EL TEMPLO DEL SABER

Hace unos días me invitaron a dar una charleta a unos alumnos de Periodismo en la universidad (la pública, ojo). Iba en calidad de "experto bloguero", ya que hago una sección semanal al respecto en Heraldo. "Pero si sabrán de blogs mucho más que yo, ¿qué les voy a contar?", objeté. "Algo sencillito -me respondieron-, unas nociones muy básicas, explicarles cómo funciona esa herramienta y qué posibilidades periodísticas tiene".
Ingenuo de mí, no hice caso de la advertencia y me preparé una charleta ambiciosa, convencido de que los chavales se me iban a merendar. Así que repasé mis viejas lecturas de Jürgen Habermas, me remonté hasta Max Horkheimer y Theodor Adorno y me curré un rollo con ínfulas filosóficas sobre en qué medida la eclosión de los blogs y la internet 2.0 ha modificado la cuestión de la credibilidad, y hasta qué punto la credibilidad es la piedra de toque, la clave fundamental que debe guiar a un periodista en estos tiempos de participación ciudadana y blogueo irrefrenable. A partir de ahí, intentaría plantear un debate, que participaran y llegáramos a algún sitio.
Iluso.
Qué iluso.
El alma se me cayó a los pies cuando pregunté a la muchachada y resultó que sólo uno en toda la clase tenía un blog. El resto, no es que no los hiciera, es que ni los leían. Casi ni sabían lo que era eso. No iban más allá de Facebook. Como para hablarles de veracidad y credibilidad en la cultura de masas. Como para sacar a relucir a la Escuela de Fráncfort.
Expliqué algo muy técnico y sencillito, guardé el libro de Habermas en la cartera sin ni siquiera llegar a mencionarlo y salí de allí apesadumbrado. No es que no lean libros ni periódicos, es que ya no leen ni en Internet. Bueno, a lo mejor, después de la charleta, alguno está leyendo esto. Que no se dé por aludido en ese caso, ya que ha llegado hasta aquí.
Antes de empezar a estudiar Periodismo yo ya había hecho radio y me había metido en más de un lío multicopiando fanzines, y estos pobres no sabían ni lo que era un blog. Vale que igual lo mío era demasiado raro, pero entre lo mío y lo de ellos habrá mil dignos términos medios, digo yo.
Me sentí pedante, pretencioso, vacuo. Lo que soy, vaya. Pero es que yo pensaba que si había un sitio en el mundo donde se podía ser pedante, pretencioso y vacuo con todas las de la ley era la universidad, antiguamente conocida como templo del saber. Nunca pensé que tendría que rebajar el nivel en un aula. El mundo al revés: mi discurso elevado se lo llevan mis amigos cuando salgo con ellos a emborracharme, y las simplezas más tontas van para la universidad.
Lo dicho: soy un iluso. Todavía me creo eso del gusto por saber y el afán por debatir y ampliar los horizontes. Soy un antiguo que no hace más que darse leñazos con la terca realidad.
¿No lo crees?
Foto: Jürgen Habermas, en desagravio.
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Autor: Blogator
Fecha: 05/03/2009 17:48.
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Autor: Alberto de la plaza
Fecha: 05/03/2009 18:05.
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Autor: Javivi
Fecha: 06/03/2009 00:14.
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Autor: S. del Molino
Fecha: 06/03/2009 02:05.
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Autor: Mario
A mi me pasa lo mismo con la química. Al principio me sublevo, pero luego me pongo en plan egoista y pienso, chico, mejor, ninguno de estos me quita el puesto de trabajo...
Fecha: 06/03/2009 14:08.
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Autor: S. del Molino
Fecha: 07/03/2009 12:27.
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Autor: Inmita
Supongo que tu charla no fue mas que una buena oportunidad de no tener clase.
BIBA VOLONIA. (Pintada en la fachada de Filologia, dentro de unos añitos)
Fecha: 12/03/2009 11:32.



