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Resumen

CANCIÓN TRISTE DE BAIRRO ALTO

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Breve anatomía de Lisboa

Lisboa tiene siete colinas. Como Roma, pero distintas. Para empezar, Lisboa se precia de ser más antigua que Roma. Antes de que Rómulo y Remo empezaran a darle a la ubre de la loba, ya había gente rumiando por las esquinas de este lugar. Y para seguir, las colinas de Lisboa son infinitamente más bestias que las de Roma, con cuestas tan empinadas que parecen precipicios.

Lisboa se arrebuja junto al Tajo, en su orilla derecha. La Lisboa eterna, ese cogollo central que guarda el alma de la ciudad, se compone de dos elevados promontorios y un estrecho valle entre ambos. El situado río arriba enrosca los barrios de la Alfama y Graça, y el situado río abajo, el Chiado y Bairro Alto. Entre los dos se encajona la Baixa, con la Rua Augusta uniendo la Praça do Comerço, abierta al Tajo, y el Rossio. Es la parte más teatral de Lisboa, la que reconstruyó el Marqués de Pombal después del devastador terremoto de 1755. Es ordenada, rectilínea y grandilocuente, y no es extraño que muchos bancos sigan instalados en ella, en la adecuadamente nominada Rua Aúrea, aunque el poder financiero hace décadas que abandonó la zona para instalarse un poco más al norte, en el ensanche de la Avenida da Liberdade.

Nosotros elegimos Bairro Alto. Lo elegimos desde la primera vez que pusimos el pie en sus adoquines. No queremos otra Lisboa. Ya no buscamos otra Lisboa.

Bairro Alto es un nuevo viejo barrio. No forma parte del núcleo fundacional de la ciudad, que está en la Alfama y Graça, con sus callejas morunas. No hay restos romanos, visigodos ni árabes aquí -aunque una de sus calles sea la Rua dos Mouros-, y parece ser que estuvo prácticamente sin poblar hasta el siglo XV, cuando empezó la era de los descubrimientos y Lisboa se llenó de buscavidas y aventureros ansiosos de hacer fortuna en ultramar. Al calor de esa fiebre oceánica, varios miles de comerciantes gallegos bajaron desde sus pazos y se instalaron cómodamente en esa zona alta, construyendo suntuosas residencias y palacetes con jardín, en algunos de los cuales asoman hoy altísimas matas de buganvillas. Así nació Bairro Alto, junto al Chiado, que se une a la Baixa por una suave cuesta que hoy se llama Rua de Garrett; empalma con la Lisboa empresarial y amadrileñada de Liberdade por el elevador de Glória, y baja en picado hacia el Tajo por el renqueante funicular de Bica.

El origen de este barrio fue puramente residencial, de ricachos gallegos que no se querían mezclar con el populacho lisboeta de estibadores y marineros con escorbuto. Por eso la disposición urbanística es relativamente ordenada y cuadriculada, muy distinta de la de otros "cascos viejos", con vueltas y revueltas. En Bairro Alto, las calles suben de sur a norte y las travessas cruzan de este a oeste. Es imposible perderse.

Cuando se produjo el terremoto de 1755, toda Lisboa quedó en ruinas o arrasada por el fuego de varios incendios. Sólo una parte de la Alfama y Bairro Alto sobrevivieron a la destrucción. Por eso todavía se pueden ver algunas casas de los siglos XVI y XVII. Pequeños palacetes, la mayoría echados a perder, divididos mil veces por herencias mal resueltas y poblados -si no están vacíos y ruinosos- por viejas que parecen estar colgando siempre la misma colada en la ventana.

Como todos los barrios similares de otras ciudades europeas, Bairro Alto sufrió una degradación aterradora en el siglo XX, pero tras la entrada de Portugal en la UE, empezó una lenta recuperación que todavía dura y que le da un aspecto contradictorio y salvaje. Desde luego, creo que se ha recuperado mucho mejor que el Barrio Chino o Raval de Barcelona -si es que se recuperó alguna vez-, y con mucha más sensatez que Lavapiés -que vivió un pequeño despunte a finales de los 90 y ha vuelto a caer en el marasmo sin que a nadie parezca importarle-. Para mí, Bairro Alto es lo que debiera ser San Pablo en Zaragoza. El modelo a seguir, sin duda.

En Bairro Alto convive la tienda de ultramarinos de toda la vida con la galería de arte más fashion; la tasca más aceitosa con el restaurante más pijo, y el bar de viejos que ofrece el partido del Benfica a todo volumen en la tele con la boite que trae a los DJ más de moda. Esa es la clave del éxito: que nadie ha desplazado a nadie. Parece que en España tienen que desalojar primero a los habitantes del barrio de toda la vida para que los modernos puedan expandir su hábitat -y para que las inmobiliarias puedan multiplicar por diez y por veinte el precio del metro cuadrado en la zona, que los modernos adinerados parece que pagan gustosos-. Aquí no se ha dado ese conflicto. Los dos paisajes han encontrado acomodo en un discurso buenrollista que suena más sincero y menos carachorra que en otras ciudades.

Hoy hemos hecho la compra en una tienda de ultramarinos de las que resulta imposible encontrar en el centro de cualquier ciudad española, con señora tendera haciendo las cuentas a mano. Y hemos comprado pan a una panadera con delantal que nos ha elegido personalmente la mejor de sus hogazas. Las dos tiendas conviven con un bareto nocturno algo pretencioso que ofrece wifi a su fashionable clientela y tiene una pequeña biblioteca que han creado los propios clientes: te dan una cerveza o un mojito a cambio del libro que lleves. O también puedes llevarte cualquier libro si dejas otro a cambio. Pienso hacer el trueque cuando me acabe el que estoy leyendo ahora mismo.

Las viejas se gritan de balcón a balcón ante la sonrisa -nada condescendiente- de la diseñadora de moda que tiene una pequeña tienda cool debajo del tendedero de una de las viejas, colmado de bragas king size y tapetes de ganchillo. Todos se conocen y se saludan. Mientras esperábamos a que nuestra casera nos trajera las llaves del apartamento, un señor de una tienda de vinos salió de su local con un taburete y se lo ofreció a mi embarazadísima Cris, para que no estuviera de pie en la calle.

Por supuesto, hay un Bairro Alto falsario que reclama para sí la gloria del fado y la saudade ante los turistas ávidos de tipismos. Pero es fácil identificar y obviar a esos mercachifles que hacen caja a costa de reducir una idiosincrasia rica, mestiza e inaprehensible al mínimo común denominador. Basta con no entrar a esos locales que se venden como "restaurante típico" o como "adega de fados".

