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13/12/2007

GLACIARES Y LIBRERÍAS

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El Calafate ya ha entrado en mi lista de los sitios más extraños en los que he estado en mi vida. Una única calle principal en un páramo moteado de arbustos y azotado (no es una imagen: es literal) por un viento más furioso que el cierzo. El resto, pistas de grava, con pedruscos grandes como puños que destrozan los amortiguadores de un parque automovilístico muy castigado ya de por sí. Un buen montón de hoteles dispersos por el llano, a orillas del lago Argentino, y unos cuantos restaurantes estupendísimos que reciben los suministros de Chile y de Río Gallegos, la población más cercana, a más de 300 kilómetros hacia el Atlántico.

De El Calafate parten las excursiones para el Perito Moreno y los glaciares, y en sus calles se juntan montañeros curtidos sin dedo meñique y turistas desocupados y perezosos como nosotros, que no pretendemos remontar ningún río andino ni salvar cordillera alguna, sino comprobar si lo que nos han contado y hemos leído sobre la abrumadora belleza del glaciar Perito Moreno es cierto. En la calle principal, unas cuantas librerías especializadas en la Patagonia. Fantásticos libros de viajes en los que Chatwin reina casi por derecho propio, a la par que el Perito Moreno que descubrió y dio nombre al glaciar a finales del siglo XIX y que trazó los límites de la frontera con Chile.

Nos sale un dío horroroso. Llueve, el viento apenas deja abrir los ojos y el cuerpo, recién habituado al calor de Buenos Aires, se entumece y congela. A muchos les molesta, pero a nosotros nos parece un panorama maravilloso para disfrutar del glaciar, que efectivamente es tan impresionante como esperábamos. Incluso teniéndolo delante, es imposible concebir tal cantidad de hielo. No lo asumes. Esa pared de hielo azul y blanco, que cruje y se derrumba cada pocos minutos. La naturaleza es bestia a veces. Ahí está, un resto de otros tiempos, un fósil geológico de la última glaciación que sigue "vivo". Los hay más grandes en esta parte sur de la Patagonia, pero el Perito Moreno es especial porque se muestra esplendoroso al espectador: parece que quiere ser contemplado, con su frontal bien hermoso asomando a una península e internándose en ella. Pero también lo es porque, según nos explican, su comportamiento escapa a toda lógica ciéntifica: crece en lugar de retroceder, como la mayoría de los glaciares, y rompe cuando le da la gana, desafiando todas las previsiones de los geólogos.

Ya estamos en Buenos Aires, lejos de una Patagonia metida de lleno en una carrera turística que puede no ganar, ya que le siguen faltando infraestructuras básicas, como buenos aeropuertos y autovías fiables. En la provincia de Santa Cruz han cambiado a las ovejas por otros rebaños, los de turistas, pero está todavía por ver si los miles de apasionados voyeurs que nos acercamos al glaciar somos parte de una moda pasajera -que se romperá cuando el peso vuelva a cotizarse fuerte y la economía argentina repunte- o de verdad hay una posibilidad viable -sin los salvajismos cometidos en España- de que el turismo se afiance como esperanza para una de las regiones más pobres del país. Yo, a pesar de El Calafate, a pesar de los aviones con overbooking y a pesar de los hoteles de superlujo como el que nos reservó Fernanda, la agente de viajes que sudó tinta para organizarnos la escapada desde Buenos Aires, tengo mis dudas. En Argentina todo es muy frágil, y una de las constantes de su historia son los proyectos y las esperanzas quebradas: el equilibrio es tan sutil, que cualquier bandada de viento lo manda todo al cuerno, como se vio en el corralito de 2001 y el llamado "corralón" posterior. De ahí la perenne nostalgia por lo que nunca fue pero pudo haber sido.

Eso se aprecia mejor en Buenos Aires, que Borges definía como "capital de un imperio que nunca existió". De ahí proviene la arrogancia que les hace odiosos a los ojos de muchos latinoamericanos. De ahí proviene todo lo bueno y todo lo malo de la sociedad y la cultura argentinas.

Paseamos por la avenida Corrientes, atontados por el sol y el tráfico, y en cada esquina hay una constatación de ese tópico. En Corrientes, además de un verso de un tango ("Corrientes, 348, segundo piso ascensor") hay fundamentalmente dos cosas: teatros y librerías. También hay trileros, casas destruidas, carteristas, oficinas con moqueta desteñida y restaurantes españoles, pero los teatros y las librerías ganan a todos. Las librerías de Corrientes son las más famosas de la ciudad, las más queridas, especialmente las de viejo: sucios almacenes desordenados en los que puede aparecer cualquier joya por unos pocos pesos. Pero todas, las de novedades -suelos de parqué, anaqueles pulcros, jóvenes dependientes atentos, cafetería para hojear a gusto- y las de lance comparten una característica: el ensayo domina sobre la ficción. Las secciones de historia, política, filosofía y sociología están mucho más visibles y nutridas que las de novela, que algunos locales marginan al fondo.

