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24/07/2008

TÓPICOS VIVIDOS

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Si alguien se pregunta qué coño hacemos en Múnich, en esta foto hallará sobrada respuesta. Bueno, diré mejor qué coño hacíamos en Múnich, porque ahora acabamos de llegar a Nuremberg. Sí, la de los juicios de Spencer “Pelazo” Tracy y la de los desfiles nazis y la de las Leyes de Nuremberg de 1935, esas que desposeyeron de la nacionalidad alemana a los judíos y dieron el pistoletazo de salida a la solución final. ¿Quién diría hoy, ante la soleada y risueña alameda frente a la que escribo esto, que tantos y tan decisivos horrores arrancaron aquí?

Pero la foto de este post me la hizo Cris en Múnich. Y aunque se ve que me lo estoy pasando bien (si observáis atentamente se puede ver cómo mi hígado se acurruca asustado mientras las transaminasas afilan sus cuchillos en la espuma de la jarra de cerveza), el lugar en el que bebemos tan alegremente es también un escenario del terror. Es la cervecería Hofbrauhaus, la más grande de toda Baviera, todo un símbolo nacional, icono oktoberfestiano y nido de turistas-abejorros como nosotros, que nos retratamos sin pudor pimplando los jarrotes de a litro. Sin embargo, la Hofbrauhaus también es famosa por ser el lugar donde se fundó el Partido Nacionalsocialista de Alemania, con Adolf Hitler presidiendo el cotarro.

Allí bebimos, pero cenamos en una cervecería menos turistera, la Augustiner, que está muy cerca y la frecuenta público local, lo que siempre da confianza. Sobredosis de salchichas con chucrut y largo paseo para bajar la ingesta de sólidos y de líquidos.

En Múnich hay mucho turista yanqui. A los yanquis les encanta Múnich, es una ciudad de parada cuasi obligada para ellos en sus viajes por Europa, especialmente si van hacia el Este. Y es normal, porque en Múnich se pueden tropezar con todos los tópicos que el yanqui medio tiene sobre Europa, y hay un determinado tipo de viajero que encuentra un gran placer en ver confirmada la imagen previa que se ha hecho de su destino.

Generalmente, la industria turística se esfuerza mucho por no decepcionarles, ya que han pagado por ver tópicos, y si tienen que reconstruir en cartón-piedra un tablao flamenco en Santiago de Compostela o un asesinato victoriano en el hoy pakistaní East End de Londres, lo montan y listo. Sin embargo, en Múnich no tienen que esforzarse, porque la ciudad presume de tópicos bávaros y no es nada difícil tropezarse con un señor con sombrerito, tirantes, pantalón corto y medias reglamentarias. No son actores, no son como esos falsos Bravehearts que reparten folletos de justas medievales en el centro de Edimburgo: ellos son la esencia de lo bávaro, la gente que mantiene viva la secular herencia de esta plácida región regada por el Danubio.

Múnich es católica y tradicional. Las iglesias están llenas y las cervecerías, también, y a sus habitantes les hace enormemente felices que un conciudadano suyo sea ahora Papa. Desde 1945, aquí no hay más partido que la CSU, los conservadores democristianos (antes de 1945, Baviera fue la reserva espiritual del nazismo y el primer land que gobernó Hitler antes de 1933), y la placidez de la vida cotidiana se parece a la de un glotón y pacato burgo de provincias. Pero, al mismo tiempo, Múnich es una gran ciudad europea y moderna, con una elevada población inmigrante (turca y árabe, fundamentalmente) y con una avanzada legislación social y medioambiental. A simple vista, sin ahondar en las complejas tensiones sociales que seguro que existen, la capital de Baviera parece haber integrado sus dos caras en una sola estampa homogénea. Es conservadora, pero va en bici a los conciertos de rock, y es católica, pero se pone hasta las trancas de comida turca en la pequeña kasba que hay detrás de la Hauptbahnhof (la estación central de trenes).

Ésa es la impresión que nos ha dado Múnich desde que bajamos del tren que nos traía de Zúrich. Un tren multinacional, con amabilísimos revisores políglotas, que lo mismo te ayudaban en alemán que en francés que en inglés. Un tren que cruzó plácidamente la llanura del norte de Suiza, pasando por Winterthur, y entró en Alemania por el lago Constanza, regalándonos por la ventanilla un paisaje verdísimo de bosques y ríos que, no sé por qué, me hicieron pensar en el Werther de Goethe. Y es rara en mí tanta obviedad cursi, porque la verdad es que los secarrales de la Mancha no me evocan El Quijote.

Pensaré más en Goethe, porque vamos subiendo hacia su casa en un coche de alquiler, pero hoy pienso más en Sebald. Ahora estamos en la bella Nuremberg, reconstruida tras los bombardeos aliados del final de la Segunda Guerra Mundial, y a mí se me cruza constantemente la voz de Marlene Dietrich explicándole a un sonriente Spencer Tracy que ni todos los alemanes son nazis ni todos los alemanes beben cerveza. Para confirmar sus asertos, de fondo, un camarero hace borbotear un riesling del Rhin en la copa de Spencer, quien duda entre beberlo o dejarlo sobre la mesa, pues sabe que si lo bebe no podrá dejar de dar la razón a la encantadora Marlene. Un momento delicado para el juez de Los juicios de Nuremberg.

En cuanto a mis sueños, parece que el bucle se ha detenido, pero sigue sin explicación alguna. Y no seais tan listillos en vuestras teorías jiñosas, que yo soy como José Coronado, como un reloj. Háganme el favor, que parecen ustedes párvulos con el tema de la caca.

24/07/2008 17:13 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

21/07/2008

ECOS DEL BIG BANG

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Como norma general, huimos como de la peste de todas las tascas españolas que por el extranjero abundan. Nos paramos en la puerta, olisqueamos el interior y nos reímos de la jeta que gastan los que venden a millón un par de lonchas de jamón rancio. Anoche, sin embargo, paseando por Zúrich, nos tropezamos con la Bodega Española, en el cogollo del casco histórico. "Fundada en 1874", decía la vidriera. Más antigua que el Café Gijón. Más antigua que casi todos los cafés y bares antiguos de España. Es una tasca con solera, con bancos y mesas de madera ya sin barniz y machacadas por décadas de frote de balleta. Una tasca con solera y recio sabor ibérico en Suiza merecía sentarse a tomar un vino. Zúrich tiene una muy numerosa colonia española, formada básicamente por aquellos emigrantes de los 60. Iba a decir "muy numerosa e influyente colonia española", pero aquí los no suizos no tienen capacidad alguna de influencia, pues están marginados completamente de la res pública, aunque lleven aquí toda su vida. Acceder a la nacionalidad suiza (y, por tanto, a la intensa participación política que desarrollan los paisanos de por aquí) es prácticamente imposible.

Muchos españoles en Zúrich, tanto residentes como de turisteo, y muchos entraban en la Bodega Española, donde el camarero gallego les saludaba en español. Nosotros, que nunca entramos en esos sitios, que nos callamos cuando nos tropezamos con un grupo de españoles para no dar pie a patrioteras e insustanciales conversaciones, hemos tenido ganas de pedir otro par de vinos y entonar un pasodoble. En fin, puede que el Rioja cosechero caiga más hondo en Zúrich que en España, y uno empieza a notar sus efectos embriagadores mucho antes de lo habitual.

Al margen de lo hispano, Zúrich es de lo mejorcito de Suiza. Al menos, de lo mejorcito que hemos visto de Suiza. Sin el lujo rancio y pretencioso de la sobrevalorada Ginebra y sin el tedioso ritmo provinciano de Berna, Zúrich es el verdadero corazón palpitante del país. De hecho, a diferencia de lo que ocurre en el resto de Suiza, aquí hay un montón de señales y carteles trilingües (en alemán, francés e italiano, tres de los cuatro idiomas oficiales del país), lo que, a mi modo de ver, indica una voluntad, quizá soterrada, de ser la casa común de todos los suizos. Es decir, de ser su verdadera capital.

Con poco más de 300.000 habitantes, Zúrich es menos que media Zaragoza, y sin embargo, está a eones luz de nuestra pobre Zaragoza. No solo por la panoja que manejan aquí, con su bolsa, sus megabancos y sus reductos de latrocinio internacional, sino por el aire de metrópoli que se respira. Formalmente, Zúrich no es una gran ciudad, pero tiene alma, espíritu y maneras de gran ciudad. Muy por encima de Ginebra.

Un simple y distraido paseo ya te advierte de que estás pisando una urbe compacta, con una larga historia asumida e integrada, perfectamente estructurada y sin apenas lagunas ni bolsas indefinidas. Urbanísticamente, es impecable, con el lago y el río marcando la pauta y el ritmo. Vital y culturalmente, es vibrante, plural, inquieta. Se respiran aires de Amsterdam, de Londres, incluso de París.

¿Cómo no iba a ser así? Graham Greene dijo en El tercer hombre que los italianos, en dos siglos de guerras, sangre y destrucción, habían sido capaces de crear el Renacimiento y la cultura moderna. Mientras tanto, los suizos, tras quinientos años de paz, abundancia y prosperidad solo habían dado a la humanidad el reloj de cuco. Una frase muy citada y de un ingenio muy cosmopolita y muy de Greene, pero, como casi todas las frases ingeniosas, falsa y demagoga. En Zúrich, la ciudad de los banqueros y de los relojeros timoratos, nació la modernidad en 1916. En el Cabaret Voltaire y en el Café Odeon (ambos en activo y con buena salud) se juntaron las astracanadas de Tristan Tzara, las conspiraciones de Lenin y Trotsky y las melopeas (de alcohol y de letras) de James Joyce, que escribió su Ulises por aquel entonces en esta ciudad. En las cuatro calles desde las que escribo estas líneas, la cultura occidental se puso patas arriba. De las cenizas de la guerra europea nació un siglo XX extraño e iconoclasta, y el Big Bang de eso que llamamos cultura moderna tuvo lugar aquí, en el sitio donde ahora estoy sentado mientras veo caer la tarde.

Al igual que los astrónomos creen que debe haber restos del Big Bang en el sitio donde se produjo, en Zúrich quedan rescoldos de aquella gigantesca explosión. La ciudad vibrante y sonriente de hoy le debe mucho a esos años del dadá. Ahora, las calles por las que Tristan Tzara hacía cabriolas con sus amigos (cruzándose, quizá, con un pequeño Julio Cortázar de dos años que había recalado aquí con su familia para huir de la guerra) son un barrio de Chueca en miniatura. Las callejas medievales están llenas de garitos de ambiente muy integrados en la movida de la ciudad. Es decir, que la presencia reivindicativa gay no es hegemónica, aunque marque el ritmo y el tono del barrio. Tiendas, peluquerías, librerías y, sobre todo, muchos bares y cafés hacen de este rincón del centro de Zúrich una zona más que agradable.

Dan ganas de quedarse aquí una temporada, sentado en una terraza, viendo pasar la vida y los fantasmas del dadá.

21/07/2008 18:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

19/07/2008

ARTE BRUTO

Un poco cansados de tanto multiculturalismo de postín, volvimos a nuestra realidad en la orilla del Ródano, donde descubrimos un chiringuito hippy que vendía buena cerveza y zumos naturales. Allí, tirada en la hierba, la chobenalla ginebrina se relajaba sin protocolos y sin ver pasar Rolls Royces. Algún porrillo discreto y un ambiente de acampada al caer la tarde daban unos ribetes de fraternidad a la estampa. Parecía que nos habíamos transportado a Amsterdam, pero las bravas y alpinas aguas del Ródano son mucho mejor paisaje que los cenagosos canales holandeses.

Sin que aquellos hippies los sospecharan, nos fuimos a alquilar un coche, y nos dieron un cochazo por el mismo precio (no sé por qué nunca nos dan el coche que pedimos y siempre acabamos con uno mejor por el mismo precio). La verdad es que el mostrenco Toyota intimidaba un poco por la bucólica carretera del Lago Leman, pero tampoco desentonaba mucho con el resto del parque automovilístico.

Fuimos a Lausanne, y pasamos de las vistas sobre el lago, pasamos de sus calles empedradas y en cuesta y pasamos de su encantador e impoluto centro histórico. Al menos, al principio. Porque lo primero que hicimos fue aparcar frente al edificio de la Colección de Arte Bruto, la única razón por la que yo quería pasar por Lausanne.

