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EL GRAN FRESÁN

He escrito una cosita sobre la visita que Rodrigo Fresán hizo ayer a Zaragoza para presentar su nuevo libro. Tuve la suerte de conocerlo (cual fan arrojabragas) y pasar un breve y grato ratejo con él y con la panda juntaletrera local.

El articulillo se titula Travesuras de alto nivel, y puedes leerlo aquí.

04/11/2009 10:26 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

ERTZAINA Y LESBIANA

Llega un mail de la editorial Vía Magna con este asunto:

Felicidad Olaizola, ertzaina y lesbiana

Hostias. Las vascas salen del armario. O del arcón del caserío. Qué movidón. Y qué miedo. No me preguntes porqué, pero es una perspectiva que aterra.

Abro el mensaje y leo:

"Soy Felicidad Olaizola, ertzaina y lesbiana. Javier Otaola ha novelado mis casos más interesantes".

Pronto se desvanece mi felicidad: es puro márketing. Otaola es un escritor de novela negra y Felicidad Olaizola es su detective heroína. El mail anuncia el lanzamiento de su nueva novela, As de espadas, donde la suboficial (y lesbiana) de la Ertzaintza investiga un asesinato en las afueras de Bilbao. Sin ETA de por medio, que se sepa. La cosa va de chanchullos de ricachones. Vale, de acuerdo, no todas las tramas de corrupción gansteril y de crímenes mafiosos han de transcurrir en San Francisco o en Chicago. Pero el noir precisa de algo de glamour, de un puntito cosmopolita y de un alma atormentada que beba bourbon. Lo siento, pero no hay glamour en Bilbao, y las almas atormentadas, aunque sean lesbianas, parecen menos atormentadas si en vez de bourbon beben pacharán o chiquitos de tintorro.

No sé, no me llama. Para la cosa gansteril, me quedo con los americanos. Donde esté un buen Ellroy, que se quite la Ertzaintza. Puedo quedarme con un Juan Madrid o, incluso, si me pilla resfriado, me puedo echar al coleto un Vázquez Montalbán, pero dejen las boinas rojas fuera del género negro, que para eso es negro, coño.

En cualquier caso, le alabo el ingenio a Otaola: su "ertzaina y lesbiana" es una de las caracterizaciones de personaje más descacharrantes que he leído en tiempos. Sólo la supera el Hans Delbruck de Mel Brooks.

Hans Delbruck sale en El jovencito Frankenstein, pero no es un personaje: es un cerebro que se guarda en el depósito de cerebros y que el doctor Fronkonstin quiere utilizar para su creación monstruosa. En el frasco donde se guarda, se lee esta etiqueta: "Hans Delbruck, científico y santo".

Científico y santo. Ertzaina y lesbiana. Grandes acotaciones ambas, vive dios.

Me intriga saber si, como parece ser, dada la importancia que se le da en la caracterización, la condición lésbica de la policía influye en sus dotes policiales. En principio, no debería, pero igual resuelve crímenes con sus poderes lésbicos. Igual consigue que los sospechosos confiesen prometiéndoles que pueden mirar mientras se enrolla con su novia. ¿Qué hombre podría resistirse a ello?

No lo sé, para descubrirlo, tendría que leer el libro. Y no estoy por la labor. No tengo cuerpo, amigo.

En fin, este jueves presentamos Soldados en el jardín de la paz. Vente, que haremos merienda-cena (mentira: sólo habrá alcohol). A las 20.00 en la Librería Cálamo. Se exige pajarita para los caballeros y traje de noche escotado para las damas.

20/10/2009 19:45 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

EL LUPANAR ETERNO

A propósito del libro de Gracq que comentaba el otro día. En general, tiene razón el gruñón francés, pero falla en una cosa esencial: durante todo el panfleto, atribuye todos esos males de la república de las letras a la sociedad de masas surgida tras la Segunda Guerra Mundial. Implícitamente, asoma la muletilla de "esto en mis tiempos no pasaba".

¿Que no?

Amos, anda.

La cantinela de que todo tiempo pasado fue mejor la llevamos escuchando desde que a un homo sapiens se le irritaron las cuerdas vocales de tanto comer mamut y tosió emitiendo un sonido quejumbroso que hoy llamamos lenguaje. Lo primero que dijo un humano fue: "Estos jovenzanos imberbes no saben cazar bisontes como es debido. En mis tiempos sí que se cazaba bien, ahora ya no saben ni afilar la lanza de sílex. Vamos hacia el abismo".

Todo lo que denuncia Gracq sigue vigente, pero no era nuevo en 1950. Lo único nuevo de 1950 era la sociedad de masas institucionalizada. Lo nuevo era el ascenso de una clase media que quería aparentar dignidad burguesa, y la forma más fácil de adquirirla era a través de la cultura, que es una de las fuentes de legitimación social más poderosas desde que los bailes de primavera de los duques de Medina-Sidonia pasaron de moda. Incluso llego a sospechar que lo que le molesta realmente a Gracq no es el teatrillo vanidoso de la farándula letraherida, sino que el público, selecto y educado antes de la guerra, se haya llenado de gañanes recién salidos de la aldea, con el pelo de la dehesa a medio sacudir.

Porque casi 200 años antes que Gracq, un español, José Cadalso, ya dejó caer alguna que otra andanada parecida en Los eruditos a la violeta. Y entonces no había una industria cultural ni unos periodistas amarillosos a los que echarle la culpa.

Incluso en una cultura cortesana y de salón pueden identificarse males parecidos. Es extraño que nos emperremos en no verlo y atribuyamos siempre a nuestros antepasados una dignidad que nosotros, al parecer, hemos perdido.

Pues os voy a contar un secreto: nuestros antepasados, aunque parezcan algo en los retratos antiguos, eran unos hijos de puta.

Hicieron cruzadas, exterminaron razas indígenas enteras, esclavizaron a varios continentes, churruscaron en hogueras a todo quisque, les gasearon, les empalaron, les abrieron en canal, les deportaron, les encerraron en guetos...

¿Por qué razón debemos suponer que los literatos que vivían en esas sociedades eran mejores artistas y personas que los literatos actuales? En principio, yo tiendo a presuponer que eran, por lo menos, tan hijos de puta como ellos. No hay motivo para deducir que tuvieran un estatus moral o estético superior. En eso sigo siendo marxista y creo que el arte es fruto de su tiempo. Un tiempo esclavista genera un arte esclavista.

Otra cosa es que sepamos leer a toro pasado. Otra cosa es que sepamos rescatar lo que nos interesa y lo que nos emociona. Otra cosa es que, pasados los años, sepamos abstraernos del hombre y nos centremos en la obra. Tras el refinado que sólo el transcurrir de los siglos puede realizar, nos queda un repertorio de lo mejor, de lo más interesante, y la filfa queda fuera. Ni la miramos siquiera.

Lo malo del presente es que la filfa no se puede apartar. Todavía no se ha tamizado nada y es difícil saber qué merecerá la pena y qué quedará en el olvido. Para escribir el libro de los alemanes he vaciado varias colecciones de periódicos de 1916 hasta entrados los años 20, y por curiosidad he seguido la crónica cultureta de aquellos años. ¿Sabéis dónde estaban los nombres que estudiamos hoy en los libros de texto, esos de la generación del 98 y del 27? En ningún sitio. Si acaso, en la letra pequeña. Nada de lo que aquella gente consideraba grandioso o imprescindible ha aguantado hasta hoy. Lo que leemos ahora era marginal entonces. No todo, pero sí en buena medida. Los intereses, el amigueo y la crítica aduladora y manipuladora funcionaban entonces igual que ahora, encumbrando a mediocres y soslayando a los curritos honestos. Sólo que entonces había muchos más analfabetos y la cosa cantaba menos, sólo concernía a cuatro señoritos cultos. La diferencia es cuantitativa, no cualitativa.

De los tiempos de Gracq a esta parte parece que lo único que ha cambiado es la sofisticación de los protocolos culturetas. Todo escritor que publique con una editorial firma un contrato en el que se compromete, en una cláusula estándar, a colaborar activamente en la promoción del libro, concediendo entrevistas y asistiendo a los saraos que el editor considere menester. Yo lo he firmado las dos veces sin rechistar (pero a mí no me duele: soy un exhibicionista de gabardina, me mola que me saquen de paseo).

Este requisito no es un dogal, claro, pero está mal visto que un autor se escaquee de esas obligaciones (aunque un escaqueo bien llevado puede ser un arma promocional más poderosa que el machaque continuo: miren Salinger, o Elfriede Jelinek. No estar nunca, a veces, es más eficaz que estar a todas horas, como les pasa a esas chicas que se hacen las distantes y cuyo desprecio nos erotiza mucho más que si nos lo pusieran fácil).

Los mecanismos están más controlados y hay más aros por los que un escritor se ve conminado a pasar, pero, en lo fundamental, hoy como hace mil años, la república de las letras es una casa de putas. Forma parte de su encanto. De su despreciable encanto, si lo quieren así. A mí me reconforta saber que está poblada por humanos con las mismas mezquindades que los demás, y no por seres puros e insoportablemente enmohecidos en sus torres de marfil o de alabastro.

Porque, puestos a considerar dioses a los juntaletras, prefiero que sean dioses griegos, con sus raptos, sus orgías y sus matanzas, que aburridos déspotas absolutos judeo-cristianos con el culo tan gordo como para tenerlo en todas partes.

27/08/2009 21:58 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

EL CIRCO LITERARIO

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Como empiezo a sospechar -quizá sin razón- que el blog literario de Heraldo y este rinconcito tienen públicos distintos que apenas se cruzan dos miradas cuando tropiezan en el ascensor, os cuelgo aquí un texto que escribí ayer para De reojo, porque creo que podría haberse publicado aquí sin desentonar. El otro día, tomando una caña con un amigo escritor, me dijo que el blog de Heraldo es muy sobrio, que le falta algo de la sal que esparzo en este. Puede ser, pero es que allí me ciño a un tema y procuro reseñar los libros con rigor. Aquí hay un ambiente más distendido, me siento más en casa. Intentaré, en la medida de lo posible, aliñar con un poco de alegría el otro blog, pero no prometo nada.

Julien Gracq, La literatura como bluff. Editorial Nortesur.

Con el fin del verano se acaban los romances, las noches se hacen más largas, Chanquete la diña y Julia vuelve a pedirle a Pancho que pose desnudo para ella. Y con el fin del verano se acaba la insoportable sequía de novedades editoriales. Las librerías, que han respirado un poco, sacuden el polvo a los estantes y hacen hueco para la marabunta otoñal. Las imprentas trabajan en estas fechas a toda máquina para que, en cuanto acabe la campaña de los libros de texto, arranque la temporada literaria, con sus presentaciones, sus imprescindibles, sus clásicos, sus descubrimientos y sus grandes esperanzas blancas.

Pero antes de que los acróbatas y los domadores del circo literario vuelvan de vacaciones y abran la taquilla de su carpa, la editorial Nortesur (apostillaría la exquisita editorial Nortesur, pero sería una adjetivación redundante: todo lo que saca este joven sello barcelonés es ambrosía pura) nos da una oportunidad de redención con la muy atinada publicación de La literatura como bluff, del francés Julien Gracq, un microlibro (apenas 80 paginitas de nada) que seguramente pasará desapercibido y cuya invisibilidad me gustaría evitar en la medida de mis modestísimas posibilidades.

Es un libro pequeño, pero su tono es atronador. Se publicó en Francia en 1950 y durante décadas ha sido un dedo en el ojo de los faranduleros literarios. Es una pequeña venganza, fruto de un cabreo muy gordo que se cogió el bueno de Gracq (seudónimo de Louis Poirier). Además, es contingente: sus andanadas se refieren a un país -Francia-, una época -los años de la posguerra mundial- y un movimiento filosófico-literario -el existencialismo-. No pretende ir más allá, no busca ser un alegato universal, solo quiere cantarle las cuarenta a unos cuantos so called escritores. Y, sin embargo, es difícil no reconocer en el mundillo literario actual de cualquier país, autonomía, ciudad o barrio muchas de las afirmaciones que se hacen en el libro.

Gracq denuncia la banalización del hecho literario, la dictadura de la imagen, el aburguesamiento del escritor y la crítica naïf  más preocupada por seguir la moda que por enjuiciar con criterio los libros que reseña. Le asquea el sistema de castas, la obsesión por publicar a toda costa y el desfile pedante de vacas sagradas que siempre son alabadas aunque sus libros se parezcan más a excrementos de vaca sagrada que a obras dignas de ser consideradas literarias.

Gracq era una rara avis. Adoptó un seudónimo porque quería que su obra fuera valorada solo por sus méritos literarios y artísticos, no por el carácter o el carisma de su autor. Vivió alejado del circo literario, fue profesor de instituto toda su vida, y murió convencido de que lo único que debe hacer un escritor es escribir. Todo lo demás es paja. Para Gracq, comer canapés en recepciones de embajadores, vestir chaqué, recibir premios, asistir a tertulias y lanzar soflamas políticas en los periódicos no tiene nada que ver con la literatura, que se compone en exclusiva de un tipo que escribe y otro que lee. Y, si acaso, de un crítico honesto y con buen bagaje que orienta al lector en algunos laberintos sin Minotauro. De hecho, rechazó el Goncourt, que es el mayor premio que puede recibir un juntaletras francés después del Nobel.

Les cito algunos pasajes del libro y luego me comentan si creen que pueden extrapolarse, sin cambiar una sola coma, a la república de las letras de hoy de España, de Aragón o de su comunidad de vecinos. A poco que frecuenten los suplementos literarios y hayan ido a alguna presentación de libros, reconocerán muchos tropos:

Y ya que estoy con los premios literarios, y sin prescindir de la extremada desconfianza que hay que tener a la hora de solicitar a la policía que intervenga en los lugares públicos, me permito llamar la atención a los agentes a cuyo cargo corre, en principio, la represión de los delitos contra las buenas costumbres, y avisarlos de que ya va siendo hora de terminar con ese espectáculo que lo deja a uno helado, de “escritores” amaestrados para enderezarse sobre los cuartos traseros desde que nacieron y a quienes unos cuantos sádicos engolosinan ahora por las esquinas con lo que sea -un camembert, una botella de vino-.

Existen, en literatura, plazas envidiables que se reparten lo mismo que esas carteras ministeriales que van a dar a manos de candidatos que no tienen más méritos para ello que “estar siempre ahí”.

Nada se opone a que en nuestra literatura se siga siendo una “esperanza” perpetua: nadie se echará encima la responsabilidad de poner una cruz sobre esa virtualidad fallecida a corta edad.

Sus libros [los del escritor], de los que a veces solo se sabe que existen, lo convierten en persona autorizada, le proporcionan una letra de cambio, un cheque en blanco indefinido para ejercer las funciones más variopintas.

Nos amenaza en la actualidad este suceso inconcebible: una literatura de pedantes.

¿Está escrito con mala sangre? Sí. ¿Con ánimo vengativo? Sí. ¿Contiene pullas personales lanzadas contra otros escritores y críticos? Sin duda, está trufadito, y seguro que alguien se ha dedicado a descifrarlas. ¿Hay animus injurandi? A raudales, de la primera a la última página: a un abogado no le costaría mucho demostrarlo. ¿Es un desahogo personal? Básicamente. Pero la respuesta afirmativa a todas estas preguntas no invalida lo que dice. Quizá esté dicho con la glándula que segrega bilis y no con el cerebro, pero lo dicho es cierto. Da en el clavo. Por eso podemos leerlo hoy, medio siglo después, y seguir asintiendo y reconociendo cada afirmación.

Eso sí: la cosa tiene mal remedio.

26/08/2009 20:16 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

SEÑORES CON PAJARITA

Denunciaba alguien en algún lugar el otro día (mi precisión se resiente con el calor) el machismo institucional de las letras hispanas, y lo justificaba con una estadística demoledora: desde 1976, año de su institución, solo dos mujeres han ganado el Premio Cervantes. Y en el otro gran premio, el Nacional de Literatura, la cosa anda casi igual de vergonzante: solo hay tres ganadoras en la lista. Aunque es verdad que el premio se instituyó en 1984, así que puede decirse que ha sido más benévolo con las literatura escrita por mujeres que el Cervantes.

Es fácil lanzar un guantazo así, tan contundente y, en apariencia, irrebatible. Pero nunca está de más afinar un pelín más la argumentación. El golpe de efecto es menor, claro, pero el debate se enriquece. Yo pienso que esos datos, más que evidenciar un machismo presente, son fruto de un machismo pretérito, y para calibrar el grado de machismo real que puede darse en el mundillo literario de hoy, habría que acudir a otros indicadores más fiables.

¿Por qué? Muy sencillo: estos dos premios se entregan a gente viejuna. Son reconocimientos a toda una vida de excelencia y dedicación, son colofones a las carreras literarias de sus agraciados, el último mojón dorado de su camino. Por tanto, se dan a escritores que despuntaron hace muchas décadas, mucho antes de la incorporación masiva de las mujeres a la educación universitaria. Si se fijan, en esa lista tampoco menudea gente de origen proletario o curritos: son niños de papá machitos, los que podían permitirse el lujo de escribir. Los más recientes ganadores de ambas listas empezaron sus carreras literarias en los años 50. ¿Cuántas escritoras había entonces, en España y en Latinoamérica? Para que empiece a haber cierta igualdad en este palmarés tendrán que pasar veinte o treinta años más, cuando las escritoras que emergieron en los años 70 y 80, y que hoy empiezan a madurar, entren en la senectud, que es requisito obligatorio para recibir el premio. Si dentro de 20 años, las listas siguen igual de desequilibradas, entonces sí que se les podrá acusar de machismo. De momento, sólo dan cuenta del panorama literario de hace medio siglo.

Y, la verdad, cualquiera que otee un poquito el panorama actual, verá que la igualdad es prácticamente un hecho. Las escritoras no tienen que demostrar más que los escritores, y no están infrarrepresentadas, que yo perciba, en ningún ámbito. En la colección Voces, de Tropo, donde aparecieron mis Malas influencias, sólo estamos editados dos chicos: Matías Candeira y un servidor. El resto, son autoras. Y es una colección que pretende anticipar las voces que tendrán algo que decir en el futuro inmediato, así que por ahí sí que pueden ver por dónde van a ir los tiros.

Desde luego, los grandes premios literarios son a la literatura lo que un casino aristocrático a la vida real. Si queremos hablar de machismo en el mundo de las letras, busquemos en otros rincones, no me hablen de señores mayores que usan pajarita, por favor.

21/08/2009 16:36 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

IMPOSTURAS

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Hace un tiempo leí El adversario, de Emmanuel Carrère. Es una especie de docudrama en forma de libro que cuenta la historia de Jean-Claude Romand, que en 1993 conmocionó a Francia entera. Romand mató a su mujer, a sus hijos y a sus padres, y luego intentó suicidarse, pero no lo consiguió. Todavía cumple condena.

Les mató por una razón muy sencilla: estaban a punto de descubrir que era un impostor. Un impostor absoluto, el mayor impostor que ha dado la historia.

Oficialmente, Romand era médico y trabajaba en la OMS en Ginebra. Vivía muy holgadamente en las afueras francesas de la ciudad suiza, en barrios acomodados de funcionarios internacionales. Padre amantísimo, amigo entrañable y querido, figura destacada del vecindario, hijo dilecto...

Pero Romand no era nada de eso. Un día, mientras estudiaba medicina en Lyon, se bloqueó. No pudo presentarse a un examen. Y, a partir de ahí, empezó a fingir. Siguió yendo a la facultad pese a que ya no estaba matriculado. Fingió terminar medicina, se casó con una compañera de la facultad y entabló una estrechísima amistad con otro compañero. Fingió que se iba a hacer residencias que nunca hizo en hospitales de otras ciudades, y un buen día le dijo a su familia que le habían contratado en la OMS y que había que mudarse a las afueras de Ginebra.

El dinero para mantener su tren de vida lo consiguió estafando a familiares y amigos. Les decía que podían invertir sus ahorros en jugosas cuentas de bancos suizos que, puestas a su nombre, y dado que él era funcionario internacional, darían muchos réditos, pues podía contratarlas en condiciones muy ventajosas. Sableó a sus padres, a sus suegros, a sus amigos, a todo el que pasaba por allí, y con su dinero pagó la casa, el coche, el colegio privado de sus hijos y los caprichos de su mujer.

Por las mañanas, cogía el coche y decía que se iba a trabajar. Conducía hasta algún bosque y allí pasaba ocho o nueve horas, hasta que llegaba la hora de volver a casa.

Nadie sospechó de él nunca. Se pasó años y años en un equilibrio inestable. Su mujer no miró nunca los extractos de la cuenta, nunca descubrió que no tenía una nómina, que no había ningún despacho suyo en la OMS. Nunca le llamó al trabajo, nunca conoció a su jefe ni a sus compañeros de la OMS. Ni siquiera se extrañaban de que, cuando necesitaban un medicamento, él no se los recetase y tuvieran que recurrir a otros médicos.

Una increíble recua de casualidades mantuvo su farsa muchos años.

Hasta que el dinero empezó a escasear.

Hasta que empezaron a reclamarle esos ahorros que había invertido en Suiza y él no podía devolverlos, porque se los había gastado en la casa, en el coche, en el colegio privado de sus hijos, en los caprichos de su mujer.

Hasta que el director del colegio le dijo a su esposa que había llamado a la OMS por un asunto escolar y le habían dicho que allí no trabajaba ningún doctor Romand.

Su mujer empezó a sospechar, pero antes de que pudiera descubrir nada, murió.

O eso se cree, porque no se sabe si la mujer murió sabiendo la verdad o engañada.

Carrère se carteó con Romand desde la cárcel, y de esa correspondencia, y de la turbia fascinación que el escritor sentía por el farsante, surgió El adversario, que es un libro soberbio, breve, sintético y significativo. Me gustó mucho.

En 2002, un español decidió llevarlo al cine (hay versión francesa también, pero no la he visto). Lo tituló, supongo que por cuestión de derechos, La vida de nadie, y situó la acción en Madrid, con un falso economista en lugar de un falso médico.

El prota era José Coronado. Y sale una jovencísima Marta Etura, correteando desnuda para alegría de todos. La única alegría de la peli.

La vi el otro día y pensé que si Romand hubiera tenido que mantener su tinglado con las limitadísimas dotes escénicas de Coronado, la broma no le habría durado ni un día. No habría engañado ni al conductor del autobús.

Terrorífico, de verdad. Una película olvidable. No es que empeore el libro, es que defeca sobre él.

Recordé a mi querido John Banville, que ha hecho de la ficción de la identidad el eje de su obra. En Imposturas, en El intocable, en El mar. Libros donde personajes que han suplantado otras vidas están a punto de ser descubiertos. Espías, prófugos, simples farsantes.

Y recordé F For Fake, el falso documental de Orson Welles sobre la vida de Elmyr d’Hory, el mayor falsificador de cuadros de todos los tiempos. Se cree que todos los grandes museos del mundo tienen al menos un Picasso, un Matisse o un Modigliani falsos que, en realidad, son verdaderos D’Horys. Welles le utilizó para componer un sofisticado juego sobre la identidad.

Pensaba todo eso mientras veía a Coronado perderse en la inmensidad de su propio personaje, cagado sin necesidad de comer yogures.

Qué triste.

28/07/2009 01:27 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 9 comentarios.

LAS HISTORIAS DE HOPPER

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Una de las más irritantes virtudes de Rodrigo Fresán es que explicita pensamientos que tú ya has pensado, pero no has dicho. O te hace sentir que los has pensado antes, que la originalidad no es patrimonio exclusivo suyo. En el cuento "El pánico de la Huida Considerada ataca de nuevo (Un milagro)" dice que los cuadros de Edward Hopper son cuentos cortos. "No son cuadros, son historias -dice Selene, la prota del relato-. Puedo leerlas, y lo que más me gusta es que no se conforman con ser apenas un instante en la inmensidad del tiempo. Ya sé: es como si los cuadros de Hopper tuvieran un antes y un después. Como cuentos, como historias".

Recuerdo haber tenido esa misma sensación mientras paseaba por el Moma de Nueva York. Las pinturas de Hopper me agarran con placidez. Tienen un temblor inquietante. Creo que, todas juntas, conforman ese mito perseguido por todos los escritores de Estados Unidos: la gran novela americana.

Me encanta especialmente esta, de 1940. Recuerdo que la última vez que la vi, hace unos meses, en nuestra última escapada americana, se nos puso al lado una madre que llevaba a sus dos criejos pequeños de visita por el Moma. Pensé: qué madre más maja y más divertida. Les llevaba por el museo jugando, enseñándoles a disfrutar, a dejarse emocionar por las escenas y por los colores. No les aleccionaba, no les soltaba rollos, no intentaba que "aprendieran" arte, sino que gozaran de él.

El chavalín, que era un poco menos espabilado que su hermana, se iba parando en los mismos cuadros en los que me paraba yo (señal de que yo tampoco soy muy espabilado y tiendo a fijarme siempre en lo accesorio). Y cuando me detuve ante este, el chico se quedó flipado y me miró, buscando la confirmación de su flipe. La madre se acercó por detrás y le preguntó:

-Do you like it? What is this?

El niño me miró, yo me encogí de hombros, y el chico respondió bajito, muy tímido:

-A petrol station.

Pero algo me decía que el chaval estaba viendo algo más que una gasolinera. La madre también se paró junto a nosotros, intercambió miradas y palabras amables con Cris (yo tiendo a la asocialidad en los lugares públicos y rehuí la mirada, no soy de conversar sobre los cuadros de Hopper con extraños, aunque los extraños me parezcan encantadores. Por suerte, Cris tiene el charming touch que a mí me falta) y nuestros caminos se separaron en la modernez blanca y nítida del museo.

Sé que el chaval también vio una historia en este cuadro de Hopper. Yo veo un crimen aquí. Veo un hombre que espera el crepúsculo inminente para deshacerse del cuerpo que esconde en la caseta de la gasolinera. Se lo llevará al otro lado de la carretera, al bosque oscuro y silencioso que rodea el lugar. Y lo enterrará bien hondo. A algo más de seis pies de profundidad. Lo fascinante de Hopper es que capta el momento tenso de la espera: no está el antes ni el después, pero los dos extremos temporales se proyectan fuera de los márgenes.

Por cierto, el cuento de Fresán al que he aludido tiene forma de cuadro de Hopper. No sé cómo lo ha hecho, pero ha escrito un cuadro de Hopper. Eso es talento.

15/07/2009 13:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

LITERATURA CHUPASANGRE, POR FRESÁN

Cuanto más leo a Rodrigo Fresán, más rabia me da no haber ido a verlo cuando estuvo en la última Feria del Libro de Zaragoza -junto a otros estupendos escritores argentinos, país por el que ya sabéis que siento una debilidad enfermiza-. Su sentido del humor, su forma de samplear -y los temas que samplea-, la belleza refinada de su estilo, la forma exquisitamente cruel en la que le retuerce el cuello al cisne del pop y la estructura en bucle y autorreferencial de su obra hace que su literatura sea adictiva, como un chute hormonal de ingenio directo al cerebro. Además, es un gusto comprobar que comparto con él muchas obsesiones: el rock clasicote, los bonus tracks de los CD, el alcoholismo de John Cheever y la soledad dublinesa de Bram Stocker después de escribir Drácula. Creo que Fresán es la versión hispanoamericana y desquiciada de Nick Hornby. Corrijo y amplío: suena, más bien, a una imposible película de David Lynch con guión de Nick Hornby y banda sonora de Roy Orbison y Bob Dylan.

En Vidas de santos, que es una continuación en muchos sentidos de Historia argentina, hay un ¿cuento? (las piezas que lo componen parecen cuentos, pero no lo son. Tampoco son capítulos de novela. A Fresán no le gustan los géneros) titulado El espíritu santo (Un réquiem) en el que ofrece una definición de literatura. No hay que tomársela muy en serio, porque se inventa una definición nueva en cada libro, pero esta, como tiene a Drácula de por medio, me ha tocado el corazoncito. Os la pongo. Es un pelín larga, pero merece la pena:

[Primero cita un pasaje de Drácula, en boca de Van Helsing, luego habla Fresán. O el narrador]

"Cuando ha encontrado el camino, Drácula puede entrar o salir de cualquier lugar, por más pequeño que sea o más cerrado que parezca. Y éste es un poder nada despreciable en un mundo en el que tantos lugares están cerrados. Pero escúchenme hasta el final. Puede hacer todas estas cosas, pero no es libre. No, es un prisionero, como el esclavo de una galera, como el recluso en su celda. No puede ir a cualquier lugar donde se le ocurra. Pese a ser un ente antinatural, debe obedecer algunas de las leyes de la naturaleza. Por qué, no lo sabemos. No puede entrar en ningún lugar por primera vez a menos que haya alguien de la casa que lo invite a hacerlo; después de esto, sin embargo, puede entrar tantas veces como se le ocurra".

Eso es todo y tal vez eso y esto sea la literatura.

La literatura como vampiro al que -encandilados por las posibilidades de su poder- le abrimos la puerta y lo invitamos sospechando que a partir de entonces será imposible contenerlo.

La literatura como vampiro capaz de convertirnos en cualquier cosa: en lobo, en murciélago, en sólido jirón de niebla bailando a nuestro alrededor y, ah, es tan engañosamente fácil y gratificante entregarse a la danza que nos enseña.

La literatura como vampiro y llave capaz de entrar y salir de cualquier lugar "por más pequeño que sea, por más cerrado que parezca".

La literatura como ese vampiro al que le abrimos la puerta para que nos cuente su historia con el implícito compromiso de volver a contarla algún día a otros que no la conozcan y para que así -una y otra vez, en versiones más o menos completas- sobreviva a los rigores de su tiempo y al espanto de su maldición.

La literatura como ese vampiro que nos exige nuestra sangre para después, si somos dignos de ella, devolvérnosla desde un tajo en su pecho y así volvernos inmortales, poder convertirnos en cualquier cosa y poder abrir todas las puertas que nos inviten a trasponer sabiendo que una parte nuestra se quedará allí, al otro lado del libro, por toda la eternidad, por el tiempo que se siga contando nuestra historia.

Inspirado el Fresán, ¿no? ¿Para qué queremos a catedráticos de Teoría Literaria teniendo a gente como él? Descartes decía que la intuición era también una forma de conocimiento, y es precisamente la que utiliza la literatura. Sin disertaciones, sin argumentos de dentro afuera y de fuera adentro. En bandeja y de un tajo: con la rabiosa clarividencia del enamorado incapaz de razonar su amor.

En pocos párrafos, Fresán expresa lo que a un profesor universitario le costaría varias tesis. Una por cada concepto que aquí se ofrece abierto y destripado: seducción, narratividad, tradición, gloria, posteridad, transmisión, contagio, inmortalidad... A eso se refería Sábato cuando decía que la literatura penetra allí donde la filosofía se queda varada. Qué grande.

15/07/2009 00:18 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

INCESTO CARNÍVORO

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Leamos, pues, ya que caminar no puedo.

L’agneau carnivore. El cordero carnívoro, de Agustín Gómez Arcos. Traducido por Adoración Elvira Rodríguez y exquisitamente editado por la editorial barcelonesa Cabaret Voltaire. Hoy me he terminado sus casi 400 páginas.

¿Os acordáis de Gómez Arcos? Hablaba de él aquí hace unos días. Ésta es la novela de la polémica, la que provocó una propuesta en el pleno del ayuntamiento de su pueblo, Enix (Almería), para que le retirasen el nombre de la calle que allí tiene dedicada.

Pues está bien la novela. Incluso muy bien a ratos. No es redonda, tiene muchos peros. Algunos, achacables a la época en que fue escrita (1974, publicada en 1975), síntoma de que ha envejecido mal por algunas aristas. Otros, a una inexcusable impericia narrativa. Se le va la mano, creo que Gómez Arcos no pensó muy bien algunas inconsistencias del protagonista-narrador (cuyo nombre se conoce en la última línea del libro), pero en general es una buena novela, merecedora de todos los elogios que se le han hecho.

Tiene un arranque y un desenlace fantásticos, pero flojea por el nudo. Es sublime cuando ahonda en los sentimientos más primarios del ser humano y sensacional en el trazo erótico, pero cuando se pone política, se desinfla en tópicos. El alegato más explícitamente antifranquista es ñoño, vacuo y facilón. Parece que le cuenta al público francés -país e idioma en el que fue publicada originalmente- lo que el público francés quiere oír sobre la España franquista, corroborando punto por punto la imagen que tenía en la cabeza. La única reflexión interesante y válida, sin envejecer, que encuentro en el libro sobre la guerra civil y la dictadura es esta:

Hace unos veinticinco años, el país se dividió en dos herederos rencorosos. Nunca se les ocurrió pensar que los demás íbamos a nacer. Pero nacimos. Y aquí estamos, con una herencia que rechazamos, con todas nuestras fuerzas, por ambos lados. Lo que significa, lisa y llanamente, que estamos desheredados.

Pero se puede pasar por encima de esto, no afecta al meollo de la novela.

El cordero carnívoro cuenta en primera pesona los primeros 25 años de vida del menor de dos hermanos de una familia terrateniente venida a menos en una ciudad de provincias que no se nombra pero que es Almería. El protagonista no abre los ojos hasta 16 días después de su nacimiento, lo que convence a su madre de que es un monstruo. Desposeído del amor de su progenitora, que decide enclaustrarle en casa para no mostrarle al mundo, y sin poder acudir a su padre -abogado republicano rescatado de la cárcel por la influencia de su suegro y que vive encerrado en su despacho recibiendo a sus escasísimos clientes-, el único sostén del protagonista es su hermano, de quien vive enamorado y con quien establece desde muy pequeño una relación de incesto muy tórrida.

Hay mucho Sade en esta novela. Pero Sade del bueno, del que ponía todo su empeño en escandalizar, en forzar los límites de los lectores más liberales desnudando el tabú. No se corta un pelo, y en ningún momento se cuestiona ni se condena -ni siquiera tangencialmente- el folleteo fraterno y el amor que se tienen. Es más: se condena el exterior. Frente a las sábanas donde los hermanos se aman -que huelen a membrillo-, frente a la ventana de su habitación, frente al jabón que usan para bañarse juntos al atardecer, se oponen una serie de imágenes de oscuridad: los curas que se empalman en el confesionario, la radio que emite soflamas franquistas, el profesor particular que desparrama su obesidad sobre el sofá... Es el mundo (el mundo franquista, la España franquista) el que es obsceno -en el sentido moral y en el sentido etimológico, lo que está "fuera de la escena"-, y no el amor de los dos hermanos, que se presenta luminoso y lleno de libertad rabiosa.

Funciona muy bien esa oposición. Gómez Arcos la maneja con mucha habilidad, especialmente al comienzo y al final, que son las partes más apetitosas del libro. En el nudo, el protagonista se desdibuja, no me lo creo. Tiene reflexiones políticas que no se corresponden con las de un chaval de 12 años que ha pasado su vida entera encerrada en casa. Se contamina demasiado de los juicios del autor, que le utiliza de portavoz de su rabia y de su visión de España, ahogándole y no dejándole crecer como personaje. Por suerte, hacia el final suelta el dogal, vuelve a dejar que exprese libremente sus sentimientos y acaba construyendo un personaje redondo, oscuro, contradictorio y salvaje. Muy interesante.

Hay en el ambiente de la novela un misticismo tenso, que no se disipa nunca, que busca una trascendentalidad que roza lo afectado. Aunque tiene momentos sublimes:

Puedes llegar como enamorado o como verdugo, estoy listo para recibirte. Más que nunca. Con todas las obligaciones que me da mi espera de ti. Pero no vengas como hermano para profanarme en el sacrilegio de la familia, porque, en tal caso, mi espera de ti exigirá sus derechos.

Hay también, igual que en el marqués de Sade, una constante reflexión filosófica sobre la moral católica:

Cuando se es verdaderamente católico, no se puede prescindir del pecado.

Pero, sobre todo -y ese es su valor principal si no eres un monje cisterciense o un meapilas con levita-, El cordero carnívoro es un libro bello. Muy bellamente escrito. A ratos hay poesía, frases que se encadenan con una musicalidad perfecta y morosa, que se despliegan como el rosal de rosas amarillas de la madre del protagonista.

Hay imágenes logradísimas, que son casi greguerías:

Y su alegría es siniestra. Como un disco del rastro.

Y descripciones de levantarse y aplaudir:

Tu cabeza de hombre pesa lo que una fruta madura.

Si queréis leer las partes guarrillas, comprad el libro. Están muy bien -y narrar un polvo es una prueba de fuego para un narrador: fijaos que muy pocos novelistas lo hacen bien, la mayoría prefiere pasar de puntillas y presentar el coito con cuatro imágenes de recurso-. De hecho, están tan bien, que este libro podría haberse publicado en La sonrisa vertical sin problemas.

Por unas horas, he matado el tedio. A ver con qué otra lectura sigo atizándole cuando resucite.

PS: Al parecer, voy a presentar una sección sobre literatura en un magacín de ZTV este verano. Debería empezar a emitirse el viernes que viene, pero dada mi situación médica, el estreno se pospondrá una semana. Ya os diré fechas y horas de emisión. Y, si puedo, colgaré aquí algún vídeo, para que hagáis risas a mi costa.

27/06/2009 00:14 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

MARICÓN Y BLASFEMO

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Me ha encantado esta historia que he leído a Sónia Hernández en el Culturas de La Vanguardia de hoy. Mi ignorancia es inabarcable: la desconocía absolutamente.

Agustín Gómez Arcos era un chaval de Enix, provincia de Almería, nacido en el terrible año de 1933, hijo de un alcalde republicano. Es decir, que le tocó crecer entre mondas patateras de posguerra, pero pronto marchó a Barcelona a estudiar y a probar suerte con las letras. Los estudios de Derecho los colgó pronto, y con la literatura no tuvo mejor suerte. Escribió un par de obras de teatro que no llegaron a representarse porque la censura franquista dijo que nanay. Se daba la circunstancia de que Gómez Arcos era homosexual, así que, ahogado en una España que le censuraba en los escenarios y en la vida, cogió el petate y cruzó los Pirineos.

Triunfó en Francia, después de que un editor viera una obrita suya que unos aficionados representaban en un café. Se la editó, tuvo un exitazo de la leche y siguió escribiendo en francés, con gran éxito hasta su muerte, en 1998.

Su fama llegó al recóndito Enix. O el eco de su fama. Se enteraron de que un chaval del pueblo triunfaba allá en París y no cupieron en sí de orgullo. Así que le dedicaron una calle, colocaron una plaquita en su casa natal y el ayuntamiento creó un premio de novela al que le puso su nombre.

Así de orgullosos estaban hasta que, en 2007, se tradujo al fin un libro suyo al español, idioma en el que estaba inédito. Era L’Agneu carnivore (El cordero carnívoro), novela ganadora del premio Hermés de 1975. Los de Enix corrieron a leerla, encantados de ver a su chaval reconocido al fin en España, pero más les valdría no haberlo hecho.

Qué barbaridad. Resulta que El cordero carnívoro es una historia de incesto entre hermanos. Tórrida, húmeda, obscena. Una blasfemia. Qué digo una blasfemia: ¡un pecado mortal, una condenación absoluta! ¡Qué perversión, qué guarrería, qué indecencia! A las viejas beatas les volvió la regla del susto, y el sargento de la Benemérita salió a matar perdices con su pistola reglamentaria para descargar su furia.

Vale, en Enix también se habían modernizado. Sabían que el chico era maricón y no les importaba. O hacían como que no les importaba. Pero aquella cochinada con forma de libro... Eso sí que no. ¡Y el maestro había propuesto que lo leyeran los chavales en la escuela! Qué despropósito, cuánta desvergüenza.

Se armó la marimorena. Pidieron al alcalde que le retiraran la calle que tenía dedicada en el pueblo y que el premio de novela dejara de llevar su nombre. O que se suprimiera. A saber qué novelitas de mierda estaban premiando. A ver si estaban subvencionando mariconadas de esas proabortistas y catalanistas.Y la placa conmemorativa, que se la metieran por el culo a alguno de los progres que defendía el librito de marras.

La historia saltó a los medios de comunicación, y al final se impuso el sentido común. Los exaltados moralistas, por una vez, no se salieron con la suya, y el pleno del ayuntamiento rechazó la propuesta de retirar los honores a Agustín Gómez Arcos. Hoy se mantiene como hijo ilustre de Enix, a pesar de los meapilas vocingleros.

Ahora, la editorial Cabaret Voltaire ha traducido otra novela de Gómez Arcos, Ana No -reseñada por Sónia Hernández en La Vanguardia-. He corrido a encargarla en mi librería favorita -junto a El cordero carnívoro-. Cuando las lea, te cuento, a ver si me escandalizan más que al boticario de Enix.

17/06/2009 20:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

UNA BOTELLA FRÍA DE POIGNON DIX-NEUF

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-Ah, Jack, si pudieras sentarte conmigo en el País Vasco con una botella fría de Poignon Dix-neuf, sabrías que existen otras cosas además de vagones de mercancías.

-Ya lo sé. Lo que pasa es que me interesan los vagones de mercancías, y me encanta leer en ellos nombres como Missouri Pacific, Great Northern, Rock Island Line... ¡Santo Dios, Temko! Si te contara todo lo que me ha pasado haciendo autostop hasta llegar aquí...

De En la carretera. El rollo mecanografiado original, el clásico de Jack Kerouac rescatado en su versión primigenia por Anagrama.

Leí On the road cuando hay que leerlo. Cuando no sabía qué pinta tenía un contrato indefinido ni por dónde cojones se firmaba. Cuando lo indefinido era, como mucho, el mes que viene. Cuando bebía litronas de cerveza en la calle. Cuando no necesitaba de relojes ni de agendas. Lo vuelvo a leer ahora, en la versión "real" (se supone que el On the road publicado originalmente es una novela, una ficción basada en un viaje. Esto es el viaje), y siento que me entra mejor, que lo flipo menos, pero me empapa más a fondo.

O a lo mejor es el calor.

11/06/2009 22:48 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

BIKINIS INTELECTUALES

Nuevos derroteros de la narrativa española actual. Casi na. Ése es el coloquio que se ha tenido que tragar Elsa Fernández Santos en la Casa de Velázquez de Madrid para glosar en El País. Es uno de esos títulos que provocan somnolencia fulminante. Qué pestiño. Cuánta sandez subvencionada se escucha en esos saraos, como convenientemente queda recogido en la crónica de Elsa Fernández Santos, que de tan notarial parece un resumen taquigráfico, más que un trabajo periodístico (pero eso sería tema para un coloquio titulado Nuevos derroteros del periodismo español actual).

Como mi masoquismo dominical no tiene límites, llego hasta el final del artículo, y allí me encuentro con este cierre, quiero pensar que intencionado e irónico:

El colmo de lo novedoso, añade [el crítico Santos Alonso], se limita a repetir formas arcaicas de los años sesenta o setenta, y críticos y periodistas "ignorantes o desmemoriados lo aplauden".

¡Cómo, qué me dices! O sea, que después de más de 5.000 caracteres con espacios hablando de relatos reticulares (¿?), de cuentos basados en performances, de autoficciones y de autofelaciones, nos suelta esa bomba, llamando "ignorantes o desmemoriados" a todos los "expertos" que disertan en los párrafos anteriores. Acabáramos.

Lo comentaba una de estas tardes de garabateo de libros en la feria con una librera simpática, genial y gran conversadora, a propósito de algunos volúmenes de ensayo literario en cuyos títulos superabundaba el prefijo ’post’ (postliteratura, postnovela, postpoesía, postlibro, postal, postcoital, postraumático, postpostpostartamudeo...).

-Chica, ¿es que nadie se da cuenta de que estos obsesos de la postmodernidad son más viejos que la Tana?

-Y tanto, pero cualquiera se lo dice.

Pues hombre, alguien debería decirlo, porque lo flipan demasiado. Toda esta presunta literatura experimental no es más que un refrito del nouveau roman de hace medio siglo, que a su vez es un refrito de las vanguardias de los años 10 y 20. Vamos, que su postmodernidad dura ya cien años, que llevan un siglo haciendo lo mismo y vendiéndolo como nuevo. O como postnuevo.

Y me parece estupendo que Agustín Fernández Mallo y su parroquia se lo lleven crudo. En serio. No son malos escritores, ni mucho menos. Pero su rollo post me cansa. No nos tomen el pelo, que lo de romper la linealidad narrativa y la unidad espacio-tiempo, descomponer el punto de vista en muchas voces, fragmentar los relatos e incorporar en ellos elementos del ensayo o construirlos con técnicas de collage está ya muy visto. No digo yo que dejen de hacerlo, a mí me gusta esa literatura, la verdad, pero sí les pediría que, en aras de no hacer el ridículo ante personas que han terminado el bachillerato, que no lo flipen tanto.

Hace un tiempo, un narrador se me quejaba de que las grandes editoriales no le hacían caso porque su literatura era demasiado vanguardista: "Claro -me decía-, no entienden que haya varias voces fragmentadas en una novela, no están acostumbrados aún".

¿Que no están acostumbrados aún? Hombre, pues han tenido un siglo para acostumbrarse. Que hasta Unamuno, que era un señor con levita al que le gustaba que le llamasen Don Miguel y no me lo imagino yo en una rave party, escribió una novelita en la que el personaje se enfadaba con el autor y se salía del libro. En fin, que está ya todo inventado, no me jodan.

En los años 70, cuando la nouveau roman empezó a desinflarse y los escritores redescubrieron la fluidez de la gramática convencional, con sus reconfortantes sujeto, verbo y predicado, algunos se cuestionaron los excesos experimentales. En la literatura en español, Cortázar fue y es la bandera de aquel subidón experimental, y por aquel entonces apareció un ensayo titulado ¿Es Julio Cortázar un surrealista? Y el autor se respondía que sí, que por supuesto, que muchas de las audacias asombrosas de su obra beben directamente de las gamberradas de Breton y compañía. Vamos, que Julio tampoco se había inventado nada. Y estoy de acuerdo.

El problema no es reinventar y actualizar formas, estilos y temas. El problema es que todo el esfuerzo creativo de un autor se centre en vender una postmodernidad que ya practicaban sus abuelos, sólo que ellos lo hacían mejor.

El otro día, en otra caseta de la feria, en un rato en el que no firmé nada de nada, me puse a hojear el último libro de Carlos Castán, Papeles dispersos, una colección de artículos y reflexiones en torno a la literatura. Y allí me encontré esto:

Siempre he considerado que el papel esencial de la literatura (igual que el del arte en general) consiste en ahondar en la condición humana, en arrojar algo de luz acerca de qué significa y qué comporta para un ser humano existir, hallarse entre las cosas y bajo la capa del cielo; en explorar los diversos condicionamientos que nos dan forma.

Y un poquito más adelante:

No pretendo, ni mucho menos, que los grandes temas que desde siempre han preocupado al hombre aparezcan resueltos en la obra literaria, pero lo que sí pido es que estén en juego, que en cada página permanezcan sobre la mesa.

