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06/07/2008
¿MIEDO AL SEXO?
Lo pensaba mientras leía la última de Belén Gopegui, pero no es algo privativo de esta escritora, ni muchísimo menos. ¿Qué coño les pasa a algunos narradores con el sexo? ¿Por qué no saben integrarlo en sus textos con naturalidad? ¿No habíamos quedado en que ya no teníamos remilgos, en que los novelistas podían (debían) dejar su pudor a un lado y escribir follar, polla, teta, mamada, corrida y todo el léxico necesario? ¿Por qué les resulta tan difícil todavía hoy a algunos escritores narrar con corrección (no ya brillantez) una escena erótica? ¿Somos Julio Espinosa y yo los únicos que pensamos que la literatura es algo carnal, y que si hay sexo en las páginas, el escritor tiene que esforzarse por ponerte cachondo?
En las últimas semanas he leído tres enfoques muy distintos en dos escritoras y un escritor. Una, Zadie Smith, se muestra natural, vivaracha y genuina. Lo he contado más abajo. Tiene dos polvos magistrales en Sobre la belleza, perfectamente insertos en la acción, que la hacen avanzar y ayudan a comprender mejor a los personajes. Están narrados sin elipsis ni acelerones, pero tampoco con el detallismo aburrido del porno. Tienen su justo tiempo, y en el léxico no hay eufemismos: los coños no son oquedades, y las pollas no son enhiestas virilidades. Otro inglés, Nick Hornby, en Alta fidelidad, directamente pasa del sexo. Justo cuando va a empezar el mambo, se aprovecha del subterfugio del narrador en primera persona para achacar el pudor a su personaje y, como en las pelis ñoñas de los años 40, pasa del primer beso apasionado al desayuno de la mañana siguiente, raccord mediante. Recurso elegante, pero muy visto.
Pero el que más me ha llamado la atención es el de Belén Gopegui, porque ejemplifica un vicio muy extendido incluso en autores supuestamente liberados sexualmente. El lector va paseando por las páginas de El padre de Blancanieves. Podrá gustar más o menos, pero reconoces un estilo, una intención, un ritmo. Vas reconociendo sus rasgos, te acostumbras a caminar por el libro con la cadencia que le impone su autora, hasta que a dos personajes les toca meterse en la cama. Entonces, todo empieza a chirriar, todos los rasgos y el ritmo narrativo que ya creías reconocer echan el freno y, en lugar de la voz de Gopegui, asoma Corín Tellado, como si el censor la hubiera pegado allí. Emplea frases como "me sentaré despacio sobre su excitación". La página se llena de incomprensibles eufemismos repipis, cacofónicos: "Apenas el cuerpo ajeno excitando la excitación que ya sentían", "la volvía loca de placer con su boca"... El verbo se oxida, se siente incómodo, se retuerce y saca al lector del libro. ¿Por qué pueden narrar un viaje en autobús y no saben narrar un polvo? Si en el viaje en autobús, el autobús se llamaba autobús, y no "metálico cajón de deseos deslizándose por una cinta de promesas", ¿por qué los personajes no follan igual que viajan en autobús?
No me voy a poner freudiano. No creo que esto implique necesariamente que los autores que sufren este mal tengan una relación problemática con el sexo. No tiene nada que ver. Creo que la cosa está más relacionada con una falta de educación lectora, con la mala asimilación de una tradición y con pereza a la hora de enfrentarse a retos técnicos complejos. Porque un lector medio se encuentra a lo largo de su vida lectora con muchos viajes en tren, muchos paisajes campestres, muchas mañanas de domingo, muchas noches de jarana y muchas conversaciones en patios sombreados. Tiene un amplio surtido de referencias técnicas literarias para atacar en un texto esas situaciones. Pero, ¿cuántos polvos buenos se encuentra? Buenos de verdad, de los que te acaloran. Para aprender a narrar una escena de sexo, como para cualquier otra situación, los escritores recurren a la tradición, para seguirla o para romperla. Hay que aprender sus técnicas narrativas para saber cómo llegar al lector. Y los buenos polvos de la literatura no están en Galdós, ni en Dostoievski, ni en Tolstoi, ni en El Quijote. Los buenos polvos, los que pueden enseñar algo de técnica a un escritor, hay que buscarlos en el Marqués de Sade y en esa tradición erótica que siempre se ha considerado menor y que, por regla general, no se enseña en las universidades ni está al alcance de los adolescentes en las bibliotecas de sus papás. Vamos, que hay que currárselo, salir de las avenidas y callejear por sitios que no aparecen en las guías turísticas.
La tradición latina, por ser católica e inquisitorial y vivir más obsesionada con lo prohibido, es mejor que la anglosajona para iniciarse en esto. Ya en el siglo XIV circulaba en Castilla El libro del buen joder, y desde entonces se ha generado una rica y prácticamente desconocida tradición erótica que culmina en el siglo XX con la colección La sonrisa vertical, que al fin da carta de naturalidad (que no de naturaleza) al género. Ahí es donde tiene que picotear el escritor que quiera hacer creíbles sus escenas de sexo, para que fluyan con naturalidad dentro de la acción y no parezcan pegotes incómodos y sin sentido. Pero el primer paso, y esto vale para cualquier aspecto literario, es perderle el miedo a las palabras. No hay nada peor que encontrarse una "vagina" donde el cuerpo pide un "coño", o un "pene" donde lo que apetece agarrar es una "polla", por no hablar de lo mucho que corta el rollo tropezar con un "seno", por muy "turgente" que sea, en lugar de una "teta" como dios manda o el bajonazo que le sacude a uno cuando "alcanza el orgasmo" en lugar de correrse.
Hágannos un favor y guarden los orgasmos y las vaginas para los folletos de orientación sexual y para las charlas de instituto. En literatura, las metáforas y los sinónimos sólo sirven si son más expresivos, coherentes o eficaces que la palabra a la que sustituyen. Usar la metáfora como eufemismo es, como mínimo, una muestra de impericia y un fraude, porque la metáfora está para mostrar y penetrar más. Para decir más, para revelar lo que el lenguaje al uso no consigue mostrar, no para ahorrarle incomodidades al escritor.
05/07/2008
LA CLASE MEDIA

A Karl Marx le daba asquito. La asimilaba a los campesinos y le negaba carácter de clase (sin conciencia, no hay condición). Burgueses venidos a menos o proletarios enriquecidos, resumía lo peor de ambas clases sociales: el servilismo del desheredado y la ambición depredadora del capitalista. Desde sus cálculos estratégicos, suponía un escollo para la revolución: no se unirían a ella porque no se les podía aplicar la primera parte de la sentencia que cierra el Manifiesto comunista: "Los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas; tienen, en cambio, un mundo que ganar". Sí, con la revolución podían tener un mundo que ganar, pero, a diferencia de los proletarios, sí tenían algo que perder más allá de sus cadenas. Poca cosa: un pisito a medio pagar, un coche monovolumen y quince días en la playa en agosto. Fruslerías, migajas que el gran capital les había arrojado para mantenerles quietos en sus casas y no secundar a los sans-culottes. Es más, unas fruslerías lo bastante jugosas incluso para disparar sobre los sans-culottes que las amenazan.
Marx puso el dedo en la llaga y, desde entonces hasta hoy, ningún revolucionario o aspirante a ha sentido más que el obligado desprecio por la clase media: aburrida, conformista, temerosa, desquiciada, aterrada por la perspectiva de que un revés en Wall Street la hunda en el fango. Ya ha sucedido. Ya han visto muchas veces que cuando una economía se va a la mierda, los pobres pasan a ser menesterosos, y ellos pasan a ser pobres. Hay todo un imaginario que les presenta como alfeñiques, arrugados ante los jefes, dispuestos a cualquier bajeza para mantener su precario estatus y con una obsesión por tener hijos ingenieros, médicos, abogados, que se aseguren una posición sin turbulencias. Son los padres de Mafalda, a los que Mafalda desprecia. Ansían el ideal de democracia soporífera que les vendió Churchill: no quieren más aventuras que las de Estudio Estadio los domingos.
Con este imaginario y su obligada némesis (el punk, los obsesionados por arriesgar, romper y liquidar, los hijos garbanzos negros que al final vuelven al redil) se puede historiar el mundo occidental desde la Revolución Francesa hasta 1989. Doscientos años limpios con un imaginario prístino, unas fuerzas sociales identificadas, unos objetivos vitales claros. Luego vinieron los años del fin de las ideologías, donde todos pertenecíamos a esa aborrecida clase media. Triunfante al fin, sin complejos, sin tener que pedir perdón al proletario por no tener callos en las manos. El tema se desplazó a un segundo plano en los grandes discursos literarios. Se esfumó un tiempo. Los narradores se preocuparon por otras cosas, venían nuevos retos que afrontar. ¿A quién coño le interesaba escarbar en un imaginario resobado, lleno de lugares comunes, agotado por el certero pero inane vómito punk?
Pero el eco de 1989 se ha apagado. El triunfalismo neoliberal, la prepotencia europeísta y la chulería de los nuevos economistas se han ido acallando, y de su silencio resurgen el desdén y la desazón. El mundo occidental vuelve a sentir el cosquilleo de la psicosis y, como siempre ha hecho, corre asustado en busca de relatos que le reconforten. O que le aclaren, porque escribir y crear es una forma de buscar esa claridad.
Vuelve la clase media, señoras y señores. Lleva unos años con nosotros, y la última novela de Belén Gopegui es un ejemplo de ello. En El padre de Blancanieves Gopegui retoma algunos tópicos novelescos sobre el tema y los actualiza. Vuelve a Goethe, vuelve a ese Fausto que escribe en medio de la noche, justo antes de que aparezca Mefistófeles: "En el principio, era la acción". Consciente o inconscientemente, Gopegui hurga en ese tópico literario en una novela muy irregular que habla de las habitaciones de la clase media, de la incapacidad de cambiar no ya el mundo, sino la propia vida, de la culpa y el autoengaño.
Lo hace con una estructura coral, con muy poquita acción y mucha charla entre bastidores, con personajes un poco arquetípicos, algo rígidos, que van enfocando distintas aristas del poliedro. El poliedro es la clase media y sus mezquindades, sus miedos, sus culpas.
El problema de El padre de Blancanieves es que es una novela que funciona mejor como ensayo. Ni siquiera es una novela de tesis (algo insoportable para un lector del siglo XXI, al menos, para un lector inteligente con un pelín de bagaje a cuestas). Gopegui no ha sabido o no ha querido construir una narración literaria que funcione como tal: no hay voces reales, suenan impostadas, porque lo que realmente quiere hacer Gopegui es una aproximación cuasiteórica. Quiere una "teoría de la clase media" o un "informe de la clase media", por utilizar su terminología, pero no quiere hacer una novela de la clase media. Una lástima, porque si se hubiera decidido por tirarse a la piscina y construir una verdadera novela, habría ahondado mucho más. Ya decía Sábato que la novela alcanza a decir todo aquello que los tratados filosóficos no pueden aprehender. Las buenas novelas llegan más allá de donde los filósofos se encogen de hombros y se dan media vuelta.
Ojo, pero conviene no despachar alegremente El padre de Blancanieves, porque si como novela no funciona, leída como ensayo novelado llega a ser estimulante y revelador en ocasiones. Pero como ficción literaria hace aguas. Todo es cuestión de acercarse al texto con el talante adecuado.
Como narrador actual de la clase media me interesa mucho más un desasosegante individuo que este fin de semana ha estrenado (o reestrenado) peli: Michael Haneke. A Haneke le ocurre lo contrario que a Gopegui: que cuando se pone reflexivo y "ensayístico", aparece plúmbeo, coñazo y previsible (ejemplo: El tiempo del lobo, desde mi punto de vista, un tropezón en su carrera que solventó en su siguiente y magistral peli: Caché), pero cuando se dedica a contar historias sin dar explicaciones ni ponerse a meditar, te atiza una descarga en la médula espinal.
