Y SE ME ECHARON ENCIMA

Hemos estado unos días en la playa, poniendo nuestras cabezas en modo off y arrugando nuestras pieles bajo el agua de una pequeña cala cercana a Denia. Pero como yo no sé desconectar mi cabeza (y me vendría muy bien aprender a hacerlo), eché en la maleta una lectura muy poco playera: Historia de un alemán, de Sebastian Haffner. Allí, en Denia, donde el alemán es la lengua más hablada, entre canosos jubilados de Hamburgo, he devorado las páginas de un libro fascinante que, partiendo de la introspección de la experiencia vivida, vislumbra conclusiones muy parecidas a las que manejó la grandísima Hanna Arendt en su vibrante ensayo periodístico-filosófico Eichmann en Jerusalén. Así que, al final, sólo he estado desconectado del blog y de internet, porque al coco le he metido una tralla reflexiva de primer nivel. ¿Me dejais que la comparta con vosotros? Si no escribo un poco de todo esto, reviento.
Sebastian Haffner fue un periodista de Berlín que se exilió en Inglaterra en 1938 y puso su pluma al servicio de la propaganda aliada. Cualquier cosa valía para extirpar el cáncer nazi. En 1940, con la guerra ya empezada, publicó en Londres con seudónimo un libro que levantó ampollas: Alemania: Jeckyll y Hyde. Se trataba de una especie de manual dirigido a los directores de periódicos, a los ministros y a todo aquel que tuviera capacidad de mando y decisión, para que orientaran correcta y eficazmente la propaganda antinazi en Alemania. En un lenguaje directo, Haffner explicaba cómo debían dirigirse los aliados a la población alemana para que ésta se pusiera irremediablemente en contra de Hitler. Para ello, hizo un perfil de sus conciudadanos y trató de entender las causas y las razones que habían llevado a Alemania a adentrarse en los horrores del nazismo.
El libro es interesante y, leído hoy, Haffner aparece como un observador agudo y perspicaz, adelantando muchas de las cuestiones que la historiografía demostraría con posterioridad. Un mérito grandioso, habida cuenta de que no tenía perspectiva histórica ni personal, pues hasta 1938 él mismo había sufrido en sus carnes las consecuencias del horror. Sin embargo, Alemania: Jeckyll y Hyde no era el único libro que Haffner llevaba en su maleta de exiliado. En ella había un manuscrito anterior, titulado Historia de un alemán, que estuvo circulando por varios editores ingleses, pero ninguno quiso publicarlo. El manuscrito fue encontrado entre sus papeles personales tras su muerte, en 1999, y se publicó póstumamente.
No es extraño que Historia de un alemán no encontrara editor en 1939. Es un libro mucho más hondo, personal, introspectivo y honesto que Alemania: Jeckyll y Hyde. Los editores que buscaban carnaza para un público ultrapolitizado no querían relatos personales: la vivencia individual no contaba nada cuando las grandes fuerzas de la humanidad se batían el cobre en el campo de batalla. Historia de un alemán es demasiado sutil, demasiado desesperanzado, demasiado literario y demasiado agónico. Los lectores de entonces buscaban héroes antifascistas, no tipos que confesaban, como confesaba Haffner en el prólogo: "Con este libro sólo pretendo contar una historia, no predicar ninguna moral". Una actitud así sólo podía cosechar desprecio, el mismo desprecio que sufrió George Orwell con su también personalísimo Homenaje a Cataluña.
Somos nosotros, lectores del siglo XXI curados del espanto dogmático, los que redescubrimos a gente como Orwell y como Haffner. Nosotros sabemos valorar lo que sus coetáneos no quisieron oír. Nosotros, descreídos y solitarios, sabemos que la verdadera universalidad sólo puede estar en el individuo, y que la única épica posible es la de un tipo capaz de mirarse a sí mismo sin engañarse y que trata de ubicarse entre los demás.
Me he sentido identificado con algunos rasgos de Haffner: la forma en que surgió su vocación por juntar letras se parece bastante a cómo surgió en mí, y cuando explica su incapacidad para identificarse con ningún grupo, sus esfuerzos nulos por acomodarse a alguna opinión coherente y su creciente asombro ante las reacciones de los humanos, no puedo dejar de ver mi incapacidad, mis esfuerzos nulos y mi creciente asombro. Empatía entre humanos de distintas generaciones enfrentados a distintos problemas. Al menos, en apariencia.
Haffner, un joven berlinés sin gota de sangre judía e hijo de un funcionario de rango medio-alto de la administración prusiana de Justicia, era un tipo que tenía el futuro de cara en 1933. Era ario, culto y relativamente acomodado. Con haberse avenido a ponerse una esvástica en la solapa, saludar brazo en alto cuando se lo requirieran y abstenerse de opinar de política en público, las cosas le habrían ido bastante bien bajo el régimen nazi. Pero no pudo con ello. La repugnancia que sintió hacia su país y hacia sus compatriotas ganaron a cualquier instinto de supervivencia, y decidió que prefería ver una Alemania destruída y devastada que paralizada y machacada por ese ejército de chacales. Como él mismo confiesa, la primera oposición a Hitler era estética: un alemán culto no podía ver con buenos ojos cómo ascendían unas jaurías borrachas y violentas. Dice en un momento del libro:
Hay pocas cosas más extrañas que la tranquilidad indiferente y engreída con la que nosotros, yo y mis semejantes, contemplamos el inicio de la revolución nazi en Alemania como si estuviéramos en el palco de un teatro, viendo un proceso cuyo objetivo, al fin y al cabo, era exactamente borrarnos de la faz de la tierra.