La mezcla se hace pastiche al atardecer, cuando todavía no han cerrado las tienditas tradicionales y están en plena actividad los comercios modernetes, que abren hasta casi las once de la noche, mientras los restaurantes exhudan olor a sardinha frita y las boites sacan brillo a las cocteleres en las que prepararán los mojitos. En esas horas, parece que Bairro Alto late a ritmo atlético y feliz.

No será la Arcadia, claro, pero se le acerca un poco a su versión urbana y de andar por casa.

Foto: vista desde la ventana del salón de nuestro apartamento. Tejados y ropa tendida.

04/09/2009 20:26 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 1 comentario.

DOS TONTADICAS

1. El otro día, en la Fnac de Lisboa, tropecé con una edición portuguesa muy chula de Un tranvía llamado deseo. En portugués es Um eléctrico chamado desejo. Me suena a porno del chusco. No dejo de imaginarme a Stanley como un electricista que va a arreglarle los plomos a Stella.

2. Me entero por Evelyn Waugh en su autobiografía parcial que había un club de estudiantes de Oxford en los años 20 que practicaba "la jornada al revés". Se levantaban por la mañana, se vestían de noche, fumaban unos puros, bebían whisky y jugaban a las cartas. Luego, cenaban al revés, empezando por los licores y terminando por la sopa, y así, hasta que acababan desayunando a medianoche. Doy gracias por no haberme enterado de esto hace diez años, cuando tenía amigos lo suficientemente locos y lo suficientemente ociosos como para seguirme en la idea del día al revés. Hoy estamos dispersos y desarmados, no creo que pudiéramos hacerlo.

UNA TONTADICA MÁS Y UNA FOTO

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Dice la guía Lonely Planet de Portugal, hablando de cómo comportarse en un restaurante:

Respecto a los modales, sólo hay que intentar mostrar cómo se disfruta de la comida. Se suele hablar alto, gesticular con las manos y los cubiertos y golpear en la mesa para añadir énfasis. No hay ningún problema si uno se fuma un cigarrillo o un puro y echa el humo en la mesa vecina, probablemente al rato harán lo mismo.

Todo un tratado de antropología, sí señor. Se nota que su autor ha estudiado con Lévi-Strauss en la Sorbona, y le han aprovechado las clases. Sólo le faltó anotar en su cuaderno de campo que los salvajes lusitanos también tienden a degollar a una esclava virgen al final de cada ágape y se comen su cerebro crudo, aliñado con un poquito de aceite de oliva y pimienta blanca.

Chico, la verdad: de mis dos viajes a Portugal sólo puedo decir que las tascas y restaurantes son sencillos y, por lo general, están impolutamente limpios; que los camareros son amables y profesionales, que el vino de la casa, sin ser nunca excelso, suele ser más que correcto, nunca peleón; que está prohibido fumar en muchísimos locales -cosa muy de agradecer, cada día detesto más los sitios donde se puede fumar-, y que los comensales locales suelen hablar en un tono de voz moderado, sin herir al prójimo. No sé dónde ha visto este eminente antropólogo a estos ejemplares de lusitanos tan dados al escándalo y a echar el humo de la faria al vecino. La gente es bastante educada. Más que en España, por cierto, donde sí es relativamente frecuente compartir restaurante con energúmenos que dan voces a deshoras y te apagan el Ducados en el plato.

Se habrá confundido de país. Yo creo que hablaba de las costumbres españolas en la mesa.

Para compensar, aquí te dejo esta foto que acabo de tomar. Es un capitel y un arco de la iglesia del Carmo o del Carmen. Es una de las visitas ineludibles y más turisteras de Lisboa, pero no por ello está masificada. Al contrario: es un remanso pacífico y reconfortante. Los visitantes acuden con cuentagotas e inmediatamente se callan ante la belleza del lugar. Hay que tener un corazón de una piedra más dura que los sillares de la iglesia para no conmoverse allí.

Es una iglesia en lo alto del Chiado que quedó prácticamente destruida en el terremoto de 1755. A finales del siglo XVIII se intentó reconstruir, pero ya se habían fundido casi todo el oro de Brasil levantando la ciudad y, ante la falta de parné, la cosa les quedó a medias, abandonadilla. En 1863, lo compró una asociación de arquitectos, y al poco tiempo se convirtió en el Museo Arqueológico de Lisboa. De la iglesia original quedan los pilares y parte de los muros, pero no hay bóvedas ni cúpula central. La primera vez que la visité llovía, y el agua y las nubes le daban un aire melancólico y byroniano a estas falsas ruinas. Hoy hacía un sol inmisericorde, pero el juego de sombras era también muy hermoso. Me encanta entrar, sentarme en los escalones de los pies de la nave central y mirar el cielo abierto a través de los arcos góticos vacíos.

Es inspirador.

Mañana nos vamos de escapada a Oporto. En tren y en primera, como los señores que somos. Ya contaré.

07/09/2009 19:39 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 5 comentarios.

SIN MI HERMOSA LAVANDERÍA

De vuelta de Oporto. Tengo unas fotos de unos niños tirándose al Duero desde el puente de Luis I que ya colgaré. Me recordaron la historia de Los cachorros, de Vargas Llosa. Creo que escribiré un cuento sobre esas fotos.

Se tiraban desde el puente esquivando a la policía. Cuando alguno dudaba, los que esperaban turno le picaban, llamándole mariquita y esas cosas, y al final, escocido por la dura presión social, hasta el más flojo hacía un tirabuzón antes de caer sobre las aguas del Duero.

Pero ya hablaré de ellos con más calma otro día.

Hoy quería pasar un buen día. Hoy queríamos tener nuestro día de lavandería, que se ha convertido en una tradición viajera. Buscamos una lavandería de monedas, nos llevamos un libro y hacemos la colada pausadamente. Es un momento que me gusta mucho de los viajes. En Estados Unidos, obviamente, es muy fácil encontrar estas lavanderías, que son insultantemente baratas (por menos de dos dólares te lavas y te secas varios kilos de ropa) y muy concurridas y animadas. La gente va a ligar y a hacer amigos a ellas. En Londres también abundan, y en París, algo menos, pero no son raras. Fue el año pasado en Alemania donde tuvimos que cruzar medio Berlín para encontrar una, y las instrucciones sólo estaban en alemán y en turco. No había forma de saber dónde había que meter el detergente. Pero eso resultó doblemente divertido.