En 1971, Jean Dubuffet donó a la ciudad de Lausanne una estremecedora y no del todo comprendida colección de arte que llevaba reuniendo desde 1945. Lo llamó “art brut”. Bruto, primario, sin pulir, surgido de las mismísimas entrañas de la mente y hecho por las más irreflexivas de las manos. Durante años, Dubuffet recorrió sanatorios mentales, psiquiátricos y centros de reinserción, y compró un montón de obras de arte hechas por aquellos a quienes la sociedad llama locos, dementes, desquiciados, lunáticos. Son las manifestaciones de mentes desatadas, preocupadas solo de sí mismas, ajenas a doctrinas o condicionantes sociales.

Dabuffet buscaba arte. Arte de verdad, no experimentos sociológicos. Desde Van Gogh, la relación entre arte y locura ha motivado miles de estudios, y la consolidación de las neurociencias ha dado mucha luz a conceptos tan difusos como los de “creatividad” o “inspiración”. Sí, hay ciertos estados alterados de la mente que predisponen a la creación. La locura puede generar artistas, y el arte -lo saben bien los psiquiatras gracias al esfuerzo de gente como Dubuffet- puede ser una forma de mantener la locura a raya. Muchos de los artistas de la colección de arte bruto pintaban o esculpían porque dar forma a ciertas obsesiones les calmaba, les daba perspectiva, les ofrecía un lugar en el mundo.

En fin, no me voy a extender mucho sobre el tema. Solo quería dejar claro que es una de las cosas que me fascinan, que cursé en su día un par de asignaturas de Filosofía que trataban el tema, que ahondé en estudios clásicos, como la Historia de la locura, de Foucault, y que desde entonces he procurado estar un poco al tanto de la bibliografía que se va generando, aunque de forma autodidacta y pachanguera. Como en muchas otras cosas, mi interés no pasa del nivel de diletante.

Por eso quería ver una colección mitificada en estos estudios sobre arte y locura. O sobre arte y trastornos mentales, que sería más apropiado. Y no me ha defraudado. La visita a la Colección de Arte Bruto sobrecoge hasta al corazón más pétreo.

Las piezas más antiguas, correspondientes a artistas que crearon su obra en sórdidos asilos y manicomios de finales del XIX y principios del XX, es más tétrica. Se aprecia en ella la angustia del paria, del rechazado por la sociedad. Hay mucho espiritista, mucho poseído, mucho visionario y muchas caras espectrales con angustia y lágrimas. En los más recientes -ahora se puede ver una muestra de artistas japoneses-, se nota un cambio de actitud. Se nota la mano de artistas que no están marginados en una celda y cuya labor es potenciada y alabada por unos terapeutas bien preparados que quieren que se cultive para la mejora de su enfermedad. Hay un talante muy distinto. La angustia y la opresión oscuras dejan paso a unas composiciones más libres, mucho más dadaístas. Antiguos y actuales coinciden, eso sí, en una acusada tendencia al horror vacui, a llenarlo todo, a no dejar ni un resquicio sin pintar.

El arte bruto, sin duda, es arte. Verlo con ojos compasivos es un error: no son pasatiempos de unos pobres desquiciados, sino la expresión genuina y compleja de unos artistas que no pueden expresarse de otra forma. Sus composiciones, sus texturas, sus colores, sus materiales responden a una necesidad y acaban desarrollando una técnica. Muchos son autodidactas, solo algunos han recibido formación artística más o menos compleja, pero todos acaban encontrando su vehículo y su medio de expresión. Y, como cualquier otro artista, transmiten sensaciones. Golpean al espectador, pueden llegar a dejarle K.O. con revelaciones inquietantes. La visita marea porque no da tregua: estos artistas no entienden de remansos. Lo tienen que soltar todo.

Así que, noqueados, salimos al extrañamente duro sol suizo, y proseguimos nuestro viaje de vuelta a la frivolidad. Llegamos a Montreux, donde los excesos del pijerio nos arrancaron alguna sonrisa, y paramos en Friburgo, la ciudad que marca la divisoria de aguas entre francoparlantes y germanohablantes. Así nos adentramos en otra Suiza, mucho más austera. Ahora estamos en Berna, la falsa capital de este falso país. Podría contar algunas cosas de la ciudad, pero creo que por hoy ya he escrito bastante. Volveré a conectarme en Zúrich, aunque creo que no será desde el Café Voltaire.

19/07/2008 19:16 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

17/07/2008

CIUDAD DE REFUGIO

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Lo siento, no me termino de creer que esto no sea Francia. Estamos en Ginebra, donde la gente habla francés, come croissants y crepes y ve la tele francesa. Serán protestantes. Les molará Calvino, cuya silla está arrumbada en un rincón de la catedral, pero salvo por la cuestión religiosa, esto es un cachito de Francia fuera de Francia. Como si Ginebra fuera un hijo renegado, que pasa de la tricolor y de los valores republicanos de austeridad que le ha inculcado su mamá patria.

Sí, uno se siente como en Francia, aunque de vez en cuando algún tópico suizo manche la estampa afrancesada. Y no me refiero ni a las navajas multiusos ni a las fondues. Ni siquiera a los relojes. Hablo de la enorme cantidad de bancos privados que hay por metro cuadrado y del lujo desnudo (si es que me permiten este oxímoron) que lo invade todo. Rolls Royces con matrícula árabe, Ferraris, BMW a cascoporro… Y pijos y pijas en cantidades industriales. Pijos repijos, nada de medias tintas: traje a medida, anillacos de a millón, repeinamiento hortera y carcajada de suficiencia. Así no extraña que los precios sean inaccesibles (es una de las diez ciudades más caras del mundo), que los curritos vivan en la vecina Francia porque no pueden pagar un pisito en la ciudad y que nosotros nos resignemos a zamparnos un bocata (tampoco muy barato) en la orilla del lago (la mar de bien, por otro lado).

Y, sin embargo, Ginebra tiene iniciativas populares casi dignas de una república socialista. En los Baños del Paquis te puedes bañar en unas piscinas naturales del lago y solazarte en el haman por dos francos suizos (un euro y medio, más o menos). En invierno, en ese mismo sitio hay una sauna a precios igualmente populares. Es un exitazo, claro. Hoy, por desgracia, nos ha salido nublado y hemos dejado el bañador en la maleta. Una lástima.

Llegamos a Suiza reventados después de unas diez horas de viaje en tren (cuatro o cinco de las cuales las pasé durmiendo). Por supuesto, cumplí mi sueño: poco antes de cruzar la frontera de Portbou, fuimos al vagón restaurante, casi vacío, y pedimos una cena de señores con un tinto de Rioja perfecto. Para los postres, estábamos en Perpiñán. Fue una de las mejores cenas de mi vida: solo eché de menos que hubiera un asesinato entre el primer y el segundo plato, o que al lado se sentara un viejo barón prusiano al que se le cayera el monóculo en la sopa. Porque el ambiente era así, moderno y decadente al tiempo. Un capricho de niño pequeño, un antojo que no se le consentiría ni a una embarazada. Cómo lo disfruté. Es lo más cerca del siglo XIX que he estado nunca.

Como dice la foto que he puesto, Ginebra, como toda Suiza, presume de ser una ciudad de refugio para los perseguidos. Y es cierto, aquí no hacen discriminaciones: lo mismo acogen al traficante de armas número uno de Uzbekistán que a un pobre paria. Pero lo que me llama la atención de este relieve es que el adonis que está reclinado en disposición preamatoria es clavadito a Lenin. Antes de quedarse en silla de ruedas, claro, cuando todavía hacía gimnasia allá en Siberia. ¿Qué nos quieren decir?

En fin, de Lenin me ocuparé dentro de unos días, cuando lleguemos a Zúrich, la ciudad donde pasó la Primera Guerra Mundial y donde diseñó la Revolución Bolchevique. De momento, me solazaré en el lago Léman y su glorioso Jet d’Eau.

17/07/2008 16:22 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

24/05/2008

MÍSTICA NÓMADA

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Algún día viajaré a Australia. Me lo propuse hace tiempo. No por nada en especial: no siento fascinación por los canguros, dicen que los adorables koalas huelen que apestan, debe de hacer un calor achicharrante y el alcoholismo es deporte nacional (con permiso del rugby), por no hablar de que la cerveza australiana es de las peores que he probado. Ningún escritor australiano (¿existe la literatura australiana, un equivalente a Kipling?) me ha enamorado, paso bastante de místicas aborígenes y ni siquiera mi pasión por su cima cultural, la banda AC/DC, me empuja a hacer el viaje. Mi única motivación es que es la zona del mundo más alejada de mi casa. Sólo quiero ir allí para bajar del avión, pisar el suelo y sentirme, literalmente, en la otra punta del mundo. Piensen lo que quieran, pero la distancia es una droga muy potente.

Otras personas con algo más de enjundia cerebral que yo viajaron a Australia por otros motivos. Por lo visto, hay una nutrida colonia española de inmigrantes e hijos y nietos de inmigrantes que fueron llegando allí a lo largo del siglo XX. Apenas se habla de ellos, y eso que un español en Australia tiene que llamar más la atención que en Argentina o en Venezuela. Algunos aparecen en el libro que el gran viajero Bruce Chatwin dedicó a la inmensa isla del sur, Los trazos de la canción.

El mito de creación del mundo de los aborígenes australianos se llama el Tiempo del Ensueño. Fue la época en la que sus antepasados primigenios (que no eran personas, sino animales) hicieron su primer viaje y cayeron dormidos para siempre, formando los accidentes naturales del desierto. Para ellos, una meseta no es una meseta, sino un antepasado lagarto que descansa allí. Por supuesto, son lugares sagrados, y desde que el Gobierno australiano decidió restituir el daño que la "civilización" blanca había hecho a la cultura nativa, ninguna obra pública puede destruirlos. Por eso, antes de construir una carretera o un ferrocarril, gente estudiosa de las tradiciones y creencias aborígenes recorre con ellos los lugares por donde va a transitar la vía para comprobar que están libres de obstáculos de "ensueño". Si un jefe aborigen dice que esa sima por donde va a tenderse un puente es el refugio de un antepasado canguro, el tren deberá dar un rodeo para esquivarla.

Bruce Chatwin acompaña en este libro al vigoroso y bonachón Arkadi Volchok, un hijo de emigrados rusos que tiene la misión de verificar que el nuevo ferrocarril que sale de Alice Springs no daña los territorios sagrados de los clanes. Juntos visitan comunidades esmirriadas de techos de hojalata en medio del desierto y se sumergen en un mundo extraño y decadente donde Chatwin espera encontrar respuesta a algunas de las grandes preguntas que se ha ido planteando a lo largo de su vida viajera.

La cosa es complicada porque los aborígenes tienen un concepto de "territorio" totalmente distinto al de los occidentales. Ellos son nómadas y, por tanto, sus terrenos no están parcelados ni delimitados por un área geográfica. Para ellos, el territorio es el camino del antepasado, y de todos los antepasados que han hecho ese mismo camino. Para reconocerlo y no perderse en él, la senda lleva incorporada una canción. Camino y canción van unidos: hay que caminar al ritmo de ella y, si se canta bien en el orden correcto, los accidentes geográficos que jalonan la ruta van apareciendo en ella. Son los trazos de la canción que recorren toda Australia, y cada aborigen tiene la suya.

Básicamente, el asunto es así, aunque en realidad es bastante más complejo y, a su manera, hermoso. A partir de ahí, el viajero inglés empieza a divagar sobre el nomadismo como estado natural del ser humano. Habla de las corrientes migratorias que han sido constantes a lo largo de la humanidad y de cómo el sedentarismo es causa directa de la ruina y de la decadencia de las civilizaciones. En unas páginas febriles, iluminadas quizá por una fiebre real cogida en el desierto, o de la enfermedad que le mató (el sida), que cuando escribía el libro ya tenía que estar dentro de su organismo, Chatwin divaga por terrenos pantanosos y acaba lleno hasta las cejas de barro místico y primigenio. De nuevo el buen salvaje, de nuevo la culpabilidad del hombre blanco, de nuevo el rasero moral, los puros contra los pecadores y gordos sedentarios, los celosos guardianes de un territorio arbitrario y los felices y ácratas moradores de los caminos. Etimologías, hallazgos arqueológicos, pasajes de Darwin, filosofía pascaliana, poemas de Coleridge... Una batería apabullante de confusa erudición se amontona ante el lector con el único fin de demostrar que el estado natural del ser humano es el viaje y el nomadismo. Yo lo leo como un intento desesperado y agónico de alguien que sabe que va a morir pronto por darle un sentido a toda una vida dedicada a los viajes. No deja de ser hermoso a su manera, como los trazos de la canción.