Hay mucha autoflagelación en Historia de un alemán, pero es un lamento muy diferente al que plantea Gunter Grass y que él mismo puso torpemente en entredicho con su tardía confesión. Mientras que Grass -y toda la intelligenstia a él adherida- sermonean a los alemanes diciéndoles: "Somos culpables, debemos purgar el mal que le hemos hecho al mundo", Haffner dice: "Somos culpables de habernos cruzado de brazos. Somos culpables de no haber alzado la voz cuando pudimos hacerlo. Somos culpables de haberles dejado el terreno libre y de contemplar silenciosos el desfile de las jaurías". Es un matiz importante, y lo expresa en primera persona, sin tapujos:
Bien es verdad que aquel marzo de 1933 [cuando Hitler fue proclamado canciller] yo enfurecí y vociferé. También es cierto que asusté a mi familia con ideas descabelladas, tales como abandonar la función pública, emigrar o convertirme al judaísmo en señal de protesta. No obstante, todo se limitó siempre a una modesta declaración de intenciones. Mi padre, partiendo de las ricas experiencias acumuladas entre 1870 y 1933, las cuales por supuesto no cubrían los nuevos acontecimientos, relativizaba la situación, la desdramatizaba y trataba de ironizar ligeramente sobre mi apasionamiento. Yo se lo permitía. Al fin y al cabo, estaba acostumbrado a su autoridad y aún no me sentía bastante seguro de mí mismo (...). Tal vez no estuviese viendo las cosas del modo correcto, ¿verdad? Tal vez lo que había que hacer realmente era aguantar y dejar pasar la tormenta (...). Así, inseguro, a la espera, cumpliendo con la rutina diaria, tragándome la ira y el horror o dándoles rienda suelta en forma de arrebatos muy extraños y estériles en la mesa del comedor familiar, viviendo desconectado como tantos otros millones de alemanes, dejé que los acontecimientos se me vinieran encima.
Y se me echaron encima.
Hanna Arendt, analizando la figura de Adolf Eichmann, secuestrado por el Mossad y juzgado en 1961 en Jerusalén como responsable de la "solución final", llega a la conclusión de que el nazismo, y cualquier otra forma de totalitarismo, encuentra su terreno más fértil en sociedades altamente tecnificadas donde la eficiencia del trabajo está por encima de su objetivo y su finalidad. La "obediencia debida" acalla cualquier conciencia: en una sociedad totalitaria nadie es responsable de nada. Los criminales no son criminales, sino funcionarios eficientes que cumplen órdenes, profesionales que ejecutan con eficacia el cometido que se les ha asignado. Ése es el primer requisito para el triunfo del totalitarismo.
Partiendo de su experiencia personal, Haffner atisba una conclusión parecida a la de Arendt. Nadie alzó la voz, nadie se inturpuso en el camino victorioso de Hitler, y Alemania entera aceptó sin inmutarse una monstruosidad tras otra porque nadie sintió ningún imperativo moral. Tenían la empatía anestesiada por la eficacia y el trabajo. El espíritu práctico y productivo facilitó el camino a las bestias.
Y ahí es dónde yo me planteo el dilema: ¿cuál es el remedio? Porque una sociedad cohesionada en una ideología y en unos valores comunes tampoco parece deseable. Volveríamos a una sociedad asfixiante, donde las mayorías impondrían tajantemente una forma de vida a todos, donde no habría espacio para la pluralidad de formas de pensar, de sentir y de vivir, donde quienes no pasaran por el aro estarían condenados a un silencio negro y profundo. No a la muerte ni a la cárcel, claro, pero sí a una reclusión agónica, a un disimulo insoportable. Para caber todos sin estorbarnos necesitamos despojarnos de creencias comunes y aceptar al otro sin miedos ni peros ni ansias proselitistas. Sin embargo, esta sociedad necesariamente individualista conduce precisamente a ese estado de cosas que facilita el crecimiento del nazismo. Ante un Hitler crecido, esa sociedad abierta y cosmopolita carece de defensas, como se vio en Alemania. Nos tocaría contemplar de nuevo el desfile nazi desde la ventana, en silencio, asintiendo con nuestra callada. ¿Dónde está el equilibrio? ¿Lleva nuestra libertad el germen de su propia destrucción?
En fin, qué cosas me da por pensar en la playa, ¿no? Serán los atardeceres marinos, que me ponen tontaco.
Comentarios » Ir a formulario
![]()
Autor: Nandara
Me gusta mucho tu blog, consigue que piense.
Salud :)
Fecha: 09/09/2008 09:56.
![]()
Autor: S. del Molino
En serio, gracias Nandara. Saludos.
Fecha: 09/09/2008 18:56.



