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MIRADAS

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Aprovecho los últimos coletazos de estas breves vacaciones -pero no me quejo, que tal y como está el percal en la economía y en la prensa patrias, las siguientes vacaciones pueden ser a cuenta del Inem- para llenar un vergonzante vacío cultural: Primo Levi.

Sí, es espantoso, es una lectura que hace muchos años que debería haber hecho, con el agravante de que acabo de publicar un libro donde reflexiono -tangencial y someramente, pero con cierta ambición especulativa- sobre el nazismo, su memoria y sus secuelas. Deberían ahorcarme por haber echado a andar por ese camino sin llevar los libros de Levi en la mochila, pero qué quieren: soy periodista y me han adiestrado para que me lance a escribir sin rubor y sin rigor sobre cualquier tema que se me cruce, con la osadía del ignorante profesional. Nos va el sueldo en ello.

Además, después de leerle, sé que Primo Levi sabría disculparme, no le daría ninguna importancia. Porque, si le he entendido bien, Levi valora por encima de cualquier otra cosa el debate reposado de opiniones y juicios basados en la experiencia directa y en la observación. El pedigrí académico y el prurito doctoral están siempre por detrás de la reflexión honesta y mesurada, que se expresa después de haberse metabolizado en las entrañas mismas del ser humano.

Tengo en mis manos la Trilogía de Auschwitz, que recoge los tres libros que Levi escribió sobre su paso por el infausto campo de exterminio nazi y su peregrinar pícaro y agónico por una Europa en ruinas en un larguísimo y penoso regreso al hogar, a Turín. Lo edita en español, en edición primorosa y delicada, El Aleph, y viene con un muy acertado prólogo de Antonio Muñoz Molina.

No voy a descubrir a estas alturas de la vida a Primo Levi, pero sí que me apetecía dejar constancia de lo hondo que me ha llegado su relato. Y no tanto por la descripción desapasionada y testimonial del horror del Holocausto, sino por la sencillez y ternura de su mirada. Porque testigos hay muchos, y todos pueden contar más o menos lo mismo con distintas palabras. No es el contenido del relato, sino su punto de vista, y la visión del mundo que se va desgranando en las reflexiones, lo que convierte a Levi en una figura gigantesca, casi homérica.

Estas madrugadas, encerrado en este mismo despacho que ya no es despacho, pues estamos desalojando los muebles para que lo ocupe el habitante de esta casa que está en camino, he llorado varias veces. Sin vergüenza, seguro de mi soledad y de mi encierro. Y no he llorado ante lo más truculento ni ante los detalles del exterminio nazi que todos conocemos porque nos los han contado mil millones de veces. He llorado ante el dolor insoportable de lo minúsculo.

Hay un momento de Si esto es un hombre en el que Levi cuenta que, debido a su formación como doctor en Químicas, le destinan a un barracón-laboratorio a trabajar como científico-esclavo. Es un privilegio que, probablemente, le salvó la vida, al librarle de los trabajos forzados en la nieve y ofrecerle un entorno a cubierto y con una alimentación un poco más decente que la que tenía el resto de los presos. Pero es allí donde toma conciencia de su indignidad. Allí, de vuelta a medias a la civilización y a la humanidad, descubre por contraste hasta qué punto le han anulado. En el laboratorio trabajan auxiliares y secretarias. Chicas jóvenes alemanas, alegres y coquetas como cualquier otra chica trabajadora de la época. Levi y los demás presos que trabajan de químicos ven despertar una atracción de lo más natural, pero que enseguida se vuelve dolorosa: las chicas les observan con asco, evitan tropezarse con ellos, ni siquiera les miran a los ojos ni toleran que se dirijan a ellas si no es por mediación de un kapo. Y Levi se ve con los ojos de esas chicas, y ve un alfeñique flaco, pestilente, rapado, con zapatos de madera llenos de barro y ropas jironeadas llenas de mugre. Se da cuenta entonces de hasta qué punto le han robado la humanidad, hasta qué punto se ha convertido en una bestia que no merece ni una mirada.

Hay otro pasaje de una hondura aterradora, que atraviesa y condensa siglos de filosofía y literatura y da cuenta de la grandeza del personaje Primo Levi, de su estratosférica altura moral. Sucede en La tregua, segundo volumen de la trilogía, que empieza con la liberación de Auschwitz. Levi se encuentra por primera vez con dos soldados rusos que están reconociendo el campo, tratando de hacerse una idea de la magnitud del horror que tienen delante de sus ojos, y escribe este párrafo terrorífico, que a mí me hiela la piel:

No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones, y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla.

Leo a Levi en la habitación que ocupará mi hijo, y me gustaría que cuando creciera aprendiera a ver el mundo con la sencillez y la insobornable dulzura que encuentro en estas páginas, sin necesidad de que tenga que pasar por lo mismo. Si pudiera darle algo parecido a eso, mi trabajo como padre sería soberbio, el más grande de cuantos emprenda en mi vida. Pero no estoy seguro de que esas miradas y esa disposición ante el mundo puedan aprenderse con facilidad o de que incluso puedan llegar a aprenderse de alguna forma si no están ya injertadas en nuestros cromosomas. No estoy seguro de poseerlas yo mismo ni siquiera en su forma más tibia y miserable. Si fuera tan fácil ser como Primo Levi y hubiera muchos Primos Levis en todas las ciudades, no habría existido Auschwitz. Es así de sencillo.

Es decir: si los Primos Levis fuesen la norma, no harían falta Primos Levis.

28/09/2009 02:05 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 12 comentarios.

EL HORROR Y LA CONTENCIÓN

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Hasta que mi vecina maquinera ha decidido ambientar a todo el bloque con los grandes éxitos de los politonos y de Cadena Dial, obligándonos a todos a abandonar nuestros pensamientos y actividades, estaba embebidísimo en el tocho de Diario de Berlín, de William Shirer, que acaba de editar Debate.

¿Cómo ha estado tanto tiempo este libro sin publicarse en España? ¿Cómo no se había fijado antes ningún editor en él? Qué laguna más grande. Subsanada, por suerte.

William Shirer fue corresponsal en Berlín de la CBS entre 1937 y 1941, y se hizo famosísimo por sus crónicas radiofónicas de la Segunda Guerra Mundial desde el corazón del nazismo. Heredero de la generación perdida, Shirer fue un tipo sutil, inteligente y un periodista fuera de serie, de los que no sólo entienden lo que pasa, sino que lo saben contar. Estos diarios los escribió en secreto, consignando en ellos lo que la censura nazi no le dejaba meter en sus crónicas. Los pasó de contrabando, camuflados cuando regresó a Nueva York en 1941, y ese mismo año los publicó.

No hay retórica ni presunción en sus páginas: como buen periodista americano, va al meollo del relato, sin circunloquios ni preámbulos. Cuando retrata a un personaje, lo hace de dos brochazos precisos, apuntando lo esencial. No pierde el tiempo en espesuras líricas, y eso hace que su relato sea especialmente intenso, porque las emociones están en el contenido, no en el continente.

Shirer evita especular sobre los significados profundos de los sucesos que está contemplando en primera línea. Y no por falta de recursos ni bagaje intelectual, pues pertenece a ese grupo de estadounidenses que, como Hemingway, se quedaron varados en París mientras buscaban las esencias de su legado europeo, mientras se emborrachaban de la vital y añeja cultura del viejo continente de la que su país -creían ellos- andaba tan falto. Shirer era uno de esos escritores aventureros y pasionales para los que no había separación entre la vida vivida y la vida leída, que lo mismo se entusiasmaban con un pasaje del Decamerón o un cuadro del Greco que con la tienda nómada de un campesino pakistaní o las nieves del Kilimanjaro con las que flipaba Hemingway. Por eso, ver y dejar constancia de lo visto era más importante e imperioso que elucubrar a oscuras sobre ello.

Pero Shirer era humano. Un humano sensible y afectado profundamente por todo lo que estaba viendo, así que hay ratos en los que no puede evitar usar sus diarios clandestinos como desahogo. A los dos meses de estallar la guerra, febril, después de haber recorrido los campos quemados de la Polonia dominada por el Tercer Reich, después de semanas sin dormir apenas nada, emitiendo tres y cuatro horas diarias con el censor nazi pegado a la chepa, Shirer se para un instante, se mira en el espejo y escribe:

¡Qué borroso está en mi memoria aquel tiempo en que reinaba la paz! Aquel mundo se acabó y, para mí, en conjunto, a pesar de sus fallos, injusticias y desigualdades, fue una buena época. Me hice mayor en ella, y la vida que me dio era libre, civilizada, intensa, llena de pequeñas tragedias y alegrías, de trabajo y de diversión, con nuevos lugares, nuevas caras; rara vez vulgar y nunca falta de esperanza.

Y ahora ha llegado la oscuridad. Un nuevo mundo. Oscurecimiento, bombas, matanzas, nazismo. Ahora nos han caído encima la noche, los alaridos, la barbarie.

En entradas escuetas y breves cuenta cómo algunos judíos acuden a él en busca de ayuda y las cartas que recibe de madres que le piden que averigüe en los medios diplomáticos que él frecuenta el paradero de sus hijos. Va a ser verdad una vieja máxima del periodismo que aprendí hace mucho que dice que la barbarie y el terror no necesitan adjetivos ni adornos estilísticos: el horror no admite figuras retóricas, y la única manera de transmitirlo en una crónica es siendo conciso y escueto en la descripción. El efecto de esta austeridad suele ser demoledor en quien lo lee, pero se lo he visto hacer a muy poca gente. Por lo general, las crónicas de guerras y de grandes crisis están llenas de adjetivos banales y abstractos que redundan en tópicos resobados. Lees que "el campo devino un infierno" o que -¡horror, horror!- el espectáculo era "dantesco" (deberían cortar las manos de cada periodista que utilizara "dantesco" o "kafkiano" en su trabajo). Nada nos dicen esas frases vacías. Sin embargo, cuando Shirer nos cuenta que al avanzar por los bosques de Pomerania sentía "el olor dulzón de los cadáveres recientes en descomposición" no necesita echar mano del diccionario de sinónimos ni agredirnos con metáforas insulsas para que nos dé una punzada en el estómago.

Muchos juntaletras deberían fijarse en Shirer y en su magistral contención descriptiva, en especial en estos tiempos de yoísmo donde las pelusas de los ombligos devienen destellos épicos que refulgen en la noche de la egolatría.

En fin, parece que mi vecina se ha ido con los politonos revientacráneos a otra parte. A lo mejor puedo seguir leyendo en esta primera tarde de invierno. Ya os contaré.

PS: veo que hay una peli de 1990 titulada The Nightmare Years basada en este Diario de Berlín. No está en español.

21/12/2008 18:26 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 6 comentarios.

Y SE ME ECHARON ENCIMA

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Hemos estado unos días en la playa, poniendo nuestras cabezas en modo off y arrugando nuestras pieles bajo el agua de una pequeña cala cercana a Denia. Pero como yo no sé desconectar mi cabeza (y me vendría muy bien aprender a hacerlo), eché en la maleta una lectura muy poco playera: Historia de un alemán, de Sebastian Haffner. Allí, en Denia, donde el alemán es la lengua más hablada, entre canosos jubilados de Hamburgo, he devorado las páginas de un libro fascinante que, partiendo de la introspección de la experiencia vivida, vislumbra conclusiones muy parecidas a las que manejó la grandísima Hanna Arendt en su vibrante ensayo periodístico-filosófico Eichmann en Jerusalén. Así que, al final, sólo he estado desconectado del blog y de internet, porque al coco le he metido una tralla reflexiva de primer nivel. ¿Me dejais que la comparta con vosotros? Si no escribo un poco de todo esto, reviento.

Sebastian Haffner fue un periodista de Berlín que se exilió en Inglaterra en 1938 y puso su pluma al servicio de la propaganda aliada. Cualquier cosa valía para extirpar el cáncer nazi. En 1940, con la guerra ya empezada, publicó en Londres con seudónimo un libro que levantó ampollas: Alemania: Jeckyll y Hyde. Se trataba de una especie de manual dirigido a los directores de periódicos, a los ministros y a todo aquel que tuviera capacidad de mando y decisión, para que orientaran correcta y eficazmente la propaganda antinazi en Alemania. En un lenguaje directo, Haffner explicaba cómo debían dirigirse los aliados a la población alemana para que ésta se pusiera irremediablemente en contra de Hitler. Para ello, hizo un perfil de sus conciudadanos y trató de entender las causas y las razones que habían llevado a Alemania a adentrarse en los horrores del nazismo.

El libro es interesante y, leído hoy, Haffner aparece como un observador agudo y perspicaz, adelantando muchas de las cuestiones que la historiografía demostraría con posterioridad. Un mérito grandioso, habida cuenta de que no tenía perspectiva histórica ni personal, pues hasta 1938 él mismo había sufrido en sus carnes las consecuencias del horror. Sin embargo, Alemania: Jeckyll y Hyde no era el único libro que Haffner llevaba en su maleta de exiliado. En ella había un manuscrito anterior, titulado Historia de un alemán, que estuvo circulando por varios editores ingleses, pero ninguno quiso publicarlo. El manuscrito fue encontrado entre sus papeles personales tras su muerte, en 1999, y se publicó póstumamente.

No es extraño que Historia de un alemán no encontrara editor en 1939. Es un libro mucho más hondo, personal, introspectivo y honesto que Alemania: Jeckyll y Hyde. Los editores que buscaban carnaza para un público ultrapolitizado no querían relatos personales: la vivencia individual no contaba nada cuando las grandes fuerzas de la humanidad se batían el cobre en el campo de batalla. Historia de un alemán es demasiado sutil, demasiado desesperanzado, demasiado literario y demasiado agónico. Los lectores de entonces buscaban héroes antifascistas, no tipos que confesaban, como confesaba Haffner en el prólogo: "Con este libro sólo pretendo contar una historia, no predicar ninguna moral". Una actitud así sólo podía cosechar desprecio, el mismo desprecio que sufrió George Orwell con su también personalísimo Homenaje a Cataluña.

Somos nosotros, lectores del siglo XXI curados del espanto dogmático, los que redescubrimos a gente como Orwell y como Haffner. Nosotros sabemos valorar lo que sus coetáneos no quisieron oír. Nosotros, descreídos y solitarios, sabemos que la verdadera universalidad sólo puede estar en el individuo, y que la única épica posible es la de un tipo capaz de mirarse a sí mismo sin engañarse y que trata de ubicarse entre los demás.

Me he sentido identificado con algunos rasgos de Haffner: la forma en que surgió su vocación por juntar letras se parece bastante a cómo surgió en mí, y cuando explica su incapacidad para identificarse con ningún grupo, sus esfuerzos nulos por acomodarse a alguna opinión coherente y su creciente asombro ante las reacciones de los humanos, no puedo dejar de ver mi incapacidad, mis esfuerzos nulos y mi creciente asombro. Empatía entre humanos de distintas generaciones enfrentados a distintos problemas. Al menos, en apariencia.

Haffner, un joven berlinés sin gota de sangre judía e hijo de un funcionario de rango medio-alto de la administración prusiana de Justicia, era un tipo que tenía el futuro de cara en 1933. Era ario, culto y relativamente acomodado. Con haberse avenido a ponerse una esvástica en la solapa, saludar brazo en alto cuando se lo requirieran y abstenerse de opinar de política en público, las cosas le habrían ido bastante bien bajo el régimen nazi. Pero no pudo con ello. La repugnancia que sintió hacia su país y hacia sus compatriotas ganaron a cualquier instinto de supervivencia, y decidió que prefería ver una Alemania destruída y devastada que paralizada y machacada por ese ejército de chacales. Como él mismo confiesa, la primera oposición a Hitler era estética: un alemán culto no podía ver con buenos ojos cómo ascendían unas jaurías borrachas y violentas. Dice en un momento del libro:

Hay pocas cosas más extrañas que la tranquilidad indiferente y engreída con la que nosotros, yo y mis semejantes, contemplamos el inicio de la revolución nazi en Alemania como si estuviéramos en el palco de un teatro, viendo un proceso cuyo objetivo, al fin y al cabo, era exactamente borrarnos de la faz de la tierra.

Hay mucha autoflagelación en Historia de un alemán, pero es un lamento muy diferente al que plantea Gunter Grass y que él mismo puso torpemente en entredicho con su tardía confesión. Mientras que Grass -y toda la intelligenstia a él adherida- sermonean a los alemanes diciéndoles: "Somos culpables, debemos purgar el mal que le hemos hecho al mundo", Haffner dice: "Somos culpables de habernos cruzado de brazos. Somos culpables de no haber alzado la voz cuando pudimos hacerlo. Somos culpables de haberles dejado el terreno libre y de contemplar silenciosos el desfile de las jaurías". Es un matiz importante, y lo expresa en primera persona, sin tapujos:

Bien es verdad que aquel marzo de 1933 [cuando Hitler fue proclamado canciller] yo enfurecí y vociferé. También es cierto que asusté a mi familia con ideas descabelladas, tales como abandonar la función pública, emigrar o convertirme al judaísmo en señal de protesta. No obstante, todo se limitó siempre a una modesta declaración de intenciones. Mi padre, partiendo de las ricas experiencias acumuladas entre 1870 y 1933, las cuales por supuesto no cubrían los nuevos acontecimientos, relativizaba la situación, la desdramatizaba y trataba de ironizar ligeramente sobre mi apasionamiento. Yo se lo permitía. Al fin y al cabo, estaba acostumbrado a su autoridad y aún no me sentía bastante seguro de mí mismo (...). Tal vez no estuviese viendo las cosas del modo correcto, ¿verdad? Tal vez lo que había que hacer realmente era aguantar y dejar pasar la tormenta (...). Así, inseguro, a la espera, cumpliendo con la rutina diaria, tragándome la ira y el horror o dándoles rienda suelta en forma de arrebatos muy extraños y estériles en la mesa del comedor familiar, viviendo desconectado como tantos otros millones de alemanes, dejé que los acontecimientos se me vinieran encima.

Y se me echaron encima.

Hanna Arendt, analizando la figura de Adolf Eichmann, secuestrado por el Mossad y juzgado en 1961 en Jerusalén como responsable de la "solución final", llega a la conclusión de que el nazismo, y cualquier otra forma de totalitarismo, encuentra su terreno más fértil en sociedades altamente tecnificadas donde la eficiencia del trabajo está por encima de su objetivo y su finalidad. La "obediencia debida" acalla cualquier conciencia: en una sociedad totalitaria nadie es responsable de nada. Los criminales no son criminales, sino funcionarios eficientes que cumplen órdenes, profesionales que ejecutan con eficacia el cometido que se les ha asignado. Ése es el primer requisito para el triunfo del totalitarismo.

Partiendo de su experiencia personal, Haffner atisba una conclusión parecida a la de Arendt. Nadie alzó la voz, nadie se inturpuso en el camino victorioso de Hitler, y Alemania entera aceptó sin inmutarse una monstruosidad tras otra porque nadie sintió ningún imperativo moral. Tenían la empatía anestesiada por la eficacia y el trabajo. El espíritu práctico y productivo facilitó el camino a las bestias.

Y ahí es dónde yo me planteo el dilema: ¿cuál es el remedio? Porque una sociedad cohesionada en una ideología y en unos valores comunes tampoco parece deseable. Volveríamos a una sociedad asfixiante, donde las mayorías impondrían tajantemente una forma de vida a todos, donde no habría espacio para la pluralidad de formas de pensar, de sentir y de vivir, donde quienes no pasaran por el aro estarían condenados a un silencio negro y profundo. No a la muerte ni a la cárcel, claro, pero sí a una reclusión agónica, a un disimulo insoportable. Para caber todos sin estorbarnos necesitamos despojarnos de creencias comunes y aceptar al otro sin miedos ni peros ni ansias proselitistas. Sin embargo, esta sociedad necesariamente individualista conduce precisamente a ese estado de cosas que facilita el crecimiento del nazismo. Ante un Hitler crecido, esa sociedad abierta y cosmopolita carece de defensas, como se vio en Alemania. Nos tocaría contemplar de nuevo el desfile nazi desde la ventana, en silencio, asintiendo con nuestra callada. ¿Dónde está el equilibrio? ¿Lleva nuestra libertad el germen de su propia destrucción?

En fin, qué cosas me da por pensar en la playa, ¿no? Serán los atardeceres marinos, que me ponen tontaco.

07/09/2008 20:25 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 2 comentarios.

RECUERDOS CHUNGOS

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Está feo que me cite a mí mismo, pero seguro que vosotros hacéis cosas más feas todos los días y yo no os digo nada. Hace un mes y pico escribía aquí esto:

Hace un par de semanas, comiendo con un amigo profesor universitario que sabe mucho de estas cosas, recordábamos al cachondo de Enric Marco, aquel que se hizo pasar por víctima de Mauthausen, y de ahí divagamos un poco sobre cómo el estatus de víctima puede resultar cómodo y apetecible en el mundo actual. Lejos de estar silenciadas, las voces de las víctimas están por todas partes, hasta el punto de que sus relatos se han normalizado. "Fíjate en las historias de la dictadura argentina -me decía-: todas las sesiones de tortura están cortadas por el mismo patrón. La picana, el viaje sobre el océano...". Los tics de los relatos se repiten y se hacen muy predecibles. Por tanto, debe de resultar muy fácil fingirlos. Las falsas víctimas o las víctimas-actores estarán por todas partes.

Pues bien, hace un rato, leyendo con los ojos muy abiertos a Sebald, me he encontrado con esto en Sobre la historia natural de la destrucción:

Lejos de mí dudar de que en la mente de los testigos hay muchas cosas guardadas, que se pueden sacar a la luz en entrevistas. Por otra parte, sigue siendo sorprendente por qué vías estereotipadas se mueve casi siempre aquello de lo que se deja constancia. Uno de los problemas centrales de los llamados "relatos vividos" es su insuficiencia inctrínseca, su notoria falta de fiabilidad y su curiosa vacuidad, su tendencia a lo tópico, a repetir siempre lo mismo.

En mi trabajo, los testimonios vitales de las personas me han sorprendido realmente en muy pocas ocasiones. Porque generalmente te cuentan lo que creen que quieres oír. En cierta forma, todos interpretamos papeles, y cuando alguien se ve en la tesitura de contarle su vida a un periodista para un reportaje, acomoda sus recuerdos a las exigencias del guión de ese reportaje. Y he depurado técnicas para evitar eso en la medida de lo posible: no utilizo la grabadora a menos que sea necesario, pues coarta mucho al entrevistado y le obliga a pensar cada palabra dos veces, saco el cuaderno a mitad de la conversación, cuando ya está un poco caliente la charla, intento evitar el martilleo interrogador y me esfuerzo por que la cosa se parezca todo lo posible a una conversación amigable... Pero sólo consigo reducir los daños, no suprimirlos.

Me refiero, fundamentalmente, a los testimonios que remiten a hechos históricos, aunque pasan con todos los relatos vitales (un artista te cuenta una vida de artista, un escritor te cuenta su letraheridismo en unos términos muy parecidos a los de otro escritor, y el dueño de una casa rural te habla de su huída de la maldita urbe sin añadir muchos detalles al relato del dueño de la casa rural del pueblo de al lado). Cuando he entrevistado a un maqui, el maqui no me ha ahorrado ningún detalle previamente mistificado: el frío de la sierra, los guardias civiles que tenían más miedo que los guerrilleros, la nieve en el monte (es curioso que apenas cuentan anécdotas primaverales o veraniegas), la comida que le servían los masoveros... Cuando he entrevistado a un viejo resistente antifranquista, lo mismo: todos los tópicos que él cree que quiero escuchar van desfilando. Los relatos de la guerra civil están tan estereotipados que a veces hasta dejan que termines tú las frases. Los testimoniantes, generalmente, ponen mucho cuidado en que su verdad se ajuste a la verdad aceptada, y si hay disensos, siempre serán anecdóticos, nunca afectan al cuerpo del relato.

Ojo, no estoy diciendo que mientan ni que se inventen nada. Sólo pienso que la memoria es maleable y se contamina fácilmente. Está pasando incluso con los miembros de mi generación, que relatamos nuestra infancia como si todos hubiéramos vivido la misma, refiriéndonos a los mismos tópicos (todos televisivos, por cierto): Naranjito, Barrio Sésamo y la teta de Sabrina.

Ahora estoy metido de lleno en un asunto para el que he recogido también varios testimonios. Pero como es un asunto prácticamente inédito (o sin el prácticamente), del que no existen "relatos oficiales", las historias que me cuentan sí que resultan sorprendentes y están llenas de sombras y vericuetos apetecibles. Entre sí, se contradicen muchas veces. Unos asumen con naturalidad unos hechos que para otros son rotundamente falsos. Es maravilloso, porque me está obligando a hilar muy fino para montar las piezas del puzzle, y creo que su actitud virginal se debe precisamente a que te cuentan lo que recuerdan o lo que les ha sido transmitido en sus familias sin que un discurso externo haya contaminado su versión. En definitiva, sin que nadie les haya dicho cómo deben enjuiciar esa experiencia a priori. Pero cuando la Historia con mayúsculas se fija y se pasa a limpio, a todo el mundo le queda claro qué partes de su relato debe subrayar y cuáles debe silenciar.