Dice Pascal, citado por Chatwin, que los problemas del mundo se originan porque el ser humano es incapaz de estar un día entero encerrado en su habitación sin hacer nada. Esa comezón, ese impulso desesperado que todos sentimos por salir de casa y caminar es, para Chatwin, un débil reflejo de nuestros orígenes nómadas. Son nuestros antepasados que nos gritan a través de los genes que debemos seguir caminando. Por supuesto, se aparta de la ciencia y de la filosofía y se adentra en cenagosos mundos de fe y espiritualidad. O de como se quiera llamar. Su escritura se mete en el tuétano del sentimiento, retorciendo las palabras de la gente sensata y sabia. ¿No es eso, al fin y al cabo, lo que esperamos de la literatura?

Ahora tengo un motivo más para viajar a Australia.

24/05/2008 12:27 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

28/03/2008

CARACAS CAFÉ

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Con el coche como nuevo y sin ruidos, hemos alcanzado Orleans, a dos pasos de París. Orleans la vieja, no la nueva del jazz y del Katrina. Aunque, huracanes al margen, esta vieja Orleans es más nueva que la del otro lado del charco, porque fue arrasada durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida después. La ciudad de hoy es, como tantas otras ciudades de Europa, una ensoñación, un intento de evocar lo que pudo haber sido y no fue. Por suerte, las décadas han macerado los nuevos edificios, y Orleans, lejos de ser un parque temático de Juana de Arco, es una tranquila ciudad provinciana a la sombra de París, con un casco falso-histórico muy animado, lleno de restaurantes y baretos. Nosotros nos alojamos en un barrio dominado por los magrebíes, algo así como una "cashba à la ancienne", y el paseo desde y hasta los aledaños de la catedral es muy agradable.

Hemos llegado aquí por la orillita del Loira, con sus viñedos y sus pueblos de hiedra y pizarra. Anoche dormimos en Tours, y allí, con los pies deshollados de andar, conocimos a Mirna. Buscábamos un sitio para tomar una cerveza y recuperarnos un poco, y caímos en un local llamado Caracas Café. El subtítulo era "bar à tapas". La propietaria, lógicamente, es una venezolana que lleva 19 años viviendo entre "estos carahuevos de franceses". Llegó a la France por amor, por un "coñopadre" que le acabó dejando con su hija, y ahora trata de sacar adelante un bar de comida caribeña en la provinciana y lluviosa Tours. Su drama es que los locales confunden Venezuela con España, y la clientela espera encontrar su fino, sus banderillas y su tronío. Está llevando a cabo una labor de educación en la cultura latinoamericana a los touresinos, y los colombianos y los chilenos que viven allí -y su propia hija, bilingüe y partida en dos a ambos lados del charco- le echan un cable.

Por lo demás, mucho chateaux y mucho cortesano del siglo XVI. Que si Catalina de Medicis por aquí, que si el Duque de Anjou -esto es, Felipe V antes de ser rey de España- por allá, que si Francisco I y su corte itinerante por otro lado, que si un bidet donde se remojó el vello escrotal Luis XIII más allí... Mi conclusión inmediata, a falta de una reflexión menos etílica (el vino de por aquí pega lo suyo y entra como agua) y más reposada, es doble: por un lado, siento carnalmente la necesidad de la Revolución Francesa. Uno visita ciertos sitios y entiende que urge cortar cabezas a ritmo industrial para restaurar una mínima dignidad humana. Pero, por otro, estamos comprobando in situ el fracaso palmario de esa revolución, ya que muchos de esos chateaux siguen perteneciendo a las mismas familias. Algunos descendientes, como el marqués de Brissac, incluso siguen viviendo en ellos. Ni tres revoluciones y cuatro guerras, dos de ellas mundiales, han logrado que cambie algo en el Valle del Loira. Es para pensárselo.

Ahondaré más es estas excrecencias mentales a la vuelta del viaje. De momento, viva Orleans la vieja.

Foto: Mirna, tras la barra de Caracas Café.

28/03/2008 01:12 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

25/03/2008

ES LA TRANSMISIÓN, ESTÚPIDO

El coche ya no está para muchos trotes. En Burdeos empezamos a oir ruidos, pero como somos así de pasotas e iban y venían con alegría, no les dimos importancia. Pero este mediodía, cuando hemos parado a comer en Azay-le-Rideau, después de saludar a la abuela francesa -que tenía una foto del gran perro Goyo en su habitación-, un gran quejido metálico nos ha puesto los pelos como escarpias. Era algo así como clanc-clanc-clanc. Con cuidadito, Cris ha conducido hasta Tours, donde hemos buscado un taller mecánico y yo he puesto a prueba mi francés tecnológico (y mi léxico de español tecnológico se quedó en el siglo XVII, asín que...). No sé explicar lo que le pasa al coche en castellano, como para intentarlo en francés.

El mecánico, un gabacho bonachón, más o menos bienhumorado y bien dispuesto, nos ha dicho que "la transmission est mort". Vamos, que nos podíamos haber matado tan ricamente en la autopista. Le he preguntado: "Mais, est-ce que vous pouvez fixer ça?" (Pero, ¿puede arreglarlo?). Y el hombre me dice: "Non, il faut changer la piece" (No, hay que cambiar la pieza). No era una información que me interesara. Yo sólo quería saber si el hombre podía devolvernos el coche sano, no me importaban los sucios métodos que empleara, así que le he repetido que si lo podía arreglar, y me ha mirado como si fuera imbécil: "C'est ne pas posible! Il faut changer la piece!". Diálogo de besugos: él creía que le preguntaba si podía arreglar la pieza, cuando me refería al coche en su conjunto. Al final, nos hemos entendido. Le traerán la transmisión mañana, previo pago de unos buenos euracos. Como diría Mr. Fogg, un contratiempo menor. Nada que nos impida estar de vuelta en el Reform Club a la hora convenida.

Pero a mí esto no me quita el hambre: pienso disfrutar esta noche en la bella capital de la Touraine. Dicen que aquí hacen unos vinos de caerse de espaldas. Ya os contaré.

25/03/2008 17:42 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 5 comentarios.

24/03/2008

PASIONES VIAJERAS PROVINCIANAS

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Nada. No hay nada que hacer a estas horas en la Francia de provincias. Angers es una ciudad húmeda y fantasmal: sólo dos garitos abiertos para tomar una cerveza, y si te descuidas, te quedas sin cenar. Me he acordado de los viajes a Francia de hace años, que Michel prefería hacer de noche para encontrar las carreteras despejadas. Al atardecer, cruzábamos miles de pueblos muertos. El contraste era brutal, tanto si íbamos a España como si viajábamos a Francia. En el primer caso, cuando llegábamos a Irún, nos aturdía el bullicio de las calles, y cuando cruzábamos a Hendaya, nos sobrecogía el silencio. ¿Cómo un país que se dice mediterráneo puede ser tan muermo?

Venimos de Burdeos y de Nantes, y allí no ha estado tan mal la cosa, pero ha sido llegar a Angers, a este rincón del valle del Loira donde creció Michel, y fastidiarse todo. En el sentido del bullicio nocturno, claro.

He llevado a Cris a ver el castillo de Angers, y hemos buscado el escudo de Aragón que me enseñaron en mi primera visita, hace ya unos cuantos años. No recordaba dónde estaba, pero enseguida ha aparecido en una bóveda de la capilla, que fue construida por Yolanda de Aragón y plantó allí el escudo de su reino, como perro que mea en una esquina, supongo. Hemos sentido el gustillo tonto de quien reconoce algo propio en otro país, y hemos seguido andando en busca del tapiz del Apocalipsis, una joya medieval que cuenta el fin del mundo como en una peli.

Ayer estuvimos en Nantes, después de pasar por la majestuosa y nada goyesca Burdeos y por la inquietante La Rochelle, que pasó de ser un enclave nazi a un lugar de vacaciones bucólico sin solución de continuidad. Por Nantes paseamos bajo la lluvia, que es una cosa muy de Nantes, y recorrimos el palacio de los Duques de Bretaña. Porque aunque Nantes es la capital de la región del Pays de Loire, históricamente pertenece a Bretaña, y les gusta mucho comer crepes y beber sidra, como a los bretones.

Pero a mí no me gusta Nantes por su rollo bretón ni por su palacio. A mí Nantes me gusta porque allí nació Julio Verne, y me dio mucha rabia llegar tarde a la ciudad y no poder visitar el museo dedicado a su figura. Mierda de horarios tempraneros continentales...

Julio Verne creció en una degradada ciudad de provincias francesa, muy lluviosa y de horizontes chatos. Quizá por eso quería hacer sus viajes extraordinarios y compartirlos con todos. Quizá algo de su espíritu se haya quedado en las piedras de la ciudad. Al menos a mí, que casi aprendí a leer con El faro del fin del mundo, Dos años de vacaciones, El piloto del Danubio, Las tribulaciones de un chino en China, Una ciudad flotante y Viaje al centro de la tierra, me parece entender que sí, que la esencia que parió a Verne sigue palpándose.

La prueba es que Nantes, que viene a ser como Pamplona de grande, tiene al menos tres grandes librerías especializadas en viajes. Librerías enormes, bien surtidas y llenitas de lectores. Zaragoza, mucho más grande, no tiene ni una. Cálamo intenta suplir esa carencia, pero no llega ni por asomo al nivel de las librerías nantesas. Ya sé que las comparaciones son odiosas, por eso comparo. Y me parece significativo a la hora de valorar a vuelapluma el espíritu de una sociedad: hay quien se interesa por "el" mundo, y quien sólo se fija en "su" mundo. En cualquier caso, es curioso que la ciudad de Julio Verne sienta pasión por los viajes.

Nosotros vamos a seguir viajando por este corazón de Francia, aunque no nos dejen sitios para tomar una copa a gusto.

Por cierto, en Burdeos probamos un Burdeos (valga la rebuznancia) que nos ha dejado medio gilipollas de la emoción. Qué bien saben hacer las cosas del hedonismo. Sólo les falla su escasa nocturnidad.

24/03/2008 01:04 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 3 comentarios.

21/03/2008

TOUR DE FRANCIA 2008

Con esa grata sensación de ser el objeto de odio de todo el mundo, me he despedido de mis compañeros en el periódico donde echo las tardes. Por unos días, no se vayan a pensar. Me voy de vacaciones. Probablemente inmerecidas, pero vacaciones con todas las de la ley.

Nos hemos dado cuenta de que hemos instaurado una tradición: viajar a Francia en Semana Santa. Es el tercer año consecutivo que lo hacemos. En 2006 nos fuimos al País Vasco gabachoak, y el año pasado viajamos por partida doble, a Toulouse y a París. Esta vez nos hemos planteado una cosa un poco más ambiciosa, una tournée por la Francia profunda, la de la nobleza de provincias que alimentó con sus cabezas la eficaz guillotina. Cruzaremos las Landas hasta Burdeos, subiremos a Nantes -donde rendiremos honores a Julio Verne- por La Rochelle y, como dos salmones motorizados, remontaremos el curso del Loira hasta la Orleans de Juana de Arco, con paradas en Angers, Tours, Blois y todos los castillos y bodegas que nos encontremos. Espero que nos dé tiempo a todo en diez días.

Va a ser agradable volver al Loira. Hace mucho tiempo que no subo por allí, y lo siento un poco mi casa también. Han sido unos cuantos veranos y unas cuantas navidades vividas en su orilla. Me apetece recorrerlo todo con calma, y aprovecharemos para saludar a Madame Guilbault, mi abuela francesa, que vive en Angers.

Como siempre, el portátil, que ya es un poco como mi hijo, viaja con nosotros, así que postearé alguna croniquilla viajera desde algunas de las ciudades donde paremos.

Merci et à bientôt, chers amis!

21/03/2008 03:15 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 7 comentarios.

