Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2008.
Resumen
- 03/01/2008 00:46 - SABE A POCO
- 04/01/2008 01:43 - LA LIBRERÍA STRAND
- 07/01/2008 01:56 - UN FAROL BIEN TIRADO
- 10/01/2008 23:52 - LÓGICAMENTE, ENERGÍA NUCLEAR
- 14/01/2008 15:49 - SURREALISTAS Y KAFKIANOS
- 16/01/2008 00:12 - MADRID ES UN ESTADO DE ÁNIMO
- 17/01/2008 01:47 - ABOLIR EL CAMPO
- 18/01/2008 01:40 - LOS CRÍMENES DE AMARCORD
- 19/01/2008 17:00 - HELIO 3
- 21/01/2008 00:47 - NO PUEDE HABERSE HECHO EN SERIO
- 22/01/2008 00:14 - EL ELVIS ROJO ESTUVO EN FRAGA
- 23/01/2008 13:57 - IN THE GHETTO
- 27/01/2008 01:36 - SÓLO TE AHORCAN UNA VEZ
- 30/01/2008 00:29 - CRÓNICA DE UN DÍA ROSCONERO
03/01/2008
SABE A POCO

Puntual como cada año llega el informe de Reporteros sin Fronteras con la estadística actualizada de periodistas muertos a lo largo y ancho del mundo. Esta vez son 86, la mitad de ellos, en Irak. Una lástima, ciertamente. Un mazazo para muchas familias, un drama irreparable como irreparables son todas las muertes. Que quede eso claro. Ahora bien, lo que no termino de entender es qué quiere denunciar Reporteros sin Fronteras con este dato. Comprendo y apoyo que denuncie, como también hace, a los gobiernos que persiguen la libertad de prensa, que encarcelan y matan a los periodistas, pero creo que en el caso de los informadores muertos en Irak y en otras zonas de guerra sólo cabe el lamento. Exhibir sus cadáveres a modo de no sé qué difusa denuncia o entronizarlos como héroes-mártires de no sé qué supremos valores humanos supone decir que sus muertes pesan más que las de la población que sufre la guerra sin haberla elegido. El periodista sí elige tanto su profesión como su destino.
Sé que suena duro e impopular, pero lo digo yo, que estuve a punto de ser uno de ellos: estuve en tratos con una agencia para irme un añito a Irak, pero finalmente opté por otra oferta mejor pagada y más hogareña. No me arrepiento de no haber ido -y la gente que me quiere, que haberla hayla, menos todavía-, pero quiero creer que hubiera sabido asumir los riesgos sin ser un mártir. Pienso que cuando uno se mete voluntariamente en un fregado así debe apechugar con lo que venga. Es una temeridad consciente, y las temeridades tienen su riesgo. Culpar de lo que te pueda pasar a cualquiera que no seas tú es de un egoísmo supino.
Otra cosa muy distinta es el caso de los que intentan ejercer un periodismo libre y responsable en su país y se encuentran una celda o una cámara de tortura. No creo que sean comparables ambas situaciones, por eso no entiendo que el informe de Reporteros sin Fronteras se empeñe en ponerlas al mismo nivel un año tras otro.
En cualquier caso, yo quería aprovechar esta excusa para hablar del reverso de la moneda. ¿Qué pasa en nuestros países, en los que sí funciona una prensa presuntamente libre y la profesión se ejerce también con una presunta libertad? ¿Estamos encantados de habernos conocido?
Pues pasa lo que le sucede a un personaje de una de las tiras de España, Una, Grande y Libre de nuestro querido Carlos Giménez. Se publicó poco antes de las primeras elecciones democráticas (qué chungo, ¿no? Que tengamos que añadir lo de "democráticas" a elecciones. ¿Cuántas habrá que no lo sean?), el 15 de junio de 1977. Un hombre de mediana edad tirando a viejo aguarda cansinamente en la cola del colegio electoral con la papeleta en la mano. Mientras espera, su vida va desfilando: su juventud combatiendo en la guerra civil, el campo de concentración del exilio, la resistencia clandestina bajo el franquismo, la tortura de la policía política, los palos en las manifestaciones pro amnistía... En la penúltima viñeta, un señor muy agresivo y trajeado rollo ministro franquista le saca de la ensoñación gritándole de muy malas formas: "Dese prisa, que no tenemos todo el día". Al salir, se encuentra con un amigo de su misma edad, que le pregunta por la experiencia de votar. "Me ha sabido a poco", le responde el prota con las manos en los bolsillos y cabizbajo.
Pues con el periodismo en democracia pasa lo mismo, que sabe a poco. A poco y malo. Que tantas vidas se hayan sacrificado y tanta gente se haya dejado la salud y la alegría reivindicando la libertad de expresión para que ahora vengan Sardá y Jorge Javier Vázquez a apropiarse de ella pues sabe a rayos, claro. Pero también debe saber a rayos el nivel medio de la prensa española, porque cada vez es más difícil dar con un bocado interesante en los periódicos. Todos se parecen, todos tienden a hablar de lo mismo y a decirlo igual. La medianía se recompensa y el esfuerzo y la imaginación se castigan. Y todo en nombre del lector, ese ente que nadie sabe muy bien quién es ni qué piensa.
Leer blogs como el de Malaprensa es descorazonador para cualquier periodista con un mínimo de pundonor profesional. Trabajamos con unos ritmos y unas condiciones en las que la chapuza tiene que ser habitual por fuerza. Todos, hasta el más pulcro, caen en ella alguna vez. No desvelo nada nuevo. A mí, la verdad, se me han acabado los argumentos corporativos para defenderme de la furia con la que se ataca a la profesión en general. No puedo decir nada cuando me echan en cara ciertas cosas porque muchas críticas son certeras, lo cual no quiere decir que todas lo sean ni que sean aplicables a todos los periodistas. Sigue habiendo profesionales dignos, meticulosos, humildes, esforzados e incluso brillantes. A montones, y yo tengo la inmensa suerte de trabajar con algunos de ellos. Pero cada vez brillan menos. No porque se apaguen, sino porque los apagan: la mediocridad del copypaste lo acaba cubriendo todo.
Según Reporteros sin Fronteras hay 135 periodistas encarcelados en el mundo. Cuando salgan, si salen, a lo mejor descubren que su sacrificio sólo ha servido para que el Jorge Javier Vázquez de turno defeque su mierdecilla diaria y un becario cuatrocientoseurista corte y pegue en un hueco de periódico un teletipo de Efe con faltas de ortografía. Seguro que les hace mucha gracia.
Eso sí, nada de esto es comparable con lo mal que lo está pasando el rey, según el diario oficial de la Casa Real, más conocido como El País. Lo de su majestad sí que es aguante y no lo otro.
04/01/2008
LA LIBRERÍA STRAND

El amigo Rondabandarra (a quien tengo un tanto descuidado, mil perdones) hablaba hace poco de la librería Strand de Nueva York, porque había leído un reportaje sobre ella en El País, y gracias a él recordé los doce libros que adquirí en ella y que he manoseado con gusto sin llegar a leer de verdad. Eso sí, lucen bien en mi biblioteca.
