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Resumen

UN DEBUT DE ALTURA

Parece un gag de los Monty Python: un medio español farda de haber fichado al mejor filósofo del mercado. Como cuando el Madrid le robó Figo al Barça, El País le ha robado Bernard-Henri Lévy a El Mundo. Para que luego digan que estudiar filosofía no da de comer.

Lévy se estrena hoy en el periódico global con un articulazo que justifica todo su prestigio. Un aldabonazo intelectual que nos ha desbaratado las conciencias a todos los burgueses y acomodaticios lectores de prensa, que hemos caído en su red como moscas distraídas. Lo ha titulado A Roman Polanski. Dedicatoria (o admonición) y título en un mismo sintagma. Toma síntesis, toma compresión conceptual. Agarrémonos, que vienen curvas silogísticas.

Aunque mi intelecto de gallina -que sólo ha pisado la facultad de Filosofía de la Complu para ver si pillaba cacho con alguna melancólica, escotada, miope y vulnerable alumna- no esté a la altura de la misión, voy a cometer la osadía de desmenuzar (¿deconstruir, tal vez?) el artículo. Es domingo, lloviznea y ya he visto mucho porno en internet hoy. No tengo nada mejor que hacer.

Arranca Lévy:

Pasan los días y Roman Polanski sigue en prisión, se acuesta y se levanta en prisión, ve a su mujer una hora a la semana en el locutorio de una prisión, mientras sus hijos de 11 y 16 años, si aún tienen el valor de ir a la escuela, afrontan las miradas de unos compañeros que han oído en casa que el papá de los pequeños P., ese señor con el que a algunos se les caía la baba cuando se codeaban con él "por hijo interpuesto", ese padre que otros se jactaban de conocer cuando lo veían en la tele durante la entrega de los César, ése, es finalmente un criminal, un violador, un sodomita, un pedófilo.

Me sobrepondré al nudo que atenaza mi garganta. Intentaré no pensar en esas pobres criaturas de 11 y 16 años que tienen que soportar las collejas de sus compis en el cole. No comentaré nada y seguiré leyendo:

Es vergonzoso meter en la cárcel a un hombre de 76 años por un delito de corrupción de menores -único cargo que le imputa, hoy como ayer, la justicia californiana- cometido hace 32 años.

Hombre, así, a priori, lo vergonzoso es que 32 años después de los hechos que se le imputan, el señor Polanski no haya pisado ni por casualidad un tribunal. Dicen que la justicia es lenta, pero hay tortugas que a su lado parecen gacelas. Pero no nos perdamos en pejiguerías y vayamos al meollo del asunto, al nodo del J’Accuse:

Es vergonzoso ver cómo algunos intelectuales, cuyo papel debería consistir en rebajar la tensión y contener los arrebatos populares, siguen -como Michel Onfray en Libération- los pasos del rebaño de "ignorantes entusiastas" (Joyce) y se entregan, en nombre de la defensa de la infancia violentada, a las asociaciones más odiosas (nunca los oí denunciar con el mismo ardor la violencia sin límite que representa el martirio de los niños soldado en África, o el de los niños esclavos en Asia, o el de los cientos de millones de niños muertos de hambre -según estimaciones de la FAO- en los últimos... ¡32 años!).

Como buen filósofo, algo de oratoria habrá estudiado en sus ardorosos y adoquinados años universitarios, y sin duda Lévy sabrá lo que es la demagogia. Por eso la practica tan a pecho descubierto. ¿Qué tendrán que ver los niños soldado con esto? ¿No estábamos hablando de un tipo borrachuzo que supuestamente forzó a una niña de 13 años? ¿El sufrimiento anónimo de un niño filipino purga la violación de una niña californiana? ¿Se trata de equilibrio universal, de algún tipo de restitución kármica? En otras palabras: ¿de qué cojones está hablando Lévy? Yo no le pillo, pero será porque no estoy a su nivel. Sigamos:

Es extraño -vergonzoso y extraño- que a esos mismos que, recelosos hasta de su propia sombra, ven complots por todas partes y se pasan la vida cavilando sobre las agendas secretas de los Estados, no parezca llamarles en absoluto la atención este timing extremadamente raro: un hombre tiene una casa en Suiza; desde hace años, pasa en ella todas las vacaciones escolares con su familia; y, de pronto, sin que medie el menor elemento novedoso, vuelve a sumergirse en la pesadilla que ha sido el sino de su vida.