Ahora estrena la versión americana de su mejor peli, Funny Games. No es una versión, es una copia plano por plano de la peli que rodó en Austria en 1997, pero para el público americano, con actores americanos que hablan en inglés. No la he visto, pero la crítica dice que no hay diferencia alguna, que es un calco perfecto.
Funny Games es la película más salvaje, inquietante e incomprensible de la filmografía de Haneke. Por encima de Code Inconu y de sus producciones austríacas anteriores. Sin ser explícitamente muy violenta, es probablemente una de las películas más violentas y desagradables que se puede encontrar un espectador. A alguien especialmente sensible, le puede helar la sangre esa orgía de sadismo de dos horas de duración.
No destriparé nada del argumento, no preocuparsen.
Lo que plantea Haneke en buena parte de su filmografía es: ¿qué pasaría si los miedos -a veces patéticos, paranoicos- de la frágil y desquiciada clase media se hicieran realidad? ¿Qué pasaría si, tal y como ocurre en sus peores pesadillas, suena el timbre y, al abrir la puerta, el horror puro entra en casa? ¿Cómo reaccionaría esa clase media que aparenta tenerlo todo controlado ante la irrupción material de sus propios temores?
Haneke fuerza el sadismo, se lanza en picado, sin concesiones. Nos planta la pesadilla en la cara sin edulcorar, sin esbozar una causa, sin camuflar la gratuidad del horror. Es más, en Funny Games se burla de quienes piden a gritos una explicación, de quienes le preguntan al torturador por qué le tortura.
Pienso que Haneke es austríaco, y pienso en su afinidad con otra escritora austríaca, de quien ha adaptado una novela, Elfriede Jelinek. Jelinek es una mujer con serios transtornos mentales que vive recluída en su casa y que ni siquiera acudió a recoger el premio Nobel. Y si pienso en Austria, pienso en Natascha Kampusch y en el monstruo de Amstetten. Y, por supuesto, pienso en una sociedad (de clase media) desquiciada, recocida en sus miserias suburbanas, atravesada por sus propias pesadillas.
La clase media ha vuelto como objeto y tema narrativo. Y no sólo en estos niveles: hasta en la tele, de donde nunca se ha marchado, la clase media es objeto de revisiones. Desde Allan Ball y American Beauty, la cultura popular americana anda rondando algunas inquietantes certezas sobre las urbanizaciones y la quietud de los chalets. Ahí está Mujeres desesperadas y A dos metros bajo tierra. Más actuales, Weeds o incluso Dexter, aunque ésta no se centre en el núcleo familiar como problema.
Vamos, que el tema preocupa. Y eso es porque la crisis se huele desde hace años.
29/06/2008
MUCHO QUE APRENDER DE ZADIE

Las madrugadas de esta semana, además de formar corrientes con las ventanas abiertas de la casa, he refrescado mi sesera con la adictiva lectura de Zadie Smith, autora a la que me resistía a hincar el diente. Por prejuicios estúpidos, la verdad: basta con que Babelia y Granta ensalcen a alguien para que a mí me mosquee y rehúya sus libros. Pero, gracias a la insistencia de Cris, declarada fan suya, me he metido al fin en su universo, a través de su segunda novela, Sobre la belleza, de 2005.
Mientras la leía, no se me iba de la cabeza un párrafo que le leí hace poco al gurú español de los críticos posmodernos, Vicente Luis Mora. En una conferencia que pronunció en Málaga y que tiene colgada en internet, dijo:
Es curioso que las mismas personas que reivindican tecnología punta para su coche, que exigen ciencia de primera y tecnología punta para el tratamiento contra el cáncer de su esposa, que buscan en la farmacia tecnología punta y medicamentos de última generación para sus males, se conformen luego culturalmente con producciones culturales anacrónicas, desfasadas, deslegitimando la vanguardia como concepto y las creaciones de tecnología literaria punta. Es contradictorio que personas que lleven un móvil tribanda en el bolsillo y se comunican por correo electrónico lean novelas con tecnología del siglo XIX, como si intentasen echar gasolina a un carro de heno.
Los vindicadores de la postmodernidad me recuerdan a veces a los futuristas de comienzos del siglo XX: flipados con la velocidad y con los coches de carreras. Está muy bien el símil de Vicente Luis Mora porque muchas veces parece que valoran las novelas como si fueran coches: solo las tienen en consideración si su tuneado sigue el canon de no seguir el canon: "Ey, tío, lee este libro, que está tuneao de puta madre, es un flipe". Para ellos, la innovación no es una herramienta de construcción literaria, sino un fin en sí mismo. No importa la obra en sí, sino la cantidad de rupturas de la narratividad "al uso" que incorpora. He aquí el absurdo: romper la norma es una norma obligada. En ese sentido, Zadie Smith ha de ser por fuerza una novelista despreciable a sus ojos.
También lo era un poco a los míos, he de reconocerlo. De los autores contemporáneos yo espero que me lo pongan un poco difícil, que no se les ocurra darme las cosas mascadas, que me enseñen nuevas perspectivas de las mismas historias. Porque asumo que la literatura como búsqueda de historias nuevas se agotó en Homero. Desde entonces, los escritores no han hecho más que buscar nuevas formas de contar las historias que ya narró aquel ciego. Formas que sean capaces de llegar al corazón de sus contemporáneos. Eso lo entendió perfectamente otro ciego, Jorge Luis Borges.
Sobre la belleza, en apariencia, no satisface esa necesidad. Se despliega como una novela con cierto aire victoriano. Huele a Brontë, a tradición clásica, a pulcritud de buena narradora empapada de literatura anglosajona. Como probablemente le echaría en cara Vicente Luis Mora, en Sobre la belleza hay correos electrónicos y teléfonos móviles, pero aparecen insertos en una tecnología literaria "obsoleta", que no se corresponde con la contemporaneidad de su argumento. Disociación de tema y forma. Quizá. Para ser postmoderna, Sobre la belleza tendría que haberse construido sobre textos de mails, mensajes sms y fragmentos de blog.
Pero cuando vas deslizándote suavemente por las páginas, los personajes y su mundo te van envolviendo muy sutilmente. Una extraña forma de empatía va creciendo en tí, hasta que te das cuenta de que Zadie te ha atrapado con sus artes de narradora. Entonces recuerdas por qué en el origen de los tiempos, los chamanes y los contadores de historias eran una misma persona: porque el contador de historias tiene un poder de encantamiento. La barrera brechtiana se rompe con facilidad, y en seguida te ves en medio de esa universidad petulante de Nueva Inglaterra, viviendo con esa cuadrilla de sentimentales hipócritas que ven cómo su vida, su cosmovisión, sus convicciones y lo que ellos creían saber sobre el mundo se va a la mierda sin remedio en una edad en la que ya no están para inventarse un lugar en el mundo nuevo.
Y entonces aparece la complejidad del artefacto narrativo, que hasta ese momento ha pasado desapercibida, porque es una maquinaria de relojería muy sutil que funciona entre tramoyas, lejos de la vista del lector. Es decir, que no es uno de estos libros con las tripas pornográficamente abiertas, que más que una lectura piden una disección. Zadie es pudorosa, y ha recubierto de buena literatura sus técnicas de ilusionista. Ahí aparecen, al menos, tres niveles de lectura, que hacen de Sobre la belleza un libro total, capaz de llegar al corazón de cualquier tipo de lector. Y, en ese sentido, recuerda un poco a una autora española que construye novelas parecidas: Almudena Grandes.
El primer nivel de lectura es el lineal, el que busca el lector que sólo quiere entretenerse con una buena historia. Las andanzas de los Belsey en un momento muy delicado de su vida, cuando una crisis matrimonial se junta con el descubrimiento iniciático de sus tres hijos, ya mayores y recién metidos en la universidad (salvo Levi). Las historia tiene suficiente fuerza por sí misma para acompañar al lector más distraído hasta el desenlace sin que este se descoyunte del esfuerzo.
Hay un nivel de lectura un poco más profundo y político-social, que habla de la contemporaneidad de la trama: Sobre la belleza es una novela sobre la parálisis de la intelectualidad estadounidense curtida y crecida en los valores contraculturales de los 60 y que se da cuenta de que los esquemas sobre los que ha cimentado su vida no sirven para enfrentarse al mundo post 11-S. No saben enfrentarse a la acometida de los neocon, no entienden el auge de los fundamentalismos religiosos y deciden recluirse en la cómoda e irreal universidad, donde las cosas todavía funcionan de acuerdo a su concepción del mundo. Sin embargo, el mundo real también se cuela en sus despachos y en sus aulas. Un mundo resquebrajado les exige una respuesta y ellos no saben ni qué cara han de poner ante los nuevos tiempos. Zadie Smith aborda esta cuestión mejor que muchos ensayistas. Otros temas aparentemente más explícitos, como el conflicto racial negros-blancos, la lucha de clases o el conflicto generacional, sólo aparecen bosquejados, sin alcanzar profundidad en la trama.
Por último, hay otra lectura todavía más profunda, de carácter estético-filosófico-literario. Como en una caja china, dentro del discurso de la novela hay otro discurso subterráneo, el que Howard, el protagonista, mantiene con sus teorías estéticas (de ahí el título). Es el núcleo duro de la novela, la concepción primigenia que permite desarrollarla. En Sobre la belleza se invita a una reflexión, inserta en la trama y habitual en los ensayos sobre arte contemporáneo, sobre la belleza. Sobre la subjetividad de la mirada y la capacidad de algunos de hacer objetiva esa subjetividad, sobre el desamarre del canon, sobre la verdadera ruptura de las convenciones, pero una ruptura íntima y nacida de las entrañas, despojada de esnobismo. La belleza como reconocimiento de uno mismo. Hay dos polvos memorablemente narrados en la novela, donde Zadie Smith pone a prueba sus excepcionales dotes técnicas como escritora. Los dos están narrados desde el punto de vista del hombre, lo que añade más mérito al oficio de Smith (creo que la mayoría de los polvos de la literatura universal no son más que fantasías sexuales de su autor: Smith se mete en la piel de un hombre desgraciado y construye algo significativo y valioso para comprender el libro, sin perder por ello la capacidad de poner cachondo al lector). Uno es con una joven negra veinteañera despampanante. El otro, con una negra muy gorda y menopáusica. ¿Cuál de los dos polvos es el que llena al hombre? ¿Cuál de los dos le acerca más a ese ideal platónico de belleza? Obviamente, el de la negra muy gorda y menopáusica. Hace falta tener una técnica muy depurada y un talento muy afilado para lograr ese efecto.
En fin, que Zadie Smith no es una ingeniera literaria, no construye artefactos de tecnología literaria punta, pero hace algo mucho más importante: es honesta, respeta a los personajes y respeta la inteligencia del lector, y sabe poner su talento y su pericia literaria al servicio de la obra, aunque eso implique un aparente "deslucimiento" formal. Hay mucho que aprender de Zadie.
03/06/2008
UN CHILENO VARADO EN LA CIUDAD

No sé si he mencionado aquí alguna vez a Julio Espinosa, un poeta chileno que se ha hecho un hueco en esta dura Zaragoza en la que ha recalado por amor. Es un tipo sorprendente dentro del mundo literario, porque cuando hablas con él lo que más le interesa es la literatura, algo muy poco común entre los letraheridos. A Julio le interesan las palabras, el estilo, los significantes ligados a los significados y la capacidad de un texto para emocionar y provocar espasmos de rabia o de placer en el lector. Y eso es muy raro, porque cuando los escritores alternan suelen hablar de:
a) otros escritores a los que ponen a caldo.
b) los editores, en tono laudatorio o increpante, según el trato que hayan recibido por ellos.
c) de sí mismos, de su mismedad, de su grandísima mismedad y de su gloriosa y genial mismedad, que les lleva a descoyuntarse el cuello en un empeño por tener siempre en la punta de la lengua la frase más ingeniosa, la maldad más refinada o la broma más atrevida, todo sea por dejar claro quién merece todas las miradas.
d) de sus amigos, que tanto les quieren y tanto amor reciben, y tantas copas pagan.
e) si hay un periodista delante, de los medios que no aprecian y maltratan la literatura (es decir, que no aprecian y maltratan "su" literatura y la de sus amigos) y de los periodistas que sacan de contexto sus frases y hacen preguntas estúpidas en las entrevistas ("no lo digo por tí, querido", añadirán).
