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EL GRANDÍSIMO SETH MACFARLANE
Los Simpson cumplen ahora veinte años. Hace por lo menos diez que dejaron de interesarme, hace mucho que se me hicieron pesados, facilones y viejunos. Pero no por ello dejo de reconocer su grandeza, su condición de monumento televisivo, emblema cultural e icono generacional. Son unas de las grandes creaciones de la cultura popular, pero para mí murieron hace mucho. Como todo mito, ha generado esporas, imitaciones y vástagos más o menos afortunados. A Los Simpson debemos muchas cosas, no todas buenas, y la más grande es la eclosión de ese duende vitriólico, más corrosivo que el ácido sulfúrico, llamado Seth MacFarlane, padre de Padre de Familia, imitación de Los Simpson que ha superado con mucho al modelo que plagiaba, rebasándole en genialidad, agilidad, mala uva y profundidad. Y en escatología, por supuesto.
Ahora, Seth MacFarlane se ha metido en YouTube y produce unos brevísimos cartoons semanales que le patrocinan empresazas como Burger King y cadenas hoteleras. Todo lo que toca es oro, así que se lo rifan. Son piezas geniales, con la mala uva condensadísima. Aquí os pongo una pequeña muestra: Bob Dylan, Tom Waits y Popeye en un backstage; Ted Nugent, rudo rockero facha y amante de los rifles, siendo visitado por el fantasma de las navidades pasadas; una rana que parece encantada (pero no por sortilegio), y una escenificación de un chiste que empieza "entra un caballo en un bar y el camarero dice: ’Vaya cara más larga".
Están en inglés sin subtitular ni nada, pero seguro que todos habéis cursado el inglés en mil palabras y no tenéis problema alguno en entenderlo. Poned oído, que son tronchantes.
LA O CON UN CANUTO

La crisis económica no ha traído una revolución con profusión de sangre, con guillotinas eléctricas funcionando a toda máquina en la Puerta del Sol (era el sueño húmedo de Valle-Inclán, cuando no le daba por cabalgar en pos del legítimo rey Don Carlos). Los rascacielos de la Castellana Bis de Florentino tampoco han sido asaltados, incendiados y reducidos a escombros. Y sobre esas brasas humeantes no se ha asado, cortados en chuletillas, a los banqueros y ladrilleros que se lo han llevado crudo todos estos años.
No, la gente se ha ido al paro ordenadamente y sin molestar. Era previsible, hace tiempo que desistimos de asaltar el Palacio de Invierno, pero hay recochineos que se salen de madre.
Ayer vi la última apuesta de esa cadena buenrollera y tan supuestamente izquierdosa que dice ser La Sexta. Se llama El aprendiz y es la adaptación de un reality americano (of course, en España no hay un solo programa original) que al otro lado del charco apadrinaba Donald Trump y aquí un tal Lluís Bassat.
Igualico, vamos. Mientras que Trump es casi un personaje de cómic, un icono -risible y caricaturesco, claro, y precisamente por eso más icónico todavía-, Lluís Bassat es un señor que a duras penas conocen los alumnos de las escuelas de marketing y de publicidad que no se pasan las clases jugando al mus en la cafetería.
Pero, claro, en España, el equivalente más próximo a Donald Trump era Jesús Gil, que sólo presentaba programas montado en Ponderoso o con dos chatis en un jacuzzi.
Dejémoslo pasar: Bassat tiene menos carisma que tu profesor de matemáticas de segundo de BUP, pero a los tontacos pijines que han hecho un MBA en Georgetown seguro que les pone palote la perspectiva de encontrarse con este señor. Supongo que querrán ser como él de mayores.
Hay más diferencias con la versión americana del reality: en Estados Unidos empezó a emitirse antes de que estallase la crisis. Estaba en sintonía con unos tiempos en los que cualquier licenciado en empresariales acumulaba millones de dólares cada mañana comprando y vendiendo acciones falsas de Madoff. Pero, entre el estreno de aquel programa y el de El aprendiz se ha hundido el sistema financiero que el programa glorificaba, millones de personas se han visto en la puta calle y miles de empresas se han ido al garete. Y se ha derrumbado precisamente por el dominio de personajillos de esa calaña, de tiburones empresariales que, tras la tormenta, han mostrado su verdadera faz de chanquetes hipertrofiados.
Pues en La Sexta, en vez de instarles a agradecer que el pueblo al que han dejado en bragas no les haya guillotinado en masa y esparcido sus higadillos en un foso lleno de hienas, vienen encima con recochineo. A buenas horas, mangas verdes. Emprendedores, dicen.
El programa no ha tenido audiencia. Lógicamente: en las otras cadenas estaba Belén Esteban. Y, francamente, para ver a unos niñatos con la estupidez subida y satisfecha hablando de cash flow y de beneficio neto antes de impuestos, yo también me paso a la Esteban. Y al arsénico también.
Y eso que he de reconocer que, como programa de humor, tenía un punto. En el que vi, la prueba consistía en vender aceitunas y encurtidos en un mercadillo. Les dieron material por valor de 700 euros y tenían que obtener el mayor beneficio posible.
Madre mía, la que liaron.
Era reconfortante ver a una cuadrilla de pijos con veinte masters del universo y expertos en no sé cuántas cosas que terminan en -ing intentar hacer una cosa que el gitanillo menos espabilao hace a diario sin despeinarse.
Con 700 euros de encurtidos, el Charly y el Jonatan -los gitanillos del rastro aludidos- se sacan, tirando por lo bajo, 2.000 euracos. Y, además, mientras colocan la mercancía, mangan siete relojes y diez carteras a sus clientes, que se van satisfechísimos y pensando que el Charly y el Jonatan son la mar de majos y que hay que volver a comprarles aceitunas el próximo día de rastro.
Pues estos troncos no supieron sacar más de 90 euros de beneficio después de tirarse una mañana planificando estrategias de venta y calculando márgenes de beneficios. Uno que, al parecer, era "experto en cálculo", vendió las aceitunas por debajo del precio de coste, porque después de tres horas haciendo cuentas en un cuaderno y calculando porcentajes de margen de beneficio, resultó que el tío no sabía sumar ni restar. A las tipas se les cayó al suelo un bote entero de manzanilla -y no las vimos recogerlas: dejaron la calle hecha un asco-. Qué maligno gusto daba verles incapaces de atarse los zapatos.
Pero es un confort momentáneo, porque luego te paras a pensar que tipos así son los que dirigen la mayoría de las empresas. Y por tiparracos como esos se va la gente honrada y currela a la calle, mientras ellos se quedan tan panchos en su traje de Armani, mirando el horizonte con cara ovina y perorando sobre sinergias e implementaciones, satisfechos de su cultivadísima ignorancia (porque hay que esforzarse mucho para ser tan tonto).
Yo, como retrato de estos neoyuppies, me sigo quedando con American Psycho (en la foto). Por lo menos, allí se decían frases con sentido, como: "Sé que mi comportamiento de homicida masivo es completamente inaceptable, pero no encuentro otra forma de realizarme".
EL FATUM
El tema principal y casi único de The Wire es, por supuesto, el fatum. Que no es un oscense de tiempos romanos*, sino el destino, aquello contra lo que no se puede luchar.
En el esquema clásico de las tragedias grecorromanas, el héroe se rebela contra su destino. Por lo general, sin éxito, llevándose muchos disgustos y cabreos por el camino. Porque contra el fatum, amigos, ni siquiera los dioses pueden hacer nada. Su personificación son las Parcas, que tampoco son zamarras del H&M, sino seres que dan mucho miedito y carecen de piedad. Como Jorge Javier Vázquez, pero a lo bestia.
En The Wire, como en toda tragedia, hay personajes que asumen el fatum y otros que no. Estos son los llamados héroes. La genialidad de la novela negra es que introdujo un sutil cambio en la actitud del héroe, dotándole de ambigüedad: empieza el relato cínicamente, plegándose al fatum, pero, por lo bajini, barrunta rebelarse sin que el resto de los personajes se den cuenta de la rebelión, hasta que esta estalla en un único y sonado gesto que coincide con el clímax de la obra.
Los cristianos, mucho más mojigatos que los griegos y los romanos, llamaban a esto -a cuando Edipo se arranca los ojos- redención.
The Wire coge estos elementos de la tragedia clásica, combinados con las aportaciones de los maestros del género negro del siglo XX, y crea una obra genial sobre el fatum y su triste e irrevocable inevitabilidad. Los pesimistas creemos que es inútil oponerse al fatum, porque suele hacer de su capa un sayo, pero cuando un pesimista se rebela, pese a saber de antemano que está condenado a perder, se reviste de una dignidad esperanzadora que ilumina al público y aspira a hacernos mejores humanos. Nos indican, por si no lo teníamos claro, que no importa el resultado, importa el cómo.
Como casi todo en la vida: es una cuestión de saber estar. Es algo que no se aprende en las escuelas de negocios ni en tu casa. Lo aprendes cuando te toca, generalmente en un día gris, cuando la mierda te empieza a subir por encima del cuello.
Leonard Cohen resumió el temblor del héroe a punto de desafiar a su fatum en dos bellos versos de First We Take Manhattan:
You loved me as a loser,
but now you’re worried that I just might win.
Es decir, que me amaste como un perdedor, pero ahora, bellaca, estás jodida porque ves que podría llegar a ganar.
De eso va The Wire. Por eso me gusta.
*Para los que nos sintonizan desde fuera de Aragón: fato es el calificativo despectivo que recibe alguien de Huesca, fundamentalmente de la capital de la provincia.
ENGANCHADO A BALTIMORE

Sé que no descubro nada, que llego tardísimo, que todo el mundo lo sabe ya, pero como tampoco tengo vocación de coolhunter, me la pela. No sé por qué he tardado tantísimo en empezar a gozar de ella, pero ahora que lo he hecho confirmo todos y cada uno de los elogios que se le han hecho: The Wire es cojonuda.
Perdón, lo expresaré en términos académicos, críticos y poéticos: es la repolla en vinagre, la puta ama. No es que sea buena, es que se sale de los márgenes de medición. Es una fucking obra de arte, un relato a la altura de las mejores novelas de Dostoyevski, Tolstoi, Galdós, Flaubert, Hugo y Dickens juntos.
Con The Wire, han recuperado el relato totalizador, ese tan denostado por la posmodernidad, ese realismo tan demodé para los más listos de la clase. Sus creadores no sólo cuentan bien una historia coral, sino que van hasta el fondo, perfilando un retrato de la sociedad actual en el que todos podemos reconocernos. Como quisieron Hammett, Carver y los grandes de lo negro negrísimo.
No explicaré de qué va la vaina, pues todo el mundo estará enterado ya: The Wire (en argot policial, algo así como "el pinchazo") cuenta varios casos -uno por temporada- en los que se involucra un grupo de maderos de Baltimore, ciudad podrida, medio muerta y machacada por una severísima reconversión industrial. Los casos se investigan mediante escuchas telefónicas y micros ocultos, y así, la serie ofrece también el otro punto de vista, el de los malos malotes, con sus movidas y trapicheos.
Y claro, resulta que los malos a veces son malos porque no les queda más remedio que serlo, porque si se les ocurre ser buenos, les pegan un tiro.
Y también resulta que los maderos son unos hijos de puta, que se putean entre sí para salvarse el culo.
Y resulta también que, cuando tiran del hilo de las escuchas, asoma la patita la corrupción política, y acaba resultando que la mierda llega a todas las instancias y niveles, y nadie parece interesado en limpiarla, y ya nadie sabe quiénes son los indios y quiénes los vaqueros.
Género negro del bueno, del que pretende reflexionar -en tono chungo y pesimista- sobre qué coño estamos haciendo en este mundo y cómo el egoísmo de unos pocos que mandan mucho puede arrastrar a la inmundicia a la gran mayoría que sólo puede asentir o echarse a un lado.
Me encanta todo de la serie, pero muy en especial su tono y su ritmo. Los actores están muy bien, pero me da la sensación de que están mejor dirigidos que actuados. No hay nada dejado a la improvisación en la narración: todo encaja, todo es significativo, no hay tiempos muertos ni pausas dramáticas. Sus creadores han asimilado bien una vieja lección que sólo los grandes saben aplicar: la muerte y la desesperación no precisan de énfasis ni de subrayados. En las tragedias se impone el tono neutro y el estilo directo.
Pero esa fotografía... Esa forma de acariciar los ambientes urbanos ruinosos, las naves industriales del puerto hechas pedazos, esa arquitectura industrial herrumbrosa y marchita... Qué poesía, qué maravilla, qué hondura y qué delicadeza. Es un trabajo de maestros. Una obra de arte.
Estoy enganchado. Que digo enganchado, enganchadísimo.
Nota saliente para desprejuiciados: la mejor combinación para The Wire, aparte de unos shots de bourbon, es cualquier videojuego de la saga GTA. Tienen la misma pretensión puntillosamente realista y la misma querencia por la mugre.
Foto: sí, son los maderos. El segundo por la derecha en la segunda fila es el detective James MacNulty, un antihéroe bogartiano y atormentado con un papel muy bien escrito y mejor interpretado.
UNITED STATES OF TARA

No he visto Juno, la primera (y oscarizada, que se suele decir) peli de Diablo Cody como guionista, pero sí que me he tragado la primera temporada de United States of Tara, que produce y escribe (produce ejecutivamente, pues los millones para pagarla los ha puesto Steven Spielberg) y puedo quitarme el sombrero ante ella. Y ante Spielberg, que demuestra tener muy buen gusto para invertir sus ahorrillos.
United States of Tara tiene muchas virtudes, y la mayor de ellas no es la actuación de Tony Colette -a cuya gloria actoral se consagra-. Creo que en España no la echan en abierto, sólo en Paramount Comedy, pero ahí tenéis la Mula, mientras Teddy Bautista no nos fulmine con su rayo exterminador. Eso sí, por favor os lo pido: en versión original subtitulada. El doblaje le hace un daño terrible a esta serie, destroza por completo el trabajo interpretativo de Tony Colette, que realmente es soberbio.
Recapitulo brevemente para despistados: United States of Tara va sobre una madre de familia (Tara) que sufre un trastorno de personalidad múltiple. En el momento menos esperado, se transforma en cualquiera de las tres personalidades que habitan en ella: un ama de casa de los años cincuenta, un camionero machista y camorrero y una adolescente salida.
Sí, yo también torcí el morro cuando leí el planteamiento. Pensé que estaba ante una porquería incomible, a la altura de Salvados por la campana o Mis padres son marcianos. Pero no. Es una gran serie dramática que no trata sobre la personalidad múltiple, sino sobre la vida y sus miserias, en la línea cuasicostumbrista de la gran tradición novelística americana que escarba con crueldad en el cruel y cínico mundo de los suburbios de casitas con jardín.
Tony Colette es la gran estrella sobre la que descansa casi todo el peso de la acción, pero los demás actores no se quedan mancos. El marido es mi querido John Corbett, el viejo locutor de la K-Oso de Cicely en Doctor en Alaska. Han pasado los años, y ha vendido la moto, se ha casado (la boda la vimos todos en Mi gran boda griega, ¿os acordáis?) y ha sentado la cabeza, con un buen trabajito y una casa en las afueras. También ha ganado unos kilos. Ya no es el outsider empapabragas que vivía en una caravana junto a un río, pero ha madurado con dignidad. También como actor: está soberbio en su papel de padre y marido enrollado, aunque siempre firme.
Los dos hijos están muy bien también, especialmente él, interpretado por un jovencísimo talento llamado Keir Gilchrist, que interpreta a un adolescente gay sin ningún exceso, con mucha maestría. Si le pulen bien, este chico está llamado a hacer grandes cosas en el cine.
La hermana de Tara la interpreta Rosemarie DeWitt, una segundona de las series de última hornada (salió en los primeros capítulos de Mad Men) que a mí, personalmente, me pone mucho. Es la tía enrollada y desquiciada, y también está muy bien en su papel. Todos habríamos querido tener una tía como ella.
Con estos mimbres, Diablo Cody ha ideado un relato estupendo. Nada deslumbrante, muy contenido, pero profundo, verosímil, emocionante y muy bien contado, con ritmo y tono adecuados. Es un relato que va sobre lo difícil que es quererse y lo gratificante que es amar (ojo, amar, no ser amado, que es muy distinto) cuando la vida te lo pone difícil. Es una historia sobre aceptación y apoyo, sobre gente maja y honesta que trata de hacer la vida más agradable y cómoda a quien quiere y tiene al lado.
Por supuesto, se hacen daño. Mucho daño. Y la historia, a diferencia de lo que sucede en otras series -donde, al final de cada capítulo, todo vuelve a su sitio- parece despeñarse sin remedio. Parece que se hunde día a día en las negruras de una situación imposible, que rompería los nervios de cualquiera. No hay moraleja ni imperativos éticos, sólo fuerza de voluntad. Siguen ahí porque se quieren, nada más. Y ese es el punto fuerte de la serie.
Además, los capítulos duran muy poco, media horita de nada, algo muy de agradecer. La concisión narrativa siempre es una muestra de respeto al espectador-lector, y hay que aplaudir a quien te trata con esa consideración.
FRASES DE JACK DONAGHY

Alec Baldwin estaba muerto, pero llegó Tina Fey y le resucitó. Y el tío se elevó cual Ave Fénix de la televisión para mayor gloria de la serie 30 Rock, de la que ya he hablado alguna vez aquí.
En 30 Rock, Baldwin es Jack Donaghy, el ejecutivo republicano de la NBC que aspira a presidir General Electric. Los guionistas le regalan tres o cuatro perlas salvajemente machistas y cínicas en cada capítulo, y él sabe hacerlas brillar. Pequeños ejemplos:
Jack (a Liz Lemon): Estoy orgulloso, serías un estupendo hombre de negocios.
Liz: Mujer de negocios.
Jack: No creo que eso exista.
Tengo 50 años, que son como unos 30 de mujer.
No, Kenneth, tú no eres un hombre blanco: sociológicamente, eres una prostituta vietnamita.
Las mujeres neuróticas son... son estupendas en la cama. El desprecio que sienten por sí mismas les lleva a hacer cosas que...
El detective: Tiene que borrarse de ese club exclusivo de blancos.
Jack: No es exclusivo de blancos, Johnny Carlos tiene rasgos étnicos.
El detective: Ese no cuenta, Jack, es el rey de España.
LA SERIE DE LOS HAS BEEN

En Hollywood, los has been (literalmente, los ha sido) son los trastos viejos, los actores que marcaron una época pero que ahora se tuestan al sol rememorando anécdotas y dándole la brasa al enfermero del asilo. Creo que Billy Wilder, según contaba su amigo de última hora Fernando Trueba, quería hacer una peli sobre un asilo de has been, que vendría a ser un cruce entre La extraña pareja y Sunset Boulevard. Se retiró antes, se convirtió él mismo en un has been.
Hay una serie ahora, llamada Boston Legal, que además de ser bastante divertida, rescata a tres grandes has been de la televisión: William Shatner, Candice Bergen y John Larroquette (este último, incorporado después, no pertenece al elenco original). Tres actores encasilladísimos y con una carrera más pasada que los turrones en abril. Y ahí están los tres, renacidos de la mano de unos guionistas talentosos, y hasta es posible que superen su encasillamiento y disfruten de un ocaso más que digno.
William Shatner fue el capitán Kirk del USS Enterprise en Star Trek, y en Boston Legal hace, precisamente, de un has been: un abogado tiburón que lo ha ganado todo y que ahora se consume en las fases primeras del Alzheimer. No es un papel trágico, sino cómico, una burla de la decadencia llevada con mucha gracia.
Candice Bergen fue Murphy Brown, y no ha cambiado mucho de registro en Boston Legal. Sigue haciendo de profesional impoluta, aguerrida y devora-hombres. El interés de su personaje es que no asume envejecer, lo lleva fatal, pero su sensatez siempre acaba imponiéndose, su inseguridad nunca degenera en crisis. Una pena.
John Larroquette fue... ¡John Larroquette, tíos! ¡El fiscal de Juzgado de guardia! Uno de los histriones más brutales de la comedia bufa televisiva y el galán catódico más inverosímil. Ha encanecido y ha ganado dignidad. Parece que la serie hace guiños constantes a su pasado de Juzgado de guardia y lo presenta como si aquel personaje hubiera sentado la cabeza en la senectud y aplicara su sabiduría vital a encauzar las desordenadas vidas de sus jóvenes pupilos.
Con estos tres mitos vivientes de la tele, los guionistas explotan un nivel de lectura sutil, sólo para fans muy fans, que resulta de lo más divertido, jugando con los límites entre el actor y el personaje.
En España, esto no se puede hacer, porque los actores se mueren actuando, nunca llegan a ser has been. Además, aquí, hasta el último mono de una sitcom va por la vida con solemnidad de "actor de culto" perdonavidas. Ninguno tiene el sentido del humor necesario para dejar de tomarse en serio y reírse de sí mismo. Estos tres han demostrado tenerlo sobradamente.
Nota de promoción: si no llueve ni nieva ni graniza, a partir de las 12 estaré el 23 de abril en la caseta de Tropo Editores, creo que junto a Carlos Castán (durísima competencia, no me comeré un colín). Por la tarde, a partir de las 17 o de las 18, estaré otro rato por allí. Si os pasáis, traed alcohol para rellenar mi petaca.
SABOR DE SOLEDAD

Aunque detesto dar y recibir consejos y recomendaciones, aquí van un par, para predicar con el ejemplo. Una: si no has viajado a Estados Unidos, hazlo cuando tengas oportunidad. Descubrirás un país complejo -y un raro espejo donde los europeos nos miramos- que gana con cada visita, donde los tópicos y sus refutaciones se dan de tortas en cada esquina, donde los prejuicios se confirman y se desmienten de forma cambiante cada cinco minutos. Y dos: cuando lo visitéis, no importa dónde, no os marchéis sin antes dedicarle un rato a uno de los puntales de su cultura popular, la tele. Darse un garbeo por el enmarañado mundo del cable, de la CNN a los canales latinos en español pasando por los delirios locales, puede ser más ilustrativo y ejemplar que una clase sobre antrolpología cultural americana en Harvard.
No soy objetivo. Me encanta la tele. Ya sé que como presunto intelectualillo letraherido debería adoptar una pose altanera, pero es que no me sale llamarla caja tonta. También es cierto que no me trago lo que me echen, que apenas veo la tele en abierto y que en los últimos tiempos veo más televisión en el ordenador, siguiendo mis series favoritas un día después de que las echen en Estados Unidos, que en el aparato del salón. Pero aun siendo un espectador atípico que no termina de encajar en ningún target de los que manejan los anunciantes, hago testimonio público de mi fe catódica.
Y como acto litúrgico de esa fe, acudí en peregrinación a una de las mecas de mi religión: el Rockefeller Center de Nueva York, entre las calles 48 y 51 y la Quinta y Sexta avenidas de Manhattan. Allí, entre otras muchas cosas, tiene su sede la NBC, el canal major que inventó y llevó a la gloria el género de la sitcom (de sus estudios han salido Friends y Seinfeld) y que domina como nadie la comedia urbana, gamberra e irreverente. Allí se hace desde 1975 Saturday Night Live, la mayor cantera de cómicos del país, que empieza siempre con un skech protagonizado por el invitado que se remata con la frase que abre el programa a grito pelado: "Live from New York City, this is Saturday Night!".
Esos tíos dominan como maestros la liturgia del show business. Desde los tiempos de los gladiadores, no se habían visto espectáculos de masas tan prodigiosos e hipnotizantes como los que ha dado la industria televisiva americana. La cosa ha llegado a unos niveles de delirio y sofisticación tales que ahora triunfan por doquier parodias del propio invento. Discursos metatelevisivos, tele dentro de la tele, la tele como tema y objeto. Se lo cuentan a Jacques Derrida y se vuelve a morir del susto.
30 Rock es la sitcom de la NBC que parodia el mundo de la tele. Y no lo hace en un hipotético canal de un hipotético país para evitar herir susceptibilidades. Lo hace ambientando la acción en los mismos estudios de la NBC en Rockefeller Center, contando el día a día del equipo de un late night sospechosamente parecido a Saturday Night Live (de donde procede su artífice, guionista, productora y protagonista: Tina Fey). En España la emiten en La Sexta a las dos de la mañana. Es decir, que para el caso da lo mismo si no la emiten, porque es evidente que no la ve nadie.
En mi peregrinación catódica ritual, recalé (por segunda vez en mi vida, lo mío es de psiquiatra) en la tienda de la NBC, donde se puede encontrar merchandising de lo más ingenioso. No se limitan a vender camisetas y gorras con el logo de las series, sino que se curran unas bromas muy ocurrentes sobre momentos y situaciones que sólo pueden entender los fans. Por supuesto, le di caña a la visa y me llevé unas cuantas para mi colección de camisetas, pero mi favorita es una que reproduce una bolsa de gusanitos mexicanos Sabor de Soledad ("¡Muy crujientes y afectados!"), que hace alusión a una de las bromas más crueles de la serie.
En 30 Rock Tina Fey es Liz Lemon, directora del late night y cómica friki e inadaptada. Tiene 38 años, vive sola en un apartamento de mierda y por su vida van pasando hombres a cual más desastroso y miserable. No lleva nada bien ni envejecer ni su deriva sentimental, y de cuando en cuando le asoman unas ganas de ser madre que no puede satisfacer. Para colmo, tiende a engancharse a la comida basura, y se pasa un capítulo entero comiendo unos gusanitos mexicanos llamados Sabor de Soledad. La cosa coincide con un retraso de su regla, así que se hace una prueba de embarazo que da positivo.
La trama del capítulo muestra cómo crecen las ilusiones de Liz, cómo se imagina ya siendo madre, cómo va a organizar su caótica vida y cómo ve que las cosas empiezan a salirle bien, aunque crea que el padre es un ex noviete gañán del que no termina de despedirse. Pero, al final del capítulo, a Liz le viene la regla. Resulta que los gusanitos mexicanos (llamados, insisto, Sabor de Soledad) están hechos con semen de toro, y en el paquete se especifica que su consumo puede provocar falsos positivos en pruebas de embarazo.
Con su mezcla de humor burdo y cruel y de tragedia sentimental, este episodio me parece más que brillante. Especialmente porque sirve como ejemplo del valor del punto de vista de la narración. La vida de Liz Lemon se cuenta como una comedia, pero bien podría ser un drama. Tina Fey escoge contarla desde el lado cómico. Isabel Coixet, probablemente, le pondría banda sonora de Antony And The Johnsons y subrayaría con largos planos-secuencia la angustia que experimenta Liz Lemon en su acongojado corazón. Y podría hacerlo sin alterar un ápice la trama. Sólo hay que cambiar el punto de vista.
Los dramas o las comedias no están en las historias, sino en la voz de quien las cuenta. Es el narrador quien decide si algo es gracioso o triste, y un mismo episodio puede ser ambas cosas. Se puede jugar también con la ambivalencia, dando más profundidad al relato. Nada es dramático o cómico per se. Depende de nuestra mirada y de nuestra forma de verlo y de volver a construirlo.
Por eso la comedia es más arriesgada y requiere de más inteligencia, talento y técnica: porque estamos más acostumbrados a dramatizar que a reirnos. Ante una historia como la de Liz Lemon, la mayoría de los narradores escogerían tratarla como una peli de Isabel Coixet. Hay que tenerlos muy bien puestos y tener un sentido narrativo muy desarrollado para escoger el lado ácido y contarla como una comedia. Ojo, digo una comedia, no una caricatura: el personaje de Liz Lemon tiene una talla humana y una fuerza empática innegables. No es un monigote. El narrador no le pierde nunca el respeto, y eso es importante para que el asunto no derive en una farsa.
Por eso me gusta 30 Rock. Y por eso me he comprado la camiseta de Sabor de Soledad.
Otro rato cuento algo más interesante del viaje.
MOULIN AU LAIT CRU
Cenamos unos amigos la otra noche en un restaurante de la Inmortal. Todos periodistas, y pese a ello, con cierta entereza mental. El vino corre, la conversación se anima y alguien suelta:
"¿Vistéis el programa ese de Cuatro de 21 días, lo de la tía que quería ser anoréxica?"
Catacrac. Lluvia de improperios. Se calienta la charla, a ver quién la suelta más gorda. Entre las opiniones (publicables) que recuerdo:
-¿Pero de qué va esta tía y los de Cuatro?
-Estoy hasta las glándulas mamarias de este falso reporterismo-ficción de chichinabo.
-Vale, tía, no comes, ¿y qué?
-¿Alguien sabe de qué iba el programa?
-Pues yo la enviaba a Darfur.
En su primera entrega, cuando se hizo pasar por indigente, pensé que el "experimento" perdía todo su valor desde el momento en el que la tipa llevaba a un cámara y a un técnico a la chepa. Al margen de lo interesante o fatuo que pueda resultar el asunto, está claro que la presunta espontaneidad de los testimonios es más farsa que la farsa monea. ¿O vosotros conocéis a alguien que actúe con naturalidad cuando le enfoca una cámara? Pasa algo parecido con Callejeros, que la gente ya se ha acostumbrado a la fórmula y, en cuanto ven al reportero, actúan al estilo Callejeros.
Pero lo de la anorexia va más allá y se adentra sin rubor en el cenagoso mundo de la vergüenza ajena. Me da pampurrias ver a esa niñita pija diciendo "o sea" y "joder" (o "jopetas", ya no recuerdo) mientras cuenta: "Pues yo es que pensaba que iba a dolerme la tripa, o sea, ¿no? Y, o sea, pues como que no, es más una sensación como de buen rollo, ¿sabes?". Un discurso incisivo, concreto, descriptivo y, a la vez, elegante. ¿Cómo se puede fingir una enfermedad? Que no, tía, que no, que es ridículo.
Meterse en la piel de alguien no es eso. Si quieren que sintamos el drama de la anorexia o de vivir en la calle, el periodismo profesional tiene sobradas herramientas narrativas para transmitirnos las emociones, sentimientos, opiniones y rutinas de las personas que lo sufren. Se llama hacer un reportaje. Y si lo haces bien -y es difícil, ojo, hacen falta talento y oficio, dos cosas que no siempre van unidas-, el espectador empatiza y comprende a los personajes retratados. Desde luego, con quien no empatizo es con una niñata tontita que hace pucheritos mirando a cámara en la versión CEAC de un ejercicio del Actors Studio.
En esas estábamos en la cena, coincidiendo en estos argumentos y entonando un alegato romántico por ese viejo periodismo que usurpan las niñas pijas callejeras, cuando se hizo un breve silencio y nos llegó un ramalazo de la conversación de la mesa de al lado. Decían:
-¿Y vistéis cuando lleva ya tres días sin comer, lo mal que lo pasaba?
-Es que dicen que te puedes volver anoréxica de pasar sólo una semana sin comer.
-Jo, ya, y hay gente que hace páginas web para que haya más anoréxicas, con trucos y eso.
-¡Qué vergüenza!
-A mí, el programa me impactó mucho.
-Muchísimo, fue brutal. Qué bueno. Qué valor el de esta chica.
Nos quedamos callados. De repente, nos sentimos viejos, apesadumbrados y fuera del tiempo. Sentimos que no había lugar para nosotros en la galaxia, que nos habían arrollado para siempre, que no entendíamos una mierda del mundo que nos rodea.
Ya lo saben, amigos, mil millones de moscas no pueden estar equivocadas. Nosotros, desde luego, sí. Dan ganas de hacer mutis y retirarse a un caserío a hacer queso. El otro día vi en la televisión catalana una serie de la BBC titulada El mundo del queso, y creo que no se me daría mal cuajar una buena leche de vaca, diseñar un envoltorio rústico e ir de pueblo en pueblo por el Béarn vendiendo mis Moulin au lait cru (ya tengo el nombre y todo). No lo descarto.
Porque si el futuro es esto, el periodismo que yo hago está acabado:
EL ASESINO CATÓDICO
Columna Del revés, publicada hoy en el suplemento MVT de Heraldo.
La peli de la que hablo, como providencialmente ha investigado el detective Rondabandarra (gracias, amigo), existe, no la soñé. Se titula Kamikaze, la dirigió en 1986 Didier Grousset y uno de sus guionistas fue (cágate, lorito) Luc Besson. Así que no iba muy desencaminado en mis delirios (perdonad las erratillas, si las hay, pero es que he tenido que cortipegar desde el PDF y el volcado de texto da errores que hay que corregir a mano. Puede que se me haya pasado alguno).
Puede que lo soñara -aunque espero que no, ya que, si así fuera, debería empezar a contarle mis sueños a un buen psicoanalista lacaniano de la línea dura-, porque la he buscado por Internet no he encontrado nada que se le parezca, pero juro o prometo que vi hace años una película espantosa y delirante de un tipoque asesinaba a presentadores de la tele a través de un pistolón de rayos que apuntaba a lapantalla de su televisor. El rayo mortífero hacía el recorrido inverso a la señal catódica hasta llegar a la cámara del plató, salía por el objetivo y dejaba frito al presentador. Tras unas cuantas muertes, las teles dejaron de emitir en directo, y los sagaces investigadores concluyeron que el asesino tenía que ser un sociópata adicto a la tele, que la tuviera encendida incluso aunque no hubiera programación. Así, rastreando a los que ven la tele entre las dos y las cinco de lamadrugada en París -sí, amigos, la película era francesa hasta las cachas: ¡toma excepción cultural y NouvelleVague!- localizaron al criminal. Obviamente, se trataba de un friki gordo y resentido que envidiaba a los guapos y listos que salían por la tele y que se había fabricado un cacharro de rayos para cargárselos. Otro talento que la NASA pasó por alto.
Bien pensado, puede que aquello no fuera un bodrio, sino una sofisticada alegoría de la postmodernidad. De hecho, creo que algún libro de Michel Houellebecq o de Le Clézio o de Amélie Nothomb -o de los tres a la vez- tiene un argumento parecido.
Hoy, en cualquier caso, esta alegoría sería imposible, pues la emisión de las cadenas es contínua las 24 horas, y ese es unode los mayores errores que han cometido los programadores. Porque hoy ya no podríamos localizar al gordo matapresentadores, porque la Familia Real no puede salir despidiendo la emisión con el himno, porque la niña de ‘Poltergeist’ ve anuncios de alargadores de pene en vez de los fantasmas de toda la vida y porque -y los noctámbulos que no madrugan coincidirán conmigo- no, ¡no queremos ver vídeos porno de Lucía Lapiedra en el móvil! Echamos de menos los tiempos en los que la tele descansaba por la noche, cuando el argumento de esa peli todavía era posible.
LA COLITA DEL SEÑOR DALÍ
"Y entonces las suecas cogían al pato, le cortaban el cuello, y la colita del señor Dalí iba al ano del pato".
Entrevistó Buenafuente el otro día a la Señora Ríus, institución burdelera de Barcelona -cuya vida se ha recogido en un libro- que contó este episodio sexual del señor Dalí, que ella presenció cuando era novicia. Yo no conocía esta anécdota. Habrá quien la vea como un acto surrealista y habrá quien diagnostique dos graves desórdenes en la conducta sexual de Dalí: zoofilia y necrofilia. Yo prefiero verlo como un acto precursor de la cocina de Ferran Adrià. El maestro del Bulli iría un paso más allá, embadurnando de nitrógeno líquido pato y pene (o pene y pato, no sabemos qué fue antes de qué) para crear una delicada espuma. El plato se llamaría: suave lecho de canard relleno de colita de Dalí. El precio sería, por supuesto, exorbitado, pero qué quieren: no todos los días se puede comer el miembro de un genio surrealista (salvo si eres bailarina de Pigalle, doctorando en Bellas Artes o crítico de prestigioso suplemento cultural a color, claro).
Y no sigo hablando de comida, que seguro que os entra hambre, como a mí.
Lo que de verdad me mola del tema es la expresión empleada por la Señora Ríus: "la colita del señor Dalí". Encantadora, fantástica. Si fuera poeta, titularía así mi próximo poemario. He leído todo Sade y no he hallado nada igual en sus páginas.
He aquí la parte de la entrevista donde se cuenta la anécdota. Abstenerse canónigos y catequistas:
HOSPITALES SIN MÉDICOS
Todos habréis visto ya este vídeo:
Y todos sabréis ya que se trata de un montaje, como se cuenta aquí.
El intermedio se la coló a Intereconomía TV. Los de esta tele recibieron por mail el vídeo de Wyoming abroncando a una supuesta becaria y, sin hacer pregunta ni comprobación alguna, lo dieron por bueno y lo emitieron. Además, lo colgaron en YouTube y se convirtió en la comidilla del día.
Nunca más pondré en duda las dotes interpretativas de Wyoming. La bronca era más que verosímil. En mi vida profesional, yo he asistido a broncas de calibre mucho mayor -por fortuna, ninguna dirigida a mí-. He visto salir a gente llorando a moco tendido, a gente destrozada después de haber sido arrollada por una máquina de emitir berridos. Y supongo que vosotros también (espero que desde la barrera abroncada y no abroncadora, no seais cabrones). Así que si hubiera sido una bronca real, no me habría extrañado nada, por más que alguna gente que ha trabajado en el cogollo de Mediapro (propietaria de La Sexta y Público, además de concesionaria de los informativos de la autonómica aragonesa) me haya dicho que Jaume Roures no consentiría jamás algo así, que esas cosas se miran mucho en sus empresas. Incluso aunque amigos y conocidos de Wyoming que no estaban en el ajo hayan publicado en sus blogs que jamás le han visto dar una voz más alta que otra.
Me alegra que la reputación de mi admirado Wyoming no sólo siga intacta, sino que se engrandezca con esta travesura catódica, y con la carcajada todavía resonando en mi caja torácica, me atrevo a lanzar un par de reflexiones a vuelapluma.
Habrá quien interprete este acto de sabotaje a la luz de la Internet 2.0, de las nuevas formas de comunicación que se van imponiendo. Y sí, tienen razón: pone de manifiesto la brecha entre quienes saben aprovecharse de las nuevas herramientas de comunicación y quienes están a verlas venir y se comen los mocos. Pero hay mucho más. Creo que esta broma ha sido posible hoy, en 2009, pero impensable, por ejemplo, en 1985. No porque entonces no hubiera email (se puede enviar una cinta de vídeo por correo ordinario) sino porque en 1985 los medios de comunicación todavía estaban en manos de periodistas. Y en 2009, no.
Como en 2009 ya no hay periodistas, cuando llega algo a una redacción, el personal no sabe darle un tratamiento periodístico, siguiendo los protocolos de la profesión. ¿Se imaginan qué pasaría si las urgencias de un hospital estuvieran llevadas por ejecutivos de marketing o por diseñadores de interiores? Las salas estarían perfectamente diseñadas y el hospital proyectaría una imagen sensacional y moderna al exterior, pero cuando llegase un enfermo, nadie sabría qué hacer con él, se moriría entre muebles neomodernistas. Pues eso pasa ahora mismo en muchos medios, especialmente en estos de chichinabo, como Intereconomía TV y demás.
Un médico sabe que cuando llega un enfermo hay que seguir un protocolo que le han enseñado y en el que ha sido entrenado, para diagnosticarlo y tratarlo. De la misma forma, un periodista sabe que cuando llega un material a su ordenador o a su mesa hay que seguir unos pasos, un protocolo profesional, antes de que ese material se convierta en una información. Cuando un periodista recibe un vídeo así, se interesa por quién se lo ha pasado, dónde lo ha conseguido esa persona y con qué intenciones se lo da. Al igual que los niños bien criados, un periodista no acepta regalos de desconocidos, tiene que fiarse de quien le cuenta las cosas. Y luego contrasta todo eso con las fuentes interesadas.
Pero como ya apenas quedan periodistas que hagan periodismo, se puede colar cualquier cosa. Por eso los medios actuales son terreno fértil para bromistas y saboteadores como el Follonero. Han descubierto que es muy fácil colársela a unas redacciones precarias, débiles, con muy poquita formación y cultura y desposeídas de las más básicas nociones de periodismo. Eso sucede cuando los contenidos de los medios se deciden en el despacho de marketing y no en la sala de redacción. El periodismo murió hace años, y estas bromas folloneriles sólo vienen a certificar su muerte.
Quedan reductos, excepciones a esa sentencia de muerte, pero cada vez pintan menos y se van arrinconando a los espacios marginales de los medios. Me gusta pensar que estoy enrocado en uno de esos reductos, que todavía puedo responder con dignidad profesional de lo que lleva mi firma.
Yo he rechazado historias que no me merecían confianza y que luego he visto publicitadas en otros medios. Unas pocas las he rechazado por exceso de celo, y al final han resultado ser ciertas, pero la mayoría de las veces se ha confirmado que eran un bluff. He metido la pata como todo el mundo, pero mis errores nunca se han debido a tocar de oídas ni a dar pábulo al primero que pasaba por mi puerta.
Quiero creer que podré seguir así, enrocado pero sin mancharme. A ver cuánto dura esto.
LA MUJER BIODRAMINA

