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<rss version="2.0" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"><channel><title>El Blog de Sergio del Molino</title><link>http://sergiodelmolino.blogia.com/</link><description><![CDATA[ Weblog del periodista Sergio del Molino (Madrid, 1979). Un punto de encuentro, un poco de cháchara y una apología de la intrascendencia, aunque a veces parezca que vamos de cultos.Si quieres hablar conmigo en privado: sergio.delmolino@gmail.com 
]]></description><ttl>60</ttl><pubDate>Thu, 24 Jul 2008 23:41:46 -0500</pubDate><generator>http://www.blogia.com</generator><item>
<title>TÓPICOS VIVIDOS</title>
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	<pubDate>Thu, 24 Jul 2008 17:13:00 -0500</pubDate>
<category>Viajes</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <img src="http://sergiodelmolino.blogia.com/upload/20080724171354-jarrote.jpg"  class="left" alt="20080724171354-jarrote.jpg" /><p><span style="font-size: medium;">Si alguien se pregunta qué coño hacemos en Múnich, en esta foto hallará sobrada respuesta. Bueno, diré mejor qué coño hacíamos en Múnich, porque ahora acabamos de llegar a Nuremberg. Sí, la de los juicios de Spencer &amp;ldquo;Pelazo&amp;rdquo; Tracy y la de los desfiles nazis y la de las Leyes de Nuremberg de 1935, esas que desposeyeron de la nacionalidad alemana a los judíos y dieron el pistoletazo de salida a la solución final. ¿Quién diría hoy, ante la soleada y risueña alameda frente a la que escribo esto, que tantos y tan decisivos horrores arrancaron aquí?<br /></span></p><p><span style="font-size: medium;">Pero la foto de este post me la hizo Cris en Múnich. Y aunque se ve que me lo estoy pasando bien (si observáis atentamente se puede ver cómo mi hígado se acurruca asustado mientras las transaminasas afilan sus cuchillos en la espuma de la jarra de cerveza), el lugar en el que bebemos tan alegremente es también un escenario del terror. Es la cervecería Hofbrauhaus, la más grande de toda Baviera, todo un símbolo nacional, icono oktoberfestiano y nido de turistas-abejorros como nosotros, que nos retratamos sin pudor pimplando los jarrotes de a litro. Sin embargo, la Hofbrauhaus también es famosa por ser el lugar donde se fundó el Partido Nacionalsocialista de Alemania, con Adolf Hitler presidiendo el cotarro.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Allí bebimos, pero cenamos en una cervecería menos turistera, la Augustiner, que está muy cerca y la frecuenta público local, lo que siempre da confianza. Sobredosis de salchichas con chucrut y largo paseo para bajar la ingesta de sólidos y de líquidos.</span></p><p><span style="font-size: medium;">En Múnich hay mucho turista yanqui. A los yanquis les encanta Múnich, es una ciudad de parada cuasi obligada para ellos en sus viajes por Europa, especialmente si van hacia el Este. Y es normal, porque en Múnich se pueden tropezar con todos los tópicos que el yanqui medio tiene sobre Europa, y hay un determinado tipo de viajero que encuentra un gran placer en ver confirmada la imagen previa que se ha hecho de su destino.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Generalmente, la industria turística se esfuerza mucho por no decepcionarles, ya que han pagado por ver tópicos, y si tienen que reconstruir en cartón-piedra un tablao flamenco en Santiago de Compostela o un asesinato victoriano en el hoy pakistaní East End de Londres, lo montan y listo. Sin embargo, en Múnich no tienen que esforzarse, porque la ciudad presume de tópicos bávaros y no es nada difícil tropezarse con un señor con sombrerito, tirantes, pantalón corto y medias reglamentarias. No son actores, no son como esos falsos Bravehearts que reparten folletos de justas medievales en el centro de Edimburgo: ellos son la esencia de lo bávaro, la gente que mantiene viva la secular herencia de esta plácida región regada por el Danubio.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Múnich es católica y tradicional. Las iglesias están llenas y las cervecerías, también, y a sus habitantes les hace enormemente felices que un conciudadano suyo sea ahora Papa. Desde 1945, aquí no hay más partido que la CSU, los conservadores democristianos (antes de 1945, Baviera fue la reserva espiritual del nazismo y el primer land que gobernó Hitler antes de 1933), y la placidez de la vida cotidiana se parece a la de un glotón y pacato burgo de provincias. Pero, al mismo tiempo, Múnich es una gran ciudad europea y moderna, con una elevada población inmigrante (turca y árabe, fundamentalmente) y con una avanzada legislación social y medioambiental. A simple vista, sin ahondar en las complejas tensiones sociales que seguro que existen, la capital de Baviera parece haber integrado sus dos caras en una sola estampa homogénea. Es conservadora, pero va en bici a los conciertos de rock, y es católica, pero se pone hasta las trancas de comida turca en la pequeña kasba que hay detrás de la Hauptbahnhof (la estación central de trenes).</span></p><p><span style="font-size: medium;"> Ésa es la impresión que nos ha dado Múnich desde que bajamos del tren que nos traía de Zúrich. Un tren multinacional, con amabilísimos revisores políglotas, que lo mismo te ayudaban en alemán que en francés que en inglés. Un tren que cruzó plácidamente la llanura del norte de Suiza, pasando por Winterthur, y entró en Alemania por el lago Constanza, regalándonos por la ventanilla un paisaje verdísimo de bosques y ríos que, no sé por qué, me hicieron pensar en el <em>Werther </em>de Goethe. Y es rara en mí tanta obviedad cursi, porque la verdad es que los secarrales de la Mancha no me evocan <em>El Quijote</em>.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Pensaré más en Goethe, porque vamos subiendo hacia su casa en un coche de alquiler, pero hoy pienso más en Sebald. Ahora estamos en la bella Nuremberg, reconstruida tras los bombardeos aliados del final de la Segunda Guerra Mundial, y a mí se me cruza constantemente la voz de Marlene Dietrich explicándole a un sonriente Spencer Tracy que ni todos los alemanes son nazis ni todos los alemanes beben cerveza. Para confirmar sus asertos, de fondo, un camarero hace borbotear un riesling del Rhin en la copa de Spencer, quien duda entre beberlo o dejarlo sobre la mesa, pues sabe que si lo bebe no podrá dejar de dar la razón a la encantadora Marlene. Un momento delicado para el juez de <em>Los juicios de Nuremberg</em>. </span></p><p><span style="font-size: medium;">En cuanto a mis sueños, parece que el bucle se ha detenido, pero sigue sin explicación alguna. Y no seais tan listillos en vuestras teorías jiñosas, que yo soy como José Coronado, como un reloj. Háganme el favor, que parecen ustedes párvulos con el tema de la caca.</span></p>	
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<title>MUÑECAS RUSAS</title>
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	<pubDate>Tue, 22 Jul 2008 19:16:00 -0500</pubDate>