Normal: la literatura argentina tiene un bien merecido caché, pero a los porteños les pierde el ensayo. Leen muchísimos textos de reflexión política e histórica, especialmente si tratan sobre su país. Perón a favor y Perón a la contra, pero siempre a vueltas con Perón. La influencia de los montoneros, la compleja y larga sombra de Evita. La problemática herencia española, la de la colonia y la de los emigrantes. Las razones de la crisis del corralito. El indigenismo. Esos son los libros que se destacan en las librerías de Corrientes, esos son los que husmean lectores desvaídos y solitarios incluso de noche, pues en Corrientes todo cierra tarde, muy tarde. O no cierra nunca. Las obsesiones bonaerenses son como los tangos: se repiten con variantes año tras año, día tras día.

ENCUENTROS EN EL FIN DEL MUNDO

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Como parte de su absurdo e interminable itinerario, el avión hace escala en Usuahia, la ciudad del fin del mundo, en Tierra de Fuego. Es literalmente así: la población más austral del planeta, en el estrecho de Magallanes. Más al sur, sólo queda la Antártida, y precisamente en su puerto se arman las flotas de expediciones científicas que van al continente helado. Esperamos distraidos, hasta que Cris me dice: "Mira, ese chico se parece a Luis. Y esa chica a Helga... ¡Anda, si son Luis y Helga!". 

¿Qué posibilidades hay de encontrarse con alguien en la última ciudad del planeta, en lo que literalmente es el último confín? ¿Y de que esos "alguien" sean dos compañeros de trabajo (bueno, ella, ex compañera, aunque sigue colaborando con nosotros en el suplemento) en viaje de novios por Argentina? El mundo no es un pañuelo, sino la esquina llena de mocos de un pañuelo. Y nosotros somos los mocos, claro, tropezándonos constantemente entre nosotros. Sé que la imagen es muy burda, pero estoy recién levantado después de que volviéramos a Buenos Aires de madrugada, y arrastro todavía el atontamiento del avión.

Vamos a El Calafate, un enclave en medio de la nada patagónica, muy cerquita de la frontera con Chile y de Punta Arenas, a la entrada del Parque Nacional de los Glaciares, que es nuestro objetivo. En El Calafate no hay mucho que hacer ni que ver. Es un montón de hoteles y restaurantes crecidos a la sombra de la fama del Perito Moreno, la inenarrable masa de hielo de 60 metros de alto y varios kilómetros de largo.

Por supuesto, matamos el tiempo en El Calafate descubriendo las absurdeces del lugar, y acabamos cenando los cuatro en un restaurante (fetén, por cierto) que se vanagloriaba en la carta de haber sido elegido por el rey de España para probar el world famous cordero patagónico. Cenamos junto a unos hambrientos montañeros vascos dispuestos a saquear las existencias del local.

Contaría más cosas, pero ahora no tengo tiempo de más. Sólo quería dejar el testimonio fotográfico de este encuentro en el fin del mundo.

11/12/2007

LA NUEVA EVITA

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¿Por dónde empezar? No sé si vengo de presenciar un momento histórico, el nacimiento de una segunda Evita, la gran esperanza de los nuevos descamisados o de una pantomima pequeño-burguesa sin importancia. De verdad que no lo sé, pero me alegro de haber estado hoy en Buenos Aires y de haber vivido una experiencia imposible de presenciar en Europa.

Para los despistados: Cristina Fernández de Kirchner tomaba posesión de la presidencia argentina hoy. Importancia: es la primera mujer democráticamente elegida. en este país. Morbo: es la esposa del anterior presidente, que ha renunciado a presentarse a la reelección. Hay un tufillo desagradable en la maniobra. Nota a tener en cuenta: los Kirchner son peronistas, lo cual tampoco es una etiqueta muy definitoria de nada, pero hay que considerarla en lo que vale.

A todo esto, hay que añadir que los argentinos viven la política con intensidad violenta. A nadie en el país le ha dejado indiferente la ceremonia. Los discursos se han emitido íntegros y han sido seguidos masivamente por radio y por televisión, con agrado o con asco. El soporte popular de Cristina, que es mucho, ha tomado el centro de Buenos Aires, con algunos incidentes que hemos sufrido marginalmente en Plaza de Mayo.