Es cierto lo que dice Rondabandarra y el reportaje de El País: Strand es una peazo de librería, para perderte una tarde lluviosa entera. En Brooklyn Follies, de Paul Auster, aparece una réplica suya, y no está mal, porque Strand quizá debería estar más en Brooklyn que en Manhattan, que es donde se encuentra. De hecho, está camino del puente de Brooklyn, muy cerquita del City Hall y del arranque de Broadway, antes de que Broadway sea Broadway, con sus teatros y sus neones.
Descubrimos Strand de casualidad. No estaba en ninguna de las tropecientas guías que solemos llevar. Íbamos caminando hacia el puente, cruzando Brooklyn para meternos en un maravilloso café de mafiosos donde todo estaba pensado a mayor gloria de Frank Sinatra. Pasábamos por el barrio de Seaport, junto al pestilente río Hudson (sí, ese donde los soplones son arrojados con un bloque de cemento en los pies), un antiguo puerto de verdad abandonado por los estibadores y las putas y tomado por los centros comerciales, pero donde todavía sobreviven algunas maravillas, como Strand, el Paris Café y la Jeremy's Ale House. Me paré en el escaparate y tiré a Cris del brazo. Había que entrar en ese maravilloso Aleph. Es puro vicio: las librerías desordenadas y con olor a polvo son de las cosas que más me gustan de una ciudad. Por eso me pone tanto Toulouse, porque tiene un barrio entero lleno de librerías mugrientas. A cada cual, sus perversiones.
Strand es enorme y está muy muy desordenada. No hay concierto alguno en las estanterías. Una clasificación muy general, del tipo que tanto gusta a los anglosajones: "Fiction" y "Non-fiction". Y poco más. Quizá una sección de "Rock music" y otra de "Cooking", y pare de contar. El público (judíos desastrados woodyallenescos, señoras con gabardina, estudiantes asiáticos de cine de Columbia con el mp3 a toda hostia, perfectos caballeros anglosajones que se sacuden el polvo del abrigo cuando rozan un anaquel...) rebusca con fruición, como hurones hambrientos. Ahí se va a eso, a rebuscar, a perder la tarde, a encontrar ese libro que jamás habías pensado que alguien hubiera tenido la osadía de escribir y que, por supuesto, nunca imaginaste que fueses a comprar. Cris me tuvo que sacar a rastras cuando apilé el volumen número 12 en el paquete de "me lo llevo". Si hubiera ido solo, me habría dejado la extra de verano, sin duda. Menos mal que ella me frena, si no, no me quedaría dinero para comer.
No es la única "book store" interesante de la ciudad. Nueva York presume de ciudad culta -y tiene para presumir de ello hasta aburrir, nadie puede dudarlo- y por toda la ciudad menudean los locales pequeños llenos de polvo y atendidos en la caja por un estudiante pirado aspirante a premio Nobel de algo. Probablemente, de literatura. Y probablemente no vaya desencaminado en sus aspiraciones.
Me quedan muchas librerías por visitar y tengo toda una vida para hacerlo, pero conozco bastante bien las de Zaragoza y las de Madrid, algo menos las de Barcelona y algo más las de Valencia. Desde luego, las de Huesca y las de Teruel. He picoteado en casi todas las ciudades españolas, salvo en Galicia. He rebuscado en estantes de París y de unas cuantas ciudades de Francia (ma deuxième patrie, como le confesé a Michel esta Nochevieja), desde Angers hasta Perpiñán. Aunque no entendía ni papa, me he manchado con el polvo italiano de los quioscos de Nápoles y he disfrutado en pulcros establecimientos de Roma y Milán. Londres me apabulla, y Edimburgo me suliveya. Me orgasmeo en Buenos Aires y me troncho en México. Me enamoraron las librerías anglófonas de Amsterdam (las holandesas no las entiendo, claro) y disfruté como un enano en los locales de diseño de Los Ángeles. Pero pocos sitios me han gustado tanto como Strand. Si viviera en Nueva York, sería capaz de pasar allí días enteros.
Algunos somos así de tontos.
Foto: aunque he dado la barrila con Strand, no tengo ninguna foto de allí. Estaba demasiado absorto rebuscando joyitas en los estantes. Sin embargo, sí que tengo una foto del Paris Café, que está a la vuelta de la esquina de la Strand, como quien dice. En sus buenos tiempos era un maloliente café portuario donde se reunían John Reed, John Dos Passos y la cúpula del Partido Comunista de Estados Unidos en los años 20 y 30. Antes era frecuentado por las estrellas del Far West cuando montaban sus saraos en Nueva York, como Buffalo Bill y Calamity Jeane. Hoy sigue siendo un aceptable restaurante y un sitio de peregrinación nostálgica para los tontorrones como yo. La gente cool va a otros sitios menos apartados.
07/01/2008
UN FAROL BIEN TIRADO

Eres periodista-escritor-juntaletras. Profesional. Esto es, que escribes para ganarte el parné, y si no escribes, no ingresas pasta en la cuenta. Como nos pasa a muchos. Nos gustaría ser señoritos, dejarnos arrullar por el suave son de las musas y dejarnos macerar en una costra bohemia, pero hemos nacido currantes, así que hay que darle candela al teclado. Los periódicos alimentan, pero exigen material a cambio, y tú vas y se lo vendes. Le dices a tu periódico: si te consigo una entrevista con Abimael Guzmán, el de Sendero Luminoso, os quedáis contentos una temporada, ¿no? Pues claro, sería la rehostia en verso. Venga, cójete un avión, vete a Lima y nos cuentas.
Entonces, Santiago Roncagliolo, que es peruano periodista-escritor-juntaletras con cierta capacidad de maniobra, se va a su país natal. Problema: su entrevistado está en una prisión en medio del Pacífico, custodiado bajo siete llaves y no recibe visitas. Que no, que no hay entrevista, te pongas como te pongas. Muchos lo han intentado antes, ¿qué te creías, Santiago, que eras el primero? Anda, aprovecha para ver a los amigos de la universidad, come algo de cocina nikei y vuélvete a España, le dicen.
Problema dos: hay que escribir algo, lo que sea. Uno no hace una promesa a un periódico y vuelve con las manos vacías. Las páginas se llenan como sea, así que Roncagliolo decide ir primero por el camino fácil y cuenta cómo no consiguió entrevistar al líder de Sendero Luminoso. Es lo que en póker se llama tirarse un farol.
También es lo que diferencia a los vivos talentosos de los torpes sin talento. A un torpón que no consigue la entrevista, le agarra una crisis de ansiedad, llama por teléfono a su jefe del periódico, soporta la bronca llorando y se vuelve a casa de sus padres a buscar dinero. Un vivo talentoso, en cambio, te la cuela con elegancia. Y Roncagliolo, al contarte cómo no consiguió hacer una entrevista, cuenta más cosas que muchos audaces entrevistadores que sí consiguen entrevistar a quien sea.