En Lisboa, según todas las fuentes consultadas, sólo hay una lavandería automática. Al lado del Jardín Botánico, en la muy apropiada Rua da Alegria. Alegres fuimos esta mañana con nuestros trapos, dando un paseo por una Lisboa encapotada, gris y chispeante, que realzaba sus tonos de mugre. Paseamos por un barrio que nunca habríamos visitado sin la necesidad de hacer la colada, y nos ha encantado sumergirnos en él, descubrir el decadente y cerrado Jardín Botánico y la popular y nostálgica Praça da Alegria.

El paseo ha sido estupendo, pero cuando hemos llegado a la lavandería la hemos encontrado cerrada. Un cartel anunciaba que estaba cerrada desde hoy por motivos familiares. Mierda, por un día. En la guía venía otra, que no era automática, en un centro comercial cerca de la Praça do Rossío. Un cuarto de hora de paseo más o menos. Allí que nos hemos ido. Al llegar, hemos visto que llamar a aquello "centro comercial" era, cuando menos, optimista. Una nave con unas tiendas cutres de baratillo que vendían ropa fea como el demonio casi al por mayor. Un rastro saturado y maloliente. Por supuesto, nadie sabía nada de ninguna lavandería. Nadie nos ha dado señal de ella. Había desaparecido o nunca había existido.

Cruzar Lisboa con la ropa sucia a cuestas mermó las escasas fuerzas de Cris, así que la arrastré hasta un taxi que nos devolvió al apartamento a toda hostia y pasándose por el chasis todo el código de circulación -es costumbre local conducir así-.

Hemos comido en un pequeño restaurante a una manzana de aquí al que nos habíamos resistido a entrar hasta ahora. Se llama Les Mauvais Garçons y lo lleva un chico sevillano llamado David García. Era cocinero en París, y se instaló en Bairro Alto hace unos años para montar un bistrot de aire afrancesado. Sirve cosas sencillas con un toque de chef. Entre ellas, un gazpacho que nos ha curado toda la frustración lavandera. Pero lo que más me ha gustado, y la razón por la que le menciono, es que tiene el comedor decorado con fotos vintage de supuestos "niños malos", como el nombre del restaurante dice. Son muy parecidas a la que Óscar Sanmartín tuneó para la portada de mi libro Malas influencias, cuya ilustración no desentonaría en las paredes del local.

He estado por decírselo, pero mi natural asocialidad me lo ha impedido. Aunque el chico era muy simpático y hablador, y no habría resultado fuera de tono -y seguramente le habría hecho ilusión descubrir una conexión estética tan fuerte entre su restaurante y una obra literaria-, no me sale explicar que soy juntaletras y que la portada de mi primer libro bla, bla, bla. Prefiero contártelo a ti, paso de dar la brasa a la gente que no lo ha solicitado.

Hablando de libros: he conseguido una ganga. En una librería anticuaria del Largo do Calhariz tenían expuesta una primera edición de 1930 de Rusia al desnudo, de Panait Istrati. Es una joyita de la editorial Cénit, un hito republicano de la historia de la edición en España. Yo leí ese libro en francés, pues no se ha vuelto a publicar en español desde entonces, y me ha hecho ilusión verla tan aparente. Para asegurarme, me he metido en Iberlibro para ver a cuánto se cotiza ese título en el mercado de viejo, para que no me timara el librero, y he ido a la librería convencido de que haría una buena compra si me lo vendía por unos 30 o 40 euros, a juzgar por el precio de ejemplares en mucho peor estado por internet. Me lo he llevado por 10. He pagado poniendo cara de póker.

No sabía yo que en la era de internet aún se podían encontrar gangas.

10/09/2009 20:01 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

EL COÑAZO PATRIO

Me da miedo volver. Desde este lado de la raya sólo me llegan malos rollos de mi país. Me quiero quedar junto al Tajo, en esta ciudad de señores con mostacho (que ya no señoras, hace tiempo que descubrieron la depilación). No he dejado de leer prensa española ni un solo día, y me arrepiento muy mucho. ¿Qué coño pasa por allí? Veo a Chávez en la Gran Vía compadreando con el mandamás de Repsol, a Camps diciendo que España va hacia un régimen de terror, a Dolores de Cospedal casándose en un cigarral, a vueltas y revueltas con el Estatuto catalán (pesaos, más que pesaos, unos y otros), a la niña de Belén Esteban arrimándose a la cálida ala protectora del Defensor del Menor... Qué coñazo, qué pereza más grande me da todo.

Sólo me ha hecho gracia una cosa que he leído hoy en El País: que la Fundación Camilo José Cela se cae a pedazos. No tienen perras, los empleados les demandan, no va a verles ni el Tato y los manuscritos del pedorro Nobel han estado a punto de perderse en varias inundaciones. Mi hipótesis es que Don Camilo, transmutado en un pedo de pochas con chorizo, ha decidido llevar a cabo su frustrado y satánico plan de absorber con el culo un litro de agua. Pero al ser etéreo y fantasmagórico, no le termina de salir, ya que ha perdido el control del esfínter, y hasta el esfínter mismo, y como consecuencia de sus infructuosos ensayos, el bello pazo de Iria Flavia se está viniendo abajo, sin poder resistir las acometidas del espectro del Nobel.

No quiero volver, pero el reclamo de Leonard Cohen es demasiado poderoso. Llegaremos a tiempo para el concierto.

Hoy es domingo en Lisboa, y todo parece adormecido. Todo funciona a cámara lenta, y nosotros nos escurrimos morosos por las cuestas, sin miedo a despeñarnos, con sosiego loboantuniano.

13/09/2009 20:44 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 3 comentarios.

EL ÚLTIMO HOMBRE GENTIL

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-¿Qué tal Lisboa? -me dijo anoche un amigo.

Me gustó la pregunta por dos motivos: porque vino acompañada de una cerveza que me tendió y porque no preguntó "¿Qué tal por Lisboa?". No se interesó por nuestra experiencia en la ciudad, sino por la ciudad misma, antropomorfizándola. En la sutileza está la elegancia. Poner o quitar una preposición puede marcar la diferencia entre un tío zafio y uno con clase.

-Sucia y rota, como debe ser -le contesté.

Y es verdad: el día que la limpien y la arreglen, dejará de interesarme. No pude decir más, porque a los pocos segundos se apagaron las luces y Leonardo salió a escena. Se imponía el silencio del respeto por el genio.

Como soy desaliñado, bebedor, con ínfulas autodidactas y leo pocos y malos libros, muchas de mis referencias las saco de canciones y de pelis. Y en la película que Roger Corman rodó sobre el Barón Rojo, Manfred von Richtofen, que así se llamaba el aviador, replica en una secuencia (cito de memoria): "Se ha acabado el tiempo de los caballeros: esta es una guerra de hombres". No sé si dijo algo parecido alguna vez, pero lo importante es que la frase le pega al personaje. Lo verosímil casi siempre importa más que lo real.

