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El Blog de Sergio del Molino

AQUELLAS ¿MARAVILLOSAS? NAVIDADES

Recuerdo las navidades de Barcelona. O la Barcelona de mis navidades, más bien. Porque eso era para mí Barcelona de niño: las navidades largas. En Cataluña, la navidad dura un día más, el 26, que también reúne a la familia. Era la Barcelona de antes de las olimpiadas y en la casa se entreveraba el castellano con el catalán, en sinfónica mezcla. Comíamos una sopa típica catalana cuyo nombre no recuerdo ahora, pero que me sabía riquísima.

No había olimpiadas, ni maremágnum en el puerto, que tan sólo era aquel sitio maravilloso al final de la Rambla. El liceo era un fantasma y el metro iba al revés que el de Madrid, aunque los parientes catalanes siempre remarcasen que era al revés, que el de Barcelona iba bien. Recuerdo el barrio de Sants, la calle Roselló y la cárcel. Y los paseos con los primos. A mi prima, que es de Vallecas, le encantaba Barcelona y quería irse a vivir allí. Ojalá lo haya conseguido. Lo decía suspirando mientras bajábamos los escalones de Montjuic. Creo que le gustaba Barcelona porque le gustaba el tío Santi, seguro de sí mismo, siempre con traje, avasallador, todo un triunfador, un ejecutivo del pelotazo de los 80. Cada navidad traía una chica distinta, delgada, muy guapa, también con traje, que comía poco y solía caer muy mal a la familia, aunque todos disimulaban. Aquella Barcelona... Qué poco se parece a la que he disfrutado de mayor en mis escapadas. Ni siquiera Sants es el mismo Sants.

Luego vinieron las navidades francesas. Angers, vieja ciudad medieval cubierta de nieve. Nunca había pasado tanto frío, pero me acostumbré. Me gustaba Francia. Y me gusta. Siempre que voy, siento que una parte de mí está en su sitio. La casa de mis "abuelastros" la hizo el viejo Louis con sus manos de ferroviario y resistente. El abuelo Louis boicoteó trenes nazis durante la ocupación y es un socialista viejo, de esa vieja Francia sindicalista y republicana. En la casa que ya no tienen, había un sótano, una cave, donde Louis me dejaba mirar, más allá de sus botellas de vino, miles de periódicos, revistas y panfletos de los años 30. Todo lo guardaba, para que los hijos y los nietos pudieran escarbar el día de Nochebuena, antes de sentarse todos a tomar el aperitivo ("Est-ce que tu veux un peu plus de pinaud, Sergio?") y acometer la monumental cena.

Sí, hay cierta nostalgia en estos recuerdos, pero entonces sólo eran un fastidio. Unas tediosas navidades que yo dejaba pasar con mi mal humor preadolescente o insoportablemente adolescente. Lástima, porque hoy disfrutaría mucho más la copa de pinaud que me serviría con ceremonia el abuelo Louis. ¿Por qué me tendré que poner así de melancólico estos días? Bueno, si me ha entrado una espinita de espíritu navideño, me la tendré que sacar de encima. Venga, lo diré: Feliz Navidad. Uf, ya está dicho. Qué descanso.

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