La cuarta espada es un librito interesante, pero no es, ni mucho menos, lo que propone la editorial en la solapa. No es un retrato del mal, ni siquiera de Abimael Guzmán. Esas historias ya estaban escritas por otros y él sólo las adorna y las encaja en su relato. En realidad, Abimael Guzmán acaba importando bastante poco. O al menos a mí me acaba importando bastante poco. Lo que me interesa de verdad es cómo el aspirante a posmoderno Santiago Roncagliolo, hijo de intelectuales marxistas (pero no senderistas), se enfrenta a lo más oscuro de su país y, en parte, de su propia vida.
Me importa cómo relata una noche en la que él era adolescente y Sendero Luminoso atentó en Lima. Él había salido con una chica y su madre pensaba que le había pasado algo en el atentado. Me importa cómo las ideas preconcebidas de Roncagliolo se van diluyendo como azucarillos y cómo va acercándose a un relativismo perplejo y anonadado ante el complejo mogollón al que se está enfrentando. Me importa ver la maduración reflexiva de alguien a quien le han presentado la vida en términos de indios contra vaqueros y acaba con una manifiesta incapacidad para extraer conclusiones, y no le asusta reconocerlo.
Claro que eso me importa a mí. Al editor de Debate, probablemente no, porque estas cosas no se pueden comprimir en una solapa o en una faja roja.
10/01/2008
LÓGICAMENTE, ENERGÍA NUCLEAR

Que sí, que no se puede demostrar, que casi no se puede decir en voz alta, que negaré haber escrito esto cuando me pregunten. Pero estaba cantado que iba a suceder. La verdad incómoda no es el cambio climático del engominao Al Gore. La verdad incómoda es que el lobby nuclear ha ganado la partida.
Llevan años madurando su estrategia, y ahora nos vamos a comer con patatas su tortilla de átomos. Leed esto , si no. Han empezado en Reino Unido, seguirán (o siguen ya) en Francia, y muy pronto continuarán por estos pagos peninsulares. No me extrañaría nada ver cómo se construye una central nuclear en Aragón.
El silogismo es muy sencillo:
Premisa A: el cambio climático se debe a las emisiones de CO2 humanas.
Premisa B: el nivel de consumo energético actual no se puede sostener sin fuentes que no generen CO2.
Conclusión C: hay que utilizar una fuente de energía que no emita CO2 y permita mantener los grandes niveles de consumo. Anda, ¡pero si eso es la energía nuclear!
Si A y B, entonces C. Sólo queda repetirlo machaconamente en todos los foros hasta que se genere un clima que permita a un gobierno democrático plantear la construcción de nuevas centrales nucleares sin que los ciudadanos pidan su dimisión en pleno. Voilà!
Claro que para que un silogismo funcione más allá de su mecanismo formal (vamos, para que sea verdadero), sus premisas deben ser axiomas, esto es, una "proposición tan clara y evidente que se admite sin necesidad de demostración" (RAE dixit). Un ejemplo de axioma: "Los torneados músculos del señor Del Molino son sexualmente irresistibles para todos los humanos de género femenino y parte de los de masculino". Eso es una proposición tan clara y evidente que se admite sin necesidad de demostración. Pero las premisas A y B de la proposición anterior están muy lejos de ser axiomas, por más que la ONU y Al Gore se empeñen.
¿Qué importa, si el lobby nuclear ya ha conseguido lo que quería? Décadas de lucha ecologista tiradas a la basura en nombre del mismo ecologismo. Eso en filosofía se llama paradoja. No es tan brillante como esa que dice que "todos los enunciados son falsos" (la madre de todas las paradojas, la que cuestiona todo nuestro pensamiento y nuestra capacidad lingüística), pero no está mal.
Así que agárrense a los machos, señores. No habrá CO2 en la atmósfera, pero cada ciudad podrá tener su Chernobil particular. ¡Viva el cáncer generalizado y democrático! Que lo disfruten. Como dicen los Babasónicos: "Ustedes lo pedían, ustedes lo querían, ahí lo tienen".
14/01/2008
SURREALISTAS Y KAFKIANOS

Me revientan el lugar común y la pereza mental, especialmente la propia, pero también la ajena. El lenguaje no es algo abstracto e inmaterial. Al contrario: es algo perfectamente tangible, que se manosea a gusto. Se parece mucho a la ropa, que se adapta a las circunstancias del momento y del cuerpo de quien la lleva. Las palabras son algo físico, y se desgastan por el uso, se estropean. Si abusamos de ellas, pierden el color, el brillo y cualquier atisbo de frescura. Lo que un día fue un hallazgo que iluminaba los más negros rincones acaba convirtiéndose en algo insípido y molesto, como una piedra en el zapato. Vamos, que las palabras también se queman.
Hay muchos clichés. Tropiezas con ellos en los periódicos constantemente, y todos los días me los descubro adheridos en mis textos. Los sacudo con rabia, pero siempre se queda alguno. Eso sí, hay unos cuantos que me repatean de tal forma que no me cuesta nada identificarlos y destruirlos.
¿No os toca las narices la moda -ya un poco en desuso- de calificar de surrealista cualquier cosa llamativa o extravagante? Hubo un tiempo en el que todo era surrealista. Empezó confundiéndose el absurdo con el surrealismo, y al final, te encontrabas con que cualquier pequeño suceso o tipejo poco convencional era "surrealista". "Jo, tía, me ha pasado algo surrealista". Y te cuentan que el autobús había tardado mucho en pasar, que iba lleno y que el conductor se sacaba mocos a docenas. "Qué camiseta más surrealista". Y te señalan a un tipo que lleva una señal de tráfico donde se lee: "Ceda el vaso". Pos bueno, pos fale, pos malegro.
La manía surrealista está muy extendida en la calle, pero al pobre Kafka -quizá porque se le supone una referencia más culta- le han crucificado especialmente en los medios de comunicación. A veces, de la mano de Dante. Estoy de "episodios kafkianos" y de "crímenes dantescos" hasta los eggs y más allá. ¿Que has ido a Correos a enviar una carta y has acabado transformado en grillo porque te han mareado de una ventanilla a otra? Pues lo siento, pero eso sólo será kafkiano si lo cuenta Kafka. Si no, será una desgracia como otra cualquiera. Escribe una hoja de reclamaciones y deja de dar la murga.
Ya sé que la imaginación es un bien escaso que no goza de protección alguna, pero a ver si tenemos un poco de respeto para con las palabras, que son seres vivos y no merecen ese maltrato.
Foto: sí, es el pobre Kafka. Mírenlo, léanlo y déjenlo en paz, por dios, que le tienen frito.
16/01/2008
MADRID ES UN ESTADO DE ÁNIMO

Tenía que ir a Madrid para reunirme con un señor muy importante y tratar un tema del que, si todo sale bien -y pinta fenomenal-, oiréis hablar en los próximos meses. Acabo de volver. Llevaba tiempo sin ir solo a Madrid. Solo con mi mismedad. Sin tener un recado urgente ni una visita de marrón ni un compromiso laboral. El encuentro con el señor sólo iba a durar una hora. Tenía el resto del día para mí.