Hable más, señor Lévy. Exponga mejor sus sospechas, no tema. ¿Quién está detrás de esa persecución de Polanski? ¿El Opus Dei? ¿Los iluminati de El Código Da Vinci? ¿Paolo Vasile y Jorge Javier Vázquez? ¿Aznar? Señale, tire de la manta, sólo así librará a Polanski de la ignominia. Concluyendo:

Y es que -para terminar- es vergonzoso que no sea posible, cuando se habla de esa vida, evocar la infancia en el gueto, la muerte de la madre en Auschwitz, la muerte de la joven esposa destripada junto al niño que esperaba, sin que los charlatanes de la nueva justicia popular clamen contra un supuesto chantaje. Cuando se trata del más abominable asesino en serie, la "cultura de la excusa" reinante no duda en echar mano de su infancia difícil, de una familia problemática, de los traumas... Pero Roman Polanski parece ser el único reo del mundo que no tiene derecho a ninguna circunstancia atenuante.

A ver si mi atrofiado cerebrín de juntaletras sin formación entiende este complejo párrafo lleno de sabiduría filosófica: como Polanski las pasó muy putas, tiene derecho a cepillarse a una niña de vez en cuando. Quizá como parte de esa restitución kármica a la que aludía antes. ¿Cuál es la equivalencia? Si una infancia en un gueto y que tu esposa sea asesinada por Charles Manson dan bula para una violación, los supervivientes de Auschwitz deberían tener carta blanca para tirarse al menos a tres o cuatro niños y a estrangular con sus manos a un par de viejecitas. Habría que establecer tablas de circunstancias atenuantes que los jueces aplicasen, como un carnet de puntos. Cuando el sufrimiento que has padecido sea al fin compensado, podrás ser juzgado e ir a la cárcel. Mientras tanto, que te dejen en paz.

Me sorprende que, desde la inanidad intelectual y la miseria moral, haya una parte de la inteligentzia europea que quiera convertir a Polanski en el Dreyffus del siglo XXI. Pero ni Polanski es un cabeza de turco de los neoantisemitas ni Bernard-Henri Lévy tiene la agilidad mental y el estilo declamatorio de Émile Zola. Si se demuestra que Polanski hizo lo que hizo, deberá someterse a las leyes y responder ante un juez. Aunque la víctima le perdone. En el derecho español -y supongo que en el americano pasará lo mismo-, el perdón de la víctima sólo libera de la condena en casos de injurias, calumnias y delitos de honor. Cuando hay un delito sexual de por medio, no importa lo que piense la víctima a posteriori: importan los hechos. No hay liberación sexual ni postura moral que ampare el secuestro y la violación de una niña de 13 años.

¿Por qué lo que es repugnante cuando lo hacen los curas le está permitido a un director de cine? A esa pregunta no responde Lévy, y es la única pregunta pertinente en este caso. Yo lo tengo clarísimo, pero, claro, yo no soy filósofo ni he bebido gin-tonics con Jacques Derrida. Yo pertenezco a esos que Lévy llama, citando a Joyce, "ignorantes entusiastas".

Desde mi entusiasmada ignorancia diré que el debut de Lévy me parece moralmente despreciable e intelectualmente paupérrimo, con argumentos a la altura de una tertulia de Telecinco.

01/11/2009 19:36 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad Hay 13 comentarios.

EL GRAN FRESÁN

He escrito una cosita sobre la visita que Rodrigo Fresán hizo ayer a Zaragoza para presentar su nuevo libro. Tuve la suerte de conocerlo (cual fan arrojabragas) y pasar un breve y grato ratejo con él y con la panda juntaletrera local.

El articulillo se titula Travesuras de alto nivel, y puedes leerlo aquí.

