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Resumen
- 03/05/2009 23:43 - BELLEZA REAL
- 07/05/2009 01:34 - ¿ME PUEDO DESFACEBOOKIZAR?
- 07/05/2009 17:54 - LA CIUDAD PIXELADA 1: HAY VACÍOS QUE SOLO SE LLENAN CON VACÍO
- 11/05/2009 01:54 - BARBAS A REMOJO
- 12/05/2009 03:17 - ¿DEJARTE MI LIBRO? SÍ, HOMBRE, PARA QUE LO LEAS MAL Y ME LO JODAS
- 13/05/2009 02:43 - FIESTA DE FIN DE ESCRITURA
- 14/05/2009 15:24 - DÍAS SIN TREGUA
- 18/05/2009 01:30 - FURIA HUECA
- 19/05/2009 00:04 - DESCRIBIR A PUÑALADAS
- 20/05/2009 01:06 - COSICAS VARIAS
- 22/05/2009 23:12 - RAFAEL CONTE
- 27/05/2009 19:00 - PERROS CALLEJEROS
- 28/05/2009 22:07 - LIBRADAS
BELLEZA REAL
Hace unos años, la marca de jabones Dove empezó sus campañas "por la belleza real". Dejaron de usar a modelazos para sus anuncios y reclutaron a chicas normales que enseñaban sus carnes desprejuiciadas. La cosa ha tenido tanto éxito y ha crecido tanto que hasta han creado una fundación, la Fundación Dove para la Autoestima (sic, sic y mil veces sic). En su texto de presentación se lee:
Debido a la influencia de algunos medios y de la sociedad, las mujeres y adolescentes de todo el mundo quieren ser más delgadas, más altas, más rubias, con más pecho. Descubre cómo la Fundación Dove para la Autoestima está ayudando a las mujeres a superar los complejos que perjudican su salud, afrontando la belleza desde una nueva perspectiva.
¿Afrontando la belleza desde una nueva perspectiva?
Picasso afrontó la belleza desde una nueva perspectiva.
Munch afrontó la belleza desde una nueva perspectiva.
Baudelaire afrontó la belleza desde una nueva perspectiva.
Sigo leyendo:
La Fundación Dove para la Autoestima se ha creado para apoyar diversas iniciativas que ayuden a educar e inspirar a las mujeres y adolescentes en una definición más amplia de la belleza.
Estupendo. ¿Van a poner a las "jovencitas" (así las llaman, los muy victorianos) a estudiar a fondo Las señoritas de la calle Aviñón? ¿Desentrañarán el ansia palpitante de Las flores del mal? ¿Descubrirán el tormento expresionista de El grito?
Más bien, no. La Fundación Dove para la Autoestima (lo siento, no puedo escribirlo sin que me dé la risa) organiza un taller llamado Body talk. Leo en qué consiste:
Con la ayuda de la Fundación Dove para la Autoestima, EDA ha desarrollado en el Reino Unido un taller, llamado BodyTalk, diseñado para ayudar a los adolescentes a entender y enfrentarse a los sentimientos sobre su apariencia física, y para que entiendan cómo las imágenes “ideales” de belleza son creadas.
Bueno, hasta aquí he llegado. No aguanto más.
Propongo a la Fundación Dove para la Autoestima una variante, un campo nuevo para trabajar con esos pobres y desgraciados adolescentes. Les expongo mis ideas:
Debido a la influencia de algunos medios y de la sociedad, los hombres, las mujeres y adolescentes de todo el mundo quieren comprender la composición de la materia oscura, ganar el premio Nobel de Matemáticas (si es que existe), resolver millones de sudokus sin equivocarse y llevarse el bote gordo del Pasapalabra. Descubre cómo la Fundación Dove para la Autoestima está ayudando a los hombres y a las mujeres a superar los complejos que perjudican su salud mental, afrontando la inteligencia desde una nueva perspectiva.
La Fundación Dove para la Autoestima se ha creado para apoyar diversas iniciativas que ayuden a educar e inspirar a los hombres, las mujeres y adolescentes en una definición más amplia de la inteligencia.
Con la ayuda de la Fundación Dove para la Autoestima, EDA ha desarrollado en el Reino Unido un taller, llamado Mind Talk, diseñado para ayudar a los adolescentes a entender y enfrentarse a los sentimientos sobre su capacidad cognoscitiva, y para que entiendan cómo las imágenes “ideales” de inteligencia son creadas.
En otras palabras: no tienes por qué esforzarte por ser más listo. Hay todo un mundo de politonos, talleres de tunning, diarios deportivos, porno casero y violencia neonazi en el que tu lenta y enmarañada masa encefálica encontrará buen acomodo. No sufras: esa gente de los concursos de la tele, de las páginas de Revista de Occidente y del programa de Punset no existe en realidad. Están ahí para acomplejarte, para hacerte ver que eres un miserable y para que te gastes el sueldo en complejos vitamínicos y en cursos para aprender inglés con mil palabras. Los que se ríen con Faemino y Cansado fingen en realidad: ellos tampoco entienden esos chistes. Y, por supuesto, tu cuñado no ha leído los tochos esos que tiene en el salón. Están expuestos para apabullarte, nada más.
Ven a la Fundación Dove para la Autoestima y encontrarás tu sitio. Verás que hay gente tan lerda y zopenca como tú, y que se sienten orgullosos de serlo.
Señores de Dove: la belleza -como la inteligencia, o como la caries, o como los arcos de medio punto romanos- existe. Las imágenes "ideales" de belleza no son creadas. Hay cosas y seres bellos. Por supuesto, hay mucha intersubjetividad en su percepción. Es un tema apasionante, y los filósofos y los poetas llevan siglos y siglos dándole vueltas. Pero, ¿saben qué? Por más que discutamos, jamás podremos obviar que hay tipas y tipos que nos dejan sin sentido. Hay bellezones por los que quemaríamos nuestras naves, y las erecciones y humedades que provocan a su paso son reales, no son fruto de una conspiración de Margaret Astor para vender más pintalabios. De la misma forma que hay mentes maravillosas, capaces de llegar a donde los demás no llegamos.
Premiamos a los bellos y a los listos. Sí. Pues claro. Faltaría más. ¿Que no se lo han currado, que les venía de serie en los genes? Pues mejor para ellos. No admiramos el mérito: no me interesa cómo algo ha llegado a ser bello, me interesa su belleza en sí.
