Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2008.
Resumen
- 02/11/2008 13:18 - ¿LA ENFERMERA PRICE?
- 03/11/2008 00:00 - EL ARRANQUE DE UN CUENTO
- 06/11/2008 14:44 - CENAS, MONARCAS Y SARAH PALIN
- 10/11/2008 01:40 - JUAN EL SOBADO
- 12/11/2008 13:42 - ALLO, ALLO!
- 18/11/2008 20:47 - BLOG SEMIABANDONADO
- 22/11/2008 12:22 - PULSIÓN ESCÓPICA
- 24/11/2008 00:18 - SERGIO CHEJFEC
- 25/11/2008 01:15 - JUGUETES FP
- 26/11/2008 00:52 - LA SÉPTIMA MUJER MÁS SEXY DE GALES
- 29/11/2008 13:13 - ¿A QUIÉN LE IMPORTA?
¿LA ENFERMERA PRICE?

Antonio, un amable lector (amable lector, amable oyente... Cómo me gustan esas expresiones que me hacen sentir como una Elena Francis cualquiera), me manda por mail esta foto con el asunto "¿Jenny Agutter?". Se refiere a la señora de la izquierda junto a la ventanilla. Bien pudiera ser, la verdad. Y si no lo es, nos lo imaginamos. Es el metro de Londres, y la foto la ha tomado un amigo de Antonio. La otra, por cierto, es la típica amiga inglesa hortera que toda mujer británica tiene que llevar al lado por decreto.
Jenny inauguró la galería de erotismo olvidado y segundón de este blog, y ocupa en ella un puesto de honor por varios eromomentazos de la peli Un hombre lobo americano en Londres, del maestro John Landis.
-He tenido cuatro amantes en mi vida, tres de ellos en una sola noche -dice en la peli. Tímida, bajando la mirada. Y todos nos derretimos, todos querríamos ser el quinto y deshacer esa cama fría setentera de apartamento cutre londinense.
Ahora tendrá unos 55 años y sigue currando en la BBC. Sin proyección internacional, se ha convertido en una más de las muchas damas del elenco de la BBC. Carne para matrimonios sedentarios de Cardiff que se aburren los domingos en el sofá después de comer. Pero fue grande. Fue la enfermera Price de Un hombre lobo americano en Londres. Fue una de las chicas de La fuga de Logan. Ahí es nada.
EL ARRANQUE DE UN CUENTO
Esta noche he empezado a escribir un cuento que me ronda por la cabeza desde hace un par de semanas. Tengo muy claras las sensaciones que quiero verter en él, y me baso en parte en una experiencia autobiográfica. Pero sólo muy parcialmente, como apoyo para echarlo a rodar. Me gustaría compartir con vosotros este arranque. Por favor, no tengáis en cuenta los mil errores que contiene, que está recién salido de mi cabeza, sin revisar y sin pulir. Os propongo un juego, si queréis participar. ¿Sabríais decirme por qué los personajes están donde están y hacia dónde puede derivar la situación? El cuento arranca en un in media res algo sui generis. Me gustaría que imagináseis o adivináseis lo que ha pasado antes y lo que va a pasar después. O lo que os gustaría que pasase. Las humoradas y las barbaridades son bienvenidas, y si alguna de vuestras propuestas es mejor que la historia que tengo yo en mi cabeza, firmamos el cuento al alimón y ya le daremos salida.
La noche en que le abrieron la cabeza al Tocho yo andaba emporrado. El cabrón del taxista nos llevó al hospital de mala hostia. Nos miraba por el espejo muy serio, y yo pensaba que nos iba a dejar tirados en un semáforo. Me dio la risa floja, pero el Tocho me apretó la mano, me la cogió fuerte y se me bajó un poco el cuelgue. El taxista cumplió y frenó en seco en el hospital. No me acuerdo de si le pagué. Empujé al Tocho afuera y lo arrastré del brazo a la puerta de urgencias. No quería ni mirarle. Sabía que se sujetaba la cabeza con la otra mano, que se apretaba fuerte. Sabía también que sangraba mucho, que habíamos dejado sangre en el taxi y que llevaba toda la camisa chorreando. En la puerta, se soltó de mi brazo y echó la pota. Sonaba hondo, no era un vómito normal. Sonaba como si se le hubiera roto algo por dentro, como si le hubieran dado también en las tripas. Creo que salió un enfermero, lo metió para dentro y entre dos le tumbaron en una camilla, y ahí se quedó la plasta, creo que era medio roja. Yo me senté en una de esas sillas de plástico. No había nadie, era muy tarde, y la luz de los fluorescentes me mareó un poco. Un médico o un enfermero o qué me sé yo vino con unas hojas y me empezó a hacer preguntas. Yo iba muy mal, y me lo tuvo que notar. Se sacó del bolsillo un boli de esos de luz, me abrió los párpados y me lo enchufó en los ojos. Estás bien, sólo un poco colocado, me dijo. Muchos porros sin cenar, ¿verdad? Le pedí que le diera al Tocho el parte de lesiones, que lo necesitaba para la denuncia. Pero tu amigo dice que se ha caído, me dijo el tío. Joder, pensé. Joder con el puto Tocho de los huevos, siempre igual. ¿Cómo se ha hecho esa brecha?, me preguntó. Pues se habrá caído, le dije, y me recosté en esa silla donde no me cabía el culo. Bueno, allá vosotros, soltó. Tú estás bien, aparte del cebollazo que llevas. Si quieres esperar a tu amigo, ahora te diremos algo, porque a lo mejor le tenemos esta noche en observación. Avisa a sus padres o dinos a quién hay que llamar. Come algo y vete a la cama. El tipo enfiló el pasillo y se metió en la primera puerta. Cuando la abrió, vi al Tocho sentado en una camilla. Una tía con guantes le limpiaba la brecha de la cabeza. El Tocho me miró un momento y la puerta se volvió a cerrar. Eres un gilipollas, le dije, pero en voz baja, para que no me oyera.