Como todos los tontacos que siguen las series, estoy enganchado a Mad Men, la serie de los publicistas malotes, de los tíos engominados con hígados de acero inoxidable que fuman como locomotoras y se follan a sus secretarias.
Una de esas secretarias es Joan Holloway, interpretada por Christina Hendricks. Se pasea por la agencia de publicidad embutida en ceñidísimos trajes rojos que le marcan unas eses que no se pueden seguir con la mirada sin sentir mareos. Hay que tomarse una biodramina para seguir los pasos de esta mujer.
Parece un personaje de cómic, está logradísima. Esas caderazas, esas tetas que se acercan a la esfericidad perfecta, ese caminar bamboleante sobre tacones... Tiene un cuerpo de los que ya no se llevan. Es una mezcla entre Betty Boo y Sofia Loren. Es magnética, pero en el sentido literal: tiene su propia fuerza gravitatoria, consigue que el mundo haga órbitas en torno suyo.
¿Dónde ha estado esta chica todo este tiempo?
Alguien se ha dedicado a recopilar momentos suyos en la serie poniendo encima música de Queen. Disfrutadlo:
CORONAR ROLLOS CON BOMBOS
Según Natonal Geographic, las dos características básicas que definen a la especie de los ministros es que están dotados de un umbral de sorpresa bajísimo, de una mano especialmente floja a la hora de estampar rúbricas en cheques millonarios y que reaccionan de forma lúbrica y entusiasta ante neologismos polisilábicos que suenen a jerga especializada. Tú vas a un ministro, pongamos el de Sanidad, y le dices que tienes un lipograma vocálico que va a frenar la proliferación de las enfermedades de transmisión sexual entre la población joven, y el ministro se corre de gusto ahí mismo (sin condón ni nada) y te firma un cheque de 2.200.000 euros (sí, 2.200.000 euros, lo que no ganaremos en toda una vida de sufrido machaque lumbar) para que desarrolles ese proyecto magnífico que le has presentado en PowerPoint.
Luego tú coges la panoja, te vas a un bar de Moncloa y preguntas en voz alta: "¿Cuántos camareros de este local son actores a la espera de ser descubiertos por Almodóvar?". De entre las veinte manos que se levantarán ansiosas ante tí, escoges a dos propios, un tordo y una torda, les sueltas sendos billetes de diez euros y un catering de bocata calamares y te los llevas a rodar. "Vais a interpretar un lipograma vocálico", les dices. "Ah, no, yo no me desnudo por menos de 15 euros", te responderán. "No hay que despelotarse, que es un anuncio del ministerio", y zanjas la cuestión.
En el interín, has contratado también a un mandril apestado por la manada que presenta severas deficiencias cognitivas causadas por una coprofagia compulsiva combinada con tres siglos de endogamia. Le das un portátil Apple y le ordenas que escriba el lipograma vocálico a cambio de dos cáscaras de cacahuete. El mandril con severas deficiencias cognitivas escribe: "Yo no corono rollos con bombos". Bravo, se ha ganado una cáscara de cacahuete extra.
Así que ya tienes tu anuncio. Explicas a los legos que eso del lipograma vocálico no es una afección del páncreas, sino una figura retórica consistente en componer un texto usando una sola vocal. La o en este caso. Y ya está. Descuenta a tu minuta de 2.200.000 euros los 20 euros y los dos bocatas de calamares de los honorarios de los actores y las tres cáscaras de cacahuete del mandril (porque el ordenador Apple en realidad era uno de Fischer Price de cuando eras pequeño al que le habías puesto una pegatina de la manzana) y listo. Te lo has llevado crudo.
Te ha salido redondo: "Señor ministro -le dices en el cóctel de presentación, a cargo del ministerio, claro-, con este lipograma vocálico los jóvenes no sólo van a follar con condón y se van a reducir al mínimo los embarazos y las enfermedades, sino que el consumo de condones aumentará a niveles estratosféricos, lo que provocará un aumento desaforado de la producción, que repercutirá en una merma más que considerable de las listas del paro. El lipograma vocálico es la solución a la crisis".
Todo es perfecto. Por eso te jode tanto que aparezca un gañán con pintas de no gustarle el jabón que dice que le has plagiado, que lo del lipograma vocálico ya lo había hecho antes, que él es un rapero de pura cepa y que os vais a enterar, co. La pregunta es, como dice David Torres: ¿se puede plagiar la mierda? En teoría, todas las mierdas son bastante parecidas, pero, ¿puedo denunciar a mi vecino por deposicionar zurullos que se parecen sospechosamente a los míos? El gañán, que responde al nombre de Nach, cree que sí, aunque los que han salido defendiendo su honor y llevando a los tribunales han sido los de la agencia de publicidad. Normal, el pringao del Nach ese seguro que no tiene 2.200.000 euros en su cuenta corriente para pagar abogados.
¿A vosotros no os recorre un escalofrío por el espinazo cuando veis este anuncio?
JOYAS DE PADRE DE FAMILIA (2)

Esto es como cuando torturaron a Meg haciéndole ver los peores sketches de los Monty Python.
(Flashback donde sale Meg llorando frente a un televisor)
Meg: ¡No! ¡Soy una chica! ¡Ni siquiera me gustan los sketches buenos de los Monty Python!
MAINSTREAM LUXURY
Este domingo hemos estado ayudando a unos amigos en su mudanza de piso. Luego nos han invitado a comer, hemos bebido mucho vino y me he ido a trabajar unas cuantas horas al periódico, donde me he escrito una paginita entera bastante fatigosa de redactar. Así que no sólo no he respetado el descanso del día del señor (del señor que sea, yo me imagino a un notario con papada), sino que me he deslomado literalmente. Tengo el 90 por ciento de mi ser en modo off, y el 10 por ciento que sigue vivo se siente incapaz de bloguear nada. Así que permitidme que rescate una columnita de opinión que publiqué hace dos viernes en el suplemento MVT. Mañana más.
Uno de mis ídolos es Angus Fontaine, presentador de ’Viajero cinco estrellas’, una serie de reportajes sobre los hoteles y resorts más insultantemente caros del planeta. Fontaine, que tiene una de esas caras pánfilas que no te cansarías de abofetear, se da unos soberanos homenajes en sitios donde te cobran 5.000 euros solo por darte los buenos días, y siempre termina cada capítulo con una reflexión sobre la hospitalidad y lo amigable del servicio. Solo le falta decir, poniendo cara de ingenuo entrañable: "Qué curioso, cuando saco la Visa Platino, me salen amigos por todas partes". Yo rabio por ver lo que nos hurta el programa: la satisfacción que debe sentir el camarero que escupe en un cóctel de 20.000 euros.
Que yo sepa, Angus Fontaine no ha venido a España, y no parece que vaya a hacerlo. No lo hará si lee el estudio ’Country Brand Index 2008’, que coloca a este país que habitamos -junto a Japón- a la cabeza del ’mainstream luxury’. Lo traducen como "lujo para mayorías". En otras palabras, que según este índice, en España el turista puede gozar como un sátrapa a precios de mendigo. El socialismo turístico, amigos. ¿Entrará el arroz con ojos -llamado así porque de las gambas solo aparecen las cabezas, sin que nadie dé razón del resto del cuerpo- que los guiris degluten con pasión y sangría en la categoría de ’mainstream luxury’? Es más, ¿no es el concepto de ’mainstream luxury’ una paradoja o una contradicción en los términos? Si el lujo se hace masivo, ¿en qué se diferenciará de la vulgaridad? Para que los guapos se sientan guapos y los listos, listos, tiene que haber una mayoría de feos y tontos. Y para que Angus Fontaine se sienta "viajero cinco estrellas" tiene que haber una masa de mochileros apiñados en un tren con olor a pies.
Perdónenme, pero yo quiero que el lujo siga siendo lujo, incluso en estos tiempos de ERES. Yo quiero que Angus siga teniendo sitios donde beber coñacs de la bodega privada de Napoleón mientras siete vestales le hacen la pedicura. Quiero que la envidia y el escándalo sigan vigentes. Quiero jeques yemeníes y lords ingleses. Quiero decadencia y derroche. Quiero seguir teniendo personajes crueles y refinados para escribir sobre ellos.
PERLAS DE PADRE DE FAMILIA

Stewie: Cállate, o acabarás colgado en el jardín trasero como un vulgar galgo.
Brian: No bromees con eso. Para nosotros es como el Holocausto.
Stewie: Sí, claro. Cuando los galgos dirijan The New York Times y el Banco Mundial, me lo cuentas.
LA SÉPTIMA MUJER MÁS SEXY DE GALES

Lo voy a registrar como título de un futuro libro: La séptima mujer más sexy de Gales. Esta prestigiosa posición, en un país donde la belleza humana es un bien más escaso que el humor en los monólogos de Moncho Borrajo, corresponde a Eve Myles. ¿Prodigio de la naturaleza, exudación erótica, Venus postmoderna? Pues no. La séptima mujer más sexy de Gales, como se ve en la foto, tiene un pase con la boca cerrada y un par de meneos de Photoshop, pero en cuanto abre la boca deja ver unos piños más británicos que los sándwiches de pepino, con un agujero negro en el centro que los científicos del CERN alquilan para hacer experimentos subatómicos. Su publicista se ha cuidado mucho de filtrar fotos donde se vea.
En cualquier caso, una mujer que puede andar por la vida luciendo orgullosa el título de la séptima mujer más sexy de Gales merece toda mi admiración. No va a pasar a la galería de erotismo del blog, pero se merece unas líneas. Porque, aunque no os lo creáis, a los frikis de las islas menos afortunadas del planeta -las Británicas- esta tipa les pone gochos y con el mástil listo para zarpar, como diría el poeta.
Esta chica, nacida hace 30 años en la localidad galesa de Ystradgynlais (es que lo tiene todo la pobrecica), es famosa por interpretar a la aguerrida Gwen Cooper en un delirio de serie de la BBC llamado Torchwood, que a mí me encanta. En Torchwood, material friki de primera, Gwen es el personaje encargado de poner a tono a una audiencia masculina con altos niveles de testosterona y graves disfunciones sexuales -y sociales-. El rollo duro, macarruzo y comiquero de Gwen es el idóneo para inspirar las erecciones de chavales acostumbrados a tocarse con Wonderwoman y Catwoman. Y, por lo que he visto en internet, parece que el truco les funciona. La séptima mujer más sexy de Gales se perfila como icono sexual de la pandilla basurilla.
Yo, como no juego a Dragones y mazmorras, no me siento atraído por el agujero negro de la séptima mujer más sexy de Gales, pero debo confesar que estoy enganchado a Torchwood.
Es un spin-off de Doctor Who, una serie de ciencia-ficción de la BBC que ya se emitía en tiempos babilónicos, y cuenta las aventuras de una organización secreta creada por la reina Victoria (cágate, lorito) en el siglo XIX para ocultar a la humanidad la presencia de vida extraterrestre. Trabajan en una estación de metro abandonada en el centro de Cardiff y están dirigidos por el capitán Jack Harkness, un homosexual inmortal que se pasea por el contínuo espacio tiempo como si fuera el baño de su casa: sabemos que fue feriante y aviador de la RAF en la Segunda Guerra Mundial, entre otras muchas cosas, que la inmortalidad da para mucho.
¿No es un maravilloso delirio?
Como es de la BBC, mantiene un desconcertante equilibrio entre lo bochornoso y lo sublime. Es como si un niño pequeño cogiera Expediente X y lo empezara a llenar de todas las tontadas que se le ocurriesen, pasándose por el forro coherencias y técnicas narrativas. Pero al final, después de que el niño se ha divertido, llega un adulto y cierra los episodios bien, evitando el desparrame absoluto y dándole empaque a la serie.
Los efectos especiales no dan risa, lo cual es muy de agradecer en una serie de ciencia-ficción. Los bichos alienígenas, por lo general, están logradetes, y hay un montón de cacharrería electrónica propia del género para adornar persecuciones y escenas de acción rodadas con bastante pericia. Además, todo está recubierto de ese aire british tan cínico, tan aristocrático y tan cabrón, que te obliga a fijar la vista.
Torchwood es adictiva como una droga. Y mola un montón. La séptima mujer más sexy de Gales ha sabido elegir bien la serie.
ALLO, ALLO!

No todo son amarguras, soledades y callos en los dedos en la vida del cartujo escribidor en el que me he convertido estos días. También hay momentos para los chistes de tercero de EGB, esos que tanto nos gustan. Como el e-mule funciona fatal, hace mucho que no me bajo nada, pero como tenía mono de series, el otro día fui a la Fnac a olisquear las novedades en DVD, a ver si habían sacado alguna temporada nueva de las series que me molan. No encontré estrenos, pero me di de morros con una joya que tenía almacenada con mucho cariño en mi cabeza de alcornoque: Allo, allo! Qué gran momento, amigos.
Tenía un recuerdo difuso e infantil de esta serie que veía en Canal 9 a finales de los 80. Recordaba que era una producción inglesa, que la cosa iba de ingleses riéndose de los franchutes, que la estética de los decorados era feísta, y la interpretación, bárbaramente histriónica. Recuerdo que tenía un humor de trazo grueso que me hacía mucha gracia, y tenía miedo de que ahora me pareciera una soberana mierda.
Pero no. Nos enchufamos los primeros episodios y aquello fue una jartá de reir. Qué maravilla. Qué buenos son los ingleses cuando se ponen tan insoportablemente ingleses. Qué buenos son los ingleses cuando escarban en las miasmas (sí, he dicho miasmas, ¿algún problema?), cuando se revuelcan en su propia cochiquera barriobajera, cuando se deslizan sin frenos por la cuesta abajo de la parodia burda y tabernaria. Qué gozada.
Allo, allo! es una sitcom de la BBC que parodia las pelis sobre la Resistencia francesa. El prota es René, patrón de un pequeño bistrot de pueblo frecuentado tanto por alemanes como por resistentes. A él sólo le preocupa su negocio, la guerra se la sopla, pero se ve obligado a hacer equilibrios entre los dos bandos: se convierte en agente de la Resistencia, pero sin incomodar a los nazis, con los que también coleguea. La acción transcurre sólo en tres espacios: el local, la trastienda y la habitación de la abuela, en el ático, cuya cama se usa como antena de transmisiones clandestinas.
A partir de ahí, cada capítulo es una sucesión de chistes gruesos que ridiculizan fundamentalmente a los franceses y a los héroes de la Resistencia, aunque los ingleses también se llevan su parte. Hay un gag buenísimo en el que René habla con dos ingleses. Los dos lo hacen en inglés, pero no se entienden porque supuestamente unos hablan en francés y otros en inglés. La coña se prolonga hasta el absurdo más absurdo, como en la buena tradición teatral cómica inglesa, y yo me tengo que sujetar la caja torácica para que no se me salga de la risa.
Es un humor no apto para remilgados ni para militantes del humor inteligente, que todavía no he conseguido averiguar qué es. La parodia se basa en tópicos primarios y chabacanos, pero con la agilidad y la chispa que José Luis Moreno cree tener y de la que anda tan falto. Supongo que el hecho de que en España la pasaran por las autonómicas provocó que más de medio país se la perdiera en su momento, pero mi consejo es: si rondas los 30, creciste con los mitos televisivos tardoochenteros y primeronoventeros, si Aterriza como puedas te parece vergonzosamente divertida, si tienes cierta alma chanante y si te partes el ojete con la troupe de Joaquín Reyes, bájatela o cómpratela, porque la vas a gozar un montón. Pero si tu rollo son los jerseys de cuello vuelto y el humor inteligente de Woody Allen, pasa de Allo, allo!, porque no sólo no vas a entender nada, sino que probablemente tu sensibilidad quede irremediablemente herida, como una perdiz tras un atracón de perdigones. Échate una partida al trivial o canta en el karaoke de la Play mientras tus torpes y malhablados amigos disfrutan de las astracanadas burdas de René y sus amantes francesas.
¡Viva la BBC!
DOS DE MAYO DE GARRAFÓN

Vergüenza ajena. Intensa, de dejar de mirar la pantalla. Ese es el sentimiento que provoca 2 de mayo. La libertad de una nación, la serie dramática con la que Telemadrid celebra a su manera el bicentenariazo, y que Aragón Televisión, en un inexplicable acto de mal gusto, emite también los domingos.
Para la creciente audiencia latinoamericana y neptuniana de este blog aclararé que Telemadrid era hasta hace unos años, como su nombre indica, la televisión pública de la Comunidad Autónoma de Madrid. Ahora es un refugio de pseudoperiodistas y calientasillas vociferantes de extrema derecha con vocación agit-prop, pero sin llegar a ser agit-prop, porque para eso necesitas una audiencia a la que agitar y dar propaganda, y Telemadrid perdió a su audiencia hace mucho. Y es desde esa nueva categoría de instrumento del poder ultra para dar un sueldo a sus estómagos agradecidos y corifeos varios desde la que hay que entender la ridícula y vergonzante serie 2 de mayo. La libertad de una nación.
Receta: contrátese a una productora cualquiera; ponga a una reata de becarios analfabetos funcionales y lectores de Pérez Reverte a escribir unos guiones castizos, con mucha "señá", "doña Cata" y "nos han jeringao"; recorra los asilos de la beneficencia y las pensiones más pulgosas de la calle Atocha, saque de esos cuchitriles a un puñado de viejas momias más o menos populares que quieran asegurar unos euros de pensión en sus años de vejez y haga con ellos un casting de actores -coja, por ejemplo, a la neurótica pintora de Verano azul (María Garralón), al Romerales de Farmacia de Guardia (Cesáreo Estébanez), a la hija tontita de Rocío Durcal (Carmen Morales), al abogado gay de Aquí no hay quien viva (Nando González) y al que se desdoblaba en Amanece que no es poco (Miguel Rellán)-; vístales con lo que sobró de la última verbena de San Isidro (no hace falta lavar las prendas, que los lamparones de vinazo dan más realismo), y por último, métales en los decorados de la función escolar del instituto de Alpedrete. Añada luz plana y unos tipos vestidos de soldaditos de plomo que se pasean como temibles oficiales napoleónicos que dicen ser asaltados por "bandolegos" (en francés de Chamberí) y tendrá usted su propia superproducción de Telemadrid. El coste de todo, catering de actores incluido (se conformarán con un castizo bocata boquerones y medio cartón de Don Simón rosado), no debería superar los 30 euros por capítulo. Eso sí, no se olvide de insertar una voz en off que ponga en contexto la historia y hable del heroico levantamiento español contra el francés, y bájese de Internet unos acordes así como históricos, como de tachán-tachán bélico. Así alcanzará al tiempo sus objetivos pedagógicos e ideológicos.
Quién nos iba a decir que la tele patria iba a hacer buena a Curro Jiménez. Qué digo buena, ¡excelsa! Comparada con el intragable bodrio de Telemadrid, las frases de Algarrobo son cumbres shakespearianas, cimas del ingenio humano. Ya quisiera el aborto de Telemadrid secundado por la autonómica aragonesa tener las cabalgadas contra el poniente de Curro Jiménez. Ya quisiera tener sus atardeceres de Ronda y su aire polvoriento de western crepuscular. Hasta los sobreactuadísimos e insoporteibols Estudio 1 le dan mil vueltas a 2 de mayo. La libertad de una nación (sí, otro día hablamos de Estudio 1, por si acaso usted es de los que piensa que esos pasotes histriónicos y planos le hicieron algún bien a la tele o al teatro).
Yo soy de los que creen que siempre hay un fondo, y que cuando se toca sólo se puede remontar por la pura inercia del agua. Pero esta serie me hace recapacitar: puede que haya pozos sin fondo. Porque, ¿dónde está el fondo de Telemadrid? Lo quisimos ver en Curri Valenzuela, y entonces vino Ernesto Sáenz de Buruaga. Lo quisimos ver en Sánchez Dragó y entonces vino el filofascista de Hermann Tertsch. Lo quisimos ver en las series de Toni Cantó en la Forta y entonces llegó 2 de mayo. La libertad de una nación. ¿Qué será lo próximo? Yo apuesto por un remake de Raza con María Garralón y Sánchez Dragó en su debut actoral. O por una serie de homilías de Rouco Varela en prime time.
Les pego un trocito de la sinopsis que se lee en la web del ente madrileño:
La historia de "DOS DE MAYO, LA LIBERTAD DE UNA NACIÓN" arranca con el entierro de la joven modistilla Manuela Malasaña en Mayo de 1808. Allí, en torno a la tumba de los héroes del levantamiento contra los franceses, se reúnen las modistillas del taller donde trabajaba la joven, comandadas por la rebelde y contestataria Pepita García, una de las heroínas de la serie. Allí comienza a forjarse el espíritu de rebelión y resistencia que acompañará a nuestros protagonistas cuando en diciembre de ese mismo año, la ciudad de Madrid se rinda y se convierta en una ciudad tomada. En ella nuestros protagonistas van a tener que luchar día a día por sobrevivir con escasez, de alimentos, frío y la opresión que ejerce sobre ellos la presencia constante en sus calles del enemigo invasor. El espíritu de los españoles, y en este caso concreto, de los madrileños no decaerá. Pasarán un invierno de un frío insoportable, pasarán la escasez de la falta de provisiones, vivirán la visita del Emperador Napoleón Bonaparte con su correspondiente toque de queda, la primera navidad en guerra, etc…
No añaden que todo se presenta con un brutal realismo en un plató muy parecido al del viejo Barrio Sésamo. De hecho, si el actor que lo interpretaba no hubiera muerto hace poco, parecería que Chema iba a salir de su panadería a hacerle unos requiebros a María Garralón, que sigue haciendo el mismo papel de señora mayor con graves desequilibrios emocionales que pinta acuarelas espantosas, aunque aquí, en lugar de pintar, cose ropas espantosas. No quiero aguarles la sorpresa, pero me han dicho que Espinete hace de Napoleón, y a Don Pimpón le ofrecieron el papel de Goya, pero estaba en juicios porque unos padres le habían denunciado por llevar a sus hijos al bosque y juguetear entre los árboles y, al final, el rol de Don Francisco se lo llevó la viuda de Paco Rabal, que es lo más cercano a Rabal que encontraron.
Pues eso, que da gusto ver que nuestros impuestos están en buenas manos.
Foto: y por si fuera poco, por el mismo precio te meten en el reparto a Andoni Ferreño como acaudalado noble. ¿Cómo pueden perderse esta serie? Yo espero con ansia los extras de los DVD, con el cameo nunca emitido de Bigote Arroced como Carlos IV. En la imagen, Ferreño se muestra en su característico y demandado registro "estreñido con patillas".
GALERÍA DE EROTISMO OLVIDADO Y SEGUNDÓN: MOLLY PARKER

Este cuadro de la galería erótica va de interiores. De enclaustramientos, más bien. De lo más hondo de las más profunda y recóndita intimidad. Va de Alma Garrett y de la actriz que la hizo posible: Molly Parker, una delicadísima canadiense nacida en la adusta y fría Columbia Británica en 1972.
Dicen que ahora triunfa como una de las protas de Swingtown, la serie sobre intercambios de pareja ambientada en los setenta, pero yo no la he visto todavía. Sólo he disfrutado de unas cuantas fotos promocionales en las que Molly aparece sonriente, pizpireta, grácil y casi inocente. Nada que ver con la atormentada, turbia y negrísima Alma Garrett de Deadwood, que me enamoró sin remedio.
Tras una aparición fugaz en A dos metros bajo tierra, donde interpretó a la rabino Ari, una serena y sexy religiosa judía en cuyo cuerpo (prescindiendo de su prescindible aunque morbosa sabiduría talmúdica) Nate quiso frenar su caída a los nueve círculos del infierno, Molly Parker se dio a conocer realmente con su personaje de Alma Garrett en la también serie de culto Deadwood. Qué regalazo le hicieron los directores de ese western postmoderno dándole uno de los papeles más intensos, complejos y contenidos de toda la producción. Era un regalo envenenado, claro, porque si Molly no hubiera estado a la altura, el ridículo consiguiente habría aniquilado su carrera. Pero esta chica canadiense demostró que está hecha de la pasta de las grandes, que pertenece a esa selectísima casta de actrices capaces de acariciar el tuétano del espectador con un solo gesto.
Alma Garrett es un personaje que se revela poco a poco, conforme avanza la serie. Empieza siendo una sombra, una anécdota en el relato, una figura de adorno, y acaba ocupando la escena entera. Alma llega a Deadwood, un pueblo sin ley fuera del territorio de Estados Unidos en 1876, un lodazal de putas, matones, liendres y buscadores de oro más allá de la nada, acompañando a su marido, el señor Garrett. Recién casados, jóvenes y adinerados, llegan desde Nueva York siguiendo la llamada del oro y de la aventura del salvaje Oeste. En realidad, es un empeño de su marido, pues ella, rica heredera del Este, no quiere invertir su fortuna en ese lugar perdido. Así que Alma pasa los días encerrada en la habitación del hotel mientras su marido “hace negocios” en el saloon.
Como no podía ser de otra forma, el pimpollo Garrett enseguida cae víctima de un timo, y por gilipollas y por urbanita remilgado y marisabidillo, acaba desnucado en el fondo de un barranco. Alma se queda viuda y atrapada en el lugar menos indicado para una señorita bien de Nueva York. Los bandidos que mandan en Deadwood lo saben, y se agazapan para caer sobre ella y su dinero.
Y entonces es cuando Molly Parker saca pecho (no sólo metafóricamente) y convierte a la frágil y apocada Alma Garrett en un objeto de deseo irresistible. ¿Cómo decirlo sutilmente? Utilizaré un eufemismo: Alma Garrett me pone verraquísimo, bruto, encendido, enhiesto. Quién fuera sheriff, pienso todo el rato, para dejar tirados en el suelo de su alcoba los calzones marianos.
Alma se encomienda a la protección de Seth Bullock, primer sheriff de ese pueblo sin ley, y jugando con sutileza sus cartas no sólo sobrevive en ese culo del mundo, sino que acaba erigiéndose como un pequeño pero firme contrapoder a la tiranía mafiosa de Al Swearengen, un malo shakespeariano (de turbio origen inglés, obviamente) gloriosamente interpretado por Ian McShane.
Pero su proyección pública y sus maquinaciones no nos interesan. Eso no la hace deseable. Donde Alma nos pone cachondos de verdad es en la soledad de su habitación del hotel, que se va blindando como una fortaleza acolchada y perfumada. De perfumes artificiales propios de una dama de la buena sociedad, pero también de perfumes naturales emanados de su cuerpo, por su sudor, su angustia, su ropa sin cambiar y sus colocones de opiáceos. Porque Alma es una adicta a los sagrados elixires de los bohemios del XIX.
En el éxtasis de la adicción, Alma se retuerce amodorrada en la cama. Con muy parcos y medidos gestos, con unas leves torsiones de tronco y brazos, Molly Parker templa nuestros puntos erógenos. Arquea el lomo, entrecierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás. Nos pone brutísimos. Y sus “monos” son sólo para mayores de 18 años: cuando intenta dejar las drogas pasa semanas enteras desquiciada, rota de abstinencia en la cama, empapada de un sudor helado.
Pero también me gusta sobria. Me gusta su seriedad, su luto fingido, su gesto altivo, las miradas con las que marca distancias de clase con sus lacayos, su porte victoriano y perverso, la fusta imaginaria con la que atiza a todos los que se acercan demasiado.
Basculando siempre entre lo sórdido y los sublime, entre la pornografía más zafia y el refinamiento más casto, Molly Parker construye un personaje dual, contradictorio y profundísimo, a ratos ramera desbocada con furor uterino, a ratos dama asexuada; a ratos frágil y amable, necesitada de protección, y a ratos cruel e implacable como una bruja, pero siempre dejando claro que la cara que vemos no es nunca la verdadera.
El western no ha dejado muchos personajes femeninos memorables, la verdad. El arquetipo se ha cebado con ellos, y hubo que esperar a los años 60 y 70 para que la galería plana y previsible de putas chispeantes, madamas sabias y damas narigudas diera paso a personajes de verdad, sutiles y humanos. Creo que Alma Garrett está claramente emparentada con la ensimismada y cabizbaja Claudia Cardinale de Hasta que llegó su hora, el testamento artístico indiscutible de mi amado-odiado tocayo Sergio Leone. Ambas van creciendo en la trama de la misma forma y aparentan una pasividad falsa que acaba moldeando su entorno.
No son mujeres fatales, son mujeres que retuercen y dan la vuelta a la fatalidad, leonas que no se dejan amedrentar en la selva. Heroínas de interiores y silencios.
La galería completa del erotismo olvidado (o no) y segundón:
Erotismo olvidado y segundón 1: Jenny Agutter Erotismo olvidado y segundón 2: Rossana Arquette Erotismo olvidado y segundón 3: Alida Valli Erotismo olvidado y segundón 4: Shirley MacLaine Erotismo no olvidado y segundón 5: Mena Suvari Erotismo no olvidado y segundón 6: Tania Raymonde
EROTISMO NO OLVIDADO, PERO SEGUNDÓN: TINA FEY

