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Resumen

MALDITO COHEN

Maldito, maldito, maldito seas. ¿Por qué has elegido el 15 de septiembre para venir a Zaragoza? Ese día pensaba estar disfrutando de mis merecidísimas vacaciones, tomando una cervecita bajo la sombra de la Alfama. ¿Por qué me vas a hacer volver corriendo para rendirte la pleitesía que mereces? ¿Por qué no actúas en Lisboa, donde quería estar ese día? ¿Por qué me harás atravesar toda la tórrida península el 15 de septiembre, y cambiar mi querido Tajo por el sucio y más que visto Ebro?

Lo haré. Por suerte, no pensaba irme muy lejos (circunstancias biológicas que contaré en su momento impiden que crucemos ningún océano este año). Así que allí estaré, disfrutando del rasguido cavernoso de tu voz, susurrando por lo bajo que Suzanne me sirve té con naranjas, que en un pasillo de Viena hay novecientas ventanas, que en mi lengua no queda nada salvo la palabra aleluya, que te recuerdo bien en el Chelsea Hotel, que todo el mundo sabe que los chicos buenos siempre pierden.

No puedo faltar, porque Leonard Cohen me enseñó a poner nombre a las cosas que sentía cuando ni siquiera sabía que las sentía. Desbrozó con su machete de versos la oscura fronda de mi adolescencia. Me enseñó que tras la oscuridad hay mucha más oscuridad, y que hay que zambullirse en ella. Me desvirgó sentimentalmente. Por eso, en las noches de escozor, siempre le he usado de analgésico. Es mi mejor cura.

Señor Cohen, le agradezco los cacharros que me ha traído: el mono y el organillo. He ensayado todas las noches, y ahora estoy listo. Espero que no me pille la policía del jazz.

Me he perdido ya demasiados conciertos este año. De este no paso. Y ahora voy a enchufar el tocadiscos y a escuchar eso de que primero tomaremos Manhattan.

01/07/2009 21:06 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música No hay comentarios. Comentar.

COMERRANAS

Leo en Las vírgenes sabias, de Leonard Woolf, escrita hace cerca de cien años:

El lugar en el que se vive debe ser cómodo, eso ante todo. La gente debe dejarte a tu aire (...). La comida debe ser apetitosa. La gente debe hablarte en un idioma que entiendas. Supongo, mi querida Milla, que Londres es el único lugar que se encuentra adecuadamente acondicionado para todos esos menesteres. Todo esto, por supuesto, sería imposible en Alemania; los alemanes son gente difícil de soportar. En Francia está el problema de la comida, que siempre le amarga a uno la digestión. Y en Italia ocurre lo mismo, solo que allí a uno estas cosas le afectan de manera diferente. Y, por supuesto, las lenguas extranjeras son sencillamente inaguantables.

Se lo leo a Cris, y me dice: "Sólo un francés podría escribir algo parecido, hablando de la comida inglesa y del resto de las naciones". Es cierto. Hay países que se hermanan en el desprecio a los bárbaros. Y en el desprecio mutuo. Se han despreciado tanto los unos a los otros que acaban pareciéndose un montón.

Durante mucho tiempo, los ingleses han considerado que los franceses eran repugnantes a la hora de comer. Tiene cojones que unos tíos que meriendan sándwiches de pepino y que tienen al roast-beef, que no deja de ser un trozo de carne maltratado, el primo tonto de un asado en condiciones, tengan esa opinión del país donde mejor se come del mundo (y luego desarrollaré este axioma que no debería merecer discusión, pero que seguro que alguien me viene con Arzak, con Adrià y con la cocina mediterránea, como si la francesa no tuviera también su parte mediterránea).

Parece una humorada, pero así son las cosas. De hecho, durante mucho tiempo a los franceses se les llamó frogeaters. Literalmente, comerranas. Porque servían en sus restaurantes ancas de ídem, algo que a los ingleses les parecía sumamente repugnante. Pero no sólo les asqueaban las ancas. Les costó acostumbrarse a la deliciosa y sádica costumbre de hipertrofiar hígados de oca y, por lo general, consideraban que la cocina tradicional gabacha, llena de salsas gordas y ricas en grasas, era demasiado pesada e indigesta para el frugal paladar de un caballero inglés (sí, esos que desayunan medio kilo de bacon rezumante de grasaza de la sartén).

Es verdad que es una de las críticas más unánimes que se le ha hecho a la haute cuisine tradicional: esas holandesas, esas espesísimas salsas al roquefort, esas carnes irreconocibles después de haber sido anegadas en litros de nata, mantequilla y huevos... Pero, aun así, a pesar de que ni los estómagos más resistentes podían digerir aquello sin un buen espolvoreado de bicarbonato, la cocina francesa ha sido y sigue siendo la mejor. Mejor que la española. Sin duda. Como en Francia, no se come en ningún sitio.

Porque los franceses son sincréticos. Francia es el Caribe de Europa -sin su gracia, sin sus playas e, iba a decir, sin sus dictadorzuelos, pero viendo a Sarkozy...-, en el sentido de que allí se cruzan y se mezclan todas las corrientes del continente. Y la gastronomía es una de las manifestaciones culturales más permeables a la polución extranjera, la que primero y con más alegría incorpora a su espíritu los vientos del mundo. Por eso, en Francia se mezclan las tradiciones más puramente continentales, las que vienen de Germania, del norte y del este de Europa, con las meridionales y mediterráneas (mediterráneas que entreveran su legado romano con el moruno).

Por supuesto, hay muchas cocinas francesas, como hay muchas españolas. El estándar clásico se perdió hace mucho, y ahora a los gabachos les gusta destacar sus maravillas regionales. Nada tiene que ver la sencilla y calórica gastronomía bretona con la barroca y delicada de Occitania, prima hermana de la catalana. Hay dos territorios en Francia: el territorio mantequilla y el territorio aceite de oliva, que parten el país en norte y sur. Este último ha ganado mucho predicamento en los últimos años, ya no es una rareza, ya forma parte del canon francés. Recuerdo los primeros viajes a Francia, cuando cargábamos el maletero del coche con garrafas de aceite de oliva porque allí se vendía a precio de oro y nuestra familia -que se había aficionado a él en los viajes a España- no podía comprarlo. Hoy es asequible. O, al menos, ya no es prohibitivo, y se puede encontrar en cualquier sitio del país.

A los ingleses, todos lo sabemos, les ha salvado la Commonwealth. Les ha salvado, una vez más, el Imperio. O sus rescoldos. Gracias a la cocina que viene de sus antiguas colonias y protectorados, Londres se ha convertido en paraíso de gourmets. En las casas seguirán comiendo mierda, pero en Londres, con una tarjeta de crédito a mano -no es barato, para qué engañarse- no hay capricho, por exquisito que sea, que un morroputa no pueda darse.

Pero, para los viejos, los franceses siguen siendo unos comerranas. Por algo serán tan odiados.

En un episodio de Los Simpson, el archimalvado Hank Scorpio está apuntando dos cabezas de misiles hacia Europa, y le preguna a Hommer, para decidirse por su objetivo:

-¿Cuál es tu país menos favorito, Italia o Francia?

-Francia.

-Je, je. Ni uno dice Italia -se regodea Scorpio.

Pos eso.

LA CHICA DE LA FOTO

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Óscar Sipán y yo compartimos la sana creencia de que detrás de cada esquina hay una historia, de que cada rellano de escalera de vecinos esconde un cuento, y de que en cada edificio hay un novelón. También hay cuentos en papeles olvidados en desvanes, en cajas de cartón mohosas y en búsquedas aleatorias de Google. Por eso sé que a Óscar le va a encantar esta historia, si no la conoce ya, porque se parece mucho a las suyas.

Mirad esta foto. Es famosa. La hizo Eugene Smith y se titula The Wake (El velatorio). Forma parte de un reportaje que realizó en 1951 titulado A Spanish Village. Está tomada en Deleitosa, Cáceres, y es, obviamente, un entierro: las nietas enlutadas llorando a su abuelo. Cuando se publicó en Estados Unidos, en la revista Life, un joven californiano se enamoró de la chica del centro, Josefa Larra. Se enamoró perdidamente. Escribió al alcalde de Deleitosa preguntándole por las señas de Josefa, las consiguió, y empezó a mandarle encendidas cartas de amor.

Las hermanas de Josefa -que tenía novio- y el pueblo entero la presionaron para que aceptara a su galán yanqui. Lo veían como una oportunidad irrepetible para salir de la miseria. Pero Josefa no aceptó. Recibió cartas, postales y fotos durante años, y mantuvo una correspondencia fría con el chico, pero no se dejó tentar.

Acabo de ver a Josefa contándolo, con las cartas de su enamorado en la mano, tantos años después, en un documental de 30 minuts, en TV3, el mejor programa de reportajes que se hace en España. Los chicos de 30 minuts han vuelto a Deleitosa a hablar con los protagonistas de las fotos de Eugene Smith, arañando, como si fueran un gramófono, los dolorosos surcos de la memoria. Les ha quedado un reportaje magnífico, de los que dan envidia. De los que ya apenas se ven. Periodismo del bueno, del que se preocupa por contar una historia respetando y mimando a sus protagonistas, dejando que fluya y que condicione la forma final del trabajo, sin a prioris, sin prejuicios, sin demostrar tesis de parvulario.