(Para ser justos, deberíamos anotar que esto es un cliché de trazo muy grueso y que gallos de corral hinchados de plumas los hay en todas partes y en todas las profesiones, pero ser justos es un rollo. Pongan ustedes nombres propios a las excepciones a estas normas que me acabo de inventar. A mí, sin pensarlo mucho, se me ocurren una docena).
De literatura, se habla poco. A alternar se va a hacer negocios, a engatusar a un editor, a colocar a un amigo en tal sitio, a asegurarse una buena crítica... Son agotadores, porque están trabajando constantemente, evaluando cada frase que se pronuncia, calculando los réditos que se le puede sacar a una conversación, viendo si pueden salir de la velada con un trabajito o con alguna promesa. Como todos los juegos de seducción, cansa mucho al seductor y al aspirante a seducido, por eso, para las personas que tendemos a la asociabilidad y no sabemos nadar en esas aguas, entablar amistad con gente como Julio es muy gratificante.
Julio tiene un alma despreocupada. No es, ni mucho menos, un bohemio, pero vive ajeno a las preocupaciones pequeño-burguesas que nos afligen a la mayoría. Desde que dejó un seguro, cómodo y bien pagado puesto como profesor de literatura en Chile, no persigue el oro y tiene un cierto aire de asceta. Sus ambiciones no son pecuniarias, sino exclusivamente literarias. Más que vivir "de" la literatura, aspira a vivir la literatura, aunque eso implique algunas renuncias. Quiere triunfar en las letras, pero eso no quiere decir que persiga un reconocimiento rápido ni escalar los puestos de ventas. Lo que quiere es más sutil, más complejo y más difícil de conseguir que una cuenta corriente holgada: quiere desarrollar su obra con libertad.
Por eso, en 2001, aterrizó en Madrid sin papeles, con todos sus ahorros, un libro de poemas publicado, una novela manuscrita sin publicar -que escribió con 22 años y nadie lo diría- y el propósito irrenunciable de hacerse escritor. Ahora vive de los aledaños de la literatura (fue lector en Tusquets y ahora dirige la delegación zaragozana de la Escuela de Escritores), pero antes publicó la novela, El día que fue ayer, que llegó a ser prefinalista del Herralde, y sacó unos cuantos poemarios. Hace poco estuvo en Chile y en Perú presentando la edición chilena del último de ellos, NN. Desde hace cosa de un año, el amor le ha dejado varado en esta ciudad pre Expo, y unos cuantos privilegiados hemos podido disfrutar de su conversación y de su sapiencia.
Hay tres cosas que me gustan de su poética y de su obra en sí: su pulcritud y precisión léxicas, su odio visceral por el lugar común y su empeño por ahondar en el significado profundo de las cosas, sin concesiones a la "literatura de señoras que toman té", como él dice. En muchos aspectos, es casi juanramoniano, pero a la que te descuidas aparece Bukowski.
La novela El día que fue ayer, publicada por una editorial chilena en 2006, tiene todas esas cosas. En ella lucha con los fantasmas de la memoria doliente de su país con una estructura casi coral, polifónica, sin derivaciones nostálgias, que va directa al corazón de la frustración y del dolor. El reverso tenebroso de Isabel Allende, una reflexión sobre la dictadura y la violencia sin el espectro de Víctor Jara.
Puede que Julio tenga poco que hacer. A un lado, tiene a Dan Brown y las novelas de templarios que dominan el panorama editorial, y en el lado "esteta" o cool, la "generación Nocilla", para cuyos miembros, las preocupaciones estéticas y éticas de Julio suenan a chino cantonés. Quizá es mejor así. Puede que siendo un outsider consiga hilvanar su obra sin prisas ni tejemanejes. Al fin y al cabo, Julio es de esos literatos que entienden que un escritor, básicamente, se dedica a escribir.
¿Que por qué este largo homenaje a Julio? Porque, aparte de todo lo que llevo dicho, que no es poco, es un tipo generoso, que me ha ayudado bastante y me ha dado algunas claves que, quizá, por mí mismo jamás hubiera encontrado. Hay que ser agradecido con quien te enseña caminos que no sabías que pudieras recorrer.
30/05/2008
POETASTROS
"¿Y que. no te animas?", me dijo un poeta una vez. Se refería a si no me animaba a escribir poesía. "Hay unas jornadas poéticas en... Ah, me olvidaba, ya sé que a tí la poesía ni fu ni fa", me dijo el otro día un amigo que está preparando el que creo que será su quinto poemario. Qué manía tienen algunos con atribuirme una poemofobia que no padezco.
Sí, lo reconozco, soy un mal lector de poesía. He tenido mis momentos, y hubo un tiempo en el que leí con gusto y me dejé guiar por esos mundos hasta rincones fantásticos, pero sigue habiendo muy poca poesía en mi biblioteca y en mi vida. La narrativa y el ensayo consumen el espacio y el tiempo, y sólo en épocas fugaces e imprevisibles me pierdo en los versos, pero no sigo las tendencias y apenas cato unos pocos nombres de los nuevos valores. Soy fundamentalmente prosaico, en todas las acepciones, aceptadas y figuradas, del término, pero de ahí a decir que la poesía me resbala o no me gusta... Comparto plenamente el aserto de Jorge Lozano -semiólogo discípulo de Umberto Eco a quien tuve de profesor en la universidad, allá por el Neolítico-, que decía: "Un mal entendido pudor democrático impide que las personas que dicen que no les gusta leer poesía sean internadas en campos de concentración".
Leo poesía, señores rapsodas. No vorazmente, pero la leo. Y a veces, algún poeta consigue reblandecer mi corazón de amianto, aunque he de reconocer que me llega mucho más hondo cantada que leída. Otra cosa muy distinta es que me haya planteado alguna vez escribirla. Jamás. Respeto demasiado la poesía como para enfangarla con mis manos torpes. Soy un chaval de barrio con un alma sin pulir. Y quizá eso fuera un valor añadido a mi voz si me decidiera a dar el paso, pero no lo sabré nunca. Les seguiré admirando desde la barrera.
Llamadme demodé, pero una de mis poetisas preferidas es Sylvia Plath. Me emociona su voz tan queda, esa angustia que parece siempre a punto de romperse, esa tensión tan sutilmente eléctrica que recorre sus composiciones. Los nervios a punto de desquiciarse en La visita a la sala de cadáveres y en el resto de poemas de El coloso.
Un tipo muy interesante e inclasificable que a mí me encanta y que se llama Ryan Admas le dedicó una canción que dice así:
I wish I had a Sylvia Plath
Busted tooth and a smile
And cigarette ashes in her drink
The kind that goes out and then sleeps for a week
The kind that goes out on her
To give me a reason, for well, I don’t know
And maybe she’d take me to France
Or maybe to Spain and she’d ask me to dance
In a mansion on the top of a hill
She’d ash on the carpets
And slip me a pill
Then she’d get pretty loaded on gin
And maybe she’d give me a bath
How I wish I had a Sylvia Plath
And she and I would sleep on a boat
And swim in the sea without clothes
With rain falling fast on the sea
While she was swimming away, she’d be winking at me
Telling me it would all be okay
Out on the horizon and fading away
And I’d swim to the boat and I’d laugh
I gotta get me a Sylvia Plath
And maybe she’d take me to France
Or maybe to Spain and she’d ask me to dance
In a mansion on the top of a hill
She’d ash on the carpets
And slip me a pill
Then she’d get pretty loaded on gin
And maybe she’d give me a bath
How I wish I had a Sylvia Plath
I wish I had a Sylvia Plath
Permitidme que no la traduzca, que estoy vago. A cambio, os dejo el vídeo en directo:
Borrachera de ginebra, cenizas en la moqueta y en la bebida, salir por ahí y dormir una semana... Lo que sea para apaciguar lo que la devoraba y acabó con su cabeza en el horno. Lo que sea para que se hubiera ahorrado estos versos, escritos pocos meses antes de morir:
No use, no use, now, beggin Recognize!
There is nothing to do with such a beautiful blank but smooth it.
Name, house, car keys.
Es decir, más o menos, si no se me ha oxidado mucho el inglés:
No sirve de nada mendigar, ¡reconoce!
Nada se puede hacer con tan bello vacío salvo suavizarlo.
Nombre, casa, llaves del coche.
Nada se puede hacer con tan bello vacío salvo suavizarlo. ¿Cuántas veces habremos pensado eso al abrir los ojos por la mañana, antes de hacer el primer chiste del día?
22/05/2008
LA SANTA GUIOMAR

He estado en Segovia porque tenía que mirar unos papelujos en el Archivo Histórico Militar y, de paso, me he oxigenado un poco con un paseo lejos de esta pre-expositiva y cargada ciudad.
Cuando vivía en Madrid me gustaba escaparme de vez en cuando a Segovia. Algunas veces iba acompañado, pero la mayoría de las excursiones las hacía solo. Siempre entre semana y llevando al hombro una vieja cámara reflex que todavía conservo en el rincón de las cosas fantásticas que ya nunco uso, supongo que al lado de mi guitarra desafinada. Sin madrugar en exceso, me cogía un cercanías en Chamartín que en dos horas de serpenteante traqueteo serrano me dejaba al otro lado del Guadarrama. Otras veces no llegaba a cruzar las montañas y me bajaba en Cercedilla, donde empalmaba con un tren de vía estrecha que sube hasta Cotos, pasado Navacerrada. Era el mismo tren que solía coger mi abuelo cuando se iba -muy a menudo, solo- a pasear por el Camino Smith. Hoy diría que mi abuelo era "senderista". Entonces, sólo era un andarín trotón.
Hacía años que no visitaba Segovia, y esta vez no he llegado en el tren renqueante, sino en un AVE supersónico que ha pasado por debajo de la sierra y me ha dejado en la estación de Guiomar, una nave desangelada a 10 kilómetros de la ciudad. No le hace justicia a la mujer que le presta el nombre, que se llamaba en realidad Pilar Valderrama y fue el verdadero amor de ese tipo pausado y soñoliento que fue Antonio Machado (otro andarín trotón obsesionado con los caminos).
Me ha gustado ese homenaje machadiano. Suena bien incluso cuando va pegado al nombre de la ciudad: Segovia-Guiomar. Me preguntaba si los turistas suecos y los argentinos que viajaban conmigo desde Madrid apreciarían lo evocador del nombre de la estación, pero luego me he dado una bofetada mental por cuestionar el bachillerato de mis compañeros de vagón y, de paso, me ha asaltado una reflexión sobre el santoral laico que ya se impone en muchos lugares.
Si ese santoral laico español existe -con todos los atributos que le son propios, con sus hagiografías, su liturgia, su iconografía, su milagrería y sus fanáticos devotos-, Antonio Machado tiene que ser el Santiago y cierra España. Aún diría más: Antonio Machado sería el equivalente de la Virgen del Pilar. Y Serrat, su profeta.
He pasado por delante de su casa-museo, pero no la he visitado. Me he quedado fuera mirando desde la cancela la estampa de Machado recortada en la ventana del primer piso, como si estuviera asomado a ella, y me he acordado de la casa de Bernardette en Lourdes (el lugar más espantoso del mundo después del autoservicio para autobuses de Esteras de Medinaceli). Efectivamente, como en Lourdes, estaba contemplando la casa de un santo, y las veces que me he plantado silencioso y solemne junto a su tumba en Colliure, he venerado unas reliquias de santo. Sin duda.
De repente, me ha parecido indigno. Tengo una propensión natural a recelar de los mitos, de las beaterías y de las cosas que no admiten debate. Me sigue gustando que la estación se llame Guiomar, pero ahora la veo como a una virgen, y para ser virgen, me parece a mí que folló y se rió demasiado. ¿Es que los humanos no sabemos recordar y homenajear sin caer en misticismos religiosos?