No es despampanante, no llama la atención, no es un bellezón de quitar el hipo, pero a mí me gusta. Será porque la veo a las tantas de la mañana, mientras me bebo un copazo, a esa hora en la que las mujeres se vuelven más guapas, pero Tina Fey me parece una delicia.
¿Que quién es Tina Fey? En España, objeto de deseo de frikis desustanciados como yo. En Estados Unidos, producto de masas. Yo la he descubierto en la divertidísima y maltratada serie 30 Rock (que en España se llama Rockefeller Plaza, ignoro los motivos), una sitcom ambientada en la NBC que trata de los entresijos de esa gran cadena de televisión estadounidense. La verdad es que me había pasado desapercibida hasta ahora (la serie), pero he empezado a verla y me parece desternillante y descacharrante. Condensa lo mejor de la comedia americana de hoy.
En ella, Tina Fey es Liz Lemon, la segunda al mando del programa de Tracy Jordan. Formalmente, trabaja bajo las órdenes de un Alec Baldwin en estado de gracia, pero en realidad es el sostén emocional, profesional y vital del enclenque y misérrimo personaje de Baldwin. Un disparate, porque la propia Lemon es una desquiciada incapaz de tenerse en pie por sí misma. Un desastre con patas que no sabe manejar un solo aspecto de su vida. Y ahí está su encanto, ahí es donde la actriz Tina Fey desarrolla toda su vis cómica construyendo una falsa diva que no sabe ni hacerse un huevo frito pero que tiene bajo su mando todo un imperio televisivo. Hay algo en ella de la Rachel de Friends y un poco de la Blossom de Blossom (ya sé que esto último suena pervertido y pederasta). En definitiva, el personaje de Liz es el de una payasa consumada, con mil posibilidades para dar pie a todo tipo de chistes y gags.
Tina Fey no es especialmente guapa ni jamás ganaría un concurso de belleza. Probablemente, tampoco destacaría mucho en un bar un viernes por la noche, pero en 30 Rock exuda un magnetismo brutal. Con otras palabras: no necesita hacerse la interesante para dar a entender que es muy interesante. Es una tipa con la que te irías de copas hasta el amanecer, con la que harías mil y una travesuras por la ciudad, pero que nunca te plantearías llevarte a la cama. Sin embargo, sin darte cuenta, lo más probable es que acabaras metido en su cama si ella se lo propusiera. Con un simple chasqueo de dedos.
Igual soy yo. A lo mejor me estoy haciendo viejo y me he convertido en uno de esos tíos que piensan que el sentido del humor y la inteligencia pueden hacer sexy a una mujer. ¿Te imaginas qué depravación? Toda una vida currándome una exquisita superficialidad, toda una vida intentando valorar a las mujeres por sus tetas y a mis años me salgo con estas sutilezas. Sería desastroso, un signo de decadencia imparable.
Tina Fey es graciosa profesional. Se ha curtido en la exigente escuela de Saturday Night Live, la cantera de la comedia televisiva en Estados Unidos. Curiosamente, un programa de la NBC, el canal en cuyas bambalinas se ambienta 30 Rock, por lo que es posible que muchas de las situaciones retratadas en la serie tengan una base real. O, al menos, haya bastantes guiños y zarpazos a personas de carne y hueso. Ella misma escribe muchos de los guiones y produce la serie además de coprotagonizarla, así que no me extrañaría un pelo que las tramas estén llenas de pequeñas venganzas. Sea como fuere, Tina Fey demuestra que es mucho más que una cómica de monólogos al hacer 30 Rock. Tina Fey, y perdónenme la hipérbole, es una artistaza.
Y si no lo es, me da igual. A mí me gusta, aunque no se parezca en nada al resto de actrices que han aparecido en la galería de erotismo olvidado y segundón de este blog.
Por cierto, si quieres conocer los retratos de la galería de erotismo olvidado y segundón de este vuestro blog, pinchad en estos links:
Erotismo olvidado y segundón 1: Jenny Agutter
Erotismo olvidado y segundón 2: Rossana Arquette
Erotismo olvidado y segundón 3: Alida Valli
Erotismo olvidado y segundón 4: Shirley MacLaine
Erotismo no olvidado y segundón 5: Mena Suvari
Erotismo no olvidado y segundón 6: Tania Raymonde
Erotistmo olvidado y segundón 7: Janine Turner
PS: se admiten sugerencias para engrosar la galería.
LA HE LIAO PARDA
Un bombazo de YouTube. Este vídeo, colgado desde varias fuentes, lo ha visto más de medio millón de personas y ya se han hecho varios montajes con ella. Esta chica es una heroína de internet. Vamos, que la ha liado parda.
DOCTOR EN ALASKA HOY
Ni Hablar por hablar logra dormirme ya. Las nanas de la inmundicia, que las llamo yo, no sirven de nada en estas noches pegajosas. Reveo Doctor en Alaska. Sí, soy recurrente, pero me gusta comprobar que los mitos siguen en su sitio. Creo que puede funcionar como una nana, pero, obviamente, no. No me duermo. Pienso. Y pienso en lo que significó para mí esa serie, que echaban también a las tantas por la 2, cuando yo no era todavía yo, cuando yo era un proyecto de mí mismo, cuando el personaje más afín a mí era el atontado, asocial, huérfano y cinéfilo Ed, y recuerdo lo mucho que disfrutaba con esa gente de Cicely, Alaska.
Me gustaría revivir aquella sensación primigenia y comprobar si de verdad era tan intensa como la recuerdo. Seguro que no, seguro que le he dado un barniz embellecedor y la cosa no era para tanto, pero hoy recuerdo aquellas madrugadas como algo revelador.
La serie ha envejecido mal en muchos sentidos, pero se mantiene igual de brillante en otros. Ha perdido capacidad de seducción, no creo que acabe convertida en clásico, porque se le ve demasiado la coetaneidad. Le asoma su tiempo -esa época de nadie a finales de los 80 y principios de los 90, cuando la caída del muro y el estallido de Nirvana- como un sarampión, y no siempre de forma tierna: la ropa, los peinados y muchos comentarios caducaron hace mucho, huelen a moho. El planteamiento argumental y escénico, que en su día renovó el lenguaje de las series, llevándolas al terreno del cine con mayúsculas, está hoy muy superado. Ese realismo mágico trasladado al Ártico, ese retorcimiento de los esquemas narrativos audiovisuales al uso, ha sido perfeccionado por realizadores y guionistas mucho más ágiles. Lo mismo sucede con su hiperintelectualismo y su ruptura de las fronteras entre lo onírico y lo real, que han sido mucho mejor tratadas en series como A dos metros bajo tierra.
Es el precio que pagan los pioneros, los que desbrozan el camino al resto, que los que vienen detrás suelen aprender rápido sus trucos y los acaban haciendo mejor que ellos.
Pero todo esto, que un espectador de hoy puede apreciar sin problemas, no molesta para el disfrute (en segundas nupcias) de la serie, siempre que se tenga cierto umbral de tolerancia. El contenido y el desarrollo de las tramas, la chispa -y el vértigo- de los diálogos y la soberbia interpretación de los actores tapan cualquier falla. Cicely sigue enamorando, sigue siendo un sitio al que apetece ir. Al que a mí me apetece ir. Probablemente, a mucha gente le parezca un asco pedante. Y están en su derecho, pero también ellos serían aceptados en Cicely, Alaska.
Torrente Ballester, que es un escritor despreciable en muchos libros y en muchos sentidos, dijo en su Don Juan una gran verdad: que nosotros no elegimos la música que nos educa sentimentalmente. Ojalá pudiéramos. Pero aprendemos a amar con un bolero cursi, y por muchos años que pasen y por mucho que se nos curta la corteza cerebral, seguimos soltando lagrimitas cuando suena por la radio. A mí me pasa algo parecido con Doctor en Alaska: me asomé a la vida con sus personajes, y no puedo evitar quererles con locura. Un susurro de Maggie me haría abandonar mi patria y hogar; me perforaría el apéndice si así pudiese tener una charla sobre Nueva York con Joel en su consulta; le regalaría mi colección de vinilos a Chris si se comprometiera a pincharlos en Chris por la mañana; cazaría un venado sólo para que Maurice lo cocinara en su cocina de gourmet; empeñaría tres sueldos en patatas fritas y cervezas del bar de Holling; pasaría una semana sin dormir viendo pelis de Bergman con Ed, y me haría dependiente de ultramarinos sólo para charlar por las tardes de filosofía con Ruth-Anne.
Asín soy, qué le voy a hacer yo.
QUÉ BIEN LO PASEMOS EN LA TELE

Pues aquí estamos, tan ricamente. Yo soy el del gesto simiesco. Estoy en la tertulia matinal de ZTV en directo desde la Expo, al lado de Pilar Estopiñá (pedazo de profesional y mejor persona cuya única falla en su impoluta carrera es solicitar mi colaboración para su programa), con un cierzo que helaba las ideas. Por eso, en mis intervenciones, sólo soltaba gruñidos protolingüísticos y se me quedaba esa cara. Ni sé la de tonterías que digo por la tele, pero ya he ido unas cuantas veces y me lo he pasado requetebién, a pesar del madrugón. Nunca pensé que esto de parlotear en un plató sería tan entretenido. A ver si después de tanto jurar y perjurar que yo no haría nunca tele, descubro que me va la marcha catódica. Con lo que me ha costado adaptarme a la prensa escrita, como para aprender otras historias ahora, con lo corto de entendederas que soy yo.
EXPORTAR MIERDA
Horror, pavor, terror. Lean este repor veraniego de El País y échense a temblar. ¡Las series españolas se exportan al mundo! ¿Por qué? ¿No dejó claro Lenin que los trapos sucios se lavan en casa y sin miradas indiscretas? Un poco de centralismo democrático, por favor. O un poquito de pudor, si acaso. Como si no hubiera cosas buenas producidas en España para exportar, desde el jamón de Guijuelo hasta el gazpacho, que vuelve locos a los alemanes (demostración incuestionable de la superior inteligencia alemana). Que suframos nosotros a Willi Toledo, pase. Al fin y al cabo, es un monstruo crecido aquí y habrá que cargar con él. ¿Pero qué culpa tendrán los lituanos, que viven tan a gusto sin que Milikito y Globomedia vayan a joderles la siesta?
En La silla de Fernando, de David Trueba y Luis Alegre, Fernando Fernán-Gómez habla con lucidez y un desparpajo creo que nunca visto en él, sobre el cine español, y dice más o menos esto (cito de memoria): "A los españoles nos tiene que gustar mucho el cine. Pero muchísimo, porque mira que llevamos años y años empeñándonos en hacerlo y, hasta hoy, ni siquiera hemos logrado crear un estándar. No ya hacer cine bueno, que sería mucho pedir, si no ni tan siquiera un estándar, un canon al que agarrarse. Si insistimos tanto sin obtener resultados tiene que ser porque el cine nos gusta una barbaridad, porque si no, ya habríamos dejado de intentarlo". No puedo estar más de acuerdo. El cine español es para echarse a llorar, pero es ambrosía pura, perfección platónica y cumbre parnasiana al lado de la tele española. No es que las series españolas den vergüenza ajena, que la dan, es que despiertan instintos homicidas en un espectador medianamente sensible. Salvo escasísimas y, por ello, honrosísimas excepciones, van más allá del insulto al público: directamente, defecan en él. Argumentos mal copiados y mal plagiados de series americanas buenas que destrozan, guiones insulsos sin gracia ni pizca de chispa, actores inverosímiles que ni siquiera saben vocalizar y puestas en escena cutrelux con amueblado de Ikea y luces diáfanas que hacen daño a la vista. ¿Eso es exportable? Si hubiera algo de justicia en el mundo, eso ni siquiera llegaría a grabarse, al no alcanzar los mínimos de profesionalidad que se le deberían suponer a un producto audiovisual.
¿Que arrasan? ¿Que la gente las ve? ¿Que mil millones de moscas no pueden estar equivocadas? Pos bueno, pos fale, pos malegro. A lo mejor triunfan por falta de alternativas, por la tendencia enfermiza a la imitación, por la pereza y la desidia de quienes las hacen. La Sexta promociona sus series superpremiadas y alabadas por la crítica y por los poquitos y pertinaces espectadores que, pese a las dificultades, las seguimos, pero luego programa esas series de tanto "prestigio" a las dos de la madrugada. Eso se llama predicar con el ejemplo. Hay buena tele, y buena tele que funciona, que sabe llegar a la audiencia y que marca estándares de calidad progresivamente más elevados. No en este país, está claro, pero existe. Que la mierda española se extienda por el mundo no es una buena noticia para nadie, salvo para los cagones y para los fontaneros.
LA NUEVA FRIENDS

Día inútil. El sábado nos clavaron en la cena y nos pusieron garrafón en un bar. Por lo menos, nos reímos y hasta nos enteramos, allá a las tres de la madrugada, de cómo había quedado Chikilicuatre. Una pena. Lo del garrafón y la clavada, claro, lo del Chiki Chiki me da lo mismo. El domingo no estábamos para nada. Ibuprofeno mediante, he reescrito y corregido un capítulo de un libro que ya coge forma definitiva, pero el día ha sido bastante improductivo y lo hemos dedicado, básicamente, a ver unos diez o doce episodios de Cómo conocí a vuestra madre, la serie heredera de Friends que nunca podemos ver cuando la echan en la tele.
Lo he confirmado: es la mejor sitcom que se puede ver ahora mismo. Tiene altibajos de un pasteleo insufrible y, en la primera temporada al menos, los guionistas no terminan de pillarle el punto al clásico romance "ahora te quiero-ahora te odio" de los dos protas, pero ninguna de esas inconsistencias agua la serie, que es muy divertida, tronchante a ratos.
Para los que no la seguís: estamos en el año 2030, y Ted le cuenta a sus hijos la historia de cómo conoció a su madre, allá por los años 2005, 2006 y 2007 (y supongo, si la cosa no se agosta, que seguirá en 2008 y 2009). Nueva York, cinco amigos cuasitreintañeros, con la vida resuelta profesionalmente (o en trance de resolución) y muy majos y cachondos. Dos de ellos (ella y él) se gustan pero se complican la vida; otros dos están prometidos y planean su boda, y el último, Barney (cuyo actor fue aquel médico adolescente en una serie imposible de principios de los 90), es un crápula cínico y babosil. ¿Suena a Friends? Es Friends, no se han esforzado mucho por disimular el plagio. Incluso los escenarios (el apartamento desaliñado de Ted y Marshall y el bar donde se pasan la vida) están copiados de Friends. Pero, ¿a quién le importa? El plagio es soportable -hasta recomendable- siempre que se cumpla un precepto básico: que la copia intente ir un poco más lejos que el original. En ese sentido, creo que Cómo conocí a vuestra madre es más gamberra, más sucia, más subida de tono en algunos aspectos y un punto más desenfadada que Friends. Un botón de muestra revelador: en Friends, los protas tomaban café en una cafetería; en Como conocí a vuestra madre quedan en un pub para emborracharse. Y otra más: en Friends, Joey era un ligón caradura simpático con corazón tierno, pero su equivalente en esta serie, Barney, es un hijo de puta que vendería a su abuela y que es capaz de muchas bajezas por conseguir un polvo. Su personaje busca la carcajada del espectador, no su empatía. Lo dicho: va unos cuantos pasos más allá, pero es que no puede ser de otra forma, porque cuando el público se acostumbra a un tono, no vale ni volver atrás ni mantenerse igual, hay que echarle un poco más de pimienta al guiso o nos sabrá a lo mismo de siempre.
Ah, se me olvida comentar lo más interesante: la "Rachel" de esta serie es canadiense (la actriz y el personaje, por lo que su acento es un motivo más de comicidad) y se llama Cobie Smulders (la actriz). No tiene la vis cómica de Aniston ni su formación teatral, y se nota que los guionistas tienen en cuenta esas limitaciones y no le ponen pruebas demasiado duras. No importa, porque destila mucho morbo y se deja querer por la cámara. Sabe cómo hacer que el universo orbite alrededor suyo. Muy morena, casi sorollana, tiene una presencia y una sonrisa de dejar pasmado. Pero, sobre todo, gusta porque no es una chica Playboy: sus andares y sus gestos le dan un cierto aire de chicazo que le añade atractivo y morbo. ¿He dicho ya que me mola un montón? Cobie Smulders queda oficialmente incorporada a la galería erótica de este blog.
Foto: exactamente, es ella.
UN CARETO DE LOS QUE YA NO SE LLEVAN

Si fuera escultor, volaría a Los Ángeles para hacerle una escultura. Sólo de su careto. Se llama Kevin McKidd, del clan McKidd de toda la vida, es escocés y actor (una combinación hasta ahora sólo sintetizada con éxito por Sean Connery) y los amantes de las series le descubrimos en la inigualable y despiadada Roma, donde fue el bravo Lucio Voreno. Quién sabe, quizá con él esté descubriendo mi lado homosexual, porque cuando aparece en la pantalla, me pego a ella cual mosca.
Su careto tiene una capacidad de atracción brutal. Como intérprete se defiende, incluso tiene algún chispazo de brillantez, pero no descuella precisamente. De hecho, dadas sus limitadas capacidades actorales, su mérito en Roma fue aguantar el tipo en un reparto de los de levantarse de la butaca (incluso de la del salón) y dejarse las manos en carne viva aplaudiendo. Ese Marco Antonio interpretado por un James Purefoy desconocido por estos pagos, pero muy famoso en los hogares ingleses por sus aclamados trabajos en la BBC; esa trágica y malvada Atia encarnada por la igualmente desconocida en España Polly Walker... Sus dos interpretaciones en las dos temporadas de la serie me recordaron lo muchísimo que puede llegar a emocionar un buen actor si le dejan hacer su trabajo.
Kevin McKidd no es un actor que emocione. Su talento no llega a tanto y está en otro sitio. Su fuerza está en su rostro antiguo. Es una cara de las que ya no se llevan, es un dios ario, un viejo icono nazi descontaminado y sonriente.
Con Roma le vino el éxito y el salto a Estados Unidos. Ahora interpreta a Dan Vassar, un reportero de San Francisco que viaja en el tiempo en una serie llamada (oh, originalidad) Journeyman. He visto los dos primeros episodios y es un bodrio sentimentaloide sin pies ni cabeza, pero merece la pena por ver su careto desfilando por la pantalla.
Pues aquí tenéis a un maromo-actor que me gusta, para que no digáis que sólo hablo de actrices escotadas.
OREGÓN TELEVISIÓN
Han tardado en encontrar su hueco, después de probar la fórmula del late night, pero al fin se les ve cómodos y en un programa que merece la pena. La gente de Lobomedia produce Oregón Televisión (que la autonómica redifunde de madrugada, por suerte para mí). Solo con este espacio ya considero bien invertido el dinero de todos que cuesta el ente utonómico.
Para los que no lo veais, y sobre todo para los que vivís fuera de esta extraña tierra, os cuento que Oregón Televisión es una parodia de los programas tipo España Directo. Los sketches son las conexiones de los reporteros, y cada uno de ellos dibuja una escena más o menos afortunada de la realidad aragonesa (u oregonesa, más bien). Tiene momentos tronchantes, especialmente para los que tenemos que lidiar día tras día con la pocas veces grata actualidad regional. Si alguien ha sabido captar el alma de lo oregonés y pasarlo por los espejos del callejón del Gato (o por los del laberinto de los espejos del parque de atracciones de Zaragoza, que sería más propio) han sido ellos. Chapeau.
Ahí van tres fogonazos en vídeo. La muerte y las madejas:
La publicidad de la Expo:
Y una de las entregas del temible Comando Almogavar:
DIRT

La señorita (¿o debería decir señora Arquette?) Courteney Cox era una actriz segundona, más que secundaria. Uno de tantos moscones vampíricos esperando su momento en los títulos de crédito de las series y las pelis malas de Hollywood. Hasta que un buen día de 1994 se presentó a un casting de la NBC y la contrataron para el papel de Monica Geller en una nueva sitcom. En realidad -y ella no lo sabía- era el segundo plato, porque para ese papel ya habían contratado a otra chica desconocida del off Broadway llamada Jennifer Aniston, pero a los productores les gustó tanto que decidieron crearle otro papel a medida y buscar una sustituta para el personaje de Monica. La serie, todos lo sabéis, era Friends.
De aspirante sin suerte, a ídolo de masas. Friends se convirtió en un fenómeno generacional, universal y -sobre todo- multimillonario, y Courteney Cox se convirtió en una superestrella con 30 años. Cuando terminó la serie tenía 40 -muy mala edad para una actriz, y especialmente para una actriz de su caché-, mucho bagaje y muchas ganas de demostrar que su talento estaba muy por encima de los gags de una sitcom. En su fuero interno, todos los actores piensan que están destinados a grandes cumbres, pero son muy pocos los que lo demuestran.
Courteney fue viendo fracasar y enquistarse a todos sus compañeros de reparto en Friends: Matt LeBlanc (Joey), se dio un hostión de cuidado con su pésimo spin-off; David Schwimmer (Ross) se ha quedado entre bambalinas parodiándose a sí mismo; Mathew Perry (Chandler) repite su mismo personaje en comedias cutres, en un encasillamiento que ya suena a encasquillamiento, y Jennifer Aniston (Rachel) parece la novia abandonada (por Brad Pitt, todo hay que decirlo) que pena por los pasillos del castillo arrastrando la cola hecha jirones de su vestido de bodas. Sólo Lisa Kudrow (Phoebe, mi favorita) parecía haber escapado de la quema.
La presión y el miedo tenían que ser grandes por fuerza. Muchos la habían cagado y Friends es mucho Friends para quitárselo de encima. Quizá por eso Courteney ha tardado tres años en salir de su crisálida, pero se puede decir que ha salido convertida en una magnífica mariposa. Una cruel, despiadada y brillante mariposa.
Dirt es una buena serie. No diré genial, no echaré las campanas al vuelo. La tele americana nos ha malacostumbrado con productos sublimes y ahora los espectadores somos más exigentes. Quizá hace cinco años, Dirt hubiera resultado deslumbrante, pero tras Los Soprano y A dos metros bajo tierra, se queda solamente en un producto digno. De calidad, pero no prodigioso. Y esto no es una crítica, sólo la sitúo en el lugar que creo que le corresponde.
En Dirt, una serie hecha a la medida de las aspiraciones y del talento de Courteney Cox, la ex Friend es una agresiva directora de una revista del corazón de Los Ángeles. Una Cruella Deville sin dálmatas. Se ha preparado a conciencia y nada en su presencia ni en su interpretación recuerda a Monica Geller. Pero, sin embargo, sigue siendo Courteney Cox. Eso es talento. Eso es algo que está al alcance de muy pocos actores: mantener la propia y marcada personalidad sin dejar de lado al personaje. Que el personaje y la actriz hablen a la vez, en una compleja y sutil dialéctica. Eso es lo que se le pide a los grandes actores (y a los grandes escritores).
Por lo demás, Dirt -que están echando en Fox y espero que se vea pronto en abierto- es una serie entretenida, que fuerza los límites de la verosimilitud y que hace catas muy interesantes en el siempre fascinante mundo del morbo y de (va por ti, Rondabandarra) las miasmas. Se echa de menos un poco más de arrojo, pero dado que la propia Courteney Cox produce la serie, creo que no se le puede pedir mucho más: una superestrella no se pone a hacer arte y ensayo de la noche a la mañana.
Muy recomendable. Si no la habéis visto, tirad de la mula. Sospecho que se avecinan tiempos de crisis catódica, así que hay que acumular reservas para el largo ayuno. Y Dirt es nutritiva.
FUTURAMA MATH

Sabía que Futurama era una serie extremadamente friki, pero hasta que no he visto los extras de El gran golpe de Bender no me he dado cuenta de lo fino que hila y de los mil recónditos guiños que hay para dar placer a los amantes de las matemáticas y de la física. De hecho, al menos tres guionistas de la serie son matemáticos. Futurama está plagadita de bromas que sólo pueden pillar los doctorandos en ciencias exactas. Y, de estos, sólo los que estén muy atentos. Afortunadamente para ellos, y para los legos-lerdos de letras que no nos enteramos de nada, una matemática estadounidense, Sarah J. Greenwald, ha estudiado todas estas referencias y las ha compilado en la web Futurama Math. De hecho, Greenwald utiliza capítulos de la serie en sus clases de la universidad.
Os cuento uno de esos elaborados y enfermizos guiños. En un capítulo, Bender recibe una felicitación navideña de la máquina que le fabricó. En ella se refiere a Bender como su "hijo#1729". Pues bien, ese número no es casual, sino el protagonista de una anécdota de dos matemáticos de principios de siglo XX. El científico inglés G. H. Hardy le contó a su colega Ramanujan que se había montado en un taxi que llevaba el número 1729, y que no sabía por qué, el número le había llamado la atención, no se lo quitaba de la cabeza. Ramanujan le contestó, tras pensar un momento: "No me extraña que te llame la atención, porque es el número más pequeño capaz de ser expresado como dos sumas distintas de dos cubos". Efectivamente, lo es. En concreto, se puede obtener sumando 13 y 123 o 93 y 103. Desde entonces, a los números que resultan de sumar dos cubos se les llama "taxicab numbers". En Futurama aparecen más veces, como en este diálogo, cuando Bender conoce a su doble malvado (según se mire), Flexo -que, por cierto, y esto es otro apunte friki, se distinguía de Bender por una pieza de metal a modo de perilla, como la perilla que llevaba el doble malo de Michael Knight en El coche fantástico-:
Profesor Farnsworth: Este es Flexo.
Hermes: ¡Benditas llamas de las Bahamas! Salvo por esa perilla, es igual que Bender.
Flexo: No te extrañe. Los dos somos unidades dobladoras.
Bender: Eh, brobot, ¿cuál es tu número de serie?
Flexo: 3370318.
Bender: ¡No fastidies! El mío es 2716057.
[Los dos ríen. Después ríe también Fry, pero para y parece no entender]
Fry: No lo cojo.
Bender: Los dos pueden ser expresados como la suma de dos cubos.
Flexo: Oooh!
(Esta vez no cito de memoria: he traducido el diálogo en inglés transcrito en la web de Futurama).
También debe de haber un montón de citas ocultas a muchos científicos. Dice David X. Cohen, el cocreador de la serie, que el planteamiento de Futurama es que el 99% del público pueda reírse con los gags, pero que sólo un 1% los entienda realmente en toda su dimensión. Creo que lo han conseguido. Vaya frikazos de tomo y lomo. Les quiero.
FILOSOFÍA EN TELEMADRID

Si eras de los que pensabas que Telemadrid no iba a poder sobreponerse a la marcha de Sánchez Dragó y de su gato, sal de tu error ya, oh, progre incrédulo. Ahora, Esperanza Aguirre apunta mucho más alto. Ya no se conforma con escritores con alma de show-man friki mamporrero. La gran Esperanza, despechada porque en su partido no le hacen caso, se ha calzado unas sandalias, se ha puesto una túnica y ha marchado a pie hasta el monte Olimpo para invocar al más grande de todos los sabios. Y el más grande le ha concedido su deseo. Hoy, El País publica este titular: Platón asume funciones directivas en Telemadrid. Por fin el filósofo podrá aplicar las ideas de La República al ámbito del management.
Lo curioso es que tamaña noticia, la resurrección de un filósofo griego y su fichaje como directivo de una cadena autonómica, no haya tenido más resonancia en los medios. Será culpa de la LOGSE. Quizá los periodistas no sepan quién fue Platón (¿digo fue? Es, en presente, pues ahí le tenemos, cobrando dietas y pluses de los presupuestos de la Comunidad de Madrid).
No importa. Lo que de verdad urge saber es cuál será el equipo de trabajo del nuevo directivo. Yo en su lugar apostaría por dejar los programas de divulgación científica en manos de Pitágoras, y los late night, en las de Nietzsche, con superhombres bailando en bolas y el Risitas haciendo de Zaratustra. Los informativos, para Descartes, que es un tío pulcro que dirá las cosas claras, y las retransmisiones deportivas, para Karl Marx, que sabrá interpretar el sentido de la confrontación dialéctica entre los contrarios. A Aristóteles le nombraría director de proyectos en potencia, por aquello de que sabe muy bien la diferencia entre la potencia y el acto. Los espacios del corazón, para Sócrates, que siempre le gustaba andar cotilleando con sus alumnos y tenía la misma malicia y gustos eróticos que Jorque Javier Vázquez.
El mundo espera ansioso. ¿Podrán los filósofos muertos recuperar la televisión de sus miasmas? Es una dura prueba la que debe afrontar Platón, y su predecesor intelectual, Sánchez Dragó, ha dejado el listón muy alto. Démosle un margen de confianza a Platón. Hasta las próximas calendas, por ejemplo. O hasta que Pericles convoque de nuevo a los ciudadanos en el Ágora.
Así que, mientras los sabios restauran la dignidad catódica de Telemadrid, yo voy a apagar el móvil y a disfrutar en DVD de una maravilla maravillosa que ha salido hoy a la venta y que me acabo de comprar: El gran golpe de Bender, el primero de los cuatro largometrajes con los que Matt Groening y el matemático de Harvard David X. Cohen han devuelto a la vida uno de los mayores monumentos de la historia de la televisión: Futurama. Estoy nervioso como un niño con zapatos nuevos. Digo, como un niño con un DVD de Futurama nuevo.
TERROR HIPERBREVE
Se habla mucho (con mucha boludez, que dirían allá en el Bajo) de la publicidad y de los admiradores de su creatividad. La verdad es que yo soy más de los que la aguantan con estoicismo, y si no he quemado las sedes de muchas agencias de publicidad es porque he aprendido a canalizar mis instintos violentos en videojuegos sádicos. Sin embargo, es cierto que este mundo ha dado pie para verdaderas genialidades, como estas que cuelgo aquí y con las que inauguro el uso del vídeo en este blog. Son las cortinillas del canal de cable Calle 13, especializado en el terror, el género policíaco y el misterio. Son maravillosos homenajes de 20 segundos a los tópicos más aterradores del cine. A mí me encantan.
Este es el del patito:
Este es de mis favoritos. Esa mano de mujer...
Terror en el parking:
Tiovivos fantasmales...
Six feet under...
El ascensor:
Y el peor para los que alguna vez hemos cogido el último metro en algún sitio extraterrestre, como Carabanchel o Puente de Vallecas:
Una aclaración: no cobro nada del canal Calle 13. Esto es genuina admiración. No sé quien firma estas joyas hiperbreves, pero estoy convencido de que a Borges le encantarían.
OUTSIDERS

La Sexta ha emitido un Robin Hood de la BBC que, por lo visto, causa furor en el Reino Unido, pero que aquí ha pasado sin pena ni gloria. Lo han visto cuatro gatos mal contados. Como era de esperar, ya han salido los paladines de turno lamentando simultáneamente todas estas cosas contradictorias:
a) Que en España seamos tan catetos al no apreciar tan sublime producto de la BBC.
b) Que, por otro lado, el sublime producto de la BBC -una reinvención del mito de Robin Hood- era demasiado localista, imposible de cuajar en una sensibilidad no inglesa (vaya por dios, qué pena que nuestras toscas pieles endurecidas por el ibérico sol no nos permitan disfrutar de las deliciosas ironías de una civilización que aprecia el té).
c) Que -y aquí la cosa se pone patriótica subida-, qué cojones, que no necesitamos Robin Hoods de pacotilla. Como si la historia y el leyendario español no estuvieran saturados ya de bandidos, guerrilleros, espadachines y caudillos. Lo que pasa -y aquí seguro que Pérez Reverte daría un puñetazo en la mesa y haría tintinear sus espuelas- es que somos unos acomplejados, unas nenazas hipotensas indignas de recibir la viril inyección de gallardía ibérica que el cuerpo nos pide. ¿Para cuándo una serie sobre el Cid? ¿Para cuándo un Curro Jiménez revisited? ¡Que chispeen los facones en la serranía de Ronda! ¿Qué pasa con nuestros héroes, por qué no los sacamos del armario?
¿Cómo pueden hacerse esas preguntas sin ruborizarse? En fin, si no son capaces de responder a algo tan sencillo lo haré yo: en España nadie airea al Cid, a Curro Jiménez y a Agustina de Aragón (mezclando verdad y ficción a lo loco) como los ingleses airean a su legendario Robin Hood, básicamente, porque en Inglaterra nadie ha forzado a beber a un torturado aceite de ricino en nombre de Robin Hood.
No me hagan mucho caso, pero igual tiene algo que ver: no estamos hablando de mitología inocente, sino de un imaginario emponzoñado por un fascismo sanguinario. No hay detergente capaz de limpiar las manchas de sangre que lleva y presentarlo inmaculado de la noche a la mañana. Escuchen Adivina, adivinanza, del decadente Sabina, y aspiren los aromas que desprenden la fermentación de esos tópicos.
Y sí, los bandidos del siglo XIX, convenientemente idealizados por los románticos europeos, podrían cubrir ese hueco del leyendario popular. Y, de hecho, en buena medida, lo cubren, aunque su historia no se haya fijado en una literatura ni en un cine verdaderamente populares. Aquí, cuando un autor quiere sacar de paseo los tópicos del imaginario patrio tira por el lado de Don Juan, de la Celestina, de los Quijotes y Sanchos y de los perros del hortelano. Lo demás, mejor no meneallo.
En los años 80 hubo cierta fascinación por los hampones, por los Perros callejeros : Makinavaja , el Chino de Barcelona, Bajarse al moro , Macarra de ceñido pantalón... Eran los nuevos outsiders, esas figuras marginales que fascinan por su libertad. Eran la reinvención de los outsiders del western, que nunca han muerto del todo y que, según creo que escribió Borges, conforman la mitología del siglo XX. Pero los destellos de libertad de esos personajes funcionan siempre que no se les saque de su marginalidad: cuando un régimen totalitario los hace suyos y se los obliga a tragar a los escolares no como representación del triunfo del individuo frente a la norma establecida, sino como encarnación de valores mostrencos, pierden toda su validez. Por eso el Dioni, con su furgón y sus chatis de Ipanema, va a ganar siempre a cualquier bandido matafranceses.
IN THE GHETTO