A Ricardo Piglia y a Ernesto Sábato les he leído reflexiones muy parecidas. Las suscribo todas. No hay más. La literatura es eso. La literatura que a mí me interesa es eso. Y la literatura que se escribe con honestidad es eso. En ella caben todos los estilos y todas las sensibilidades: en esa búsqueda caben Galdós y Cervantes, pero también Georges Pérec y Apollinaire. Cabe la literatura de viajes de Paul Theroux y la prosa reconcentrada de Robert Musil. Hay millones de formas de aproximarse a la condición humana desde la ficción, y si son honestas y se reconoce en ellas la voz del autor, qué más da que se manifiesten como relatos fragmentarios y discontínuos o como teatro isabelino. Los lectores sabremos luego ponernos la que mejor nos siente, aquella cuya música nos suene mejor.

Pero lo que me alucina es que se pueda montar un coloquio entero sobre literatura y no mencionar ni una sola vez la condición humana. Para mí que no hablaban de literatura, sino de modelitos, de moda de primavera-verano. Eso es la postmodernidad: un bikini intelectual.

07/06/2009 16:40 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

QUERIDA ELENA FRANCIS

Su Majestad Córnea, Javier López Clemente, me deja esta pregunta, que paso a atender en profundidad, como en el consultorio de Elena Francis:

En serio, al fin y al cabo eres crítico literario. ¿Qué tipo de crítica valoras más, la de la percepción del crítico, sus vibraciones, sus gustos, sus fluidos corporales; o esa otra que analiza, disecciona, da ejemplos, es didáctica?

En primer lugar, llamarme crítico literario es astralmente hiperbólico. Una cosa es que reseñe y comente libros con mayor o peor fortuna y otra muy distinta que se me pueda considerar crítico literario. Soy un lector que, en vez de escribir anotaciones al margen en los libros, compone artículos con sus impresiones y las comparte con otros lectores. Nada más. La crítica es algo más sistemático, doctoral y prescriptivo.

Yendo al grano de tu pregunta, no creo que haya una separación tan radical entre ambos tipos de críticas. Sí que es verdad que se adivinan dos escuelas, una más nietzscheana y subjetiva, y otra más kantiana, que aspira a cierta objetividad. O, al menos, a establecer un juicio justo -sea lo que sea eso- sobre la obra. Pero, en la práctica, ambas se mezclan, apenas hay ejemplos puros de una o de otra. Y, en cualquier caso, ambas tienen su espacio y su público, pueden coexistir pacíficamente.

El problema en ambas es cuando no se cultivan con honestidad, sino como coartada. Un crítico pretendidamente manso y didáctico puede usar esa actitud como una fachada para ocultar una connivencia con los editores. Es decir, que así es fácil vender como crítica lo que no es más que una hoja promocional del libro en cuestión. Véase Babelia y la imposible independencia de sus reseñistas (¿han visto que algún crítico ponga un mal gesto a un libro editado por una editorial de Prisa? Bueno, sí, hubo uno una vez, y le echaron. Recuérdenlo, que fue sonadísimo). Asimismo, un crítico vitriólico y acerado puede utilizar su estilo para muchas cosas: para disimular sus carencias analíticas o para ajustar cuentas personales que nada tienen que ver con la literatura.

Por eso, para mí, en tanto que la crítica es un género periodístico (un género híbrido y complicado, pero periodístico al fin y al cabo), la mido por el mismo rasero que cualquier otra expresión periodística: lo único que me importa es que se ejerza con honestidad, rigor y, sobre todo, credibilidad. Si un crítico es creíble, se ha ganado su reputación entre el público, y su juicio es respetado, ¿qué más da cómo ejerza su oficio? Lo importante es que no sea sospechoso de nada y que los textos que llevan su nombre respondan realmente a lo que él piensa y siente y que no esté ejerciendo de vocero de nadie ni atendiendo cuitas que no son literarias (o cinematográficas, o lo que sea). Si es destructivo o constructivo, si hace que los autores se caguen en los pantalones o los cubre de rosas, si utiliza refinada jerga filológica o se expresa como un taxista ex legionario en turno de noche con media botella de cazalla en el cuerpo me da absolutamente igual.

Dicho esto, a mí, como lector y como gourmet, me gusta que las cosas lleven picante. La crítica que se limita a ser un comentario de texto academicista me deja frío. Eso estará bien para los despachos de las universidades, pero yo, como lector, espero mucho más. Espero chispa, ingenio, audacia y, por qué no, mala uva si se da el caso. Y, si de mí dependiera, trataría de que los suplementos culturales estuviesen lo más poblados posible de críticos con cierta tendencia a revirarse. Desde mi punto de vista, cuando un autor decide exponer su obra al público, la expone a todo, y no debe esperar compasión. No tiene derecho a exigir compasión. Más que nada, porque el artista pierde su dignidad cuando contesta a una crítica. Incluso a una crítica sin fundamento. Se rebaja al nivel de un niño caprichoso y malcriado. Hay que tragarse el orgullo (espero aplicarme este cuento toda mi vida, por cierto, porque si sigo publicando libros llegará un momento en el que alguién defecará en ellos, lo tengo asumido).

Resumiendo: si el crítico tiene credibilidad, que es el atributo que todos los periodistas deberíamos perseguir por encima de cualquier otra cosa, lo tiene todo. El público se fiará de él, y cuanto más a la vista deje sus prejuicios, sus filias y sus fobias, mejor podremos seguirle. Yo me hago una idea muy clara de si me va a gustar una obra o no en función de cómo la tratan algunos críticos de los que soy fan -y Boyero es uno de ellos-. Y no por lo mesurado de su juicio ni por lo bien que la analizan, considerando todos y cada uno de sus aspectos. No hace falta. Si conozco -porque la ha expuesto- su sensibilidad, sé de qué palo va la obra que comenta en función de las reacciones que ha provocado en él.

¿He respondido satisfactoriamente, señor Córneo? Un abrazo.

02/06/2009 12:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

RAFAEL CONTE

Ha muerto Rafael Conte.

No le conocí más que como lector. Bueno, miento, sí que le conocí, pero entonces no sabía quien era.

Fue en Madrid, en una época en la que teníamos por afición colarnos sin invitación en saraos literarios de postín (cuando los había, ahora las editoriales no están para muchas alegrías). Había un acto fastuoso en la Casa de las Américas con Saramago (que no sé si estaba ya nobelizado o en proceso de nobelización) y la créme de la créme del juntaletrismo patrio. Éramos unos micos estudiantes de la Complu, y la verdad es que no sé cómo conseguíamos meternos en esos sitios donde la gente entraba con invitaciones impresas en cartulina gorda y letras doradas y se ponía tibia de canapés.

El objetivo de esa noche no era Saramago, sino Juan Cruz, que por entonces era director de Alfaguara. Mi amiga quería endosarle un novelón, y estaba dispuesta a hacer lo que fuera por que el gran gurú de Prisa le hiciera caso (lo que fuera).

-Míralos -me decía, entre canapé y canapé-, qué viles, qué asquerosos, qué pelotas todos los priseros estos... Qué babosos y que... Y qué bien se lo montan, joder. Yo quiero ser como ellos.

(Hoy por hoy, por lo que yo sé, todavía no lo ha conseguido, señal de que debe de ser más difícil de lo que parece)

Juan Cruz coordinaba el besamanos a Saramago, ante cuya cabeza de tortuga iban postrándose un montón de egregios enfants terribles de las letras patrias, así que era difícil asaltarle. Mi amiga lo consiguió, y creo que logró despertar en él cierto interés sexual. Pero debió de cagarla en algún momento, porque súbitamente se dio la vuelta y se desentendió de su acosadora. Se marchó gritando, bastón en mano: "Hablad con Rafael, hablad con Rafael".

-¿Y quién es Rafael? -pregunté.

-Yo soy Rafael. Rafael Conte, para servirle -me dijo un tipo robusto, con una ancianidad bien llevada, bonachona. Y me tendió la mano.

-¿Rafael Conde? -dijo mi amiga.

-¡Conte, con té!

Hablé un rato con él, mientras mi amiga buscaba un flanco descubierto por el que asaltar de nuevo a Cruz, y me cayó bastante bien. Era una nota discordante en aquel hormiguero de cortesanos y aduladores. Parecía fuera de lugar, pero no se le veía incómodo. La conversación duró poco, lo justo para descubrir que era bastante sordo -y que, quizá, gracias a esa sordera sobrellevaba estar rodeado de pelmas y trepas-. Lo sentí afín a mí. Al fin y al cabo, aunque me había colado, yo tampoco tenía ningún interés por ese sarao ni por esa gente. Era un polizonte consorte, estaba allí por mi amiga.

Con el tiempo aprendí quién era Rafael Conte -que entonces publicaba en el ABC- y lo mucho que pintaba en el panorama literario, y le leí con placer. Nuestros gustos librescos eran bastante dispares y no siempre -casi nunca, más bien- comulgaba con sus ideas, pero siempre era estimulante leerle. Lamenté no haber sabido nada de él cuando me lo encontré.

Hoy, al editar su necrológica en la edición digital del periódico, he querido destacarla porque recordé que era aragonés de nacimiento -aunque no ejerciente-. Estaba convencido de su gentilicio, pero como no quería meter la pata, me metí en el archivo para comprobarlo. Y allí, además de esa confirmación, tropecé con algo que no esperaba: un montón de alusiones venenosas en los artículos de un compañero. Espumarajos de inquina, a montones. ¿Cuentas pendientes? No lo sé, pero de verdad que no menciona a Rafael Conte ni una sola vez para algo bueno, siempre es para acusarle solapadamente de apandador y de mafioso tocomochero del star system literario.

No diré más, que soy partidario de respetar el luto. D. E. P.

22/05/2009 23:12 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

DESCRIBIR A PUÑALADAS

Aquí os dejo una lección de escritura de las buenas. Una descripción magistral, tan concisa como penetrante, tan contenida como explosiva. Dos trazos que dejan al personaje desnudo y redondo, abierto hasta el píloro. Es de mi querida A. M. Homes, en su novela In a Country of Mothers (creo que hay una traducción agotadísima en Ediciones B, con el título de Solo una madre):

Eighteen and a half years old, finishing her first year at George Washington University, she was involved with Mark Ein, an English professor just out of Yale with a novel already published. Intense, with curly brown hair, sexy pursed lips, and blue eyes. He was like no one Claire had ever known. He said he avoided eye contact because he was afraid of burning holes into people, and describe himself as a nonteacher. "We’re in this together", he told the class. "This is an exploration, the beginning of what should become an unending process".

Esto es, más o menos, y pido disculpas por mis paupérrimas dotes de traductor, algo libres también:

A los dieciocho años y medio, cuando acababa su primer año en la Universidad George Washington, estaba liada con Mark Ein, un profesor de inglés (es decir, de literatura inglesa) recién salido de Yale con una novela ya publicada. Serio, con el pelo castaño y rizado, atractivos labios fruncidos y ojos azules. No se parecía a ninguna otra persona que Claire hubiera conocido. Evitaba el contacto visual porque temía perforar agujeros de fuego en la gente y se describía a sí mismo como no profesor. "Estamos en esto juntos", dijo a la clase. "Esto es una exploración, el comienzo de lo que debería convertirse en un proceso inconcluso".

Otro escritor se habría recreado durante páginas y páginas en explorar la fascinación de Claire, y otros quizá habrían caricaturizado hasta más allá del esperpento el histrionismo imbécil del profesor, pero a A. M. Homes le basta y le sobra un párrafo para situarnos en las coordenadas, jugando magistralmente con los estereotipos. Es una descripción para enmarcar, que requiere de un temple y una técnica narrativas fuera de serie. Hay mucho callo en los dedos de Homes. Hay que emborronar muchas páginas hasta alcanzar esa sublime concisión, tan telegráfica como honda. Ella sí que abre burning holes en sus personajes.

He escrito una cosita breve sobre Benedetti en el blog de Heraldo. Puedes leerlo pinchando aquí si te apetece.

19/05/2009 00:04 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

FURIA HUECA

Todas las semanas reincido. Todas las semanas me asomo al artículo de Pérez-Reverte en El Semanal y dejo que me irrite. Podría pasar de él pero no lo hago. Supongo que es una virtud de su prosa periodística.

Una vez escuché al editor Constantino Bértolo decir que valoraba mucho los informes negativos de sus lectores. "No hay que desechar esos manuscritos porque al lector no le gusten -decía-. De hecho, eso puede ser indicativo de que el material es interesante. Una vez recibí uno que decía: 'Consigue irritarme desde la primera página'. Y decidí echarle un ojo a esa novela: una obra que consigue irritar a alguien desde la primera página suena interesante".

Pérez-Reverte me irrita. Físicamente. Noto un sarpullido en la corteza cerebral. E intentado racionalizar esa respuesta irracional a sus artículos, he llegado a la conclusión de que lo que me cabrea de ellos no es su tono chusco de legionario encabronado al que le duele España -o más bien le pica, e intuyo que su España está situada en la región testicular-, ni tampoco el discursito populachero pasado de rosca, ni su afán por agradar al gremio de los taxistas, ni su exaltación de la testosterona. Lo que me mosquea es que emplee tanta furia en nada. Que sea un falso provocador, que su tono bronco no esté a la altura de su contenido. Que al final, después de leer muchos hostia, hijoputas, cojones y agarrarse a los machos, pisar varios esputos biliosos y tres o cuatro catalinas al final de cada párrafo, me quedo como estaba. Tanta furia para no decir nada más que cuatro tópicos. Tanto berrido para arropar una sarta de obviedades o, en el mejor de los casos, de veladas y cobardes insinuaciones.

Con esa mala hostia que gasta, lo mínimo que uno espera es un llamamiento a la insurrección, a liarse a tiros por la calle, a quemar el mundo entero. La furia de Spengler y de Sorel combinada con el apocalipsis de Nietzsche. Pero no: amaga y no remata. Parece que se acobarda, que no se atreve a dar el paso, que se arredra. El artículo se queda en pirotecnia de tasca. Resulta que, al final, los textos son lo que parecen: una bobada cazallera de un legionario chusco. La diatriba cuartelera de un viejo amargado. Ni siquiera asoma por detrás un deje de nihilismo que pueda dotar de cierta elegancia intelectual a sus arrebatos. Nada, vacío, berridos sin más.

Y eso es lo que me jode, y por eso vuelvo a él todas las semanas, perplejo. Que nos haga creer que tiene algo que decir, cuando lo único que busca es escupir. Supongo que ése es un talento como otro cualquiera.

Un regalito chanante:

18/05/2009 01:30 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 8 comentarios.

¿DEJARTE MI LIBRO? SÍ, HOMBRE, PARA QUE LO LEAS MAL Y ME LO JODAS

¿Recordáis que hace unos días hablaba de un incomprensible artículo de Vila-Matas sobre Coetzee? (No, no os acordáis, porque cuando yo hablo, vosotros estáis a vuestras cosas, que lo sé yo). Pues el asunto está levantando polvareda -el artículo de Vila-Matas, no mi post-, porque, como era fácil presumir, el texto era en realidad un sopapo traicionero y encubierto, una de esas ridículas venganzas de baratillo que se gastan los grandes de las letras. Antes de internet, la cosa se habría quedado en nada, pero con los blogs, ahora todo se sabe, y a los cotillas nos ha faltado tiempo para enterarnos de que el "escritor pajarillo" con el que se metía Vila-Matas en el artículo es Kiko Amat, y que el reseñista de Coetzee al que pone a caldo y trata de tontolaba sin mencionarlo es Jorge Carrión. Este último ha respondido a Vila-Matas en su blog.

Y más vila-matadas. Según refiere Rafael Reig en su blog, citando una noticia de Público, Vila-Matas y Paul Auster aprovecharon unas charlas en Nueva York para proclamar su hartazgo por los lectores estúpidos, esos que no entienden lo que quiere decir el autor. Qué duro es ser un autor exquisito, rediós. Tanto esfuerzo juntando frases geniales para que luego las lea cualquier imbécil. No está hecha la miel para la boca del asno.

Creo que Vila-Matas y Auster no han visto Amanece, que no es poco, esa cumbre todavía no superada del cine español. ¿Os acordáis del escritor latinoamericano que recibe en la cantina los elogios de uno de los intelectuales del pueblo que acaba de leer su última obra?

-Maravillosa, excelsa, sublime, me ha dejado sin palabras -le dice el intelectual.
-¿Puedo leerla yo, me la dejas? -pregunta uno de los labriegos que aspira a ser aceptado por los intelectuales.
-¿A vos? -responde el argentino-. Sí, hombre, para que me la jodas.
-Pero, ¿cómo la voy a joder? Si sólo quiero leerla...
-No sería el primer libro que se jode porque lo leen mal, y vos no estás preparado.

Me imagino a Vila-Matas firmando ejemplares en Sant Jordi y diciéndole a sus lectores: "Mira, dejo que lo compre porque me acabo de reformar el chalet de Pedralbes, todavía no me han revisado la hipoteca y me viene bien el dinero, pero sepa que no me hace ninguna gracia que me lean tipos como usted. ¿Usted se ha visto la pinta de ignorante que tiene? Mi libro le queda grande. Venga, largo, fuera de mi vista".

Dejemos a los genios fatuos en su Parnaso y hablemos de genios de verdad.

Hoy se ha estrenado un nuevo blog en la plataforma de Heraldo.es, y es un lujazo compartir plataforma con un tipo como él. Porque yo, en esto del periodismo, siempre he andado manco de referentes cercanos, la verdad. Son muy poquitas -poquísimas- las personas a las que me atrevo a llamar maestros, pero Mariano García lo es. Profesional y humanamente. Es un tío cuya compañía enriquece más que el Avecrem.

Confieso que muchas veces he echado más horas de las necesarias en la redacción porque me quedaba charlando con él, quizá intentando que se me pegara algo de su genio. Me falta todavía mucho para alcanzarle, y seguramente no lo conseguiré nunca, pero secretamente os digo que cuento entre mis logros personales cada elogio que ha hecho de mi trabajo. Para mí, ganarme su respeto profesional ha sido como si el padrino de una familia mafiosa me aceptara en su seno. Lo digo aquí, donde no puede oírme, y ahora que nos separan un par de pisos en la redacción, después de varios años trabajando espalda con espalda y gritándonos bromas burras y soeces que seguramente escandalizarían a Vila-Matas y a Paul Auster. No le digáis que he dicho esto, que luego se pone muy tonto.

Ahora estrena un blog, Ratón de Hemeroteca, donde va a ir volcando toda su erudición somarda. Porque Mariano es una enciclopedia de la intrahistoria con patas, ahí lo iréis comprobando.

12/05/2009 03:17 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

EL PRESTIGIO

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Dice Enrique Vila-Matas de Coetzee:

No sólo puede soportar que haya escritores tan buenos como él, sino que, además, se molesta en aproximarse pacientemente a sus obras, sabiendo que semejante gesto no irá nunca en detrimento suyo, porque, por mucho que muestre la grandeza de los libros de otros, sabe que eso no perjudicará, no mejorará ni empeorará su propia obra.

Oh, alabado sea Coetzee, que, entre milagro y milagro, todavía tiene tiempo de compadecerse de una miserable prostituta e impedir su lapidación y de mostrar su faz más humana en el huerto de Getsemaní. No somos dignos de su grandeza.

¿Ser capaz de soportar que haya escritores tan buenos como uno es admirable? ¿Lo normal es desear que todos los escritores tan buenos como uno sean condenados a trabajos forzados en un Gulag literario? ¿Y si los escritores son -Coetzee no lo quiera- mejores que uno?

De verdad que no entiendo la frase de Vila-Matas (un tipo que me parece sensato, interesante y digno de ser leído la mayor parte de las veces, dicho sea de paso).

Los expertos en Shakespeare juegan a identificar las que llaman monday morning sentences, es decir, frases de lunes por la mañana. Como buen farandulero, a Shakespeare le iba la juerga y el trasnocheo, pero como también era un currito de las letras, se veía obligado a escribir en cualquier circunstancia. Incluso con resaca. Y hay varias teorías que atribuyen pasajes poco afortunados o especialmente pastosillos a esos duros despertares de después de la jarana, cuando uno se encuentra los jarros de vino sin fregar, un sujetador en el suelo y una chica cuyo nombre no recuerda en la propia cama.

Según cuenta Vila-Matas, este artículo empezó a fraguarse cuando volvió de Sant Jordi, después de almorzar "con un escritor pajarillo que confunde clase social y universo literario" y de ver reaparecer a novias de hace 40 años. Ante semejantes visiones, trabajos y sufrimientos, es comprensible que la corteza cerebral del autor barcelonés tuviera la consistencia de un yogur caducado. Habrá que atribuir ese sinsentido a una mala digestión de Sant Jordi.

Vale que ganar el Nobel puede dejarte tocado del ala. Miren, si no, al pobre Gabo. Pero de ahí a que nos tengamos que sorprender porque el pobre señor Coetzee siga leyendo autores que le gustan y los glose como le dé la gana, hay un trecho. ¿Y por qué iban a ir esos gestos "en detrimento suyo"? En todo caso, irán en beneficio de los reseñados, que tienen el honor de ser leídos y admirados por el gran Coetzee. ¿Desde cuándo la admiración ha supuesto desgaste para nadie? ¿Al admirar a otro, se desprenden partículas de prestigio de nuestro ser y se instalan en el del admirado? ¿Nos oscurecemos al deslumbrarnos por el brillo ajeno?

En cualquier caso, lo de Coetzee no me parece tan admirable porque apuesta sobre seguro. Miren la nómina de autores que glosa con generosidad en el ensayo que menciona Vila-Matas: Beckett, Walter Benjamin, Paul Celan, Faulkner, Musil, Josep Roth, Philip Roth, Bruno Schulz, W. G. Sebald, Ítalo Svevo, Robert Walser... Joder, así cualquiera. Así yo también proclamo mi admiración. Con semejante equipazo, a ver quién se atreve a toserme cuando digo que son escritores excelsos.

Venga, voy a hacer como Coetzee y voy a comprometer mi prestigio proclamando mi admiración incondicional por Homero, Cervantes y Dante. Tres chicos nuevos en los que nadie se había fijado.

El riesgo, a mi modo de ver, lo asume Mario Vargas Llosa -también citado en el artículo-. Vargas Llosa sí que se moja de verdad dando la alternativa a autores emergentes. El peruano ha aupado a más de un escritor semidesconocido cuyos libros le han gustado y no ha tenido empacho en apostar por ellos en sus piedras de toque de El País. Ahí tienen a Javier Cercas, por ejemplo. Vargas Llosa sí que compromete su prestigio recomendando a autores que juegan en las divisiones inferiores, él sí que se arriesga haciendo de ojeador y confiando en su buen gusto para reconocer el talento ajeno donde nadie se ha molestado en verlo.

Decir a estas alturas que Faulkner es excelso puede seguir siendo interesante, por más obvio que resulte. No digo yo que no sea estimulante leer a Faulkner con los ojos de Coetzee, pero, desde luego, no me parece admirable ni humilde en absoluto. ¿Qué prestigio va a achicarse glosando a semejantes fieras? El riesgo es apostar por un bollo a medio hacer que puede salirte amargo. De Faulkner... Pues ya sabe usted la admiración que se tiene en este pueblo por la obra de William Faulkner (Cuerda, en Amanece que no es poco, dixit).

Foto: Coetzee, por alusiones.

26/04/2009 12:23 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

GONZÁLEZ-SINDE HACE AMIGOS

Como los Donettes, oiga. Sacas a González-Sinde y te salen amigos por todas partes. ¿Alguna ministra había provocado tantas reacciones en contra nada más ser nombrada? Los oídos le tienen que estar pitando a base de bien. Ahora, la Asociación de Internautas ha pedido su "recusación". Tengo entendido que sólo pueden recusarse los jueces o los funcionarios que intervienen en un proceso judicial, pero queda claro el sentido figurado. Citan la ley de incompatibilidades para argumentar su petición. Interesante. Se puede leer aquí.

En cualquier caso, creo que han quedado claras dos cosas: que para este gobierno -como viene siendo habitual en todos los gobiernos, por otro lado- la gestión cultural significa tan sólo compadreo y tener contenta a la parroquia artistera, y que este ministerio no tiene credibilidad ninguna. Y es una lástima, porque en este país, donde el grueso de las competencias culturales está en manos de administraciones autonómicas caciquiles y pueblerinas, sería bueno para todos contar con un Ministerio de Cultura sólido, honesto y centrado en una gestión limpia de sus materias, que son muchas y complejas. Pero total, para lo que quieren, les basta una ventanilla para que los amigotes pasen a cobrar los cheques. Si acaso, pueden añadirle también una sala adyacente a la ventanilla donde zampar canapés, ¿no?

Hablando de cosas no culturales: me cuentan que han salido dos nuevas reseñas de Malas influencias. Una en Zona de Obras y otra en Historia de Iberia Vieja. Las colgaré en el blog promocional cuando las tenga.

Ando flojo, por cierto: trabajo de mañanas en el periódico -una experiencia sorprendente y nueva para mí, salir de casa cuando no ha amanecido y escuchar las noticias de las siete de la mañana- y dedico mis tardes a rematar una faena que saldrá en otoño. No os extrañéis si abandono un poco este garito, que con mi astenia primaveral no doy para mucho. Además, me han encargado un prólogo para un libro. Me hace mucha ilusión escribirlo y lo voy a hacer con cariño, pero tengo que encontrar la calma y el momento adecuados para que el texto fluya bien. Quiero esmerarme, no quiero hacer un texto de compromiso a la mecagüendiez.

Eso sí, el martes, a las 20.00, Miguel Serrano Larraz presenta su libro Órbita en la Fnac. Espero poder pasarme a estrecharle la mano y a felicitarle en persona (me ha emplazado a un cubata reposado otro día, y yo se lo acepto encantado). Miguel ganó en 2007 el mismo premio que gané yo en 2005, y tiene el pelo largo como yo lo tenía hace años. Es un cuentista como la copa de un pino y un chaval majísimo con el que da gusto compartir mesa y mantel. Le he hecho una reseña que puedes leer aquí.

13/04/2009 20:36 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

LOBO EN RETIRADA

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Dice António Lobo Antunes que una más y se marcha. Lo dice aquí, en el Diário de Notícias, en ese bello portugués que tan bien se entiende. Dice que saca la novela que tiene entre manos y que ya nunca más volverá a publicar nada. Ni en formato de libro ni en artículos ni en nada. Que se acabó, que nos vayamos haciendo a la idea. Que el hombre tiene ya una edad, y escribir, dice, "es muy cansado".

Qué osado, mi admirado Lobo Antunes. ¿Por qué anuncia su retirada? ¿Por qué correr el riesgo de desdecirse? Si dentro de unos años le pica volver a escribir, le van a afear mucho este anuncio de retirada. Lo mejor es despedirse a la francesa. Pero, claro, Lobo Antunes es portugués, y los portugueses han hecho de la despedida un arte que ellos llaman fado. Y uno de los libros que más me gusta de Lobo Antunes se titula precisamente Fado alejandrino.

No sé si sucumbirá al arcano y turbio placer de faltar a la palabra dada, pero se le echará de menos. Los que hemos aprendido a hacer contorsionismo para movernos entre su frondosísima y exuberante prosa le echaremos a faltar. Extrañaremos sus jóvenes lisboetas que follan con negros, sus veteranos de Angola a los que nadie va a recibir en el muelle del Tajo, sus niños angoleños comidos por las moscas, sus ollas cociendo a fuego lento y derramando sus aromas concentrados por las calles de la Alfama de Lisboa y sus apartamentos lisboetas con reloj de pared, papel pintado y abuelo malcarado que come sopa en silencio.

No tema desdecirse, don António, que no le haremos ascos a otro libro suyo, de verdad.

Entiendo su cansancio, eso sí. Es cierto que escribir es muy cansado. Es un oficio agotador, siempre que se intente hacer bien. Exige demasiado de uno mismo, chupa mucha sangre y necesita de un entrenamiento casi atlético. Toda atención es poca en su ejercicio, y la búsqueda de la voz -que es la única razón por la que se escribe- puede dejarte afónico.

La voz. Afortunados los que la encuentran. Afortunados los que saben abrir un estilo, los que saben ser reconocidos detrás de cada texto sin que el texto se asfixie con su presencia. A Lobo Antunes le pasaba. Tenía voz. Gustase o no, eso ya va por barrios, la tenía, y se entiende que prefiera acallarla antes de que se le pierda en palabrerías.

Por suerte, no he agotado su lectura. Seguiré esforzándome en ella.

Un crítico de Lisboa tradujo hace tiempo al portugués un articulillo que escribí aquí sobre En el culo del mundo. Podéis echarle un ojo a mi versión portuguesa pinchando aquí. Yo me veo muy suelto hablando el idioma vecino. Mirad qué bien lo escribo, según esa web. Así sueno en portugués:

Sim, é denso, arcaico em certas ocasiões, como um velho e artrítico deus. Cinzento e metafísico e com uma tendência barroca que com frequentemente enfeita o ritmo da narração. Mas gosto dele, desfruto-o, estremece-me. E isso não me classifica em nenhum lote intelectual, porque também gosto de muitos autores que se situam no extremo oposto, do contundente e cómico estilo desnudado.

¿A que sueno mejor que en castellano?

16/02/2009 23:38 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

TURA, PURA TURA

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Quería escribir algo sobre el 25 aniversario de la muerte de Cortázar, pero no puedo. Se me atascan las palabras, así que, citándome a mí mismo, recupero este texto que escribí en París el 16 de marzo de 2007, hace casi dos años. Es un texto que gustó a Antón Castro y que, de su mano -y bajo el título excesivo de Cortázar, visto por Sergio del Molino-, fue rulando por internet de blog en blog, así que sospecho que ha tenido unos cuantos lectores. En la foto estoy tras el cronopio que corona la tumba parisina de Cortázar.

Siento ser tan pelma, pero me veo obligado a seguir hablando de Cortázar porque vengo de ver una exposición que creo que ya se exhibió en Madrid, pero que hasta el 30 de marzo puede verse en la Maison de l’Amerique Latine y en el Instituto Cervantes de París: Cortázar, le voyage infini (Cortázar, el viaje infinito). Una nueva vuelta de tuerca a la mitomanía que nos subyuga a algunos.

Lo que se expone en las salas es parte del legado que Aurora Bernárdez, viuda de Julio, cedió el año pasado a la Xunta de Galicia (ya que ella es hija de emigrantes gallegos) y que ahora se pasea por varias ciudades europeas antes de reposar en un centro que el gobierno gallego habilitará para ello. Son fotos, cartas, documentos, objetos personales y algunas películas locas y absurdas rodadas en Super 8 durante algunos de sus viajes. La reseña que ha hecho Le Monde de la exposición es muy poco complaciente (de hecho, la pone a parir en tres párrafos), pero se comprende la crítica, porque la verdad es que los comisarios no la han adaptado al público local: ninguna carta ni documento está traducido al francés, y los audiovisuales (entre ellos, una crucial entrevista que concedió a TVE en 1977) no están ni subtitulados ni doblados. Vamos, que si no sabes español, no te enteras de nada, porque las explicaciones en francés de los paneles son mínimas. Y es una pena, la verdad, porque, al fin y al cabo, Julio era también un parisino.

Es una muestra para fans muy fans (como es mi caso). Están las fotos que Carol Dunlop hizo para Los autonautas de la cosmopista. Están las gafas, la pipa y la máquina de escribir. Está la citadísima carta de agradecimiento (Cortázar siempre guardaba una copia de todas las cartas que enviaba, y eso ha permitido reconstruir todo su epistolario) que mandó a su editor, Francisco Porrúa, cuando recibió por correo desde Buenos Aires un ejemplar de la primera edición de Rayuela (que, por cierto, en el mercado anticuario se cotizan ya a 300 y 400 euros la unidad) en la que le reprocha elegantemente lo rácano que ha sido con el grosor del papel y en la que anuncia: "Pronto cumpliré 50 años. Será hora de que empiece a dedicarme a algo serio". Está la carta que envió a Luis Buñuel cuando éste se interesó por adaptar uno de sus cuentos. Están las primeras fotos que envió a su madre desde París, con unos párrafos llenos de entusiasmo. Otra carta donde confiesa su admiración por Alejandra Pizarnik. Está también su pasaporte y el visado consular de su madre. Hay también una serie de fotos absurda y cronopial en la que coloca a una muñeca en varias posturas pornográficas. Hay un vídeo en el que él y Octavio Paz aparecen bailando con unos niños en la India, en la época en la que Paz era diplomático allí e invitó a Julio y Aurora. Hay también muchos cronopios, pero ningún fama. También han puesto un rincón donde te puedes sentar a escuchar el jazz que le gustaba y del que tanto escribió. Hay tura, pura tura, y hay himperfecciones himportantes, habsurdas y hortográficas y esa-picazón-que-sientes-en-la-nuca-cuando-te-quedas-mirando-fijo-el-cielo-raso.

Podría parecer un panteón, pero es Julio. Es juego, es divertido. Aurora Bernárdez, que sigue como loba celosa el papel de guardiana de la memoria del que siempre fue su gran amor, lo está haciendo muy bien, dosificando con elegancia y manteniendo viva la versión que Cortázar quiso dar de sí mismo. Chapeau.

15/02/2009 00:56 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

ESTIGMA

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Sigo mucho el blog de Mi madre es idiota. Me he encariñado de Beta, de su humor, de su estilo y de su naturalidad. Hay algo también personal en mi afición a su blog, porque lo que cuenta y como lo cuenta me recuerda a alguien que fue muy querido para mí. Por eso me he llevado un poco de disgusto cuando he leído esta entrada. En ella cuenta que le han echado para atrás un artículo en el portal Soitu (donde colabora escribiendo de cine) argumentando que era demasiado personal. No creo que lo hayan rechazado por ser demasiado personal, sino porque en él hay dos palabras tabú: "brote psicótico".

Si Beta hubiera contado cualquier otra experiencia de su vida, por chusca, turbia o íntima que fuera, estoy convencido de que lo habrían publicado sin problema, pero el relato de un trastorno mental, con psiquiatras y pastillas antipsicóticas de por medio, ya no le hace gracia a nadie. No es que no haga gracia, es que nadie lo quiere cerca. Es el último tabú. Se aceptan relatos de enfermos de cáncer o de sida, de víctimas de accidentes de tráfico, de lo que sea, pero la enfermedad mental no vende. Aunque a simple vista parezca lo contrario.

Al gran John Cheever, que también tenía problemas -acentuados por el abuso del alcohol- para discernir lo real de lo imaginario, le rechazaron uno de sus grandes cuentos. Se lo rechazó el también escritor William Maxwell, editor de The New Yorker. Fue personalmente a su casa, con cara larga, y le dijo que lo sentía, que al leer ese relato se había dado cuenta de que Cheever estaba perdido para siempre, de que había perdido completamente el sentido de la realidad. Lo rechazó porque le aterraban las brumas mentales que se entreveían en las líneas del texto. El cuento, por supuesto, apareció publicado en otro sitio.

Hace un par de años me documenté muchísimo para construir un personaje esquizofrénico. Estudié libros de psiquiatría (que ocupan un estante de mi biblioteca), me empollé la historia de la enfermedad, traté de comprender -un poco por encima- el funcionamiento químico del cerebro y cómo los antipsicóticos actúan sobre él. Quería escribir una novela creíble sobre un antiguo terrorista esquizofrénico en la que no quedase claro si sus asesinatos estaban motivados por su ideología o por su cerebro trastornado. No me salió, pero, rescatando la esencia y uno de los personajes de aquel proyecto frustrado, acabé construyendo un relato corto que está incluido en Malas influencias. Se titula El doctor Chase, y escribirlo me ha ayudado mucho a comprender el porqué del estigma social de la locura.

En realidad, lo comprendí mucho antes, en las mismas librerías, cuando me acercaba a pagar a la caja con unos cuantos libros con títulos como Superar la esquizofrenia, Guía para familiares de enfermos psicóticos o El cerebro y los antipsicóticos. Notaba la mirada del librero, que evitaba el contacto visual y ponía un gesto a medio camino entre el miedo y la compasión. Y lo peor de todo es que me he dado cuenta de que, gracias a los avances farmacológicos de los últimos treinta años, la esquizofrenia puede tratarse de forma parecida a la diabetes, controlando con relativa facilidad los síntomas. La ciencia comprende ahora bastante bien cómo funciona la enfermedad y, aunque quedan muchísimos puntos oscuros, saben dónde buscar y cómo mantenerla a raya. Sigue siendo degenerativa, sigue siendo incurable, sigue siendo implacable, pero no es, ni mucho menos, como hace veinte años. No hay forma: el estigma sigue allí. El caso de Beta -que, al parecer, es solo un brote, no la enfermedad con toda su fuerza- lo prueba.

Es terrible que así sea, porque ese estigma arrumba en la sombra a mucha gente que podría llevar una vida perfectamente normal, que no se atreve a llamar a las puertas de un psiquiatra por miedo al qué dirán y que sólo acaba en tratamiento cuando ya es demasiado tarde, cuando la bestia ha salido con toda su fuerza y ya hay consecuencias serias que lamentar, como intentos de suicidio.

No tiene que ver con esto, pero igual que Beta, yo también estoy un poco cabreado porque no va a salir publicado un reportaje mío sobre el 25 aniversario de la muerte de Cortázar. Vamos cortos de papel en las páginas de cultura y, por supuesto, hay que eliminar las efemérides superfluas para dar algo de información del día. No es censura, ni mucho menos, pero me jode trabajar para nada. Así que me desquitaré escribiendo algo en el blog.

Foto: es Beta, en una foto cogida prestada de su blog.

11/02/2009 13:19 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

UNA DE LIBROS

Apuntes sobre algunos de los libros que he devorado estas primeras semanas de 2009. Brevemente y a mogollón.

  • Un lugar en la cumbre, de John Braine (Impedimenta).

Maravillosa. Una novela-botella de vino, que mejora conforme te la vas bebiendo. En parte, porque el vino libera todas sus esencias poco a poco, y en parte, porque con cada nueva copa estás un poco más borracho y tu entusiasmo por lo que tienes delante crece. Fino cinismo británico y mezcla de elegancia y sordidez -que se entreveran en la novela como en un buen jamón-. Libro de personaje, al estilo de El rojo y el negro de Stendhal, sólo que el Joe Lampton de Un lugar en la cumbre es mucho más ágil, divertido y menos escrupuloso que el Julien Sorel de Stendhal.

Como el título indica, la obsesión es medrar, ser alguien, trepar hasta la cómoda posición de la alta burguesía. Me gusta mucho que Lampton, narrador en primera persona, centre las descripciones de los personajes en cómo visten y en lo que llevan. Cuando se describen unos pantalones, se especifican la tienda donde se compraron y su precio aproximado. También se fija en la marca del tabaco que fuman, en la calidad de los alimentos que se sirven en la mesa, en si los peinados son o no de peluquería y en la marca de whisky que se pide en la barra. Brillante. Una gran novela. Pretende ser una crónica de su tiempo (los años 50 en Inglaterra), pero como toda buena novela-crónica, acaba trascendiendo su tiempo y su espacio y retrata lo universal. Es un libro sobre la ambición perfectamente aplicable hoy. Y muy bueno, además.

  • Poe. Una vida truncada, de Peter Ackroyd (Edhasa).

Un poco decepcionante esta anunciada biografía de mi querido Poe. Demasiado plana y lineal. A estas alturas, con todo lo que sabemos del autor de El cuervo, esperaba mucho más que un simple relato de las anécdotas de su vida. Esperaba una interpretación del personaje. Esperaba la confirmación o la refutación del mito, pero no he encontrado ni una cosa ni la otra. Un buen relato biográfico, pero insuficiente. No se moja ni se adentra en las turbias marasmas mentales de Poe. No vale describir hechos aliñados con comentarios de texto de sus principales obras. Eso está ya muy visto. Un personaje como Poe tiene muchos recovecos para explorarlo.

Me gusta, eso sí, que se detenga mucho en la faceta de polemista de Poe, que se enemistó prácticamente con todos los escritores americanos de su generación. A todos les puso a caldo en las reseñas, destrozaba sus libros. Casi toda la literatura americana de su época le parecía pobre, pretenciosa y paleta. Y es posible que el tiempo le haya dado la razón, porque, ¿cuántos coetáneos de Poe han pasado a la inmortalidad?

Otra cosa que me gusta son las últimas líneas, cuando enumera a los escritores cuya obra ha estado directamente inspirada en la de Poe. Tras citar a Baudelaire, Valéry, Gide y Yeats, dice: "Las obras de ciencia-ficción de Julio Verne y H. G. Wells tienen contraída con él una gran deuda, y Arthur Conan Doyle rindió asimismo tributo a su dominio del género detectivesco. Nietzsche y Kafka lo honraron igualmente, vislumbrando en su triste carrera un bosquejo de sus propias almas doloridas. Fue asimismo admirado por Fiódor Dostoyevski, Joseph Conrad y James Joyce, que vieron en él la semilla de la literatura moderna. El huérfano encontró por fin a su verdadera familia".

Esta última frase me emociona, aunque es mentira. Me emociona porque para mi Poe es algo que llevo muy dentro, es una lectura rabiosa y adolescente, la tengo casi injertada en el ADN, y la desgracia vital de Poe siempre me pone muy triste. Sufro por su vida de mierda como sufriría por la de un amigo íntimo, y creo que es verdad que todos los que le hemos leído y querido le sentimos parte de nuestra familia. Muy pocos autores han tenido la suerte de pertenecer a la familia de Baudelaire, de Kafka y de Conrad, pero es mentira que él haya encontrado a su verdadera familia. Nosotros, sus lectores, le hemos encontrado a él, pero él no pudo encontrarnos a nosotros. Se murió sin saber lo felices que nos ha hecho. Murió solo, con el amor incondicional de María Clemm como único aliado, despreciado por todos. No encontró a su familia, murió huérfano, la condición que siempre subrayó.

  • El círculo cerrado, de Jonathan Coe (Anagrama).

He hablado en este blog de mi afición por este escritor inglés que casi suena como Poe. Me gusta mucho -no como Poe, por supuesto- y envidio enormemente su capacidad de narrar con sencillez y de manejar con soltura hasta diez personajes a la vez cuyas vidas se cruzan y se descruzan sin que la trama se le vaya de las manos. Es un gran artesano de la novela, aunque no llegue a la talla de gran escritor. El círculo cerrado es la segunda parte de El club de los canallas, que fue lo primero que leí de él (así que ya me estaba jodiendo mucho que no apareciera la anunciada continuación).

En la primera novela se cuenta, un poco alla maniera de La ciudad y los perros, la vida de unos chavales obreros en un instituto de Birmingham en los años 70, en plena recesión, cuando se barrunta el ascenso de Margaret Thatcher y la eclosión punk (de hecho, uno de los personajes descubre a The Clash en un club de Londres, y la descripción del concierto es de los mejores relatos sobre el rock que he leído nunca).

El círculo cerrado se ambienta en los comienzos de este siglo XXI, cuando la vida ha dispersado a la pandilla y le ha dado a cada uno lo suyo. Los mismos personajes, treinta años después. Buen material para adentrarse en la Inglaterra de hoy. A través de sus personajes, Coe -que podría definirse como un laborista de izquierdas desencantado- hace una crítica feroz de su país. Pone de relieve el cinismo, la hipocresía y la mezquindad de sus clases dirigentes, y no siente empacho -como ha hecho en otras novelas- en meterse en la piel de un joven diputado que quiere medrar en el nuevo laborismo de Blair. No cae en la caricatura, y eso es de agradecer, pero a este libro le falta algo del mordiente de El club de los canallas. Parece un libro menos sentido, más artificial. Interesante, en todo caso. Es uno de los grandes narradores ingleses, y ser grande en un país de grandes narradores es mérito mayor.

He leído alguna otra cosilla, pero me guardaré los comentarios para mejor ocasión, que creo que ya he dado suficiente la tabarra.

07/02/2009 21:13 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

MALAS INFLUENCIAS, EN MUY POCOS DÍAS

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Haré recordatorios, que todavía queda mucho, pero como ya está anunciado en la agenda de la Fnac (podéis verla en PDF aquí), os cuelgo el cartel molón que han hecho en la misma Fnac -a baja resolución, no se ve una mierda, pero ya lo veréis en grande dentro de pocos días- y os anuncio dos cositas:

  • Malas influencias saldrá a la venta en librerías probablemente la semana que viene. Anunciaré el día exacto y detallaré los distribuidores que lo llevarán en España y Latinoamérica, para que lo podáis pedir también en librerías minúsculas y recónditas.
  • La presentación en Zaragoza será el jueves 26 de febrero a las 19.30 en el Fórum de la Fnac de Plaza de España. En marzo haremos otra en Madrid, en fecha y sitio por determinar. Estáis todos invitados y si me hacéis el honor de pasaros por allí, os obsequiaré con un vinito (aunque si sois muchos no llegará para todos, claro).

Como todavía queda bastante, habrá recordatorios para que nadie diga que no se enteró. No me empacha ser plasta.

02/02/2009 23:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

LA LITERATURA DE LOS NÓMADAS

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Babelia dice que el cuento está de moda en España, que vive un momento dulce, que hay muchos cuentistas. A ver si es verdad. Como cuentista lo deseo, pero no sé hasta qué punto es cierto. El otro día hablaba, a propósito de Poe, de lo que significa el cuento para mí, y hoy he tropezado con estas palabras de John Cheever, uno de los grandísimos narradores breves de Estados Unidos en el siglo XX, que me gustaría compartir con vosotros. Pertenecen al ensayo Why I write short stories, publicado en la revista Newsweek. La traducción es del escritor argentino Rodrigo Fresán:

¿Quién lee cuentos?, uno se pregunta, y me gusta pensar que los leen hombres y mujeres en salas de espera; que los leen en viajes aéreos transcontinentales en lugar de ver películas banales y vulgares para matar el tiempo; que los leen hombres y mujeres sagaces y bien informados quienes parecen sentir que la ficción narrativa bien puede contribuir a nuestra comprensión de unos y otros y, algunas veces, del confuso mundo que nos rodea. La novela, en toda su grandeza, exige, al menos, algún conocimiento de las unidades clásicas, que preservan ese lazo misterioso entre la estética y la moral; pero que esta antigüedad inexorable excluyera la novedad en nuestras formas de vida sería lamentable. Algunos conocemos esta novedad a través de La guerra de las galaxias, otros a través de la melancolía que sigue al error cometido por un jugador que no batea en las últimas entradas de un partido de béisbol. En la búsqueda de esa novedad, la pintura contemporánea parece haber perdido el lenguaje del paisaje y -mucho más importante- del desnudo. La música moderna se ha separado de aquellos ritmos profundamente enraizados en nuestra memoria, pero la literatura aún posee la narrativa -el cuento- y uno defendería esto con la propia vida. En los cuentos de mis estimados colegas -y en algunos míos- encuentro esas casas de verano alquiladas, esos amores de una noche, y esos lazos extraviados que desconciertan la estética tradicional. No somos nómadas, pero -sin embargo- subsiste más que una insinuación en el espíritu de nuestro gran país, y el cuento es la literatura de los nómadas.