<category>Sin tema</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p>En los viajes duermo como un lirón, pero nunca sueño. En este, en cambio, empiezo a inquietarme. Voy a contaros dos sueños que se me han quedado grabados vívidamente, al detalle. Los puedo rememorar imagen por imagen, y eso también es muy raro en mí. Empezaré por el que tuve hace dos noches.</p><p>Yo trabajo en un hospital. De enfermero. Visto mono sanitario verde y me muevo por lo que parece una sala de espera de urgencias, muy de noche. Las puertas correderas se abren y aparece una antigua novieta con la que pasé unos meses extraños y apasionados, pero a la que hace años ya que no veo. Antes de que pueda preguntarle qué hace ahí, noto que viene con un bulto enrollado en una manta. Parece un bebé. Aquí el sueño empieza a adquirir un tono de culebrón baratillo.</p><p>-Es tu hijo, estoy casi segura. Vengo a que te hagas la prueba de paternidad -me dice.</p><p>Incluso en el sueño, yo sé que, a no ser que el embarazo de esta mujer haya durado el doble que el de una elefanta, es absolutamente imposible que ese bebé sea nada mío, pero lo asumo como posibilidad. Oníricamente, no lo descarto, y accedo a hacerme la prueba. ¿Qué mejor sitio que un hospital, donde al parecer trabajo?</p><p>La chica le da el bebé a la jefa de enfermeras, que resulta ser mi amiga M. (que no es enfermera, pero que, ahora que lo pienso, le pega ser jefa de enfermeras en turno de noche en algún hospital grande). Mi amiga M. mira al bebé, me mira a mí y dice:<br />-No es por nada, pero este niño es clavadito a ti.</p><p>Y me lo enseña.</p><p>El niño resulta ser una masa sanguinolenta monstruosa, muy parecido a un alien de color carne. Doy un paso atrás, asustado, pero no le quito la razón a M. ¿Quién sabe cómo me ven los demás? Que le hagan la prueba de paternidad y acabemos con esto.</p><p>Se llevan al niño, mi ex novieta se queda sentada, esperando, y yo le digo que no se preocupe, que aunque yo no sea el padre, le ayudaré con ese niño-cosa, que no la voy a dejar tirada.</p><p>Y me alejo por el pasillo, angustiado, pensando que me he metido en un lío muy gordo y buscando una fórmula para contárselo a mi chica. &amp;ldquo;Me va a matar&amp;rdquo;, pienso.</p><p>Me despierto con una incómoda sensación de pesadez, y arrastro el recuerdo del sueño todo el día. Pero la cosa no acaba ahí, porque anoche soñé otro sueño igual de vívido e intenso que este. Fue así.</p><p>Estoy de jarana por Zaragoza con mi chica y mis amigos. A eso de la una de la madrugada, todos se marchan a su casa, pero yo quiero seguir la juerga, así que decido irme a Madrid a continuar. A la una y media estoy ya en Madrid (los AVE oníricos funcionan que da gusto) y me cuelo en un extraño bar que es mezcla demuchos antros queridos que he frecuentado en el pasado en todos los lugares donde he vivido y de alguno sacado de alguna película (adivino destellos de Jo, qué noche, la peli noctámbula por excelencia).</p><p>El bar está vacío. El camarero holgazanea en la barra y sólo hay una clienta: mi amiga G., a la que he ido a buscar y que se alegra de verme llegar de sopetón. Empezamos a hablar, pido una cerveza grande y charlamos sobre su embarazo. Porque G., en el sueño, está embarazada. Y también es famosa. Bastante famosa, pero no sé por qué.</p><p>-¿Ya habéis atado la exclusiva del nacimiento?- le pregunto.<br />-No, pero he contratado a Fulanito (dice un nombre que no me suena y que no recuerdo) para que se ocupe de todo lo de la prensa.<br />Esta noticia me molesta, pero trato de disimularlo. Le digo sonriendo y en tono de broma:<br />-Joder, ¿a Fulanito? Si me lo hubieras ofrecido a mí me habría planteado dejar el Heraldo.<br />-Ay, Sergio, no insistas.</p><p>No insisto.</p><p>G. está incómoda por los derroteros de la conversación, así que paga al camarero y me lleva a caminar por la Gran Vía. Caminamos un rato por una Gran Vía oscura y neblinosa, que no se parece en nada a la Gran Vía de verdad, y volvemos a meternos en el mismo bar. Esta vez, yo me pido una taza enorme de chocolate caliente y me la bebo de trago.</p><p>G. se tumba en unos sillones y me invita a tumbarme con ella. Quiere dormir.</p><p>-Ven, tócame la tripa. Está dando patadas -me dice.<br />Le toco la tripa, que no es muy prominente, pero no noto nada.</p><p>Y ahora es cuando viene lo escalofriante. Estamos en silencio, en la penumbra del bar, y entonces le digo a G.:<br />-¿Sabes? Es curioso lo de los embarazos. Precisamente ayer mismo soñé que&amp;hellip; -y le cuento punto por punto el primer sueño, tal y como lo he contado arriba. Relato un sueño dentro de un sueño.</p><p>Y me despierto con una angustia y un desconcierto notables. Nunca me había pasado nada parecido.</p><p>No sé darle una explicación, y temo que esto se convierta en un bucle de sueños noche tras noche. Sólo he encontrado una conexión, y la he llamado la &amp;ldquo;hipótesis de las muñecas rusas&amp;rdquo;. Una mujer embarazada es como una muñeca rusa: tiene otro ser dentro, y estos sueños tienen estructura de muñeca rusa, son sueños dentro de sueños. Así que la clave ha de estar en los embarazos que hay en ambos. El símbolo que hay que descifrar es el de la mujer embarazada. Y no, no lo estoy. Me he comprado un Predictor, he meado en el palito y no estoy embarazado, así que hay que buscar por otro sitio. Que yo sepa, ninguna mujer de mi entorno más íntimo está embarazada tampoco, por lo que la cosa ha de ser por fuerza simbólica. Los sueños no hablan de embarazos, sino de algo que se esconde, de algo que está dentro de otra cosa y que hay que sacar.</p><p>Si el señor Roberti, nuestro psicoanalista argentino de cabecera, está leyendo esto, por favor, que arroje algo de luz lacaniana sobre el enigma. A los demás, os propongo como pasatiempo que elaboréis algunas teorías sobre estos sueños. Cuanto más absurdas y delirantes sean, mejor, más nos divertiremos.<br />Mientras esto se dilucida, disfrutaré paseando por el centro de Múnich y llenándome la panza con las maravillosas cervezas que hacen aquí.</p>	
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<title>ECOS DEL BIG BANG</title>
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		<description>Como norma general, huimos como de la peste de todas las tascas españolas que por el extranjero abundan. Nos paramos en la puerta, olisqueamos el interior y nos reímos de la jeta que gastan los que venden a millón un par de lonch...</description><comments>http://sergiodelmolino.blogia.com/2008/072101-ecos-del-big-bang.php#comments</comments>
	<pubDate>Mon, 21 Jul 2008 18:51:00 -0500</pubDate>