Es cierto: el relato histórico tiende a subrayar implícitamente -que es la forma más eficaz de subrayar algo- que la guerra del 14 aniquiló para siempre, entre otras muchas cosas, la dignidad aristocrática del caballero. Un caballero puede matar. Incluso puede matar a sangre fría, pero no lo hará indiscriminadamente. Podrá ser un asesino, nunca un genocida. El hombre puede cargarse ciudades enteras con apretar un solo botón, con glotonería industrial.

Hay más diferencias: un caballero se destoca cuando corresponde, sabe cuándo debe alzar la cabeza y cuándo agacharla en reverencia, y siempre ha de estar dispuesto a hacerse a un lado cuando reconoce el talento ajeno. Básicamente, un caballero -o un hombre gentil, como dicen los ingleses con mucha más propiedad- se rige por una única norma no escrita: hacer sentir bien a quienes le rodean, pero con discreción. Sin efusiones de ningún tipo. Es una cuestión de tono: un halago desmedido o a destiempo puede incomodar más que un reproche. El cariño debe arropar, nunca ahogar ni asaetear.

Son refinamientos que pueden aprenderse, pero hay quien nace con ellos. Y Leonard Cohen los lleva ya de fábrica. Su caballerosidad y su vocación de hombre gentil explican su obra, su espectáculo y su vida. Es la parte más brillante de su grandeza: reconocer en su apostura, en su elegancia, en la forma de quitarse el sombrero ante sus músicos y en la delicadeza e ingenio que emplea en presentarlos al público, a un caballero impecable, que nunca desentona, ni en el pentagrama ni en la vida.

Luego están sus canciones, claro. Luego está su faceta genial, su condición legendaria, su rutilante puesto de honor entre los dioses mayores de la música popular. Estoy con el maestro Matías Uribe, que ha dejado escrito estos días: "Si ni diez segundos de una canción de Leonard Cohen llegan a tocar mínimamente la fibra de cualquier ser humano es que este no es su reino. La jungla o el cementerio".

Pero eso se puede apreciar en sus discos. Su caballerosidad sólo se ve sobre el escenario. Y yo me siento tocado por ella. Gracias, Don Leonardo.

16/09/2009 16:27 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 2 comentarios.

ENGANCHADO A BALTIMORE

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Sé que no descubro nada, que llego tardísimo, que todo el mundo lo sabe ya, pero como tampoco tengo vocación de coolhunter, me la pela. No sé por qué he tardado tantísimo en empezar a gozar de ella, pero ahora que lo he hecho confirmo todos y cada uno de los elogios que se le han hecho: The Wire es cojonuda.

Perdón, lo expresaré en términos académicos, críticos y poéticos: es la repolla en vinagre, la puta ama. No es que sea buena, es que se sale de los márgenes de medición. Es una fucking obra de arte, un relato a la altura de las mejores novelas de Dostoyevski, Tolstoi, Galdós, Flaubert, Hugo y Dickens juntos.

Con The Wire, han recuperado el relato totalizador, ese tan denostado por la posmodernidad, ese realismo tan demodé para los más listos de la clase. Sus creadores no sólo cuentan bien una historia coral, sino que van hasta el fondo, perfilando un retrato de la sociedad actual en el que todos podemos reconocernos. Como quisieron Hammett, Carver y los grandes de lo negro negrísimo.

No explicaré de qué va la vaina, pues todo el mundo estará enterado ya: The Wire (en argot policial, algo así como "el pinchazo") cuenta varios casos -uno por temporada- en los que se involucra un grupo de maderos de Baltimore, ciudad podrida, medio muerta y machacada por una severísima reconversión industrial. Los casos se investigan mediante escuchas telefónicas y micros ocultos, y así, la serie ofrece también el otro punto de vista, el de los malos malotes, con sus movidas y trapicheos.

Y claro, resulta que los malos a veces son malos porque no les queda más remedio que serlo, porque si se les ocurre ser buenos, les pegan un tiro.

Y también resulta que los maderos son unos hijos de puta, que se putean entre sí para salvarse el culo.

Y resulta también que, cuando tiran del hilo de las escuchas, asoma la patita la corrupción política, y acaba resultando que la mierda llega a todas las instancias y niveles, y nadie parece interesado en limpiarla, y ya nadie sabe quiénes son los indios y quiénes los vaqueros.

Género negro del bueno, del que pretende reflexionar -en tono chungo y pesimista- sobre qué coño estamos haciendo en este mundo y cómo el egoísmo de unos pocos que mandan mucho puede arrastrar a la inmundicia a la gran mayoría que sólo puede asentir o echarse a un lado.

Me encanta todo de la serie, pero muy en especial su tono y su ritmo. Los actores están muy bien, pero me da la sensación de que están mejor dirigidos que actuados. No hay nada dejado a la improvisación en la narración: todo encaja, todo es significativo, no hay tiempos muertos ni pausas dramáticas. Sus creadores han asimilado bien una vieja lección que sólo los grandes saben aplicar: la muerte y la desesperación no precisan de énfasis ni de subrayados. En las tragedias se impone el tono neutro y el estilo directo.

Pero esa fotografía... Esa forma de acariciar los ambientes urbanos ruinosos, las naves industriales del puerto hechas pedazos, esa arquitectura industrial herrumbrosa y marchita... Qué poesía, qué maravilla, qué hondura y qué delicadeza. Es un trabajo de maestros. Una obra de arte.

Estoy enganchado. Que digo enganchado, enganchadísimo.

Nota saliente para desprejuiciados: la mejor combinación para The Wire, aparte de unos shots de bourbon, es cualquier videojuego de la saga GTA. Tienen la misma pretensión puntillosamente realista y la misma querencia por la mugre.

Foto: sí, son los maderos. El segundo por la derecha en la segunda fila es el detective James MacNulty, un antihéroe bogartiano y atormentado con un papel muy bien escrito y mejor interpretado.

18/09/2009 02:45 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión Hay 4 comentarios.

EL FATUM

El tema principal y casi único de The Wire es, por supuesto, el fatum. Que no es un oscense de tiempos romanos*, sino el destino, aquello contra lo que no se puede luchar.