Esto me pasa por irme de excursión yo solo con un libro de Bruce Chatwin donde no para de preguntarse cosas. Maldito Chatwin, con lo tranquilo que yo vivía aceptando lo que dicen los manuales de literatura.
14/03/2008
VÍCTIMAS Y HUMANOS

Hace un par de semanas, comiendo con un amigo profesor universitario que sabe mucho de estas cosas, recordábamos al cachondo de Enric Marco, aquel que se hizo pasar por víctima de Mauthausen, y de ahí divagamos un poco sobre cómo el estatus de víctima puede resultar cómodo y apetecible en el mundo actual. Lejos de estar silenciadas, las voces de las víctimas están por todas partes, hasta el punto de que sus relatos se han normalizado. "Fíjate en las historias de la dictadura argentina -me decía-: todas las sesiones de tortura están cortadas por el mismo patrón. La picana, el viaje sobre el océano...". Los tics de los relatos se repiten y se hacen muy predecibles. Por tanto, debe de resultar muy fácil fingirlos. Las falsas víctimas o las víctimas-actores estarán por todas partes.
Pensaba en esto el otro día cuando estrenaron la serie esa de Fago, que no tuve ocasión de ver, pero sí me dio para pensar en que todavía hay víctimas y víctimas. Cuando el relato está estandarizado y ha pasado al imaginario popular, hay muchas cosas que el público no acepta. Sin embargo, cuando la víctima no encaja en ningún modelo reconocible, parece que no tiene derecho a la dignidad de otras. Por ejemplo, si Fago, en lugar de ser un pueblo de La Jacetania, fuera una aldea navarra junto al Bidasoa, o una pedanía de Hernani, y el asesino, en lugar de haber sido candidato del PSOE, tuviera simpatías abertzales, ¿a alguien se le habría ocurrido hacer una serie como la que se ha planteado? ¿Se le daría al asesino (presunto, pero confeso) el trato que se le está dando a Santiago Mainar?
Resulta curioso, porque quienes contribuyen a esa literaturización de las víctimas son más bien los medios y las propias víctimas al plantarse y reclamar la dignidad que merecen. La literaturización de los asesinos, sin embargo, corresponde más a los narradores. Al fin y al cabo, son personajes más atractivos, dan más juego. Las catas literarias que se hacen en el universo de las víctimas son menos ricas y se quedan generalmente en esa imagen superficial que todos reconocemos. Y es normal: un asesino permite una exploración más profunda y deja libertad al explorador para recrearse en su ambigüedad, en sus aristas, en sus pozos. A la víctima no se la puede remover mucho literariamente, porque en cuanto el narrador rebasa la línea del tópico socialmente aceptado, puede meterse en un jardín muy escabroso: cuestionar la validez del tópico puede interpretarse como un intento de violar a la víctima por segunda vez.
Por eso son interesantes los autores que se atreven a rasgar esa cortina e insinúan mundos más turbios. Mundos que nos dicen que las víctimas son, efectivamente, personas, y como tales, difícilmente encajan en un molde rígido. Lejos de maltratarlas, lo que hacen los autores que se atreven a dar ese paso es devolverles la humanidad que perdieron. Porque la condición de víctima inevitablemente cosifica, y nosotros no estamos preparados para empatizar con los objetos. A una víctima, la compadecemos. A una persona, la comprendemos.
Carlos Gamerro traspasa esa línea en esta novela monumental y psicotrópica a ratos, con más de 600 páginas: Las islas. Uno de sus personajes es una víctima de la dictadura argentina, y su historia transcurre por los raíles establecidos: la militancia, el secuestro a la salida de la facultad, la picana, las violaciones, la amenaza de subir a un avión y dar un paseo sobre el Atlántico... Pero hay un momento en el que esta salmodia previsible y reconocible se quiebra, y la víctima adquiere unas dimensiones humanas casi más siniestras que las del propio verdugo. La ambigüedad y los puntos oscuros acaban ganando a la claridad prístina de la víctima que, lejos de denigrarse, adquiere más contorno y nos dice más de la condición humana que cualquier cuento estereotipado.
08/03/2008
SUDOKUS LITERARIOS
(sigue el post anterior, después de una suculenta comida y una reparadora siesta)
Mario Vargas Llosa no es un escritor joven. Es millonario, liberal-derechoso en política, tiene un pelo estupendo y una vez se pegó con Gabriel García Márquez. Entiendo que los aficionados a la Nocilla me consideren algo así como un débil mental por recurrir a él como fuente de autoridad. Pero es que Vargas Llosa, otra cosa no, pero de literatura igual entiende algo. No digo que mucho, pero un poquito sí.
Otro de los defectos vargasllosianos es que su megalomanía le ha llevado a prologar y editar sus propias Obras Completas (en Galaxia Gutenberg), que viene a ser algo así como construirse un panteón en vida. Pero creo que alguien que ha escrito Los cachorros y La ciudad y los perros se puede permitir lo que le dé la gana. En ese prólogo, que es una pieza muy interesante y un punto autocrítica, Vargas Llosa dice lo siguiente (es un pelín largo, pero merece la pena):
"Entre las muchas tentaciones que debe enfrentar un escritor, acaso la de la 'forma' sea la más corruptora y, también, la más difícil de resisitir. Porque ella halaga el instinto más potente en quien dedica su vida a inventar historias: el amor por las palabras, ese medio que es también fin, placer en sí mismo, para quien escribe, alguien que, poco a poco, a medida que se hunde en el lenguaje y se deja llevar por esa sustancia sutil y sensual con la que entabla una relación entrañable y gozosa, erótica y mística, empieza inevitablemente a sentir esa ambición -esa utopía- que Flaubert describió tan bien en una de sus cartas a Louise Colet: 'Lo que me parece hermoso, lo que me gustaría hacer, es un libro sobre nada, un libro sin dependencia exterior, que se sostendría a sí mismo por la fuerza interna de su estilo, como la tierra se tiene en el aire sin que nada la sostenga, un libro que casi no tendría tema o cuyo tema sería invisible, si ello es posible'. A veces, algunos grandes creadores que sucumbieron a esta tentación de escribir un 'libro sobre nada' (...) han producido obras maestras casi ilegibles, en las que, en efecto, la maestría verbal ha sido artísticamente depurada hasta el extremo de que las palabras existen en ellos para no decir nada fuera de ellas (...), desasidas de 'un tema' -unos personajes, unas tramas, unas anécdotas, un discurrir- que ha quedado enterrado bajo la abrumadora belleza de la expresión. Esos libros que son lenguaje puro han revolucionado a veces el arte de contar, pero, paradójicamente, no son ellos mismos buenos ejemplos del arte de contar, porque en las historias logradas la forma es más eficaz y mejor mientras más invisible es y, gracia a ello, resultan más atractivas y persuasivas las ocurrencias de la historia. Hasta ahora, en su milenaria tradición, el lenguaje no ha sido todavía un personaje interesante, ni el orden narrativo un protagonista cuyas andanzas emocionen al lector".
Mucho más sangrante es el caso de los que no son grandes escritores y, creyéndoselo, se dedican a juguetear con el experimentalismo para esconder su falta de talento y oficio. Siempre se dice que Picasso tuvo que aprender a hacer bodegones como los del Barroco para poder llegar al cubismo después, pero hay mucha gente empeñada en meterse directamente en el cubismo sin pasar por Rafael.
Vista esta larga cita de Vargas Llosa -que se puede desacreditar diciendo que sólo encubre con argumentos estéticos su vocación de escritor comercial-, creo poder dar la vuelta al párrafo de Verdú y concluir que los escritores con vocación creadora de sudokus son los que, efectivamente, en lugar de escribir novelas, pergeñan sudokus literarios más o menos sofisticados. Los trucos de magia pueden ser entretenidos, pero a mí me interesa más la literatura. Llámenme antiguo.
EMPACHADOS DE NOCILLA
La Nocilla es muy empachosa. El otro día en Málaga, una amiga nos llevó a una tetería y a mí me dio por pedirme un batido de chocolate (chic que es uno a pesar de las barbas). No me fijé en que el chocolate llevaba también avellanas, y no pude dar más de dos tragos. Aquello era empalagoso hasta decir basta. Como beberte un bote de Nocilla.
Lo digo como advertencia, porque parece que el grupo Prisa viene dispuesto a meternos litros de Nocilla con embudo. Al menos, eso se deduce de los dos paginones (con bendición arzobispal de Vicente Verdú incluida) que dedicó ayer viernes a la "generación Nocilla", bautizada así por el Nocilla Dream de Agustín Fernández Mallo. Por cierto, que hay que adentrarse en la fronda del texto para enterarse de que tal despliegue apologético obedece al fichaje de Fernández Mallo por Alfaguara, a la sazón empresa del grupo Prisa, que también posee (oh, casualidad) el diario El País. El redactor no menciona esta comunidad de intereses en el reportaje, transgrediendo lo que dice el Libro de Estilo de su periódico al respecto.
Pero en fin, no nos pongamos quisquillosos. Me parece estupendo que Prisa quiera promocionar a este grupo de autores "jóvenes" (qué elástica es la juventud, que alcanza la calvicie, las canas y la artritis de muchos miembros de la generación). La verdad es que me la trae al fresco. Que cada cual escriba lo que quiera, y si tiene la suerte de que una editorial con posibles se lo coloca en un sitio molón de las librerías, adelante con los faroles. Chapeau. Lo que de verdad me ha irritado ha sido el articulito de acompañamiento de Vicente Verdú .
¿Pero quién se ha creído este señor para decirle a los escritores lo que deben escribir y a los lectores lo que deben leer? Dice Verdú: "Lo propio de la literatura contemporánea sería aquello que la escritura y sólo la escritura puede decir en especial". Parece que Verdú ha olisqueado algún viejo tratado editado por Ruedo Ibérico y nos quiere vender la Nouvelle Roman como el no va más. Back to the 60's! Cogen cuatro ideas sobre postmodernidad, le quitan el olor a tabaco Galoise y a boina calada por la lluvia de adoquines parisinos del 68 y nos lo venden como el camino a seguir cuarenta años después.
Tampoco me parecería mal. Cada cual es libre de quedarse estancado donde buenamente le plazca y de creerse todo lo moderno que quiera, pero me repatea el tonito de suficiencia. Lean si no, el arranque del texto:
"Dos son las características que pueden indicar la falta de actualidad de una novela: a) que sea fácilmente adaptable al cine y b) que no pueda abandonarse la lectura sin llegar al fin. En el primer supuesto, habría sido preferible que el autor se empeñara en redactar un guión. En el segundo, parece claro que su vocación creadora se relaciona con los sudokus".
Y dos huevos duros. O sea, que si su historia es interesante, mantiene la tensión del lector y le conduce hasta un desenlace, usted no puede ser considerado un escritor. A lo más que puede aspirar es a entretener a amas de casa suburbanas y menopáusicas. Usted no es un escritor, amigo mío: es el repartidor de butano que da un repaso a las señoras mientras sus maridos trabajan.
Me cansan tanto estas sandeces... Ahora voy a buscar un texto de Vargas Llosa para el señor Verdú. Pero lo comentaré luego, que ahora voy a comer.
05/03/2008
LECTORES Y LECTORES

Siempre hay varias formas de leer una cifra. Por ejemplo, el editor Gonzalo Pontón menciona en El País el dato de que "sólo" 15 millones de españoles leen libros de forma habitual y constante. Pontón subraya el adverbio "sólo", pero yo casi añadiría entre interrogantes: "¿tantos millones de españoles leen libros de forma habitual y constante?". Es decir, que aproximadamente el 35 por ciento de los habitantes de este país cuestionado y cuestionable son lectores gustosos. Pues no está nada mal, teniendo en cuenta que no hace ni medio siglo teníamos unas tasas de analfabetismo monstruosas y sólo llevaremos unos 20 años de universidad accesible para todos.
