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El Blog de Sergio del Molino

SOY UN PERRO DE PAULOV

SOY UN PERRO DE PAULOV

Todo empezó al regresar de uno de esos viajes agotadores (la próxima vez, a la playa, a descansar de verdad, nos solemos decir, pero al día siguiente ya estamos pensando en ciudades a más de 10.000 kilómetros). ¿Son las nueve de la mañana o de la noche? A mí el jet lag me produce un colocón muy desagradable. En circunstancias normales, soy bastante torpe de por sí, por lo que, atontado, mi coordinación psicomotriz viene a ser la de un fumador habitual de opio empachado de legumbres y ciego. Me levanté a beber agua y, cuando volví, tropecé con algo, hice tres o cuatro graciosas evoluciones pisando maletas abiertas, zapatillas y animales inexistentes, hasta que me di la mayor hostia de mi vida. Me estampé de cara contra el radiador. Caí a peso muerto desde mi 1,87 hasta la válvula del radiador, que se me quedó incrustada justo debajo del ojo. Me rompí la nariz y lo dejé todo perdido de sangre.

En urgencias descubrí que a las cuatro de la madrugada de un día laborable hay dos tipos de profesionales sanitarios: las enfermeras y médicos malhumorados que te miran como diciendo "Tú, sí, tú. Tu llegada hace que esta mierda de noche de guardia sea aún peor. Voy a preparar la anestesia" ¿Anestesia? Pero si yo sólo... Ante ellos, conviene agarrarse los órganos vitales, porque están tan cabreados que no les importaría incluirte en la lista de trasplantes sólo por hacer unas risas y satisfacer sus bajos instintos. Luego están las enfermeras y médicos inexplicablemente atentos y felices. La traumatóloga que me atendió, por ejemplo, era una chica joven y encantadora, de las que te gustaría encontrarte en un bar. Naturalmente, me acordé de sus antepasados cuando me introdujo no sé qué cosas por las fosas nasales, pero me acordé de buen rollo: no les deseé nada más allá de que vaguen en un tenebroso mundo de no-muertos por siempre jamás. Pero a ella estuve por decirle algo tópico: "Qué lástima que nos hayamos conocido en circunstancias tan desagradables". Afortunadamente, se me estaba pasando el colocón y no hice el imbécil. Además, los médicos atentos y felices a las cuatro de la madrugada aún son menos de fiar que sus colegas malhumorados. Porque sólo hay una explicación para estar sonriente y chisposo un día de trabajo a las cuatro de la mañana: drogas. O alcohol en cantidades. Un hospital es buen sitio para conseguir ambas cosas. Uf, menos mal que logré escapar de aquel turbio antro de mengelismo.

El caso es que aquella madrugada descubrí que soy un perro de Paulov. Vamos, que sólo aprendo a hostias. Desde aquella noche, el proceso de meterme en la cama ha dejado de ser una serie de actos mecánicos para convertirse en una secuencia de terror impredecible. Cuando entro en la habitación, ya noto la mirada del radiador. El muy cabrón se ríe por lo bajo. No satisfecho con la nariz, se quedó con las ganas de hacer papilla ese ojo. Por eso debo ser muy cauto y escapar a sus cantos tubulares de sirena. Mido todos mis pasos y movimientos, hasta rebasar unos cuantos kilómetros la línea de la paranoia. El otro día me quedé a la mitad de un paso, sin tener claro dónde situar el pie sin resbalar o tropezar. Así permanecí, con la pierna derecha levantada, en posición flamenco antes de aparearse. Cristina, mosqueada, me dijo: "¿Qué coño haces?" Shhhhh -respondí-, vas a despertar a la bestia calefactora. Muy juiciosa, Cristina pasó de mí y yo me quedé en postura flamenco hasta que, con las primeras luces del alba, noté que la sangre había dejado de circular por mis brazos y mi pierna levantada.

Y así, todas las noches. El hijoputa del radiador se carcajea. Mueve su válvula arriba y abajo, amenazante, chulo, como un personaje macarra de Scorsese. Cambia de pared para desconcertarme, se enciende a deshoras y produce sonidos guturales con sus tuberías. A mí los nervios se me van a llevar al otro barrio. Cualquier día de estos, me harto y me tiro de cabeza contra la válvula. Porque así no se puede vivir. Pobres perros de Paulov. Ahora les entiendo.

Foto: el simpático doctor Mengele, cuyo espíritu vive en algún pasillo de urgencias.

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7 comentarios

Sergio -

Ojalá. Pero era el Miguel Servet, no el Clínico.

El futurible ingeniero -

Ahora que lo recuerdo Sergio... igual uno de esos perros gruñones o felices yonquis era Noe... porque estuvo trabajando de noches en urgencias del clínico... Ya me informaré. Un abracho!

Sergio del Molino -

Para Antonio: jajaja, pero no sé, da pena.Ya que no vivo en una casa con fantasma, que sería lo que verdaderamente me haría ilusión, tener un radiador asesino no está tan mal.

Para Salmantino: Pesaos sois, de verdad. ¿Todavía con lo mismo? Chicos, cambiad de tema, que os vais a recocer en el jugo de vuestras obsesiones. Me he propuesto no borrar ningún comentario, pero como sigáis así de pesaditos, pondré filtros y me quedará más ancho que largo.

salmantino -

Meterse con Salamanca trae mala suerte....

Sergio del Molino -

Bueno, no lo descartes. Pero estaba débil y asustado, y a lo mejor me pareció estupendísima cuando en realidad era una arpía. ¿Quién sabe?

Cide -

por un momento he pensado que el título se refería a cómo se te hizo la boca agua al ser tratado por esa traumatóloga.

:o)
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