04/11/2009 10:26 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

SOIS UNOS CERDOS

Títulos de las diez entradas más vistas de la historia de este blog, que siguen acumulando visitas. A ver si encontráis un elemento común a todas ellas:

  1. Una chica desnuda en el Soho.
  2. Erotismo olvidado y segundón.
  3. Mitos de los 80.
  4. Sexo en Zaragoza.
  5. El coito eternamente frustrado.
  6. Juan Aguirre y las dos vaginas.
  7. Porno austríaco en acción.
  8. Tania Raymonde.
  9. Los peores anuncios de la tele.
  10. Tangos, tigres y selvas.

Y yo que pensaba que me queríais con el corazón limpio, que me amábais por mi interior y no sólo por mi cuerpo. Qué engañado estaba.

Tres breves observaciones:

  1. Quizá el cerdo obseso soy yo, vista la profusión de entradas con contenido sexual.
  2. Para conseguir muchas visitas, no hay nada como arrojar unos genitales aparentes pinchados en un anzuelo al proceloso mar de Google. Los peces pican a millares.
  3. De los diez títulos, el más sucio, el que más huele a sexualidad primaria, matutina y desesperada es, sin duda, Tangos, tigres y selvas. Supongo que estaréis de acuerdo.

TRAIDORES DE CLASE

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El otro día estuve cerveceando con M. e hicimos un breve inventario de las mujeres que nos han sacado los intestinos, vísceras varias y el corazón latiente y se han largado pisoteando nuestros restos con finísimos zapatos de tacón. Y terminamos hablando de las otras mujeres, las que pararon el coche junto a nuestros cuerpos, se acuclillaron en el arcén y fueron recolocando las vísceras, intestinos y el corazón en su sitio antes de proceder a una cariñosa e indolora sutura y a llevarnos a un sitio seco y calentito.

Mujeres que te desmontan y mujeres que te montan.

Hay personas que tenemos propensión a ser desmontadas. Vamos por la vida como cabestros furiosos, sabiendo que esa carrera sólo puede terminar con una estocada, pero empeñados en recibirla. Por suerte, algunos acabamos encontrando a mujeres que no nos quieren torear en la plaza, que no quieren que corramos hacia los caballos ni darnos pases para ver cómo comemos arena, sino que gozan más dejándonos pastar por la dehesa y acurrucándose con nosotros a la sombra de una encina las tardes de verano.

M. y yo habíamos encontrado a esas mujeres, y creo que ya no estamos dispuestos a cambiar el alfombrado pasto de la dehesa por la áspera arena del albero. No mientras nos sigan admitiendo en la dehesa.

Eso nos pasa porque somos chicos de barrio, porque no somos artistas, porque no nos atormentan las musas, porque la banda sonora de nuestras vidas suena a guitarra desafinada y a Carrusel Deportivo. Y aunque lo que hemos corrido desde aquel entonces nos haya hecho cambiar la guitarra furiosa por tangos dodecafónicos y el Carrusel Deportivo por las páginas de cultura de Le Monde, hemos sido criados en la certeza de que es preferible el cobijo a la intemperie, que es otra forma de expresar la horrible e irrenunciable creencia de que el trabajo nos dignifica.

Ética proletaria, al fin y al cabo. La que nos han transmitido y en la que seguimos instalados, aunque la hayamos traicionado un millón de veces y aunque volvamos a traicionarla un millón más (la traicionamos una vez más aquella noche, cuando en la cena nos quejamos de que el excelso vino que habíamos pedido no estaba a su temperatura). Pero sabemos que sin ella estamos perdidos, a merced de la lluvia y de las mujeres de tacón alto.