Por la belleza real. ¡Es que no hay otra! Lo feo no es bello, aunque, con cierta luz, en ciertos bares y con cierta cantidad de alcohol en sangre, a veces, pueda parecerlo. Pero no mientan a las chicas. No les digan que la belleza del cine y los anuncios es irreal porque no es cierto: hay bellezones, hay personas de una belleza deslumbrante, cegadora, hipnótica. Son pocos, por eso están tan cotizados. En la multitud triunfa el gris, lo que no es ni bello ni feo. Pero haberlos, haylos.
Y yo no sé a los demás, pero a mí me gusta ver cuerpos bellos. De las celulíticas de los anuncios de Dove, paso.
Otra cosa es que, como dice Don Draper en Mad Men: "El amor es algo que inventamos en Madison Avenue para vender anillos de diamantes". Pero ese es otro debate. No confundamos.
¿ME PUEDO DESFACEBOOKIZAR?
Me apunté a Facebook, sí, lo reconozco, caí. Pero como tengo propensión a las adicciones y un carácter obsesivo y compulsivo, he decidido pasar del tema, no me vaya a enganchar y acabe en una espiral de destrucción electrónica. No lo he usado nunca. De verdad. Ni siquiera he colgado una foto ni he escrito un perfil. Me he limitado a abrir la cuenta y a aceptar todas las proposiciones de amistad que me hacían, cual zorra sedienta que se tira al primero que le echa una miradita.
Aun así, pese a mi nula actividad, ahora mismo tengo 61 amigos. Personalmente, sólo conoceré a diez o doce. Otros me suenan de otras vidas y otros bares, pero a la mayoría juro que no los conozco. Por estas. No sé quién es Ben Clark, ni Buba Lu, ni Nacho Montoto, ni Marcus Versus. O a lo mejor sí que lo sé, pero les he olvidado. Lo siento, el alcohol ha destruido muchas de mis neuronas, no te tomes a mal que no te recuerde.
Todos los días me invitan a mil eventos, me invitan a unirme a grupos como "Yo no iré al concierto de Rosana" o "Todos con el CAI Zaragoza". ¿Todos? Yo no. Por mí, que le den bien dado al CAI. Y a Rosana. Y a los que no van al concierto de Rosana.
Cada mañana, abro el correo y me encuentro no menos de diez mensajes relacionados con una cuenta de Facebook que no uso. Quiero darme de baja, pero siento que sería una descortesía para la gente que me manda mensajes a través de la red social y que me pide cosas en ella. De verdad, lo lamento, yo sigo anclado en el mail y en el chat del Gmail. No me pidáis que pase de ahí: no tengo tiempo ni paciencia. Os agradezco mucho que me agreguéis como amigo y tal, y siento ser una presencia hueca y fantasmal en Facebook, un tipo borde que nunca responde a nada, pero es que me da una pereza horrible.
Dejaré a mi fantasma registrado en Facebook, pero recordad que no soy yo, es sólo éter. Yo estoy aquí. Y aquí espero seguir, mientras me dejen.
LA CIUDAD PIXELADA 1: HAY VACÍOS QUE SOLO SE LLENAN CON VACÍO

Os cuelgo aquí la primera entrega de La ciudad pixelada, publicada el pasado domingo, con ilustración del genial Álvaro Ortiz. A ver si mantengo el tipo con esta serie de artículos. También he actualizado De reojo, que lo tengo abandonado. La semana que viene habrá más sorpresas. Si todo va bien, estrenaré un proyecto interesante que me han encargado desde las altas esferas de este minúsculo mundo periodístico.
"Para mí, vacío", dice mi amigo mientras arranca despacito la etiqueta del botellín de Quilmes. Yo también lo quiero. Nunca me aclaro del todo con los cortes de la carne argentina. Me cuesta distinguir el asado de tira del bife de chorizo. No recuerdo cómo es ese corte en concreto, pero pedir un vacío me parece una estupidez poética sublime. Un vacío para llenar el vacío de mi estómago. Me apunto.
Estamos en Madrid. Yo tengo antojo de comer en un argentino, y quiero invitar a mi amigo en La Vaquita Argentina, un local de una de esas cadenas refinadas, caras y asépticas, pero mi acompañante prefiere llevarme a un sitio más ’auténtico’ (sea lo que sea eso), y acabamos en una pequeña taberna de Malasaña donde solo sirven carne y empanadas. Y panqueques con dulce de leche para el postre. Sin tonterías.
Pronto me doy cuenta de que somos los únicos españoles entre los comensales. En las mesas que nos circundan se van sentando gritones y alegres argentinos. Amigos que se palmotean la espalda, que se cuentan chistes verdes y que se quejan del maldito ’laburo’. O de su ausencia.
El vacío de mi plato se va llenando de morriña, de una morriña insoportablemente dulce. Mi amigo y yo estamos fuera de lugar, hemos ido a caer en un sitio pensado exclusivamente para que los argentinos lloren por su lejana y abandonada patria. Allí somos un mal menor, unos clientes bienvenidos por su plata, pero que, en el fondo, sobran. Me siento atrapado en una estrofa de ’Suspiros de España’, versión Cono Sur. Es decir: en un tango gardeliano.
Qué desilusión. Yo creo en la mezcla, en el batiburrillo, en la confusión. Me gusta diluirme en la marejada mestiza que ha cambiado este país en los últimos veinte años. Pero voy descubriendo que muchos de estos sitios, lejos de ser una fuente de polución cultural, son reductos de pureza, pequeños templos donde se veneran las esencias de cada patria, sin que importen las demás.
Me quiero convencer de que si yo viviera lejos, a miles de kilómetros de aquí, no me dejaría tentar por tascas españolas. Ni siquiera aragonesas. Quiero creer que no recorrería los barrios de Nueva York, de París o de Kuala Lumpur en busca de un plato de jamón de Teruel, como un yonqui aterido de morriña. Quiero creer que haría de mi nuevo país mi único país realmente existente, sin lastres de nostalgias. Pero supongo que es difícil. Muy difícil.
Pienso en nuestra doble moral. Por un lado, exigimos a los inmigrantes que se integren sin matices, que deserten del todo de su tribu y asuman los colores y las armas de la nuestra. Solo así podrán adquirir el pleno derecho a ser tratados como unos de los nuestros. Pero, al mismo tiempo, instamos a aquellos de los nuestros que tratan de integrarse en otras tribus a que mantengan fuertes e incorruptibles sus vínculos con la casa madre.
Los medios aragoneses nos fijamos mucho en lo que hace nuestra gente repartida por el mundo mundial. Les dedicamos reportajes y programas y les pedimos que exhiban sin pudor su morriña. No queremos verles integrados en Alaska ni convertidos en felices micronésicos. Queremos oírles cantar jotas en un acantilado de Nueva Zelanda y ver cómo se zampan unas buenas migas con longaniza de Graus en sus casas de Shangai.