Bueno, en realidad, sólo tenía la mañana, porque aproveché para quedar a comer y a pendonear con una amiga abstemia a la que no le importa que yo me ponga tibio de trasegar alcohol. Pero la mañana era mía.
De haber tenido valor, habría salido del metro en Sol, habría bajado hasta la calle Toledo, habría saludado al Cascorro y, apretando el paso, habría bajado todo Embajadores hasta dejar a un lado la fábrica de tabacos y asomarme a la glorieta.
Quizá también hubiera subido las interminables escaleras de Cuatro Caminos, me hubiera vuelto a extrañar de no ver el excalextric (o como cojones se escriba) y, tras constatar que, como me han contado, ya no existe el bar Cuatro Latas donde nos fiaban las jarras de cerveza en verano, habría caminado un trecho por Islas Filipinas hasta el monumento a José Rizal, donde solía desfondarme con los pulmones colgando de la boca la temporada que me dio por salir a correr y a hacer un poco de deporte.
A lo mejor hasta me habría dejado caer por la calle Alburquerque a tomar una Franziskaner, o habría asomado la nariz por el Cine Doré, a hojear los libros de la librería y a manosear las fotos de Humphrey Bogart.
Si no fuera tan cobarde, habría llamado a P. para caminar con ella toda la Gran Vía desde la plaza de España, como hicimos aquella noche en la que íbamos tan puestos y nos inventamos un cuento sobre los chinos que venden arroz con orugas a las cinco de la mañana.
Pero, como soy un cobarde, he pagado el euro de rigor y me he sentado tiritando de frío en el café del Círculo de Bellas Artes. Junto a la ventana en la que vi por primera vez a Vargas Llosa y me pareció tan alto. Me he sentado y he visto pasar a la gente mientras se me enfriaba el café. Y luego he subido por la calle Barquillo, y he dado un par de vueltas hasta encontrarme en Hortaleza. He ido contando todas las tiendas y los cafés que ya no existen y he asomado la nariz a los nuevos.
He querido tomarme una caña en La Esquina de Santi, pero me he arrugado. Me sentía arrugado, más bien. Algo me estaba haciendo cosquillas en la boca del estómago. ¿Será la puta nostalgia? Odio la nostalgia, me esfuerzo mucho por ser antinostálgico, por pensar en mañana y dejar tranquilo el ayer.
Y entonces he caído en la cuenta de que, para mí, Madrid no es una ciudad. Es un estado de ánimo. Hoy me sentía Madrid. Hoy me sentía como se sentía aquel gañán que creía que todo era posible, que tomaría al asalto las aceras sucias de una ciudad lenta y maravillosa.
No lo echo de menos, pero a veces me sienta bien.
Luego mi amiga me ha llevado a un tailandés, le he dicho que estaba muy flaca y que tenía que comer más y no le he contado nada de mi paseo ni de mis tontadas. Por la noche, al despedirnos en el metro, nos hemos dado un abrazo y he notado en su forma de estrecharme que ella también se sentía un poco Madrid.
Por eso necesitábamos salir corriendo de esa ciudad. Y los dos lo hemos hecho. Yo en AVE y ella en avión, cada uno hacia puntas opuestas de la península. Supersónicos, sin mirar las luces que se hacen pequeñitas a nuestras espaldas.
17/01/2008
ABOLIR EL CAMPO

Tras muchos años teniendo compañeras femeninas, ahora tengo un compi de mi mismo sexo. Toda una novedad.
Mi compañero me enseña un reportaje que le han publicado en el Diario de Notícias de Lisboa. Me leo su versión original en castellano y luego miro la versión publicada y traducida. "Joder -le digo-, pero es que escrito así suena a cachondeo. El portugués no es un idioma para hablar de cosas serias".
El portugués es un idioma ideal para lamentarse de algo. Los portugueses lloran muy bien. Con lágrimas de cocodrilo, claro, pero son creíbles. Mi compi se ríe. Él es más de hablar francés.
Yo he vuelto de una estancia de un par de días en Fago, de hacer el reportaje de rigor del primer aniversario (publicado este pasado domingo) y él ha estado en otro pueblo con mal rollo. Hablamos de la dura convivencia en el agro y yo concluyo que la única política razonable en ese aspecto sería deshabitar forzosamente los pueblos y no permitir a la gente vivir en núcleos de menos de... 30.000 habitantes, por ejemplo. O de 100.000, que es más redondo y empieza a parecerse a a una gran ciudad. De hecho, lo ideal sería que existieran sólo megalópolis y que el resto fueran parques de ecoturismo, pero deshabitados.
Ciudades gigantes, sin poyos ni carasoles. Sin la obligación de saludar a nadie. Lugares donde poder tener secretos, poder ser bígamo, o trígamo, y que nadie se entere jamás. Poder tener tres nombres y seis vidas paralelas. Poder trabajar veinte años al lado de alguien y no saber nada de él aparte de su nombre. Que tu vecina tenga a todos sus amantes descuartizados en un congelador y tú estés convencido de que sólo es una ejecutiva ciencióloga del montón. Que descubran los cadáveres y tú salgas por la tele diciendo sinceramente que jamás te podías haber imaginado algo así, que era una ejecutiva ciencióloga encantadora que siempre acariciaba a tu perro en el ascensor. Saber que estás rodeado de gente por todas partes -por arriba, por abajo, por los lados, bajo tierra-, pero que no puedes hablar con nadie. Poder decirle a una chica que ya la llamarás y no llamarla nunca porque sabes que vive en otro de los muchos mundos que caben en tu ciudad: sois líneas tangentes. O esperar siempre la llamada prometida y no recibirla nunca, y buscar por los rincones sabiendo que nunca vas a encontrarla.
En los pueblos, cuando hay un crimen, ningún vecino se sorprende. Todos saben todo y todos lo explican. Todos se lo esperaban. Qué maravilla si el campo no existiera fuera de los libros de Bernardo Atxaga y de Miguel Delibes. Mi compañero se ríe y yo agradezco su risa, agradezco su sentido del humor. Otros me han mirado serios e inquietos. Todavía hay gente que me toma en serio: eso es lo inquietante.
18/01/2008
LOS CRÍMENES DE AMARCORD

Iba contento y feliz al preestreno de Los crímenes de Oxford. Aunque 800 balas no me tocó ninguna fibra y Crimen Ferpecto me dejó un sabor de comedieta televisiva española insulsa tirando a rancia, ninguna de sus cagadas ni de sus múltiples y orondas imperfecciones me han hecho olvidar que ese peazo de animal llamado Álex de la Iglesia dirigió Acción mutante, El día de la bestia y Mirindas asesinas. La tríada de una generación, la mía. Así que un respeto. Es el tío que ha dado sentido generacional al anuncio de Schweppes de la Gran Vía de Madrid, el que nos enseñó a ser satánicos y de Carabanchel, el que devolvió a la vida las mirindas. Un puto genio. Perdita Durango y su empeño por hacerse el Tarantino no se lo tengo en cuenta, y La comunidad me pareció simplemente la gloriosa consagración de un contador de historias que es ya perro viejo y conoce todos los trucos. Lo que los pedantes llaman un ejercicio de estilo.
