta curioso, porque quienes contribuyen a esa literaturización de las víctimas son más bien los medios y las propias víctimas al plantarse y reclamar la dignidad que merecen. La literaturización de los asesinos, sin embargo, corresponde más a los narradores. Al fin y al cabo, son personajes más atractivos, dan más juego. Las catas literarias que se hacen en el universo de las víctimas son menos ricas y se quedan generalmente en esa imagen superficial que todos reconocemos. Y es normal: un asesino permite una exploración más profunda y deja libertad al explorador para recrearse en su ambigüedad, en sus aristas, en sus pozos. A la víctima no se la puede remover mucho literariamente, porque en cuanto el narrador rebasa la línea del tópico socialmente aceptado, puede meterse en un jardín muy escabroso: cuestionar la validez del tópico puede interpretarse como un intento de violar a la víctima por segunda vez.

Por eso son interesantes los autores que se atreven a rasgar esa cortina e insinúan mundos más turbios. Mundos que nos dicen que las víctimas son, efectivamente, personas, y como tales, difícilmente encajan en un molde rígido. Lejos de maltratarlas, lo que hacen los autores que se atreven a dar ese paso es devolverles la humanidad que perdieron. Porque la condición de víctima inevitablemente cosifica, y nosotros no estamos preparados para empatizar con los objetos. A una víctima, la compadecemos. A una persona, la comprendemos.

Carlos Gamerro traspasa esa línea en esta novela monumental y psicotrópica a ratos, con más de 600 páginas: Las islas. Uno de sus personajes es una víctima de la dictadura argentina, y su historia transcurre por los raíles establecidos: la militancia, el secuestro a la salida de la facultad, la picana, las violaciones, la amenaza de subir a un avión y dar un paseo sobre el Atlántico... Pero hay un momento en el que esta salmodia previsible y reconocible se quiebra, y la víctima adquiere unas dimensiones humanas casi más siniestras que las del propio verdugo. La ambigüedad y los puntos oscuros acaban ganando a la claridad prístina de la víctima que, lejos de denigrarse, adquiere más contorno y nos dice más de la condición humana que cualquier cuento estereotipado.

14/03/2008 14:35

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Autor: Javivi

Excelente artículo, Sergio, y gracias!

Fecha: 14/03/2008 20:44.


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