CENAS, MONARCAS Y SARAH PALIN

Empiezo vacaciones, pero sin viaje. Me he comprometido a terminar una cosa antes de fin de año y eso me obliga a encerrarme en mi despachito a darle furiosamente a la tecla. Es posible que no actualice mucho el blog estos días, porque pienso meterme unas sesiones de trabajo estajanovistas, pero lo miraré con frecuencia y estaré al quite de los comentarios. Así que aquí ofrezco un post comprimido con tres pequeños apuntes.
EL ESPÍRITU DEL VINO
En la foto estoy con mis compis José Luis Solanilla y Paula Figols. La autora del retrato es Rebeca Cartagena, todos ellos grandísimos periodistas ante los que me inclino con humildad honrosa y con los que tengo el inmenso gusto de trabajar desde hace varios años. Ayer, los que veis en la placa y unos cuantos más nos fuimos de cena por un motivo que no se puede decir, porque nadie lo va a entender. Grandes risas y mucha diversión. Fue lo que se dice una velada perfecta, y hasta presencié algo que nunca había visto: que nos cambiaran una botella de vino que ya habían abierto. José Luis decía que tenía corcho. Yo llevaba media copa bebida y me estaba sabiendo divinamente. Igual es que el corcho me gusta. O a lo mejor es que el corcho está en mis papilas gustativas. En cualquier caso, ahora que no me oyen mis compis aprovecho para decirles que la vida laboral se haría muy pero que muy cuesta arriba sin su compañía y sin su humor. Es una crueldad que yo esté de vacaciones y vosotros no (o quizá sea la restitución del orden cósmico: que yo holgazanee mientras el mundo curra), pero eso no quiere decir que os quiera menos.
MONARCADAS
No he comentado lo de la reina y su parloteo entrevistil. Ayer El País nos regalaba unas dobles páginas con meteduras de pata de la realeza europea. Mi favorita es cuando el Duque de Edimburgo le dijo al director de una autoescuela escocesa: "¿Cómo consiguen que los alumnos estén el suficiente tiempo sin emborracharse para aprobar el examen?". Yo no creo que sean meteduras de pata. Es más, si unos cuantos países europeos tenemos que resignarnos a sufrir las monarquías, puestos a elegir, yo prefiero una como la británica, con sus escándalos sexuales, sus ansias de ser Tampax de mujeres feas, su desprecio decadente y sublime hacia el populacho, su racismo nunca disimulado y su flema. En otras palabras: ya que están ahí, por lo menos que den espectáculo. Coño, que hagan algo aparte de besar manos y sonreir. Ya iba siendo hora de que se animase el cotarro. A ver si los Froilanes crecen pronto para que les pillen haciendo el ganso en una discoteca de Ibiza. A ver si por fin tenemos ya una monarquía borgiana (de los Borgia, no de Borges) como dios manda.
YES, WE CAN
Pues qué quieren que les diga. A mi me apena el pobre McCain, tan viejuno y desamparado, pero sobre todo me apena Sarah Palin. ¿Qué va a ser de esta aspirante a novia de América que se quedó en simple felatriz de aparcamiento de América? ¿Dónde van a recolocarla? Recordemos que de Palin se habían hecho ya soberbias imitaciones y pelis porno. ¿Todo ese material se va a quedar obsoleto? Por Dios, Obama, a ver si es verdad que quieres recomponer un país dividido y le buscas un hueco a esta pobre mujer, que no se merece pudrirse en los hielos árticos. Ten consideración y dale argo.
JUAN EL SOBADO

Si estampar mi firma en Zona de Obras ya ha sido todo un privilegio que ennoblece mi plebeyo nombre, que ahora vengan y utilicen unas frasecillas mías para adornar el dossier que han hecho sobre cultura danesa en el número que acaba de salir a la calle ya es para tener el ego obeso. El año pasado me mandaron a cubrir el Spot Festival en Arhus, Dinamarca, y desde allí escribí este post. Este año volvieron a invitarme, pero las fechas no cuadraron bien y me quedé sin la escapada vikinga. Una lástima, porque Dinamarca es el típico país que nunca está en mi lista de destinos apetecibles, pero guardo un recuerdo maravilloso de aquel viaje y no me importaría repetirlo.