Digo todo esto para que luego nadie me acuse de tener inquina a Álex de la Iglesia. Yo adoro a ese gordo barbudo. Entiendo su mundo, comprendo las historias que me quiere contar y creo que ha moldeado la sensibilidad de parte de una generación española en la que me incluyo por fuerza. No sé si es la X. Creo que sí, que yo soy de la generación X: burra, inmadura, analfabeta y fundadora del botellón cuando todavía no se llamaba botellón. Historias del Kronen es una pajilla pretenciosa al lado de El día de la bestia.
Por eso estoy tan cabreado con lo que acabo de ver, porque no me puedo creer que Álex de la Iglesia haya dado por buena una peli que no merece el calificativo ni de mediocre. Sí, técnicamente es impecable, desprende aroma victoriano del güeno. Y John Hurt está en su línea, o sea, magistral aunque se pase de rosca. Elijah Wood sigue siendo Frodo Bolsón, pero está correcto. Lo mejor de todo: los pechos bamboleantes de Leonor Watling en cinemascope. Qué tetas tan enormes y tan bien puestas. El pobre Frodo se ahoga en ellas.
No he leído la novela en la que se basa la peli, así que no puedo juzgar si las inconsistencias se deben al novelista, al director-guionista o a los dos, pero empecemos por una cosa básica que un erudito de los géneros como Álex de la Iglesia conoce a la perfección, pero que misteriosamente ha decidido pasarse por el forro escrotal: en los relatos detectivescos, el narrador no puede hurtar información al lector. Éste tiene que tener en su mano las piezas para resolver el crimen en igualdad de condiciones que los detectives. Si el narrador se saca un as de la manga en el último momento hace trampa. Y Álex de la Iglesia hace varias trampas.
El relato es muy de best-seller. Traduzco: previsible y plano. Como planos son los personajes. Casi puedes adivinar su siguiente línea de diálogo. Es una pésima historia policíaca con un falso tono de profundidad filosófica cogida por los pelos de algún manual de bachillerato.
Esto que acabo de decir parece demoledor, pero podría pasar tan sólo como una pequeña pega si el relato tuviera un ritmo y un tono adecuados, con tiempo para un desarrollo lógico y verosímil. Pero no es así. Todo está contado deprisa y corriendo, como si le faltara rollo de película y no pudiera perder minutos en tonterías. De repente, hay dos que se enamoran, pero no hemos visto el enamoramiento. Nos lo tenemos que creer porque el director nos dice que están enamorados. Pos bueno. También hay un profesor genio que pasa de humillar a un chaval a admirarle profundamente. Sin que medie gran cosa de por medio. Es así y punto.
Hay un loco resentido con cara de loco resentido, una bruja amargada con cara de bruja amargada y una buena chica interesante con las tetas muy grandes con cara de buena chica interesante con las tetas muy grandes. No son personajes: son actores con careta que hacen lo que pueden frente a la cámara. Son caricaturas andantes. No, ojalá fueran caricaturas, pues tendrían profundidad. Son como estampitas. Tanta obviedad estomaga.
Menos mal que cuando empiezas a sentir que tu inteligencia ha sido gravemente insultada, va Leonor Watling y se desata el sostén, devolviendo a todos los espectadores a su fase lactante. La escena recuerda a Amarcord, porque Leonor parece la madre de Elijah Wood, que se ahoga entre esas dos mamas. Leonor es una Mrs. Robinson latina, pero Frodo no da la talla. A ella sólo le falta gritar, como en la peli de Fellini: "¡He dicho que chupes, no que soples!".
He divagado imaginando que era Elijah Wood y pensando en los buenos ratos que pasaría entre esas tetas que no caben en una mano humana, y así se me ha hecho más soportable todo.
Qué pena. ¿Se le habrá acabado la savia a Álex de la Iglesia? ¿Tan pronto?
19/01/2008
HELIO 3

Columna Del revés publicada ayer en el suplemento MVT de Heraldo.
Adiós. Despídanse de la luna, amigos, porque la hemos perdido. Dicen los que saben de cosas serias que en 2020 se instalará en ella una base permanente para extraer helio 3, un gas que no existe en la Tierra y que debe de arder mejor que Troya. Mejor que el petróleo y mejor que un adolescente en celo. Así que adiós, luna. Goodbye. Ahora cotizarás en Wall Street.
Me compraré un telescopio para ver las batallas galácticas entre las naves que traigan el gas a la Tierra y los piratas que quieran robarlo. Espero que las naves de carga tengan forma de galeón supersónico y los piratas se llamen Sir Francis Stardrake. Con algo habrá que entretenerse cuando muera Antonio Resines y dejen de emitir “Los Serrano”. Será divertido, pero seguro que a la luna no le hace ninguna gracia.
Pues que le den. Se lo tiene merecido. Eso le pasa por juntarse con poetastros, cantores, artistillas y señoritas en edad casadera. Ahora viene la flota intergaláctica de las petroleras y a la luna le entra miedito, ¿no? Pues que llame a Gustavo Adolfo Bécquer, a ver si le defiende.
No dudo que Julio Verne, con su pinta de mesonero de Nantes, pueda romper alguna que otra mandíbula si se tercia, pero no sé si tendrá dotes de mando para armar un ejército que defienda a su amado satélite de las garras imperiales, ávidas de helio 3.
Aspirantes a soldado no le faltarían. Claude Debussy se alistaría con su “Claire de lune”, y seguro que haría buenas migas con John_Fogerty y los miembros de la Creedence Clearwater Revival, que andarían cantando su marchoso “Bad Moon Rising”. Sin duda, arrastrarían a John Landis, que rodó una peli llamada “Un hombre lobo americano en Londres”, en cuya banda sonora incluyó las mejores canciones populares dedicadas a la luna, desde el “Moondance” de Van Morrison al “Blue Moon” de Sam Cooke.
Detrás de Landis, además de todos los rockeros que le han aullado a la luna, marcharía Boris Karloff sin afeitar. Y los que se enamoraron al ver el reflejo de la luna llena sobre las gárgolas de Notre Dame, y las adolescentes de Alabama que fueron asesinadas después del baile de graduación, y E. T. con Elliot flipando en la bici, y Segundo de Chomón con sus pelis mudas.
Todos juntos, como un ejército de guerrillas, defendiendo su amada luna frente a los expoliadores de helio 3.
21/01/2008
NO PUEDE HABERSE HECHO EN SERIO

Hay cosas que no pueden haberse hecho en serio. Cosas que, si no son una broma, deberían autodestruirse. Y si no, deberían ser leídas sólo en clave de broma, y los que se atrevieran a tomarlas en serio deberían autodestruirse. Combustión espontánea en el sofá.
Por ejemplo, Embrujadas. Que no, que no puede haberse hecho en serio, que tiene que ser lo que los pedantes llaman una autoparodia. Porque, si no es así, he hecho el canelo muchos domingos de mi vida.