La cosa iba así: Cristina es investida por el Congreso y recibe la banda y el bastón de mando presidenciales de manos del anterior presidente, su señor marido. Un taxista peronista bromeaba mientras escuchaba el discurso por la radio y nos llevaba por la avenida 9 de Julio: "¿Se darán un piquito o un abrazo?". Después, salen del Congreso y recorren en un desfile la Avenida de Mayo hasta la Plaza de Mayo, donde está la Casa Rosada. Allí había montada una gran fiesta peronista. Miles y miles de descamisados (pobres de solemnidad, doy fe) llegados en autobuses desde casi todos los rincones del país llenaban la plaza. Nos costó mucho abrirnos paso entre las banderas y el gentío que se apelotonaba en el escenario, pero al final conseguimos un buen sitio (algo peligroso también: un conato de avalancha y la bronca entre facciones peronistas han estado a punto de acabar muy mal y ahora podría estar escribiendo esto desde el hospital. Era un poco bruto el asunto, y la presencia de los antidisturbios con las tanquetas de agua no tranquilizaba nada).

El fantasma de Evita contaminaba toda la plaza. Las pancartas la invocaban, y algunas invocaban también a su marido el general. Retratos y siluetas sobre banderas blancas y azules. La propia Cristina ha terminado su discurso de investidura invocando también emocionada a "Eva" y ligándola con la lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que estaban en la cámara. Los mensajes contra la impunidad de los represores de la dictadura, la promesa de que se les seguirá persiguiendo y buscando a los desaparecidos, los más emotivos para todos, los más esperados.

Actuaron algunos grupos en un festival algo caótico que celebraba la toma de posesión, con la aparición estelar de Gustavo Santaolalla. Pero a quien esperaba todo el mundo era a Mercedes Sosa, la gran Negra, la más querida payadora, que se tiene en pie a duras penas pero que conserva su chorro de voz. Se sentó al micro y entonó el "Sólo le pido a Dios". Dos estrofas nada más, porque a la tercera entró, muy efectista, la gran Cristina-Evita de la mano de su marido Néstor. Los aplausos y los gritos del público acallaron a la Negra Sosa. Impecablemente vestida, con un traje diseñado para la ocasión y cuya confección era casi un secreto de Estado. Una refinada y elegante señora frente a los desarrapados que hace más de medio siglo aclamaban a Evita desde ese mismo sitio. ¿La historia avanza en bucles? No lo sé, pero sí que es cierto que por más que los que nos ganamos la vida poniendo por escrito las cosas que pasan nos esforzamos por encontrar la perspectiva original y novedosa, la realidad aparece mostrenca, con unas referencias sobadas y facilonas.

La sensación es algo noqueante. Agotadora, excitante. Siempre emociona ver a un pueblo en la calle. Hay que tener un corazón de cartón para quedarse indiferente. La lengua amenaza con desatarse por llanuras épicas, pero hay que tirar fuerte de las riendas para refrenar la cabalgada. Sobre todo yo, que soy más de interiores íntimos.

Me siento afortunado por haber visto esto, sea lo que sea.

Foto: era prácticamente imposible capturar a Cristina en el escenario, pero esta imagen, con las banderas en primer término, me ha parecido de las màs logradas que he hecho.

11/12/2007 02:01 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Buenos Aires 07 No hay comentarios. Comentar.

09/12/2007

ESCASEZ DE MONEDAS

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No hay cambio en Buenos Aires, nadie sabe dónde están las monedas. Un incordio. Parece que los argentinos, hábiles nadadores de las aguas filosóficas, se ahogan en las miserias de la vida cotidiana. Lo que más jode en este país son las cosas de a pie de calle, las que casi no reciben atención.

El drama es éste: como escasean las monedas, y el billete más pequeño es de dos pesos, nadie da cambio ni se aceptan pagos en billetes grandes. Es raro que un taxista acepte más de 20 pesos, y olvídate de intentar pagar con en un bar con 50 o 100. Para colmo, el colectivo (autobús), solo acepta monedas. A nuestro amigo Javi le están haciendo polvo. Ir a la universidad es un suplicio: “Intentas comprar en un kiosco una botella de agua para cambiar tus 20 pesos para tomar el colectivo, y no te aceptan el billete. Compras más cosas para que te devuelvan billetes más pequeños y recorres otros dos o tres kioscos más comprando chicles, alfajores, qué sé yo. Al final, tenés que tomar un taxi que huele a mierda y gastarte 30 pesos comprando chicles”.