Me termino mi vacío y me siento lleno. Ojalá todas las ausencias y distancias fueran tan fáciles de curar.
BARBAS A REMOJO
Me escaman las cuatro páginas de John Carlin publicadas en el encarte dominical de El País sobre el negro o nulo futuro de la prensa de papel. Primero, porque, con estar bien planteadas, no ofrecen nada que no sepamos ya, y segundo, porque El País lleva unos meses dándole mucha bola al apocalíptico fin de la prensa de papel. ¿Es que no se han enterado de que no se nombra la soga en la casa del ahorcado? ¿A qué viene tanto despliegue?
Quizá, pienso yo, que siempre pienso mal, viene a que hace poco pidieron a sus trabajadores que se bajaran el sueldo y los trabajadores, como es lógico, les dijeron que se lo bajaran los Polancos, que no son un dúo cómico.
Quizá porque cuando la redacción se declaró en huelga como protesta por el desmembramiento de la parte comercial de la empresa, la dirección publicó los salarios de los redactores en el periódico, dando a entender que eran una casta de privilegiados con nóminas abultadísimas que no merecían la solidaridad obrera de los lectores.
Quizá porque el grupo Prisa hace aguas por una serie de inversiones desastrosas, que incluyen el montaje de un canal de televisión en abierto que no genera publicidad ni espectadores, por la ruina caracolera de Digital Plus y por la pérdida del monopolio futbolístico. Y quizá -solo quizá- les viene muy bien la crisis de la prensa y mentar el lobo de su desaparición para echar sobre los hombros de los currelas de El País un marrón generado por una gestión nefasta.
No sé, a lo mejor es que leo demasiado entre líneas, pero las empresas suelen aplicar a rajatabla el dicho de no mentar la cuerda en la casa del ahorcado. ¿Se imaginan ustedes a Botín dirigiéndose a sus empleados y a sus clientes -sobre todo, a sus clientes- con el gesto descompuesto y gritando "sálvese quien pueda, la banca se hunde"? Aunque se hunda de verdad, jamás lo reconocerá abiertamente.
¿Por qué ese empeño de El País, sin igual en la prensa patria, por recordarnos a todos los periodistas del ramo que los días que nos quedan son una cuenta atrás? No hace ni un año que Prisa vendía un discurso "global", rimbombante y triunfalista, que iba a regenerar el lenguaje periodístico y llevarlo a cimas nunca vistas. Y ahora, a pelar las barbas previamente remojadas.
No nos engañemos: la cosa está muy malita. La prensa atraviesa un momento muy jodido y los que trabajamos en ella vivimos horas bajas. Todos. La desorientación y el mal rollo abundan cada vez más, conforme crece la desazón en los despachos directivos. Las curvas de ventas y de anunciantes no hacen más que bajar y nadie parece saber cómo parar la sangría. Y sin ingresos publicitarios, el chiringuito no se sostiene. Eso lo sabe Rupert Murdoch y lo sabe una tía mía que está sorda y no sale de casa. Así que claro que estamos preocupados. ¿A quién no le preocupa su sueldo?
Desde luego, maniobras trapaceras como las de El País no ayudan a que se encuentren soluciones. Y a mí, qué quieren que les diga, mientras me dejen, me gustaría seguir ganándome el pan con lo único que sé hacer bien en esta vida.
Me gustaría plantear más cosas en este debate, pero entiendo que, siendo parte interesada, no estoy en posición de hacerlo con honestidad. Solo puedo intervenir en términos generales, teóricos, hipotéticos y lejanos, hablando siempre de lo que les pasa a los demás, porque, obviamente, por elegancia, lealtad y sentido común, no voy a hablar aquí ni en ningún otro foro público de cosas de la empresa donde trabajo, o de asuntos y situaciones que la conciernan directamente.
Así que, una vez planteado este post, me inhibo en este tema. Me recuso a mí mismo, me aplico el régimen de incompatibilidades. Cremallera.
¿DEJARTE MI LIBRO? SÍ, HOMBRE, PARA QUE LO LEAS MAL Y ME LO JODAS
¿Recordáis que hace unos días hablaba de un incomprensible artículo de Vila-Matas sobre Coetzee? (No, no os acordáis, porque cuando yo hablo, vosotros estáis a vuestras cosas, que lo sé yo). Pues el asunto está levantando polvareda -el artículo de Vila-Matas, no mi post-, porque, como era fácil presumir, el texto era en realidad un sopapo traicionero y encubierto, una de esas ridículas venganzas de baratillo que se gastan los grandes de las letras. Antes de internet, la cosa se habría quedado en nada, pero con los blogs, ahora todo se sabe, y a los cotillas nos ha faltado tiempo para enterarnos de que el "escritor pajarillo" con el que se metía Vila-Matas en el artículo es Kiko Amat, y que el reseñista de Coetzee al que pone a caldo y trata de tontolaba sin mencionarlo es Jorge Carrión. Este último ha respondido a Vila-Matas en su blog.
Y más vila-matadas. Según refiere Rafael Reig en su blog, citando una noticia de Público, Vila-Matas y Paul Auster aprovecharon unas charlas en Nueva York para proclamar su hartazgo por los lectores estúpidos, esos que no entienden lo que quiere decir el autor. Qué duro es ser un autor exquisito, rediós. Tanto esfuerzo juntando frases geniales para que luego las lea cualquier imbécil. No está hecha la miel para la boca del asno.
Creo que Vila-Matas y Auster no han visto Amanece, que no es poco, esa cumbre todavía no superada del cine español. ¿Os acordáis del escritor latinoamericano que recibe en la cantina los elogios de uno de los intelectuales del pueblo que acaba de leer su última obra?
-Maravillosa, excelsa, sublime, me ha dejado sin palabras -le dice el intelectual.
-¿Puedo leerla yo, me la dejas? -pregunta uno de los labriegos que aspira a ser aceptado por los intelectuales.
-¿A vos? -responde el argentino-. Sí, hombre, para que me la jodas.
-Pero, ¿cómo la voy a joder? Si sólo quiero leerla...
-No sería el primer libro que se jode porque lo leen mal, y vos no estás preparado.
Me imagino a Vila-Matas firmando ejemplares en Sant Jordi y diciéndole a sus lectores: "Mira, dejo que lo compre porque me acabo de reformar el chalet de Pedralbes, todavía no me han revisado la hipoteca y me viene bien el dinero, pero sepa que no me hace ninguna gracia que me lean tipos como usted. ¿Usted se ha visto la pinta de ignorante que tiene? Mi libro le queda grande. Venga, largo, fuera de mi vista".