La cosa va un poco más despacio de lo que yo quisiera (no por mí, que ya he hecho mis deberes, sino por terceras personas a las que tengo que andar persiguiendo), pero cuando el proyecto encuentre al fin a sus padrinos informaré debidamente de ello. Incluso puede que cree un blog paralelo y temático.

07/05/2008 01:10 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 5 comentarios.

EL ELVIS ROJO ESTUVO EN FRAGA

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Charlando con Óscar Sipán salió la figura de Dean Reed, uno de sus personajes preferidos, y la peli que Tom Hanks ha empezado a rodar sobre su vida. Óscar recordó su paso por Aragón rodando algunos espagueti western. Husmeé un poquito por aquí y por allá, y gracias a las sugerencias de Óscar escribí esta página publicada en el último Heraldo Domingo. Por cierto, la editorial de Sipán, Tropo Editores, prepara un volumen de cuentos sobre el espagueti western. Al loro. Aquí os dejo el reportaje.

¿Qué demonios hacía una superestrella de la canción, ídolo de masas en América Latina e icono revolucionario de la RDA y de la URSS en la localidad aragonesa de Fraga en 1970? Pues lo único que podía hacer un extranjero guapo en la Fraga de 1970: protagonizar los "espagueti western" de rigor.

Dean Reed (Denver, EE. UU., 1938-Berlín Oriental, RDA, 1986), conocido como el Elvis Rojo, va a ser uno de los personajes de este año, cuando se estrene la película que Tom Hanks acaba de empezar a rodar en Alemania sobre su vida y que se titulará "Camarada Rockstar". Pero es posible que el filme pase por encima -o que ni siquiera mencione- la aventura aragonesa de esta peculiar y olvidada estrella.

El Elvis Rojo se ganó su sobrenombre en América Latina, donde arrasó con sus canciones ligeras en los años 60. De hecho, llegó a residir unos años en Chile -donde aprendió a hablar español- y en Argentina. En este último país presentó un programa de televisión que le valió ser bautizado como Míster Simpatía. Allí, en las barriadas pobres de Buenos Aires y de Santiago, el rockero que derretía a las adolescentes se empapó de izquierdismo -aunque dicen que nunca llegó a militar en ningún partido comunista- y empezó a sentirse atraído por el otro lado del telón de acero.

En 1966 actuó en Moscú y conoció Berlín Oriental, empezando una relación de amor con esta última ciudad. Tras algunas temporadas residiendo en Rusia y en la RDA, se instaló definitivamente en este país en 1973, y en él murió en extrañas circunstancias -que apuntan a un suicidio- el 13 de junio de 1986.

Pero muy poco o nada de esto se sabía en Fraga aquellos años. El Elvis Rojo, aclamado por los descamisados de América Latina y vigilado de cerca por la CIA, quería seguir los pasos de su némesis de Graceland en todos los ámbitos, incluido el cine, así que puso mucho empeño en formarse como actor y, más tarde, como director.

Empeño inútil, claro, pues ninguno de los horrosos títulos que protagonizó ha pasado a la historia del cine, y a duras penas han conseguido figurar en los anales del "espagueti western". Con cintas como "La banda de los tres crisantemos", "Veinte pasos para la muerte", "La ley del kárate en el Oeste", "Besos para ella, puñetazos para todos" o "Adiós, Sábata", Dean Reed y Aragón contribuyeron a engordar un género saturado de olvidables y olvidadas maravillas.

Desde mediados de los años 60, Fraga y los cercanos Monegros dieron la réplica a Almería, en cuyo desierto se hicieron fuertes los Clint Eastwood y los Sergio Leone que abanderaron estas producciones de corto presupuesto, guiones apenas insinuados y ambientaciones 'kitsch' sin mucho aprecio por el rigor histórico. En realidad, los inmensos platós romanos de Cinecittà ofrecían todo lo que un director de "espagueti" podía desear en cuanto a "saloons" y cantinas de mala muerte, pero cuando había que rodar un duelo al aire libre o una persecución al galope por el desierto de Arizona, era necesario llevar los bártulos a España. Preferentemente, a Almería. Y si no, a Fraga, que quedaba cerca de Barcelona, base de operaciones y contratación de los productores de esta industria.

Sobre lomas polvorientas y entre antiguas parideras en ruinas que simulaban ser fuertes de Arizona, Dean Reed se codeó con otros grandes del "spaghetti western", como Yul Bryner ("Los siete magníficos"), con quien compartió cartel y coprotagonismo en "Adiós, Sábata" (1971), parte de una saga en la que Sábata, una especie de Robin Hood mestizo, ayuda a los revolucionarios mexicanos a asaltar trenes para conseguir fondos y armas.

Pero en Fraga no solo se rodaron "espagueti westerns". En 1970, el Elvis Rojo se quitó las espuelas para interpretar a uno de los hermanos Owen en "La banda de los tres crisantemos", una película de acción ambientada en el Chicago de los años 30 (que, para el caso, viene a ser Barcelona). Fraga ya no es un paraje del Viejo Oeste, sino el lugar apartado donde los forajidos de la Banda de los Tres Crisantemos busca refugio después de atracar el Gulf Bank.

Tras las cámaras

Aunque los críticos fueron muy poco complacientes con las dotes interpretativas de Reed, el Elvis Rojo perseveró y, financiado por las autoridades de la RDA, se lanzó a dirigir para transmitir al mundo su mensaje revolucionario a través de un soporte distinto al de sus canciones. Así, en 1978, con medios y actores alemanes orientales -salvo él mismo, que se reservó el protagonista-, estrenó "El cantor" (con título original en castellano). Allí evoca en clave melodramática el golpe militar que llevó a Pinochet a la presidencia de Chile en 1973.

No debió de quedar muy contento con el resultado, porque en su segundo y último experimento como realizador volvió a lo que mejor se le daba -o eso creía él-: el "espagueti western". "Sing, cowboy, sing", rodada en 1981 con actores de los países comunistas, fue su testamento fílmico. No volvió a aparecer ni delante ni detrás de las cámaras, y cinco años después, el 13 de junio de 1986, su cadáver apareció flotando en un lago berlinés cercano a su casa.

Olvidado hasta hace un lustro, ha surgido un movimiento de recuperación de su legado en Alemania, con documentales, libros y reediciones en DVD de sus películas. Entusiasmado con su historia, Tom Hanks compró el año pasado los derechos de su biografía, y este mismo mes de enero ha empezado el rodaje en Alemania, como actor y productor.

 

 

22/01/2008 00:14 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 1 comentario.

LA MUGRE DE LA HISTORIA

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Hablando de geografías, colonialismos residuales y tonterías varias, me encontré ayer con la columna tumbada de Maruja Torres en El País (que, en un alarde de genio singular, tituló "Ano-polis": guau, Maruja, qué hallazgo culero). La columna me importó más bien poco, pero, como a Mafalda, me dio por pensar en Israel y Palestina y en otras muchas poblemáticas nacionales.

Creo que muchos nacionalismos de corte clásico generan una paradoja: quieren restituir la historia ignorando la propia historia. Identifican un punto de quiebra -la ocupación de su civilización por parte de otra- y quieren volver a la situación anterior en la que la cultura impuesta no existía. Sin embargo, eliminar esa cultura dominante implica en buena medida falsear y transformar la realidad actual, pues esa cultura -impuesta o no- se ha asimilado y asentado en el lugar. Vamos, que se podrá pensar lo que se quiera de la fundación del Estado de Israel y de su actuación posterior, pero lo cierto es que existe y que ya hay varias generaciones de israelíes nacidas allí, y esa tierra es tan suya como de los palestinos, por lo que la solución debe incluirles: echarles al mar sería tan injusto como los campamentos de refugiados palestinos de ahora.

Acercándonos más a nuestra realidad, podemos lamentar todo lo que queramos la casi desaparición de la lengua aragonesa y la castellanización de Aragón, pero la historia es la que es y hay que vivir con ella. La única estrategia inteligente, incluso desde un punto de vista nacionalista, es concluir que una sociedad es el resultado de su historia, de toda su historia, y que el único futuro que no tiene visos de convertirse en pesadilla es el que se construye teniendo en cuenta ese crisol, asimilando incluso lo que fue impuesto a sangre y fuego, pero que está ahí y no se puede borrar.

Los argentinos, siempre preocupados por estos temas, llevan unos años inmersos en una ebullición cultural tremenda, de la que seguro que se hablará en el futuro como una edad de oro de la creación. El corralito de 2001 ha supuesto un punto de inflexión brutal que les ha obligado a remirarse su obligo porteño. Ahí están escritores como Rodrigo Fresán o Carlos Gamerro, que han despuntado ahora, pero sobre todo está el tango, que ha sido redescubierto por una juventud perdida. Los músicos argentinos más jóvenes e inquietos han buceado en su herencia, la han asimilado sin prejuicios y se han empapado de toda la suciedad de su historia. No se trata del falso mestizaje ni de un criollismo rancio, sino de la búsqueda de lo que uno es como ser social. Han cogido el tango, asumiéndolo como fruto de una historia concreta -no como esencia inmutable de nada- y lo han tomado como base para construir su propia historia. La del presente y la del futuro que quieren.

Eso hace Bajofondo Tangoclub, que acaba de sacar nuevo disco, Mar Dulce: no es una reinvención del tango, sino la música que necesita una generación desquiciada. Quizá este segundo álbum sea mucho más flojo que el primero (lo es: a mí me ha decepcionado un poco), que me impresionó mucho. Les vi en Buenos Aires y me impactaron un montón, pero me impactó mucho más la conexión que tenían con su público. Bajofondo ha tocado algo muy hondo del alma argentina, si es que los pueblos tienen alma, y creo que es porque han sabido asimilar su cultura sin mitos ni utopías, con toda la mugre que trae la historia, que es mucha. Quizá sería una buena forma de empezar a debatir sobre la memoria y de hablar en serio sobre algunas cosas serias.

30/11/2007 03:10 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 24 comentarios.

CAMBALACHE MEMORIALÍSTICO

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Al final, como siempre, se ha recurrido a la subordinación. Subordinación gramatical, con frases muy largas, llenas de matices entre comas y de contradicciones tras un punto y coma. Pero también subordinación pura y dura de los beneficiarios a las camarillas de los partidos. Parece que va a haber Ley de la Memoria Histórica, al final de la legislatura y de chiripa, pero será con un texto de compromiso redactado a espaldas de quienes reclamaban y necesitaban la norma (de hecho, la necesitaban de verdad hace 30 años, ahora ya sólo es un pequeño consuelo antes de irse a la tumba). Me gustaría comentar algunos aspectos de esta nueva ley que llega tan tarde y con un nombre tan poco apropiado.

Cuando el PSOE decidió crear la Comisión Interministerial en 2004 para el estudio de esta ley, el Gobierno no tenía ni idea de dónde se estaba metiendo. Es cierto que quizá no contaba con la virulencia desaforada de un PP desgañitado y fuera de sí, pero debería haber tomado en consideración un dato: si ningún gobierno español había metido mano en el avispero del franquismo es porque el asunto era muy delicado y exigía pies de plomo. Mi impresión es que creían que con un texto de compromiso con cuatro vaguedades contentarían a los cuatro abuelos republicanos que quedan y ganarían algo de rédito electoral entre la juventud del ala más izquierdista del partido. Error: no tuvieron en cuenta al complejo y amplio movimiento en pro de la recuperación de la memoria histórica, con un nivel de debate y reflexión mucho más refinado que el de la ejecutiva federal socialista, y cuyas demandas, sostenidas por una intelectualidad joven y de nuevo cuño, iban mucho más allá de un compromiso retórico. Luego vino la utilización del PP de este asunto, el entramado vocinglero liderado por la COPE y todo lo demás. Apenas comenzó el estudio, el PSOE se quemó las manos con una patata caliente que no sabía a quién pasar. Estaban perdidos: el texto retórico y sin consecuencias jurídicas que querían aprobar les enemistaría con buena parte de sus bases y con algunos influyentes intelectuales que hasta ese momento no tenían empacho en ejercer de mamporreros gubernamentales y, al mismo tiempo, el texto inofensivo desataría la cólera de los obispos y de esa vieja Españolaza de cuartel y sacristía que sigue agazapada en muchos pueblos y ciudades de este siglo XXI.

Así que la primera consigna del PSOE fue dilatar los trámites y los estudios con la esperanza de que la actualidad acabara haciendo olvidar el proyecto, y terminar así la legislatura silbando y pasando de puntillas por el negro y espinoso pasado hispano. Pero la mecha ya estaba encendida dentro del propio PSOE, y en este último año y medio, los sectores más jóvenes han arrumbado a los pragmáticos herederos del felipismo (quienes, en los años 80, perdieron la ocasión de haber resuelto con dignidad este embrollo y ahora se apuntan al carro con gran desfachatez), así que se pusieron a trabajar contrarreloj para llegar a un amplio acuerdo parlamentario que permita sacar adelante una ley en la que ya nadien creía, como así ha sucedido. Y lo han hecho bien, la verdad. Han trabajado de puta madre, hilando adverbios y conjunciones para lograr el sí de todos los partidos, salvo del PP y de ERC. ¿Cuál es el problema, entonces? El de siempre en esta partitocracia: que se han antepuesto las filigranas parroquiales de cada partido a la opinión y necesidades de las víctimas a las que se pretende dotar de dignidad y reconocimiento.

Lo que se ha filtrado del texto que se votará en el Congreso es interesante, porque revela una estrategia muy típica de la política española y que empezaron a practicar los gobiernos de Suárez: echar balones fuera. Hilando fino, la norma no deroga las sentencias dictadas durante el franquismo por motivos ideológicos, religiosos o de discriminación, pero sí deroga formalmente las leyes franquistas que amparaban esas sentencias. Derogación innecesaria, pues la mayoría de esas normas ya perdieron vigencia al entrar en contradicción con la Constitución y la mayoría de las leyes sociales aprobadas desde 1977 (parece que no recuerdan como funciona el ordenamiento jurídico: la norma de rango superior o dictada con posterioridad deroga automáticamente a la vieja que regula la misma materia, aunque la nueva ley no lo establezca explícitamente), pero bueno, fale, dacuerdo, que deroguen lo que quieran. El caso es que, con esta argucia, tiran la pelota al tejado de los jueces: las víctimas que, voluntariamente y de una en una, quieran reclamar ante los tribunales la nulidad de las sentencias que les condenaron durante el franquismo por su condición de activistas demócratas, homosexuales o lo que quiera que sea, tienen ahora un potente argumento legal a su favor, pero para conseguir su objetivo dependen de la habilidad de su abogado para utilizar ese arma y de la sensibilidad del juez, ya que el articulado es muy vago y lleno de perífrasis y puede utilizarse de muchas formas en un juicio. Pero el Gobierno y sus aliados han cumplido su objetivo: dotar de valor jurídico (y no sólo sentimental) a la norma sin mancharse las manos. Ahora, que los tribunales apechuguen.

Vaya rollo que os estoy metiendo, pero es que este tema me interesa mucho, ya perdonaréis. Si habéis leído hasta aquí, ya sólo queda daros mi modesta opinión sobre la Ley de Memoria Histórica. Muy simple: para este viaje no hacían falta tantas alforjas. La demanda social (de las víctimas y de las personas que pensamos que una democracia digna de tal nombre debe dar un tijeretazo a los restos de cordón umbilical que le unen con el franquismo, que 30 años son muchos años) era muy sencilla: restitución moral y jurídica para las víctimas represaliadas por el franquismo. ¿Por qué sólo las del franquismo, cuando es cierto que durante la guerra hubo muchos franquistas y derechistas injustamente reprimidos y asesinados? Porque estos últimos ya fueron honrados y resarcidos por el régimen anterior, y la democracia no ha anulado esas honras ni esas restituciones morales y materiales: no hay más que pasar por cualquier iglesia de cualquier pueblo de España para leer la lista de los "mártires que dieron su vida por España", por no hablar de la cantidad de estancos que siguen perteneciendo a viudas de guerra. Quedaban los otros, los que defendieron la República. La deuda está ahí, y era muy sencillo pagarla, incluso con el complicado tema de las fosas comunes de por medio. Sin embargo, todo el circo y la cobardía de los partidos ha envilecido el propósito de origen. Tienen suerte de que las víctimas son ancianos agradecidos que se emocionarán y ondearán banderas republicanas el día que se apruebe en el Congreso, en lugar de responderles que se introduzcan por el orto su ley de la memoria histórica, que no se han pasado una vida de cárcel y exilio para andar mendigando nada a su país.

Pero como no lo dirán ellos, que bastante tienen con lo que tienen, lo diré yo: métansela por el culo, señores artistas del compromiso y del cambalache.

Y ya. Ahora, por favor, ¿podemos hablar de otras cosas?

09/10/2007 13:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 3 comentarios.

FRANCISCO NÁJERA, BOXEADOR

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Al igual que las cadenas de televisión, yo también tengo derecho a rellenar el verano con refritos. Así que abro el archivo y recupero al boxeador de la industria petrolera rusa, un reportaje que publiqué en Heraldo Domingo en 2004, no recuerdo la fecha exacta. Andaba por entonces empeñado en encontrar a un niño de la guerra con una historia peculiar, y lo encontré en un piso del barrio de Delicias. Su historia, que es la de muchos, me conmovió. Por eso la traigo al blog. La foto es de María Torres-Solanot.

 

 

UN BOXEADOR ESPAÑOL EN LA ESTEPA RUSA

Son los mayores olvidados de la guerra civil española. Los libros les dedican apenas unos párrafos; las películas documentales, un par de planos. Un tren partiendo, un barco alejándose. Pañuelos, lágrimas y adioses. Sólo ahora han logrado ocupar el centro de la foto, cuando apenas quedan unos pocos centenares con vida.

Los ‘niños de la guerra’, aquellos que el Gobierno republicano sacó de España en 1937 y 1938, son hoy ancianos que viven sin ruido, inadvertidos en los barrios de cualquier ciudad. Salvo unos pocos casos, sus vidas de leyenda encaran discretas el último tramo, entre fotos y recuerdos de los países que les acogieron.

Francisco Nájera, el boxeador que se midió con los temibles y rudos obreros de la industria petrolera soviética y les venció, es uno de ellos. Hoy, en un piso del barrio de las Delicias de Zaragoza, conserva en cajas de latón los centenares de fotos y de papeles que generaron los casi veinte años que vivió en la URSS.

Francisco Nájera nació en Pasajes (Guipúzcoa) en 1929, y es el tercer hijo de una familia de obreros vascos. Por tanto, el 18 de julio de 1936 tenía siete años. Al arreciar la ofensiva franquista sobre el País Vasco en los primeros meses del conflicto, su madre buscó refugio en Bilbao. Allí vivieron el bombardeo sobre Guernica, que provocó una encendida reacción internacional, tras la cual numerosos gobiernos se ofrecieron para acoger a los indefensos niños el tiempo que durasen las hostilidades. Desde comienzos de 1937, Bilbao sufrió continuos bombardeos que hicieron que la madre de Francisco decidiera sacar a su hijo de la guerra.

El Habana

“A mi hermano lo mandaron a Bélgica, donde le acogió una familia en su casa. Y mi hermana y yo embarcamos en el Habana. Primero, a Francia y, de ahí, a Rusia”, relata. Sucedió el 13 de junio de 1937. El Habana era un enorme crucero que se había librado por los pelos de caer en manos franquistas y que las autoridades republicanas atracaron en Bilbao y utilizaron, primero, para alojar en él a los refugiados procedentes de Irún y de San Sebastián y, después, para evacuar a contingentes de niños a puertos de Francia,

Países Bajos e Inglaterra. Muchísimos ‘niños de la guerra’ salieron del país a bordo del Habana, por lo que su nombre se ha convertido en símbolo del éxodo infantil. La de Francisco fue la segunda expedición que partió con rumbo a la Unión Soviética, con unos 500 niños a bordo. El régimen comunista acogió a casi 3.000 menores durante la guerra.

El grupo de Francisco llegó a Leningrado (actual San Petersburgo) unas semanas después, donde recibieron una oficial, pero calurosa, bienvenida. “De Leningrado, pasamos a una colonia de vacaciones en Crimea, en el Mar Negro”. Y, de ahí, a la Casa de Niños número 1, situada a unos 40 kilómetros de Moscú. “Era como un balneario, tranquilo, precioso y enorme. Yo estaba en el pabellón de los más pequeños y recibíamos clases en español”.

Las Casas de Niños eran unos internados creados para los pequeños refugiados españoles donde los pedagogos de la URSS impartían las asignaturas en castellano, con profesorado soviético y español, y enseñaban, al tiempo, el idioma ruso. El proyecto pedagógico pretendía que los niños pudieran integrarse en la sociedad soviética sin perder sus raíces hispanas.

Hasta poco después de 1945, funcionaron 16 Casas de Niños (11 en Rusia y 5 en Ucrania), todas numeradas, atendieron a 2.189 pequeños y estaban instaladas en mansiones y fincas requisadas a la nobleza durante la Revolución de 1917. Por eso, Francisco tiene el recuerdo de que el centro era como un “balneario”. El suyo era el más grande y el más importante, con 435 alumnos y 319 profesores (297 rusos y 22 españoles).

Saratov

“Cuando los nazis invadieron Rusia, nos evacuaron en barco por el Volga y nos llevaron cerca de Stalingrado, a una república autónoma de alemanes en Saratov”. Los alemanes en cuestión no eran nazis invasores, sino un núcleo germano que llevaba generaciones asentado en el lugar, conservando su lengua y sus costumbres. Por eso, Moscú le había concedido un estatuto de autonomía y la zona era conocida como la ‘república alemana’.

Francisco apenas tuvo noticias de la Segunda Guerra Mundial, y pasó aquellos difíciles momentos para la Unión Soviética resguardado de la violencia y del hambre. “Casi no nos enteramos de las bombas”.

En 1944, con los ejércitos del Reich en retirada y fuera del territorio ruso, Francisco regresó a la Casa de los Niños, donde terminó sus estudios de secundaria e ingresó en una escuela de oficios, donde aprendió, con otros 30 españoles, la profesión de tornero.

“Salí de la escuela con trabajo y entré, junto con otros 30 españoles, en una fábrica de maquinaria petrolífera que daba empleo a 12.000 personas. Nos alojábamos en dormitorios comunes de 12 camas, separados los de hombres y los de mujeres”.

Una separación que no era estanca, desde luego, ni evitaba que los jóvenes se divirtieran los fines de semana. Aunque, a esas alturas, Francisco ya dominaba el ruso y tenía amigos soviéticos, los españoles seguían siendo una piña y se juntaban para ir al cine y hacer excursiones los fines de semana. Así, Francisco fue intimando con otra ‘niña de la guerra’, una asturiana: Josefina Díaz Álvarez.

“Me casé al poco tiempo de empezar a trabajar en la fábrica. Tendría... no sé, 17 años o así”. Como era preceptivo, el Estado les facilitó un piso en Moscú y, por primera vez desde que salió de España, Francisco supo lo que era vivir en una casa.

Paradójicamente, el inicio de la vida conyugal fue seguido del comienzo de la aventura de su vida. Deportista consumado, Francisco siempre había destacado en todo tipo de disciplinas, pero por entonces descubrió la que le apasionaba de verdad: el boxeo.

La URSS alentaba la práctica de cualquier deporte y establecía competiciones muy exigentes entre los trabajadores de la industria. Aunque eran ‘amateurs’, la entrega, los medios y el entusiasmo que despertaban este tipo de campeonatos eran equiparables a los niveles profesionales de cualquier país europeo.

El campeonato de boxeo de la industria petrolera era duro. En él competían curtidos obreros eslavos de todas las cuencas de la Unión Soviética. Gentes acostumbradas a manejar pesadas máquinas bajo temperaturas extremas. Individuos fuertes y temibles. Para la propaganda del régimen, héroes forjadores de la utopía socialista, cantera de atletas que debía erigirse en modelo para las masas.

El español Francisco, enamorado del deporte del ring, no se sintió amedrentado por aquellas minucias y fue ganando un combate tras otro. “Era un chollo -recuerda-. Me permitía librarme del trabajo, me pagaban buenos extras y viajaba por todo el país”.

Paso a paso, llegó a la final y ganó el campeonato, noqueando por el camino a rudos siberianos de la estepa, a nietos de cosacos y a recios ucranianos. Había aprendido de los mejores puños del bloque comunista. No se perdía un solo combate de las muchas veladas que se programaban en Moscú. Tenía buenos preparadores y asistía a exigentes escuelas.

Preparador

Fueron 11 años como boxeador y, aunque no llegó a dar el salto al terreno profesional (meta imposible para un español sin la nacionalidad rusa), obtuvo el diploma de preparador. “Di muchos cursos y aprendí todas las técnicas”.

Había pasado mucho tiempo y, en 1951, nació su hija, Nieves. La morriña hacía mella. Una morriña extraña, ya que apenas había conocido España y no tenía queja alguna del trato recibido en la URSS, donde seguía viendo con frecuencia a su hermana. Así, cuando, tras la muerte de Stalin, se restablecieron las relaciones diplomáticas entre Madrid y Moscú, Josefina y Francisco se plantearon regresar.