Hoy, Josefa sigue sin arrepentirse de su decisión. "Ay, chica, ¿qué se me había perdido a mí en California?", le dice riendo a su hermana, que a su vez sigue convencida de que debería haber aceptado la proposición del americano. "La de sufrimientos que nos hubieras ahorrado...", le reprocha, también entre risas.

Pueden salir varios cuentos de este material: el cuento del chaval que se enamora; el cuento de la chica cuya vida se descompone al recibir un inesperado acoso transoceánico; el cuento de un pueblo mísero que quiere los millones del potentado californiano. Y puede salir alguno más. Basta con cambiar ligeramente el foco de la cámara para que la historia cambie y se convierta en una nueva.

DESTINOS CRISTIANOS

Dicen que el pobre Cristiano Ronaldo ha tenido que huir de Madrid, cual diputado de la CEDA el 18 de julio de 1936, por el acoso al que le somete la prensa rosa. Dicen que se ha ido a Lisboa, a respirar un poco. Mal. Lisboa está muy cerca. Yo le recomiendo otros lugares para escapar de las uñas de la Patiño:

Tegucigalpa, capital de Honduras.

Urumqi, capital de la provincia china de Xingiang.

Teherán, capital de Irán.

Si le gusta más el rollo rural, que se busque una casita rural en Darfur o en Somalia, donde dicen que hay cruceros piratas muy majetes.

Hale, Cristiano, no dirás que no te damos ideas. En casi todos esos sitios hay toque de queda, así que podrás dormir a gusto toda la noche y coger fuerzas para esa dura temporada que te espera. Si vuelves, claro.

NO TODO VA A SER FOLLAR

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No lo digo yo. Lo dice Javier Krahe:

No todo va a ser follar.
Ya follé el año pasado,
a la orillita del mar,
con una mujer simpar,
que luego me dio de lado.
Lo recuerdo algo tocado,
pero sin dramatizar.

Pues sí, la verdad, no todo va a ser follar. No soy un mojigato, líbreme el doctor López Ibor. He corrido lo que todos, y por un polvo he hecho las tonterías que ha hecho todo el mundo. Incluso algunas de propina. Sí, y de las que da vergüenza evocar luego, también. Como todo quisque (sin llegar a los extremos de un amiguete que, cuando sacaba la billetera para pagar en la barra de un bar, dejaba ostensiblemente a la vista su carné de periodista de TVE, porque decía que trabajar en la tele es un imán sexual. No sé si le funcionó la treta alguna vez. Sospecho que nunca). Pero me niego a darle trascendencia al asunto. Mis errores, fracasos y frutraciones las recuerdo algo tocado, pero sin dramatizar, como Krahe.

Me fatigan por igual los curitas que se escandalizan de que los protagonistas adolescentes de Física o Química follen como las bestias en celo que son (adolescencia obliga, ahí no le pongo peros a la verosimilitud de esa serie que no he visto, pero que me han contao) como los que aspiran a alcanzar una suerte de nirvana a través de la conjunción de fluidos. Reprimidos y liberados histriónicos me cansan por igual. Y no porque yo me sitúe en un imposible justo medio, sino porque creo que nuestra generación ha alcanzado -con los sudores de todas las que nos precedieron- un grado de desenfado y naturalidad en su vivencia del sexo que hace vacua cualquier retórica milenarista. Decimos a los exaltados: "Ay, chica/chico, respira. Muy bien, te has corrido, has disfrutado, te lo has pasado en grande. Ahora, recuéstate y échate un sueño, no nos comas la oreja con que has alcanzado estadios de etérea ingravidez, que te has comprendido místicamente a ti misma/mismo y al conjunto de la humanidad, ni que Maha Vishnu te ha tocado con la punta de sus deditos (no eran los suyos, eran los míos, y tenía las uñas un poco largas y me olían a ajo, querida)".

De verdad, folla y deja follar. Sin lecciones, sin ridiculeces new age, sin posthippismos. Me carga mucho la gente que organiza orgasmos colectivos internacionales y los que, al enseñarte su casa, presumen de su variada gama de penetradores anales de sex shop y reproducen en sus conversaciones diálogos calcados de Sexo en Nueva York.

El otro día vi Shortbus. Bueno, no la vi entera. Cuando faltaba un cuarto de hora sucumbí al sueño. Qué tostonazo. Es una peli de 2006 que causó mucho revuelo porque mostraba, de una forma nunca vista en el cine convencional, polvos explícitos, con sus pollas erectas y eyaculantes, sus penetraciones Black and Decker, sus coños esplendorosamente abiertos, depilados y sin depilar, y su no discriminación por géneros ni razas: chico-chica, chico-chico, chica-chica, chico-chico-chico, sándwich triple y pizza calzone. De todo. Un catálogo porno completo, pero sin la etiqueta porno. Con pretensiones de autor, vaya. No quería excitar nuestras gónadas, sino nuestras almas y nuestras meninges. Y yo soy algo frígido de meninges. Con menos que diez poemas selectos de Paul Valéry y una sinfonía de Mahler, no me pongo a tono. Y para que el espíritu se me ponga tieso y reventón de verdad necesito ya un Thomas Mann o un chute gordo de Ezra Pound. Con esta peli, no llegué a tener las neuronas ni siquiera levemente morcillonas.

El título, Shortbus, alude a un local neoyorquino (supongo que ficticio) del barrio de Williamsburg donde se da rienda suelta al folleteo. "Es como en los 60, pero sin esperanza", resume la madame del garito, en una de las pocas frases memorables de la peli.

Chapeau por la osadía de mostrar a actores follando de verdad, sin ejecutar esas torpes maniobras que el cine puritano ha convertido en canon, cuya torpeza se subraya con oportunos raccords y músicas que pasan a primer plano. Me parece estupendo: cuando la acción transcurre en un restaurante, los actores comen comida de verdad, no fingen masticar ni se llevan el tenedor vacío a la boca. Así que, cuando el guión dice que toca follar, ¿por qué han de follar de mentira? ¿Por qué no nos obligan a imaginarnos que comen, pero sí que tenemos que imaginarnos que follan? A mí me resulta mucho más escatológica y desagradable a la vista la masticación salivosa de un gángster gordo en primer plano que un polvo bonito y excitante. En ese sentido, si Shortbus contribuye a normalizar eso y a hacer pelis un poquito menos hipócritas (aunque los papás saquen a sus hijos de la sala tapándoles los ojos), habrá merecido la pena.

Lo que no tengo tan claro es que Shortbus tenga algo más aparte de eso. La trama se compone de varias historias cruzadas, que se encuentran en el garito de Williamsburg y tienen el sexo como eje. Pero el sexo problemático. El sexo jodido, si me permitís este torpe esbozo de paradoja. No es gente que disfrute follando. Es gente que lo pasa mal, y que, cuanto más folla, más sufre. Parece que no le dan importancia, que viven en una orgía feliz y constante, pero, como los payasos, lloran por dentro. Mientras la veía, me llegué a plantear si no habría una moralina subliminal, si en el fondo no estaría ante una parábola bíblica, ante la segunda destrucción de Sodoma y Gomorra.

Me daban ganas de levantarme y decir, con el maestro Krahe: hijos, que no todo va a ser follar. ¿Habéis probado a ir a un concierto de Leonard Cohen? ¿Habéis probado a iros de juerga con vuestros amigos de bar en bar y beberos hasta el agua de los tiestos y exaltar vuestra amistad? ¿Y una partidita de ajedrez en la tasca del barrio? ¿Y preparar una rica cena no afrodisíaca para vuestros suegros? ¿Y visitar la catedral de León, con sus legendarias gárgolas? ¿Y diez largos en la piscina cubierta? ¿Y acabar al fin la novela de la trilogía de Stieg Larsson que tenéis en el baño para amenizar vuestro momentito íntimo con Micralax? ¿Y chatear con vuestra colega de Argentina? ¿Y pillar billetes de Ryanair para ir a Londres con vuestros hermanos?

En definitiva: ¿habéis probado a vivir? A lo mejor -y sólo a lo mejor-, viviendo con despreocupación e intensidad no impostada, el sexo deja de ser ese embrollo enorme e insufrible. A lo mejor deja de ser ese momento trascendentalmente brutal para convertirse en algo divertido. En algo gozoso. Porque sólo lo que se vive con normalidad puede convertirse en extraordinario. Si esperamos el éxtasis divino en cada polvo, viviremos decepcionados y falseados. Nada será realmente bueno. Nada merecerá la pena nunca. Todo será triste y frustrante: tu vida será como una canción de Enya reproducida en modo repeat. Venga, todos con Krahe:

También habrá que comprarse unos calcetines,
y habrá también que regar esos cuatro tiestos.

No todo va a ser follar, no todo va a ser follar.

Habrá que documentarse sobre los delfines,
y habrá también que firmar
-no todo va a ser follar-
muchos manifiestos.

No todo va a ser follar.

También habrá que invitar a una barbacoa,
y habrá también que acercarse hasta el quinto pino.

No todo va a ser follar, no todo va a ser follar.