Dejemos a los genios fatuos en su Parnaso y hablemos de genios de verdad.
Hoy se ha estrenado un nuevo blog en la plataforma de Heraldo.es, y es un lujazo compartir plataforma con un tipo como él. Porque yo, en esto del periodismo, siempre he andado manco de referentes cercanos, la verdad. Son muy poquitas -poquísimas- las personas a las que me atrevo a llamar maestros, pero Mariano García lo es. Profesional y humanamente. Es un tío cuya compañía enriquece más que el Avecrem.
Confieso que muchas veces he echado más horas de las necesarias en la redacción porque me quedaba charlando con él, quizá intentando que se me pegara algo de su genio. Me falta todavía mucho para alcanzarle, y seguramente no lo conseguiré nunca, pero secretamente os digo que cuento entre mis logros personales cada elogio que ha hecho de mi trabajo. Para mí, ganarme su respeto profesional ha sido como si el padrino de una familia mafiosa me aceptara en su seno. Lo digo aquí, donde no puede oírme, y ahora que nos separan un par de pisos en la redacción, después de varios años trabajando espalda con espalda y gritándonos bromas burras y soeces que seguramente escandalizarían a Vila-Matas y a Paul Auster. No le digáis que he dicho esto, que luego se pone muy tonto.
Ahora estrena un blog, Ratón de Hemeroteca, donde va a ir volcando toda su erudición somarda. Porque Mariano es una enciclopedia de la intrahistoria con patas, ahí lo iréis comprobando.
FIESTA DE FIN DE ESCRITURA
Exhausto. Derrotado. Hecho astillas.
Acabo de poner el punto y final, después de dos grandes pulidos, a un manuscrito que creo que voy a entregar a la editorial el jueves (se va a cagar el editor, no sabe el lío en el que voy a meterle, aunque creo que algo se huele). En principio, saldrá publicado en otoño, si la editorial no se arruga o no quiebra en el interín, que con la crisis nunca se sabe (intento tocar madera, pero sólo tengo conglomerado a mano). Queda todavía mucho trabajo, pues es un libro con fotografías. He seleccionado 52 y ahora tengo que negociar con el editor cómo las metemos. Habrá que pedir derechos, suplicar cesiones y demás, pero no me preocupa. Son asuntos menores, entretenidos incluso. La parte gorda e imponente del trabajo está hecha. Al fin.
Creia que me iba a sentir más aliviado y feliz al dar por concluida una tarea que me ha llevado años, pero sólo noto cansancio. Estoy solo en la madrugada, con las ventanas abiertas, escuchando el mínimo tráfico nocturno. C. duerme. La situación no invita a la euforia. No tengo a nadie con quien brindar, quizá por eso no me siento celebrativo.
Ojalá pudiera hacer como los directores de cine, una fiesta de fin de rodaje. ¿Por qué no se hacen fiestas de fin de escritura? Me encantaría convertir en confeti la copia impresa llena de manchones y anotaciones al margen. La copia real está en el disco duro, no se perdería nada.
No, será mejor que no haga confeti con ella. La echaré al contenedor de papel. Es más cívico, y yo empiezo a tener edad de hacer cosas cívicas.
Me han pedido una entrevista vía mail para un portal literario de internet y la semana pasada me pidieron un cuento de Malas influencias para una revista (también literaria) digital francesa. Cuando salgan ambas cosas os avisaré.
Ahora, con vuestro permiso, me voy a hacer un Cola-cao con magdalenas. O un whisky con hielo. No sé qué me apetece más.
DÍAS SIN TREGUA
Bueno, alea iacta est. El manuscrito está ya en manos del editor. Al medirlo al peso, ha dicho: "Joder, qué tocho, cómo os enrolláis los periodistas cuando no os ponen límite de espacio". Seguro que al maquetarlo se queda en nada, no creo que pase de las 300 páginas. Se va a titular como yo quería que se titulase y va a llevar las fotos que yo quería que llevase (espero conseguir permisos para todas). Estupendo. Me dicen que en un par de semanas tendré las pruebas para empezar a corregir. Corren que se las pelan. Yo prefiero centrarme ahora en mi apretadísima agenda, que me agobia un poquillo, la verdad. Os cuento por encima lo que tengo en las próximas semanas:
- 24 de mayo: firma de ejemplares de Malas influencias en la Feria del Libro de Cuarte.
- 25 de mayo: presento en Zaragoza un libro del profesor Antonio Aramayona, junto a su hija Begoña y Miguel Ángel Liso.
- 30-31 de mayo: firma de ejemplares en la caseta de Tropo Editores en la Feria del Libro de Zaragoza.
- 2 de junio: participo en un coloquio que organiza la editorial Huerga y Fierro a las 19.00 en la carpa central de la Feria del Libro de Zaragoza. Creo que modera Ángel Guinda. Tendré que ensayar mi cara de perro de tertuliano.
- 3 de junio: firma de ejemplares en la caseta de la librería Los Portadores de Sueños en la Feria del Libro de Zaragoza. Ese mismo día, en la carpa central, se presenta Destino y trazo, de Ángel Gracia, cuyo prólogo he tenido el honor de escribir. Espero poder pasarme al menos a saludar.
- 5 de junio: firma de ejemplares en la caseta de la Fnac en la Feria del Libro de Zaragoza.
- 6-7 de junio: creo que firmo algún rato en la caseta de Tropo. Además, puede que esté un día en la Feria del Libro de Huesca.
Es probable que la publicación del nuevo libro se adelante y se produzca antes del verano, que esta gente trabaja muy rápido. Si es así, os contaré cositas cuando entre en distribución. En cualquier caso, las presentaciones y la promoción no empezarán hasta septiembre u octubre.
FURIA HUECA
Todas las semanas reincido. Todas las semanas me asomo al artículo de Pérez-Reverte en El Semanal y dejo que me irrite. Podría pasar de él pero no lo hago. Supongo que es una virtud de su prosa periodística.
Una vez escuché al editor Constantino Bértolo decir que valoraba mucho los informes negativos de sus lectores. "No hay que desechar esos manuscritos porque al lector no le gusten -decía-. De hecho, eso puede ser indicativo de que el material es interesante. Una vez recibí uno que decía: 'Consigue irritarme desde la primera página'. Y decidí echarle un ojo a esa novela: una obra que consigue irritar a alguien desde la primera página suena interesante".