Lo hicieron en 1956, en uno de los primeros contingentes masivos de repatriación en los que volvió la mayoría de los ‘niños de la guerra’. Tenía entonces 27 años, 19 de los cuales, los había pasado en la URSS.

Como su madre se había trasladado a Zaragoza, tras un período de tanteo en su País Vasco natal, Francisco probó suerte en la capital aragonesa. “Me habían dicho que los sindicatos (verticales) ayudaban a los que volvíamos de Rusia, así que me acerqué y, como había conseguido un trabajo de tornero en una empresa de las Delicias, me dieron un piso en el barrio Oliver”. La familia se instaló, pues, en Zaragoza, ciudad de la que no ha vuelto a salir.

Pero, como el gusanillo del boxeo no es algo que desaparezca así como así y, por aquel entonces, en la capital aragonesa había afición y se celebraban muchas veladas, Francisco dedicó todo su tiempo libre a ese deporte. Pero desde una esquina, fuera de las cuerdas.

“Cogimos unos locales en el barrio Oliver y montamos un gimnasio que llamamos La Estrella. Un día sí y otro no, entrenábamos a chavales que querían boxear”. Su título soviético de preparador y su trayectoria le convertían en alguien muy respetable en el mundillo del boxeo ‘amateur’.

Hoy, todo eso se conserva en las cajas de latón donde Francisco, el temible púgil español, guarda sus viejos recuerdos.

 

20/08/2007 23:12 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 3 comentarios.

LOS SUEÑOS CUMPLIDOS A MEDIAS

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Zaragoza es una ciudad difícil. Abierta y cerrada al mismo tiempo. Apenas se deja conocer, tienes que ir adivinándola esquina a esquina, abstrayéndote de sus pegotes desarrollistas, de sus moles fascistoides y de su cierzo fastidioso. Cambia constantemente y sobrevive travistiéndose a los golpes que le da el poder, ya esté éste formado por los fariseos nativos de comilona y siesta en el puticlub o por esa nueva oligarquía caciquil que hace y deshace en la ciudad oteándola desde valles con pistas de esquí o desde somontanos tapizados de vides.

Se suele considerar una virtud tener unas convicciones a prueba de trilita, pero yo ando cada día más perdido desde que descubrí que es mucho más complicado observar que juzgar. Mis juicios se vuelcan cada vez más sobre el núcleo de lo evidente. Mi indignación y mi alegría proceden de lo básico, de lo primario. Tengo claro que debo despreciar a un torturador y admirar a quien sea capaz de escribir algo que me emocione, pero creo que no logro pasar de ahí. Por eso no sé si lo que sucede con la casa del doctor Lozano Blesa debe indignarme, alegrarme o dejarme indiferente. Creo que sólo me pincha un poco en el estómago.

Paso todos los días varias veces por delante de la casa y me he convertido en un experto de sus biorritmos, si es que las casas, que son como animales de compañía, gastan de eso. Es un palacete que muchos zaragozanos ignoran, una joyita perdida en el centro que sale en pocas guías y que parece puesta ahí para el disfrute de los grandes conocedores de la ciudad. No sé si yo pertenezco a ese grupo, pero he hecho méritos para pertenecer a él. Méritos como peatón pateador, como lector senderiano y como borracho empeñado en encontrar un abrevadero abierto un lunes a las cinco de la madrugada. El palacio es uno de los últimos chalets modernistas que quedan en el Paseo de Sagasta, y está encajonado entre un edificio moderno y la monstruosa mole fascista de la Confederación Hidrográfica. Tiene un pequeño jardín arruinado en el lado del paseo, y otro más grande en la parte trasera, tapiado con un muro alto. Es precisamente en ese jardín donde van a construir un edificio de no sé cuantas plantas, para indignación de muchos. La verdad es que se van a comer el palacete por completo.

La casa fue construida por el arquitecto Félix Navarro, uno de los hacedores de la Zaragoza modernista, la que pretendía recuperar el orgullo perdido en los Sitios y lucir esplendorosa, como un París estepario, cabalgando a lomos de un liberalismo socarrón y de cabaret. Los edificios más conocidos de Navarro en Zaragoza son el Mercado Central, hecho de acero, como la Torre Eiffel, y la Escuela de Artes, que ahora van a convertir en un museo de Goya bastante desangelado, sin majas ni saturnos. Pero eso es otra historia. Félix Navarro construyó esa casa a comienzos del siglo XX para su amigo, el doctor Lozano Blesa, médico ilustrado a quien debe mucho la universidad y la sanidad locales. Por eso, uno de los hospitales de Zaragoza lleva su nombre. En el lugar confluyen dos nombres importantes de la burguesía culta y transformadora de la ciudad (que se definía cosmopolita y liberal, en oposición al carlismo cazurro que imperaba en el campo aragonés), conectada con las grandes corrientes europeas y más pendiente de la expansión de Barcelona que del marasmo de Madrid. Fue la burguesía que se empeñó en abrir el paso ferroviario de Canfranc para sentir más cerca el viento de los bulevares parisinos.

La casa sigue perteneciendo a los descendientes de esa estirpe de burgueses irrepetibles, la que adivinó Ramón J. Sender cuando era un adolescente en Zaragoza y la que retrató en La Quinta Julieta (tercera parte de Crónica del Alba). No sé si la habitarán los nietos o los bisnietos del doctor, pero quien quiera que sea, roza el ascetismo o vive en la melancolía de los gatopardos. No sólo el jardín está descuidado, sino que algunos vidrios rotos delatan el abandono de parte de las plantas de arriba. Las columnas del portal, dedicadas a Pareto, Servet y otros médicos ilustres, están cubiertas de mugre y de pintadas. Se intuye el polvo que flotará por parte de la casa. Imagino las sábanas que cubrirán algunos muebles, insinuando perfiles de mecedoras, canapés y algún piano. He pensado alguna vez en inventar un reportaje como excusa para que me dejen entrar y cotillear por los rincones, pero no me he atrevido a desentrañar la sutil red de relaciones sociales que une a las familias poderosas de Zaragoza. Porque los Lozano Blesa siguen siendo una de esas familias.

A deshoras y con premura, he llegado a ver cómo entraba una criada con cofia de servidumbre añeja. Y he imaginado sus manos lavando platas centenarias que ya no lucen en ninguna fiesta. Pero hay un detalle que casi me llega a sobrecoger. Por la noche, una luz tenue ilumina el recibidor. Se ve a través de la vidriera. He pasado muchas madrugadas por delante, con distintos niveles de alcohol en sangre. A la una, a las dos, a las tres, con el resplandor del amanecer... Siempre está encendida. Parece la lucecita aquella del Pardo, pero no sé a quién vela o a quién controla esta bombilla.

Ahora se van a cargar el jardín. Un jardín misterioso tan grande como la casa. La constructora ya ha asentado sus reales y dentro de poco la zona cambiará. No sé qué pensar, la verdad. Me gusta el Paseo de Sagasta y no sé si quiero que cambien su entorno. A veces lo recorro sin motivo hasta el Parque Pignatelli. Me gustan sus árboles y me gusta su nombre, muy bien elegido, muy acorde con quienes pusieron en pie esa parte de la ciudad (durante el franquismo se llamó ignominiosamente General Mola, pero sobrevivió a ese nombre, que no logró asfixiarlo ni convertirlo en patio de desfiles). Camino por el andador central y me fijo en los balcones de las fachadas de Albiñana. Albiñana fue un arquitecto desgraciado. También liberal, transformador y hedonista. Le fusilaron en 1936 por republicano. Murió joven. Me da pena pensar que pocos de los miles de transeúntes que desfilan por esos balcones saben quién fue Albiñana. Ni el doctor Lozano Blesa. Ni Félix Navarro. Son unos pocos metros en los que todavía se respiran los aires truncados de los sueños nunca cumplidos. O cumplidos a medias, que es la peor forma de cumplir un sueño. ¿Qué pensarían ellos de la Expo? ¿Qué pensarían ellos de esta ciudad difícil que se desparrama por la estepa y que acabará saliéndose de los márgenes del valle?

¿A quién ilumina la luz del recibidor de Lozano Blesa?

15/08/2007 01:11 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 9 comentarios.

UN ENCUENTRO CON JOSÉ RIBAS

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El miércoles estuvo por aquí José Ribas, el alma de la desaparecida Ajoblanco, una revista con la que algunos aprendimos unas cuantas cositas del oficio de juntaletras cuando todavía le dábamos al futbolín. Nos encontramos, nos conocimos en persona (por teléfono ya nos habíamos tratado un par de años atrás) y, fruto de esa charla, salió este artículo en el Heraldo del domingo. El libro, después de hojearlo para la entrevista, lo estoy devorando ahora, y ansío que lleguen las vacaciones para tumbarme una tarde entera en su compañía, porque es como una novela llena de chismes. Aquí os pego lo que los lectores del periódico donde echo las tardes ya pudieron leer el domingo.

Vestido de negro y casi con la misma delgadez de sus febriles 20 años, José Ribas (Pepe Ribas, sin exigir protocolos) se mueve y conversa con la parsimonia de quien tiene la conciencia tranquila y ya no espera nada. "La ocasión para provocar un cambio social se perdió en los 70. Entonces, era posible, se palpaba. Hoy ya solo nos queda esperar que venga el cambio climático". No hay tragedia en su tono de voz ni drama en su gesto. Es la simple convicción, personal e intransferible, de un agitador cultural que cumplirá 58 años en septiembre y que acaba de realizarse como lo que siempre quiso ser: un escritor. "Pero no un escritor literario, sino un escritor de la vida, lleno de experiencias", recalca.

Pepe Ribas (Barcelona, 1951) ha estado esta semana en Zaragoza para presentar "Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad" (RBA), una crónica de su vida y de la de su generación, la que puso en pie la revista "Ajoblanco", un referente de la "cultura libertaria" española que echó el cierre definitivo en 2000 y que viene a ser el equivalente ibérico de la contracultura hippie californiana de los años 60. Ribas estuvo al frente del proyecto desde sus comienzos, todavía bajo la dictadura franquista, y ahora cuenta cómo fueron esos años en los que todo estaba por hacer.

Por "Los 70 a destajo" desfilan las personas que hicieron posible "Ajoblanco", que en 1978 tiraba 130.000 ejemplares al mes y alcanzaba el millón de lectores, cifras imponentes para una publicación independiente -incluso para una comercial- en España. "No éramos una minoría gritona sobre una mayoría silenciosa, como se ha vendido después -relata-. La democracia no la trajeron los políticos. Ellos sí que eran una minoría. La democracia la trajimos nosotros, y por nosotros me refiero a la gente, que aprendió cómo quería vivir su libertad articulándose en movimientos sociales, en el ecologismo, el feminismo, el asociacionismo vecinal, los sindicatos obreros... Nosotros obligamos a la clase política a reaccionar y nosotros solos salimos del franquismo".

La gran olvidada

Para Ribas, la ciudadanía ha sido la gran olvidada en el relato de la Transición, muy presente en los medios de comunicación con motivo del trigésimo aniversario de las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977. "Yo empecé a escribir este libro hace siete años -se excusa-, cuando no podía imaginar que se iba a dar este 'boom".

"Los 70 a destajo" no son unas memorias personales ni una historia de "Ajoblanco" ni un repaso a la prehistoria de algunas biografías muy relevantes de la cultura española de finales del siglo XX, aunque es todas esas cosas a la vez. Tampoco es un ajuste de cuentas con una época o con algún viejo enemigo: "No podría serlo. Soy libertario y no puedo enjuiciar a las personas. Cada cual ha tenido su trayectoria, pero me ha sorprendido el alto porcentaje de gente de mi generación que ha conservado su coherecia estos 30 últimos años. Por supuesto, nadie se lo ha reconocido, pero ellos tampoco lo necesitan".

El libro empieza su relato en la Barcelona de 1972 y está escrito en primera persona con una estructura novelística, "como si fuera un relato de aventuras". Su autor lo concibe como "una provocación hecha con cariño y elegancia". Una provocación dirigida tanto a quienes vivieron esos años con Ribas como a los jóvenes que solo conocen la "historia oficial" de la Transición.

Una de los aspectos más abrumadores de la obra es su índice onomástico, que recoge más de mil nombres. "He reconstruido la historia de vida de centenares de protagonistas de la Transición". Por supuesto, están los que le acompañaron en las primeras andanzas de "Ajoblanco": Quim Monzó, Fernando Mir, Toni Puig, Juanjo Fernández o Luis Racionero. Por supuesto, también aparecen los amigos y colaboradores, como Alaska o Alberto García Alix. Pero, entre tanto apellido, de vez en cuando, aparece una nota discordante. Es el riesgo de buscar en el baúl de los recuerdos, que en él puede haber cualquier cosa.

Así, Karmele Marchante, la famosa tertuliana de los programas del corazón, también aparece en esta lista, en calidad de abanderada del feminismo radical y de periodista aguerrida y comprometida con la causa. "Yo creo que Karmele -explica Ribas-, que es una mujer muy inteligente, ante la imposibilidad de hacer un periodismo serio y libre, se ha inventado un personaje dadá. Ha hecho de sí misma una performance contínua. Es puro dadaísmo".

Lo que vuelve a confirmar el tópico de que 30 años no pasan en balde.

PS: Ahora que recuerdo: en Ajoblanco publicó sus primeros reportajes la fotógrafa -y compañera de andanzas de un servidor por andurriales poco recomendables- María Torres-Solanot, que el verano pasado recorrió parte de la India, y que ahora expone las fotos que tiró allí en una excelente muestra que podéis visitar estos días en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés del paseo de la Independencia de Zaragoza.

25/06/2007 22:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 3 comentarios.

HA MUERTO ALFONSO ZAPATER

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Hoy ha muerto Alfonso Zapater, el gran periodista aragonés, y yo estoy junto a su mesa vacía en la redacción. Cada vez que paso junto a ella veo la correspondencia que nunca abrirá. Cartas de agradecimiento, probablemente. Invitaciones para cenas en las que ya no brindará. Cartas de los miles de amigos que acumuló durante los años, trotando por los pueblos secos y desarrapados de Huesca, de Zaragoza y de Teruel 

Esta semana no tendré que corregir el capítulo de las memorias que iba escribiendo en Heraldo Domingo y no tendré que custodiar la foto que rescataba de dios sabe qué desvanes para ilustrar el relato de las copas que compartió con Cela en el Café Gijón, o de la noche que estrenó su primera obra de teatro en el Madrid de los años 50, o de la primera vez que se vistió de luces y se puso delante de un toro. Fue buena idea proponerle escribir sus memorias, pero siento que se ha guardado lo mejor de su vida para sí. No contó, como siempre recuerda mi compañero M., que fue él el único periodista que, en pleno franquismo, se atrevió a preguntar y poner en un brete a todo un gobernador civil. De su vida periodística, la faceta que le hizo famoso en su tierra -desmintiendo aquello de que no se puede ser profeta en el solar de nacimiento-, no soltó prenda. Ya hablaba bastante de ella de viva voz y en su serie "Historias de un reportero".

Estaba jubilado, pero venía todas las tardes a escribir su columna y a pasearse un rato por la redacción, como un padre que arrastra los pies por una casa que sólo le pertenece nominalmente, porque está llena de muebles y recuerdos de sus hijos, que no le dicen nada. Hace dos o tres años, cuando nos veía colgados del teléfono y mandando mil mails para cerrar un reportaje, siempre decía: "Qué barbaridad, cuánta tontería. En mis tiempos, hacíamos el periódico sin tanta leche, con un solo teléfono para toda la redacción. Y el periódico tenía más chicha y contaba más cosas que ahora, que salimos con cada tontada...". Y se trabajaba menos, añadía yo malévolamente, dándole pie para que contara alguna historia de las vedettes del Oasis y del Plata, cuyos camerinos fueron su segundo hogar. Siempre que escarbaba en la microhistoria de la ciudad y me perdía en un recodo de los años 40 o 50, alguien me conminaba: "Pregúntale a Alfonso, que seguro que lo sabe". Y era verdad: siempre lo sabía.

Pero Alfonso no vivía en el pasado. Se llevaba con la informática mucho mejor que personas de 40 y de 50 años. Cuando nos instalaban un nuevo programa de edición, a Alfonso sólo habia que decirle una vez cómo utilizarlo: "Tú dime cómo entro a escribir y ya está". Y ya estaba, en efecto. Era un tipo despierto que estaba en el mundo, acostumbrado a la calle, a los chistes y a los bares. Por eso ha muerto con las botas puestas, escribiendo hasta el final, sin resignarse a quedar olvidado en una mecedora polvorienta. Cuando vuelva a buscar fotos de los años 30 y 40, ¿quién me pondrá nombres a esas caras? (Nombres que solían ir acompañados de una anécdota subida de tono). Conocía a todos y todos le conocían, y ha sido un honor compartir durante unos años la misma habitación que él.

Descanse en paz, maestro.

30/05/2007 17:28 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 6 comentarios.

LA MIRADA DE ORWELL

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Me costó meterme en George Orwell. Curioso, ¿no? No es una de mis lecturas tempranas, y no lo fue por simples ganas de llevar la contraria. Si profesores y bienpensantes varios insistían en loar los alegatos que había detrás de 1984 o de Rebelión en la granja, la cosa no era de fiar. ¿Alguien realmente sensato hace caso a sus mayores? Si te ahorras los errores, te pierdes lo mejor de la vida. Así que los leí con anteojeras, sin dejarme emocionar por su Apocalipsis (al fin y al cabo, hablaba de dictaduras y situaciones que me eran completamente ajenas) y, por llevar la contraria, me declaré fan de Aldous Huxley. Un mundo feliz era aceptable, porque se metía con el capitalismo. 1984 sólo escondía prejuicios. 

Tuve que llegar a Homenaje a Cataluña para que las anteojeras se desprendieran de mi coco y poder admirar de frente a George Orwell. Qué mirada más triste y más dolorosamente sincera. Ojalá pudiera yo mirar el mundo algún día como él miró la maldita guerra y la destrucción totalitaria y dejar esa mirada impresa en un reportaje. No me extraña que el pobre Orwell las pasara putas. Aunque desde hoy le miremos con cariño y admiración, creo que lo pasaría igual de mal en la actualidad, porque lo importante de Orwell no es lo que dice, sino su actitud y su coraje. Atreverse a contar lo que se ve comprometiéndose tan sólo con la propia mirada siempre se paga, aunque al final es lo único que nos queda, ese núcleo genuinamente humano.

Ahora hay una exposición sobre Orwell en el Centro de Historia de Zaragoza. Es una muestra que funciona como apéndice de la Ruta Orwell que la comarca de Los Monegros ha organizado en los lugares de Aragón donde combatió en 1936 y 1937, en los que fue herido, antes de presenciar los hechos de Barcelona de mayo de 1937 de los que ahora se cumplen 70 años y que son el núcleo de Homenaje a Cataluña. Hace dos años compré una primera edición española de este reportaje fuera de serie y me gusta hojearla de cuando en cuando, deteniéndome en sus descripciones, admirando cómo incrusta el paisaje de la guerra en el relato. En el periódico donde echo las tardes habré publicado tres o cuatro grandes reportajes sobre aspectos de la vida en Los Monegros (que ahora, en mayo, aparecen extrañamente verdes, gracias a los cultivos), y siempre que recorro la Sierra de Alcubierre, Monegrillo, Lanaja, Sariñena, Tardienta y el resto de pueblos despanzurrados sobre la estepa, me acuerdo de Orwell y de sus descripciones. Podría imitarlas en los reportajes, pero es imposible, porque Orwell habla de otros pueblos muy distintos. Sí, son Alcubierre, Sariñena y Siétamo, con sus nombres y sus mismas calles, pero vemos mundos distintos. Él veía la miseria y la peste de la guerra en unos villorrios miserables que no habían salido de la Edad Media. Yo veo pequeñas poblaciones llenas de ancianos que quizá vieron a Orwell de niños, pero que ahora sestean a la sombra de unas calles limpias y apacibles, donde se puede beber vino fresco y comer una carne que no le tiene nada que envidiar a la de cualquier sitio de Europa. Viajamos por mundos distintos, pero yo no me quito de la cabeza sus descripciones:

"Alcubierre nunca había sido bombardeado y su estado era mejor que el de la mayor parte de las poblaciones que estaban casi pegadas a la línea de fuego. Sin embargo, me parece que incluso en tiempos de paz no hubiese sido posible recorrer esa parte de España sin quedar impresionado por la peculiar y extremada miseria de los pueblos aragoneses. Son como fortalezas, un amontonamiento de casuchas de barro y piedra apiñadas en torno a la iglesia, y ni siquiera en primavera es fácil ver una flor por aquellos alrededores. Las casas no tienen jardines, sólo corrales en la parte trasera, donde unas escuálidas gallinas patinan sobre una alfombra de estiercol de mula. El tiempo era muy malo, con alternativas de viento y lluvia (...). No tenía, ni nunca había tenido, nada semejante a un retrete o un albañal de la clase que fuera (...). No puedo recordar mis dos primeros meses de guerra sin pensar en aquellas rastrojeras en invierno con los márgenes cubiertos por una corteza de estiércol".  

PS: No tiene nada que ver con esto, pero el periódico donde echo las tardes me ha encargado una crónica diaria sobre cómo se vive la campaña electoral en los blogs, en una sección llamada El buscador. Así que si algún bloguero se ve citado y glosado en el periódico estos días, que no se extrañe. 

12/05/2007 19:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 3 comentarios.

HISTORIA-FICCIÓN

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Hay a quien le gusta jugar al ajedrez o a inventar palíndromos y quien tiene otras perversiones más pedantes incluso. A mí me gusta jugar a la historia-ficción con un par de amigos a los que veo cada vez menos (malditas maternidades y trabajos de jornadas imposibles). Tiene que ser cuando quedamos solos, para que no se ría nadie de nosotros, y entonces, con unas cuantas cervezas en el cuerpo, nos dedicamos a imaginar historias paralelas. La típica: ¿cómo sería el mundo si la República hubiera ganado la guerra civil o si los nazis hubieran vencido en 1945? Ésas son las fáciles, porque lo bonito del juego es hilar más fino, buscar un hecho más puntual (un atentado político, una dimisión, un discurso de un agitador callejero, un divorcio monárquico o que Marx hubiera decidido dejar de fumar con parches de nicotina y su irritación personal influyera en sus ideas) y borrarlo de la historia para comprobar cómo se desmoronan todas las consecuencias posteriores y se abren mil caminos posibles. ¿Qué hubiera pasado si en lugar de casarme con el mastuerzo de mi marido me hubiera fugado en moto con el canalla alemán que me robó el corazón en una playa de Torremolinos? Mi vida hubiera sido muy distinta. De eso va el juego.

Todo juego tiene sus normas, y éste implica la aceptación de la historia como un discurso lineal formado por causas y consecuencias, por una sucesión de hechos que se explican por hechos anteriores. Vamos, la idea más pedestre que puede manejarse historiográficamente, ¿no? Si quitas el atentado del príncipe de Sarajevo, no hay Primera Guerra Mundial, y si Calvo Sotelo sólo hubiera salido a dar un paseo tranquilo sin disparos la noche del 12 de julio de 1936 no tendríamos levantamiento del 18 de julio. A lo mejor lo hubiéramos tenido el 24, claro, pero un simple cambio de fechas trastoca toda la historia, de la misma forma que el hecho de que te atrevieras o no a dar aquel beso en aquel bar aquella madrugada decide en cierta forma tu vida posterior en un sentido u otro.

Creo que lo bonito de este pasatiempo es que te enseña que la historia concebida como una sucesión de causas-consecuencias es una engañifa y cómo esa concepción es una ordenación artificial de unos acontecimientos en los que domina el caos y el azar. Y, en última instancia, te enseña hasta qué punto el discurso histórico es una ordenación ideológica para justificar cosas del presente. Los hechos son los que son, pero podemos cocinarlos para que nos den la razón o se la quiten al contrario. Éste es el continuum que nos enseñan en la escuela y que nos hace sentirnos partícipes de la misma civilización que la de los antiguos griegos, pero no tanto -o, incluso, opuestos- de la de Al Andalus, por ejemplo, pese a que ésta nos es mucho más cercana en el tiempo y en el espacio. Este juego te enseña una de las máximas de los electroduendes de La bola de cristal: te desenseña a desaprender cómo se deshacen las cosas.

Viene todo esto a cuento porque Arturo Pérez Reverte (sí, él) publica este domingo que viene un artículo en defensa de la peli 300, dado que muchos han censurado la crueldad y salvajismo de los vencedores y deploran su exaltación. Reverte sale al paso diciendo que si esos 300 espartanos no hubieran vencido, la civilización griega habría sido engullida por los persas y que, por tanto, no habría habido ni Imperio romano, ni Renacimiento, ni Revolución francesa, ni laicismo, ni democracia. Éso es hacer historia ficción a lo grande, sin complejos, poniendo las causas de la democracia actual en la batalla de las Termópilas en lugar de en la de las Ardenas. Se parece un poco a esa teoría tan cara a Iñárritu que dice que el aleteo de una mariposa en Tokio puede provocar un terremoto en California.