Habrá que intentar cruzar Núñez de Balboa,
y habrá que ir a consultar
-no todo va a ser follar-
a un buen otorrino.

También habrá que admirar a la Mona Chita,
y habrá también que jugar a pares o nones.

No todo va a ser follar, no todo va a ser follar.

Pues eso, y si queréis el resto de la canción, en YouTube está.

Foto: fotograma de Shortbus.

UNA GENTE IMPRESENTABLE

Como no suelo usar paraguas, ya tenía fichada a una especie depredadora urbana: las viejas lapa. Son señoras mayores, completamente equipadas contra la lluvia: chubasquero, paraguas, bolso hermético injertado quirúrgicamente en el brazo, bisutería inoxidable, permanente de casquete impermeable... Ni una sola gota les entra en el cuerpo. Parecen a salvo de las inclemencias, pero no les basta estar secas: tienen que conseguir que los demás nos empapamos. Sólo así alcanzan su nirvana de mala hostia particular.

En cuanto descarga la tormenta, los tontolabas que hemos salido sin protección buscamos el resguardo de los aleros y salientes de las fachadas. Pero las viejas lapa nos lo impiden. Las vemos venir de frente, herméticamente forradas, magníficamente aisladas de las inclemencias, pero pegaditas al breve alero que a ti te cubre. Cuando eres un novato, cuando no conoces el comportamiento de la vieja lapa, crees que se hará a un lado, ya que ella no va a mojarse si sale del alero. Pero no es así. Como si no te viera, ciega de furia depredadora, avanza recta y decidida, con un brío juvenil que no sabes de dónde sale de entre sus carnes marchitas. Cuando llega a tu altura es más que evidente que te va a arrollar si no te quitas de su camino. Así que, con cara de bobo, tienes que salir del tibio refugio y calarte hasta el cogote. La vieja lapa pasa rauda. No sólo no te da las gracias por cederle el paso, sino que es muy probable que pise con saña un charco para mojarte los bajos del pantalón y, si no andas bien de reflejos, ejecutará un brevísimo pero muy ágil giro de muñeca con el que te clavará su paraguas king size en el ojo.

Así me he quedado muchas veces yo. Descompuesto, empapado y sin ojo, mientras que, con el ojo que me quedaba, veía alejarse a la vieja lapa en pos de su nueva víctima, sin tiempo para que yo pudiera prevenirla.

Ahora que he empezado a salir a la calle con las muletas (ya sólo con una, por suerte, lo que es todo un progreso), me he dado cuenta de que las viejas lapa son sólo una especie más, y no la más peligrosa, de toda una fauna depredadora que gusta de ensañarse con los cojos y con las mujeres embarazadas. Me ha pasado ya más de dos y de tres veces: voy andando a paso de tortuga reumática por una acera estrechísima y me viene de frente una señora (casi siempre son señoras, de esas que se echan laca hasta en el bolso de Tous). Los dos no cabemos por la estrechísima acera. Uno de nosotros tendrá que bajar a la calzada para dejar pasar al otro. ¿Adivináis quién es el gilipollas que ha de ceder el paso, intimidado? Pues sí, el cojo manteca y calzonazos que suscribe. Cuando la colisión es inevitable, echo la muleta a la calzada, la bajo (operación que me cuesta cerca de medio minuto), me agarro fuertemente a lo que pillo para que el vendaval de perfume de Gilca no me tire al suelo cuando pase junto a mi y, una vez que la señora ha podido seguir con comodidad su camino, vuelvo a subir a la acera (operación que me cuesta otro medio minuto).

Yo creo que lo disfrutan. En serio. Creo que ven a un cojo a lo lejos y piensan: "Mira qué bien, vamos a tocarle los huevos. Hoy me voy a ir contenta a casa: he fastidiado a dos cojos, a un chico que iba en silla de ruedas y no he dejado sentarse en el autobús a una embarazada de ocho meses. Que, encima, era rumana. Que se jodan todos". Y se sientan satisfechas a ver el capítulo correspondiente de Amar con huevos revueltos.

Estos días me estoy dando cuenta de una virtud propia que no conocía: soy amable. Incluso cojo, tiendo a ceder el paso con una sonrisa. Me sale solo. Es cuando llevo la mitad de la maniobra hecha cuando me doy cuenta de lo gilipollas que soy, de que es a mí a quien deberían franquear el paso. Pero es que no me cuesta trabajo. Me sale natural. Como me sale natural atender con una sonrisa a los que me llaman al periódico, o decir "por favor", "gracias", "disculpa" y "no querría molestarle". Creía que eso era lo natural. No tengo que forzarme a ser agradable con la gente, sean o no extraños. Pero veo que no es normal en absoluto. Resulta que es una virtud más escasa de lo que pensaba. La gente tiende a ser borde, especialmente con quienes son más débiles que ellos. Sólo son amables cuando van al banco a pedir una hipoteca o aspiran a un ascenso en el curro.

Dios, la de bordes amargados con los que tengo que lidiar a lo largo del día. Como todo el mundo, me imagino. Animales de bellota que justifican su hediondez social porque no les gusta su trabajo, porque llevan los calzoncillos del revés, porque el Madrid ha vuelto a perder o porque Mari Puri le ha vuelto a dar calabazas. Anda y que les den por el orto a todos. Cada día os soporto menos. Cada día aguanto menos a la gente que responde con un gruñido a mis buenos días y a esos compañeros de trabajo con los que no puedo mantener una conversación civilizada y normal porque se ponen a berrear a la mínima (curiosamente, siempre con sus iguales o inferiores, nunca verás que se dirijan a gritos al director general: parece que su amargura es descendente y clasista).

Que os den, panda de biliosos cabrones. Me voy a forzar a ser borde: la próxima vez, no me bajo de la acera. Que se atrevan las señoras a tirarme al suelo de un bolsazo de Tous si quieren pasar.

MALAS INFLUENCIAS, EN FRANCIA

Queridos todos:

En mi enclaustramiento, casi me pasa inadvertido, pero acabo de verlo. La revista literaria digital francesa Sens Public, que sigue las últimas tendencias de la literatura europea, acaba de publicar el relato Calle Velarde, que es parte de mi libro Malas influencias. Lo han incluido en la sección Métaphores, que, según la redacción de Sens Public:

La rubrique Métaphores accueille des créations, des œuvres originales de littérature et de poésie, ainsi que des textes portant sur l’esthétique des arts, théâtre, cinéma, littérature, histoire de l’art, arts numériques…

Esto es, que acoge creaciones, obras originales de literatura y de poesía, así como textos que traten de la estética de las artes, el teatro, el cine, la literatura, la historia del arte, el arte digital...

Han publicado el relato en castellano, ya que los textos de creación literaria aparecen siempre en su lengua original. Pero incluye un breve resumen en inglés y en francés y una breve nota biográfica sobre mí en inglés que suena así:

Sergio del Molino (Madrid, 1979) is a writer and a journalist who works on Heraldo de Aragón newspaper. He had made hundreds of in-depth reports and interviews for the Sunday edition. He also writes two weekly culture and arts articles, Del revés (Backhand) and La ciudad pixelada (The pixelated city). He had wrote Malas influencias (Bad influences), a short-stories book in wich Calle Velarde (Velarde Street) is included. In 2005, he won the Aragón Young Narrative prize and the next autumn he will publish the essay Soldados en el jardín de la paz (Soldiers on the peace garden).

Pues eso. Llamadme tontaco, pero me hace ilusión ver que mis criaturitas se van por ahí a ver mundo. Podéis leerlo aquí. También lo han publicado en formato PDF, más legible, aquí.

13/07/2009 16:59 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Mi libro Hay 3 comentarios.

LITERATURA CHUPASANGRE, POR FRESÁN

Cuanto más leo a Rodrigo Fresán, más rabia me da no haber ido a verlo cuando estuvo en la última Feria del Libro de Zaragoza -junto a otros estupendos escritores argentinos, país por el que ya sabéis que siento una debilidad enfermiza-. Su sentido del humor, su forma de samplear -y los temas que samplea-, la belleza refinada de su estilo, la forma exquisitamente cruel en la que le retuerce el cuello al cisne del pop y la estructura en bucle y autorreferencial de su obra hace que su literatura sea adictiva, como un chute hormonal de ingenio directo al cerebro. Además, es un gusto comprobar que comparto con él muchas obsesiones: el rock clasicote, los bonus tracks de los CD, el alcoholismo de John Cheever y la soledad dublinesa de Bram Stocker después de escribir Drácula. Creo que Fresán es la versión hispanoamericana y desquiciada de Nick Hornby. Corrijo y amplío: suena, más bien, a una imposible película de David Lynch con guión de Nick Hornby y banda sonora de Roy Orbison y Bob Dylan.