<category>Viajes</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <img src="http://sergiodelmolino.blogia.com/upload/20080721185108-bodega.jpg"  class="left" alt="20080721185108-bodega.jpg" /><p><span style="font-size: medium;">Como norma general, huimos como de la peste de todas las tascas españolas que por el extranjero abundan. Nos paramos en la puerta, olisqueamos el interior y nos reímos de la jeta que gastan los que venden a millón un par de lonchas de jamón rancio. Anoche, sin embargo, paseando por Zúrich, nos tropezamos con la Bodega Española, en el cogollo del casco histórico. "Fundada en 1874", decía la vidriera. Más antigua que el Café Gijón. Más antigua que casi todos los cafés y bares antiguos de España. Es una tasca con solera, con bancos y mesas de madera ya sin barniz y machacadas por décadas de frote de balleta. Una tasca con solera y recio sabor ibérico en Suiza merecía sentarse a tomar un vino. Zúrich tiene una muy numerosa colonia española, formada básicamente por aquellos emigrantes de los 60. Iba a decir "muy numerosa e influyente colonia española", pero aquí los no suizos no tienen capacidad alguna de influencia, pues están marginados completamente de la res pública, aunque lleven aquí toda su vida. Acceder a la nacionalidad suiza (y, por tanto, a la intensa participación política que desarrollan los paisanos de por aquí) es prácticamente imposible.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Muchos españoles en Zúrich, tanto residentes como de turisteo, y muchos entraban en la Bodega Española, donde el camarero gallego les saludaba en español. Nosotros, que nunca entramos en esos sitios, que nos callamos cuando nos tropezamos con un grupo de españoles para no dar pie a patrioteras e insustanciales conversaciones, hemos tenido ganas de pedir otro par de vinos y entonar un pasodoble. En fin, puede que el Rioja cosechero caiga más hondo en Zúrich que en España, y uno empieza a notar sus efectos embriagadores mucho antes de lo habitual.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Al margen de lo hispano, Zúrich es de lo mejorcito de Suiza. Al menos, de lo mejorcito que hemos visto de Suiza. Sin el lujo rancio y pretencioso de la sobrevalorada Ginebra y sin el tedioso ritmo provinciano de Berna, Zúrich es el verdadero corazón palpitante del país. De hecho, a diferencia de lo que ocurre en el resto de Suiza, aquí hay un montón de señales y carteles trilingües (en alemán, francés e italiano, tres de los cuatro idiomas oficiales del país), lo que, a mi modo de ver, indica una voluntad, quizá soterrada, de ser la casa común de todos los suizos. Es decir, de ser su verdadera capital.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Con poco más de 300.000 habitantes, Zúrich es menos que media Zaragoza, y sin embargo, está a eones luz de nuestra pobre Zaragoza. No solo por la panoja que manejan aquí, con su bolsa, sus megabancos y sus reductos de latrocinio internacional, sino por el aire de metrópoli que se respira. Formalmente, Zúrich no es una gran ciudad, pero tiene alma, espíritu y maneras de gran ciudad. Muy por encima de Ginebra. </span></p><p><span style="font-size: medium;">Un simple y distraido paseo ya te advierte de que estás pisando una urbe compacta, con una larga historia asumida e integrada, perfectamente estructurada y sin apenas lagunas ni bolsas indefinidas. Urbanísticamente, es impecable, con el lago y el río marcando la pauta y el ritmo. Vital y culturalmente, es vibrante, plural, inquieta. Se respiran aires de Amsterdam, de Londres, incluso de París. </span></p><p><span style="font-size: medium;">¿Cómo no iba a ser así? Graham Greene dijo en <em>El tercer hombre</em> que los italianos, en dos siglos de guerras, sangre y destrucción, habían sido capaces de crear el Renacimiento y la cultura moderna. Mientras tanto, los suizos, tras quinientos años de paz, abundancia y prosperidad solo habían dado a la humanidad el reloj de cuco. Una frase muy citada y de un ingenio muy cosmopolita y muy de Greene, pero, como casi todas las frases ingeniosas, falsa y demagoga. En Zúrich, la ciudad de los banqueros y de los relojeros timoratos, nació la modernidad en 1916. En el Cabaret Voltaire y en el Café Odeon (ambos en activo y con buena salud) se juntaron las astracanadas de Tristan Tzara, las conspiraciones de Lenin y Trotsky y las melopeas (de alcohol y de letras) de James Joyce, que escribió su <em>Ulises </em>por aquel entonces en esta ciudad. En las cuatro calles desde las que escribo estas líneas, la cultura occidental se puso patas arriba. De las cenizas de la guerra europea nació un siglo XX extraño e iconoclasta, y el Big Bang de eso que llamamos cultura moderna tuvo lugar aquí, en el sitio donde ahora estoy sentado mientras veo caer la tarde.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Al igual que los astrónomos creen que debe haber restos del Big Bang en el sitio donde se produjo, en Zúrich quedan rescoldos de aquella gigantesca explosión. La ciudad vibrante y sonriente de hoy le debe mucho a esos años del dadá. Ahora, las calles por las que Tristan Tzara hacía cabriolas con sus amigos (cruzándose, quizá, con un pequeño Julio Cortázar de dos años que había recalado aquí con su familia para huir de la guerra) son un barrio de Chueca en miniatura. Las callejas medievales están llenas de garitos de ambiente muy integrados en la movida de la ciudad. Es decir, que la presencia reivindicativa gay no es hegemónica, aunque marque el ritmo y el tono del barrio. Tiendas, peluquerías, librerías y, sobre todo, muchos bares y cafés hacen de este rincón del centro de Zúrich una zona más que agradable. </span></p><p><span style="font-size: medium;">Dan ganas de quedarse aquí una temporada, sentado en una terraza, viendo pasar la vida y los fantasmas del dadá.</span></p>	
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<title>ARTE BRUTO</title>
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	<pubDate>Sat, 19 Jul 2008 19:16:00 -0500</pubDate>
<category>Viajes</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p><span style="font-size: x-small;"><p><span style="font-size: medium;">Un poco cansados de tanto multiculturalismo de postín, volvimos a nuestra realidad en la orilla del Ródano, donde descubrimos un chiringuito hippy que vendía buena cerveza y zumos naturales. Allí, tirada en la hierba, la chobenalla ginebrina se relajaba sin protocolos y sin ver pasar Rolls Royces. Algún porrillo discreto y un ambiente de acampada al caer la tarde daban unos ribetes de fraternidad a la estampa. Parecía que nos habíamos transportado a Amsterdam, pero las bravas y alpinas aguas del Ródano son mucho mejor paisaje que los cenagosos canales holandeses.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Sin que aquellos hippies los sospecharan, nos fuimos a alquilar un coche, y nos dieron un cochazo por el mismo precio (no sé por qué nunca nos dan el coche que pedimos y siempre acabamos con uno mejor por el mismo precio). La verdad es que el mostrenco Toyota intimidaba un poco por la bucólica carretera del Lago Leman, pero tampoco desentonaba mucho con el resto del parque automovilístico.