Leyenda urbana: hay mafias organizadas que acumulan monedas y las revenden a un precio superior. Puede que sea una leyenda, pero parece plausible en un país donde la picaresca asoma por todos los adoquines y hay señores por las esquinas que se anuncian a sí mismos como “oficinas de cambio” y buscan endosarte unos billetes falsos a cambio de tus dólares o de tus euros. Esta mañana, en San Telmo (donde se celebra un mercado de antigüedades dominical equiparable al Rastro de Madrid), un puestecito anunciaba el siguiente cartel: “Orange juice: 5 pesos. Jugo de naranja: 4 pesos”. Con dos cojones.

Éstas son las cosas que sacan de quicio a muchos argentinos, como nuestros amigos, que las viven con resignación. Y hay tantas… Vamos a un concierto de música clásica al aire libre, junto al Monumento a los Españoles. Cada año, la orquesta sinfónica nacional ofrece un espectáculo gratuito que congrega a miles de porteños. Los medios de comunicación se vuelcan, fuegos artificiales, silencio respetuoso hacia los intérpretes (salvo dos o tres bocazas de rigor, que son severamente acallados). Impensable en España que un acto de “alta cultura”, por más que el repertorio sea deliberadamente popular, sea el acontecimiento del día en la metrópolis. La cosa está bien, a los porteños les gusta exhibir su vena melómana: “El año pasado vino el Ballet Nacional Español y la platea costaba 250 pesos. ¡Qué vergüenza! Aquí la música es accesible, hay mucha afición, los espectáculos son baratos y accesibles, no elitistas”, dice Mecha. Olé por la cultura musical media argentina, pero incluso aquí asoma el lado picaresco-mafiosil: unos “gorrillas” controlan las zonas de aparcamiento cercanas al evento. La diferencia es que estos gorrillas no son como los españoles, no se conforman con la calderilla y piden tarifas de entre 20 y 40 pesos (entre 5 y 10 euros) por “guardar” el coche.

Más cosas que sacan de quicio y que calientan la conversación: la nueva presidenta, Cristina-Evita, que toma posesión mañana y cuyo desfile por el centro de la ciudad no nos queremos perder. Que una esposa “herede” la presidencia resulta vergonzoso para muchos, casi tanto como ese peronismo naif populachero y desganado que va a aclamar la “coronación”. Hoy La Nación desvela con todo detalle las exigencias protocolarias de Cristina. La más destacada, que ha elegido una banda presidencial de terciopelo con un bordado de 1.800 puntadas de oro. La cosa, como espectáculo, promete, ya contaremos. “Sergio, hay mucha literatura antiperonista que tenés que leer”, me insta Mecha, y también me invita a ir a Necochea, su pueblo pampero, para que su madre me cuente -con lujo narrativo del preciosismo argentino- cómo era la vida cotidiana bajo el rodete de Evita. En otro viaje será. Lo de los libros, que me den títulos, que tengo una maleta por llenar.

Por suerte, la conversación no se agota en la complejísima política argentina. Bajo la cálida noche del barrio de Palermo, con las terrazas llenas hasta los topes, charlamos y charlamos hasta que los párpados dicen basta. Cuidándonos de los pícaros, nos vamos a dormir.

PS: mensaje privado para Eduardo Montes-Bradley, por si acaso lo lees: te he llamado a los teléfonos que me diste, pero no logro dar contigo. Lo seguiré intentando, a ver si nos vemos antes de que vuelva a España, nos hacemos una foto y la puedo colgar aquí.

Foto: el que me acompaña en esta terraza de Palermo es Javier Roberti, sabio, brillante, idealista que afirma haber dejado de ser idealista, psicólogo en ciernes y mente preclara. Un crack. A mí parece que me ha dado un ataque de apoplejía y me he quedado más tonto de lo que soy, pero es la consecuencia de forzar el torso para salir en el objetivo. Además, pongo mi típica cara de foto, entre complacida y atontada. No se me puede sacar de casa.

08/12/2007

UNA CUADRA SON 129 METROS

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Todo el mundo sabe que los latinoamericanos miden las distancias en cuadras. En Argentina no hay otra forma de entenderse. ¿Cómo que algo está “a 20 minutos”? ¿A 20 minutos de quién?, nos dicen. O de qué. Porque no es lo mismo por la mañana que por la tarde, un domingo que un día de laburo, con la novia o con los amigos. Las medidas de tiempo aquí no sirven porque son absolutamente subjetivas y dependen de lo iniciado que el individuo esté en el argentinísimo arte de la demora. Un mismo recorrido puede hacerse en 20 minutos o en dos horas en función de alguna de las siguientes variables bonaerenses:

-Que aparezca un conocido en el camino al que haya que dar una buena porción de plática y, si la dicha y el día son buenos, un café y unas empanadas en un local próximo.