En Vidas de santos, que es una continuación en muchos sentidos de Historia argentina, hay un ¿cuento? (las piezas que lo componen parecen cuentos, pero no lo son. Tampoco son capítulos de novela. A Fresán no le gustan los géneros) titulado El espíritu santo (Un réquiem) en el que ofrece una definición de literatura. No hay que tomársela muy en serio, porque se inventa una definición nueva en cada libro, pero esta, como tiene a Drácula de por medio, me ha tocado el corazoncito. Os la pongo. Es un pelín larga, pero merece la pena:

[Primero cita un pasaje de Drácula, en boca de Van Helsing, luego habla Fresán. O el narrador]

"Cuando ha encontrado el camino, Drácula puede entrar o salir de cualquier lugar, por más pequeño que sea o más cerrado que parezca. Y éste es un poder nada despreciable en un mundo en el que tantos lugares están cerrados. Pero escúchenme hasta el final. Puede hacer todas estas cosas, pero no es libre. No, es un prisionero, como el esclavo de una galera, como el recluso en su celda. No puede ir a cualquier lugar donde se le ocurra. Pese a ser un ente antinatural, debe obedecer algunas de las leyes de la naturaleza. Por qué, no lo sabemos. No puede entrar en ningún lugar por primera vez a menos que haya alguien de la casa que lo invite a hacerlo; después de esto, sin embargo, puede entrar tantas veces como se le ocurra".

Eso es todo y tal vez eso y esto sea la literatura.

La literatura como vampiro al que -encandilados por las posibilidades de su poder- le abrimos la puerta y lo invitamos sospechando que a partir de entonces será imposible contenerlo.

La literatura como vampiro capaz de convertirnos en cualquier cosa: en lobo, en murciélago, en sólido jirón de niebla bailando a nuestro alrededor y, ah, es tan engañosamente fácil y gratificante entregarse a la danza que nos enseña.

La literatura como vampiro y llave capaz de entrar y salir de cualquier lugar "por más pequeño que sea, por más cerrado que parezca".

La literatura como ese vampiro al que le abrimos la puerta para que nos cuente su historia con el implícito compromiso de volver a contarla algún día a otros que no la conozcan y para que así -una y otra vez, en versiones más o menos completas- sobreviva a los rigores de su tiempo y al espanto de su maldición.

La literatura como ese vampiro que nos exige nuestra sangre para después, si somos dignos de ella, devolvérnosla desde un tajo en su pecho y así volvernos inmortales, poder convertirnos en cualquier cosa y poder abrir todas las puertas que nos inviten a trasponer sabiendo que una parte nuestra se quedará allí, al otro lado del libro, por toda la eternidad, por el tiempo que se siga contando nuestra historia.

Inspirado el Fresán, ¿no? ¿Para qué queremos a catedráticos de Teoría Literaria teniendo a gente como él? Descartes decía que la intuición era también una forma de conocimiento, y es precisamente la que utiliza la literatura. Sin disertaciones, sin argumentos de dentro afuera y de fuera adentro. En bandeja y de un tajo: con la rabiosa clarividencia del enamorado incapaz de razonar su amor.

En pocos párrafos, Fresán expresa lo que a un profesor universitario le costaría varias tesis. Una por cada concepto que aquí se ofrece abierto y destripado: seducción, narratividad, tradición, gloria, posteridad, transmisión, contagio, inmortalidad... A eso se refería Sábato cuando decía que la literatura penetra allí donde la filosofía se queda varada. Qué grande.

15/07/2009 00:18 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

LAS HISTORIAS DE HOPPER

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Una de las más irritantes virtudes de Rodrigo Fresán es que explicita pensamientos que tú ya has pensado, pero no has dicho. O te hace sentir que los has pensado antes, que la originalidad no es patrimonio exclusivo suyo. En el cuento "El pánico de la Huida Considerada ataca de nuevo (Un milagro)" dice que los cuadros de Edward Hopper son cuentos cortos. "No son cuadros, son historias -dice Selene, la prota del relato-. Puedo leerlas, y lo que más me gusta es que no se conforman con ser apenas un instante en la inmensidad del tiempo. Ya sé: es como si los cuadros de Hopper tuvieran un antes y un después. Como cuentos, como historias".

Recuerdo haber tenido esa misma sensación mientras paseaba por el Moma de Nueva York. Las pinturas de Hopper me agarran con placidez. Tienen un temblor inquietante. Creo que, todas juntas, conforman ese mito perseguido por todos los escritores de Estados Unidos: la gran novela americana.

Me encanta especialmente esta, de 1940. Recuerdo que la última vez que la vi, hace unos meses, en nuestra última escapada americana, se nos puso al lado una madre que llevaba a sus dos criejos pequeños de visita por el Moma. Pensé: qué madre más maja y más divertida. Les llevaba por el museo jugando, enseñándoles a disfrutar, a dejarse emocionar por las escenas y por los colores. No les aleccionaba, no les soltaba rollos, no intentaba que "aprendieran" arte, sino que gozaran de él.

El chavalín, que era un poco menos espabilado que su hermana, se iba parando en los mismos cuadros en los que me paraba yo (señal de que yo tampoco soy muy espabilado y tiendo a fijarme siempre en lo accesorio). Y cuando me detuve ante este, el chico se quedó flipado y me miró, buscando la confirmación de su flipe. La madre se acercó por detrás y le preguntó:

-Do you like it? What is this?

El niño me miró, yo me encogí de hombros, y el chico respondió bajito, muy tímido:

-A petrol station.

Pero algo me decía que el chaval estaba viendo algo más que una gasolinera. La madre también se paró junto a nosotros, intercambió miradas y palabras amables con Cris (yo tiendo a la asocialidad en los lugares públicos y rehuí la mirada, no soy de conversar sobre los cuadros de Hopper con extraños, aunque los extraños me parezcan encantadores. Por suerte, Cris tiene el charming touch que a mí me falta) y nuestros caminos se separaron en la modernez blanca y nítida del museo.

Sé que el chaval también vio una historia en este cuadro de Hopper. Yo veo un crimen aquí. Veo un hombre que espera el crepúsculo inminente para deshacerse del cuerpo que esconde en la caseta de la gasolinera. Se lo llevará al otro lado de la carretera, al bosque oscuro y silencioso que rodea el lugar. Y lo enterrará bien hondo. A algo más de seis pies de profundidad. Lo fascinante de Hopper es que capta el momento tenso de la espera: no está el antes ni el después, pero los dos extremos temporales se proyectan fuera de los márgenes.

Por cierto, el cuento de Fresán al que he aludido tiene forma de cuadro de Hopper. No sé cómo lo ha hecho, pero ha escrito un cuadro de Hopper. Eso es talento.

15/07/2009 13:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

VOY A PASÁRMELO BIEN

Planes, proyectos, plazos, fechas... Qué baja laboral más ajetreada estoy teniendo. Y calurosa.

¿No te lo había dicho? Tengo las pruebas de mi nuevo libro. La editorial me las ha mandado esta mañana. 256 páginas. No está mal. Gordito, pero sin intimidar. No me gustan esos tochos que apabullan, que parecen matones en los estantes de las librerías.

Este fin de semana le tengo que dar la segunda y definitva corrección. Es complicada, porque lleva ilustraciones que van acompañando a la historia, y el proceso de maquetación ha sido más engorroso de lo previsto. Están diseñando la portada. Supongo que me mandarán un par de bocetos mañana. Cuando la elija, la cuelgo aquí para que la veas.

Ya lo sabes porque lo he contado muchas veces: se titula Soldados en el jardín de la paz, y es un ensayo-reportaje sobre la presencia alemana en Zaragoza. Hablo de unos alemanes que vinieron en 1916 refugiados del Camerún, que era colonia germana y fue invadida por los aliados durante la Primera Guerra Mundial. Cuento sus peripecias en la ciudad, cómo algunos lograron quedarse después de 1919 y algunas batallitas más.

Sale Albert Einstein y todo.

Y charcuteros que fabrican deliciosas salchichas en el frente ruso durante la Segunda Guerra Mundial.

Y Ramón J. Sender.

Y fotógrafos vintage que se enamoran de quien no deben.

Y nazis. Nazis a porrillo. Hay fotos con esvásticas de lo más morbosas. Hasta Adolf Hitler asoma de refilón. Y el malo malísimo Wilhelm Canaris.

El libro abarca 40 años de historia: de 1916 a 1956. He seleccionado algunos relatos y personajes y con ellos he compuesto el libro. No están todos los que son, pero sí que son todos los que están. Hay que dejar cosas sin contar. Un buen cuentacuentos no suelta todo lo que sabe. También hay cosas que no sé y que, por tanto, no he podido contar. Si otros las saben, que las cuenten si quieren.

Me ha costado tres años de trabajo. No intensivos, claro, pero sí bastante constantes. Me he dejado las pestañas en más de un insalubre archivo y he tenido que hablar con gente que no quería hablar conmigo. Y seguro que no he podido hablar con gente que sí quería hablarme. También he leído unas cuantas decenas de libros y me han tenido que traducir del alemán tres o cuatro cositas. Pero creo que ha merecido la pena: no he enfermado en el proceso y mi chica ha aguantado el tirón con una empatía y comprensión dignas de una mártir. Sin su apoyo no habría llegado a este punto. Soy disperso y me veo superado por los proyectos grandes con facilidad. Si ella no me hubiera aguijoneado, no habría podido dedicar tres años de mi vida a profundizar en un solo tema. Gracias.

Lo voy a dejar listo para imprenta antes del 1 de agosto. En septiembre entrará en distribución, y en octubre, con el curso otoñal empezado y los ejemplares un poco rodados en librerías, haremos las presentaciones y las mandangas promocionales, con paseíllo televisivo incluido, si tienen a bien los compañeros catódicos. Iré informando debidamente.