A eso me refiero cuando digo que la construcción causa-consecuencia sirve para justificar casi cualquier cosa, convirtiendo en sagradas cosas que son fortuitas. ¿No tendríamos democracia si los persas hubieran ganado? ¿Danton y Robespierre nunca habrían existido? ¿Es que no hay muchos caminos para llegar a un mismo sitio? Es peligroso sacralizar las cosas, y especialmente a los antepasados, pues podemos caer en el error de pensar que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que toda la historia anterior sólo ha sucedido para justificar nuestra presencia y nuestros actos. Es bonito y tentador poner toda nuestra vida en manos de unos desesperados en los campos griegos, en el fuerte de El Álamo, en los campos de Gettisburg o un meandro del Ebro en 1938, pero la vida y la historia son más complicadas que todo eso.

La historia como causa-consecuencia genera banderas, héroes y monumentos. Llamadme lo que queráis, pero una de las cosas que más me gustan de este extraño país que habito es que, debido a su peculiar historia, sus calles no están llenas de banderitas nacionales. Y no me parece del todo mal que amplios sectores sociales se sientan violentados cuando se hace una exhibición patriótica. El banderón de la plaza de Colón en Madrid es algo común en cualquier país. Cualquier villorrio francés tiene banderas tricolores hasta en la sopa; Lisboa está llenita de balcones con el trapo rojo y verde; Marruecos, para qué hablar; Italia, ídem. En México hay un banderón como el de la plaza de Colón en cada zócalo, Buenos Aires está tapizada de banderas nacionales y todavía recuerdo lo extraño que me sentía en Nueva York al montarme en unos vagones de metro pintados con las barras y estrellas. Lo que en España nos parece chocante, excesivo y molesto, en el extranjero es lo habitual, y yo celebro la anomalía española. Celebro que este país no tenga claro a qué ídolos debe honrar ni qué mitos debe tragarse. Y ojalá no hubiera ninguno más allá de la voluntad de convivencia.

PS: Acabo de recordar, a este respecto, lo que me ha contado esta semana un minero prejubilado de las cuencas mineras aragonesas. Ha sido uno de los que ha trabajado en el Museo Minero de Andorra (Teruel) y han reconstruido una vieja mina. Dentro de unas semanas la inauguran, y han descubierto que el castillete del pozo estaba coronado por un mástil. ¿Por qué no colocamos ahí una bandera, ya que vamos a reinaugurar la mina, en cierta forma?, pensaron. Muy bien, pero, ¿qué bandera se pone? En cualquier otro país estaría claro: la nacional, sin duda. Pero aquí se han puesto a discutir para no herir ninguna sensibilidad en Andorra: la aragonesa, la española, la municipal, la de la comarca... En estas, a mi minero se le ha ocurrido una idea genial: inventarse una bandera minera. Y ahí está, cosiendo una con un dibujo de un casco y un pico sobre fondo negro, rollo pirata. A muchos les parecerá estúpido e incluso les molestará que la bandera española no pueda ondear con normalidad sin que se arme la marimorena, pero yo creo que deberíamos sacar provecho de nuestra rareza. Como este minero, que, sin pretenderlo, ha encarado y resuelto con valentía y originalidad un espinoso asunto histórico y social.

27/04/2007 13:30 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 6 comentarios.

TODO ES VERDAD, TODO ES MENTIRA

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Dice mi cuñado que su vecina le contó que Menganito había visto cómo una señora relataba con gran gestualidad la guisa con la que Alejandro Sanz entró en Urgencias con una botella en el culo (uy, ¿he escrito yo eso? Qué soez me pongo, redios). ¿Quién no habla de oídas en este país nuestro? ¿Quién no cree a pies juntillas que en esa curva se aparece una chica en camisón que hace auto-stop y anuncia con acento del Bierzo que se mató en tal punto kilométrico porque las imprudencias se pagan? Puede que sea verdad, puede que no. Lo que no podemos es comprobarlo.

Es un problema con el que todos mis colegas -y yo mismo cuando me da por trabajar- nos tropezamos a diario. Llegas a un pueblo, te encuentras con un señor, le enchufas la grabadora y él empieza a largar: "Pues mire usted, resulta de que tal y cual". Y tú, más tarde, escribes: "Fulanito de Mengánez declaró: 'Resulta de que tal y cual'". ¿Pero y si Fulanito te ha metido una bola y no ha visto ni ha oído lo que dice que ha visto y ha oído? Para eso está nuestra máquina de la verdad, dirán en Telecinco. Pero es un chisme muy aparatoso y no me gusta llevármelo de reportajes, así que tengo que limitarme a exprimir, recoger y contrastar. Un rollo.

No siempre se puede contrastar. No siempre se puede volver al punto de origen. La mayoría de las veces te tienes que fiar de lo que te cuentan unos y otros y procurar que las versiones no se contradigan. Algunos filósofos pegigueros incluso saltarán con que no podemos hacer nada para alcanzar la verdad, que no es más que una patraña subjetiva. ¿Qué pasa entonces? Pues que no hay más remedio que coger las cosas o dejarlas. Eso es lo que le pasa al inclasificable libro El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales, periodista sevillano de los años 30.

Publicado en 1934, cuenta el presunto relato que el bailaor flamenco Juan Martínez hizo al periodista sevillano de cómo vivió la Revolución Rusa, que le sorprendió en Moscú, Petrogrado y Kiev, y de cómo sobrevivió a los terrores rojo y blanco con varios ardides. Aunque está redactado en primera persona, se nota la mano de Chaves. No es una transcripción de un discurso. Hay demasiado estilo. Demasiada literatura. Lo que te indica que estás leyendo una reelaboración muy reelaborada, medida y corregida, que marca mucha distancia con el relato oral original. Otro problema es que Juan Martínez cuenta tres años largos e intensos de su vida (1916-1919) casi 20 años después de haberlos vivido, y lo hace sin ahorrarse un detalle: ni número de cigarrillos fumados en una noche ni nombres ni calles ni fechas. Demasiada exactitud para un período que debió suceder como un torbellino ante sus ojos y en el que probablemente estaba demasiado preocupado por sobrevivir como para fijarse en minucias no comestibles. ¿No será esto una novela en lugar de un reportaje? ¿De nuevo el trampantojo narrativo? ¿De nuevo Cide Hamete contando El Quijote?

Y, sin embargo, se mueve. Sin embargo, los datos son ciertos en su mayor parte, como ha comprobado la investigación histórica posterior. Claro que eran datos a los que podía haber tenido acceso el propio Manuel Chaves para novelar sobre ellos, aunque resulta muy difícil que así sea: estamos hablando de 1934, con las purgas de Stalin ya en marcha y una Europa que calentaba motores de guerra. La información que llegaba de la URSS era nula al margen de la propaganda. Incluso, aunque hubiese sabido ruso y hubiera tenido ocasión de viajar allí, le habría costado algo más que sudor obtener esos datos. ¿Simple memoria de elefante del bailaor?

Sea como fuere, El maestro Juan Martínez que estaba allí, rescatado por Libros del Asteroide, es un documento muy interesante para los aficionados a la historia del siglo XX y para los lectores de literatura, pues es también un libro de aventuras contado por un pícaro, un outsider que intenta salvar los muebles sin llevarse a nadie por delante. ¿Qué coño hacía un bailaor español en la Rusia de los soviets?

13/04/2007 00:55 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 8 comentarios.

CAMINO A CASA

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Ha tardado mucho tiempo TVE en abordar el asunto de la emigración española en el siglo XX, y ahora que lo ha hecho no sé si el resultado me termina de convencer. Camino a casa (los lunes, por La 2) es una serie de seis documentales (anoche se emitió el tercero) sobre los españoles que fueron a buscarse las castañas a Argentina, Venezuela, Australia, Bélgica, Brasil, Argelia, Francia y Suiza. La semana pasada devoré el capítulo dedicado a Venezuela, esperando ilusamente encontrar el testimonio de alguno de mis familiares, pero nada. Sólo salieron canarios y gallegos. Madrileños republicanos con alma pícara, ninguno. Aunque a lo mejor sí que entrevistaron a mi tía o a mis primas, pero soltaron tales barbaridades que tuvieron que cortarlas en el montaje. No sería extraño.

En el periódico donde echo las tardes, ha habido varios proyectos para realizar una serie de reportajes similares sobre los emigrantes aragoneses, pero ninguno ha cuajado. Alfonso Zapater realizó algunos trabajos sueltos hace décadas, y matiene contacto con las comunidades aragonesas en Cuba, Venezuela y Argentina. Esos textos sirvieron de base para que Eloy Fernández Clemente y Vicente Pinilla se largaran a principios de esta década por Cuba, Argentina y Venezuela para confeccionar su monumental y fundamental obra Los aragoneses en América (siglos XIX y XX), en dos tomos editados por el Gobierno de Aragón. Hasta la fecha, es la obra de referencia sobre el tema y el punto de partida inexcusable para cualquier buen reportaje sobre la emigración americana.

Me encanta la odisea migratoria. En Nueva York, me quedé pasmado en la impresionante isla de Ellis, hediondo y grandilocuente recibidor de las hordas de italianos, irlandeses, polacos y judíos que construyeron Estados Unidos. En Buenos Aires, la imaginación se me desbocó en los muelles del viejo puerto donde se producían idénticas escenas. En Mérida, en el Yucatán mexicano, coincidimos por casualidad en un café con un anciano que dijo ser el presidente de la Casa de España, y conocía a la pequeña colonia española de la ciudad, dividida todavía entre franquistas y republicanos. Me gusta el argentino Juan Filloy cuando habla de crueles estancieros de rancio abolengo británico con braceros que hablan italiano y se emborrachan en polaco. ¿Y cómo no emocionarse ante la estampa del niño Vito Corleone, sentado junto a la ventana de su habitación en la isla de Ellis, con la estatua de la Libertad al fondo, y cantando una canción siciliana? Creo que las oleadas migratorias a América son la gran epopeya de la época moderna, mayor incluso que la de las grandes batallas y los grandes muertos.

Pero en España apenas le hemos sacado provecho al asunto, pese a haber sido un rico exportador de almas y de manos dispuestas a currar hasta la extenuación. En Cataluña, Euskadi y Galicia sí que han explotado ese material a placer. TV3 hace tiempo que produce una excelente serie llamada Afers exteriors, sobre los catalanes instalados en los lugares más lejanos del planeta. ETB tiene un canal, el Canal Vasco, en castellano y euskera, que emite para las comunidades vascas en América. Y TVG ha hecho infinidad de guiños y programas sobre los millones de gallegos que hay por el mundo, casi tantos como los que hay en Galicia. Pero TVE se había quedado en Juanito Valderrama y en Lo verde empieza en los Pirineos. La serie Camino a casa salda una vieja deuda, pero lo hace de forma un tanto precipitada. Echo de menos un narrador que vertebre cada episodio y una mayor profundización en las historias que se cuentan. Se ha planteado como una sucesión de testimonios bien escogidos y bien montados, pero que dan la sensación de que no terminan de relatar las cosas bien.

Supongo que el (pretendidamente) contenido presupuesto de Aragón Televisión no permitirá estos desmanes, pero si yo tuviera una productora, ya habría registrado la idea y estaría acosando al director general de la Corporación Aragonesa de Radio y Televisión para que soltara la guita necesaria para llevarse un par de cámaras y dos redactores por aquel querido continente. ¿Cogen la indirecta? El tiempo apremia, si quieren grabar los testimonios de los que quedan vivos.

PS: Sé que últimamente sólo respondo esporádicamente a vuestros comentarios. Mil perdones, pero mi ritmo de frenesí actual no me permite estar muy participativo, aunque os puedo garantizar que leo todos y cada uno de ellos, aunque sea un desagradable y no incentive el debate. Espero que las cosas cambien pronto. Gracias.

Foto: inmigrantes en la isla de Ellis.

20/02/2007 01:54 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 4 comentarios.

EL FALSO PRÍNCIPE DE WATTENBERG

20070216175053-london.jpgAhondando en mis carpetovetonismos he encontrado una historia curiosa, casi tragicómica, charlotesca incluso. Es la historia del falso príncipe de Wattenberg. La resumiré muy a grandes rasgos, casi de memoria y atendiendo sólo a una de las muchas versiones que tiene.

Érase que se era, en algún puerto gallego, un oficial de la Marina que tuvo un hijo. El hijo creció y decidió seguir los pasos de su padre, aunque era algo díscolo y no encajaba bien en la disciplina militar. Tan poco encajaba y tantas ganas tenía de andar liando gresca, que encandiló a una muchachita de provincias que, oh, estaba prometida (o casada o qué sé yo). El novio-marido, como no podía ser de otra forma, era también un cadete, y no se cortó un pelo en retar a un lance al mancillador de su honra. Como los duelos estaban prohibidos en el ejército, y el chaval había protagonizado varias grescas de aúpa, le expulsaron de tan insigne institución. El papá del muchacho se llevó un enorme disgusto y dijo que no quería saber nada de semejante balarrasa, por lo que el impetuoso joven marchó por estos mundos de dios sin oficio ni beneficio.

Alboreaba el siglo XX cuando el pillastre, de perrería en perrería, acabó en Gibraltar, y allí, en una taberna del puerto, conoció a un inglesito que también había sido expulsado de la Marina británica y andaba necesitado de parné. Sin pensárselo dos veces, decidieron asociarse como dos vulgares hampones, y convinieron que, con su cultura y su ingenio, no les iría mal en un país lleno de primos y pichones.

El muchacho hablaba inglés casi a la perfección, y aprovechó esto para hacerse pasar por noble extranjero, después de viajar a Londres y dar unos cuantos palos allí. En Inglaterra contactaron con la Embajada española, y no se sabe cómo, lograron que el embajador remitiese un cable a Madrid anunciando la inminente visita a España del príncipe de Wattenberg, ordenando que todo fuera dispuesto para tan honorable huésped.

El muchacho y su amigo inglés, convertido en el "personal assistant" del príncipe de Wattenberg desembarcaron en Santander recibiendo honores de Estado, con presencia de los gobernadores civil y militar de la provincia y besamanos de todas las fuerzas vivas. De tal guisa, allá por 1906, empezaron una gira por varias ciudades españolas, y en todas comieron, bebieron y durmieron por la filosa en los mejores hoteles y restaurantes, siendo agasajados por todos y recibiendo regalos y atenciones extraordinarias. Pero el lujo no les distrajo de su verdadero objetivo: timar a todos los primos posibles. Así que se las ingenieron para fingir que estaban detrás de un negocio multimillonario y se dedicaron a captar inversores entre los más ricos y avaros del reino. Un arzobispo cayó en la trampa, y empeñó varios miles de pesetazas de la época (y de la Iglesia, claro) en complacer al falso príncipe de Wattenberg, que era un tipo divertidísimo y muy ameno.

El falso príncipe y su asistente llegaron a Zaragoza en su peculiar gira, y también aquí engatusaron a todo quisqui. Durante un par de años, fueron los reyes del mambo, los protas de las notas de sociedad, el no va más del glamour. Hasta que un descuido les hizo caer y tuvieron que salir de najas, sujetándose el falso bigote. Desde entonces, el falso príncipe de Wattenberg alternó periodos de prisión con fugas e imposturas varias, hasta que el dueño de una pensión de Zaragoza le denunció por impago y fue a dar con sus huesos en la cárcel por veinte años. Escribió unas memorias cínicas e, incluso en la cárcel, era objeto de reportajes y entrevistas con las que se ganaba la simpatía del vulgo, que le trataba de héroe pícaro.

Estoy rescatando la historia del falso príncipe de Wattenberg, y espero una excusa para escribirla en condiciones. Es más, me gustaría contactar con algún descendiente suyo, que sé que los tuvo. A ver si hay suerte.

PS: En este empacho de prensa de principios de siglo que me estoy llevando, he corroborado una idea que siempre me ha rondado: lo que los jerifaltes de los medios consideran accesorio es donde reside el espíritu de una época. De un periódico antiguo sólo reconocemos las páginas de atrás, los estrenos de cine, el fox trot y el debate sobre la última novedad literaria, pero lo de la primera página amarillea enseguida. Los debates políticos son incomprensibles pocos años después de haberse producido, y las pasiones que despertaron en su momento mueren con mucha rapidez. Sin embargo, lo que se consideró accesorio y segundón sigue ahí de alguna forma. No realmente, pero sí en nuestra memoria, en la imagen que tenemos de una época. Para mí es todo un alivio saber que dentro de un siglo lo que interesará al husmeador de hemerotecas será el reportaje equivalente al del falso príncipe de Wattenberg y que ese husmeador torcerá el morro cuando lea titulares sobre ácido bórico y pensará, como Obelix: "Estaban locos estos romanos".
16/02/2007 17:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 1 comentario.

LOS ALEMANES DEL CAMERÚN

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Aquí cuelgo el reportaje que he publicado este domingo en Heraldo. Es la primera publicación de una investigación bastante larga, con la que llevo varios meses trabajando. Es un poco extenso, pero a los aragoneses que se pasen por aquí les hará gracia. Varios descendientes de alemanes del Camerún que no pude localizar ya se han puesto en contacto conmigo a raíz de su publicación. La investigación va a seguir, por lo que pido a todos los zaragozanos que tengan familia alemana y sospechen que pueden descender de los alemanes del Camerún, que dejen un comentario o que me escriban a sdelmolino@heraldo.es. También me pueden llamar a la redacción del periódico. El teléfono de centralita es 976 765 000.  

Durante la Primera Guerra Mundial, un grupo de militares y civiles alemanes procedente de Camerún encontró asilo en la capital aragonesa. Muchos de ellos se instalaron definitivamente, convirtiéndose en el germen de una influyente colonia germana

¿Se ha parado a pensar por qué hay en Zaragoza una cadena de tintorerías llamada Tinte de los Alemanes? ¿Se ha preguntado alguna vez cómo es posible que la marca de salchichas Kurtz tenga su origen en la capital aragonesa pese a que el nombre tiene sonoridad germana? Durante alguna visita a Torrero, ¿le ha intrigado ese pequeño aparte rotulado "Deutscher Friedhof" lleno de tumbas antiguas con inscripciones en alemán? ¿Sabía que la cerveza Ámbar debe su receta original a un hombre apellidado Schneider? ¿Y por qué uno de los mejores y más veteranos colegios privados de la ciudad se llama Colegio Alemán? Si tiene edad suficiente, quizá hasta alguna vez poseyó unos guantes de marca Schoeman fabricados en Zaragoza o degustó el azúcar de la Azucarera Zaragozana, que se producía siguiendo los métodos de un ingeniero alemán.

Si nunca ha reparado en estas cuestiones, quizá acabe de darse cuenta, con cierta sorpresa, de que la influencia germana sobre el paisaje y el paisanaje zaragozanos es considerable y afecta a multitud de detalles de la vida cotidiana. La colonia alemana en la capital aragonesa ha sido poderosa y ha dejado una gran huella en la ciudad a lo largo del siglo XX. Pero mucho más sorprendente que esta constatación es el desconocido germen de esa colonia, que debe mucho a un grupo conocido a principios del siglo pasado como "los alemanes del Camerún".

Hay que remontarse a la primavera de 1916, en plena Primera Guerra Mundial. Camerún era entonces un territorio bajo dominio germano, una de las muchas colonias que Alemania tenía en África. Entre marzo y abril de ese año, en el curso de una victoriosa ofensiva, los ejércitos francés y británico conquistaron todo Camerún y obligaron a varios miles de alemanes residentes allí a buscar refugio en la Guinea Española (hoy, Guinea Ecuatorial).

Apelando al estatuto de neutralidad de España, pidieron asilo al Gobierno de Madrid, que se lo concedió a finales de abril. Así, la primera semana de mayo, desembarcaron en Cádiz un par de miles de refugiados germanos, tanto militares como civiles, que se repartieron por varias ciudades del país. En una primera fase, 347 de ellos escogieron Zaragoza como punto de destino. La noche del 5 de mayo de 1916 llegaron a la capital aragonesa en un tren especial, causando un gran revuelo en las calles y convirtiéndose de inmediato en la comidilla de todas las tertulias.

En principio, estos 347 alemanes sólo iban a permanecer en la ciudad el tiempo que durase la guerra. Sin embargo, al quedar su país derrotado y sumido en la ruina, muchos de ellos se negaron a regresar a Alemania. Además, para entonces algunos ya se habían casado con mujeres aragonesas y habían echado raíces. Estos populares alemanes del Camerún crearon así la base y la infraestructura necesarias para el desarrollo y la perpetuación de una colonia germana firme y arraigada en la ciudad, con múltiples intereses industriales y financieros. Aunque, actualmente, sólo los más viejos de sus miembros recuerdan muy vagamente la peripecia aventurera de estos pioneros.

De hecho, este episodio es tan desconocido que apenas hay referencias escritas sobre los alemanes del Camerún. Un par de párrafos aislados en algunos libros de historia local, parte de una tesis doctoral presentada hace décadas en la Universidad de Zaragoza y una muy digna mención en la famosa novela de Ramón J. Sender "La Quinta Julieta" resumen prácticamente todo lo que se ha publicado sobre ellos en Aragón. Y eso, teniendo en cuenta que es muy probable que fueran los culpables de la popularización en Zaragoza de un nuevo deporte que, hasta su llegada, era minoritario y elitista: el "football", que practicaban con pasión, llegando a construir para ello un campo en la calle Bilbao.

El barón

Este desconocimiento ha dejado inédita hasta hoy, entre otras, la peripecia vital del barón Gerhard Von Wichmann, valeroso teniente-coronel poseedor de la Cruz de Hierro (máxima distinción militar alemana) por su actuación en la Primera Guerra Mundial. Refinado, melómano y culto, además de un exquisito gourmet y cocinero, cautivó a quienes le conocieron y animó con su charla y su aristocrático y sutil sentido del humor la vida social zaragozana de los años 20, 30 y 40, una época marcada por dos guerras -la española y la segunda mundial- de las que, por edad, quedó al margen. Él es uno de los poquísimos alemanes del Camerún cuyo rastro se puede seguir hoy con cierto rigor. Cuando recaló en Zaragoza en compañía de sus otros 346 compatriotas, al barón Von Wichmann ya sólo le quedaba, como eco de la pasada gloria de su familia, un título aristocrático y un puñado de recuerdos de sus años africanos. Ya no tenía ni posesiones ni fortuna, sino sólo un extraordinario don de gentes que le permitió enamorar y enamorarse de una bella joven de Ejea de los Caballeros llamada Carmen de Miguel y Ventura.

De su matrimonio con ella, celebrado en 1921, nacieron seis hijos, dos varones y cuatro mujeres, de los cuales hoy sólo viven tres hijas, y solamente una de ellas, Elisabeth, de 80 años de edad, sigue residiendo en Zaragoza, acompañada por decenas de fotos y recuerdos de su padre, de entre los que destaca un mapa del Camerún colonial impreso en Berlín en 1910, donde el barón marcó con pluma los lugares en los que estuvo destinado.

"Recuerdo que, de niños, nos encantaba la colección de flechas que todavía se conserva en la casa familiar de Ejea -rememora Enrique de la Figuera Von Wichmann, uno de los nietos del barón, que es médico de atención primaria en un centro de salud de Zaragoza-. Para que los nietos no jugáramos con ellas, nos decía que eran de los nativos y que tenían la punta envenenada". Pieles de leopardo, armas nativas, trofeos de caza y grandes panoplias componían el grueso del legado africano del barón, del que siempre se sintió orgulloso.

"¡Ah, las fiestas en la casa del barón, qué recuerdos!", dice Juan Kurtz, que evoca con emoción las veladas pasadas junto a las hijas de Von Wichmann -"que eran altísimas"- en su domicilio de la calle Ponzano. Juan es uno de los hijos de Alfonso Kurtz, un alemán que se instaló en Zaragoza durante la Guerra Civil y trabó una intensa relación con sus compatriotas procedentes de Camerún, que ya llevaban 20 años residiendo en Zaragoza. Kurtz, charcutero de profesión, hizo fortuna en la capital aragonesa con su fábrica de salchichas, que llegó a emplear a 255 obreros y, durante muchos años, hizo famosa a la ciudad por elaborar unas salchichas que competían sin rubor con las fabricadas en la misma Alemania.

Relevo generacional

Alfonso Kurtz protagonizó el relevo generacional de la colonia alemana, que cuando él llegó se había asentado firmemente en la ciudad. Entonces, gracias al trabajo de los alemanes del Camerún ya funcionaba el primer Colegio Alemán, el primer centro bilingüe que se creó en Aragón, con sede en la calle Cervantes; la Casa de los Alemanes, en Moncasi, actuaba como un dinámico centro de reunión de la colonia; se habían fundado algunas empresas, como el Tinte de los Alemanes, y algunos otros habían emprendido pequeños negocios, como el fotógrafo Carlos Skogler que, en los años 20, abrió un estudio en el Coso. Por último, se habían iniciado los trámites para crear un cementerio para alemanes, dividido en dos mitades, una católica y otra, protestante.