En el esquema clásico de las tragedias grecorromanas, el héroe se rebela contra su destino. Por lo general, sin éxito, llevándose muchos disgustos y cabreos por el camino. Porque contra el fatum, amigos, ni siquiera los dioses pueden hacer nada. Su personificación son las Parcas, que tampoco son zamarras del H&M, sino seres que dan mucho miedito y carecen de piedad. Como Jorge Javier Vázquez, pero a lo bestia.

En The Wire, como en toda tragedia, hay personajes que asumen el fatum y otros que no. Estos son los llamados héroes. La genialidad de la novela negra es que introdujo un sutil cambio en la actitud del héroe, dotándole de ambigüedad: empieza el relato cínicamente, plegándose al fatum, pero, por lo bajini, barrunta rebelarse sin que el resto de los personajes se den cuenta de la rebelión, hasta que esta estalla en un único y sonado gesto que coincide con el clímax de la obra.

Los cristianos, mucho más mojigatos que los griegos y los romanos, llamaban a esto -a cuando Edipo se arranca los ojos- redención.

The Wire coge estos elementos de la tragedia clásica, combinados con las aportaciones de los maestros del género negro del siglo XX, y crea una obra genial sobre el fatum y su triste e irrevocable inevitabilidad. Los pesimistas creemos que es inútil oponerse al fatum, porque suele hacer de su capa un sayo, pero cuando un pesimista se rebela, pese a saber de antemano que está condenado a perder, se reviste de una dignidad esperanzadora que ilumina al público y aspira a hacernos mejores humanos. Nos indican, por si no lo teníamos claro, que no importa el resultado, importa el cómo.

Como casi todo en la vida: es una cuestión de saber estar. Es algo que no se aprende en las escuelas de negocios ni en tu casa. Lo aprendes cuando te toca, generalmente en un día gris, cuando la mierda te empieza a subir por encima del cuello.

Leonard Cohen resumió el temblor del héroe a punto de desafiar a su fatum en dos bellos versos de First We Take Manhattan:

You loved me as a loser,
but now you’re worried that I just might win.

Es decir, que me amaste como un perdedor, pero ahora, bellaca, estás jodida porque ves que podría llegar a ganar.

De eso va The Wire. Por eso me gusta.

*Para los que nos sintonizan desde fuera de Aragón: fato es el calificativo despectivo que recibe alguien de Huesca, fundamentalmente de la capital de la provincia.

18/09/2009 17:26 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Televisión No hay comentarios. Comentar.

CABREADO CON BLOGIA Y CON EL MUNDO

Acabo de escribir un post sobre la excursión que Javivi y yo hemos hecho este finde a Borja para ver a Barricada. Hablaba del Drogas, con quien estuvimos de charleta un rato después del ensayo, y hablaba también de nuestra vocación grupie y del subgénero pornográfico que Javivi ha taxonomizado en el repertorio del grupo pamplonés. Pero, cuando le he dado a publicar, Blogia ha decidido que el texto no merecía la pena, y me ha saltado el cms en blanco. He perdido todo el artículo, sin posibilidad alguna de recuperación, y ahora estoy demasiado cabreado como para rehacerlo. El blog tiene que ser una cosa espontánea, hay que escribir bajo la premisa del hic et nunc. Si no, no merece la pena. No me saldría lo mismo si me pusiera a reescribir, quedaría falseado y gélido, así que, con vuestro permiso, voy a pasar.

Dejo un vídeo de los Barri como consuelo.

 

20/09/2009 17:37 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Música Hay 4 comentarios.

UNA COLUMNA Y UN ANUNCIO

Robo -con permiso del autor- la columna que mi querido amigo Santiago Paniagua publica hoy en la contra de Heraldo. La suscribo punto por punto. Y seguro que muchos de vosotros, también.

La dignidad de Cohen

En el lodazal de los mentideros anónimos de Internet, este fin de semana se revolcaban con fruición unos cuantos proclamando su contento por que Leonard Cohen se hubiese desplomado en una de las escalas de su gira española, el viernes en Valencia. Tales sujetos se burlaban del cantautor por su supuesta condición de "progre", por "anciano" (sí que lo es, hoy cumple 75 años) y hasta por "artista" (indiscutiblemente), y varios, cómo no, recurrían en sus embestidas a ese 'hallazgo' de Jiménez Losantos que es el uso despectivo del término 'titiritero'.

La inquina hacia los 'entretenedores' (el canadiense proclamaba el martes, en su gigantesca actuación de Zaragoza, su orgullo por tal condición) es uno de los fenómenos del momento en España. Se ha querido en los últimos años lapidar toda disidencia política, especialmente, por la vía de la ridiculización de las preocupaciones colectivas, de todo aquello que no fuera medrar en solitario y sin escrúpulos. Y ahora se batalla por silenciar también cualquier discrepancia estética ante la grosera ramplonería que manda en Occidente. La víctima puede ser incluso un caballero como Cohen, que ha dado al mundo un cancionero en el que abunda la belleza como en pocos otros y en el que se sublima, como prácticamente en ninguno, la tristeza de existir. Con más dignidad sobre un escenario que la que pueda encontrarse en todos los despachos del planeta.

¿Se puede añadir más? Sí, pero serían addendas fruto de la rabia y, por tanto, contingentes y fútiles. Darle más volumen o más procacidad al discurso no le aporta más valor. Estos dos párrafos condensan lo que muchos llevamos mucho tiempo sintiendo ante el repugnante y creciente poder de los ignorantes satisfechos de serlo. Pocas cosas hay más hirientes y agresivas que la grosería y el desdén hacia lo que se percibe como diferente o precioso.

En fin, me callaré, que se me calienta el teclado.

El anuncio prometido en el título del post: me acaban de confirmar la fecha de presentación en Zaragoza de mi libro Soldados en el jardín de la paz. Será el jueves 22 de octubre en la librería Cálamo. Será un acto amigable y sencillo, con invitado sorpresa (que dejará de serlo cuando lo anuncie) y mucho buen rollo. Daré todos los detalles más adelante. Esta tarde voy a grabar una entrevista para la tele -ya diré cuándo se emite- y este domingo, si no se agosta, estaré en la Cadena Ser. Empieza el tostón promocional, amigos, y yo todavía no he pasado por la peluquería ni me he hecho la pedicura. Estas cosas siempre me pillan en pelotas.

TEMPUS FUGIT

Valérie Boyer, diputada marsellesa en la Asamblea Nacional francesa por UMP, ha presentado una proposición de ley para que se obligue a los medios y a los anunciantes a especificar con un aviso impreso que las fotos de las modelos han sido retocadas con Photoshop para que luzcan más lozanas y fermosas -si es que han sido retocadas, claro-. Ha dicho la señora Boyer (sin relación familiar aparente con Isabel Preysler): "Ces images peuvent conduire des personnes à croire à des réalités qui, très souvent, n’existent pas". Es decir, que estas imágenes pueden llevar a algunas personas a creer en realidades que, muy frecuentemente, no existen.