Zona de Obras, ese lujo cultural que se hace en Zaragoza para toda América Latina, saca su número 53, consolidando cada vez más el formato grande (estuvo muchos años tirando en formato cuadrado) y afianzándose como cabecera de referencia en el mundo de las tendencias. Cuesta casi 8 euros, pero te llevas a casa una carretilla de papel maché (más de 200 páginas con letra preta), un DVD y dos CD. Uno de los CD está editado por el Spot Festival y da un repaso a lo que están haciendo ahora los rockeros daneses. El CD y el DVD están dedicados a San Salvador, ciudad que también protagoniza un amplio dossier.
Entre los grupos salvadoreños que aparecen en el DVD se menciona La Pepa, una banda de hardcore metal algo pasado de revoluciones que tiene una de las canciones que más gustan a los jóvenes modernos de Sívar (que es como se llama popularmente a la ciudad): Juan el Sobado. No he encontrado la letra en Internet, pero podéis escuchar un podcast que la contiene aquí). Juan el Sobado, héroe de la chavalería radicalosa, es un mangui "bien chingón", como dice la letra, que pasea su fardona verga por todas las vaginas del barrio y hace y deshace lo que le sale de ahí a lo largo de la ciudad. El narrador del documental dice que define muy bien el carácter de San Salvador, y yo respondo que tururú. Juan el Sobado es la última variante de un tema urbano, un arquetipo universal de la narrativa de todas las ciudades abarrotadas y conflictivas.
Este Juan el Sobado es el Jimmy Jazz de The Clash, el macarra de ceñido pantalón de Pulgarcito cantado por Sabina, el que hizo en los billares la primera comunión de Leño, el Maky Cuchillo de Brecht, Sinatra, Morrison e Ivá y el Billy el Niño de Peckinpah. Es ese individualista violento, sentimental, duro, de mirada centelleante y navaja rápida. Es el más chulo del barrio, es James Dean, es el que armaba gresca en la calle sin razón, sólo por saltarse las normas. Juan el Sobado no es un endemismo salvadoreño. Juan el Sobado pertenece a todas las ciudades y a ninguna. Está en todos los barrios, en la cabeza de todos los chavales que crecen apiñados en un entorno duro, ruidoso y sin más futuro que la cola del paro. Es esa épica de barrio que tanto triunfa en las sociedades donde abunda la chavalería perdida, puteada y vigilada por la policía.
Escuchaba Juan el Sobado y escuchaba el mundo en el que crecí yo mismo, cuando nadie creía ni de coña que este país algún día sería la octava potencia mundial, ni que nos iríamos a recorrer el universo como nuevos ricos. Creo que se perdió aquello. Creo que ya no existen esos futbolines. La música que suena en los institutos de barrio ya no habla de Macky Cuchillo, y me parece bien. Ojalá la música que se escuche en ellos sea muy frívola y plana. Ojalá no hagan falta nunca más héroes acratoides urbanos. Ojalá estos personajes nos despierten sólo simpatía, pero sin enjuagar la rabia que, por lo visto, sigue enjuagando en muchas ciudades del planeta.
Tenía que soltar esto, por eso he hecho un alto en mi encierro monástico, pero mañana sigo con mi disciplina tecleadora. Besos.
ALLO, ALLO!

No todo son amarguras, soledades y callos en los dedos en la vida del cartujo escribidor en el que me he convertido estos días. También hay momentos para los chistes de tercero de EGB, esos que tanto nos gustan. Como el e-mule funciona fatal, hace mucho que no me bajo nada, pero como tenía mono de series, el otro día fui a la Fnac a olisquear las novedades en DVD, a ver si habían sacado alguna temporada nueva de las series que me molan. No encontré estrenos, pero me di de morros con una joya que tenía almacenada con mucho cariño en mi cabeza de alcornoque: Allo, allo! Qué gran momento, amigos.
Tenía un recuerdo difuso e infantil de esta serie que veía en Canal 9 a finales de los 80. Recordaba que era una producción inglesa, que la cosa iba de ingleses riéndose de los franchutes, que la estética de los decorados era feísta, y la interpretación, bárbaramente histriónica. Recuerdo que tenía un humor de trazo grueso que me hacía mucha gracia, y tenía miedo de que ahora me pareciera una soberana mierda.
Pero no. Nos enchufamos los primeros episodios y aquello fue una jartá de reir. Qué maravilla. Qué buenos son los ingleses cuando se ponen tan insoportablemente ingleses. Qué buenos son los ingleses cuando escarban en las miasmas (sí, he dicho miasmas, ¿algún problema?), cuando se revuelcan en su propia cochiquera barriobajera, cuando se deslizan sin frenos por la cuesta abajo de la parodia burda y tabernaria. Qué gozada.
Allo, allo! es una sitcom de la BBC que parodia las pelis sobre la Resistencia francesa. El prota es René, patrón de un pequeño bistrot de pueblo frecuentado tanto por alemanes como por resistentes. A él sólo le preocupa su negocio, la guerra se la sopla, pero se ve obligado a hacer equilibrios entre los dos bandos: se convierte en agente de la Resistencia, pero sin incomodar a los nazis, con los que también coleguea. La acción transcurre sólo en tres espacios: el local, la trastienda y la habitación de la abuela, en el ático, cuya cama se usa como antena de transmisiones clandestinas.