Pero todo eso sucedía en los años 30 y, pese a que la colonia prosperaba bien integrada en la ciudad, no podían sustraerse a la deriva de su país, gobernado desde 1933 por Adolf Hitler. Una parte de la colonia, de origen militar y autoritario, simpatizaba abiertamente con los nazis, y su ideología impregnó buena parte de la infraestructura social y empresarial creada por ellos. No era el caso ni de Von Wichmann ni de Kurtz, pero sí el del cónsul de la época, que cuidó demasiado diligentemente de los intereses del Tercer Reich en la capital aragonesa. Entre otras cosas, "nazificó" el Colegio Alemán.

Tanto la Guerra Civil como la Segunda Guerra Mundial fueron tiempos duros para la colonia alemana -y para todos los españoles y europeos, obviamente-. El cónsul no sólo se preocupó por crear una sección de las Juventudes Hitlerianas en el Colegio Alemán, sino que se empeñó en que todos los hombres menores de 50 años marcharan al frente cumpliendo el mandato del Tercer Reich. Alfonso Kurtz, con varios hijos y un negocio que atender, tuvo que ir a la guerra. No así Von Wichmann, que pese a ser oficial del Ejército, se encontraba ya en la reserva a la altura del año 1939. Ni el mismísimo director del colegio se libró de vestir el uniforme nazi y enrolarse en una compañía.

Como consecuencia de la guerra, el Colegio Alemán cerró sus puertas y sólo volvió a abrirlas, ya en su ubicación actual de la urbanización Torres de San Lamberto, en 1956. El empeño de los Kurtz, los Schneider (de La Zaragozana), los Schoeman y otras familias vinculadas a la industria zaragozana reflotó el viejo proyecto, debidamente purgado -como el resto de la colonia- de elementos nazis.

Esa fecha (1956) puede considerarse la inaugyral de la moderna colonia alemana de Zaragoza, heredera de la que empezaron los alemanes del Camerún que, a la vista de los últimos datos, tuvo mucha prisa por instalarse en la ciudad, como si hubieran rehusado de antemano a ser repatriados. Anneliese Wingenbach, delegada del Instituto Goethe en Aragón y residente en Zaragoza desde los años 60, ha estudiado la historia del Colegio Alemán y ha encontrado indicios que sitúan sus orígenes en 1917 o 1918, una fecha bastante más temprana de la que se manejaba hasta hoy y que indicaría que los alemanes del Camerún, al año de llegar a Zaragoza, ya preveían una estancia larga.

En esos años existía ya un "kindergarten" (jardín de infancia) en la calle Cervantes, junto al paseo de Sagasta, que sería el germen de la futura escuela. Buscando en el archivo municipal, la profesora Wingenbach ha descubierto que, entre 1918 y 1919, en el tramo final de la calle, que da al río Huerva, residían al menos seis familias alemanas, una de ellas encabezada por un prusiano llamado Carl Tiede que tenía un criado negro de 17 años procedente de Camerún. Este hallazgo permite deducir que la mencionada calle era algo así como la "Pequeña Alemania" de Zaragoza, y probablemente en ella habría comercios y servicios germanos. De hecho, una de las tiendas de El Tinte de los Alemanes está situada en Sagasta, a la altura de Cervantes.

En el descuidado cementerio alemán de Torrero hay tres tumbas de tres alemanes que fallecieron los días 15, 23 y 30 de mayo de 1916, muy poco después de llegar a Zaragoza. Eran dos militares, el sargento Alexander Torgany y el subteniente Wilhelm Albat, y un civil, el comerciante austriaco Josef Wenig. Probablemente pertenecieran al grupo que llegó con heridas o enfermo y fue ingresado en el hospital, pero no deja de ser curioso que Ramón J. Sender, en "La Quinta Julieta", hable de un alemán del Camerún que murió en el bar Los Espumosos cuando una camarera le golpeó en la cabeza con un sifón porque, al parecer, se había propasado por ella. Podría tratarse de Josef Wenig o podría ser una leyenda urbana que corrió con la ciudad aquellos días. En este asunto, realidad y mito, todavía hoy, se confunden con demasiada facilidad.

Foto: el barón Von Wichmann, en 1940.

05/02/2007 19:14 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 20 comentarios.

SUPERMAÑO EN 3D

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¡Tiembla, Walt Disney! Las nuevas tecnologías han entrado en el mundo de Alberto Calvo, el inigualable autor de Supermaño, tan simbiotizado con su personaje que hace tiempo que todo el mundo le conoce por su nombre. "Ha llamado Supermaño", "Supermaño ha dejado unos dibujos", "Por ahí va Supermaño"... Frases habituales en mi día a día. Y, sin embargo, siempre que las oigo me imagino a su personajillo correteando con su garrote por el centro de la ciudad, en lugar del Alberto Calvo de carne y hueso. Cuando, dentro de cien años, a los historiadores y literatos les dé por interesarse por la cultura de la Zaragoza extraña y enloquecida de hoy, acogedora y desquiciante al tiempo, no se podrá obviar a Calvo ni los bares que ha empapelado con sus obras (es un estajanovista del dibujo, la pintura y el cómic: compadezco al desgraciado que, llegado el caso, se dedique a recopilar sus creaciones).

Me dijo una vez que quería darle otro aire a Supermaño, o incluso cargárselo. Supermaño tiene más de 20 añitos, y el Aragón que lo inspiró es ya sólo un eco de alguna vieja jota que ya nadie canta. Hay ahora una Zaragoza urbana e inquieta, con un par de generaciones que desconocen los rigores de la era y de la casa de adobe y a los que los tópicos del botijo y de la faja resultan tan extraños como un expediente X. Ya no nos encontramos con "supermaños" por la calle, y hasta el propio nacionalismo aragonés se vuelve urbano y juvenil, renegando de jotas rancias. Vamos, que Supermaño ya no recoge el volkgeist de Aragón y Alberto lo mantiene por cariño y porque a muchos nos sigue haciendo mucha gracia. Pero había que modernizarlo, y aquí os ofrezco, en primicia mundial y con la debida autorización de su autor, el nuevo Supermaño del siglo XXI, en tres de. Una versión mejorada de esto aparecerá el domingo en Cualo!, la página de cómic con la que Alberto ennoblece el suplemento de Heraldo donde envejezco laboralmente.

Una amiga que entiende de estas cosas informáticas se ha quedado sorprendida de que Alberto haya aprendido a dibujar en 3D él solo y en tan poco tiempo, pero los autodidactas y los genios son así: cuando se ponen, se ponen. Alberto tiene experiencia en animación cinematográfica, y yo veo esto como el germen de un futuro videojuego de Supermaño. Lo voy dejando caer, por si cuela y se atreve a recoger el guante, porque a este moñaco sólo le falta hablar y liarse a garrotazos.

13/01/2007 11:09 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 2 comentarios.

ECOS DE PUERTO URRACO

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Creo que fue la última y más brutal expresión de esa España negra que ya sólo asoma cuando un individuo con aliento de cazalla arroja por el balcón a su aterrorizada esclava. Fue la última tragedia capaz de recorrernos el espinazo al recordarnos que el país en el que vivíamos no era el de la estatua del Jardín Botánico de Radio Futura, ni el de la distendida tele de Pilar Miró con los veinte kilos de teta de Sabrina alegrando la Nochevieja, ni el de los alegres pícaros sabinianos de Bajarse al moro o de La corte del faraón. No. Fuera de la ciudad, fuera de los neones y del asfalto que tan cruelmente se pintaba en versos facilones, los ecos de Las Hurdes, tierra sin pan palpitaban frescos y amenazantes. De repente, un nombre, Puerto Urraco, sacó por unos días a España de su idilio europeo. De repente, Los Santos Inocentes, Las ratas, La familia de Pascual Duarte. De repente, Goya. De repente, siglos de hambre y Torquemadas.

Hoy ha muerto uno de los hermanos Izquierdo. Ha muerto en la cárcel, claro, y a mí me ha venido a la memoria la imagen de esas dos hermanas enlutadas hablando con fingida angustia en el compartimento de un tren. Hasta la RENFE pareció retroceder décadas. España, obsesionada por la carrera al galope que le llevaba al mágico 1992, con la Expo y las olimpiadas milagrosas, que ratificarían para siempre el europeísmo hispano, se hundió en la más negras pesadillas de Buñuel.

Hoy ha muerto uno de los hermanos Izquierdo, y yo he vuelto a recordar ese crimen, el de Puerto Urraco, sin creérmelo todavía. Sigo sin creérmelo. Aquello sólo pudo deberse a la imaginación de un guionista emborrachado de Delibes. ¿Dónde estaba Paco Rabal con su milana bonita? ¿Dónde estaba el señorito Juan Diego? ¿Acaso contrataron a actores de segunda para interpretar el drama? No, es que no eran actores. Es que aquello ocurrió de verdad. Nueve muertos a escopetazo limpio una tarde extremeña de agosto de 1990. La paranoia, el encierro, el atraso. Ni el más sórdido drama sureño de endogamia y deformidades puede igualarlo. Es tan incomprensible, que todos los intentos por llevarlo al terreno narrativo han sido un fracaso bien sonado.

Hoy ha muerto uno de los hermanos Izquierdo, y yo no me quito de la cabeza a esas dos hermanas brujas, malvadas, ignorantes y beatas manipulando con salmodias atávicas las mentes cerriles y zopencas de sus hermanos. Hasta que lograron su propósito y, llenos de odio, salieron a exterminar el pueblo entero, que tomaba la fresca con cerezas y vino.

Hoy ha muerto uno de los hermanos Izquierdo. El domingo murió Pinochet. Quiero creer que los jirones de un mundo invivible se están yendo por el sumidero sin que nadie lo lamente. Pero no tengo la voluntad necesaria para ejercitar el optimismo.

14/12/2006 01:46 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 3 comentarios.

ADIÓS A JOAQUÍN ARANDA

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En una de las pilas de papel de mi mesa de Heraldo, la de "reportajes futuribles", tengo un recorte de octubre de 1956 con una crónica de la juerga que se corrió Ernest Hemingway en Zaragoza en plenas fiestas del Pilar. En la foto, junto al barbudo yanqui, tres jóvenes trajeados fuman y ríen. Son tres "reporters" de la época que integraban la sección de Cultura del periódico de aquel entonces: José Luis Borau, José H. Polo y Joaquín Aranda. El primero dejó el periodismo por el cine. El segundo dejó Zaragoza por Madrid y ahora sigue comentando las últimas exposiciones de la capital. El tercero, el único al que he llegado a conocer, acaba de morir tras una larga enfermedad.

Estaba jubilado, pero, como Alfonso Zapater, todos los días aparecía por la redacción para escribir su crítica cinematográfica, que levantaba más de una ampolla. Le gustaba hurgar en el ojo de los susceptibles. Venía después del cine, casi nunca le gustaba la película que había ido a ver y siempre decía las mismas cosas a todos los redactores de la planta antes de ponerse a escribir su crítica. A cada cual, su tópico. Cuando llegaba a nuestro lado, a Victoria Martínez siempre le preguntaba qué le había cocinado a su novio, y Victoria solía hablar de alguna receta de bacalao con naranja o de frambuesas con solomillo. "A mí no me gustan esas mezclas. Lo dulce, dulce, y lo salado, salado", decía, para volverse hacia mí y preguntarme: "¿Y a tí, peludo?". La obsesión capilar era mi tópico, y creo que fue una gran satisfacción para él descubrir síntomas de alopecia en mi pelambrera. La satisfacción del calvo resignado, claro.

En fin, aquel hombre que se metía con mi pelo y que ahora ha fallecido ha sido uno de los grandes de la cultura aragonesa. Yo tengo su foto junto a Hemingway. Me imagino que le llevarían al Oasis y al Plata, y quizá a alguno de los lupanares de la época. Fumarían, contarían chistes verdes y probarían la resistencia etílica del autor de Por quién doblan las campanas con vasos de vino recio y garnachero. Pero todo eso habrá que imaginarlo, o preguntárselo a Borau, porque Joaquín Aranda ya no puede evocarlo.

02/09/2006 12:07 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 5 comentarios.

VOLKGEIST

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¿Existe lo que los alemanes y los filósofos llaman volkgeist desde que Herder se inventó el palabro? El genio del pueblo. El pobre Herder, además de ser alemán y amigo de Schiller -que ya son dos indiscutibles motivos de suicidio-, era prerromántico y estaba empeñado en buscar algo más que una lengua común para apelmazar los despojos medievales del norte del Rhin y convertirlos en un Estado moderno y racional. Así que, discurre que te discurre en sus aburridas noches de Weimar a finales del siglo XVIII, Herder se inventó el concepto de volksgeist, que ha traído de cabeza a todas las generaciones europeas posteriores. Lo mismo se ha invocado para gasear a quienes iban circuncidados que para redactar Estatutos de Autonomía o para justificar y mantener costumbres bárbaras tales como cortar las manos a los ladrones o encerrar a las mujeres en cárceles de tela. Progresistas, conservadores y reaccionarios lo han esgrimido (y lo siguen esgrimiendo) más o menos a su antojo como parapeto numantino. Incluso en nuestras riñas cotidianas invocamos sin saberlo al filósofo alemán cuando disculpamos la conducción suicida de los mexicanos o el alcoholismo destructivo de los británicos como rasgos del volkgeist de México o Inglaterra. Por no hablar de lo nobles que son los aragoneses, lo chulos que son los madrileños y lo asesinos de niñas que son los valencianos. No me extrañaría que un juez aplicase el volkgeist, recurriendo al derecho consuetudinario, como atenuante de alguna sentencia.

Semos asín. La pereza del funcionariado, la suciedad de las calles, la mala educación de los taxistas y el analfabetismo funcional pueden disculparse aludiendo vagamente al volkgeist, con encogimiento de hombros opcional. Los erasmus que cada año aterrizan en Barajas han preparado su hígado y su estómago a conciencia durante el verano para filtrar toda la sangría posible en esas noches locas que el volkgeist español vende como reclamo. Las guías de viajes explican sucintamente el volkgeist de un país, y los touroperadores enfrascan ese etéreo volkgeist y pulverizan su fragancia sobre los clientes ansiosos de tópico y pintoresquismo.

La idea del "genio del pueblo" tiene tanta fuerza literaria que ni siquiera monstruos de la razón y adalides del internacionalismo como Karl Marx pudieron resistirse a ella. Y, sin embargo, ¿qué coño es el espíritu de los pueblos? Los antropólogos, intentando dar una respuesta práctica a este discutible galimatías, hablan del "patrimonio intangible", e instan a los gobiernos a protegerlo. Patrimonio intangible, tan valioso como el tangible, son las canciones populares, las danzas, los dialectos, lenguas y peculiaridades idiomáticas, las leyendas orales, las tradiciones, la forma de vivir la religiosidad, las estructuras familiares y las batallitas del abuelo. Entre todos estos bienes intangibles -hoy casi destruidos por los centros comerciales y Aquí hay tomate-, Herder creía ver el genio de un pueblo. Es una idea mística: la nación (o el pueblo, da lo mismo) quiere decir algo al mundo a través de estas manifestaciones. El pueblo cobra vida a través de ellas. Se hace presente como una entidad tan poderosa, tan inexplicable y tan indiscutible como el dios de las religiones.

La idea técnica de "patrimonio intangible" me parece una asimilación sana y una realización racional de un problema que, si sólo se hubiera planteado en esos términos, nos habría ahorrado mucha sangre absurda. Pero el volkgeist saltó muy pronto a la política, y en ella sigue. Si el volkgeist se hubiera quedado quietecito en el ámbito cultural, nos habríamos ahorrado la bochornosa primera página de El Mundo del jueves, en la que se celebraba a bombo y platillo la "ola de patriotismo" que invadió las calles de España tras la victoria de la selección ante Ucrania. Una ola de patriotismo que a mí, la verdad, me pasó desapercibida. Pero hace tiempo que descubrí que el director de El Mundo y yo vivimos en países distintos: mientras el suyo se va a la mierda en una serie de catastróficas desdichas que cercenan sus cimientos, en mi país se vive razonablemente bien, y los problemas que acucian no tienen que ver con banderas ni con esencias, sino con hipotecas y desamores.

Octavio Paz invocó agónicamente al volkgeist mexicano en su todavía iluminador ensayo El laberinto de la soledad, que releo estos días. António Lobo Antunes persigue al volkgeist portugués en cada novela, de tal forma que ahora el espíritu parece el propio Lobo; un espíritu en pena que persigue su propia sombra. No hay un solo escritor argentino que no se haya sentido obligado a mirar a los ojos al volkgeist de su extraña patria. Desde mayo del 68, los intelectuales franceses le preguntan a su psiquiatra dónde coño ha escondido su añorada grandeur. Los alemanes, después de aquellos años tan animadillos, no se atreven a volver a invocar el espíritu que ellos mismos inventaron. Los novelistas ingleses, sencillamente, se cagan elegantemente en el volkgeist, se mudan a la soleada California con la liquidación de los derechos de autor y dejan que el norteamericano Paul Auster desentrañe el volkgeist de una esquina de Brooklyn mientras se come un sandwich de queso. En cuanto a los escritores en lengua catalana, están obligados por ley a reflexionar sobre su volkgeist, si no quieren que se les retire la subvención autonómica. Quim Monzó escapa a esta norma y escribe de lo que le da la gana, pero él nunca pidió subvenciones.

¿Y los españoles? En estos tiempos que corren, sé que está mal citar a Marx si no es para decir que violaba niñas y se las comía luego en salmuera, pero en uno de sus libro-reportaje más brillantes, El 18 brumario de Luis Napoleón Bonaparte, recordaba a su maestro Hegel, que había dicho que la historia siempre se repite al menos dos veces. Olvidó apuntar -se atreve a corregir Marx- que la primera vez lo hace como tragedia y la segunda, como farsa. Marx era muy shakespeariano, por eso bordó esa frase. Pues bien: hace un siglo, tal y como recuerda Santos Juliá en Historias de las dos Españas, los intelectuales empezaron a pensar en España como problema y se adentraron por carreteras secundarias en la polvorienta meseta castellana. Allí, en adustos y curtidos rostros y entre míseras casas de adobe, creyeron encontrar el volkgeist español. Marearon mucho la perdiz, leyeron El Quijote demasiadas veces y dieron la brasa de forma desmedida y absurda, pero reflexionaron en serio y entablaron un debate de altura filosófica (la historia como tragedia). Hoy, tertulianos gritones y articulistas semianalfabetos claman contra la desmembración del país y celebran el patriotismo futbolero en una constante y machacona invocación del volkgeist que ya nos tiene a muchos hasta más allá de los ovarios (la historia como farsa).

En fin, feliz reforma estatutaria a todos.

Foto: el bueno de Herder, con cara de pensar "uy, la que he liado...".

17/06/2006 23:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 6 comentarios.

¿BORRACHO YO?

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"No me fío de los que no beben. Temen que se les suelte la lengua y, por tanto, tienen algo que ocultar". Los cinéfilos reconocerán la frase dicha por el misterioso Gutman (Sidney Greenstreet) a Sam Spade (Humphrey Bogart) en una luminosa suite de hotel de San Francisco en El halcón maltés. La película es de 1941, y el cartel que reproduzco, editado por el anarquista Consejo de Aragón y colgado en las paredes encaladas de los pueblos orientales aragoneses, data de 1937. Son contemporáneos, y qué distintos, ¿verdad?

Los revolucionarios han sido abstemios. Los descreídos, alcohólicos. Quizá fue Cuba quien enseñó a los inflexibles izquierdistas que el mundo por ganar no estaba reñido con un buen vaso de ron y una buena jarana de vez en cuando. Al fin y al cabo, Marx no era un monje cartujo precisamente, y le gustaban los puros y el buen whisky de malta. Si hubieran leído a su yerno, Paul Lafargue, habrían descubierto una visión marxista imaginativa en la que la ascesis no existe y sí el hedonismo como justa aspiración humana. Lo mismo sucede si tiramos del hilo de Antonio Gramsci y de Toni Negri, entre otros.

Aunque a muchos les parezca mentira, un rojo que quisiera actuar rectamente debía tender a lo abstemio y, en lo posible, privarse de otros placeres corporales. Era un sacerdocio proletario que hoy causa risa, pero que los militantes se tomaban muy en serio. Beber era burgués y contrarrevolucionario.

¿Qué pensarían aquellos viejos revolucionarios del botellón?

05/06/2006 00:05 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 16 comentarios.

CIVILIZACIÓN

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La historia la escriben los vencedores. Qué tópico más falso. La historia también la pueden escribir los fracasados, los resentidos, los ignorantes, los directores generales de las administraciones, los mafiosos, los presidentes del Atlético de Madrid y los padres divorciados. Menos los historiadores, todo el mundo puede dar su visión de la historia, no necesariamente los vencedores de nada. Las cosas son más complejas. Así, en España, según la comunidad autónoma en la que esté el colegio de turno, la unidad de España puede haberse fraguado en el siglo XV o en el XVIII. Incluso puede que no llegara a fraguarse nunca. La Corona de Aragón puede ser Corona catalano-aragonesa o catalano-balear-aragonesa. O confederación de reinos en función de qué consejería dicte los planes de estudio. La entelequia de España puede ser un simple estado-nación o un estado de naciones sin estado. Son cuestiones que podrían ser discutidas por los historiadores en sus congresos y movidas, y nos las podrían resumir en cómodas notas de prensa una vez llegaran a acuerdos en vez de tener a los políticos dando voces de un lado para otro. Pero en el asunto de la historia siempre tiene que meterse el presente.

Historiadores de Alemania y Francia (eso sí, al mando de un francés, no la vayamos a liar) han hecho algo inaudito: han redactado un manual de bachillerato de la historia contemporánea de ambos países posterior a 1945. Y lo han hecho sin pegarse, porque tenían ganas de ponerse de acuerdo y dejarse de tonterías. Por dejar en buen lugar el rigor histórico y evitar que en el futuro vengan cizañeros de uno y otro lado del Rhin, que bastante han pasado ya.

Quizá la iniciativa llegue 80 o 90 años tarde. Quizá me aventuro en mi análisis, pero no veo próxima una guerra entre ambos países. Ni siquiera tensiones en la frontera. Creo no equivocarme si digo que un francés puede pasearse por Berlín tan ricamente y lo mismo puede hacer un alemán por París. Incluso tengo entendido que ambos países forman parte de una estructura supranacional y que cualquier ciudadano de los dos Estados puede romperse una pierna en el país vecino, porque le harán radiografías y le escayolarán por la filosa en cualquier hospital público gracias a no sé qué tarjeta sanitaria europea. Vamos, que el gesto del manual de historia es bonito y simbólico, pero esas heridas ya no supuran. Incluso la arrogante Francia puede reconocer el derecho de Alemania a existir.

Alemania y Francia colaboran mucho en el terreno cultural. El canal de televisión Arte -de cuyas producciones se nutre La Noche Temática de TVE-, que emite unas 12 horas diarias películas y documentales bilingües en ambos países, es el mayor ejemplo de ello. Los contenidos en alemán se subtitulan en francés y viceversa. Están empeñados en dejar claro lo mucho que se aman, como un matrimonio que quiere guardar las apariencias y exagera empalagosamente su cariño delante de sus amigos. La iniciativa del manual quiere evitar que un posible ascenso de la extrema derecha tergiverse un periodo tan importante en la historia de ambos países. Es el primer paso hacia una enseñanza de la historia contemporánea europea más o menos consensuada, pero de momento es algo simbólico que en Francia ni siquiera obliga a los profesores de bachillerato, capacitados por la ley para escoger la bibliografía que consideren más apropiada. En Alemania, las competencias en educación son de los estados federados, que pueden mandar a tomar viento el manual si así les place y recomendar Mein Kumpf en su lugar. Lo dicho: un gesto bonito.

Sería hermoso que los políticos no tuvieran nada que decir en la enseñanza de la historia, como no lo tienen en la de las matemáticas o en la de la química, ¿verdad? Sería bonito que de vez en cuando mantuvieran sus enormes bocazas cerradas y dejaran que los historiadores nos dijeran que las discrepancias historiográficas y las diferencias de enfoque no son cuestión de vida o muerte y que pueden debatirse sin que los países se resquebrajen ni los cimientos del mundo se hundan. Es más, que ellos las debaten mientras los demás nos escupimos en la cara, y suelen llegar a consensos razonables en forma de estudios que nadie lee porque ningún tertuliano los recomienda.

Porque lo del manual franco-alemán será un gesto bonito y poco práctico, pero es civilizado. Y Europa presume de su civilización. ¿Qué mayor muestra de ser civilizado que el hecho de que los hijos de aquellos que estuvieron a punto de aniquilarse ahora se pongan a escribir juntos un libro? ¡Un libro! Eso sí que es civilización.

Foto: soldados alemanes en París, en julio de 1940.

15/05/2006 00:32 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria No hay comentarios. Comentar.

EL ALCALDE ARAGONÉS QUE FUE VÍCTIMA DE LOS NAZIS

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Reportaje publicado ayer en Heraldo Domingo

Fernando Sancho, primer edil de Almonacid de la Cuba durante la República, falleció en el campo de exterminio de Gusen en 1941 

Un frío formulario en alemán, sellado por un funcionario austriaco en el municipio de Bad Arolsen el 30 de mayo de 1997, certifica el fallecimiento, casi 56 años antes -el 2 de noviembre de 1941-, de Fernando Sancho Gracia, nacido en Cucalón (Teruel) y con último domicilio conocido en Almonacid de la Cuba (Zaragoza). Nada especifica el documento sobre la causa de la muerte, pero el lugar del óbito es más que significativo: Gusen, una minúscula aldea austriaca situada a diez kilómetros escasos de Mauthausen.