06/12/2007

NO TE MASIFIQUES

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Creo que era en el primer Celtiberia Show donde Carandell contaba esta anécdota:

Movida universitaria en el Madrid del tardofranquismo. Los grises se lían a hostia limpia por las calles y un chaval se refugia en una cafetería. Cuando está pidiendo un café en la barra, entra un policía de los que han estado repartiendo estopa. El morlaco le reconoce como integrante de la manifestación, se acerca a él con la porra en la mano y le espeta: "¡Dispérsese, joven!". El relato se acaba ahí, sin aclarar si el chico se arrancó los brazos, la cabeza y las piernas y las fue diseminando por el local para acatar la orden.

Me he acordado de la anécdota al encontrarme con un anuncio de una agencia de viajes en la nueva revista de Lonely Planet en español (que, por cierto, está muy bien, le da mil vueltas a todas las revistas viajeras españolas, aunque ese nivel era fácilmente superable a poco que los articulistas dominaran los indómitos misterios de la gramática). Los de esta agencia son alternativos, chupisuperguays y están especializados en el Sáhara, así que han escogido como lema: "No te masifiques". Me he mirado mi alegre panza de Buda (que, a diferencia de la luna, no está por la labor de entrar en fase menguante) y me he dicho: "No te masifiques, sé macrobiótico, como estos señores alternativos". Supongo que en la puerta de la agencia habrá un letrero bien grande que diga: "Gordos no".

Pues yo, damas y caballeros, me voy a masificar doce horitas en un avión y me marcho unos días al Cono Sur, a mi Buenos Aires querido. El siguiente post, Wifi mediante, lo escribiré en manga corta desde el verano austral. Nos vemos.

06/12/2007 02:45 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 3 comentarios.

03/12/2007

VIAJE AL FIN DEL MUNDO

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Cuando le comenté a un amigo, gran conocedor de la literatura de viajes, que estaba enganchado a En la Patagonia, de Bruce Chatwin, me respondió que no está mal, pero que donde esté Paul Theroux... Hay gente difícil de impresionar, o quizá es que yo me emociono con cualquier cosa, pero he disfrutado muchísimo leyendo este viaje austral realizado en 1976.

Chatwin era un elitista inglés (con todo lo que eso conlleva: cínico, maniqueo y a veces un pelín racista, pero también culto y sobradamente erudito) que tenía 36 años cuando hizo su incursión patagónica. Murió de sida en 1989. En sus 49 años de vida recorrió medio mundo y dejó media docena de buenos relatos viajeros.

Mr. Chatwin decidió recorrer el Cono Sur en un momento muy complicado de su historia, con Pinochet imponiendo su terror en Chile y con Isabelita Perón a punto de ser sustituida por los milicos. Un patio muy revuelto, pero sólo al final del libro se deja ver que algo muy siniestro esturbia el aire de las estancias ganaderas. Apenas unos flashes iluminan la anormalidad de instante.

En la Patagonia es el viaje de un niño que creció con Kipling, Poe y Verne, un niño alucinado que espera entremecerse ante el faro del fin del mundo y que quiere seguir la pista de los fascinantes personajes que han dado forma al lejano sur. Parte de Buenos Aires en autobús, cruza Río Negro, dejando atrás la Pampa, y se interna en el territorio del Chubut. Allí rastrea la primera historia: la del reino de Araucania y Patagonia. A mediados del siglo XIX, un francés llamado Orélie-Antoine de Tounens (masón, para más señas) quiso crear un reino entre los patagones, a la vera de los Andes. Fue una mascarada llena de disparates que acabó con el pobre monarca encadenado y repatriado en un buque mercante. Sus descendientes todavía mantenían, bien entrado el siglo XX, la corte en el exilio del Royame du Araucaine et Patagonie. Por supuesto, en París. "¿Ha leído El hombre que pudo reinar, de Kipling?", pregunta Chatwin al heredero del destronado reino.

En la provincia de Santa Cruz (de donde vienen los Kirchner), Patagonia profunda, siguió los pasos de Butch Cassidy y los restos del Wild Buch o Grupo salvaje. Sí, sí, el mismo que llevó al cine Sam Peckinpah. Mi querido Peckinpah fabula con un fin heroico de los forajidos en el norte de México, ayudando a las fuerzas de Pancho Villa, pero lo cierto es que los supervivientes cruzaron toda América Latina en 1902 o 1903 y se instalaron en la provincia argentina de Santa Cruz, que consideraban tan libre e indómita como el Far West de 1870. En la Patagonia pasaron unos años plácidos, hasta que se les acabó el dinero y recurrieron a lo que mejor sabían hacer: atracar bancos. Tras unos cuantos golpes en la zona, la policía empezó a acosarles, las batidas les asfixiaron y enfilaron rumbo al norte. Fueron dando palos a lo largo de toda Argentina, hasta que cruzaron la frontera con Bolivia y, según parece, encontraron la muerte en un tiroteo muy parecido al que narra Peckinpah en la peli. O no. Otros dicen que pasaron a Perú y que incluso alguno volvió a alcanzar Estados Unidos, donde tuvo una vejez agradable bajo una identidad falsa. Leyenda, leyenda, leyenda. ¿Por qué nos gustarán tanto los bandidos?

En Comodoro Rivadavia, el principal enclave portuario de la región, rastreó los ecos de la Patagonia Rebelde, un movimiento insurreccional anarquista de los años 20 liderado por un inmigrante gallego que conmocionó a todo el país. Sobre este episodio hay una novela muy lograda de David Viñas titulada Los dueños de la tierra y publicada en España por la editorial aragonesa Prames. Por cierto, que uno de los personajes de esa novela es un inmigrante aragonés que ejerce de tal.

En Tierra de Fuego buscó a los familiares del indio que inspiró a Charles Darwin la teoría de la evolución y, ya en Chile, en Punta Arenas, se tropezó con una sociedad de terratenientes que rezaban cada tarde por Pinochet y daban gracias al cielo por que les hubiera librado de las hordas marxistas. Da escalofríos leer cómo una adorable anciana escocesa justifica y defiende el golpe militar mientras riega los rosales de la puerta de su coqueto hogar.

De norte a sur, una buena introducción para quien quiera sumergirse en los encantos de una tierra que ha inflamado las esperanzas y las imaginaciones de las mejores cabezas de varios siglos. La tierra del fin del mundo.

03/12/2007 01:36 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

29/11/2007

QUISTES GEOGRÁFICOS

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Hace un par de semanas, mientras leía un fantástico reportaje en El Mundo sobre las absurdas posesiones españolas en el norte de Marruecos (el famoso Perejil, Alhucemas, las Chafarinas...) recordé lo mucho que me fascinan esos sitios demenciales, esas bromas de la historia a las que no escapan ni Ceuta ni Melilla. Residuos coloniales y detritus geográficos. Geniales maravillas. La lástima es que visitar esos lugares es muy difícil: en el caso de que se puedan conseguir con facilidad los visados y permisos oportunos (que no siempre es así), llegar hasta ellos requiere grandes dosis de paciencia y dinero, sobre todo dinero. Además, son tan absurdos que no suelen tener casi atractivos: la única gracia del viaje es llegar al destino y saber que estás allí. Pero a mí me basta. Así que a ver si instalan pronto Las Vegas monegrinas, me uno al hampa, saco unos milloncejos y me cojo un año sabático para visitarlos.

Estoy pensando, por ejemplo, en las Malvinas-Falkland. Un conjunto de preantárticos peñascos con un estatuto muy parecido al de Gibraltar. Son ingleses, hablan inglés y vivieron una infausta guerra en 1982 con Argentina. Allí, a unos 600 kilómetros de la costa patagónica, viven unos 3.000 súbditos de Su Majestad, 2.000 de ellos en la capital, Stanley, y el resto repartidos por "country farms" con sus argentinísimas ovejas de la Patagonia. Dicen que viven de la pesca y de prestar servicio a la guarnición militar. Todo esto ya lo convierte en un sitio raro de narices, pero lo que a mí me gusta es que fueron descubiertas en 1592 por unos desquiciados, crueles y borrachos marineros ingleses que iban a bordo de una gloriosa bañera llamada Desire. Por eso el escudo de las Malvinas tiene la leyenda "Desire the right". Alentados por el capitán, la tripulación perpetró una tremenda matanza contra los pingüinos del lugar, y parece que ese episodio inspiró parte de la Rima del viejo marino de Samuel T. Coleridge, aunque éste cambió a los pingüinos por un majestuoso albatros. ¿No merecen una visita sólo por eso? Claro que sí, pero los únicos vuelos regulares a Stanley los opera LAN desde Chile, no hay ninguna otra conexión posible.

Muy cerquita de Aragón tenemos otro detritus de la historia mucho más accesible. Hay un pueblo de Gerona que está completamente rodeado de territorio francés: Llivia. Tras la Paz de los Pirineos, en el siglo XVII, la monarquía hispánica tuvo que ceder los condados catalanes del Rosellón y la Cerdaña a Francia (hoy conocidos como la Cataluña francesa o la Catalunya Nord, según los catalanes). Sin embargo, los soldados franceses que iban pueblo por pueblo leyendo el bando de anexión de las localidades al Estado francés se olvidaron de pasar por Llivia. Un olvido que mantuvo a este pueblecito vecino de Puigcerdà ligado a España hasta hoy. Ahora, con la UE a tutiplén, no hay problema ninguno, pero imaginaos el drama que les suponía antaño a los vecinos de ese sitio cruzar dos puestos fronterizos para hacer cualquier gestión en Gerona, y lo jodido que debía de resultar en la posguerra más negra, cuando no había relaciones diplomáticas con Francia. Hoy, por suerte, es sólo un pintoresco anacronismo. Como Andorra, pero sin ventajas fiscales ni DVDs baratos.

Más arriba están las islas del Canal de la Mancha: Jersey y Gernsey. Avanzadillas británicas frente a las estiradas costas de Francia, la única porción de suelo inglés que fue ocupada por los nazis (y bien que les jode recordarlo). Son despojos del feudalismo casi al margen del control del Estado británico, paraísos fiscales donde tienen su sede las más turbias empresas del mundo. Están gobernados por auténticos señores feudales, tienen una democracia muy sui generis y casi todos sus habitantes son nobles (aunque no tengan una libra).

Una compañera de trabajo estuvo hace un tiempo en Kaliningrado, un quiste de la Guerra Fría, un jirón de Rusia en medio de la UE, entre Polonia y Lituania. Dice que es un lugar horrible y que tuvieron que sobornar con 50 euros al guardia fronterizo para pasar sin problemas. Un enclave deprimente de deprimente y alcoholizada estética soviética. Tengo que ir algún día.

Otro sitio fantástico es Saint-Pierre et Miquelon, junto a Terranova, en Canadá. Es un territorio francés con todas las letras, aunque no forme un departamento. Unos 6.000 enfants de la patrie en la indómita América del Norte, con su Lycée (pero sin université), su Hôtel de Ville y su boulangerie como está mandao. Envían un diputado a la Asamblea Nacional, pero no tienen mucho trato con la metrópoli: ni siquiera hay vuelo directo desde París. Aunque es territorio de la UE, para viajar allí hay que pasar por Canadá y se exige un visado. Desde Europa, lo mejor es viajar con Air France a Montréal y, desde allí, coger un avión (de hélices) de Air Saint-Pierre hasta Saint-Pierre.

Hay muchos más sitios absurdos que me gustaría conocer, pero creo que por hoy ya está bien. Otro día, cuento más.

Ah, y me olvidaba de nuestro (o suyo, o de ellos) Gibraltar. La próxima vez que baje a Al-Andalus prometo hacer una visita.

29/11/2007 01:39 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 12 comentarios.

18/11/2007

ESE TORITO

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En 1862, Hans Christian Andersen tenía casi 60 años y era un tipo muy famoso (bueno, más que famoso, reputado) dentro y fuera de su querida Dinamarca. Por eso podía dedicarse al ocio y a viajar a gusto. Eso sí, su fama no era extensiva a España, donde muy pocos habían leído sus cuentos, así que pudo pasar desapercibido como un caballero norteño en tierras salvajes. Entró en septiembre montado en una diligencia por La Junquera. Recorrió Barcelona, Valencia, Alicante, Murcia, Cartagena, Málaga, Granada, Cádiz, Sevilla, Córdoba, Toledo, Madrid y Burgos, de donde se dirigió al norte para salir por Irún. A la vuelta, escribió Viaje por España, que fue inmediatamente traducido al inglés, al francés y al alemán, con una popular edición estadounidense. El libro tuvo mucho éxito en Europa y América, por lo que puede decirse que fijó la imagen que las élites cultas de la época tenían de nuestro país.