-Que se cruce al paso una de las miles de millones de heladerías que hay en la ciudad, y urja regalarse un cucurucho de dulce de leche y, si el camarero o camarera son simpáticos, darles su parte de conversación.

-Que se contemple un socavón en la acera, un acto incívico en un conductor o un cartel con un precio abusivo y haya que comentar con el compatriota de al lado que este país es una mierda y que con gobiernos como este no saldrá nunca del marasmo y del caos. Ocasionalmente, el comentario puede provocar un motín de piqueteros espontáneo, por lo que el recorrido puede sufrir un desvío por la Casa Rosada.

Así que es mejor calcular las distancias en cuadras, porque eso es exacto, fiable y objetivo. Una cuadra de Buenos Aires mide exactamente 129 metros, según decreto colonial español, y el plano de toda la ciudad es una cuadrícula (también según decreto colonial español).

Es una constante tranquilizadora en un país que vive de susto en susto, pendiente de la siguiente crisis. Para los argentinos, está bien tener alguna certidumbre, y hasta hoy tienen al menos dos: que Gardel canta cada día mejor y que una cuadra de Buenos Aires mide 129 metros de lado.

La medida la respetan hasta los edificios más fabulosos y fantásticos de la ciudad, como el de la foto, que he tomado esta mañana. Probablemente, el más borgiano de la ciudad de Borges. Se llama Palacio Barolo , está en la Avenida de Mayo (también llamada Pequeña España, donde los bares y restaurantes se llaman Moncloa, Cibeles o Plaza de España y sirven fabada asturiana y calamares a la romana). Lo levantó en 1923 el arquitecto italiano Mario Palanti por encargo del magnate (también italiano) Luigi Barolo, que estaba muy preocupado por los vientos de guerra que soplaban en la vieja Europa. Barolo pensó que era necesario salvar los restos de Dante de la barbarie bélica y ponerlos a salvo en Argentina. Este edificio se construyó para servir de digno mausoleo al genio.

Por supuesto, el cuerpo de Dante nunca salió de Rávena, pero el fantástico Palacio Barolo, hoy un complejo de oficinas, se construyó para orgullo de los porteños. Está estructurado según los niveles de la “Divina Comedia”. En la planta baja, que es el infierno, están las oficinas del servicio secreto argentino. Tiene 22 pisos (número de estrofas de muchos cantos de la obra) y mide exactamente 100 metros (como 100 son los cantos de la Comedia de Dante). En cada piso hay 22 u 11 oficinas, aludiendo también a las estrofas de los cantos. En el lugar más alto, donde está Dios, una cúpula digna de Gaudí con un faro en la cúspide. La leyenda dice que todos los meses de junio, la cúpula se alinea perfectamente con la Cruz del Sur. Parece un edificio hecho para un cuento de Borges, ¿no?

¿Qué más puedo decir? ¿Que vuelvo a disfrutar como el niño que espero no haber dejado de ser? ¿Que no me duelen nada las doce horas de avión? ¿Que pasear por Buenos Aires es una de las cosas que más me gustan en esta vida? Pues sí, no hemos hecho nada del otro jueves todavía, ni siquiera hemos pisado mis rincones favoritos, pero me siento bien. Esta ciudad me sienta bien, y me sienta mejor ahora que la recordamos y no necesitamos andar con el plano desplegado. Qué gusto da hacer itinerarios de memoria. Bajar por Avenida de Mayo, beber un chopp (tercio de cerveza) en el Tortoni, dar una vuelta al monumento de Plaza de Mayo en recuerdo de las madres y las abuelas y entrar un instante en la catedral a rendir los obligados honores a la tumba del general San Martín, héroe de la Independencia de Argentina y libertador de Bolivia, Chile y Perú.

También da gusto, cuando el hambre aprieta, volver al Cuartito, uno de los templos porteños de la pizza, que aquí es una religión tan intocable como Maradona, Gardel y la albiceleste. Dadme una buena botella de Quilmes y seré completamente feliz.

Ya iré contando más cosas, que ahora esperan nuestros amigos con ganas de charla y de comer algo. Porque aquí siempre se tiene ganas de hacer esas dos cosas.

Ah, se me olvidaba: 34 grados ahora mismo en Buenos Aires. En los escaparates, Papá Noel. No pegan.



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