John Updike, discípulo directo de Cheever, también fue un nómada. Creo que Updike ha muerto porque no ha soportado la ausencia de su némesis, Norman Mailer. Se pasaron media vida zurrándose el uno al otro, mientras sus literaturas parecían converger en un oscuro horizonte. Nadie puede sobrevivir sin su némesis. Hasta siempre, Conejo.

29/01/2009 16:52 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

EL MAESTRO SANMARTÍN

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Me siento en el colmo del lujo. Esta es la portada que Óscar Sanmartín ha hecho para Malas influencias, el libro de relatos que va a salir publicado en breve. La foto de solapa (que es la que he puesto en la barra de al lado) ha corrido a cargo del Colectivo Anguila, y hasta me han sacado medio bien. Con semejantes artistazos involucrados en el libro, lo de menos es lo que yo pueda haber escrito. Qué gusto.

Próximamente anunciaré fechas de lanzamiento, la dirección de un blog dedicado al libro (y donde podréis comprarlo online a través de enlaces a librerías) y presentaciones en Zaragoza y Madrid. Estáis todos invitados y procuraré que no sean un muermo, a ver si nos lo pasamos bien.

20/01/2009 00:21 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 13 comentarios.

ESTO NO ES SERIO

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Me habría gustado escribir algo sobre el bicentenario de Poe en Heraldo, pero cuando se lo propuse a Antón para el Artes y Letras él ya lo estaba escribiendo para las páginas de Cultura (la pieza central del artículo de Antón Castro se puede leer pinchando aquí). Tengo que espabilar más en el próximo centenario: me pido desde ya hacer un reportaje sobre el tricentenario de Poe. Vayan reservándome unas páginas para el 19 de enero de 2109.

Mientras llega ese día, me queda el blog, donde puedo soltar algunas tontadas más personales y menos formales sobre el pobre y desgraciado Edgar.

¿Quién no es fan de Edgar Allan Poe? Sólo un trozo de carne con ojos o un mendrugo prehomínido puede quedarse indiferente tras la lectura de La caída de la casa Usher, Berenice, El corazón delator, Los crímenes de la calle Morgue o William Wilson, que es uno de mis preferidos. Sí, también hay un Poe poeta (disculpen la cacofonía), pero ese me interesa menos, la verdad.

Qué mal lo pasó el pobre Poe y qué buenas compañías encontró tras su muerte y al otro lado del charco. Sus cuentos pasaron al francés de la mano de Charles Baudelaire, su más incondicional fan, perdidamente enamorado de su literatura. Y al castellano pasaron -en traducción canónica e intocable- de la mano de Julio Cortázar, que era tan fan de Poe como Baudelaire, hasta el punto de que reescribió uno de sus cuentos ambientándolo en el metro de París (Manuscrito hallado en un bolsillo, en el libro Octaedro). ¿Cuántos escritores pueden presumir de haber tenido dos traductores tan insignes y tan fans?

Dicen los que saben de estas cosas, y así lo enseñan en las universidades, que el cuento o relato corto moderno tiene dos tradiciones fundamentales: la realista, que apadrina Chéjov, y la fantástica, que apadrina Kafka. Borges y Cortázar estarían en el lado de Kafka, y Raymond Carver, Bukowski y la gente de la escuela del realismo sucio estadounidense estarían en el de Chéjov.

Pos bueno, pos fale, pos malegro. Ya sabéis que sólo los hooligans dividen el mundo en blancos y negros. Ojalá fuera todo tan fácil, ojalá las cosas se ordenaran ellas solitas así de bien, ojalá el pan fuera siempre pan y el vino, vino.

Cortázar y otros escritores que se han preocupado por la historia del cuento (el más problemático y moderno de todos los géneros literarios, hasta el punto de que muchos niegan incluso que sea un género) se remontan a antes de Chéjov y de Kafka. Es más, Cortázar creía que Chéjov y Kafka estaban ya contenidos en la prosa de Poe. Edgar Allan Poe es algo así como el big bang del cuento: contiene toda la materia del universo. No hay nada en los cuentistas posteriores que no esté ya -siquiera insinuado- en Poe. Inventó y cerró el género. No sólo marcó sus líneas maestras, sino que lo concibió en su totalidad, y ha obligado a los cuentistas posteriores a adaptarse a la ars poetica que impuso con su obra. Hasta hoy mismo: también mis cuentos estaban ya contenidos en Poe antes de que me pusiera a escribirlos, pero no se lo digas a nadie, que el plagio no vende.

Para Poe, el cuento era un género a medio camino entre la poesía y la novela. Estéticamente, funciona como un poema, pero se construye como una novela. Y también al revés: condensa en la estructura de un poema la densidad de una novela. Es versátil, juguetón, se resiste a las taxonomías de los filólogos, hace burlas a los críticos literarios que intentan estudiarlo, es libre y perverso.

Pero estas son cosas que sólo preocupan a los raros que escribimos cuentos. Al lector de cuentos -esa rara especie que los editores niegan que exista- lo que le fascina es la sensación de estar haciendo algo prohibido: una novela exige un compromiso y una disciplina, tienes que avanzar despacio, tener paciencia, desbrozarla con un machete, acumular horas y horas de lectura en sus páginas. Un cuento no. Si la novela es un matrimonio, el cuento es un polvo esquinero, un aquí te pillo aquí te mato, un folleteo sin compromisos, un divertimento de adultos sin ataduras ni planes de boda. Lo coges, lo lees y te largas dejando una nota de despedida sin tu número de teléfono. Sin ni siquiera dar nombres: ha estado bien, pero no insistas en verme otra vez, sólo quería echarte un polvo, paso de que me des conversación.

Por eso mola y por eso tiene un público minoritario, porque lo que triunfa en las masas son las bodas y los viajes de novios a Punta Cana. Porque la gente no folla por follar, sino porque busca algo más: echar un polvo casi siempre es un medio, sólo los crápulas lo consideran un fin. Por eso prefieren la novela, que es una cosa seria, como dios manda. Los cuentos son para perdidos, para mala gente de hábitos nocturnos.

Poe lo entendió perfectamente, y sus contemporáneos vieron por dónde iba, así que lo destrozaron, lo hicieron ser un infeliz, un outsider. ¿Por qué no escribe novelas como Dickens, señor Poe? ¿Qué cojones son estos textitos que se leen en diez minutos? Déjese de canapés y póngase a hacer chuletones. Siente la cabeza, por dios, que las grandes obras no se construyen con jueguecitos infantiles.

Escribir cuentos no es serio. Ni alla maniera de Kafka ni alla maniera de Chéjov. No hay una forma honorable de escribir cuentos. Esa es la mayor enseñanza que nos dejó Poe, y eso es lo que fascinó a Baudelaire y a Cortázar.

Salud, maestro, siga disfrutando de su tumba.

19/01/2009 20:47 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

TRANSCRIPCIONES

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Ha nevado. Poco, no ha cuajado, pero hace un frío del recopón. Yo me aseguro de que la calefacción está a tope y aprovecho la mañana de fiesta que tengo para terminarme una novela de Edmundo Paz Soldán.

Mientras, Barajas se colapsa, los pueblos se quedan aislados, la gente se agarra un cabreo de tres pares de cojones. Y yo leo en el sillón.

Mientras, en Gaza sigue la matanza y Putin deja sin calefacción a media Europa del Este. Y yo leo en el sillón.

¿Egoísmo? Por supuesto, idéntico al tuyo. No sé qué decir de Gaza, no sé qué decir de Putin. Hay verbos que se crecen con la rabia. El mío se achica. Cualquier cosa que diga sonará banal, innecesaria, oportunista, facilona, inútil. Iré a la manifestación contra la guerra, como fui a las de 2003, pero ahora sólo aspiro a leer en el sillón. Quiero que mi banalidad, oportunismo, facilonería e inutilidad se queden en mi mundo banal, oportunista, facilón e inútil, que se concentra en mi hueco en el sillón, en la ventana a través de la que veo caer la nieve y desde la que he hecho esta foto moteada de copos.

Acabo de leer Río fugitivo, una de las primeras novelas de Edmundo Paz Soldán, que ha reeditado en España ese editor de lance que es Luis Solano, el baranda de Libros del Asteroide. Paz Soldán es la gran esperanza blanca literaria de un país, Bolivia, que no ha dado grandes nombres a las letras latinoamericanas, y Río fugitivo, que es lo primero que he leído de él, me ha parecido una novela interesante y, a la vez, muy imperfecta. Y muy interesante en sus imperfecciones también, porque apuntan una gran ambición literaria y un talento desesperado por probar sus límites y forzarlos. Pero esto lo tengo que confirmar con la lectura de otros libros suyos.

Río fugitivo es la reescritura actualizada de La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. Las dos son novelas iniciáticas, las dos pretenden ser corales (pero sólo una lo consigue), las dos se desarrollan en un colegio masculino elitista, las dos tienen un trasfondo autobiográfico, las dos pretenden apuntalar una reflexión muy vasta y muy politizada sobre las contradicciones de la sociedad latinoamericana y en las dos hay un crimen que puede ser también un simple accidente. Hay muchas más similitudes, pero esas son las básicas.

Se diferencian en que Vargas Llosa emociona más, escribe mejor, es menos sentimental con sus personajes y sabe darles una voz más profunda y propia. Pero, pese a todo, el experimento de Paz Soldán es muy loable, y como lector, gratificante: porque es honesto, es arriesgado y es ambicioso, y esas tres virtudes compensan todas las demás faltas, que tampoco son tantas.

Río fugitivo es Cochabamba, una ciudad de provincias en la Bolivia de los años 80 contada por un narrador en el último año de bachillerato en el Don Bosco, el colegio de las élites de la ciudad, donde no hay cholos (que es como los blancos se refieren despectivamente a los que tienen rasgos indígenas).

En la contraportada, el editor ha pegado un fragmento de una reseña del escritor José María Merino que dice así: "Novela coral que expone con verosimilitud ciertos comportamientos colectivos y motivaciones de los personajes pertenecientes en su mayoría a la alta burguesía de su país".

Esta frase ilustra muy bien hasta qué punto la crítica literaria se hace ensartando tópicos y frases huecas como chorizos. A veces, me da la impresión de que los reseñistas ni siquiera se molestan en releer las frases que escriben.

Pues siento contradecir a todo un académico de la RAE, pero Río fugitivo no es una novela coral. Su modelo, La ciudad y los perros, sí, pero el relato de Paz Soldán está contado en primera persona y tiene un protagonista que sobresale muy por encima de los demás, que actúan de secundarios. De coral, nada, es una novela de personaje, una novela iniciática de las clásicas.

También dice que "expone con verosimilitud ciertos comportamientos...". Pues me va a disculpar de nuevo, señor Merino, pero a no ser que usted haya vivido en Cochabamba en la primera mitad de los años 80 y frecuentado a los miembros de la alta burguesía de esa ciudad, ¿qué cojones sabrá si Paz Soldán "expone con verosimilitud" esos comportamientos? Si me habla de verosimilitud narrativa, estoy de acuerdo, es una narración redonda, pero no tengo ni idea de si esos niños bien blanquitos se parecen en algo a los niños bien blanquitos de Cochabamba. Me tendré que fiar de lo que me diga Paz Soldán y encogerme de hombros.

Se leen con demasiada frecuencia tonterías de ese calibre: "Qué bien refleja la España del siglo XVII". ¿Y usted qué sabe? ¿Ha viajado en el tiempo?

A mi me importan tres pimientos bolivianos que la Cochabamba de Río fugitivo se parezca o no a la Cochabamba que espero visitar como turista algún día. Lo que me importa es que me creo a los personajes que la pueblan, que empatizo con sus sentimientos, que me conmueven sus miedos, que me reconozco en sus palabras y en sus actos. Ahí está la verosimilitud, ahí está la fuerza de la novela.

Y si me reconozco es porque la vida imita al arte. Paz Soldán ha metido su vida y sus recuerdos en el molde de La ciudad y los perros de Vargas Llosa, y decidió meterla porque en La ciudad y los perros no vio Perú, no vio el barrio de Miraflores de Lima, no vio los años 40, sino que se vio a sí mismo cuando era adolescente, entendió lo universal del libro. Entendió que Vargas Llosas no estaba retratando un lugar ni una época, sino que hablaba de la condición humana y del doloroso descubrimiento del mundo.

En términos musicales, el verbo transcribir define el proceso de adaptación de una partitura escrita originariamente para un instrumento para que se pueda tocar en otro. No todas las partituras se pueden transcribir a instrumentos distintos a los que se han concebido, pero Paz Soldán ha demostrado que la partitura que Vargas Llosa compuso para la Lima de los años 40 vale perfectamente para la Cochabamba de los 80. Y seguro que vale también para la Zaragoza de 2009, para el Hong Kong de los años 50 o para la isla de Tasmania del año 2078.

¿A que parece obvio? Pues hay críticos que no se enteran.

09/01/2009 17:46 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

COTILLEO LITERARIO

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Uno de los géneros periodísticos más curiosos es el del cotilleo literario. O la crónica social literaria, si quieren ponerlo en fino. En realidad, es un género antiperiodístico, porque si el periodismo tiende a la explicación y a la divulgación, el cotilleo literario es reconcentrado, críptico y viene redactado en clave. Sólo unos pocos elegidos manejan el código para descifrar los artículos y saber de qué demonios están hablando.

Algunos cotillas literarios oficiales de esta España nuestra actual: Juan Palomo en su sección La Papelera de El Cultural de El Mundo y Juancho Armas Marcelo en su paginita de los sábados en ABC Cultural son los profesionales más especializados del género, dedicados en cuerpo y alma a él. Lo cultivan con muchísima frecuencia, hasta el punto de haber creado escuela, Javier Rioyo y Juan Cruz. Y Elvira Lindo hace incursiones guerrilleras en él. En Aragón, maestros hay que podrían ejercer, pero son bastante discretos y no cultivan el cotilleo en la prensa de aquí (sospecho que se debe, además de a una escasa predisposición a los bulos y chascarrillos, a que las cuatro capillitas literarias que hormiguean en redacciones, universidades y diputaciones oregonesas no dan para grandes chismes). Favor que nos hacen.

La verdad es que es un lujazo el cotilleo literario: no se exige rigor ni contraste de las afirmaciones. Vale con un "me ha dicho un pajarito que...". Despachas filias y fobias a gusto, aparentas saber más de lo que sabes y lanzas pullazos que sólo entiende el agredido y cuatro tipos más. No hay profano que se aclare. Si no has estado en tal presentación de tal libro y no has escuchado a un tal Fulano decir tal cosa de Zutano, el artículo es un galimatías.

Armas Marcelo, por ejemplo, amenazaba este sábado con tirar de la manta y largar miserias de "cierta escritora catalana" que, a su vez, había amenazado con escribir un libro en el que iba a contar miserias de Armas Marcelo y de amigos suyos (o eso creí entender) y en el que iba a poner de vuelta y media a los literatos y editores de Madrid. Pim-pam-pum. Hostia va, hostia viene. A mí no me importa que se peleen. Soy humano, tengo un sano y afinado mecanismo del morbo siempre alerta, y me gusta ver a dos ególatras zurrarse en la plaza pública como el que más, pero sin nombres propios, la cosa pierde toda su gracia.

Porque lo que distingue este cotilleo literario del cotilleo a secas es que en aquel se omiten los nombres. Todo son referencias vagas, todo son "distinguidos editores barceloneses", "ese narrador que organiza fiestas en la Sierra" o "aquella chica que bebió ginebra de un zapato la noche que le dieron el Planeta". Son mensajitos privados, puñaladas muy poco elegantes y escritas con mucha menos elegancia si cabe. Menos mal que yo tengo mis topos en ese mundillo de víboras, y cuando veo que empiezan a repartir estopa, les pregunto de quién cojones están hablando, quién es el infortunado que recibe los mandobles. Ellos me dan enseguida los nombres, y me aportan dos o tres detallitos más, pero lo tienen fácil porque están en el ajo. Los demás, mejor que pasemos página.

Yo reclamo combates a cara descubierta, que hagan crónicas con todas las de la ley, con sus nombres propios escritos con todas sus letras, sin iniciales ni seudónimos ni motes. Queremos ver cómo se arrojan premios Cervantes unos a otros, cómo instalan piezas artilleras que disparan tochos de Javier Marías como munición, cómo se retan a duelo al amanecer y con público. Y si no, que se ahorren los articulillos, o que se los envíen por mail a los interesados.

Ah, y si triunfa la costumbre de que los escritores se calienten la cara, abro una web de apuestas y pongo mil euros a favor de Elvira Lindo, que aunque ahora sea una señorita de Sexo en Nueva York, se crió en Carabanchel y sabrá clavarle a su oponente en los ojos los tacones de sus manolos. Por Pérez-Reverte, en cambio, no daría un duro. Perro ladrador, poco mordedor. Seguro que se cae al suelo al primer hostiazo.

Foto: este señor es Rafael Cansinos Assens, pionero del cotilleo literario en España en los años 20, hasta el punto de que su mejor libro es la biblia del cotilleo literario: La novela de un literato, uno de los tochos de memorias más amenos que me he echado a mis maltrechos ojos.

04/01/2009 23:41 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 8 comentarios.

UN LUGAR EN LA CUMBRE

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Echo un ojo a las novedades literarias que vienen después de la vorágine navideña y me encuentro con que Impedimenta, esa editorial indie entre las indies, acaba de editar la novela de John Braine Un lugar en la cumbre. Qué noticia tan estupenda, ya se me hacen los dedos huéspedes esperando tenerla en mis manos y revivir las sensaciones que disfruté cuando vi la peli en la que está basada.

Un lugar en la cumbre (la peli) es una de las mejores obras de Jack Clayton, un director inglés que sólo firmó como realizador diez películas entre 1944 y 1992, pero entre ellas estaban, además de Un lugar en la cumbre, El gran Gatsby y una adaptación de Otra vuelta de tuerca, de Henry James, que él tituló The Innocents. Las tres, adaptaciones literarias. ¿Casualidad?

Le tengo cariño a esa peli porque la primera vez que la vi, en Madrid, sólo entendí un 75 por ciento o así. La pasaban en la filmoteca, en la sala grande del cine Doré, que tenía un sistema de subtitulado electrónico horroroso. Ese día tenía un poco de conjuntivitis y no pude ponerme las lentillas (sí, soy medio ciego, un cuatro ojos salvado por la tecnología de las lentes de contacto, alabada sea), y como la amiga que me acompañaba llegó tarde, no pudimos pillar asiento delante y nos tuvimos que meter en la última fila. Vamos, que no veía una mierda. Los personajes y lo esencial de las escenas sí, sin problemas, pero de los subtítulos, ni hostias, ni media letra. Así que puse oído, me concentré mucho y descubrí que lo entendía todo mucho mejor de lo que pensaba. Supongo que la vocalización high class de los personajes burgueses ayudó lo suyo, pero mi ego salió muy reforzado, no sabía que comprendía el inglés tan bien, fue un descubrimiento. Volví a ver la peli a la semana siguiente en otro pase y comprobé que no me había perdido nada sustancial.

Anécdotas estúpidas al margen, el caso es que Un lugar en la cumbre me enseñó el gusto por lo inglés, por su elegancia cínica cuando se ponen a narrar, por su capacidad de pasar de la melancolía a la carcajada sin transición, por la forma en la que tensan la cuerda, por cómo saben moverse por los barrancos sinuosos del melodrama sin caer casi nunca en lo cursi. Por lo bien que cuentan lo que cuentan.

Al resto de naciones no nos sale igual. Hay dos clases de escritores: los ingleses y el resto. Algunos americanos que han recibido una educación protobritánica en la Costa Este se parecen, pero no del todo, no terminan de cogerle el tono. Sí, Henry James y Poe podrían pasar por británicos, pero siempre les acaba saliendo una debilidad honesta o de integridad moral que un inglés no dejaría que asomase. Para ser un escritor inglés hay que haber nacido, al menos, en la Commonwealth.

No basta con empaparse de Oscar Wilde, Evelyn Waugh, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson y Somerset Maughan (sí, ya sé que en esta lista hay también irlandeses y escoceses, pero como están muertos no pueden impedirme que les ponga la etiqueta de inglés, gentilicio que me introducirían por el recto si me leyeran). Puedes esforzarte mucho, ver miles de obras de teatro en Londres, salir de caza con el Príncipe de Gales, practicar el idioma hasta tener el acento de un docorando de Oxford, coger una cirrosis rebañando pintas en los pubs de Westminster y tragarte un período de sesiones entero en la Cámara de los Lores, y aun así, aunque tú creas que ya le has cogido el punto, no escribirás como un escritor inglés.

Supongo que tiene que ver con la falta de melanina, con una dieta de gachas pobre en vitaminas y rica en... ¿mierda? Habrá que respirar esa atmósfera húmeda desde niño, habrá que crecer con un fantasma en el ático, tendrás que haber sido educado en el desprecio hacia el sistema métrico decimal y en la glorificación de un rey que decapitaba a sus esposas. Son tantas cosas que lo hacen inimitable: para escribir como un inglés hay que ser un inglés. No hace falta haber nacido en Francia para ser un escritor francés (miren a Cortázar), ni haber nacido en Estados Unidos para ser un escritor norteamericano (miren a Carlos Fuentes), ni haber nacido en Argentina para ser un escritor argentino (miren a Vila-Matas), pero no hay escritores ingleses que no hayan nacido en las islas.

Bueno, quizá haya uno, la excepción que confirma la regla: Jorge Luis Borges.

Pero él lo tenía fácil, pues era medio inglés y fue educado como tal en un país que estuvo a punto de ser colonia inglesa.

Un lugar en la cumbre me abrió las puertas al universo cínico, amoral, contradictorio y clasista de la literatura inglesa contemporánea. Me ayudó a comprender las claves de ese mundo y me enseñó a quererlo.

En Malas influencias, el libro que saco en febrero, intento escribir como un escritor inglés en un par de relatos. Por supuesto, no me sale, pero me divertí mucho fingiendo ser lo que no soy. Para eso está la literatura, ¿no?

Y ahora, si me disculpan, me voy a preparar un dry martini al estilo de Winston Churchill.

Foto: Jack Clayton.

03/01/2009 00:05 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

SERGIO CHEJFEC

La semana pasada estuvo Sergio Chejfec en Zaragoza presentando su último libro. Me habría encantado ir a escucharle, pero me reclamaban otros asuntos, así que he dedicado este domingo resacoso a leerle, que es el mejor halago que le puedes hacer a un escritor.

El año pasado, en Buenos Aires, bebiendo cerveza por litros en la maravillosa terraza de V., que vive en un ático en el barrio de Palermo, oí hablar de Chejfec por primera vez. V. es periodista radiofónica en Argentina y una de esas lectoras que apabullan por la cantidad de libros que lee y por su conciso y certerísimo ojo crítico. En unos minutos, entre cerveza y cerveza, me puso al corriente de los nombres que más podían interesarme del panorama narrativo argentino de hoy, y me preparó una lista de recomendados con la que recorrí al día siguiente las librerías de la calle Corrientes. Entre ellos estaba Sergio Chejfec. "Hay escritores que sólo son judíos de apellido, pero este es un escritor judío, totalmente judío -me dijo-. Es su obsesión, no tiene prácticamente otro tema, siempre está dándole vueltas a su herencia familiar, al desarraigo de los judíos en Buenos Aires y todas esas cosas. Pero con mucha densidad, con algo de afectación. Es un estilista bárbaro, muy refinado, pero hay que saberlo llevar. Como persona es divino, siempre está en los mejores restaurantes de Buenos Aires, con una presencia muy cuidada, muy esnob. Es todo pose".

Me compré todo lo que encontré de Chejfec y me fijé en las fotos de solapa. Tenía razón V.: calvo, de calvicie pulcra y pulida, con gafas y una sobria camiseta negra. Mira a cámara serio y de frente, resaltando su mandíbula marveliana, y transmite una distancia alambicada algo demodé, pero ciertamente graciosa. No creo que sea fingimiento ni pose: no parece que la frivolidad contamine nada de su ser.

Hoy me he pegado la tarde leyendo su primer libro, Lenta biografía. Un opúsculo de menos de 200 páginas en las que apenas pasa nada, pero que tienen una densidad que ni el aceite sin refinar. He tenido que alternar su lectura con En lugar seguro, de Wallace Stegner, que los chicos de Libros del Asteroide me mandaron hace unos días en su traducción catalana (gràcies, amics. Em senta molt bé llegir en català de tant en tant, que portaba massa temps sense fer-ho). Esta es una novela clásica americana de la que hablaré otro día y que este domingo me ha ayudado a licuar un poco la grumosa densidad de Chejfec.

No me malinterpretéis: Chejfec es una lectura interesantísima que permite que las neuronas hagan gimnasia de alto nivel, que de vez en cuando les hace falta, pero hay que coger el libro bien desayunado.

Jugando con la ficción y la realidad, con esos juegos yoísticos tan a la moda, yendo del cuento al ensayo, de la filosofía a la anécdota y de la poesía a la novela, Chejfec trata de desenmascarar a su padre. En el sentido literal: trata de ver más allá de su rostro, adivinando quién es esa persona que llegó a Buenos Aires huyendo del Holocausto y que nunca habla de su pasado polaco. Se nota que Chejfec escribe para aclararse, buscando en las letras un sendero que se marque en la maleza de su mente y de sus recuerdos, y me ha caído bien al instante, porque le reconozco de mi cuerda. Ya sabéis que hay básicamente dos clases de escritores: los que quieren transmitir una visión del mundo que ya tenían antes de ponerse a escribir y los que aspiran a construir su visión del mundo escribiendo. Para estos últimos las palabras sirven para enfocar, para hacer nítida la imagen borrosa que les presenta la vida. Los primeros buscan acólitos; los segundos, compañeros de viaje. Unos discursean, los otros charlan. Unos instan, los otros invitan.

Y así, párrafo a párrafo, Chejfec va descubriendo a su padre. Construyéndole como personaje olisquea el misterio que nunca entendió.

Como en este país también estamos a vueltas con la memoria y las heridas de la historia, creo que este párrafo del libro es muy atractivo:

Yo no pretendo otra cosa: recordar, a pesar de que es imposible y vano. Esto lo pienso hoy, momentos a los que llego después de haber supuesto durante años -con una fe ciega y una pertinacia intermitente, que tenía picos de obsesiones y de olvidos- que la tarea de recordar podía poseer algo de heurística: siempre pensé que el recuerdo revelaba la verdad en general, o por lo menos la verdad de la historia. Me engañaba: creí que descubre algo cuando en realidad no hace otra cosa que manifestarse igual a sí mismo. Nada es igual a sí, excepción hecha de los recuerdos. Por esto puse recién, con textuales palabras, que los relatos escuchados por mí en el comedor de mi casa eran "desapercibidas contemporizaciones entre el presente" y el pasado: percibimos la violencia y el vértigo mental de imaginar un tiempo ya inexistente y una cronología cristalizada, y pretendemos alivianar esos sentimientos y sensaciones cruentos contemporizando desapercibidamente el presente y el pasado.

Seguro que Javivi, nuestro experto en estos temas, tendría mucho que decir al respecto.

24/11/2008 00:18 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

EL ARRANQUE DE UN CUENTO

Esta noche he empezado a escribir un cuento que me ronda por la cabeza desde hace un par de semanas. Tengo muy claras las sensaciones que quiero verter en él, y me baso en parte en una experiencia autobiográfica. Pero sólo muy parcialmente, como apoyo para echarlo a rodar. Me gustaría compartir con vosotros este arranque. Por favor, no tengáis en cuenta los mil errores que contiene, que está recién salido de mi cabeza, sin revisar y sin pulir. Os propongo un juego, si queréis participar. ¿Sabríais decirme por qué los personajes están donde están y hacia dónde puede derivar la situación? El cuento arranca en un in media res algo sui generis. Me gustaría que imagináseis o adivináseis lo que ha pasado antes y lo que va a pasar después. O lo que os gustaría que pasase. Las humoradas y las barbaridades son bienvenidas, y si alguna de vuestras propuestas es mejor que la historia que tengo yo en mi cabeza, firmamos el cuento al alimón y ya le daremos salida.

La noche en que le abrieron la cabeza al Tocho yo andaba emporrado. El cabrón del taxista nos llevó al hospital de mala hostia. Nos miraba por el espejo muy serio, y yo pensaba que nos iba a dejar tirados en un semáforo. Me dio la risa floja, pero el Tocho me apretó la mano, me la cogió fuerte y se me bajó un poco el cuelgue. El taxista cumplió y frenó en seco en el hospital. No me acuerdo de si le pagué. Empujé al Tocho afuera y lo arrastré del brazo a la puerta de urgencias. No quería ni mirarle. Sabía que se sujetaba la cabeza con la otra mano, que se apretaba fuerte. Sabía también que sangraba mucho, que habíamos dejado sangre en el taxi y que llevaba toda la camisa chorreando. En la puerta, se soltó de mi brazo y echó la pota. Sonaba hondo, no era un vómito normal. Sonaba como si se le hubiera roto algo por dentro, como si le hubieran dado también en las tripas. Creo que salió un enfermero, lo metió para dentro y entre dos le tumbaron en una camilla, y ahí se quedó la plasta, creo que era medio roja. Yo me senté en una de esas sillas de plástico. No había nadie, era muy tarde, y la luz de los fluorescentes me mareó un poco. Un médico o un enfermero o qué me sé yo vino con unas hojas y me empezó a hacer preguntas. Yo iba muy mal, y me lo tuvo que notar. Se sacó del bolsillo un boli de esos de luz, me abrió los párpados y me lo enchufó en los ojos. Estás bien, sólo un poco colocado, me dijo. Muchos porros sin cenar, ¿verdad? Le pedí que le diera al Tocho el parte de lesiones, que lo necesitaba para la denuncia. Pero tu amigo dice que se ha caído, me dijo el tío. Joder, pensé. Joder con el puto Tocho de los huevos, siempre igual. ¿Cómo se ha hecho esa brecha?, me preguntó. Pues se habrá caído, le dije, y me recosté en esa silla donde no me cabía el culo. Bueno, allá vosotros, soltó. Tú estás bien, aparte del cebollazo que llevas. Si quieres esperar a tu amigo, ahora te diremos algo, porque a lo mejor le tenemos esta noche en observación. Avisa a sus padres o dinos a quién hay que llamar. Come algo y vete a la cama. El tipo enfiló el pasillo y se metió en la primera puerta. Cuando la abrió, vi al Tocho sentado en una camilla. Una tía con guantes le limpiaba la brecha de la cabeza. El Tocho me miró un momento y la puerta se volvió a cerrar. Eres un gilipollas, le dije, pero en voz baja, para que no me oyera.

03/11/2008 00:00 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 14 comentarios.

TELEVISIÓN PÚBLICA, FILLOY Y ARRABAL

 

Me sumerjo en las miasmas inexploradas de la tele por cable y me detengo con crapulencia en Libertad Digital y en Intereconomía. En este último canal veo un debate vocinglero y berreador llamado El gato al agua, moderado por un tipo que más que moderar, azuza a los contertulios más ultras contra los tibios, contra los que intentan elaborar opiniones razonadas, contra los que se atreven a porfiar anatemas zapateristas. En la parte baja de la pantalla va pasando la típica ristra de sms, y uno de ellos dice: "A la cumbre de Washington que vayan V. Manuel y A. Belén y que les empitonen bien, abre la muralla". Bárbaro, sublime. Como dirían los argentinos: herrrrrrrmoso. Yo gozo cual cerdo en cochiquera, casi siento los perdigonazos salivosos de la carcundia iracunda. Qué placer verles encenderse como hogueritas de San Juan.

Llega el bloque de anuncios. Cinco anuncios. De ellos, dos son de la Comunidad de Madrid, otro del Metro de Madrid y un cuarto de Caja Madrid. El quinto es de Caja Castilla La Mancha. ¿Quién paga esa televisión, pues? ¿Realmente es una tele privada? Pues si lo es, está muy bien montada, porque la pagan los madrileños casi en su totalidad. Para eso, podría adscribirse como segundo canal autonómico de Madrid y se ahorraban la impostura. Bravo, Aguirre, cólera de Dios.

(¿Por cierto, alguien se fijó, en las últimas elecciones, de lo épico y americanista que resultó que los dos primeros en la lista por Madrid del PP se llamasen Aguirre y Pizarro? ¿Dónde estaba Cortés, yaciendo con la Malinche?)

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Para limpiarme la inmundicia de Intereconomía leo a Juan Filloy. Don Juan de las Siete Letras, pues siete letras tenían los títulos de todos sus libros, la mayoría todavía inéditos o en proceso de recuperación en esa Argentina querida mía. Del último viaje a Buenos Aires me traje todos los que están editados hasta la fecha. Entre ellos, Periplo, escrito en 1930 pero publicado por primera vez en 2007. Son apuntes de un viaje por Europa y el Mediterráneo, y uno tomado en París dice así:

Fui a la Bastilla. Estaban patentes en mi imaginación los cuadros de Chamfort y los frescos animados de Abel Gance. Absolutamente nada. Nada más que un grupo de saltimbanquis alzando pesas. ¡Manes de Saint Just y Fouquet Tinville: mirad a lo que ha llegado el sport de antaño, que alzaba picas con cabezas nobiliarias!

Lo leo en voz alta mirando a la televisión encendida, pero en Intereconomía no se dan por aludidos y siguen a lo suyo.

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Llamo a Óscar Sipán. Por la voz noto que anda con la cabeza dolorida o resacosa. Normal: la noche anterior fue de pánico. De pánico arrabalero. No, no vivió una escena de terror en un barrio periférico o arrabal, sino que se enfrentó a Fernando Arrabal, que fue a Huesca presuntamente a hablar de su amigo Roland Topor, cuyo libro, La cocina caníbal, reedita Tropo con el buen gusto y elegancia que caracteriza a la editorial (y que espero que mantengan/superen cuando metan mano a mis Malas influencias, cuya salida está prevista para febrero-marzo). Fernando Arrabal la lió al estilo del milienariiiiiismoooooo, y el pobre Sipán sufrió las consecuencias. Siniestro total por colisión de ego de divo en senectud. Aquí tenéis la crónica que hizo otro Óscar, de apellido Senar y compi mío en Heraldo. Él también anda dolorido después de ser arrollado por Arrabal. Y aquí, ese monumento televisivo que se ha reeditado esta semana en el festival Periferias:

30/10/2008 00:28 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

DE CHARLETA CON ISAAC ROSA

No soy muy amigo de usar el blog como tablón de anuncios, pero aquí os pego este de la agenda de la librería Cálamo de Zaragoza:

Miércoles, 22 de octubre, 20.00 h. Presentación de la última novela de Isaac Rosa

Presentación de la última novela de Isaac Rosa, El país del miedo, editada por Seix barral.

El historiador Javier Rodrigo y el periodista Sergio del Molino ejercerán de maestros de ceremonias.

Desde la publicación de su novela El vano ayer (Premio Internacional de Narrativa Rómulo Gallegos 2005), Isaac Rosa es un referente esencial de la nueva narrativa española. Y uno de nuestros escritores favoritos.

Antes, a las 18.30, estaré también con Isaac Rosa moderando un coloquio sobre sus dos anteriores libros, El vano ayer y ¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil!. Será en Alagón, en la primera jornada del II Encuentro de Historia Contemporánea Villa de Alagón, que aunque es de historia no se limita a invitar a historiadores. De hecho, este año también está Enrique Villarreal, "El Drogas" de Barricada. Así que hago doblete. De Isaac Rosa he hablado en este blog aquí y aquí. Por la noche supongo que nos haremos pasar por el hígado unas cuantas copas y hablaremos de cosas más serias. Lo que se pueda contar lo contaré aquí. También haremos algunas fotos, para que cuando yo me vea en la ruina e Isaac Rosa gane el Nobel, pueda venderlas en eBay y sacarme unas pelillas.

Corrección post encuentro: no ha habido copas, que Isaac, como padre responsable de familia que es, se ha cogido el último AVE a Madrid para atender a su creciente prole. No importa, porque nos lo hemos pasado estupendísimamente y ahora me voy a cenar con los amigos noctámbulos que nunca me fallan, así que ya os contaré otro rato.

21/10/2008 22:47 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

DANIEL MOYANO

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Soy un tipo suertudo. Tengo en mis manos un tesoro: las novelas y cuentos sin reeditar de Daniel Moyano, que su hijo Ricardo me ha enviado por e-mail. Unas joyas casi inencontrables. Le he dado a imprimir, he fundido un paquetón de 500 folios y me dispongo a disfrutar las próximas semanas con calma morosa. He escrito un reportaje sobre Daniel Moyano en Heraldo. Aquí os lo pego, por si os apetece leerlo:

Julio Cortázar dijo de uno de sus libros: "Es la novela que me habría gustado escribir a mi"; el poeta Juan Gelman proclamó que su obra era "música escrita con palabras", y Augusto Roa Bastos celebró su estilo como el más pulcro y medido de la lengua española. Fue querido y admirado por los más grandes escritores de la generación del 'boom' latinoamericano, pero murió sin pena ni gloria en Madrid, en un exilio de su Argentina natal (prolongado voluntariamente), muy lejos de los fastos de la farándula literaria. Hoy, sus agotadísimas novelas y cuentos son rarezas, objetos de deseo de cuatro impenitentes y apasionados lectores.

Daniel Moyano (Buenos Aires, 1930-Madrid, 1992), nombre de culto arrumbado en los desvanes de la historia literaria, pronto dejará atrás su ingrato olvido. La editorial aragonesa Tropo reeditará en noviembre uno de los libros más queridos por su menguada corte de fanáticos, "El trino del diablo", con prólogo de Mario Benedetti, y un congreso de hispanistas que se celebrará a partir del 21 de octubre en la ciudad francesa de Poitiers pondrá al día todo lo que se sabe sobre su vida y su obra en un homenaje que conmemora los cuarenta años de la edición de una de sus novelas mayores, "El oscuro".

En realidad, esa obra no debería haberse llamado "El oscuro". El título original era "El coronel oscuro", y como tal presentó el manuscrito al primer premio de la editorial Sudamericana, convocado en 1968. Y así lo ganó. Pero uno de los miembros del jurado, de nombre Gabriel García Márquez, puso una condición inexcusable para otorgar el premio a Moyano: que quitara la palabra "coronel" del título.

Entre bromas y veras

Así lo recuerda hoy su hijo, el músico Ricardo Moyano: "El jurado estaba compuesto por Augusto Roa Bastos, Leopoldo Marechal y Gabriel García Márquez. Roa Bastos se inhibió en la votación porque ya conocía a mi padre y reconoció su estilo, pero sus dos compañeros coincidieron con él en que era la mejor novela de todas las presentadas, y le dieron el premio. Sin embargo, cuando mi padre fue a Buenos Aires a recogerlo, una noche, entre bromas y veras, García Márquez le dijo que tenía que quitar la palabra 'coronel', porque los coroneles literarios eran propiedad suya (por 'El coronel no tiene quien le escriba'). Entonces, Gabo todavía no era el gran Gabo, pero ya imponía, y mi padre le hizo caso. Hubo presión, pero la verdad es que, estéticamente, 'El oscuro' es un título mucho mejor. En realidad, le hizo un favor".

A Ricardo todavía le tiembla la voz cuando evoca a su padre, y la rabia asoma cuando ahonda en el olvido injusto que vive su obra: "Mirá vos si es normal que 'El trino del diablo' se pueda leer en turco, en francés y en inglés, pero sea inencontrable en español, la lengua en que fue escrito". Así era hasta ahora, cuando está a punto de ver la luz en una cuidada edición zaragozana con portada del prestigioso ilustrador Óscar Sanmartín.

Por edad, Moyano podría haberse integrado en la parte más joven de la llamada generación del 'boom' latinoamericano, comandada por Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Fuentes y otros. De hecho, fue leído y admirado por casi todos ellos, cuyas casas frecuentó en Buenos Aires, Madrid y París, pero todo se le puso en contra.

Con "El oscuro", en 1968, parecía que su carrera literaria echaba a andar al fin por sendas internacionales, después de ocho años de publicar cuentos y de labrarse un discreto nombre en los cenáculos argentinos. Se instaló en Buenos Aires y obtuvo cierto reconocimiento con sus obras posteriores, "El estuche del cocodrilo" y la que ahora se reedita, "El trino del diablo". Esta última, aparecida por primera vez en 1974, tiene cierto aire de presagio de lo que estaba a punto de pasar en el Cono Sur, con el golpe de Estado que se produciría en Argentina en 1976.

Recomendaciones


La dictadura militar le lanzó al exilio, justo cuando empezaba a afianzar su carrera y accedía a una cierta seguridad económica. "Ernesto Sábato le escribió una carta de recomendación para los editores españoles -recuerda su hijo-, y Cortázar le mandó otra desde París. Pero de nada sirvieron".

Perdido en el Madrid posfranquista de 1976, sin apenas dinero y con una familia que alimentar, Moyano se convirtió en uno más de los muchos intelectuales argentinos que malvivían su exilio en la capital de España, intentando sin éxito retomar su vida donde la dejaron. Algunos, como los actores Héctor Alterio y Cristina Rota o el cineasta Rodolfo Aristarain, acabaron triunfando en su nueva patria. Moyano, no.

"Los amigos de mi padre en España eran escritores que estaban fuera de los círculos comerciales, nombres de culto y minoritarios, como Rosa Chacel. Nunca le gustó frecuentar los ambientes de la farándula ni se hacía el simpático con gente que no le caía bien. Estaba convencido de que si el trabajo de uno valía la pena, tenía que ser apreciado por sí mismo, sin maquillajes ni hipocresías sociales. Por lo visto, se equivocaba", lamenta Ricardo.

Sus originales fueron rechazados una y otra vez en España, mientras se acumulaban las traducciones de su obra al francés y al inglés. De hecho, el grueso de sus fans está en Francia, donde algunas de sus novelas han figurado en el plan de lecturas obligatorias de varias universidades. La muerte le alcanzó en 1992, dejando inédito un relato revelador, amargo y autobiográfico titulado "El sudaca en la corte". Con el congreso de Poitiers y el trabajo de la editorial aragonesa Tropo, sus incondicionales quieren que Moyano ocupe al fin el lugar que merece.

21/10/2008 01:01 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

GENTE DE OTRO PLANETA (2)

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Mis años de estudiante en la Complu me dieron pocas alegrías pedagógicas, pero las pocas que tuve fueron muy gratificantes e intensas. Me acordé de una de ellas durante la cena de entrega del Planeta, entre plato y plato. A través de unas pantallas gigantes, se proyectaban frases de todos los libros ganadores desde 1952 hasta aquí, y en una de ellas, un nombre familiar me asaltó la retina: Marta Portal, premio Planeta 1966.

¡Marta Portal! Es cierto, fue premio Planeta, recordé, aunque ese dato lo descubrimos nosotros, ya que ella no lo mencionaba nunca. No por inmodestia, sino porque no tocaba. Marta Portal fue mi profesora de Literatura Hispanoamericana en la Complutense y sus clases afianzaron en mi una latente misantropía que he aprendido a llevar con humor. No fue ella, por supuesto, sino sus alumnos, los que me hicieron misántropo.

Sé que lo habitual es comentar estas cosas cuando el personaje referido muere, y Marta Portal, hasta donde yo sé, sigue viva, así que si lee esto espero que no lo sienta como una prenecrológica ni nada parecido. Sería tristísimo.

Cuando me dio clases, Marta Portal era una mujer ya muy mayor, que había rebasado la edad de jubilación y seguía en la docencia por puro placer y vocación. A los cinco minutos de escucharla te dabas cuenta de que era una sabia, una asturiana ilustrada, cultísima, que había vivido varios años en Colombia y lo sabía todo sobre la literatura de aquel país. Le gustaba hablar de obras concretas, más que de autores o tendencias, y peroraba con una erudición de maestra antigua. No de profesora rígida de la lista de los reyes godos, sino con la antigüedad clásica que yo me imaginaba que tenía la Institución Libre de Ensañanza o las representaciones de La Barraca de Lorca. Era muy placentero, y yo, que era de pisar poco la facultad, no me perdía una clase.

Descubrí que había ganado el Planeta en 1966 con una novela olvidadísima titulada A tientas y a ciegas. La leí en un par de tardes en la biblioteca y recuerdo que me gustó. Tenía el aire opresor y desesperante del realismo franquista, sonaba a Laforet, a claustrofobia, a las hermanas Brontë, a soledad. Era una novela sobre una mujer sola, joven, desquiciada, rota por dentro e incapaz de recomponerse. Era triste. Me gustó, pero quiero volver a leerla porque no recuerdo si era buena de verdad o eran mis ojos. La compraré en Iberlibro y os comentaré qué tal la experiencia de la relectura.

Seguí yendo a sus clases y disfrutándolas, pero cada nueva sesión tenía más ganas de asesinar. Marta Portal había perdido mucha audición y varios problemas graves de salud le habían afectado al habla. Nada que le impidiera ejercer la docencia. Con guardar silencio y prestar atención se entendía perfectamente todo su discurso. Pero una panda creciente de desustanciados no lo veía así, y se descojonaban como críos. Eran tipos y tipas hechos y derechos, universitarios veinteañeros a los que nadie obligaba a estar allí, pero que se comportaban como escolares de Amarcord. No se cortaban un pelo, imitaban los defectos de su habla, se partían la caja torácica cuando pronunciaba mal o con dificultad el nombre de algún autor, armaban unos pollos infames. Yo intentaba fulminarles con la mirada, pero las miradas no tienen capacidad de fulminar. Ni se daban cuenta. Para esos tipos, quién sabe si futuros ministros de Cultura de este país o jefes de informativos de TVE, aquellas tardes eran una juerga, una oportunidad para reírse de la vieja pelleja. Les hubiera matado. Como decía mi amigo Ángel: "Te los cargas, y esa noche duermes en Carabanchel, pero a gusto, descansado".

De verdad que por más vueltas que le daba no entendía lo de aquellos zotes. Yo consideraba un privilegio poder aprender algo de Marta Portal, y le estaba agradecido a los esfuerzos que hacía cada tarde hablándonos de literatura hispanoamericana, de esos libros y de esos autores que ella conocía mejor que a sí misma, pero debíamos ser muy pocos en aquel aula los que pensábamos así. La tónica era la del botellón, y yo sentía mucha vergüenza. Vergüenza por ellos, por Marta Portal y por mí, por ser asimilado a esos trogloditas piojosos, por que la sociedad me confundiera con ellos y yo apenas pudiera excusarme. Qué asco más grande.

No sé si Marta Portal se daba cuenta o no. Supongo que hacía esfuerzos por ignorarlo. Quiero creer que era lo bastante fuerte como para seguir hablando para los que queríamos escucharla. Y nunca se lo agradeceré lo bastante.