En esta convalecencia he aprovechado para diseñar la estructura del que espero que sea mi tercer libro. El título lo elegí hace mucho. Incluso antes de que me llamaran para decirme que querían publicar Malas influencias, que entonces tenía otro título. Pero no te lo voy a contar aún, me lo guardo. He aliviado el calor y el tedio de estos días revolviendo en viejas carpetas de "Mis documentos", revisando viejos textos escritos en circunstancias y momentos muy distintos. Algunos que creía buenos han resultado ser una basura incomible, y otros de cuya existencia me había olvidado, han resultado espléndidos. Un cuento que escribí sobre una noche en Moratalaz me ha servido de base para arrancar la novela.

Bueno, si finalmente es una novela. Va a ser, si acaba siendo algo, una novela desintegrada. Si es que eso existe.

Me las he ingeniado para que sea muy divertida de escribir. Por eso he complicado mucho la estructura, aunque espero que esa complejidad no se note al leerla. Voy a meter muchos guiños, muchas trampas y algo de delirio. Pero sin pasarse, sin excesos psicotrópicos.

Va a haber ninfómanas cazaterroristas.

Y terroristas asexuados.

Uno de los escenarios va a ser el barrio de la Magdalena. Curiosamente, en la misma calle y en la misma casa donde viví. Pero van a pasar cosas que no viví allí ni en ningún otro sitio, pero que a lo mejor me hubiera gustado vivir.

Va a haber crímenes y policías incompetentes.

Va a haber cadáveres flotando en líquidos sospechosos.

Va a haber mucho sexo, pero pocos besos en los labios. Se va a follar mucho, pero nadie se va a querer.

No va a haber historias de amor.

Ni moralejas.

Ni tesis, ni visiones del mundo. Ni siquiera cosmovisiones. Oftalmólogos, tampoco.

Después de tres años dedicados a un ensayo-reportaje tan exigente, necesito oxigenarme. Necesito escribir con libertad, sin ceñirme a una bibliografía ni al documento ilegible de un archivo mohoso ni a los huecos en blanco de un testimonio imposible de contrastar. Necesito inventarme cosas que me diviertan, y sacar a pasear a mis viejos personajes.

Porque va a haber cameos de Malas influencias. Anticipo algunos: Federico Jogenzoler, Herbert y el chico que no conoció a Archi Escario en la calle Velarde.

La estructura va a ser circular, pero eso no quiere decir que el círculo se vaya a cerrar al final. Habrá muchas puertas abiertas, como me gusta.

Quiero pasármelo bien, recuperar el gusto por escribir, sentir el placer de cabalgar sobre el teclado de nuevo.

¿Lo conseguiré?

Me gustaría terminarlo antes de un año. No sé si lo moveré por editoriales o lo llevaré a premios. Ya veré (estimada señora Carmen Balcells, mi dirección de correo electrónico está en la barra de la derecha, por si está interesada y tal. Venga, represénteme, que soy un chico joven en pleno vigor sexual. Si me representa, haré lo que usted quiera. Lo que usted quiera. Ya me entiende).

En fin, está todo muy verde aún. Lo único que está claro es que tengo que darle a la tecla ya, con fuerza y vigor.

Tengo que aprovechar este próximo trimestre. No me queda mucho tiempo.

¿Por qué?

Porque voy a tener un hijo dentro de no mucho. De momento sólo da patadas en el útero y amenaza con provocar lumbalgias a su madre, pero sospecho que tendrá que salir algún día y exigirá atenciones por mi parte. Todo lo demás, tendrá que esperar.

¿No te lo había dicho?

Pues te lo digo ahora.

Así que me gustaría tener algo avanzado antes de que lleguen los pañales y los biberones.

Pero si no lo tengo, no me importa nada. No tengo prisa. He dejado de tener prisa. ¿Será que la paternidad me da una visión relajada del porvenir?

Ya lo dicen los bohemios: los artistas tienen que sufrir, no pueden aburguesarse. Yo, que soy de poco sufrir, haré arte de baja intensidad. Si es que alguna vez lo que hago merece el nombre de arte. Pero mi hijo y yo lo pasaremos estupendamente.

Pienso disfrutar mucho. Con mi hijo y con mi nuevo libro. Ambos prometen ser muy divertidos

Ya te iré contando.

MERDELLONES

Los hosteleros piden decoro. Que la gente no vaya por ahí enseñando sus michelines, que se tape con una camiseta, que no vaya a tapear en bikini. Lo cuentan en un reportaje en El País. Que no quieren que la gente vaya por la ciudad como va por la playa.

Pos bueno, pos fale, pos malegro.

Lo que me ha llamado la atención del texto es esta frase, pronunciada por Rafael Prados, miembro de una asociación de hosteleros de Málaga: "Aquí los llamamos merdellones" (refiriéndose a esa gente que pasea en bañador por el centro de la ciudad).

Pues que me perdonen Rafael Prados, los hosteleros andaluces y la autora del reportaje, pero mi amiga Graciela, malagueña de pro -bueno, marbellí de pro en realidad, pero no lo cuentes por ahí, que luego todo el mundo va a pedirle que le cuele en las fiestas de Gunilla von Bismarck-, me contó otra etimología de la palabra merdellón. Vale que me la explicó bien entrada la noche en un garito de Málaga, pero ni siquiera con esos agravantes me atrevo a cuestionarla ni un poco.

Según se cuenta por aquellos lares, el origen de la expresión merdellón se remonta a los tiempos de la dominación bonapartista, cuando los franceses se encontraron de morros con lo más chungo de Málaga, que ya debía de ser muy chungo por aquel entonces. Los franceses, haciendo gala del igualitarismo revolucionario y de su empatía humanitaria, calificaron al superabundante lumpenproletariado malagueño como "merde de gent". Qué mierda de gente. Expresión que repetían con asiduidad. De ahí pasó al castellano como merdellón, forma despectiva que se usa allí para calificar a los protagonistas de los programas de Callejeros.

Así que merdellón no es un descamisado. Al menos, no necesariamente. Hay merdellones en invierno y en verano, con jersey y sin él.

Y puestos a quitar cosas de la vista, se me ocurren unas cuantas antes que los torsos desnudos, por muy michelíticos y peludos que sean, de unos señores y unas señoras que no hacen daño a nadie. ¿O sí?

PREMIO A LA SUCCIÓN

Es un teletipo de Efe, así que cuidadín: puede que cualquier parecido entre los entrecomillados del texto y lo dicho por Luis Eduardo Aute sea pura coincidencia. Pero ahí está. Y, que yo sepa, no ha llegado desmentido.

El titular de Soitu es prácticamente el mismo que el del teletipo que me ha saltado a los ojos, como una garrapata, esta tarde en el periódico. Es fuerte, se lo advierto. Están a tiempo de dejar de leer, luego no me vengan con que les duelen las retinas:

Luis Eduardo Aute denuncia que los medios de comunicación le ningunean.

Ostras, Pedrín.

Ya la hemos liado.

Sé que tras la cláusula "Luis Eduardo Aute denuncia" uno espera ver un complemento directo, no una frase subordinada. Es decir, espera leer "Luis Eduardo Aute denuncia las matanzas de la dictadura pinochetista" o "Luis Eduardo Aute denuncia la política de Kissinger en América Latina". Una frase subordinada como "que los medios de comunicación le ningunean" rompe lo previsible. Es novedoso, fresco. No tiene la sonoridad de sus versos, pero en el empleo del verbo "ningunear" deja claro que él no es un protestón prosaico cualquiera. Donde otros hubieran dicho "no me hacen caso" o "me están dando por el culo", él pone "ningunear".

En otro entrecomillado, defiende que el periodismo es "una bella profesión" siempre que "se haga con honestidad y vocación". Quizá sólo sea la concatenación descontextualizada de los fragmentos, pero el texto deja muy claro que Aute identifica la "honestidad" y la "vocación" periodísticas con que le hagan caso y le saquen muchas veces en los papeles. Para que se entienda mejor el trascendental alcance de la visión que Aute tiene del periodismo, trasladaré este sofismo a una situación de la vida cotidiana:

"Esa tía está como un queso, parece simpatiquísima y suena inteligente, ingeniosa y divertida, pero como no quiere follar conmigo es una miserable. En su mano está ser una bella y maravillosa mujer, pero prefiere no hacerme caso, ergo es medio lela".

Si Aute quiere salir en los medios (más de lo que ya sale, quiero decir), nada más fácil. Que convoque un premio periodístico. I Premio Periodístico "Al Alba" al mejor reportaje o entrevista sobre la figura de Luis Eduardo Aute. 100.000 euros. Por ejemplo. Se valorará originalidad en la succión y la desinhibición en el empleo de aumentativos. Así, ganará más puntos quien defina a Aute como "celebérrimo" en vez de "célebre", y quien se refiera a él como "el genio multidisciplinar más grande de todos los tiempos" le sacará ventaja a quien sólo emplee la halagadora pero algo gastada fórmula de "hombre del Renacimiento".