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Fuimos a Lausanne, y pasamos de las vistas sobre el lago, pasamos de sus calles empedradas y en cuesta y pasamos de su encantador e impoluto centro histórico. Al menos, al principio. Porque lo primero que hicimos fue aparcar frente al edificio de la Colección de Arte Bruto, la única razón por la que yo quería pasar por Lausanne.</span></p><p><span style="font-size: medium;">En 1971, Jean Dubuffet donó a la ciudad de Lausanne una estremecedora y no del todo comprendida colección de arte que llevaba reuniendo desde 1945. Lo llamó &amp;ldquo;art brut&amp;rdquo;. Bruto, primario, sin pulir, surgido de las mismísimas entrañas de la mente y hecho por las más irreflexivas de las manos. Durante años, Dubuffet recorrió sanatorios mentales, psiquiátricos y centros de reinserción, y compró un montón de obras de arte hechas por aquellos a quienes la sociedad llama locos, dementes, desquiciados, lunáticos. Son las manifestaciones de mentes desatadas, preocupadas solo de sí mismas, ajenas a doctrinas o condicionantes sociales.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Dabuffet buscaba arte. Arte de verdad, no experimentos sociológicos. Desde Van Gogh, la relación entre arte y locura ha motivado miles de estudios, y la consolidación de las neurociencias ha dado mucha luz a conceptos tan difusos como los de &amp;ldquo;creatividad&amp;rdquo; o &amp;ldquo;inspiración&amp;rdquo;. Sí, hay ciertos estados alterados de la mente que predisponen a la creación. La locura puede generar artistas, y el arte -lo saben bien los psiquiatras gracias al esfuerzo de gente como Dubuffet- puede ser una forma de mantener la locura a raya. Muchos de los artistas de la colección de arte bruto pintaban o esculpían porque dar forma a ciertas obsesiones les calmaba, les daba perspectiva, les ofrecía un lugar en el mundo. </span></p><p><span style="font-size: medium;">En fin, no me voy a extender mucho sobre el tema. Solo quería dejar claro que es una de las cosas que me fascinan, que cursé en su día un par de asignaturas de Filosofía que trataban el tema, que ahondé en estudios clásicos, como la <em>Historia de la locura</em>, de Foucault, y que desde entonces he procurado estar un poco al tanto de la bibliografía que se va generando, aunque de forma autodidacta y pachanguera. Como en muchas otras cosas, mi interés no pasa del nivel de diletante. </span></p><p><span style="font-size: medium;">Por eso quería ver una colección mitificada en estos estudios sobre arte y locura. O sobre arte y trastornos mentales, que sería más apropiado. Y no me ha defraudado. La visita a la Colección de Arte Bruto sobrecoge hasta al corazón más pétreo. </span></p><p><span style="font-size: medium;">Las piezas más antiguas, correspondientes a artistas que crearon su obra en sórdidos asilos y manicomios de finales del XIX y principios del XX, es más tétrica. Se aprecia en ella la angustia del paria, del rechazado por la sociedad. Hay mucho espiritista, mucho poseído, mucho visionario y muchas caras espectrales con angustia y lágrimas. En los más recientes -ahora se puede ver una muestra de artistas japoneses-, se nota un cambio de actitud. Se nota la mano de artistas que no están marginados en una celda y cuya labor es potenciada y alabada por unos terapeutas bien preparados que quieren que se cultive para la mejora de su enfermedad. Hay un talante muy distinto. La angustia y la opresión oscuras dejan paso a unas composiciones más libres, mucho más dadaístas. Antiguos y actuales coinciden, eso sí, en una acusada tendencia al horror vacui, a llenarlo todo, a no dejar ni un resquicio sin pintar.</span></p><p><span style="font-size: medium;">El arte bruto, sin duda, es arte. Verlo con ojos compasivos es un error: no son pasatiempos de unos pobres desquiciados, sino la expresión genuina y compleja de unos artistas que no pueden expresarse de otra forma. Sus composiciones, sus texturas, sus colores, sus materiales responden a una necesidad y acaban desarrollando una técnica. Muchos son autodidactas, solo algunos han recibido formación artística más o menos compleja, pero todos acaban encontrando su vehículo y su medio de expresión. Y, como cualquier otro artista, transmiten sensaciones. Golpean al espectador, pueden llegar a dejarle K.O. con revelaciones inquietantes. La visita marea porque no da tregua: estos artistas no entienden de remansos. Lo tienen que soltar todo.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Así que, noqueados, salimos al extrañamente duro sol suizo, y proseguimos nuestro viaje de vuelta a la frivolidad. Llegamos a Montreux, donde los excesos del pijerio nos arrancaron alguna sonrisa, y paramos en Friburgo, la ciudad que marca la divisoria de aguas entre francoparlantes y germanohablantes. Así nos adentramos en otra Suiza, mucho más austera. Ahora estamos en Berna, la falsa capital de este falso país. Podría contar algunas cosas de la ciudad, pero creo que por hoy ya he escrito bastante. Volveré a conectarme en Zúrich, aunque creo que no será desde el Café Voltaire.</span></p></span></p>	
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<title>CIUDAD DE REFUGIO</title>
	<link>http://sergiodelmolino.blogia.com/2008/071701-ciudad-de-refugio.php</link>
		<description>Lo siento, no me termino de creer que esto no sea Francia. Estamos en Ginebra, donde la gente habla francés, come croissants y crepes y ve la tele francesa. Serán protestantes. Les molará Calvino, cuya silla está arrumbada...</description><comments>http://sergiodelmolino.blogia.com/2008/071701-ciudad-de-refugio.php#comments</comments>
	<pubDate>Thu, 17 Jul 2008 16:22:00 -0500</pubDate>
<category>Viajes</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <img src="http://sergiodelmolino.blogia.com/upload/20080717162201-img-3700.jpg"  class="center" alt="20080717162201-img-3700.jpg" /><p><span style="font-size: medium;">Lo siento, no me termino de creer que esto no sea Francia. Estamos en Ginebra, donde la gente habla francés, come croissants y crepes y ve la tele francesa. Serán protestantes. Les molará Calvino, cuya silla está arrumbada en un rincón de la catedral, pero salvo por la cuestión religiosa, esto es un cachito de Francia fuera de Francia. Como si Ginebra fuera un hijo renegado, que pasa de la tricolor y de los valores republicanos de austeridad que le ha inculcado su mamá patria.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Sí, uno se siente como en Francia, aunque de vez en cuando algún tópico suizo manche la estampa afrancesada. Y no me refiero ni a las navajas multiusos ni a las fondues. Ni siquiera a los relojes. Hablo de la enorme cantidad de bancos privados que hay por metro cuadrado y del lujo desnudo (si es que me permiten este oxímoron) que lo invade todo. Rolls Royces con matrícula árabe, Ferraris, BMW a cascoporro&amp;hellip; Y pijos y pijas en cantidades industriales. Pijos repijos, nada de medias tintas: traje a medida, anillacos de a millón, repeinamiento hortera y carcajada de suficiencia. Así no extraña que los precios sean inaccesibles (es una de las diez ciudades más caras del mundo), que los curritos vivan en la vecina Francia porque no pueden pagar un pisito en la ciudad y que nosotros nos resignemos a zamparnos un bocata (tampoco muy barato) en la orilla del lago (la mar de bien, por otro lado).