En el siglo XIX, en Inglaterra y en otros lugares de Europa eran muy populares los zoos humanos, precursores de las freak parades que retrató Tod Browning en su película de 1932 Freaks (monstruos, de donde procede el extendido y algo irritante término friki). Quien visitaba un zoo humano veía especímenes de todas las razas del planeta, convenientemente enjaulados, para regocijo y delicioso escándalo de las damiselas burguesas. ¿He dicho todas las razas? Perdón, quería decir, naturalmente, las inferiores, las que difícilmente podían considerarse humanas y sólo valían para darle con el machete a los granos de cacao.
Estamos en el siglo XXI, muy lejos de aquellos racistas días del Doctor Livingstone, supongo. Y, sin embargo... Pues eso, que TVE parece que no se ha enterado y nos ofrece su versión refinada de estos zoos humanos: Hijos de Babel, la Operación Triunfo para inmigrantes.
Será que TVE no considera que los inmigrantes sean dignos de participar en la Operación Triunfo de verdad -que debe de ser como un colegio concertado, que deja a la chusma fuera-, por eso les ha creado una segunda división del ridículo televisivo, para que se explayen para el regocijo multicultural de las dóciles clases medias patrias. Seguramente en los objetivos del programa aparecerá muchas veces la palabra "integración", y a lo mejor hasta se les ha escapado alguna "igualdad". Que sí, que claro, que por supuesto, que faltaría más. ¿Quién puede dudar de las buenas intenciones de una televisión pública que nunca jamás ha sucumbido al morbo infecto y que siempre se ha mantenido fiel a su compromiso cívico de servicio público y de cohesión social?
El nombre del concurso es ya repugnante de por sí, y no sólo por lo cursi pemaniano de su sonoridad, ni porque admite bromas sobre otros "hijos de...", sino porque deja entrever una mirada vetusta y prejuiciosa sobre la inmigración. Hace diez años quizá todavía podría justificarse cierto asombro ante el fenómeno de la inmigración, pero hoy en día, quien no lo asume como algo tan cotidiano como las rebajas de enero es que vive en un país irreal. De lo único que yo me sorprendo es de que todavía no haya un ministro nacido en Ecuador o en Rumanía, de que en el periódico donde trabajo -y en ningún otro medio que yo conozca- haya periodistas procedentes de una hornada migratoria trabajando en pie de igualdad con nosotros (hay extranjeros, sí, pero llegaron por otros cauces y en otros momentos), de que apenas tengan presencia pública más allá de la crónica de sucesos. De eso me sorprendo. Lo que no me puede flipar es su presencia.
Hijos de Babel se acerca a los inmigrantes en tono paternalista y les da una oportunidad... de divertirnos. Venga, bufón, canta para mí. A ver qué sabes hacer, negrito. Anda, si los indicietos también saben bailar algo que no sea la danza de la lluvia. Guau, qué integradores somos. Qué gran papel social estamos haciendo.
Los zoos humanos del siglo XIX se montaban en nombre del progreso y de la ciencia. Los del siglo XXI, en nombre del multiculturalismo y la tolerancia. El efecto es igual de repugnante en ambos, y el tufillo racista me llega hasta aquí a través de la tele. Así que hijos de... Babel, ¿no?
Para que ahonde en esta línea integradora, y para no marginar a una minoría que ha sufrido y sufre mucho en este país, propongo a TVE que organice un concurso titulado Operación Fregoneta. Presentado por el rubio de Cruz y Raya, 12 gitanos conviven en una chabola de Sevilla por ver si son capaces de superar a Camarón de la Isla en tronío y alma pendenciera. El ganador, además de la producción de una cassette de gasolinera, obtendrá una concesión vitalicia de venta ambulante en todas las poblaciones de la Costa del Sol en temporada alta de verano. Por supuesto, se admiten navajazos y bodas con niñas de 14 años, para que ningún tópico quede excluido de la apuesta multicultural y la sociedad española se acerque por fin a una cultura tan querida y tan distante. ¿No mola? ¿De verdad que no? Pero si viene a ser lo mismo que Hijos de Babel, pero con saborcillo ibérico.
NO PUEDE HABERSE HECHO EN SERIO

Hay cosas que no pueden haberse hecho en serio. Cosas que, si no son una broma, deberían autodestruirse. Y si no, deberían ser leídas sólo en clave de broma, y los que se atrevieran a tomarlas en serio deberían autodestruirse. Combustión espontánea en el sofá.
Por ejemplo, Embrujadas. Que no, que no puede haberse hecho en serio, que tiene que ser lo que los pedantes llaman una autoparodia. Porque, si no es así, he hecho el canelo muchos domingos de mi vida.
Éramos vagos, teníamos resaca dominical y una nevera vacía, así que cogíamos el metro, nos cruzábamos medio Madrid hambrientos y dormidos y nos tirábamos en el sofá de I. Bueno, antes compartíamos una solemne comida dominical (algún pollo que salía medio crudo del horno o unas patatas churruscadas). Y después, adormilados, reclamábamos silencio para ver "la hora de las guarrillas", el bálsamo de nuestras resacas. No, no era porno, pero casi: era la serie Embrujadas, con la que llenábamos el domingo los asociales a los que no nos gustaba el fútbol.
Todo en esa serie es maravilloso: unas hermanas con pintas de zorrones rasurados (de ahí lo de "guarrillas") viven juntas en una casa victoriana de San Francisco. Resulta que todas son brujas, cada una con un poder distinto, y su misión es salvarnos de los ataques de los demonios, que son como actores porno trajeados que nunca se llegan a despelotar y que tienen muy mala baba. Así leído ya dices: ¿en serio? Venga ya. ¿Qué guionista o productor tiene la jeta tan grande como para endosarle semejante truño a una cadena de televisión?
Hace tiempo que no la veo, pero recuerdo que la experiencia era todo un subidón kitsch. Hasta la fotografía tiene unos tonos pastel de lo más empalagosos, como de revista cursi de decoración. En fin, que todo en ella parece una broma. Como El ejército de las tinieblas, de Sam Raimi, que es una parodia de un tipo de cine de terror muy determinado. Bueno, y luego está esa carga de erotismo soft con brillantina que apunta a las glándulas segregadoras de testosterona. Por no hablar de ese aire de videoclip heavy ochentero que emana cada secuencia. A ratos, parece la fantasía sexual de Van Halen.
Lo maravilloso de Embrujadas es que está en terreno fronterizo. Es tan mala que, cuando la ves, piensas que por fuerza ha de ser una parodia. Y como parodia funciona bien, se deja ver. Tiene un montón de referencias de pulp fiction televisiva que cualquiera puede reconocer y degustar fácilmente. Claro que luego te paras a pensar en que tiene demasiada producción para ser una parodia. Que nadie derrocha tantos recursos y energías en hacer risas de nada. Que sí, que nosotros la leeremos como queramos, pero que la historia va en serio.
Y entonces es cuando te echas a temblar.
FUTURAMA

Cuanto más la veo, más me gusta. Futurama es lo mejorcito de Matt Groening, su obra más perfecta. Quizá por eso no tuvo la audiencia esperada y la suspendieron. Ahora sale en DVD, por aclamación popular, una nueva temporada. Directamente en DVD, sin pasar antes por televisión. Pues cojonudo: si prefieren los diarios de Patricia, que les den diarios de Patricia y que nos dejen nuestras series limpitas, en caja molona y sin anuncios.
"¿Qué fiesta es esta? Casi no veo alcohol y sólo hay una furcia". Grande, Bender, el robot doblador. Y grandísimas también las tonterías como esta:
Leela: No podremos repartir toda esta mercancía en tan poco tiempo.
Fry: Es cierto. La tiramos y decimos que la hemos repartido.
Bender: Bah, demasiado trabajo: mejor la quemamos y decimos que la hemos tirado.
Me gusta todo, pero en especial lo bien que sabe hurgar en todos los tópicos de la cultura popular del siglo XX y estrujarlos sin piedad, pero con los debidos amor y respeto.
¡Larga vida a Planet Express!
Foto: "¡Acabemos esto de una vez y vayamos a buscar unas robopilinguis!".
DEXTER

Tenía que pasar. Tenía que venir una serie que me desilusionase: no siempre van a ser brillantes. Dexter, una de las promesas de la temporada, me ha parecido un bodrio, y lo lamento mucho, porque yo quería que me gustase.
Dexter es una secuela (comercial, no argumental) de A dos metros bajo tierra. Aprovechando el tirón de la serie de Allan Ball, han cogido a uno de sus protas, el interesantísimo actor Michael C. Hall (David Fisher en A dos metros...) y han montado un producto donde él es la estrella y el principal reclamo. Hasta ahí, estupendo. Yo soy el primero en picar en el anzuelo de Michael C. Hall, me interesa mucho su trabajo, pero podían habérselo currado un poco.
El argumento de partida ya es delirante, pero unos buenos guionistas le podían haber dado consistencia: Dexter es forense de la policía de día y asesino psicópata de noche. Pero, ojo, que sólo mata a los malos que se lo merecen y que el sistema judicial, ese fiasco en el que los ciudadanos no pueden confiar, no condena. Es un justiciero que recupera el espíritu fachoso de Harry el Sucio. Pero si Harry el Sucio era un personaje interesante, Dexter es más plano que una tabla de planchar. Monologa interiormente (!) y sus anodinas reflexiones son un lastre machacón que no te deja meterte en la historia. Subraya una y otra vez que él es un monstruo, un tipo especial que ve el mundo con otros ojos y bla, bla, bla. El problema es que luego no lo demuestra. Tú puedes decir que eres especial y enigmático, pero si tus actos dicen que eres más aburrido y lerdo que un antenista en paro, te puedes ahorrar los monólogos.
Los guiones están cogidos con alfiler, y el buen trabajo de unos actores que no están nada mal no basta para salvar unas tramas que hacen agua por todas partes. No hay intriga, las víctimas no inspiran sentimiento de empatía o antipatía ninguno, y los crímenes del asesino en serie al que persiguen, y que reta a Dexter en un jueguecito que todos hemos visto en pelis como Seven, no logran despertar el más mínimo morbo o interés. Y, para colmo, cometen un error mojigato que anula absolutamente el planteamiento: si se supone que nos tiene que dar repelús la faceta asesina del prota, ¿por qué no muestran sus crímenes? Sólo se enseña el comienzo, cuando los apresa y los ata a la mesa, pero nunca vemos cómo los mata y descuartiza. Hay una pudorosa elipsis incomprensible. Te pasas todo el capítulo esperando a que mate a alguien, y cuando lo mata, viene el tío Paco con las tijeras del horario de protección infantil y pasa a la siguiente secuencia. Pos vaya. ¿Os imagináis que nunca vemos cómo Los Soprano se cargan o dan una paliza a alguien? ¿O que en Doctor en Alaska nos estuvieran diciendo todo el rato que viven en un pueblo perdido, pero las escenas se rodaran siempre en decorados y nunca viéramos cómo es el pueblo? Pues eso hacen en Dexter. Eso sí, con mucho monólogo trascendente. Michael C. Hall está muy bien, no es culpa suya que no le den material bueno para trabajar.
Por supuesto, la fotografía y la música mu rebonicas. Cada plano es perfecto, con el encuadre y la luz embriagadores y misteriosos. Tan perfectos, que cansan: el capítulo es una sucesión de Caravaggios insoportables. Además, al contrastar con la pobreza del guión, este alarde técnico todavía subraya más la inanidad de la serie.
Lo dicho, una decepción. Me quedo con el Michael C. Hall de A dos metros..., donde los guionistas le dieron la posibilidad de demostrarnos a todos que es un actorazo. Mejor suerte otra vez.
GRANDES FRASES: FUTURAMA

Dice Bender, al borde del llanto, cuando Lilla está a punto de ser devorada por un extraterrestre:
"Sé que sólo eres una insulsa forma de vida basada en el carbono, pero en el fondo de mi corazón siempre consideré que estabas hecha de titanio".
También Bender, en el funeral de Fry, llorando su pérdida:
"Cuando decía que mataría a todos los humanos, siempre añadía en voz baja: 'menos a uno'. Fry era ese uno, y nunca se lo dije".
A Bender le han instalado una bomba que se activa cuando dice la palabra culo. Intentan quitársela, pero no lo consiguen y deciden cambiar la palabra de activación por otra que no usa nunca. Bender intenta adivinarla:
"¿Una palabra que nunca uso? ¿Cuál es? ¿Por favor, gracias, lo siento, sin alcohol?
THE FAMILY IS BACK

Por fin estoy viendo la sexta y última temporada de Los Soprano. Se suponía que iba a salir en DVD en junio, pero no ha aparecido hasta este mes, cuando precisamente acaba de ganar el Emy a la mejor serie dramática, aunque mi amado James Gandolfini se ha ido a casa sin premio. Podéis leer tranquilos, que no voy a reventar nada de las tramas.
Sólo diré que los cameos son tremendos en esta temporada (Lauren Bacall, la gran Lauren Bacall asoma la nariz haciendo de sí misma en un capítulo), y Steve Buscemi se aviene a dirigir un episodio. Nuestra querida familia se enfrenta a situaciones bastante jodidas, no ya por el acoso del FBI sino por su necesidad de adaptarse al siglo XXI. Menos mal que Tony mantiene las cosas en su sitio y sabe evitar que cuestionen su liderazgo.
Una idea que no sé si he propuesto ya en este blog: habría que hacer un libro de recetas con los platos que salen en la serie. A lo mejor, incluso daba para dos tomos. Qué barbaridad, qué manera de comer, y qué gusto. De hecho, esta idea existe con la mafia real: el ex mafioso neoyorquino Joseph Iannuzzi, que dejó el crimen a cambio de integrarse en el programa de protección de testigos del FBI, publicó en 1993 un best seller: The Mafia Cookbook, donde explica cuáles eran las recetas favoritas de los capos, cómo les gustaba comerlas y, lo más morboso, qué les apetecía comer antes o después de un ajuste de cuentas. Iannuzzi era su cocinero.
Mi libro de Los Soprano sería más light. Al fin y al cabo, es ficción. Estaría el pollo a la marsala que prepara Carmela y los escalopines de Artie Bucco. Me encantaría cenar un día en el Vesuvio y que Artie Bucco me agasajara con su plato del día. En fin, os dejo, que me está entrando hambre.
TANIA RAYMONDE

Nueva incorporación a la galería erótico-fílmica de este blog. Es una actriz muy joven (19 imponentes añitos), pero destila un morbazo poderosísimo. Su carrera está empezando ahora en el cine: dentro de poco se estrenarán dos pelis indies que coprotagoniza y le auguro un porvenir brillante si la dejan crecer profesionalmente.
En realidad la descubrí hace unos años, cuando fue Cynthia, la seudonovieta de Malcolm en unos pocos capítulos de Malcolm in the middle. Tendría entonces 14 o 15 años. Sí, sí, ya sé lo que pensáis: pederasta, pervertido y esas cosas, pero os puedo asegurar que no. El personaje de Cynthia era el de una niña cómica, y como tal lo leí, por más que Cris repitiera a mi lado que esa niña apuntaba maneras y que iba a ser una mujer impresionante (como a la vista está). Ahí se quedó, como una niña actriz con una gran vis cómica y talento para dejarse querer por la cámara.
Sin embargo, ayer, en el segundo capítulo de la tercera temporada de Perdidos, apareció fugazmente, ya convertida en este bellezón, y no me lo pude creer. Corrí al IMDB para cerciorarme de que era la misma actriz y, efectivamente, lo es. Un aliciente más para ver la serie de los naúfragos aéreos. En esta temporada, interpreta a Alexandra Rousseau, que todavía no ha desvelado su función en la trama, pero que se vaticina importante. Su papel en Perdidos ya le ha generado una pequeña corte de seguidores a la que me añado desde hoy. Espero que sus pelis se puedan ver en España. Así que recordad este nombre: Tania Raymonde.
LOS PEORES ANUNCIOS DE LA TELE

Aun a riesgo de hacer el juego a los publicistas que han diseñado las campañas (que hablen de uno, aunque sea mal, y esas cosas), no se me ocurre mejor forma de inaugurar la temporada televisiva que haciendo un Top-5 de los anuncios más irritantes que actualmente emite mi idolatrada caja tonta. Pero es que me enervan, transmutan el buen rollo que las series y las pelis me transmiten en odio hacia la humanidad, y por eso he de reseñarlos, para no sentirme tan solo y comprobar si a vosotros también os alteran el sistema nervioso central. Renovaré periódicamente esta lista de odios. De momento, la cosa queda así, de menos a más:
On number five...
- Carefree. "No importa las braguitas que lleves, te sentirás bien en cualquier momento". Menos cuando veas ese anuncio. Los contoneos de esa pija -por más que su anatomía casi al descubierto me inspire otras emociones que no vienen al caso- merecen el cadalso. No por lúbricos, sino por estúpidos. Su risa idiota del final me provoca pensamientos de anciano: "Ay, hija mía, tú lo que necesitas es haber pasado una guerra para enterarte de lo que es estar bien de verdad".
On number four...
- Kangoo. Unas toallitas para que los niños se limpien el culo. Sale un grupo de querubines haciendo una coreografía y cantando una canción sobre las bondades de limpiarte el culo tú solito. Ya sabéis, el rollo freudiano de que si te mola tu caca eres una persona creativa. Nada que objetar ni a la mierda infantil ni a la debida higiene, pero la mascota del anuncio es una especie de rana bípeda que enseña sin rubor cómo usar las toallitas de papel. Sin embargo, en la demostración, la ranita en cuestión se introduce una toallita por el culo y hace un gesto de "qué guay". Yo creía que la estimulación anal se practicaba a otras edades, y tampoco entiendo esa filia erótica por la celulosa.
On number three...
- Micralax. Seguimos con lo escatológico. En un arranque presuntamente cómico, se nos presenta a una pobre y atolondrada chica inmersa en un viaje organizado en autobús. Un enano que hace de guía dice: "Cinco minutos para la visita", y a ella se la ve agobiada y pisoteada por mil turistas estresados. Al final, el grupo llega al hotel, ella entra en la habitación y saca del neceser un paquete de Micralax, "edemas higiénicos contra el estreñimiento ocasional". Suena una cadena de WC derramando su beatífica cascada y ella dice -con el intestino ligero, se supone-: "Con Micralax, estoy tranquila". Pos bueno, pos fale, pos malegro. Pero, ¿qué tienen que ver los viajes organizados con el estreñimiento ocasional? ¿Que en ambos casos se acumula mierda? Me habría gustado asistir a la brain storming de este anuncio y ver en qué punto se asociaba no cagar con ir en un autobús a ver Florencia.
On number two...
- Polaris World. Si no tuvimos suficiente con Anne Igartiburu y Marina d'Or, este año ha llegado Camacho con Polaris World en Murcia. Como son murcianos, han hecho un anuncio ad hoc (quizá este comentario hiera a muchos, pero un amigo mío decía que Murcia es a España lo que Texas a Estados Unidos, y que si nos empeñáramos el resto de españoles, conseguiríamos desgajar la región y empujarla hasta que se uniera con Argelia, y que les aguantaran ellos. Pero yo no suscribo tales dislates, o lo hago sólo en parte). Después quitaron a Camacho paseando por la playa, porque quizá vieron que como reclamo glamouroso no pegaba, y metieron a un blasillo que dice ser presidente de Polaris World, cuando a todas luces es un hombre de paja de la mafia rusa. Quizá para reírse de él, el guionista le hace decir: "Pague por su vivienda un precio justo en el que probablemente sea el mejor resort de Europa". La gracia está en que el blasillo es incapaz de pronunciar "probablemente" y le sale algo etílico y parecido a "pmmnte". Por lo demás, y no sólo como residente en Aragón, sino como habitante de la aldea global, me irrita mucho tragarme las bondades de unos campos de golf construidos en el desierto. Pero eso quizá sea otra historia.
And the winner is...
- Noolor. Sí, lo siento, los anuncios de productos de higiene ganan por goleada (cuatro de cinco), pero la realidad es así de dura. Los anuncios de Evax se caracterizan por su elevadísimo nivel de irritabilidad, que aumenta cuando sabes que la firma de Isabel Coixet está detrás de muchos de ellos. Te acercarías al plató y abofetearías uno por uno a todos los miembros el equipo. Pero los abofetearías, nada de golpearles con dignidad para que se cuadren y se defiendan. Abofetearles como a colegialas ñoñas. En este caso, "Evax te invita al mundo noolor". Y siguen: "Noolog a música, noolog a nieve y noolog a inosensia". Esta última, con piruleta gigante de regalo. Oh, qué fantástico. Y se quedan tan anchos. Doscientos años de dolorida lucha feminista, con miles de mujeres que lo han sacrificado todo en el combate contra el machismo, y llegan los de Evax con su noolog y mandan a todas a la mierda. Ay, pobre Mary Woollstonecraft, pobre Virginia Woolf y pobre, pobre, pobre Sylvia Plath. También pobre Margarita Nelken -por poner una española, que haberlas, haylas- y pobre Simone Weil y la otra Simone, la de Beauvoir. Espero que vuestros fantasmas atormenten a Isabel Coixet con pesadillas llenas de mugre y de Homers Simpsons. ¿Prevendrá la asignatura de Educación para la Ciudadanía contra los anuncios de compresas? Señorita Coixet: la menstruación es un proceso fisiológico asumido con normalidad por la inmensa mayoría de las mujeres de la humanidad. Tenga la bondad de ahorrarnos la metafísica, que todos sabemos lo que es una compresa manchada.
UNA DE ROMANOS

Cuando la pusieron en Cuatro no pude seguirla (en contra de lo que le suele pasar a la gente con horarios decentes, yo sólo puedo seguir las series que echan a partir de la medianoche). La he visto ahora en DVD y, aunque muy tarde, por fin estoy en condiciones de hablar de ella.
Se la recomendé a una amiga seriéfila y me dijo que no le llamaba la atención, que aquello tenía un tufo a BBC yoclaudista que tiraba para atrás. Supongo que a mucha gente le pasará lo mismo, y entiendo los prejuicios: a mí también me resultan insufribles las recreaciones históricas de la BBC, que parecen como de Estudio 1, tan teatrales, tan falsas y con esos actores shakespearianos tan blancuzcos que creen estar interpretando delante de la reina Victoria. Pero es que Roma, aunque esté la BBC de por medio, no tiene nada que ver con Yo, Claudio. Es una serie del siglo XXI para espectadores del siglo XXI, sin pretensiones de ser un manual de historia.
Me gusta Roma. Y me gusta precisamente por todas esas cosas que le han reprochado sus detractores: me gusta que la acción se centre en las ficticias andanzas de dos soldados inspirados en otros dos que aparecen citados en un párrafo de La Guerra de las Galias, Lucio Voreno y Tito Pullio; me gustan los primeros planos de los actores, que rompen con los referentes visuales del cinemascope y nos devuelven una Roma de romanos (esto es, de personas humanas) con la que sí que podemos sentir empatía; me gusta que se folle y que se coma en abundancia, y me gusta el atrezzo, inspirado en Pompeya, tan reconocible para cualquiera que haya paseado por la ciudad maldita del Vesuvio. Y, por supuesto, me quedo tonto con la fotografía, especialmente en las secuencias callejeras, con esos ocres tan bien marcados.
Dicen algunos historiadores que, a diferencia de Yo, Claudio, no nos cuenta nada de la historia romana, de porqué y cómo cruzó César el Rubicón, pero no creo que la pretensión de la serie sea enseñarnos historia antigua. Roma es una serie de gestos y de personajes que viene con la filosofía de HBO, que no es otra que la de eliminar las imposturas de género. Los actores parecen haberlo entendido y están a la altura, por eso aguantan tan bien sus primeros planos y por eso saben imponerse al decorado. Si lo único que nos importase de la serie fuera la exactitud con la que se ha reproducido el Senado romano, habrían fracasado. HBO y la BBC han contado una historia de la vida cotidiana, como siempre, pero esta vez en la antigua Roma, con excusa histórica. Es decir, no han hecho épica (de ahí que no necesiten cinemascope ni grandes planos abiertos), sino lírica.
En otras palabras: es cierto que no se dan las claves por las cuales Roma pasó de una República senatorial a un Imperio de déspotas, pero resulta mucho más interesante ver a Lucio Voreno debatirse entre su sentido del deber, el amor a su familia y su recta moral republicana. ¿Por qué? Sencillamente, porque el dilema de Lucio Voreno lo viven todavía hoy millones de personas cuando salen de su casa por la mañana para ir a trabajar. Éso es lo que distingue a los narradores que quieren captar el espíritu diferenciador de una época de los que buscan la universalidad aglutinante de los sentimientos humanos. Cambian las políticas, las formas de relacionarse, las estructuras sociales, todo cambia. Pero la amistad, el amor, la traición, el deseo, el miedo, el odio y el resto de miserias humanas las reconocemos en cualquier época y cultura, ya sea en un Ulises atado a un mástil o en una oficina silenciosa y gris a las cuatro de la tarde.
Qué le voy a hacer si soy así de superficial.
ADIÓS A ESTRAVAGARIO

No entiendo qué coño pasa con los programas sobre literatura en este país, y mucho menos entiendo que retiren Estravagario de la pantalla la próxima temporada. ¿Por qué tanto baile, tanto cachondeo? ¿Por qué la tele pública anda tan preocupada por las audiencias?
Vamos a ver, y al margen de cifras. Cuando alguien prepara un programa sobre atletismo, lo hace pensando en la gente a la que le gusta el atletismo, y se adapta a su lenguaje y sus maneras. En ningún momento buscan captar al público que aborrece el atletismo. Cuando se plantea un programa sobre cine (salvo Cine de barrio, claro), ocurre lo mismo. Y ocurrirá lo mismo con los toros, con la caza con perdigones, con el flamenco puro de Cádiz y con la cocina popular sanabresa. Si alguien plantea un programa temático, y no un concurso generalista, busca enganchar al público interesado en ese tema. Por más divulgativo que sea su tono, no está ahí para fomentar conversiones: ellos predican para su parroquia, como los judíos, y quien quiera unirse al club, que se una, pero que sepa que los demás no van a bajar el ritmo para que él se suba al tren en marcha: tendrá que esforzarse por ponerse a la altura. Por eso, la rentabilidad de estos espacios siempre está cuestionada y su lugar natural es una tele pública que anteponga la calidad a la cantidad (en esto de la rentabilidad hay excepciones, como el maravilloso programa sobre setas de la tele catalana, Caçadors de bolets, que es líder de audiencia en Cataluña).
Entonces, me pregunto yo: si los programas de atletismo, cine, caza con perdigones, flamenco puro de Cádiz y cocina popular sanabresa están pensados para los amantes del atletismo, del cine, de la caza con perdigones, del flamenco puro de Cádiz y de la cocina popular sanabresa, ¿por qué coño los programa de literatura se tiene que hacer para que los vean los que no son lectores ni aman la literatura? ¿No es obvio que quien no lee libros no verá nunca un programa de libros? ¿Por qué coño hay que dirigirse al público en general y no a los que somos lectores y amantes de la literatura? ¿Por qué se nos margina de esta forma? ¿Es que acaso la lectura es una obligación que tiene que hacerse por cojones y que tiene que gustar a todo cristo? Siguiendo un ideal ilustrado -y los intereses mundanos del sector editorial-, habría que contestar que sí, pero habrá que entender que siempre, incluso en la sociedad más culta y armoniosa, el vicio lector se cultiva voluntaria e individualmente, como cualquier otro vicio o afición. Y, como cualquier otro vicio, sus recompensas sólo se sienten tras una dura iniciación: cultivar la sensibilidad, acomodar el gusto y despiojarlo lleva mucho tiempo y esfuerzo. Es una dedicación laboriosa y voluntaria. ¿Por qué los aficionados a ella no podemos tener un espacio en la televisión donde se trate la actualidad de nuestro vicio de una forma satisfactoria? ¿Por qué los aficionados al atletismo pueden ver entrevistas a los atletas que despuntan y nosotros no podemos ver por televisión a los escritores que despuntan, y conocer sus gestos, su forma de explicarse y hablar de su obra? Pero, ¿qué hemos hecho de malo los lectores?
Además, ¿es incompatible un programa de fomento de la lectura con otro para lectores ya formados? Todos los países cultos tienen su gran programa literario donde se debaten las tendencias y los autores que están pegando fuerte. Tendrán más o menos audiencia (en Alemania y Francia tienen muchísima, es cierto, pero no están sometidos al vaivén de cada legislatura ni les cambian el horario y el día de emisión cada semana), pero ahí siguen, respetados y respetables. Nuestra TVE cambia de espacio literario con cada gobierno. ¿Por qué se cargaron a Sánchez Dragó? Será lo que sea, pero creo que hacía un programa de libros estupendo. No menos estupendo que Estravagario, ciertamente, pero, si algo funciona, ¿por qué quitarlo para colocar a tus amigos? ¿Es que no ha cambiado nada en este país desde los tiempos de Larra?
Ahora ya se ha confirmado: los lectores nos hemos quedado sin programa en TVE. Se ve que estamos muy por debajo de los aficionados a los toros o al bricolaje. Además, los programas de televisión formarán a espectadores de televisión, difícilmente formarán a nuevos lectores. Porque la única manera de formar a un lector es leyendo. El programa de televisión se dirigirá a lectores ya formados. Pero qué sabré yo, que no soy directivo de TVE ni nada.
EL FIN DE LA FAMILIA

Hasta The New York Times le dedica hoy un paginón. No es para menos: Los Soprano se acaba esta noche, después de seis temporadas (siete, en realidad, porque la última tiene dos partes, la primera de ellas a puntito de salir en DVD en España) y los fans de Tony contienen la respiración. HBO emite hoy domingo el último episodio, el número 86. Hoy es un día grande y triste para la tele.
Tres posibles finales rodados, de los que no se ha filtrado nada, salvo que uno de ellos -según el creador de la serie, David Chase- incluye la posibilidad de que Tony Soprano acabe traicionando a su familia y convirtiéndose en soplón del FBI. Infartante sería eso, después de tantos episodios en los que hemos visto cómo despachaba a quienes caían en la tentación de colaborar con los federales o, simplemente, se convertían en un estorbo para los propósitos de la familia. "Sólo pido que me matéis sin dolor", acertaban a suplicar algunos.
Yo sólo le pongo velas a una virgen en la que no creo para poder comprar pronto la sexta temporada y saciar mi sed de yonqui. Los Soprano han marcado un antes y un después en la historia de la tele, y esta vez no es un tópico, es real: han roto definitivamente los tabúes sobre lo implícito y lo explícito, han adaptado el cine más sublime a los registros televisivos y han demostrado que "la masa" no sólo consume alfalfa de Gran Hermano y Operación Triunfo "porque es lo que pide la audiencia". Cuando esa "masa" se enfrenta a una historia con mayúsculas, contada con un talento fílmico y narrativo indiscutibles y que coquetea con todos los puntos flacos de la sensibilidad social y moral del espectador, la respuesta nunca puede ser la indiferencia. Se van Los Soprano, pero dejan una tele nueva; una tele que está dejando en ridículo a su hermano mayor, el cine. Aunque bien es cierto que ha trazado un panorama a dos velocidades: ha creado una televisión "para elites" culturales cada vez más sofisticada, y otra televisión que se regodea en sus heces por contraste. Por lo menos, ahora se puede elegir: se acabó el igualitarismo catódico, ése que nos condenaba a dos únicas opciones, la de apagar o encender el aparato. Al menos, en Estados Unidos. Está por ver que en España eso vaya a suceder para los que no quieran o no puedan pagarse la tele por cable.
Por cierto, que la página de televisión de The New York Times está encuadrada dentro de la sección "Arts", junto a las críticas de teatro, de música y de las novedades literarias. Vamos, integrada en la sección de cultura y espectáculos como merece, y no en un rincón como si fuera una apestada. En España sigue considerándose un hueco de relleno que adorna las parrillas del final.
MADEROS CHUNGOS

Sé que dije hace no mucho que prefería a los desastrados detectives de gabardina mugrienta antes que a los policías impolutos de las series de ahora. Entre ellos, hice una alusión muy velada a la subjefa Brenda Johnson, la prota de The Closer, genialmente interpretada por Kyra Sedgwick, una actriz prácticamente desconocida por estos lares, pero muy popular en Estados Unidos por sus trabajos en televisión (es una cara habitual de los late nights de Jay Leno y Conan O'Brien). Con su interpretación en The Closer se llevó un Globo de Oro en la última edición. Cuatro emitió parte de la primera temporada, pero creo que la audiencia no acompañó y no sé si seguirán emitiéndola. Se puede ver en Calle 13 y, por supuesto, con un poco de paciencia, se puede descargar de "la mula".
Para los que no la hayan visto. La acción transcurre en Los Ángeles, en un departamento de Policía cuestionado por sus pasotes racistas y violentos y sometido a un férreo control gubernamental. En el proceso de limpieza del departamento, se ficha a una brillante investigadora procedente de Atlanta que se pone al frente del grupo especial de homicidios, la élite del cuerpo. La vieja guardia la recibe de uñas, y ella tiene que ganarse su confianza demostrándoles que es la mejor en su trabajo. Su currículum incluye una formación en la CIA como interrogadora, y ése es su punto fuerte y el que da nombre a la serie: the closer es el cuarto donde los policías interrogan a los sospechosos y consiguen su confesión. Y la subjefa Brenda sabe cómo hacer que un asesino se derrumbe.
Siguiendo un recurso muy explotado en las últimas series de éxito, la gracia de The Closer está en el contraste entre la brillantez y precisión del personaje en su trabajo, y su dispersión, inmadurez y desequilibrio en la vida privada. Brenda tiene una relación casi enfermiza con su madre; se echa un novio que la quiere un montón, pero con el que rehuye comprometerse demasiado; su jefe, el que le ha fichado para el puesto, es un antiguo amante que sigue perdidamente enamorado de ella, y ella deja siempre abierta una falsa puerta porque es incapaz de enfrentarse a una conversación emocional seria con él. Pero su rasgo distintivo más poderoso es su adicción (de nuevo, la debilidad de Sherlock Holmes). Una adicción que la consume y se apodera de sus energías: la bollería industrial. Brenda no puede ver un donuts, porque se pone enferma. El azúcar es su kriptonita.
The Closer es excelente, con una música (rockera) y un ritmo dignos de las grandes series policíacas de la historia de la tele; los guiones, ágiles y tan enrevesados como una novela de Raymond Chandler (parece mentira que todavía se puedan escribir crímenes orginales y complejos), y la interpretación, brillante, aunque a veces se nota que Sedgwick, acostumbrada a otros registros, se esfuerza por contener al histrión que lleva dentro.
Y The Closer es Los Ángeles, cuna de muchas historias policíacas contemporáneas. La ciudad está retratada, es visible, se hace notar como un personaje más, y eso siempre me gusta. Cómo no pensar en las novelas de James Ellroy (de digestión más dura que un cocido del Boñar de León, local madrileño responsable de muchas malas siestas mías. Un lugar donde se comprometen a no cobrarte la cuenta si consigues terminarte lo que te ponen en la mesa; he de decir que yo siempre he tenido que pagar) y en una película de Curtis Hanson, el director que se atrevió a adaptar a Ellroy y nos regaló L. A. Confidential.
Otra recomendación para los amantes de las tramas policíacas: Hollywood Station, la última novela del maestro -y ex poli de Los Ángeles, qué miedo- Joseph Wambaugh, recién publicada en España por Belacqua. La estoy rematando estos días y espero daros un veredicto más amplio dentro de poco.
Una advertencia: por motivos de próximos viajes, mis lecturas e intereses de las semanas siguientes van a tener mucho que ver con la cultura norteamericana. Si me pongo muy pesadito con el tema, no dudéis en gritarme Yankee go home!, que yo no mido mis obsesiones.
Foto: Kyra Sedgwick.
MALCOLM IN THE MIDDLE

