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El Blog de Sergio del Molino

NO DIRECTION HOME

NO DIRECTION HOME

Como tenía la sospecha de que los Reyes me la iban a traer, he aguantado todo este tiempo comiéndome las uñas hasta dejar sólo los muñones sin comprar ni piratear ni ver No direction home, el documental de Martin Scorsese sobre Bob Dylan. Mis sospechas eran ciertas (¡gracias, Reyes!) y hoy me he aislado del mundo y me he empapado de mitomanía. Porque para mí, juntar a Dylan con Scorsese en una misma obra es como si me invitaran a un ménage à trois con Scarlett Johanson y Claudia Cardinalle a sus 20 años. Por eso, ahora tengo un poco de modorra postcoital que sólo puedo sacudirme con The times they are a-changin’ a buen volumen mientras escribo esto. Es mi pitillo de después.

En un montaje de cuatro horas largas, Scorsese narra la infancia de Robert Zimmerman en Minesota; la transformación, ya en Nueva York, en Bob Dylan, y su elevación a icono del siglo XX hasta su primer colapso en 1966, donde se interrumpe el relato. Y se acerca al personaje como siempre ha hecho Scorsese, con la curiosidad del niño de barrio acostumbrado a observar sin hacer preguntas. Mientras, pasan por ahí mil y una voces, y cada una cuenta un Dylan distinto. Como eje que vertebra todo, el último concierto antes de su retirada de ocho años, en Londres, en 1966, donde, entre los abucheos de un público que sólo quiere ver al Dylan folk e íntimo, el ya rockero insta a su banda: "Play it loud!" Dadles caña. ¿Qué músico actual se atrevería a provocar así a sus fieles?

Un envejecido, deslavazado y asténico Allen Ginsberg, que es una de esas muchas voces, cita a Buda (¿a quién si no?): "Si el discípulo no es capaz de superar al maestro, es que el maestro lo ha hecho mal". Si eso es verdad, que no creo, Dylan lo ha hecho horrorosamente mal, porque, 40 años después, nadie le ha barrido como creador. No voy a entrar en el debate sobre si el rock o la música popular está estancada y sólo sabe mirar al pasado. Yo sólo quiero decir algo mucho más simple: Dylan vivió sus primeros años neoyorquinos obsesionado por Woody Guthrie, pero llegó un momento en el que logró ir más allá que su idolatrado maestro. Hoy hay muchos músicos tan obsesionados por Dylan como Dylan lo estuvo por Guthrie, pero no han podido, no han querido o no han sabido cruzar la línea, romper y salir. Pienso en Ryan Adams y en toda la gente de la Americana y el neo-folk. Ellos hacen revival más o menos disimulado, pero Dylan sigue emocionando e inspirando hoy como en 1963.

Y me da igual su megalomanía. Me importa un comino si fue o no un oportunista capaz de venderse al mejor postor. Me la traen al fresco sus dilemas religiosos. Paso de sus antojos de diva. Nada de eso me enturbia su música. Nada que pueda decir o hacer va a evitar que se me ponga la carne de gallina cada vez que escuche que la respuesta, amigo mío, va con el viento, ni que el tuétano se me cale con Hard rain, ni que me suba algo por el pecho cuando entona aquello de: "Oh, sister, I am not a brother to you" (ups, perdón, esa canción es de 1976, de un Dylan posterior al que cuenta el documental, aunque, ¿qué importa?)

Dijeron en Newport que Dylan era la voz de su generación. Entonces, ¿por qué los jóvenes seguimos emocionándonos con él? Quizá porque un clásico es eso: algo que trasciende edades y modas y entra como una aguja en esa parte de nosotros a la que sólo podemos acceder con una canción, con una frase de una película, con un poema. A veces, quizá, con un beso.

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3 comentarios

Cide -

jeje, reconozco que es un buen argumento el de tu amiga.

Sergio del Molino -

Cide, claro que veneramos sus mitos, que son los nuestros. Por mucho que en España y en el resto del mundo haya dignos, buenos e incluso brillantes rockeros, el tinglado se lo inventaron ellos, los demás vamos de remolque. Como dice una amiga mía: "en el reparto del mundo, ellos hacen buena música. Nosotros, comemos bien". Pues eso, nosotros, Ferran Adrià. Ellos, Bruce Sprinsgteen. Especialización que nos ha tocado vivir.

Cide -

A mí también me gusta Dylan, pero cuando hablamos de estos monstruos me sorprende una cosa. Veo que en el mundo anglosajón se valoran y veneran los mitos. Incluso aquí los veneramos. Hay chicos de 19 años haciendo cola para comprar el último disco de los Rolling el día que sale. Sin embargo, no sé si será culpa de la industria, de las compañías o de quién, aquí ocurre lo contrario. No veo a la gente corriendo para comprar el último de Rosendo.

O qué decir de Miguel Ríos que creo que en los últimos 10 años ha hecho lo mejor de su carrera y que sin embargo es considerado un músico desfasado.

Qué envidia me da ver que Springsteen aún llena estadios.
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