Pérez-Reverte me irrita. Físicamente. Noto un sarpullido en la corteza cerebral. E intentado racionalizar esa respuesta irracional a sus artículos, he llegado a la conclusión de que lo que me cabrea de ellos no es su tono chusco de legionario encabronado al que le duele España -o más bien le pica, e intuyo que su España está situada en la región testicular-, ni tampoco el discursito populachero pasado de rosca, ni su afán por agradar al gremio de los taxistas, ni su exaltación de la testosterona. Lo que me mosquea es que emplee tanta furia en nada. Que sea un falso provocador, que su tono bronco no esté a la altura de su contenido. Que al final, después de leer muchos hostia, hijoputas, cojones y agarrarse a los machos, pisar varios esputos biliosos y tres o cuatro catalinas al final de cada párrafo, me quedo como estaba. Tanta furia para no decir nada más que cuatro tópicos. Tanto berrido para arropar una sarta de obviedades o, en el mejor de los casos, de veladas y cobardes insinuaciones.
Con esa mala hostia que gasta, lo mínimo que uno espera es un llamamiento a la insurrección, a liarse a tiros por la calle, a quemar el mundo entero. La furia de Spengler y de Sorel combinada con el apocalipsis de Nietzsche. Pero no: amaga y no remata. Parece que se acobarda, que no se atreve a dar el paso, que se arredra. El artículo se queda en pirotecnia de tasca. Resulta que, al final, los textos son lo que parecen: una bobada cazallera de un legionario chusco. La diatriba cuartelera de un viejo amargado. Ni siquiera asoma por detrás un deje de nihilismo que pueda dotar de cierta elegancia intelectual a sus arrebatos. Nada, vacío, berridos sin más.
Y eso es lo que me jode, y por eso vuelvo a él todas las semanas, perplejo. Que nos haga creer que tiene algo que decir, cuando lo único que busca es escupir. Supongo que ése es un talento como otro cualquiera.
Un regalito chanante:
DESCRIBIR A PUÑALADAS
Aquí os dejo una lección de escritura de las buenas. Una descripción magistral, tan concisa como penetrante, tan contenida como explosiva. Dos trazos que dejan al personaje desnudo y redondo, abierto hasta el píloro. Es de mi querida A. M. Homes, en su novela In a Country of Mothers (creo que hay una traducción agotadísima en Ediciones B, con el título de Solo una madre):
Eighteen and a half years old, finishing her first year at George Washington University, she was involved with Mark Ein, an English professor just out of Yale with a novel already published. Intense, with curly brown hair, sexy pursed lips, and blue eyes. He was like no one Claire had ever known. He said he avoided eye contact because he was afraid of burning holes into people, and describe himself as a nonteacher. "We’re in this together", he told the class. "This is an exploration, the beginning of what should become an unending process".
Esto es, más o menos, y pido disculpas por mis paupérrimas dotes de traductor, algo libres también:
A los dieciocho años y medio, cuando acababa su primer año en la Universidad George Washington, estaba liada con Mark Ein, un profesor de inglés (es decir, de literatura inglesa) recién salido de Yale con una novela ya publicada. Serio, con el pelo castaño y rizado, atractivos labios fruncidos y ojos azules. No se parecía a ninguna otra persona que Claire hubiera conocido. Evitaba el contacto visual porque temía perforar agujeros de fuego en la gente y se describía a sí mismo como no profesor. "Estamos en esto juntos", dijo a la clase. "Esto es una exploración, el comienzo de lo que debería convertirse en un proceso inconcluso".
Otro escritor se habría recreado durante páginas y páginas en explorar la fascinación de Claire, y otros quizá habrían caricaturizado hasta más allá del esperpento el histrionismo imbécil del profesor, pero a A. M. Homes le basta y le sobra un párrafo para situarnos en las coordenadas, jugando magistralmente con los estereotipos. Es una descripción para enmarcar, que requiere de un temple y una técnica narrativas fuera de serie. Hay mucho callo en los dedos de Homes. Hay que emborronar muchas páginas hasta alcanzar esa sublime concisión, tan telegráfica como honda. Ella sí que abre burning holes en sus personajes.
He escrito una cosita breve sobre Benedetti en el blog de Heraldo. Puedes leerlo pinchando aquí si te apetece.
COSICAS VARIAS
Me han hecho una entrevistilla para la web La Biblioteca Imaginaria. Cris Monteoliva ha colgado también una reseña de Malas influencias. Podéis leer ambas aquí. Seguidamente os pego la interviú. Lo que todavía no he podido pegar en ningún sitio es la entrevista que me hicieron en Aragón TV (persigo a Antón Castro para conseguir una copia, seguiré dándole la brasa un poco más). En cuanto la tenga, la colgaré aquí también.
En La Biblioteca Imaginaria sabemos que no hay nada mejor que comenzar la semana conociendo a los escritores cuyos libros reseñamos. Sergio del Molino, autor del volumen de cuentos Malas influencias es el elegido esta vez.
Los relatos de Malas influencias, como os cuento en la reseña que veréis tras las palabras del autor, es un libro lleno de personajes malvados, de historias intensas, de momentos para la reflexión. Entrevistar a su autor tras la lectura de este libro se me hacía necesario. Creo que el porqué lo sabréis tras leer esta entrevista que tan amablemente nos ha concedido:
¿Qué autores han sido una buena o una mala experiencia en tu camino de lector que un día llega a ser escritor?
No sé si hay un camino de lector que se convierte en escritor. No creo que el escritor sea la forma de mariposa y el lector, la crisálida. Leo porque escribo y escribo porque leo, ambas cosas forman parte de mi vocación literaria y una no es consecuencia de la otra. Mis buenas experiencias como lector las han provocado nombres tan dispares como Cortázar, Rulfo, Bioy, Borges, Carver, Chandler, Proust, Mann, Dickens o Mary Shelley. De niño me recuerdo disfrutando mucho de Julio Verne, y de mayor, de la buena literatura estadounidense, desde Steinbeck hasta Nabokov. Si tengo que quedarme con un nombre, ese siempre será Cortázar, y en Cortázar, Rayuela. Las malas experiencias las he olvidado, como a las chicas que me hicieron sufrir.
¿Te consideras tú mismo una mala influencia?
¿Yo, una influencia? ¡Si a mí no me hace caso ni el perro! Me conformo con mantener un cierto control sobre mi propio cuerpo y sobre el mando a distancia de la tele, que a veces tampoco responde a mis órdenes. Más allá de ahí, mi influjo es nulo.
© Colectivo Anguila
Pensando en el primer cuento de este volumen, en “¿Puedo ir al servicio?”, se me ocurre la siguiente pregunta: ¿eres de los que leen un libro y lo interpretan según su conveniencia?