Sí, vale, esto tiene sus riesgos. Ya sabemos que los finalistas del premio serían todos los años Juan Cruz y Javier Rioyo. Nadie podría superarlos en adjetivación lisonjera. Pero no se confíen, que en este país hay mucho profesional del panegírico en vida. El de mamporrero es un puesto codiciado en el periodismo cultural patrio.

Venga, Luis Eduardo, no te cortes. Casi todas las empresas y administraciones tienen premios para recompensar a las plumas más pelotas de sus respectivos sectores. Los fabricantes de aerogeneradores premian el mejor artículo sobre fabricantes de aerogeneradores. Los ciegos, el mejor artículo sobre ciegos. Los embuchadores de lomo, el mejor artículo sobre los beneficios sociales y las bondades del lomo embuchado.

En serio, buscad en Google: quien no tiene un premio de esos es porque no quiere. O porque aún le queda una chispita de pundonor profesional. Que también hay de esos. Pero se les ve poco por los saraos que usted frecuenta, Luis Eduardo, porque ellos están trabajando.

HABEMUS PORTADA

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Esta es la portada de Soldados en el jardín de la paz. Ha quedado entre entrañable y bizarra. Me gusta mucho. Me dicen que, una vez impresa, ese morado será algo más oscuro y rojizo, porque no se va a imprimir sobre blanco. La gente de Prames ha hecho un trabajo sensacional.

La foto pertenece a la inmensa colección privada de Pablo Bieger. El segundo por la izquierda es su abuelo, Paul Bieger, y el negro vestido de blanco es Nsango, su criado camerunés. Está tomada en Zaragoza en 1916. Os pego el texto de solapa:

En mayo de 1916 llegaron a Zaragoza 347 internados alemanes procedentes de Camerún. No eran muchos, pero llamaban la atención una barbaridad. Esos germanos, civiles y soldados, pusieron la ciudad patas arriba durante un tiempo y, al terminar la Gran Guerra, muchos consiguieron esquivar la orden de repatriación y se quedaron en el país. Fueron el germen de una colonia alemana muy influyente y unida por lazos de sangre, amistad y dinero con las élites de Zaragoza. En Soldados en el jardín de la paz, Sergio del Molino rastrea parte de su historia por las calles de la capital aragonesa.

Y la cita de Sender donde menciona a los alemanes, que va en la contraportada:

• En aquellos días vinieron muchos alemanes del Camerón (sic) (África), que había sido tomado por los aliados. Zaragoza aparecía llena de germanos gordos, con el colodrillo afeitado y anchos sombreros de ala plegada hacia arriba por los flancos. Cuando se encontraban cambiaban saludos exagerados con los sombreros y se inclinaban de un modo tan versallesco, que la gente no podía menos de reír. •
Ramón J. Sender, La Quinta Julieta

Me faltan por entregar las últimas y definitivas correcciones y arreglar tres fotitos que quedan, pero la semana que viene lo dejaré todo visto para sentencia.

Alea iacta est, queridos.

22/07/2009 23:14 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Mi libro Hay 7 comentarios.

THE SOUTH WILL RISE AGAIN!

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Hi, my name is Michael P. Hinson and I came from Abilene, Texas.

Lo dijo con su voz indescriptible, que a ratos sonaba con la guturalidad de un Leonard Cohen y a ratos se desgarraba como si el polvo de todo un desierto se le incrustase entre las cuerdas. Profunda, grave, única. Es una de esas voces a las que no les importan tus oídos, porque no les hablan a ellos, sino a ese conglomerado de vísceras que llevas dentro y que sientes cómo se eriza y encabrita bajo la vibración de su poderío vocal.

Cuando sacaron el banjo me dieron ganas de ondear una gran bandera confederada y gritar vivas al general Lee: "Yeah, damn fucking yankees: the South will rise again!".

(Para los que no han cursado Educación para la Ciudadanía en inglés: "Eso es, malditos putos yankis: ¡el Sur resurgirá de nuevo!")

As seen on Gone by the wind, podría haber añadido.

Esto no lo traduzco, señorita Escarlata.

¿Que de qué fucking demonios estoy hablando? Del acontecimiento del verano en Zaragoza: el concierto que dieron en las Playas del Ebro los adrenalíticos y reconcentrados The War On Drugs y el intensísimo y atormentado Micah P. Hinson. Un lujazo a precios irrisiblemente verbeneros (12 euritos de nada). Un regalazo al que los zaragozanos no hemos hecho aprecio, a juzgar por los cuatro gatos mal contados que nos esparcimos por la arena de las playas, frente al escenario acuático y bajo la noche negra y espesa.

Me cabreé con esta inmortal ciudad de paletos. Me retracté mentalmente de algunas de las críticas más duras que he lanzado desde mi columna de los viernes a la gestión cultural municipal. La culpa no es de los gestores, es de los ciudadanos: si el ayuntamiento se esfuerza por programar este conciertazo, cuyo cartel no creo que pueda verse en ninguna otra ciudad de España, lo financia para dejar la entrada a un precio casi simbólico, y luego no va ni el Tato, es que esta ciudad está poblada por paletos sin remedio, carne de espectáculo de José Luis Moreno.

Sin remedio alguno.

Tíos: somos 700.000 habitantes y subiendo.

Con una universidad potente que da mucha población estudiante.

Con mucha gente joven.

Demográficamente, las cuentas no salen: el concierto de anoche tendría que haber sido un exitazo. Lo hubiera sido en cualquier otra gran ciudad europea. ¿Qué otra cosa mejor se podía hacer en Zaragoza anoche que irse a las playas a cervecear bajo el cielo negro mientras se disfruta de un conciertazo mayúsculo? ¿Dónde estaba la chobenalla? ¿Sudando y bebiendo garrafón en los garitos infames del Casco Viejo? ¿Todos se habían ido a la playa de Salou?

Si yo fuera responsable cultural del ayuntamiento, ayer me habrían dado la confirmación definitiva. Me aplicaría el refrán de no está hecha la miel para la boca del asno y no me rompería la cabeza programando exquisiteces como ésta, a las que nadie hace aprecio.

Jotas y Marianico el Corto, que parece que es lo que gusta de verdad. The War On Drugs y Micah, que se los lleven a otras ciudades.

Qué duro es esto, de verdad. Siempre quejándonos de que no hay nivel, y cuando se esfuerzan por poner alto el lisón, escupimos sobre él. ¿En qué quedamos? ¿Por qué menudean tantas quejas de que esto es un páramo, si cuando hay algo majo sólo vamos los cuatro de siempre? Saludé a un montón de gente y entreví bastantes caras familiares. Los que coincidimos en todos los saraos. Ni uno más, ni uno menos. Siempre estamos los mismos, esto no cambia, el círculo no se amplía, llueve siempre sobre mojado, pero no arraiga nada.

Y no, no me vengan con que son grupos de minorías. ¡Y una mierda! Para minorías son los conciertos del Audicón -que también se los van a cargar-. Esos sí que están pensados para el disfrute de los alumnos de séptimo de conservatorio y para los melómanos enfermizos. Pero la programación de las playas es popular. ¿Qué hay más popular que el rock? ¿Qué tiene de inasimilable por las masas el guitarreo de The War On Drugs, con sus destellos dylanianos y progresivos? ¿Alguien me puede explicar qué barrera intelectual se impone entre la voz de Micah y cualquier oído con sus huesecillos intactos? ¿Hace falta tener una licenciatura en Filosofía para emocionarse con las canciones sureñas y marismeñas de este monumento del folk-rock?

Vamos, hombre.

Item más: si un cojo en rehabilitación que camina a 100 metros por hora y una embarazada con barriga prominente pudieron ir al concierto anoche, puede ir cualquiera. No hay excusas: si no estuviste, fue porque, simplemente, no te dio la gana, porque más fácil ya no lo pueden poner.

Perdón, ya me he desahogado. Luego cuento algo del concierto en sí, que para mí ha sido el mejor del año en la ciudad después del de Caléxico (en el que había más gente, aunque era considerablemente más caro).

25/07/2009 13:41 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música No hay comentarios. Comentar.

COMO IBA DICIENDO...

Como decía en el anterior post, esto es lo que Zaragoza ha podido gozar en un lugar maravilloso -las Playas del Ebro, una Ibiza de secano-, pero ha preferido pasar:


Puto niño prodigio. ¡Es dos años más joven que yo! Y tiene el aplomo escénico de un Nick Cave o de un Leonard Cohen. Hay gente a la que el talento le sale por los poros. Qué ascazo dan. Otro botón de muestra:

 


Cuando tenía 19 años le encarcelaron por drogas, sus padres le echaron de casa y se dedicó a vagar por Texas, escribiendo canciones sobre su desgraciada vida y tocándolas por cuatro dólares en garitos texanos. Grabó una maqueta, y tuvo tanta potra que llegó a la BBC, donde un locutor cazatalentos la emitió. Fue en el año 2003. Una discográfica de Glasgow se quedó prendada de su genio y le dijo: "Vente pa Escocia, que te grabamos un disco".

