DOCTOR EN ALASKA HOY
Ni Hablar por hablar logra dormirme ya. Las nanas de la inmundicia, que las llamo yo, no sirven de nada en estas noches pegajosas. Reveo Doctor en Alaska. Sí, soy recurrente, pero me gusta comprobar que los mitos siguen en su sitio. Creo que puede funcionar como una nana, pero, obviamente, no. No me duermo. Pienso. Y pienso en lo que significó para mí esa serie, que echaban también a las tantas por la 2, cuando yo no era todavía yo, cuando yo era un proyecto de mí mismo, cuando el personaje más afín a mí era el atontado, asocial, huérfano y cinéfilo Ed, y recuerdo lo mucho que disfrutaba con esa gente de Cicely, Alaska.
Me gustaría revivir aquella sensación primigenia y comprobar si de verdad era tan intensa como la recuerdo. Seguro que no, seguro que le he dado un barniz embellecedor y la cosa no era para tanto, pero hoy recuerdo aquellas madrugadas como algo revelador.
La serie ha envejecido mal en muchos sentidos, pero se mantiene igual de brillante en otros. Ha perdido capacidad de seducción, no creo que acabe convertida en clásico, porque se le ve demasiado la coetaneidad. Le asoma su tiempo -esa época de nadie a finales de los 80 y principios de los 90, cuando la caída del muro y el estallido de Nirvana- como un sarampión, y no siempre de forma tierna: la ropa, los peinados y muchos comentarios caducaron hace mucho, huelen a moho. El planteamiento argumental y escénico, que en su día renovó el lenguaje de las series, llevándolas al terreno del cine con mayúsculas, está hoy muy superado. Ese realismo mágico trasladado al Ártico, ese retorcimiento de los esquemas narrativos audiovisuales al uso, ha sido perfeccionado por realizadores y guionistas mucho más ágiles. Lo mismo sucede con su hiperintelectualismo y su ruptura de las fronteras entre lo onírico y lo real, que han sido mucho mejor tratadas en series como A dos metros bajo tierra.
Es el precio que pagan los pioneros, los que desbrozan el camino al resto, que los que vienen detrás suelen aprender rápido sus trucos y los acaban haciendo mejor que ellos.
Pero todo esto, que un espectador de hoy puede apreciar sin problemas, no molesta para el disfrute (en segundas nupcias) de la serie, siempre que se tenga cierto umbral de tolerancia. El contenido y el desarrollo de las tramas, la chispa -y el vértigo- de los diálogos y la soberbia interpretación de los actores tapan cualquier falla. Cicely sigue enamorando, sigue siendo un sitio al que apetece ir. Al que a mí me apetece ir. Probablemente, a mucha gente le parezca un asco pedante. Y están en su derecho, pero también ellos serían aceptados en Cicely, Alaska.
Torrente Ballester, que es un escritor despreciable en muchos libros y en muchos sentidos, dijo en su Don Juan una gran verdad: que nosotros no elegimos la música que nos educa sentimentalmente. Ojalá pudiéramos. Pero aprendemos a amar con un bolero cursi, y por muchos años que pasen y por mucho que se nos curta la corteza cerebral, seguimos soltando lagrimitas cuando suena por la radio. A mí me pasa algo parecido con Doctor en Alaska: me asomé a la vida con sus personajes, y no puedo evitar quererles con locura. Un susurro de Maggie me haría abandonar mi patria y hogar; me perforaría el apéndice si así pudiese tener una charla sobre Nueva York con Joel en su consulta; le regalaría mi colección de vinilos a Chris si se comprometiera a pincharlos en Chris por la mañana; cazaría un venado sólo para que Maurice lo cocinara en su cocina de gourmet; empeñaría tres sueldos en patatas fritas y cervezas del bar de Holling; pasaría una semana sin dormir viendo pelis de Bergman con Ed, y me haría dependiente de ultramarinos sólo para charlar por las tardes de filosofía con Ruth-Anne.
Asín soy, qué le voy a hacer yo.
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Autor: María
Fecha: 28/08/2008 09:32.
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Autor: Anakrix
Fecha: 28/08/2008 11:27.
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Autor: álvaro ortiz
Fecha: 28/08/2008 17:01.
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Autor: Antonio
¡Abrazos!
Fecha: 31/08/2008 19:56.