Dicen que Bibiana Aído y Leire Pajín están rabiando en sus respectivos despachos por haber dejado que una gabacha facha se les haya adelantado en una propuesta que deberían haber abanderado ellas. "¿Cómo no se nos ha ocurrido a nosotras, Bibi?", cuentan que le ha susurrado Pajín a Aído en un receso de una reunión en Ferraz.

Si el proyecto de Madame Boyer sale adelante, podremos respirar al fin tranquilos. Que cunda pronto el ejemplo en toda la UE y que ningún artero photoshopeador quede impune. Que nos desengañen, que nos saquen del limbo de tetas perfectas y caderas sin celulitis en el que el despiadado fashion business nos tiene presos.

Porque ya está bien de vivir engañados. Resulta insoportable salir cualquier sábado por la noche y estamparse de morros con el tópico del tempus fugit. Uno cree que la vida es como en el Cosmopolitan y en los pósters desplegables del Private, pero luego sale a la calle y todo son pechos vencidos por la gravedad, granos supurantes y carnes fofas y resecas. Millones de personas vagamos hasta el fin de la noche, mecidos por la prosa hiriente de Céline, preguntándonos dónde están esas turgencias prometidas, buscando en vano algo que ha sido creado por un malvado demiurgo mortal con ayuda de un sacrílego programa informático.

Gracias, Madame Boyer. Estaba ciego, pero ahora veo.

¿Y las niñas? ¿Es que nadie, salvo Madame Boyer, va a pensar en las niñas? Esas pobres púberes que se ponen hasta las cejas de cereales Special K y se embadurnan de potingues de 40 euracos el frasco para parecerse a las chicas de las fotos sin saber -¡oh, horror!- que esa portada del Nuevo Vale ha sido concienzudamente photoshopeada por una bruja mala que se reía a carcajadas mientras perpetraba su conjuro.

Necesitamos que alguien nos salve. Necesitamos a Madame Boyer, quien seguramente habrá leído a Ronsard en sus años del lycée, y se sabrá aquellos versos dedicados a una tal Hélène que empiezan:

Quand vous serez bien vieille, au soir, à la chandelle,
Assise aupres du feu, devidant et filant,
Direz, chantant mes vers, en vous esmerveillant:
Ronsard me celebroit du temps que j’estois belle.

Es decir, muy más o menos (que tampoco es cuestión de destrozar el poema haciendo una traducción literal): cuando seas bastante viejuna, en el ocaso, a la luz de las candelas, bien arrimadica al fuego, dirás, cantando mis versos: Ronsard me daba coba en los tiempos en los que era bella.

Y termina el soneto, como ya Madame Boyer estará recitando de memoria, con los ojos entrecerrados y la mano en el pecho izquierdo, transida de emoción al entonar el segundo terceto:

Regrettant mon amour et vostre fier desdain.
Vivez, si m’en croyez, n’attendez à demain:
Cueillez dés aujourd’hui les roses de la vie.

Primera traducción más o menos literal: lamentando mi amor y tu fiero desdén, vive, si me crees, no esperes a mañana y coge desde hoy las rosas de la vida.

Segunda traducción poética: dado que un día de estos te van a sacar el colesterol alto y al día siguiente se te caerá el pelo y tendrás un ataque de ciática, follemos, pues, ahora que nuestras carnes están firmes y recias.

Machado, que era muy ronsardiano, lo entendió a la perfección, y en su retrato ya nos adviertió sin sutilezas: "Corté las viejas rosas del huerto de Ronsard". Traducción poética: aquí donde me veis, he corrido lo mío, amiguetes, que un galán sevillano no deja escapar ninguna vagina en flor que le salga al paso, que luego se vuelven feas y mustias y hay que aprovechar cuando son jovencicas.

Seguro que Madame Boyer quiere recuperar el espíritu de Ronsard. Seguro que con su medida nos quiere instar al goce veloz de nuestros cuerpos, que pronto serán cadáveres. Gozad, tomad las rosas hoy, antes de que os tengan que aplicar una terapia de Photoshop. Carpe diem, tempus fugit, bellas francesitas.

Quiero creer que la medida tiene que ver con Ronsard. Porque si no está relacionada con el viejo pícaro poeta, me parece una de las mayores gilipolleces que se han propuesto en sede parlamentaria desde que Chamberlain llevó un papel a la Cámara de los Comunes en el que decía que Hitler era un chico algo impetuoso, pero campechano y buen chaval, que no buscaba nada turbio.

23/09/2009 00:07 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Actualidad No hay comentarios. Comentar.

EL DOMINGO, SOLDADOS EN EL JARDÍN DE LA PAZ

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Si no quieren ver mi careto ni escuchar mi aflautada y gangosa voz, por favor, no sintonicen estas cadenas de radio y televisión en las fechas y horas indicadas, pues sus emisiones van a estar dedicadas a darme un poco de coba (bueno, en realidad, le dan coba a mi libro, pero también a mí, por la propiedad transitiva).

  • Domingo 27 de septiembre, sobre las 12.30: Cadena Ser Aragón (en Zaragoza, 93.5 FM, en el resto de Aragón, ni idea). Miguel Mena me entrevista en su magacín mañanero A vivir
  • Domingo 27 de septiembre (sí, es el mismo día), a las 23.30: Aragón Televisión (y Aragón Televisión Satélite para fuera de Aragón, en Digital + y en las plataformas de cable y parabólicas). Antón Castro me entrevista en el plató de Borradores, el programa cultureta de la autonómica. 

Sé que más o menos a esta última hora echan Cuarto Milenio, pero por una vez, y sirviendo de precedente definitivo, no voy a salir en ese programa, sino en uno serio. Parece que mi prestigio como intelectual del reino se apuntala, ya que paso de salir en un circo freak hablando de misterios folclóricos a largar en la tribuna literaria de la tele aragonesa. ¿Me hago mayor? (En realidad, he salido ya más veces en Borradores que en Cuarto Milenio, no os vayáis a pensar).

Ah, y la primera reseña del libro sale en el número de octubre de Historia de Iberia Vieja. Espero que no sea la última.

Recuerdo que Soldados en el jardín de la paz está editado por Prames y se puede comprar en cualquier librería, y también en la web de la editorial y, que yo sepa, en La Casa del Libro -donde han agrupado mis (dos) obras completas en una misma opción de compra-.