Éramos vagos, teníamos resaca dominical y una nevera vacía, así que cogíamos el metro, nos cruzábamos medio Madrid hambrientos y dormidos y nos tirábamos en el sofá de I. Bueno, antes compartíamos una solemne comida dominical (algún pollo que salía medio crudo del horno o unas patatas churruscadas). Y después, adormilados, reclamábamos silencio para ver "la hora de las guarrillas", el bálsamo de nuestras resacas. No, no era porno, pero casi: era la serie Embrujadas, con la que llenábamos el domingo los asociales a los que no nos gustaba el fútbol.
Todo en esa serie es maravilloso: unas hermanas con pintas de zorrones rasurados (de ahí lo de "guarrillas") viven juntas en una casa victoriana de San Francisco. Resulta que todas son brujas, cada una con un poder distinto, y su misión es salvarnos de los ataques de los demonios, que son como actores porno trajeados que nunca se llegan a despelotar y que tienen muy mala baba. Así leído ya dices: ¿en serio? Venga ya. ¿Qué guionista o productor tiene la jeta tan grande como para endosarle semejante truño a una cadena de televisión?
Hace tiempo que no la veo, pero recuerdo que la experiencia era todo un subidón kitsch. Hasta la fotografía tiene unos tonos pastel de lo más empalagosos, como de revista cursi de decoración. En fin, que todo en ella parece una broma. Como El ejército de las tinieblas, de Sam Raimi, que es una parodia de un tipo de cine de terror muy determinado. Bueno, y luego está esa carga de erotismo soft con brillantina que apunta a las glándulas segregadoras de testosterona. Por no hablar de ese aire de videoclip heavy ochentero que emana cada secuencia. A ratos, parece la fantasía sexual de Van Halen.
Lo maravilloso de Embrujadas es que está en terreno fronterizo. Es tan mala que, cuando la ves, piensas que por fuerza ha de ser una parodia. Y como parodia funciona bien, se deja ver. Tiene un montón de referencias de pulp fiction televisiva que cualquiera puede reconocer y degustar fácilmente. Claro que luego te paras a pensar en que tiene demasiada producción para ser una parodia. Que nadie derrocha tantos recursos y energías en hacer risas de nada. Que sí, que nosotros la leeremos como queramos, pero que la historia va en serio.
Y entonces es cuando te echas a temblar.
22/01/2008
EL ELVIS ROJO ESTUVO EN FRAGA

Charlando con Óscar Sipán salió la figura de Dean Reed, uno de sus personajes preferidos, y la peli que Tom Hanks ha empezado a rodar sobre su vida. Óscar recordó su paso por Aragón rodando algunos espagueti western. Husmeé un poquito por aquí y por allá, y gracias a las sugerencias de Óscar escribí esta página publicada en el último Heraldo Domingo. Por cierto, la editorial de Sipán, Tropo Editores, prepara un volumen de cuentos sobre el espagueti western. Al loro. Aquí os dejo el reportaje.
¿Qué demonios hacía una superestrella de la canción, ídolo de masas en América Latina e icono revolucionario de la RDA y de la URSS en la localidad aragonesa de Fraga en 1970? Pues lo único que podía hacer un extranjero guapo en la Fraga de 1970: protagonizar los "espagueti western" de rigor.
Dean Reed (Denver, EE. UU., 1938-Berlín Oriental, RDA, 1986), conocido como el Elvis Rojo, va a ser uno de los personajes de este año, cuando se estrene la película que Tom Hanks acaba de empezar a rodar en Alemania sobre su vida y que se titulará "Camarada Rockstar". Pero es posible que el filme pase por encima -o que ni siquiera mencione- la aventura aragonesa de esta peculiar y olvidada estrella.
El Elvis Rojo se ganó su sobrenombre en América Latina, donde arrasó con sus canciones ligeras en los años 60. De hecho, llegó a residir unos años en Chile -donde aprendió a hablar español- y en Argentina. En este último país presentó un programa de televisión que le valió ser bautizado como Míster Simpatía. Allí, en las barriadas pobres de Buenos Aires y de Santiago, el rockero que derretía a las adolescentes se empapó de izquierdismo -aunque dicen que nunca llegó a militar en ningún partido comunista- y empezó a sentirse atraído por el otro lado del telón de acero.
En 1966 actuó en Moscú y conoció Berlín Oriental, empezando una relación de amor con esta última ciudad. Tras algunas temporadas residiendo en Rusia y en la RDA, se instaló definitivamente en este país en 1973, y en él murió en extrañas circunstancias -que apuntan a un suicidio- el 13 de junio de 1986.
Pero muy poco o nada de esto se sabía en Fraga aquellos años. El Elvis Rojo, aclamado por los descamisados de América Latina y vigilado de cerca por la CIA, quería seguir los pasos de su némesis de Graceland en todos los ámbitos, incluido el cine, así que puso mucho empeño en formarse como actor y, más tarde, como director.
Empeño inútil, claro, pues ninguno de los horrosos títulos que protagonizó ha pasado a la historia del cine, y a duras penas han conseguido figurar en los anales del "espagueti western". Con cintas como "La banda de los tres crisantemos", "Veinte pasos para la muerte", "La ley del kárate en el Oeste", "Besos para ella, puñetazos para todos" o "Adiós, Sábata", Dean Reed y Aragón contribuyeron a engordar un género saturado de olvidables y olvidadas maravillas.
Desde mediados de los años 60, Fraga y los cercanos Monegros dieron la réplica a Almería, en cuyo desierto se hicieron fuertes los Clint Eastwood y los Sergio Leone que abanderaron estas producciones de corto presupuesto, guiones apenas insinuados y ambientaciones 'kitsch' sin mucho aprecio por el rigor histórico. En realidad, los inmensos platós romanos de Cinecittà ofrecían todo lo que un director de "espagueti" podía desear en cuanto a "saloons" y cantinas de mala muerte, pero cuando había que rodar un duelo al aire libre o una persecución al galope por el desierto de Arizona, era necesario llevar los bártulos a España. Preferentemente, a Almería. Y si no, a Fraga, que quedaba cerca de Barcelona, base de operaciones y contratación de los productores de esta industria.
Sobre lomas polvorientas y entre antiguas parideras en ruinas que simulaban ser fuertes de Arizona, Dean Reed se codeó con otros grandes del "spaghetti western", como Yul Bryner ("Los siete magníficos"), con quien compartió cartel y coprotagonismo en "Adiós, Sábata" (1971), parte de una saga en la que Sábata, una especie de Robin Hood mestizo, ayuda a los revolucionarios mexicanos a asaltar trenes para conseguir fondos y armas.
Pero en Fraga no solo se rodaron "espagueti westerns". En 1970, el Elvis Rojo se quitó las espuelas para interpretar a uno de los hermanos Owen en "La banda de los tres crisantemos", una película de acción ambientada en el Chicago de los años 30 (que, para el caso, viene a ser Barcelona). Fraga ya no es un paraje del Viejo Oeste, sino el lugar apartado donde los forajidos de la Banda de los Tres Crisantemos busca refugio después de atracar el Gulf Bank.