A partir de ahí, cada capítulo es una sucesión de chistes gruesos que ridiculizan fundamentalmente a los franceses y a los héroes de la Resistencia, aunque los ingleses también se llevan su parte. Hay un gag buenísimo en el que René habla con dos ingleses. Los dos lo hacen en inglés, pero no se entienden porque supuestamente unos hablan en francés y otros en inglés. La coña se prolonga hasta el absurdo más absurdo, como en la buena tradición teatral cómica inglesa, y yo me tengo que sujetar la caja torácica para que no se me salga de la risa.
Es un humor no apto para remilgados ni para militantes del humor inteligente, que todavía no he conseguido averiguar qué es. La parodia se basa en tópicos primarios y chabacanos, pero con la agilidad y la chispa que José Luis Moreno cree tener y de la que anda tan falto. Supongo que el hecho de que en España la pasaran por las autonómicas provocó que más de medio país se la perdiera en su momento, pero mi consejo es: si rondas los 30, creciste con los mitos televisivos tardoochenteros y primeronoventeros, si Aterriza como puedas te parece vergonzosamente divertida, si tienes cierta alma chanante y si te partes el ojete con la troupe de Joaquín Reyes, bájatela o cómpratela, porque la vas a gozar un montón. Pero si tu rollo son los jerseys de cuello vuelto y el humor inteligente de Woody Allen, pasa de Allo, allo!, porque no sólo no vas a entender nada, sino que probablemente tu sensibilidad quede irremediablemente herida, como una perdiz tras un atracón de perdigones. Échate una partida al trivial o canta en el karaoke de la Play mientras tus torpes y malhablados amigos disfrutan de las astracanadas burdas de René y sus amantes francesas.
¡Viva la BBC!
BLOG SEMIABANDONADO
Hace bastantes días que no actualizo este blog, y no es porque siga enfrascado en la redacción de esa historia (de la que tendréis noticias próximamente, si todo va bien), sino porque Cris y yo hemos sufrido un episodio triste que no viene a cuento, pero que ha implicado hospitales, quirófanos y angustias varias. Todo está en orden ahora. O al menos, la locomotora se ha encarrilado y vuelve a coger la velocidad de la vida cotidiana. Espero retomar mis hábitos blogueros en unos días. Gracias a los que os habéis seguido pasando por aquí y habéis dejado comentarios en artículos viejos aunque yo estuviera desaparecido.
Aprovecho esta escueta nota para anunciaros que la semana pasada -antes del follón mencionado- ya se confirmó que Malas influencias estará en las librerías antes de lo previsto. Será allá por febrero. Habrá presentaciones en Madrid y Zaragoza, y probablemente en Bilbao y algún otro sitio más. Iré dando detalles conforme la cosa avance más.
Abrazos y no preocuparsen, que estamos todos estupendamente, sólo un poco tristes.
PULSIÓN ESCÓPICA
Un pedante semiólogo -una de las subespecies más insufribles de la especie pedante: dicen que surgió en París y, tras desovar en Roma, se extendió por toda Europa y parte de Estados Unidos. Hoy está en riesgo de extinción, pero sigue parasitando varias cátedras en varias prestigiosas universidades- que tuve de profesor decía que la razón de ser del porno es la pulsión escópica. Es la típica expresión que no se atrevería a decir en un bar de Chamberí mientras en la tele ponen un Madrid-Atleti, pero que en la universidad, delante de un grupo de estudiantes adormilados, se permitía el lujo de pronunciar con suficiencia y altivez ("queridos parroquianos: vuestro interés por el fútbol responde a una pulsión escópica". "Escópica tu puta madre, chaval, que a mi nadie me llama eso", le responderían).
Escópico: helenismo referido a la mirada. La pulsión de mirar, que llevamos inscrita en nuestro ADN, el impulso irrefrenable a no apartar la mirada, a ver cuanto más, mejor, y cuanto más detalle y profundidad, mejor. Es la que activa los mecanismos del deseo y del morbo. Y el porno, es verdad, se diferencia de cualquier otro cine en que todos sus recursos están orientados a alimentar esa pulsión escópica sin trabas ni distracciones: por eso los planos tienen que ser primerísimos y cerrados, y la luz, diáfana, sin sombras artísticas. Que se vea todo bien claro, que no haya trampa ni sutilezas ni elipsis.
¿Dónde creen ustedes que he encontrado la mejor reflexión sobre la pulsión escópica? ¿En Umberto Eco, en Roland Barthes, en Jean Baudrillard? Ya quisieran esos pelagatos. La mejor reflexión está en YouTube.