Otra cosa es que un editor lo vea en términos de mercado y perciba que hay un 65 por ciento de clientes potenciales españoles a los que no saca ni un triste euro. Deben sentirse como un empresario maderero ante una porción de selva amazónica protegida, o como el constructor de La escopeta nacional que decía: "Cada vez que paso por la Casa de Campo y veo todo ese terreno sin urbanizar, es que me pongo malo". Es comprensible que los editores quieran vivir mejor: los niños crecen, el chalet de Pedralbes se queda pequeño y es fastidioso alojarse en un hotel cada vez que se viaja a Nueva York cuando los ricos de verdad tienen apartamentos con vistas a Central Park. Es comprensible. Un traficante de drogas también lamenta que las adicciones a sus productos no alcancen al 100 por cien de la población.
Así que, por el lado comercial, se entiende el lamento. Por el lado cultural, no. A todas luces, somos un país más culto y leído. Hemos pasado de una minoría muy minoritaria de lectores al 35 por ciento de la población. Tampoco se puede pretender que esto sea como Alemania o Francia, que hace dos días Buñuel estaba asustando al mundo con las monstruosidades de Las Hurdes, de las que parece que nadie se acuerda.
Otra cosa es -y ahí los editores no se meten, porque lo suyo es vender, no juzgar gustos- qué lee ese 35 por ciento de españoles. Qué oferta hay a su disposición y qué prefieren. ¿Son lectores exigentes o escapistas? ¿Esperan algo de la lectura? ¿Les va más lo moderno o lo clásico? ¿Siguen a los poetas? ¿Ensayo o narrativa? ¿Y qué narrativa? ¿Prefieren libros traducidos o escritos en su lengua? ¿Leen en otros idiomas aparte del castellano? ¿Quiénes son sus guías y consejeros: los críticos de prensa, la portera, Sánchez Dragó, Juan Alberto Belloch? ¿Cómo son de grandes sus bibliotecas hogareñas? ¿Hablan de literatura alguna vez? En fin, quizá son esas las preguntas que interesa hacer desde un punto de vista cultural. Lo otro, lo de que se lean muchos o pocos libros, me la trae al fresco. Es un dato que no me dice nada sobre los perfiles de lector que hay en España ahora mismo. Porque convendrán conmigo en que hay gente que folla mucho pero sólo conoce el misionero, y gracias, y otros que follan menos pero gozan mucho más. La clave no es cuánto follamos, sino con quién y cómo.
Yo, por ejemplo, ahora estoy follando con (quiero decir, leyendo) un tocho de Carlos Gamerro que me tiene en vela hasta bastante tarde: Las islas. Otro día hablaré de él.
02/02/2008
SI LO HUBIÉRAMOS SABIDO

A mí me resulta muy difícil reseñar el libro de un autor al que conozco personalmente. Por eso, cuando Antón Castro me ofreció escribir sobre lo último de Félix Romeo, pensé en negarme. Pero no lo hice, y no me arrepiento. Mientras leía Amarillo, que Félix me regaló con una preciosa dedicatoria, veía muchas cosas que sé de él, y otras que creo adivinar. Cosas que deja a la vista en su persona pero no caben en sus libros. Por supuesto, escuchaba su voz narrándome el texto y creía entender algunos silencios y algunos quiebros. Tenía la lectura contaminada por la presencia física de Félix, que no me dejaba ver bien al Félix literario que está en el libro. Por eso he tenido que hacer un gran esfuerzo para escribir esta reseña, olvidando lo que sé de él y fingiendo no conocerlo. Espero haber sido lo suficientemente honesto.
Esta crítica apareció este jueves en el suplemento Artes y Letras de Heraldo.
Siete años después de "Discotheque", Félix Romeo (Zaragoza, 1968) ha vuelto a las librerías con una obra de críptico y sugerente título, estampado en la cubierta sobre un minimalista paisaje urbano de Pepe Cerdá. Una tapa dura que encierra unas 150 cuartillas breves y afiladas, absolutamente inclasificables. "Amarillo" no es una novela. No es ni siquiera una ficción, aunque el texto tenga algo de fábula y el Chusé Izuel y el Félix Romeo que aparecen en él tengan algo de personajes construidos y trabajados en el taller del escritor. Tampoco es un ensayo, ni mucho menos una biografía, y su carga lírica no basta para leerlo como poesía.
"Amarillo" (Plot. Madrid, 2007. 140 páginas) es un proyecto que rondaba a Félix desde hacía años y que ya había anunciado en alguna ocasión: escribir un libro sobre el suicidio de su amigo de infancia, el escritor zaragozano Chusé Izuel, que se tiró desde el balcón de su casa en Barcelona el 27 de febrero de 1992, cuando tenía 24 años. Bien, pero, ¿qué libro? ¿Un homenaje, una biografía, una reflexión sobre su amistad, una novela?
Félix ha guardado todos estos años un montón de recuerdos de su amigo fallecido: todas las cartas que le escribió, sus cuentos, sus novelas inacabadas, las reseñas y artículos que publicaba en la prensa... Textos, muchos textos. Romeo bucea en ellos, aunque se los sabe de memoria, en busca de las pistas que le hagan comprender lo incomprensible y que, en cierta forma, le liberen de la culpa que siente por no haber sido capaz de prever ese desenlace.
Visto así, la estructura del relato podría ser detectivesca, pero el dolor no consiente a Romeo el lujo de mostrarse aséptico, ni siquiera tanto tiempo después. Por eso el texto adopta una forma fragmentaria, descoyuntada, creando poco a poco una argamasa que va trasladando al lector la angustia íntima que está instalada dentro del autor. Conforme avanza la lectura, el misterio que rodea al personaje de Chusé Izuel va pasando a un segundo plano, mientras el estupor vacío del personaje de Félix Romeo lo va ocupando todo.
A través de los textos y de los fragmentos transcritos con todos sus errores e incongruencias, aparece el Chusé Izuel que se iba a suicidar, pero lo hace a través de los ojos de Félix Romeo, y es su mirada la que prevalece y da sentido (o un no-sentido) al libro. Eso es "Amarillo": un hombre que mira sin comprender.
En los párrafos asoman todos los recursos de la literatura posmoderna que Romeo ha ido incorporando a su estilo desde su ópera prima, "Dibujos animados" -especialmente, de la literatura que viene de Francia y tiene a Georges Perec y a los autores de Oulipo como norte y punto de partida al mismo tiempo-, con un énfasis muy insistente en la reiteración deliberada, el arma que mejor maneja y que le sirve para insinuar y apuntalar esas zonas de sombra en la conciencia que va rodeando mientras escribe.
Pero ni su carácter incompleto ni su estructura resquebrajada e informal libran a "Amarillo" de caer en la trampa que pretendía soslayar a toda costa: la de la nostalgia. No es una nostalgia ñoña y sentimentaloide, claro, pero de cada pequeño detalle se desprende un lamento callado que, si su autor se atreviera a formularlo, lo haría en forma condicional. Algo así como: "Si lo hubiéramos sabido...".
27/01/2008
SÓLO TE AHORCAN UNA VEZ

"Hay cuatro reglas para seguir a alguien: mantente detrás de tu sujeto todo lo que puedas, no intentes esconderte de él, actúa con naturalidad ocurra lo que ocurra y nunca le mires a la cara. No te las saltes, salvo en circunstancias excepcionales, y seguir a alguien será lo más sencillo que tenga que hacer un sabueso".
Sabiduría de sabueso. Lo cuenta el detective sin nombre de la agencia Continental que protagoniza muchos relatos de Dashiell Hammett. Este consejo aparece en el cuento Traiciones en zigzag, incluido en la antología Sólo te ahorcan una vez, que Seix Barral sacó hace poco más de un año. Son las narraciones cortas que Hammett publicó en revistas y en papeles sueltos desde 1922, mucho antes de Cosecha roja, su primera novela (el cuento que abre el libro, Ciudad de pesadilla, es claramente un ensayo de esa novela, que desarrolla su tema y su trama).
Me encanta Dashiell Hammett. Hubo un tiempo en el que estuve muy enganchado a la novela negra. Devoré a Hammett, seguí con Raymond Chandler y, cuando me metí con el trurbio mundo de McCain, me di cuenta de que estaba desarrollando una obsesión patológica. Así que lo dejé, pero de vez en cuando retomo el vicio, y Hammett sigue siendo mi niño bonito.
Lo es por su estilo, que ni siquiera una traducción tan infame como la que sufren sus textos logra apagar. Chandler y McCain son más "intelectuales". Hammett es intuición pura, el autodidacta soberano y supremo, la inteligencia sin pulir ni adoctrinar. Un sabueso con las suelas comidas de tanto patear calles. Porque él es ese detective sin nombre de la Continental, ese buscavidas que conoce a todos los tipejos de San Francisco. Sólo que en la vida de Hammett, la Continental se llamaba en realidad Agencia Pinkerton. Sus oficinas estaban en Union Square, y él comía bistecs en un restaurante cercano. Lo sé porque le he seguido el rastro este verano en San Francisco. No me he curado del todo de mis vicios.
La prosa de Hammett es eficaz, limpia de literatura y artificio. Apunta y dispara con precisión: certero en el detalle, nunca da información redundante ni de relleno. Cuando aparece un pañuelo es ese pañuelo y no un pañuelo cualquiera. Lo ves, lo palpas, lo hueles, y no ha sido mencionado por azar: encaja en la trama como una pieza de un puzzle. Es fantástico. Y consigue ese efecto con una parquedad de recursos que da miedo. Cuenta la historia con las mangas remangadas, jugando limpio con un lector que también quiere resolver el crimen, pero no se queda en el juego de salón. El pasatiempo del acertijo es sólo un andamiaje, una estructura conocida y cultivada que le permite contar lo que de verdad le importa: retratar una sociedad obtusa, violenta, sucia (en el sentido literal de mugrienta, de poco higiénica) e hipócrita. En el conjunto de su obra asoman un país, una época y una condición, la humana, que es universal y atemporal. Por eso no puede extrañarle a nadie que los grandes escritores que también han sido grandes lectores (circunstancia que pocas veces se da junta en una misma persona) sientan predilección por Hammett.
En cualquier caso, de Sólo te ahorcan una vez, cuya lectura estoy rematando, me quedo con un cuento muy atípico en la producción de Hammett y que demuestra que fue un escritor versátil, con sensibilidad, amplitud de registros y arrestos para probarse a sí mismo. Se titula La mujer del rufián, y está escrito en tercera persona, pero desde el punto de vista de una mujer espectadora que sólo entiende a medias la historia que está observando. Es magistral la forma en que construye y respeta al personaje a través de cuyos ojos fluye el relato. Cómo le deja respirar, cómo le deja expandirse y ganar peso, y cómo acaba encajando tan perfectamente el mecanismo de empatía con el lector. Chapeau.
Es un gustazo de libro. Si me permitís la osadía, os lo voy a recomendar.
Foto: la hice este verano. Es una placa situada en la esquina de Bush con Stockton, cerca de Chinatown, en San Francisco. La leyenda dice: "Aproximadamente en este sitio, Miles Archer, socio de Sam Spade, fue liquidado por Brigid O'Shaughnessy". Lo siento para los que no hayáis leído/visto El halcón maltés (¿cómo se puede vivir tan tranquilo sin conocer a Sam Spade?), porque esa placa os acaba de joder el final.
27/12/2007
ESCARBAR EN LAS MIASMAS (1)

Las comparaciones son odiosas, sobre todo para el que sale perdiendo en la comparación. Vamos, que está guay cuando nos comparan con George Clooney, pero maldito sea el que nos compare con Stalin o con el feo de El jovencito Frankenstein. Al margen de eso, comparar es un ejercicio muy sano y muy revelador. Si no comparáramos a nuestra pareja actual con las arpías de nuestras ex novias, ¿qué placer sacaríamos?
Leyendo el libro de Gamerro que comentaba en el anterior post (al que tengo que añadir que su prota, al parecer, es el mismo que el de la novela Las islas, del mismo autor, que a su vez comparte otro personaje importante con La aventura de los bustos de Eva. Vaya, que a Gamerro le gusta que sus criaturas pasen de unos libros a otros creando uno más grande), me han venido a las mientes cuatro pelis sobre la memoria, el pasado, la hipocresía y el horror consentido. Resumiendo: que hablan de la vergüenza individual y colectiva, de esa conciencia de la responsabilidad social que Günter Grass quiso inculcar a los alemanes. Esto es, que las culpas por los crímenes del nazismo no se agotan en las sentencias de Nurenberg, sino que involucran a toda una generación de un pueblo que, por acción u omisión, dejó que el más terrible de los horrores se hiciera realidad.