La 2 de TVE fue pionera, como tantas otras veces. España fue el segundo país del mundo, después de Estados Unidos, donde empezó a emitirse Malcolm in the middle, en mayo de 2000. Programada por las tardes, duró poco en parrilla y fue comprada por Antena 3, que la ha encajado en los fines de semana a unas horas imposibles para los que nos gusta salir por la noche. Ahora, Fox la emite desde el principio sustituyendo a Los Simpson al mediodía, y a mí me alegran la hora de comer, qué queréis que os diga. Hoy por hoy, siete años después, Malcolm no ha terminado de cuajar en los gustos españoles (o las teles no han sabido estar a la altura de los productos que emiten, vaya usted a saber), pero se mantiene con un público fiel, aunque no masivo.
Malcolm es una de esas series que demuestran que cuando se quiere, se puede. No hacen falta presupuestos de escándalo ni 70 minutos de duración para hacer buena tele (¡70 minutos duran los infames capítulos de Los Serrano!). Ni siquiera hace falta tener un concepto "artístico" del negocio. Receta simple: guionistas ágiles, directores con oficio y actores que entiendan que su trabajo es algo más que recitar unas frases como gramófonos con patas. Con esos ingredientes basta y sobra para hacer una serie fuera de serie (ejem, también hacen falta guionistas que no se atrevan a escribir conatos de chiste como el que acabo de poner).
Malcolm in the middle es una sitcom familiar al uso que no le tiene miedo al absurdo y que no entiende el humor con medias tintas edulcoradas. En ella se cumple la regla de oro de toda sitcom: al final de cada capítulo, la situación debe quedar como al principio. Esta artimaña servía, además de para proporcionar continuidad y unidad al producto, para mantener el tono conservador y ejemplificante de las tramas. ¿Cómo consigue Malcolm in the middle seguir esa regla de oro sin ser conservadora ni ejemplificante? Estableciento un punto de partida desquiciado. Por tanto, al final de cada capítulo, todo debe volver al desquiciamiento original, y no al orden familiar clásico. Una vieja y sencilla artimaña que hace de Malcolm una de las mejores series de humor de la historia de la tele.
En un suburbio de una ciudad estadounidense desconocida vive una familia canadiense de clase media baja. Malcolm es el hijo superdotado, el prota que habla mirando a cámara y encogiéndose de hombros ante la locura ajena. Un chaval cenizo con unos amigos muy frikis entre los que destaca Stevie, un chaval paralítico y con asma. Con él vive Reese, su hermano inmediatamente mayor, un matón borderline, y Dewey, el inquietante pequeño que grita más que habla y se hace amigo de moscas y payasos imaginarios, rozando el autismo. Los padres, Lois y Hal, poli malo y poli bueno, sobrellevan como pueden el caos y viven presos de sus propias hormonas, que les mantienen en un estado de cachondez sexual constante. Con los niños, Lois es partidaria de la mano dura, de la zapatilla en el culo y de los castigos épicos, mientras que Hal es un pobre calzonazos que sólo quiere escuchar sus vinilos en el garaje, patinar y ocultar a su mujer las tropelías de sus hijos -o las suyas propias, comprando su silencio con un billete de 20 dólares-. El hijo mayor, Francis, está en una academia militar de Alabama, donde su madre le envió, harta de que se metiera en líos. Francis es un intelectual de la farra, un tipo extremadamente inteligente y persuasivo que vuelca todas sus energías en montar fiestas y travesuras de colegio mayor, y lo hace con minuciosidad, persiguiendo la gamberrada perfecta. Es un líder para sus compañeros de la academia.
Eso es lo que hay. Nada del otro jueves, ningún Mediterráneo descubierto, pero más que suficiente para enganchar y seducir al espectador. Con chistes buenos, diálogos desternillantes, una puesta en escena y una realización a la altura de las circunstancias y unos actores que saben lo que hacen y que no cruzan la pantalla como zombis monocordes, se puede bordar cualquier cosa. ¿Que hacer esto requiere esfuerzo y unas dosis de talento que los churros hispanos al uso no reclaman? Claro que sí, siempre será más cómodo hacer Los Serrano, pero que no nos vendan motos: la diferencia con las series americanas no es sólo presupuestaria. Ay, si sólo fuera un problema de cuartos...
¡Viva Malcom!
DEADWOOD

Seth Bullock, canadiense, irascible y abstemio, ha llegado a Deadwood, y a Al Swearengen no le gusta. "This is not good for my business", murmura con ese maldito acento inglés que tanto odian los irlandeses que frecuentan su saloon. La llegada de Bullock al pueblo no es buena para su negocio, pero sí lo es para los adictos a las buenas series. He tardado demasiado en descubrir Deadwood, pero ya estoy metido hasta el cuello en su barro, su mugre y sus partidas de póquer. Esta tarde he sucumbido y me he llevado la primera temporada a casa, que disfruto a oscuras, a falta de whisky, con unas botellitas de cerveza Kwak (¡se ha levantado la veda etílica!).
Esta serie de HBO creada por David Milch (que se fogueó como guionista en Canción triste de Hill Street, serie que no me explico que todavía no esté en DVD) se basa en una historia real: la construcción del pueblo de Deadwood en 1876 en territorio indio, y de cómo acabó formando parte de Dakota del Sur. Empezó siendo un lugar sin ley, al margen de los Estados Unidos, ya que se situaba fuera de los límites del tratado que el general Custer había firmado con los indios. Durante unos años, Deadwood no tuvo alcalde, ni sheriff, ni juez. Lo único que tenía era la promesa de conseguir mucho oro en su río y la garantía de ser un refugio para los fugitivos. Éste es el escenario histórico sobre el que David Milch construye su ficción, con personajes igualmente históricos como protagonistas.
Más allá de lo que se dio en llamar western crepuscular, Deadwood es lo que necesitábamos los amantes de la frontera y de la mugre. Qué grande que a alguien se le haya ocurrido volver su vista al western, pero no al de John Ford. Deadwood es Peckinpah desnudado de épica y de romanticismos. Es Peckinpah sin lealtades. Un Peckinpah adaptado a la sensibilidad del siglo XXI. Por eso aparece tan potente y seductor.
Qué gusto da que alguien vuelva su mirada hacia la frontera, hacia esa frontera que pone todo al límite, que subyuga y condiciona cada detalle de la existencia de los personajes. Qué gusto da que alguien hurgue en la historia y encuentre el nombre de Seth Bullock, un buscavidas canadiense que curiosamente se cuenta entre los fundadores del parque de Yellowstone y que, en 1876, se convirtió en el primer sheriff de Deadwood. Al igual que Paul Newman en El juez de la horca, él tendrá que aplicar la ley "al Oeste del río Pecos".
En fin, ya tengo una nueva serie de la que soy fan. La caja tonta sigue asombrando.
GUIONISTAS LOBOTOMIZADOS

Me gusta demasiado la tele como para perder el tiempo viendo Los Serrano, pero la muerte de Belén Rueda no me la quería perder. Llegué muy tarde (cosas de mi curro, que me tiene encadenado a deshoras) y sólo alcancé a ver los últimos 20 minutos del episodio. Suficientes. De sobra, de hecho. Podía haberme ahorrado 19 de esos 20 y habría saciado mi curiosidad igual. Me pertreché de un bol de Frosties de Kellogg's (poderosa energía) y, empuñando una cuchara, esperé con placer de sádico el fatal desenlace. Dios, dios, que la destripen con un cuchillo jamonero y que sirvan sus vísceras como tapitas en el bar. O que la degüellen con el filo de un CD del grupito que montaron los pequeños monstruos de la serie. O con un DVD de la primera temporada. O que caiga intoxicada por un esputo de Jiménez Losantos. ¡Venga, vamos, el pueblo pide sangre!, clamaba desde mi democrática poltrona, llenando la pantalla de copos de Frosties de Kellogg's (poderosa energía).
Mira que hay formas de matar. Y sin salir de España, que por aquí se mata mucho y con talento. Pues nada, los guionistas de Los Serrano no se enteran. ¿Cuánta pasta se levantarán al mes por no pensar? Después de tanta espera, Belén Rueda sale de plano y, acto seguido, se oye un frenazo y ¡crash! Los personajes se vuelven con una cara de susto con la que no hubieran aprobado primero de Interpretación en la escuela de teatro del Centro Cultural de Valderrobres y yatá. Luego se aparece en plan fantasma diciéndole a un Resines que huele a Oscar y a jamón rancio lo mucho que le ha querido y bla, bla, bla. Vamos, que mis diástoles y sístoles ni se inmutaron. ¡Que me devuelvan el dinero!, empecé a gritar. ¿Es que ni siquiera vamos a verla desmembrada en la cuneta?
Me imagino cómo fue el asunto. El guionista termina el episodio, lo imprime y se lo pasa al director, que hojea el final y dice:
-Oye, pero, ¿no era en este capítulo cuando matábamos a Belén Rueda? Es que no encuentro la secuencia por ningún sitio.
-Hostia... -diría el guionista-. Es verdad. Joder, es que ayer nos dieron las tantas con unas tordas en el Tropicana y se nos ha ido la perola mazo. Tengo una resaca... Joder, qué cabeza, ya no me acordaba de que la diñaba la piba esta.
-Pues habrá que reescribirlo.
-Uy, reescribirlo, dice. Con el embolao que tengo, que todavía tengo que terminar la secuela de Verano Azul. ¿Tienes un boli? Si esto te lo apaño yo en un momentico de na. Déjame la espalda pa' apoyarme, que te escribo la muerte de la tronca en este posavasos. ¿Atropellar es con "ll" o con "y"? Bah, qué más da, si es tele y no lo van a leer. Hala, ya lo tienes. Listo pa rodar. Me voy a echar unas cañas, ¿te vienes?
Y si no fue así, peor me lo ponen. En serio, ¿con cuántas lobotomías consigues ser guionista de Globomedia? O director general, vaya. Porque por el sueldazo que ganan, yo me hago una lobotomización frontal con el pico de la cama y echo el currículum mañana mismo.
PS: Chers amis, este blog va a estar irregularmente activo durante los próximos días. El sábado estaré volando a París, y puede que, cegado por su luz y por sus precios, me olvide algún día de actualizar este garito. En cualquier caso, y si las redes wifi lo permiten, mandaré algún parrafito con el portátil desde la Place de la Republique, mientras bebo un pozal de café au lait y me solazo con la mugre del Marais. Bonne chance, monsieurs et dames!
ZAPING LATINO

Zapeo impagable por un rincón de mi operador de cable que nunca frecuento: los canales latinoamericanos, un mundo de sensaciones que nos confirma que hay muchas cosas que no son dignas de admiración en el continente de Cortázar y de Rulfo. En resumen, ésta es la fórmula para acercarse a la América hermana: literatura y comida, sí; tele y parásitos intestinales, no.
No recibo las mexicanas, lo cual es una pena, porque en México me hice fan del sensacional concurso Cien mexicanos dijeron, con el impagable presentador ¡Marco Antonioooooooooo Regilllllll!, que parece un calco (mejorado) de nuestro Larrodera. Tampoco veo Univisión, fastuoso canal de hispanos en Nueva York donde todos los anuncios son de: "Aprenda inglés en cinco días para mejorar en su empleo o acceder a una colocasión mejor". Una pena, pero tengo otras joyas un poco más aburridas.
Caracol TV, colombiana con participación del grupo Prisa de por medio, es la mejor en cuanto a calidad de las producciones. Hechas con dinero, lujo y colombianas cañón en el papel protagonista de las principales novelas. Con algunos desnudos parciales de espaldas y todo. ¿Lo malo? Que es muy aburrida la constante sucesión de culebrones didácticos con políticos incorruptibles y sus abnegadas esposas de pechos operados. Si yo fuera un sicario, no me iban a redimir con esas fábulas.
Si uno quisiera hacerse una idea de cómo es Venezuela viendo Venevisión, concluiría que Venezuela es ese país de mujeres morenas, esbeltas, de interminable y sedosa melena y piernas larguísimas que se pasan la vida platicando en enormes sofás con galansotes y estrellas emergentes del reggeaton. Ni Chávez, ni Aló presidente, ni villas miseria. Aquí todo es ideal, salvo los concursos de talentos, que dejan pequeño a nuestro histórico Semáforo en cuanto a frikismo y sordidez, con chillones imitadores de Cantinflas y niños que se tiran pedos con el sobaco.
De Ecuavisa y Ecua TV sólo decir que, tras echarles un vistazo, comprendo que los ecuatorianos salgan en estampida de su país. Si ésa es la televisión más presentable y exportable del país andino, es que verdaderamente las cosas están muy malitas allá. Canal 44 o cualquier tele evangelista de Móstoles le da mil vueltas en estética, en producción y en ambición a la tele ecuatoriana. Una pena, de verdad. Es tan triste que hasta da cosa reírse. La estrella de Ecuavisa es un señor con un grave problema de sobrepeso que todavía no ha comprendido que si grita mucho a un dedo del micrófono, se distorsiona la voz y no se le oye un carajo. Aunque, total, para lo que estará diciendo, lo mismo da que no le oigamos.
Un poquito mejor (pero sólo un poquito) es Chile TV, donde parecen querer decirnos que, pese a que el país se ha modernizado y su economía va de puta madre, ellos siguen vistiéndose con la ropa heredada de sus primos. ¿Para qué gastar en vestuario si con un jersey con coderas solucionamos la papeleta? Son informales, digámoslo así. Como de andar por casa. Menos mal que las tramas de las telenovelas están a la altura del atrezzo, que si no... El otro día pillé una en la que unos amigos hacían una sesión de espiritismo, y lo que más miedo daba era el bigotito de pederasta que gataba el prota.
Mi favorita, en cualquier caso, es Cubavisión, el canal donde nunca pasa nada y la felicidad socialista es eterna. Sus producciones de ficción más recientes datan de los años 70, y narran las hazañas de un coronel cubano en Angola o las heroicas incursiones guerrilleras de unos tíos barbudos en una selva llena de imperialistas. Reconozcámoslo: estas son tramas que podrían estar bien si las rodara Spielberg con una buena millonada de presupuesto, pero que cuando las coge el camarada Oswaldo con una cuenta de gastos de cinco pesos y un plato de arroz con pollo, la cosa queda un poco deslucida. Vamos, que se nota que la terrible explosión no es más que un petardo de los que venden en las papelerías y que el temible ejército imperialista no son más que cinco gansos con palos que simulan rifles.
Tengo también un canal argentino, pero ese no cuenta porque es temático. Se llama Utilísima y es como una revista femenina televisiva, con programas sobre decoración, belleza y cocina. Un coñazo con acento porteño, créanme.
En fin, señores del cable, que estas ya me las sé. Espero ansioso las novedades catódicas de Belice, Trinidad y Tobago y la Guayana holandesa. Así que, si me hacen el favor de incluírmelas en el pack, les quedaría muy agradecido.
Foto: el gran Marco Antonio Regil, un ídolo de masas en México y Estados Unidos.
HBO, PATA NEGRA

Se cierra un círculo, el de A dos metros bajo tierra. Estoy viendo la recién comprada cuarta temporada en DVD, y la semana que viene saldrá al mercado la quinta y última, que no se ha emitido en televisión en España. Una excelente serie que ha sido impunemente maltratada por quienes dicen defender un modelo de televisión diferente, ese que proclama la segunda cadena de TVE.
Aunque, pensándolo bien, parece que las cadenas españolas le tienen especial inquina a las series de la factoría HBO, a la que pertenecen A dos metros..., Los Soprano, Roma, Sexo en Nueva York, el neowestern Deadwood, la policíaca The Wire y la que se anuncia como revelación de la temporada, Big Love, sobre una familia mormona de Utah. Repasando el trato que han recibido estas joyas en España, se hace uno una idea cabal de la inteligencia media de los programadores -o de la inteligencia media que le presuponen al público-. A dos metros..., en La 2, a trompicones, a deshoras, con los episodios desordenados y con interrupciones sin previo aviso; Los Soprano fue mimada para una selecta minoría en Canal Plus, pero La Sexta la somete a un maltrato inconcebible y no la promociona casi nada; Roma, emitida en Cuatro cuando el canal de Prisa estaba en pañales y no tenía audiencia, por lo que pasó desapercibida; Sexo en Nueva York tuvo su público en Canal Plus, pero al pasar a abierto, Antena 3 la utilizó como relleno cutre de las madrugadas; Deadwood y The Wire sólo se han pasado en canales de pago, y habrá que ver qué pasa con Big Love.
Es una pena que estemos condenados al DVD, al pirateo de internet o a apoquinar las facturas del cable para disfrutar medianamente a gusto de los productos de HBO. Porque lo que esta cadena (de pago) estadounidense lleva haciendo durante la última década es sublime, y ha logrado poner a la caja tonta por delante del cine en muchos sentidos. HBO (Home Box Office) nació en los años 70 como un pequeño canal de pago hecho por y para los teléfilos. y el lema que se repite en sus cuñas, "It's not TV, it's HBO", resume su realidad. Es cierto: HBO se ha empeñado en romper moldes, en dinamitar los inamovibles formatos televisivos, en destruir tabúes.
El canal empezó en Nueva York en los años 70 emitiendo películas y conciertos, y en los 80 empezaron a producir algunos telefilmes, pero no fue hasta mediados de los 90 cuando el baranda, Michael Fuchs, decidió apostar fuerte por contenidos atípicos y a contracorriente que incidieran sin tapujos y con audacia en asuntos que la televisión comercial aborda con mojigatería o doblez: el sexo, la violencia y los miedos de la sociedad occidental. Ahí explorarían. Ése sería el terreno por el que se adentrarían. Y les ha salido tan bien, que han cambiado la televisión americana y han arrastrado a las grandes majors comerciales, como la NBC o la Fox, que le han perdido el miedo a las tetas, a la sangre y a lo políticamente incorrecto.
El modelo de HBO es elitista, qué duda cabe. Sus ambiciosas series, rodadas como si fueran pelis de autor por gente que procede del mundo del cine, no buscan la universalidad, no buscan esa insipidez blanca que contenta a todo el mundo. Y, sin embargo, aunque muchos no entiendan sus series, y otros muchos, entendiéndolas, las tachen de pedantes o pretenciosas, HBO tiene unos 40 millones de familias abonadas en Estados Unidos. Para ser un canal de pago, eso supone un éxito arrollador. Pero, en España, no se enteran o no se quieren enterar.
En contra de lo que sucede en la televisión "normal", a los guionistas de HBO se les insta a olvidarse de formatos, horarios y pausas para la publicidad. La extensión y el ritmo de la serie se adaptarán a las necesidades de la historia que se quiera contar, y muy pocos writers saben trabajar bien con tan débiles pies forzados, acostumbrados como están a mil componendas esquemáticas. Ésta es una de las circunstancias que ha hecho que el sello de HBO sea para una serie tan fiable como el de la denominación de origen de Jabugo para un jamón. Puede no gustaros -como puede no gustaros el Jabugo, hay gente para todo y los paladares de esparto existen, vive dios-, pero si la serie que os disponéis a ver empieza con una careta de Home Box Office, dadle una oportunidad y prestad atención, porque estáis ante una serie pata negra.
LA TERCERA DE HOUSE

9 de enero. Estreno doble de la tercera temporada de House. En Cuatro y en el canal de pago Fox simultáneamente -tres capítulos seguidos en este último-, y yo me perderé ambas por motivos laborales. ¿Cómo seguirán las andanzas del trasunto médico de Sherlock Holmes? He resistido la tentación de husmear en internet para saberlo, pero no he podido evitar pensar un par de cosillas sobre la serie.
Me sigue gustando y la sigo disfrutando, pero creo que la trama está más que agotada. A partir de más o menos la mitad de la segunda temporada, los guionistas empezaron a hacer malabares para mantener una tensión muerta. Después de casi liarle con Cameron y sacarle de la manga una ex mujer de lo más sosainas, necesitan un relevo erótico. En los capítulos que empiezan, si no aparece ningún perdido amor juvenil, pondrán el acento en la tensión sexual entre House y Cuddy, y lo harán de la forma más insulsa y ramplona posible. By the American way, of course, con cenitas horteras y ñoñeces de deshojadora de margaritas. ¿Y qué más da? Lo importante es que ese señor desagradable siga diciendo burradas y siga resolviendo crímenes con forma de enfermedad. Lo demás es sólo envoltorio, aunque entiendo que puede llegar a estorbar la inverosímil búsqueda del amor de ese gruñón Mr. Scrooge.
También entiendo que pueda fatigar la continua genialidad de House, siempre con la frase ágil y certera en la boca. Entiendo que canse y que contribuya a generar una incómoda aura de irrealidad en torno a él. Pero es que a mí me recuerda a gente real que siempre tiene esa frase cabrona e inteligente que a lo mejor a tí se te ha pasado por la cabeza, pero siempre te cuidas mucho de decir. El cinismo cuasipuro es así, y ese aspecto de la serie y del personaje me parece que está logrado.
Le sacaría muchos más peros (todos ellos argumentales, narrativos o dramáticos: me importa un comino si las enfermedades, los tratamientos y los protocolos médicos que enseñan son así o no; eso lo dejo para los simplones incapaces de disfrutar de nada), y se los seguiré sacando, sin duda, pero voy a continuar enganchado. Porque soy un adicto a estos telefolletines y porque disfruto con el sadismo vicario: me mola ver cómo maltrata a la gente mientras la cura, algo que me resultaría insoportable en la vida real. Pero, sobre todo, la veré y la gozaré pensando que probablemente sea la última o la penúltima temporada. El personaje ha demostrado que no da más de sí: si evoluciona, si revela más matices, se cargará la serie, y si no lo hace, la convertirá en un enorme topicazo. En cualquier caso, los guionistas saben que están en un punto muerto. Les queda poca mecha y tienen que aprovechar para lanzar los mejores cohetes en la traca final. Ya me contaréis cómo empieza el asunto, porque servidor estará currando a esas horas y no sé cómo grabar las cosas de la tele desde que nos pusieron el cable, así que tendré que esperar mejor ocasión.
I'LL BE THERE FOR YOU

¿Qué puede hacerse un sábado antes de Nochebuena, aparte de pasar la tarde acumulando bolsas y deslomándote acarreando paquetitos con perritos piloto para el nene y para la nena? Pues ir al cine. Un clásico, vaya. Otros años, dedico ese día a trabajar, pero esta vez (vaya por dios: el trabajo a veces es un buen refugio contra otras responsabilidades que eludimos) me tocaba librar. Así, tras la obligatoria visita a San Corte Inglés y después de ponerle unos vendajes y hacerle unos mimos a la tarjeta de crédito, que no entiende la razón de tanto meneo en tanta caja registradora, nos fuimos al cine. Sin exigencias, que es Navidad. Con tal de no ver algo así como Pinkie and Winkie meets Santa Claus o Rudolph, el reno aficionado a los clubs de carretera y al bourbon de garrafón, nos conformábamos. Por eso acabamos viendo Scoop, la de Woody Allen con la imponente Scarlett (de la que hablaré otro día).
La peli, floja, flojísima. Claro que Allen, a estas alturas, puede hacer lo que le salga de las canas, pero... Es una farsa con un guión muy poco trabajado, que pretende no sé si homenajear a las comedias de enredo americanas que, a su vez, están emparentadas con los sainetes y los vodeviles que alegraban las frías noches de nuestros abuelos. Si buscaba eso, no lo logra. Scarlett no tiene vis cómica para este tipo de obras, y Woody apenas se reserva un par de chistes sobre judíos para sus frases. No sé si me sonreí un par de veces en toda la película, pero la tónica general fue de aburrimiento. Por eso, me dediqué a observar al público que llenaba la sala (ajá, así que es aquí donde os escondéis de vuestras familias, pensé). Creo que ya he escrito en otra ocasión que lo que menos soporto de Woody Allen es la gente a la que le gusta Woody Allen, lo que puede equivaler a una declaración de misantropía muy poco navideña, lo sé. Pero es que alucino con la predisposición del público, que se comporta como un perro de Pavlov. Primera secuencia, primera frase: risotada general. ¿Por qué? Porque es de una peli de Woody Allen, ergo gracioso, ergo me río. ¿Tiene gracia? Qué más da, es de Woody Allen, hemos venido por la marca, no por el contenido. Y así, toda la película: no importaba lo insípido o malo del chiste en cuestión, mis compañeros de butaca se desternillaban.
Este curioso fenómeno social, unido al aburrimiento, me llevó a pensar en las series de televisión que tienen risas. Y pensé en las que tienen risas de verdad, no enlatadas, como Friends, que se grababa con público en directo. Y entonces recordé que Enrique me había pedido en un comentario que diera mi opinión sobre esa serie en cuestión algún día en el que no supiera de qué escribir. Y creo que hoy es ese día. Por hablar de otra cosa que no lleve turrones y esas cosas.
Me incorporé a la serie tarde, muy tarde. Pasé de ella las cinco o seis primeras temporadas. No me atraía lo más mínimo la vida de esos individuos. Me la traía al fresco, y me la hubiera seguido trayendo al fresco de no ser por la insistencia de varios amigos a los que considero inteligentes, cultos y sensibles. Gente con criterio cuya opinión siempre valoro mucho. Me dije: algo tiene que tener la serie si estas personas a las que quiero y admiro me la venden con tanta pasión. Y, poco a poco, tuve que reconocer a regañadientes que me había equivocado al juzgar Friends. De hecho, acabé patéticamente enganchado a ella y recuerdo haber sentido auténtica pena cuando se emitió el último capítulo y la casa se quedó vacía. Tengo en casa todas las temporadas en DVD (ocupan un estante entero, junto a Los Simpsons y Cheers) y, de vez en cuando, nos tragamos algunos capítulos en versión original, porque descubrimos que el doblaje ha hecho papilla parte de la ironía de la serie.
¿Por qué me gusta Friends? A ver, intentaré improvisar algo, porque siempre es más fácil argumentar por qué no te gusta una cosa que lo contrario. Las afinidades proceden del estómago y de las vísceras y son más difíciles de diseccionar. En primer lugar, me gusta porque me parece graciosa, sin darle más vueltas, pero, si voy un paso más allá, me gusta porque ennoblece el desprestigiado humorismo blanco, es decir, un humor sin sesgo político o ideológico, que no persigue justificar ningún discurso previo y que tiene una acusada tendencia universalista. Es decir, que podamos reírnos todos independientemente de nuestra condición social, país, sexo, trabajo o raza de animal de compañía. Por supuesto, no hay altruísmo detrás de esa voluntad, tan sólo una natural expansión de mercados de consumo: si limas los argumentos de localismos, jergas, acentos y referencias políticas y geográficas, obtendrás un producto exportable para todas las televisiones del mundo. Ni más ni menos. It's business, my friend. Pero hacer eso bien es muy complicado, porque el resultado más probable es el de una serie plana, y ejemplos hay miles. Pero plano no es lo mismo que blanco: el humor, para serlo, debe tener aristas. Lo plano no hace gracia ni emociona ni nada. Ni contenta ni disgusta, sólo deja indiferente.
El mérito de Friends fue que consiguió esa universalidad sin perder intensidad en la acidez de su humor. Sus guionistas (y sus actores, que entendieron muy bien qué tipo de interpretación se requería de ellos) supieron incluir en cada episodio un sinfin de registros: desde el zafio chiste camionero hasta la más elevada humorada de universitarios de Harvard. Todo el mundo tenía su ración adecuada a sus necesidades. Tomaron como base el cine de comedia de los años 60 de Rock Hudson y Doris Day, le limpiaron la caspa y el tufo reaccionario de guerra fría y le añadieron unas cuantas dosis de mala leche. Luego, eligieron unos personajes que estuvieran entre los 25 y los 30, en una edad difusa, donde todavía no se han (no hemos, pues estoy en esa horquilla) asumido muchas de las servidumbres de la edad adulta pero se ha perdido la mayoría de las adolescentadas. Por tanto, hay una buena porción de público que puede identificarse con ellos: los jóvenes y adolescentes se ven reflejados en algunos aspectos, y los más adultos, en otros. Ahí está el núcleo de la serie. Sólo les faltaba darle un aire teatral y ubicarlo en un espacio reconocible: Nueva York, tierra soñada por mí. Era muy difícil que el asunto fracasara, aunque bien podrían haberse estrellado con todo el equipo.
Total, que a mí me hace mucha gracia y creo que Friends ha sido la última gran manifestación mundial de humor blanco, un humor que en España cultiva gente como Gomaespuma, por ejemplo, con Cándida como última expresión cinematográfica.
PS: Scarlett Johanson no tiene vis cómica, pero Jenifer Aniston (en la foto, la Rachel de Friends, aunque en un principio, los productores la contrataron para el papel de Mónica) tiene tanta, que se ha encasillado. Le acaban de rechazar un papel en la serie 24 porque ha perdido crédito como actriz dramática. Y eso que era la intérprete más preparada del reparto de Friends, la única que procedía de los exigentes circuitos de teatro alternativo del off Broadway. Qué malo es encasillarse, maños.
EL PAPÁ DE PENÉLOPE

Ha muerto el papá de Penélope. No de la Penélope que aspira a un Oscar. Tampoco de la de Ulises, que nos pilla muy lejos. Ha muerto el papá de mi Penélope, de la grandísima Penélope Glamour, que competía con el malvado Pierre Nodoyuna en Los autos locos y que luego tuvo su propia serie, Los peligros de Penélope Glamour. Ha muerto Joseph Barbera, pareja de hecho de William Hanna, fallecido en 2001. Barbera tenía 95 años y llevaba mucho tiempo jubilado, pero muchos de nosotros le debemos casi media infancia.
Desde finales de los años 50, Hanna y Barbera crearon un estilo propio de hacer dibujos animados. Con ellos, el cartoon alcanzó su máxima expresión y sólo fueron superados por la factoría Warner, que tenía mejores dibujantes y guionistas más cínicos y propensos al bourbon. Fueron stajanovistas de la animación, con una producción abrumadora en títulos, todos con el sello de sus trazos y el inconfundible cuello blanco de los personajes, marca de fábrica. Pero, además, fueron un útero fecundo sin el que sería imposible entender productos como Los Simpsons: ¿qué sería de Homer sin su antecedente directo, Pedro Picapiedra, a quien se rinde homenaje en varios capítulos de la serie de Springfield?
Las tramas de Hanna-Barbera no eran tan sofisticadas como las de la Warner. Eran historias sencillas, con personajes pícaros cuyas peripecias pretendían arrancarnos una sonrisa -más que una carcajada- a la hora de la merienda. Su primer gran éxito fue El show de Huckelberry Hound, estrenado en 1957, pero la revolución Hanna-Barbera llegó tres años después, con Los Picapiedra, que marcaron las dos décadas catódicas siguientes e iniciaron un género de parodia familiar animada que ha seguido cultivándose, de forma cada vez más ácida y desmadrada, hasta Padre de familia.
El éxito de ¡yabadabadú! permitió el despegue de la compañía y la eclosión de los títulos que nos han alegrado tantas tardes lluviosas y tantas mañanas de domingo: El oso Yogui, Maguila Gorila, El lagarto Juancho (estos dos, de mis favoritos, porque eran mucho más listos y malintencionados que el oso de Yellowstone, y menos marisabidillos que El pájaro loco), Los autos locos (con mi amada Penélope Glamour y el entrañable profesor Locovitz, trasunto del profesor Franz de Copenhague), Tom y Jerry, La hormiga atómica, Superratón (no olviden supervitaminarse y mineralizarse), y, mucho más tarde, Los Pitufos y Los Snorkles. Scooby Doo, uno de sus éxitos más sonados, del que todavía se producen capítulos, nunca me emocionó. No le encontré la gracia a ese perro afónico, pero la mayoría de las creaciones paridas por estos dos señores han supuesto horas de felicidad para ese niño que debo llevar escondido todavía en algún rincón de mi intestino.
En los años 90, la pérfida Warner (por cuyos dibujos, ya lo he dicho, sentía mucha más debilidad) compró Hanna-Barbera y le cambió el nombre. Ahora se llama Cartoon Networks, y bajo esa nueva denominación fue la responsable de producir, entre otras cosas, Johnny Bravo, de Seth MacFarlane (creador de Padre de Familia, qué pesao soy con la seriecita, ¿verdad?). En algún rincón de la Warner custodian los fondos de Hanna Barbara, ahora en DVD y en el e-mule, pero también en las parrillas de cualquier televisión del mundo, que siguen programándolos. Por cierto, el episodio del nacimiento de Pebbles en Los Picapiedra fue, durante unos cuantos años, el programa más visto de la tele americana. Ríete tú de la boda de Médico de familia o de la última masturbación de Gran Hermano.
Espero que Mr. Joseph descanse en paz y que haya tenido una muerte dulce, por todo lo que nos ha hecho disfrutar. Lástima que no exista el Nobel de dibujos animados.
EL LAZARILLO REDIMIDO

Dije hace poco que todavía no me había enganchado del todo a Me llamo Earl, pero a estas alturas, esa afirmación es falsa. Ya soy un fiel servidor del karma. Qué gran serie: breve, directa, cachonda. Creo que desde la maravillosa Malcolm (¿qué fue de ella, por cierto?), no me había reído tanto con una serie con actores.
Para quien todavía no conozca las peripecias de Earl Hickey, resumo brevemente. Earl (un Jason Lee en estado de gracia, que diría un crítico vago) es un ladronzuelo de poca monta, un Lazarillo de Kansas, carterista, timador y muerto de hambre. Hasta que un día roba un boleto de lotería que resulta premiado, pero al celebrarlo, una anciana le atropella y pierde el boleto. En el hospital, ve un programa donde hablan del karma: si haces cosas buenas, el karma te recompensa con cosas buenas; si haces cosas malas, sólo recibes cosas malas. Ahí, el infeliz ve la luz. Su vida es un asco porque sólo hace cosas malas, así que toca redimirse para que el karma le devuelva cosas buenas. En cuanto toma esa decisión, recupera el boleto premiado perdido, lo que viene a confirmarle que ha tomado la decisión correcta. A tal fin, elabora una lista con todas las malas acciones que ha hecho en su vida y se propone hacer algo bueno para cada persona a la que ha puteado. En el interín, su macarra y malvada mujer se divorcia de él y le dice que sus hijos son en realidad hijos de su colega, el Hombre Cangrejo, pero eso supone un alivio para Earl. Otra prueba de que el karma está de su parte y le ha librado de esos pequeños demonios. Así que se va con su hermano a un motel, donde concocen a Catalina, que trabaja de limpiadora. Entre los tres, se proponen tachar todas las líneas de la lista de Earl. Cada capítulo (20 minutos) es una mala acción redimida. Todas absurdas y desternillantes, claro está.
Jason Lee no sólo es el prota, sino uno de los tres productores de la serie, por lo que buena parte de su diseño es culpa suya, y se nota que pone en práctica lo aprendido con Kevin Smith (Lee debutó en el cine con Mallrats), pero también veo muchos ecos de los hermanos Coen (el ambiente sureño-californiano, los escenarios marginales, el tema del pícaro-paleto, los primeros planos que acentúan lo caricaturesco, el histrionismo de la interpretación, el ritmo acelerado de comedia vodevilesca y la propia fotografía, algo empastada y con los colores cálidos acentuados en beneficio de la caricatura). Pero otro de los barandas y promotores de Me llamo Earl es Bobby Bowman, que aprendió todo lo que sabe de televisión trabajado de guionista en Padre de Familia, por lo que también hay trazas del humor desfasado y cínico de los personajes de Seth MacFarlane. En general, las personas que han puesto en marcha la serie son muy jóvenes, con más ilusión que currículum, y proceden del cine y de la tele "indies". Es curioso que la todopoderosa NBC (la cadena de Nueva York especializada en sit-coms, hogar de Friends y de Seinfeld, entre otras) se haya decidido a dar la alternativa a profesionales sin consagrar, que todavía no tienen un armario atiborrado de Emys. Imagino que el padrinazgo de Jason Lee, un tipo popular y con una innegable vis cómica, contribuyó a convencer a los capitostes de la tele para que apoyasen el proyecto. Y les ha salido bien: llevan dos temporadas y la serie arrasa en Estados Unidos. No sé cómo le irá en España, porque, últimamente, las series que triunfan allá no terminan de encontrar un hueco en los gustos del blasillo hispano medio.
El espectador también agradece que Me llamo Earl se escape del clásico esquema de la sit-com tradicionales, con esos cutres salones de tres paredes más farsos que la farsa monea, que diría una que yo me sé, y risas en estudio. Rompiendo las convenciones televisivas yankis, utiliza recursos de serie dramática -rodaje en exteriores y en formato cinematográfico- para desarrollar una comedia (inciso: ¿os habéis fijado que los escenógrafos de las sit-com todavía no han logrado resolver el grave dilema teatral de sentar a cuatro personajes en torno a una mesa sin que ninguno de ellos dé la espalda al público y que, al mismo tiempo, no parezca que fuerzan las posturas? Pues Me llamo Earl lo soluciona rápidamente: eliminando al público, que sólo sirve para estorbar). Es más, yo anticiparía que las sit-com de ese estilo tienen los días contados, y gracias a jóvenes audaces como los productores de Me llamo Earl, que se resisten a desvirtuar su producto con insoportables risas y forzadas puestas en escena teatrales. Son jóvenes como nosotros, que han crecido viendo la tele y la valoran demasiado como para hacer de ella un remedo del teatro revistero y vodevilesco.
Así que lo dicho: espero que a vosotros os enganche también el karma y os pongáis manos a la obra con esa lista de las malas acciones.
DESPELLEJE CATÓDICO