Yo no tuve conciencia de esa ética hasta que me tropecé con gente que no la tenía. Cuando, en la universidad, empecé a trabar amistad con algunas personas que, sorprendentemente, no creían tener que demostrar nada al mundo, que no había nada que aprender ni nada por lo que luchar. No querían dar nada y aspiraban a recibirlo todo a cambio porque el mundo les pertenecía. Y les pertenece. Creo que mi espíritu de currante siempre les ha parecido ridículo. Lo sé. Para ellos era y soy un intruso bastante ingenuo. A ellos les han transmitido justamente lo contrario de lo que me han transmitido a mí: les dijeron que las mujeres destripadoras de tacón alto son suyas por derecho propio, que el mundo es un territorio de conquista y que ellos tienen escuadrones muy bien situados para tomarlo. Y que, desde luego, el trabajo y el calor del bar al atardecer no significan nada. No valen nada. Sólo cuentan la seducción y la capacidad de convencer. Lo demás es consuelo de esclavos.

Creo que no me estoy explicando nada bien, pero en este cuaderno de notas no me siento obligado a hacerlo. Son pensamientos que me vienen a la cabeza de un tiempo a esta parte, y que me he planteado fugazmente de cuando en cuando. Si intento balbucearlos ahora por escrito es porque desde hace unos meses han pasado por delante de mí dos obras que hablan de esto y a las que no dejo de darles vueltas.

Una es la segunda temporada de The Wire, donde se cuenta la decadencia de la 'working class' americana. El orgullo, la moral y la honda solidaridad obrera son ya solo una fachada que se agrieta y está a punto de caer. Pocas veces he visto narrar esa decadencia con tanta sensibilidad y tanta belleza. Ken Loach lleva años intentando hacer lo que The Wire consigue en unos pocos capítulos, y esos capítulos tienen una potencia poética y transmiten una sensación de verdad que Loach nunca ha tenido.

La otra obra son las canciones de Jairo Zavala, un tipo que podría ser, si le dejan, el Springsteen madrileño. Escuchad esta canción:

 

DISCULPEN LAS MOLESTIAS

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He estado un poco ausente de aquí. Y siento anunciar que, probablemente, seguiré estándolo un tiempo. Mis aparaciones, durante algunas semanas, serán intermitentes e imprevisibles, pero no por pereza o indolencia. Nada de eso. Es que he tenido un hijo y, como seguramente comprenderás, a él me debo en estos primeros acordes de concierto vital, para darle toques de diapasón y que encuentre con facilidad la clave de afinación, ahora que todo es nuevo y el mundo le suena cacofónico e incomprensible (como si a los adultos nos sonara armonioso, ¿verdad? Lo que pasa es que nosotros sabemos fingir que entendemos la partitura).

Eso sí, cuando escriba aquí (en Heraldo me he cogido unos días de permiso de paternidad, Estado del Bienestar mediante), le dejaré a cargo de Stewie Griffin, que, como se ve en la foto, se toma su trabajo de babysitter muy en serio. Por cierto, he colgado esta imagen para enseñártelo y presumir un poco de él. Por pura vanidad de padre baboso. Está tomada en el hospital. Ahora estamos ya en casa, agotados y felices.

Se llama Pablo, Pablo del Molino, y mis colegas son sus colegas. Para lo que quieras.

Abrazos y besos.

PD: sois muchos los amigos que me habéis escrito estos días felicitándome o preguntándome si el nacimiento se había producido ya. Siento no haberos hecho caso. Es probable que no tenga tiempo de responderos a todos, ni siquiera a la mitad, pero daos por besados con estas líneas y ya recibiréis más adelante un beso físico, sonoro y bien lleno de babas, como debe ser.

13/11/2009 18:54 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Hay 14 comentarios.

LA VIDA SIGUE (PERO NO IGUAL)

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Aunque yo me he desconectado un poco del mundo para conectarme a mi hijo, el mundo no se acaba de desconectar de mí. Por suerte.

Este lunes, 16 de noviembre, a partir de las 21.45, salvo imprevisto o cambio de última hora, apareceré en el programa La vida sigue igual, de Aragón Televisión (Aragón TV Sat para plataformas de cable y parabólicas fuera de Aragón). Uno de los bloques del programa estará dedicado a mi libro Soldados en el jardín de la paz. David Marqueta me entrevista en plató junto a Pablo Bieger, Juan Kurtz y Anneliese Wingenbach, y se emitirán tres vídeos que resumen grosso modo (pero que muy grosso modo) la historia que cuento en la obra.