Muchos ya conoceréis el fenómeno 2 girls 1 cup, que lleva unos meses causando sensación en internet, y que ya ha sido parodiado hasta por Padre de familia. Os lo resumo. Hay por ahí un trailer de un minuto de una peli llamada Hungry Bitches (literalmente, Zorrones hambrientos). No sé cómo es porque hay que ser buscador de nivel avanzado para encontrarla, y yo he estado a punto de darme de morros con algún virus en más de un intento, así que he desistido. Según las descripciones, la cosa es que dos señoritas se despelotan, una de ellas pone el culo en pompa junto a una gran copa o ensaladera y da a luz un señor ñordo. Cogen el recipiente y empiezan a papearse ese estiercol a medio hacer, poniéndose la cara perdidita de mierda. Para culminarlo todo, en una apoteosis bulímica, se vomitan la una en el cuerpo de la otra.
La cuestión es que a alguien se le ocurrió grabar con una webcam la cara de un amigo mientras veía ese vídeo, y colgó la reacción en YouTube. La moda se convirtió rápidamente en planetaria, y hay miles de vídeos de gente poniendo cara de asco y con arcadas mientras sus colegas se ríen por detrás:
Hay nietos que torturan a su abuela para reírse de ella:
Gente que lo parodia y lo retransmite como si fuera un partido de fútbol:
Personajes de Barrio Sésamo:
Y, por supuesto, Stewie Griffin:
Bien, amiguitos, acabáis de asistir a una reflexión de una gran hondura filosófica, y no lo digo de coña. A través de esta broma global de Internet, hemos dejado a la altura del betún a los semiólogos del mundo, que nunca pensaron que la inteligencia y el sentido del humor del común de los mortales que no han hecho un doctorado en la Sorbona pudiera alcanzar una sofisticación tan brillante.
Alfred Hitchcock estaría orgulloso de todos estos internautas, pues han aplicado una de las máximas de su manera de entender el cine: lo que importa no es el suceso ni el misterio en sí, sino cómo se comportan los personajes ante ese misterio. Por eso él construía toda la trama en torno a un elemento indeterminado que carecía de importancia y al que llamaba McGuffin. El McGuffin podía ser un microchip, un cuchillo, la herencia de un asesinado o una casa entera, como en el caso de Rebeca. Da lo mismo, porque a lo que va a dedicar sus esfuerzos de contador de historias es a poner la cámara delante de las caras de los personajes cuyas vidas están afectadas por ese McGuffin, y lo que a nosotros, espectadores indefensos, nos cautivará, no es el McGuffin, sino las reacciones y las emociones de esos personajes.
El vídeo de la coprofagia nos importa una mierda, nunca mejor dicho. Por mucho que nos quieran hacer ver lo contrario, estamos ya curados de espanto. El Marqués de Sade, en el siglo XVIII, ya incluyó en Las 120 jornadas de Sodoma un cuento coprófago que seguro que es mil veces más repugnante que el vídeo de 2 girls 1 cup. Era un relato tan explícito que hasta se detallaba la dieta que seguía la protagonista para obtener los bollitos que más le gustaban al coprófago, que aplicaba su boca sobre el esfínter de la chica y le daba palmaditas en las nalgas para indicarle que fuera soltando lastre. No, no nos escandaliza la depravación en sí: queremos aprovechar sus mecanismos para crear otra cosa, y este proceso de creación colectiva habla de un público muy sofisticado y cachondo, nada que ver con la pasividad semianalfabeta que los informes Pisa nos quieren hacer ver. Este fenómeno, al volver la cámara hacia el espectador, está haciendo lo que ni Bertolt Brecht ni los teóricos de la demolición de la cuarta pared ni los fanáticos de la postmodernidad se atrevieron a hacer: le está diciendo a los gurús de la comunicación que no somos gilipollas, que la butaca rígida no es nuestro sitio y que, sin mesianismos ni ideologías, estamos en disposición de dejar de ser un público pasivo.
El fenómeno de 2 girls 1 cup es un mensaje para políticos, periodistas, cineastas y gerentes de la SGAE: o se lo curran más (pero mucho más) o están perdidos, amigos. Apliquémonos el cuento.
PS: Gracias por los mensajes de ánimo. La borrasca ya se aleja por el horizonte. Que tenga ganas de escribir sobre estas cosas es un síntoma de que todo vuelve a su sitio.
SERGIO CHEJFEC
La semana pasada estuvo Sergio Chejfec en Zaragoza presentando su último libro. Me habría encantado ir a escucharle, pero me reclamaban otros asuntos, así que he dedicado este domingo resacoso a leerle, que es el mejor halago que le puedes hacer a un escritor.
El año pasado, en Buenos Aires, bebiendo cerveza por litros en la maravillosa terraza de V., que vive en un ático en el barrio de Palermo, oí hablar de Chejfec por primera vez. V. es periodista radiofónica en Argentina y una de esas lectoras que apabullan por la cantidad de libros que lee y por su conciso y certerísimo ojo crítico. En unos minutos, entre cerveza y cerveza, me puso al corriente de los nombres que más podían interesarme del panorama narrativo argentino de hoy, y me preparó una lista de recomendados con la que recorrí al día siguiente las librerías de la calle Corrientes. Entre ellos estaba Sergio Chejfec. "Hay escritores que sólo son judíos de apellido, pero este es un escritor judío, totalmente judío -me dijo-. Es su obsesión, no tiene prácticamente otro tema, siempre está dándole vueltas a su herencia familiar, al desarraigo de los judíos en Buenos Aires y todas esas cosas. Pero con mucha densidad, con algo de afectación. Es un estilista bárbaro, muy refinado, pero hay que saberlo llevar. Como persona es divino, siempre está en los mejores restaurantes de Buenos Aires, con una presencia muy cuidada, muy esnob. Es todo pose".