Aunque parezca lo contrario, esto es muy chungo de asumir. Por eso son tan pocos los autores que se atreven a escarbar en semejante lodazal. Lo mejor que te puede pasar es que las manos se te llenen de mierda y nunca se vaya el olor, y lo peor... Pues eso, imaginad. Un autor, por lo general, quiere agradar a su público, por lo que no se puede presentar señalándole con el dedo e invitándole, siquiera sutilmente, a que escarbe en el lado oscuro de su páncreas y compruebe si sus acciones y sus omisiones -más bien, lo segundo- han alimentado o alimentan al monstruo. Así que se toma el lado fácil.
¿Cuál es ese lado fácil? La hagiografía. Mártires prístinos con la melena al viento frente a malos malísimos que dominan una sociedad llena de miedo, pero con ánimo resistente que sólo espera la llamada del Elegido para tomar las calles. Pasó en España: de repente, todo el mundo era antifranquista. Todo el mundo había recibido un coscorrón de los grises y quien más, quien menos, aportó su granito de arena a la resistencia democrática. Por supuesto, el champán corrió en torrentes el 20 de noviembre de 1975, y las colas kilométricas frente al Palacio de Oriente no estaban formadas por adeptos: eran sólo curiosos que iban a comprobar que el tirano había muerto de verdad. En pocos años, gracias a unos escritores y guionistas bien educados, resultó que sólo había cuatro franquistas ridículos y con papada. Hasta los ministros que firmaban las sentencias de muerte se transformaron en presidentes autonómicos. ¿Franquista, yo? Quite, quite, yo hacía oposición desde dentro.
Ahondar en esas miasmas es ingrato y, a ojos de muchos, estéril, pero yo creo que nunca viene mal un lavado de conciencia. Si la literatura y el arte no están para eso, para explorar nuestra condición humana allí donde el lenguaje codificado por las convenciones no llega, entonces dejémoslos para figuritas decorativas y para divertimentos de salón.
La primera peli que me vino a las meninges fue La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda-Manuel Rivas. No sé cual de los dos es más responsable de ella, la verdad, así que los cito como si fueran uno. En principio, aborda el mismo tema que El secreto y las voces, pero se queda en las puertas. Esa imagen final del niño corriendo detrás del camión y tirándole piedras a su profesor, animado por su propia madre, es de un dramatismo muy logrado. La mirada de Fernán-Gómez es de Oscar, sin duda. Te atraviesa las carnes, te hace sentir todo el dolor de la derrota y toda la vergüenza de los supervivientes.
Sin embargo, una vez que te has secado las lágrimas, descubres con rubor que has caído en una trampa. En una trampa emocional muy facilona. El profesor que interpreta Fernando Fernán-Gómez no es un personaje, es un arquetipo. Es casi un santo (es un santo), y como tal debe sufrir el martirio para salvarnos a nosotros. Cuerda nos muestra el sacrificio del héroe para que nosotros podamos honrarle y rescatarle en el recuerdo y en la fe hacia los principios que defendió. Por eso no vale. No está hablando de la represión y de la hipocresía de un pueblo que jalea y consiente. Está dándonos esperanza, está contándonos lo que queremos oír, está modelando la versión oficial de la historia. No hay dilema moral posible ya que no se está ejecutando a un hombre, sino a una idea. Como todos los hagiógrafos, Cuerda y Rivas olvidan que hasta los autores de los Evangelios, con una mirada literaria muy profunda, se preocuparon de que Jesús de Nazareth tuviera un lado oscuro, dubitativo, llorón y lascivo. Se preocuparon de que fuera, ante todo, una persona -de ahí que funcione tan bien su figura como personaje literario y se le puedan hacer tantas lecturas diferentes-, algo que nunca han sido los santos de las Vidas de santos, que ni cagan ni follan. Y lo que es peor: nunca tienen ganas de cagar ni de follar.
Hay otras tres pelis que me interesan más porque no buscan la complacencia del espectador: Los juicios de Nurenberg, Caché y La vida de los otros, pero hablaré de ellas en el siguiente post, para no alargar más este, que ya os he torturado bastante.
UNA TRAGEDIA GRIEGA

"Un muerto no pide demasiado, con dos metros de tierra se arregla lo más bien, unos rezos que vengan del corazón, no de los labios, flores vivas o cosas chiquitas, de la casa, que hayan absorbido mucho amor. Es tan poco lo que pide... Eso sí, si se lo niegan suele ser despiadado".
Quizá ya sabíamos que las relaciones entre los vivos y los muertos no son como las pintan los cuentos de fantasmas, pero sus consecuencias -el vacío, la desolación, el vértigo- suelen ser parecidas. La Ña Agripina -voz de la cita de arriba-, curandera de Malihuel, provincia de Santa Fe, Argentina, lo sabe muy bien. Sabe que el terror de las apariciones no viene de la culpa, que es algo muy cómodo que controlamos a placer. Viene de lo que se nos escapa, de lo que nunca llegamos a controlar: quizá de una madre desquiciada con un pañuelo en la cabeza que se pasea todas las mañanas bajo la ventana del despacho del asesino de su hijo.
Dictadura argentina, sí. Desaparecidos. Como podría decir nuestro Isaac Rosa, "otra maldita novela sobre los milicos". Pero no, porque Carlos Gamerro no ha escrito una novela de tesis, aunque en realidad quería hacerlo. Y precisamente por eso es una buena novela (buena, no deslumbrante, aunque a ratos acongoje y apriete los higadillos del lector con fiereza maestra), porque se ha resistido a la voluntad de su autor de escribir literatura memorialística o política. El secreto y las voces habla de desaparecidos, de hipocresías, de ciudadanos brechtianos que miran hacia otro lado, que justifican con medias palabras los horrores que dicen no ver, que carraspean y se cambian de acera. Efectivamente, es una narración sobre los crímenes de la dictadura militar, pero si se hubiera quedado en eso no interesaría más que como testimonio o como alegato político. No acongojaría ni apretaría los higadillos de nadie si el texto no hubiera volado por su cuenta, ajeno a los corsés que Gamerro le quería imponer, y convirtiéndose en una tragedia griega, y por griega digo universal.
La acción transcurre en un pueblo decadente de la pampa llamado Malihuel. El año, 1977. El desaparecido, Darío Ezcurra, un bon vivant deslenguado que se las da de periodista y ha tocado mucho los cojones al cacique local. Los culpables: todos los vecinos del pueblo, que contribuyen, cada uno a su manera, a que el crimen se consume. Todo eso se sabe ya al principio de la novela, y el narrador-protagonista, que no sabemos quién es, ha regresado 20 años después al lugar para escribir un libro o algo así (tampoco se dan pistas al respecto). Habla con todos los vecinos de Malihuel, y sus voces van dando forma a un relato sobrecogedor que apunta al corazón mismo de la mezquindad humana. Es un pueblo argentino, pero igualmente podría ser un pueblo vasco en los años 80, o un barrio de Belfast en los años 70, o el gueto de Varsovia, o -por supuesto- un pueblo mesetario español en 1936, o una villa francesa bajo ocupación nazi, o el pueblo en el que transcurre la acción de Los demonios, de Dostoievski. Añadid lo que queráis. Cambiarían los nombres, los acentos, el paisaje y los licores que se sirven en la taberna, pero la historia sería la misma. Porque El secreto y las voces no es una novela sobre la dictadura argentina, sino sobre nosotros, sobre nuestras palabras y nuestros silencios, sobre nuestro instinto de supervivencia y sobre lo barato que estamos dispuestos a poner en venta nuestra dignidad.
Es una novela imperfecta. Tarda en arrancar. Carlos Gamerro intenta domar el texto, llevar las voces de Malihuel hacia la justificación de su tesis: la de la recuperación de la memoria y la demanda de justicia frente a la impunidad. Pero llega un momento en que, vencido por el propio peso de la narración, se abandona -por suerte-, afloja las riendas y, hacia la parte central del libro, vemos asomar un horror tan crudo que quema los ojos. La acumulación de voces -y de puntos de vista sobre un mismo personaje y unos mismos hechos- da una perspectiva redonda, tridimensional, que escuece. De repente, cada frase se convierte en una nueva puñalada. Vemos cómo se destruye una vida y cómo una sociedad entera cae con ella sin posibilidad de levantarse nunca del fango, y agradecemos que Gamerro se abstenga de añadir ninguna apostilla suya. Los personajes del drama lo dicen mejor sin decir nada.
Hacia el final, por desgracia, Gamerro quiere reorientar un texto que se le ha ido de madre y trata de llevarlo a la tesis original, por lo que la conclusión suena forzada. Pero no importa, porque es prescindible. La presencia que adquiere el narrador -cuya identidad, para entonces, ya ha sido desvelada- en las últimas páginas no aporta nada a la historia, pero tampoco la estropea. Lo que había que decir ya se había dicho.
De Carlos Gamerro ya había medio reseñado aquí La aventura de los bustos de Eva , que creo que sigue siendo su única novela publicada en España. De este último viaje a Buenos Aires me he traido El secreto y las voces y otros tres títulos más que he rascado en las librerías. No se vende en España, pero seguro que a través de internet se encuentra con facilidad si estáis interesados. Creo que es uno de los autores argentinos más interesantes de la última hornada -mucho más que el reconocidísimo Rodrigo Fresán, por ejemplo; de Martin Kohan, ganador del último Herralde, todavía no he leído nada, así que no puedo comparar-, y lo más destacable de su estilo es su poderosa fuerza cinematográfica, ya que es guionista. El secreto y las voces, por ejemplo, da la impresión de estar pensado como la transcripción de un documental de testimonios, y si alguna vez se rodase, sería un excelente falso reportaje.
En fin, seguiremos informando, si la gripe que me ataca en estas entrañables fechas me deja ánimo para seguir con la lectura del maletón de libros que nos hemos traído del lado de allá.
22/12/2007
LE MOT JUST
Hay épocas en las que no te sientas bien. No es que tú te sientas mal, es que no te sientes bien contigo, que es muy distinto. No te sientes bien con ese cuerpo, con esa cara o con esa voz. Yo no me siento bien con mis palabras y mis frases. Me llevo muy mal con mis textos: discuto con ellos, me enfado, los borro, los retuerzo, los destrozo. A veces (para mi desgracia, todas las semanas), no me queda más remedio que publicarlos, y entonces los veo sobre el papel de periódico, sin remedio, sin que mi boli corrector tenga ya ningún efecto sobre ellos, y me entran ganas de encerrarme en una cueva y no salir. De hecho, si no cambio de arriba abajo este blog es porque me lo he propuesto como ejercicio supuestamente sano: lo que se publica, se publica con todas las consecuencias, ya no hay vuelta atrás.
Dudo, dudo terriblemente. Hay épocas más alegres en las que todo fluye más fácil y, aparentemente, con la fisicidad adecuada. Pero en estos días gana la incomodidad. Es una sensación asquerosa: como si ninguna prenda te sentara bien, como si no encontraras jamás la postura buena en la cama.
En fin, uno se va volviendo más exigente y tiene el vicio de leer demasiada literatura buena. Estoy intoxicado de literatura, me tengo que rehabilitar. Cortázar tenía el cuajo de decir que los cuentos casi le salían solos en un proceso casi inconsciente. Está ahí, en sus entrevistas. Que si el cuento se redactaba por si mismo, que si él apenas intervenía, que se dejaba fluir tras el fogonazo inicial... Por los cojones, don Julio, por los cojones. Sus cuentos son mecanismos narrativos perfectos, que funcionan con precisión suiza. No hay nada casual, nada "inspirado", nada dejado al azar. Son el resultado de un trabajo obsesivo, de un perfeccionismo patológico que desconfiaba muchísimo de su talento natural. ¿Por qué si no era tan cuidadoso al publicar? ¿Por qué si no publicó con seudónimo sus primeras obras? ¿Y por qué, si no, no tuvo empacho en tirar a la papelera cientos y cientos de páginas que cualquier otro escritor menos escrupuloso hubiera publicado sin miramientos? Porque perseguía una perfección que no le venía de las musas, sino de años y años de trabajo puntilloso de relojero. Porque perseguía "le mot just" con más fiereza que nadie.