Supongo que te refieres a la decodificación aberrante que el protagonista hace del libro de autoayuda, ¿no? Pues claro, ¿y quién no? La lectura honesta siempre es personal y torticera. La literatura está ahí para que nos sirvamos de ella, para que la moldeemos, no para que nos moldee ella a nosotros. Detesto a los autores que adoctrinan y sermonean, que le dicen al lector cómo debe leer su obra y qué debe pensar de ella. Mi Rayuela probablemente es muy distinta de la tuya, y mi Maga no tendrá nada que ver con la que tú imaginabas mientras la leías. Incorporamos los libros a nuestro mundo, les asignamos un lugar en nuestro universo para apropiarnos de ellos. Umberto Eco llamaba a esto decodificación aberrante, y le echaba la culpa a los receptores, que no sabían interpretar adecuadamente el mensaje. Yo no creo que haya una interpretación más adecuada o menos aberrante que otra. Mira el Quijote: cada generación ha creído ver cosas muy distintas en su trama: un romántico del XIX, un discípulo de Unamuno y un punki de los 80 interpretan a Don Quijote y a Sancho cada uno a su aire, y les atribuyen significados opuestos. Cada uno construye su propio Quijote. Ésa es la grandeza de la literatura: sólo las obras maestras admiten infinitas lecturas. Los libros que se agotan en una sola explicación son romos, no me interesan. En ese sentido, y sin ánimo de salirme del tiesto, que soy muy consciente de mi insignificancia, me ha sorprendido muy gratamente la disparidad de visiones que me están devolviendo los lectores de Malas influencias. No hay unanimidad: lo que unos consideran un cuento genial, otros creen que es bazofia pretenciosa, y viceversa. Hay quien me dice que El doctor Chase, que quizá sea el relato más oscuro y complicado del volumen, le ha llegado al alma, y hay quien me ha dicho que no ha entendido ni jota. Esta disparidad de pareceres me produce mucho gozo.
¿Has visto a Aurora últimamente por ahí?
Hace muchísimo que no. Y espero que nunca lea ese cuento. Me daría una vergüenza enorme.
¿Tienen algo de autobiográfico los relatos “Valle, Arizona” y “Perros de Pavlov”?
¿Qué si me han asesinado en un motel y he sido agredido por un radiador? Claro, absolutamente, ¿a ti no te ha pasado? No, en serio, sí que son autobiográficos, me has pillado. De hecho, son dos guiños para los fieles a mi blog personal (que haberlos, haylos, hay gente para todo). “Valle, Arizona” es un fragmento adaptado del diario que escribí durante un viaje por el oeste de Estados Unidos y “Perros de Pavlov” es un desquite por mi torpeza, que es el rasgo que mejor me define. Los habituales del blog conocen ambas historias y pensé que les haría gracia encontrarlas en el libro. Es un pequeño premio por la grata compañía que me hacen.
¿Qué pasaría si el tío Manolo se encontrara con el doctor Chase?
No lo sé, tendría que ponerme a escribir para averiguarlo. Puede que se enamoraran. O que departieran sobre materialismo dialéctico, fútbol y prostitución, porque no creo que el tío Manolo aceptara someterse a terapia. Aunque no sé, porque el tío Manolo no habla inglés y el doctor Chase no habla español. Necesitarían un intérprete.
¿Te gustan los traidores?
Según y como. Habría que ver qué o a quién traicionan y cuáles son sus razones para traicionarlo. En cualquier caso, tienen una dimensión mucho más humana que los leales inflexibles y acríticos, que están más cerca de los robots y de los ordenadores. No admiro a los fanáticos de ningún tipo.
¿Y las personalidades autodestructivas, como la de Sylvia Plath?
Las personalidades autodestructivas suelen ser, ante todo, destructivas. Primero destruyen a los demás, y cuando no les queda nadie cerca a quien destruir, se atacan a sí mismas. No creo ser muy original si confieso que me he sentido atraído por este tipo de gente, tan al límite, tan dolorosamente vitales, que te fuerzan y te obligan a asomarte a abismos que no creías que existiesen. El vértigo y el morbo están en el núcleo duro de nuestra condición humana, y la fascinación por el riesgo, también. El relato Malas influencias, que narra los últimos días de Sylvia Plath, es una prospección absolutamente personal sobre la incongruente pasión que despiertan en nosotros los que se empeñan en situarse en el margen. Hay algo de frustración burguesa, de envidia de señor acomodado, al ver cómo esas vidas ajadas, que son más desgraciadas y doloridas que las nuestras, se muestran también más auténticas, más reales, sin los ropajes de la convención. Hay una maraña de sentimientos complejos que hacen que admiremos, desde una cómoda butaca, a gente como Sylvia Plath, o como Van Gogh, o como Leopoldo María Panero, o como Marylin Monroe (¿por qué no? Siempre pienso en ella como en una heroína punk). Fuerzan los límites que nosotros nunca cruzamos, o con los que nos limitamos a coquetear, sin dar nunca el gran salto. Y, sin embargo, y quizá también a consecuencia de ello, los rechazamos y los dejamos tirados en la cuneta, les negamos la entrada a nuestras casas, porque sabemos que nos pueden destrozar. Esa dialéctica de atracción-repulsión, que es una constante en el mundo del arte y la literatura, es la que quería explorar en el cuento. Lo escribí para aclarar mis sentimientos confusos sobre el asunto, pero creo que sólo he conseguido embrollarlos más.
¿Te sientes identificado con alguno de tus personajes?
La verdad es que poco. Siento afinidad por Herbert, de Malas influencias. Intuyo que he volcado en él algunos anhelos y muchos miedos de cuando era más joven, cuando era otro yo, pero con el resto creo que no me tomaría ni una caña. Son mala gente. Salvo con Federico Jogenzoler, de El emperador de Buenos Aires, que es un cabrón con pintas divertido, si obvias su parte criminal, claro. Con él sí que me iría de bares: su humor socarrón se parece bastante al mío.
© Colectivo Anguila
¿Qué esperas que encuentren los lectores en este libro?
Creo que ya he contestado en parte a esta pregunta antes. Espero que encuentren en él una forma de perder el tiempo, que no les aproveche nada, que se empapen del espíritu de los electroduendes de desaprender cómo se deshacen las cosas. Y sobre todo espero que, si después de leerlo les parece repugnante y vomitivo, por favor, no me lo hagan saber, que soy un tipo sensible y egomaníaco y encajo fatal las malas críticas. Miéntanme, digan que me aman aunque me detesten en secreto.
¿Tienes ya nuevos proyectos literarios en mente?