24/09/2009 01:18 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Mi libro Hay 7 comentarios.

MIRADAS

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Aprovecho los últimos coletazos de estas breves vacaciones -pero no me quejo, que tal y como está el percal en la economía y en la prensa patrias, las siguientes vacaciones pueden ser a cuenta del Inem- para llenar un vergonzante vacío cultural: Primo Levi.

Sí, es espantoso, es una lectura que hace muchos años que debería haber hecho, con el agravante de que acabo de publicar un libro donde reflexiono -tangencial y someramente, pero con cierta ambición especulativa- sobre el nazismo, su memoria y sus secuelas. Deberían ahorcarme por haber echado a andar por ese camino sin llevar los libros de Levi en la mochila, pero qué quieren: soy periodista y me han adiestrado para que me lance a escribir sin rubor y sin rigor sobre cualquier tema que se me cruce, con la osadía del ignorante profesional. Nos va el sueldo en ello.

Además, después de leerle, sé que Primo Levi sabría disculparme, no le daría ninguna importancia. Porque, si le he entendido bien, Levi valora por encima de cualquier otra cosa el debate reposado de opiniones y juicios basados en la experiencia directa y en la observación. El pedigrí académico y el prurito doctoral están siempre por detrás de la reflexión honesta y mesurada, que se expresa después de haberse metabolizado en las entrañas mismas del ser humano.

Tengo en mis manos la Trilogía de Auschwitz, que recoge los tres libros que Levi escribió sobre su paso por el infausto campo de exterminio nazi y su peregrinar pícaro y agónico por una Europa en ruinas en un larguísimo y penoso regreso al hogar, a Turín. Lo edita en español, en edición primorosa y delicada, El Aleph, y viene con un muy acertado prólogo de Antonio Muñoz Molina.

No voy a descubrir a estas alturas de la vida a Primo Levi, pero sí que me apetecía dejar constancia de lo hondo que me ha llegado su relato. Y no tanto por la descripción desapasionada y testimonial del horror del Holocausto, sino por la sencillez y ternura de su mirada. Porque testigos hay muchos, y todos pueden contar más o menos lo mismo con distintas palabras. No es el contenido del relato, sino su punto de vista, y la visión del mundo que se va desgranando en las reflexiones, lo que convierte a Levi en una figura gigantesca, casi homérica.

Estas madrugadas, encerrado en este mismo despacho que ya no es despacho, pues estamos desalojando los muebles para que lo ocupe el habitante de esta casa que está en camino, he llorado varias veces. Sin vergüenza, seguro de mi soledad y de mi encierro. Y no he llorado ante lo más truculento ni ante los detalles del exterminio nazi que todos conocemos porque nos los han contado mil millones de veces. He llorado ante el dolor insoportable de lo minúsculo.

Hay un momento de Si esto es un hombre en el que Levi cuenta que, debido a su formación como doctor en Químicas, le destinan a un barracón-laboratorio a trabajar como científico-esclavo. Es un privilegio que, probablemente, le salvó la vida, al librarle de los trabajos forzados en la nieve y ofrecerle un entorno a cubierto y con una alimentación un poco más decente que la que tenía el resto de los presos. Pero es allí donde toma conciencia de su indignidad. Allí, de vuelta a medias a la civilización y a la humanidad, descubre por contraste hasta qué punto le han anulado. En el laboratorio trabajan auxiliares y secretarias. Chicas jóvenes alemanas, alegres y coquetas como cualquier otra chica trabajadora de la época. Levi y los demás presos que trabajan de químicos ven despertar una atracción de lo más natural, pero que enseguida se vuelve dolorosa: las chicas les observan con asco, evitan tropezarse con ellos, ni siquiera les miran a los ojos ni toleran que se dirijan a ellas si no es por mediación de un kapo. Y Levi se ve con los ojos de esas chicas, y ve un alfeñique flaco, pestilente, rapado, con zapatos de madera llenos de barro y ropas jironeadas llenas de mugre. Se da cuenta entonces de hasta qué punto le han robado la humanidad, hasta qué punto se ha convertido en una bestia que no merece ni una mirada.

Hay otro pasaje de una hondura aterradora, que atraviesa y condensa siglos de filosofía y literatura y da cuenta de la grandeza del personaje Primo Levi, de su estratosférica altura moral. Sucede en La tregua, segundo volumen de la trilogía, que empieza con la liberación de Auschwitz. Levi se encuentra por primera vez con dos soldados rusos que están reconociendo el campo, tratando de hacerse una idea de la magnitud del horror que tienen delante de sus ojos, y escribe este párrafo terrorífico, que a mí me hiela la piel:

No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones, y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla.

Leo a Levi en la habitación que ocupará mi hijo, y me gustaría que cuando creciera aprendiera a ver el mundo con la sencillez y la insobornable dulzura que encuentro en estas páginas, sin necesidad de que tenga que pasar por lo mismo. Si pudiera darle algo parecido a eso, mi trabajo como padre sería soberbio, el más grande de cuantos emprenda en mi vida. Pero no estoy seguro de que esas miradas y esa disposición ante el mundo puedan aprenderse con facilidad o de que incluso puedan llegar a aprenderse de alguna forma si no están ya injertadas en nuestros cromosomas. No estoy seguro de poseerlas yo mismo ni siquiera en su forma más tibia y miserable. Si fuera tan fácil ser como Primo Levi y hubiera muchos Primos Levis en todas las ciudades, no habría existido Auschwitz. Es así de sencillo.

Es decir: si los Primos Levis fuesen la norma, no harían falta Primos Levis.

28/09/2009 02:05 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 12 comentarios.

INFECCIÓN DE BILIS

No hay duda. Internet nos ha hecho más guapos, más listos y más molones. La vida es mucho mejor desde que tenemos ADSL y enumerar las ventajas sería inabarcable.