</span></p><p><span style="font-size: medium;">Y, sin embargo, Ginebra tiene iniciativas populares casi dignas de una república socialista. En los Baños del Paquis te puedes bañar en unas piscinas naturales del lago y solazarte en el haman por dos francos suizos (un euro y medio, más o menos). En invierno, en ese mismo sitio hay una sauna a precios igualmente populares. Es un exitazo, claro. Hoy, por desgracia, nos ha salido nublado y hemos dejado el bañador en la maleta. Una lástima.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Llegamos a Suiza reventados después de unas diez horas de viaje en tren (cuatro o cinco de las cuales las pasé durmiendo). Por supuesto, cumplí mi sueño: poco antes de cruzar la frontera de Portbou, fuimos al vagón restaurante, casi vacío, y pedimos una cena de señores con un tinto de Rioja perfecto. Para los postres, estábamos en Perpiñán. Fue una de las mejores cenas de mi vida: solo eché de menos que hubiera un asesinato entre el primer y el segundo plato, o que al lado se sentara un viejo barón prusiano al que se le cayera el monóculo en la sopa. Porque el ambiente era así, moderno y decadente al tiempo. Un capricho de niño pequeño, un antojo que no se le consentiría ni a una embarazada. Cómo lo disfruté. Es lo más cerca del siglo XIX que he estado nunca.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Como dice la foto que he puesto, Ginebra, como toda Suiza, presume de ser una ciudad de refugio para los perseguidos. Y es cierto, aquí no hacen discriminaciones: lo mismo acogen al traficante de armas número uno de Uzbekistán que a un pobre paria. Pero lo que me llama la atención de este relieve es que el adonis que está reclinado en disposición preamatoria es clavadito a Lenin. Antes de quedarse en silla de ruedas, claro, cuando todavía hacía gimnasia allá en Siberia. ¿Qué nos quieren decir? </span></p><p><span style="font-size: medium;">En fin, de Lenin me ocuparé dentro de unos días, cuando lleguemos a Zúrich, la ciudad donde pasó la Primera Guerra Mundial y donde diseñó la Revolución Bolchevique. De momento, me solazaré en el lago Léman y su glorioso Jet d&amp;rsquo;Eau.</span></p>	
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<title>VACACIONES</title>
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		<description>Este año no he podido restregarle mi felicidad a los compañeros. No he hecho ningún bailecito idiota, ni les he improvisado unos ripios de felicidad. No les he sofronizado con una cuenta atrás. Nada. No he hecho ninguna de...</description><comments>http://sergiodelmolino.blogia.com/2008/071401-vacaciones.php#comments</comments>
	<pubDate>Mon, 14 Jul 2008 12:40:00 -0500</pubDate>
<category>Intrascendencias</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p><span style="font-size: medium;">Este año no he podido restregarle mi felicidad a los compañeros. No he hecho ningún bailecito idiota, ni les he improvisado unos ripios de felicidad. No les he sofronizado con una cuenta atrás. Nada. No he hecho ninguna de las cosas que hacemos los que nos vamos de vacaciones. No he metido el dedo en ningún ojo ni en ninguna llaga. Simplemente, me he ido.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Este año he llegado </span><span style="font-size: medium;">muerto </span><span style="font-size: medium;">a las vacas que hoy empiezo, arrastrándome cual polilla torpe sin alas por el suelo. Estas últimas semanas han sido matadoras en el curro. Lo habréis notado porque apenas he podido escribir nada en este blog. Además de las mil gaitas que tenía en el periódico, me urgía terminar un texto para un museo que se instalará en Vera de Moncayo y un par de cosillas que tenía pendientes. Así que al librito que a estas alturas del año pensaba que estaría ya concluido todavía le quedan un par de últimos e imponentes empujones. A la vuelta le daré la puntilla. O las puntillas, y os contaré de qué va la gaita. Por cierto, que cabe una remota posibilidad de que cuando vuelva en agosto me convierta en esporádico tertuliano audiovisual. Ya os contaré, pero sería ya la rematadera: que me pagasen por parlotear delante de una cámara.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Ahora ha llegado el momento de aparcar las penas, de vaguear, de darse al goce. Y, sobre todo, de hacer lo que más nos gusta: viajar. </span></p><p><span style="font-size: medium;">Mañana martes empezamos una ruta europea que me apetece un montón, porque tiene ribetes decimonónicos. Es un viaje que hemos planificado en ratos muertos y que creo que ha quedado muy bien. En Barcelona nos montaremos en un tren que nos dejará en Ginebra, y desde allí iremos subiendo en varios días, pasando por Lausanne, Montreaux, Berna e Interlaken, hasta Zúrich. Todo este trayecto pienso hacerlo con los poemas de Shelley en una mano y con el <em>Frankenstein </em>de su mujer en la otra. En Zúrich cogeremos uno de esos eficaces trenes alemanes y nos plantaremos en Múnich, desde donde iremos subiendo en varias etapas hasta Berlín. Tenemos previsto hacer parada y fonda en Nuremberg, Weimar, Dresde y Leipzig. A Berlín le dedicaremos sus buenos ocho días, para empaparnos a gusto de aquello.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Lo de ir a Ginebra en uno de esos trenes semilujosos es un capricho que me rondaba hace tiempo. Una de las cosas que quería hacer antes de morir era tomarme un whisky a las dos de la madrugada en un vagón semivacío mientras afuera centellean las luces de las estaciones y de los pueblos dormidos de la Francia meridional. Sí, lo sé, demasiado cine y demasiada Patricia Highsmith. Qué le voy a hacer, todos tenemos nuestros vicios, ¿no? Y un vicio ha de ser frívolo o no ser.<br /></span></p><p><span style="font-size: medium;">Iré posteando a lo largo de la ruta, intentando componer una crónica viajera entretenida. Sobre todo, entretenida para mí, que soy el que la escribe. Lo haré si el wifi y la cerveza alemana lo permiten. </span></p><p><span style="font-size: medium;">Salud, compañeros. </span></p><p><span style="font-size: medium;">Ah, por cierto, se me olvidaba. Los tres fotógrafos del Colectivo Anguila, con Pedro Hernandez como cabeza visible y barbada al frente, inauguran una pequeña exposición mañana por la tarde en Bodegas Almau, en el Tubo de Zaragoza. Si os gusta la música, pasaos a verla, pues ya sabéis que los Anguila sólo hacen fotos de rockeros rocosos dentro y fuera del escenario. Son los Anos Leibowitz de la estepa aragonesa. Sí, habéis leído bien: Anos. Es que son unos fistros diodenales.</span></p>	