Me compré todo lo que encontré de Chejfec y me fijé en las fotos de solapa. Tenía razón V.: calvo, de calvicie pulcra y pulida, con gafas y una sobria camiseta negra. Mira a cámara serio y de frente, resaltando su mandíbula marveliana, y transmite una distancia alambicada algo demodé, pero ciertamente graciosa. No creo que sea fingimiento ni pose: no parece que la frivolidad contamine nada de su ser.
Hoy me he pegado la tarde leyendo su primer libro, Lenta biografía. Un opúsculo de menos de 200 páginas en las que apenas pasa nada, pero que tienen una densidad que ni el aceite sin refinar. He tenido que alternar su lectura con En lugar seguro, de Wallace Stegner, que los chicos de Libros del Asteroide me mandaron hace unos días en su traducción catalana (gràcies, amics. Em senta molt bé llegir en català de tant en tant, que portaba massa temps sense fer-ho). Esta es una novela clásica americana de la que hablaré otro día y que este domingo me ha ayudado a licuar un poco la grumosa densidad de Chejfec.
No me malinterpretéis: Chejfec es una lectura interesantísima que permite que las neuronas hagan gimnasia de alto nivel, que de vez en cuando les hace falta, pero hay que coger el libro bien desayunado.
Jugando con la ficción y la realidad, con esos juegos yoísticos tan a la moda, yendo del cuento al ensayo, de la filosofía a la anécdota y de la poesía a la novela, Chejfec trata de desenmascarar a su padre. En el sentido literal: trata de ver más allá de su rostro, adivinando quién es esa persona que llegó a Buenos Aires huyendo del Holocausto y que nunca habla de su pasado polaco. Se nota que Chejfec escribe para aclararse, buscando en las letras un sendero que se marque en la maleza de su mente y de sus recuerdos, y me ha caído bien al instante, porque le reconozco de mi cuerda. Ya sabéis que hay básicamente dos clases de escritores: los que quieren transmitir una visión del mundo que ya tenían antes de ponerse a escribir y los que aspiran a construir su visión del mundo escribiendo. Para estos últimos las palabras sirven para enfocar, para hacer nítida la imagen borrosa que les presenta la vida. Los primeros buscan acólitos; los segundos, compañeros de viaje. Unos discursean, los otros charlan. Unos instan, los otros invitan.
Y así, párrafo a párrafo, Chejfec va descubriendo a su padre. Construyéndole como personaje olisquea el misterio que nunca entendió.
Como en este país también estamos a vueltas con la memoria y las heridas de la historia, creo que este párrafo del libro es muy atractivo:
Yo no pretendo otra cosa: recordar, a pesar de que es imposible y vano. Esto lo pienso hoy, momentos a los que llego después de haber supuesto durante años -con una fe ciega y una pertinacia intermitente, que tenía picos de obsesiones y de olvidos- que la tarea de recordar podía poseer algo de heurística: siempre pensé que el recuerdo revelaba la verdad en general, o por lo menos la verdad de la historia. Me engañaba: creí que descubre algo cuando en realidad no hace otra cosa que manifestarse igual a sí mismo. Nada es igual a sí, excepción hecha de los recuerdos. Por esto puse recién, con textuales palabras, que los relatos escuchados por mí en el comedor de mi casa eran "desapercibidas contemporizaciones entre el presente" y el pasado: percibimos la violencia y el vértigo mental de imaginar un tiempo ya inexistente y una cronología cristalizada, y pretendemos alivianar esos sentimientos y sensaciones cruentos contemporizando desapercibidamente el presente y el pasado.
Seguro que Javivi, nuestro experto en estos temas, tendría mucho que decir al respecto.
JUGUETES FP

Acaba de pasar su cumpleaños y ahora vienen las navidades (vienen ya, ¿verdad? No habré vuelto a confundirme de setas, voy puesto de amanita muscaria y por eso veo tantas lucecitas por la calle antes de tiempo). Le debemos unos cuantos juguetes a nuestra sobrina, y los cabrones que compran a tiempo ya se nos han adelantado. ¿No estábamos en que había crisis? Joder, pues qué poco se nota: todos los juguetes que nos molan o los ha comprado ya algún bisabuelo o están agotadísimos (la dependienta nos mira pensando que somos unos panolis, que hay que espabilar y comprar las cosas antes). Parece que los regalan, pero luego miras las etiquetas y ves que no, que la fabricación de juguetes sigue siendo un negocio con futuro.
-¿Y un kit de herramientas de juguete como las de su padre? -sugiere Cris.
Su padre pertenece a esa estirpe de semidioses gremiales llamados fontaneros. No es mala idea, pero la madre de la criatura se niega fieramente: no quiere tener la casa llena de tuberías de juguete.