Ya funciona en España lo que en otros países, como Francia y Alemania, funciona desde hace años: un sistema televisivo a dos niveles. Están las grandes cadenas, las mastodónticas generalistas obsesionadas por el share y dispuestas a vender a su abuela por un punto más de cuota de pantalla, y luego están las cadenas más indies, que renuncian de antemano a entrar en ese juego asesino en el que saben que no tienen nada que hacer y buscan otro público, allanando el camino para poder hacer cosas que en las otras teles no se pueden plantear. Es lo que en el Hollywood clásico se llamaban las majors y las minors. Las majors (Metro, Warner, etc.) tenían a las grandes estrellas en nómina, producían sin mirar las facturas del presupuesto y aspiraban a dominar el mercado. Las minors (United Artists, sobre todo), sin renunciar a competir en ese mercado, lo hacían a otro nivel, y mimaban más a los directores, que podían explayarse contando historias más limitadas en presupuesto pero con unos contenidos que iban (o pretendían ir) un paso creativo por delante de las superproducciones. Pues eso es lo que se está produciendo en España desde la irrupción de Cuatro y de La Sexta (nuestras minors) que, junto a YouTube y lo que algunos teóricos llaman la "proliferación de pantallas", está cambiando la televisión tal y como la entendíamos.
Ni Cuatro ni La Sexta son semilleros de experimentación, claro, pero tampoco son paquidermos movidos por la inercia del share. Se sitúan en un término medio que quizá les acabe condenando a una mediocridad inmerecida. A mí me da la impresión de que no terminan de encontrar su hueco entre Gran Hermano y La Noche Temática, que es donde quieren estar. Pero, mientras se acomodan, ofrecen algunas cosillas interesantes. Cuatro empezó apostando por el reportaje de calidad, tal y como había hecho Canal Plus, pero ha ido limando de su parrilla algunos buenos programas y se ha quedado fundamentalmente con Callejeros. La Sexta, menos periodística y más volcada en el entretenimiento a la manera de Globomedia, apuesta por formatos que ya han funcionado en otros momentos, especialmente en Telecinco, y que a mí me aburren un poco bastante. Tanto monólogo y tanto chiste sobre Bush cargan de puro vistos, y si vuelvo a ver a Urdaci evolucionando sobre un escenario me pegaré un tiro.
En estos tanteos van surgiendo algunos destellos, pero todavía no he visto la flor que crece en el estiercol que con tanto ahínco reivindicaba el movimiento punk (si el mundo es un cubo de basura, seamos las flores del vertedero, y esas cosas). El intemedio, de Wyoming, tuvo un arranque prometedor, pero se ha quedado en un producto correctito. Quizá si su emisión fuera semanal, ganaría algo de solidez, pero el día a día desgasta mucho. Los guionistas también tienen resaca, días malos, discusiones con la pareja y visitas de la suegra, y todo eso es más difícil de disimular en un programa diario que en uno semanal. Hasta Shakespeare, que era un currante de la escritura (así dejó los tochos que dejó) tiene frases y escenas que los críticos han llamado "monday morning words", palabras de lunes por la mañana, en las que se nota que el maestro tenía sueño, resaca o malas pulgas, y que cubría el expediente de cualquier manera.
Pero hay un programa que sí me hace gracia y que procuro seguir, pese a que Mapi, comentadora de este blog, odie a su presentadora: Sé lo que hicistéis la última semana, en La Sexta. La prueba del algodón de su brillantez consiste en que logra enganchar a un triste como yo, que jamás hojea una revista del corazón, que nunca ha visto Salsa Rosa y que no sabría distinguir por la calle a las hijas o hijos de la duquesa de Alba, cuyos nombres desconozco. Es un programa de parodia del corazoneo en el que no necesitas estar al día de nada ni saber nada de esos personajillos, porque lo que de verdad importa es la dinámica del espacio y los números que monta la presentadora, Patricia Conde, con sus colaboradores. Tampoco es nada del otro jueves, pero tiene momentos de verdadera carcajada, especialmente cuando aparece Ángel Martín, un tipo con una vis cómica de futbolín de caerse de espaldas. Hasta Miki Nadal, que nunca me ha hecho gracia con su baturrismo, está bien en este programa. Sólo le falla la última colaboradora, Pilar Rubio, que ya salía en Six Pack y cuyo única función en el programa es pasear su cuerpazo serrano por la calle para calentar al personal. A nadie le amarga un dulce, y no seré yo quien diga que la chica no está de muérdeme y quítamelo todo, pero no encaja, y rebaja mucho el nivel del resto del programa.
Todo lo anterior me lleva a reflexionar: si el único programa nuevo español que de verdad me dice algo es uno de despelleje, parodia y comentario de lo que sale en la tele (en realidad, el espacio en cuestión no es más que un zapping teatralizado), ¿será que la televisión española está incapacitada para la creación de contenidos originales? ¿Será verdad que este país es sólo un gran patio de vecinas y que lo único que se nos da bien es reírnos de los del cuarto izquierda? En fin, si es así, habrá que seguir explotando ese talento nacional.
ALLONS, ENFANTS DE LA PATRIE

Agárrense a los machos: Jacques Chirac quiere contagiar al mundo de los valores de Francia. Uno creía que esas cosas, los valores, eran propios de las personas, pero ahora parece que los países también gastan de ellos, y quizá degluten o desintegran a los ciudadanos que, instalados sobre su suelo, no los comparten, de la misma forma que nuestro cuerpo expulsa a los virus. ¿Será esa la explicación a las misteriosas abducciones, a la chica de la curva y al Triángulo de las Bermudas (¿qué pasa, que los continentes sí pueden tener valores, pero los mares no? Qué sucia discriminación)? Es un nuevo reto para tí, Iker.
¿Y cómo se propone Monsieur Chirac empezar su magna tarea de evangelización? ¿Va a colgar sus tesis de la puerta de Notre Dame? ¿Va a recorrer las aldeas y villorrios descalzo y predicando la buena nueva a los aldeanos? ¿Va a contratar a Mel Gibson para que dirija un film didáctico al respecto? No, señoras y señores, va a montar una tele que empezará a emitir mañana bajo el nombre de France 24. En resumen, se trata de una CNN en francés que, en palabras de le président, quiere "llevar a todas partes los valores de Francia y su visión del mundo". Ah, que los países también tienen visión del mundo. Acabáramos. Me siento muy pequeñito al lado de ese conjunto de accidentes geográficos acotados arbitrariamente por una frontera que, de siglo en siglo, baila más que Georgie Damn con un chute de anfetaminas.
Hasta ahora, el mundo francófono tenía TV5, un proyecto de varios países liderados por Francia que pretendía llevar el francés a los francófonos alejados de su tierra y servir de difusor en el resto del mundo de la cultura y de la lengua que comparten naciones como Suiza, Canadá, Argelia, Senegal o Bélgica. Pero difundir el cine, la literatura y el arte de esos países, así como dar a conocer lo que se cuece en ellos con buenos informativos y reportajes no tiene nada que ver con "llevar a todas partes los valores". TV5 no evangeliza, sino que ayuda a gente como yo a desengrasar su francés de vez en cuando gracias a sus pelis subtituladas. No quiero ser malpensado, pero me da a mí que Monsieur Chirac confunde los valores de todos los franceses (no de Francia, en abstracto) con los suyos propios y los de los dirigentes de su partido. Claro, que decir que te vas a gastar una millonada padre del erario público en propaganda en lugar de invertir en pavimentar las aceras de los guetos argelinos de las afueras de París no queda muy bien en período preelectoral.
Pero ahora la francofonía está de capa caída. Le Monde publicó hace poco una serie de reportajes donde se alertaba del retroceso de su otrora poderosa lengua en favor del español y (¡oh, horror!) del alemán. Perdemos fuelle, amigos, venía a decir Le Monde: el mundo ya ni siquiera nos acepta como los mejores cocineros y los muy lerdos se han liado a cultivar vides, como si pudieran competir con nuestros Borgoñas. Antes -prosigue la argumentación nacionalista dolida-, cuando les llamábamos paletos, se ofendían. Ahora, pasan. No les importa que les miremos por encima del hombro. Sí, señores, el mundo se ha convertido en un lugar hostil para los francófonos, y tienen derecho a defenderse.
Pues nada, a exportar valores franceses. Pero, ¿cuáles? Tenemos muchos para elegir: los canallas de Georges Brassens, los maoístas de Jean Paul Sartre, los submarinos de Jacques Cousteau, los nazis de Jean Marie Le Pen, los cristianos del obispo Sur Le Pont D'Avignon, los bon vivants de los bodegueros de la Dordoña, los cabreados y sofronizantes de José Bové, los sindicalistas ferroviarios de mi abuelo adoptivo Louis, los feministas de Segolène, los zafios de Louis de Funes, los antidepilatorios de las mujeres de mediana edad que toman el sol en La Rochelle de 12 a 2 y los extremadamente intransigentes de los puristas productores de Armagnac. Entre muchos otros, claro. ¿Tendrán cabida todos estos valores en France 24?
Yo, si puedo elegir, prefiero que en el paquete del cable me pongan TeleSur, la de Chávez, donde por lo menos emiten Aló, presidente. Estoy acumulando puntos bolivarianos para ver si en el concurso La Ruleta Bolivariana me toca un palacete expropiado a algún antiguo directivo de Petróleos de Venezuela. En Isla Margarita me iría bien, pero no le hago ascos a cualquier otra playa tropical. Soy modesto, señor Chávez. Por cierto, en las locales de Madrid, por lo visto, se ve TeleSur. Me siento discriminado: a mí por el cable sólo me llega Cubavisión, y es un tostonazo.
HE VENIDO A HABLAR DE MI QUESO

Hay veces en que uno tiene ideas que parecen buenas, y se sube a la parra, pero cuando se ponen en práctica se comprueba que son desastrosas. Algo así le debió pasar al equipo de El intermedio, el programa del Gran Wyoming, cuando ayer entrevistaron al único español que ha ganado un premio IgNobel, que son algo así como los "antinobel". En otras palabras, una juerga que se corren una vez al año sabios de todo el mundo en Harvard para premiar los trabajos científicos más excéntricos o disparatados. La investigación española premiada consistía en un estudio de la velocidad supersónica en un trozo de queso cheddar. Genial, debieron decir los guionistas del programa: localicen al científico y que venga al estudio a ser entrevistado. No contaron con el factor "coñazo". Es decir, que el estudioso en cuestión resultó ser un señor gris, muy pagado de sí mismo, incapaz de seguirle el juego a Wyoming (cuyo ingenio sí que viaja a velocidad supersónica) y empeñado en demostrar el rigor y la seriedad -sobre todo, seriedad- de su trabajo. Sólo le faltó gritar: "Mire usted, que yo he venido aquí a hablar de mi queso". El equipo de la Sexta ha aprendido una valiosa lección. Bien: que Wyoming haga mofa, befa y escarnio de los premios IgNobel. Mal: traer al señor de los premios IgNobel a que nos abronque por no tomarle en serio.
Por cierto, la revista Muy interesante cumple 25 años, y es de agradecer que una publicación de divulgación científica haya aguantado un cuarto de siglo. El señor del queso cheddar habría hecho bien en imitar un poco las formas de la revista. No le hacen ningún favor a la ciencia esos señores serios que tratan a los espectadores y a los lectores como si fueran sus alumnos, riñéndoles por no ser aplicados. Por suerte, entre la maleza académica, de vez en cuando surge un Punset o una Muy interesante que nos reconcilian con las neurociencias y los quantos, que si no...
EL MONO

Mucha gente, entre ellos un servidor, se ha quedado fuera del blog durante este puente. No sé qué insondables misterios se han cernido sobre Blogia, pero acabo de recuperar este huequecito y respiro aliviado. Llegué a pensar que me había quedado sin juguete, o que tendría que mudarlo a otra dirección y empezar de cero. Qué pereza, no sé si lo hubiera hecho. Bueno, el caso es que ya estoy aquí otra vez y espero que para rato.
Qué puente del Pilar más triste. Qué mono más grande de blog he pasado. Creo que los episodios psicóticos registrados estos días se deben a que no he disfrutado de este ratito diario que uso como terapia. Así que, como el mogollón de las fiestas del Pilar me satisface unas horitas, pero enseguida me agobia y me aburre, he descubierto un maravilloso -y adictivo- canal de televisión: VH1 Classic.
VH1 es como "la dos" de la MTV, y se dirige a una audiencia más tranquilita y algo menos descerebrada. La versión Classic sólo emite vídeos musicales de los 60, 70 y 80, y hay un programa llamado The Rock Show que a mí me pone a cien. He desperdiciado horas enteras alelándome frente a bochornosas producciones audiovisuales de heavies pasados de rosca y setenteros horterísimos con la camisa desabrochada hasta el ombligo, muy machos ellos. Meat Loaf refrotándose con Cher en el vídeo de Dead ringer for love; Dio matando bichos feos con una espada de cartón en Holy Diver; un casi adolescente Stevie Wonder rodeado por las coristas más feas y menos erotizantes a este lado del Guadiana; Lenny, de Motorhead, asustando a la clase media británica de 1980 tocando The Ace of Spades en la BBC; Hendrix envuelto en su particular y seductora niebla púrpura... He disfrutado como un enano viendo los vídeos de las canciones con las que he crecido y que me han acompañado en mi perra vida. Para mal o para bien, son mi banda sonora, y no puedo quitar ojo de la tele cuando aparecen. Y sí, son horteras. Sí, los vídeos a veces son más vergonzosos que un anuncio de detergente. Sí, todo lo que queráis, pero a mí me mola. De hecho, lo que me mola es lo cutre, como a todo buen crápula. Los vídeos bien produciditos y con ciertas pretensiones fílmicas me hacen bostezar. Yo quiero ver lo chusco, el lado oculto de mis ídolos.
Pues así he pasado este fin de semana de fiestas, que la música militar nunca me pudo levantar. Prometo retomar mis deberes blogueros, con permiso de Blogia. Y gracias a los pacientes que os habéis encontrado el garito cerrado estos días.
Foto: Meat Loaf.
QUE INVENTEN ELLOS (ONCE AGAIN)

La revista Nature, tótem sagrado de la ciencia, se ha liado a repartir mamporros contra el Gobierno español. Por lo visto, se acaban las primeras becas Ramón y Cajal, pensadas como una herramienta para evitar la fuga de cerebros en el campo científico, y sus beneficiarios no tienen nada claro cómo van a seguir pagando la hipoteca. Algunos rechazaron suculentas plazas en el extranjero para currar en su país, y en unos meses se quedarán sin laboratorio, sin proyecto y sin perrito que les ladre. Vamos, que volvemos a la situación anterior a 2001. A Nature el asunto le parece un cachondeo, y se ha explayado a gusto. Que se entere todo el mundo de lo que pasa aquí: "La inversión científica que hace España es de las más bajas de Europa y sus institutos están asolados por la fuga de cerebros, el favoritismo y la falta de financiación". Y sigue diciendo que las raquíticas universidades patrias no investigan porque no tienen guita y que el Gobierno, cual Pilatos del montón, no quiere saber nada del asunto y echa la culpa a las comunidades autónomas (que, a su vez, culpan al gobierno). Entre culpa va y culpa viene, los más brillantes científicos españoles se van a la puta rúa (hasta que una universidad norteamericana les repesque, claro), y aquí nos quedamos nosotros hablando de Unamuno y del casticismo.
Creo que los legos en bioquímica podremos entender mejor los reproches de Nature si vemos la nueva serie de Telecinco: MIR, imaginativo título (sí señor, se lo han currado un montón) para la versión hispana (léase plagio vergonzoso y vergonzante) de la serie Anatomía de Grey. A lo mejor, hasta tiene éxito, pero ya saben todos que seis millones de moscas sí pueden estar equivocadas, y que la mierda, aunque guste, sigue siendo mierda. Concedo que de algunas mierdas, usadas como abono, salen bellas flores, pero esa es otra historia. En la tele patria dominan los mismos vicios que Nature achaca a la ciencia patria: pocas pelas y mal repartidas, pereza mental y ganas de tomarle el pelo al personal, premiando la mediocridad y castigando el talento. Lo único que diferencia la tele de la ciencia es que los buenos actores españoles no tienen la opción de ser fichados por el director de cásting de Anatomía de Grey, y se ven abocados a participar en el tinglado (y ser devorados por él) o a pasar más hambre que un "cajalito" dentro de unos meses. Vean MIR, y si cuando lleguen al primer intermedio no sienten ganas de apadrinar a un "cajalito" es que no tienen corazón.
Hablando de ciencia: ahora quieren rehabilitar la memoria del doctor Negrín, que presidió uno de los Gobiernos de la República durante la guerra. A él se debe la Ciudad Universitaria de Madrid, las tareas de lustrado del talento de Severo Ochoa y algunas otras cosillas más, como el empeño por que los investigadores españoles no tuvieran complejo de inferioridad y que las corrientes de pensamiento que refrescaban Europa no se estancasen en los Pirineos. Hoy han estado en Zaragoza los brigadistas internacionales y no he podido ir a verlos. Ni siquiera tengo fuerzas para dedicarles un post, pero, aprovechando que Negrín pasa por aquí, les dejo un recuerdo cariñoso. Ellos lucharon por una España que no quería que los "cajalitos" pasaran frío.
Foto: Amparo Larrañaga, prota de MIR.
LIBROS TELÉFILOS

Uno de los agradables descubrimientos de esta escapada londinense ha sido la sección de libros sobre televisión de Waterstone’s (la cadena de librerías más importante del Reino Unido, muy parecida a La Casa del Libro). En la tienda de Picadilly, la sección Film & TV ocupa casi media planta, y una de sus paredes está dedicada exclusivamente a libros sobre tele, algo impensable en estos mediterráneos pagos.
Había de todo, claro está: desde un libro de preguntas de Friends para competir con tus amigos sobre quién sabe más sobre la serie hasta una tesis doctoral sobre las relaciones psicológicas que se plantean entre los personajes de Los Simpson. Con buen ojo comercial, lo mismo enganchan al fan que quiere completar el merchandising de la serie como al más exigente y erudito teléfilo, con ensayos y estudios que nada tienen que envidiarle a los que se publican sobre cine. El que reproduzco aquí, que fue uno de los que esquilmaron mi acomplejada tarjeta de crédito, se titula Reading Six Feet Under y es un estudio en profundidad sobre A dos metros bajo tierra. Es un trabajo colectivo editado por Kim Akass (profesora de Estudios Fílmicos en la Universidad Metropolitana de Londres) y Janet McCabe (investigadora asociada de Dramática Televisiva en la Universidad Metropolitana de Manchester). Todo un trabajo académico donde se desglosan las relaciones de la serie con el realismo mágico latinoamericano, la crítica al discurso pop y su incardinación en un paisaje de crisis cultural alentada por extravagancias new age. Sin olvidar la función de la música, la melancolía de la serie y el lema latino que la domina y la inspira: memento mori. Recuerda que vas a morir.
En España, este tipo de literatura está relegada al cuarto más oscuro del más oscuro depósito de la biblioteca universitaria más oscura. Las facultades de Ciencias de la Información producen alguna tesis que rara vez llega a publicarse y, cuando lo hacen, aparecen en alguna colección de título tan atractivo como "Papeles para reactivar cognoscitivamente un estatuto epistemológico universalmente aceptado para la nueva Teoría de la Comunicación Social sin regurgitaciones semiológicas y asimilados". A ver qué librero se atreve a poner eso en un estante. Ni el más empollón y asocial de los alumnos llegará jamás a echarle un ojo.
Cuando uno busca libros de televisión en España tiene que ir preparado para el insulto o para el tedio. Lo que el público corriente y moliente tiene al alcance de su mano son títulos que suelen incluir la palabra "telebasura", "caja tonta" y, dependiendo de lo althusseriano que sea el autor, "alienación", vocablos todos ellos que dicen mucho de la estima en que el autor se tiene a sí mismo, pero poco o nada del fenómeno del que se escribe. En el mejor de los casos, uno puede toparse con las memorias de un reportero, donde éste, además de contar su heroica aportación a la cobertura del 23-F, ajusta cuentas con sus viejos jefes y compañeros, situándose a sí mismo en el centro de un minúsculo oasis de moralidad e intrepidez cercado por un desierto de mangantes, tiranos y cretinos. Pero de literatura teléfila, nada de nada, oiga.
Entre los libros al alcance de todo el mundo en Waterstone's encontré un pequeño manual dirigido a los profes de filosofía para que empleen Los Simpson como apoyo de sus clases y como ilustración de algunas teorías y dilemas. Es cierto que también encontré mucha basurilla ilegible, pero el nivel era bastante bueno. Echo de menos ese género en las librerías de España, donde existen grandísimos teléfilos y seriéfilos que podrían hacer un trabajo brillante, pero creo que todavía queda un largo camino por recorrer.
MUJERES (AFGANAS) AL VOLANTE

"Mujer al volante, peligro constante", que decía el tópico machista. Si todavía hoy en España muchas mujeres tienen que escuchar esta y otras lindezas cuando despiertan la impaciencia de algún energúmeno conductor, ¿qué no escucharán en las calles de Kabul?
Anoche tuve la oportunidad de ver un reportaje televisivo excelente, de esos que te reconcilian con tu profesión y te hacen sentir que, después de todo, no está tan mal. O, al menos, que hay gente que no lo hace tan mal. Lo producía la BBC (¿qué será del periodismo audiovisual el día que la BBC deje de ser la BBC? No quiero ni pensarlo) y lo firmaba Sean Langan. Su título, Afghan Ladies Driving School, traducido al español de forma horrísona como Mujeres al volante en Afganistán. Espero que los programadores de la tele generalista lo emitan pronto (si es que no lo han hecho ya y se me ha pasado), porque es una joyita. Dicen que se puede descargar del e-mule, pero yo no os he dicho nada, que la SGAE está por todas partes.
En un país del que apenas nos llegan noticias de muertos, refriegas, bombas y tipos barbudos y feos agitando armas ante una cámara, Sean Langan se preocupa por acercarnos su realidad cotidiana. Y uno de los aspectos es que, bajo el nuevo régimen, y a pesar de todos los pesares, las mujeres están levantando cabeza y algunas se atreven (oh, sacrilegio) a conducir por las caóticas y bacheadas avenidas de Kabul. Eso es posible porque un simpático y vivaz kabuleño llamado Mamozai ha abierto la primera autoescuela mixta del país. Uno de los profesores es, además, un ex talibán que está encantado con su nuevo trabajo.
Langan sigue durante cinco meses (benditos presupuestos de la BBC: en nuestro caso el asunto se liquidaría en un par de días y en una página escasa de periódico) la vida de Mamozai y de varias de sus alumnas, y de forma sutil y calma va entreabriendo las cortinas de un país sufriente y dolorido, poblado por gentes ingenuas y simpáticas (léase normales) que tratan de encajar como mejor saben la nueva situación de igualdad legal de los sexos. Mamozai es un hombre querido y respetado en su barrio, que ayuda a todo el mundo, y quiere aprovechar esa popularidad para presentarse a las elecciones legislativas por Kabul. Langan sigue sus "mítines", su campaña y sus discursos, y el espectador llega a empatizar con ese personaje.
En un momento determinado, charlando con los empleados de la autoescuela (entre los que se encuentra una mujer que fue maestra de una escuela de niñas clandestina durante el régimen talibán), Langan saca el tema de las relaciones matrimoniales, y el ex talibán asegura que jamás de los jamases se le ha ocurrido ponerle la mano encima o faltar al respeto a su mujer, a la que ama. Langan confiesa entonces que su mujer está pensando en divorciarse de él, y requiere consejo a sus interlocutores. La ex profesora clandestina le responde: "Es normal que quiera divorciarse de tí. Te pasas la vida en Afganistán mientras ella está en Londres. Yo también me divorciaría de tí".
Mujeres que no quieren casarse y que luchan por seguir sus estudios, mujeres que quieren sacarse el carnet de conducir para ayudar a su familia y mujeres temerosas de asumir nuevos roles fuera de los muros del hogar. Langan se gana la confianza de todas ellas (con cinco meses sobre el terreno, así cualquiera) y es rápidamente aceptado por los hombres, que se rigen por códigos ancestrales de hospitalidad y camaradería. Así aparece un Afganistán insólito, a pie de calle. No niega la violencia ni la miseria que denuncian los titulares de los corresponsales, pero va mucho más allá, cumpliendo sin arrogancias ni apriorismos una de las funciones básicas del periodismo: descubrir al público lego qué se cuece en un determinado sitio. Y recalco que lo hace sin arrogancia porque ése es el periodismo que me gusta a mí, no el intrépido justiciero y efectista de quitarse el chador ante un ayatolá. Es el periodismo del hic y el nunc, del aquí y el ahora. De sentarse, ver, escuchar y saber transmitir a quien no ha estado ahí lo que se ha visto y lo que se ha escuchado. Eso es lo difícil en esta profesión: contar bien una historia. Lo otro, el griterío y la indignación, es algo que se ve y se oye a diario, y yo estoy un pelín harto ya.
Podrá argumentarse que el trabajo de Langan no es más que una justificación imperialista de la invasión aliada del país, haciéndonos ver que ha merecido la pena. Pudiera ser, aunque no lo creo. Pero incluso concediendo que así fuera, no le restaría ni un ápice de valor a su trabajo. Porque no se ha inventado nada, porque la realidad, independientemente de la intención de quien la mire, emerge en su documental. Es un reportaje fantástico al que sólo le encuentro una pega: no lo he hecho yo, y la envidia es muy mala.
AHORA EN SERIE

Aunque el calor lo desmienta, el verano queda atrás y empieza ahora el verdadero año. Los proyectos se ponen en marcha y la televisión se llena de novedades. Como hay mucha tele que cortar, aquí van unos cuantos apuntes teléfilos para la "season" 2006-2007:
- A dos metros bajo tierra. Ya tengo en mis manitas la tercera temporada (de cinco, me aterra acercarme al desenlace) de una de mis series favoritas. El canal de pago Fox ya la ha emitido, se espera que los programadores de TVE tengan a bien hacer lo propio en breve (con el maltrato habitual), y mientras, Fox está exhibiendo ya la cuarta. De momento, yo me quedo con el pack de DVD de la tercera. La familia Fisher, bien, gracias. Tras un arranque in media res, con una elipsis de casi un año con respecto a la temporada anterior, los personajes que Allan Ball puso a orbitar en torno a una funeraria de Los Ángeles siguen evolucionando y enfrentándose al duro oficio de vivir. Nate ha sobrevivido a la cirugía craneal y se ha casado con Lisa, madre de su accidental hija Maya. Ambos se detestan y están amargados. Menos mal que reaparece Brenda (con Rachel Griffiths bordando el papel, cómo me gusta esta actriz). Las tramas secundarias mantienen una tensión extraordinaria. La comparación es muy manida, pero a esta serie le pasa lo mismo que a algunos vinos: una vez abiertos, evolucionan en la botella, se adaptan a la temperatura del lugar y desarrollan nuevos aromas y matices. Estoy enganchadísimo. Por cierto, el hijo de Gabriel García Márquez, Rodrigo, que está muy implicado en el rodaje de Los Soprano, dirige un par de capítulos de A dos metros... de esta temporada, que cuenta con la presencia de lujo de Kathy Bates (enorme, y no sólo físicamente), que interpreta un pequeño papel y dirige un capítulo entero. El reparto también engorda con la incorporación de James Cromwell (el malvado comisario Dudley de L.A. Confidential). Casi nada.
- Los Soprano. Canal Plus empieza a emitir la sexta y última temporada. En La Sexta -valga la rebuznancia- están todavía con la primera o la segunda. No recomiendo ver ninguna de las dos en esos canales. Los dobladores, esos terroristas cinematográficos, se ensañan especialmente con esta serie, donde los personajes hablan un slang mafioso trenzado de palabrotas en italiano. La he visto un par de veces doblada, y me han sangrado los oídos al escuchar a Tony hablar como un chulo de Chamberí que se está quitando trozos de patatas bravas de los dientes con un palillo. Si podéis evitaros ese sufrimiento, por favor, id a la versión original de cabeza. Probablemente para finales de diciembre o principios de enero estará ya a la venta la última temporada en DVD, que, por lo que he leído en los mentideros cibernéticos, promete un desenlace de infarto. A ver si es verdad. Han puesto el listón muy alto, y el final debe estar a la altura.
- Perdidos. Comienza la tercera temporada en Estados Unidos, con gran despliegue de marketing internetero. Sospecho que no pasarán más de dos meses antes de que Fox anuncie su emisión en España. Cosas buenas: ya no está Ana Lucía (qué petarda). Cosas malas: ver el post dedicado a esta serie anteriormente.
- Nuevas series. Mi interés es mucho menor por los estrenos de este año. The Office, triunfadora de los Emmy, me carga demasiado. No puedo seguir su estética de Dogma ni sus actores feos. De Prison Break sólo he visto los trailer, pero no me llama en absoluto la atención. Fiscal Chase parece ser una buena serie de juicios, pero mi pasión por Juzgado de guardia (que Cuatro repone a horas indecentes) me impide tomarme en serio a los abnegados e incorruptos abogados. Prosiguen temporadas de series mucho menores para mi gusto, como Las Vegas, y estamos a la espera de que arranquen las terceras temporadas de House y de Anatomía de Grey. En el caso de esta última, hay que recordar que dejamos a Meredith con la mano metida en un obús a punto de explotar. En resumen, ningún estreno supera todavía a las series en marcha. Habrá que esperar septiembres mejores.
- En España. Sólo dos palabras: Camera Café. La segunda temporada empieza esta noche. No había seguido la primera, pero me he enganchado con las reposiciones de Paramount Comedy. Dirigida por un miembro de La Cuadrilla (Atilano presidente, etc.), Camera Café rescata con mucho tino el mejor humor blanco español, con un aire muy ibañecesco: huele a Mortadelo, El botones Sacarino y Rompetechos. Los actores están muy bien (incluso el insoportable Arturo Vals), los chistes son ingeniosos y el formato de tira cómica, muy logrado. En fin, ¿pa qué más? Esta temporada, sin embargo, creo que se van a equivocar, pues han sucumbido al insufrible vicio de los cameos, y a mí ya me ha dejado de hacer gracia ver a Sabina y a Santiago Carrillo colarse un minuto en la escena. Por lo menos, en Estados Unidos, los cameos son de otros actores y están mucho menos forzados. Supongo que será el precio del éxito, pero la gracia de la serie peligra muy seriamente. Fuera de Camera Café, y teniendo en cuenta que ya no va a haber nuevos episodios de Aquí no hay quien viva, el viento aúlla en el páramo catódico patrio.
- En Francia. El suplemento de televisión de Le Monde (de lo mejorcito en la materia que se publica en Europa) abre hoy con un lacrimoso reportaje titulado "Made in USA", donde se lamentan por cómo las series americanas han colonizado la parrilla gala. Ay, qué lágrimas de cocodrilo: ni la grandeur puede contener la marea. Menos lamentar y más ponerse las pilas. Al margen de neoimperialismos y nuevos órdenes mundiales (que haberlos, haylos, para qué nos vamos a engañar), nadie puede negar que la ficción televisiva norteamericana reparte sopas con honda a la del resto de países. Y no sólo se debe, como demagógicamente plantea Le Monde, a una cuestión de medios y de millones -que también-, sino a formas de trabajar y a talentos que saben darlo todo, y a gente que hace televisión sin complejos, no porque no pueda hacer cine. Y, sobre todo, porque abundan los "storytellers", mientras Europa está más preocupada por el "cómo" que por el "qué". Parece que la bajamar no se ha llevado todavía la basurilla que la nouvelle vague dejó en la playa, mientras que al otro lado del charco se arremangan la camisa y trabajan en serio y en serie, sin preocuparse por la excepción cultural ni por si la subvención vendrá del Ministerio de Industria o del de Cultura. Ay, si el tiempo dedicado a la SGAE se dedicara a trabajar...
ESE TÍO NO SOY YO

Dice George Lucas que a él le ha pasado algo parecido a Darth Vader: se ha dejado seducir por el lado oscuro de la fuerza. "Empecé como un cineasta independiente, luchando contra el poder de las grandes compañías, y como resultado de esa lucha, me he convertido yo mismo en una gran compañía. He acabado transformándome en aquello que odiaba". Lo dice sin darse importancia y sin atormentarse como un alma en pena. Es más, apostilla que le quiten lo bailao, que ha podido hacer las pelis que le ha dado la real gana, con los presupuestos y el personal que ha querido, y encima, han tenido éxito.
¿Cuándo te das cuenta de que te has convertido en tu némesis? ¿Cómo lo aceptas? ¿Te compras una pistola de principios de siglo XIX y te pegas un tiro frente al espejo? ¿Te fumas un porro por los viejos tiempos y te echas a la noche, intentando colarte con calzador en una estrofa de Sabina? ¿Sonríes cínicamente? ¿Lo racionalizas y te pones a ver la tele como si nada? ¿Presentas tu dimisión en la oficina, te dejas barba, metes cuatro camisetas en una mochila y te piras un año a la India?
Creo que hay algo mucho peor que descubrirte a tí mismo en tiernos arrumacos con tu propio lado oscuro. ¿Y la sensación de verte y no reconocerte? ¿Es esa mi voz, es esa mi cara, son esas las palabras con las que me expreso? No es tu némesis ni tiene por qué ser desagradable. Simplemente, es un extraño que usurpa tu nombre.
Acabo de volver de grabar una entrevista en el programa Borradores, que presenta Antón Castro en Aragón Televisión y que se emitirá este domingo a las 0.30. No me ha entrevistado un extraño: charlar con Antón es algo cotidiano y agradable. Ha sido casi como tomar un café. Detrás de las cámaras estaba Ana Catalá, con quien he compartido redacción y alguna que otra cerveza. Su presencia familiar tranquilizaba bastante. Más que la grabación de un programa aquello parecía un encuentro cordial de amigos en un ambiente relajado y acogedor. Y, sin embargo, no estoy seguro de reconocerme en el personaje que va a aparecer en la pantalla. Es un extraño con mi nombre. Un extraño que sudaba mucho por los focos y al que se le clavaba el aparatejo del micro en el culo. Alguien que no tiene nada que ver con el que ahora escribe esto mientras bebe una Coronita en el despacho de su casa, que a su vez tampoco tiene nada que ver con el que se tomará luego unas cervezas con sus amigos.
¿Cuántos personajes caben en una sola persona?
TELEFILIA VERANIEGA