Eso, en lo que a faranduleo librero se refiere.

Por otro lado, mientras Pablo nacía, recibí una invitación del Ayuntamiento (espero que no sea supersecreta; no lo creo, estos procesos suelen ser públicos y transparentes) para participar en uno de los grupos de trabajo que emprenderán el debate previo para la elaboración de la candidatura de Zaragoza como Capital Europea de la Cultura en 2016. Según me dicen, esto servirá también para redactar el primer Plan Estratégico de Cultura de Zaragoza. Al parecer, lo que digamos y acordemos en esas mesas de trabajo servirá como base para todo esto. En los grupos habrá representación de escritores, artistas, cineastas, productores, editores, promotores de conciertos, periodistas...

No sé cómo será de plural y polifónica la selección de culturetas a los que el ayuntamiento nos quiere pedir opinión (espero que mucho y muy variada en registros, si no, no deberían molestarse en convocarlos), pero, a priori, les honra mucho que hayan pensado en mí como una de esas voces dignas de ser escuchadas. Y no porque yo merezca ese honor más que otros, ni porque tenga mejores cosas que aportar que otra gente más sabia y más bella, ni porque esté mejor o peor cualificado, sino porque no me he distinguido precisamente en la alabanza a la política cultural de este gobierno municipal, cuya gestión he criticado abiertamente en muchas de mis columnas. Quien haya propuesto poner mi nombre en la lista -y no sospecho ni remotamente quién puede haber sido- estará al tanto de mis ideas al respecto, así que es posible que no busquen complacencia ni que les digan lo guapos que son, sino que quieran debatir de verdad para empezar a plantear una auténtica política cultural en una ciudad que lleva tiempo pidiéndola y necesitándola. A ver si es verdad.

He aceptado la invitación con muchísimo gusto, por supuesto. Si puedo contar algo más adelante -que no lo sé, a lo mejor esto se hace a puerta cerrada y en un sótano con goteras, aunque lo dudo mucho-, ya te diré.

15/11/2009 01:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Mi libro Hay 7 comentarios.

PADRES E HIJOS

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En estos preciosos momentos de paz, cuando Pablo duerme sin reclamar atención ninguna, releo Maus. No sé por qué mis manos se han ido a buscar su hueco en la biblioteca. Lo he abierto y he vuelto a los trazos dolientes de Art Spiegelman, y aquí estoy, emocionado y confuso, con ganas de contártelo.

Ya lo sabrás, pero, por si acaso, te lo recuerdo, para que sepas de qué hablo: Maus es la obra maestra de Spiegelman y una de las cumbres del cómic. Fue Premio Pulitzer, pero eso es lo de menos. En ella, Spiegelman contó la historia de su padre, judío polaco superviviente de los campos de exterminio, y lo hizo empleando un lenguaje tan sencillo en la enunciación como complejo y lleno de capas en la expresión. Spiegelman dibuja a los judíos como ratones; a los nazis, como gatos; a los polacos, como cerdos, y a los americanos, como perros. Utiliza estas convenciones de los cuentos infantiles para crear unos juegos sutiles y descarnados que, en su día, fueron valorados como poderosísimos hallazgos expresivos.

Me impresionó mucho Maus la primera vez que lo leí. Me impresionó la dureza en el trazo y cómo Spiegelman retorcía ese animalario propio de las historias de niños para ahondar en la memoria del Holocausto. Pero la fuerza de las viñetas no me dejó ver -o no me dejó sentir con toda la intensidad que merecía- el verdadero significado de Maus.

Maus no va del Holocausto. Maus no va de la memoria de una generación culpable. Maus no va de héroes y villanos ni de víctimas ni verdugos. Maus no va de conozcamos la historia para no repetirla.

No. La historia que cuenta Maus es mucho más dura: es la de un hijo que busca a su padre. Y, por supuesto, no lo encuentra. Spiegelman escribe en este cómic una carta cuyo destinatario no tiene interés en abrirla. Y es mejor que así sea: si la abriera, no la entendería. Maus habla de la incomunicación, de la orfandad que siente un hijo cuyo padre es absolutamente incapaz de ejercer como tal.

