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El Blog de Sergio del Molino

SUCIOS TRAIDORES

SUCIOS TRAIDORES

Detestables y apestados. Dan pena.

Hoy he invertido media tarde en el periódico editando un larguísimo artículo que saldrá este domingo sobre el paso de Joaquín Maurín por la cárcel de Salamanca. Al final, el autor, Severiano Delgado, hace unas breves alusiones a su exilio en Nueva York, apartado de sus antiguos camaradas, sin querer saber nada de ellos, profundamente anticomunista, metido en sus libros, en sus recuerdos, en su infierno particular. Para muchos rojos de pedigrí que no han olido los orines de una celda franquista ni en sueños, el que fuera secretario general del POUM es, incluso muerto, un apestado, un traidor, un social-fascista. Un bastardo. De nada le sirvieron sus años en las cárceles de Franco. Creo que ni la gauche divine ha acudido en su rescate.

Al evocar la amargura de Maurín no he podido evitar recordar el último libro de Ignacio Martínez de Pisón, Enterrar a los muertos, que es, más que una rigurosa investigación, un homenaje a John Dos Passos. Dos tiene mucho en común con el aragonés Maurín. Y con otro aragonés de la Franja, Ramón J. Sender. Los tres fueron comunistas y acabaron aborreciendo el comunismo. Los tres fueron tachados de traidores por sus viejos camaradas. Los tres creyeron ingenua y férreamente en un anticuado y "burgués" sentido de la integridad. Los tres acabaron amargados, incomprendidos. Los tres renunciaron a dar explicaciones de sus cambios de rumbo. Para qué. Estaban ya sentenciados.

Hoy, por suerte, muchos restituyen su memoria, aunque a ellos ya nada les pueda importar. Hoy se presentan como barones rojos, caballeros en tiempos del hombre ("Esta no es una guerra de caballeros, es una guerra de hombres", cito de memoria las palabras del padre del Barón dichas en la sensacional peli de los años 70). Pero si hoy escribo de ellos no es por ningún sentido de justicia póstuma. Sencillamente quiero dejar constancia de que hoy, gracias al artículo de Severiano Delgado, soy un poco menos ignorante.

Gracias a él me he enterado de que la esposa de Maurín, la francesa Jeanne, se apellidaba de soltera Souvarine: era hermana de Boris Souvarine, secretario general del Partido Comunista Francés en los años 20 y 30 y, según dice una biografía suya que compré en el último de mis veranos franceses, fascinado por su figura tras leer algunas alabanzas en varios libros, es el primer desencantado del comunismo. Pero soy muy inconstante. He empezado mil veces la biografía y nunca la he terminado. Quizá sea momento de leer la biografía de una vez, ahora que he encontrado hilos entre los personajes (lo siento, para mí son ya personajes, en el mejor sentido del término). Quiero saber qué relación unía a los dos cuñados. A los dos desencantados. A lo mejor, juntos, apoyándose el uno en el otro, soportaron mejor la incomprensión de los estalinistas. Si no fue así, fantasearé con ello. Igual, con un poco de suerte, encuentro un hilo entre Maurín y Panait Istrati, otra alma cándida de aquellos años, dramaturgo rumano que escribía en francés y muy del entorno de Souvarine. Maurín también era escritor. Tenían de qué hablar. También puedo fantasear con ello.

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