Probablemente me equivoque, pero creo que fue mi tocayo Sergi Pàmies quien acuñó el término "telefilia", en un intento de hermanarla con la "cinefilia". Yo me confieso aprendiz de teléfilo y me gusta que cada vez haya más gente que reconozca este vicio, porque poco a poco, si la cosa va a más, iremos creando un cuerpo crítico como el de los cinéfilos. Pero todavía nos queda un largo camino por recorrer: ser cinéfilo no sólo está bien visto, sino que es una forma elegante de acceder a la cultura. La telefilia, sin embargo, se disculpa como una excentricidad que no se puede tomar en serio, pero eso es porque no se asumen como intercambiables ambos términos y se juzga al teléfilo como un ente frívolo deglute "pogramas". Pocos entienden que, de la misma forma que el cinéfilo cultiva su gusto y educa su criterio para no tragarse sin más American Pie 28 o Torrente 56, el teléfilo refina su sensibilidad y cultiva sus gustos personales. Es más, los teléfilos suelen ser los primeros que abominan con razón de la bazofia que inunda las parrillas, como los cinéfilos despotrican de la última simpleza adocenadora que sale de los grandes estudios.
Si de verdad el mundo audiovisual tuviera la unidad a la que parece tender, no haría falta distinguir entre teléfilos y cinéfilos, pero como el cine es cultura y la tele es la anticultura, no está mal la taxonomía. Algunos teléfilos -incluso los aprendices como yo- tenemos dos dramas comunes con algunos cinéfilos: a) nos parece que la calidad de las producciones "made in Spain", salvo dos o tres destellitos, hace aguas por todas partes, y aguas putrefactas, por eso miramos al extranjero; b) los estrenos de verano son una tortura añadida a los calores y a los aires acondicionados a tope.
Como aprendiz de teléfilo, me remito a las parrillas en vigor para ratificar la frase a). Si encuentran algo español (ojo, que hay mucho formato extranjero que se vende como español) verdaderamente original, ambicioso, digno y agradable de ver, díganmelo. En cuanto a la segunda, en lo que a mí respecta, dos estrenos han salvado este verano, y los dos han sido en Cuatro.
El primero, Queer as Folk, me cayó muy gordo al principio. La serie -que es una versión americana de una británica- pretende retratar el loco loco loco mundo homosexual de comienzos del siglo XXI. El primer capítulo no me gustó nada. Me pareció falsamente provocadora, tópica y de una superficialidad tan superficial que no percibí trama alguna. Sin embargo, la retomé una noche después de un paseito por la playa y -quizá por mi apacible disposición- la he encontrado más que digna. Personajes bien dibujados que parecen volverse más redondos conforme avanza el "culebrón", pasablemente interpretados por actores contenidos -con unos guiones que invitan al histrionismo- y unos conflictos admirablemente bien resueltos. El montaje tiene ritmo, los ambientes están bien escogidos y los diálogos, quizá el punto más débil de la serie, son correctos. No es la bomba ni creo que cumpla su ambicioso propósito de labrar un friso sobre el mundo homosexual contemporáneo, pero se deja ver y engancha.
El otro estreno, de una calidad sensiblemente inferior, es una serie de amigos treintañeros en trance de decidir el rumbo de sus vidas, con todas las pajuelas mentales simplistas consecuentes. Se llama Amor, secretos y sexo, y lo que más me gusta -quizá lo único que me gusta- es su estética y su estructura. Con técnicas sacadas de la publicidad y del vidio-clip, cada episodio se compone de secuencias cortas muy eficaces y efectistas a la vez. La serie bebe de la tradición filoadolescente de Melrose Place y los guiones no son nada del otro jueves, pero están presentados con corrección. Lo peor: su afán de trascendencia y lo pasados de rosca que están algunos actores, como Eric Balfour (el novio de Claire en A dos metros bajo tierra, cuya tercera temporada, por cierto, ya ha salido en DVD). Como curiosidad, la directora de esta serie, Rachel Talalay, fue la realizadora de la sexta parte de Pesadilla en Elm Street y su currículum está llenito de incursiones en el género del terror. Esta serie supone para ella un cambio de registro considerable.
Y ya está por mi parte en lo que a tele estival se refiere. Las reposiciones de House y de Anatomía de Grey animarán un poco las noches catódicas, porque está muy malita la cosa, oiga. Y si no, siempre nos quedará el DVD: voy a por la quinta temporada de Los Soprano y a por la tercera de A dos metros... Aquí hay cuerda para rato.
Foto: fotograma de Queer as Folk.
LOS GIRAOS, AL ESTRELLATO

Las vacaciones me han impedido anunciarlo con la necesaria antelación, pero lo comento ahora: Los Giraos, ese grupo de locos que hacen vídeos absurdos por las calles de Zaragoza, optan a un millón de euros y no porque hayan echado una primitiva. La panda de mi hermano (el Petrus) participa como invitada en un nuevo programa de La Sexta presentado por Yolanda Ramos, El vídeo del millón de euros, que premia la producción amateur más ingeniosa, mejor producida o más impactante. A Los Giraos les llamaron tras comprobar el éxito que están teniendo por internet. Ayer emitieron la entrevista que les hicieron en el plató y emitieron algunos vídeos, pero yo sólo llegué a ver el titulado El higadito Luis. Yolanda Ramos se metió con mi hermano diciendo, entre otras cosas, "¿Tú quién eres, el listo del grupo?" y my brother, digno compañero de genes, toreó como un maestro a la profesional del cachondeo. Pues nada, que Los Giraos optan al millón de euros (ya hablaremos de mi porcentaje, ejem) y a la fama catódica, que es la única fama posible. Suerte, amigos.
Foto: casi no se ve, pero es un fotograma del vídeo Timy el epiléptico.
DIVINOS REAJUSTES

Es demencial. Dos semanas en antena, y cierran el chiringuito. Antena 3 ha dejado de emitir la producción de El Terrat Divinos, una sit-com ambientada en una agencia de noticias del corazón, dos semanas después de estrenarla. No ha llegado al 14 por ciento de audiencia estipulado.
Reconozco que el primer capítulo, que vi de refilón, no me hizo nada de gracia, pero el otro día lo disfruté. El guión tenía un punto y los actores estaban bien. Era una sit-com bien hecha, sólida, divertida. Claramente superior a la sucesión de topicazos de 7 Vidas o Aída.
Dicen en la productora que la retirarán de antena para hacerle unos "reajustes" y devolverla a la parrilla unos meses después. Algo así hicieron con Los hombres de Paco. ¿En qué consisten esos reajustes? En dar un par de pasaditas con la apisonadora creativa, propinar unas collejas bien dadas al primer guionista que se atreva a soltar una idea fresca y empaquetar un producto plano, inodoro, incoloro e insípido. Y si esa aguita fresca rica en sales minerales gusta, nos la inyectarán en goteros hasta que reventemos. Así son las cosas en Antena 3, y así se las hemos contado.
Foto: Santi Millán, prota de Divinos.
COCINEROS

Una gastrointeritis caballuna me tiene postrado en casa y más aburrido que una mona (¿de dónde vendrá este dicho? Yo no creo que las monas sean seres aburridos). Un dolor de cabeza al que no puedo poner remedio para no terminar de destruir mis intestinos me impide leer más de diez páginas seguidas. Tampoco puedo dormir, así que ayer me pasé el día entero viendo la tele. Por puro masoquismo, me puse el Canal Cocina, y descubrí que saber ligar una salsa no implica saber comunicar.
Muy rico todo lo que iban preparando, pero eché de menos los chistes malos de Arguiñano. Quitando dos o tres cocineros, el resto de los que desfilan por el canal jamás han oído hablar de ritmo, nadie les ha dicho cómo moverse ante una cámara y a ninguno le vendría mal un rápido cursillo de oralidad, cuando no una consulta logopédica directamente. En resumen: aquello es un desastre. Iba a hablar de los que están bien -porque un par de ellos son incluso brillantes- por aquello de que no me tilden de negativo ni amargado, pero me acaba de venir un retortijón y me lo he pensado mejor: si he de caer, me llevaré a unos cuantos por delante. Así que aquí van algunas joyas que jamás deberían haber salido de sus cocinas:
La gallega Iria Castro presenta Platos fríos. Nada que objetar al contenido: trucos para canapés, pinchos, bocatas, fritos... Muy sencillo, pero con un puntito para gourmets. Todo genial si Iria no mirara a cámara fijamente mientras bate una masa, si no se moviera por espasmos y no tuviera algo así como setecientos millones de muletillas que repite monótamente: "así", "venga", "sensacional"... Nada sabroso puede salir de tanta sosez.
Pero hay tres monstruos que no me explico cómo han llegado hasta una pantalla. El primer monstruo son dos: una pareja de gemelos cocineros llamada Miguel y Víctor López presentan Cocina para novatos, donde te enseñan a freír salchichas y a hacer ensaladas de tomate, todo pensado para esos torpes pirómanos de cocinas. El asunto es que los dos tipos pretenden interactuar entre sí, pero el resultado es como esos pececillos que se dan contra el cristal del acuario una y otra vez. No es que no haya feeling, es que aquello no hay por donde cogerlo. Si me dijeran que el programa es una secuela de Torrente, le encontraría algún sentido: son los dos típicos chavales sosos que quizá con unas copas de más logren exhibir ciertas brasas de ingenio, pero que a palo seco y sin drogas no pueden llegar muy lejos. Se les ve buenas personas, los típicos nietos que una abuela enseñaría, pero poco más.
Otro monstruo es un argentino-francés que habla español con un raro acento y prepara platos franceses en Plat du jour. Es un tipo joven y bien plantado, que a priori daría bien en lo audiovisual, pero debe tener el gen de la sosez muy a flor de piel. Es incluso un poco malcarado, cocina muy serio, como si le jodiera estar trabajando. Igual le jode, como a todos en un momento dado, pero para eso dios nos dio el don del disimulo. Literalmente, agria los platos.
Pero mi favorita es Sor Bernarda, que hace pesados postres centroeuropeos en Dulces tentaciones. Entre que sale vestida de monja y que habla con acento alemán, da mucho miedo. Cualquiera se come los rubisplafens que hace. No indica cómo hacer recetas, lo ordena. Y a mí, tanta severidad hace que me entren dudas sobre el origen de los ingredientes. Sor Bernarda, ¿es cierto lo que se dice de que los niños entran en su convento pero nunca más salen?
Conclusión: que saber cocinar es una parte importante, pero hay que hacerse querer por la cámara. Un pelín de esfuerzo, chavales, que this is show business.
Foto: los gemelos de Cocina para novatos.
ANTOLOGÍA TV

Alguien debería escribir, al modo de un libro de aforismos, una recopilación de momentos cumbre de las series televisivas. Ahí van algunas modestísimas aportaciones para quien quiera meterse en harina:
Serie: House
Wilson: Entonces, ¿la niña moribunda no debería caerme bien?
House: Si te estás muriendo, todo el mundo te quiere.
Wilson: Tú eres cojo y no le caes bien a nadie.
House: No soy terminal, sólo patético. Y ni te imaginas las tropelías que me consienten.
Serie: Los Simpson
Bart: En el colegio han organizado una excursión para padres e hijos.
Homer: Je, je. Tú no tienes hijo...
Serie: Los Soprano
(Situación: Tony y sus secuaces dan una somanta de palos a un judío ortodoxo cuyo suegro quiere que se aleje de su hija. El judío, pese a los palos, no cede al empeño de los mafiosos, por lo que estos dudan entre admirar su perseverancia o tacharle de imbécil).
Tony: Pero, ¿por qué sigues recibiendo palos?
Judío: Mi pueblo ha sufrido mucho desde muy antiguo. Los romanos nos golpearon mucho y mi pueblo no cedió, pese a que la lógica decía que debía hacerlo. Hoy, mi pueblo sigue vivo. Sin embargo, ¿dónde están los romanos ahora?
Tony: Enfrente de tí, gilipollas.
Serie: Friends
(Situación: Ross y Rachel acaban de romper por segunda vez en una bronca monumental)
Rachel (gritando a Ross): ¡Pues para que te enteres: no es tan normal, no le pasa a todos los tíos y sí que tiene importancia!
Serie: Padre Made in Usa
(Situación: ante un posible aborto)
¡Aquí nadie va a abortar! Somos conservadores, y esa es la única forma de matar que no nos gusta.
Serie: Aquí no hay quien viva
(por poner alguna española y que no me tachen de xenófilo)
Emilio (a Belén): Mira, que he estado a punto de hacérmelo con tres tías a la vez y no he podido porque estaba pensando en tí. Y eso es bonito, Belén, eso es bonito.
Conclusión: si no quieres ser como yo, lee.
PD: Como creo que la televisión autonómica debería incluir algunos contenidos en las lenguas autóctonas de esta nuestra comunidad, debería empezar por doblar al aragonés una de sus series estrella, que pasaría a llamarse Chena, la princhesa chesa. De nada por la idea, Corporación Aragonesa de Radio y Televisión. Ya pasaré a cobrar.
LA MALDICIÓN DE CHEERS

Se habla mucho de la maldición de Tutankamon, de cómo los arqueólogos del equipo que descubrió la momia sufrieron extrañas y monstruosas muertes uno detrás de otro. Pero nadie ha hablado hasta ahora de una terrible maldición que afecta a los principales actores que actuaron en Cheers. ¿A todos? No. Hay uno que, enigmática y sospechosamente, ha alcanzado fama y fortuna, llegando a convertirse en el actor mejor pagado de la historia de la tele (1,6 millonazos de dólares por episodio): Kelsey Grammer, el malvado doctor Frasier Crane. Desde esta humilde tribuna, que más que tribuna es cajón de naranjas vuelto del revés, yo acuso a Kelsey Grammer de provocar el infortunio de sus compañeros de reparto con malas artes. ¿Pruebas? No tengo, pero sí un buen montón de sospechas que he enviado a Iker Jiménez para que tome cartas en el asunto.
Observen a Ted Danson, por ejemplo. El ligón ex jugador de béisbol que cada noche se iba a la piltra no con una ni con dos, sino con hasta tres bellezas de la década de los 80 (pelo cardado y hombreras, por favor) se ha convertido en el Frankenstein de Nueva York. Lo podemos ver en una nueva sitcom, Becker, en la que interpreta a un médico de Manhattan. Amigos, es terrible lo que el tiempo ha hecho con este hombre: se mueve a trompicones, con la elegancia de un robot destartalado, y parece que un neurocirujano loco se ha cebado con su cráneo y se ha liado a implantarle placas de acero sin ton ni son. Un horror, señores, un horror.
¿Qué decir de Kristie Alley, que desde que dejó Cheers no hace más que huir del arpón ballenero del capitán Acab? Triste espejo donde se mira la obesa América. Al final, no le ha quedado más remedio que volver a las dulces candilejas a costa de exhibir su lucha contra los lípidos como espectáculo para las sedientas masas. Espeluzna sólo pensarlo.
Alley entró en Cheers para sustituir a Shelley Long en la cuarta temporada. La señorita Long volaba del nido en busca de la gloria de Hollywood, cual Belén Rueda en pos de Amenábar, pero mi teoría es que realmente huía del deleznable influjo de Kelsey Grammer. De nada le sirvió, pues las malas artes del doctor Crane hicieron que acabara en lugares como Esta casa es una ruina o en bochornosas producciones como El clan Brady en la Casa Blanca. Más que actriz de comedia, ha acabado siendo bufona televisiva, una Lina Morgan con acento de Boston. Infame.
¿Y Rhea Perlman, nuestra querida Carla? Incapaz de sacudirse el personaje de italiana gritona de encima, ha tenido que colgar en el armario su talento y sus estudios de teatro clásico para ser una madre working class de camisa de cuadros que sólo sabe berrear. Shakespeare le está vedado de por vida. Para colmo de rechiflas, el manipulador demagogo Michael Moore terminó de encasillarla al ofrecerle un papel en Operación Canadá. A esta mujer no hay quien le quite el olor a fritanga de encima. Nadie se tragará nunca que es una persona inteligente, culta y sensible. Será Carla para siempre, mientras Frasier Crane ríe con una copa de brandy en la mano.
¿Más sospechas? Ahí va la definitiva: Nicholas Colasanto, que interpretó al entrenador Ernie Pantuso las tres primeras temporadas, falleció en febrero de 1985, pocos meses después de que Grammer se incorporara al reparto. Colasanto era un viejo actor que encontró el éxito con Cheers y estaba la mar de contento, hasta que se tropezó con Frasier al otro lado de la barra. ¿Le hacía sombra a Grammer?
Se podría seguir divagando, pero basta por hoy. Hay material suficiente para sospechar acerca del origen extraterrestre de Frasier Crane, responsable de la maldición de Cheers.
Foto: el otrora seductor Ted Danson, hoy utilizado como coco asustaniños de familias de clase media-alta.
ME PIERDO CON PERDIDOS

Domingo de resaca, y no de Eurovisión precisamente. Anuncian cuatro capítulos cuatro de Perdidos. Preparo una tortilla de patatas, acabo con las provisiones cerveciles en un vano intento por matar la resaca con más alcohol y realizamos ese acto misántropo y de odio supremo a la humanidad que consiste en despatarrarse en el sofá y engullir capítulos de la segunda temporada de Perdidos.
Conforme la tortilla iba menguando, crecían mis instintos asesinos. ¿Quién es el retorcido cabrón que diseña las tramas de la maldita serie de Robinsones? ¡Dios, qué dolor de cabeza! Ahora resulta que hay otro grupo de supervivientes del avión en la otra punta de la isla, que debe ser tan grande como Australia, porque tardan como siete semanas en atravesarla. Total, que en cuanto se encuentran con los protas habituales, se lían a guantazos con ellos y les secuestran en un zulo. Vamos, lo normal en una isla desierta: apenas tienes para comer, pero dedicas tu tiempo libre a construir celdas para encerrar a quien te encuentres. La seguridad, lo primero.
¿Y cuántos pasadizos tiene esa isla? Aquello tiene más hormigón que la costa valenciana. Yo sí que estoy perdido: todo el mundo, salvo el calvo al que llaman Locke, está de muy mala leche en esa isla; tienen más stress acumulado que en el departamento de sodomiting de Microsoft, y siempre están discutiendo y con unos dilemas morales que ni San Agustín. Tíos, relajaos un poco, que sois un pelín pesaos. Y, para colmo, al contrario de lo que ocurre en todas las pelis sobre islas desiertas que he visto, todavía no han montado ni una orgía. Espera... creo que tengo que ver alguna peli de islas desiertas que no sea porno.
No sé de qué va la serie, pero afortunados los que la palmaron en el accidente, porque no tienen que soportar la tortura de estar rodeados de tías y tíos buenísimos que no desmejoran con las calamidades, pero que no parecen estar muy por la labor de desfogar sus instintos primarios. Son los náufragos más metafísicos que he visto nunca. La filosofía es para gente con sofá y calefacción: vosotros dedicaos a sobrevivir y a intercambiar fluidos. Pero nada, pasan los episodios, y no pasa nada. Musiquitas como de mucha tensión, fotografía cuidadísima para presentar la selva con verdes densos y amenazantes, actores sobreactuados con caretos muy dramáticos y actrices sudorosas que transpiran ese erotismo blanco hollywoodiense tan frustrante. Pero no pasa nada. Es todo humo, como uno de esos pastelitos de hidrógeno líquido que no alimentan nada. Es exasperante. Si quisiera historias larguísimas en las que no hay acción leería a Javier Marías, pero a mí con las series me pasa lo mismo que a Fernando Fernán Gómez con el turrón en Moros y cristianos: "¡Qué marketing ni que ocho cuartos! Lo que tiene que tener el turrón es almendra, ¡al-men-dra!". Pues eso, guionistas de Perdidos, menos misticismos y más almendra.
LA ZONA OSCURA

"Así es como Jannie descubrió que la mejor forma de llegar al corazón de un hombre es a través de su caja torácica".
Qué grande. Lo dijo el Guardián de la Cripta como conclusión a una historia de vampiros. Las Historias de la Cripta eran geniales cortos de terror, con aquel bichillo verde soltando maliciosas moralejas como esta al final de cada capítulo. Era una serie muy cercana al espíritu guasón de Vincent Price, y que homenajeaba brillantemente a la serie B de los años 50. Me gustaban mucho los Tales from the Crypt, pero la reina de todas las series de terror ha sido es y será The Twilight Zone (la zona crepuscular o la zona oscura), que en España se llamó En los límites de la realidad. Hablo de las reediciones de 1983 y 1985, porque la serie original de empezó a emitirse en 1959 y se componía de breves y escalofriantes relatos televisivos dirigidos y narrados por Rod Serling, uno de los intelectuales encuadrados en el movimiento de los "angry young men" (al que pertenece el Nobel del año pasado, Harold Pinter). The Twilight Zone fue la gran creación de Serling, considerado uno de los grandes renovadores del lenguaje televisivo. Ningún vil ejecutivo ha osado quitar su nombre de detrás del "created by" de los créditos de las sucesivas reediciones de la serie. Queda algo de dignidad en la hedionda tele.
En 1983, cuatro jóvenes entusiastas que crecieron viendo la serie de Serling y acababan de irrumpir en el género de terror poniéndolo patas arriba con un puñadete de obras maestras decidieron que ya era hora de proclamar al viento su admiración por el viejo radical "angry young man". Eran Joe Dante (que preparaba su genial Gremlins), John Landis (que acababa de aterrorizar y divertir al mundo con Un hombre lobo americano en Londres), George Miller (que había firmado las dos primeras entregas de Mad Max) y Steven Spielberg (que ya había hecho Tiburón y E.T.). ¡Vaya "dream team" de talentosos discípulos! Se pusieron manos a la obra y el resultado fue The Twilight Zone: the movie, una peli de cuatro mediometrajes a cual más aterrador. Una obra genial, una de las joyitas más preciosas del género.
El primero, dirigido por Landis, trata de un racista satisfecho que acaba probando amargamente la medicina de sus propios prejuicios en un absurdo lleno de justicia poética. El segundo, de Spielberg, presenta a una chica capaz de otorgar deseos a los abandonados ancianos de una residencia. Un cuento tierno y con un punto cursi. El tercero, de Dante, es mi favorito -y creo que el más aterrador y angustioso-: una chica que recala en una casa donde un niño todopoderoso que lee la mente controla a su familia con sus caprichos. El cuarto, de Miller, habla de un apacible viaje en avión que se ve alterado cuando uno de los pasajeros ve a una extraña criatura -que nadie más ve- corriendo sobre un ala, soltando tornillos del fuselaje y arrancando cables.
Maravillosa serie de terror que ahora es imitada por una llamada Más allá del límite, que Cuatro está emitiendo. Bazofia audiovisual que empieza con las mismas palabras que encabezaban la mítica serie original: "No le ocurre nada a sus televisores, no intenten ajustar la imagen. A partir de ahora, nosotros controlamos la emisión". Últimamente me enfado por pocas cosas, pero esto me cabrea un montón, fíjate tú. Me da rabia que cualquiera se atribuya una herencia tan brillante para hacer subproductos que no le alcanzan ni la suela del zapato a los inquietantes guiones de Serling.
Las Historias de la Cripta y En los límites de la realidad son dos grandes monumentos televisivos que todavía no han sido desbancados. Son malos tiempos para el género de terror, que lleva mucho tiempo sin dar ningún título recordable. Será porque estamos ya curados de espanto.
Por cierto, si no habéis visto En los límites de la realidad, me dais mucha envidia, porque yo nunca volveré a sentir el mismo escalofrío infantil que sentí la primera vez que intenté dejar la mente en blanco para que el malvado niño no pudiera leerla.
Foto: escalofriante secuencia de The Twilight Zone de 1959.
EL COITO ETERNAMENTE FRUSTRADO

Ay, Maggie, Maggie. Maggie O'Connell. Ese sí que es un mito erótico. Salía con vaqueros y camisa a cuadros, holgada, bien tapada con recios abrigos. Con una llave inglesa, a los mandos de su avioneta-taxi, en situaciones poco o nada sensuales. Rara vez enseñó algo más que un hombro (¡pero qué hombro!), nunca la vimos con una transparencia y, en vez de quitarse un guante sensualmente como la Hayworth, arrojaba sobre el suelo sus mugrientas manoplas de electricista. ¿Y qué? A mí aún me daban más ganas de que me maltratase, y seguro que no he sido el único. Yo hubiera estudiado Medicina y hubiera solicitado una mal pagada plaza en Cicely sólo para tomarme una cerveza cada noche con ella en el bar del pueblo.
Janine Turner fue Maggie en Doctor en Alaska, donde, durante cuatro temporadas (la última se rodó sin el doctor Fleischman, que ahora, más gordo y más feo, anda haciendo de poli duro en otra serie que no me interesa un carajo), jugó con el actor Rob Morrow a ponerse cachondos mutuamente y a frustrar el coito en el momento de mayor tensión sexual. Divertido, sutil, maravilloso, pero insufrible en la vida real. Yo hubiera acabado loco. No quiero una Maggie real que desquicie mis días, pero desde que terminó Doctor en Alaska y su rastro se perdió entre el magma catódico, siento que a mi vida le falta algo.
Por eso he querido averiguar quién es en verdad Janine Turner, y esto es lo que he encontrado. El 6 de diciembre cumplirá, a juzgar por las últimas fotos, 44 maravillosos años, y lo celebrará en su casa, un rancho de Dallas, donde vive con su hija de 9 años y un montón de animales a los que profesa un amor desmedido. Muchas de esas mascotas aparecen en su única incursión en la dirección cinematográfica, un corto titulado Trip in a Summer Dress (Escapada con un traje de verano) que escribió, rodó y protagonizó en 2004. Al parecer, una joyita fílmica donde Janine demuestra que detrás de su deseable cara hay un cerebro complicado e inquieto.
Salvo Doctor en Alaska, Janine no ha tenido mucha suerte en el mundo de la interpretación. Empezó a los 15 años trabajando como modelo y, antes de cumplir los 20 ya era una secundaria habitual en series como Dallas, Hospital General o El Equipo A. Hacía trabajitos en series y en pelis de serie B sin tomarse el asunto muy en serio. Picoteando, saliendo con Alec Baldwin (con quien llegó a estar prometida) y pasándoselo bien. De hecho, donde realmente estaba centrada era en sus estudios universitarios, que compaginaba holgadamente con sus pinitos interpretativos. Pero todo cambió cuando los excéntricos creadores de una excéntrica serie la eligieron en un cásting para ser Maggie O'Connell en Doctor en Alaska. Entonces, se acabó la universidad y se acabó la vida fácil. El éxito le obligó a centrarse en su trabajo en la serie, donde demostró ser una gran actriz que sabía fundirse con el paisaje de Alaska y crear muy buena química con Rob Morrow.
Pero el futuro prometedor que se le presentaba a mediados de los 90 no se ha materializado. Algún papelito secundario de relumbrón, como en la peli El señor T y las mujeres, con Richard Gere, y poco más. Acaba de rodar un interesante proyecto independiente que está a puntito de estrenarse -aunque dudo que llegue a España- y se pasó en el festival neoyorquino de Tribeca causando muy buena impresión: The Night of the White Pants (La noche de los pantalones blancos), una comedia disparatada que, según dicen, recuerda a Jo, qué noche de Scorsese. La dirige Amy Talkington, veterana pero desconocida cineasta indie del Bajo Manhattan.
Espero que le vaya bien. Mientras tanto, yo abriré una buena cervecita, bajaré las luces del salón y veré por enésima vez ese capítulo en el que se recrea el Cicely de los años 20 y Janine Turner luce un modelito escotado de época que realza ese morboso lunar suyo. No me molestéis mientras tanto.
¡YA TENEMOS UTONÓMICA!

Hoy ha empezado la utonómica, Aragón Televisión, la responsable de la mayor revolución en el mundillo periodístico de esta tierra desde que el Grupo Z asentó sus reales y montó El Periódico (eso me lo han contado los más mayores del lugar, pues yo no estaba aquí por entonces, claro está). Chicos, chicos: la de movimiento, la de disgustos, la de alegrías y la de corrillos y cotilleos -y en este santo oficio el cotilleo es casi práctica profesional- que ha provocado la tele de marras. Qué parto más difícil.
Sólo una nota nefasta: nos hemos juntado en la redacción para ver el arranque del magacín estrella, Aragón en abierto (formato idéntico a Madrid directo o a España directo), y en el primer minuto hemos visto cómo fallaban dos conexiones y cómo un vtr se les iba a tomar viento sin mayor explicación. Han tenido que cortar y empezar de nuevo. No me quiero ni imaginar la de gritos y palabros feos que se han debido escuchar en la sala de realización y en algún despachito que otro. Eso sí que es empezar con mal pie, compañeros, qué faena. Si fuera supersticioso, diría que esto no me huele bien. A ver si por violentar a los rayos catódicos va a caer la desgracia sobre Aragón... En fin, ánimo, compañeros y amigos televisivos, que los comienzos siempre son duros.
LOS SIMPSON EN CARNE Y HUESO

Noticias frescas para los amantes de Los Simpson. Hace unos días, el blog amigo de Rondabandarra colgó un vídeo promocional de la televisión británica en la que actores de carne y hueso emulaban la cabecera animada de la serie. Hoy, la agencia OTR/Press ha pasado esta crónica que pego íntegramente:
’LOS SIMPSON’ SE VUELVEN DE CARNE Y HUESO EN LA APERTURA DE SU ÚLTIMO EPISODIO
- Ya se han emitido 371 capítulos y sus creadores han prometido dos temporadas más, hasta la 19
MADRID, 1 (OTR/PRESS-Juan Rodríguez Millán)
Los Simpson , la familia más famosa de la televisión, cobra vida y se convierten en personas de carne y hueso. Fox emitió en el capítulo del pasado domingo una apertura distinta, rodada con actores reales, imitando la que hemos visto durante los últimos 16 años. Es un producto de la cadena británica Sky One, que formaba parte de una campaña de publicidad que gustó tanto a los creadores de la serie que decidieron emitirla en Estados Unidos. Una iniciativa más para mantener viva una serie que promete no morir. Matt Groening y su equipo ya han firmado para hacer dos temporadas más, con lo que serán al menos 19.
Homer, Bart, Marge, Lisa y Maggie ya tienen un referente de imagen real. Todo comenzó en 2004. La cadena británica Sky One ideó una campaña de publicidad para la serie que consistió en recrear la apertura animada de la serie con actores de carne y hueso. La idea tuvo muchísimo éxito y el vídeo se convirtió en uno de los mails que más rápidamente circularon por todo el mundo. Los creadores de ’Los Simpson’ se mostraron encantados, y decidieron colocarlo como apertura de su último capítulo.
"La respuesta a este trailer ha sido increíble, nunca nos hubiéramos imaginado que fuera tan grande, es fantástico", explicó un portavoz de Sky, encantado por la acogida que ha tenido en Fox. "Estoy sorprendido de que haya gente que quiera ser conocida por parecerse a nuestros Simpson’, afirmó el productor ejecutivo de la serie, Al Jean.
¿HABRÁ PELCULA?
¿Es este corte un adelanto de la película de imagen real de ’Los Simpson’ de la que tantos rumores se han podido leer en Internet? Parece que no. Fox tiene reservado desde hace tiempo el dominio ’www.simpsonsmovie.com’, pero ése es sólo uno de los más de 200 que tiene registrados en previsión de futuros proyectos. Parece más factible que esa versión en pantalla grande acabe siendo animada. A comienzos de marzo se habló del comienzo de los trabajos de preproducción. En caso de ser cierto, podría llegar a estrenarse en 2008.
Lo que está claro es que ’Los Simpson’ tiene cuerda para rato. En España, Antena 3 está emitiendo la temporada número 16, y ya ha comprado los derechos para seguir con esta mítica serie en antena. En Estados Unidos van por la temporada número 17 (el capítulo en el que se incluyó la apertura de imagen real nada menos que el 371) y los creadores de la serie, con Matt Groening a la cabeza, han firmado ya con la Fox para realizar dos temporadas más.
PD: Diga lo que diga este teletipo, ¡habrá peli de Los Simpson en 2007! La Fox ya ha emitido un anuncio de 25 segundos anunciándola. Confieso que me da un poco de miedo, porque puede terminar de destrozar el espíritu de la serie. Por favor, Matt Groening, no la cagues y haznos disfrutar.
MEA CULPA

Rectificar es de sabios, y como yo de sapiencia ando justito, más que rectificar, hago actos de contricción pública, que los beatos agradecen más y siempre lucen ahora que estamos en cuaresma. Dije el otro día que la Sexta, el nuevo canal, me parecía más de lo mismo, es decir, un tostonazo. Pero resulta que esta noche, adormilado en el sofá, he redescubierto al mejor Wyoming. Ha vuelto el increíble showman, el elegante humorista, el tachán-tachán de la televisión. Parecía que su paso por TVE le había hundido en las tinieblas de la mediocridad y la redundancia, pero se ha rehecho cual Ave Fénix y ha vuelto por sus fueros como en los tiempos de El peor programa de la semana y el primer Caiga quien caiga.
El intermedio, el programa que presenta en la Sexta, es un espectáculo con ritmo, audaz, ingenioso y hasta brillante en algunos tramos, donde Wyoming vuelve con su sentido del humor ágil, casi imposible de seguir, al que nos tenía acostumbrados. El guión es muy bueno y se ha agenciado unas colaboradoras-actrices que funcionan muy bien y tienen química con el maestro de ceremonias (algo bastante difícil de lograr con un individuo tan peculiar, con quien es casi imposible estar a la altura en un escenario). Así que, en lo que a Wyoming se refiere, me trago mis sucias palabras del comentario anterior y me declaro feliz de reencontrarme con el hombre de tele que tantos buenos ratos me ha dado. Enhorabuena, Wyoming, y que dure la racha.
(En realidad, sólo hay dos showmen españoles capaces de hacerme vibrar. El otro es Juan Tamariz, a quien profeso un amor desmedido. Todavía lloro de risa cuando recuerdo sus noches en la sala Houdini de Madrid. Si Wyoming y Tamariz tuvieran un hijo, ¿no sería éste acaso el superhombre que andábamos buscando?)
MILIKITO YA TIENE TELE