-No tendrías que habérselo consultado: hechos consumados, Cris, hechos consumados -le recrimino-. Los tíos han de actuar como saboteadores revolucionarios: dejamos el paquete y salimos huyendo, y que luego vayan los padres a recoger los cachivaches.
En esas estamos cuando leo en la novela En lugar seguro, de Wallace Stegner, un sugerente pasaje sobre el matriarcado de Massachusetts. Según Stegner, los anglosajones pobres descendientes de la colonia emigraron al oeste y fueron sustituidos por emigrantes italianos e irlandeses. De los anglos sólo quedaron cuatro ricos, recluidos en Harvard y en las universidades de la Ivy League. Desaparecieron los que trabajaban con las manos y se quedaron los intelectuales, y esos no sirven de referencia para los niños, por eso las mujeres asumieron todo el liderazgo del clan. Los intelectuales de las universidades no servían de nada a los niños porque su actividad no puede ser imitada por ellos. Se puede jugar a ser un leñador como papá, un albañil como papá, un alfarero como papá o un agricultor como papá, pero no se puede jugar a comentar la Eneida como papá. Así que se rompió el vínculo padres-hijos. O se pospuso hasta que los hijos tuvieran edad para comentar la Eneida.
Pienso en eso y envidio un poco a mi sobrina, que tiene un padre a quien imitar. Para mi hijo, cuando lo tenga, seré un tipo que hace cosas incomprensibles que no se pueden ver. No le podré comprar un ordenador para que escriba como su padre.
Es la vida que he elegido, pero a veces me da rabia esta inutilidad. Me dan envidia los que son útiles a su entorno, los que pueden echar una mano a su familia y a sus amigos. Mi cuñado el fontanero nos puede arreglar un grifo en una urgencia, mi hermano puede resolver un montón de problemas ingenieriles, Michel sabe arreglar cualquier cosa que lleve un motor y mi cuñada te mira la tensión y te practica los primeros auxilios si te atragantas en una competición de comer polvorones. Conmigo no se puede contar para nada. Antes, aún podía escribir cartas de amor por encargo, pero creo que ahora nadie encargaría sms de amor. Nadie necesita a un juntaletras, por eso ningún niño quiere ser juntaletras de mayor, porque lo que mola es echar un cable a los demás, sentirse necesitado.
He elegido una vida inútil, absolutamente egoísta. Escribir sólo me satisface a mí, no soluciono nada práctico. Ni siquiera puedo aportar falsos consuelos, como los psicólogos.
¿Qué, os he engañado? Que no, que estoy contentísimo. Con lo tranquilo que yo vivo sabiendo que cuando me llama mi gente nunca es para pedirme un favor. Su amor es genuino y desinteresado porque saben que no les puedo aportar nada, que nunca les voy a cambiar un enchufe ni a reparar una caldera, así que me tienen que querer porque sí.
Pero hay días en que me da rabia que haya gente que tenga juguetes de sus profesiones para comprar la admiración de sus hijos. Qué cabrones.
PS: en mis tiempos de instituto, unos colegas montaron un grupete y compusieron un greatest hit neopunk que cantábamos todos. Se titulaba Centro FP, y decía así:
Fracasaste en los estudios
en aquel colegio de habas
y por eso terminaste
en un centro de FP.¡Centro FP, centro FP!
¡Centro FP, centro FP!Venderás tripis y porros
a los críos de primero.
Te llenarás los bolsillos
con su jodido dinero.¡Centro FP, centro FP!
¡Centro FP, centro FP!
Ya veis, la poesía de los Chichos y la sensibilidad de un Syd Vicious con parálisis cerebral. Una pena que no triunfaran.
LA SÉPTIMA MUJER MÁS SEXY DE GALES

Lo voy a registrar como título de un futuro libro: La séptima mujer más sexy de Gales. Esta prestigiosa posición, en un país donde la belleza humana es un bien más escaso que el humor en los monólogos de Moncho Borrajo, corresponde a Eve Myles. ¿Prodigio de la naturaleza, exudación erótica, Venus postmoderna? Pues no. La séptima mujer más sexy de Gales, como se ve en la foto, tiene un pase con la boca cerrada y un par de meneos de Photoshop, pero en cuanto abre la boca deja ver unos piños más británicos que los sándwiches de pepino, con un agujero negro en el centro que los científicos del CERN alquilan para hacer experimentos subatómicos. Su publicista se ha cuidado mucho de filtrar fotos donde se vea.
En cualquier caso, una mujer que puede andar por la vida luciendo orgullosa el título de la séptima mujer más sexy de Gales merece toda mi admiración. No va a pasar a la galería de erotismo del blog, pero se merece unas líneas. Porque, aunque no os lo creáis, a los frikis de las islas menos afortunadas del planeta -las Británicas- esta tipa les pone gochos y con el mástil listo para zarpar, como diría el poeta.