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<title>HA MUERTO SERGIO ALGORA</title>
	<link>http://sergiodelmolino.blogia.com/2008/070901-ha-muerto-sergio-algora.php</link>
		<description>Coincidí muy poquitas veces con mi tocayo, aunque me alterné un tiempo con él en las columnas "Del revés" del suplemento Muévete. La última vez que lo vi, compartimos mantel (de papel) en la Fonda La Pe&amp;ntild...</description><comments>http://sergiodelmolino.blogia.com/2008/070901-ha-muerto-sergio-algora.php#comments</comments>
	<pubDate>Wed,  9 Jul 2008 13:20:00 -0500</pubDate>
<category>Música</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <img src="http://sergiodelmolino.blogia.com/upload/20080709132045-sergioalgora.jpg"  class="left" alt="20080709132045-sergioalgora.jpg" /><p><span style="font-size: medium;">Coincidí muy poquitas veces con mi tocayo, aunque me alterné un tiempo con él en las columnas "Del revés" del suplemento <em>Muévete</em>. La última vez que lo vi, compartimos mantel (de papel) en la Fonda La Peña, cuando los poetas del 22 me invitaron a una de sus jolgoriosas cenas y les hice un reportaje que gustó mucho y pulula por Internet. Le conocí lo justo para saber lo que sabía todo el mundo: que sufría gravemente del corazón, de lo que, al parecer, ha muerto. No estoy capacitado, por tanto, para escribir nada en condiciones. Eso se lo dejo a quienes compartían las noches con él en el Bacharach, en La Casa Magnética y antes, cuando todavía existía, en La Caja de los Hilos. Sólo quiero decir que la noticia me ha noqueado y que lo lamento mucho por todos sus amigos y admiradores, que sé que son muchos. </span></p><p><span style="font-size: medium;">La noticia de su muerte, </span><a href="http://www.heraldo.es/index.php/mod.noticias/mem.detalle/idnoticia.17747/relcategoria.308" target="_blank"><span style="font-size: medium;">aquí</span></a><span style="font-size: medium;">.</span></p><p><span style="font-size: medium;">En mi blog de Heraldo de Aragón he publicado un articulillo comentando un par de cosas sobre Algora. Puedes leerlo <a href="http://ancasderanillas.blogspot.com/2008/07/adis-sergio-algora.html" target="_blank">pinchando aquí</a>. </span></p>	
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<title>ME ABSTRAIGO</title>
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		<description>No es que me quede embobado mirando el estucado de la pared, es que me convierto por momentos en un ser inmaterial. Lo prueba mi discurso, que cada vez es más inconcreto. Google ya no me entiende: los anuncios de esta página, que se cre...</description><comments>http://sergiodelmolino.blogia.com/2008/070602-me-abstraigo.php#comments</comments>
	<pubDate>Sun,  6 Jul 2008 21:00:00 -0500</pubDate>
<category>Sin tema</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p><span style="font-size: medium;">No es que me quede embobado mirando el estucado de la pared, es que me convierto por momentos en un ser inmaterial. Lo prueba mi discurso, que cada vez es más inconcreto. Google ya no me entiende: los anuncios de esta página, que se crean en función del contenido (si hablo de aspiradoras, genera anuncios de aspiradoras), ya no remiten a nada de los textos, porque no los entiende. Hace un rato, los anuncios Google remitían a "Sergio", "Molino" y "Blog literatura". No encuentra más asideros en los artículos. No soy rentable, ni siquiera Google sabe qué hacer conmigo.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Snif.</span></p>	
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<title>¿MIEDO AL SEXO?</title>
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		<description>Lo pensaba mientras leía la última de Belén Gopegui, pero no es algo privativo de esta escritora, ni muchísimo menos. ¿Qué coño les pasa a algunos narradores con el sexo? ¿Por qué no sabe...</description><comments>http://sergiodelmolino.blogia.com/2008/070601--miedo-al-sexo-.php#comments</comments>
	<pubDate>Sun,  6 Jul 2008 14:17:00 -0500</pubDate>
<category>Literatura</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p><span style="font-size: medium;">Lo pensaba mientras leía la última de Belén Gopegui, pero no es algo privativo de esta escritora, ni muchísimo menos. ¿Qué coño les pasa a algunos narradores con el sexo? ¿Por qué no saben integrarlo en sus textos con naturalidad? ¿No habíamos quedado en que ya no teníamos remilgos, en que los novelistas podían (debían) dejar su pudor a un lado y escribir follar, polla, teta, mamada, corrida y todo el léxico necesario? ¿Por qué les resulta tan difícil todavía hoy a algunos escritores narrar con corrección (no ya brillantez) una escena erótica? ¿Somos <a href="/2008/060301-un-chileno-varado-en-la-ciudad.php" target="_blank">Julio Espinosa</a> y yo los únicos que pensamos que la literatura es algo carnal, y que si hay sexo en las páginas, el escritor tiene que esforzarse por ponerte cachondo? </span></p><p><span style="font-size: medium;">En las últimas semanas he leído tres enfoques muy distintos en dos escritoras y un escritor. Una, Zadie Smith, se muestra natural, vivaracha y genuina. Lo he contado <a href="/2008/062901-mucho-que-aprender-de-zadie.php" target="_blank">más abajo</a>. Tiene dos polvos magistrales en <em>Sobre la belleza</em>, perfectamente insertos en la acción, que la hacen avanzar y ayudan a comprender mejor a los personajes. Están narrados sin elipsis ni acelerones, pero tampoco con el detallismo aburrido del porno. Tienen su justo tiempo, y en el léxico no hay eufemismos: los coños no son <em>oquedades</em>, y las pollas no son <em>enhiestas virilidades</em>. Otro inglés, Nick Hornby, en <em>Alta fidelidad</em>, directamente pasa del sexo. Justo cuando va a empezar el mambo, se aprovecha del subterfugio del narrador en primera persona para achacar el pudor a su personaje y, como en las pelis ñoñas de los años 40, pasa del primer beso apasionado al desayuno de la mañana siguiente, raccord mediante. Recurso elegante, pero muy visto. </span></p><p><span style="font-size: medium;">Pero el que más me ha llamado la atención es el de Belén Gopegui, porque ejemplifica un vicio muy extendido incluso en autores supuestamente liberados sexualmente. El lector va paseando por las páginas de <em>El padre de Blancanieves</em>. Podrá gustar más o menos, pero reconoces un estilo, una intención, un ritmo. Vas reconociendo sus rasgos, te acostumbras a caminar por el libro con la cadencia que le impone su autora, hasta que a dos personajes les toca meterse en la cama. Entonces, todo empieza a chirriar, todos los rasgos y el ritmo narrativo que ya creías reconocer echan el freno y, en lugar de la voz de Gopegui, asoma Corín Tellado, como si el censor la hubiera pegado allí. Emplea frases como "me sentaré despacio sobre su excitación". La página se llena de incomprensibles eufemismos repipis, cacofónicos: "Apenas el cuerpo ajeno excitando la excitación que ya sentían", "la volvía loca de placer con su boca"... El verbo se oxida, se siente incómodo, se retuerce y saca al lector del libro. ¿Por qué pueden narrar un viaje en autobús y no saben narrar un polvo? Si en el viaje en autobús, el autobús se llamaba autobús, y no "metálico cajón de deseos deslizándose por una cinta de promesas", ¿por qué los personajes no follan igual que viajan en autobús?