Me hubiera gustado poder decírselo, poder agradecérselo de viva voz, pero se puso muy enferma poco antes de finalizar el curso y ya no volví a saber de ella. Lo digo ahora, varios años después, y a través de este blog. Muchas gracias, Marta.

Y así es como conocí a la ganadora del premio Planeta de 1966.

Foto: Marta Portal en los años 60, cuando ganó el Planeta.

18/10/2008 12:18 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

GENTE DE OTRO PLANETA (1)

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Ya he vuelto del glamour y del fariseísmo barcelonés. Ya puedo sacar tripa, despanzurrarme en el sofá en gayumbos, comer bocatas de chorizo de Pamplona y decir "coño", "joder", "mierda" y "puta" otra vez. Qué alivio, amigos. La americana-de-las-bodas-y-de-las-cosas-de-gala-y-lujosas ya cuelga tranquila en el armario y los zapatos lustrosos de las noches de bienquedar duermen en su caja. Espero que por mucho tiempo.

Ha merecido la pena conocer de cerca este sarao, con tanto adulto haciendo un paripé de niños, con tanta gente supuestamente importante haciendo como que se traga la pantomima, con unos escritores fingiendo sorpresa cuando anuncian su premio. Os aseguro que antes de sentarnos a cenar, en el cóctel de bienvenida a la gala, todos los periodistas sabíamos ya los nombres del ganador y de la finalista. De hecho, un compañero de una agencia de noticias se acercó a Vallvey y le dio la enhorabuena, y ella lo agradeció con toda normalidad. Faltaban casi tres horas para que se hiciera público el fallo, y el jurado, supuestamente, vota minutos antes de anunciarlo.

Wonderful, my friends. Una cosa digna de ver. Podían ahorrarse el paripé, podían ahorrarse que esos pobres jurados paseen la poca dignidad que les queda, atiborrados de jamón ibérico, vino y ginebra. El señor Lara podría salir diciendo: "Este año gana Fulano, porque me sale de ahí, porque es un tipo que mola y vende mogollón". No cambiaría nada, la gente se lo pasaría igual de bien y el Planeta vendería exactamente los mismos ejemplares. Pero no es suficiente: Lara tiene que montar esta orgía decadente que tanto le gustaba al difunto Terenci Moix y llevar de aquí para allá a un Bryce Echenique que apenas se tiene en pie, a un Pere Gimferrer que pasa de todo (pero con un pasotismo reconcentrado), a una Rosa Regàs que nunca le hace ascos a una buena comilona y a una Carmen Posadas que, si pudiera, se enrollaría consigo misma de lo mucho que se adora. Lara nos hace creer que son ellos quienes eligen al premio Planeta y nosotros nos lo creemos. Mientras nos saque jamón del bueno y vino del Penedés, yo de Lara me creo lo que haga falta.

Al acabar la rueda de prensa donde Savater y Vallvey recibieron los aplausos de una prensa encantada de tutearse con la crema literaria, corrí al baño a evacuar todo el Penedés y el cava que llevaba dentro, y allí coincidí con un miembro del jurado, no diré cual. Cuando dos caballeros se encuentran subiéndose la bragueta surge espontáneamente un sentimiento de camaradería. No sé por qué, pero es así: la gente es franca cuando mea, tiene ganas de contar confidencias. Cuántas exclusivas se habrán arrancado junto a la cisterna de un Roca. Así que este buen señor, sordo como una tapia y con el etilismo algo subido de tono, me dijo, literalmente: "La novela que era buena de verdad es la que ha quedado tercera, que no se lleva ningún premio. No era buena, era cojonuda, excelente, soberbia. Pero claro, la ha escrito un chaval colombiano al que no conoce ni dios (¿chico colombiano? ¿No se supone que el jurado no conoce la identidad de los autores?), y esta gente se juega muchos millones. Supongo que la acabarán publicando en alguna colección pequeñita, porque para el gran público, pues no. Hala, sin duda era la mejor de todas, con mucha diferencia".

¿Les queda claro? Pues eso.

Por lo demás, viva el grupo Planeta, oiga. He pasado tres días en Barcelona a todo trapo y sin gastar un duro, en hotelazo y en restaurantes fetén. También he tenido mucho tiempo para mi, he paseado un montón por mis rincones favoritos de la ciudad, he bebido té en una tetería marroquí de la calle Avinyó, he husmeado viejas ediciones de Pla en librerías polvorientas y un tipo de TV3 me asaltó micro en mano haciendo una encuesta sobre barbas, y forcé mi acento catalán para hacerlo más "normativo" (porque yo lo hablo con deje valenciano) y creo que el tipo no notó que no soy catalán, así que me fui satisfecho, como un estafador que ha dado un buen golpe. También conocí a colegas periodistas de muchas partes del país, y constatamos que la profesión está igual de jodida en todas ellas, intercambiamos tópicos quejosos y le dimos al vino con alegría.

Pero ya de regreso me he puesto un punto melancólico, por motivos personales que no tienen nada que ver con la farándula literaria. Por eso esta crónica lleva el número 1, porque escribiré una segunda que también podría titular Los orígenes de mi misantropía.

PS: preguntábais en el post anterior sobre el contenido del Manifiesto 99.00. Creo que Severiano ha respondido acertadamente, pero quedándose corto, porque nosotros íbamos más allá, no nos conformábamos con cambiar el arte radicalmente, sino el mundo en su globalidad redonda. No recuerdo nada de lo que ponía ese manifiesto, supongo que muchas tonterías y alguna que otra barbaridad para escandalizar a algún bienpensante. Nos planteamos repartirlo a las puertas de ARCO, pero luego pensamos que nuestras convicciones militantes no eran tan poderosas como para aguantar que los seguratas de IFEMA nos calentasen los morros. Ya sabéis como tituló don Pío el primer tomo de sus memorias, ¿verdad?: Juventud, egolatría. Los años que llevamos de siglo XXI me han hecho mucho más irresponsable, disperso y estúpido. Por suerte.

16/10/2008 20:57 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 15 comentarios.

POSTUMADAS

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Se publica la primera postumada de Guillermo Cabrera Infante, La ninfa inconstante. La ha rescatado su viuda, y como todas las viudas, lo ha hecho desde la convicción de que ha sido fiel a la memoria y voluntad del finado.

Dice Miriam Gómez (en adelante, la viuda) que Cabrera Infante daba instrucciones muy precisas a los correctores de la editorial para que no le tocasen las comas ni los gerundios, que era algo que le irritaba sobremanera. Dice la viuda que, fiel al espíritu quisquilloso de Cabrera Infante, no ha consentido que nadie mueva una coma de sitio, ya que los textos de su difunto eran de precisión relojera suiza, cada letra tenía una razón de ser y un espacio ajustado cuya alteración podía provocar el derrumbe de la obra entera. Qué digo de la obra: del mundo tal y como lo conocemos. Así que la viuda se ha colocado en posición "en guardia", y ha desarmado uno por uno a todos los correctores y editores que la acechaban enarbolando comas, puntos y comas, peninsulizadores de americanismos, panhispanadas diccionáricas y haches y bes. "¡No son erratas, malandrines: es la voluntad de mi esposo!", clamaba la viuda, rodeada de signos de exclamación y puntos suspensivos que los correctores no lograron colocar y que yacían desarmados en el suelo del despacho.

"Sólo una cosa he añadido", dice la viuda. "He añadido una palabra que no me gusta, pero que había que poner para que se sepa de qué época está hablando el texto. La palabra es (redoble de tambor) Batista. Es que si no se dice no queda claro del todo que se está hablando de la Cuba anterior a la Revolución".

Acabáramos.

Ahora sí que la hemos hecho buena.

Resulta que Cabrera Infante, el que medía sus textos con precisión nanotecnológica, se había olvidado de mencionar a Batista. Qué descuido. Habría fumado muchos puros don Guillermo aquella noche y olvidó situar fechas y nombres. Lo normal. Menos mal que la viuda acude al rescate para dejar las cosas claras.

No he leído La ninfa inconstante y hablo por simples y gratuitas ganas de incordiar, pero vamos, digo yo que si Cabrera Infante era tan detallista y minucioso como se dice que era, a lo mejor omitió deliberadamente el nombre de Fulgencio Batista. A lo mejor, digo yo, desde mi más profunda ignorancia, don Guillermo quiso jugar con la ambigüedad. A lo mejor no quiso aclarar a sus lectores si hablaba de la Cuba de ayer o de la de hoy.

Vamos, digo yo.

Habrá que leer la postumada para saber si era así. Pero si la omisión fue deliberada, se ha lucido usted, señora Viuda. Con tres sílabas se ha cargado todos los esfuerzos sutiles de su marido. Se habrá quedado a gusto.

En cualquier caso, yo creo que los escritores, en vez de desperdiciar su último aliento buscando una frase memorable del rollo de "Luz, más luz" o diciéndole a su gente lo mucho que les quieren, deberían gastar esas últimas fuerzas en destruir sus cajones y formatear los discos duros de sus ordenadores. Que nada inédito quede por ahí, al alcance de los herederos. Porque ya se sabe que los herederos todo lo publican, tienen esa manía los jodíos. No importa lo mucho que el autor se avergonzara en vida de esa aberración, que seguro que saldrá a la luz, para satisfacer el gusto necrófilo del mercado editorial.

Pero vuelvo a decir yo: si un escritor X dejó encerrados en un cajón unos textos Y que nunca llevó a ningún editor ni habló de ellos con nadie, ¿no cabría alguna posibilidad de que el hombre -o la mujer- no quisiera verlos publicados ni en su peor pesadilla?

En la música hay ejemplos brutales: Jimi Hendrix sólo publicó en vida tres discos, en una cortísima carrera artística que duró tres años escasos. Su discografía oficial, hoy por hoy, suma ya veinte álbumes. Y creciendo. Creo que han editado hasta un vídeo en súper ocho de unas vacaciones infantiles en La Manga del Mar Menor.

La viuda de Cortázar, Aurora Bernárdez, quiso sacar también material escondido en los cajones, pero no encontró gran cosa inédita y tuvo que conformarse con sacar dos tochos con toda su correspondencia. Bastante aburrida y protocolaria, por cierto.

Caso distinto es el de Bolaño, que sabía que se iba a morir y dejó póstuma su última novela, ya preparadita para que su viuda pudiera vivir de ella cuando él faltara. Ahí empezó su leyenda.

Caso distinto fue también el de John Kennedy Toole, que vio cómo todos los editores rechazaron en vida La conjura de los necios y, tras su suicidio, su madre se empeñó en que lo publicaran. Se dice que los editores dijeron: "¡No joda que está fiambre! ¿Suicidado, dice? ¡Mejor que mejor! Déme esos papelotes de mier..., digo, la excelsa obra de su vástago, que nos vamos a forrar el riñón con ella".

De cualquier forma, menos mal que las viudas, guardianas de los deseos y saberes de sus difuntos, saben poner el Batista donde ellos se lo dejaron. "Ay, Guillermín -pensaría la viuda-, siempre tan despistado. Lo mismo te dejabas las gafas en el bar que te olvidabas de poner el nombre del dictador en la novela. Si no fuera por mí...".

Si me muero mañana, incinérenme con mi ordenador, por favor.

05/10/2008 13:26 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

CUANDO FALLA LA VOLUNTAD

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Veo amodorrado Pekín Express, el nuevo reality de Cuatro en el que diez parejas viajan de San Petersburgo a Pekín con un presupuesto de un euro al día. Comparto plenamente la opinión de Enric González, que dice que no tiene ningún mérito viajar con un equipo de televisión en la chepa, porque todo el mundo te va a echar un cable a cambio de un minuto de gloria catódica, aunque sea en España. En ese sentido, el programa es un fraude completo. Deberían ir ellos solos con una mini cámara digital, a ver si los nietos de los cosacos eran tan amables y dispuestos. Por otro lado, los realities me aburren un montón. No tengo prejuicios intelectualoides contra ellos, no os equivoquéis, que también me aburren mucho los debates sobre la telebasura. Simplemente, me parece un tostón tragarme las andanzas de unos tipos más simples que un repollo. Sólo soy cotilla con la gente interesante que hace y dice cosas divertidas.

Pero con Pekín Express no me pasa. De acuerdo, es un reality y debería aburrirme, y además es una estafa manifiesta, pero todo eso deja de tener importancia si lo ves como un programa de viajes un tanto peculiar. Y a mí siempre me gusta ver paisajes lejanos y perdidos.

Claro que, por muy bien hecho que esté el programa y por muy entretenido que sea ver a morlacos rusos emborrachando a unos macarras de Chamberí con vodka a las siete de la mañana, el asunto no resiste la comparación con la literatura de viajes de verdad. Qué mala suerte tienen los de Pekín Express, porque, en contra de lo que ellos piensan, recorren una ruta trillada por grandísimos viajeros. Paul Theroux, sin ir más lejos. Y claro, cuando comparas el viaje de Pekín Express con el de un titán como Theroux, la cosa da vergüenza ajena.

En el gallo de hierro es un monumento de la literatura de viajes. El año es 1986, y el trayecto, Londres-China. Viajó en tren desde Inglaterra hasta Pekín y, una vez en Pekín, estuvo viajando por casi toda China en ferrocarril durante meses. El resultado es un libro vivaz, lleno de observaciones puntillosas, de datos, de anécdotas y de personajes maravillosos. Está escrito con la contención verbal propia de Theroux, que se mantiene siempre atado a los hechos, a la acción que transcurre en tierra, sin puntos muertos ni digresiones ni prejuicios ni lugares comunes sobre los tipismos exóticos que un occidental espera encontrarse en un viaje así.

Hay dos aforismos muy certeros en el libro, que valen por diez tesis doctorales de filólogos sobre la literatura de viajes. Uno es:

La literatura de viajes es una autobiografía en tono menor.

El otro es:

Todo libro de viajes revela más sobre el viajero que sobre el país recorrido.

Hay varios momentos dulces y minúsculos en los que esta segunda verdad se descubre en En el gallo de hierro, pero a mí me gusta especialmente este, casi al final, cuando viaja en un tren que le va a dejar en las puertas del Tíbet, en una región deshabitada, espantosa y desértica a la que ni los chinos quieren ir:

Yo me alegraba de estar aquí, en medio de semejante desierto. Permanecí dentro de la seguridad del tren y contemplé la tierra desolada con creciente entusiasmo. En el desierto de Lop Nor de Xinjiang, en Hamí y en Turfán dicen: ’Marco Polo pasó por aquí’ o ’Por aquí discurría la Ruta de la Seda’. Pero en Qinghai no se podía reivindicar nada de nada. Por aquí nunca pasó nadie. Nadie lo atravesaba. Y era siempre así: igual de vacío.

Ahí tenemos a una persona desnuda, a un escritor que en un párrafo descubre sus fantasías, sus fobias y su visión del mundo. Y lo hace sin necesidad de trepar por enredaderas barrocas, sin molestar al fantasma de Góngora ni marearnos con neologismos oscuros. Llámenlo simpleza si quieren. Yo lo llamo lucidez y sublime capacidad expresiva. Mientras que muchos, antes de llegar a las vísceras, destrozamos piel, músculos y hueso en una carnicería estilística que la mayoría de las veces no merece la pena para las conclusiones que ofrece, otros, como Theroux, llegan al fondo con una simple y finísima aguja hipodérmica. Y la verdad es que no hace falta más.

Estoy por enviarle un mail a Paul Theroux y decirle que se haga un viaje por Teruel, que todavía está a tiempo de sentir algo parecido a lo que siente en las puertas del Tíbet en ciertos lugares de Aragón. Aunque no por mucho tiempo.

¿Qué dice Pekín Express de la gente que lo protagoniza? Creo que muy poquito. Dice lo mismo que cualquier reality: que son personas exhibicionistas, que les gusta llorar delante de una cámara y que disfrutan con la marrullería y el mosqueo sistemático. También descubre unos léxicos dolorosamente limitados y una capacidad expresiva más cercana a la de las amebas que a la humana. Nada que no se descubriera en un Gran Hermano. El viaje, en lugar de ayudar a expandirlos, les contrae, les estereotipiza. Bueno, no es el viaje en sí, sino la cámara, claro.

Una lástima. Paul Theroux viaja por esa ruta y no sólo nos abre las puertas a una humanidad extraña que resulta ser muy parecida a la nuestra, con los mismos miedos y deseos, sino que abre las puertas de sí mismo, permite que hurguemos en su interior y descubramos en él cosas de nosotros mismos. Tanto el viaje como la narración en primera persona son puntos de partida de una exploración más intensa. Me diréis que a un programa de televisión no se le puede pedir semejante profundidad. ¿Por qué no? Si veinte tíos en medio de la estepa rusa no son capaces de enseñarme nada sobre la condición humana (pero sí mucho de la condición de las cucarachas, o de las ratas), alguien está haciendo algo mal, alguien no está siendo sincero.

Aun así, merece la pena ver los paisajes y los pueblos destartalados. Por eso me da lástima, porque me parece que se han quedado a medias de haber hecho un programa interesante de verdad. Y esta vez no les han fallado los medios y creo que el talento tampoco, porque técnica y conceptualmente está muy logrado, se nota que hay gente mañosa detrás del invento. Les ha fallado algo mucho más grave: la voluntad.

28/09/2008 23:44 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

MALAS INFLUENCIAS

No debería hacerlo, pero como Almodóvar se ha pasado todo el rodaje de su nueva peli dando el tostón con un blog donde iba contando todo minuto a minuto y mandando a sus huestes de sirvientes mensajeros a las teles y a los periódicos para suplicar y exigir que se hable de él, he pensado: para ego, el mío. ¿Para qué quieres un blog si no puedes dar el coñazo con las cosas que tienes a medio hacer?

 

Así que allá voy, queridos: habemus libro. Con mi nombre en la portada, mi foto en la solapa y mi porcentaje de ventas en mi cuenta corriente. En realidad, es mucho más que posible que tengamos libros, en plural, pero hasta la fecha sólo tengo permiso para hablar de uno de ellos. El otro, al tiempo.

 

Mi editor me ha autorizado a contarlo, así que yo voy, y lo casco: en abril de 2009 aparecerá en las mejores librerías (y en las peores también) Malas influencias, una colección de relatos cortos y no tan cortos que probablemente presentaremos con mucha elegancia –y algo de etílismo- en Madrid cuando la primavera despunte y el trinar de los pájaros nos acompañe.

 

Sí, todavía queda un montón, pero ya sabéis que el mundo editorial funciona con sus propios ritmos, y hay mucho trabajo invisible desde que el autor deja de darle a la tecla hasta que el producto se coloca en los estantes de las librerías. Ahora mismo estoy dando la última pulida al manuscrito (qué bonito llamar manuscrito a un documento de Word encerrado en un pen-drive): retoco por aquí, cambio adjetivos por allá, me cargo frases cacofónicas por acullá y, sobre todo, elijo el orden definitivo de los relatos, cuestión importantísima que me trae de cráneo y me hace dudar cuarenta y ocho veces al día, con una cadencia de una vez cada media hora.

 

Quedan pocos días de aliño final, lo que tarde mi sufrida parternaire en corregir las mil erratas que hay y en decirme con las peores y más insultantes palabras que sepa todo lo que le parece espantoso y digno de suprimir en los cuentos. Dentro de muy poquito entregaré la que, con gran dolor de corazón, consideraré mi versión definitiva, y entonces arrancará el complejísimo mecanismo libresco, que por suerte funcionará a mis espaldas. Empezarán los diseños, las elecciones de portada, los ajustes de maqueta y la lectura agresiva y puntillosa de la correctora de estilo de la editorial, a cuyas sabias admoniciones me someteré con gusto.

 

Y cuando todo ese trabajo de meses concluya, corregiré con miedo la versión final, lo que antes se llamaban las galeradas, y dejaré que pase lo inevitable: que se imprima y ya no pueda hacer más correcciones ni retoques. Qué momento tan espantoso.

 

Porque yo nunca doy un texto por bueno. Ni en el periódico ni en el blog ni en los mails que mando ni en la lista de la compra. Siempre hay un adjetivo que chirría, una subordinada morosa con la que se te enredan los pies, una sílaba que hace ripios. No soporto que los textos escapen a mi control, que vuelen solos sin que yo pueda darles otro repaso. Si un libro es realmente como un hijo, yo soy el padre ultraprotector que no sabe cuándo debe dejarle vivir su vida.

 

Pero eso son cosas que a los lectores no les importan. Son angustias estúpidas de autor imberbe (mi barba es postiza) que no afectan para nada al público. Si os las cuento es porque sois unos cotillas y sé que además me vais a guardar el secreto. Próximamente os diré qué editorial ha cometido el acto suicida de publicar mis ficciones (a propuesta suya y no mía, lo que es doblemente suicida), y cuando se concreten fechas y lugares seréis convocados a las oportunas presentaciones con o sin canapiés. Comida no sé si habrá; alcohol ya anticipo que sí, que obligaré a incluirlo en una cláusula del contrato.

 

Malas influencias es un poco de todo sobre mí. Son textos que abarcan más de ocho años de mi vida. En sus páginas hay personas que hace tiempo que se convirtieron en fantasmas para mí. Ellos y ellas se reconocerán cuando lo lean, si es que llegan a leerlo algún día. Lo que no reconocerán serán los escenarios y los ambientes en los que se mueven sus almas sin cuerpo. Ellos son mis malas influencias, trocitos del pasado que he ido reinventando y destrozando a base de ficciones y fábulas. He cogido partes de mi vida y las he amasado, deformado, quemado, troceado, pisoteado y barnizado hasta que han quedado convertidas en cuentos. Pero ha sido un proceso indoloro, porque cuando hice todas esas cosas con ellas ya eran padrastros, tiras de piel muerta, pellejos.

 

Al armar este libro a petición de mi editor me he dado cuenta de que soy incapaz de fabular sobre mi yo actual. Sólo uno de los relatos está ambientado en Zaragoza, y es una Zaragoza onírica, brumosa, nocturna y vista a través de un ventanuco. Zaragoza empieza a aparecer firme, tersa, definida y literariamente “customizada” en mis textos más recientes, los que escribo hoy y verán la luz dentro de unos años. Me ha costado mucho literaturizar el paisaje urbano de esta ciudad porque necesito que las formas y las figuras humanas maceren en mi interior antes de hacer literatura de ellas. Por eso en Malas influencias hay mucho Madrid. Algunos de los relatos fueron pensados y balbuceados por primera vez en las calles de esa ciudad, aunque han crecido y han tomado su forma definitiva en las de esta.

 

Lo mismo me pasa con las personas: necesito que los afectos se enfríen para meterlos en la ficción con honestidad.

 

De todo eso me he dado cuenta al armar Malas influencias. Es decir, que he aprendido mucho más de mí mismo releyendo y corrigiendo que escribiendo. Y eso es porque escribimos –o escribo, igual sólo me pasa a mí- a ciegas. Cuando doy forma a una historia (de ficción, esto no tiene nada que ver con mi trabajo periodístico) no sé realmente lo que quiero decir ni adónde quiero ir a parar. Sigo un impulso y le doy forma. Escribo para aclarar mis ideas confusas y me meto por caminos que no controlo. Sólo mucho después, cuando el artefacto narrativo está limpio y aparentemente terminado, soy capaz de ver a qué respondía ese impulso y qué parte de mí pretendía sacar de la bruma. No lo sabía hasta ahora, lo acabo de descubrir.

 

Qué curioso, ¿no?

 

Una cosa más: es posible que uno de los relatos de Malas influencias tenga una versión teatral a no mucho tardar. No escrita por mí, claro, sino por alguien que entiende de escenarios, actores y acotaciones. Me haría mucha ilusión verlo representado en un teatro algún día.

 

En fin, ya me he quedado a gusto, ya me siento como Almodóvar: os he soltado un rollo sobre algo de lo que no podéis opinar porque falta todavía mucho para que lo tengáis en vuestras manos y podáis decir que es una mierda, un insulto a la inteligencia y un panfleto de un periodistucho que va de escritorzuelo. Pero si los grandes creadores dan la brasa mientras cocinan sus obras (son como Arguiñano: van explicando lo que hacen mientras lo hacen, pero Arguiñano da más que ellos, porque por el mismo precio cuenta chistes verdes y canta boleros), yo, que ya tengo panza y corpachón de divo, no voy a ser menos.

 

Bueno, ya hemos hablado bastante de mí. Ahora contadme algo de vosotros.

24/09/2008 20:43 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 15 comentarios.

METÁFORAS CONTRA LA CRISIS

En La Ventana, un programón que todavía no ha encontrado un rival a su altura en la radio española (exceptuando al desaparecido Juan Antonio Cebrián), rompieron el otro día esa inercia mediática que consiste en resobar el cliché hasta dejarlo sin resto alguno de sustancia y abrieron el programa con un tema que pondría los pelos de punta a cualquier ejecutivo obsesionado por el share y las audiencias: el valor de las metáforas. Si señores, uno de los programas más populares de España, con millones de oyentes, dedicó mucho más de media hora a debatir sobre las metáforas, y lo hizo con la presencia de un poeta, reclamado como experto en el tema. Fue muy divertido e iluminador. Para que luego digan que los medios sólo generan simpleza.

Fue toda una clase de literatura. Probablemente mejor que muchas clases de literatura. La excusa se la dio la crisis económica. El día anterior habían entrevistado a varios banqueros, analistas y expertos varios para que explicaran a los oyentes la verdadera magnitud del movidón de Wall Street, y se dieron cuenta de que todos y cada uno de esos expertos recurrieron a las metáforas para hacerse entender. Metáforas en ocasiones bastante logradas, y en ocasiones bastante manidas y superficiales, pero que aclararon muchos arcanos que nos resultan incomprensibles a la masa analfabeta.

Así, en La Ventana descubrieron una verdad que la mayoría de los periodistas ignora y que muchos escritores parecen empeñados en ignorar: que la metáfora sirve para decir más. No es un recurso estético ni embellecedor. No es un adorno para que un texto quede "bonito": la metáfora es una puerta abierta al conocimiento más profundo, una herramienta poderosísima para iluminar zonas oscuras. ¿Veis como recurro a metáforas para explicar lo que es una metáfora?

Ernesto Sábato, que no es precisamente un escritor fácil ni diáfano, defendía que la literatura, y muy en especial la novela, encuentra su razón de ser por su capacidad de penetración. Allí donde se detiene la filosofía, dice Sábato, allí donde el lenguaje explícito y descriptivo se tropieza con el muro de lo incomprensible, la literatura llega sin problemas. Los filósofos se encuentran con un callejón cerrado cuando quieren definir qué es el amor, pero un poeta hábil no tiene muchas dificultades para hacernos entender (no ya sentir, ni imaginar, ni suponer: entender, con todo lo que implica el entendimiento) el amor.

Los científicos y los que tratan con materias que el resto de los humanos no comprendemos recurren siempre a las metáforas para explicarnos cualquier cosa, desde la teoría de la relatividad hasta el funcionamiento del sistema financiero (que es una gran metáfora en sí mismo). Cualquiera de nosotros recurre a metáforas e imágenes plásticas cuando quiere explicar sus sentimientos a otra persona. O un mecanismo: los mecánicos hablan de un motor como si fuera un corazón, y los médicos hablan del corazón como si fuera un motor. Cualquier niño sabe que la metáfora es la forma más profunda y sencilla de expresar algo complejo.

Sin embargo, en los medios de comunicación, la metáfora pierde constantemente su sentido. Las buenas metáforas son frágiles y delicadas, y puestas en malas lenguas se ahogan. Cuando una metáfora funciona, corre de periodista en periodista, salta de una columna a otra, se contagia entre bocas e inunda todas las crónicas. Llega un punto en el que ya nadie usa la fórmula explícita, y entonces la metáfora deja de serlo y se convierte en uno de los detritus más repugnantes del lenguaje: el cliché, el lugar común. Entonces, la metáfora pasa de decirlo todo a no decir nada, a ser un aditamento molesto del discurso, una distracción, una banalidad insoportable. Entre todos los periodistas presurosos y sin ganas de pensar, violan a la metáfora por turnos hasta que, hastiados, la arrojan en un rincón de la celda hecha un amasijo de sangre. A veces, los periodistas actuamos con el lenguaje como torturadores hábiles entrenados en las mazmorras del Tercer Reich.

No solo nosotros. Hace poco empecé a leer un libro de un novel que había ganado un premio literario que tiene cierto prestigio (y que, iluso de mí, creí que me daba garantías) y me puse malo. De verdad, me cabreé un montón: me acordé de la madre de cada uno de los miembros del jurado de tan renombrado premio. ¡Qué basura tan increíblemente basta! Era un lugar común detrás de otro. El libro iba tan cargado de clichés que sonaba como una carretilla de chatarra: ni un levísimo destello de ingenio, nada de verdad, ni una gota de esfuerzo mental por contar la historia con un poco de gracia. Lo dejé a la mitad, incapaz de perder más tiempo.

Muchos escritores parecen empeñados también en sodomizar a las metáforas y en construir presuntas novelas a base de clichés. No digo yo que construir con basura no tenga cierto encanto. Incluso hay una corriente escultórica y de collages que solo utiliza materiales de desecho recogidos en vertederos, pero está claro que en la literatura el reciclaje de palabras resobadas no funciona. Muchos personajes que se dicen escritores son incapaces de valorar la metáfora, y mucho menos de usarla con cierta elegancia. ¿Por qué les pasará eso a estos presuntos periodistas y escritores?, me pregunto. Y me respondo: porque realmente no tienen nada que decir, y por eso no dicen nada, solo llenan papelotes. Si sintieran de verdad la necesidad de comunicar algo no les quedaría más remedio que adiestrarse en el buen uso de metáforas, imágenes y símbolos. Pero, ¿para qué van a hacer tamaño esfuerzo si la literatura y el periodismo se la sudan?

¿Qué queréis, que diga nombres? ¿Queréis que señale con el dedo? Pues no lo haré. Al menos, no hoy. Pasaos otro día por el blog y a lo mejor os facilito una lista de culpables, pero seguro que vosotros, sagaces y exigentísimos lectores, tenéis ya la vuestra en la cabeza.

18/09/2008 12:31 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

RITOS Y MITOS

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Total, que a uno le vienen los furores de la pubertad y quiere ser escritor, o algo asín. Y empieza a darle vueltas a las palabras, le salen cosas cursis y pimpolludas, se inspira en las pecas de su compañera de pupitre e instigadora de erecciones, se enamora, o finge que se enamora, y va llenando folios de cosas que le salen de la cabeza. Somos primates, y por tanto, aprendemos por imitación: leemos algo que nos emociona y queremos hacerlo igual. Imitamos estilos, atmósferas, reinventamos personajes, llenamos papeleras de basura y más basura protoliteraria.

Sí, amigos, las cosas no salen como debieran. Tras intentar imitar muchas veces a ese escritor que les vuelve locos y comprobar que lo suyo es bazofia prensada que no se parece ni por el forro al modelo original, la mayoría lo deja. Para entonces ya están estudiando una carrera, sientan la cabeza y hablan con condescendencia de su vicio juvenil. Su poco talento literario lo vuelcan en escribir cartas al director a su periódico, y si alguna vez le publican una, dan por satisfecho su prurito de autor. Sólo una pequeñísima minoría persevera más allá de lo razonable, y es de esa pequeña minoría de donde salen los escritores. Son corredores de fondo que se adaptan mal a la sociedad del éxito rápido y ruidoso.

El grueso del pelotón de esos pelmas incansables que siguen aporreando teclados descubre que tal vez el fallo esté en que no viven como escritores de verdad. Quizá la cuestión no esté en el qué sino en el cómo. Y descubren que las memorias, las biografías, las entrevistas y las solapas dan mucha importancia a ese cómo. Te cuentan que Brecht trabajaba de pie, paseando por su despacho y corrigiendo y reescribiendo varias obras a la vez. Te cuentan que Saramago escribe en portugués en una planta de su casa mientras su mujer, en otra planta, traduce al castellano lo que escribió el día anterior. Te cuentan que a Cortázar le salían mejor los cuentos en los aeropuertos, mientras esperaba a embarcar, y que los garabateaba en papelotes que guardaba por los bolsillos y que alguien se los pasaba a limpio en casa. Te cuentan que Vargas Llosa escribe en bibliotecas señoriales de la vieja Europa, en horario de oficina. Te cuentan que Millás prefiere levantarse a las seis de la mañana y escribir en silencio hasta las once, cuando se baja a comprar el periódico y a zamparse un desayuno. Otros prefieren la noche y un lingotazo. Unos se rodean de diccionarios de sinónimos y otros alejan de sí cualquier libro que pueda contaminar su escritura. Los hay que se vuelven insoportables, que se bloquean a la mitad, que no se quitan el pijama y la bata en un mes, que apestan y provocan divorcios con estrépito. Hacen el pino, se compran una casa en la costa de Almería, viajan a París en busca de inspiración, sólo encuentran adjetivos los días de lluvia o dejan de follar para retener sus fuentes creativas por dentro.

Total, que el aprendiz de escritor se encuentra con un montón de modelos, pero la cosa está clara. Si uno quiere que le salga un Vargas Llosa, se va a la British Library; si quiere un Brecht, despeja la habitación de muebles, y si quiere ser Saramago, se busca una mujer comprensiva. La lógica es aplastante: si haces como ellos, por fuerza te tiene que salir lo mismo que a ellos. Es lógica de retrete: si comes yogures te saldrá fluido, rollo Paul Auster, y si comes arroz, te saldrá durillo, rollo Faulkner.

La mitomanía funciona así, amigos. Goethe tuvo un seguidor fanático que hasta se acostaba con las amantes que él iba dejando por el camino, a ver si así se le pegaba algo del genio (creo que sólo consiguió unas pocas ladillas). El caso es que los propios escritores le dan mucha importancia a esas cosillas: "Mi primera novela la escribí con una Underwood de los años treinta", confiesan con tono solemne. Y unos cuantos chavales corren al Rastro a buscar su Underwood.

Por supuesto, estas imitaciones no sólo no dan resultados, sino que suelen acabar con amistades y noviazgos. La gente sensata se aleja del plasta que se dejó un sueldo en una Underwood a la que le falta la letra a ("no importa, escribiré una novela sin una vocal, como Perec", dirán). Así que se quedan perdidos en las puertas del parnaso. Es esa fauna que merodea las presentaciones de libros, que coge los canapés con timidez y que vigila desde el fondo de la sala como el fantasma de la ópera.

Pero en esa minoría minoritaria hay un puñado de escritores honestos que, más que llevar una vida de escritor, lo que quieren es escribir. Y a ello se dedican, aunque nadie les haga caso, aunque todo lo que consigan sean unos libros que sólo editan editores aventureros y perversamente bibliófilos, que compran cuatro locos y que sólo reseñan publicaciones de segunda fila. Su única preocupación es su voz, cómo afinar su voz para que no se parezca al guirigay que la ensordece. Algunos, como Roberto Bolaño, se mantienen en la brecha hasta pasados los 40 tacos, y sólo entonces, cuando todo parecía perdido, se ven reconocidos. Algunos, como el propio Bolaño, mueren jóvenes y se convierten en mitos. Y entonces les salen imitadores por todas partes.

Quizá lo más doloroso y lo más recomendable sea asumir lo que dice Rafael Reig en Literatura para caníbales: la literatura no es más que un señor en pijama que escribe en una casa para que le lea otro señor en pijama en otra casa. Nada más, ni nada menos. Lo demás es coctelería y tramoya.

25/08/2008 13:45 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

BUENOS Y MALOS

Leo al sabio Paul Theroux en En el gallo de hierro:

A pesar de que es cierto que cuesta trabajo volver interesantes a los virtuosos, también es verdad que resulta muy fácil tornar memorables, y en ocasiones fascinantes, a los viciosos.

Gran verdad a la que se enfrenta cualquier narrador con ínfulas moralistas (o sin ellas). Los tíos que miran al cruzar, que no intentan acostarse con la novia de su amigo, que trabajan sin denuedo y sin rechistar y que nunca intentan colarse sin pagar en ningún sitio son unos pelmas. Los quieres de vecinos y de compañeros de curro, pero no los quieres en tus novelas, porque las vuelven pesadas y cenagosas. Probablemente, tampoco les quieras como amigos. Al menos, no como amigos de aventurillas (quizá sí como amigos a los que se les pide un préstamo), y decididamente pasas de ellos como amantes. Pueden tener un pase como maridos, pero no como amantes.

Los periodistas tampoco los quieren en sus crónicas. Si hay que escoger entre entrevistar a Jack el Destripador y a un Nobel de la Paz, la elección es obvia para cualquiera (y si no lo es para algún periodista, que abandone la profesión ya y que se dedique a escribir vidas de santos, nos hará un favor a todos). Por eso las víctimas encuentran tantos problemas para despertar una empatía sincera y sin dobleces, porque nosotros estamos decididamente de parte del malo. La víctima no deja de ser un elemento pasivo, alguien a quien compadecer, pero rara vez comprender.

Y eso que creo que Theroux no acierta del todo en su frase. Dice que resulta fácil "tornar memorables" y "fascinantes" a los viciosos, como si el narrador tuviera la clave, como si el asunto fuera una simple cuestión de técnica literaria. No. Si resultan más fáciles de construir y funcionan mejor como personajes es porque son mejores personajes, porque fascinan por sí solos.

Los novelistas del XIX, que estaban obsesionados por que la virtud triunfase sobre el vicio, lo sabían muy bien. Por eso sus personajes caían en el vicio, para mostrarnos el camino equivocado. Pero también para entretenernos. Porque no se pueden mantener mil páginas de La Regenta, de Fortunata y Jacinta o de El Rojo y el Negro sin que un cura le coma el tarro a una señorita de provincias para trajinársela en un descuido, sin que un señorón se pierda por los bajos fondos siguiendo el olor vaginal de una chica pobre o sin que un tiparraco consumido por su ambición arrase a su paso todo lo que encuentra. That’s enterteinment, guys. Ahora, en los tiempos posmodernos que tenemos, los novelistas se niegan a meterse en esas construcciones catedralicias, y los directores de cine parece que están olvidando cómo se hacen. El espíritu pervive en Los Soprano y en algunas otras series, pero el común de los mortales ha de conformarse con Ana Obregón y los Miami. La cosa ha perdido mucho fuste.

Pero más allá de esta obvia atracción por el lado oscuro, la frase de Theroux (o el lamento de Theroux: parece que le da pena no poder construir una épica de la gente corriente y esforzada) remite a una tradición sólida de relatos del hampa. Esa atracción por los outsiders, los marginales, los tipos que viven al límite en todas sus acepciones: al límite de la ley, de lo socialmente aceptable, de su propia vida... Desde Homero (los dioses griegos parecen macarruzos portuarios que anteponen sus deseos y su líbido a cualquier otra cosa que se les cruce por delante) hasta su última y grandiosa manifestación, el desbordante James Elroy (que ya declina como un sol cansado), pasando por el ciego Borges, maestro de maestros en el género -y sin pisar jamás un tugurio hampón-, a la humanidad le ha encantado verse reflejada en todos esos vagabundos arrabaleros. Normal. Son humanos en estado puro, en la forma más pura de humanidad que se puede destilar. Viven en una región que no necesita metáforas, donde las navajas son navajas, donde los celos son celos, donde la muerte es muerte. Al estar fuera de la sociedad que habitan los lectores, desvelan mejor sus resortes y su inmundicia. De ahí lo fértil de su poética, y de ahí que, cuando un creador la cultiva con honestidad y talento, sin miedo, muchos lectores prefieran cerrar el libro y dedicarse a otras cosas. Señor Theroux, los malos nos atraen a contraluz, pero si nos miran de frente, apretamos el culo y cambiamos de acera. Yo no podría tomarme una cerveza con Tony Soprano, me cagaría de miedo, por mucho que me fascine como personaje.

De ahí viene el concepto de "redención", importado de la moral cristiana e incrustado en los relatos populares. Por eso el chico de la moto muere y Peggy Sue se abraza al estudiante de Derecho que le comprará una bonita casa con jardín. Peggy Sue ha tenido su aventurilla, ha flirteado con el lado oscuro, y eso está bien, es entretenido. Folla un poco con desconocidos, pasa un fin de semana loco, pero acuérdate de que tienes que volver a casa. Cuando la cosa se pone peliaguda, Peggy Sue ha de redimirse, y debe encontrar un hombro amigo que acoja su redención. La poética hampona que no busca moralizar hurga en el individualismo, en el espíritu ácrata, en el rechazo a los valores impuestos, en la negación de la comunidad como ente. Por eso la detestaban por igual capitalistas y comunistas.

¿Quién no quiere ser un lobo solitario? Todos necesitamos nuestra dosis de perversión. En un capítulo de Doctor en Alaska, Holing, afectado por el deshielo, que vuelve a todos un poco locos, anda buscando camorra. Todos los años necesita pelearse con alguien, pero nadie acepta el reto, porque Holing es un morlaco que una vez mató a un oso. Holing es un tipo encantador y pacífico, que tras pasar media vida cazando juró no volver a matar a un ser vivo nunca más. Amigable, simpático, entrañable, es lo que se dice un buenazo de manual. Pero una vez al año, como él mismo confiesa, necesita golpear una boca que tenga dientes, hundir una costilla, sentir cómo se parte un hueso ajeno. Necesita provocar dolor en alguien, pelearse, reencontrarse con todo lo que reprime a diario.

A todos nos pasa lo mismo que a Holing, y por eso tenemos el cine y los libros y la música y los videojuegos, para vivir vicariamente todo aquello que la sociedad -ni nosotros mismos- no aceptaría. Los narradores pueden aprovechar esa vivencia vicaria para redimirnos, para calmarnos y devolvernos al redil satisfechos, o pueden intentar ir más allá y suscitar un cuestionamiento general de cómo y por qué vivimos como vivimos. Las diferencias entre ambos tipos de narraciones pueden ser sutiles, no siempre se aprecian a simple vista (en general, las cosas buenas y profundas tienen capas y lecturas dispares, nada se muestra evidente e inmutable). La experiencia vicaria puede ser un desahogo o una catarsis. En un desahogo, las cosas vuelven a la normalidad, tal y como estaban antes del subidón. En una catarsis, todo cambia, nada está en el sitio en el que lo dejamos antes de ella.

Como lectores, también podemos elegir entre el desahogo y la catarsis, y entre aburrirnos leyendo historias de monjitas virtuosas o divertirnos con crueldades sin cuento. Al menos, en teoría. Porque, a la hora de la verdad, tanto escritores como lectores, si son sinceros y tratan de esquivar cánones, habladurías y escuelas, se rigen por su propia fascinación, que es irracional y no deja elegir a nadie. Una fascinación que se escora casi siempre hacia el lado oscuro, como lamenta Paul Theroux. La elección real consiste en si queremos dejarla fluir y ver hacia dónde nos lleva, o si le cerramos la puerta y nos quedamos con la última serie de Emilio Aragón. A las monjas también les gustan los chicos malos, pero casi ninguna se descolgará de la ventana del convento a las tres de la madrugada para ir a follar con ellos. ¿Nos atreveremos nosotros a salir del convento, o nos contentaremos con imaginar que quizá, un día, saldremos de él? La peor de todas las opciones, sin duda, es darle a la manivela del cilicio hasta que cesa el deseo. Y eso lo hace mucha más gente de lo que pensamos. Mirad a vuestro alrededor, escrutad sus caras y tratad de adivinar qué reprimen y con cuánta rabia.

Ya sea con desahogos o con una catarsis que deje a todos fritos, déjense llevar de cuando en cuando, no hagan caso a su confesor ni a su maestra de mecanografía. Liberarán adrenalina, endorfinas y un montón de hormonas y neurotransmisores. Para su cerebro, será como unas vacaciones. Y después... Como decía el tango: ¿qué importa el después?

24/08/2008 03:17 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS CERVECEROS

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Apenas hay referencias cerveceras literarias o cinematográficas. Hay toda una cultura de cócteles y una reata de personajes que beben una marca o un combinado concreto que señala su personalidad (el propio Pérez-Reverte subraya mucho, con obviedad machacona, que el prota de La carta esférica bebe ginebra azul, símbolo de su añoranza por la vida marina), pero apenas hay cerveza. Por eso, como cervezófilo que soy, me fijo mucho en los contadísimos lugares en los que aparece.

Siento mencionar de nuevo La montaña mágica, pero en la obra maestra de Thomas Mann hay dos claves cerveceras. El prota, Hans Castorp, acompaña todos los días su almuerzo, casi en ayunas, con un gran vaso de cerveza porter, que un médico le recetó como reconstituyente. Le da fortaleza, su sabor le atrapa y le hace sentir bien. En el sanatorio de Suiza no hay porter (que es una especialidad que sólo se produce en el Reino Unido y en algunos lugares de Alemania), pero le ofrecen igualmente un vaso de una cerveza oscura producida en el valle que se parece bastante. Al principio, le agrada, pero, poco a poco, los efectos beneficiosos van retirándose y, finalmente, acaba prescindiendo de su gran vaso de cerveza diario. Cuando se produce la renuncia, el personaje ha cambiado, se ha convertido en otra persona. Al mismo tiempo, un interno del sanatorio es un maestro cervecero alemán, un personaje secundario que Mann dibuja a trazos gruesos, pero que los personajes principales tratan con desprecio: se le achaca ignorancia, prepotencia y chauvinismo rural y paleto. La cerveza y su mundo están vinculados en Mann a la tierra, al cuerpo y a los placeres primarios, y no tienen cabida en los espíritus elevados o que ansían elevarse.

En Terciopelo azul, la peli de David Lynch, la cerveza es muy importante. El protagonista bueno, Jeffrey (cuyo actor será luego el agente Cooper de Twin Peaks, un personaje que puede considerarse esbozado en el Jeffrey de Terciopelo azul), bebe Heineken, y comparte su gusto por esa marca con la chica buena y rubia (hay otra que es mala y morena, como corresponde), Sandy. Heineken es una cerveza de importación, lo que en Estados Unidos indica ya de entrada un gusto algo esnob. Además, es una cerveza de sabor muy suave, con muy poco cuerpo y baja en contenido alcohólico, por lo que Lynch nos está diciendo que Jeffrey es un tipo algo afeminado y de poco fiar (es uno de los muchos puntos ambiguos de su personalidad). El padre de Sandy, que también es bueno, pero, como policía, es un macho íntegro y sin fisuras, bebe Budweiser, o Bud, como se le llama en Estados Unidos. La Bud es una cerveza nacional, una pilsner de origen checo adaptada al gusto proletario: fuerte, pero sin matices refinados, con más alcohol y un regusto más definido. Es una cerveza para tíos con los pantalones bien puestos, pero honrados: americanos patriotas sin doblez, con los que puedes contar en caso de apuro. Sin embargo, el malo maloso de la peli, Frank (interpretado por un Dennis Hopper pasado de rosca), bebe una cerveza de fantasía, de nombre inventado, pero que suena mucho más fuerte que la Bud. Una cerveza para tíos duros al margen de la ley, para inadaptados y para personajes tan borrosos y fantasiosos como la propia marca. Porque, como la cerveza de ficción que bebe, Frank es el personaje límite de Terciopelo azul, el que se acerca más a la irrealidad, el que se difumina en bordes oníricos.

