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El Blog de Sergio del Molino

MOLESKINE

MOLESKINE

De pequeño me encantaban los cuadernos. Me gustaban los de tapa dura, los que menos se parecían a las libretas con las que la tía Bibi llevaba las cuentas en la tienda del pueblo. Me gustaba romper su virginidad, violarlos emborronándolos, dibujando monigotes en las esquinas, apuntando versillos que me aprendía en los márgenes. Cuando llegó la litrona, los cuadernos perdieron su encanto y sólo los utilizaba para mantener silenciosas y largas conversaciones escritas con Irene, que compartía mesa conmigo en la última fila de la clase del instituto. Años después, en una noche de reencuentro en Huesca, me enseñó montones de hojas de cuaderno arrancadas con infinidad de aquellas charlas en las que parecía que se nos iba la vida. Me avergoncé, me sentí como un insensible ser sin memoria. Yo no suelo guardar nada aparte de los libros, y muchos de ellos los he ido regalando, por lo que mis mudanzas siempre han sido poco engorrosas.

No he guardado nunca los cuadernos, pero tampoco los he tirado, porque yo no tiro nunca nada. ¿Dónde habrán ido, pues? Quizá a una especie de limbo. Los cajones de mi mesa están llenos de viejos cuadernos. De los cuadernos de trabajo, siempre cuadrados, en los que anoto frenéticamente todo lo que me cuentan los entrevistados y que luego me cuesta descifrar cuando redacto los reportajes. De los cuadernos de casa, donde tomo notas de los libros que leo cuando me embarco en algún proyecto fantasioso que casi nunca termino. Si tuviera una letra digna, esos cuadernos podrían ser el germen de libros locos, divertidos y desmadrados, pero mi letra es feísima. Grandes libros han salido de cuadernos, pero de cuadernos bien escritos. Siempre he envidiado a los amigos que tienen una caligrafía elegante, como la que tiene Miguel Pérez Alvarado, genial poeta canario enraizado en Madrid, como un Galdós del siglo XXI, que me escribió una larga dedicatoria con letra preciosa. Yo rehuyo las dedicatorias, porque me parece que con mi letra suenan a insulto.

En los viajes siempre llevo un cuaderno en el que sólo escribo unas pocas frases impresionistas y crípticas que no me sirven para nada cuando quiero poner en palabras las ciudades y los paisajes que he visto. Hace poco, me regalaron una Moleskine, una de las legendarias libretas de comienzos del siglo XX que usaban Picasso y toda aquella panda. Luis Sepúlveda tiene un dietario titulado así, Moleskine, basado en los comentarios que anota en las libretas de esa marca. Es un regalo maravilloso, muy apropiado para alguien que, como yo, se pasa la vida leyendo libros y viendo fotos de los años 30, que son los años de apogeo de las Molekine, pero todavía no me he atrevido a mancharla con mi seudocaligrafía. De momento, mancho este blog, que es el cuaderno que con mayor placer mancillo últimamente.

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2 comentarios

sergio -

Hola a todos, yo vivi en Dublin 5 años, en Blackrock, al sur. Al principio moverme por Dublin me costaba bastante, era dificil recordar nombres, lugares y gente. Una amiga me recomendó la guia Moleskine de Dublin, yo os la recomiendo a todos, la venden en intenet en http://www.todaslasguias.es/index.php?fichero=detalles.php&id=940, lo bueno es que es guia de viaje y ademas agenda donde apuntar, escribir, recordar... vamos es la guia perfecta si vas a hacer vida en una ciudad, tiene mapas, planos, direcciones utiles... y ahora es mi recuerdo mas preciado de mi vida ali, todos mis recuerdos han quedado escritos.
Bueno mucha suerte a todos

Anakrix -

Una libreta inmaculada es una libreta muerta. Y más aún si hablamos de una Moleskine. Atrévete a emborronarla. Te lo está pidiendo a gritos...
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