¿Fue Fernando Sancho ejecutado en el campo de exterminio nazi, como todo parece indicar, o simplemente sucumbió al terror y al hambre? ¿Acaso importa?: “Para mí, está claro que murió asesinado, como todos los que acabaron allí”, sentencia su nieta, Teresa Grasa Sancho.

Como sucede con la mayoría de los casi 500 aragoneses que perdieron la vida en Mauthausen y Gusen, la historia de Fernando Sancho ha quedado ahogada por el peso de décadas de silencio. Silencio en su pueblo, donde muchos testimonios recuerdan al que fuera alcalde durante la República, aunque hasta la fecha no ha aparecido un documento que lo confirme (probablemente se encontrará en una caja del Archivo de Salamanca, junto al resto de la documentación de la localidad de aquella época). Silencio en su familia, donde su ausencia era un tabú doloroso. Silencio, finalmente, en los libros de historia y en los recuerdos de los supervivientes del horror nazi. Su historia, hasta ahora, ha pasado totalmente desapercibida.

Ha sido el tesón de su nieta Teresa, que apenas sabía nada de su abuelo, el que ha recuperado el trágico periplo de uno de los últimos alcaldes republicanos de Aragón, reuniendo los poquísimos documentos que lo corroboran.

El 5 de mayo de 1945 -el viernes se cumplieron 61 años-, las tropas aliadas entraron en los campos de Mauthausen y Gusen, liberando a los supervivientes. Fernando Sancho no estaba entre ellos. Había muerto más de tres años antes, casi a la vez que otros dos convecinos de Almonacid de la Cuba que probablemente le acompañaron en el exilio: Tomás Mínguez Soriano y Antonio Teresa Martínez.

El molinero republicano

Fernando Sancho era un hombre de 33 años cuando se proclamó la Segunda República en 1931, y tenía 38 cuando estalló la guerra. Por su edad, no entró en combate y nunca perdió su condición de civil. Según los testimonios que ha recogido la familia, era un hombre pacífico, de hondas convicciones republicanas, que desde los años 20 participó febrilmente en la implantación del republicanismo en Almonacid. Por eso se afilió al Partido Radical Socialista (de ideario ecléctico, situado en un centro político que basculaba entre la derecha y la izquierda) y participó en el Casino Republicano de la localidad, una institución político-social muy común en el Aragón de entonces. Era molinero, como su padre, y disfrutaba de una situación económica desahogada que le permitía dedicarse también a sus otras dos pasiones: la caza y los caballos, pues tenía fama de ser un excelente jinete.

Como era una persona respetada y querida, fue elegido alcalde durante el período republicano. Al igual que les pasó a casi todos los primeros ediles aragoneses de aquellos años, su principal cometido fue repartir las tierras comunales entre los campesinos más pobres, tal y como exigía la Ley para la Reforma Agraria aprobada por las Cortes. No queda rastro de ese reparto, pero no cabe duda de que la aplicación de esa polémica norma (tachada de revolucionaria por las derechas y de tibia por las izquierdas) fue el origen de las más graves tensiones políticas en Almonacid.

Tras el estallido de la guerra, Aragón quedó partido en dos zonas, y la línea de separación pasaba muy cerca de Almonacid de la Cuba, que acabó en el lado republicano, controlado por las milicias anarquistas y adscrito al llamado Consejo de Aragón. El Ayuntamiento se transformó en Consejo Municipal, y Fernando Sancho continuó trabajando en él.

Así siguieron las cosas, más o menos estables, hasta el 11 de marzo de 1938, cuando las tropas regulares marroquíes entraron en Almonacid de la Cuba, conquistándolo para el bando franquista. Unos días antes, Fernando Sancho y su familia huyeron, pero su mujer y sus hijos decidieron volver tras avanzar unos pocos kilómetros, por miedo a perder las tierras y la casa si las abandonaban. Sancho siguió camino a Barcelona, junto a un grupo de republicanos del pueblo. Su familia quedó en el otro lado del frente.

En enero de 1939, poco antes de que el Ejército franquista entrara en la capital catalana, el depuesto alcalde de Almonacid de la Cuba cruzó la frontera con Francia, junto a otro medio millón de refugiados que huían de la represión. Atendido por unas autoridades francesas desbordadas, fue internado en el campo de refugiados de Saint Cyprien, junto con otros 80.000 compatriotas. Fue allí, en unas condiciones míseras, donde retomó el contacto con su esposa a través de unos familiares de Zaragoza que se ofrecieron a hacer de intermediarios para burlar, en la medida de lo posible, la censura postal.
Aparentemente, Sancho estaba a salvo y bien acompañado, como dice en algunas misivas para tranquilizar a su familia. Le arropaban al menos tres vecinos de Almonacid. Uno de ellos, Francisco Mínguez, que no fue deportado a Mauthausen y murió en Toulouse en 1998, fue clave para desenmarañar la oscura historia posterior.

Sancho envió media docena de postales entre abril de 1939 y mayo de 1940 que permiten seguir su itinerario hasta su internamiento en Mauthausen. Desde la última postal, su esposa y sus tres hijos no supieron nada más de él hasta los años 50. Ni siquiera sabían si estaba vivo o muerto, y no fue hasta 1959 -21 años después de despedirse de él en las afueras de Almonacid- cuando su mujer recibió la confirmación oficial de que el prisionero 10.617 de Gusen, fallecido el 2 de noviembre de 1941, era Fernando Sancho. El certificado de defunción se selló en 1997. ¿Cómo era posible, se preguntaba su familia, si él no había combatido y jamás había empuñado un arma contra una persona? Su único crimen: haber sido un alcalde elegido democráticamente.
Aunque los escasos párrafos de las postales son parcos en detalles, contrastados con los datos históricos, bastan para reconstruir el periplo.

Refugiados con condiciones

En abril de 1939, el Gobierno de París decretó que todos los extranjeros de entre 20 y 48 años que gozaban de asilo político en suelo francés debían alistarse a la Legión Extranjera del Ejército o, si querían seguir siendo civiles, integrarse en una de las Compañías de Trabajadores Extranjeros (CTE) creadas en los mismos campos del sur del país. Desobedecer el decreto implicaba perder la condición de refugiado.

Al parecer, Fernando Sancho se integró en la CTE número 4, que fue destinada después del verano a la pequeña localidad alpina de Touët-sur-Var. Su misión: construir defensas en el área fronteriza para repeler un posible ataque de la Italia de Benito Mussolini. Las CTE estaban mal dotadas y las condiciones de trabajo eran muy duras. La paga, escasa, y la comida, mala. Sin embargo, Fernando dice, en una carta fechada el 29 de diciembre de 1939, que el trabajo (sin especificar en qué consistía) no era duro y que en Navidad cenaron bien y comieron turrón. Probablemente, mentiras piadosas para no preocupar a su familia.

Durante algún permiso, Fernando visitó en compañía de sus convecinos almonacidenses la cercana ciudad de Niza, que debió gustarle mucho. En ella se hizo con un paquete de postales, de donde se nutrió para comunicarse con su familia, pues ya no aparecen estampas de ningún otro lugar en el resto de sus misivas.

En febrero de 1940, la CTE de Fernado Sancho fue llamada a reforzar el flanco más amenazado: la línea Maginot, que pretendía frenar a los nazis por el norte. Se embarcó en un tren que, tras 44 horas de tortuoso viaje, le dejó en Nancy, una ciudad que le resultó deprimente y gris.
Desde allí envió sus últimos testimonios, pocos días antes de que Hitler lanzara la gran ofensiva de mayo de 1940 sobre los Países Bajos, Bélgica y el norte de Francia. Cuando los nazis rebasaron las líneas francesas, unos 42.000 civiles españoles encuadrados en las CTE -entre ellos, Fernando Sancho y sus amigos aragoneses- quedaron atrapados en territorio ocupado por los alemanes, que no supieron al principio qué hacer con ellos.

El 25 de mayo, con los alemanes marchando triunfantes y sin resistencia sobre París, Sancho envió la última postal para felicitar el cumpleaños de su esposa. “Me considero tan solitario como el que está sentado en el banco de este hermoso paseo”, dice, en referencia a la ilustración de la tarjeta. Poco después, el alcalde republicano de Almonacid cayó en manos del Ejército alemán.

Enemigos políticos

Los españoles de las CTE eran civiles. Por tanto, Hitler no les concedió el estatus de prisioneros de guerra. Tratados como enemigos políticos, la mayoría de los españoles fueron deportados en trenes a los campos de exterminio. En septiembre de 1940, empezaron a llegar los primeros convoyes de republicanos asustados, ignorantes de su suerte.

Fernando Sancho pasó por varias dependencias hasta que el 27 de enero de 1941 le tatuaron el número 6.538. Fue en Mauthausen, un minúsculo pueblo a orillas del Danubio, en Austria, que no sospechaba que iba a convertirse en sinónimo del horror. Un mes después, fue trasladado a Gusen, un campo auxiliar a unos 10 kilómetros de Mauthausen donde murieron cientos de aragoneses. Sólo resistió ocho meses. Su historia ha aguantado 65 años de olvido.

08/05/2006 12:12 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 20 comentarios.

EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN

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A propósito de la superproducción que sobre los Sitios de Zaragoza puede rodarse en la capital aragonesa próximamente, hablábamos Cide y yo más abajo de la guerra de la independencia y de su significado histórico. Dice Cide que la ocasión perdida de aquel momento, con sus Juntas revolucionarias, sus Cortes de Cádiz y sus liberales anticlericales, es un síntoma de que España tuvo lo que se mereció: un pueblo lerdo merece unos déspotas oscurantistas. Ya he dicho que no estoy de acuerdo con esa apreciación, que enmascara un punto de misantropía: el 90 por ciento (y me quedo corto) de la humanidad está sometido a -o gobernado por- oportunistas, dictadorzuelos, mafiosos, tiranos, corruptos, mesías iluminados convencidos de su papel redentor o cínicos burócratas en el mejor de los casos. Me niego a creer que todos los humanos nos merezcamos eso y que sólo se pueda rescatar una minoría guapa y lista que no puede hacer nada contra la masa informe e iletrada. Ortega y Gasset quizá estaría conforme con esa visión. Yo no. Pero a lo mejor lo mío es una cuestión de fe sin base racional. Me aferraré a ella mientras pueda, en todo caso.

Volviendo a la guerra de 1808. Mario Onaindía, en su ensayo La construcción de la nación española (Taurus), plantea una visión liberal de aquel episodio, que él analiza como el primer campo de pruebas de un republicanismo español que había tomado cuerpo intelectual en la segunda mitad del siglo XVIII. España como nación, no como reino, se funda en las Cortes de Cádiz. El salto conceptual de reino a nación es brutal, de vértigo: supone pasar de la Edad Media a la democracia sin red debajo. Porque una nación está formada por un grupo de personas que se constituyen en ella (libremente o no es otro cantar), mientras que un reino debe su existencia a caprichos místicos, a gracias divinas y a forzados oximorones. Una Constitución es una creación común de un grupo de individuos que se ponen de acuerdo (inciso: conviene recordar esto a quienes ahora le atribuyen un papel sacro e inamovible, como si hubiera sido dictada por dios. Como creación humana, puede cambiar o abolirse cuando así se decida sin que por ello las cigüeñas dejen de anidar en los campanarios y la gente se deje de regalar cosas por Navidad. Fin del inciso). Por tanto, aquella guerra fue un fracaso aparente de la democracia. Sí, volvió Fernando VII entre vítores del populacho, abolió la Constitución de 1812, repuso la casposa Inquisición y mandó al exilio a los mejores cerebros del país, pero los cimientos ya estaban echados. Ya no había marcha atrás: había fermento más que suficiente para crear una nación moderna. El reino tenía los días contados. Aunque esos días se alargasen décadas y décadas.

Desde una perspectiva distinta, la de un marxismo imaginativo y poco ortodoxo, Joaquín Maurín planteó en 1935, en un ensayo significativamente titulado Hacia la segunda revolución (y retitulado en 1965 Revolución y contrarrevolución en España), que, en contra de lo que pensaban la mayoría de sus correligionarios, la guerra de la Independencia fue la primera experiencia revolucionaria española: "La guerra de la Independencia, aunque históricamente equivocada, fue, sin embargo, revolucionaria. Sacudió al pueblo español, lo sacó de su anquilosamiento y lo puso en movimiento. Por primera vez en la historia, el pueblo podía armarse, adquiría conciencia de su fuerza y manifestaba su espíritu creador. Las Juntas, creación espontánea y popular, aparecieron un siglo antes que los Soviets rusos, de las que éstos fueron una imitación".

¿En qué están de acuerdo dos intelectuales tan dispares como Onaindía y Maurín? En que aquella guerra no fue en balde. En que pese a la restauración monárquica y a la insufrible persecución política que acabó con el pronunciamiento de Riego en 1820 y la breve experiencia liberal posterior, aquello había removido muy hondo al país. Ya nada iba a ser igual después de 1808. Ya no cabía vuelta atrás. Habría mil y un errores, mil y un retrocesos, mil y una batallas, como demuestra la historia del siglo XIX, pero algo había despertado en España (en toda Europa, en realidad), y no se iba a volver a dormir. Creo que, lejos de menospreciar a aquellos tatarabuelos nuestros, deberíamos admirarles y estarles agradecidos. El afán democrático y transformador que ha animado a los españoles a luchar contra la carcundia durante doscientos años no se entiende sin su sacrificio. Ellos eran unos pobres campesinos metidos a actores de una obra compleja que fueron incapaces de comprender. Bastante hicieron. Mucho: echaron los cimientos del país en el que ahora vivimos, que poco o nada debe a los cacareados reyes de Castilla y de Aragón, y muchísimo a estos guerrilleros que no sabían que estaban dando un paso de gigante en la historia.

Y no me quería poner tan solemne, pero es que me embalo y no me sé frenar. Lo siento.

PD: Ah, y ahora que se debate tanto sobre naciones y hostias en vinagre en este desquiciado país, por favor, que nadie me dé la brasa con el empleo que he hecho de ese término, que me cansan mucho los debates de Teletubbies y Estatuts.

29/04/2006 00:04 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 5 comentarios.

SE ABRE LA VEDA

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A una semana escasa del 14 de abril, Jorge M. Reverte abre la veda memorialística esta noche con una serie llamada El laberinto español sin permiso del pobre Gerald Brenan. Empieza la competición, de aquí a final del verano, por ver quién recuerda mejor la República y la guerra civil. Lo que va a emitir TVE esta noche a las 23.30, un documental en color rodado entre 1936 y 1938, es de los pocos materiales inéditos que quedan por descubrir y exhumar.

Porque quedan pocos datos nuevos por conocer y falta mucho por hablar. Y, desde luego, hay mucha mala baba neofascistoide que combatir. Hace 20 años, el PSOE de Felipe González pasó de puntillas sobre el 50 aniversario del inicio de la guerra, perdiendo -premeditadamente- una oportunidad casi única para cerrar una maldita brecha enquistada en la convivencia de este país. Ahora se presenta una rara y preciosa segunda oportunidad, y este tren no hay que perderlo. No parece que vaya a ser así, pero hay inquietantes indicios de que se puede malograr la ocasión de hacer justicia y llamar a las cosas por su nombre.

Los histéricos corifeos de Jiménez Losantos, por ejemplo, ya se han puesto en guardia. Libertad Digital ya anda resumiendo las tesis de Pío Moa, según las cuales -y siguiendo a los ideólogos franquistas- los culpables de la guerra y la dictadura fueron aquellos que se atrevieron a soliviantar indebidamente a la gente de orden, a la que no le quedó más remedio que sacar en procesión al costista cirujano de hierro para arreglar las cosas. Y que se ande con ojo Zapatero, vienen a decir. Me resulta francamente hilarante que Zapatero, un señor de apariencia normal que podría ser tu sosegado vecino del quinto, sea percibido como un incendiario Durruti por toda esta gente. Porque si Zapatero es un rojo radical, ¿qué seremos los demás? ¿Terroristas nihilistas?

En fin, que la ronda de efemérides empieza esta noche con un documental inédito y un duelo de titanes entre Fernando García de Cortázar y Santos Juliá (imagino que como representantes cada uno de las dos Españas en disputa). Y seguirá el próximo 22 de abril con manifestaciones de recuerdo de la triste República. El 6 de mayo, además, la gente de Memoria para el Futuro (tinglado que surgió de la movida de Rivas Vaciamadrid de hace un par de años) han organizado una "verbena republicana" en la Ciudad Universitaria de Madrid, para recordar el espíritu lúdico y lúcido de aquellos ingenuos que creyeron poder construir un país libre y moderno, pero que no tuvieron en cuenta a la carcundia perseverante que deseaba lo contrario.

Yo voy a empezar de forma más discreta la celebración de aquella República que, inexplicablemente, muchos sentimos como nuestra. Y lo voy a hacer comiendo el plato más republicano que existe: el cocido, pero aderezado con morada lombarda en lugar de la monárquica e insípida col. A Pío Moa y a sus seguidores les recomendaría un plato más ligero, no vaya a ser que el cocido les repita y les provoque unos gases que acabarían apestándonos a todos.

07/04/2006 12:42 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 5 comentarios.

LAS BATALLITAS DEL ABUELO (2)

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Lo prometido es deuda, pequeñas criaturillas. He aquí el reportaje publicado en Heraldo de Aragón a finales de 2004 sobre la Casa del Duende de la calle Gascón de Gotor de Zaragoza. Para todos aquellos que no conozcan la historia. Espero que lo disfrutéis. 

El expediente X zaragozano

Cuando el año 1934 enfilaba su último tramo, los españoles tenían sobrados temas de conversación y de preocupación. El Ejército acababa de sofocar una revolución en Asturias y Cataluña; las huelgas continuas convertían, casi todos los días, muchas calles en campos de tiro donde obreros y fuerzas del orden practicaban su pericia, y, finalmente, las izquierdas y las derechas afilaban sus respectivos cuchillos, preparándose para la guerra que se avecinaba. Sin embargo, en un pequeño rincón a orillas del Ebro, todos estos líos se olvidaron durante unas cuantas semanas, porque un suceso mucho más fascinante acaparó la atención de todos: en un piso de la calle Gascón de Gotor, en Zaragoza, se escuchaba una misteriosa voz.

Hoy, siete décadas después de aquel revuelo, el duende pervive en la memoria popular zaragozana gracias al nombre que recibió el edificio que hoy ocupa el número 2 de la calle Gascón de Gotor, escenario de los hechos: “Edificio Duende”.

Los fenómenos extraños comenzaron a finales de septiembre de 1934 y se prolongaron hasta enero de 1935, aunque no fueron conocidos por los zaragozanos hasta el mes de noviembre, que es cuando la Policía inició la investigación; una investigación que se zanjó sin explicar satisfactoriamente el misterio.

El 27 de septiembre de 1934, los vecinos del número 2 de Gascón de Gotor se echaron a la calle aterrorizados por unas sonoras carcajadas que retumbaron en toda la escalera. Eran unas risas siniestras que duraron unos cuantos minutos y se fueron apagando poco a poco sin que se pudiera averiguar su origen. Había terminado la paz para los habitantes del inmueble. Desde aquel día, casi todas las noches escucharon extraños ruidos, aunque ninguno de la intensidad de la carcajada. Como sucedían de madrugada y fueron disminuyendo con el paso de las semanas, los vecinos optaron por ignorarlos.

“María, ven”
Pero no pudieron hacerlo por mucho tiempo. El 15 de noviembre, Pascuala Alcober, la joven criada de 16 años que servía en el segundo derecha, corrió espantada para contar a Isabel, la señora de la casa, que había oído lamentos de una voz masculina que parecía provenir del fondo del hornillo. En principio, Isabel no dio crédito al relato, pero al día siguiente fue ella la que escuchó cómo la voz del hornillo decía: “María, ven”.

El 23 de noviembre, el duende se adueñó del titular principal de la primera página de HERALDO: “En una casa de la calle de Gascón de Gotor se produce un hecho extraño, que determina una alarma explicable”. Y el subtítulo decía: “¿Es una broma de mal gusto o es un caso de ventriloquía en una mujer atacada de histerismo?-Unas manifestaciones del doctor Gimeno Riera”.

Ya era ‘vox populi’: espoleados por el interés de la prensa, centenares de zaragozanos empezaron a merodear por el edificio con la esperanza de escuchar la voz. El fenómeno llegó a generar serios problemas de orden público, por lo que la Guardia de Asalto acordonó día y noche los alrededores, dejando pasar sólo a los vecinos.

“No se habló de otra cosa”
Mientras tanto, la voz del duende seguía asomando por el hornillo, poniendo en evidencia a los investigadores, que prácticamente se habían instalado en la casa.

Es difícil imaginar el revuelo que se armó en la capital aragonesa. En las tertulias, chistes y chascarrillos convivían con relatos de terror más o menos fantasiosos. El 24 de noviembre, HERALDO aseguraba en su crónica: “En toda la ciudad -y en este caso no hay hipérbole- no se habló ayer de otra cosa. Era difícil hallar tres personas reunidas que no se refirieran a este asunto de la voz misteriosa y de las probables causas que originan el fenómeno”.

La voz fantasmal, que emitía frases y palabras sueltas, parecía dirigirse a los que estaban presentes en la cocina, llegando incluso a saludarles o a recriminarles cosas. En una ocasión, empezó su intervención matinal diciendo: “Ya estoy aquí”. Otro día, despidió a los policías que abandonaban la guardia con un educado “adiós, adiós”. El día 28, se mostró malhumorado y gritó: “¡Cobardes, cobardes!”. En una ocasión, el inspector al mando envió a la criada a la azotea a por leña, a lo que la voz le respondió: “¿Para qué la quieres, si hay gas?”. En general, parecía un duende bromista y juguetón.

Pascuala
Fontaneros, albañiles y electricistas revisaron todas las instalaciones y todos los resquicios del edificio sin éxito, por lo que las pesquisas se centraron en Pascuala, la criada que había oído la voz por primera vez. Forenses y psiquiatras analizaron a la joven, a quien presumían afectada de histerismo, sin hallar ninguna anomalía en ella ni la forma en la que podría ejecutar la ventriloquía.

El 27 de noviembre, HERALDO publicó una carta del prestigioso doctor Ricardo Royo Villanova en la que relataba que había recibido la visita del duende en su consulta y que le había asegurado “que el fin que se proponía con sus demostraciones de ventrilocucia (sic) era anunciar una de las casas de comercio más acreditadas de Zaragoza”. Ni qué decir tiene que nadie hizo el más mínimo caso al entonces presidente de la sección de Medicina de la Academia de Zaragoza. Por contra, los bromistas florecieron en una exuberante primavera de carcajadas.

Efectivamente, muchos comerciantes aprovecharon que el Pisuerga pasaba por Valladolid para incorporar el fenómeno a sus reclamos publicitarios, como puede verse en esta misma página en la reproducción de un anuncio de alumbrado Petromax que apareció en HERALDO. Asimismo, el duende empezó a recibir una nutrida y jocosa correspondencia, y hasta unos universitarios guasones fueron multados con 50 pesetas por subirse al tejado de la casa cubiertos con sábanas y asustar a los viandantes.

El domingo 25 de noviembre “The Times” publicó una sorprendente crónica cuya entradilla decía así: “Un irónico duende que habla por la campana de una chimenea tiene sobresaltados estos días a los habitantes de Zaragoza, los cuales se afanan en dar con la pista de la misteriosa voz”. El interés de “The Times” condicionó el interés de la Dirección General de Seguridad de Madrid, cuyos responsables telefonearon a los juzgados de Zaragoza pidiendo informes detallados sobre el caso. A esas alturas, la Policía intentaba encauzar un revuelo incómodo que no había sabido evitar.

Cortar el grifo
Como el asunto empezaba a salirse de madre y al gobernador civil le inquietaban las multitudes que colapsaban las calles próximas a Gascón de Gotor, el día 30, el juez cortó el grifo y ordenó a los investigadores que no facilitasen ni un solo dato más a la prensa. Así, el fenómeno desapareció de las páginas de HERALDO, pero no de las conversaciones de los aragoneses y españoles, porque, para entonces, el duende ya era un inquilino de todos los medios de comunicación del país.

A los pocos días, el juez declaró a los periodistas que el suceso obedecía a un extraño fenómeno psicológico: “Escuché la voz tantas veces como me lo propuse”, explicó después de pasar varios días en la vivienda, ya desalojada por sus atemorizados inquilinos, el matrimonio Palazón. “El misterioso suceso ha quedado totalmente explicado”, sentenció el magistrado, dando carpetazo al asunto. Muchos siguieron pensando que era la extraña ventriloquía de Pascuala la que provocaba la voz, pero, al parecer, la joven siguió sirviendo en el nuevo domicilio de los Palazón, sin que se registrara nada paranormal en él.