Pero donde la mistificación de la cerveza alcanza su cumbre es en tres series de dibujos animados: Los Simpson, Padre de Familia y Futurama.

Todos sabemos que Homer Simpson bebe cerveza Duff, trasunto de la proletaria y real Bud. En Springfield no se bebe otra marca, pero fuera de Springfield, las cosas cambian. En un viaje que hace al sur de Estados Unidos, Homer descubre que allí beben otra marca y que consideran que la Duff es basura. El descubrimiento le contraría y le abre nuevos mundos, y acaba enamorándose de una cantante country a la que produce un disco. Salirse de su marca de cerveza conocida, de la seguridad del hogar, le trae a Homer disgustos. Hay muchos capítulos cerveceros en Los Simpson: cuando visitan la fábrica Duff, cuando se impone la ley seca y Homer se convierte en el Barón de la Birra... Thomas Mann aprobaría los guiones de Los Simpson donde la cerveza es símbolo de garrulismo y lerdez.

Padre de familia sigue la línea de Los Simpson (en esto y en todo), y se inventa también su propia marca de cerveza: Pawtacket Pat (el Pat es de Patriot). Como la Duff, también recuerda a la clásica Bud . "¡Bebamos hasta que no podamos sentir ni un sentimiento!", grita Peter, que bebe Pawtacket Pat como Homer bebe Duff, y lo hace en La Almeja Borracha, como Homer lo hace en Moe’s. De hecho, Peter acaba trabajando en la fábrica de cerveza, pero en la parte administrativa, porque como no puede controlar su problema con la bebida, le quitan de la planta de producción. El episodio cervecero por antonomasia es cuando visitan la vieja fábrica de Pawtacket Pat (antes de que Peter trabaje en ella): una parodia muy cabrona de Charlie y la fábrica de chocolate.

En ambas series, la cerveza es sinónimo de aborregamiento y borrachera contínua. En su cosmovisión, la cerveza es tan nociva como la tele o las armas de fuego y fomenta la garrulez y las posturas políticas conservadoras. Por eso hablo de mistificación de la cerveza, porque se le echan encima las culpas de algo que no es asunto suyo: la cerveza tiene una cultura tan rica como la del vino, y bastante más antigua. Que a los amantes de la cerveza se nos asimile a borregos destripaterrones es una lástima. Tan borrachuzos como nosotros son los amantes del vino (bebida a la que también me apunto) y nadie les señala con el dedo. No digo que seamos más dignos, pero me jode que haya borrachos de primera y de segunda clase, sólo porque la cerveza sea una bebida mucho más popular. ¡Hics!

Sin embargo, Futurama, que nació del mismo cerebro que Los Simpson, añade matices a este axioma.

Hay un capítulo genial de Futurama en el que Fry, Bender y Leela deciden fabricar cerveza casera. En Estados Unidos, en el Reino Unido y en Bélgica esto es un pasatiempo bastante extendido: se pueden comprar "kits cerveceros", con la levadura y la malta en dosis ya preparadas, y en una cocina normal cualquiera puede elaborar con ellos una pequeña cantidad de cerveza casera (25 o 50 litros como mucho), dándole un toque personal y experimentando con técnicas de maestro cervecero. En Futurama aprovechan esa popular afición para armar un capítulo muy divertido donde son muy fieles al proceso real de producción de cerveza. El robot Bender se ofrece como cuba de fermentación, y en su carcasa va madurando el producto hasta que está listo. La gracia consiste en que, como la cerveza fermenta con levadura, Bender dice: "¿Levadura? ¡Oh, voy a tener un ser vivo creciendo en mi interior!". Y a partir de ese momento, la elaboración de la cerveza se vive como un embarazo, durante el cual Bender engorda como si estuviera preñado de verdad. La extracción de la cerveza se narra como un parto.

En fin, seguro que hay muchos más ejemplos. Las pelis de irlandeses dan mucho juego: vean El hombre tranquilo, por ejemplo, y aprecien con qué mimo se tiran las pintas de cerveza stout en el pub. En literatura no se me ocurren muchas más referencias, la verdad, pero agradecería que compartiérais aquí las que vosotros conocéis.

14/08/2008 19:28 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 8 comentarios.

¿MIEDO AL SEXO?

Lo pensaba mientras leía la última de Belén Gopegui, pero no es algo privativo de esta escritora, ni muchísimo menos. ¿Qué coño les pasa a algunos narradores con el sexo? ¿Por qué no saben integrarlo en sus textos con naturalidad? ¿No habíamos quedado en que ya no teníamos remilgos, en que los novelistas podían (debían) dejar su pudor a un lado y escribir follar, polla, teta, mamada, corrida y todo el léxico necesario? ¿Por qué les resulta tan difícil todavía hoy a algunos escritores narrar con corrección (no ya brillantez) una escena erótica? ¿Somos Julio Espinosa y yo los únicos que pensamos que la literatura es algo carnal, y que si hay sexo en las páginas, el escritor tiene que esforzarse por ponerte cachondo?

En las últimas semanas he leído tres enfoques muy distintos en dos escritoras y un escritor. Una, Zadie Smith, se muestra natural, vivaracha y genuina. Lo he contado más abajo. Tiene dos polvos magistrales en Sobre la belleza, perfectamente insertos en la acción, que la hacen avanzar y ayudan a comprender mejor a los personajes. Están narrados sin elipsis ni acelerones, pero tampoco con el detallismo aburrido del porno. Tienen su justo tiempo, y en el léxico no hay eufemismos: los coños no son oquedades, y las pollas no son enhiestas virilidades. Otro inglés, Nick Hornby, en Alta fidelidad, directamente pasa del sexo. Justo cuando va a empezar el mambo, se aprovecha del subterfugio del narrador en primera persona para achacar el pudor a su personaje y, como en las pelis ñoñas de los años 40, pasa del primer beso apasionado al desayuno de la mañana siguiente, raccord mediante. Recurso elegante, pero muy visto.

Pero el que más me ha llamado la atención es el de Belén Gopegui, porque ejemplifica un vicio muy extendido incluso en autores supuestamente liberados sexualmente. El lector va paseando por las páginas de El padre de Blancanieves. Podrá gustar más o menos, pero reconoces un estilo, una intención, un ritmo. Vas reconociendo sus rasgos, te acostumbras a caminar por el libro con la cadencia que le impone su autora, hasta que a dos personajes les toca meterse en la cama. Entonces, todo empieza a chirriar, todos los rasgos y el ritmo narrativo que ya creías reconocer echan el freno y, en lugar de la voz de Gopegui, asoma Corín Tellado, como si el censor la hubiera pegado allí. Emplea frases como "me sentaré despacio sobre su excitación". La página se llena de incomprensibles eufemismos repipis, cacofónicos: "Apenas el cuerpo ajeno excitando la excitación que ya sentían", "la volvía loca de placer con su boca"... El verbo se oxida, se siente incómodo, se retuerce y saca al lector del libro. ¿Por qué pueden narrar un viaje en autobús y no saben narrar un polvo? Si en el viaje en autobús, el autobús se llamaba autobús, y no "metálico cajón de deseos deslizándose por una cinta de promesas", ¿por qué los personajes no follan igual que viajan en autobús?

No me voy a poner freudiano. No creo que esto implique necesariamente que los autores que sufren este mal tengan una relación problemática con el sexo. No tiene nada que ver. Creo que la cosa está más relacionada con una falta de educación lectora, con la mala asimilación de una tradición y con pereza a la hora de enfrentarse a retos técnicos complejos. Porque un lector medio se encuentra a lo largo de su vida lectora con muchos viajes en tren, muchos paisajes campestres, muchas mañanas de domingo, muchas noches de jarana y muchas conversaciones en patios sombreados. Tiene un amplio surtido de referencias técnicas literarias para atacar en un texto esas situaciones. Pero, ¿cuántos polvos buenos se encuentra? Buenos de verdad, de los que te acaloran. Para aprender a narrar una escena de sexo, como para cualquier otra situación, los escritores recurren a la tradición, para seguirla o para romperla. Hay que aprender sus técnicas narrativas para saber cómo llegar al lector. Y los buenos polvos de la literatura no están en Galdós, ni en Dostoievski, ni en Tolstoi, ni en El Quijote. Los buenos polvos, los que pueden enseñar algo de técnica a un escritor, hay que buscarlos en el Marqués de Sade y en esa tradición erótica que siempre se ha considerado menor y que, por regla general, no se enseña en las universidades ni está al alcance de los adolescentes en las bibliotecas de sus papás. Vamos, que hay que currárselo, salir de las avenidas y callejear por sitios que no aparecen en las guías turísticas.

La tradición latina, por ser católica e inquisitorial y vivir más obsesionada con lo prohibido, es mejor que la anglosajona para iniciarse en esto. Ya en el siglo XIV circulaba en Castilla El libro del buen joder, y desde entonces se ha generado una rica y prácticamente desconocida tradición erótica que culmina en el siglo XX con la colección La sonrisa vertical, que al fin da carta de naturalidad (que no de naturaleza) al género. Ahí es donde tiene que picotear el escritor que quiera hacer creíbles sus escenas de sexo, para que fluyan con naturalidad dentro de la acción y no parezcan pegotes incómodos y sin sentido. Pero el primer paso, y esto vale para cualquier aspecto literario, es perderle el miedo a las palabras. No hay nada peor que encontrarse una "vagina" donde el cuerpo pide un "coño", o un "pene" donde lo que apetece agarrar es una "polla", por no hablar de lo mucho que corta el rollo tropezar con un "seno", por muy "turgente" que sea, en lugar de una "teta" como dios manda o el bajonazo que le sacude a uno cuando "alcanza el orgasmo" en lugar de correrse.

Hágannos un favor y guarden los orgasmos y las vaginas para los folletos de orientación sexual y para las charlas de instituto. En literatura, las metáforas y los sinónimos sólo sirven si son más expresivos, coherentes o eficaces que la palabra a la que sustituyen. Usar la metáfora como eufemismo es, como mínimo, una muestra de impericia y un fraude, porque la metáfora está para mostrar y penetrar más. Para decir más, para revelar lo que el lenguaje al uso no consigue mostrar, no para ahorrarle incomodidades al escritor.

06/07/2008 14:17 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

LA CLASE MEDIA

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A Karl Marx le daba asquito. La asimilaba a los campesinos y le negaba carácter de clase (sin conciencia, no hay condición). Burgueses venidos a menos o proletarios enriquecidos, resumía lo peor de ambas clases sociales: el servilismo del desheredado y la ambición depredadora del capitalista. Desde sus cálculos estratégicos, suponía un escollo para la revolución: no se unirían a ella porque no se les podía aplicar la primera parte de la sentencia que cierra el Manifiesto comunista: "Los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas; tienen, en cambio, un mundo que ganar". Sí, con la revolución podían tener un mundo que ganar, pero, a diferencia de los proletarios, sí tenían algo que perder más allá de sus cadenas. Poca cosa: un pisito a medio pagar, un coche monovolumen y quince días en la playa en agosto. Fruslerías, migajas que el gran capital les había arrojado para mantenerles quietos en sus casas y no secundar a los sans-culottes. Es más, unas fruslerías lo bastante jugosas incluso para disparar sobre los sans-culottes que las amenazan.

Marx puso el dedo en la llaga y, desde entonces hasta hoy, ningún revolucionario o aspirante a ha sentido más que el obligado desprecio por la clase media: aburrida, conformista, temerosa, desquiciada, aterrada por la perspectiva de que un revés en Wall Street la hunda en el fango. Ya ha sucedido. Ya han visto muchas veces que cuando una economía se va a la mierda, los pobres pasan a ser menesterosos, y ellos pasan a ser pobres. Hay todo un imaginario que les presenta como alfeñiques, arrugados ante los jefes, dispuestos a cualquier bajeza para mantener su precario estatus y con una obsesión por tener hijos ingenieros, médicos, abogados, que se aseguren una posición sin turbulencias. Son los padres de Mafalda, a los que Mafalda desprecia. Ansían el ideal de democracia soporífera que les vendió Churchill: no quieren más aventuras que las de Estudio Estadio los domingos.

Con este imaginario y su obligada némesis (el punk, los obsesionados por arriesgar, romper y liquidar, los hijos garbanzos negros que al final vuelven al redil) se puede historiar el mundo occidental desde la Revolución Francesa hasta 1989. Doscientos años limpios con un imaginario prístino, unas fuerzas sociales identificadas, unos objetivos vitales claros. Luego vinieron los años del fin de las ideologías, donde todos pertenecíamos a esa aborrecida clase media. Triunfante al fin, sin complejos, sin tener que pedir perdón al proletario por no tener callos en las manos. El tema se desplazó a un segundo plano en los grandes discursos literarios. Se esfumó un tiempo. Los narradores se preocuparon por otras cosas, venían nuevos retos que afrontar. ¿A quién coño le interesaba escarbar en un imaginario resobado, lleno de lugares comunes, agotado por el certero pero inane vómito punk?

Pero el eco de 1989 se ha apagado. El triunfalismo neoliberal, la prepotencia europeísta y la chulería de los nuevos economistas se han ido acallando, y de su silencio resurgen el desdén y la desazón. El mundo occidental vuelve a sentir el cosquilleo de la psicosis y, como siempre ha hecho, corre asustado en busca de relatos que le reconforten. O que le aclaren, porque escribir y crear es una forma de buscar esa claridad.

Vuelve la clase media, señoras y señores. Lleva unos años con nosotros, y la última novela de Belén Gopegui es un ejemplo de ello. En El padre de Blancanieves Gopegui retoma algunos tópicos novelescos sobre el tema y los actualiza. Vuelve a Goethe, vuelve a ese Fausto que escribe en medio de la noche, justo antes de que aparezca Mefistófeles: "En el principio, era la acción". Consciente o inconscientemente, Gopegui hurga en ese tópico literario en una novela muy irregular que habla de las habitaciones de la clase media, de la incapacidad de cambiar no ya el mundo, sino la propia vida, de la culpa y el autoengaño.

Lo hace con una estructura coral, con muy poquita acción y mucha charla entre bastidores, con personajes un poco arquetípicos, algo rígidos, que van enfocando distintas aristas del poliedro. El poliedro es la clase media y sus mezquindades, sus miedos, sus culpas.

El problema de El padre de Blancanieves es que es una novela que funciona mejor como ensayo. Ni siquiera es una novela de tesis (algo insoportable para un lector del siglo XXI, al menos, para un lector inteligente con un pelín de bagaje a cuestas). Gopegui no ha sabido o no ha querido construir una narración literaria que funcione como tal: no hay voces reales, suenan impostadas, porque lo que realmente quiere hacer Gopegui es una aproximación cuasiteórica. Quiere una "teoría de la clase media" o un "informe de la clase media", por utilizar su terminología, pero no quiere hacer una novela de la clase media. Una lástima, porque si se hubiera decidido por tirarse a la piscina y construir una verdadera novela, habría ahondado mucho más. Ya decía Sábato que la novela alcanza a decir todo aquello que los tratados filosóficos no pueden aprehender. Las buenas novelas llegan más allá de donde los filósofos se encogen de hombros y se dan media vuelta.

Ojo, pero conviene no despachar alegremente El padre de Blancanieves, porque si como novela no funciona, leída como ensayo novelado llega a ser estimulante y revelador en ocasiones. Pero como ficción literaria hace aguas. Todo es cuestión de acercarse al texto con el talante adecuado.

Como narrador actual de la clase media me interesa mucho más un desasosegante individuo que este fin de semana ha estrenado (o reestrenado) peli: Michael Haneke. A Haneke le ocurre lo contrario que a Gopegui: que cuando se pone reflexivo y "ensayístico", aparece plúmbeo, coñazo y previsible  (ejemplo: El tiempo del lobo, desde mi punto de vista, un tropezón en su carrera que solventó en su siguiente y magistral peli: Caché), pero cuando se dedica a contar historias sin dar explicaciones ni ponerse a meditar, te atiza una descarga en la médula espinal.

Ahora estrena la versión americana de su mejor peli, Funny Games. No es una versión, es una copia plano por plano de la peli que rodó en Austria en 1997, pero para el público americano, con actores americanos que hablan en inglés. No la he visto, pero la crítica dice que no hay diferencia alguna, que es un calco perfecto.

Funny Games es la película más salvaje, inquietante e incomprensible de la filmografía de Haneke. Por encima de Code Inconu y de sus producciones austríacas anteriores. Sin ser explícitamente muy violenta, es probablemente una de las películas más violentas y desagradables que se puede encontrar un espectador. A alguien especialmente sensible, le puede helar la sangre esa orgía de sadismo de dos horas de duración.

No destriparé nada del argumento, no preocuparsen.

Lo que plantea Haneke en buena parte de su filmografía es: ¿qué pasaría si los miedos -a veces patéticos, paranoicos- de la frágil y desquiciada clase media se hicieran realidad? ¿Qué pasaría si, tal y como ocurre en sus peores pesadillas, suena el timbre y, al abrir la puerta, el horror puro entra en casa? ¿Cómo reaccionaría esa clase media que aparenta tenerlo todo controlado ante la irrupción material de sus propios temores?

Haneke fuerza el sadismo, se lanza en picado, sin concesiones. Nos planta la pesadilla en la cara sin edulcorar, sin esbozar una causa, sin camuflar la gratuidad del horror. Es más, en Funny Games se burla de quienes piden a gritos una explicación, de quienes le preguntan al torturador por qué le tortura.

Pienso que Haneke es austríaco, y pienso en su afinidad con otra escritora austríaca, de quien ha adaptado una novela, Elfriede Jelinek. Jelinek es una mujer con serios transtornos mentales que vive recluída en su casa y que ni siquiera acudió a recoger el premio Nobel. Y si pienso en Austria, pienso en Natascha Kampusch y en el monstruo de Amstetten. Y, por supuesto, pienso en una sociedad (de clase media) desquiciada, recocida en sus miserias suburbanas, atravesada por sus propias pesadillas.

La clase media ha vuelto como objeto y tema narrativo. Y no sólo en estos niveles: hasta en la tele, de donde nunca se ha marchado, la clase media es objeto de revisiones. Desde Allan Ball y American Beauty, la cultura popular americana anda rondando algunas inquietantes certezas sobre las urbanizaciones y la quietud de los chalets. Ahí está Mujeres desesperadas y A dos metros bajo tierra. Más actuales, Weeds o incluso Dexter, aunque ésta no se centre en el núcleo familiar como problema.

Vamos, que el tema preocupa. Y eso es porque la crisis se huele desde hace años.

05/07/2008 20:01 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

MUCHO QUE APRENDER DE ZADIE

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Las madrugadas de esta semana, además de formar corrientes con las ventanas abiertas de la casa, he refrescado mi sesera con la adictiva lectura de Zadie Smith, autora a la que me resistía a hincar el diente. Por prejuicios estúpidos, la verdad: basta con que Babelia y Granta ensalcen a alguien para que a mí me mosquee y rehúya sus libros. Pero, gracias a la insistencia de Cris, declarada fan suya, me he metido al fin en su universo, a través de su segunda novela, Sobre la belleza, de 2005.

Mientras la leía, no se me iba de la cabeza un párrafo que le leí hace poco al gurú español de los críticos posmodernos, Vicente Luis Mora. En una conferencia que pronunció en Málaga y que tiene colgada en internet, dijo:

Es curioso que las mismas personas que reivindican tecnología punta para su coche, que exigen ciencia de primera y tecnología punta para el tratamiento contra el cáncer de su esposa, que buscan en la farmacia tecnología punta y medicamentos de última generación para sus males, se conformen luego culturalmente con producciones culturales anacrónicas, desfasadas, deslegitimando la vanguardia como concepto y las creaciones de tecnología literaria punta. Es contradictorio que personas que lleven un móvil tribanda en el bolsillo y se comunican por correo electrónico lean novelas con tecnología del siglo XIX, como si intentasen echar gasolina a un carro de heno.

Los vindicadores de la postmodernidad me recuerdan a veces a los futuristas de comienzos del siglo XX: flipados con la velocidad y con los coches de carreras. Está muy bien el símil de Vicente Luis Mora porque muchas veces parece que valoran las novelas como si fueran coches: solo las tienen en consideración si su tuneado sigue el canon de no seguir el canon: "Ey, tío, lee este libro, que está tuneao de puta madre, es un flipe". Para ellos, la innovación no es una herramienta de construcción literaria, sino un fin en sí mismo. No importa la obra en sí, sino la cantidad de rupturas de la narratividad "al uso" que incorpora. He aquí el absurdo: romper la norma es una norma obligada. En ese sentido, Zadie Smith ha de ser por fuerza una novelista despreciable a sus ojos.

También lo era un poco a los míos, he de reconocerlo. De los autores contemporáneos yo espero que me lo pongan un poco difícil, que no se les ocurra darme las cosas mascadas, que me enseñen nuevas perspectivas de las mismas historias. Porque asumo que la literatura como búsqueda de historias nuevas se agotó en Homero. Desde entonces, los escritores no han hecho más que buscar nuevas formas de contar las historias que ya narró aquel ciego. Formas que sean capaces de llegar al corazón de sus contemporáneos. Eso lo entendió perfectamente otro ciego, Jorge Luis Borges.

Sobre la belleza, en apariencia, no satisface esa necesidad. Se despliega como una novela con cierto aire victoriano. Huele a Brontë, a tradición clásica, a pulcritud de buena narradora empapada de literatura anglosajona. Como probablemente le echaría en cara Vicente Luis Mora, en Sobre la belleza hay correos electrónicos y teléfonos móviles, pero aparecen insertos en una tecnología literaria "obsoleta", que no se corresponde con la contemporaneidad de su argumento. Disociación de tema y forma. Quizá. Para ser postmoderna, Sobre la belleza tendría que haberse construido sobre textos de mails, mensajes sms y fragmentos de blog.

Pero cuando vas deslizándote suavemente por las páginas, los personajes y su mundo te van envolviendo muy sutilmente. Una extraña forma de empatía va creciendo en tí, hasta que te das cuenta de que Zadie te ha atrapado con sus artes de narradora. Entonces recuerdas por qué en el origen de los tiempos, los chamanes y los contadores de historias eran una misma persona: porque el contador de historias tiene un poder de encantamiento. La barrera brechtiana se rompe con facilidad, y en seguida te ves en medio de esa universidad petulante de Nueva Inglaterra, viviendo con esa cuadrilla de sentimentales hipócritas que ven cómo su vida, su cosmovisión, sus convicciones y lo que ellos creían saber sobre el mundo se va a la mierda sin remedio en una edad en la que ya no están para inventarse un lugar en el mundo nuevo.

Y entonces aparece la complejidad del artefacto narrativo, que hasta ese momento ha pasado desapercibida, porque es una maquinaria de relojería muy sutil que funciona entre tramoyas, lejos de la vista del lector. Es decir, que no es uno de estos libros con las tripas pornográficamente abiertas, que más que una lectura piden una disección. Zadie es pudorosa, y ha recubierto de buena literatura sus técnicas de ilusionista. Ahí aparecen, al menos, tres niveles de lectura, que hacen de Sobre la belleza un libro total, capaz de llegar al corazón de cualquier tipo de lector. Y, en ese sentido, recuerda un poco a una autora española que construye novelas parecidas: Almudena Grandes.

El primer nivel de lectura es el lineal, el que busca el lector que sólo quiere entretenerse con una buena historia. Las andanzas de los Belsey en un momento muy delicado de su vida, cuando una crisis matrimonial se junta con el descubrimiento iniciático de sus tres hijos, ya mayores y recién metidos en la universidad (salvo Levi). Las historia tiene suficiente fuerza por sí misma para acompañar al lector más distraído hasta el desenlace sin que este se descoyunte del esfuerzo.

Hay un nivel de lectura un poco más profundo y político-social, que habla de la contemporaneidad de la trama: Sobre la belleza es una novela sobre la parálisis de la intelectualidad estadounidense curtida y crecida en los valores contraculturales de los 60 y que se da cuenta de que los esquemas sobre los que ha cimentado su vida no sirven para enfrentarse al mundo post 11-S. No saben enfrentarse a la acometida de los neocon, no entienden el auge de los fundamentalismos religiosos y deciden recluirse en la cómoda e irreal universidad, donde las cosas todavía funcionan de acuerdo a su concepción del mundo. Sin embargo, el mundo real también se cuela en sus despachos y en sus aulas. Un mundo resquebrajado les exige una respuesta y ellos no saben ni qué cara han de poner ante los nuevos tiempos. Zadie Smith aborda esta cuestión mejor que muchos ensayistas. Otros temas aparentemente más explícitos, como el conflicto racial negros-blancos, la lucha de clases o el conflicto generacional, sólo aparecen bosquejados, sin alcanzar profundidad en la trama.

Por último, hay otra lectura todavía más profunda, de carácter estético-filosófico-literario. Como en una caja china, dentro del discurso de la novela hay otro discurso subterráneo, el que Howard, el protagonista, mantiene con sus teorías estéticas (de ahí el título). Es el núcleo duro de la novela, la concepción primigenia que permite desarrollarla. En Sobre la belleza se invita a una reflexión, inserta en la trama y habitual en los ensayos sobre arte contemporáneo, sobre la belleza. Sobre la subjetividad de la mirada y la capacidad de algunos de hacer objetiva esa subjetividad, sobre el desamarre del canon, sobre la verdadera ruptura de las convenciones, pero una ruptura íntima y nacida de las entrañas, despojada de esnobismo. La belleza como reconocimiento de uno mismo. Hay dos polvos memorablemente narrados en la novela, donde Zadie Smith pone a prueba sus excepcionales dotes técnicas como escritora. Los dos están narrados desde el punto de vista del hombre, lo que añade más mérito al oficio de Smith (creo que la mayoría de los polvos de la literatura universal no son más que fantasías sexuales de su autor: Smith se mete en la piel de un hombre desgraciado y construye algo significativo y valioso para comprender el libro, sin perder por ello la capacidad de poner cachondo al lector). Uno es con una joven negra veinteañera despampanante. El otro, con una negra muy gorda y menopáusica. ¿Cuál de los dos polvos es el que llena al hombre? ¿Cuál de los dos le acerca más a ese ideal platónico de belleza? Obviamente, el de la negra muy gorda y menopáusica. Hace falta tener una técnica muy depurada y un talento muy afilado para lograr ese efecto.

En fin, que Zadie Smith no es una ingeniera literaria, no construye artefactos de tecnología literaria punta, pero hace algo mucho más importante: es honesta, respeta a los personajes y respeta la inteligencia del lector, y sabe poner su talento y su pericia literaria al servicio de la obra, aunque eso implique un aparente "deslucimiento" formal. Hay mucho que aprender de Zadie.

29/06/2008 14:13 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

UN CHILENO VARADO EN LA CIUDAD

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No sé si he mencionado aquí alguna vez a Julio Espinosa, un poeta chileno que se ha hecho un hueco en esta dura Zaragoza en la que ha recalado por amor. Es un tipo sorprendente dentro del mundo literario, porque cuando hablas con él lo que más le interesa es la literatura, algo muy poco común entre los letraheridos. A Julio le interesan las palabras, el estilo, los significantes ligados a los significados y la capacidad de un texto para emocionar y provocar espasmos de rabia o de placer en el lector. Y eso es muy raro, porque cuando los escritores alternan suelen hablar de:

a) otros escritores a los que ponen a caldo.

b) los editores, en tono laudatorio o increpante, según el trato que hayan recibido por ellos.

c) de sí mismos, de su mismedad, de su grandísima mismedad y de su gloriosa y genial mismedad, que les lleva a descoyuntarse el cuello en un empeño por tener siempre en la punta de la lengua la frase más ingeniosa, la maldad más refinada o la broma más atrevida, todo sea por dejar claro quién merece todas las miradas.

d) de sus amigos, que tanto les quieren y tanto amor reciben, y tantas copas pagan.

e) si hay un periodista delante, de los medios que no aprecian y maltratan la literatura (es decir, que no aprecian y maltratan "su" literatura y la de sus amigos) y de los periodistas que sacan de contexto sus frases y hacen preguntas estúpidas en las entrevistas ("no lo digo por tí, querido", añadirán).

(Para ser justos, deberíamos anotar que esto es un cliché de trazo muy grueso y que gallos de corral hinchados de plumas los hay en todas partes y en todas las profesiones, pero ser justos es un rollo. Pongan ustedes nombres propios a las excepciones a estas normas que me acabo de inventar. A mí, sin pensarlo mucho, se me ocurren una docena).

De literatura, se habla poco. A alternar se va a hacer negocios, a engatusar a un editor, a colocar a un amigo en tal sitio, a asegurarse una buena crítica... Son agotadores, porque están trabajando constantemente, evaluando cada frase que se pronuncia, calculando los réditos que se le puede sacar a una conversación, viendo si pueden salir de la velada con un trabajito o con alguna promesa. Como todos los juegos de seducción, cansa mucho al seductor y al aspirante a seducido, por eso, para las personas que tendemos a la asociabilidad y no sabemos nadar en esas aguas, entablar amistad con gente como Julio es muy gratificante.

Julio tiene un alma despreocupada. No es, ni mucho menos, un bohemio, pero vive ajeno a las preocupaciones pequeño-burguesas que nos afligen a la mayoría. Desde que dejó un seguro, cómodo y bien pagado puesto como profesor de literatura en Chile, no persigue el oro y tiene un cierto aire de asceta. Sus ambiciones no son pecuniarias, sino exclusivamente literarias. Más que vivir "de" la literatura, aspira a vivir la literatura, aunque eso implique algunas renuncias. Quiere triunfar en las letras, pero eso no quiere decir que persiga un reconocimiento rápido ni escalar los puestos de ventas. Lo que quiere es más sutil, más complejo y más difícil de conseguir que una cuenta corriente holgada: quiere desarrollar su obra con libertad.

Por eso, en 2001, aterrizó en Madrid sin papeles, con todos sus ahorros, un libro de poemas publicado, una novela manuscrita sin publicar -que escribió con 22 años y nadie lo diría- y el propósito irrenunciable de hacerse escritor. Ahora vive de los aledaños de la literatura (fue lector en Tusquets y ahora dirige la delegación zaragozana de la Escuela de Escritores), pero antes publicó la novela, El día que fue ayer, que llegó a ser prefinalista del Herralde, y sacó unos cuantos poemarios. Hace poco estuvo en Chile y en Perú presentando la edición chilena del último de ellos, NN. Desde hace cosa de un año, el amor le ha dejado varado en esta ciudad pre Expo, y unos cuantos privilegiados hemos podido disfrutar de su conversación y de su sapiencia.

Hay tres cosas que me gustan de su poética y de su obra en sí: su pulcritud y precisión léxicas, su odio visceral por el lugar común y su empeño por ahondar en el significado profundo de las cosas, sin concesiones a la "literatura de señoras que toman té", como él dice. En muchos aspectos, es casi juanramoniano, pero a la que te descuidas aparece Bukowski.

La novela El día que fue ayer, publicada por una editorial chilena en 2006, tiene todas esas cosas. En ella lucha con los fantasmas de la memoria doliente de su país con una estructura casi coral, polifónica, sin derivaciones nostálgias, que va directa al corazón de la frustración y del dolor. El reverso tenebroso de Isabel Allende, una reflexión sobre la dictadura y la violencia sin el espectro de Víctor Jara.

Puede que Julio tenga poco que hacer. A un lado, tiene a Dan Brown y las novelas de templarios que dominan el panorama editorial, y en el lado "esteta" o cool, la "generación Nocilla", para cuyos miembros, las preocupaciones estéticas y éticas de Julio suenan a chino cantonés. Quizá es mejor así. Puede que siendo un outsider consiga hilvanar su obra sin prisas ni tejemanejes. Al fin y al cabo, Julio es de esos literatos que entienden que un escritor, básicamente, se dedica a escribir.

¿Que por qué este largo homenaje a Julio? Porque, aparte de todo lo que llevo dicho, que no es poco, es un tipo generoso, que me ha ayudado bastante y me ha dado algunas claves que, quizá, por mí mismo jamás hubiera encontrado. Hay que ser agradecido con quien te enseña caminos que no sabías que pudieras recorrer.

03/06/2008 00:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

POETASTROS

"¿Y que. no te animas?", me dijo un poeta una vez. Se refería a si no me animaba a escribir poesía. "Hay unas jornadas poéticas en... Ah, me olvidaba, ya sé que a tí la poesía ni fu ni fa", me dijo el otro día un amigo que está preparando el que creo que será su quinto poemario. Qué manía tienen algunos con atribuirme una poemofobia que no padezco.

Sí, lo reconozco, soy un mal lector de poesía. He tenido mis momentos, y hubo un tiempo en el que leí con gusto y me dejé guiar por esos mundos hasta rincones fantásticos, pero sigue habiendo muy poca poesía en mi biblioteca y en mi vida. La narrativa y el ensayo consumen el espacio y el tiempo, y sólo en épocas fugaces e imprevisibles me pierdo en los versos, pero no sigo las tendencias y apenas cato unos pocos nombres de los nuevos valores. Soy fundamentalmente prosaico, en todas las acepciones, aceptadas y figuradas, del término, pero de ahí a decir que la poesía me resbala o no me gusta... Comparto plenamente el aserto de Jorge Lozano -semiólogo discípulo de Umberto Eco a quien tuve de profesor en la universidad, allá por el Neolítico-, que decía: "Un mal entendido pudor democrático impide que las personas que dicen que no les gusta leer poesía sean internadas en campos de concentración".

Leo poesía, señores rapsodas. No vorazmente, pero la leo. Y a veces, algún poeta consigue reblandecer mi corazón de amianto, aunque he de reconocer que me llega mucho más hondo cantada que leída. Otra cosa muy distinta es que me haya planteado alguna vez escribirla. Jamás. Respeto demasiado la poesía como para enfangarla con mis manos torpes. Soy un chaval de barrio con un alma sin pulir. Y quizá eso fuera un valor añadido a mi voz si me decidiera a dar el paso, pero no lo sabré nunca. Les seguiré admirando desde la barrera.

Llamadme demodé, pero una de mis poetisas preferidas es Sylvia Plath. Me emociona su voz tan queda, esa angustia que parece siempre a punto de romperse, esa tensión tan sutilmente eléctrica que recorre sus composiciones. Los nervios a punto de desquiciarse en La visita a la sala de cadáveres y en el resto de poemas de El coloso.

Un tipo muy interesante e inclasificable que a mí me encanta y que se llama Ryan Admas le dedicó una canción que dice así:

I wish I had a Sylvia Plath
Busted tooth and a smile
And cigarette ashes in her drink
The kind that goes out and then sleeps for a week
The kind that goes out on her
To give me a reason, for well, I don’t know

And maybe she’d take me to France
Or maybe to Spain and she’d ask me to dance
In a mansion on the top of a hill
She’d ash on the carpets
And slip me a pill
Then she’d get pretty loaded on gin
And maybe she’d give me a bath
How I wish I had a Sylvia Plath

And she and I would sleep on a boat
And swim in the sea without clothes
With rain falling fast on the sea
While she was swimming away, she’d be winking at me
Telling me it would all be okay
Out on the horizon and fading away
And I’d swim to the boat and I’d laugh
I gotta get me a Sylvia Plath

And maybe she’d take me to France
Or maybe to Spain and she’d ask me to dance
In a mansion on the top of a hill
She’d ash on the carpets
And slip me a pill
Then she’d get pretty loaded on gin
And maybe she’d give me a bath
How I wish I had a Sylvia Plath
I wish I had a Sylvia Plath

Permitidme que no la traduzca, que estoy vago. A cambio, os dejo el vídeo en directo:

 

 

Borrachera de ginebra, cenizas en la moqueta y en la bebida, salir por ahí y dormir una semana... Lo que sea para apaciguar lo que la devoraba y acabó con su cabeza en el horno. Lo que sea para que se hubiera ahorrado estos versos, escritos pocos meses antes de morir:

No use, no use, now, beggin Recognize!
There is nothing to do with such a beautiful blank but smooth it.
Name, house, car keys.

Es decir, más o menos, si no se me ha oxidado mucho el inglés:

No sirve de nada mendigar, ¡reconoce!
Nada se puede hacer con tan bello vacío salvo suavizarlo.
Nombre, casa, llaves del coche.

Nada se puede hacer con tan bello vacío salvo suavizarlo. ¿Cuántas veces habremos pensado eso al abrir los ojos por la mañana, antes de hacer el primer chiste del día?

30/05/2008 01:23 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

LA SANTA GUIOMAR

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He estado en Segovia porque tenía que mirar unos papelujos en el Archivo Histórico Militar y, de paso, me he oxigenado un poco con un paseo lejos de esta pre-expositiva y cargada ciudad.

Cuando vivía en Madrid me gustaba escaparme de vez en cuando a Segovia. Algunas veces iba acompañado, pero la mayoría de las excursiones las hacía solo. Siempre entre semana y llevando al hombro una vieja cámara reflex que todavía conservo en el rincón de las cosas fantásticas que ya nunco uso, supongo que al lado de mi guitarra desafinada. Sin madrugar en exceso, me cogía un cercanías en Chamartín que en dos horas de serpenteante traqueteo serrano me dejaba al otro lado del Guadarrama. Otras veces no llegaba a cruzar las montañas y me bajaba en Cercedilla, donde empalmaba con un tren de vía estrecha que sube hasta Cotos, pasado Navacerrada. Era el mismo tren que solía coger mi abuelo cuando se iba -muy a menudo, solo- a pasear por el Camino Smith. Hoy diría que mi abuelo era "senderista". Entonces, sólo era un andarín trotón.

Hacía años que no visitaba Segovia, y esta vez no he llegado en el tren renqueante, sino en un AVE supersónico que ha pasado por debajo de la sierra y me ha dejado en la estación de Guiomar, una nave desangelada a 10 kilómetros de la ciudad. No le hace justicia a la mujer que le presta el nombre, que se llamaba en realidad Pilar Valderrama y fue el verdadero amor de ese tipo pausado y soñoliento que fue Antonio Machado (otro andarín trotón obsesionado con los caminos).

Me ha gustado ese homenaje machadiano. Suena bien incluso cuando va pegado al nombre de la ciudad: Segovia-Guiomar. Me preguntaba si los turistas suecos y los argentinos que viajaban conmigo desde Madrid apreciarían lo evocador del nombre de la estación, pero luego me he dado una bofetada mental por cuestionar el bachillerato de mis compañeros de vagón y, de paso, me ha asaltado una reflexión sobre el santoral laico que ya se impone en muchos lugares.

Si ese santoral laico español existe -con todos los atributos que le son propios, con sus hagiografías, su liturgia, su iconografía, su milagrería y sus fanáticos devotos-, Antonio Machado tiene que ser el Santiago y cierra España. Aún diría más: Antonio Machado sería el equivalente de la Virgen del Pilar. Y Serrat, su profeta.

He pasado por delante de su casa-museo, pero no la he visitado. Me he quedado fuera mirando desde la cancela la estampa de Machado recortada en la ventana del primer piso, como si estuviera asomado a ella, y me he acordado de la casa de Bernardette en Lourdes (el lugar más espantoso del mundo después del autoservicio para autobuses de Esteras de Medinaceli). Efectivamente, como en Lourdes, estaba contemplando la casa de un santo, y las veces que me he plantado silencioso y solemne junto a su tumba en Colliure, he venerado unas reliquias de santo. Sin duda.

De repente, me ha parecido indigno. Tengo una propensión natural a recelar de los mitos, de las beaterías y de las cosas que no admiten debate. Me sigue gustando que la estación se llame Guiomar, pero ahora la veo como a una virgen, y para ser virgen, me parece a mí que folló y se rió demasiado. ¿Es que los humanos no sabemos recordar y homenajear sin caer en misticismos religiosos?

Esto me pasa por irme de excursión yo solo con un libro de Bruce Chatwin donde no para de preguntarse cosas. Maldito Chatwin, con lo tranquilo que yo vivía aceptando lo que dicen los manuales de literatura.

22/05/2008 21:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

VÍCTIMAS Y HUMANOS

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Hace un par de semanas, comiendo con un amigo profesor universitario que sabe mucho de estas cosas, recordábamos al cachondo de Enric Marco, aquel que se hizo pasar por víctima de Mauthausen, y de ahí divagamos un poco sobre cómo el estatus de víctima puede resultar cómodo y apetecible en el mundo actual. Lejos de estar silenciadas, las voces de las víctimas están por todas partes, hasta el punto de que sus relatos se han normalizado. "Fíjate en las historias de la dictadura argentina -me decía-: todas las sesiones de tortura están cortadas por el mismo patrón. La picana, el viaje sobre el océano...". Los tics de los relatos se repiten y se hacen muy predecibles. Por tanto, debe de resultar muy fácil fingirlos. Las falsas víctimas o las víctimas-actores estarán por todas partes.

Pensaba en esto el otro día cuando estrenaron la serie esa de Fago, que no tuve ocasión de ver, pero sí me dio para pensar en que todavía hay víctimas y víctimas. Cuando el relato está estandarizado y ha pasado al imaginario popular, hay muchas cosas que el público no acepta. Sin embargo, cuando la víctima no encaja en ningún modelo reconocible, parece que no tiene derecho a la dignidad de otras. Por ejemplo, si Fago, en lugar de ser un pueblo de La Jacetania, fuera una aldea navarra junto al Bidasoa, o una pedanía de Hernani, y el asesino, en lugar de haber sido candidato del PSOE, tuviera simpatías abertzales, ¿a alguien se le habría ocurrido hacer una serie como la que se ha planteado? ¿Se le daría al asesino (presunto, pero confeso) el trato que se le está dando a Santiago Mainar?  

Resulta curioso, porque quienes contribuyen a esa literaturización de las víctimas son más bien los medios y las propias víctimas al plantarse y reclamar la dignidad que merecen. La literaturización de los asesinos, sin embargo, corresponde más a los narradores. Al fin y al cabo, son personajes más atractivos, dan más juego. Las catas literarias que se hacen en el universo de las víctimas son menos ricas y se quedan generalmente en esa imagen superficial que todos reconocemos. Y es normal: un asesino permite una exploración más profunda y deja libertad al explorador para recrearse en su ambigüedad, en sus aristas, en sus pozos. A la víctima no se la puede remover mucho literariamente, porque en cuanto el narrador rebasa la línea del tópico socialmente aceptado, puede meterse en un jardín muy escabroso: cuestionar la validez del tópico puede interpretarse como un intento de violar a la víctima por segunda vez.

Por eso son interesantes los autores que se atreven a rasgar esa cortina e insinúan mundos más turbios. Mundos que nos dicen que las víctimas son, efectivamente, personas, y como tales, difícilmente encajan en un molde rígido. Lejos de maltratarlas, lo que hacen los autores que se atreven a dar ese paso es devolverles la humanidad que perdieron. Porque la condición de víctima inevitablemente cosifica, y nosotros no estamos preparados para empatizar con los objetos. A una víctima, la compadecemos. A una persona, la comprendemos.

Carlos Gamerro traspasa esa línea en esta novela monumental y psicotrópica a ratos, con más de 600 páginas: Las islas. Uno de sus personajes es una víctima de la dictadura argentina, y su historia transcurre por los raíles establecidos: la militancia, el secuestro a la salida de la facultad, la picana, las violaciones, la amenaza de subir a un avión y dar un paseo sobre el Atlántico... Pero hay un momento en el que esta salmodia previsible y reconocible se quiebra, y la víctima adquiere unas dimensiones humanas casi más siniestras que las del propio verdugo. La ambigüedad y los puntos oscuros acaban ganando a la claridad prístina de la víctima que, lejos de denigrarse, adquiere más contorno y nos dice más de la condición humana que cualquier cuento estereotipado.

14/03/2008 14:35 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

SUDOKUS LITERARIOS

(sigue el post anterior, después de una suculenta comida y una reparadora siesta)

Mario Vargas Llosa no es un escritor joven. Es millonario, liberal-derechoso en política, tiene un pelo estupendo y una vez se pegó con Gabriel García Márquez. Entiendo que los aficionados a la Nocilla me consideren algo así como un débil mental por recurrir a él como fuente de autoridad. Pero es que Vargas Llosa, otra cosa no, pero de literatura igual entiende algo. No digo que mucho, pero un poquito sí.

Otro de los defectos vargasllosianos es que su megalomanía le ha llevado a prologar y editar sus propias Obras Completas (en Galaxia Gutenberg), que viene a ser algo así como construirse un panteón en vida. Pero creo que alguien que ha escrito Los cachorros y La ciudad y los perros se puede permitir lo que le dé la gana. En ese prólogo, que es una pieza muy interesante y un punto autocrítica, Vargas Llosa dice lo siguiente (es un pelín largo, pero merece la pena):

"Entre las muchas tentaciones que debe enfrentar un escritor, acaso la de la 'forma' sea la más corruptora y, también, la más difícil de resisitir. Porque ella halaga el instinto más potente en quien dedica su vida a inventar historias: el amor por las palabras, ese medio que es también fin, placer en sí mismo, para quien escribe, alguien que, poco a poco, a medida que se hunde en el lenguaje y se deja llevar por esa sustancia sutil y sensual con la que entabla una relación entrañable y gozosa, erótica y mística, empieza inevitablemente a sentir esa ambición -esa utopía- que Flaubert describió tan bien en una de sus cartas a Louise Colet: 'Lo que me parece hermoso, lo que me gustaría hacer, es un libro sobre nada, un libro sin dependencia exterior, que se sostendría a sí mismo por la fuerza interna de su estilo, como la tierra se tiene en el aire sin que nada la sostenga, un libro que casi no tendría tema o cuyo tema sería invisible, si ello es posible'. A veces, algunos grandes creadores que sucumbieron a esta tentación de escribir un 'libro sobre nada' (...) han producido obras maestras casi ilegibles, en las que, en efecto, la maestría verbal ha sido artísticamente depurada hasta el extremo de que las palabras existen en ellos para no decir nada fuera de ellas (...), desasidas de 'un tema' -unos personajes, unas tramas, unas anécdotas, un discurrir- que ha quedado enterrado bajo la abrumadora belleza de la expresión. Esos libros que son lenguaje puro han revolucionado a veces el arte de contar, pero, paradójicamente, no son ellos mismos buenos ejemplos del arte de contar, porque en las historias logradas la forma es más eficaz y mejor mientras más invisible es y, gracia a ello, resultan más atractivas y persuasivas las ocurrencias de la historia. Hasta ahora, en su milenaria tradición, el lenguaje no ha sido todavía un personaje interesante, ni el orden narrativo un protagonista cuyas andanzas emocionen al lector".

Mucho más sangrante es el caso de los que no son grandes escritores y, creyéndoselo, se dedican a juguetear con el experimentalismo para esconder su falta de talento y oficio. Siempre se dice que Picasso tuvo que aprender a hacer bodegones como los del Barroco para poder llegar al cubismo después, pero hay mucha gente empeñada en meterse directamente en el cubismo sin pasar por Rafael.