Después del verano saldrá Soldados en el jardín de la paz (espero que ese sea el título definitivo, todavía no ha entrado en imprenta) un reportaje-ensayo fruto de una investigación periodística. Es la historia de los colonos alemanes de Camerún, cuya colonia fue conquistada durante la Primera Guerra Mundial. Ellos buscaron refugio en la Guinea Española, y en 1916 acabaron en Zaragoza, donde echaron raíces y fundaron una comunidad alemana poderosa cuya historia llega hasta hoy. El libro cuenta, a ratos en forma seminovelada, su deriva hacia el nazismo, y llega hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Además, acabo de empezar una serie de artículos literarios los domingos en Heraldo de Aragón, titulados La ciudad pixelada, con los que estoy muy contento, con ilustraciones de Álvaro Ortiz, que es un dibujante de cómic genial, con el que me entiendo muy bien. Y este verano, cuando cierre todos los frentes que tengo abiertos, me pondré en serio con una novelita corta cuyo título y trama ya tengo muy madurados.
Muchas gracias a Sergio por tomarse su tiempo a la hora de contestar esta entrevista, por ofrecernos respuestas tan reveladoras y, además, facilitarnos sus fotos.
Como siempre, amigos, os agradezco también a vosotros por estar ahí, tan atentos. Espero que esta entrevista os haya gustado tanto como a mí.
Cristina Monteoliva
RAFAEL CONTE
Ha muerto Rafael Conte.
No le conocí más que como lector. Bueno, miento, sí que le conocí, pero entonces no sabía quien era.
Fue en Madrid, en una época en la que teníamos por afición colarnos sin invitación en saraos literarios de postín (cuando los había, ahora las editoriales no están para muchas alegrías). Había un acto fastuoso en la Casa de las Américas con Saramago (que no sé si estaba ya nobelizado o en proceso de nobelización) y la créme de la créme del juntaletrismo patrio. Éramos unos micos estudiantes de la Complu, y la verdad es que no sé cómo conseguíamos meternos en esos sitios donde la gente entraba con invitaciones impresas en cartulina gorda y letras doradas y se ponía tibia de canapés.
El objetivo de esa noche no era Saramago, sino Juan Cruz, que por entonces era director de Alfaguara. Mi amiga quería endosarle un novelón, y estaba dispuesta a hacer lo que fuera por que el gran gurú de Prisa le hiciera caso (lo que fuera).
-Míralos -me decía, entre canapé y canapé-, qué viles, qué asquerosos, qué pelotas todos los priseros estos... Qué babosos y que... Y qué bien se lo montan, joder. Yo quiero ser como ellos.
(Hoy por hoy, por lo que yo sé, todavía no lo ha conseguido, señal de que debe de ser más difícil de lo que parece)
Juan Cruz coordinaba el besamanos a Saramago, ante cuya cabeza de tortuga iban postrándose un montón de egregios enfants terribles de las letras patrias, así que era difícil asaltarle. Mi amiga lo consiguió, y creo que logró despertar en él cierto interés sexual. Pero debió de cagarla en algún momento, porque súbitamente se dio la vuelta y se desentendió de su acosadora. Se marchó gritando, bastón en mano: "Hablad con Rafael, hablad con Rafael".
-¿Y quién es Rafael? -pregunté.
-Yo soy Rafael. Rafael Conte, para servirle -me dijo un tipo robusto, con una ancianidad bien llevada, bonachona. Y me tendió la mano.
-¿Rafael Conde? -dijo mi amiga.
-¡Conte, con té!
Hablé un rato con él, mientras mi amiga buscaba un flanco descubierto por el que asaltar de nuevo a Cruz, y me cayó bastante bien. Era una nota discordante en aquel hormiguero de cortesanos y aduladores. Parecía fuera de lugar, pero no se le veía incómodo. La conversación duró poco, lo justo para descubrir que era bastante sordo -y que, quizá, gracias a esa sordera sobrellevaba estar rodeado de pelmas y trepas-. Lo sentí afín a mí. Al fin y al cabo, aunque me había colado, yo tampoco tenía ningún interés por ese sarao ni por esa gente. Era un polizonte consorte, estaba allí por mi amiga.
Con el tiempo aprendí quién era Rafael Conte -que entonces publicaba en el ABC- y lo mucho que pintaba en el panorama literario, y le leí con placer. Nuestros gustos librescos eran bastante dispares y no siempre -casi nunca, más bien- comulgaba con sus ideas, pero siempre era estimulante leerle. Lamenté no haber sabido nada de él cuando me lo encontré.
Hoy, al editar su necrológica en la edición digital del periódico, he querido destacarla porque recordé que era aragonés de nacimiento -aunque no ejerciente-. Estaba convencido de su gentilicio, pero como no quería meter la pata, me metí en el archivo para comprobarlo. Y allí, además de esa confirmación, tropecé con algo que no esperaba: un montón de alusiones venenosas en los artículos de un compañero. Espumarajos de inquina, a montones. ¿Cuentas pendientes? No lo sé, pero de verdad que no menciona a Rafael Conte ni una sola vez para algo bueno, siempre es para acusarle solapadamente de apandador y de mafioso tocomochero del star system literario.
No diré más, que soy partidario de respetar el luto. D. E. P.
PERROS CALLEJEROS

(Antes que nada: sí, tengo esto manga por hombro, abandonadísimo. Hay hasta pelusas corriendo entre los posts. Me tendréis que disculpar. O disculpad al relojero que hizo los días solo de 24 horas. No doy más de sí, un poco de compasión. En cuanto pasen las ferias del libro volveré a mi ser natural, espero).
Tengo ganas de ver la exposición Quinquis de los 80, en el CCCB de Barna. Tiene buena pinta, y creo que frivolizará lo justito, porque el tema tiene hondura y garra para unas cuantas novelas que no se han escrito y que no creo que se escriban ya a estas alturas.
En mis comienzos plumífero-reporteriles, me obsesioné con entrevistar al Vaquilla. Había hecho algo. Le habían negado un tercer grado por reincidir de nuevo por millonésima vez y se pudría en la cárcel de Quatre Camins. Había vuelto a la actualidad por alguna razón, y yo quería aprovechar ese Pisuerga para publicar esa entrevista. Cursé mil solicitudes a Instituciones Penitenciarias de la Generalitat, casi me hice íntimo de su abogado y charlé a menudo con su novia (¿o era su esposa? Creo que estaban casados). Pero nada. Me lo denegaron. Lo intenté por varias vías, pero tenías que ser poco menos que íntimo del conseller de Interior para que te dejaran entrar en Quatre Camins con una grabadora. Y eso que él quería ser entrevistado.