La historia transcurre en dos planos espacio-temporales: la casa de Rego Park, en Queens, Nueva York, en los años 70, y la Polonia ocupada por el ejército nazi en los años 40. Art Spiegelman -que ya nació fuera de Polonia, en 1948- acude a la casa de su padre en Rego Park porque quiere que éste le cuente su experiencia bajo el Tercer Reich. Al principio, esto parece un simple recurso narrativo, un pie forzado para introducir la historia del Holocausto. Pero, conforme avanza el libro, la trama de Rego Park cobra más fuerza y dolor, mientras que la de los judíos polacos se aplana y acartona. Al fin y al cabo, es un testimonio más sobre el Holocausto, con los tópicos que hoy ya todos conocemos. Es un relato que nos han contado millones de veces, y sabemos perfectamente cómo acaba.

En cambio, la trama de Rego Park es compleja, sutil, dura. En los encuentros que padre e hijo tienen para recordar historias de la Polonia ocupada va tomando forma la desesperación de Art Spiegelman, hasta que el lector se da cuenta de que, en el fondo, el pasado de su padre le importa muy poco. El pasado es una excusa. O, a lo sumo, una herramienta para comprender quién demonios es ese desconocido huraño y solitario que dice ser su padre.

La barrera entre ambos es altísima, insalvable. No sé cómo no sentí esa angustia la primera vez que leí Maus, pero esta noche me ha atenazado. He comprendido perfectamente a Art Spiegelman, perdido, absolutamente extraño en la casa en la que creció, que se ha convertido en un territorio hostil.

No es casualidad que sean los judíos quienes, tras el Holocausto, se hayan preocupado más sobre las dificilísimas y demoledoras relaciones paterno-filiales. Y siempre desde la perspectiva del hijo. Maus no es un hecho aislado: se enmarca en una tradición -judía y neoyorquina, para más señas- que han cultivado tipos como Philip Roth o el propio Woody Allen. Mi querida A. M. Homes, que fue adoptada por un matrimonio judío y vive en Nueva York, también ha explorado estos mundos desde una perspectiva dura y directa.

En el ámbito hispano pienso en el argentino Sergio Chejfec, que debutó con una novela autobiográfica muy difícil y densa titulada Lenta biografía, cuyo leitmotiv central es su padre y los amigos de su padre reunidos los domingos en su casa del barrio del Once de Buenos Aires -el barrio judío de la ciudad- recordando en yidish historias de los campos de concentración, y discutiendo por pequeños detalles de insignificantes anécdotas.

También argentina es El abrazo partido, una película que no me gustó nada, pero que habla de padres ausentes y orfandades más o menos íntimas e insuperables en una galería del barrio del Once, y que podría haber sido una obra excelente de haberse mantenido fiel a su planteamiento.

Está claro: los judíos, por razones históricas obvias, viven obsesionados por la figura del padre como demonio interior y tótem exterior. Son los que menos pudor han tenido a la hora de explorar ese mundo tan doloroso y tan íntimo, y nos han dejado algunos relatos desgarradores sobre el tema. Los que no hemos sido educados en esa cultura parece que tenemos vergüenza a exhibir nuestra orfandad. O quizá es que tenemos una estupenda relación con nuestros padres que a los judíos se les niega por sistema. Me parece que es más bien lo primero.

Puede que sea especialmente sensible a ese tema por razones estrictamente personales. Puede que tener a mi hijo durmiendo en la habitación de al lado me haga pensar con más fuerza en estos asuntos.

No lo sé, pero llevo un tiempo convencido de que jamás escribiré nada que valga la pena si no hago como todos esos judíos y encaro mi propia historia sin pudor.

No sé si me atreveré algún día.

