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El Blog de Sergio del Molino

Y SOPLÓ, SOPLÓ...

Y SOPLÓ, SOPLÓ...

Cuando no sabemos de qué hablar, hablamos del tiempo. Y hay veces en las que el tiempo se convierte en el único tema de conversación, pero mientras los glaciares no se derritan del todo, podemos seguir rubricando como banales los comentarios sobre el clima. Aunque la cosa vaya por barrios. Mi madre, por ejemplo, sube el volumen cuando llega la información meteorológica y sigue con preocupación las borrascas que llegan del norte de Europa y dejan precipitaciones en forma de nieve por encima de los mil metros, y siempre se enfada cuando el locutor generaliza: "¿Cómo que tiempo soleado en toda España, con las nubes que hay aquí?" En ningún sitio se notan más los seculares desequilibrios territoriales de este país como en la información del tiempo. También tuve una compañera de piso medio bruja que estaba enamorada de Mario Picazo y que, por las noches, pergeñaba, con sus cartas de tarot y su gata Melania Luna -animal con quien yo mantenía una difícil relación de amor-odio-, extraños conjuros para atraer su atención.

Hoy voy a ser yo el que hable del clima, porque el dichoso temporal ha llegado a esta vieja ciudad romana (Un inciso: ahora, Zaragoza ya está hecha y no hay remedio, qué le vamos a hacer; pero, en su día, ¿qué se les perdió a aquellos romanos por estos lares? Vieron la estepa infinita y dijeron: "Aquí, donde no hay sombra para protegerse del fiero sol y el viento nos dejará el cutis como cuero curtido. Qué buen sitio para levantar nuestra ciudad". ¡Con la de costa que tenían para elegir! Lo de Toledo es otro misterio para mí. Muy listos no eran los visigodos, ¿verdad? Teniendo las playitas de Cádiz a mano, ¿quién les manda quedarse a sufrir en el páramo? Vale que eran aguerridos guerreros y todo eso, pero también descansarían de vez en cuando, ¿no? Perdón, ya termino el inciso). Con el temporal, lo que ha llegado es un cierzo furioso, huracanado, que te azota al doblar cada esquina, que te deja el periódico recién comprado hecho un amasijo ilegible y te revoluciona las neuronas hasta generar un bonito dolor de cabeza. ¿Tengo que aclarar que odio el viento?

No he escuchado la respuesta que Bob Dylan aseguraba que llevaba el viento. Tampoco he visto a la asombrada Dorothy con Toto en su regazo de camino al Reino de Oz. Los despojos de las casas de paja y de madera de los tres cerditos no me han golpeado en ninguna avenida. Ni siquiera he sido secuestrado por un grupo de gánsters en el decadente hotel de Lauren Bacall en Cayo Largo. El viento tampoco ha entrado en mi casa de Inisfree y no me ha dado la oportunidad de besar a la pelirroja Mary Kate mientras la puerta daba bandazos. Nada, ha sido todo un rollo dominical.

He recordado cuando, el verano pasado, en México, nos pasó por encima el huracán Emily. Llevábamos unos cuantos días incomunicados, sin saber nada de periódicos ni teles ni nada, hasta que llegamos a Tulum, donde empiezas a comprender qué significa el adjetivo "paradisíaco". Nuestra intención era alquilar unas cabañas en la playa y pasar unos días tranquilos, después de la paliza de recorrer Chiapas, pero, en el primer sitio de cabañas nos dijeron: "No rentamos nada porque viene el huracán". ¿El huracán? Fuimos a buscar algún periódico y vimos que las portadas de todos eran variantes de titulares como "Peligro", "Alerta máxima", "Se acerca". Pues sí, estábamos en la zona por donde iba a tocar tierra, y una cabañita en la playa no era el lugar más indicado para recibirlo. Pasamos esa noche allí y, a la mañana siguiente decidimos ir a Valladolid, unos 100 kilómetros tierra adentro en la trayectoria de Emily. Encontramos sitio de casualidad en un hotel con piscina. A los que vinieron después les alojaron en escuelas y en pabellones deportivos. Nosotros esperamos a Emily a remojo y con unas cervecitas, y aún pudimos hacer una excursión a un zenote subterráneo, que son maravillas geológicas propias de la península del Yucatán.

La noche que debía llegar el huracán, nos preocupaba el hecho de que la gente estaba muy relajada, mientras coches con aparatos de megafonía ordenaban a la población, en maya y en castellano, recogerse en sus casas con comida y bebida. Una unidad móvil de Televisa se instaló en el zócalo, frente a la iglesia colonial española, y un montón de curiosos locales hicieron coro al sufrido reportero, burlándose y boicoteándole el directo. Parecía una gran juerga colectiva, nadie se tomaba en serio la amenaza. Salvo nosotros, que estábamos un pelín inquietos.

El huracán vino de madrugada y sólo lo escuchamos desde la habitación. No dejó muertos, pero sí mucho destrozo que salimos a fotografiar. Luego, Katrina nos demostró que un huracán sí puede hacer mucho daño, pero, a nosotros, Emily nos respetó. El cierzo no es Emily, pero toca las narices.

PD: Lecturas dominicales: además de las páginas sobre el 25 aniversario del 23-F que hemos preparado con amor en Heraldo de Aragón, Ignacio Cembrero publica en El País un interesante reportaje sobre la huella española en Marruecos, 50 años después. Hay ecos de Sender y de Arturo Barea en el cierzo. 

Foto: un árbol caído sobre la carretera del Yucatán por la que circulábamos, el día después del paso de Emily. La carretera estaba así de destrozada todo el trayecto, con las señales y el tendido eléctrico caídos también. Hice la foto desde el coche.

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2 comentarios

Sergio del Molino -

Pero el cierzo hace locos majos. La brisa del Mediterráneo es como un siroco asesino que genera locos peligrosos. Mira Alcàsser.

Anakrix -

No es sólo que toque las narices. Es que, además, está comprobado que en las ciudades donde sopla mucho el viento hay un mayor índice de enfermedades mentales. ¡El cierzo nos vuelve locos!
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