LÁGRIMAS DE CINEASTA

Me dijo hace unos días un amigo: "Me estoy dando cuenta de que, en general, los bufones no le caen bien a la gente normal o que pretende ir de seria. Les repatean los higadillos, no los soportan, les tienen una aversión terrible". Por bufones mi amigo se refería a todos aquellos que con su oficio y talento se dedican a divertir y emocionar a la gente, ya sea sobre un escenario o desde una pantalla. La gente de la farándula, vaya. Y es verdad: los señores con corbata les tienen paquete. Siempre ha sido así. O bien temen que sus hijos se conviertan en unos de ellos o les envidian amargamente porque ellos llevan la vida que quieren y no tienen que pasarse el día encorbatados y estrechando manos de gentuza a la que desprecian. En el fondo, son resabios medievales. No hemos abandonado del todo el feudalismo: es el mismo odio que los cortesanos profesaban a los bufones del rey. Y entonces como ahora, sólo le ríen las gracias al bufón si el rey ríe primero.

En España, que para algunas cosas sigue siendo un país raro, el desprecio hacia el artisteo está más arraigado. De ahí que algunos se sientan despreciados sin razón (veáse Javier Bardem). Sólo Jiménez Losantos lo dice abiertamente, pero sobrevuela la idea de que quienes se dedican a esas cosas, y más si lo hacen con una vocación un poco atrevida o vanguardista, son unos vagos, unos jetas y unos parásitos que viven de la gente honrada y trabajadora. En el resto de Europa sólo los cabestros redomados piensan así, pero en España, a poco que escarbes en una conversación, afloran los viejos prejuicios. En eso nos parecemos mucho más a los Estados Unidos profundos: es la misma ignorancia satisfecha, expresada con idéntica brutalidad.

Por eso -y por otras complejas y menos nobles razones-, la farándula española vive a la defensiva, y en parte de ella se ha enquistado una altivez y un permanente sentimiento de agravio que hace que incluso quienes somos adictos a su arte, quienes les seguimos y les disfrutamos, nos distanciemos de sus aires de divos mal follados. Hace falta mucho ingenio y mucho talento para que un divo resulte atractivo, y el ingenio y el talento son bienes muy escasos.

Si unimos este talante secular a una situación de crisis en las que, especialmente las gentes de la música y del cine, están viendo peligrar sus ingresos y su forma de vida, el cóctel puede propiciar un desquiciamiento mental que les lleve a romper cualquier barrera de sentido común. La carta que se publica hoy en El País (para leer, pinchar aquí) es un síntoma de que, definitivamente, los cineastas han terminado de enloquecer y ya no soportan más este mundo en el que viven. Podrían aprovechar ese pathos subido y canalizarlo artísticamente, encerrarse en su Quinta del Sordo particular y ponerse a trabajar como Stajanovs puestos de anfetas. Seguro que salía algo interesante de ahí. Pero en lugar de eso, se han juntado (en comisión, comité o alguna gaita de esas sindicales a las que son tan aficionados los creadores presuntamente individualistas) y han mandado una carta para echarle la bronca a un periódico y a un crítico porque no se sienten apoyados. Lloran y patalean a la vista de todos, como niños malcriados porque no les han hecho el caso debido durante el Festival de Venecia, y sueltan hipérboles como esta, sólo achacables al delirium tremens:

Pero hay más: ya puesto, el cronista [Carlos Boyero] advierte a los distribuidores españoles del mal que les acecha si se deciden a importar esta clase de películas, conminando a los exhibidores a no programarlas. Grave actitud, que se parece mucho a una censura previa, y que, de prosperar, privaría a los espectadores de ver y juzgar por sí mismos. Se trata de un asunto mayor, de estricta política cinematográfica, ante el cual lo esencial no es tanto el punto de vista del redactor como el del medio al cual representa. (Las negritas son mías, fruto de mi asombro).