Andersen venía con una visión de España formada por sus lecturas románticas, las de los viajeros de su generación y la inmediatamente anterior (con la ayuda de algún colaboracionista español, como Zorrilla o el Duque de Rivas, que confirmaban los tópicos en su obra). Es la imagen de un sur caribeño, lleno de gitanos con la navaja suelta y de andaluzas lascivas. Pasión y fuego, vaya. Rosas y espadas. Sin embargo, la primera gran ciudad con la que tropieza le hace cambiar de idea. De Barcelona dice que tiene unos cafés más suntuosos, agradables y concurridos que los de París. Por supuesto, encuentra escenas típicas, pero ningún bandolero le asalta en un camino (como parecía estar deseando) y la comida, lejos de destrozarle el estómago y el paladar (como esperaba: la gastronomía española tenía muy mala fama en Europa hasta hace 30 años), le parece deliciosa. Andersen se encuentra con un país más europeo de lo que pensaba, donde el progreso progresaba despacio, pero existía una voluntad de aparcar marasmos y una burguesía que empezaba a tener algo de capital para avanzar. 

El libro tiene muchos pasajes interesantes, pero hoy me quedo con esta descripción de una corrida de toros de la época, el espectáculo más horrible al que la refinada sensibilidad de Andersen se había enfrentado. Los antitaurinos pueden (podemos) usarlo como alegato a su (nuestro) favor. Es sólo un pequeñísimo extracto, que es muy larga. Luego, si tenéis ganas, lo comparáis con Fiesta de Hemingway:

"Vi cómo el cuarto toro, vomitando sangre, saltó la barrera (...). Recibió un par de estocadas mal dadas; la sangre le salía a borbotones por la boca (...). Diez caballos y cinco toros habían sido sacrificados. Aún quedaban siete por lidiar. Yo ya tenía bastante por esa vez. Tan impresionado y harto quedé, que abandoné la plaza donde -según me dijeron luego- la corrida había llegado a ser mucho más sangrienta y emocionante; fue muerto hasta el último toro. 

¡Es una diversión popular sangrienta y cruel! En esto coincidían muchos españoles. Aseguraban que no sobreviviría muchos años y que recientemente se había dirigido una petición a las Cortes solicitando su abolición".

Pues estamos como en 1862. 

PD: sello de 8 € de la portada del libro no es una pegatina. Los muy cutres lo han impreso en la portada. Se ve que a Andersen hay que ponerlo de oferta o no le hacemos caso.

18/11/2007 14:16 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 1 comentario.

28/10/2007

ESCAPADA ITALIANA

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Vuelvo de una escapada rápida (vía Ryanair, los vuelos baratos que están haciendo más por la "construcción europea" que Giscard d'Estaing) a tierras lombardas. Milán, Lago Como, Bérgamo... Risottos, café y grappa. No conocía el norte de Italia, con sus coches que paran en los semáforos, sus ciudadanos que no gritan, su asquerosamente europea urbanidad... ¿Dónde están las mammas romanas y napolitanas? ¿Y los vendedores ilegales de pescado, y el recaudador de la mafia paseándose ufano por los comercios? Sé que decir esto es de un romanticismo ingenuo y absolutamente desfasado, pero yo me quedo con el salvaje y ruidoso sur, con las montañas de basura de Nápoles. Prefiero beber de la misma botella que el Che Garibaldi antes que fumarme un puro con Cavour. Qué le voy a hacer.

Al margen de todo, dos apuntes. Primero, el de la foto, una campaña de la Sanidad pública italiana en el metro de Milán. Sencillamente genial, ¿no? Quizá le falte un aire más Mamma Ciccio, con su escote insinuando (¿insinuando o desbordando?) unos brutales pechos del catálogo VIP de un cirujano estético, pero así va bien. Me encanta la cofia de la chica, probablemente rescatada del vestuario de Conchita Velasco en Las chicas de la cruz roja.

El segundo apunte es una conversación robada en la cola de embarque del avión de vuelta. Detrás de nosotros, un cura con alzacuellos,  un señor que no lleva alzacuellos pero que igualmente parece un cura y tres sonrosados mozalbetes de unos 18 años bien repeinaos y encamisaos. ¿Excursión espiritual, ejercicio espiritual, algo espiritual? Quién sabe qué, pero algo espiritual sin duda. El señor párroco les comenta una noticia que leyó hace poco en Diario de Navarra (acabáramos). Al parecer, una familia que tenía varios gatos decidió adoptar un perro de la perrera, pero como no consiguieron que el perro y los gatos se llevaran bien, la protectora de animales les retiró la custodia del perrillo. "Y fíjate -apunta con sorna el párroco, que yo he bautizado como Don Nicanor-, la familia está triste". Uno de los mozalbetes repeinaos remata: "Sí, claro, con los perros mucha tristeza, pero con los niños, aborto, ¿no?". Sólo he podido pensar que ese mozalbete será algún día un ministro. 

28/10/2007 20:27 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 7 comentarios.

19/08/2007

EL HURACÁN EMILY

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Más batallitas del abuelo. Ahora que andan de huracanes en el Caribe, no sé si he contado que yo viví un huracán en México hace dos veranos. Si ya he relatado la historia, mil perdones, pero en esta calurosa tarde dominguera no se me ocurre nada mejor de lo que escribir.

Viajábamos por el Yucatán y veníamos del sur de la Península, en nuestra última semana de viaje. Subíamos por la costa oriental en dirección a Cancún, de donde saldría nuestro vuelo de regreso a España unos cuantos días después. Cansados después de recorrer Chiapas, buscábamos un sitio playero sin multitudes donde esquilmar el stock local de cerveza. Llegamos a Tulúm con la intención de alquilar un par de cabañas "hippie style", pero cuando llegamos, el dueño de las cabañas nos dijo que sólo nos podía alquilar una noche: "Mañana van a evacuar esto por el huracán, ¿saben?". ¿El huracán?, ¿qué huracán?, nos preguntamos. Qué cosas tienen estos mexicanos. Alguien compró un periódico del día, cuyo titular de portada decía, en letras monstruosamente enormes: "ALERTA MÁXIMA. El huracán llega a la costa con fuerza cinco". Habíamos pasado los días anteriores sin prensa ni tele, casi aislados, y no sabíamos que nos dirigíamos al lugar por el que el ciclón Emily iba a entrar en el Yucatán.

Nos sorprendió que los lugareños estaban, por lo general, bastante tranquilos. La pachorra que da la experiencia, supongo. Pero las autoridades tampoco parecían esmerarse mucho para que se espabilaran: la tele emitía informativos apocalípticos, pero apenas había información oficial sobre qué hacer o adónde ir. Al final, alguien nos aconsejó refugiarnos en el interior, y nos marchamos a Valladolid, una ciudad del tamaño de Huesca en el centro de la península que estaba recibiendo un montón de evacuados. De chiripa, encontramos sitio en el segundo hotel en el que preguntamos. Las plazas hoteleras se agotaron poco después, y los siguientes españoles que nos encontramos tuvieron que refugiarse en los pabellones de las escuelas. Ésa hubiera sido nuestra suerte si hubiéramos llegado un par de horas más tarde.

En Valladolid, la gente se tomaba el huracán como una juerga. Era verdad que los comercios protegían sus vidrieras con tablones y que muchas casas estaban cerradas a cal y canto, pero la plaza estaba más animada que nunca. Nadie tenía ganas de buscar refugio y, por supuesto, nadie quería perder la oportunidad de burlarse del reportero de Televisa que esperaba en la plaza a conectar en directo con el informativo nacional. El hombre aguantó el tipo pese al pitorreo que se traían con su persona.

Los vendedores del mercado de antojitos de Valladolid se pusieron las botas sirviendo tacos y quesadillas a todos los refugiados y el paso de la furgoneta del Estado que, a través de un altavoz, instaba a la población, en español y en maya, a refugiarse y a no salir de casa bajo ningún concepto, provocaba las burlas y las risas de todos. Parecía que, más que a una catástrofe, estaban esperando la llegada de los Rolling Stones.

Emily se retrasaba y tocó tierra horas después de lo previsto. Cuando Televisa conectó con el corresponsal en Cancún, apenas se oía nada, porque el viento y la lluvia tapaban la crónica. Sin embargo, en Valladolid lucía un sol maravilloso y nosotros esperábamos a Emily nadando tan ricamente en la piscina del hotel. Nos preocupaba tanta indolencia y nos mosqueaba mucho que la dueña del hotel, decorado al estilo colonial, no hubiera guardado el mobiliario piscinero ni hubiera asegurado los faroles de forja que colgaban de los arcos y que podían salir despedidos. Alguien le comentó la conveniencia de prepararse para lo peor, y la señora respondió: "Ustedes tienen miedo porque no han vivido un huracán, pero ya verán que sólo es lluvia y viento fuertes". Y se quedó tan pancha. Habría que ver qué respondería en caso de incendio: "No se preocupen, que es sólo fuego". Hasta entonces, no sabía que la obviedad podía utilizarse como defensa tranquilizadora.

La verdad es que, por suerte, Emily no causó víctimas. Pasó por encima de nosotros con fuerza reducida, de madrugada, y sólo alcanzamos a oír el viento que agitaba fuertemente los árboles. Por la mañana pudimos comprobar que no sólo los había agitado, sino que los había derribado por completo. La ciudad estaba patas abajo y las calles, llenas de barro, cristales y desperdicios. Pero la destrucción fue mucho mayor en el campo: cuando enfilamos la carretera hacia Cancún, vimos que la selva yucateca entera se había venido abajo. No había un solo arbol en pie. Y cuando digo árboles digo también postes de luz y de teléfono. Playa del Carmen, la ciudad por la que entró Emily, estaba inundada e impracticable, sin ningún tipo de servicio mínimo indispensable. En Tulúm, el restaurante en el que habíamos cenado era un montón de madera en el suelo de la playa, y en Cancún no había suministro eléctrico en casi ninguna zona de la ciudad. No parecía haber prisa por retirar los árboles de las carreteras ni por volver a poner en pie las infraestructuras destruidas. Se insistía mucho en que no había habido muertos. Lo demás era secundario, y la vuelta a la normalidad podía esperar. 

Al poco de volver nosotros a España, pasó un segundo huracán, el Katrina, pero ése no fue tan benévolo como el que nos tocó en suerte. Espero que el Dean resulte, por lo menos, tan inofensivo como Emily. Con un terremoto tenemos ya bastantes desgracias naturales en Latinoamérica por este verano.

Foto: una gasolinera, en el suelo, tras el paso de Emily.  

19/08/2007 20:06 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

05/06/2007

VIAJE CON NOSOTROS

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En una Europa adocenada y aséptica, todo parece seguir una rutina que hace realidad aquella máxima churchilliana que dice que la democracia significa que si llaman a tu puerta a las cinco de la mañana sólo puede ser el lechero, y no un policía o un militar dispuesto a meterte en un tren de ganado. Desde que apareció el tetra-brick, hasta esa emoción se nos ha negado. Por eso, para que no muramos de aburrimiento entre enfermedades coronarias y obesidad mórbida, los gobiernos decidieron que alguien debía proporcionarnos la adrenalina que la rutina parlamentaria nos niega. Y esa misión le fue encomendada a las compañías aéreas. Nosotros, pobres viajeros, creemos que todo se debe a una suma de incompetencia, impunidad gansteril y tomadura de pelo con recochineo y mofa. Pero no es así: tratan de meter algo de sana incertidumbre y desasosiego en nuestras aburridas vidas.

Sólo así puede explicarse que servidor acuda al aeropuerto de Copenhague con un billete para Madrid, facture la maleta con la esperanza de estar en casa a la hora de comer y contarle a su pareja las anecdotillas del viaje, y siete horas después aterrice en Málaga -donde, a pesar de que los tipos de las ventanillas hablan tu mismo idioma, te cuesta mucho más entenderte con ellos que con los vikingos que te hablan en inglés con acento del dios Thor-, al tiempo que su maleta acaba en Palma de Mallorca. Por supuesto, nadie te explica por qué te obligan a dar la Vuelta a España en avión si tenías un vuelo directo desde Copenhague, ni por qué tu pobre maleta se cuela en aviones extraños. Si te lo explicaran, la cosa perdería su gracia.