Vista esta larga cita de Vargas Llosa -que se puede desacreditar diciendo que sólo encubre con argumentos estéticos su vocación de escritor comercial-, creo poder dar la vuelta al párrafo de Verdú y concluir que los escritores con vocación creadora de sudokus son los que, efectivamente, en lugar de escribir novelas, pergeñan sudokus literarios más o menos sofisticados. Los trucos de magia pueden ser entretenidos, pero a mí me interesa más la literatura. Llámenme antiguo.

08/03/2008 17:47 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

EMPACHADOS DE NOCILLA

La Nocilla es muy empachosa. El otro día en Málaga, una amiga nos llevó a una tetería y a mí me dio por pedirme un batido de chocolate (chic que es uno a pesar de las barbas). No me fijé en que el chocolate llevaba también avellanas, y no pude dar más de dos tragos. Aquello era empalagoso hasta decir basta. Como beberte un bote de Nocilla.

Lo digo como advertencia, porque parece que el grupo Prisa viene dispuesto a meternos litros de Nocilla con embudo. Al menos, eso se deduce de los dos paginones (con bendición arzobispal de Vicente Verdú incluida) que dedicó ayer viernes a la "generación Nocilla", bautizada así por el Nocilla Dream de Agustín Fernández Mallo. Por cierto, que hay que adentrarse en la fronda del texto para enterarse de que tal despliegue apologético obedece al fichaje de Fernández Mallo por Alfaguara, a la sazón empresa del grupo Prisa, que también posee (oh, casualidad) el diario El País. El redactor no menciona esta comunidad de intereses en el reportaje, transgrediendo lo que dice el Libro de Estilo de su periódico al respecto.

Pero en fin, no nos pongamos quisquillosos. Me parece estupendo que Prisa quiera promocionar a este grupo de autores "jóvenes" (qué elástica es la juventud, que alcanza la calvicie, las canas y la artritis de muchos miembros de la generación). La verdad es que me la trae al fresco. Que cada cual escriba lo que quiera, y si tiene la suerte de que una editorial con posibles se lo coloca en un sitio molón de las librerías, adelante con los faroles. Chapeau. Lo que de verdad me ha irritado ha sido el articulito de acompañamiento de Vicente Verdú .

¿Pero quién se ha creído este señor para decirle a los escritores lo que deben escribir y a los lectores lo que deben leer? Dice Verdú: "Lo propio de la literatura contemporánea sería aquello que la escritura y sólo la escritura puede decir en especial". Parece que Verdú ha olisqueado algún viejo tratado editado por Ruedo Ibérico y nos quiere vender la Nouvelle Roman como el no va más. Back to the 60's! Cogen cuatro ideas sobre postmodernidad, le quitan el olor a tabaco Galoise y a boina calada por la lluvia de adoquines parisinos del 68 y nos lo venden como el camino a seguir cuarenta años después.

Tampoco me parecería mal. Cada cual es libre de quedarse estancado donde buenamente le plazca y de creerse todo lo moderno que quiera, pero me repatea el tonito de suficiencia. Lean si no, el arranque del texto:

"Dos son las características que pueden indicar la falta de actualidad de una novela: a) que sea fácilmente adaptable al cine y b) que no pueda abandonarse la lectura sin llegar al fin. En el primer supuesto, habría sido preferible que el autor se empeñara en redactar un guión. En el segundo, parece claro que su vocación creadora se relaciona con los sudokus".

Y dos huevos duros. O sea, que si su historia es interesante, mantiene la tensión del lector y le conduce hasta un desenlace, usted no puede ser considerado un escritor. A lo más que puede aspirar es a entretener a amas de casa suburbanas y menopáusicas. Usted no es un escritor, amigo mío: es el repartidor de butano que da un repaso a las señoras mientras sus maridos trabajan.

Me cansan tanto estas sandeces... Ahora voy a buscar un texto de Vargas Llosa para el señor Verdú. Pero lo comentaré luego, que ahora voy a comer.

08/03/2008 14:23 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

LECTORES Y LECTORES

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Siempre hay varias formas de leer una cifra. Por ejemplo, el editor Gonzalo Pontón menciona en El País el dato de que "sólo" 15 millones de españoles leen libros de forma habitual y constante. Pontón subraya el adverbio "sólo", pero yo casi añadiría entre interrogantes: "¿tantos millones de españoles leen libros de forma habitual y constante?". Es decir, que aproximadamente el 35 por ciento de los habitantes de este país cuestionado y cuestionable son lectores gustosos. Pues no está nada mal, teniendo en cuenta que no hace ni medio siglo teníamos unas tasas de analfabetismo monstruosas y sólo llevaremos unos 20 años de universidad accesible para todos.

Otra cosa es que un editor lo vea en términos de mercado y perciba que hay un 65 por ciento de clientes potenciales españoles a los que no saca ni un triste euro. Deben sentirse como un empresario maderero ante una porción de selva amazónica protegida, o como el constructor de La escopeta nacional que decía: "Cada vez que paso por la Casa de Campo y veo todo ese terreno sin urbanizar, es que me pongo malo". Es comprensible que los editores quieran vivir mejor: los niños crecen, el chalet de Pedralbes se queda pequeño y es fastidioso alojarse en un hotel cada vez que se viaja a Nueva York cuando los ricos de verdad tienen apartamentos con vistas a Central Park. Es comprensible. Un traficante de drogas también lamenta que las adicciones a sus productos no alcancen al 100 por cien de la población.

Así que, por el lado comercial, se entiende el lamento. Por el lado cultural, no. A todas luces, somos un país más culto y leído. Hemos pasado de una minoría muy minoritaria de lectores al 35 por ciento de la población. Tampoco se puede pretender que esto sea como Alemania o Francia, que hace dos días Buñuel estaba asustando al mundo con las monstruosidades de Las Hurdes, de las que parece que nadie se acuerda.

Otra cosa es -y ahí los editores no se meten, porque lo suyo es vender, no juzgar gustos- qué lee ese 35 por ciento de españoles. Qué oferta hay a su disposición y qué prefieren. ¿Son lectores exigentes o escapistas? ¿Esperan algo de la lectura? ¿Les va más lo moderno o lo clásico? ¿Siguen a los poetas? ¿Ensayo o narrativa? ¿Y qué narrativa? ¿Prefieren libros traducidos o escritos en su lengua? ¿Leen en otros idiomas aparte del castellano? ¿Quiénes son sus guías y consejeros: los críticos de prensa, la portera, Sánchez Dragó, Juan Alberto Belloch? ¿Cómo son de grandes sus bibliotecas hogareñas? ¿Hablan de literatura alguna vez? En fin, quizá son esas las preguntas que interesa hacer desde un punto de vista cultural. Lo otro, lo de que se lean muchos o pocos libros, me la trae al fresco. Es un dato que no me dice nada sobre los perfiles de lector que hay en España ahora mismo. Porque convendrán conmigo en que hay gente que folla mucho pero sólo conoce el misionero, y gracias, y otros que follan menos pero gozan mucho más. La clave no es cuánto follamos, sino con quién y cómo.

Yo, por ejemplo, ahora estoy follando con (quiero decir, leyendo) un tocho de Carlos Gamerro que me tiene en vela hasta bastante tarde: Las islas. Otro día hablaré de él.

05/03/2008 13:01 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

SI LO HUBIÉRAMOS SABIDO

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A mí me resulta muy difícil reseñar el libro de un autor al que conozco personalmente. Por eso, cuando Antón Castro me ofreció escribir sobre lo último de Félix Romeo, pensé en negarme. Pero no lo hice, y no me arrepiento. Mientras leía Amarillo, que Félix me regaló con una preciosa dedicatoria, veía muchas cosas que sé de él, y otras que creo adivinar. Cosas que deja a la vista en su persona pero no caben en sus libros. Por supuesto, escuchaba su voz narrándome el texto y creía entender algunos silencios y algunos quiebros. Tenía la lectura contaminada por la presencia física de Félix, que no me dejaba ver bien al Félix literario que está en el libro. Por eso he tenido que hacer un gran esfuerzo para escribir esta reseña, olvidando lo que sé de él y fingiendo no conocerlo. Espero haber sido lo suficientemente honesto.

Esta crítica apareció este jueves en el suplemento Artes y Letras de Heraldo.

Siete años después de "Discotheque", Félix Romeo (Zaragoza, 1968) ha vuelto a las librerías con una obra de críptico y sugerente título, estampado en la cubierta sobre un minimalista paisaje urbano de Pepe Cerdá. Una tapa dura que encierra unas 150 cuartillas breves y afiladas, absolutamente inclasificables. "Amarillo" no es una novela. No es ni siquiera una ficción, aunque el texto tenga algo de fábula y el Chusé Izuel y el Félix Romeo que aparecen en él tengan algo de personajes construidos y trabajados en el taller del escritor. Tampoco es un ensayo, ni mucho menos una biografía, y su carga lírica no basta para leerlo como poesía.

"Amarillo" (Plot. Madrid, 2007. 140 páginas) es un proyecto que rondaba a Félix desde hacía años y que ya había anunciado en alguna ocasión: escribir un libro sobre el suicidio de su amigo de infancia, el escritor zaragozano Chusé Izuel, que se tiró desde el balcón de su casa en Barcelona el 27 de febrero de 1992, cuando tenía 24 años. Bien, pero, ¿qué libro? ¿Un homenaje, una biografía, una reflexión sobre su amistad, una novela?

Félix ha guardado todos estos años un montón de recuerdos de su amigo fallecido: todas las cartas que le escribió, sus cuentos, sus novelas inacabadas, las reseñas y artículos que publicaba en la prensa... Textos, muchos textos. Romeo bucea en ellos, aunque se los sabe de memoria, en busca de las pistas que le hagan comprender lo incomprensible y que, en cierta forma, le liberen de la culpa que siente por no haber sido capaz de prever ese desenlace.

Visto así, la estructura del relato podría ser detectivesca, pero el dolor no consiente a Romeo el lujo de mostrarse aséptico, ni siquiera tanto tiempo después. Por eso el texto adopta una forma fragmentaria, descoyuntada, creando poco a poco una argamasa que va trasladando al lector la angustia íntima que está instalada dentro del autor. Conforme avanza la lectura, el misterio que rodea al personaje de Chusé Izuel va pasando a un segundo plano, mientras el estupor vacío del personaje de Félix Romeo lo va ocupando todo.

A través de los textos y de los fragmentos transcritos con todos sus errores e incongruencias, aparece el Chusé Izuel que se iba a suicidar, pero lo hace a través de los ojos de Félix Romeo, y es su mirada la que prevalece y da sentido (o un no-sentido) al libro. Eso es "Amarillo": un hombre que mira sin comprender.

En los párrafos asoman todos los recursos de la literatura posmoderna que Romeo ha ido incorporando a su estilo desde su ópera prima, "Dibujos animados" -especialmente, de la literatura que viene de Francia y tiene a Georges Perec y a los autores de Oulipo como norte y punto de partida al mismo tiempo-, con un énfasis muy insistente en la reiteración deliberada, el arma que mejor maneja y que le sirve para insinuar y apuntalar esas zonas de sombra en la conciencia que va rodeando mientras escribe.

Pero ni su carácter incompleto ni su estructura resquebrajada e informal libran a "Amarillo" de caer en la trampa que pretendía soslayar a toda costa: la de la nostalgia. No es una nostalgia ñoña y sentimentaloide, claro, pero de cada pequeño detalle se desprende un lamento callado que, si su autor se atreviera a formularlo, lo haría en forma condicional. Algo así como: "Si lo hubiéramos sabido...".

02/02/2008 01:28 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

SÓLO TE AHORCAN UNA VEZ

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"Hay cuatro reglas para seguir a alguien: mantente detrás de tu sujeto todo lo que puedas, no intentes esconderte de él, actúa con naturalidad ocurra lo que ocurra y nunca le mires a la cara. No te las saltes, salvo en circunstancias excepcionales, y seguir a alguien será lo más sencillo que tenga que hacer un sabueso".

Sabiduría de sabueso. Lo cuenta el detective sin nombre de la agencia Continental que protagoniza muchos relatos de Dashiell Hammett. Este consejo aparece en el cuento Traiciones en zigzag, incluido en la antología Sólo te ahorcan una vez, que Seix Barral sacó hace poco más de un año. Son las narraciones cortas que Hammett publicó en revistas y en papeles sueltos desde 1922, mucho antes de Cosecha roja, su primera novela (el cuento que abre el libro, Ciudad de pesadilla, es claramente un ensayo de esa novela, que desarrolla su tema y su trama).

Me encanta Dashiell Hammett. Hubo un tiempo en el que estuve muy enganchado a la novela negra. Devoré a Hammett, seguí con Raymond Chandler y, cuando me metí con el trurbio mundo de McCain, me di cuenta de que estaba desarrollando una obsesión patológica. Así que lo dejé, pero de vez en cuando retomo el vicio, y Hammett sigue siendo mi niño bonito.

Lo es por su estilo, que ni siquiera una traducción tan infame como la que sufren sus textos logra apagar. Chandler y McCain son más "intelectuales". Hammett es intuición pura, el autodidacta soberano y supremo, la inteligencia sin pulir ni adoctrinar. Un sabueso con las suelas comidas de tanto patear calles. Porque él es ese detective sin nombre de la Continental, ese buscavidas que conoce a todos los tipejos de San Francisco. Sólo que en la vida de Hammett, la Continental se llamaba en realidad Agencia Pinkerton. Sus oficinas estaban en Union Square, y él comía bistecs en un restaurante cercano. Lo sé porque le he seguido el rastro este verano en San Francisco. No me he curado del todo de mis vicios.

La prosa de Hammett es eficaz, limpia de literatura y artificio. Apunta y dispara con precisión: certero en el detalle, nunca da información redundante ni de relleno. Cuando aparece un pañuelo es ese pañuelo y no un pañuelo cualquiera. Lo ves, lo palpas, lo hueles, y no ha sido mencionado por azar: encaja en la trama como una pieza de un puzzle. Es fantástico. Y consigue ese efecto con una parquedad de recursos que da miedo. Cuenta la historia con las mangas remangadas, jugando limpio con un lector que también quiere resolver el crimen, pero no se queda en el juego de salón. El pasatiempo del acertijo es sólo un andamiaje, una estructura conocida y cultivada que le permite contar lo que de verdad le importa: retratar una sociedad obtusa, violenta, sucia (en el sentido literal de mugrienta, de poco higiénica) e hipócrita. En el conjunto de su obra asoman un país, una época y una condición, la humana, que es universal y atemporal. Por eso no puede extrañarle a nadie que los grandes escritores que también han sido grandes lectores (circunstancia que pocas veces se da junta en una misma persona) sientan predilección por Hammett.

En cualquier caso, de Sólo te ahorcan una vez, cuya lectura estoy rematando, me quedo con un cuento muy atípico en la producción de Hammett y que demuestra que fue un escritor versátil, con sensibilidad, amplitud de registros y arrestos para probarse a sí mismo. Se titula La mujer del rufián, y está escrito en tercera persona, pero desde el punto de vista de una mujer espectadora que sólo entiende a medias la historia que está observando. Es magistral la forma en que construye y respeta al personaje a través de cuyos ojos fluye el relato. Cómo le deja respirar, cómo le deja expandirse y ganar peso, y cómo acaba encajando tan perfectamente el mecanismo de empatía con el lector. Chapeau.

Es un gustazo de libro. Si me permitís la osadía, os lo voy a recomendar.

Foto: la hice este verano. Es una placa situada en la esquina de Bush con Stockton, cerca de Chinatown, en San Francisco. La leyenda dice: "Aproximadamente en este sitio, Miles Archer, socio de Sam Spade, fue liquidado por Brigid O'Shaughnessy". Lo siento para los que no hayáis leído/visto El halcón maltés (¿cómo se puede vivir tan tranquilo sin conocer a Sam Spade?), porque esa placa os acaba de joder el final.

27/01/2008 01:36 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

ESCARBAR EN LAS MIASMAS (1)

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Las comparaciones son odiosas, sobre todo para el que sale perdiendo en la comparación. Vamos, que está guay cuando nos comparan con George Clooney, pero maldito sea el que nos compare con Stalin o con el feo de El jovencito Frankenstein. Al margen de eso, comparar es un ejercicio muy sano y muy revelador. Si no comparáramos a nuestra pareja actual con las arpías de nuestras ex novias, ¿qué placer sacaríamos?

Leyendo el libro de Gamerro que comentaba en el anterior post (al que tengo que añadir que su prota, al parecer, es el mismo que el de la novela Las islas, del mismo autor, que a su vez comparte otro personaje importante con La aventura de los bustos de Eva. Vaya, que a Gamerro le gusta que sus criaturas pasen de unos libros a otros creando uno más grande), me han venido a las mientes cuatro pelis sobre la memoria, el pasado, la hipocresía y el horror consentido. Resumiendo: que hablan de la vergüenza individual y colectiva, de esa conciencia de la responsabilidad social que Günter Grass quiso inculcar a los alemanes. Esto es, que las culpas por los crímenes del nazismo no se agotan en las sentencias de Nurenberg, sino que involucran a toda una generación de un pueblo que, por acción u omisión, dejó que el más terrible de los horrores se hiciera realidad.

Aunque parezca lo contrario, esto es muy chungo de asumir. Por eso son tan pocos los autores que se atreven a escarbar en semejante lodazal. Lo mejor que te puede pasar es que las manos se te llenen de mierda y nunca se vaya el olor, y lo peor... Pues eso, imaginad. Un autor, por lo general, quiere agradar a su público, por lo que no se puede presentar señalándole con el dedo e invitándole, siquiera sutilmente, a que escarbe en el lado oscuro de su páncreas y compruebe si sus acciones y sus omisiones -más bien, lo segundo- han alimentado o alimentan al monstruo. Así que se toma el lado fácil.

¿Cuál es ese lado fácil? La hagiografía. Mártires prístinos con la melena al viento frente a malos malísimos que dominan una sociedad llena de miedo, pero con ánimo resistente que sólo espera la llamada del Elegido para tomar las calles. Pasó en España: de repente, todo el mundo era antifranquista. Todo el mundo había recibido un coscorrón de los grises y quien más, quien menos, aportó su granito de arena a la resistencia democrática. Por supuesto, el champán corrió en torrentes el 20 de noviembre de 1975, y las colas kilométricas frente al Palacio de Oriente no estaban formadas por adeptos: eran sólo curiosos que iban a comprobar que el tirano había muerto de verdad. En pocos años, gracias a unos escritores y guionistas bien educados, resultó que sólo había cuatro franquistas ridículos y con papada. Hasta los ministros que firmaban las sentencias de muerte se transformaron en presidentes autonómicos. ¿Franquista, yo? Quite, quite, yo hacía oposición desde dentro.

Ahondar en esas miasmas es ingrato y, a ojos de muchos, estéril, pero yo creo que nunca viene mal un lavado de conciencia. Si la literatura y el arte no están para eso, para explorar nuestra condición humana allí donde el lenguaje codificado por las convenciones no llega, entonces dejémoslos para figuritas decorativas y para divertimentos de salón.

La primera peli que me vino a las meninges fue La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda-Manuel Rivas. No sé cual de los dos es más responsable de ella, la verdad, así que los cito como si fueran uno. En principio, aborda el mismo tema que El secreto y las voces, pero se queda en las puertas. Esa imagen final del niño corriendo detrás del camión y tirándole piedras a su profesor, animado por su propia madre, es de un dramatismo muy logrado. La mirada de Fernán-Gómez es de Oscar, sin duda. Te atraviesa las carnes, te hace sentir todo el dolor de la derrota y toda la vergüenza de los supervivientes.

Sin embargo, una vez que te has secado las lágrimas, descubres con rubor que has caído en una trampa. En una trampa emocional muy facilona. El profesor que interpreta Fernando Fernán-Gómez no es un personaje, es un arquetipo. Es casi un santo (es un santo), y como tal debe sufrir el martirio para salvarnos a nosotros. Cuerda nos muestra el sacrificio del héroe para que nosotros podamos honrarle y rescatarle en el recuerdo y en la fe hacia los principios que defendió. Por eso no vale. No está hablando de la represión y de la hipocresía de un pueblo que jalea y consiente. Está dándonos esperanza, está contándonos lo que queremos oír, está modelando la versión oficial de la historia. No hay dilema moral posible ya que no se está ejecutando a un hombre, sino a una idea. Como todos los hagiógrafos, Cuerda y Rivas olvidan que hasta los autores de los Evangelios, con una mirada literaria muy profunda, se preocuparon de que Jesús de Nazareth tuviera un lado oscuro, dubitativo, llorón y lascivo. Se preocuparon de que fuera, ante todo, una persona -de ahí que funcione tan bien su figura como personaje literario y se le puedan hacer tantas lecturas diferentes-, algo que nunca han sido los santos de las Vidas de santos, que ni cagan ni follan. Y lo que es peor: nunca tienen ganas de cagar ni de follar.

Hay otras tres pelis que me interesan más porque no buscan la complacencia del espectador: Los juicios de Nurenberg, Caché y La vida de los otros, pero hablaré de ellas en el siguiente post, para no alargar más este, que ya os he torturado bastante.

27/12/2007 17:06 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

UNA TRAGEDIA GRIEGA

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"Un muerto no pide demasiado, con dos metros de tierra se arregla lo más bien, unos rezos que vengan del corazón, no de los labios, flores vivas o cosas chiquitas, de la casa, que hayan absorbido mucho amor. Es tan poco lo que pide... Eso sí, si se lo niegan suele ser despiadado".

Quizá ya sabíamos que las relaciones entre los vivos y los muertos no son como las pintan los cuentos de fantasmas, pero sus consecuencias -el vacío, la desolación, el vértigo- suelen ser parecidas. La Ña Agripina -voz de la cita de arriba-, curandera de Malihuel, provincia de Santa Fe, Argentina, lo sabe muy bien. Sabe que el terror de las apariciones no viene de la culpa, que es algo muy cómodo que controlamos a placer. Viene de lo que se nos escapa, de lo que nunca llegamos a controlar: quizá de una madre desquiciada con un pañuelo en la cabeza que se pasea todas las mañanas bajo la ventana del despacho del asesino de su hijo.

Dictadura argentina, sí. Desaparecidos. Como podría decir nuestro Isaac Rosa, "otra maldita novela sobre los milicos". Pero no, porque Carlos Gamerro no ha escrito una novela de tesis, aunque en realidad quería hacerlo. Y precisamente por eso es una buena novela (buena, no deslumbrante, aunque a ratos acongoje y apriete los higadillos del lector con fiereza maestra), porque se ha resistido a la voluntad de su autor de escribir literatura memorialística o política. El secreto y las voces habla de desaparecidos, de hipocresías, de ciudadanos brechtianos que miran hacia otro lado, que justifican con medias palabras los horrores que dicen no ver, que carraspean y se cambian de acera. Efectivamente, es una narración sobre los crímenes de la dictadura militar, pero si se hubiera quedado en eso no interesaría más que como testimonio o como alegato político. No acongojaría ni apretaría los higadillos de nadie si el texto no hubiera volado por su cuenta, ajeno a los corsés que Gamerro le quería imponer, y convirtiéndose en una tragedia griega, y por griega digo universal.

La acción transcurre en un pueblo decadente de la pampa llamado Malihuel. El año, 1977. El desaparecido, Darío Ezcurra, un bon vivant deslenguado que se las da de periodista y ha tocado mucho los cojones al cacique local. Los culpables: todos los vecinos del pueblo, que contribuyen, cada uno a su manera, a que el crimen se consume. Todo eso se sabe ya al principio de la novela, y el narrador-protagonista, que no sabemos quién es, ha regresado 20 años después al lugar para escribir un libro o algo así (tampoco se dan pistas al respecto). Habla con todos los vecinos de Malihuel, y sus voces van dando forma a un relato sobrecogedor que apunta al corazón mismo de la mezquindad humana. Es un pueblo argentino, pero igualmente podría ser un pueblo vasco en los años 80, o un barrio de Belfast en los años 70, o el gueto de Varsovia, o -por supuesto- un pueblo mesetario español en 1936, o una villa francesa bajo ocupación nazi, o el pueblo en el que transcurre la acción de Los demonios, de Dostoievski. Añadid lo que queráis. Cambiarían los nombres, los acentos, el paisaje y los licores que se sirven en la taberna, pero la historia sería la misma. Porque El secreto y las voces no es una novela sobre la dictadura argentina, sino sobre nosotros, sobre nuestras palabras y nuestros silencios, sobre nuestro instinto de supervivencia y sobre lo barato que estamos dispuestos a poner en venta nuestra dignidad.

Es una novela imperfecta. Tarda en arrancar. Carlos Gamerro intenta domar el texto, llevar las voces de Malihuel hacia la justificación de su tesis: la de la recuperación de la memoria y la demanda de justicia frente a la impunidad. Pero llega un momento en que, vencido por el propio peso de la narración, se abandona -por suerte-, afloja las riendas y, hacia la parte central del libro, vemos asomar un horror tan crudo que quema los ojos. La acumulación de voces -y de puntos de vista sobre un mismo personaje y unos mismos hechos- da una perspectiva redonda, tridimensional, que escuece. De repente, cada frase se convierte en una nueva puñalada. Vemos cómo se destruye una vida y cómo una sociedad entera cae con ella sin posibilidad de levantarse nunca del fango, y agradecemos que Gamerro se abstenga de añadir ninguna apostilla suya. Los personajes del drama lo dicen mejor sin decir nada.

Hacia el final, por desgracia, Gamerro quiere reorientar un texto que se le ha ido de madre y trata de llevarlo a la tesis original, por lo que la conclusión suena forzada. Pero no importa, porque es prescindible. La presencia que adquiere el narrador -cuya identidad, para entonces, ya ha sido desvelada- en las últimas páginas no aporta nada a la historia, pero tampoco la estropea. Lo que había que decir ya se había dicho.

De Carlos Gamerro ya había medio reseñado aquí La aventura de los bustos de Eva , que creo que sigue siendo su única novela publicada en España. De este último viaje a Buenos Aires me he traido El secreto y las voces y otros tres títulos más que he rascado en las librerías. No se vende en España, pero seguro que a través de internet se encuentra con facilidad si estáis interesados. Creo que es uno de los autores argentinos más interesantes de la última hornada -mucho más que el reconocidísimo Rodrigo Fresán, por ejemplo; de Martin Kohan, ganador del último Herralde, todavía no he leído nada, así que no puedo comparar-, y lo más destacable de su estilo es su poderosa fuerza cinematográfica, ya que es guionista. El secreto y las voces, por ejemplo, da la impresión de estar pensado como la transcripción de un documental de testimonios, y si alguna vez se rodase, sería un excelente falso reportaje.

En fin, seguiremos informando, si la gripe que me ataca en estas entrañables fechas me deja ánimo para seguir con la lectura del maletón de libros que nos hemos traído del lado de allá.

27/12/2007 00:27 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

LE MOT JUST

Hay épocas en las que no te sientas bien. No es que tú te sientas mal, es que no te sientes bien contigo, que es muy distinto. No te sientes bien con ese cuerpo, con esa cara o con esa voz. Yo no me siento bien con mis palabras y mis frases. Me llevo muy mal con mis textos: discuto con ellos, me enfado, los borro, los retuerzo, los destrozo. A veces (para mi desgracia, todas las semanas), no me queda más remedio que publicarlos, y entonces los veo sobre el papel de periódico, sin remedio, sin que mi boli corrector tenga ya ningún efecto sobre ellos, y me entran ganas de encerrarme en una cueva y no salir. De hecho, si no cambio de arriba abajo este blog es porque me lo he propuesto como ejercicio supuestamente sano: lo que se publica, se publica con todas las consecuencias, ya no hay vuelta atrás.

Dudo, dudo terriblemente. Hay épocas más alegres en las que todo fluye más fácil y, aparentemente, con la fisicidad adecuada. Pero en estos días gana la incomodidad. Es una sensación asquerosa: como si ninguna prenda te sentara bien, como si no encontraras jamás la postura buena en la cama.

En fin, uno se va volviendo más exigente y tiene el vicio de leer demasiada literatura buena. Estoy intoxicado de literatura, me tengo que rehabilitar. Cortázar tenía el cuajo de decir que los cuentos casi le salían solos en un proceso casi inconsciente. Está ahí, en sus entrevistas. Que si el cuento se redactaba por si mismo, que si él apenas intervenía, que se dejaba fluir tras el fogonazo inicial... Por los cojones, don Julio, por los cojones. Sus cuentos son mecanismos narrativos perfectos, que funcionan con precisión suiza. No hay nada casual, nada "inspirado", nada dejado al azar. Son el resultado de un trabajo obsesivo, de un perfeccionismo patológico que desconfiaba muchísimo de su talento natural. ¿Por qué si no era tan cuidadoso al publicar? ¿Por qué si no publicó con seudónimo sus primeras obras? ¿Y por qué, si no, no tuvo empacho en tirar a la papelera cientos y cientos de páginas que cualquier otro escritor menos escrupuloso hubiera publicado sin miramientos? Porque perseguía una perfección que no le venía de las musas, sino de años y años de trabajo puntilloso de relojero. Porque perseguía "le mot just" con más fiereza que nadie.

El reverso tenebroso de Cortázar es otro argentino, César Aira, que publica todo lo que escribe sin apenas corregir nada. De hecho, publica más libros de los que son capaces de leer sus lectores, en una estrategia pensada para apabullarles, ahogándoles en un torrente de escritura contínua muy parecido al que desatamos los blogueros, que no nos callamos nada.

Estoy intoxicado de libros y tengo que rehabilitarme. M. G. me vaticina un agostamiento estilístico (antes incluso de haber encontrado mi estilo, qué guay) provocado por la práctica indiscriminada y en sobredosis de un periodismo en el que a muchos nos resulta cada día más difícil creer (porque está dejando de ser una cuestión profesional para convertirse en cuestión de fe. Pura supervivencia). Me noto como hinchado, y no son los kilos que me sobran. Son los tópicos que no controlo, que se me escapan en los textos y que me duelen como latigazos. Son los adjetivos mal puestos, las frases demasiado largas, las reiteraciones que se escapan, los ripios, la literatura de relleno y retórica que me empacha como un bollo pretencioso. Y, sobre todo, el atasco intestinal que padezco al tener perfectamente clara en mi cabeza la historia que quiero contar y cómo llevo casi dos años dando vueltas sobre la forma definitiva sin encontrarla.

Me estoy desbrozando, intento ponerle remedio a la parálisis. He solicitado la ayuda del doctor Espinosa, esteta chileno dotado de la crueldad que solo tienen los verdaderos escritores y que a mí me hace falta. Necesito limpiarme, desbrozarme, saber qué coño quiero hacer con estas palabras que no puedo dejar de escribir. De momento, aquí está este blog, este cuaderno de notas en el que me peleo con mis pudores y en el que me desfogo y me río a gusto.

Habrá que esperar tiempos mejores.

22/12/2007 22:57 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

PÉREZ-REVERTE DESCUBRE EL HEAVY METAL

De vuelta en el lado de acá, con el coxis todavía dolorido por el maltrato al viajero gentileza de Iberia (más de 12 horas de retraso a la salida de Buenos Aires: casi lloro de la emoción cuando embarcamos), intento acostumbrarme al frío y preparo mi mente para los días familiares que vienen. Puesta al día y reincorporación a la rutina. Repaso papeles de estos días pasados, buscando inspiración en la actualidad desactualizada para llenar los próximos suplementos, y me doy de bruces con el artículo del XL Semanal que Pérez-Reverte usa como escupidera.

Un par de páginas antes, en la sección de cartas de esa misma revista, una profesora de literatura escribe una encendida y furoruterina proclama a favor del papá de Alatriste. Dice que le lee los artículos a sus alumnos y que éstos se sorprenden al escuchar semejante lenguaje en su boca, tan cuidada y casta de su natural. Sí que debe de resultar curioso escuchar a una comedida y apocada maestra declamar emocionada frases como "este puto país de maricones" y otros estilizados hallazgos perezrevertianos. De verdad: ¿la Ley Orgánica de Educación no prevé que puedan retirar de la docencia a quienes torturan a sus alumnos de esa forma?

El caso es que nuestro caballero español ha descubierto el heavy metal, y como cree que sus prejuicios de camionero putero son compartidos por la hispanidad entera, nos hace partícipes de su hallazgo para que nosotros, oh, pobres y afeminados alfeñiques, podamos solazarnos también con su viril desparrame. Ojo a esta profunda reflexión trufada de sugerencias: "De toda la vida me cayeron mejor esos cenutrios largando escupitajos sobre todo cristo que los triunfitos relamidos, clónicos y saltarines, tan rubios, morenos, rizados y relucientes ellos, tan chochidesnatadas ellas, con sus megapijerías, sus exclusivas de tomate y papel cuché, y toda esa chorrez envasada en plástico y al vacío. Al menos, concluí siempre, los metaleros tienen rabia y tienen huevos, y aunque a veces tengan la pinza suelta y hecha un carajal, éste suele ser de cosas, ideas, fe o cólera que les dan la brasa y los remueven, y no de cuántas plazas será el garaje de la casa que comprarán en Miami cuando triunfen y puedan decir vacuas gilipolleces en la tele como Ricky, como Paulina, como Enrique". Sí, señor: dónde estén unas buenas hostias que se quiten los soufflés.

Es normal que a Pérez-Reverte le guste el heavy, pero no porque la expresión "cenutrios largando escupitajos sobre todo cristo" describa bastante bien su labor seudoperiodística semanal, sino porque los músicos metaleros y él se mueven en planos discursivos parecidos y utilizan las mismas estrategias. Sin generalizar, of course, que en todo hay excepciones. Lo sé bien, porque me he quedado afónico más de una vez berreando canciones de Obús con algún amigo a las cuatro de la mañana, para desgracia de los vecinos de las calles por las que zigzagueábamos.

Cosas en común entre la literatura (¿literatura?) de Pérez-Reverte y el heavy más heavy:

-Las dos intentan apabullar a su público con una falsa apariencia de complejidad llena de referencias cruzadas seudocultas que sólo están ahí para esconder una estructura ramplona, vacua y carente de imaginación. Vamos, como los rebozados de los bares de tapas y las pretenciosas salsas de los malos restaurantes, que están ahí para disimular la dudosa calidad y frescura de las viandas.

-Las dos se muestran aparentemente agresivas y transgresoras, cuando en realidad remiten a estereotipos muy manidos para el consumo rápido y la fácil asimilación de un público conservador y acomodaticio.

-Las dos se mueven en registros muy codificados e inamovibles, en fórmulas cerradas que no admiten grandes variaciones y son altamente previsibles y repetitivas. Es más: su público suele premiar la reiteración (que interpreta como fidelidad a un ideario o a unas raíces) y penaliza la innovación y la búsqueda creativas. Por eso, cuando un músico heavy se atreve a salirse de la vía y poner a prueba sus dotes compositivas y sus inquietudes musicales, inmediatamente es linchado por la muchachada, que le destierra y le acusa de traidor. Los lectores de Pérez-Reverte también esperan lo mismo de él. Si don Arturo les fuera con un libro parecido a los de Georges Perec -suponiendo que el señor de Alfaguara se lo pasase-, les saldría humo por las orejas y se sentirían burlados (o porculizados, por decirlo con palabras de nuestro académico de la lengua).

-Las dos exhiben un resentimiento patológico: sus autores tienden a sentirse incomprendidos, outsiders orgullosos de serlo, cuando en realidad son más convencionales y clásicos que un oficinista alopécico.

-Por último: los dos presumen de cojones y fiereza, y resulta que son más cursis que un repollo con lazo. Ellos interpretan esa cursílería como un hondo sentimiento propio de una sensibilidad creativa y creadora, pero los demás no acertamos a ver más que merengue pasteloso e indigesto.

Dicho todo lo cual, he de decir que todavía guardo con cariño mis discos de Iron Maiden y de Barón Rojo -y que me refocilo con ellos alguna tarde de domingo-, pero me deshice hace tiempo de los libracos de Pérez-Reverte. Frente a las campañas de promoción de la lectura del Gobierno soy de los que piensan que es más sano no leer nada que leer ciertas cosas. Pero allá cada cual.

Mi rollo es el rock.

18/12/2007 13:11 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 13 comentarios.

LA GENERACIÓN DEL 22

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Por petición popular, cuelgo este reportaje publicado este viernes en el suplemento MVT de Heraldo. Gracias a todos los letraheridos amantes del vino con gaseosa, a los que espero seguir encontrándome con asiduidad en los peores tugurios de esta inmortal ciudad. La foto es de Juan Carlos Arcos.

Bueno, ¿estás preparado para escuchar con atención los intríngulis de la obra de cada uno de estos poetas?". Vaya pregunta. Casi me atraganto con la cerveza del aperitivo: ¿escuchar disertaciones de tipos empeñados en hablar de su libro? Pero si yo solo venía a una cena, caballeros. Creo que me confunden con un intelectual o algo así. Pobres.

Cuando me encargaron hacer un reportaje sobre un grupo de jóvenes poetas zaragozanos que se reúne el día 22 de cada mes para celebrar su genio en una fastuosa cena me arrepentí de no haber hecho como mi hermano: estudiar Ingeniería y forjarme un porvenir con apartamento en Marina d'Or. Pero ya es tarde para huir. Como si me hubieran atizado con un tomo de la Espasa, empiezo a delirar con imágenes de insufribles tertulias, los dos gordos tochos de la "Novela de un literato", de Rafael Cansinos Asens, y el retrato del grupo del Café del Pombo de Ramón Gómez de la Serna. Egos chocando entre sí como elefantes marinos en celo y personajes que declaman en endecasílabos con voz aflautada. ¡Con los letraheridos hemos topado!

Qué equivocado estaba. Antes de que viniera el camarero a tomar nota ya había quedado claro que estos poetas se han dejado la espiritualidad en los versos, y que a la cena acuden más bien carnales y risueños. Más que espirituales, espirituosos, a cuenta del vino barato que circula por la mesa.

La cita es en la Fonda La Peña, en el viejo Tubo zaragozano, un lugar que hay que conocer para creer que existe de verdad: una pensión a la vieja usanza, con su salón-comedor y sus huéspedes en pantuflas. En la tele, a todo volumen, la sintonía de "Cuéntame". ¿Glamour, 'charme', 'enchant'? No, señores, nada de eso: de primero, sopa de pescado, sopa de cocido y ensalada ilustrada, a elegir; de segundo, merluza o tortilla de jamón; de tercero (sí, de tercero, han leído bien), jamón, solomillo o magret de pato. En los vasos, vino con gaseosa, y en las cestas, pan en abundancia. El café y las copas, en otro sitio, que no hay que molestar a los huéspedes, aunque esa noche han hecho una excepción: nadie sabe cómo, Sergio Algora ha conseguido que el inflexible mesonero le sirva una buena taza de café cortada con un chorrito de JB. Quizá las estrofas bizarras y obscenas que ha entonado toda la cena han influido algo.

La cuenta: menos de diez euros por cabeza. Lo mejor del caso es que este rincón de la Zaragoza de otros tiempos aparece recomendado en la guía de España que edita Lonely Planet para el mercado anglosajón.

Los jóvenes poetas disfrutan como chavales con lo antiliterario del ambiente. En esta sesión, celebran el segundo aniversario de las cenas que les han unido espontáneamente como grupo poético, pese a las diferencias de estilo, ideológicas y de sensibilidad que hay entre ellos. Dos años de la fundación del "grupo del 22".

¿Cómo empezó todo? ¿Como la Generación del 27, que se reunió para homenajear a Góngora? ¿Como los surrealistas, que se juntaban para hacer manifiestos como quien hace calceta? Pues nada de eso: ni pasiones políticas ni reivindicaciones estéticas. El origen de este grupo poético antigeneracional está en el vino. Año 2005: "Estábamos participando en una cata de vino en Bodegas Almau y se nos hizo la hora de cenar -explica Miguel Ángel Ortiz, ideólogo en la sombra de la "Generación del 22"-. Alguien conocía este lugar y yo pregunté: '¿Qué día es hoy?'. Era 22, y propuse que a partir de entonces, todos los que estábamos ahí nos reuniésemos a cenar los 22 de cada mes en la Fonda La Peña". Hasta hoy.

Sin maestros

El día anterior a la última cena, Ángel Gracia dio una conferencia sobre poesía posmoderna aragonesa donde glosó la obra de todos ellos. La conclusión: que son una generación sin maestros, sin referentes, casi sin ideales y, por supuesto, sin objetivos. Cada uno es de su padre y de su madre, no buscan redimirse ni redimirnos y escriben poesía porque les gusta y porque les divierte. ¡Venga ese brindis! "Más allá de la literatura, lo que nos une es una sincera amistad", se encarga de recalcar Gracia, segando el paso al que quiera meter cizaña.

En noviembre, el 22 cayó en jueves, y eso está bien, porque cuando cae en fin de semana todo parece más vulgar: "Salir los sábados es de horteras", sentencia, burlón, Octavio Gómez Milián, que se ha sentado frente a Sergio Algora y mantiene con él una disparatada conversación sin sentido ninguno. Al menos, sin sentido para los que no vivimos metidos en una brecha del contínuo espacio-tiempo.

La lista de asistentes es ésta: Jesús Jiménez Domínguez, Miguel Serrano, el cubano Dolan Mor, Nacho Tajahuerce y los ya mencionados Octavio Gómez Milián, Miguel Ángel Ortiz, Ángel Gracia y Sergio Algora. Faltan Brenda Ascoz y Vicente Rubio (que está haciendo el doctorado en Nueva York). Las chicas son las consortes y presuntas musas: Leticia, Ingrid, Mary y Amanlis.

La casualidad y el buen humor han institucionalizado la cita en la Fonda La Peña. Quién sabe si es el germen de un movimiento poético que saldrá en los libros de texto de Bachillerato en el futuro, como salen ahora las fotos de la Generación del 27. De momento, se tendrán que conformar con este reportaje y con un cuento escrito por Miguel Serrano y publicado en la revista literaria "Quimera": se titula "Burned Children of Oregon", y allí aparecen con sus nombres. ¿Para la posteridad?

LOS OCHO POETAS DE LA FOTO:

DOLAN MOR:
Dolan Mor es el pseudónimo tras el que se oculta un poeta exiliado cubano que ha elegido Aragón como segunda patria. En 2006 ganó el premio de poesía de la Delegación del Gobierno con "Nabokov's Butterflies". Otros libros suyos son "Las historias de Jonathan Cover", "Seda para tu cuello" y "El plagio de Bosternag".

NACHO TAJAHUERCE:
El más joven del grupo. Colabora, entre otros, con Nacho Escuín en Eclipsados, una editorial zaragozana 'indie' de poesía, donde apareció el que hasta el momento es su único poemario (aunque ha aparecido en alguna antología, como la prestigiosa de "Noreste"): "Deshielo", de 2006.

OCTAVIO GÓMEZ MILIÁN:
A caballo entre las letras y la música, Octavio Gómez Milián es conocido en el mundillo zaragozano por ser el autor del fanzine "Confesiones de Margot", pero también ha escrito el poemario "Por qué no nos hicimos todo el daño de una sola vez" (2005) y participa en varios proyectos con músicos locales.

JESÚS JIMÉNEZ:
"Diario de la anemia. Fermentaciones" fue su celebrado debut en Olifante. Jesús Jiménez también ha hecho incursiones en el mundo del relato y es el último ganador del prestigioso premio Hermanos Argensola con "Fundido en negro", recientemente publicado por DVD Ediciones.

ÁNGEL GRACIA:
Sus primeras letras aparecieron publicadas en 1993 en "Cinco jovencísimos poetas aragoneses". Desde entonces han ido sucediéndose "Estigma", "Escultura de la nieve", "Valhondo" (uno de sus libros de poemas más celebrados) y "Libro de los ibones". Como prosista, ha escrito una novela corta, "Pastoral".

MIGUEL ÁNGEL ORTIZ:
Forma parte del grupo Ecrevisse y ha tocado muchos palos artísticos: además de la poesía ("Cuaderno azul de la distancia", "Donde comienza el desorden" y "Cuaderno de la sal en la mirada") ha escrito teatro ("Nosferatu"), guiones de cómic y, como remate, es artista plástico. Un todoterreno.

MIGUEL SERRANO:
Como prosista, ha ganado la última edición del premio de Literatura Joven que convoca anualmente el Gobierno de Aragón. Como poeta, su trabajo más sonado (nunca mejor dicho) es "La sección rítmica", que se compone de una serie de poemas-retrato de grandes músicos de jazz.

SERGIO ALGORA:
Casi no necesita presentación, porque el tiempo le va arropando con la quizá no muy grata etiqueta de "personaje de culto". Asaltó la escena 'indie' española con El Niño Gusano y ahora sigue con La Costa Brava mientras ahonda en sus versos (tiene cinco poemarios) y prueba suerte con el relato ("A los hombres de buena voluntad").

01/12/2007 22:30 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 11 comentarios.

GINEBRA SOLA O CON TÓNICA

Después de toda una vida bebiendo ginebra con tónica, ya anciano y desahuciado, descubre que le gusta mucho más el sabor de la ginebra sola. "Demasiado tarde para cambiar de gustos", piensa, y a mí me entran ganas de dejar el libro en el suelo, levantarme y aplaudir. Qué grande es un buen escritor cuando es grande. Momentos como ése, en el que un simple chasquido de lengua abre el abismo de toda una vida, hacen que perdones la pedantería, la egomanía, los adjetivos manidos, los errores de cronología histórica y hasta las inconsistencias en la construcción de la novela. John Banville es grande por momentos como ese, por personajes que descubren demasiado tarde que han estado bebiendo una combinación que no les iba, y no les queda más remedio que aceptarlo.

El personaje del que hablo es el protagonista de El intocable, una novela sobre los espías de Cambridge que pasaron secretos de Estado británicos a la URSS. El espía, que hace mucho que dejó de serlo, es una eminencia que ha sido descubierta y está sufriendo la vergüenza pública y el acoso de la prensa. Lo ha perdido todo: su posición de caballero del Imperio británico, sus cargos públicos, sus prebendas, su relación con la familia real... Sólo le queda una historia de cinismo y su cuadro favorito: La muerte de Séneca, de su idolatrado Poussin. El descubierto espía, un vejestorio abandonado y despreciado, aprovecha el ambiguo interés de una presunta escritora que quiere escribir su biografía para evocar en primera persona los oscuros recovecos de su vida, llenos de episodios violentos, divertidos y tragicómicamente británicos. Y al final, todo se resume en eso, en que prefería la ginebra sola y no con tónica. Bueno, en realidad hay mucho más, que luego decís que chafo los finales y en realidad no he contado nada de la trama, pero la esencia de la alegoría está ahí.