Post data de martes por la mañana.- Entre las obras "cristianas" que me han venido a la cabeza que tratan de la relación padre-hijo, me quedo de momento con El quadern gris, de Josep Pla. Es un dietario, y en ese género es fácil -y obligado- ahondar en las entretelas familiares. Pero lo que me interesa de Pla no es lo que cuenta de su padre, sino lo que no cuenta. En las elipsis y en los silencios dice mucho más que en las descripciones y relatos. Con ellas, Pla deja claro lo mucho que le dolía su padre, lo duro que le resultaba relacionarse con él y lo extraño -gélido y cálido al tiempo- que le hacía sentir. La presencia del padre de Pla es mucho más poderosa que la de la madre, aunque esté más ausente. Precisamente por eso. Por cierto, que fuera de Cataluña también debería leerse a Pla, que es uno de los escritores más contenidos y emocionantes que ha dado España. Y, si es posible, que se lea sin traducir, disfrutando de ese catalán arcaico y reinaxentista que manejaba con tanta austeridad como maestría.

17/11/2009 01:52 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Cómic Hay 5 comentarios.

EL DÍA EN QUE FUI FRANQUISTA

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Creo que no lo he contado aquí, pero supongo que ni a I. ni a D. (que firma sus comentarios en este blog como Ex Compañero de Piso) les importará que repita para esta audiencia uno de los episodios más bochornosos, atontolinaos, estúpidos y potencialmente peligrosos de nuestras vidas.

Me refiero al día en que fuimos franquistas.

Fue sólo un día. Un 20 de noviembre de hace algunos años -¿puede que empiecen a ser demasiados? Me noto viejo y achacoso- en Madrid. Y como la gloriosa efeméride vuelve a celebrarse esta semana, es un buen momento para contarlo.

El 20 de noviembre anterior al que me refiero, D. llegó a casa a la hora de comer y nos enseñó un cartón:

-Mira, me he hecho un carnet de Francisco Franco.

-Aparta eso de ahí. ¿De dónde coño lo has sacado?

-De la Plaza de Oriente. Bueno, no, de la Plaza de Ópera, que es donde se ponen los puestecillos de Falange. Había mogollón de viejos y en un puesto daban estos carnets. Me he hecho uno.

-Joder, estás fatal. ¿Para qué coño te acercas por allí?

-Si no pasa nada... Son cuatro viejos que apenas pueden levantar el brazo por la artritis. Un descojone, la constatación de que el franquismo está muerto de verdad o le queda muy poco fuelle.

Ahí se quedó la cosa.

Durante todo ese año nos dio por decorar el piso con parafernalia propia de los desustanciados que éramos: carteles de muñecos que se tiraban pedos con advertencias de peligro tóxico, botellas vacías de licor de guayabita del pinar y envoltorios de snacks alemanes que trajo una chica que vivió unas semanas con nosotros mientras hacía un estudio de mercado para introducirlos en España (no los he visto ni en el Lidl, y juro por Juan Tamariz que me alegro un huevo, dice mucho del paladar español que esas mierdas incomestibles no hayan encontrado clientes al sur de los Pirineos). Cuando hubimos refinado bien nuestro estilo de interiorismo y empezamos a barajar la posibilidad de incorporar alguna señal de tráfico o un cono de obras de la M-30, nos topamos con algo que nos enamoró a primera vista. Sin palabras convenimos que era perfecto para colgar en la pared.

Era un cartel que anunciaba el 20-N. Como creo que era el 25 aniversario, se habían esmerado un poco más en el diseño, y tenía las caritas angelicales de Franco y José Antonio. Nuestro casero era general de la Guardia Civil, así que la humorada se amplificaba.

Sí, ya sé, nadie le vio nunca la gracia aparte de nosotros. Pero qué más daba. Éramos felices y franquistas.

Con ese cartel, D. se animó y empezó a convencernos a I. y a mí de que fuéramos a la Plaza de Oriente a -palabras textuales- "descojonarnos de los viejos".

-Venga, veis el percal y luego comemos algo.

Creo que me sedujo la perspectiva del "luego comemos algo". O quizá fue la resaca de licor de guayabita del pinar. El caso es que D. nos convenció. Y el 20 de noviembre nos montamos en el metro y nos fuimos a ver de qué iba ese acto decrépito de ancianos que no podían estar mucho cara al sol, pues se entumecían y se quedaban dormidos.