Tras las cámaras
Aunque los críticos fueron muy poco complacientes con las dotes interpretativas de Reed, el Elvis Rojo perseveró y, financiado por las autoridades de la RDA, se lanzó a dirigir para transmitir al mundo su mensaje revolucionario a través de un soporte distinto al de sus canciones. Así, en 1978, con medios y actores alemanes orientales -salvo él mismo, que se reservó el protagonista-, estrenó "El cantor" (con título original en castellano). Allí evoca en clave melodramática el golpe militar que llevó a Pinochet a la presidencia de Chile en 1973.
No debió de quedar muy contento con el resultado, porque en su segundo y último experimento como realizador volvió a lo que mejor se le daba -o eso creía él-: el "espagueti western". "Sing, cowboy, sing", rodada en 1981 con actores de los países comunistas, fue su testamento fílmico. No volvió a aparecer ni delante ni detrás de las cámaras, y cinco años después, el 13 de junio de 1986, su cadáver apareció flotando en un lago berlinés cercano a su casa.
Olvidado hasta hace un lustro, ha surgido un movimiento de recuperación de su legado en Alemania, con documentales, libros y reediciones en DVD de sus películas. Entusiasmado con su historia, Tom Hanks compró el año pasado los derechos de su biografía, y este mismo mes de enero ha empezado el rodaje en Alemania, como actor y productor.
23/01/2008
IN THE GHETTO

En el siglo XIX, en Inglaterra y en otros lugares de Europa eran muy populares los zoos humanos, precursores de las freak parades que retrató Tod Browning en su película de 1932 Freaks (monstruos, de donde procede el extendido y algo irritante término friki). Quien visitaba un zoo humano veía especímenes de todas las razas del planeta, convenientemente enjaulados, para regocijo y delicioso escándalo de las damiselas burguesas. ¿He dicho todas las razas? Perdón, quería decir, naturalmente, las inferiores, las que difícilmente podían considerarse humanas y sólo valían para darle con el machete a los granos de cacao.
Estamos en el siglo XXI, muy lejos de aquellos racistas días del Doctor Livingstone, supongo. Y, sin embargo... Pues eso, que TVE parece que no se ha enterado y nos ofrece su versión refinada de estos zoos humanos: Hijos de Babel, la Operación Triunfo para inmigrantes.
Será que TVE no considera que los inmigrantes sean dignos de participar en la Operación Triunfo de verdad -que debe de ser como un colegio concertado, que deja a la chusma fuera-, por eso les ha creado una segunda división del ridículo televisivo, para que se explayen para el regocijo multicultural de las dóciles clases medias patrias. Seguramente en los objetivos del programa aparecerá muchas veces la palabra "integración", y a lo mejor hasta se les ha escapado alguna "igualdad". Que sí, que claro, que por supuesto, que faltaría más. ¿Quién puede dudar de las buenas intenciones de una televisión pública que nunca jamás ha sucumbido al morbo infecto y que siempre se ha mantenido fiel a su compromiso cívico de servicio público y de cohesión social?
El nombre del concurso es ya repugnante de por sí, y no sólo por lo cursi pemaniano de su sonoridad, ni porque admite bromas sobre otros "hijos de...", sino porque deja entrever una mirada vetusta y prejuiciosa sobre la inmigración. Hace diez años quizá todavía podría justificarse cierto asombro ante el fenómeno de la inmigración, pero hoy en día, quien no lo asume como algo tan cotidiano como las rebajas de enero es que vive en un país irreal. De lo único que yo me sorprendo es de que todavía no haya un ministro nacido en Ecuador o en Rumanía, de que en el periódico donde trabajo -y en ningún otro medio que yo conozca- haya periodistas procedentes de una hornada migratoria trabajando en pie de igualdad con nosotros (hay extranjeros, sí, pero llegaron por otros cauces y en otros momentos), de que apenas tengan presencia pública más allá de la crónica de sucesos. De eso me sorprendo. Lo que no me puede flipar es su presencia.
Hijos de Babel se acerca a los inmigrantes en tono paternalista y les da una oportunidad... de divertirnos. Venga, bufón, canta para mí. A ver qué sabes hacer, negrito. Anda, si los indicietos también saben bailar algo que no sea la danza de la lluvia. Guau, qué integradores somos. Qué gran papel social estamos haciendo.
Los zoos humanos del siglo XIX se montaban en nombre del progreso y de la ciencia. Los del siglo XXI, en nombre del multiculturalismo y la tolerancia. El efecto es igual de repugnante en ambos, y el tufillo racista me llega hasta aquí a través de la tele. Así que hijos de... Babel, ¿no?
Para que ahonde en esta línea integradora, y para no marginar a una minoría que ha sufrido y sufre mucho en este país, propongo a TVE que organice un concurso titulado Operación Fregoneta. Presentado por el rubio de Cruz y Raya, 12 gitanos conviven en una chabola de Sevilla por ver si son capaces de superar a Camarón de la Isla en tronío y alma pendenciera. El ganador, además de la producción de una cassette de gasolinera, obtendrá una concesión vitalicia de venta ambulante en todas las poblaciones de la Costa del Sol en temporada alta de verano. Por supuesto, se admiten navajazos y bodas con niñas de 14 años, para que ningún tópico quede excluido de la apuesta multicultural y la sociedad española se acerque por fin a una cultura tan querida y tan distante. ¿No mola? ¿De verdad que no? Pero si viene a ser lo mismo que Hijos de Babel, pero con saborcillo ibérico.
27/01/2008
SÓLO TE AHORCAN UNA VEZ

"Hay cuatro reglas para seguir a alguien: mantente detrás de tu sujeto todo lo que puedas, no intentes esconderte de él, actúa con naturalidad ocurra lo que ocurra y nunca le mires a la cara. No te las saltes, salvo en circunstancias excepcionales, y seguir a alguien será lo más sencillo que tenga que hacer un sabueso".
Sabiduría de sabueso. Lo cuenta el detective sin nombre de la agencia Continental que protagoniza muchos relatos de Dashiell Hammett. Este consejo aparece en el cuento Traiciones en zigzag, incluido en la antología Sólo te ahorcan una vez, que Seix Barral sacó hace poco más de un año. Son las narraciones cortas que Hammett publicó en revistas y en papeles sueltos desde 1922, mucho antes de Cosecha roja, su primera novela (el cuento que abre el libro, Ciudad de pesadilla, es claramente un ensayo de esa novela, que desarrolla su tema y su trama).
Me encanta Dashiell Hammett. Hubo un tiempo en el que estuve muy enganchado a la novela negra. Devoré a Hammett, seguí con Raymond Chandler y, cuando me metí con el trurbio mundo de McCain, me di cuenta de que estaba desarrollando una obsesión patológica. Así que lo dejé, pero de vez en cuando retomo el vicio, y Hammett sigue siendo mi niño bonito.
Lo es por su estilo, que ni siquiera una traducción tan infame como la que sufren sus textos logra apagar. Chandler y McCain son más "intelectuales". Hammett es intuición pura, el autodidacta soberano y supremo, la inteligencia sin pulir ni adoctrinar. Un sabueso con las suelas comidas de tanto patear calles. Porque él es ese detective sin nombre de la Continental, ese buscavidas que conoce a todos los tipejos de San Francisco. Sólo que en la vida de Hammett, la Continental se llamaba en realidad Agencia Pinkerton. Sus oficinas estaban en Union Square, y él comía bistecs en un restaurante cercano. Lo sé porque le he seguido el rastro este verano en San Francisco. No me he curado del todo de mis vicios.