Uno siempre escucha historias terroríficas de aeropuertos y envidia las aventurillas que viven los afectados. Pues bien, no desesperéis: a las compañías aéreas, además de la vocación de servicio público adrenalítico, les anima un intenso espíritu igualitario. Si no habéis tenido nunca ningún problema grave en un aeropuerto, no os preocupéis, porque a poco que viajéis, acabaréis teniéndolo. Las aerolíneas ponen mucho celo en que cada ciudadano disfrute de una aventura aeroportuaria al menos una vez en su vida. ¿A que son geniales?

Yo había tenido algún sustito menor, pero siempre pensé que el gran susto me lo darían volviendo de Kuala Lumpur o de algún destino exótico muy lejano de casa. Nunca imaginé que un vuelo directo entre dos capitales europeas podría acabar en pesadilla. Por eso, por el buen hacer que han puesto, no me duele prenda de hacer publicidad de la encantadora compañía que tantas sensaciones agradables me ha proporcionado: Scandinavian Airlines. Lo digo por si vais a viajar con ella y tal. Que lo disfrutéis.

PS: otro día hablo de cosas interesantes de verdad. Hoy sigo cabreado con la industria aeronáutica de los co... ¿Lo veis? Hasta la capacidad de escribir tacos te quitan. ¿Por qué son tan sinvergüenzas?

05/06/2007 00:39 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 6 comentarios.

30/04/2007

GERONA PRIMAVERAL

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Huyendo del agua, amanecimos en Gerona. Homenajeamos a Josep Pla en su segundo pueblo -después de Palafrugell y antes de Barcelona- con unos cuantos vinos ampurdaneses y un trote inmisericorde por las cuestas y esquinas de su infancia. Me gusta el silencio de su judería, que se llama Call; me gusta ser arrullado por la cadencia provinciana de sus terrazas, y me desasosiegan sus casas asomadas sobre el río, que marcha moroso y lleno de mugre.

Es imposible eludir el puntillismo paisajístico de Pla, su mirada de burgués ingenuo y huraño al mismo tiempo. Pero también vienen a la cabeza los tres tochos de José María Gironella sobre la República, la guerra y la posguerra, con el señor Matías pescando desde la ventana de su salón. Al pasar por la Universidad, que está incrustada en la roca de la ciudad, también nos acordamos de Javier Cercas y sus soldados de Salamina.

Gerona trae aromas afrancesados. Tiene en el aire el deje marchito de los burgos que han llegado a estar podridos, asfixiados por faldones de mesa camilla y mantillas de beatonas en misa de cinco, pero que han sabido dejar atrás lo rancio de sus siglos y se han lanzado a beber la modernidad. Gerona es un sitio agradable, donde parece que nunca pasa nada. Y, de hecho, es probable que nunca pase nada, que su periódico se llene con no-noticias, con retazos costumbristas que arropan la cartelera y las farmacias de guardia.

En Gerona, desconectados de todo y de todos -incluido este garito internetero, que ha cerrado por puente-, la realidad nos ha devuelto a nuestro mundo. Y precisamente elmundo.es titula: Nueva infanta en zarzuela. Y yo pienso en qué vino podría maridar con una infanta en zarzuela, un plato que no me resulta muy apetitoso a priori. Qué empacho borbónico, por dios. Me voy a tomar un poco de bicarbonato republicano, a ver si se me pasa la indigestión.

30/04/2007 20:50 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

08/04/2007

TOULOUSE-ZARAGOZA

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Acabo de volver de Toulouse, la hermana francesa de Zaragoza. A veces, las sinergias asustan:

 

  • Toulouse tiene 700.000 habitantes, y Zaragoza, 650.000.
  • Toulouse es la cuarta ciudad francesa, y Zaragoza es la quinta española.
  • Toulouse es la referencia de los Pirineos centrales franceses, y Zaragoza, la de los españoles.
  • Toulouse tiene el Garona, y Zaragoza, el Ebro.
  • Toulouse tiene el Canal du Midi, y Zaragoza, el Imperial de Aragón. Dos de los canales artificiales más antiguos de Europa.
  • Toulouse fue capital de varios reinos medievales, aunque todos cristianos. Zaragoza fue capital de varios reinos medievales, musulmanes y cristianos.
  • Toulouse tiene un azud en el Garona. Zaragoza pronto tendrá su azud en el Ebro.
  • Toulouse tiene un festival de cine español llamado Cinespaña. Zaragoza tiene el mismo festival, pero llamado Cinefrancia.

 

Si me pongo a pensar, seguro que saco algún paralelismo más, pero ahora me vienen a la cabeza las diferencias. Las sangrantes diferencias.

 

  • Toulouse es la capital mundial de la aeronáutica: es la sede de Airbus y uno de los centros de la Agencia Espacial Europea, por lo que está llena de cerebritos científicos y su universidad es la segunda más importante de Francia y una de las más destacadas de Europa en el ámbito tecnológico. Zaragoza es la capital mundial de... de... de... ¿la logística? Por cierto, ¿alguien sabe qué es la logística? La comunidad universitaria de Zaragoza, aunque es potente, no puede compararse ni de lejos a la de Toulouse.
  • Toulouse no fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial. Por eso, los edificios de ladrillo rojo (marca de la ciudad, que le da un tono diferente al resto de las homogéneas ciudades francesas) se mantienen en el plano del centro, lleno de callejas retorcidas, rotas de cuando en cuando por un bulevar haussmaniano y rectilíneo. Zaragoza tampoco sufrió bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial (alguno que otro durante la Civil, claro), pero a veces da la impresión de que fue arrasada hasta los cimientos y reconstruida por un mercenario futurista sin escrúpulos (a lo mejor fueron eso los Sitios que en 2008 cumplirán doscientos años). La armonía no es un rasgo que define la ciudad.
  • Toulouse tiene 13 museos de primer orden, entre ellos un destacado centro de arte contemporáneo y una de las mejores galerías fotográficas de Europa. Zaragoza tiene siete museos y cuatro salas de exposiciones, pero ninguno de ellos es referente internacional en su campo.
  • Toulouse tiene 27 teatros, auditorios y salas de conciertos, sin contar los bares y los cafés que programan espectáculos más pequeños, que dan cobertura a una bulliciosa programación cultural: después de París, es la segunda ciudad francesa más inquieta y de donde más grupos musicales y tendencias surgen, por encima de Lyon y Marsella. Zaragoza tiene seis salas dignas, sin contar el Pabellón Príncipe Felipe, y la ebullición que se respira no puede compararse ni de lejos con Madrid o Barcelona, pese a los Violadores del Verso y a los imitadores de Héroes del Silencio.
  • Toulouse tiene una calle, la Rue des Lois, llena de librerías pequeñas, grandes y medianas. Por el resto de la ciudad también se pueden ver decenas de pequeños locales rebosantes de libros. En Zaragoza, de un tiempo a esta parte, ha desaparecido un buen montón de librerías tradicionales (lo contaba Mariano García en un reportaje reciente en Heraldo), y sólo los muy osados Portadores de Sueños se han atrevido a refrenar esta nefasta tendencia.

He aquí todo un ejercicio de demagogia preelectoral que espero que no moleste a ningún triunfalista zaragozano, pero pienso que cuando los términos comparativos se reducen al PIB y a las grandes cifras demográficas, nos perdemos el fondo, que viene a ser lo interesante, aquello con lo que bregamos en el día a día. Vamos, que Toulouse y Zaragoza pueden ser hermanas que viven separadas por una cordillera, aunque han recibido una educación parecida y, durante siglos, han vivido historias similares. Pero, por desgracia, a Zaragoza le ha tocado ser la hermana fea que se queda en la barra mientras la otra liga con apuestos europeos.

Foto: el azud del Garona en Toulouse visto desde el Puente de los Catalanes.

08/04/2007 20:30 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 6 comentarios.

06/04/2007

FÍSICA, FANTASMAGORÍAS Y AEROSTATOS

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En mi todavía reciente último viaje a París me llamó la atención esta tumba del cementerio Père Lachaise, que enumera las tres actividades en las que destacó el finado: "Física, Fantasmagorías y Aerostatos". Me encantó, me hice fan de Etienne-Gaspard Robertson de inmediato, pero le había olvidado hasta hoy, cuando me he puesto a repasar las mil fotos que tiré en París.

He hecho una cata en Google y me he enterado de que el tal Etienne-Gaspard fue un belga que medró en la corte sin rey del París revolucionario, a la sombra de Robespierre y Danton. Debía de ser algo así como un Da Vinci de saldo, un embaucador muy listo con ciertos conocimientos científicos que usaba para montar estrafalarios espectáculos, aunque, oficialmente, él era dibujante y pintor. Utilizaba una cámara oscura de su invención con la que invocaba a los fantasmas, pero eran efectos visuales y sonoros muy logrados. Tanto, que se estudian como precursores del cine. Quizá se inspiraron en él para el Mago de Oz.

Se hizo muy famoso y todavía se le estudia con pasión en algunas universidades. Seis años antes de morir, en 1831, escribió unas memorias de sugerente título: Mémoires récréatifs, scientifiques et anecdotiques d'un physicien-aéronaute (Memorias recreativas, científicas y anecdóticas de un físico-aeronauta. Parece el testamento del profesor Franz de Copenhague). Murió el mismo año que Mariano José de Larra, por cierto. Se reeditaron en 2000, pero todavía no he encontrado un solo ejemplar a la venta. Mañana, si el tiempo no lo impide, estaré en Francia, donde creo que no es festivo, y quizá me sepan dar razón de él en alguna librería de Pau o de Toulouse. En cualquier caso, se admiten pistas, blogueros bibliófilos. Cuando consiga y lea el libro, lo incorporaremos a la galería freak de este tugurio.

06/04/2007 00:49 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

13/03/2007

LA CONQUISTA DE SAINT GERMAIN DES PRÉS

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Si hay algo que me saca de mis casillas es que los camareros y los dependientes se dirijan a mí en inglés cuando me oyen hablar castellano. ¿Presuponen que un extranjero no puede entender ni hablar la misma lengua que ellos? Mira que es grande Francia, pero esto sólo me pasa en París, justificando la fama de metepatas, presuntuosos y maleducados que los parisinos tienen en provinces. En fin, así son. Al fin y al cabo, como sucede con tantos otros lugares, París es maravilloso pese a estar lleno de sus propios nativos.

Aunque cada vez menos, también es cierto. La zona de los grandes bulevares, donde nos alojamos, es más que variopinta. Al margen de los guetos quemacoches de la periferia, los alrededores de la plaza de la República son territorio africano. Toda la francofonía subsahariana está representada con restaurantes, tiendas con frutas tropicales y apetitosas y peluquerías especiales. Muy cerca, el teatro Rex, donde anoche Paco de Lucía presidió un pequeño festival de flamenco que nos perdimos (y que me hubiera encantado ver). Finalmente, diseminados entre todo lo demás, pequeños cafés donde puedes sentarte a escuchar un poco de jazz en directo si no te duele pagar 10 euros por una caña.

Ver al trío de jazz desde la puerta me hizo acordarme de El perseguidor, de Rayuela y del Club de la Serpiente. Me subieron aromas de Cortázar y bajamos a Saint Germain des Prés, al Odeon y más abajo, a Montparnasse, siguiendo el bronco rastro de aquel París que era una fiesta. Una fiesta pedante, triste y reflexiva donde crecía un jazz suicida y sin salida. Nada queda de aquello, por suerte. Adiós, Charly Parker, adiós. 