Cada vez estoy más convencido de que las verdades más horribles de nuestra vida se nos presentan de esa forma. No es que los pequeños detalles importen, es que no hay nada más allá de los pequeños detalles. Podemos intentar vivir en un orgasmo contínuo, buscando el escalofrío de la experiencia, pero siempre habrá una sábana arrugada que nos dirá más sobre nosotros mismos que todas las meditaciones trascendentes del mundo.

30/10/2007 01:44 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

UN TIPO DURO QUE NO BAILA

20071018024930-norman-mailer.jpgNorman Mailer se muere en el Monte Sinaí de Manhattan. Está hospitalizado en cuidados intensivos, y a sus 84 años esas cosas nunca pintan bien. Quizá ya esté muerto cuando leais esto. Es probable que a nadie le importe -y no me parece mal: no veo por qué la desaparición de un escritor debe preocuparle a alguien que no sea lector suyo-, pero con Mailer se disolverán los restos de una cultura (o contracultura, qué más da) en la que nos hemos formado un par de generaciones, pero que hace tiempo que dejó de dar respuestas a nuestro mundo. Yo, de todas formas, me quedaré con el placer oscuro que sentí cuando le descubrí a través de Los tipos duros no bailan, ese homenaje obsceno a John Updike con un título que parece prestado de Dashiell Hammet.
18/10/2007 02:49 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 1 comentario.

ME OFREZCO COMO NEGRO

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Supongo que a estas alturas ya lo sabréis, pero Sánchez Dragó dice que está muy ocupado para escribir sus propios libros y que se los tiene que hacer un "colaborador". Al egregio soriano le han hecho un hijo de madera en su propio Diario de la noche de Telemadrid. Durante la publicidad, alguien del control grabó la conversación privada que mantenía con su invitada, Ana Botella, a la que, además de pelotear de la forma más reptiliana posible, confiesa que su último libro, "muy extravagante y liberal", no lo ha escrito él porque no tiene tiempo. La ex primera dama se muestra comprensiva: "Claro, es que no te puede quedar tiempo para nada". Y el otro dice: "Sí, además, los viernes me voy al pueblo y ahí sí que aprovecho para escribir conferencias". Lo podéis ver aquí.

Qué malo es no tener tiempo, la verdad, pero no se preocupe, don Fernando, que seguro que podemos hacer algo para incrementar su productividad. Yo soy un chaval joven y bien dispuesto, tecleo rápido y estoy acostumbrado a currar mucho. En serio, pida referencias, no se corte. Por una módica suma, yo le escribo a usted un librito al mes y así podrá aumentar los royalties, que seguro que reformar la casa del pueblo le sale por un ojo de la cara. Eso sí, me tiene usted que buscar otro "colaborador" que me haga los reportajes de Heraldo y de las revistas en las que colaboro, así como del resto de bolos que me salen de cuando en cuando, que estoy muy liado y apenas puedo atenderlos. Estoy seguro de que llegaremos a un acuerdo beneficioso para ambos. Y eso sólo será el principio. Después, podemos plantearnos fundar la "factoría Sánchez Dragó". Tengo unos cuantos amigos que escriben muy bien y que aceptarían gustosos un puesto en su negrería literaria si ello les soluciona la hipoteca. Alquilamos una oficinita en una calle discreta de Chamberí (preferentemente, que esté encima de un bar, para mojar la inspiración, ya sabe usted) y escribimos por turnos las 24 horas del día. De lo que usted quiera. Se me ocurren los primeros títulos: Los sueños calientes de Ana Botella, Memorias de un horticultor vanidoso, Ende que te di el primer zurriagazo (Elogio del ruralismo soriano liberal), Robespierre era un mamón, Mis veladas con los Aznar, Nueva novísima filosofía en el tocador, Al norte de los Pirineos sólo hay merde de vache y Así se forja un pensador independiente. Creo que en un añito podrían estar escritos todos y listos para la imprenta, pero antes arreglemos el asunto de la pasta, don Fernando. Ya me dará un toque, ¿eh? Y póngame a los liberales pies de su señora.

30/09/2007 14:28 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

CARROÑEROS CON LEVITA

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Hoy, merecido día de asueto, me he pasado por Los Portadores de Sueños, una de las pocas librerías de verdad (iba a decir "auténticas", qué horror) que van quedando en la ciudad que a veces tengo el placer de habitar. Es un lujo para Zaragoza tener a unos libreros jóvenes, entusiastas e irreductibles como sus dueños. Eva Cosculluela y Félix González, que hace poco salieron retratados en El País, tumbados en el sofá que tienen en el escaparate, están al quite de todo lo nuevo y la verdad es que con ellos te gastas los cuartos bien a gusto. Los dos son lectores finos y una compañía agradable, pero Eva destaca además como crítica puntillosa, tanto en prensa como en radio (recomienda un par de novedades una vez a la semana en la Cadena Ser). Además, tienen un blog bien molón que podéis leer pinchando aquí . Lo dicho: un lujo de librería para Zaragoza, justo cuando creíamos que la Fnac y La Casa del Libro habían devorado para siempre este tipo de locales. Portadores y Cálamo, en la plaza de San Francisco, son las dos grandes librerías zaragozanas (no en tamaño, pero sí en dedicación y mimo), y el día que desaparezcan, esta ciudad será bastante más inhóspita.

Pero ya está bien de halagos, que me tomo un par de cervezas y me sale la vena tierna, y yo quería hablar de crímenes y de gente sin piedad ni corazón. Me he llevado todo lo que me faltaba de Bolaño, lo que me faltaba de Banville y le he encargado a Félix que me traiga lo que me falta de Rafael Reig. Y, para amenizar la espera, me he llevado El crimen de la calle de Fuencarral, de Galdós, editado por el propio Rafael Reig (que, por cierto, es el jefe de opinión del recién estrenado Público). Son las crónicas que Galdós envió a un diario de Buenos Aires contando el follón que se estaba montando en España con el crimen: una viuda acaudalada que aparece apuñalada y quemada con petróleo en su casa de Fuencarral, 109. Año 1888. Madrid y España entera se revolucionaron un montón, porque el crimen devino escándalo y acabó salpicando a unos cuantos peces gordos. Un culebrón negro de aúpa, vaya.

Así que he abierto unas cervecillas, he colgado el cartel de no molestar y me he dispuesto a disfrutar de esa extraña paz de los días de fiesta de entre semana. Pero no he podido desconectar, porque enredadas en la entrañable prosa galdosiana me he encontrado dos apostillas que bien podían haberse escrito ayer mismo aludiendo al caso de Madelaine o de cualquier otro embrollo parecido. Estas son:

"Esto de que la prensa dé cabida en sus columnas a insustanciales charlas de café, presentándolas con la autoridad de cosa juzgada, nos parece deplorable".

"El auxilio de la prensa será eficacísimo si se contrae a allegar datos y elementos varios para el descubrimiento de la verdad. Pero me parece deplorable la campaña de algunos periódicos que han hecho una reconstitución arbitraria del crimen, y a ella se atienen, no admitiendo nada desfavorable a sus tesis".

También criticaba Galdós que los periodistas acosaran al juez, que lo siguieran a todas partes y que hicieran conjeturas de la buena o mala marcha de las investigaciones interpretando sus sonrisas o sus gestos apesadumbrados. No sabía que hace 120 años ya echaban Aquí hay tomate. Pero, lo más importante: ¿es que no puedo pasar un día de fiesta sin que me hablen de periódicos y periodistas? Voy a buscar un buen terapeuta.

28/09/2007 01:28 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 4 comentarios.

MANUSCRITO HALLADO EN UN E-MAIL

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Tengo que renovar dos libros porque están hechos un asco de tanto sobarlos. Vuelvo a ellos cada vez que necesito un chute de algo bueno, como cuando me meto al cuerpo una buena sacudida eléctrica guitarrera que me ponga las pilas. Una sesión de sucio rock sureño me pone a tono, y un paseo por las páginas de uno de esos dos libros me devuelve un poco el equilibrio, como a José Coronado los yogures esos que anuncia. Mañana, que he programado un meticuloso y egoísta día de holganza dedicado exclusivamente a mí, me pasaré por una librería a renovarlos y a pertrecharme de más material.

Son los dos clasicones tomos de los cuentos completos de Poe traducidos por Julio Cortázar. Me gustan por Poe y me gustan por el traductor, que los puso en castellano en Italia, mientras le daba al vino que pagaba Francisco Ayala (quien le había encargado la traducción a cuenta de la Universidad de Puerto Rico, y tal). Me gusta mucho el relato de Brian Wilson y su aterrador y desconcertante doble, y me encanta cuando los dos se encuentran en la partida de cartas de aquel siniestro college, pero todavía disfruto más cuando me leo seguidos dos cuentos hermanos: Manuscrito hallado en una botella y Manuscrito hallado en un bolsillo. El primero es de Poe y el segundo, de Cortázar.

El primero es lo que dice su título: el relato de un náufrago rescatado por un extraño barco pirata en el que nada parece ser lo que es. El narrador ha arrojado la botella al mar con la esperanza de que alguien le rescate de ese infierno flotante en el que está preso. El segundo pertenece a la última época de Cortázar -la menos interesante: a don Julio le pasa como a los croissants, que los cuernos del principio y el final son desechables y lo sabroso de su obra está en los años centrales de su vida- y salió publicado en Octaedro. Allí trata de darle una vuelta de tuerca más a su versión geométrica del azar, a cómo el destino puede unir a dos personas, tal y como hacían la Maga y Oliveira en Rayuela, trazando itinerarios absurdos en el plano de París y esperando encontrarse en una esquina por puro azar. Son cosas que tienen que ver con las obsesiones hindúes de Cortázar, con los mandalas que tanto le gustaban y que le descubrió Octavio Paz. En Manuscrito hallado en un bolsillo, el prota-narrador es un obsesivo y ambiguo tipo que espera cazar a una mujer en el metro de París. Él entra en el metro pensando un itinerario cualquiera, con sus trasbordos correspondientes y, en un momento dado, se fija en una mujer que le llama la atención. En ese momento, empieza a perseguirla, pero con una norma: sólo la seguirá si ella hace el mismo itinerario que él lleva en la cabeza. No contaré más, porque la historia se complica.

Lo importante es que ambos cuentos (el de Cortázar es un juego-homenaje sobre el de Poe) hablan de la angustia de la predestinación, de la obsesión por encontrar una salida, una explicación o un simple consuelo al camino que inexorablemente seguimos, dado que estamos vivos y no elegimos estarlo y esas cosas. Hablan de lo mismo sin parecerse en nada: ni en estilo ni en tema ni en forma. Eso es literatura, saber plantear las preguntas y enfocar las mil posibles respuestas de forma que estén ancladas en el tiempo en el que se plantea. Por eso tienen razón los que dicen que ya se han escrito todas las historias. Claro que sí: las escribió Homero hace 26 siglos. Nada nuevo se ha planteado desde entonces. Donde se equivocan es en que es inútil seguir escribiendo si ya está todo dicho, por la sencilla razón de que lo han dicho otros y no nosotros, y cada generación, por pura supervivencia, tiene que construir sus mitos y contarse a sí misma. Por eso, a mí, la literatura contemporánea me interesa en la medida en que traduce a mi tiempo los universales que conforman nuestra condición humana. Lo demás -moderneces pijas, polifonías, tonterías varias-, me la resopla. Ése es el verdadero espíritu del Quijote. Quizá a otros les interese leer por otros motivos, para tirarse el pisto de eruditos o para mejorar su vocabulario, como hacía Homer Simpson. Para mí, la literatura sólo sirve para anclarnos a nuestro tiempo. Y ahora necesitamos manuscritos hallados en un e-mail, aunque sean materialmente imposibles.

Foto: sí, Poe tenía cara de amargado estreñido, pero qué quereis, si no le publicaba nadie, tenía el hígado reventado por el alcohol y, encima, estaba casado con una prima retrasada mental. Su panorama vital no era como para sonreirle al pajarito.

27/09/2007 01:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 6 comentarios.

DECEPCIONES

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Leo en elmundo.es (perversiones que tiene uno): "Paul Auster decepciona a la crítica en San Sebastián con su nueva película". No sabía yo que los críticos de cine, esos cínicos bon vivants, eran tan ingenuos. Para que algo te decepcione, primero tiene que crearte expectativas. Vamos, que si una noche me ligo a Natalie Portman (por un suponer plausible) y, cuando se desnuda, descubro que tiene más vello en el pecho que yo, está claro que me llevaré una decepción. Sin embargo, si me ligo a un interventor de hacienda, no habrá lugar a decepción alguna, pues es bien sabido que tener una buena mata de pelo en el pecho es requisito indispensable para entrar en el cuerpo de interventores de hacienda. ¿Qué les pasa a estos críticos, pues? ¿Que se han llevado a la cama a un interventor de Hacienda creyendo que era Natalie Portman? Pues que se gradúen la vista, reduzcan su dosis diaria de White Label o dejen de leer El País. O las tres cosas a la vez. Menos mal que estoy convencido de que los críticos no son (tan) lerdos y que ese titular es fruto de la pereza dominical del redactor de guardia, que ha apañado la crónica de la agencia Efe con la primera frase que le ha venido a las meninges, sin parar mientes en el significado del verbo "decepcionar".

Porque, ¿alguien pensaba que, visto lo visto (y por visto me refiero básicamente a Lulu on the Bridge, que sé que tiene sus buenos fans, entre los que no me cuento) la película de Paul Auster podía ser algo distinto a un bodrio? Siempre podía dar el campanazo, claro, pero lo esperable (y no la he visto, igual luego me tengo que introducir mis palabras por el orto) es que sea una miasma de celuloide. ¿Por qué si no la iba a estrenar en San Sebastián? Lo que pasa es que al tito Paul ya se le queda un poco pequeño su estudio de Brooklyn y ha descubierto un país europeo con buen clima donde le dejan barra libre y le dan premios a troche y moche. Así que nada, a presidir jurados y a presentar defecaciones fílmicas en las que el reparto lo encabeza su hija (cuyo talento actoral a duras penas llega para un anuncio de teletienda de las cuatro de la mañana). Así que nada, a pasar unos días en Donosti, que dicen que hacen unos pinchos muy ricos y se puede decir al camarero que apunte el txacolí en la cuenta al Ministerio de Cultura. Aprenden pronto estos yanquis: se ve que los intelectuales españoles que viven en su país les enseñan cómo se pilla cacho en el solar ibérico.

Y lo dice un lector que te admira y que disfruta con tus libros, Pablito, pero que también dice sin rubor que tanto Auster ya carga un pelín. ¿No hay más países europeos en los que chupar del bote? ¿O es que salir en la portada de Le Monde des Livres sale más caro que en la de Babelia? En fin, a mí sí que me está decepcionando Paul Auster, pero no por sus pelis, sino porque soy un ingenuo enamoradizo.

Así que voy a desausterizarme por un tiempo y me voy a sumergir en la recomendación que Mariano García hacía este viernes a los lectores del Muévete, de Heraldo: Cormac McArthy. A ver si llego a sus novelas antes de que a Bardem le den el Óscar por No Country For Olf Men. Os mantendré informados.

24/09/2007 00:29 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 8 comentarios.

LA FÓRMULA OMEGA

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A Rafael Reig le gusta desconcertar, rizándole el rizo a los jugueteos cortazarianos, que eran mucho más serios de lo que decían ser. ¿Qué es La fórmula Omega? ¿El delirio de un ingenioso farsante con la suficiente técnica de trilero literario como para vendernos gato por liebre? ¿O quizá lo que propone su subtítulo, "una de pensar"? Creo que, sencillamente, es una muy divertida novela. Y ojo, que lo digo desde mi más profunda admiración y en agradecimiento a las carcajadas que me ha provocado. Porque en este país de cachondos imitadores de Chiquito, si un libro no te pone cara de estreñido rodiniano, procede mirarlo con condescendencia. Parece mentira que un pueblo que dice llevar tan a gala su vocación lúdica como hecho diferencial frente a los estirados del norte de los Pirineos relegue el humor al inframundo de la subcultura. Incluso yo, que hago muchos esfuerzos por no caer en esa concepción grave y ridícula, no puedo evitar clasificar inconscientemente obras como la de Rafael Reig en la estantería de "literatura menor". Qué estupidos somos a veces.

La fórmula Omega es muy graciosa. Carcajeante a ratos, aunque seguro que habrá por ahí gente que no le verá la gracia por ningún lado, pero es el riesgo que tiene el humor: sabemos con qué tenemos que llorar o quedarnos con cara de circunstancias, pero con las travesuras no sabemos a qué carta quedarnos, y las comunidades de vecinos están llenas de amargados.

Sin desvelar nada sustancial de la trama, diré que La fórmula Omega cuenta el exilio de los actores principales de un culebrón de Venezolandia (sic) que deben huir ante una rebelión leninista de personajes secundarios. La nobleza del culebrón acaba exiliada en Madrid, donde tropieza con un taxista obeso obsesionado por el ajedrez y por San Bobby Fischer. Y hasta ahí puedo leer. Es fácil adivinar que Reig busca un poco el "efecto Quijote": superar cierta seudoliteratura adocenada a través de la parodia y el absurdo. En fin, el tan traido y llevado lema cortazariano que dice: "Sólo viviendo absurdamente se podrá deshacer algún día este absurdo infinito". Pero sin trascendencias, sin aforismos de baratillo encajonados en las páginas. Simplemente, predicando con el ejemplo y liberando toxinas a través de la risa.

Y china-chano, sin darnos cuenta, Reig nos la mete doblada al volver la página y nos sacude mazazos como este:

"Claro, Mari, por supuesto. Malasaña ya no era Malasaña, la movida no era la movida, la izquierda no era la izquierda, los viajes no eran como aquellos viajes, porque Marruecos tampoco era Marruecos y ni siquiera las constelaciones seguían en la misma posición, lo que sin duda iba a complicar la astronomía. Oquéis, Maribel, recibido. Cambio y corto.

Sus amigos, unos años mayores, habían llegado a todo justo a tiempo (cuando las cosas eran todavía las cosas) y ahora disfrutaban la merecida recompensa a la puntualidad. Se habían hecho parlamentarios, subsecretarios, publicitarios, empresarios y hasta comisarios de la policía, como Torrecilla, quién lo iba a decir. Los amigos de Antonio, en cambio, estaban dando clases de recuperación en academias, empleados en ferreterías, viviendo en casa de sus padres y subrayando oportunidades de ganar un mínimo de 250.000 pesetas (superables) tricotando en su propio domicilio (paterno)".

En honor a la verdad, la resolución de la historia no está a la altura del planteamiento, e incluso huele a chapucilla improvisada de autor que se desespera pensando "dios mío, a ver cómo vuelvo a liar la madeja que he desliado", y acaba haciendo un nudo cualquiera antes de enviarlo al editor. Una pena. En el haber, sin embargo, tiene la valentía de ir a por todas con un humorismo sin complejos y, en mi balance personal, apuntaré el placer de recorrer con la mirada de Reig las calles de Chamberí, donde se desarrolla buena parte de la trama, y de encontrar cada capítulo sembrado de pequeños guiños que sólo entenderán quienes alguna vez hayan vivido y amado este Madrid. Los demás, tendrán que conformarse con las risas.

PS en forma de batallita del abuelo: recuerdo a Bernardo, que tiene un bar en Bravo Murillo donde nos poníamos tibios de buena cerveza. Él no se proclamaba madrileño, sino habitante de la República Independiente de Chamberí, y era amigo de un francés que apenas hablaba castellano y a quien amenzaba con enviarle al alcalde de Móstoles si se ponía tonto. "En Francia no os enseñan quién fue el alcalde de Móstoles, ¿verdad? Pues un tío que le dio dos buenas hostias a Napoleón". En fin, porque Santiago Segura no frecuentaba ese bar, que si no, acababa la mitad de su parroquia en Torrente IV.

15/09/2007 03:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

GUÍA PARA LECTORES SOFRONIZADOS (2)

Como ya he dicho en el anterior post, la guerra literaria no le interesa a nadie. Interesaría algo si llegaran a oídos del vulgo los dispendios en pompa y boato (subvenciones, cargos, trapicheo, qué hay de lo mío...) que se dilapidan en estas batallas y que salen mayormente de sus impuestos, pero como de eso no se habla y los interesados no hacen más que lamentar su falta de recursos, la guerra es un teatrillo sin público, bastante ridículo, la verdad. A este respecto, al vulgo -especialmente, al vulgo juvenil, el más bombardeado por los anuncios del gobierno- sólo le llegan dos mensajes del Estado: no se drogue y lea mucho. Cuando todo el mundo sabe que, ante ciertos libros, la alternativa de la heroína se erige en la más cabal de todas. Pero eso es un debate para otro día. (Nota: da hasta asquito escribir "vulgo", aunque sólo sea por hacer la coña).

Para no perderse en el océano de novedades y aprender a leer entre líneas los aplausos y los desdenes de los reseñistas à la mode, hay que acudir a los partes de guerra. En este momento, hay dos bandos en combate, con situaciones muy distintas, pero que vienen a resumir la eterna disyuntiva entre forma y fondo. Sí, parece mentira que a estas alturas de la película andemos como en el siglo XVII, con unos diciendo que lo importante es lo que se dice, y los de enfrente, que la clave está en cómo se dice. Las ciencias avanzan, los homosexuales dejan de ser lapidados y hasta los caciques de los pueblos compran arte abstracto, pero en literatura, el debate parece que sigue igual.

Ahora mismo, quienes tienen la sartén por el mango son los que defienden la primacía de lo narrado sobre la narración. No tienen un líder claro y se dividen asimismo en facciones irreconciliables, aunque quizá Almudena Grandes and her husband por un lado -el veterano- y el joven Cercas por otro -el de la bisoñez- sean quienes mantienen alta la moral de las tropas. Hay un sector de advenedizos, muy poderosos, que trata de incorporarse a esta facción, aportando al ejército caballeros templarios y catedrales del mar a troche y moche, pero los intelectuales "legítimos", bien situados, se resisten a concederles la categoría de aliados. Pueden cederles algún espacio en un suplemento dominical, para no tenerles descontentos -al fin y al cabo, venden muchos libros-. Incluso les arrojan de cuando en cuando un sillón de la Academia con olor a anciano perfumado recién fallecido, para que se entretengan creyéndose dotados de dignidad senatorial, pero los ministerios, las cátedras universitarias, las secretarías generales, los premios Planeta y los programas de TVE no los ceden a nadie.

No es para menos, pues las ganaron en buena lid en los años 80, cuando todavía no estaba muy claro de qué lado se inclinaría la balanza. Las tomaron al asalto con ayuda de unos políticos que les dejaron hacer a cambio de que difundieran la buena nueva de que España era un país guay y se había limpiado de fachas. Algunos lo hicieron, y otros sólo se apuntaron al carro, pero todos juntos crearon una red de fortificaciones inexpugnables y arrojaron a sus enemigos lejos, bien lejos.

¿Qué enemigos? Pues quiénes van a ser: los de siempre, los aguafiestas, los del monólogo interior y las novelas en verso. En los años 60, ambos bandos mantuvieron conatos de enfrentamiento seguidos de treguas de cordialidad. Para cuando el Tío Paco murió, los dos estaban prácticamente en igualdad de condiciones de acceder al poder, y entonces se presentó la gran batalla. En un hábil golpe de mano, se quedaron fuera del pastel: ganaron los contadores de historias neogaldosianos. Muchos de los derrotados tomaron el camino del exilio, aglutinándose en torno a un coronel melancólico que encontró reposo a sus cuitas en un zoco marroquí. Allí, poco a poco, el coronel Goytilsolo fue recomponiendo su corte, y recibió numerosas adhesiones de los exiliados interiores, que le contaban cómo las editoriales grandes estaban tomadas por el enemigo y ellos tenían que resignarse a una vida de semiclandestinidad y a ser vilipendiados en los suplementos culturales. "Maestro, nos acusan de hacer experimentalismo vacuo, ¿se lo puede creer?". "Coronel Goytisolo: siguen empeñados en contar historias sin romper el contínuo espacio-tiempo. ¡Están adocenando al público, le están acostumbrando a leer cositas fáciles y no nos dejan hueco!". El coronel Goytisolo, sin embargo, no tenía tiempo para plañideros. Sin caer en el desaliento, y aprovechando el prestigio que se había ganado no solo entre sus soldados, sino en parte del Estado Mayor enemigo, plantea una guerra de guerrillas que le proporciona algún que otro éxito táctico. Como estratega, por desgracia, hace aguas. Mantiene algunos infiltrados en las universidades y de vez en cuando consigue los favores de un editor descontento con el trato del bando contrario, pero sabe que su guerra está perdida.

Perdidos, pero no rendidos y, ni mucho menos, desarmados. El conflicto se puede quedar enquistado otros treinta años y los adeptos al artificio formal no van a permanecer quietos ni van a dejar de poner bombas verbales. Todavía reciben el aplauso de muchos. Algunos, incluso siguen creyendo que escribiendo así abrirán los ojos a los adocenados lectores y provocarán un cambio social imparable, como si André Breton no se hubiese muerto y los fondos de Moscú siguieran financiando las rondas de gin-tonic. Los de enfrente, por su parte, seguirán despreciando a estos "formalistas", aunque copien muchas de sus técnicas para hacer creer a los incautos que han evolucionado desde Galdós, cuando en realidad siguen haciendo la misma literatura y con las mismas armas. Entendiendo esto se pueden leer con tranquilidad los suplementos culturales de este país. Forma versus contenido. Así de simple.

El día que se supere el debate, a lo mejor podemos dejar de hablar de guerras absurdas y sentarnos a charlar de literatura en serio.

11/09/2007 03:18 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 6 comentarios.

GUÍA PARA LECTORES SOFRONIZADOS (1)

Aviso para los susceptibles que por la blogosfera abundan: lo que sigue es un texto subjetivo, hiperbólico, paródico y lleno de clichés. No persigue ninguna verdad filosófica u ontológica –si así fuera, se publicaría en Revista de Occidente o en Qué me dices-, ni quiere influir o condicionar la mirada o el pensamiento de ninguno de sus incautos lectores. Cualquier parecido con un artículo académico es pura coincidencia. Además, y para ser mínimamente honesto –que tampoco tendría por qué-, su iletrado e incapaz autor aclara que se ha inspirado en el último capítulo de Manual de literatura para caníbales, de Rafael Reig, un escritor que le place mucho y cuyo sentido del humor parece de difícil digestión para algunos.

Un escritor amigo dice que, por más que se empeña en ser pop y posmoderno, cuando se pone a escribir le sale el ser humano que lleva dentro y no hay manera de tirar monte arriba. A mí me pasa un poco lo mismo, pero como lector. De vez en cuando, me sobrepongo y me empeño en ponerme al día. Me digo: “Sergio, por dios, ¿qué haces leyendo libros de hace 40 años como si fueran nuevos? Es más, aparta de ti esa antigualla decimonónica que apesta a naftalina. Y si coges algo del tipo Decamerón, por lo menos ten la dignidad de hacerle una lectura transversal e imaginar que estás viendo la última de Calixto Bieitio. Sé moderno, por dios. Qué digo moderno: sé posmoderno, imbécil”.

Así que hojeo unas cuantas revistas y suplementos como si fueran el Marie Claire, para enterarme de qué se lleva esta temporada, y acudo a la librería:

-Buenas, vengo a renovar mi fondo de lecturas, a ver si actualizo un poco mi look, que me estoy quedando desfasado en las charlas de sobremesa.

-Ah, estupendo, porque lleva usted unas pintas “post-boom” que cantan la Traviata. ¿Qué talla de inteligencia usa?

-Normalita, tirando a adocenada pequeño-burguesa, pero sin pasarse.

-Pues nos acaban de traer unas imitaciones de Paul Auster con ribetes de plácida senectud que le irán muy bien.

-Ya, bueno, ¿pero no me quedarán un poco ajustadas? Busco algo más juvenil y desenfadado.

-Entonces, pruébese esta reinvención neopornográfica. En Barcelona se lleva un montón y quedará muy desinhibido cuando salga con sus amigos homosexuales.

-Venga, me llevaré siete de esos, que las revistas lo ponen muy bien, pero mejor sáqueme el modelo en rojo, que me siento comprometido. ¿Qué más me ofrece?

-Como restos de la temporada pasada, todavía gustan mucho estas relecturas de la Guerra Civil.

-Uy, no, que me compré un montón el año pasado y apenas me las he puesto.

-Ajá, ya veo que usted quiere ponerse más atrevido... Aquí tengo un relato fragmentado y polifónico que se desarrolla simultáneamente en un retrete de gasolinera de Arizona y en las fiestas de la Virgen de Agosto de Bollullos del Condado. El protagonista es prostituto de lujo, padre de una china y crítico literario full-time.

-Ah, sí, ése, ése. El que salía en la portada de The Cosmopolitan Review of Books.

-Ya sabía yo que usted estaba en la onda.... Hoy en día, si no lo has leído, no eres nadie. Apresúrese, porque hay un profesor de la Universidad de Providence que pronto lo refutará.

-Ya mismito me lo leo, y después correré a internet para dejar constancia en mi blog.

Salgo de la librería con unos cuantos bolsones y me enfrasco con buen ánimo en la lectura de todo-lo-que-no-puede-dejar-de-leer-para-ser-un-lector-posmoderno -y-actualizado. Al cabo de un mes, estoy razonablemente al día, pero mortalmente aburrido. Entonces, por casualidad y ánimo de refresco, tropiezo con una querencia olvidada y polvorienta. Pongamos que hablo de Sábato, por un suponer. Me digo: venga, hagamos un descanso en el programa intensivo de lecturas actualizadoras. Y para cuando me quiero dar cuenta, me veo remoloneando por mis queridos y obsoletos vejestorios latinoamericanos hasta que compruebo que me he vuelto a quedar fuera de la moda. De repente, lo que yo creía rabiosa actualidad se ha quedado desfasado y tengo que volver a empezar. Así que, la temporada siguiente, repito la operación y me reciclo en la librería.

Hasta ahora, era un sufrimiento cíclico, pero creo que he encontrado la fórmula para ahorrármelo. He trazado un mapa personal del panorama literario patrio y, por extensión, occidental. Es una plantilla sencilla y muy simplificada, pero muy útil también. Con ella, puedo situar las novedades en una región cualquiera con tan solo hojearlas y, por supuesto, sin hacer caso a lo que digan los críticos y reseñistas à la mode. Basta con comprender que la literatura es una zona de guerra. Una guerra que no importa a nadie o a casi nadie, pero guerra al fin y al cabo. Conociendo los bandos y el estado de las batallas, se puede saber casi todo lo que hay que saber. En el siguiente capítulo contaré los secretos de mi plantilla.

10/09/2007 13:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 6 comentarios.

UNA RECOMENDACIÓN

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Por pura casualidad, una casualidad rayuelesca, he tropezado con el blog de Edgar Quinet y Pauline , al que ya estoy enganchado. Por motivos estilísticos, de empatía literaria, y por motivos mucho más personales, porque me trae aromas agradables de momentos de descubrimiento; recuerdos de personas que cambiaron para siempre mi forma de vivir y de sentir. Con permiso del autor -aunque sin pedírselo-, dejadme que copie aquí uno de sus posts. Se titula Un ojo izquierdo llamado Danilo T. Brown 4 (256), y dice así:

Mi ojo izquierdo, llamado Danilo T. Brown, percibe la realidad (o lo que sea) en una escala de 256 tonos de gris. Es incapaz de distinguir el magenta del verde pistacho o del burdeos. Para él todo es blanco o negro o gris (gris claro, gris oscuro, gris oscuro casi negro, etc).
Al principio puede resultar extraño, pero enseguida te acostumbras. El gris es un color muy sufrido y hace juego con todo. Un traje gris (gris marengo, por ejemplo) te lo puedes poner en la boda de tu hermana, en el entierro de tu abuela o en la primera comunión de tu sobrino. También sirve para ir al teatro o para sentarte ocho horas diarias frente al ordenador de la oficina e introducir números en una tabla de Excel.
Al verlo todo gris, además, te cambia el humor y la motilidad del aparato digestivo. Ya casi no sonríes (a qué, a quién) y adelgazas sin parar, aunque no quieras. Dejas de comer verduras y filetes de pollo (una lechuga gris no es comestible, un filete gris hay que tirarlo a la basura antes de que empiece a oler). Sólo puedes ingerir alimentos enlatados, algún pescado poco hecho y pan integral. El único hábitat tolerado por tu ojo izquierdo es la gran ciudad, las calles sin árboles, los edificios de más de 12 plantas, el movimiento rectilíneo de los transeúntes mirando al suelo y con las manos llenas de bolsas de Zara y Pans&Company. No puedes salir de casa sin paraguas. Ya no existe el cielo azul. Diga lo que diga el hombre del tiempo el cielo siempre es gris y amenazante igual que la ceniza de un cigarrillo o las escaleras mecánicas de los centros comerciales.
Está claro. No es lo mismo mirar el mundo con un ojo derecho cualquiera que con un ojo izquierdo llamado Danilo T. Brown que percibe la realidad (o lo que sea) en una escala de 256 tonos de gris. Gracias a mi ojo izquierdo todo lo que miro me parece intelectual y trascendente (además de gris). Una caca de perro es un dilema ontológico, un coche aparcado en batería da para un libro de poemas, una mosca que pasa mientras cago con la puerta abierta da para un post de 335 palabras. Sin el gris nada merece la pena. El gris es el color literario por excelencia, es el color del suspense y del cine de culto (toda la sección de cine de autor de la Fnac está llena de películas en blanco y negro. Y gris). En el gris está el origen y la esencia. Todo lo demás (el magenta, el verde pistacho, el burdeos) son adornos y metáforas baratas. Pirotecnia
.

No sé quién se esconde tras este blog, pero me gustaría leer algún libro suyo pronto.  

Imagen: el verdadero Edgar Quinet, amiguísimo de Victor Hugo. 

04/09/2007 01:58 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

CATALÁN Y RICO

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Vengo de Jaca, de asisitir a un muy interesante curso sobre novela española del siglo XXI organizado por la Universidad de Zaragoza y en el que han participado escritores, críticos, editores y agentes literarios que han debatido y analizado la situación actual de la narrativa y del mundillo literario españoles. No voy a dejar constancia de todo lo que se ha dicho, aunque seguro que daría para animar más de un debate en este garito electrónico, pero he salido con la sensación de que vivimos un momento complicado, con unas coordenadas confusas y una creciente incapacidad para diferenciar entre literatura y mercado editorial literario. En fin, que como diría alguna fandanguera -en plata, para desengrasar un poco el empacho de altos vuelos dialécticos que me he metido para el cuerpo este fin de semana-, que "no tengo el chocho pa farolillos" y me veo incapaz de escribir con sensatez sobre el tema. Quizá vayan saliendo pinceladas en próximos días.

Hoy sólo quiero recoger por escrito, antes de que se las lleve el viento, un par de perlas lanzadas por Constantino Bértolo, uno de los editores por cuyos favores suspiran (¿suspiramos?) los aprendices de escribidor de este país con cierta querencia por la exquisitez (qué cursi me ha quedado eso, pero no pienso borrarlo).

La ponencia de Bértolo se titulaba "El editor atento. El descubrimiento de nuevos valores", y en ella contó un poco por encima en qué consiste su labor dentro del entramado del mundillo y cómo pueden acceder al mercado nuevos nombres que no busquen pegar un pelotazo con una novela histórica o con cuentos de piratas en los mares del sur. Cito los momentos estelares de su brillante -y descarnadamente ilustrador- discurso. Los reproduzco sin miedo porque fueron pronunciados en una tribuna y con micrófono, así que entiendo que son completamente públicos y publicables:

"Cuando me preguntan qué hace falta para ser un buen editor independiente en este país yo siempre respondo que hay que ser catalán y rico. Porque, el editor atento, primero tiene que serlo en el sentido antiguo del término, de 'qué atento es este caballero', y si tienes un chalet en Pedralbes con un salón amplio y un buen jardín, puedes ser muy atento con el director general de turno, el crítico del suplemento literario que corresponda y el editor francés que interese en ese momento. Si tienes un piso, no te cabe tanta gente ni puedes ofrecer una cena en condiciones".

"Luego hay gente que se sorprende de que un autor se ponga de moda simultáneamente en cuatro países. Y yo les digo: 'Coño, pues haber estado en la cena en la que se habló'".

"Las cartas de presentación que acompañan los manuscritos que llegan a una editorial son el género literario más difícil al que se enfrenta un escritor. Habría que publicar una antología. Muchas vienen con frases del tipo 'a Vila-Matas le ha gustado mucho y cree que te va a interesar'. Coño, pues si le ha gustado tanto, ¿por qué no se la recomienda a su editor en vez de enviármela a mí?".

"Muchas veces, las recomendaciones sirven para descartar, según quién las haga. También es verdad que si un escritor del que te fías te recomienda un manuscrito, lo pones por delante en el orden de lectura, aunque eso no garantice nada. No es cierto que no sirvan de nada. Si un autor que vende 300.000 ejemplares va a su editorial con el libro de su amigo, la novela sale al día siguiente, y sin necesidad de que nadie la lea. Claro que, escritores así, hay pocos en este país".

"Cuando trabajaba en Debate (donde dirigía la colección Punto de Partida en los años 90, cantera de jóvenes talentos que empiezan a dejar de serlo. A dejar de ser jóvenes, digo) tenía un buen equipo de lectores profesionales a mi cargo. Yo hacía una primera criba, que a veces se hace sin abrir el manuscrito, con el simple título, o con la presentación, si viene muy desastrado o lleva una errata en la primera línea... O incluso con las dedicatorias. Los autores no se dan cuenta de que las dedicatorias también son texto, y si tú abres un manuscrito que empieza diciendo 'A mi novia, que tanto se ha sacrificado por mí y esas cosas', no dan ganas de seguir leyendo. Por no hablar de las citas: una cita dice mucho del autor que la selecciona. Bueno, cuando hacía esa criba, los que la superaban, más o menos la mitad, pasaban a los lectores, que me los devolvían con un informe. El informe consistía en una descripción del argumento y una valoración literaria. En realidad, lo de la valoración literaria lo ponía para que los lectores pudiesen demostrar su oficio crítico y quedarse tranquilos, pero lo que a mí de verdad me interesaba era saber cómo habían resumido la trama, pues en esas frases es donde dejaban caer los juicios de valor reales. Y no siempre un mal informe descalificaba un manuscrito. Si a un lector le había parecido una novela 'horrible' o 'irritante'... En fin, una novela que tiene la capacidad de irritar merece un vistazo".

"Si tu manuscrito ha pasado por todas las editoriales y ha sido rechazado en todas, cámbiale el título y vuelve a hacer la ronda. Probablemente va a caer en lectores diferentes y es posible que encuentres uno que le guste y lo recomiende".

He aquí toda una guía práctica sobre el mundo editorial, en seis párrafos.

Foto: un extraño retrato de la escritora Belén Gopegui, pareja de Constantino Bértolo, que ha paseado también su melena gris por las calles de Jaca este fin de semana.

02/09/2007 21:21 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

APRENDER DE UMBRAL

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Hay que ver cómo es internet. Se muere alguien, la gente va como loca al Google buscando referencias de ese alguien y un olvidado artículo de este pobre y mísero blog empieza a recibir visitas y algún que otro comentario. Me refiero a la única referencia a Francisco Umbral que he hecho en este garito, de soslayo y traída por los pelos. Pero la gente se agarra a un clavo ardiendo. Yo la tenía más que olvidada (fue hace más de un año), pero la recupero ahora, antes de escribir algo más sosegado y acertado sobre él:

"Puede que me equivoque, porque cito de memoria, y después de un día de trotar por varios pueblos de Aragón no me apetece buscar la cita exacta -tarea pendiente para otro día-, pero creo que Francisco Umbral habla de su pene en algún momento de Mortal y rosa (¿Y cuándo no habla de su pene?, se preguntarán los maliciosos, a lo que me veré obligado a responder que algunas veces también habla de su pelo, de su pluma, de su pecho y de otras muchas cosas que empiezan por "p" y que sólo tienen en común pertenecer a su nunca bien ponderado ego. Mis perdones a los umbralianos). El caso es que -creo, estoy casi seguro- Umbral dice en algún momento que las artes plásticas sólo se han atrevido a representar penes flácidos e inofensivos. El pene erecto es demasiado agresivo, demasiado dominante, demasiado distorsionante para cuadrar en una representación erótica. El pene erecto se asimila -siempre según esta torticera evocación umbraliana- más con un arma que con el placer, es decir, más con Thanatos que con Eros".

No volví a buscar la cita exacta ni volví a referirme a Umbral en el blog. Ni siquiera cuando Pérez-Reverte le citó a la salida para medirse como un macho. Ahí ha quedado, pendiente. No es que yo tenga algo especialmente estimulante que decir sobre él. Ni le conocí ni sé ningún secreto inconfesable suyo. Sé lo que todos. Sé de sus libros y de su careta de personaje. Al margen de eso, mi conexión con él (esos seis grados de separación que dicen que hay como máximo entre todos los seres humanos del planeta) viene por una vieja amiga a la que ya sólo sigo a través de los artículos que publica. Creo que ella tiene el honor de haberle hecho la última entrevista, que publicó en forma de sentido retrato, de relato de un día en su aislada casa, con la presencia de María España de silencioso fondo.

Leí Mortal y rosa en un momento complicado y metamórfico (vaya palabro me he inventado) de mi vida y me llegó muy hondo. Hoy me extraña que un chaval sintiera esa empatía hacia el oscuro prota de un relato tan negro... En fin, quizá yo no era la alegría de la huerta con 17 o 18 años. A unos les da por la heroína, y a mi me dio por los falsos bohemios. No sé qué es peor, la verdad, pero es lo que he vivido. Creo que en Mortal y rosa atisbé además un Madrid que me resultaba muy familiar. Un Madrid asfixiante, de casticismos moribundos y resabios galdosianos. Lo vi más claro en La noche que llegué al Café Gijón, y gracias a Umbral y a la caterva de presuntos escritores malditos que llevaba sobre sus espaldas, aprendí a amar y a odiar por igual a Madrid. Y que se puede amar y odiar al mismo tiempo casi cualquier cosa. De Umbral aprendí las sutilezas de la ambivalencia y, como en un curso de cata, también aprendí a percibir el aroma de la putrefacción, que nada tiene que ver con el aroma de lo marchito. Más tarde, me dediqué a desaprender todo lo que había aprendido con él, y gracias a eso sobreviví con alegría.

Creo que quienes hemos leído a Umbral cuando nos creíamos letraheridos (y cursis, y estúpidos) hemos recibido una marca profunda. No sé si su literatura sobrevivirá, no sé si hablaremos de él como de un clásico. Personalmente, lo dudo mucho: le olvidaremos como olvidamos a su maestro, González Ruano. Umbral es ya pasto de eruditos y mitómanos, pronto dejará de ser un producto de masas, si es que alguna vez fue eso. Creo que fracasó en su empeño de fabricarse una cabeza: se quedó al final en simple caricatura. Con él, eso sí, desaparece para siempre una forma de vivir y enfrentarse a la literatura. Con él desaparece la literatura de subsistencia crecida en veladores de mármol de la Corte. Para mucha gente, tristemente, sólo quedará el personajillo que quería hablar de su libro. Pero él lo quiso así, sería ñoño lamentarlo. Para mí, después de muchas vueltas y revueltas, Umbral quedará como el inventor-cronista de un Madrid falso, arribista y neogaldosiano. Un Madrid más reconocible en las páginas de algunos libros que en sus calles actuales. Un Madrid de ficción, tan de ficción como su autor.

He sentido su muerte. Me he quedado con las ganas de conocerle.

 

PS: Me ha venido a la cabeza el último gran momento umbraliano que he vivido. Fue una Nochevieja en Madrid, hará dos o tres años. Nuestro querido J., oriundo de un pueblo zamorano en el que practican cierto salvajismo celtibérico con una cabra y un campanario, harto de nuestras bromas sobre cuadrúpedos voladores y garrulos varios, vino a la cena pertrechado con una contraportada de El Mundo. Se hizo el silencio, él se levantó como si fuera a bendecirnos, y leyó la columna de Umbral que había en ella, consistente en una retórica y repompolluda defensa de la cabra y el campanario y de otras costumbres atávicas. Lo leyó como Demóstenes, pocas veces he visto declamar tan bien, y se ganó nuestro aplauso. Umbral le convirtió en el prota de la noche. Una noche tan divertida, que me gustaría recordar mejor, sin las comprensibles lagunas etílicas.

28/08/2007 13:46 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 10 comentarios.

TAYLORISMO ELITISTA

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Kiko Amat, en el Culturas de La Vanguardia, escribe un artículo muy acertado, que resume básicamente lo que yo pienso, sobre la costumbre de la revista Granta de seleccionar cada década a los mejores novelistas jóvenes. En esta ocasión le ha tocado el turno a los mejores novelistas jóvenes norteamericanos. Estas vacaciones leí la antología en cuestión y, salvando dos o tres relatos, todos me dejaron un regusto de cosa prefabricada e insípida. Pero, además, leyendo el prólogo, me quedaron claras otras cosas que invitan a desconfiar mucho de quienes quieren emular a la MTV en plan cultureta. Porque una cosa es marcar tendencias o jugar a adivinar por dónde va la vaina moderna, y otra muy distinta es "marcar la agenda de lecturas de toda una generación", como se vende Granta. Al loro cantimploro, porque la cosa tiene su miga:

1) El proceso de selección lo realizan universitarios excelsos y profundamente elitistas. Así, si en la lista de los mejores novelistas británicos, casi todos procedían de Oxford y de Cambridge, en la de norteamericanos, la mayoría son aplicados empolloncetes de la Ivy League. Y, como la propia historia de la literatura demuestra, el talento no fermenta sólo en los campus de Nueva Inglaterra. Como dice Amat: "Es más probable que un camello pase por el ojo de una aguja a que un no universitario pobre y autodidacta publique en Granta. Si Bukowski viviese, su máxima relación con Granta sería limpiar los retretes de la editorial". Y no quiero ni pensar en cómo los dejaría de guarros. Les saldría más a cuenta tenerle como articulista.

2) El editor de Granta, Ian Jack, cita en el prólogo a Zadie Smith, con quien comparte escándalo por la abundancia de antihéroes violentos y escatológicos en los relatos. ¿Cómo es posible, si son jóvenes ricos y mimados que no han experimentado más muerte en su vida que la de su perrito Randall? Jack lo achaca a una "mal asimilada" influencia del realismo sucio de Carver en los talleres literarios donde se han formado estos escritores. He aquí lo nunca visto: taylorismo elitista. Mucha técnica pero nada que contar. ¿No decía Oscar Wilde que para escribir sólo hacían falta dos cosas: tener algo que escribir y escribirlo? Ya vendrán los lectores luego a discriminar si les interesa o no lo que está escrito. Pero claro, Wilde ya no imparte seminarios en Harvard ¿Para qué leerlo si no puedes ponerlo en el currículum? Por mi parte, tengo claro que, para leer malos sucedáneos de Raymond Carver, prefiero releer los cuentos de Raymond Carver. Qué poco moderno soy, ¿no? No me extraña que no me inviten a rave parties.