La prosa de Hammett es eficaz, limpia de literatura y artificio. Apunta y dispara con precisión: certero en el detalle, nunca da información redundante ni de relleno. Cuando aparece un pañuelo es ese pañuelo y no un pañuelo cualquiera. Lo ves, lo palpas, lo hueles, y no ha sido mencionado por azar: encaja en la trama como una pieza de un puzzle. Es fantástico. Y consigue ese efecto con una parquedad de recursos que da miedo. Cuenta la historia con las mangas remangadas, jugando limpio con un lector que también quiere resolver el crimen, pero no se queda en el juego de salón. El pasatiempo del acertijo es sólo un andamiaje, una estructura conocida y cultivada que le permite contar lo que de verdad le importa: retratar una sociedad obtusa, violenta, sucia (en el sentido literal de mugrienta, de poco higiénica) e hipócrita. En el conjunto de su obra asoman un país, una época y una condición, la humana, que es universal y atemporal. Por eso no puede extrañarle a nadie que los grandes escritores que también han sido grandes lectores (circunstancia que pocas veces se da junta en una misma persona) sientan predilección por Hammett.
En cualquier caso, de Sólo te ahorcan una vez, cuya lectura estoy rematando, me quedo con un cuento muy atípico en la producción de Hammett y que demuestra que fue un escritor versátil, con sensibilidad, amplitud de registros y arrestos para probarse a sí mismo. Se titula La mujer del rufián, y está escrito en tercera persona, pero desde el punto de vista de una mujer espectadora que sólo entiende a medias la historia que está observando. Es magistral la forma en que construye y respeta al personaje a través de cuyos ojos fluye el relato. Cómo le deja respirar, cómo le deja expandirse y ganar peso, y cómo acaba encajando tan perfectamente el mecanismo de empatía con el lector. Chapeau.
Es un gustazo de libro. Si me permitís la osadía, os lo voy a recomendar.
Foto: la hice este verano. Es una placa situada en la esquina de Bush con Stockton, cerca de Chinatown, en San Francisco. La leyenda dice: "Aproximadamente en este sitio, Miles Archer, socio de Sam Spade, fue liquidado por Brigid O'Shaughnessy". Lo siento para los que no hayáis leído/visto El halcón maltés (¿cómo se puede vivir tan tranquilo sin conocer a Sam Spade?), porque esa placa os acaba de joder el final.
30/01/2008
CRÓNICA DE UN DÍA ROSCONERO

29 de enero. San Valero ventolero y rosconero, que dicen por aquí. Es el patrón de la ciudad de Zaragoza. La gente pasa junto a la escultura del santo en el Ayuntamiento (que es un obispo esculpido por Pablo Serrano, si no me falla la etílica memoria, siempre propensa a fallar) y come roscón. Yo no, porque me toca trabajar pese a ser festivo. Servidumbres de juntaletras. De todas formas, me toca ir al periódico sólo por la tarde y mi media langosta (Friends dixit) me ha abandonado para compartir la fiesta con su familia. Estoy solo en casa con toda una mañana para mí. Que arda Troya.
Me preparo un café, enciendo el ordenador y remato un largo artículo para una revista de Madrid cuya entrega acumula muchísimo retraso (una vez más, lo siento, Alberto). Sigo en pijama por cuestión de principios hogareños: nos podrán arrebatar laboralmente la fiesta, pero no renunciaré a la inmundicia pijamística. Pongo punto final al artículo y me voy a prepararme la comida.
Enciendo la radio, y en la programación local de la Ser entrevistan al responsable del Roscón Rock, un festival al aire libre en el centro de la ciudad con grupos locales (y noveles) que desde hace tres años se organiza para San Valero con ayuda del Ayuntamiento. El responsable, cuyo nombre no he retenido, está contento a medias. Dice que la gente no va a los conciertos de los grupos locales y que es una vergüenza, que el público debería concienciarse para apoyar la música aragonesa. Pienso (y sé que exponer públicamente estos pensamientos me puede costar un tiro en la nuca, visto lo visto) que, aunque quien no llora no mama, gastan una jeta de hormigón armado diciendo eso. ¿Cómo que el público debe concienciarse y apoyar no sé qué?
A ver, son grupos que, en su mayoría, no han editado ni un disco, y si lo han hecho, ha sido de aquellas maneras. Son chavales que están empezando, que les queda una carrera por delante y todavía tienen que currárselo un montón si quieren hacer algo en la música. ¿Por qué empiezan increpando al público? Si no eres dadaísta -y doy fe de que no lo son-, no lo entiendo. Al público se le seduce. Yo, personalmente, si voy a un concierto (y voy a muchos menos de los que me gustaría), no lo hago para apoyar a nadie. Lo hago por amor o por curiosidad, si es que no conozco a los músicos. Voy a dejarme sorprender, a disfrutar, a descubrir sonidos nuevos y a arroparme con los viejos. No voy para apoyar nada. Si acaso, me apoyo en la barra y pido unas cervezas.
También pienso, ¿qué más quieren? Una importante ciudad europea ha cedido los espacios más nobles de su centro para que toquen unos grupos desconocidos y para que éstos puedan dar a conocer su música. No conozco un caso igual en España y dudo que se prodiguen mucho por Europa. Pero, en lugar de aprovechar la ocasión para echar el resto y congratularse de lo privilegiados que son, la aprovechan para protestar y echar pestes hacia el público que no les sigue y decir que el Ayuntamiento no les apoya (?).
En fin, sé que los grupos aragoneses me partirán las piernas por decir esto, pero considero que hay un orden lógico: primero se crea una obra y después, si procede, se muestra resentimiento o agravio. Pero no hay agravio posible si todavía no has echado a andar.
Como rumiando esas pequeñas cosas y me largo a trabajar. Allí me entero de que quitan el Tomate. Debatimos los cuatro compis que estamos en la sección, pero no llegamos a ninguna síntesis. Personalmente, no tengo nada claro. Sólo intuyo que la jodienda no tiene enmienda, que los tomateros abrieron una espita corrosiva que ha terminado por cargarse lo poquito que quedaba de la dignidad periodística. Da igual que lo quiten, su semilla ya está plantada y otros seguirán su estela. O no. En cualquier caso, han convertido a los periodistas en seres marginales sin remedio. Bueno, quizá tampoco se está tan mal en los márgenes.
Termino de currar, cierro un artículo sobre blogs que no me deja muy contento y me voy a cenar con la mujer que me ha abandonado por la mañana. En el japonés de siempre, donde Luis Kiu nos da la mano formal y afable y nos busca una mesa buena. Ahora blogueo y pienso en qué voy a decir mañana por la mañana, porque me han invitado a un programa en una tele de por aquí. Creo que para hablar de blogs y medios de comunicación, no sé, algo improvisaremos. Espero despertarme más lúcido que hoy.