El reverso tenebroso de Cortázar es otro argentino, César Aira, que publica todo lo que escribe sin apenas corregir nada. De hecho, publica más libros de los que son capaces de leer sus lectores, en una estrategia pensada para apabullarles, ahogándoles en un torrente de escritura contínua muy parecido al que desatamos los blogueros, que no nos callamos nada.
Estoy intoxicado de libros y tengo que rehabilitarme. M. G. me vaticina un agostamiento estilístico (antes incluso de haber encontrado mi estilo, qué guay) provocado por la práctica indiscriminada y en sobredosis de un periodismo en el que a muchos nos resulta cada día más difícil creer (porque está dejando de ser una cuestión profesional para convertirse en cuestión de fe. Pura supervivencia). Me noto como hinchado, y no son los kilos que me sobran. Son los tópicos que no controlo, que se me escapan en los textos y que me duelen como latigazos. Son los adjetivos mal puestos, las frases demasiado largas, las reiteraciones que se escapan, los ripios, la literatura de relleno y retórica que me empacha como un bollo pretencioso. Y, sobre todo, el atasco intestinal que padezco al tener perfectamente clara en mi cabeza la historia que quiero contar y cómo llevo casi dos años dando vueltas sobre la forma definitiva sin encontrarla.
Me estoy desbrozando, intento ponerle remedio a la parálisis. He solicitado la ayuda del doctor Espinosa, esteta chileno dotado de la crueldad que solo tienen los verdaderos escritores y que a mí me hace falta. Necesito limpiarme, desbrozarme, saber qué coño quiero hacer con estas palabras que no puedo dejar de escribir. De momento, aquí está este blog, este cuaderno de notas en el que me peleo con mis pudores y en el que me desfogo y me río a gusto.
Habrá que esperar tiempos mejores.
18/12/2007
PÉREZ-REVERTE DESCUBRE EL HEAVY METAL
De vuelta en el lado de acá, con el coxis todavía dolorido por el maltrato al viajero gentileza de Iberia (más de 12 horas de retraso a la salida de Buenos Aires: casi lloro de la emoción cuando embarcamos), intento acostumbrarme al frío y preparo mi mente para los días familiares que vienen. Puesta al día y reincorporación a la rutina. Repaso papeles de estos días pasados, buscando inspiración en la actualidad desactualizada para llenar los próximos suplementos, y me doy de bruces con el artículo del XL Semanal que Pérez-Reverte usa como escupidera.
Un par de páginas antes, en la sección de cartas de esa misma revista, una profesora de literatura escribe una encendida y furoruterina proclama a favor del papá de Alatriste. Dice que le lee los artículos a sus alumnos y que éstos se sorprenden al escuchar semejante lenguaje en su boca, tan cuidada y casta de su natural. Sí que debe de resultar curioso escuchar a una comedida y apocada maestra declamar emocionada frases como "este puto país de maricones" y otros estilizados hallazgos perezrevertianos. De verdad: ¿la Ley Orgánica de Educación no prevé que puedan retirar de la docencia a quienes torturan a sus alumnos de esa forma?
El caso es que nuestro caballero español ha descubierto el heavy metal, y como cree que sus prejuicios de camionero putero son compartidos por la hispanidad entera, nos hace partícipes de su hallazgo para que nosotros, oh, pobres y afeminados alfeñiques, podamos solazarnos también con su viril desparrame. Ojo a esta profunda reflexión trufada de sugerencias: "De toda la vida me cayeron mejor esos cenutrios largando escupitajos sobre todo cristo que los triunfitos relamidos, clónicos y saltarines, tan rubios, morenos, rizados y relucientes ellos, tan chochidesnatadas ellas, con sus megapijerías, sus exclusivas de tomate y papel cuché, y toda esa chorrez envasada en plástico y al vacío. Al menos, concluí siempre, los metaleros tienen rabia y tienen huevos, y aunque a veces tengan la pinza suelta y hecha un carajal, éste suele ser de cosas, ideas, fe o cólera que les dan la brasa y los remueven, y no de cuántas plazas será el garaje de la casa que comprarán en Miami cuando triunfen y puedan decir vacuas gilipolleces en la tele como Ricky, como Paulina, como Enrique". Sí, señor: dónde estén unas buenas hostias que se quiten los soufflés.
Es normal que a Pérez-Reverte le guste el heavy, pero no porque la expresión "cenutrios largando escupitajos sobre todo cristo" describa bastante bien su labor seudoperiodística semanal, sino porque los músicos metaleros y él se mueven en planos discursivos parecidos y utilizan las mismas estrategias. Sin generalizar, of course, que en todo hay excepciones. Lo sé bien, porque me he quedado afónico más de una vez berreando canciones de Obús con algún amigo a las cuatro de la mañana, para desgracia de los vecinos de las calles por las que zigzagueábamos.
Cosas en común entre la literatura (¿literatura?) de Pérez-Reverte y el heavy más heavy:
-Las dos intentan apabullar a su público con una falsa apariencia de complejidad llena de referencias cruzadas seudocultas que sólo están ahí para esconder una estructura ramplona, vacua y carente de imaginación. Vamos, como los rebozados de los bares de tapas y las pretenciosas salsas de los malos restaurantes, que están ahí para disimular la dudosa calidad y frescura de las viandas.
-Las dos se muestran aparentemente agresivas y transgresoras, cuando en realidad remiten a estereotipos muy manidos para el consumo rápido y la fácil asimilación de un público conservador y acomodaticio.
-Las dos se mueven en registros muy codificados e inamovibles, en fórmulas cerradas que no admiten grandes variaciones y son altamente previsibles y repetitivas. Es más: su público suele premiar la reiteración (que interpreta como fidelidad a un ideario o a unas raíces) y penaliza la innovación y la búsqueda creativas. Por eso, cuando un músico heavy se atreve a salirse de la vía y poner a prueba sus dotes compositivas y sus inquietudes musicales, inmediatamente es linchado por la muchachada, que le destierra y le acusa de traidor. Los lectores de Pérez-Reverte también esperan lo mismo de él. Si don Arturo les fuera con un libro parecido a los de Georges Perec -suponiendo que el señor de Alfaguara se lo pasase-, les saldría humo por las orejas y se sentirían burlados (o porculizados, por decirlo con palabras de nuestro académico de la lengua).
-Las dos exhiben un resentimiento patológico: sus autores tienden a sentirse incomprendidos, outsiders orgullosos de serlo, cuando en realidad son más convencionales y clásicos que un oficinista alopécico.
-Por último: los dos presumen de cojones y fiereza, y resulta que son más cursis que un repollo con lazo. Ellos interpretan esa cursílería como un hondo sentimiento propio de una sensibilidad creativa y creadora, pero los demás no acertamos a ver más que merengue pasteloso e indigesto.
Dicho todo lo cual, he de decir que todavía guardo con cariño mis discos de Iron Maiden y de Barón Rojo -y que me refocilo con ellos alguna tarde de domingo-, pero me deshice hace tiempo de los libracos de Pérez-Reverte. Frente a las campañas de promoción de la lectura del Gobierno soy de los que piensan que es más sano no leer nada que leer ciertas cosas. Pero allá cada cual.
Mi rollo es el rock.
01/12/2007
LA GENERACIÓN DEL 22

Por petición popular, cuelgo este reportaje publicado este viernes en el suplemento MVT de Heraldo. Gracias a todos los letraheridos amantes del vino con gaseosa, a los que espero seguir encontrándome con asiduidad en los peores tugurios de esta inmortal ciudad. La foto es de Juan Carlos Arcos.
Bueno, ¿estás preparado para escuchar con atención los intríngulis de la obra de cada uno de estos poetas?". Vaya pregunta. Casi me atraganto con la cerveza del aperitivo: ¿escuchar disertaciones de tipos empeñados en hablar de su libro? Pero si yo solo venía a una cena, caballeros. Creo que me confunden con un intelectual o algo así. Pobres.
Cuando me encargaron hacer un reportaje sobre un grupo de jóvenes poetas zaragozanos que se reúne el día 22 de cada mes para celebrar su genio en una fastuosa cena me arrepentí de no haber hecho como mi hermano: estudiar Ingeniería y forjarme un porvenir con apartamento en Marina d'Or. Pero ya es tarde para huir. Como si me hubieran atizado con un tomo de la Espasa, empiezo a delirar con imágenes de insufribles tertulias, los dos gordos tochos de la "Novela de un literato", de Rafael Cansinos Asens, y el retrato del grupo del Café del Pombo de Ramón Gómez de la Serna. Egos chocando entre sí como elefantes marinos en celo y personajes que declaman en endecasílabos con voz aflautada. ¡Con los letraheridos hemos topado!
Qué equivocado estaba. Antes de que viniera el camarero a tomar nota ya había quedado claro que estos poetas se han dejado la espiritualidad en los versos, y que a la cena acuden más bien carnales y risueños. Más que espirituales, espirituosos, a cuenta del vino barato que circula por la mesa.
La cita es en la Fonda La Peña, en el viejo Tubo zaragozano, un lugar que hay que conocer para creer que existe de verdad: una pensión a la vieja usanza, con su salón-comedor y sus huéspedes en pantuflas. En la tele, a todo volumen, la sintonía de "Cuéntame". ¿Glamour, 'charme', 'enchant'? No, señores, nada de eso: de primero, sopa de pescado, sopa de cocido y ensalada ilustrada, a elegir; de segundo, merluza o tortilla de jamón; de tercero (sí, de tercero, han leído bien), jamón, solomillo o magret de pato. En los vasos, vino con gaseosa, y en las cestas, pan en abundancia. El café y las copas, en otro sitio, que no hay que molestar a los huéspedes, aunque esa noche han hecho una excepción: nadie sabe cómo, Sergio Algora ha conseguido que el inflexible mesonero le sirva una buena taza de café cortada con un chorrito de JB. Quizá las estrofas bizarras y obscenas que ha entonado toda la cena han influido algo.
La cuenta: menos de diez euros por cabeza. Lo mejor del caso es que este rincón de la Zaragoza de otros tiempos aparece recomendado en la guía de España que edita Lonely Planet para el mercado anglosajón.
Los jóvenes poetas disfrutan como chavales con lo antiliterario del ambiente. En esta sesión, celebran el segundo aniversario de las cenas que les han unido espontáneamente como grupo poético, pese a las diferencias de estilo, ideológicas y de sensibilidad que hay entre ellos. Dos años de la fundación del "grupo del 22".
¿Cómo empezó todo? ¿Como la Generación del 27, que se reunió para homenajear a Góngora? ¿Como los surrealistas, que se juntaban para hacer manifiestos como quien hace calceta? Pues nada de eso: ni pasiones políticas ni reivindicaciones estéticas. El origen de este grupo poético antigeneracional está en el vino. Año 2005: "Estábamos participando en una cata de vino en Bodegas Almau y se nos hizo la hora de cenar -explica Miguel Ángel Ortiz, ideólogo en la sombra de la "Generación del 22"-. Alguien conocía este lugar y yo pregunté: '¿Qué día es hoy?'. Era 22, y propuse que a partir de entonces, todos los que estábamos ahí nos reuniésemos a cenar los 22 de cada mes en la Fonda La Peña". Hasta hoy.
Sin maestros
El día anterior a la última cena, Ángel Gracia dio una conferencia sobre poesía posmoderna aragonesa donde glosó la obra de todos ellos. La conclusión: que son una generación sin maestros, sin referentes, casi sin ideales y, por supuesto, sin objetivos. Cada uno es de su padre y de su madre, no buscan redimirse ni redimirnos y escriben poesía porque les gusta y porque les divierte. ¡Venga ese brindis! "Más allá de la literatura, lo que nos une es una sincera amistad", se encarga de recalcar Gracia, segando el paso al que quiera meter cizaña.