(Un inciso: por aquel entonces, I. y yo llevábamos el pelo muy largo y nuestro look no tenía nada que ver con el protopijo de profesionales aburguesados que exhibimos hoy. Otro inciso: por aquel entonces, empezó a interesarme la fotografía, y me paseaba con una reflex antigua haciendo pretenciosas y fatuas fotos en blanco y negro. Por supuesto, me llevé la cámara al acto. Fin de ambos incisos).

Deberíamos haber dado media vuelta cuando vimos que en la Plaza de Oriente no había cuatro viejos. Ni siquiera cuarenta. Eran unos pocos cientos, puede que algunos miles incluso, y parecían lozanos, fuertotes y bastante agresivos. A lo mejor nos paralizó el miedo. D. masculló entre dientes: "Os lo juro, el año pasado no era así, daba risa, era muy patético. No entiendo qué ha pasado".

-Qué alegría, cuánta gente joven ha venido este año -gritó con entusiasmo una mujer de unos sesenta con pinta de ser la mala de las hermanas Hurtado.

El acto empezó y, ya que estábamos allí, nos quedamos. La verdad es que, pasada la impresión inicial, no nos sentimos especialmente amenazados, y el ambiente se relajó tanto que I. hasta me susurró, en una inconsciencia suicida que todavía hoy le reprocho con ganas de estrangularle: "Venga, Sergio, saca la ikurriña ahora".

Mientras hablaba el confesor de Franco, un fraile capuchino que llamó a las armas contra las 17 autonomías que habían roto España, me subí a la basa de uno de los pilares del Teatro Real y me puse a hacer fotos. Por lo menos nos llevaremos un bonito recuerdo de tan soleada y patriótica mañana, pensé. La señora que se congratulaba de la juventud que dominaba entre el público estaba a mi lado, dejándome sordo cada vez que gritaba "¡Arriba España!" o "¡Franco, Franco, Franco!".

No habría tirado ni tres placas cuando se acercaron cuatro de esos jóvenes entusiastas y con susurros firmes y dejando bien clarito lo que les podía pasar a nuestros cuerpos serranos si no les hacíamos caso, me conminaron a entregarles el carrete.

Opusimos un poco de resistencia al principio, y por un momento vi mis dientes esparcidos por el suelo y mis costillas hundidas contra los pulmones. Recuerdo que pensé en castizo: "Joder, nos van a dar la del pulpo". Pero la hermana mala de las Hurtado les dijo a los gangsters que nos azuzaban, con una voz que aún me hiela la sangre al recordarla: "Dejadlo para después".

Se refería a que el acto estaba siendo grabado por cámaras de televisión. Cuando la prensa se fuera, podrían darnos nuestro merecido sin testigos incómodos.

Les dimos el carrete y salimos por peteneras. A mí no dejaron de temblarme las piernas hasta que no llegamos a Malasaña y nos sentimos "en nuestro territorio", y después de asegurarnos varias veces que nadie nos había seguido. I. y yo fuimos repitiéndole a D. durante todo el camino: "¿Con que sólo cuatro viejos? ¿Sólo cuatro viejos?". No nos quedaron ganas de comer algo luego.

Sí, éramos jóvenes y, por tanto, gilipollas. Y sí, puede que nos estuviera bien empleado, por graciosillos sin gracia y por tontear con asesinos de masas orgullosos de serlo. No te lo niego. Pero también te digo que no me arrepiento de aquella mañana. Aquella absurda y suicida experiencia me enseñó más sobre el país en el que vivo que las obras completas de Unamuno y Menéndez y Pelayo juntas.

DEL 40 AL 1

Pues parece que esta semana mi Soldados en el jardín de la paz se ha convertido en el libro aragonés de no ficción más vendido, según la lista del Artes y Letras. Y yo con estos pelos y estas pintas de indigente. Pues nada, espero que Chusé y la gente de la editorial estén contentos. Yo lo celebro ahora con un vaso de vino de Borja con gaseosa y unas paciencias sorianas. Gracias a todos los que lo habéis comprado. Ojalá lo consideréis digno de lectura también.

19/11/2009 23:37 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Mi libro Hay 4 comentarios.