He aquí algunas:

  • Ahora tenemos una gran cantidad y variedad de pornografía a nuestra disposición (¿os acordáis de esos sórdidos cines X que sobreviven en algunas ciudades, donde nunca se vio entrar a ningún limpiador de tapicerías?).
  • Tenemos blogs geniales y divertidos donde se dan a conocer mil genios a los que los medios de comunicación tradicionales nunca hubieran hecho caso (luego están los blogs coñazos como este, todo tiene su reverso tenebroso).
  • Nuestro vocabulario se ha enriquecido muchísimo. Antes de internet, era difícil que se popularizasen términos como bukake, gang bang o fist fucking.
  • Antes hacía falta ser granjero o guarda forestal para ver la eyaculación de una mula o la deposición diarreica de un venado de Alaska con apoplejía, espectáculos hoy al alcance de todos en vídeos que, es cierto, no tienen la calidad de una peli de Spielberg, pero enseñan lo que hay que enseñar.
  • Los chavales de instituto han descubierto que pueden llegar a selectividad usando sólo tres teclas en dos combinaciones: "Control + C" y "Control + V". No pocos periodistas han descubierto también que pueden hacer toda su carrera profesional con esas dos combinaciones, ahorrándose un montón de esfuerzo y disgustos y dedicando más tiempo al bar y a los suyos, así que todos han salido ganando. Algún que otro doctorando sabe que puede acortar considerablemente el tiempo de redacción de su tesis usando ese método. Es lo que se llama la democratización del conocimiento. Antes se llamaba tenerla de cemento armado, pero todo cambia.
  • Con el correo electrónico hemos aprendido que se puede comprar Viagra a precios muy competitivos, que el PowerPoint es demasiado fácil de manejar y está en manos de demasiados cursis e idiotas y que hay una princesa en Namibia que acaba de heredar un fortunón de su padre y nos lo quiere ceder enterito, aunque añada, en un español macarrónico, que para hacer la donación necesita nuestro número de Visa, su PIN y la clave secreta de nuestra cuenta corriente. A veces, esa misma princesa pide ayuda para un niño de Bangladesh que nació sin brazos, piernas ni orejas y necesita 100.000 euros para que le impanten un rabo de vaca mecánico con el que sacudirse las moscas. Entreverados con esos mails aparecen algunos de trabajo en los que tu compañero te informa de que tu compañera Fulanita ha acudido a la oficina sin sujetador y te anima a que subas el aire acondicionado para ver qué pasa.
  • Finalmente, hemos descubierto -quizá con cierta desilusión- que nuestra pandilla de colegas no es la más graciosa del mundo, ya que en YouTube hay un montón de tipejos con la gracia más subida que Chiquito de la Calzada, cuyas ocurrencias hacen palidecer las noches más tronchantes de nuestro más tronchante amigote. Por ejemplo, ahora se ha puesto de moda en Estados Unidos hacer canciones en español. Esta es One Semester of Spanish Love Song. Es decir: La canción de amor del primer semestre de español, compuesta con las frases que aprende un estudiante de español en sus primeros pasitos de aprendizaje:

 

A mí me parece una humorada digna de Muchachada Nui, la verdad.

El colectivo de funcionarios de la administración pública ha sido, sin duda, el más beneficiado por las bondades de internet, pues antes sólo podía llenar sus largas jornadas a base de prensa deportiva y autodefinidos. Sus horizontes laborales se han expandido casi hasta el infinito.

Son sin duda grandes avances, que nos han hecho más felices y más gordos. Y más cachondos, ahítos de porno en baja resolución. Pero donde hay felicidad, hay un cabrón. Es una ley humana. En cuanto dos personas se ríen, aparece un tercero amargado dispuesto a joderles el día.

En internet se llaman trolls. Tienen otros nombres, pero no los controlo. Son los típicos perros del hortelano: el cuñado que te amarga la cena de Nochebuena todos los años y que sabes que alguna vez te clavará el cuchillo de trinchar en el bajo vientre, el vecino que llama a la policía en cuanto pones el disco de Los del Río un poco más alto de lo habitual, el compañero de curro que siempre se chiva de ti al jefe, el jefe que te grita y te humilla, la ex novia que te hace vudú en los testículos hipertrofiados de un muñeco que recuerda muy vagamente a ti cuando llevabas la ropa que te compraba ella, el taxista que te comenta, buscando complicidad, que habría que hundir las pateras a cañonazos, la tertulia de Pío Moa y el publicista que diseña las campañas de ING Direct.

Vamos, los hijos de puta de siempre.

Antes de internet podíamos zafarnos de ellos. Les veíamos venir y podíamos organizar una defensa eficaz antes de que sus esputos se emplastaran en nuestra cara. Pero la red les ha liberado, les ha sacado del ecosistema bilioso en el que vivían encenagados y les ha llevado a ámbitos virtuales en cuyos equivalentes del mundo real jamás se adentrarían.

Es una especie muy común y altamente infecciosa. Cualquiera que tenga un blog se ha encontrado alguna vez con ellos. Por aquí les habéis visto: llegan a tu casa, se cagan en el salón, eructan en tu cara, te dicen de todo, a ti y a tu santa madre, y cuando les dices que ya está bien, que se larguen por donde han venido, te llaman censor. Por supuesto, siempre desde el anonimato.

-Joder, tío, cómo te pones, ¿no? -dicen-. Si no aguantas una crítica... Podré comentar lo que me parezca, ¿no?, que para eso hay libertad de expresión.

Pues no, mira tú por donde. Claro que hay libertad de expresión, pero si vas a defecar sobre mi persona, lánzame los excrementos en la calle, no vengas a mi casa a cagarte en la alfombra. No sé si me explico: el blog y la web de cada cual sólo manifiesta la libertad de expresión de su autor o autores, no de los que pasaban por ahí.

Y eso que de vez en cuando hay alguno que tiene gracia, y no me opongo a los libelistas que libelan desde sus propias atalayas. Allá ellos con lo que dicen y a quién. Hay tribunales y leyes que resuelven esos asuntos, y la legislación española es bastante protectora del derecho al honor y a la propia imagen -y aunque a algunos medios les compensa pagar las multas que les imponen constantemente, no creo que a un particular le salga a cuenta-. Pero no entiendo a los que se pasean por todas las webs dejando cagarrutas en cada una de ellas. Es como si fueran puerta por puerta llamando gilipollas a la gente que está tan tranquila en sus casas. Y encima se ofenden cuando el aludido les da un portazo en la jeta.

No hay nada ni nadie que se libre de su hijaputez, todo les parece mal. Son racistas, filonazis y verbalmente muy agresivos. Contra todo y contra todos. Parece que no discriminan.

Yo, personalmente, estoy más que harto. En tiempos de bisoñez bloguera cometí el error de enzarzarme con alguno de ellos. Ya no lo hago más: les veto (sí, les censuro, sin paños calientes) y me quedo más ancho que largo. Si en la vida real no tolero que nadie me alce la voz, ¿por qué habría de consentirlo en internet?

¿Y por qué habrías de consentirlo tú? Tu web es tu casa. O tu bar. Y tiene también reservado el derecho de admisión si quieres. Si a un tío broncas y nazi le echarías de tu bar sin dudarlo, échalo de la web también. Es un consejo de la DGT.