¿Censura previa? ¿Asunto mayor? Les resumo muy brevemente qué pasa aquí. Carlos Boyero es un crítico curtido, curado de espanto y que cobra un pastón. Posee una prosa corrosiva, que ha convertido ya casi en cliché, pues dejó de cultivarla hace mucho, pero que sigue resultando efectiva y atractiva para quienes le seguimos. Es un tipo que, en sus largos años de profesión, ha demostrado tener muy buen ojo para el cine, un criterio afinado y una enorme gracia y honestidad a la hora de expresar sus impresiones. Eso le ha convertido en uno de los críticos más seguidos en un país que no sigue a ningún crítico. Las cosas como son: Boyero tiene fans, y yo a ratos soy uno de ellos. Cuando tiene la tarde inspirada, un artículo de Boyero es una lección de periodismo de primera.

Pues bien, a este crítico con fans nunca le han convencido los alardes de la postmodernidad. Es una de sus características, todo el mundo sabe de qué pie cojea y nunca lo ha ocultado. Odia los "ejercicios de estilo" y los "aires de melón". Él defiende un cine de chicha, que te deje lleno, que te golpee en la cara, que te emocione. Está en su derecho, y a quien no le guste, que no lea. Hay otros críticos que sí siguen la corriente de la postmodernidad, sólo faltaría que todos tuvieran que ir de la mano por la senda constitucional.

Lógicamente, todos los cineastas que se encuadran en esos ámbitos tienen muchas posibilidades de que sus películas sean trituradas por la termomix de Boyero, y esta vez se han cansado. A los señoritos no les gusta el crítico ni el lenguaje arrabalero que emplea, y han ido a chivarse al director del periódico, como una mafia organizada. Exigen que el periódico tome partido abiertamente en esa guerra y que decida si está con "el cine de autor" o contra él. Es un ultimátum en toda regla.

No digo yo que no estaría mal que ese periódico (cualquier periódico) tuviera un elenco de tres o cuatro críticos afinados en sensibilidades distintas y que le aportaran al lector todas las caras posibles del prisma. Enriquecería al periódico y al lector, sin duda. Pero lo que resulta de una soberbia mafiosil insoportable es el tonillo que acusa de "censura previa" al crítico, como si fuera un oficial de la Falange.

Entiendo que a quien ha invertido tanto tiempo y esfuerzo en crear una obra personal, fruto de sus entretelas más ardientes, le reviente el hígado ver cómo un crítico la despacha con dos golpecitos leves de ingenio escritos en una habitación de hotel. Y le reventará mucho más encontrarse al día siguiente a ese crítico acodado en la barra del bar del festival de turno pimplándose un lingotazo de whisky que ha pagado con el dinero ganado destrozando su peli. Pero es el juego, amigo: cuando uno somete su obra al público, y encima lo hace por cauces tan institucionales como los de un festival, se supone que está aceptando las reglas del juego, y esas reglas dicen que el crítico está ahí para decir lo que le salga de sus santísimas pelotas. Con fundamento o sin él, puede decir lo que quiera de una obra que el artista ha decidido comunicar al mundo. Si no quiere que se la critiquen, que la guarde en un cajón y se la enseñe a sus amigos.

Por suerte, Boyero, a fuerza de estilo y trabajo, tiene una firma y una reputación que le garantizan una independencia a prueba de bombas. Nadie, salvo el alcohol que se ingiere en los festivales, condiciona su discurso. Por eso tiene seguidores, porque saben que no escribe al dictado de nadie, porque nunca hay temblor ni condescendencia en sus textos.