En noviembre, el 22 cayó en jueves, y eso está bien, porque cuando cae en fin de semana todo parece más vulgar: "Salir los sábados es de horteras", sentencia, burlón, Octavio Gómez Milián, que se ha sentado frente a Sergio Algora y mantiene con él una disparatada conversación sin sentido ninguno. Al menos, sin sentido para los que no vivimos metidos en una brecha del contínuo espacio-tiempo.
La lista de asistentes es ésta: Jesús Jiménez Domínguez, Miguel Serrano, el cubano Dolan Mor, Nacho Tajahuerce y los ya mencionados Octavio Gómez Milián, Miguel Ángel Ortiz, Ángel Gracia y Sergio Algora. Faltan Brenda Ascoz y Vicente Rubio (que está haciendo el doctorado en Nueva York). Las chicas son las consortes y presuntas musas: Leticia, Ingrid, Mary y Amanlis.
La casualidad y el buen humor han institucionalizado la cita en la Fonda La Peña. Quién sabe si es el germen de un movimiento poético que saldrá en los libros de texto de Bachillerato en el futuro, como salen ahora las fotos de la Generación del 27. De momento, se tendrán que conformar con este reportaje y con un cuento escrito por Miguel Serrano y publicado en la revista literaria "Quimera": se titula "Burned Children of Oregon", y allí aparecen con sus nombres. ¿Para la posteridad?
LOS OCHO POETAS DE LA FOTO:
DOLAN MOR:
Dolan Mor es el pseudónimo tras el que se oculta un poeta exiliado cubano que ha elegido Aragón como segunda patria. En 2006 ganó el premio de poesía de la Delegación del Gobierno con "Nabokov's Butterflies". Otros libros suyos son "Las historias de Jonathan Cover", "Seda para tu cuello" y "El plagio de Bosternag".
NACHO TAJAHUERCE:
El más joven del grupo. Colabora, entre otros, con Nacho Escuín en Eclipsados, una editorial zaragozana 'indie' de poesía, donde apareció el que hasta el momento es su único poemario (aunque ha aparecido en alguna antología, como la prestigiosa de "Noreste"): "Deshielo", de 2006.
OCTAVIO GÓMEZ MILIÁN:
A caballo entre las letras y la música, Octavio Gómez Milián es conocido en el mundillo zaragozano por ser el autor del fanzine "Confesiones de Margot", pero también ha escrito el poemario "Por qué no nos hicimos todo el daño de una sola vez" (2005) y participa en varios proyectos con músicos locales.
JESÚS JIMÉNEZ:
"Diario de la anemia. Fermentaciones" fue su celebrado debut en Olifante. Jesús Jiménez también ha hecho incursiones en el mundo del relato y es el último ganador del prestigioso premio Hermanos Argensola con "Fundido en negro", recientemente publicado por DVD Ediciones.
ÁNGEL GRACIA:
Sus primeras letras aparecieron publicadas en 1993 en "Cinco jovencísimos poetas aragoneses". Desde entonces han ido sucediéndose "Estigma", "Escultura de la nieve", "Valhondo" (uno de sus libros de poemas más celebrados) y "Libro de los ibones". Como prosista, ha escrito una novela corta, "Pastoral".
MIGUEL ÁNGEL ORTIZ:
Forma parte del grupo Ecrevisse y ha tocado muchos palos artísticos: además de la poesía ("Cuaderno azul de la distancia", "Donde comienza el desorden" y "Cuaderno de la sal en la mirada") ha escrito teatro ("Nosferatu"), guiones de cómic y, como remate, es artista plástico. Un todoterreno.
MIGUEL SERRANO:
Como prosista, ha ganado la última edición del premio de Literatura Joven que convoca anualmente el Gobierno de Aragón. Como poeta, su trabajo más sonado (nunca mejor dicho) es "La sección rítmica", que se compone de una serie de poemas-retrato de grandes músicos de jazz.
SERGIO ALGORA:
Casi no necesita presentación, porque el tiempo le va arropando con la quizá no muy grata etiqueta de "personaje de culto". Asaltó la escena 'indie' española con El Niño Gusano y ahora sigue con La Costa Brava mientras ahonda en sus versos (tiene cinco poemarios) y prueba suerte con el relato ("A los hombres de buena voluntad").
30/10/2007
GINEBRA SOLA O CON TÓNICA
Después de toda una vida bebiendo ginebra con tónica, ya anciano y desahuciado, descubre que le gusta mucho más el sabor de la ginebra sola. "Demasiado tarde para cambiar de gustos", piensa, y a mí me entran ganas de dejar el libro en el suelo, levantarme y aplaudir. Qué grande es un buen escritor cuando es grande. Momentos como ése, en el que un simple chasquido de lengua abre el abismo de toda una vida, hacen que perdones la pedantería, la egomanía, los adjetivos manidos, los errores de cronología histórica y hasta las inconsistencias en la construcción de la novela. John Banville es grande por momentos como ese, por personajes que descubren demasiado tarde que han estado bebiendo una combinación que no les iba, y no les queda más remedio que aceptarlo.
El personaje del que hablo es el protagonista de El intocable, una novela sobre los espías de Cambridge que pasaron secretos de Estado británicos a la URSS. El espía, que hace mucho que dejó de serlo, es una eminencia que ha sido descubierta y está sufriendo la vergüenza pública y el acoso de la prensa. Lo ha perdido todo: su posición de caballero del Imperio británico, sus cargos públicos, sus prebendas, su relación con la familia real... Sólo le queda una historia de cinismo y su cuadro favorito: La muerte de Séneca, de su idolatrado Poussin. El descubierto espía, un vejestorio abandonado y despreciado, aprovecha el ambiguo interés de una presunta escritora que quiere escribir su biografía para evocar en primera persona los oscuros recovecos de su vida, llenos de episodios violentos, divertidos y tragicómicamente británicos. Y al final, todo se resume en eso, en que prefería la ginebra sola y no con tónica. Bueno, en realidad hay mucho más, que luego decís que chafo los finales y en realidad no he contado nada de la trama, pero la esencia de la alegoría está ahí.
Cada vez estoy más convencido de que las verdades más horribles de nuestra vida se nos presentan de esa forma. No es que los pequeños detalles importen, es que no hay nada más allá de los pequeños detalles. Podemos intentar vivir en un orgasmo contínuo, buscando el escalofrío de la experiencia, pero siempre habrá una sábana arrugada que nos dirá más sobre nosotros mismos que todas las meditaciones trascendentes del mundo.
18/10/2007
UN TIPO DURO QUE NO BAILA
Norman Mailer se muere en el Monte Sinaí de Manhattan. Está hospitalizado en cuidados intensivos, y a sus 84 años esas cosas nunca pintan bien. Quizá ya esté muerto cuando leais esto. Es probable que a nadie le importe -y no me parece mal: no veo por qué la desaparición de un escritor debe preocuparle a alguien que no sea lector suyo-, pero con Mailer se disolverán los restos de una cultura (o contracultura, qué más da) en la que nos hemos formado un par de generaciones, pero que hace tiempo que dejó de dar respuestas a nuestro mundo. Yo, de todas formas, me quedaré con el placer oscuro que sentí cuando le descubrí a través de Los tipos duros no bailan, ese homenaje obsceno a John Updike con un título que parece prestado de Dashiell Hammet.30/09/2007
ME OFREZCO COMO NEGRO

Supongo que a estas alturas ya lo sabréis, pero Sánchez Dragó dice que está muy ocupado para escribir sus propios libros y que se los tiene que hacer un "colaborador". Al egregio soriano le han hecho un hijo de madera en su propio Diario de la noche de Telemadrid. Durante la publicidad, alguien del control grabó la conversación privada que mantenía con su invitada, Ana Botella, a la que, además de pelotear de la forma más reptiliana posible, confiesa que su último libro, "muy extravagante y liberal", no lo ha escrito él porque no tiene tiempo. La ex primera dama se muestra comprensiva: "Claro, es que no te puede quedar tiempo para nada". Y el otro dice: "Sí, además, los viernes me voy al pueblo y ahí sí que aprovecho para escribir conferencias". Lo podéis ver aquí.
Qué malo es no tener tiempo, la verdad, pero no se preocupe, don Fernando, que seguro que podemos hacer algo para incrementar su productividad. Yo soy un chaval joven y bien dispuesto, tecleo rápido y estoy acostumbrado a currar mucho. En serio, pida referencias, no se corte. Por una módica suma, yo le escribo a usted un librito al mes y así podrá aumentar los royalties, que seguro que reformar la casa del pueblo le sale por un ojo de la cara. Eso sí, me tiene usted que buscar otro "colaborador" que me haga los reportajes de Heraldo y de las revistas en las que colaboro, así como del resto de bolos que me salen de cuando en cuando, que estoy muy liado y apenas puedo atenderlos. Estoy seguro de que llegaremos a un acuerdo beneficioso para ambos. Y eso sólo será el principio. Después, podemos plantearnos fundar la "factoría Sánchez Dragó". Tengo unos cuantos amigos que escriben muy bien y que aceptarían gustosos un puesto en su negrería literaria si ello les soluciona la hipoteca. Alquilamos una oficinita en una calle discreta de Chamberí (preferentemente, que esté encima de un bar, para mojar la inspiración, ya sabe usted) y escribimos por turnos las 24 horas del día. De lo que usted quiera. Se me ocurren los primeros títulos: Los sueños calientes de Ana Botella, Memorias de un horticultor vanidoso, Ende que te di el primer zurriagazo (Elogio del ruralismo soriano liberal), Robespierre era un mamón, Mis veladas con los Aznar, Nueva novísima filosofía en el tocador, Al norte de los Pirineos sólo hay merde de vache y Así se forja un pensador independiente. Creo que en un añito podrían estar escritos todos y listos para la imprenta, pero antes arreglemos el asunto de la pasta, don Fernando. Ya me dará un toque, ¿eh? Y póngame a los liberales pies de su señora.
28/09/2007
CARROÑEROS CON LEVITA

Hoy, merecido día de asueto, me he pasado por Los Portadores de Sueños, una de las pocas librerías de verdad (iba a decir "auténticas", qué horror) que van quedando en la ciudad que a veces tengo el placer de habitar. Es un lujo para Zaragoza tener a unos libreros jóvenes, entusiastas e irreductibles como sus dueños. Eva Cosculluela y Félix González, que hace poco salieron retratados en El País, tumbados en el sofá que tienen en el escaparate, están al quite de todo lo nuevo y la verdad es que con ellos te gastas los cuartos bien a gusto. Los dos son lectores finos y una compañía agradable, pero Eva destaca además como crítica puntillosa, tanto en prensa como en radio (recomienda un par de novedades una vez a la semana en la Cadena Ser). Además, tienen un blog bien molón que podéis leer pinchando aquí . Lo dicho: un lujo de librería para Zaragoza, justo cuando creíamos que la Fnac y La Casa del Libro habían devorado para siempre este tipo de locales. Portadores y Cálamo, en la plaza de San Francisco, son las dos grandes librerías zaragozanas (no en tamaño, pero sí en dedicación y mimo), y el día que desaparezcan, esta ciudad será bastante más inhóspita.
Pero ya está bien de halagos, que me tomo un par de cervezas y me sale la vena tierna, y yo quería hablar de crímenes y de gente sin piedad ni corazón. Me he llevado todo lo que me faltaba de Bolaño, lo que me faltaba de Banville y le he encargado a Félix que me traiga lo que me falta de Rafael Reig. Y, para amenizar la espera, me he llevado El crimen de la calle de Fuencarral, de Galdós, editado por el propio Rafael Reig (que, por cierto, es el jefe de opinión del recién estrenado Público). Son las crónicas que Galdós envió a un diario de Buenos Aires contando el follón que se estaba montando en España con el crimen: u