Recorro el París de Cortázar, el París que ansiaba conquistar Cortázar cuando todavía no era Cortázar. Y descubro a un pobre hombre que cumplió su sueño: vivir en el cogollo de la ciudad que idolatraba. En los años 50, durante su primera estancia en la capital francesa, escribió los cuentos de Las armas secretas. Entre ellos, Las babas del diablo. Su aparente protagonista (porque la relación entre prota-narrador-escritor es uno de los temas de la pieza) vive en el número 10 de la calle Monsieur le Prince (fotografío el portal con diligencia de mitómano). Por aquel entonces, Cortázar vivía muy lejos de allí. Aurora y él compartían un minúsculo apartamento en el 13e arrondissement, en el extremo sur. Sin embargo, Julio describe con minuciosidad el trayecto que va de Monsieur le Prince a la isla de San Luis. Se nota que lo ha caminado mil veces. Se nota que ha perdido muchas tardes por esas aceras, parándose a fumar en los portales porque su sueldo de traductor no le permitía tomar muchos cafés, y buscando el lugar en el que la Maga y Horacio coincidirían en su Rayuela. Sólo alguien que aspira a conquistar y poseer una zona es capaz de conocerla tan bien. Pues ése era el propósito de Cortázar: en su segunda y definitiva estancia en París, tras volver una temporada a Buenos Aires, Julio -a punto de convertirse para siempre en el autor de Rayuela- se instaló con Aurora en un piso de la calle Mazarine, al lado de Monsieur le Prince. El argentino tímido y deslavazado que hacía pasar su frenillo por falso acento francés ya había conquistado Saint Germain des Prés. Bravo, Julio.

Como homenaje, entramos a cenar en uno de los últimos bistrots originales que han sobrevivido en el centro de París: Polidor, en el 41 de Monsieur le Prince. Barato (para lo que es París), sencillo y agradable. El salchichón de Lyon y el vino a granel que nos sirven nos reconcilia con el mundo y hasta con los parisinos. Es normal: en esa tasca no admiten tarjetas de crédito ni hooligans tocanarices que imitan a Hemingway sin saber de su existencia. Todo un detalle.

Foto: cine Le Racine, junto a la Sorbona, una de las salas de arte y ensayo más antiguas de la ciudad, muy ligada a la Nouvelle Vague y en cuyas butacas Cortázar echó más de una siesta.

13/03/2007 19:49 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 7 comentarios.

26/01/2007

UN ARGENTINO CON MAL DE ALTURA

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Quería colgar por entregas la crónica de la aventura boliviana de nuestro querido amigo argentino J.R. -no confundir con el JR de Dallas-, pero he pensado que, pese a que es muy divertida para quienes le conocemos, puede ser demasiado larga e incomprensible para los profanos, así que he hecho una selección de dos momentos gloriosos que manifiestan dos cosas: a) Bolivia puede ser un lugar terrible; b) Bolivia siempre será un lugar salvaje y terrible a los ojos de un porteño descreído.

La noche que conocimos a J.R. en Buenos Aires, acababa de llegar de Montevideo de un viaje de trabajo y contaba con total naturalidad que, unas horas antes, había estado a punto de ser secuestrado por un taxista uruguayo. En los días siguientes, mientras nos cebaban con pizzas y empanadas y nos emborrachaban con cerveza Quilmes -helada, para sobrellevar el tórrido verano austral-, descubrimos a un tipo algo más que guasón, que nos bautizó a los españoles como los "hastalogos" (así nos despedíamos, según ellos, y siempre con gran profusión de tacos, como "hostia", "joder" y "puta", marca de fábrica de la Madre Patria) y que no perdía una sola oportunidad para lanzar pequeñas cuchilladas irónicas cargadas de inteligencia. Un tipo genial, vaya, que además de no soportar la condición humana (ajena), es un hipocondríaco de cuidado y siempre sufre un sinfin de catastróficas desdichas cuando sale de casa. Con esos antecedentes, no se le ocurrió otra cosa que ir a pasar el fin de año a La Paz, precisamente a casa de una aragonesa ex compi eventual del Heraldo que ahora trabaja en la delegación de la Agencia EFE en Bolivia. La vista de la foto es la que se ve desde su ventana. Por supuesto, el mal de altura le amargó la estancia y todo le pareció horroroso. De su larguísima crónica entresaco estas dos anécdotas. La primera es el relato de un viaje en autobús (colectivo) de Potosí a Cochabamba. Los acentos venían así de mal debido a los insondables misterios de las conexiones a internet bolivianas. Os ruego que no me obliguéis a corregirlos, que me quemaré las pestañas. Nótese su hipocondria aguda y su actitud de lord inglés:

En Potosí la gente me cayó mal y pensé en irme cuanto antes. No me interesaba hacer el tour de las minas en el cerro Rico porque debìa subir a casi 5000 metros para meterme en las cuevas y galerias donde los bolivianos seguìan trabajando como en la època medieval. Tampoco querìa ir al Salar de Uyuni que seguramente es bàrbaro pero implicaba ir en una camioneta por dos o tres dìas a un lugar desolado. Ya conozco otros salares y con tanta sal me podìa subir la presiòn. Entonces llamè a las aerolìneas para saber còmo podìa escapar de ahì lo antes posible y en aviòn. Los vuelos de o a Potosì ya no existen, los vuelos desde Sucre, la ciudad màs cercana, estaban llenos. La ùnica opciòn era irme en òmnibus hasta Cochabamba (viajando toda la noche) y desde ahì tomar otro colectivo o un aviòn a La PAz. Colectivos directos a La Paz estaban llenos tambièn.
 
Fui a la terminal que era un caos y parecìa un mercado y busquè la ventanilla que tuviera mejor aspecto. No habìa manera de saber cuàl era mejor. Deberìa haber hecho lo que hizo una neozelandesa, ir a ver los colectivos y pedir ESE. Saquè el pasaje màs caro que supuestamente era coche cama. Volvì a la ciudad a recorrer la nada porque todo los museos estaban cerrados. Dormì una siesta en el hotel por la que me cobraron media tarifa y a la noche fui a la terminal.
 
El "mercado" habìa empeorado y hasta habìa un montòn de mochileros argentinos. Yo no uso mochila y tenìa la valijita a ruedas. La ùnica en el mercado terminal. Me comprè una botella de agua enooorme para ir todo el viaje tomando. Confirmè que el colectivo tuviera baño. Pero ya debìa haber sabido muy bien que para los bolivianos sì o no o no sè es todo lo mismo. Subì y bajè 4 veces las escaleras de la terminal porque no estaba claro por donde despachar mi valijita. Despuès la bajaron con una soga (Què tercermundista!!!) desde las ventanillas de la empresa del primer piso hasta el òmnibus. Llegò el òmnibus, subì y comprobè que no era coche cama ni tenìa baño. Los asientos se reclinaban, eso sì, màs que los otros. Pero eso era todo. En mi asiento encontrè una botellita de Pepsi con pis. Ese era el baño. O sea yo tenìa mi propio baño, una botella de 2 litros de agua mineral que debìa vaciar. Casi me bajo para tomar un taxi hasta LA PAz a 500km. pero pensè que serìa màs inseguro que el colectivo. Mientras esperàbamos que suba màs y màs gente (con muchos bebès, eso es algo que sobra aquì, la mitad de las mujeres tiene un bebè colgando de la espalda) subiò un niño cantor al que casi le pago para que se callara la boca pero dijo que el que no contribuirìa no sè què le pasarìa con el baño (los bolivianos hablan en boliviano y no siempre se entiende lo que dicen) asì que pensando que me harìa encima por una maldiciòn inka, le di un peso. El òmnibus se llenò de gente y por ende de olor. Aclaro que no quiero discriminar pero los bolivianos o un gran porcentaje tienen un olor penetrante, mezcla de la comida fuerte que comen y del sudor. (Despuès de haber vivido en el Altiplano por siglos no se dan cuenta de que por màs que a la mañana haga frìo , al mediodìa el sol quema y que tendrìan que sacarse todos esos ponchos y aguayos y medias de lana de llama que usan). Con todas las fuerzas intentè abrir la ventanilla y como cediò me tranquilicè un poco. Me venìan oleadas de olor boliviano y yo me pegaba a la ventanilla para respirar.
 
Los bebès dejaron de joder y se durmieron. Yo no. Solamente de a ratos.  A las 2 de la mañana paramos en el medio de la nada. Literalmente. En un caserìo de mierda. Era el medio de Bolivia. Me bajè para buscar un baño. Una chica nos ofrecìa pasar al baño de un bar asqueroso como quien ofrece pasar a un espectàculo. Adelante adelante, pasen pasen, el baño es gratis, decìa. Tres chicas argentinas, los bolivianos y yo nos bajamos tipo zombi.  El baño  era un patio inmundo en el que los hombres meaban contra la pared y las mujeres en unas letrinas hechas de tablitas de madera, todos juntos. No me salìa ni un chorrito del asco. Antes de volver al colectivo algunos pasajeros  compraron comida frita para llevar en el viaje. A quièn se le ocurre comer eso a las 2 de la mañana y en un colectivo sellado!!!!!! A los bolivianos!  Alguien me habìa dicho, creo que fue Florencia, que si en un viaje en colectivo en Bolivia el colectivo paraba, que no me bajara porque no podrìa volver a subir. Sabias palabras. Cuando subì casi vomito. El olor boliviano era tan fuerte, que abrì por completo la ventanilla a pesar del frìo y saquè medio cuerpo. El resto del viaje lo pasè  con la ventanilla abierta y congelandome, no me importaba. Cuando lleguè a Cochabamba me tomè un taxi al aeropuerto, comprè un ticket a La paz y vine a matar el tiempo a Cochabamba. Què lindo el aeropuerto, todo limpio, hay bolivianos pero bueno... y no es que sea hijo de puta, pero son algo de no creer. Por ejemplo, voy a pagar el ticket con american y me dicen ayyy es que se terminaron los vouchers.... todo es asì. Siempre dicen NO, de vagos que son. Ayer estaba almorzando en un bar, entraron por lo menos tres personas y preguntaron si servìan almuerzo y el del bar les dijo que no. Se fueron . Una se sentò a comer una torta y descubriò que sì servìan comida! Cuando fui a tomarme la presiòn despuès de recorrer 10 farmacias, llego a un puesto de salud que debìa ser derribado con una bomba atòmica o de gamexane, que parecìa una villa miseria y la enfermera me dice, ayy no està el doctor. Tomèla usted! le contestè. Y ahì, cuando le das la soluciòn, como que reaccionan y hasta quizàs son simpàticos. Sè que es un comentario tìpico de gringo, pero es asì. Una gran diferencia cultural.

El siguiente y último extracto da cuenta del nivel de miseria del país del Altiplano. A mí me resulta tragicómico y me recuerda a uno de los relatos de Historias mínimas, una película que transcurre en la Patagonia argentina, que para el caso...

Me habìa olvidado de contarles sobre un programa muy còmico. Se trataba de un programa conducido por una chola a la que llamaban los televidentes para participar de un concurso con unos dados, un juego tipo La Generala, o no sè què. Lo còmico fue el premio que entregò la chola. Si me lo cuentan, no lo creerìa: el premio fue un chorizo!!! Sì, de carne de cerdo. Lo mostraron en primerìsimo plano y no era un chiste. como la cholita estaba tan contenta, dio un premio extra_: un paquete de harina. Esto dice bastante de Bolivia.

¿He dicho ya que no me importaría nada viajar a Bolivia este verano? Lo digo completamente en serio. Aunque, de momento, estoy haciendo campaña pro Venezuela, que me parece vergonzoso no haber pisado Caracas todavía teniendo tanta familia allí.

26/01/2007 02:34 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 8 comentarios.

03/12/2006

FRANZ DE COPENHAGUE ESCANCIA SIDRA

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Primero fue la rueda; después, la locomotora a vapor; más tarde, la bombilla eléctrica, y algo después, el Canal Disney, que neutraliza a los sobrinos y demás ralea. He aquí los inventos que han cambiado nuestras vidas. Nada nuevo había pasado hasta que un discípulo asturiano del profesor Franz de Copenhague concibió el... ¡escanciador automático de culetes! Lo he probado, damas y caballeros, y sigo sin creerlo.

Sucedió en una calleja del centro de Oviedo donde los lugareños se dedican con fruición al arte de pimplar y manducar. De repente, pasamos frente a una sidrería que se asemejaba a unos recreativos de nuestra infancia. Quizá podamos jugar a Super Mario Bros, pensamos, y allí que nos dirigimos. Pero no. Se trataba de una sidrería "self service". El bar tenía varios armatostes en torno a los que se congregaba la muchachada. ¿Y cómo funciona esto, amable mesonero?, inquirimos al pecoso operario que parecía estar al mando: "Una tarjeta de dos euros, seis culines", nos responde. Había que poner el vaso en el soporte adecuado y pasar la tarjeta por la máquina. Entonces, la pantalla te indicaba tu saldo de culetes y la sidra caía "escanciada" desde una tubería situada en el techo directamente al vaso. Oh, gran invento que dejará en el paro a todos los mineros que quisieron reconvertirse en camareros escanciadores. A nosotros nos dejó un tanto perjudicados y con nuestro saldo de culetes en números rojos.