Con los relatos de su pareja y de su abogado compuse un reportaje en el que volqué mi escasa pericia literaria, sin que se me fuera la mano con efusiones épicas y agitanadas. Localicé, con muchos sudores, al que era director de la cárcel de Teruel cuando él pasó por allí, y me contó muchas historias reveladoras de su personalidad. Y también leí Yo, el Vaquilla, la autobiografía redentora de un chaval que entró en la cárcel analfabeto y se hizo casi filósofo en ella. A través de la gente que le conocía, pude trazar un perfil despiojado de tópicos. Insuficiente, pero honesto. A ver si lo encuentro por el archivo y lo cuelgo por aquí. Tendré que revisarlo para ver si mereció de verdad la pena.
Tiempo después de aquel reportaje, el Vaquilla murió, pero yo pasé de unirme al chorreo hagiográfico. Respeté el dolor de su mujer y no la llamé para arrancarle cuatro frases, como sin duda hubiera hecho un periodista de raza, cosa que me precio de no ser. Entenderéis ahora que tenga ganas de ver la expo del CCCB, ¿no?
No dice nada bueno de los juntaletras de este país que no haya ni una novela -no ya buena, sino simplemente legible- sobre los manguis. Sí, está Últimas tardes con Teresa, a la que no osaré manchar con un solo pero (qué momento cumbre, qué escritorazo tan genial es Marsé cuando narra el amanecer en el chalet y cómo el Pijoaparte, que está en la cama abrazado a la niña rica que se ha follado, observa cómo la luz va dando forma a los bultos de la oscuridad, y de las sombras se va definiendo, clareándose, una cofia y un delantal puestos sobre la silla: qué batacazo se da el Pijoaparte cuando entiende que no se ha tirado a la niña rica, sino a la criada. Qué envidia da Marsé cuando hace esas cosas, qué cabrón), pero esa novela habla de otras cosas. Habla más bien de los protoquinquis, de los padres del Vaquilla.
En este caso, y sin que sirva de precedente, el cine español le ha ganado la partida a la literatura. Es muy raro, porque soy de los que piensan que en España hay muy buenos narradores pero unos pésimos cineastas, así que a los que inventan (¿inventamos?) ficciones se les tendría que caer la cara de vergüenza cada vez que un director les da un par de sopapos creativos.
Me refiero a José Antonio de la Loma y su trilogia Perros callejeros, Perros callejeros II y Los últimos golpes del Torete (y a su menos lograda secuela Perras callejeras y el documental Yo, el Vaquilla). El mejor cine de acción que se ha hecho nunca en España, a la altura de joyas como Asalto a la comisaría del distrito 13, de Carpenter, o The Warriors, de Walter Hill, rodadas por las mismas fechas al otro lado del charco (The Warriors merece un post aparte: es una adaptación de una novela de Sol Yurick que a su vez es una reescritura de la Anábasis, de Jenofonte, una tragedia griega clásica. En vez de dioses y héroes, en The Warriors hay pandilleros de Nueva York en los años 70. La peli termina con una apoteosis sangrienta en Central Park).
Por supuesto, la trilogía de De la Loma, aunque resultó muy taquillera y popular, fue debida y convenientemente despreciada por la crítica intelectualoide. Recibió esputos tanto marxistas como conservadores: hubo unanimidad en el denuesto. Es mi generación la que ha reivindicado la altura de estas obras, treinta años después. Quizá demasiado tarde, pues cuando De la Loma empezó a ver reconocido su trabajo en los medios intelectuales que antaño le escupían y empezó a gozar de los agasajos de jovenzanos cinéfilos, murió. El prestigio es una ramera que siempre llega tarde.
Quizá apreciamos el cine de quinquis porque ya no hay quinquis. Quizá necesitamos de cierta asepsia postmoderna para entender su tragedia. Sólo desde la limpieza más pulcra se puede gozar de la suciedad. O quizá es que ahora podemos ver esas pelis sin anteojeras y sin un murmullo populista de fondo, sin esos periodistas bienpensantes que denunciaban la inseguridad pública en titulares amarillos.
Por cierto, una nota localista: una parte de Perros callejeros II transcurre en Zaragoza, donde el Torete y su banda se refugian después de dar varios golpes en Barcelona y tener que salir de najas.
LIBRADAS
Cuando reúna fuerzas (y se me calme la risa, que me duele el tórax de las carcajadas) escribiré algo sobre el affaire Almodóvar-Boyero, o de cómo una diva clama a gritos por un caballero que salve su honra. De momento, haré como Almodóvar y hablaré de mí.
He empezado en el blog De reojo una serie sobre librerías zaragozanas. Son vídeos de pulso temblón y factura casera, grabados con una mini DV-cam, à la mode del periodismo 2.0. Échale un ojo si quieres.
Estas son las fechas definitivas de la Feria del Libro. Supongo que pueden sufrir algún cambio, pero no lo creo:
- Sábado 30 de mayo: firma en la caseta de Tropo Editores en Zaragoza (tarde).
- Lunes 1 de junio: firma en la caseta central de la Feria del Libro de Huesca (mañana y tarde).
- Martes 2 de junio: participo en el coloquio "Edición - critica y visibilidad de los editores independientes", junto con Félix González, Antonio Ibáñez, Trinidad Ruiz, Óscar Sipan, Rosa Ruoco y Antonio J. Huerga. Modera el poeta Ángel Guinda. A las 19.00 en la carpa central de la Feria del Libro de Zaragoza (por favor, si venís, montad algún número, levantaos como en la peli Casablanca y pedid a gritos: "¡Toquen La Marsellesa, tóquenla!").
- Miércoles 3 de junio: firma en la caseta de Los Portadores de Sueños en Zaragoza (tarde).
- Viernes 5 de junio: firma en la caseta de la Fnac en Zaragoza (mañana).
Me apetece mucho la excursión a Huesca, cuya feria es más parecida a la madrileña que a la zaragozana, pues se hace en el parque, en ese parque de las Pajaritas que tanto me gusta. No me habría importado pasarme otro día por Madrid, pero se me ocurrió tarde y la librería amiga ya tenía el cuadrante copado. Otro año y con mejor libro será.
Así que nada, a esperar que no llueva, que tampoco haga demasiado calor y que las cervecitas que espero tomarme a vuestra salud en las amargas sesiones sin firmar un solo ejemplar no se me caigan sobre los libros, que por mi torpeza me conoceréis. Hala, ya sabéis dónde encontrarme estos días (sí, os lo digo a vosotras, ahora que Cris no me oye. Venid escotadas, que la etiqueta lo exige).
Ah, y recordad que este año están invitados, entre otros, Andrés Neuman y Rodrigo Fresán. No me importaría charlar un rato con este último, si se tercia. Algunos de sus libros, como Historia argentina, me parecen tronchantes, y él tiene que ser un tipo divertido.