<br /></span></p><p><span style="font-size: medium;">No me voy a poner freudiano. No creo que esto implique necesariamente que los autores que sufren este mal tengan una relación problemática con el sexo. No tiene nada que ver. Creo que la cosa está más relacionada con una falta de educación lectora, con la mala asimilación de una tradición y con pereza a la hora de enfrentarse a retos técnicos complejos. Porque un lector medio se encuentra a lo largo de su vida lectora con muchos viajes en tren, muchos paisajes campestres, muchas mañanas de domingo, muchas noches de jarana y muchas conversaciones en patios sombreados. Tiene un amplio surtido de referencias técnicas literarias para atacar en un texto esas situaciones. Pero, ¿cuántos polvos buenos se encuentra? Buenos de verdad, de los que te acaloran. Para aprender a narrar una escena de sexo, como para cualquier otra situación, los escritores recurren a la tradición, para seguirla o para romperla. Hay que aprender sus técnicas narrativas para saber cómo llegar al lector. Y los buenos polvos de la literatura no están en Galdós, ni en Dostoievski, ni en Tolstoi, ni en <em>El Quijote</em>. Los buenos polvos, los que pueden enseñar algo de técnica a un escritor, hay que buscarlos en el Marqués de Sade y en esa tradición erótica que siempre se ha considerado menor y que, por regla general, no se enseña en las universidades ni está al alcance de los adolescentes en las bibliotecas de sus papás. Vamos, que hay que currárselo, salir de las avenidas y callejear por sitios que no aparecen en las guías turísticas.</span></p><p><span style="font-size: medium;">La tradición latina, por ser católica e inquisitorial y vivir más obsesionada con lo prohibido, es mejor que la anglosajona para iniciarse en esto. Ya en el siglo XIV circulaba en Castilla <em>El libro del buen joder</em>, y desde entonces se ha generado una rica y prácticamente desconocida tradición erótica que culmina en el siglo XX con la colección <em>La sonrisa vertical</em>, que al fin da carta de naturalidad (que no de naturaleza) al género. Ahí es donde tiene que picotear el escritor que quiera hacer creíbles sus escenas de sexo, para que fluyan con naturalidad dentro de la acción y no parezcan pegotes incómodos y sin sentido. Pero el primer paso, y esto vale para cualquier aspecto literario, es perderle el miedo a las palabras. No hay nada peor que encontrarse una "vagina" donde el cuerpo pide un "coño", o un "pene" donde lo que apetece agarrar es una "polla", por no hablar de lo mucho que corta el rollo tropezar con un "seno", por muy "turgente" que sea, en lugar de una "teta" como dios manda o el bajonazo que le sacude a uno cuando "alcanza el orgasmo" en lugar de correrse. </span></p><p><span style="font-size: medium;">Hágannos un favor y guarden los orgasmos y las vaginas para los folletos de orientación sexual y para las charlas de instituto. En literatura, las metáforas y los sinónimos sólo sirven si son más expresivos, coherentes o eficaces que la palabra a la que sustituyen. Usar la metáfora como eufemismo es, como mínimo, una muestra de impericia y un fraude, porque la metáfora está para mostrar y penetrar más. Para decir más, para revelar lo que el lenguaje al uso no consigue mostrar, no para ahorrarle incomodidades al escritor.<br /></span></p>	
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<title>LA CLASE MEDIA</title>
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	<pubDate>Sat,  5 Jul 2008 20:01:00 -0500</pubDate>
<category>Literatura</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <img src="http://sergiodelmolino.blogia.com/upload/20080705200105-gopegui.jpg"  class="left" alt="20080705200105-gopegui.jpg" /><p><span style="font-size: medium;">A Karl Marx le daba asquito. La asimilaba a los campesinos y le negaba carácter de clase (sin conciencia, no hay condición). Burgueses venidos a menos o proletarios enriquecidos, resumía lo peor de ambas clases sociales: el servilismo del desheredado y la ambición depredadora del capitalista. Desde sus cálculos estratégicos, suponía un escollo para la revolución: no se unirían a ella porque no se les podía aplicar la primera parte de la sentencia que cierra el <em>Manifiesto comunista</em>: "Los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas; tienen, en cambio, un mundo que ganar". Sí, con la revolución podían tener un mundo que ganar, pero, a diferencia de los proletarios, sí tenían algo que perder más allá de sus cadenas. Poca cosa: un pisito a medio pagar, un coche monovolumen y quince días en la playa en agosto. Fruslerías, migajas que el gran capital les había arrojado para mantenerles quietos en sus casas y no secundar a los sans-culottes. Es más, unas fruslerías lo bastante jugosas incluso para disparar sobre los sans-culottes que las amenazan.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Marx puso el dedo en la llaga y, desde entonces hasta hoy, ningún revolucionario o <em>aspirante a</em> ha sentido más que el obligado desprecio por la clase media: aburrida, conformista, temerosa, desquiciada, aterrada por la perspectiva de que un revés en Wall Street la hunda en el fango. Ya ha sucedido. Ya han visto muchas veces que cuando una economía se va a la mierda, los pobres pasan a ser menesterosos, y ellos pasan a ser pobres. Hay todo un imaginario que les presenta como alfeñiques, arrugados ante los jefes, dispuestos a cualquier bajeza para mantener su precario estatus y con una obsesión por tener hijos ingenieros, médicos, abogados, que se aseguren una posición sin turbulencias. Son los padres de Mafalda, a los que Mafalda desprecia. Ansían el ideal de democracia soporífera que les vendió Churchill: no quieren más aventuras que las de <em>Estudio Estadio</em> los domingos.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Con este imaginario y su obligada némesis (el punk, los obsesionados por arriesgar, romper y liquidar, los hijos garbanzos negros que al final vuelven al redil) se puede historiar el mundo occidental desde la Revolución Francesa hasta 1989. Doscientos años limpios con un imaginario prístino, unas fuerzas sociales identificadas, unos objetivos vitales claros. Luego vinieron los años del fin de las ideologías, donde todos pertenecíamos a esa aborrecida clase media. Triunfante al fin, sin complejos, sin tener que pedir perdón al proletario por no tener callos en las manos. El tema se desplazó a un segundo plano en los grandes discursos literarios. Se esfumó un tiempo. Los narradores se preocuparon por otras cosas, venían nuevos retos que afrontar. ¿A quién coño le interesaba escarbar en un imaginario resobado, lleno de lugares comunes, agotado por el certero pero inane vómito punk?