En fin, ya de regreso al gélido valle del Ebro, oculto de la vista de los aviones de la OTAN por la pertinaz niebla que nos mantiene alejados del continente, debo dar rápidamente varias notas que la distancia, la pereza y la (falta de) tecnología apropiada me han impedido hacer estos días:

  • No voy a incidir más en mi viaje norteño. Sólo decir que creo haber engordado (física y espiritualmente) y que el personal de allá anda muy mosqueado con el asunto especulativo urbanístico y ha descubierto el "hórreo-denuncia": cubren todo el hórreo con pancartas contra el mangoneo de sus munícipes, haciendo burla, mofa, befa y escarnio de ellos, en plan dazibao. Que alguien en el Pirineo secunde la iniciativa hórreo-protestil, por favor.
  • Noticia: Los Giraos, estos desequilibrados que cada vez tienen más poder, han presentado una nueva web, con muchos vídeos y muchas luces y muchos colores. Los nostálgicos y teléfilos tienen un hueco en ella, pues bucean en YouTube y rescatan maravillas del pleistoceno catódico.
  • ¿Qué es el Polonio 210? ¿Por qué no puedo subir al avión mi agua mineral Font Vella sin gas y unos tíos sí pueden pasearse por medio mundo con una maletita con Polonio 210? ¿Por qué no construimos unos cuántos hórreos-denuncia en los aeropuertos?
  • ¿Por qué Sanidad persigue a las XXL de Burger King mientras los restauradores que he visitado esta semana me han cebado impunemente con montañas de fabada que no se saltaban ni con pértiga? ¿Por qué no podremos comer lo que nos dé la gana, digo yo?
  • En fin, y una nota polémica. Unos artículos más abajo, Sivrada (que creo que es la primera vez que comenta algo en este blog, al menos con ese nombre) me reprocha -amablemente, eso sí- ser un resentido y un insultador, a propósito del artículo donde hablo del premio que le han concedido a mi amigo. Como me imagino que Sivrada no será el único que piense eso de un servidor, os remito a su comentario y a mis respuestas, por si a alguien le apetece reflexionar sobre las finísimas líneas que separan el resentimiento, el insulto, el descreimiento, el cinismo, la guasa ibérica o el candor, por mencionar algunas actitudes que pueden ir juntas a veces (o no). Pinchando aquí os vais al enlace del comentario.
03/12/2006 18:38 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 4 comentarios.

29/11/2006

NO HAY ABUELOS EN LA ESCALERA

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Nunca había reparado en ello, pero desde que lo leí, no puedo dejar de fijarme. Lo veo en los bares, en la calle, en los restaurantes, en los pueblos de pescadores y en el hall de los hoteles. En Asturias no hay viejos. La canción del Abuelo de Víctor Manuel es un camelo. En Asturias hay ancianas, viudas en su mayor parte, pero no ancianos. Al parecer, la revolución y la guerra de los años 30 se llevaron por delante a casi toda una generación de mozos. Los que quedaron, se fueron a hacer las Américas, y sólo unos pocos volvieron, construyéndose casas de indianos. El resto, no tuvo más remedio que ser picador, allá en la mina, y arrancando negro carbón, pues eso, que la silicosis, el cáncer y otras guarradas se los llevaron por delante antes de que llegaran a la categoría de ancianos. Por eso, en Asturias sólo hay abuelas, pero apenas quedan dos o tres abuelos. Habrá que esperar diez o veinte años para que la presencia de la tercera edad se deje notar en esta tierra verde de montes y negra de minerales.

Yo, que soy un hombre del sur (de la cordillera Cantábrica) -polvo, sol, fatiga y hambre-, no dejo de sorprenderme ante el paisaje astur, con esas montañas que caen a un mar furioso, frontera cruel que parece ensanchar falsamente los horizontes. Oigo quejas. La reconversión minera e industrial ha vuelto a achatar los horizontes y escucho que la única forma de que te concedan una subvención en el principado es montar una casa rural. La administración sólo apuesta por el turismo (sostenible) como repuesto de la mina y los altos hornos, pero hay quien piensa que hay otros caminos. ¿Los hay?

En Oviedo, levítica y monumental, reconcentrada en sus tópicos clarinescos, estas cosas suenan a chino. Oviedo es otra cosa. Oviedo es la civilización vetusta en el fondo del valle, superviviente a la barbarie de las montañas, con sus trasgos y sus cuélebres.

Una maravilla, esto de Asturias. Una pena haber tardado tanto en descubrirlo, enamorado como estaba ya de sus fabes y de su sidra (que no aprendo a escanciar de ninguna manera, debo de estar fisiológicamente incapacitado para ello). Hoy he pasado del prerrománico grácil y pétreo a la tranquilidad de Cudillero, pueblo de pescadores que trepa por un risco alto que se derrumba sobre el oceáno. Para terminar, he conocido el paisaje industrial de Avilés, a medio gas, a medio reconvertir, pero todavía intimidatorio, como una secuencia de Mad Max. Cuánto contraste, josmíos.

Foto: en honor a Pato y su Xixón, ahí va esta foto de tres alegres señoras gijonesas alimentadas con mantecosas fabes a las que no les da miedo enfrentarse al mar (en marea alta) en pleno mes de diciembre en la playa de su ciudad. Puedo asegurar que la rasca que hacía en ese sitio era para pensárselo dos veces antes de descalzarse. Olé por las señoras.

29/11/2006 19:51 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 7 comentarios.

17/10/2006

COMO EN CASA, EN NINGÚN SITIO

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Antes de emprender su viaje, Phileas Fogg desayunó un pescado hervido con salsa Reading de primera calidad, un rojizo filete de roast beef con champiñones de guarnición, una tarta de ruibarbo y grosellas y un bocado de queso Chester, todo ello regado con varias tazas de excelente té, especialmente seleccionado para el Reform Club. Michael Palin, 115 años después, se fue sin desayunar. Eran otros tiempos.

En 1988, el ex Monthy Python hizo realidad el viaje de la novela de Julio Verne, pero en lugar de ir acompañado por Picaporte, eligió un equipo de rodaje completo de la BBC. El compromiso era no utilizar el avión para dar la vuelta al mundo. Y descubrió que es mucho más complicado de lo que parece. Viajar en barco, salvo si se trata de cruceros, está muy difícil. Unos amigos míos se recorrieron hace unos años parte de la costa de Chile en un mercante que vendía algunos pasajes y tenía un par de camarotes habilitados, pero es algo muy raro. 

La conclusión fundamental que extrajo Michael Palin es que moverse a tu aire por el mundo es mucho más complicado ahora que a finales del siglo XIX. Hablamos de europeos con posibles, claro. Por aquel entonces, un burgués londinense podía ir donde le placía sin rellenar apenas papel alguno. Hoy -y en 1988, con el telón de acero vigente, ni te cuento- son tantos los visados, los documentos y las vacunas que debes llevar que resulta tentador entrar en una agencia de viajes y dejar que ellos se encarguen de todo. A Palin le costó dios y ayuda cumplir el itinerario, y aunque le pareció bonito, fardó un montón, los documentales le quedaron muy chulos y su diario de viaje se convirtió en el libro que reproduzco, el cómico dijo que no le volvían a pillar en una de esas, que prefería una expedición a pie a Kantchatka antes que discutir con un solo aduanero más.

Releo a Michael Palin mientras la peluquera gallega de Cancún sale de ese calvario policial y mientras los maderos de estos lares alertan de que Barajas es un coladero de inmigrantes ilegales. Se quejan los sufridos agentes de la ley de que las preguntas que hacen a los latinoamericanos que entran como turistas (con todo el derecho del mundo, hay que decirlo) no bastan para detectar las intenciones del viajero de quedarse a trabajar. La locutora de TVE, que debe tener algún policía en la familia, se indigna casi más que los propios agentes y dice, para alertar a los asustados españoles: "Cualquier boliviano con un pasaporte, una reserva de hotel o dirección de un amigo que le aloje y un billete de vuelta puede entrar en España sin problemas". Guau, qué miedo, los bolivianos y sus chompas caminan entre nosotros y no podemos hacer nada. Armémonos y organicémonos contra estos intérpretes de El cóndor pasa (que seguro que contiene mensajes en clave para atraer más inmigrantes). ¿Y qué quieren, someterlos a un tercer grado? ¿Más humillaciones aeroportuarias? 

Viajar está difícil, amigos. Parece mentira, pero teniendo todo a favor para que la experiencia sea mucho más placentera que en el sucio y vaporoso siglo XIX, ciertas paranoias colectivas están haciendo que te apetezca quedarte en casa. Cuando no son los inmigrantes es el terrorismo. Venga ya, hombre. La verdad es que estábamos planeando un viaje a Estados Unidos próximamente, pero da tanta pereza la burocracia, y saber que al aterrizar puede haber un agente de la CIA esperándome porque alguien me ha incluido en la lista de terroristas -dada mi barba, no me extrañaría-, me está echando para atrás. 

Qué difícil resulta todo, hijos míos. ¡Y se quejaba Michael Palin hace 18 años, que no desayunó aquel día para poder enfrentarse ligero a la burocracia de los pasaportes!

17/10/2006 16:30 Autor: SERGIO DEL MOLINO. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 5 comentarios.

01/10/2006

EL VINO QUE TIENE ELIZABETH...

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Escucha lo último, querida: a los ingleses les ha dado por beber vino. Lo más cool que se puede hacer en Londres es sentarte en un restaurante más o menos asiático (con un gentilicio exótico, apátrida y neutro, de los que no salen en los periódicos, como persa, por ejemplo) y cambiar unas siete libras (casi diez eurazos) por 175 centilitros de un brebaje rojo y caliente que ha permanecido las últimas semanas junto al respiradero de una cámara frigorífica. Ellos lo llaman "wine" y lo beben a todas horas. Muchas británicas se muestran convencidas de que sostener con displicencia una copa de 175 centilitros de red wine basta para obviar siglos de chabacanería, atentados gastronómicos y falta de destreza en el uso de la ropa y el maquillaje.

La cultura del vino rompe una frontera más, quizá la más difícil, y trata de conquistar Britannia, pero le va a costar más que a Julio César. Parafraseando una comparación de un viejo compañero castellonense, a los ingleses les pasa con el vino lo que a los japoneses con el flamenco: que les vuelve locos, pero no lo entienden. Y la verdad, no lo necesitan. Su cultura cervecera –bebida cuyos secretos dominan y manejan como nadie- debería hacerles sentir orgullosos en lugar de devolverles la imagen de un país de hooligans con flatos.

No hay pub que se precie en Londres que no haya incorporado una modestita carta de vinos con Riojas, Chiantis y Borgoñas, y con algunos chilenos, sudafricanos y californianos de propina. Todos ellos excelentes vinos que sufren un maltrato injustificable: blancos a punto de entrar en ebullición que reclaman una cubitera, botellas de tinto abiertas que tienen toda la pinta de haberse picado, y rosados que suplican unas horitas de refrigeración. Pese a que el poeta Al Alvarez me aclaró en un ensayo sobre Sylvia Plath que la pulsión suicida británica es un camelo, y que allí se cortan las venas lo mismito que en el resto del mundo, no puedo dejar de preguntarme si el empeño en trasegar esos brebajes que un día fueron vino no responderá a un subyacente –pero intenso- deseo de quitarse la vida.

Lo pensaba mientras saboreaba una India Pale Ale –compleja y sutil, que recrea el sabor de las cervezas que bebían los colonos británicos en la India-, una rotunda y seca brown ale o una achocolatada stout. ¿Cómo, teniendo a mano estas maravillas que pueden competir sin rubor con cualquier vino decente, se lanzan a beber esos 175 centilitros de qué sé yo? Porque, encima –y esto es un síntoma claro de que la pasión vinícola está relacionada con el síndrome del nuevo rico-, lo venden por centilitros, como si fueran medicamentos, aunque lo trasiegan como si fuera agua. Si así les parece exquisito, el día que lo degusten en las condiciones apropiadas de temperatura y servicio… Pues a lo mejor entonces no les gusta.