Esta chica, nacida hace 30 años en la localidad galesa de Ystradgynlais (es que lo tiene todo la pobrecica), es famosa por interpretar a la aguerrida Gwen Cooper en un delirio de serie de la BBC llamado Torchwood, que a mí me encanta. En Torchwood, material friki de primera, Gwen es el personaje encargado de poner a tono a una audiencia masculina con altos niveles de testosterona y graves disfunciones sexuales -y sociales-. El rollo duro, macarruzo y comiquero de Gwen es el idóneo para inspirar las erecciones de chavales acostumbrados a tocarse con Wonderwoman y Catwoman. Y, por lo que he visto en internet, parece que el truco les funciona. La séptima mujer más sexy de Gales se perfila como icono sexual de la pandilla basurilla.
Yo, como no juego a Dragones y mazmorras, no me siento atraído por el agujero negro de la séptima mujer más sexy de Gales, pero debo confesar que estoy enganchado a Torchwood.
Es un spin-off de Doctor Who, una serie de ciencia-ficción de la BBC que ya se emitía en tiempos babilónicos, y cuenta las aventuras de una organización secreta creada por la reina Victoria (cágate, lorito) en el siglo XIX para ocultar a la humanidad la presencia de vida extraterrestre. Trabajan en una estación de metro abandonada en el centro de Cardiff y están dirigidos por el capitán Jack Harkness, un homosexual inmortal que se pasea por el contínuo espacio tiempo como si fuera el baño de su casa: sabemos que fue feriante y aviador de la RAF en la Segunda Guerra Mundial, entre otras muchas cosas, que la inmortalidad da para mucho.
¿No es un maravilloso delirio?
Como es de la BBC, mantiene un desconcertante equilibrio entre lo bochornoso y lo sublime. Es como si un niño pequeño cogiera Expediente X y lo empezara a llenar de todas las tontadas que se le ocurriesen, pasándose por el forro coherencias y técnicas narrativas. Pero al final, después de que el niño se ha divertido, llega un adulto y cierra los episodios bien, evitando el desparrame absoluto y dándole empaque a la serie.
Los efectos especiales no dan risa, lo cual es muy de agradecer en una serie de ciencia-ficción. Los bichos alienígenas, por lo general, están logradetes, y hay un montón de cacharrería electrónica propia del género para adornar persecuciones y escenas de acción rodadas con bastante pericia. Además, todo está recubierto de ese aire british tan cínico, tan aristocrático y tan cabrón, que te obliga a fijar la vista.
Torchwood es adictiva como una droga. Y mola un montón. La séptima mujer más sexy de Gales ha sabido elegir bien la serie.
¿A QUIÉN LE IMPORTA?
Mis columnas de opinión del suplemento MVT son chorizos. Ana Usieto, la coordinadora del suplemento -y, sin embargo, amiga mía del alma, del corazón y de todas mis vísceras-, me suele gritar en medio de la redacción a mitad de semana: "Sergio, ¿me haces un chorizo?". Y yo, fino y delicado, le respondo también a grito: "Venga, ¿y dónde te lo meto?". Los no iniciados se asustan un poco y no saben si hablamos de excrementos o de sexo, pero la mayoría de la gente ya sabe que nos referimos a mis columnitas de opinión. Esta la publiqué ayer, viernes:
Madrid se ha quedado sin La Riviera. La capital de la octava potencia mundial se ha quedado sin sitio para dar conciertos de mediano aforo -los que permiten mantener una programación de espectáculos durante toda la temporada, porque los estadios y las plazas de toros se llenan una vez al año, con suerte-. En otras palabras: que se acabó la música en directo en Madrid. Se pueden venir a Zaragoza, donde todavía tenemos algunas salas donde programar esos conciertos. Cuando el frío arrecia, se agradece la masa humana apretujada.
Algunos popes se han rasgado las vestiduras por el cierre de La Riviera, pero no hay que tomarlos en serio: interpretan su papel, son plañideros contratados para la ocasión. A ellos, como a la mayoría de la gente, todo esto se la trae al fresco. Esto no es el capricho de un Gallardón que se saca de la manga abstrusas normativas -leyes que los garitos nocturnos deben cumplir como cualquier otro negocio: lo que no entiendo es cómo funcionaba sin tener los papeles en regla-, ni una ofensiva neopuritana. Esto solo es un nuevo episodio de una agonía que dura más de veinte años. Si de verdad hubiera un público concernido, las normativas municipales se adaptarían a él, y no al revés. Las salas desaparecen porque nadie las quiere, porque su afición se compone de cuatro gatos. Como cuatro gatos somos los que compramos libros que no haya escrito Ruiz Zafón o los que intentamos ver pelis en versión original. No somos un país tan grande como para que los que hormigueamos fuera del 'mainstream' resultemos rentables. En Estados Unidos, una minoría suma fácilmente veinte millones de consumidores. En España, apenas llenamos la plaza de un pueblo.
La pregunta es: ¿por qué países con un peso demográfico parecido o muy inferior al de España tienen cientos de salas como La Riviera a reventar, circuitos editoriales 'indies' muy activos y cines que ponen pelis 'raras' a tope de espectadores? Quizá la Logse tenga algo que ver. Y quizá también ese modelo de ciudad hecho de centros comerciales y arrabales inmensos y deprimentes que solo invitan a la reclusión hogareña. La cultura solo crece en el foro público, esa plaza que hemos dejado desierta.