Los siguientes moradores del piso, la familia Grijalba, volvieron a solicitar los servicios de la Policía ya que, al parecer, su hijo Arturo, de tres años, mantenía conversaciones con el duende. Arturo Grijalba, ya de adulto, siempre ha defendido la veracidad de su ‘amistad’ con la voz.

Los aires prebélicos que se respiraban en España relegaron pronto la historia del duende al desván de la memoria, aunque nunca desapareció del todo de ella. El duende de Gascón de Gotor forma parte de la intrahistoria de Zaragoza, hasta tal punto, que los aficionados al mundo del misterio siguen, todavía hoy, dándole alguna que otra vuelta. Ángel Briongos, coordinador en Aragón de la Sociedad Española de Investigaciones Paranormales, que está preparando un libro sobre la historia, cree que el fenómeno “no fue una farsa; no se debió a la ventriloquía, porque la voz se manifestaba sin que Pascuala estuviera presente. Fue un hecho paranormal en toda regla”. ¿Haberlos, haylos?

Los otros fantasmas

Ningún otro suceso presuntamente paranormal ha despertado tanto interés en Aragón como el de la casa del duende, pero el boca a boca, con mayor o menor difusión, asegura que hay otros lugares ‘encantados’ en Zaragoza.

El más conocido, por ser el que cuenta con mayores testimonios que dicen haber presenciado los sucesos, es el de un establecimiento de la calle Alfonso, ya cerrado, de una conocida cadena de tiendas de moda. Un antiguo empleado de ese comercio, que prefiere preservar el anonimato, dice haber experimentado descensos bruscos de temperatura, haber visto ropa que se desordenaba sola e, incluso, la presencia de una extraña mujer que algunos empleados veían deambular mientras hacían caja, con la tienda ya cerrada. Son muchos los zaragozanos que han escuchado, de segunda, tercera o cuarta mano, alguna de estas historias. Al existir testimonios, como ha podido comprobar este periódico, no se trata de una leyenda urbana, pero constatar su veracidad es -hay que dejarlo claro- imposible.

Ángel Briongos refiere algún otro espacio que la imaginación popular ha tildado de embrujado o misterioso, pero todos entran ya en el saco de las leyendas urbanas, más o menos interesantes, entretenidas o aterradoras, pero a las que no se puede dar crédito alguno.

Así, se cuenta que un suicidio acaecido hace varias décadas en el ayuntamiento es el origen de misteriosos ruidos que asustan a los vigilantes nocturnos del consistorio. Otra leyenda asegura que, en una habitación de un prestigioso y conocido hotel de la capital aragonesa se dan fenómenos de ‘poltergeist’. El pueblo viejo de Belchite también recibe regulares visitas de cazadores de psicofonías, que llegan grabadora en mano para registrar lo que dicen que son gritos y ruidos de aviones y explosiones.

La imaginación corre tan rápido como las leyendas, pero no conviene hacer mucho caso a estos relatos. ¿O sí?

Foto: los policías posan junto al hornillo de donde salía la voz, en una imagen publicada en El Noticiero de Zaragoza.

05/03/2006 01:03 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 8 comentarios.

"MAQUIS" FALANGISTAS EN ZONA ROJA

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Una historia curiosa (pese a que haya gente molesta por este blog con el hecho de que se hable de la guerra civil). La publiqué ayer, domingo, en Heraldo de Aragón. El libro Cambriles, de José Giménez Corbatón, está ya en la calle y es una maravilla. La foto pertenece a él.  

Cuando parece que todo está escrito, que nada nuevo puede saberse sobre la Guerra Civil, aparece, cubierta por el polvo en un desván, una hazaña silenciada, un relato sin contar o una historia casi olvidada. Es el caso del episodio de Cambriles, una angosta covacha excavada en un risco entre los pueblos de Ludruñán, Dos Torres de Mercader y Las Cuevas de Cañart, en la montañosa comarca del Maestrazgo turolense. Allí, entre el otoño de 1936 y septiembre de 1937, en un agujero donde sólo se puede subir con un equipo de escalada, un grupo de falangistas y gentes de derechas de los pueblos de la comarca se refugió de la persecución política que sufría en ese lado del frente, controlado por las milicias anarquistas y trotskistas.

Se trataba de una bolsa silenciosa de resistencia franquista en territorio republicano aragonés gracias a la cual muchos ciudadanos de derechas no sólo escaparon de la represión, sino que lograron cruzar las líneas y unirse al bando de los sublevados. La gente de la cueva formó una sociedad secreta llamada La Caverna, con cuota de ingreso, sello, reglamento y libro de actas incluidos, y creó una red de asistencia con apoyos en los pueblos de la zona para conseguir víveres. Una historia sin parangón conocido en la retaguardia republicana.

Terminada la guerra, en septiembre de 1939, fueron recibidos como héroes en Zaragoza, y todo parecía indicar que los resistentes de Cambriles iban a convertirse en un mito de la iconografía del régimen franquista. Sin embargo, la llegada del maquis, pocos años después, sepultó en el olvido esta historia, recordada tan sólo por los más mayores en algunos pueblos del Maestrazgo y del Bajo Aragón.

El escritor aragonés José Giménez Corbatón creció escuchando relatos sobre Cambriles en Ladruñán y Castellote, de donde procede su familia. Intrigado por los retazos de leyenda que habían llegado hasta él, decidió investigar la historia, llegar hasta el fondo y separar el grano de la paja. “Era una deuda conmigo mismo”, afirma el narrador.

Interés compartido
Giménez Corbatón coincidió en su interés con el Grupo de Estudios Masinos (GEMA), de la vecina localidad de Mas de las Matas, institución adscrita al Instituto de Estudios Turolenses que lleva más de 20 años recuperando la historia de la comarca, y se comprometió a editar la investigación. Así nació “Cambriles”, un libro recién publicado por el GEMA con apoyo del programa “Amarga memoria” del Gobierno de Aragón y fotografías de Pedro Pérez Esteban, uno de los mejores paisajistas aragoneses, que ha recorrido con su cámara infinidad de parajes de Teruel.

“Hemos llegado tarde -se lamenta el escritor-. Hace años pude entrevistar a algunos supervivientes, pero hoy ya sólo vive uno, el cura Conesa”. “La historia -prosigue Giménez Corbatón- es muy peliculera. No esperaba encontrarme con tanto material novelesco. Estaba todo perfectamente organizado. Dentro de la cueva, que he visitado un par de veces, todo estaba compartimentado y organizado con inscripciones en la roca. Incluso habían previsto un espacio rotulado como ‘Audiencia’, donde pretendían juzgar a los rojos’que cayeran en sus manos y, junto a él, una oquedad estrecha hacía las veces de calabozo. Ninguno de los dos espacios fue utilizado nunca, porque no apresaron a nadie, claro está, pero ahí lo tenían, por si acaso”.

El lugar, que podía reunir a unas 20 personas al mismo tiempo, llegó a tener ocupantes que permanecieron diez meses seguidos en su interior. “Y es claustrofóbico. Cuando pasas más de una hora dentro, notas que te falta el aire y necesitas salir. La historia recuerda un poco a las de los ‘topos’ de la posguerra”.

Una playa andaluza
El nombre de Cambriles también tiene su historia. La cueva no estaba bautizada antes de la Guerra Civil, sólo era una oquedad ignorada en un peñasco. Pero las actas de La Caverna tenían que fecharse en algún sitio, o al menos eso pensaban sus miembros. “Por eso, a Aniceto Brea, uno de los ‘inquilinos’, se le ocurrió llamar a la cueva Cambriles, que es una playa andaluza. Lo hicieron por despistar, para que, si los libros caían en manos del enemigo, éste creyera que estaban escritos en Andalucía”, explica Giménez Corbatón.

La cueva, al parecer, la había descubierto en los años 20 un pastor de la zona, Domingo Folch. Según Folch contó a Giménez Corbatón, llegó hasta la covacha trepando por el risco mientras perseguía a un águila imperial que llevaba un conejo en las patas. Folch pretendía arrebatarle la presa al ave para comérsela.

“Tuvieron la suerte de que en el pueblo más cercano, Ladruñán, no se produjeron fusilamientos ni hubo represión -arguye el novelista-. El alcalde y los vecinos templaron mucho los ánimos e impidieron desmanes. Porque el escondite era muy poco discreto, se veía desde todas partes. Muchos sabían que allí había gente, que pasaba algo, pero hicieron la vista gorda”.

De mito de la resistencia franquista en el Maestrazgo pasó a ser una leyenda olvidada. Ahora, 70 años después, Cambriles vuelve a despertar curiosidad.

27/02/2006 13:12 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 15 comentarios.

BORIS SOUVARINE

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Una de las muchas tonterías en las que ando metido y que no sé cómo acabarán es una narración de las vidas cruzadas y paralelas de Joaquín Maurín y Boris Souvarine, que fueron cuñados, fundadores de los movimientos comunistas de España y Francia, respectivamente, y desencantados posteriores por distintas razones. Su punto de unión fue Jeanne, o Juana, hermana de Boris y esposa de Joaquín. Gracias a Pilar Zorrilla, sobrina de este último que vive en Huesca, he podido contactar con el hijo de Joaquín y sobrino de Boris, Mario Maurín, que vive en Pensylvania, y me ha dado algunas claves de la relación que existía entre ambos hombres. Pero eso es otra historia que contaré más adelante.

Le contaba estas cosas el otro día a Félix Romeo y me aseguró que había libros de Souvarine traducidos al castellano y editados en España en los años 70. Yo le repetí que, si los hay, no he sido capaz de encontrarlos, pero que no me importa demasiado, porque prefiero leerlos en francés. Me dijo que rebuscaría, convencido de haber tenido en sus manos esos libros, pero, como no me ha vuelto a decir nada, sospecho que, desgraciadamente, yo tenía razón.

En cualquier caso, Souvarine fue, por circunstancias de la vida, un hombre de un solo libro (dos en realidad, pero el primero fue un prefacio del segundo), aunque tenía mil proyectos que dejó sin concretar. Y su libro fue un acto de valentía que no le trajo más que disgustos. En el verano de 1929, cinco años después de haber sido expulsado del Partido Comunista Francés que había contribuido a fundar -por oponerse a las consignas de bolchevización lanzadas desde la Komintern- animó al dramaturgo rumano Panaït Istrati a contar su reciente viaje a la URSS. En 1928, la intelectualidad francesa vivía un idilio con la Rusia de los soviets, con los surrealistas en primera línea. Istrati esperaba encontrar en ese viaje los motivos de esa admiración. Él iba a vivir un romance revolucionario a Moscú. Pero lo que vio no se parecía en nada al paraíso proletario prometido, y su desengaño le sumió en una terrible depresión.

(Inciso: la historia de Istrati siempre me ha recordado otra historia que me contó un amigo, militante de un partido marxista-leninista en los años 70-80. Un camarada del partido se fue, invitado por los regímenes correspondientes, a hacer un viaje por varios países de Europa del Este. Era un ferviente militante, incombustible, y sospecho que un poco plasta. Cuando volvió del viaje, no se dejó ver por sus camaradas durante unas semanas. Estuvo ilocalizable, sin hablar con nadie. Hasta que se presentó donde el Partido y, sin mediar palabra, entregó el carné. Se dio media vuelta y no volvieron a saber de él.)

De vuelta a París, Boris animó a Istrati a publicar sus impresiones, y fruto de aquel viaje fue la trilogía Vers l’autre flamme, donde por primera vez en Europa, gentes de izquierda declaradas comunistas denunciaban la burocratización y las tendencias dictatoriales de la URSS. Victor Serge escribió el segundo volumen, y Boris, el tercero, titulado Rusia al desnudo, y basado también en sus largas estancias en Moscú y en Ucrania entre 1921 y 1925, así como en un análisis pormenorizado de los planes quinquenales.

Inmediatamente, alentado por sus amigos George Bataille y Simone Weil, empezó a escribir una gran obra en la que, desde los presupuestos marxistas que seguía defendiendo, se realizase una crítica al totalitarismo latente que se apreciaba en la URSS. La intención del libro era combatir la propaganda soviética con datos y suscitar un debate en el movimiento comunista sobre la ausencia de democracia y la represión. Boris no cuestionaba lo justo y necesario de la revolución de octubre, pero lamentaba que el Partido, en un primer momento punta de lanza del cambio, se hubiera convertido en una losa pesada, en una máquina de explotación de una industrialización forzosa, inhumana y diez veces peor que la que se vivió en Inglaterra en el siglo XIX y retrató Dickens en sus novelas.

Su libro, destinado en principio a un editor norteamericano, se quedó pronto sin casa editorial. La poderosa Gallimard, contagiada de filosovietismo, se negó a publicarlo, y sólo en 1935 logró, con muchas dificultades y con el apoyo de sus amigos, sacarlo bajo el título de Aproximación histórica al bolchevismo. En su momento sólo granjeó disgustos y amarguras a su autor, pero hoy, incluso la izquierda que milita en los partidos comunistas -salvo el núcleo estalinista, que lo sigue habiendo- asume el discurso crítico que contienen sus páginas. Boris fue tachado de ultraderechista, y aún hoy ciertos sectores de la izquierda francesa le recuerdan y le citan como un traidor miserable y apestado. Yo creo que, en ese libro, se limitó a ser honesto y a hacer un análisis concreto de la realidad concreta, como mandan los cánones del más puro leninismo.

Seis años después de su publicación, en 1941, mientras él buscaba en Niza la manera de sacar a su familia de la Francia de Vichy, la Gestapo entró en la casa de Boris en la rue des Beaux Arts y se llevó los más de 15.000 volúmenes que componían su biblioteca. Con ellos, además de un tesoro que le había costado 30 años reunir, desaparecieron todos los proyectos literarios que tenía planeados. Una lástima. Cuando se montó en Lisboa en el barco que le iba a llevar a Nueva York, había salvado la vida, sin duda, pero la pérdida de su biblioteca le dolía casi tanto como si hubiera dejado a un hijo en manos de los nazis. Muchos años después, seguía recordando el episodio con dolor. Y yo le entiendo.

25/02/2006 13:48 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 5 comentarios.

CLÁSICOS DEL REPORTAJE

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Vale que la Administración derrocha dinero. Existe Televisión Española; los vestidos de las azafatas del AVE cuestan un riñón y no lucen nada en esas chicas tan estiradas; hay decenas de profesores universitarios que hablan en clases llenas de subvencionados-becados que pasan de todo; pisos de protección oficial que blanquean dinero de narcos y destrozan la costa al mismo tiempo, y una cantidad ingente de directores generales, jefes de área, secretarios de estado y rectores-gerente que sólo recurriendo a la más hábil retórica podrían justificar sus cargos. No hace falta ser un neoliberal depredador del Estado del bienestar para ver cómo ese dinerito que se sustrae a los ciudadanos alimenta tanta absurdez. Pero, de vez en cuando, en esa Administración se cuelan personas con criterio y sensibilidad que, en lugar de tirar por el retrete el dinero que le asignan para sus funciones, lo "administran", provocando extrañeza y admiración (porque aplausos y reconocimiento, poco, que de eso no se gasta mucho en este país). Es el caso de Antonio Pérez Lasheras, director de Prensas Universitarias de Zaragoza, que se ha ganado el cielo sólo por editar la colección Larrumbe, Clásicos Aragoneses, y preocuparse por que sus títulos no se llenen de polvo en los depósitos de una biblioteca pública esperando que algún estudiante escriba una cita de Bisbal en sus márgenes, sino que luzcan sin complejos en las librerías.

Tienen una edición tan estupenda que ha merecido algún premio importante que no recuerdo y que hace que sólo hojearlos resulte un placer. No soy capaz de encontrarle pegas a la colección, que alguna tiene que haber. En ella se han reeditado libros que ni en los más recónditos anaqueles de las librerías de viejo podían verse ya. Y son libros fundamentales para la cultura aragonesa, muy maltratada y necesitada de muchos mimos. Están actualizados con prólogos y estudios muy solventes, que los acercan al lector de hoy. En 2004, uno de los títulos más destacados fue Casa Viejas, de Ramón J. Sender, con un estudio preliminar de Ignacio Martínez de Pisón que entronca con su ensayo Enterrar a los muertos, del que creo que ya he hablado en este blog.

Estudiamos grandes clásicos del periodismo norteamericano y hemos marginado una muestra de reporterismo moderna, audaz e impecable como es este Casas Viejas. Toda una lección de periodismo de la que hay mucho que aprender. Para quien no lo sepa, Casas Viejas es un pueblo andaluz donde, en 1932, se produjo un amotinamiento anarquista, uno de tantos de los que sacudían el hambriento campo andaluz. Sin embargo, la represión de la Guardia Civil, en este caso, fue feroz y desmedida, y abrió una grave crisis en el Gobierno republicano de Azaña, acusado de ordenar la carnicería. Aunque este extremo nunca logró demostrarse, la sombra de la duda no se desprendió de la figura del líder republicano ni después de su muerte, pues todavía hoy, tanto desde la derecha como desde la izquierda, son muchos quienes creen que fue el "autor intelectual", como se dice ahora, de los hechos. Sender voló hasta el villorrio para "cubrir la noticia", como se diría hoy, y fruto de su visita fueron la serie de reportajes que se recogen en este volumen. Si alguien quiere saber algo de cómo hacer buen periodismo, no tiene más que leerlo.

Esperemos que Larrumbe no decaiga y siga editando estas joyas imprescindibles.

25/01/2006 00:21 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 8 comentarios.

EL ARCHIVO DE SALAMANCA

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Severiano Delgado, historiador y bibliotecario de la Universidad de Salamanca, y aragonés para más señas, muy cabreado por la imagen que el asunto del Archivo está dando de la ciudad en la que vive, me pide, por favor, que difunda esta protesta para dejar claro que no todos los salmantinos son unos fachas. Ya sabíamos que no era así, pero nunca está de más dejarlo claro. Ahí va el mensaje que Severiano me ha hecho llegar:
Mensaje urgente de Salamanca al mundo
Muchos salmantinos nos sentimos avergonzados y humillados por la actuación caciquil y ridícula de nuestro alcalde, y pedimos al mundo que no mida a todos los vecinos de esta pobre ciudad con el mismo rasero que a don Julián Lanzarote, una de las personas más incultas de Castilla y León.
No hace falta ser un lince para darse cuenta de que en realidad al alcalde salmantino, al Partido Popular en general, el Archivo General de la Guerra Civil Española le tiene sin cuidado. Ese buen hombre comenzó su mandato guillotinando el prólogo de un libro de regalo editado por el Ayuntamiento, por el mero hecho de que lo firmaba el anterior alcalde, socialista. Ordenó el derribo de un depósito de agua de mediados del XIX, una joya de la arquitectura del hormigón armado, contra el criterio de todos los especialistas. Impulsó la construcción de un auditorio en un solar del Casco Histórico, empeño en el que no cejó hasta que la Unesco amenazó con retirar a la ciudad el título de Patrimonio de la Humanidad. Lleva gastados tres millones de euros en su obcecación personal por derribar unas casas del XIX adosadas a la muralla. Ha visto como los tribunales anulaban una tras otra sus cacicadas en materia de urbanismo y de despidos de contratados municipales...
Salamanca pierde población cada año. A pesar del aspecto juvenil que percibe el visitante, a causa de las decenas de miles de estudiantes de fuera, esta ciudad y provincia envejecen sin pausa. Pues bien, todavía está por ver alguna actuación de Julián Lanzarote, que también es presidente provincial del PP, para dinamizar la economía de esta provincia. En su lugar se dedica a menospreciar, insultar y denigrar cualquier cosa que proceda del Gobierno. En su lugar se ceba en remover los más viles sentimientos de la gente para sembrar el odio, el rencor y la mala baba. Cualquier cosa es buena si sirve para atacar a esos socialistas que entraron en el Congreso subidos en un tren de Cercanías.
Con su arrogancia servil y su sectarismo reaccionario, el alcalde de Salamanca ofende a todos los salmantinos que queremos simplemente vivir con dignidad en una ciudad culta, próspera y libre, que ojalá fuera conocida en el mundo por tener un ambiente liberal, cosmopolita y moderno, no por ser la cueva donde habita todavía lo más negro de la carcunda.
18/01/2006 19:26 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 148 comentarios.

MITOS DE LOS 80

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Por aquel entonces, a mi sólo me preocupaban las pegatinas de los bollicaos y de los phoskitos. Demasiado ocupado estaba yo completando mi colección de cromos de coches como para preocuparme por semejantes melonadas, pero amigos más viejos y más sabios, que por aquel lejano 1987 se dedicaban a levantar barricadas y a tirar piedros a la policía, sí lo recuerdan con claridad. Y uno de ellos, muy activista, desde Móstoles y Carabanchel, de la memorable huelga estudiantil de aquel año, odia al Cojo Manteca. "Joder, tanto discurso, tanta organización y tanta lucha, para que al final sólo quedara de aquello el cabrón del Cojo Manteca destrozando con la muleta el cartel del metro de Banco de España". Profunda indignación por la capacidad de los medios para crear iconos.

Otro amigo, también más viejo y más sabio que yo, no puede oír hablar de la Movida madrileña ni de Enrique Tierno Galván. Cuando encuentra un reportaje laudatorio y nostálgico, empieza a refunfuñar y rememora la misma anécdota: "Currábamos acondicionando locales de Madrid. Y, una noche, nos metimos una soba de casi 20 horas para dejar listo un garito que al día siguiente tenían que inaugurar Nacho Cano, Alaska y toda esa peña. Y, ya para el final, cuando estamos reventados de dejarnos la piel, mi compañero va y dice: ’Yo admiro mucho a esta gente, porque son artistas’. ¡Artistas! ¡Artistas, dice el tío! Me faltó esto para estamparle la máquina en la cabeza. Y esa noche hubiera dormido en Carabanchel, pero a pierna suelta". De Enrique Tierno Galván cuenta: "Yo estaba allí cuando se subió a un escenario, le dio una calada a un porro y soltó: ’¡Yo me enrrollo, tú te enrrollas!’ Sí, hombre. Por eso estaban los maderos en la puerta, por si se me ocurría enrrollarme, darme dos hostias. Menudo fraude".

Pero como yo ni soy viejo ni sabio, me hace mucha gracia todo esto, pero una gracia un poco amarga. Ahora que los 80 están mitificados por la cultura neo-pop dominante, yo los evoco como algo amargo. No sé, recuerdo mi casa, el papel pintado, las ropas, la música, y me da un poco de pena. TVE ha emitido una antología de La Edad de Oro y me lo he pasado pipa viéndola, pero no creo que haya nada que rescatar de aquel entonces. Prefiero ver cómo se indignan mis viejos y sabios amigos, sobrios militantes de base de un Madrid duro y jodido, muy distante de la Movida de colores que se ha reinventado ahora.

Foto: El Cojo Manteca (Efe).

13/01/2006 16:03 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 7 comentarios.

UN CASINO DE LA "BELLE ÉPOQUE"

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Un regalo para los oscenses. Lo publico hoy en Heraldo de Aragón.

Lleva un siglo presidiendo Huesca y todo el mundo lo conoce como el “Casino”, aunque su verdadero nombre es el Círculo Oscense. Está en la plaza de Navarra, pero no pregunte en la ciudad por ella, porque todos la llaman plaza de Zaragoza. Desde luego, quien puso nombres a esa zona de Huesca no acertó en nada. Nadie le ha hecho caso. Así que no hay callejero que valga: para entendernos, habrá que hablar del Casino (donde, para rizar más el rizo, sólo se jugó unos pocos años, pues después se prohibió) de la plaza de Zaragoza.

El año pasado, el edificio, una de las cumbres del modernismo arquitectónico aragonés y famoso hoy por albergar la Taberna de Lillas Pastia, cumplió un siglo, completamente rehabilitado e integrado en la vida de la ciudad tras mucho tiempo de abandono y algún periodo de maltrato. Para celebrarlo, el Ayuntamiento y la Diputación Provincial de Huesca acaban de editar un libro de gran formato (“El Círculo Oscense. Cien años de historia”), donde se repasa su historia y se analiza cada detalle de su interior y de su exterior.

La historia de Huesca en el siglo XX no se entiende sin el Casino, en torno al que se ordena toda la ciudad actual. Su inauguración, en 1904, significó todo un hito para la burguesía local, ligada al partido liberal, de tradición progresista y moderadamente republicana. El objetivo de los constructores era dotar a la ciudad de un foco cultural y de un espacio de referencia para el desarrollo político y social. Todo ello, al gusto de esa burguesía europeísta, la misma que en Barcelona impulsaba por aquellas fechas las obras de Antonio Gaudí. Y ese gusto era el modernista.

Escritores, artistas, periodistas, políticos y científicos hicieron del Casino de antes de la Guerra Civil su segundo hogar. Ramón Acín dibujaba y exponía allí, mientras charlaba y tomaba café con Julio Alejandro, guionista de las películas de Luis Buñuel. Había música en sus salones y cualquier excusa era buena para organizar un baile.

Manuel Camo
El promotor del Casino fue, sin embargo, un cacique. El cacique de la provincia, en realidad. Manuel Camo, político liberal muy influyente en Madrid. Fue el impulsor, siguiendo el pensamiento de su paisano Joaquín Costa, entre otras cosas, del Canfranc, de los Riegos del Alto Aragón y del canal de Aragón y Cataluña. Durante un tiempo, la ahora plaza de Navarra (o de Zaragoza) llevó su nombre.