<br /></span></p><p><span style="font-size: medium;">Pero el eco de 1989 se ha apagado. El triunfalismo neoliberal, la prepotencia europeísta y la chulería de los nuevos economistas se han ido acallando, y de su silencio resurgen el desdén y la desazón. El mundo occidental vuelve a sentir el cosquilleo de la psicosis y, como siempre ha hecho, corre asustado en busca de relatos que le reconforten. O que le aclaren, porque escribir y crear es una forma de buscar esa claridad.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Vuelve la clase media, señoras y señores. Lleva unos años con nosotros, y la última novela de Belén Gopegui es un ejemplo de ello. En <em>El padre de Blancanieves</em> Gopegui retoma algunos tópicos novelescos sobre el tema y los actualiza. Vuelve a Goethe, vuelve a ese Fausto que escribe en medio de la noche, justo antes de que aparezca Mefistófeles: "En el principio, era la acción". Consciente o inconscientemente, Gopegui hurga en ese tópico literario en una novela muy irregular que habla de las habitaciones de la clase media, de la incapacidad de cambiar no ya el mundo, sino la propia vida, de la culpa y el autoengaño.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Lo hace con una estructura coral, con muy poquita acción y mucha charla entre bastidores, con personajes un poco arquetípicos, algo rígidos, que van enfocando distintas aristas del poliedro. El poliedro es la clase media y sus mezquindades, sus miedos, sus culpas. </span></p><p><span style="font-size: medium;">El problema de <em>El padre de Blancanieves</em> es que es una novela que funciona mejor como ensayo. Ni siquiera es una novela de tesis (algo insoportable para un lector del siglo XXI, al menos, para un lector inteligente con un pelín de bagaje a cuestas). Gopegui no ha sabido o no ha querido construir una narración literaria que funcione como tal: no hay voces reales, suenan impostadas, porque lo que realmente quiere hacer Gopegui es una aproximación cuasiteórica. Quiere una "teoría de la clase media" o un "informe de la clase media", por utilizar su terminología, pero no quiere hacer una novela de la clase media. Una lástima, porque si se hubiera decidido por tirarse a la piscina y construir una verdadera novela, habría ahondado mucho más. Ya decía Sábato que la novela alcanza a decir todo aquello que los tratados filosóficos no pueden aprehender. Las buenas novelas llegan más allá de donde los filósofos se encogen de hombros y se dan media vuelta.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Ojo, pero conviene no despachar alegremente <em>El padre de Blancanieves</em>, porque si como novela no funciona, leída como ensayo novelado llega a ser estimulante y revelador en ocasiones. Pero como ficción literaria hace aguas. Todo es cuestión de acercarse al texto con el talante adecuado.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Como narrador actual de la clase media me interesa mucho más un desasosegante individuo que este fin de semana ha estrenado (o reestrenado) peli: Michael Haneke. A Haneke le ocurre lo contrario que a Gopegui: que cuando se pone reflexivo y "ensayístico", aparece plúmbeo, coñazo y previsible  (ejemplo: <em>El tiempo del lobo</em>, desde mi punto de vista, un tropezón en su carrera que solventó en su siguiente y magistral peli: <em>Caché</em>), pero cuando se dedica a contar historias sin dar explicaciones ni ponerse a meditar, te atiza una descarga en la médula espinal.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Ahora estrena la versión americana de su mejor peli, <em>Funny Games</em>. No es una versión, es una copia plano por plano de la peli que rodó en Austria en 1997, pero para el público americano, con actores americanos que hablan en inglés. No la he visto, pero la crítica dice que no hay diferencia alguna, que es un calco perfecto. </span></p><p><span style="font-size: medium;"><em>Funny Games</em> es la película más salvaje, inquietante e incomprensible de la filmografía de Haneke. Por encima de <em>Code Inconu</em> y de sus producciones austríacas anteriores. Sin ser explícitamente muy violenta, es probablemente una de las películas más violentas y desagradables que se puede encontrar un espectador. A alguien especialmente sensible, le puede helar la sangre esa orgía de sadismo de dos horas de duración. </span></p><p><span style="font-size: medium;">No destriparé nada del argumento, no preocuparsen.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Lo que plantea Haneke en buena parte de su filmografía es: ¿qué pasaría si los miedos -a veces patéticos, paranoicos- de la frágil y desquiciada clase media se hicieran realidad? ¿Qué pasaría si, tal y como ocurre en sus peores pesadillas, suena el timbre y, al abrir la puerta, el horror puro entra en casa? ¿Cómo reaccionaría esa clase media que aparenta tenerlo todo controlado ante la irrupción material de sus propios temores? </span></p><p><span style="font-size: medium;">Haneke fuerza el sadismo, se lanza en picado, sin concesiones. Nos planta la pesadilla en la cara sin edulcorar, sin esbozar una causa, sin camuflar la gratuidad del horror. Es más, en <em>Funny Games</em> se burla de quienes piden a gritos una explicación, de quienes le preguntan al torturador por qué le tortura. </span></p><p><span style="font-size: medium;">Pienso que Haneke es austríaco, y pienso en su afinidad con otra escritora austríaca, de quien ha adaptado una novela, Elfriede Jelinek. Jelinek es una mujer con serios transtornos mentales que vive recluída en su casa y que ni siquiera acudió a recoger el premio Nobel. Y si pienso en Austria, pienso en Natascha Kampusch y en el monstruo de Amstetten. Y, por supuesto, pienso en una sociedad (de clase media) desquiciada, recocida en sus miserias suburbanas, atravesada por sus propias pesadillas.</span></p><p><span style="font-size: medium;">La clase media ha vuelto como objeto y tema narrativo. Y no sólo en estos niveles: hasta en la tele, de donde nunca se ha marchado, la clase media es objeto de revisiones. Desde Allan Ball y <em>American Beauty</em>, la cultura popular americana anda rondando algunas inquietantes certezas sobre las urbanizaciones y la quietud de los chalets. Ahí está <em>Mujeres desesperadas</em> y <em>A dos metros bajo tierra</em>. Más actuales, <em>Weeds </em>o incluso <em>Dexter</em>, aunque ésta no se centre en el núcleo familiar como problema.</span></p><p><span style="font-size: medium;">Vamos, que el tema preocupa. Y eso es porque la crisis se huele desde hace años.</span></p>	
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