Además, seamos seríos, señores Marías, Guerín, Erice y compañía: ¿de verdad creen ustedes que sus pelis se comen los mocos porque Boyero las despacha con un par de palabrotas? ¿Cree que las palabras de Boyero pueden inhibir a un solo espectador? Le atribuyen un poder que no tiene. Claro que es más fácil echar la culpa de los fracasos al bocazas criticón o al ignorante vulgo que le sigue aborregado. Además, que yo sepa, Boyero es la única voz disonante en un corifeo de alabanzas hacia la obra de todos los firmantes de esa carta. Cada nueva película suya recibe un tratamiento exquisito por parte de la crítica, y sólo Boyero y algún que otro loco más se atreve a disentir. Vamos, que esto se parece más a un linchamiento de cien cineastas a un crítico desarmado y envejecido. ¿Quién agrede a quién?

13/09/2008 13:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cine.

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Autor: Anakrix

Y lo peor es que consideran "justo y necesario" que El País deje clara "su verdadera actitud" al respecto. ¿Pero de qué van? Menudo ego tiene esta panda, que pretende imponer al periódico el 'estás conmigo o estás contra mí'. Vamos hombre. Boyero podrá gustar más o menos, pero es crítico y critica. Hace su trabajo. Y además, a diferencia de muchos de sus compañeros de profesión, se limita a juzgar las películas de acuerdo con sus gustos personales y no en función de los intereses de la empresa que le da de comer. Y eso, la verdad, se agradece

Fecha: 14/09/2008 00:15.


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Autor: Nandara

La carta suena a pataleta y estoy de acuerdo con el "estás conmigo o contra mí", pero no estaría de más apoyar de verdad a la industría del cine español, tan denostada.
Imaginar que fuéramos como los restauradores gastronómicos, que se apoyan a matar: ¡Qué rico!.
en otro orden de cosas, Carlos Boyero llega a El país desde El mundo, no sé si ello influirá en el abucheo periodístico...
Salud. :)

Fecha: 14/09/2008 16:28.


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Autor: ald

Quizá la actitud de Boyero, brillante y caustico la mayoría de las veces, peque también de la misma prepotencia que los firmantes, de ir de "enfant terrible", y eso, además de su "impertinente" independencia al exponer sus criterios, naturalmente, lleva a recoger no pocas enemistades.

Fecha: 14/09/2008 17:19.


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Autor: S. del Molino

Respuestas a gogó:
Anakrix: más qué ego, esta panda tiene ínfulas de perdonavidas.

Nandara: no creo que tenga nada que ver la procedencia de Boyero (una operación de fichaje en el 'star system' periodístico como pocas se han visto en España).

Ald: la prepotencia y las ínfulas de enfant terrible son caminos que uno elige, y por supuesto que no sirven para hacer amigos. Pero una cosa es que a estos señores les joda el trabajo de Boyero (a lo cual tienen todo el derecho del mundo, y entiendo que les joda), y otra muy distinta que se dirijan a un periódico como niños llorones a exigir a ese periódico que les apoye. Podrían haberse limitado a decir: "El señor Boyero es un gilipollas y nos está tocando mucho las narices, que quede constancia". Pero no, ellos quieren que haya consecuencias, que el periódico se postre ante su genio, que les "apoye". ¿Por qué tiene que apoyarles? ¿Qué sinvergonzonería es esta? El periódico y Boyero harán lo que les pete, faltaría más. Dicho esto, también pienso que es muy probable que El País se arrugue y se incline más por estos cineastas divinos que por su crítico. Entre otras cosas, porque el grupo Prisa financia muchas pelis de esa gente a través de Sogecable. Así de enmierdado está todo.

Fecha: 14/09/2008 18:05.


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Autor: Cosimo

Creo que se ha malinterpretado la carta, seguramente porque el tono no es el más apropiado.

Lo que se pide es una crítica más seria y más abierta, preocupada por explicar a los lectores -que no es lo mismo que alabar- las distintas tendencias y propuestas, lo que no implica despedir a Boyero pero sí que a los festivales internacionales vayan otros críticos dispuestos a valorar y explicar deternminadas propuestas a las que que Boyero, por las razones que sean (y en esto podemos tener diversas opiniones), no les presta atención, rechazando elaborar un discurso crítico sobre ellas.

Fecha: 18/09/2008 16:03.


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