Pero Micah no podía salir de Estados Unidos. Debía 600 dólares en multas y tenía confiscado el pasaporte. La discográfica tuvo que pagar las multas y enviarle un billete de avión. Cuando aterrizó en el Reino Unido, no le querían dejar pasar. Le tuvieron retenido un día en el aeropuerto, interrogándole, hasta que las súplicas de la discográfica hicieron efecto. Le dieron visa sólo por un mes, así que se puso las pilas. Grabó el disco en dos semanas, arreglando viejas canciones autobiográficas de su desdicha. Lo tituló Micah P. Hinson And The Gosspel Of Progress. Después vinieron Micah P. Hinson And The Opera Circuit y Micah P. Hinson And The Red Empire Orchestra.

Tiene fans en los cinco continentes. Somos muchos los que nos hemos quedado con el corazón hecho un trapo después de escuchar sus doloridas y dolorosas canciones. Una de su último disco -y uno de los momentos cumbres de anoche en las playas- dice que no tiene miedo del atardecer o de la lluvia, que sólo tiene miedo de morir solo.

Pero, por lo visto, no es suficientemente bueno para Zaragoza. A esta ciudad todo le parece poco.

25/07/2009 20:43 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 9 comentarios.

LA MANTIS RELIGIOSA

Hoy ha sido un domingo raro. Cris no ha recibido el esperado sms. Al parecer, la mantis religiosa que le acechaba no ha capturado a ningún macho este sábado por la noche.

Hace tres domingos, Cris recibió en el móvil este mensajito:

Mi número, para lo que quieras, a la hora que quieras, donde quieras, como quieras... Que me quieras!!!... Salva.

Me toqué la frente, y al no hallar en ella indicios de cornamenta, me sentí aliviado. Además, la pobre barrigona embarazada no se había separado de mí (por no hablar de que una barriga prenatalicia es el mayor y más eficaz repelente de moscones conocido). Sólo una bilocación a lo Sor María de Ágreda explicaría la infidelidad.

Concluimos lo obvio: una tía se ha tirado al tal Salva, el tal Salva le ha pedido su teléfono y la chica le ha dado el primer número que se le ha venido a la cabeza para quitárselo de encima. Y ese número era el de Cris.

Caso cerrado.

Pero, hace dos domingos, más o menos a la misma hora, el móvil recibió otro mensajito:

Wenos días!! Soy Álex, el camarero de ayer!! Jaja... Qué tal acabaste? Madre mía que resaca tengo!! A ver si un día de estos te apetece ir a tomar un café o una copita, OK? Que me pareciste una tía genial!! Un besito enorme.

Vuelvo a palparme la testuz, pero encuentro lo de siempre: canas y principios de alopecia. Nada fuera de lo normal. Debe de ser la misma chica, que esta vez se lo ha hecho con el tal Álex en la barra del chiringuito (contra la carta de helados Camy, me imagino, o entre bolsas de calamares congelados) y cuando Álex le ha pedido el móvil para repetir la experiencia -quizá sobre la plancha apagada o agarrados al grifo de cerveza Cruzcampo-, le ha dado otro número falso, que vuelve a ser el de Cris.

¿Cómo puede dar siempre el mismo número falso? Lo normal sería que diese el primero que se le viniera a la cabeza. Abrimos el debate entre amigos y allegados:

-Eso es que su número es como el tuyo, pero variando una cifra.

Bravo, Poirot, es la hipótesis más plausible, asentimos todos mientras Miss Marple sirve el té.

Pasan siete días más, y el domingo pasado... Bip, bip:

Qué tal, surfera? Cómo has acabado el finde?

Bueno, ya está bien. ¿Surfera? ¡Encima, surfera! Con lo trolera que es esta tía seguro que ni surfea, ni va en bici, ni hace pilates, ni nada. A lo mejor no sabe ni nadar. A lo mejor, fíjate bien, ni siquiera es una tía y se llama Nicolás, es transportista internacional y les tiene a todos más engañados que para qué.

Me intriga.

Concluyo, además, que esos tíos se tienen muy merecido que les chuleen y les den gato por liebre. Qué plastas, qué empalagosos, qué cursis y qué poco duchos en las artes de la seducción. Por dios, tranquilizaos un poco, dad cuartelillo a la chica, que parece que queréis casaros con ella o hacerla la mujer más feliz del mundo o alguna patochada de esas.

Que es sólo un polvo, tíos. Parece mentira, qué deshonra, qué poca masculinidad.

¿Dónde quedó el prometer hasta meter y después de metido, nada de lo prometido? ¿Qué ha sido del macho ibérico, navajero y despreciativo, que abandona la alcoba apenas ha eyaculado para no volver jamás -y contarle a los amigotes que se acaba de follar a una tía buena-? Aprended de la chica, hombre.

Este domingo he esperado el mensaje. Tenía curiosidad por saber a quién se había tirado este sábado nuestra insaciable mantis religiosa. Quería conocer el nombre y el estilo ligón del pobre gualtrapa. Gozo imaginándolos penando toda la triste y calurosa tarde del domingo, esperando que ella llame, que les envíe un besito por sms o que aparezca por sorpresa por el chiringuito con un ramo de azaleas y petunias.

Pero no, la chica no ha mojado.

O ha pasado algo peor. Espero que no. Pero, ¿te imaginas que la chica ha dado su móvil de verdad? ¿Te imaginas que le ha molado el maromo más allá de la efusión hormonal y quiere montarse con él en un Citröen hasta el fin del mundo?

Sería terrible. No se lo deseo, la verdad. Prefiero que siga devorando machos y escupiendo sus huesos en la cuneta.

IMPOSTURAS

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Hace un tiempo leí El adversario, de Emmanuel Carrère. Es una especie de docudrama en forma de libro que cuenta la historia de Jean-Claude Romand, que en 1993 conmocionó a Francia entera. Romand mató a su mujer, a sus hijos y a sus padres, y luego intentó suicidarse, pero no lo consiguió. Todavía cumple condena.

Les mató por una razón muy sencilla: estaban a punto de descubrir que era un impostor. Un impostor absoluto, el mayor impostor que ha dado la historia.

Oficialmente, Romand era médico y trabajaba en la OMS en Ginebra. Vivía muy holgadamente en las afueras francesas de la ciudad suiza, en barrios acomodados de funcionarios internacionales. Padre amantísimo, amigo entrañable y querido, figura destacada del vecindario, hijo dilecto...

Pero Romand no era nada de eso. Un día, mientras estudiaba medicina en Lyon, se bloqueó. No pudo presentarse a un examen. Y, a partir de ahí, empezó a fingir. Siguió yendo a la facultad pese a que ya no estaba matriculado. Fingió terminar medicina, se casó con una compañera de la facultad y entabló una estrechísima amistad con otro compañero. Fingió que se iba a hacer residencias que nunca hizo en hospitales de otras ciudades, y un buen día le dijo a su familia que le habían contratado en la OMS y que había que mudarse a las afueras de Ginebra.

El dinero para mantener su tren de vida lo consiguió estafando a familiares y amigos. Les decía que podían invertir sus ahorros en jugosas cuentas de bancos suizos que, puestas a su nombre, y dado que él era funcionario internacional, darían muchos réditos, pues podía contratarlas en condiciones muy ventajosas. Sableó a sus padres, a sus suegros, a sus amigos, a todo el que pasaba por allí, y con su dinero pagó la casa, el coche, el colegio privado de sus hijos y los caprichos de su mujer.

Por las mañanas, cogía el coche y decía que se iba a trabajar. Conducía hasta algún bosque y allí pasaba ocho o nueve horas, hasta que llegaba la hora de volver a casa.

Nadie sospechó de él nunca. Se pasó años y años en un equilibrio inestable. Su mujer no miró nunca los extractos de la cuenta, nunca descubrió que no tenía una nómina, que no había ningún despacho suyo en la OMS. Nunca le llamó al trabajo, nunca conoció a su jefe ni a sus compañeros de la OMS. Ni siquiera se extrañaban de que, cuando necesitaban un medicamento, él no se los recetase y tuvieran que recurrir a otros médicos.

Una increíble recua de casualidades mantuvo su farsa muchos años.

Hasta que el dinero empezó a escasear.

Hasta que empezaron a reclamarle esos ahorros que había invertido en Suiza y él no podía devolverlos, porque se los había gastado en la casa, en el coche, en el colegio privado de sus hijos, en los caprichos de su mujer.

Hasta que el director del colegio le dijo a su esposa que había llamado a la OMS por un asunto escolar y le habían dicho que allí no trabajaba ningún doctor Romand.

Su mujer empezó a sospechar, pero antes de que pudiera descubrir nada, murió.

O eso se cree, porque no se sabe si la mujer murió sabiendo la verdad o engañada.

Carrère se carteó con Romand desde la cárcel, y de esa correspondencia, y de la turbia fascinación que el escritor sentía por el farsante, surgió El adversario, que es un libro soberbio, breve, sintético y significativo. Me gustó mucho.

En 2002, un español decidió llevarlo al cine (hay versión francesa también, pero no la he visto). Lo tituló, supongo que por cuestión de derechos, La vida de nadie, y situó la acción en Madrid, con un falso economista en lugar de un falso médico.

El prota era José Coronado. Y sale una jovencísima Marta Etura, correteando desnuda para alegría de todos. La única alegría de la peli.

