LA CIUDAD PIXELADA 1: HAY VACÍOS QUE SOLO SE LLENAN CON VACÍO

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Os cuelgo aquí la primera entrega de La ciudad pixelada, publicada el pasado domingo, con ilustración del genial Álvaro Ortiz. A ver si mantengo el tipo con esta serie de artículos. También he actualizado De reojo, que lo tengo abandonado. La semana que viene habrá más sorpresas. Si todo va bien, estrenaré un proyecto interesante que me han encargado desde las altas esferas de este minúsculo mundo periodístico.

"Para mí, vacío", dice mi amigo mientras arranca despacito la etiqueta del botellín de Quilmes. Yo también lo quiero. Nunca me aclaro del todo con los cortes de la carne argentina. Me cuesta distinguir el asado de tira del bife de chorizo. No recuerdo cómo es ese corte en concreto, pero pedir un vacío me parece una estupidez poética sublime. Un vacío para llenar el vacío de mi estómago. Me apunto.

Estamos en Madrid. Yo tengo antojo de comer en un argentino, y quiero invitar a mi amigo en La Vaquita Argentina, un local de una de esas cadenas refinadas, caras y asépticas, pero mi acompañante prefiere llevarme a un sitio más ’auténtico’ (sea lo que sea eso), y acabamos en una pequeña taberna de Malasaña donde solo sirven carne y empanadas. Y panqueques con dulce de leche para el postre. Sin tonterías.

Pronto me doy cuenta de que somos los únicos españoles entre los comensales. En las mesas que nos circundan se van sentando gritones y alegres argentinos. Amigos que se palmotean la espalda, que se cuentan chistes verdes y que se quejan del maldito ’laburo’. O de su ausencia.

El vacío de mi plato se va llenando de morriña, de una morriña insoportablemente dulce. Mi amigo y yo estamos fuera de lugar, hemos ido a caer en un sitio pensado exclusivamente para que los argentinos lloren por su lejana y abandonada patria. Allí somos un mal menor, unos clientes bienvenidos por su plata, pero que, en el fondo, sobran. Me siento atrapado en una estrofa de ’Suspiros de España’, versión Cono Sur. Es decir: en un tango gardeliano.

Qué desilusión. Yo creo en la mezcla, en el batiburrillo, en la confusión. Me gusta diluirme en la marejada mestiza que ha cambiado este país en los últimos veinte años. Pero voy descubriendo que muchos de estos sitios, lejos de ser una fuente de polución cultural, son reductos de pureza, pequeños templos donde se veneran las esencias de cada patria, sin que importen las demás.

Me quiero convencer de que si yo viviera lejos, a miles de kilómetros de aquí, no me dejaría tentar por tascas españolas. Ni siquiera aragonesas. Quiero creer que no recorrería los barrios de Nueva York, de París o de Kuala Lumpur en busca de un plato de jamón de Teruel, como un yonqui aterido de morriña. Quiero creer que haría de mi nuevo país mi único país realmente existente, sin lastres de nostalgias. Pero supongo que es difícil. Muy difícil.

Pienso en nuestra doble moral. Por un lado, exigimos a los inmigrantes que se integren sin matices, que deserten del todo de su tribu y asuman los colores y las armas de la nuestra. Solo así podrán adquirir el pleno derecho a ser tratados como unos de los nuestros. Pero, al mismo tiempo, instamos a aquellos de los nuestros que tratan de integrarse en otras tribus a que mantengan fuertes e incorruptibles sus vínculos con la casa madre.

Los medios aragoneses nos fijamos mucho en lo que hace nuestra gente repartida por el mundo mundial. Les dedicamos reportajes y programas y les pedimos que exhiban sin pudor su morriña. No queremos verles integrados en Alaska ni convertidos en felices micronésicos. Queremos oírles cantar jotas en un acantilado de Nueva Zelanda y ver cómo se zampan unas buenas migas con longaniza de Graus en sus casas de Shangai.

Me termino mi vacío y me siento lleno. Ojalá todas las ausencias y distancias fueran tan fáciles de curar.

07/05/2009 17:54 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Intrascendencias.

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