La Siesta, más que la Sexta, debería haberse llamado. Apenas he atisbado unos minutos de la programación del nuevo canal, pero lo poco que he visto incluye un infumable concurso presentado por Miki Nadal y un programa tipo "vídeos de primera", con niños japoneses cayéndose de columpios y risas enlatadas. Dios, cuánta modernidad, qué vanguardia, qué elevación. Lo siento por mi idolatrado Wyoming -¿por qué no salvará los muebles y se retirará antes de que se convierta en su propia caricatura? Su fracaso en La azotea me dio mucha pena, de verdad- y lo siento por Toni Soprano, pero la Siesta no me llama ni por el lado casposo. En cuanto Milikito (Emilio Aragón, para los fans de Médico de familia) asoma su cara de yerno perfecto y se lía a hablar de humor familiar y de lo bien que nos lo vamos a pasar con inocentes chistecillos aptos para todas las edades que aspiran a no herir sensibilidad bienpensante alguna, mis jugos gástricos hierven y he de correr al cuarto de baño. ¿Es Milikito y el grupo de think tanks que ha reunido en su imperio del entretenimiento el Walt Disney español? Yo creo que sí, y que todas las bondades y las aberraciones aplicables a Disney son aplicables también al estilo Globomedia.
Y sí, soy la bilis que agria los más dulces siropes. Y disfruto siéndolo. Paso de entretenimientos familiares: yo me doy al porno duro y sin condón.
PD: Hablando de Walt Disney y de industria del entretenimiento, recomiendo un libro interesantísimo, pero descatalogadísimo, titulado Para leer al Pato Donald, escrito por los chilenos Ariel Dorfman y Armand Mattelart y publicado por Siglo XXI poco antes de que el amigo Augusto (Pinochet) empezase a hacer de las suyas. En este maravilloso opúsculo se da respuesta a preguntas como "¿Por qué el Tío Gilito, el Pato Donald y los patitos son sobrinos entre sí cuando parece evidente que son padres, hijos y nietos?" "¿Dónde están las patas que engendraron a tales patos?" "¿Por qué Daisy es siempre una novia distante y nunca una madre?" Al descubrir los secretos del sexo de los patos, se destapan inquietantes sombras sobre Disney. En Zaragoza hay feria del libro viejo. Quizás alguna caseta tenga el librito.
QUIERO SER UN SOPRANO

Soy el último de la fila, muy lejos de descubrir nada a nadie, pero encantado de haberlo descubierto. Los Soprano, ese monumento televisivo, por fin se incorpora al repertorio de mis querencias y ha entrado por la aurícula más grande de mi corazón. Mr. Toni Soprano y su familia me han conquistado. Ahora que la Sexta va a emitir la serie desde el principio, no me voy a sentir solo en mis afinidades. En España, Toni Soprano ha estado demasiado tiempo siendo disfrutado en exclusiva por los abonados a Canal Plus. Ya era hora de que se democratizase el asunto. Yo me he adelantado a la Sexta y, en una de esas compras compulsivas en las que las tarjetas se echan a temblar, me la he agenciado en DVD y nos estamos pegando unos maratones fenomenales de la familia Soprano en versión original. Aún es pronto, pero creo que ya forma parte de mi santísima trinidad televisiva: Doctor en Alaska, A dos metros bajo tierra y Los Soprano (¿Es casualidad que dos de las tres hayan sido creadas por la misma persona, el señor David Chase?) ¿Por qué demonios no he descubierto antes a la Mafia, si sabía que me iba a encantar y no hacían más que recomendármela? Qué sé yo. La pereza tiene tantos misterios... Pero ahora sólo deseo hacer méritos para que Toni me dé un puesto en la organización. Hago de todo: cobro comisiones de casinos, me deshago de testigos molestos, soborno a polis corruptos, rompo los pulgares de los camellos que te sisan... Lo que quieras, Toni. Soy tu hombre.
Desde el comienzo, desde los mismos créditos, el universo gansteril de David Chase te atrapa. La canción que sirve de sintonía (Woke Up This Morning, de los británicos Alabama 3) huele a humo de club, a verso de Leonard Cohen, a chica triste y despiadada, a alcohol y ropa tirada por el suelo del dormitorio. En fin, a todas esas cosas que han macerado en la cultura popular americana desde Scarface hasta El honor de los Prizzi y que ya forman parte de nuestro mundo casi tanto como la paella o las migas de pastor.
Todo el mundo lo sabe, aunque nadie lo dice en voz alta. Así es la Mafia, la implicitud como forma de vida. Toni Soprano (interpretado sublimemente por James Gandolfini, que ahora va a hacer de Ernest Hemingway en una peli) es el verdadero Capo de Nueva Jersey. El cargo, nominalmente, lo ocupa su tío Jun, pero quien tiene el respeto y la confianza de la organización es Toni. El personaje es un individuo complejo: cínico, eficaz, inteligente, despiadado, elegante a su manera, pero también sentimental, un padrazo amantísimo y un hijo traumatizado por una madre tiránica. Conclusión: necesita la ayuda psicológica de la doctora Melfi (Lorraine Bracco, curiosa e interesante actriz, ex modelo de Gautier que rechazó posar desnuda para Salvador Dalí, pese a la insistencia del catalán). En cada capítulo, el género negro-gansteril despliega todos sus tópicos al servicio de la inteligencia, el humor y una cierta mirada a la condición humana de la actualidad. Porque la Mafia de los Soprano ya no es lo que era. "Antes el juramento significaba algo, ahora todos confiesan tras seis meses en el trullo. Hoy día, nadie sabe afrontar una experiencia carcelaria", se queja amargamente Toni, que ve caer las viejas lealtades, los viejos modos, derribados por jóvenes impetuosos que parecen lumpenproletarios oportunistas más que disciplinados miembros de la Familia.
La Familia, con mayúscula, no confundir con la familia con minúscula. Es decir, la que convive con Toni Soprano: Carmela (Edie Falco), su italianísima esposa; Meadow (Jamie-Lynn DiScala), su locuaz, despampanante, inteligente y desinhibida hija, y Anthony Jr. (Robert Iler), su inadaptado y acomplejado hijo adolescente. Viven a caballo entre el viejo mundo de la organización y las exigencias de la sociedad moderna. Orgullosos a su modo de la herencia familiar, motor y lastre al tiempo de sus vidas. Todos se hacen querer. Yo quisiera pasar una noche conversando y bebiendo vino rosso con Carmela; me iría una semana entera de juerga con Meadow, y me encerraría una tarde a jugar a la Play Station con Anthony Jr. Ya lo hago, en cierto modo, cuando sigo la serie.
Unos guiones sublimes, unos diálogos brillantes, unos actores sensacionales, que no temen sobrepasarse un pelo cuando la acción exige explotar los lugares comunes de la Mafia italiana, y una realización impecable. Todo está nivelado en Los Soprano. Nivelado por arriba. Qué buenos son todos. Cómo nos hacen disfrutar. Es cine con mayúsculas, del bueno-bueno de verdad.
Y el mejor de todos está en la sombra, en un despacho de Nueva York: el gran David Chase. ¿Qué quién es David Chase? El mago que hizo posible en los 90 esa otra maravilla llamada Doctor en Alaska, el genio impregnado de perversa cinefilia que sabe transmitir a todos la inmensa pasión que siente por el séptimo arte con Los Soprano. El mismo humor, la misma mirada distante y tierna a la vez que vemos en Doctor en Alaska está detrás de Los Soprano. Se nota que ambas series han salido de la misma horma.
Pero Doctor en Alaska podemos dejarla para otro día, que tiene mucha tela que cortar, y he de dosificar mis obsesiones.
ENTONCES, EEEHH, ¿QUIERES DECIR QUE...?

Punset, Eduard Punset. Garfunkel, para los amigos. Hoy ha paseado su estropajosa y portentosa cabeza por las calles de Huesca para recoger, de manos de Marcelino Iglesias, el Premio de Periodismo Digital. ¿Por qué digital? A mí no me pregunten, que yo no reparto premios. Pero, que yo sepa, Punset hace un programa en la tele, no crea páginas web. En fin, es algo que me da esperanzas. Aún puedo optar a un premio de periodismo radiofónico sin hacer radio, o a un premio de periodismo audiovisual sin hacer... Espera un momento, que me dicen que el premio se debe a su labor en la difusión del conocimiento científico y técnico. ¡Acabáramos! Pues yo sigo sin entenderlo. Será que, como habla de cosas de cables y su programa se llama Redes, todo viene a ser lo mismo, todo está conectado y esas cosas. Además, el hombre cae bien y luce mucho más que si se lo hubiéramos damos a un oscuro y anodino diseñador de periódicos digitales, ¿no? Pues no se hable más.
No seré yo quien recurra el inapelable fallo del jurado. Es más, me alegro, porque me da la oportunidad, aprovechando que el Pisuerga pasa por Huesca (¿qué no?, esperen un par de trasvases y verán), de hablar de Redes, esa maravilla televisiva que convierte en basura espacial el resto de programas de divulgación científica que se han hecho antes y ahora en este maltratado país nuestro.
Es increíble, amen de tópico, pero no por ello menos cierto: con Redes aprendo y me divierto. Aprendo de verdad, yo, que soy como un besugo que desecha al instante toda la información que no le interesa. Y me divierto. Mucho, la verdad, aunque esté mal decirlo, pero es así. Punset me parece de los mejores showmen que ha habido en la caja tonta. Con él como personaje me bastaría, pero es que además me asombran los temas que trata, me seduce cómo los trata y me parece genial la gente que entrevista.
Para empezar, le aplaudo esa forma tan poco sana de sentarse que tiene. Recostado, con los músculos relajados, como si se hubiera fumado media docena de porros (quizá se los ha fumado, eso explicaría muchas cosas). Luego, ese colegueo que se trae con los premios nobel que entrevista. Sin protocolo, de tú a tú, directo, sin miedo a meter baza ni a interrumpir sus peroratas. Sin pelotear, pero tampoco siendo arisco. Desgranando como desgrana los temas, traduciendo para nosotros enrevesados razonamientos bioquímicos que, en su boca, parecen adivinanzas infantiles. Llamadme raro, llamad al psiquiatra de guardia si queréis, pero si llego a casa con unas copas de más y no hay perspectivas sexuales a la vista, tirarme en el sofá con unas sobras de la nevera a ver Redes me parece un colofón fantástico para una noche. Con la lucidez del beodo, Punset adquiere una dimensión totémica. Si esto fuera Estados Unidos, Eduard habría creado ya una religión con sus seguidores, y yo renegaría de mi ateísmo por él.
¿Y sus doblajes? Es la persona que peor se dobla a sí misma. Bueno, en realidad no es un doblaje, sino una traducción simultánea, pero su estilo, penoso como técnica, roza lo sublime si lo valoramos como arte escénica. Copia las pausas que hace en inglés, las mismas interjecciones, el mismo ritmo, las mismas coletillas. "Esto que cuentas es muy interesante", y mi favorita, que en inglés es algo así como: "Well, eeeeehh, so, what exactly do you wanna...?", que él mismo se traduce: "Entonces, eeeeh, ¿quieres decir que...?" Es el enunciado que precede al clímax de la entrevista. El orgasmo múltiple, el momento en el que da con la piedra filosofal: es el instante en el que traduce en dos oraciones sencillas construidas mediante sujeto, verbo y predicado, el complejo galimatías que la eminencia de Yale llevaba quince minutos desarrollando. Entonces, ves la luz. Los astros confluyen, el aleph se muestra aterrador ante tus ojos. "¡Claro!", piensas entonces, preñado por su infusión de saber, "¿cómo no lo he visto antes? En Andrómeda está la clave". También piensas: "Si no fuera tan vago, me hubiera gustado estudiar lo que estos señores, pero yo es que soy de letras".
En fin, que quizá no ha hecho muchas páginas web, pero el Garfunkel de la ciencia se merece todos los premios que le den. Por cierto, recuerdo que un amigo quiso hacerle un regalo muy especial a una chica con la que salía, y no se le ocurrió otra cosa que aprovechar un viaje a Barcelona para pedirle un autógrafo dedicado a Punset. Por supuesto, se lo dio con mucho gusto. Enhorabuena, Eduard.
SOUTH PARK, EL REVERSO TENEBROSO DE MAFALDA

El gamberrismo máximo, la adolescentada más desinhibida, la genialidad al servicio de lo aberrante. Me encanta. Llevo años siguiéndolos, y no pierden comba. Son frescos, brillantes, audaces, risibles y gruesos, sin resquicios para lo sutil. South Park, pese a que lo emiten de madrugada, maltratado, con los episodios desordenados y en varias cadenas a la vez, tiene una cohorte fiel de fanes, todos creciditos ya, pero con un niño gamberro y cabrón encerrado en algún resquicio entre el páncreas y el hígado. Ese niño cabrón se lo pasa en grande con South Park, y yo le dejo disfrutar. Por cierto, supongo que programarlo de madrugada será una medida para mantener a los menores alejados de estas orgías de sexo y violencia. Bien, probablemente Coto Matamoros y Gran Hermano son contenidos más edificantes para los churumbeles. Sigan así, sabios programadores. Lo están haciendo muy bien.
Como una bola de nieve, South Park empezó con una pequeña broma que fue creciendo hasta convertirse en un imperio de la animación estadounidense. No voy a repetir de nuevo que lo más chispeante, fresco, desgarbado y brillante del mundo audiovisual está en las series norteamericanas. Es obvio, y pasa también con las llamadas "de animación para adultos". En este caso, los padres de la criatura son dos treintañeros que se conocieron mientras estudiaban en la Universidad de Colorado: Trey Parker y Matt Stone (que en la serie se proyecta sobre el personaje de Kyle, como Quino se proyectaba sobre Felipe en Mafalda).
Los dos crecieron en pueblos de Colorado. Matt logró terminar sus estudios de música y de lengua y cultura japonesas (para flipar), pero Trey dejó las aulas para dedicarse al cine. En 1995 ya eran medio conocidos por hacer algunos cortos, y la cadena Fox -que, gracias al éxito de Los Simpsons estaba dando mucha cancha a la animación- les encargó hacer unas pequeñas tiras navideñas tituladas The Spirit of Christmas. Fue el origen de South Park. Desarrollando el universo que se había esbozado en esos cortos, nació la serie y las varias películas que se han hecho.
Con herramientas del más canónico costumbrismo, Parker y Stone se fijaron en la vida cotidiana de un pequeño pueblo de las montañas de Colorado: Fairplay. Le cambiaron el nombre por South Park y se liaron a pergeñar corrosivas tramas donde la ignorancia, la venalidad de los políticos, la hipocresía y las miserias de la sociedad se contemplan con los ojos de un grupo de niños, que son arte y parte del disparate colectivo. El gusto por el humor grueso y escatológico convierte a South Park en el reverso tenebroso de Mafalda.
Cartman viene a ser como Manolito; Kyle, el buen y hacendoso judío, Felipe; Stan podría ser Miguelito, y Kenny... ¡Dios mío, han matado a Kenny! ¡Hijos de puta!
Me encanta Cartman, uno de los personajes más despreciables que ha dado la televisión. A su lado, Homer Simpson es un prohombre. Cartman es egoísta, mentiroso, miserable, tramposo, ruin, capaz de vender a sus amigos por un trozo de pastel. No se corta un pelo. Anoche echaron uno de mis episodios favoritos, el de Paco el Flaco. Espoleados por una campaña de donación de alimentos para los niños etíopes en la que te regalan un reloj si haces un donativo, todos quieren tener el reloj. Pero la Cruz Roja se equivoca y les envía un niño etíope, que ellos adoptan con el nombre de Paco el Flaco. Cartman le hace la vida imposible al pobre Paco, hasta que los federales descubren el error y van en su busca para devolverlo a Etiopía. Entonces, Paco el Flaco se las arregla para que se lleven a Cartman en su lugar. Y allí va a acabar el gordo de Cartman: entre los etíopes sin nada que llevarse a su insaciable boca.
South Park, además de ser una gran sátira de nuestro tiempo, es un desintoxicador eficaz. Después de verlo, me voy a la cama sonriente y feliz con la mandíbula relajada gracias a unas buenas carcajadas. Lo recomiendo para los estados transitorios de tristeza y hastío del mundo.
DEL LADO DE ACÁ Y DEL LADO DE ALLÁ (3)

Pese a que los programadores de Tele 5 no lo ponen nada fácil, el frío y la excusa de que el jueves ya habíamos tomado por ahí los vinos correspondientes al viernes, invitaron a recogerse en casa a ver Vientos de agua. En la copa hubiera sido más apropiado, para combatir el frío, verter un buen vodka o un coñac, pero como al primero no soy aficionado y todavía estoy a la espera de que mi querido Michel me traiga unas prometidas botellitas de armagnac de un bodeguero del mismo Armagnac, le di con placer al ron canario, que también es bebida de inmigrantes y aventureros. Sin hielo, por favor. De coca-colas, ni hablemos. A no ser que sea un señor de mediana edad con tres divorcios, camisa de colores metida por dentro del pantalón y todavía emplee el término "cubalibre" en sus locas noches de fiesta, usted no tiene licencia para asesinar de esa forma el licor de los piratas.
El ron, un Arehucas dorado, dulce y oscuro, estuvo perfecto. Vientos de agua, no tanto. La historia de Buenos Aires se desploma por momentos y se queda a mucha distancia narrativa de su contrapunto de Madrid. Hasta los actores que acompañan a Eduardo Blanco son mucho más solidos que los que avanzan por una Argentina de cartón-piedra a la que se le ven las tramoyas y cuyo guión se desmorona sin remedio. La historia protagonizada por Ernesto Alterio es en exceso simple y cae irremediablemente del lado cursi con el que le gusta coquetear a Campanella. Parece que se le ha ido de las manos. La parte de Madrid, por contraste, gana en solidez. El personaje de Eduardo Blanco se enfrenta a conflictos y dilemas reconocibles. Vemos en su cara el hartazgo y la desilusión, la flaqueza y la desubicación, la desesperación de ver que nada es cómo se había imaginado, la sensación de llegar a un punto muerto donde el regreso a Buenos Aires es una sombra acechante del fracaso que no se quiere invocar. Al de Ernesto Alterio, parece que cinco años en Babel no le quitan ni el acento ni la cara de tonto.
Menos mal que el ron estaba tremendo.
HAGA SU PROPIO CAPÍTULO DE LOS SERRANO

En uno de los canales del cable echan Los Serrano a la hora de mi breve siesta, y yo lo agradezco un montón, porque tienen un efecto amuermante que a mi salud le sienta bien. ¿Qué decir de las series españolas del imperio Globomedia? Sí, sí, pan y circo, el opio del pueblo, embrutecedor catódico, si-no-quieres-ser-como-ellos-lee y todo lo que queráis, pero yo me duermo a gusto y sólo me pregunto: ¿existe de verdad gente tan corta de luces? ¿Tan mal está el ligoteo que estos chicos sólo se lían con lo que encuentran en su casa? Lo ignoro. Sin embargo, entre sueño y sueño, he ido improvisando un estudio lingüístico sobre Los Serrano y he llegado a la conclusión de que los guiones de la serie se escriben en un neocastellano cuya gramática ha sido reducida a sus normas más sencillas, siguiendo los principios generativistas. En ella, hay un núcleo que compone todos los textos de la serie. Ese núcleo lo forman estas expresiones y términos:
- Mazapán, como sinónimo de apareamiento.
- Ciruelo, por pene.
- Mayormente.
- Bufas, por pechos.
- Esto viene siendo...
- Tienes la mirada sucia.
- Te lo dije u no te lo dije.
- Hay que hacer uso del matrimonio.
- Un surtido de ibéricos asienta el estómago.
Me dejaré muchas, pero estas componen el núcleo duro. Combinando aleatoriamente estos elementos, usted mismo puede devenir guionista de Los Serrano. De hecho, yo comercializaría el "serranonova", un kit para construir las historias de Los Serrano. Añada un poquito de machismo, otro poco de tópico hispano retrógrado y póngalo frente a unos refinados y cultos tópicos sobre catalanes para obtener chistosos desencuentros. Por último, plagie algunos graciosos sucedidos de famosas series norteamericanas para darle algo de color a la trama, pasándolos, eso sí, por un tamiz madrileño de taxi y mondadientes, y ya tiene usted su propio capítulo de Los Serrano. Que lo disfrute.
PD: Por si no ha quedado claro, aquí va un ejemplo para que, a partir de él, usted vaya practicando:
-¿No ves cómo tiene las bufas esta tía? Esta está pidiendo mazapán, pero mazapán del bueno.
-A tí lo que te pasa es que tienes la mirada sucia, ¿no ves que es familiar tuyo y la mujer tiene 97 años?
-De eso nada, lo que pasa es que tengo el ciruelo mustio y hay que sacarlo a pasear de vez en cuando.
-Pues esto viene siendo porque no haces uso del matrimonio. Yo, mayormente, todas las noches hago uso del matrimonio, sin faltar ni una.
-¿Te lo dije u o te lo dije? Lo que pasa es que tu mujer está preñá y le da cosa cogerte el ciruelo. Anda, siéntate, que te preparo un surtido de ibéricos para que te asiente el estómago.
Las variantes con estos elementos son limitadas, pero dan para varias temporadas.
HOUSE

Esta noche, Cuatro empieza a emitir una nueva serie, House, pero en el canal de cable Fox ya hemos visto la primera temporada, y ahora empieza la segunda, que todavía está en antena en Estados Unidos cosechando un éxito brutal. Yo estoy enganchado. Soy un serieadicto, pero no un serieadicto cualquiera: yo me engancho a la cocaína cara, no al costo culero que abunda por ahí.
Bajo el paraguas de un aparente drama hospitalario (la acción tiene lugar en una unidad de diagnóstico para enfermos muy raros y desesperados en una elitista clínica de New Jersey), House desarrolla en realidad los esquemas de una serie policíaca. El doctor Gregory House (el actor británico Hugh Laurie) le debe mucho a los grandes detectives de la serie negra de los años 30. Es un antihéroe genial: cínico, malintencionado, inteligente, amargado, brillante, hábil conversador, una fiera imbatible del diagnóstico con unos asideros morales diminutos. A Laurie se le ve cómodo en el personaje. Y menos mal, porque el peso del guión cae casi en exclusiva sobre él. El resto de los personajes son un telón sin apenas relieve.
Su protagonismo no molesta porque la serie tiene un planteamiento poco ambicioso: se desarrolla casi íntegramente en los mismos decorados y los episodios son cortos, dando el tiempo justo para que se luzca Laurie. De verdad, aunque reconozco que son entretenidas, suelo aborrecer las series hospitalarias y, en general, todas aquellas que tratan de profesionales abnegados con cara seria afrontando siempre difíciles conflictos morales. Pero House no va de eso, ni mucho menos. El doctor House se escaquea de pasar consulta, se ríe de sus pacientes y es un adicto a los calmantes. En España sería impensable hacer algo así, pues las asociaciones de pacientes y el colegio de médicos quemarían la cadena de televisión que se atreviera a hacer mofa, befa y escarnio de ellos. Cualquier parecido con Urgencias es casi una coincidencia.
Pero todo esto ya lo veréis esta noche en Cuatro. Por cierto, el actor prota, Hugh Laurie, es también un personaje digno de seguir su pista. Tiene 46 años, nació en Oxford y es arqueólogo y antropólogo por la Universidad de Cambridge. Es autor de dos novelas que se venden muy bien (ninguna traducida al castellano). La primera de ellas, The Gun Seller, está a puntito de adaptarse al cine. Además, es un buen pianista y compone música. Por no mencionar que procede de una familia de médicos de Oxford con antepasados de rancia estirpe escocesa que han hecho de él el cachondo, ácido y descreído que quienes le conocen dicen que es. Lo dicho, habrá que seguirle la pista a Laurie.
Fe de errores: Uno no puede estar en todo. Me equivoqué de martes. House empieza en Cuatro la semana que viene. Mil perdones.
DEL LADO DE ACÁ Y DEL LADO DE ALLÁ (2)

Vientos de agua ha perdido fuelle con respecto a su estreno y, por tanto, mi entusiasmo se ha venido un poco abajo. Me sigue gustando, me sigue enganchando, pero el filo peligroso por el que se desliza Campanella puede causar estos vaivenes. Me parece que la historia no avanza como debiera: no veo por ninguna parte el Buenos Aires de Los siete locos de Roberto Arlt, no veo la ciudad vibrante de la canción maleva, canción de Buenos Aires. No palpo a las masas de las mil lenguas. Ni siquiera veo la Boca. No sé, a lo mejor he escuchado demasiados tangos y guardo demasiado buen recuerdo de la ciudad.
La crítica se ha cebado en la presunta sobreactuación de Ernesto Alterio. Dicen que se pasa de tonto. No estoy de acuerdo, creo que son los críticos los que se pasan de listos. A mí no me molesta. Es más, me parece que expresa poca desorientación comparada con la que debía sentir un minero analfabeto que, sin comerlo ni beberlo, de la noche a la mañana, se encuentra en la caótica Buenos Aires (aunque sigo sin ver el caos, y eso sí que me molesta). Che, Campanella, le falta milonga a esto, un poquito de chamullo arrabalero, unos pibes con facón, vos me entendés... Un poquito de folclore, por favor, un poquito de tópico, que me resulta todo un poco acartonado. Pero me sigue gustando. Veré el tercer episodio y, si no estoy en casa, dejaré la tele encendida para hacer bulto, porque me han dicho que la audiencia anda muy flojita.
QUINTERO Y EL TABACO

No fumo y estoy un poco hasta los mismísimos de las conversaciones y los reportajes sobre la ley Antitabaco (que me parece estupenda, por más que Javier Marías vea en ella un síntoma preclaro de los hitlerianos tiempos que se avecinan). Por eso no he dicho ni mu sobre la dichosa ley, ya que sólo mencionarla pone en el disparadero al interlocutor. Pero hoy, que Jesús Quintero se estrena en TVE, me asalta una duda: ¿podrá fumar durante la entrevista? Espero que se haya grabado antes de la entrada en vigor de la ley y pueda echar una buena ahumada sobre Rocío Jurado, porque si no, mi pobre y genial Quintero perderá un montón.
Y a lo tonto, os he confesado dos grandes defectos: me gusta la ley Antitabaco y amo a Jesús Quintero. De la primera, ni hablemos. Del segundo, me sorprende encontrar tantos detractores suyos, especialmente entre esa extraña raza periodística llamada "críticos televisivos". Pues qué se le va a hacer: no ha habido ni habrá mejor entrevistador en la historia de la tele. Pero, por favor, déjenle fumar. Un consejo para los abogados de TVE que negocien la dispensa: un plató donde esté Quintero difícilmente puede considerarse "centro de trabajo". En todo caso, "centro de choteo", "pliegue de materia negra sobre el contínuo espacio-tiempo" o "lugar antiguamente llamado limbo por la doctrina eclesiástica", pero nunca centro de trabajo. Si revisan la ley, verán que en esos espacios se puede fumar.
DEL LADO DE ACÁ Y DEL LADO DE ALLÁ

Hablando de migraciones, pero ahora en serio, que diría una amiga mía.
Acabo de ver en Telecinco el primer capítulo de Vientos de agua, la ambiciosa serie sobre un viaje de ida y vuelta de Asturias a Argentina, con Héctor y Ernesto Alterio (interpretando al mismo personaje, viejo y joven) y Eduardo Blanco, actor inseparable de los mejores proyectos de Juan José Campanella, el director.
Tenía muchas ganas de ver esta serie, y no me ha defraudado. ¿Qué decir de los monstruos de la interpretación que son los tres actores? El guión, quizá la parte más delicada en un proyecto tan ambicioso, de momento, en este arranque, aguanta enhiesto. Muy bien planteadas las dos historias simultáneas, con mucha economía narrativa, necesaria para presentar a tanto personaje y tanta trama secundaria a las dos principales. No se mete en berenjenales políticos, no "contextualiza", que es una tentación recurrente en los relatos históricos. Va al lío directamente, con un planteamiento narrativo casi impresionista. En pocos trazos quedan explicadas las necesidades de emigrar tanto del asturiano como del argentino. Y la dirección está a la altura del texto, movilizando todos sus recursos y haciéndolos desfilar por la fina línea que separa lo ñoño de lo emotivo. Habrá que ver si ese equilibrio se mantiene en el resto de los capítulos y no se echa a perder en un melodrama. De momento, buen arranque. Chapeau.
No podía ser menos. Campanella ya habia demostrado su delicadeza y sensibilidad al construir El hijo de la novia, con el Alterio grande y el sempiterno Eduardo Blanco. Me gusta porque se mueve en ese escurridizo terreno fronterizo donde cualquier paso en falso puede convertir la más sublime epopeya en un pastelón insoportable. Me gusta que asuma riesgos. Creo que sabe muy bien lo que se hace y no le tiembla el pulso. Seguiremos pendientes de Vientos de agua, pero a mí ya me ha conquistado (lo tenía fácil, en cualquier caso: la historia tenía todos los elementos necesarios para encandilarme). Habrá que ver si esto es un rollo de una noche o pasamos a mayores.
UN TIPO FAMILIAR

Family Guy (Un tipo familiar), que en España se ha traducido como Padre de Familia, es la penúltima serie de animación "para adultos" de la factoría norteamericana Fox, que quiere exprimir al máximo la veta abierta por Los Simpson (lo diré para que quede claro en qué mundo me muevo: Homer y Bart son lo mejor que ha salido nunca la caja tonta. En términos absolutos). Otro ejemplo de buen cine, de desternillante comedia y de frescura, inteligencia y precisión audiovisual. Su creador, Seth MacFarlane, es un brillante guionista que se curtió en el mundo de la animación con la genial Johnny Bravo, una serie que en España pasó casi desapercibida, pero que nos hizo pasar muy buenos ratos a los pocos que nos asomamos a ella (Johnny Bravo tenía que estar siempre impoluto y listo para ligar, y su fuerza venía de su peinado. Era un patán entrañable).
MacFarlane acaba de lanzar una serie paralela a Padre de Familia, American Dad (en España, Padre Made in USA, en la cadena de pago Fox), con una vertiente más política. Me gusta menos. Estoy un poco cansado de los chistes fáciles sobre lo tonto que es Bush y la obsesión antiterrorista yanqui. Prefiero la comedia de costumbres de Padre de Familia.
Padre de Familia da una vuelta de tuerca al estilo creado por Matt Groening con Los Simpson y Futurama. Cultiva una narración mucho más agresiva, mezcla muy bien los elementos fantásticos con los costumbristas, pariendo maravillosos disparates, y el ritmo es mucho más frenético y ágil gracias al recurso de fragmentar mucho las secuencias. Consecuencia: no deja lugar para la moraleja, que sí está presente en los productos de Groening. En Padre de Familia no se salva nadie: Peter es un obeso ruin, egoista, vago y tirano; Lois es una ama de casa de armas tomar que no tiene la indefensión ni la pusilanimidad de Marge Simpson; los hijos son, sencillamente, imbéciles; el perro parlante, Brian, es un cínico genial, y Stewie (en la foto) es una desternillante máquina de odio obsesionada con liquidar a su madre.
En los últimos años, la cultura popular ha ido derivando hacia una acidez cínica y un punto nihilista. Se acabaron los idealismos y los pudores. Creo que es un síntoma de que somos un poco más libres, pero también un poco más conscientes y, en consecuencia, un poco más lúcidos. Tristemente lúcidos. ¿Hemos perdido al fin la poca inocencia que nos quedaba?
DOS BUENAS NOTICIAS
Termina el año y yo no quepo en mí de gozo, porque esta recta final me ha traído dos noticias cojonudas.La primera es que, por primera vez en mucho tiempo, voy a leer un periódico sin que ningún escritor reinterprete sus personajes, sin que ningún estudioso analice la puntuación, sin que ningún cineasta haga un corto de animación sobre él, sin que ningún químico analice las propiedades del papel de las distintas ediciones, sin que ningún físico hable de batanes y molinos de viento y sin que ningún marinero mercante hable de su oficio en términos hidalguianos y vea gigantes en vez de petroleros en el horizonte. Sí, señoras y señores: ¡SE ACABÓ EL AÑO DEL QUIJOTE! Señores editores, programadores de televisión, presidentes de diputaciones provinciales y filólogos de toda clase: YA ESTÁ BIEN. Se acabó. Punto final. Hablo en nombre de muchos si digo que estamos hartos de la actualidad del Quijote, y hasta de la actualidad misma con sus obispos y sus cosas. Han tenido lo suyo y han ganado un dinerillo con la excusa, ¿no? Pues, venga, hasta dentro de cien años. Que les vaya bien, que menudo añito nos han dado a costa de Cervantes.
Y eso que debo entonar un mea culpa, porque yo he sido un sucio colaboracionista del tinglado. Hace ahora un año, abrí la veda entrevistando a Francisco Rico, gran gurú de cervantistas, y tuve que aguantar ser tratado como el necio ignorante juntaletras que soy por su egregia y académica persona. Poco después, edité un impresionante suplemento monográfico de Heraldo de Aragón en el que escribió lo más granado de las letras aragonesas del momento. He aquí mis pecados, pero creo que ya he tenido sobrada penitencia el resto del año.
Por suerte, el canal por cable Fox acaba de empezar a emitir los episodios de la cuarta temporada de A dos metros bajo tierra. Qué mejor y sofisticado plato para quitarse el sabor que ha dejado tanta cocina manchega. Todavía estoy a la espera de que se edite en DVD la tercera temporada, que por lo visto está emitiendo TVE sólo para las comunidades con autonómica. Al resto, fútbol que te hinco.
A dos metros es una de las cosas más maravillosas que le han podido pasar nunca a la televisión. O al cine. Me da igual, las fronteras de lo audiovisual hace tiempo que se rompieron. Para escépticos enrocados en su Quijote, que viven rodeados de los ponzoñosos prejuicios estéticos de Theodor Adorno (que Félix de Azúa ha sacado a relucir hace poco en un interesantísimo debate), A dos metros es una nueva muestra (la enésima) de que lo sublime puede crecer en cualquier parte. Allan Ball, el creador de la serie, es un narrador maravilloso que ha sabido rodearse de un equipo de guionistas sensibles para hacer crecer a sus personajes, enormes monumentos del lado oscuro de lo cotidiano. Los actores se mueven con una contención genial, y la cámara los sigue con un mimo casi imperceptible. Incluso la fotografía, con esa saturación hacia los blancos y esa paleta de colores fríos que domina cada fotograma, contribuye a la fascinación por el relato. Por no hablar de la cabecera, que te atrapa desde su inquietante arranque.
La mejor película de estreno que he visto este año, Flores rotas (donde también trabaja Frances Conroy, la Ruth Fischer de A dos metros) no la supera (y lo siento por mi amadísimo Bill Murray). Creo que, en los últimos años, el talento audiovisual norteamericano se ha desplazado del cine a las series. Siguen haciendo muy buenas pelis, pero las series las bordan.
Qué quieren que les diga. Yo sólo espero que el fin del acoso y derribo cervantista tenga como consecuencia una apertura al mundo y que, cuando enchufemos la dos de TVE, en vez de ver fútbol o las diez líneas del Quijote (hasta los molinos estoy ya), de vez en cuando podamos ver a la familia Fischer sin demasiada publicidad y sin excesivo maltrato. No es mucho pedir, ¿verdad? Que el fútbol no lo cortan cuando van a tirar un penalti. Entiendan una cosa, a los fans nada nos gusta más que compartir nuestros fanatismos y transmitirlos a los amigos. Así que, póngannos alguna facilidad. Señores gerifaltes de la industria cultural, ¿no podrían incluirlo en su lista de buenas intenciones del año que viene? Les quedaría muy agradecido.