La vi el otro día y pensé que si Romand hubiera tenido que mantener su tinglado con las limitadísimas dotes escénicas de Coronado, la broma no le habría durado ni un día. No habría engañado ni al conductor del autobús.

Terrorífico, de verdad. Una película olvidable. No es que empeore el libro, es que defeca sobre él.

Recordé a mi querido John Banville, que ha hecho de la ficción de la identidad el eje de su obra. En Imposturas, en El intocable, en El mar. Libros donde personajes que han suplantado otras vidas están a punto de ser descubiertos. Espías, prófugos, simples farsantes.

Y recordé F For Fake, el falso documental de Orson Welles sobre la vida de Elmyr d’Hory, el mayor falsificador de cuadros de todos los tiempos. Se cree que todos los grandes museos del mundo tienen al menos un Picasso, un Matisse o un Modigliani falsos que, en realidad, son verdaderos D’Horys. Welles le utilizó para componer un sofisticado juego sobre la identidad.

Pensaba todo eso mientras veía a Coronado perderse en la inmensidad de su propio personaje, cagado sin necesidad de comer yogures.

Qué triste.

28/07/2009 01:27 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 9 comentarios.

LO QUE ESCUCHO

Dos canciones suenan mucho en el iPod estos últimos días. Curiosamente, ambas en español.

La que dice:

En los dedos de mis pies
crecen hongos de colores,
me los como y crecen flores
más allá del horizonte.

Es Hongos, de Albert Pla, de su último disco, La diferencia.

La otra dice:

Plantaron en Puerto Madero
un almorzadero de trabajador.
No hay que reservar primero
donde el piquetero tiene el comedor.

Es Comedor piquetero, de Calamaro. También de su último disco, La lengua popular.

De la primera me gusta su guarrismo lisérgico, y de la segunda, el guiño porteño (que no bonaerense, como me recriminó Mecha una vez: "Los españoles usan mal bonaerense. Un bonaerense es alguien de la provincia de Buenos Aires. Los de la capital son porteños"): Puerto Madero es la zona de los restaurantes pijos, donde los ricachos van a zampar carne a doblón, donde está el hotel Hilton y toda la pesca. Un comedor piquetero sólo puede instalarse en Puerto Madero a la fuerza, después de guillotinar a unos cuantos en Plaza de Mayo.

Son ligeras y estivales. Me ayudan a mantener la cabeza fresca con este insoportable calor.

29/07/2009 02:11 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música No hay comentarios. Comentar.

LA CIUDAD PIXELADA

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No suelo pegarlos aquí, sólo de cuando en cuando, pero aquí tenéis el artículo de La ciudad pixelada que salió publicado el domingo pasado. La ilustración, as usual, by Álvaro Ortiz.

También he retomado el blog De reojo en Heraldo.es con dos nuevas reseñas: una de Arturo Barea y otra de B. Traven.

Soldados en el jardín de la paz ya está liquidado. He recibido las pruebas definitivas y la semana que viene entra en máquinas. Estará en librerías en septiembre. La presentación, en octubre. Ya tengo presentador, por cierto. Un crack al que quiero y admiro, y es un honor que me haya dicho que sí.

La lucha de clases, a dos ruedas

Estas madrugadas de julio, mientras me concentro en convocar al espíritu del sueño, bajo el sofoco sin pixelar de la ciudad, escucho los mil sonidos que suben de la calle por la ventana abierta. Parece que Zaragoza tampoco puede dormir, y se retuerce, gime y se desespera, componiendo una sinfonía quejosa y rítmica. Entre semana es una cadencia agradable, con un toque narcótico, como de nana mecánica. Pero los fines de semana el barullo es de guerra.

Debajo de mi ventana hay una estación de Bizi con la que algunos de estos guerreros les gusta ensañarse. Oigo -y a veces, veo- cómo patean las bicis aparcadas. Con alegría rabiosa. Al principio, me planteo llamar a la Policía, pero desisto: para cuando marque el número, explique lo que pasa, decidan mandar una patrulla y ésta llegue al fin, los pateadores bicicleteros andarán ya por la otra punta de la ciudad.

Me fijo en que solo les da por las bicis. De acuerdo que el vandalismo findesemanero se ceba también con retrovisores de coches aparcados, farolas, cierres de comercios y cualquier objeto del mobiliario urbano, pero lo de esta estación de Bizi es distinto. Van a por ella. Dejan tranquilos los coches de al lado, no tocan los contenedores, no le dan al cierre del bar de abajo. Su objetivo es claro: no quieren destrozar en plan genérico, sino en plan concreto.

La Bizi de París se llama Vélib y es un servicio que funciona prácticamente igual que el de Zaragoza. A principios de junio, 'Le Monde' empezó a publicar algunos reportajes sobre la saña destructora que se cebaba contra las bicis de Vélib. Muchas estaciones amanecían apaleadas, con los vehículos inutilizados, y más de una acababa en el Sena, donde reaparecía varios kilómetros río abajo. La empresa aseguró que, en pocas semanas, unas 8.000 bicis habían sido robadas o destrozadas. La cosa se desmadró tanto que, el 13 de junio, el editorialista de 'Le Monde' Bertrand Le Gendre decidió tomar cartas en el asunto y publicó un artículo titulado 'Pourquoi les Vélib', fétiches des bobos, sont vandalisés' (Por qué las Vélib, fetiches de los molones/modernetes sufren el vandalismo).

El titular es bastante elocuente (bobo es una de las miles de las contracciones hirientes y geniales que tiene la rica lengua francesa, y se corresponde con la expresión 'bourgeois bohème', bohemio burgués) e indica por dónde van los tiros: el empobrecido parisino pobre, ahogado por la crisis, la emprende contra las Vélib porque son el emblema de todo lo que le ahoga. Dice Le Gendre, en tosca traducción mía: "Como todos los emblemas de la sociedad de consumo, las Vélib suscitan controversia. No se trata de un cuadro y dos ruedas robadas, sino de un icono urbano, un atributo del burgués bohemio, el 'bobo', figura objeto de burla, pero también envidiada".

En Zaragoza no las tiran al Ebro (que yo sepa. O, al menos, no las arrojan en masa), y no estoy seguro de que la inquina contra las bicis de alquiler encaje en esta bonita teoría revisitada de la lucha de clases. He superado el discurso punk y no creo que detrás de toda destrucción vandálica haya necesariamente una pulsión expresiva. Todavía nos consuela pensar que los actos de destrucción están guiados por premisas filosóficas, pero, detrás de una burrada, la mayoría de las veces solo hay un burro. De los que rebuznan y cocean, no de los que cuentan chistes, como el de 'Shrek'.

Les veo desde mi ventana y, créanme, no hay épica ni lírica en sus patadas. El medio no siempre es el mensaje.

FRASES QUE SE ESCUCHAN A DIARIO CUANDO ESPERAS UN HIJO

  • Aprovechad para dormir estos meses, que luego...
  • Aprovechad para viajar y para salir mucho por ahí, que luego...
  • Rezad por que os salga dormilón, si no...
  • ¡Mira que si sale negro!
  • Aprovecha para escribir ahora, que luego...
  • No os compréis el Funatronik carrito multiusos Megamax 5000, que es mucho mejor el Pistatrón 6000 HJI Grupo Cero ionizado, especialmente para los desplazamientos largos y cuando deje de mamar.
  • Ni se os ocurra comprar el Pistatrón 6000 HJI Grupo Cero ionizado, que mi cuñada lo tiene y no vale nada al lado del Funatronik carrito multiusos Megamax 5000, sobre todo, cuando echa los gases y baila rumba catalana.
  • ¿Le habéis apuntado ya a inglés para lactantes? Que saber idiomas es muy importante.
  • ¡Mira que si sale chino!
  • Aprovecha para ver películas porno ahora, que luego...
  • No os compréis el capazo precursor inflamable Radionix Bee, que con el reproductor miniaturizado que viene con el Pistatrón 6000 HJI Grupo Cero ionizado es suficiente. Además, lo usas tres días, que luego ya no cabe.
  • ¿Le habéis apuntado ya a ingeniería para lactantes? Porque no irá a seguir los pasos periodísticos de los muertos de hambre de sus padres, ¿no?
  • Aprovechad para meter barcos en botellas ahora, que luego...
  • ¡Mira que si sale ecuatoriano!
  • Aprovechad para navegar por los fiordos noruegos ahora, que luego...

Y la mejor, la que más atontado me ha dejado, ha sido esta:

  • Pero, ¿ha sido buscado o un accidente?

Iba a responderla, pero me taparon la boca a tiempo para evitar un muy desagradable incidente familiar.

A todo lo demás, asiento sonriente.

Pero ahora les diré lo que no me atrevo a responderles a la cara:

  • A los de "aprovechad para...": he dicho que voy a tener un hijo, no una enfermedad paralizante y terminal. Sé que "hijo" y "enfermedad paralizante y terminal" suenan casi igual y se confunden, pero son muy diferentes, de verdad.
  • A los de "¡Mira que si sale...!": abandonad el landismo y el pacomartinezsorianimo, superadlo. Vuestras familias y amigos lo agradecerán mucho. Lo notaréis en que vuelven a dirigiros la palabra.
  • A los del Megamax 5000: Lauren, yo sé que tú hablas, pero no te entiendo nada.