La obra se financió tras constituir una sociedad por acciones en la que participaron los más destacados burgueses, políticos y profesionales liberales de la sociedad oscense de la época. Y a esa sociedad privada perteneció durante cerca de 50 años.

Cuando se construyó el Círculo, Huesca no tenía más de 13.000 habitantes, entre los que destacaba una influyente y pujante clase de profesionales de las artes aplicadas y decorativas, animada por el desarrollo urbano de la ciudad. En los últimos años del siglo XIX, nuevos hoteles, cines y teatros crecieron al calor de esa burguesía necesitada de lugares de ocio, y aglutinó a un ejército muy preparado de pintores, ebanistas, doradores, escayolistas, broncistas y tapiceros. Con ese fermento, el interior del Círculo estaba destinado a convertirse en un exponente del modernismo decorativo.

Así, entre 1904 y 1906 se fueron decorando y amueblando los salones destinados al billar, a los bailes, a la tertulia y, por supuesto, a los naipes y otros juegos de azar.

Pero esta historia ocurrió a comienzos del siglo XX en España. Por entonces, España era un país pobre, y la burguesía de Huesca no era la de París. Ni siquiera era la de Barcelona. Por tanto, el Casino sufrió problemas económicos desde el principio. La escasez de recursos dilató el proceso de decoración y acondicionamiento de los salones, que no se remataron hasta 1915, once años después de la inauguración oficial del edificio.

En 1910 comienzaron las verdaderas dificultades. La persecución de los juegos de azar fue un duro golpe para este club social, que se financiaba en buena medida gracias a sus ingresos, que completaba con lo que obtenía del billar y del arriendo de la cafetería. Los socios sólo pagaban una cuota de tres pesetas que no cubría los gastos.

Nuevos ritmos
Los años 20, los de la “belle époque”, hicieron del lugar un centro de referencia para la juventud. Cada fin de semana, cuartetos, orquestas y orquestinas tocaban ritmos que venían del otro lado del Atlántico y causaban furor entre los chicos y la chicas de Huesca: el fox trot, el quick step o el supertango. Los promotores del Círculo habían logrado su objetivo al fin. El edificio se había alejado del modelo elitista de club de caballeros británico y, pese a ser una institución privada, era sentida como propia por toda la ciudad.

Los años de la República, con Ramón Acín al frente de la programación cultural del Casino, fueron el penúltimo periodo de esplendor del lugar, con multitud de exposiciones, charlas, tertulias y conciertos.

Un esplendor que se truncó en 1936. La Guerra Civil dejó la ciudad de Huesca en el bando nacional. Ramón Acín, militante anarquista, fue fusilado en agosto, y casi todos los habituales del Círculo, de simpatías republicanas, huyeron de la ciudad o fueron apresados por las autoridades sublevadas. El Ejército ocupó el Casino y lo usó como cuartel y hospital hasta mucho después de la guerra.

En 1951, lo que quedaba de la junta del Círculo Oscense cedió la propiedad al Ayuntamiento, quien se hizo cargo del edificio en 1953, una vez desalojados los militares. En 1955 empezaron los trabajos de restauración y en 1977 comenzaron a arrendarse partes de él. El proceso ha seguido hasta la actualidad, de forma que la institución ha cumplido 100 años con mejor aspecto que nunca.

La casa de Ramón Acín
El Círculo Oscense, convertido en los años 30 en la casa de la cultura extraoficial de Huesca, recibió una influencia enorme del dibujante, escultor y escritor Ramón Acín, autor de las Pajaritas, uno de los símbolos actuales de la ciudad.

La academia de dibujo que dirigía, que durante muchos años estuvo en su propio domicilio, acabó ocupando una parte del Casino, que era algo así como su segunda casa. En los años 30, el artista expuso buena parte de sus creaciones en las salas modernistas del edificio, como demuestra la invitación que se reproduce encima de este texto, perteneciente a una muestra organizada en mayo de 1932.

En 1930, Acín expuso una selección de caricaturas de Manuel de Arco y, en julio de 1932, organizó un Salón de Humoristas Aragoneses. Aunque quizá la muestra más emotiva fue la antológica de Félix Lafuente en 1925, dos años antes de su fallecimiento. Lafuente fue maestro de Acín y, en el año de la exposición, estaba muy enfermo y al borde de la pobreza. El autor de las Pajaritas, junto a un grupo de amigos del viejo pintor, organizaron la muestra para sufragar los gastos básicos del maestro.

La relación de Acín con el Círculo terminó con su muerte. Pocos días antes de ser fusilado, el 6 de agosto de 1936, asistió a su habitual tertulia en el café del Casino.

31/12/2005 14:30 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 2 comentarios.

MUJERES REPUBLICANAS EN TERUEL

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Javier Díaz, concejal de cultura de Mas de las Matas, en Teruel, no para. Es una de las personas más entregadas que he visto, y está haciendo de su pequeño pueblo un referente estatal del republicanismo con una ejemplar recuperación de la memoria histórica. Estoy convencido de que si el Grupo de Estudios Masinos (GEMA), al que pertenece, estuviera ubicado en Cataluña o en Madrid, todos los dias daría la matraca en los medios de comunicación, pero ya saben los de Teruel que cualquier iniciativa es cinco veces más dura en tierras aragonesas (y más, si se desarrolla lejos del paraguas de Zaragoza).

Javier edita dos boletines electrónicos en los que recopila información dispersa sobre patrimonio aragonés (Cuadernos de Cazarabet) y sobre memoria histórica (El Sueño Igualitario). Ni se imagina el favor que nos hace a los que estamos interesados por estos temas, con una labor callada, meticulosa y constante. Pues bien, no contento con ello, no para de organizar actos, ciclos, conferencias, homenajes... Ya tiene a punto el tercer coloquio "El republicanismo en la historia de Teruel" (11-12 de febrero), dedicado este año a las mujeres. Este es el programa:

  • Mujer y República
  • Mujeres libres
  • Mujeres milicianas
  • Mujeres en la represión, el exilio y el Holocausto
  • Memoria e historia
  • Presentación del informe sobre la Recuperación de la Memoria en Aragón
  • Proyecto "Amarga Memoria"
  • Presentación del Memorial Democrático de Cataluña
  • Presentación del libro "Cambriles"
  • Exposición "Aragonesas del 36 y "Mujeres en Ravensbrück"
  • Pase de documentales

*Foto: una mujer de Cerro Muriano (Córdoba) huyendo de un ataque aéreo franquista el 5 de septiembre de 1936. Robert Capa.

27/12/2005 13:14 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 1 comentario.

ANDREU NIN

20051227001519-nin.jpgEn busca de Andreu Nin (Plaza y Janés), del periodista José María Zavala. Con prólogo de Stanley G. Payne.

 

Quien busque en este volumen (como ingenuamente hice yo) una biografía del que fuera líder del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), torturado y asesinado en mayo de 1937 por comunistas pro soviéticos, que desista desde ya. En busca de Andreu Nin es, más bien, un frustrado relato policíaco sobre "un mito silenciado de la Guerra Civil", según reza el subtítulo.

 

Bueno, señor Zavala, no dudo que estuvo mucho tiempo silenciado, pero ya ha llovido mucho y no sólo se han escrito un porrón de páginas sobre ese "mito" (en las que usted se ha basado para escribir su libro, por otra parte), sino que existe una fundación muy activa que, desde Barcelona, mantiene viva su historia. Creo que Andreu Nin está suficientemente rehabilitado en el imaginario colectivo, al menos, en el de los historiadores.

 

Está bien, sin embargo, que un periodista (buen divulgador, a priori), sacuda el polvo de los anaqueles de las bibliotecas y ponga en manos del público lector, con un estilo con gancho y una narración acertada, un episodio histórico que no tiene por qué ser patrimonio de los especialistas. Lo que no puede pretender ese divulgador es presentar como original lo que no es más que un refrito de muchas lecturas. Tampoco puede ese divulgador abusar del recurso de la contextualización para rellenar páginas sin cuento con relatos históricos generales. Es decir, que para contarme qué hacía Nin en la URSS no necesito treinta páginas de divagación sobre los hechos que llevaron a la Revolución rusa. Me basta con que me remita a una obra general, por si yo quiero saber más. Para seguir su relato me sobran unas pinceladas. Con el abuso de esas "contextualizaciones", la historia de Nin, la chicha, apenas ocupa una cuarta parte del libro. Asimismo, el espíritu divulgativo no excusa citar correctamente. Hay que decir de dónde se ha sacado la información, no se pueden transcribir diálogos enteros sacados de libros que ni siquiera se citan y cuya veracidad no ha sido mínimamente puesta a prueba. Señor Zavala, debería saber que todo escritor es un mentiroso compulsivo: no se fíe al buen tuntún de lo que lea por ahí. Póngale, al menos, un asterisco de duda ("según fulano...") y cúrese en salud. Por cierto, la bibliografía comentada, amiguista y tendenciosa, que incluye al final sólo sirve para que veamos qué malos eran los comunistas, pero no aclara nada sobre Andreu Nin. Y hay libros muy buenos, de verdad.

 

El suyo, desde luego, está por debajo de las expectativas que crea. Sí, nos aclara un par de detalles sobre su muerte, detalles sobre los que debería haber girado el libro, pero que están desplazados de su eje. Señor Zavala: ya sabemos que Stalin era muy malo y que sus secuaces y las checas fueron horribles instrumentos de represión política. Díganos algo nuevo. Cuéntenos mejor quién era Andreu Nin, que a sus asesinos de sobra les conocemos. A no ser, claro está, que usted quiera que lea su libro en términos "actuales" y saque una serie de conclusiones sobre la realidad política de hoy, pero estoy convencido de que usted no busca eso, ¿verdad?

 

Yo, por mi parte, sigo en busca de una buena biografía de Andreu Nin.

 

 

27/12/2005 00:15 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria No hay comentarios. Comentar.

LIFSCHITZ, NO SOUVARINE

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Una pequeña corrección:

Dos artículos más abajo, digo que la mujer de Joaquín Maurín se apellidaba de soltera Souvarine. Es falso. Se apellidaba (o se apellida, no sé si sigue viva) Lifschitz, que era el verdadero apellido familiar. Souvarine fue un alias que su hermano Boris se puso en 1916, tomándolo prestado de Émile Zola. Con ese nombre pasó a la historia. Mil perdones. Ahí va un retrato del fundador del Partido Comunista de Francia. Lo pintó Yuri Annenkov en 1926.

22/12/2005 20:31 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria No hay comentarios. Comentar.

SUCIOS TRAIDORES

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Detestables y apestados. Dan pena.

Hoy he invertido media tarde en el periódico editando un larguísimo artículo que saldrá este domingo sobre el paso de Joaquín Maurín por la cárcel de Salamanca. Al final, el autor, Severiano Delgado, hace unas breves alusiones a su exilio en Nueva York, apartado de sus antiguos camaradas, sin querer saber nada de ellos, profundamente anticomunista, metido en sus libros, en sus recuerdos, en su infierno particular. Para muchos rojos de pedigrí que no han olido los orines de una celda franquista ni en sueños, el que fuera secretario general del POUM es, incluso muerto, un apestado, un traidor, un social-fascista. Un bastardo. De nada le sirvieron sus años en las cárceles de Franco. Creo que ni la gauche divine ha acudido en su rescate.

Al evocar la amargura de Maurín no he podido evitar recordar el último libro de Ignacio Martínez de Pisón, Enterrar a los muertos, que es, más que una rigurosa investigación, un homenaje a John Dos Passos. Dos tiene mucho en común con el aragonés Maurín. Y con otro aragonés de la Franja, Ramón J. Sender. Los tres fueron comunistas y acabaron aborreciendo el comunismo. Los tres fueron tachados de traidores por sus viejos camaradas. Los tres creyeron ingenua y férreamente en un anticuado y "burgués" sentido de la integridad. Los tres acabaron amargados, incomprendidos. Los tres renunciaron a dar explicaciones de sus cambios de rumbo. Para qué. Estaban ya sentenciados.

Hoy, por suerte, muchos restituyen su memoria, aunque a ellos ya nada les pueda importar. Hoy se presentan como barones rojos, caballeros en tiempos del hombre ("Esta no es una guerra de caballeros, es una guerra de hombres", cito de memoria las palabras del padre del Barón dichas en la sensacional peli de los años 70). Pero si hoy escribo de ellos no es por ningún sentido de justicia póstuma. Sencillamente quiero dejar constancia de que hoy, gracias al artículo de Severiano Delgado, soy un poco menos ignorante.

Gracias a él me he enterado de que la esposa de Maurín, la francesa Jeanne, se apellidaba de soltera Souvarine: era hermana de Boris Souvarine, secretario general del Partido Comunista Francés en los años 20 y 30 y, según dice una biografía suya que compré en el último de mis veranos franceses, fascinado por su figura tras leer algunas alabanzas en varios libros, es el primer desencantado del comunismo. Pero soy muy inconstante. He empezado mil veces la biografía y nunca la he terminado. Quizá sea momento de leer la biografía de una vez, ahora que he encontrado hilos entre los personajes (lo siento, para mí son ya personajes, en el mejor sentido del término). Quiero saber qué relación unía a los dos cuñados. A los dos desencantados. A lo mejor, juntos, apoyándose el uno en el otro, soportaron mejor la incomprensión de los estalinistas. Si no fue así, fantasearé con ello. Igual, con un poco de suerte, encuentro un hilo entre Maurín y Panait Istrati, otra alma cándida de aquellos años, dramaturgo rumano que escribía en francés y muy del entorno de Souvarine. Maurín también era escritor. Tenían de qué hablar. También puedo fantasear con ello.

21/12/2005 01:18 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria No hay comentarios. Comentar.

LOS TURISTAS REVOLUCIONARIOS

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Publicado en Heraldo de Aragón el 18 de diciembre de 2005. 

Hace unos 20 años, un hombre se acercó a la sede madrileña del Partido Comunista de España (PCE) y pidió entrevistarse con el responsable del archivo, que entonces era Domingo Malagón. Cuando consiguió verle, abrió la voluminosa cartera que llevaba y plantó frente al archivero un lote de negativos de más de 1.200 fotografías. Ante el asombro de Malagón, el extraño sólo dijo que era mejor que esos materiales se custodiaran allí que en su domicilio, y se marchó sin que hasta la fecha se haya podido localizar al enigmático donante.
Cómo y por qué tenía ese valioso fondo documental sigue siendo un misterio. En él hay imágenes de las batallas de Madrid y de Teruel, del Congreso de Escritores de Valencia y de la despedida de las Brigadas Internacionales en Barcelona. La mayoría de las fotos no han sido identificadas, pero dos investigadores franceses, Michel Lefebvre y Rémi Skoutelsky, reconocieron en ellas una serie hecha por el fotógrafo Walter Reuter.
Parte de ese sensacional y misterioso legado de la Guerra Civil, además de otros muchos documentos procedentes de archivos y colecciones particulares de Europa y América, se exhibe hasta el 17 de enero en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, en la exposición “Las Brigadas Internacionales. Imágenes recuperadas”, cuyos comisarios son los mencionados Lefebvre y Skoutelsky. La muestra es un recorrido visual, en parte inédito, por la obra de los mejores fotógrafos del bando republicano, con los combatientes voluntarios extranjeros como eje central. No faltan imágenes de Capa, de Alfonso, de Agustí Centelles, de los hermanos Mayo... Cartas, documentos, salvoconductos, recortes de prensa y portadas de revistas completan la panorámica.
Confuso romanticismo
Entre julio de 1936 y octubre de 1938, unos 35.000 jóvenes de más de 20 nacionalidades combatieron en las trincheras españolas en el bando republicano, encuadrados en las Brigadas Internacionales. Aunque fueron creadas por la Internacional Comunista (Komintern) y bendecidas por Joseph Stalin, en sus filas lucharon jóvenes de izquierda de sensibilidades y condiciones distintas, movidos en muchos casos por un confuso romanticismo. Su actuación contribuyó a proyectar la simpatía por la causa republicana en todo el mundo.
La mayoría, unos 9.000, fueron franceses, como francés fue su comandante, el comunista André Marty, que organizó a los voluntarios en seis brigadas desde su base en Albacete. Las seis actuaron en Aragón en distintos momentos de la guerra, por lo que buena parte de esos 35.000 brigadistas pasó por el frente que partió en dos la región, y muchos dejaron su vida en los Monegros, en Teruel o en Belchite.
La brigada Thaelmann acompañó a la columna Durruti, que salió de Barcelona en el verano de 1936 con el objetivo de conquistar Zaragoza. Varios batallones de tres brigadas combatieron en la batalla de Teruel, en el invierno de 1937-1938: la Thaelmann, la Dombrowski y la Abraham Lincoln. Asimismo, todas participaron en la retirada de Aragón, cuando la ofensiva franquista de la primavera de 1938 rompió el frente y partió en dos la zona republicana, dejando aislada a Cataluña.
De ese paso hay testimonio en la muestra y en el catálogo que la acompaña. Testimonios trágicos, como la foto de Vladimir Copic, representante del Partido Comunista de Yugoslavia en la Komintern y comandante de la famosa brigada Abraham Lincoln, tomada en una plaza de Teruel a finales de 1937. Unos meses después, cuando regresó a la URSS, fue ejecutado por el régimen de Stalin, que amañó pruebas para acusar a muchos brigadistas de ser espías del Tercer Reich en unos procesos judiciales con guión escrito previamente.
Una multitud se agolpó en Barcelona para presenciar el desfile de despedida de los brigadistas, el 28 de octubre de 1938. A muchos, como al escritor George Orwell, España les cambió la vida.

19/12/2005 21:14 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 1 comentario.

EL FUGAZ SUEÑO REPUBLICANO DE JACA

 Publicado en Heraldo de Aragón el 4 de diciembre de 2005

"Delenda est monarchia”. Hay que acabar con la monarquía, en castellano. Así terminó José Ortega y Gasset su artículo “El error Berenguer”, publicado en “El Sol” el 15 de noviembre de 1930. Quienes lo leyeron ese día, incluidos el Rey y el Gobierno, se convencieron de que el advenimiento de la República era cuestión de poco tiempo.
El Ejecutivo, presidido por el general Dámaso Berenguer, había descubierto un plan para derrocar la monarquía, dirigido por un gobierno en la sombra autodenominado Comité Revolucionario de San Sebastián y apoyado por todas las fuerzas políticas antimonárquicas, que tenían previsto levantarse el 15 de diciembre.
Lo que no sabía Berenguer era que en una tranquila y pequeña ciudad del Pirineo aragonés, un impetuoso, joven y altivo capitán iba a proclamar la República por su cuenta. Fue la sublevación de Jaca, que creó los dos primeros mártires republicanos y mantuvo en vilo al país durante tres días.
Este mes se cumplen 75 años de aquellos acontecimientos. Una serie de actos programados en Jaca recordarán, a partir del día 12 de diciembre, el golpe fallido que hizo que los ojos de toda España se quedasen fijos en Aragón y que se estremeciera la maltrecha y agonizante monarquía de Alfonso XIII. Entre ellos, destaca una amplia exposición titulada “La libertad soñada”, que se inaugurará el día 12 en el Palacio de Congresos de la ciudad altoaragonesa. Su comisario, el historiador oscense Manuel Benito, ha reunido casi 50 fotografías, algunas muy raras, así como cuatro uniformes de la época, una ametralladora, cartas y manifiestos del levantamiento.
“En Jaca hay verdadero orgullo entre las gentes de izquierda por ser la cuna de la Segunda República -asegura Manuel Benito-. Luego, en el 36, se pagó un precio muy alto por ello”. Benito coincide con la mayoría de los historiadores en que las ejecuciones de Galán y García Hernández hicieron crecer las simpatías hacia la República.
Héroes póstumos
Los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández -cabecillas del amotinamiento de Jaca, junto a su compañero de armas Salvador Sediles- fueron fusilados la tarde del 14 de diciembre en el polvorín de Huesca. Exactamente cuatro meses después, la República por la que se pronunciaron vio la luz en España, convirtiéndoles en héroes póstumos de la causa republicana.
Las manifestaciones pidiendo amnistía para Sediles y el resto de militares y ciudadanos implicados en el golpe llenaron las calles de las principales ciudades los
días anteriores a las elecciones del 13 de abril de 1931, de las que surgió la República. Para el régimen naciente, Jaca fue un referente, casi un mito fundacional que generó una amplia gama de lo que hoy se llamaría ‘merchandising’: chapas, insignias, banderines...
Como recuerdo de aquellos
días, en Jaca queda un Círculo Republicano, heredero del que apoyó entonces, como brazo político, la insurrección armada. Esa institución es la que mantiene el peso de la memoria y, hace dos años, promovió que el Ayuntamiento erigiese un monumento a los capitanes que se pronunciaron.
El capitán Fermín Galán, de 31 años, llegó al cuartel de la Victoria, sede del Regimiento de Infantería Galicia, en el verano de 1930. Republicano y masón, odiaba con todas sus fuerzas la monarquía, la sociedad estamental y no pocos aspectos del Ejército del que formaba parte. En aquellos días, sin embargo, encontró muchos espíritus afines entre sus compañeros de armas, especialmente en la tranquila Jaca, donde los numerosos oficiales pasaban largas horas de sobremesa en los cafés hablando de política. Ángel García Hernández y Salvador Sediles, también capitanes, fueron sus más firmes apoyos.
Conspirador
Según Esteban C. Gómez y Fernando Martínez de Baños, dos de los más destacados historiadores que han estudiado el episodio, casi toda la oficialidad de Jaca debía estar al corriente de las actividades conspiratorias de Galán, que iba y venía con mucha frecuencia a Madrid, aprovechando permisos de fin de semana, para reunirse con miembros del Comité Revolucionario.
El propio Gobierno sabía de las andanzas de Galán y el director general de Seguridad, el general Emilio Mola (más tarde, “director” del 18 de julio de 1936) le escribió una carta en noviembre rogándole, en términos amables y tratándole de “amigo”, que abandonase sus planes de sublevarse.
Pero nada amilanó al capitán. Pasadas las cuatro de la madrugada del viernes 12 de diciembre de 1930, salió del hotel Mur, donde había pasado la noche en vela con algunos camaradas, y se dirigió al Regimiento de Infantería Galicia. Con un grupo de adeptos, apresó al oficial de guardia y mandó formar a la tropa para anunciarles que la República había sido proclamada en España y que debían salir del cuartel bajo su mando para unirse a sus “hermanos” de Huesca.
Comenzó así una sublevación que llevó a casi 600 soldados de infantería hasta las puertas mismas de Huesca; que generó una huelga general de apoyo que paralizó el país casi una semana; que animó movimientos insurreccionales en las Cinco Villas, con la institución de una junta revolucionaria en Gallur, y que, el día 15, forzó un segundo levantamiento militar en la base aérea de Cuatro Vientos (Madrid), en el que el hermano de Francisco Franco, Ramón, sobrevoló el Palacio
Real lanzando sobre él miles de pasquines republicanos.
Galán, García Hernández y Sediles, tras controlar Jaca, lograron reunir bajo su mando unos 700 hombres. Dejaron a 100 en la ciudad y marcharon con el resto, repartidos en dos columnas (una por carretera y otra por ferrocarril). A las 23.30, llegaron a Ayerbe, donde recabaron nuevos apoyos, víveres y armas antes de salir, a eso de las 3.00, hacia Huesca.
Allí, en las afueras, en un paraje conocido como la colina de Cillas, les aguardaban los cañones de 75 milímetros del regimiento de Castillejos, al mando del general Dolla y trasladados desde Zaragoza. El enfrentamiento se produjo a las 7.00 del sábado 13 de diciembre. Fue el fin de la aventura de Galán, que fue apresado con todos sus hombres y fusilado al día siguiente en el polvorín de Huesca.
A la espera
Pendientes de juicio quedaron 77 soldados y civiles y el capitán Sediles, que había logrado evitar, con una hábil defensa, sufrir la suerte de los otros cabecillas. Algunos permanecieron fugados varios meses, como el escritor oscense Ramón Acín, militante anarquista, amigo de Galán y muy involucrado en el golpe.
Cuando, por fin, en marzo de 1931, se constituyó el Consejo de Guerra -presidido por el general Franco, entonces director de la Academia General Militar-, también se sentaron en el banquillo los soldados de Jaca que, aunque no se unieron a la sublevación, no se resistieron a ella. Pero para entonces la monarquía estaba al borde de la hecatombe y Jaca era un mito popular, por lo que las peticiones de amnistía fueron un clamor por toda España.
La historia sigue despertando pasiones hoy, como demuestran los numerosos y recientes libros publicados, como los de los historiadores mencionados. También inspiró una novela, ahora reeditada, escrita por Alfonso Zapater, “Los sublevados”. En la actualidad, el director aragonés Miguel Lobera, galardonado en la última Semana de Cine de Fuentes de Ebro, está rodando un documental sobre el tema.
Héroes para unos y villanos para otros. El drama de las dos Españas tuvo un preludio en Jaca.

09/12/2005 18:53 Enlace permanente. Tema: Memoria Hay 3 comentarios.