3) No hay nada más prescindible que una lista de imprescindibles. No está de más echarle un vistazo. De hecho, yo me he quedado con las ganas de leer algo más de un par de autores (por ejemplo, de Kevin Brockmeier), pero os aseguro que no va a marcar mi agenda de lecturas ni la de nadie. Entre otras cosas, porque soy demasiado veleta para gastar algo tan presuntuoso como una agenda de lecturas".

23/08/2007 01:02 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

MINIMALISMO TRÁGICO

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No he leído la que dicen que es su obra grande, El fin de Alice, pero me he empapuzado de su última novela, recién traducida por Anagrama, y mi cuerpo pide más. Firma como A. M. Homes, tiene 46 años, le gusta posar ante la cámara pasándose la mano derecha por la nuca y mirando con una mezcla de sugestión e indiferencia, da clases en la Universidad de Columbia y publica sesudos artículos en The New Yorker. Pero nada de lo anterior importaría si no fuera porque su literatura despide el hálito inquietante de los que, además de mirar el mundo, saben enseñarlo.

El discurso de Este libro te salvará la vida está reducido a sus rasgos mínimos, como dicta la moda de la literatura norteamericana actual, pero A. M. Homes utiliza este ascetismo estilístico para dar potencia expresiva al relato, para expandirlo en lugar de contraerlo. Narrador en tercera persona, punto de vista del protagonista, discurso lineal. Punto pelota. Descripciones sumarias que parecen casi acotaciones, mucho diálogo, que los personajes se muestren a sí mismos con sus palabras y sus hechos, y mucha acción (no de pistolas, sino que sucedan cosas continuamente, que no haya tiempos muertos ni paréntesis reflexivos). Aguantar con estos pies forzados durante 400 páginas sin caer en la tentación de sacar músculo estilístico, y sin sentir la necesidad de tomar un desvío barroco o de que el narrador abra su bocaza para decirle al lector lo que debe pensar sobre los personajes es todo un logro. Pero todavía lo es más que haya construido la novela con esos elementos sin acabar varándose en lo vacuo o en la parodia pedante, dejando la anécdota en pelotas en medio de la calle, y al lector, con la sensación de haberse hartado de canapés más o menos divertidos, pero sin valor nutritivo alguno.

No, A. M. Homes no es una snob minimalista más. A. M. Homes tiene chicha, mucha chicha. Y fuerza. Y grandeza. Ella pertenece a la estirpe de grandes narradores norteamericanos capaces de recoger su época entera en un par de cochambres de carne y hueso que ellos llaman personajes. Y la falsa facilidad con la que parece conseguirlo da mucha envidia. Aunque se puede intuir el fino trabajo de orfebre que hay detrás de cada oración yuxtapuesta. Serán incontables las metáforas y adjetivos que habrá podado en mil correcciones o que habrá reprimido cuando asomaban por la punta de sus dedos, dispuestos a volcarse en el teclado.

Este libro te salvará la vida tiene un punto de arranque muy sencillo y manido: un hombre acomodado en su middle-age crisis, sin nada que hacer ni que desear. Más solo que la una y consumido por el cáncer de la apatía en su casa de Los Ángeles. La cosa parece que se va a quedar en un alegato contra el consumismo, contra la demencia cotidiana de nuestras atiborradas ciudades occidentales, pero la novela va creciendo y descubre unos abismos mucho más grandes y universales.

Evidentemente, el hombre recibe un impulso que le obliga a ponerse en marcha y a descubrir (y a descubrirnos) un mundo extraño. Como Dorothy en El Mago de Oz, va recorriendo el camino de baldosas amarillas y se va tropezando con el espantapájaros (un hindú feliz que tiene una tienda de donuts), el hombre de hojalata (un genio guarro y huraño que atrae inexplicablemente a las mujeres) y el león cobarde (una ama de casa llorosa que odia a su odiosa familia). Pero no van en pos de ningún mago. Tampoco sabrían qué pedirle.

Por supuesto, hay mucho de lo que los americanos llaman "lenguaje explícito". Es algo que gusta mucho en los ambientes literarios neoyorquinos: los personajes dicen mucho fuck y procuran practicar ese fuck de las formas más aberrantes y escandalosas posibles, pero, a diferencia de lo que ocurre en la literatura de Bret Easton Ellis (American Psycho), no son conductas subrayadas. Son cosas que pasan en el libro, pero el libro no va de eso en absoluto. Es una parte más de la errática y trastornada vida de los personajes.

Porque ya he dicho que pasan muchas cosas, y todas muy documentadas. En ocasiones, parece un reportaje: Homes describe los procesos con minuciosidad. Si el paciente va a urgencias, la sala de urgencias que se describe probablemente sea real, y deja constancia en la cantidad de detalles que se amontonan. La suma de detalles es importante en el libro, pero las descripciones son telegráficas. El efecto que produce es el del caos que provoca el orden cuando lo ocupa todo, y traslada al lector la angustia y la sensación abrumadora que siente el protagonista.

Vaya, que me ha gustado, que voy a seguir leyendo a esta "bad girl" (así es como está encasillada) y seguiré informando.

03/07/2007 01:27 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

ECOLOGISMO PIONERO

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Qué curioso es esto de viajar. El bueno de Alexis de Tocqueville pasó nueve meses de su vida recorriendo Estados Unidos por encargo del Gobierno francés para redactar un informe sobre el sistema judicial y penitenciario de ese país, y por el mismo precio, fundó la sociología moderna y retrató con incisión a toda una nación y, de paso, a toda su época. Ya sabemos que de su experiencia americana salió La democracia en América -que todo el que ha pasado por la universidad y ha olisqueado el espinoso mundillo de las ciencias sociales ha leído o, al menos, le han contado de qué va- pero al lector español le estaba vedado un librito menor, aunque muy significativo, que en 2005 publicó Ediciones Barataria: Quince días en las soledades americanas.

Situémonos. Año 1831. No han pasado ni 60 años desde que las trece colonias se declarasen independientes y fundasen los Estados Unidos. Poco a poco, los jóvenes territorios avanzan en pos de su "destino manifiesto", aunque todavía no se han enzarzado con los mexicanos y los únicos indios que han tratado son los de la Confederación Iroquesa, cuyos últimos miembros agonizan entre basuras, ebrios por el aguardiente barato que les venden los blancos. En el sur de lo que todavía no es Estados Unidos, los criollos de Luisiana destrozan el bello francés de sus amos en ceremonias de vudú; las antiguas ciudades españolas de La Florida se hunden en el lodo de los pantanos, y, más allá, católicos y violentos mexicanos intentan que el desierto no se coma las remotas misiones de California y Arizona. En el resto, desde los Grandes Lagos hasta el Pacífico, bosques y bosques apenas habitados por indígenas, a la espera de que lleguen los pioneros europeos con sus arados y rifles.

Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont, ilustradísimos jóvenes (tenían 26 años), desembarcaron en el Nuevo Mundo con una misión, pero había en ellos algo más fuerte que el sentido del deber: la curiosidad del viajero. Este libro es el mayor testimonio de esa pulsión ilustrada tan poco valorada por los que viven dominados por el sentido práctico de la vida. Gustave y Alexis se empeñan, contra todo consejo, en conocer la última frontera de la civilización europea, y emprenden un viaje a caballo desde Albany hasta Saginaw, el último asentamiento de los colonos, en los confines de lo que hoy es la frontera entre el estado de Michigan y Canadá. El límite de lo que entonces eran los Estados Unidos: un puñado de cabañas de madera en el confín de la nada, a muchas leguas de la ciudad más cercana, donde vivían unos cuantos pioneros ingleses y franceses llegados desde Canadá y enfrentados entre sí. Nadie entiende por qué dos cultos jóvenes franceses quieren ir hasta allá si no tienen intención de instalarse ni de hacer negocios. Nadie entiende por qué se esfuerzan tanto por el mero placer de conocer paisajes y gentes.

El libro cuenta ese viaje hacia la última frontera de Europa, hacia el lugar donde la naturaleza absolutamente salvaje chocaba con las ansias y miserias de la civilización europea, y contiene todo lo que a mi entender debería armar un buen reportaje viajero: un estilo sobrio, un narrador con capacidad y predisposición para el asombro y una potencia descriptiva subordinada al desarrollo narrativo. Hay mucho que aprender de los viajeros ilustrados.

Pero lo que más llama la atención para el lector moderno es la sensibilidad que demuestra Tocqueville para la destrucción de esos territorios vírgenes. Hoy podríamos hablar de ecologismo, pero sus contemporáneos lo achacarían más bien a la nostalgia propia de un conservador aristócrata que lamenta la desaparición del Antiguo Régimen. No es extraño encontrar presuntos ecologistas entre los reaccionarios. Al fin y al cabo, la diferencia léxica entre conservador y conservacionista es ficticia (sí, ya sé que un reaccionario no es lo mismo que un conservador y bla, bla, bla, pero no nos pongamos pejigueros). Pero como cada generación lee lo que quiere leer en los clásicos, digamos que sí, que Toqueville fue un precursor del ecologismo. Razones hay para creerlo. A mí me sobrecoge bastante este pasaje, cuando habla de los bosques que rodean Saginaw, y que ilustra el desconcierto de un hombre que no termina de asimilar el mundo en el que le ha tocado vivir:

"La idea del acabamiento de esta grandiosa y salvaje naturaleza se mezcla con las soberbias imágenes que produce la marcha triunfante de la civilización. Uno se siente orgulloso de ser hombre y al mismo tiempo siente una especie de amargo pesar por el poder que Dios nos ha concedido sobre la naturaleza. El alma se siente agitada por ideas y sentimientos antagónicos, pero todas las impresiones que recibe son intensas y dejan una profunda huella".

Pues eso, carnaza reflexiva en estos tiempos de cambio climático.

24/06/2007 18:38 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

PATERAS DE POLVO

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La editorial Libros del Asteroide sigue recuperando joyas de los anaqueles de viejo, lavándoles la cara y empaquetándolas para el lector del siglo XXI, y ahora le ha tocado el turno a John Steinbeck, lo que me viene de perlas para mi revisión de los mitos U Ese A. 

Los vagabundos de la cosecha es una colección de reportajes que Steinbeck publicó en 1936 en The San Francisco News sobre los agricultores arruinados que llegaron desde Oklahoma y Arkansas para trabajar en las plantaciones de California. Estaban hambrientos y agotados. White Trash: basura blanca, como se les llama allí. Con esta experiencia y con los personajes que conoció durante su trabajo periodístico, Steinbeck construyó Las uvas de la ira, con la que ganó el Pulitzer en 1939 y la amistad de Henry Fonda un poco después, cuando interpretó a Tom Joad en la primera versión cinematográfica de John Ford. 

Steinbeck es un tótem-paria de la cultura americana, como Hemingway y como Dos Passos. Su trabajo, primero como periodista y después como novelista, le valió una reputación de abanderado de esa izquierda ruda y animosa que tomó Washington en los 60 cantando versos de Joan Baez. Pero por poco tiempo: resultó que Steinbeck, el escritor que había hecho llorar a varias generaciones de estadounidenses con su relato sobre las penurias de los temporeros y de cómo el hombre es un lobo para el hombre, estaba de acuerdo con la guerra de Vietnam. Hasta sus hijos se avergonzaron de él, y pasó de tótem a paria en un plis plas. 

Todos se olvidaron de su mirada de reportero y de la historia que les contó en Las uvas de la ira. Pero resulta que había otro individuo que también vio lo mismo que él, contó lo mismo que él, y que fue igual de ignorado que él en sus últimos años. La cuestión no era su postura ante la guerra, sino que pertenecían a una América distinta, tan "gone with the wind" como la de Scarlett O'Hara. Esa persona se llamaba Woody Guthrie y fue uno de esos campesinos que cruzaron el desierto hasta California para huir del hambre. Más tarde, cantautor de culto -con una pegatina en su guitarra que decía que era una máquina de matar fascistas- e inspiración reverencial de Bob Dylan, que le conoció en sus últimos estertores.

Los campesinos estaban arruinados porque una gran tormenta de polvo hizo inservible la tierra y tuvieron que emigrar. Algún periodista, al ver el polvo posándose sobre el gran valle central, tituló su crónica "Dust Bowl": "Cuenco de polvo". Y así fue como tituló Woody Guthrie el disco en el que contaba el drama de aquellas gentes.

El libro viene acompañado por las famosas fotos que Dorothea Lange hizo por encargo del Gobierno de U Ese A para documentar el éxodo. Sugiero compararlas con las que nos llegan todos los días de las pateras. Haciendo abstracción de dos o tres detalles sin importancia, como el mar o el color de la piel, parece que las fotos de Lange se hubieran hecho ayer mismo. ¿Es que siempre van a ser necesarios Steinbecks que cuenten estos éxodos? 

08/06/2007 01:05 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

EL PILAR DE DON ERNESTO

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Como estoy algo vago, a la par que ocupado en esta insufrible recta final hacia las vacaciones, rescato este texto sobre Hemingway que publiqué el 15 de octubre en Heraldo, cuando se cumplían 50 años de su visita a Zaragoza. Forma parte de mi revisión de los grandes mitos de U Ese A.

¿No sabe usted que su tierra es absolutamente igual que la mía? Desde Calatayud a Zaragoza mi mujer y yo creíamos viajar de nuevo por el Estado de Wyoming. La misma tierra roja, las mismas erosiones, los mismos árboles frutales. No había visto nunca una cosa igual". Expansivo, cordial, como en casa. Así se sintió Ernest Hemingway (1899-1961) durante su visita a Zaragoza, de la que se cumplen ahora 50 años. Llegó a la capital aragonesa un 13 de octubre de 1956, en plenas fiestas del Pilar.

El Hemingway que estuvo en Aragón era algo más que una leyenda, pero una leyenda que rodaba ya cuesta abajo, pese al éxito de "El viejo y el mar" (1952), que vendió más de cinco millones de ejemplares en todo el mundo, y al todavía reciente premio Nobel, que recibió en 1954.

Laureado y millonario, era también, sin embargo, un hombre de 57 años que empezaba a comprobar con tristeza que su cuerpo no aguantaba los excesos de antaño -que, a su vez, le estaban pasando factura-. "El sol tropical y la guerra -escribió en HERALDO el cronista de la visita, José Luis Borau, que fue periodista antes de dedicarse al cine- han levantado ronchas rojas en su piel blanca, le han despellejado vivo". Las ronchas no se debían al sol, como creía el redactor, sino a la psoriasis que padecía, agudizada por el alcohol y sus altibajos emocionales, que pronto desembocarían en serias depresiones. Quizá nadie era capaz de intuirlo, pero el "don Ernesto" -así le conocían muchos españoles- de 1956 no era ni la sombra de su mito.

"Con la inspiración no se puede hacer pronósticos", respondió a Borau cuando éste le preguntó sobre los temas que trataría en sus próximas obras. Era una respuesta evasiva de un autor que ya no publicaría ningún libro más hasta su muerte y que empezaba a echar en falta esa inspiración que no admitía pronósticos. Si no quiso contarle a Borau los proyectos que se traía entre manos era porque no tenía ninguno, salvo un vago encargo de la revista "Life" para publicar una serie de crónicas taurinas como secuela de "Muerte en la tarde".

De hecho, el autor de "Por quién doblan las campanas" no visitó la capital aragonesa por placer turístico, sino por pasión taurina. En el cartel de la Feria del Pilar de aquel año estaba el diestro Antonio Ordóñez, de cuyo toreo Hemingway se declaraba enamorado. El estadounidense había viajado a España a finales de verano con el único objetivo de seguirlo de plaza en plaza, y desde el tendido de la de Zaragoza posó para Marín Chivite, quien le retrató sonriente y con los ojos entrecerrados. El otro testimonio gráfico de la visita, obra del mismo fotógrafo, se hizo en el bar del Gran Hotel, donde aparece rodeado por los jóvenes redactores de HERALDO José Pérez Gállego, José Luis Borau y el recientemente fallecido Joaquín Aranda.

Hemingway estaba en pleno proceso de "reconciliación" con España, país que siempre sintió como su segunda patria. Al acabar la Guerra Civil, dado su compromiso con el bando derrotado, pasó muchos años sin regresar, período que vivió como un exilio doloroso. En 1953 volvió a Madrid y a Pamplona, y el de 1956 era el tercer viaje que realizaba a tierras españolas desde el fin de la contienda, y la primera y única vez que estuvo en Zaragoza.

Y eso que el autor de "Fiesta" había dado variadas y significativas muestras de cariño hacia esta tierra, más allá del efecto hipnótico que ejerció sobre su mirada el paisaje de las vegas del Jalón y del Ebro. El yate que mandó hacer en 1934 y que hoy se conserva en Cuba fue bautizado como Pilar, el mismo nombre que hubiera dado a su hija si no hubiera tenido un varón. Pilar se llamaba también un recio personaje de "Por quién doblan las campanas", y no es, ni mucho menos, la única presencia aragonesa que habita sus páginas.

Su estancia duró cuatro días (del 13 al 16 de octubre) durante los cuales diseminó por la ciudad su castellano pausado, "con cierto acento cubano" y lleno de anécdotas guerreras y salvajes.

06/06/2007 19:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.

PASTORAL, DE ÁNGEL GRACIA

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"Escribir sobre mi familia es escribirme a mí mismo una larga carta que me cuenta o me explica de dónde vengo, quiénes me hicieron posible, una carta que voy leyendo mientras escribo". Y escribiéndose a sí mismo, como él dice en este pasaje del libro, Ángel Gracia nos ha escrito a los demás una preciosa novela de iniciación. Preciosa, no preciosista, como algún prejuicioso puede pensar si conoce los antecedentes poéticos del autor. "Pastoral" está hecha de una prosa tan austera y comedida como los paisajes en los que transcurre. A veces, son los poetas, que conocen el poder estético de la palabra mejor que nadie, quienes dan una lección de sencillez y contención a los escritores obsesionados por "escribir bonito".

"Pastoral" (Premio de Narrativa de la Universidad de Zaragoza 2006, editada ahora por Prames) es la primera incursión del poeta zaragozano Ángel Gracia (1970) en la prosa, después de publicar cuatro poemarios en los que los vientos y las ruinas de la estepa aragonesa están tan presentes como en este libro.

Esta vez, en las poco más de cien páginas que componen "Pastoral", su narrador, un yo autobiográfico -con los límites y licencias que sólo los íntimos del autor descubrirán- se sumerge en el paisaje de sus antepasados, pastores de las tierras de Cariñena, tratando de asimilar su legado y toda su vida anterior, e intentando aplazar al mismo tiempo la inevitable toma de decisión sobre el rumbo que va a seguir su vida cuando el paréntesis del verano se cierre.

El protagonista acaba de terminar sus estudios universitarios en Jena (Alemania), donde ha disfrutado de una beca Erasmus y se ha dejado fascinar por el espíritu del poeta Hölderlin, cuya locura y soledad generan una fuerte corriente de empatía en el narrador. Al regresar a Zaragoza, se encuentra con que su abuelo acaba de fallecer. Así, lejos de la acogedora tutela de la universidad y roto el eslabón que le encadenaba con más fuerza a su infancia y a sus raíces, el protagonista se encuentra -quizá por primera vez en su vida- solo.

Por eso, y siguiendo las enseñanzas confucionistas que ha aprendido en Alemania, decide recorrer en bicicleta Longares, Muel, Cariñena y el resto de pueblos en los que reposa la memoria de su familia. Sin concesiones a una nostalgia ñoña que podría brotar como la mala hierba en los sembrados, Gracia se asoma a los abismos del yo mostrando sólo el borde, dejando que el lector se impregne por todo lo que no se dice, y complete un relato que rara vez pasa del nivel descriptivo y que apenas sí se permite alguna que otra disertación ensayística. Los huevos con chorizo que sirven unas rusas en un bar, la broma socarrona de un ciclista en una cafetería de Muel, la mirada de una prima soltera en una vieja casona de pueblo o la comilona pantagruélica que celebra el protagonista con su mejor amigo en un mesón son destellos que indican al lector dónde debe buscar el filón.

En ese sentido, la brevedad es una baza técnica imbatible que sitúa el libro en una zona híbrida. "Pastoral" puede ser una novela corta lo mismo que un cuento largo, pero no creo que acotar el género influya en la lectura, que transcurre ante los ojos placentera y, a ratos, reveladora, como un aforismo de Confucio.

**Reseña publicada en el suplemento Artes y Letras de Heraldo de Aragón. Ángel Gracia, además de escribir, lleva la programación del Fórum de la Fnac de Zaragoza, y desde su cargo cometió el error de proponerme un par de veces presentar unos libros. Obviamente, los actos constituyeron un fracaso de público que podría haberse calificado de bochornoso si servidor supiera lo que es la vergüenza. Así que -muy sabiamente, visto lo visto- Ángel siempre opta por presentadores con más gancho.

22/05/2007 06:13 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 34 comentarios.

DEAR DIARY

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Los blogs cumplen diez años, y yo he encontrado este poema de Leonard Cohen que parece celebrar el origen privado y testimonial de este divertimento que nos tiene a todos tan entretenidos. Además, enlaza con lo que hablábamos hace poco de Georges Perec y la universalización de la experiencia personal. De como una persona puede ser (y de hecho, somos) todas las personas a la vez. Se titula Dear Diary:

 

 

 

You are greater than the Bible
And the Conference of the Birds
And the Upanishads
All put together.

You are more severe
Than the Scriptures
And Hammurabi's Code
More dangerous Luther's paper
Nailed to the Cathedral door.

You are sweeter
Than the Song of Songs
Mightier by far
Than the Epic of Gilgamesh
And braver
Than the Sagas of Iceland.

I bow my head in gratitude
To the ones who give their lives
To keep the secret
The daily secret
Under lock and key.

Dear Diary
I mean not disrespect
But you are more sublime
Than any Sacred Text.

Sometimes just a list
Of my events
Is holier than the Bill of Rights
And more intense.

24/04/2007 01:03 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

ENTREVISTA A ISAAC ROSA

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El sevillano Isaac Rosa estuvo el otro día en Zaragoza presentando en la Fnac su última novela, ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! Le presentó Javier Rodrigo, nuestro Javivi (glups, he desvelado su identidad supersecreta) y yo aproveché que el Pisuerga pasaba por aquí para conocerle y hacerle una entrevista para el periódico donde echo las tardes. Hela aquí. Aclararé que el tratamiento de usted es preceptivo en las entrevistas del periódico, pero yo tiendo al tuteo, para qué nos vamos a engañar.

Su último libro es una reedición de su primera novela, pero le ha añadido los comentarios de un supuesto lector que critica y desmonta cada capítulo. ¿Dónde termina el juego y dónde empieza la fustigación masoquista?

Cuando me propongo hacer una propuesta de lectura crítica de mi primer libro, llega un momento en el que quiero que esa actitud se lleve al máximo, hasta el punto de que se puede cuestionar la propia propuesta de lectura e interpretarla como una broma. Se trata de que ese lector impertinente que aparece ahí termine no siendo necesario, porque el lector real ya ha asumido esa mirada, ya no es un ingenuo y desconfía del autor.

"¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil!". ¿Es un grito de piedad, de basta ya?

Es un título que puede generar confusión, y hay quien puede interpretarlo como una llamada a no escribir más sobre la Guerra Civil. Al contrario. Quien lea el libro descubrirá que es precisamente una llamada a seguir escribiendo, pero a hacerlo con otros tratamientos. A escribir en serio, a atreverse a revisar el pasado con todas las consecuencias.

¿Cuáles son esas consecuencias?

Pues aprovechar las capacidades que tiene la literatura para indagar en el pasado desentrañando aquello que nos dice más del presente. No aporta nada que hoy se publiquen novelas que repiten temática y formalmente lo que ya habían hecho autores de hace 30 o 40 años.

Vamos, que considera ese tipo de literatura algo reiterativo.

Sí, son libros que acaban resultando previsibles, y que ignoran todo lo que han investigado los historiadores y todo lo que han avanzado las técnicas narrativas. Si con todo eso, no somos capaces de hacer otro tipo de literatura sobre la Guerra Civil... Hay que mirar al pasado, pero para hablar del presente. Estas novelas se pasean por la guerra como quien visita un parque temático, y lo que a mí me interesa como escritor es buscar claves para entender el presente.

O sea, que busca que la literatura propicie un debate social.

En España se ha producido un cambio con respecto a la forma de mirar la guerra, el franquismo y la Transición, pero la literatura no ha cambiado. Los narradores vamos con retraso y no hemos sabido estar a la altura de las circunstancias.

¿Cree que los autores españoles tienen una mirada excesivamente complaciente sobre su obra?

Sí, aunque no sigo todo lo que se publica. Pero estoy al día de las novedades, y muchas veces, la lectura es decepcionante, porque te das cuenta de que la mayoría de los autores no son muy exigentes consigo mismos. Hay escritores que se acomodan en una fórmula o en un género y no salen de ahí. Lo que he hecho en esta novela, lo habría realizado con mayor provecho con obras de otros autores donde creo que son más evidentes los defectos que señalo, pero, claro, no les habría sentado muy bien, así que he destripado mi propio texto.

¿Y cómo cree que se tomarán esta propuesta sus colegas escritores?

Pues como ya me ocurrió con "El vano ayer", veo que nadie se da por aludido. Incluso autores que deberían sentirse señalados, me felicitan diciéndome que ya está bien de novelas de la Guerra Civil, cuando son ellos los que escriben esas malditas novelas.

El año 2006 fue el Año de la Memoria y se vivió un auténtico "boom" editorial e institucional sobre la Guerra Civil. A toro pasado, ¿se ha sacado algo en claro?

Yo creo que todo fue un intento de institucionalizar (y, por tanto, de controlar y limitar) un movimiento social que reclama otra mirada sobre el pasado. Había un intento de liquidación: hablamos de la guerra durante un año y después, ya no más, porque le hemos dedicado doce meses al tema. Sin embargo, yo creo que ese movimiento ha sobrevivido y se siguen publicando, investigando, escribiendo novelas, promoviendo debates...

¿Seguirá indagando en el pasado reciente en sus próximos proyectos literarios?

No, no, para mí esto es un tema cerrado, y ahora me interesan otros temas más actuales. No creo que vuelva a escribir sobre la guerra ni tengo más malditas novelas de juventud para recuperar.
23/04/2007 03:14 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

EL GRAN VARGAS LLOSA

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Habré visto a Mario Vargas Llosa cuatro o cinco veces, pero nunca me he atrevido a acercarme a decirle nada. Todas las veces han sido en el mismo sitio: una cafetería que hay junto al Círculo de Bellas Artes de Madrid. Alto, de pie y gesticulando acalorado junto a la barra, sin perder la sonrisa. Sé que es fácil encontrártelo cuando está en Madrid, que frecuenta muchos lugares del centro y siempre en hora punta, y eso ha terminado por convencerme de que este hombre padece un vitalismo furibundo que va a acabar con todos. Podría vivir encastillado en un chalet rodeado por sus cuadros y sus lameculos privados, pero le gusta la calle, el paseo, la caña en el bar. No sabe vivir sin sentir la ciudad.

Qué tipo. Aunque me molesta bastante su discurso político (no por derechoso, sino por simplón y por seguir la estela de individuos tan poco solventes como Carlos Rangel), literariamente no tiene rival. No queda más remedio que postrarse ante el Vargas Llosa escritor y el Vargas Llosa lector. Como autor, se atreve con todo, no se acomoda, fuerza sus límites, arriesga como si fuera un recién llegado y no tuviera una reputación que mantener. Como lector, lo devora todo, está al quite de lo último y anda siempre con el cedazo buscando las pepitas de la sorpresa. Es el literato completo. Es un tipo que respira literatura y que la entiende como una forma de vivir, no de morir encerrado entre volúmenes polvorientos. Se palpa, se respira en cada línea, desde La ciudad y los perros hasta Travesuras de una niña mala. Pocos autores me han hecho gozar tanto: recuerdo la primera vez que leí Los cachorros con la misma emoción íntima con la que he vivido mis mejores noches.

Pensé en el vitalismo arrollador del peruano cuando me enteré de que aceptó prologar la nueva edición de Cien años de soledad, pese a que ni olvida ni perdona a Gabo. Antes, prologó los cuentos de Cortázar en Alfaguara, y después, se prologó a sí mismo en la edición de sus Obras completas en Galaxia Gutenberg. Y en cada prólogo afina el tiro sin remilgos eruditos, como el lector de trinchera que es. Estés o no de acuerdo con sus juicios, es admirable cómo su mirada busca esa zona de sombra en la que el autor y su obra se confunden y se ensucian el uno de la otra (o la otra del uno).

No le darán el Nobel porque dárselo ahora sería reconocer que deberían habérselo dado antes, pero creo que es el escritor del "boom" que más lo merece. Os transcribo un párrafo del prólogo al primer volumen de sus Obras completas, cuya lectura funciona como una nana estas últimas noches en las que llego reventado a casa. Dice Vargas Llosa refiriéndose al virus formalista que infectó casi toda la literatura occidental en los años 60, y que él manifestó con La casa verde:

"Entre las muchas tentaciones que debe enfrentar un escritor acaso la de la 'forma' sea la más corruptora y, también, la más difícil de resisitr. Porque ella halaga el instinto más potente en quien dedica su vida a inventar historias: el amor por las palabras, ese medio que es también fin, placer en sí mismo, para quien escribe, alguien que, poco a poco, a medida que se hunde en el lenguaje y se deja llevar por esa sustancia sutil y sensual con la que entabla una relación entrañable y gozosa, erótica y mística, empieza inevitablemente a sentir esa ambición -esa utiopía- (...). A veces, algunos grandes creadores que sucumbieron a esta tentación de escribir un 'libro sobre nada', que fuera sólo estilo, forma pura, han producido obras maestras casi ilegibles, en las que, en efecto, la materia verbal ha sido artísticamente depurada hasta el extremo de que las palabras existen en ellos para no decir nada fuera de ellas, sólo para exhibirse a sí mismas en su originalidad (...). Hasta ahora, en su milenaria tradición, el lenguaje no ha sido todavía un personaje interesante, ni el orden narrativo un protagonista cuyas andanzas emocionen al lector".

Podrá decirse que es muy fácil decirlo y que la teoría literaria nos la sabemos todos, pero no habla un teórico, sino un escritor de pico y pala, un currante de las letras que ha sufrido mil insolaciones verbales. Qué grande es Mario.

19/04/2007 02:26 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 2 comentarios.

DEBERES DE LITERATURA

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Por sugerencia de su mayor y mejor aprovechado discípulo en España, he descubierto a Georges Perec, cuyos libros he leído en estos dos últimos meses. En especial éste, Je me souviens (Me acuerdo).

Perec (1936-1982) se adscribe generalmente al nouveau roman, aunque esta etiqueta -como todas las etiquetas- no dice nada ni de él ni de su obra. La corriente llamada literatura potencial sí que se ajusta más a lo que él pretendía, si es que sus pretensiones se pueden sistematizar. La literatura potencial, como su nombre indica, no ofrece textos narrativamente cerrados y completos, sino en potencia: esboza unas guías y boceta unos cuantos pilares para que sea el lector el que complete el asunto. Como un juego, como un pasatiempo, los lectores van incorporándose ellos mismos al discurso hasta llegar a una especie de comunión laica con la humanidad, con esa sensación de que lo que separa a unas personas de otras no es más que un puñado de detalles fugaces y estúpidos.

Je me souviens es un ejercicio literario demoledor por su simplicidad, aunque es un plagio admitido del libro I remember, del pintor estadounidense Joe Brainard. La obra la componen 480 frases que empiezan con "Je me souviens..." que evocan un recuerdo personal de Perec comprendido entre los años 1946 y 1961. Ninguna frase tiene más de diez líneas y ningún recuerdo se justifica ni se aclara su significado. Algunos ejemplos (traducidos torpemente por mí):

"Me acuerdo de que, a mediados de los cincuenta, lo chic consistió, durante algún tiempo, en llevar, en vez de corbatas, lazos de una finura a veces extrema".

"Me acuerdo de que Citroën utilizó la Torre Eiffel para una gigantesca publicidad luminosa".

"Me acuerdo de la ambición de tener un día las 57 variaciones Heinz".

"Me acuerdo de que uno de los tres cerditos se llamana Naf-Naf, pero, ¿y los otros?".

"Me acuerdo de que Los Noctámbulos y El barrio latino, en la calle Champoillon, eran dos teatros".

El efecto del conjunto es brutal, epifánico. Para mí, es como una veta de la que se pueden sacar toneladas de oro literario si se tira de ella. De hecho, un ejercicio que voy a practicar a partir de ahora es hacer mis propios "je me souviens" y guardarlos como una reserva en época de sequía, como germen de futuras historias o detonador explosivo de las que estoy escribiendo. Empezaré ahora mismo, y os invito a hacer lo propio. Recordad las normas: una sola frase, un solo recuerdo por frase y no hay que explicarlo ni adornarlo:

Me acuerdo de que el Lagarto Juancho corría sin mover las manos.

Me acuerdo de las porras de Atilano, que eran más pequeñas que las de otros bares.

Me acuerdo de que Brian May tiene el pelo rizado.

Me acuerdo de los helados Camy.

Me acuerdo de Tete Cohete y de Chicha, Tato y Clodoveo, de profesión sin empleo y de La familia Trapisonda, una gente que es la monda, aunque este último no es de Ibáñez.

Me acuerdo de que en casa se compraba Diario 16.

Me acuerdo de que no entendía las letras de Radio Futura, y de que sigo sin entenderlas.

Me acuerdo de que las fallas se queman con una traca.

Me acuerdo de que en catalán-valenciano, buzón se dice "bústia", y guisantes, "pessols", aunque todo el mundo diga "busó" y "guisants", y es de mal tono corregirles.

Me acuerdo de que el prota de Al final de la escalera era compositor.

Me acuerdo de que me corregían cuando preguntaba si alguna vez iríamos a Europa, porque ya estábamos en Europa, pero yo no me lo creía.

Me acuerdo de que Miguel Ríos nació en Granada.

Me acuerdo de que, a veces, me bajaba en el metro de Sol, me compraba un gofre con chocolate y, hasta que no me lo terminaba, no cogía otro metro.

Me acuerdo de que me preocupaba engordar.

Me acuerdo de un bar punki que se llamaba Juanita Banana, por delante de cuya puerta a los niños nos daba miedo pasar y donde se escuchaba a un grupo llamado La Polla Records.

Me acuerdo de que Michi Panero solía sentarse a beber cerveza en una terraza de la plaza de Santa Ana.

Me acuerdo de El jovencito Frankenstein.

Me acuerdo de que las camas de El Escorial son muy pequeñas.

 

And so on...

15/04/2007 20:21 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 9 comentarios.

PGEOCUPACIÓN

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A estas alturas, todo el mundo andará enterado de que han utilizado un fragmento del preámbulo de las Instrucciones para dar cuerda a un reloj leído por el propio Julio Cortázar en un anuncio del nuevo Seat León. Bien, nada que objetar. Aunque muchos fanes han escrito cartas a los medios ofendidísimas al grito de ¡sacrilegio!, entiendo que sacralizar a Cortázar equivale a no entender nada del sentido lúdico de su estética. Claro que no deja de ser cierto que habría sido altamente improbable que el argentino hubiera consentido en vida algo así. ¿Cómo se hubiera vendido el camarada Julio a la bicha capitalista de esa forma tan infame?

No me preocupa lo más mínimo. Es más, agradezco escuchar en la tele, de improviso y sin venir a cuento, las inconfundibles egues afrancesadas (de puro frenillo) del maestro. ¿He escrito "inconfundibles"? Eso creía yo, porque resulta que no lo son en absoluto. El otro día, una amiga me dijo: "Hostia, ¿has visto el anuncio del pavo ese que habla tan raro pronunciando así las erres?". "Sí, es Cortázar...", le dije casi en un susurro. "¡No jodas! ¿Ése es Cortázar? Pues cené la otra noche con Fulano, Zutano, Mengano y otros 10 más y ninguno lo sabía. Todos nos reíamos de lo raro que hablaba. Fue la coña de la noche".

En fin, no se vayan ustedes a creer que Fulano, Zutano, Mengano y otros diez más son cavernícolas, fracasados escolares o lobotomizados recientes. Estamos hablando (incluida mi amiga) de universitarios brillantes, viajados por Europa y América, angloparlantes y, algunos, seudoapoltronados en puestos de responsabilidad. Alguno ha hecho sus pinitos artísticos, y otros se han labrado ya lo que puede llamarse una carrera en el mundo de las artes. Todos se ganan la vida con holgura en un trabajo de fuerte carga intelectual, y ni uno solo de ellos, ni uno solo, identificó a Cortázar en la voz del anuncio. Entenderán ahora el por qué de mi "pgeocupación". Que no estamos hablando del penúltimo premio Nobel recién salido de Barbados ni de un elitista autor danés, sino de uno de los tipos más leídos, debatidos e influyentes del siglo XX en el mundo castellanoparlante. Y ese tipo tenía un rasgo que lo definía y le daba carácter, hasta el punto de ocupar capítulos enteros de algunas de sus biografías: su voz. Con ella leyó y grabó en discos casi toda su obra. Es fácil de escuchar, es accesible, no es un descubrimiento de minorías. No digo que sea una obligación de todos, pero, estadísticamente, yo creía que era muy improbable que en un grupo de quince universitarios de letras, ambiciosos y bien situados, ninguno saltara aclarando a los demás de quién es esa voz y qué cuento lee.

Supongo que si el autor del anuncio no especificó que la voz era la de Cortázar fue porque pensó que no hacía falta. Que la entonación y las egues del "gueloj con su coguea" se bastaban solas. ¿Debo entender que Fulano, Zutano, Mengano y otros diez más no se han cruzado en toda su vida con Julio Cortázar? Porque están todos muy creciditos ya. Si es así (que espero que no), que Alá nos coja confesados, porque no quiero pensar qué otras lecturas faltan en sus estantes y en sus cocos.

Por cierto, podéis ver el anuncio pinchando aquí.

Y los que queráis escuchar un fragmento de la histórica entrevista que se le hizo en TVE en 1977, pinchad aquí.

03/04/2007 00:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 17 comentarios.

LOS HILARANTES BUSTOS DE EVA

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Ya estoy de vuelta a la cruda realidad zaragozana y española, y lo primero que me encontré al aterrizar fue el avión de Zapatero en el aeropuerto, esperando con parte de la comitiva mientras el presidente hacía sus cositas en la capital aragonesa. Qué mazazo. Fue como un anticipo del rollo macabeo que me espera: a este lado de los Pirineos nada ha cambiado. He dejado de leer prensa española durante ocho días y parece como si no lo hubiera dejado de hacer ni uno solo. El PP dice que si chantaje tal, el Gobierno dice que si la derechona cual. Qué pesaos, qué hartazgo patrio, madre mía. Menos mal que mis obligaciones profesionales, que mañana retomaré con brío, me van a llevar por derroteros muy distintos, porque si no, pensaría muy seriamente en la posibilidad de exiliarme por unos añitos a Corea del Norte o a Swatzilandia, si es que se escribe así. Ver el avión de Zapatero en la pista, como un pájaro de mal agüero, me ha causado un bajón postvacacional.

-Fíjate en lo bien que funciona la aeronáutica -comenté-. Incluso con el país desmembrado, como dicen que está, los pilotos encuentran los aeropuertos sin problemas, y eso que España se resquebraja y se hace añicos, según dicen aquí. Ya nos veía dando vueltas en el aire sobre un país en llamas y apocalíptico, sin encontrar un huequito de paz donde aterrizar.
-Pero, ¿quieres dejar de leer eso? -me instó Cristina, quitándome de un manotazo el ejemplar de El Mundo que nos habían dado en el avión. Yo es que me meto enseguida en las historias y me creo todo lo que me cuentan.

Así que nada mejor que una panzada de humor para desengrasar el bolo, y lo haré con mi último hallazgo literario, el argentino Carlos Gamerro.

Gamerro es un escritor curtido en el mundo audiovisual (es guionista, además de profesor en la Universidad de Buenos Aires), y eso se nota. Ha escrito una novela muy fácil de encorsetar en un guión, que se adaptaría al cine sin mucho esfuerzo (pero a un cine de alto presupuesto, con explosiones, tiros y persecuciones, inasumible hoy por hoy por la industria argentina). Esto, al margen de que la haya hecho intencionadamente así pensando legítimamente en lo atractiva que va a quedar su cuenta corriente con los royalties de la versión fílmica, le da mucha fluidez y fuerza a la historia, que avanza sin retóricas y sin (aparentes) artificios. Pero lo que hace grande La aventura de los bustos de Eva (en Belacqua) es su atrevido humor, que pretende dar una palmada en el lomo de Argentina y decirle al país entero que ya está bien de tanta boludez, que se relajen un poco, que no hay nada sagrado excepto el derecho a una buena carcajada y que -salvo si somos monjes o eremitas- sólo del humor podemos sacar la fuerza suficiente para encararnos con nuestro pasado y nuestro futuro.

Buenos Aires, años 70. Agitación previa al terrible golpe de estado de 1976. Guerrilleros montoneros, sicarios de la triple A, milicos soliviantados y sindicalistas corruptos y mafiosos. Violencia y tensión al doblar cada esquina. La antesala de la debacle, el escenario de un drama. Pero a Gamerro le apetece montar una farsa sobre ese decorado (¡oh, cómo se atreve!). Ésta es la primera parte de una serie de novelas que continuará con una que, al parecer, se titulará Un yuppie en la columna del Che Guevara.

Ernesto Marroné es un prometedor y joven ejecutivo de la empresa constructora Tamerlán e Hijos, cuyo presidente, el señor Tamerlán, ha sido secuestrado por los montoneros. Para su liberación, los guerrilleros peronistas exigen que se coloquen 92 bustos de Evita Perón en cada uno de los 92 pisos del edificio de la sede de la empresa. Marroné, como jefe de compras, es el encargado de adquirir las piezas de escayola y de trasladarlas hasta la sede. El ambicioso ejecutivo ve entonces una oportunidad genial para medrar. Si triunfa en su misión, el señor Tamerlán no tendrá más remedio que ofrecerle la dirección de marketing, o tal vez, transido de gratitud, la misma vicepresidencia de la compañía.

Ése es el punto de partida de un delirante descenso a los infiernos de Dante en clave de farsa. Todo se le tuerce a Ernesto Marroné, que se maneja como puede entre revolucionarios, obreros en huelga, pistoleros fascistas y peronistas de todo pelaje en pie de guerra. Para sobrevivir y triunfar, Marroné emplea las enseñanzas que conoce de los libros de autoayuda y de consejos para triunfar en la empresa, como Don Quijote, el ejecutivo andante y otros por el estilo. No desvelaré nada de las aventuras que componen esta aventura de los bustos de Eva, pero algunas son realmente tronchantes y salvajes, y apuntan al centro de gravedad de la sensibilidad nacional argentina. Gamerro no se ha puesto frenos: da donde más duele. Supongo que si eres argentino y has sido educado en el credo peronista, la cosa será mucho más hilarante y tremenda, pero basta saber un poquito de historia para darse cuenta del calado de las burradas que se le ocurren a Gamerro. En otro tiempo, la integridad física del autor de algo así correría serio peligro.

El hecho de que Gamerro se atreva con desparpajo a meterse de lleno en ese cenagal indica que las heridas van cicatrizando en Argentina, aunque todavía queda mucho por hacer. Aquí, donde nos hemos hartado de memoria histórica, todavía no se permiten bromas de ese calibre (he de reconocerlo: yo, que me metí en estos asuntos de la recuperación de la memoria hace unos añitos, he acabado hasta las pelotas de las historias de la guerra, cuya superabundancia no ha ayudado en nada a avanzar en ese proceso. Seguimos como estábamos antes de que el Gobierno se metiera en el fregado, y ahora, encima, estamos empachados. Pero eso es tema para otro post). Hay poco humor sobre nuestra tragedia, y eso indica que todavía duele. Nadie se ríe del enfermo cuando está enfermo, sólo cuando ya se empieza a curar. Entonces, vienen las risas y las chanzas negras. Significativo, ¿no?

Elegante, concreta, antirretórica, despiadada. Para pasar un buen rato leyendo.

19/03/2007 13:25 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Literatura Hay 3 comentarios.

CORTÁZAR, EL VIAJE INFINITO

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Siento ser tan pelma, pero me veo obligado a seguir hablando de Cortázar porque vengo de ver una exposición que creo que ya se exhibió en Madrid, pero que hasta el 30 de marzo puede verse en la Maison de l'Amerique Latine y en el Instituto Cervantes de París: Cortázar, le voyage infini (Cortázar, el viaje infinito). Una nueva vuelta de tuerca a la mitomanía que nos subyuga a algunos.

Lo que se expone en las salas es parte del legado que Aurora Bernárdez, viuda de Julio, cedió el año pasado a la Xunta de Galicia (ya que ella es hija de emigrantes gallegos) y que ahora se pasea por varias ciudades europeas antes de reposar en un centro que el gobierno gallego habilitará para ello. Son fotos, cartas, documentos, objetos personales y algunas películas locas y absurdas rodadas en Super 8 durante algunos de sus viajes. La reseña que ha hecho Le Monde de la exposición es muy poco complaciente (de hecho, la pone a parir en tres párrafos), pero se comprende la crítica, porque la verdad es que los comisarios no la han adaptado al público local: ninguna carta ni documento está traducido al francés, y los audiovisuales (entre ellos, una crucial entrevista que concedió a TVE en 1977) no están ni subtitulados ni doblados. Vamos, que si no sabes español, no te enteras de nada, porque las explicaciones en francés de los paneles son mínimas. Y es una pena, la verdad, porque, al fin y al cabo, Julio era también un parisino.

Es una muestra para fans muy fans (como es mi caso). Están las fotos que Carol Dunlop hizo para Los autonautas de la cosmopista. Están las gafas, la pipa y la máquina de escribir. Está la citadísima carta de agradecimiento (Cortázar siempre guardaba una copia de todas las cartas que enviaba, y eso ha permitido reconstruir todo su epistolario) que mandó a su editor, Francisco Porrúa, cuando recibió por correo desde Buenos Aires un ejemplar de la primera edición de Rayuela (que, por cierto, en el mercado anticuario se cotizan ya a 300 y 400 euros la unidad) en la que le reprocha elegantemente lo rácano que ha sido con el grosor del papel y en la que anuncia: "Pronto cumpliré 50 años. Será hora de que empiece a dedicarme a algo serio". Está la carta que envió a Luis Buñuel cuando éste se interesó por adaptar uno de sus cuentos. Están las primeras fotos que envió a su madre desde París, con unos párrafos llenos de entusiasmo. Otra carta donde confiesa su admiración por Alejandra Pizarnik. Está también su pasaporte y el visado consular de su madre. Hay también una serie de fotos absurda y cronopial en la que coloca a una muñeca en varias posturas pornog